Martí en la República

Resumen: 

¿Cómo se recibió la obra de José Martí en la República? ¿Qué significación tuvieron las primeras ediciones de sus obras? ¿De qué manera se manifestó la devoción martiana en la conciencia nacional? ¿Hubo una apropiación de su figura en el imaginario popular? ¿Sirvió su legado para legitimar actitudes y creencias? ¿Funcionó Martí como modelo de conductas? ¿Qué papel tuvo en los discursos políticos en la República? ¿Cómo asumieron su herencia los revolucionarios del 30 y del 53? ¿Quienes influyeron en la expansión internacional de su pensamiento y su acción? ¿Hubo una impronta martiana en la literatura de la República? ¿Qué importancia tuvieron los estudios martianos en la República? ¿Fue suficientemente estudiada la lengua de Martí en el período? ¿Se alejó el periodismo republicano del modelo martiano? ¿Cómo interpretaron las artes plásticas su figura?

Estas y otras interrogantes son respondidas por historiadores, ensayistas, profesores e investigadores, todos estudiosos de la obra martiana.

 

Ana Cairo (moderadora): Vamos a comenzar esta mesa redonda a la que nos convoca la revista Temas y cuyo objetivo es reflexionar sobre cómo se produjo, en el período de 1902 a 1958, la recepción martiana. El primer asunto que nos interesa es el relacionado con el modo en que los hombres del siglo xx conocieron la obra de José Martí. Les propongo que este sea el punto inicial para la reflexión. Cómo se conocieron los textos martianos y a partir de ese conocimiento cómo se fue comportando la recepción martiana.

 

Roberto Fernández Retamar: La forma como se recibió, en la República cubana de 1902 a 1958, la obra martiana, tiene un título inicial básico, y es que poco antes de la instauración de esa República, en 1900 —es decir, el último año del siglo xix y cinco años después de haber muerto Martí—, su albacea literario, Gonzalo de Quesada y Aróstegui, comenzó a publicar los tomos de lo que él llamó Obras de José Martí. No Obras completas, porque no lo eran, pero no cabe duda de que fue una empresa de extraordinaria importancia. En total, en varios países y a lo largo de casi veinte años, entre 1900 y 1919, aparecieron quince tomos. Quesada había fallecido en 1915, pero había dejado ya preparado el último tomo. Fue el primer conjunto de obras de Martí, y fue verdaderamente notable, pues de él se derivaron las ediciones posteriores. Hoy es fácil juzgarlo críticamente, hacer ver sus manquedades, entre otras cosas lo mucho que faltaba por publicar, aspectos de edición, etc.; pero sin ese paso inicial no se hubiera ido más lejos. La colección, además, muy pronto incluiría comentarios muy interesantes sobre Martí, sobre su vida, su obra, sobre ambas. Es a partir de la publicación de estas Obras... que muchos materiales martianos se hicieron asequibles, no solo para los cubanos. Hay que recordar las reacciones ante ellas de autores como Rubén Darío, Unamuno o Gabriela Mistral. Naturalmente, tuvieron una repercusión particular en la Isla.

 

