Reconquistar al hombre. Notas sobre la revolución de José Martí

Resumen: 

 

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[Ponencia presentada al evento «José Martí y los desafíos del siglo XXI», Santiago de Cuba, 16-19 de mayo de 1995].

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Nadie tiene hoy su fe segura. Los mismos que lo creen, se engañan. Los mismos que escriben fe se muerden, acosados de hermosas fieras interiores, los puños con que escriben».1 Estas palabras de Martí corresponden a 1882. Eran «tiempos de reenquiciamiento y remolde», de crisis espiritual, que acompañab

 

[Ponencia presentada al evento «José Martí y los desafíos del siglo XXI», Santiago de Cuba, 16-19 de mayo de 1995].

 

Nadie tiene hoy su fe segura. Los mismos que lo creen, se engañan. Los mismos que escriben fe se muerden, acosados de hermosas fieras interiores, los puños con que escriben».1 Estas palabras de Martí corresponden a 1882. Eran «tiempos de reenquiciamiento y remolde», de crisis espiritual, que acompañaba a los veloces cambios que hacían del hombre un objeto devaluado frente a las enormes fuerzas técnicas desplegadas en la época. La tecnología de la modernidad aceleraba los ritmos de la vida. Los ferrocarriles se habían convertido en símbolo de un mundo que mediante los intercambios comerciales y las comunicaciones se hacía más estrecho, se empequeñecía, con sus consecuencias positivas y negativas.2 Los valores que hasta entonces se tenían como sólidos, eternos, demostraban su fragilidad ante el avance impetuoso de los cambios que echaban abajo barreras, concepciones y modos de vida.3 Era una época de transición.

A fines del siglo xx, en medio de una etapa de cambios, ocurren transformaciones que también han conducido a una crisis de valores.

Determinados sistemas de ideas, concepciones, creencias han demostrado su invalidez. Y aquellos que los sostenían como verdades inmutables, eternas, se han quedado perplejos ante el vacío teórico dejado por una realidad que no corresponde con los postulados iniciales. Algunos abandonan la participación en todo quehacer político, aduciendo el fracaso del marxismo. Otros, sin negar lo esencial de este, intentan elaborar nuevas concepciones que posibiliten la continuación de la lucha por la justicia social.

Los estudiosos del pensamiento martiano podemos hallar en las ideas del Maestro una fuente de inspiración y una guía en la búsqueda de respuestas a las interrogantes actuales. Sin embargo, es necesaria una advertencia. El mayor valor del estudio de una personalidad de otra época radica en conocer sus respuestas a los problemas de su tiempo, las soluciones que propuso para aquellos en sus circunstancias, la manera en que hizo frente a sus adversarios, los métodos y vías para la exposición y defensa de sus ideas. En los resultados de estas búsquedas se hallan lecciones que pueden servirnos tanto para conocer el pasado como para elegir los nuevos paradigmas.

Al mismo tiempo, es necesario considerar que en ninguna obra de un pensador de otra época aparece la descripción del mundo de hoy, de sus problemas y de las respuestas para estos. No se debe pretender encontrar la solución de los problemas de hoy por tal vía; pero sí una mejor comprensión de estos, si es posible establecer análisis comparativos, y no pasar por alto las advertencias y valores permanentes. Las claves del conocimiento de ese pasado o del presente no se hallan en ninguna ley supuestamente universal que podamos aplicar a la realidad, sino en el estudio sistemático de esta para descubrir las verdades e interpretarlas adecuadamente.4 El método ha de servir para orientar las búsquedas y establecer los principios del análisis, pero nunca para ofrecer «conclusiones previas» que el investigador debe validar.

El estudio del pensamiento y la vida de José Martí no tiene como objetivo el desarrollo de habilidades pragmáticas para el uso de fragmentos o páginas de sus textos como apoyo justificativo de determinados hechos o ideas del presente. Se trata de conocer profundamente el pensamiento del Maestro, valorar su permanencia, la proyección de aquellas concepciones de valor universal que elaboró para su época y que la han transcendido; los principios que constituyen la base de su ideario, el dominio del método cognoscitivo que le permitió penetrar las realidades de su época, así como su visión de la responsabilidad del hombre ante la sociedad. A la vez, ha de estudiarse su vida, pues en él se da la cualidad poco común de la correspondencia entre la prédica y la actuación, que comparte no solo los anhelos y logros de su pueblo, sino también sus angustias y carencias.

En estos momentos de crisis ideológica, es posible hallar en el pensador cubano los fundamentos de una estructura socioeconómica a la que él llamó «república justa», «república democrática», como uno de los fundamentos del proyecto de ordenación más acertada de la sociedad, ante el fracaso tanto del modelo capitalista como del socialismo soviético.

La legitimidad mayor de estas ideas se halla en su enraizamiento en la realidad continental y cubana, y de haber surgido del conocimiento profundo de estas. Martí consideraba que debía llevarse adelante el estudio de los factores reales del país. «Conocerlos basta, —sin vendas ni ambages; porque el que pone de lado, por voluntad u olvido, una parte de la verdad, cae a la larga por la verdad que le faltó, que crece en la negligencia, y derriba lo que se levanta sin ella».5

Apegado a la verdad, desarrolló el Apóstol un método de conocimiento del mundo. El conocimiento era, para él, un instrumento de la acción, que nace de ella y a ella vuelve. Intentaba atrapar la totalidad en lo singular, sin ideas preconcebidas, sin prejuicios, con la mente abierta a todo lo nuevo. De este modo lograba una visión unitaria de la multiplicidad fenoménica; una visión de todas las aristas posibles del objeto de estudio, integradas armónicamente, con afán reinterpretativo.

Aplicado este método a la sociedad, pudo formarse una concepción histórica racional, basada en los procesos económicos, políticos y culturales. Aplicándolo al estudio de los dos factores histórico-geográficos de nuestro continente, pudo entender las fuerzas que pugnaban en ambos, las características de sus relaciones, así como la influencia del resto del mundo sobre estas, hasta advertir la amenaza que representaba el expansionismo de los Estados Unidos para Nuestra América, su afán hegemónico, y sus continuos esfuerzos por alcanzar el dominio político y económico sobre todos los países del área. Elaboró así una concepción antimperialista, que marchaba paralelamente con su latinoamericanismo. Las formas transnacionalizadas que asume hoy el imperialismo no niegan lo esencial de las advertencias martianas.

Su concepción de la república democrática buscaba el modo adecuado de ordenar la sociedad para garantizar el desarrollo de una nación fuerte, unida, capaz de gobierno propio, sin intromisiones ajenas, que respondiera a los intereses de las amplias mayorías, por encima de todos los que le sean ajenos. Para garantizar, en resumen, la independencia y la soberanía.

El proyecto emancipatorio no es un tema teórico abstracto, sino un problema político afincado en la realidad, que se halla en el centro de la disyuntiva entre la acción y la impotencia.6 El error no radica en buscar soluciones, sino en pretender hallarlas desde una mentalidad colonizada. «A conflictos propios, soluciones propias», dijo Martí en fecha tan temprana como 1876, idea que sostuvo durante toda su vida, y que está expresada en 1891 de este modo: «Conocer el país, y gobernarlo conforme al conocimiento, es el único modo de librarlo de tiranías».7

El error —advirtió el Maestro— podría continuar si, una vez conocidos los fenómenos, se pretendiera amoldarlos a esquemas prehechos, con violencia de la realidad, vía segura para el fracaso a mayor o menor plazo. Como salida igualmente errónea, solo cabría apelar a la imposición coercitiva, con negación del centro mismo del proyecto martiano: el hombre. El bienestar de este no debe esgrimirse como pretexto para actuar contra la naturaleza humana. No es con una «concepción celeste del mundo» como pueden hallarse las soluciones al hambre, la incultura y el atraso económico. Hay que «apearse de la fantasía» y «echar pie a tierra con la patria revuelta»,8 pues no se actúa con ángeles, sino con seres de carne y hueso, ni se debe pretender la existencia de una sociedad paradisíaca. El objetivo es una sociedad donde impere la justicia social, y esta ha de presentarse como alcanzable. Imperfecta, pero posible.