Ana Cairo: Permítanme aportar unos cuantos datos que pueden ser de interés. Por ejemplo, Gonzalo de Quesada y Aróstegui fue incorporando a los tomos, artículos escritos sobre Martí entre 1895 y los primeros años republicanos. Si bien la edición de Gonzalo de Quesada es valiosa, y tiene el mérito de ser la primera, realmente en los años 20 y los 30 se trabajó más con la que hizo, entre 1918 y 1920, Néstor Carbonell. Esa es la que lee Julio Antonio Mella, esa es con la que trabaja Rubén Martínez Villena, esa es la que circula en esa época. La de Quesada fue la que leyó Medardo Vitier, autor de Martí, su obra política y literaria, en 1911, que fue el primer texto valioso; pero realmente la gran eclosión de textos sobre Martí se produce sobre todo en la década de los años 20. Y ahí la edición que se maneja es la de los hermanos Carbonell, que fueron grandes difusores de la obra martiana. Yo acabo de revisar en estos días la revista Letras, y he comprobado que durante toda la segunda intervención norteamericana casi no hay un solo número donde no aparezca un texto de Martí. También en la revista El Fígaro se dieron a conocer textos inéditos: en 1909 apareció la trascendental carta a Manuel Mercado, fechada el 18 de mayo de 1895. Él es el motivo subliminal para recordar que hay que sacar a los norteamericanos de Cuba. Ahí, en Letras, se republica el texto sobre Casal, se republican discursos de Martí, y otros materiales martianos. Los Carbonell habían comenzado ya ese trabajo en el año 1905, pero entre el 18 y el 20, editan —sobre todo Néstor—, ocho tomos que tienen una amplia circulación. Luego estarían las ediciones que se hicieron fuera de Cuba, como las que realizaron, en el año 26, Armando Godoy y Ventura García Calderón. Una edición que se hizo en España —en la cual colaboró Juan Marinello y otros del grupo de la Revista de Avance—, es la de Alberto Ghiraldo, en el año 29. La primera gran edición popular fue, sin lugar a dudas, la de Trópico. Este es quizás uno de los proyectos de mayor alcance, porque Trópico fue una cooperativa de intelectuales creada por Emeterio Santovenia con otras personas, entre ellas Jorge Mañach, para producir libros baratos, y justamente una de sus primeras líneas editoriales son las Obras completas de Martí en 74 tomos. Esa es la que muchos de nosotros recordamos en casa, los tomitos sueltos, pequeños, y que salió entre 1936 y 1953. Luego comenzaría, en el 46, la de Lex —realizada por Manuel Isidro Méndez—, en dos tomos, que se van a reimprimir varias veces: en el 48, en el 53...; esta es la última de las anteriores al 59, que circula bastante. Es la que lee Fidel Castro; se han publicado sus anotaciones en distintas páginas. Después habría la otra gran empresa, las Obras completas de 1963. Pero para poder hacerla, Gonzalo de Quesada hijo, la cabeza visible de la edición de Trópico, se apoya en esas experiencias.

Creo que es justamente ese clima de publicaciones y republicaciones que mencionaba antes lo que está en el sustrato de la posibilidad de comenzar a crear una base para los estudios martianos. Y ello no solo en el país. Quizás Ricardo pudiera recordar el proyecto de sacar a Martí fuera de Cuba que tienen Lizaso, Marinello...

 

Ricardo Hernández Otero: Sobre ese proyecto yo publiqué un trabajo en la revista Letras Cubanas, pero después he encontrado nuevos elementos. Se trata de una edición de Martí en Francia, y es interesante porque este fue un proyecto surgido en el Instituto de Cooperación Intelectual, antecedente de lo que sería después la UNESCO, que decide publicar una colección de grandes figuras de Hispanoamérica traducidas al francés. Una de las representantes de América Latina en ese comité es Gabriela Mistral, quien propone que se haga la edición por Cuba de un tomo de Martí. También estaba en esa comisión Mariano Brull, quien se dirige a las personas que él entendía podían hacer este trabajo en Cuba: Juan Marinello, Félix Lizaso y Jorge Mañach. Se dividieron el trabajo, uno hablaría sobre el hombre, otro sobre el pensamiento, y otro acerca de la obra literaria. El proyecto llevó tiempo porque fue en el año 30 ó 31; Marinello estaba preso. Tuvieron que esperar por eso y por otras circunstancias; en fin, Brull tuvo que trabajar bastante en este sentido, e incluso —son cosas que he encontrado después— en el año 31, cuando Gabriela vino a La Habana, invitada por la Hispanocubana de Cultura, y dictó una conferencia en el teatro Principal de la Comedia, sobre la lengua de Martí, ella donó la recaudación del cobro de la entrada a esa conferencia para la edición de ese libro. Hay una serie de cartas cruzadas en este sentido, que sería bueno completar en un futuro, a través de otros epistolarios como el de Marinello y demás, para ver bien la idea de esa primera edición en lengua extranjera, que se logró finalmente. Recientemente, revisando la revista Proa, comprobé que después de aparecido el volumen, se vuelve a recordar que la conferencia de Gabriela permitió contar con una parte del dinero para esa edición.