La sabiduría está en comprender el mundo actual. El proyecto de emancipación humana no se halla en el escape ilusorio ante las nuevas condiciones, sino en el enfrentamiento a sus aspectos negativos.

La historia no se detiene en ningún punto de negación, ni se halla el género humano en un retorno cíclico. La reimplantación defectuosa del capitalismo en lo que fue el campo socialista equivale al triunfo, por una parte, de la reacción política, y por otra, de la racionalidad tecnológica sobre la negación de las posibilidades infinitas del quehacer humano en las condiciones de libertad e iniciativa creadoras que aquel sistema debió propiciar; pero no lo hizo. No es conveniente «considerar al ser humano un mero productor de bienes materiales».9 No se alcanza el bienestar con la socialización de todos los medios de producción, si el mundo espiritual del ser humano debe olvidarse en nombre de la defensa de las condiciones materiales de existencia.

El humanismo revolucionario de José Martí no coincide con formulaciones abstractas, que idealizan a los seres humanos, sino con una concepción apegada a la realidad: «los pueblos no están hechos de los hombres como debieran ser, sino de los hombres como son. Y las revoluciones no triunfan, y los pueblos no se mejoran si aguardan a que la naturaleza humana cambie».10

Se trata «de moldear la masa humana con la levadura eficiente de la acción revolucionaria».11 Esta, para el Apóstol, ha de tener el bien del hombre como objetivo esencial y, a la vez, como centro del proceso mismo de transformación. El hombre es el gestor, el actor y el beneficiario de la revolución. En documento de magnitud programática, el Manifiesto de Montecristi, queda resumida esta idea: «Honra y conmueve pensar que cuando cae en tierra de Cuba un guerrero de la independencia [...] cae por el bien mayor del hombre».12 No apela el Maestro al hombre idealizado, sino al individuo concreto. Como señala Noël Salomon, «para él, el individuo (con sus posibilidades psicológicas y morales y por lo tanto su cariño para los demás) es el punto de partida de todo, la célula primera de la sociedad y de la humanidad».13 Advierte Martí que la dicha futura de Cuba se encontrará «en el pleno goce individual de los derechos legítimos del hombre»; que la República ha de tener «por base el carácter entero de cada uno de sus hijos, el hábito de trabajar con sus manos y pensar por sí propio», lo que para él constituía no solo un derecho, sino un deber: «El primer deber de un hombre es pensar por sí propio».14

Para el dirigente político que llamaba a su pueblo a una guerra de liberación nacional contra un poder absoluto, intransigente, antidemocrático, no bastaba con formar combatientes para las batallas que se librarían con fusiles, sino para los enfrentamientos ideológicos que tendrían lugar antes, durante y después de la contienda. «De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla a pensamiento».15 El totalitarismo español, como toda forma de absolutismo, creaba deliberadamente la oscuridad de la conciencia, como un medio de garantizar el poder mediante la ignorancia cívica y política, que destruyera las fuentes personales de la conciencia de sí y de la autoestima, con la sobrevaloración de las virtudes ajenas como vía encaminada a la pérdida de la identidad personal y nacional. Es por ello que Martí concibió al individuo como centro de su labor formativa, pues solo el hombre capaz de decidir por sí mismo ante las opciones que se le presentan podrá acometer conscientemente la transformación de la sociedad. Cada uno ha de asumir la realidad y actuar con independencia de criterios a partir del conocimiento de aquella. Esta debe ser una decisión consciente, no un acto de acatamiento sumiso de lo dispuesto por otros.16 La razón se alimenta de saber, y para ello el individuo necesita el acceso a las mayores y más amplias fuentes de información, para nutrir su inteligencia con opiniones varias y encontradas, que posibiliten la ampliación de su espectro cognoscitivo, y hagan válida su elección.17

El proyecto emancipatorio que tome como una de sus fuentes el pensamiento martiano hallará en este una clara concepción del vínculo hombre-sociedad. No preconiza el Apóstol una actitud individualista, sino, por el contrario, su empeño se centra en lograr la integración de cada uno al proceso liberador. Pero sin que ello signifique la anulación de la persona, pues para forjar la dignidad colectiva de un pueblo ha de partirse del respeto a la dignidad plena del hombre, del respeto a su individualidad, a sus derechos como ser humano.18 La redención que persigue el proceso revolucionario no es formal, sino efectiva, por lo que Martí señala: «Ni la originalidad literaria cabe, ni la libertad política subsiste mientras no se asegure la libertad espiritual. El primer trabajo del hombre es reconquistarse».19

El pueblo cubano, deformado por el colonialismo, debía conquistar no solo la independencia política, entendida esta como el derecho al gobierno propio y al establecimiento de la república democrática, sino también la independencia de las mentes —«la primera libertad, base de todas, es la de la mente».20 Un país será más libre, próspero y seguro en su soberanía, en la medida en que cada uno de sus hijos piense y sienta con alma de nación. En la concepción martiana, el elemento esencial de esta es el ser individualmente considerado, cuya unión constituye el pueblo, que deviene así no un ente abstracto y amorfo, sino un conglomerado de personas, cada una digna de respeto: «ese respeto a la persona humana que hace grandes a los pueblos que lo profesan y a los hombres que viven en ellos, y sin el cual los pueblos son caricaturas, y los hombres insectos».21 Considerado de este modo, el concepto de pueblo gana una dimensión concreta que hace factible el mejor entendimiento del criterio de la relación individuo-sociedad.

A lo largo de toda su obra, el Apóstol indica que el hombre se debe a su pueblo, que desde sus primeros pasos ha de compartir con este desvelos, inquietudes, angustias, alegrías, derrotas y victorias que ha de asumir como propios en la medida en que se forja como hombre. Unido así al resto de sus conciudadanos, el individuo no ha de pretender erigirse en amo de otros, sino en servidor de la colectividad, y en lo que a esta atañe, ha de acatar la opinión de la mayoría: «Yo no creo que en aquello que a todos interesa, y es propiedad de todos, deba intentar prevalecer, ni en lo privado siquiera, la opinión de un solo hombre». Pensamiento raigalmente democrático, volcado a la tarea de forjar una nación sobre bases nuevas, concibe que «las cosas de muchos hombres no se hacen con la voluntad, ni con el heroísmo, de un solo hombre», y añade: «Héroe, se lo puede ser todos los días: pero el verdadero héroe es el que sacrifica su heroísmo al bien de su patria».22

Con tales principios se construiría la república justa, democrática, «con todos, y para el bien de todos». No es casual que el discurso de Martí conocido por su frase final se halle al comienzo de la etapa de fundación del Partido Revolucionario Cubano, organizador de la guerra necesaria para alcanzar la independencia patria. En estas pocas palabras se resume lo esencial del programa de la nueva ordenación política concebida por el Maestro.

Con todos los integrantes de la nación debía alcanzarse la patria independiente. Solo quedarían excluidos quienes se excluyeran por soberbia o por apego obediente al amo extranjero. La obra de unidad exigía el esfuerzo máximo, pues habrían de juntarse cubanos y españoles, negros y blancos, hombres y mujeres, obreros y propietarios, civiles y militares, los de la Isla y los de las emigraciones. Se hallaban en juego tanto la independencia del país como la nacionalidad cubana; la libertad política como la cultura autóctona; el peligro de continuar siendo colonia de España, como el de convertirse en colonia de los Estados Unidos. Y ante peligros de tal magnitud no cabía la ensoñación de lograr la unanimidad en cada propuesta, sino la unión en los objetivos inaplazables: el logro de la independencia nacional, la soberanía popular y la justicia social.