 

Pedro Pablo Rodríguez: Lo que ha dicho Roberto, y han completado Ana y Ricardo, sobre la importancia de contar con las obras de Martí es decisivo. Teniendo conocimiento de los textos, se puede decir que es casi conocido el hombre; pero yo estaba pensando mientras los oía en zonas del conocimiento que no han sido trabajadas. Hay zonas, sobre todo de la cultura popular, que no están escritas. Y, en el caso de la recepción martiana, tenemos que pensar en los hombres de los primeros años del siglo xx, que venían del xix. Lo que quiero decir es: de qué manera la gente que conoció personalmente a Martí, y su labor como dirigente político, como escritor y como hombre de cultura en general; los que lo oyeron o lo leyeron con frecuencia mientras vivió; los hombres de la emigración, por ejemplo, pudieron o no trasmitir ese conocimiento y algún tipo de impresión personal a quienes no pudieron tener ese conocimiento directo. Un reciente trabajo de la historiadora Marial Iglesias estudia un asunto habitualmente no examinado por los historiadores. Ella se valió de muy diversas fuentes para indagar, en este caso, de qué manera se fue manifestando la conciencia nacional a través del fenómeno que se produjo —a partir de 1899 con la retirada de la administración española—, de cambiarles los nombres a las calles de todos los pueblos de Cuba. La autora ha notado que prácticamente en todos hubo, desde entonces, una calle que se llama Martí. Esto me parece muy significativo, porque probablemente la mayoría de esos cubanos que adoptaron y acogieron esos cambios de nombre no habían leído a Martí.

 

Marlen Domínguez: ¿De qué fecha estamos hablando?

 

Pedro Pablo Rodríguez: 1899, cuando empieza la ocupación militar norteamericana. Al cesar la administración española el 1° de enero, prácticamente todas las alcaldías —excepto la de La Habana, que aunque también fue ocupada por un libertador, este estaba de acuerdo con los norteamericanos— fueron ocupadas popularmente, al extremo de que casi se creó un poder paralelo entre la estructura del gobierno militar y las alcaldías en manos de oficiales del Ejército Libertador. Y una de las primeras medidas que tomaron fue sustituir los nombres de las calles. Marial Iglesias ha detectado, hasta cuantitativamente, que en casi todos los pueblos se cambiaron los nombres de las calles y siempre había una calle Martí.

Hubo otras cosas que denotan esa conciencia. Por ejemplo, en el año 1900, una de esas imprentas que hacían almanaques con fechas relacionadas con los santos, el llamado santoral, hizo durante dos o tres años el santoral patriótico, y en él, como indica Marial, aparecían varias fechas de Martí; que recuerde en estos momentos, el 28 de enero y el 19 de mayo. Indudablemente esto nos está revelando dos cosas, a mi juicio importantes: una que, de alguna manera, se estaba trasmitiendo un conocimiento de Martí por quienes tenían una evaluación más cercana, o con mayores elementos, hacia quienes no lo habían conocido; y otra, cómo, al mismo tiempo se estaba tomando, por diversos sectores de la población, la personalidad de Martí; porque ese calendario, al reflejar el 28 de enero y el 19 de mayo, de hecho estaba iniciando una tradición, como también lo harían las cenas martianas, que empezaron en medio de la ocupación militar. Y eso no lo inventó el Estado cubano, no fue una medida oficial; eso surgió con cierta espontaneidad. Después tomarían otro carácter, a partir de la segunda década del siglo xx, pero al principio era así. Quiero llamar la atención acerca de que hay una zona de estudio que valdría la pena ahondar, a partir de estos ejemplos tan significativos que ha señalado Iglesias; que habría que empezar a buscar, en muchos casos posiblemente en fuentes no escritas o en trabajos escritos expresamente para eso, las formas de trasmisión de ese valor que fue Martí para la nacionalidad cubana, para la cultura cubana y para esa nación en vísperas de convertirse en un Estado, en aquel difícil momento de la ocupación militar.