Con todos los que compartieran estos fines se haría el esfuerzo común. Cuba debía salvarse «de los peligros de la autoridad personal y de las disensiones en que, por falta de la intervención popular y de los hábitos democráticos en su organización, cayeron las primeras repúblicas americanas». La garantía del éxito radicaba en la incorporación de las grandes mayorías de patriotas a la empresa de romper todas las ataduras al régimen colonial ibérico. Y quien convocaba a tal fin, no podía comenzar por tratar de imponer condiciones inaplicables al conglomerado heterogéneo que constituye el pueblo. Refiriéndose al Partido Revolucionario Cubano, Martí expresó que no podía abrirse al desorden el pensamiento que lo guiaba, pues esto «sería tan funesto como reducir su pensamiento a una unanimidad imposible en un pueblo compuesto de distintos factores, y en la misma naturaleza humana». «La unidad de pensamiento», señala, «de ningún modo quiere decir la servidumbre de la opinión».23 Solo el pensamiento creador posibilitaría el acceso al gobierno propio, en el que no creían los políticos imitadores, de prosapia antinacional.

No buscaba el nuevo sacrificio «la perpetuación del alma colonial en nuestra vida, con novedades de uniforme yanqui, sino la esencia y realidad de un país republicano nuestro, sin miedo canijo de unos a la expresión saludable de todas las ideas y el empleo honrado de todas las energías». El Maestro advierte sobre estos peligros internos: la presencia de hábitos coloniales en la preparación de la contienda, y la perpetuación de la colonia en la república futura. «El trabajo no está en sacar a España de Cuba; sino en sacárnosla de las costumbres», advirtió. «De España hemos de ser independientes [...] Y de los vicios sociales, tales como el despotismo y soberbia de nuestra opinión, la falta de respeto a la opinión ajena».24

El bien de todos no es una frase ocasional en el discurso martiano. Constituye un objetivo programático. El bien no alude solo al bienestar material, sino además a las condiciones favorables para la plena realización espiritual del individuo y la colectividad. Pero es obvio que sin los recursos que garanticen la subsistencia es difícil alcanzar la plenitud del ser humano. Como apunta Medardo Vitier, «el bien supone bienes, o, de otro modo, queda infecundo en la contemplación no más». En la proposición martiana lo material está conciliado con lo moral, pues su logro no se proyecta hacia fines egoístas, sino para la satisfacción de todos, expresión que no alude a «la colectividad abstracta sino [a] la suma de los individuos». Al expresar los objetivos a alcanzar en la república, Martí habla —agrega Vitier— sobre «el bien de cada uno, no la referencia vaga a lo colectivo».25 La revolución habría de propiciar que cada ciudadano alcanzara una vida digna, no mediante un ilusorio igualitarismo económico nivelador, sino por el trabajo y el esfuerzo de cada cual. La revolución habría de lograr, al mismo tiempo, que el bien sea de todos, no de un grupo de favorecidos que justificaría su encumbramiento por supuestos servicios a la sociedad, y en realidad verdaderos portaestandartes del más feroz individualismo, porque se practicaría a nombre del colectivismo.

Para lograr la movilización de las masas tras un proyecto emancipatorio, este ha de tener en cuenta la lección política del Maestro: la sociedad democrática que se postula ha de organizar la producción y la distribución de la riqueza de modo que sean satisfechas las necesidades materiales y espirituales de cada individuo, y ha de alcanzar la genuina solidaridad, al superar el individualismo mediante la potenciación de los valores humanos. El núcleo central del discurso martiano se resume en las siguientes palabras:

yo quiero que la Ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre [...] O la república tiene por base el carácter entero de cada uno de sus hijos, el hábito de trabajar con sus manos y pensar por sí propio, el ejercicio íntegro de sí y el respeto, como de honor de familia, al ejercicio íntegro de los demás; la pasión, en fin, por el decoro del hombre, —o la república no vale una lágrima de nuestras mujeres ni una sola gota de sangre de nuestros bravos. Para verdades trabajamos, y no para sueños.26

 

A más de cien años de la caída en combate de José Martí, debemos tener presentes todas las facetas de su pensamiento, y contribuir a que sus ideas se conviertan en realidad.

 

Notas

 

1. José Martí, «El Poema del Niágara», prólogo al libro homónimo de Juan Antonio Pérez Bonalde, Nueva York, 1882, Obras completas, La Habana, 1962-1972, t. 7, p. 225. (En adelante citaré por esta edición, que identificaré con las siglas O. C.)

2. Véase José Olivio Jiménez, «José Martí y la creación del modernismo hispanoamericano», Actas del Congreso Internacional sobre el Modernismo español e hispanoamericano y sus raíces andaluzas y cordobesas, Córdoba, 1987, pp. 209-210. Del mismo autor, «Una aproximación existencial al “Prólogo al Poema del Niágara” de José Martí», Anales de Literatura Hispanoamericana, n. 2-3, Madrid, 1973-1974.

3. Véase Angel Rama, «La dialéctica de la modernidad en José Martí», Estudios Martianos, Editorial Universitaria, Universidad de Puerto Rico, 1974, pp. 154-155 y 169.

4. Véase Manuel Moreno Fraginals, «La Historia como arma», Casa de las Américas, n. 40, La Habana, enero-febrero de 1967, pp. 26-27. Véase Luis Vitale, «Carta abierta para un debate. Pifias y aciertos de Marx sobre América Latina», Punto Final, n. 286, Santiago de Chile, quincena del 21 de marzo al 3 de abril de 1993, p. 21.

5. José Martí, «Nuestra América» (La Revista Ilustrada de Nueva York, 1° de enero de 1891), edición crítica, investigación, presentación y notas de Cintio Vitier, Centro de Estudios Martianos y Casa de las Américas, La Habana, 1991, p. 21.

6.Véase Adolfo Sánchez Vázquez, «Posmodernidad, posmodernismo y socialismo», Casa de las Américas, n. 175, La Habana, julio-agosto de 1989, p. 138.

7. José Martí, «Nuestra América», ob. cit., p. 18. La frase anterior es de «La polémica económica. —A conflictos propios, soluciones propias. —La cuestión de los rebozos. —Cuestiones que encierra» (Revista Universal, México, 23 de septiembre de 1875), O. C., t. 6, p. 334.

8. Estos dos fragmentos se hallan en José Martí, «El tercer año del Partido Revolucionarios Cubano» (Patria, 17 de abril de 1894), O. C., t. 3, p. 140; el anterior es de «Carácter» (Patria, 30 de julio de 1892), O. C., t. 2, p. 76.

9. Frei Betto, «Mística y socialismo», Casa de las Américas, n. 185, La Habana, octubre-diciembre de 1991, p. 123. Son varios los autores que coinciden en señalar el poco desarrollo alcanzado en el tema del humanismo por parte de los marxistas. El propio Betto indica: «El marxismo elaboró poco la cuestión de la subjetividad humana» (p. 25). Por su parte, Fernando González Rey, en «El individuo: su lugar en la sociedad socialista» (Casa de las Américas, n. 178, La Habana, enero-febrero de 1990, p. 32) expresa: «El tema del individuo ha sido muy poco tratado en la literatura marxista».

10. José Martí, «La guerra» (Patria, 9 de julio de 1892), O. C., t. 2, p. 62; Vibha Maurya, en «El humanismo de José Martí y Mahatma Gandhi» (Anuario del Centro de Estudios Martianos, n. 10, La Habana, 1987, p. 241), expresa: «el factor decisivo de su humanismo [el de Martí] no lo es fuerza divina alguna, sino el mismo hombre, la fuerza del hombre de superar sus limitaciones y vencer sus dificultades».

11. Pablo Guadarrama González, «Consideraciones metodológicas sobre la recepción de la herencia martiana», Anuario del Centro de Estudios Martianos, n. 13, La Habana, 1990, p. 341. Guadarrama califica de «humanismo práctico» al de Martí. Véase Gregorio Weinberg, «Viejo y nuevo humanismo», Cuadernos Americanos, n. 38, México D.F., marzo-abril de 1993.

12. José Martí, El Manifiesto de Montecristi. El Partido Revolucionario Cubano a Cuba, Centro de Estudios Martianos-Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1985, p. 28.