 

María de los Ángeles Pereira: Es bien curioso, y articula perfectamente con lo que acaba de decir Pedro Pablo, el fenómeno relacionado con la ejecución del Monumento a José Martí en el Parque Central de La Habana. El hecho significativo es que la obra se llevó a cabo por suscripción pública. Así se pudo reunir el dinero necesario para costear la realización escultórica, la cual, por cierto, durante muchos años fue erróneamente atribuida al cubano José Villalta de Saavedra cuando, en realidad, Villalta fue el contratista de la pieza, pero no su ejecutor. La obra fue esculpida en Florencia en 1902 por un italiano nombrado Giusseppe Neri y fue traída a Cuba en 1903. Sin embargo, tuvo que aguardar más de dos años en los portales de la Manzana de Gómez hasta que, nuevamente mediante suscripción popular, se acopió el dinero suficiente para levantar el pedestal y proceder a su colocación en el sitio que todavía ocupa. El Monumento fue inaugurado por el General Máximo Gómez en la muy significativa fecha del 24 de febrero de 1905, a propósito del décimo aniversario del levantamiento del 95.

Lo que quiero resaltar es el hecho de que, para la selección de la figura a la cual se dedicaría este primer monumento conmemorativo de la República, que se emplazaría en el Parque Central —en sustitución de la estatua de Isabel II—, se instrumentó la vía de una encuesta pública a todo lo largo y ancho del país; y la figura que resultó ganadora de esa encuesta fue la de José Martí, seguida muy de cerca por la de Carlos Manuel de Céspedes. Aquel fue un concurso público realizado en el año 1900. Es decir, que el hecho tiene una conexión muy estrecha con lo que ha comentado Pedro Pablo acerca de la temprana nominación de las calles, incluso en pleno período de ocupación norteamericana. Y es que, efectivamente, ya se produce una apropiación popular de la figura de José Martí, a quien por ese entonces todavía se le conoce mínimamente por su obra escrita, pero a quien ya se le reconoce una gran trascendencia por su obra vital.

 

Ricardo Hernández Otero: Sería interesante hacer una investigación sobre la percepción de Martí en el imaginario popular, cómo se llegó a esa percepción, por qué vías, a través de quiénes se llega a algunas ideas que se mantienen hasta hoy. Por ejemplo, se lee a Martí y sobre Martí; los niños, los adolescentes, leen a Martí, lo estudian; pero muchos comparten una falsa leyenda de un Martí mujeriego, enamoradizo, gustador de licores espirituosos, para decirlo eufemísticamente; en fin, qué es lo que el pueblo en realidad piensa en lo interno, y por qué. Esa sería una encuesta y una investigación muy interesantes y ayudarían, en ese aspecto y en otros muchos relacionados con Martí, a trazar estrategias para cambiar esa imagen, una visión sin bases objetivas, pero bastante extendida.

 

Carmen Suárez León: Cuando leo los textos republicanos sobre Martí, me resulta especialmente llamativo el entrelazamiento continuo de discursos diversos. La percepción de Martí se va construyendo a través de una pluralidad de discursos, de una manera muy coral, con todas las ambigüedades, contradicciones y perversidades que en ocasiones eso trajo. Está ese Martí popular, que es una parte tan entrañable de la nacionalidad cubana como la otra, con una integración que hunde sus raíces en la emigración, desde que empezaron a decirle «Maestro» y «Apóstol», cuando se paseaba con una mujer negra por las calles de Cayo Hueso. En ese momento germinal empieza a articularse toda una leyenda sobre la persona Martí. Aun estando él vivo, y como es un hombre que está por encima del común, da lugar a una gran cantidad de leyendas, de anécdotas, recreadas por ese discurso de la oralidad que se va produciendo desde que comienza su acción pública. Ya en el período republicano, después de su muerte en combate, después de todo lo que aquello significó, va entrando de algún modo en la vida diaria de cada cubano y se produce como una necesidad de legitimación del hombre cubano a partir de Martí. Y así se empieza a decir que era mujeriego o seductor. Uno puede encontrarse en una guagua —a mí me pasó— con un letrero que diga «No hay amor como el de madre. José Martí». Es una frase carcelaria, galanamente endilgada a Martí. Ese es un fenómeno que merecería un estudio serio, científico, porque está perfectamente imbricado con el sentimiento de nacionalidad.