13. Noël Salomon, «En torno al idealismo de José Martí», Cuatro estudios martianos, Centro de Estudios Martianos-Casa de las Américas, La Habana, 1980, p. 58. Véase en este mismo libro «El humanismo de José Martí».

14. José Martí, «Hombre de campo», O. C., t. 19, p. 381; los dos fragmentos anteriores corresponden a «El tercer año del Partido Revolucionario Cubano» (Patria, Nueva York, 17 de abril de 1894), O. C., t. 3, p. 139, y «Discurso en el Liceo Cubano», Tampa, 26 de noviembre de 1891 (conocido como «Con todos y para el bien de todos»), O. C., t. 4, p. 270. Esta pieza oratoria será citada en adelante como «Discurso en Tampa».

15. José Martí, «Carta a Benjamín Guerra y Gonzalo de Quesada», Cabo Haitiano, 10 de abril [1895], O. C., t. 4, p. 121.

16. «Asegurar el albedrío humano; dejar a los espíritus su seductora forma propia; no deslucir con la imposición de ajenos prejuicios las naturalezas vírgenes; ponerlas en aptitud de tomar por sí lo útil, sin ofuscarlas, ni impelerlas por una vía marcada. ¡He ahí el único modo de poblar la tierra de la generación vigorosa y creadora que le falta!». José Martí, «El Poema del Niágara», O. C., t. 7, p. 230.

17. «Asesino alevoso, ingrato a Dios y enemigo de los hombres, es el que, so pretexto de dirigir a las generaciones nuevas, les enseña un cúmulo aislado y absoluto de doctrinas». José Martí, «El Poema del Niágara», O. C., t. 7, p. 230. Y en «Revista de los últimos sucesos» (La Nación, Buenos Aires, 21 de mayo de 1887), O. C., t. 11, p. 188, dice: «Enorme es el beneficio de vivir en un país donde de la coexistencia activa de diversos cultos impide aquel estado medroso e indeciso a que desciende la razón allí donde impera un dogma único e indiscutible».

18. José Martí, «El poema del Niágara», O. C., t. 7, p. 230. En «El Partido Revolucionario Cubano a Cuba» (Patria, 27 de mayo de 1893), O. C., t. 2, p. 346, expresa: «Sólo la opresión debe temer el ejercicio pleno de las libertades».

19. José Martí, «El poema del Niágara», O. C., t. 7, p. 230.

20. José Martí, «En los Estados Unidos» (La Nación, Buenos Aires, 22 de noviembre de 1889), O. C., t. 12, p. 348.

21. José Martí, «Carta a La República» (La República, Honduras, 14 de agosto de 1886), O. C., t. 8, p. 20. En el «Discurso en Tampa» señala: «Su derecho de hombres es lo que buscan los cubanos en su independencia; y la independencia se ha de buscar con alma entera de hombre». (O. C., t. 4, p. 273)

22. José Martí, «Los moros en España» (Patria, 31 de octubre de 1893), O. C., t. 5, p. 335. El fragmento anterior corresponde a «Carta a Serafín Bello», Nueva York, 9 de noviembre de 1887, O. C., t. 1, p. 208.

23. José Martí, «Generoso deseo» (Patria, 30 de abril de 1892), O. C., t. 1, p. 424. El fragmento anterior corresponde a «Carta al Presidente del club “José María Heredia”», Nueva York, 25 de mayo de 1892, O. C., t. 1, p. 458.

24. Este y el fragmento anterior han sido tomados de José Martí, «Cuatro clubs nuevos» (Patria, 14 de enero de 1893), O. C., t. 2, p. 196 y 195, respectivamente. El primero de este párrafo corresponde a «Discurso en Tampa», O. C., t. 4, p. 273.

25. Esta y la primera cita en el párrafo son de Medardo Vitier, «Doctrina social. III», Valoraciones, Universidad Central de Las Villas, Departamento de Relaciones Culturales, 1960, t. I, p. 424 y 425, respectivamente; el otro fragmento es de «Doctrina social. I», p. 420.

26. José Martí, «Discurso en Tampa», O. C., t. 4, p. 270.