En las antípodas de esa apropiación popular, tan legítima, se encontraba el discurso oficial «martiano», de un cinismo vacuo e irritante, que buscaba ya no la legitimación identitaria, como en el caso del pueblo, sino una especie de cosmético cordial para el poder, recurso con el cual se sintonizaba con los mejores sentimientos patrióticos, sin que la retórica de la invocación a Martí tuviera que ver con la práctica política real.

Y en la capa culta de la población, los intelectuales —maestros, creadores, profesionales— se concentraban en el estudio sistemático de la vida y la obra de José Martí, a medida que avanzaba el siglo, y la dramática realidad republicana exigía a los hombres de más decoro la transformación de la sociedad. Acción y reflexión martianas se articulaban de este modo en una pluralidad de voces y se comunicaban entre sí, como fundamento activo de la nación.

 

Marlen Domínguez: Cuando Ricardo hablaba de que sería importante incorporar este tipo de estudio sobre las vías de percepción de Martí, recordaba yo algo que una vez explicaba el profesor Retamar en la inauguración de uno de los cursos de la Facultad de Artes y Letras. Él hablaba de la reapropiación de las frases que a veces están trasuntadas, cambiadas y que se entienden no en su exacto sentido, pero que la gente las toma y le parecen muy útiles y muy apropiadas para una determinada circunstancia. Esa noción se aplica a lo que mencionaba Ricardo. Respecto a lo dicho por Carmen, también me parece muy interesante. Uno tiene —como pueblo, digo, no solo individualmente— un ideal de lo que es mejor ser, y según un determinado código, es mejor ser mujeriego, por ejemplo; y ahí funciona lo que en lingüística se llama prestigio encubierto. No solo está la forma prestigiosa, que todo el mundo puede reconocer como tal, sino la forma que es prestigiosa, o personalmente se considera así, aunque uno no lo declare nunca. Me parece que también eso explica un tanto esos valores o, mejor, contravalores que se le atribuyen a veces a Martí.

 

Pedro Pablo Rodríguez: Uno revisa cualquier discurso de los políticos de la época, desde el principio de la República hasta los de Batista en la década de los 50, y le parece casi hasta ridículo el tipo de lenguaje que utilizan, la retórica que usan; pero esta retórica no fue necesariamente vacía desde el principio. Estoy convencido de que cuando la gente del Consejo de Secretarios, es decir, el Consejo de Ministros de Estrada Palma, y el propio Estrada Palma, hablaban de Martí en los inicios de la República, esa retórica no era necesariamente vacía. Será la práctica histórica, lo que ellos hacían, lo que la va convirtiendo en vacía. Llama la atención que los primeros políticos de la República inician y dan paso a una tradición consistente en validar o intentar validar, con Martí, lo que estaban haciendo. Se dirigían sobre todo a quienes no aceptaban su obra y su acción política. ¿Por qué lo hacían? En algunos casos, puede ser que, en un momento dado, creyeran estar tratando de seguir a Martí, que fueran realmente sus seguidores, o que estaban influidos por Martí. Pero también sabían que —en la retórica política dirigida al conjunto de los sectores que trataban de albergar dentro de su actuación política, y a su propia clientela— tenían que acudir a aquello. Aun el Partido de los Independientes de Color —los olvidados de siempre— calzó toda su propaganda de la lucha por los derechos sociales del negro, justamente con Martí, y por cierto en un sentido polémico con lo que hacía el Partido Liberal, que era el que había capitalizado el voto negro en Cuba en las elecciones del año 1906, y en las de 1909, y que también lo siguió capitalizando después, casi hasta el machadato. El Partido de los Independientes de Color no tuvo en sus filas a ningún intelectual reconocido, porque de los intelectuales negros, ninguno se afilió a ese partido. Morúa lo rechazó, como bien sabemos, y Juan Gualberto Gómez no lo rechazó, lo defendió en el Senado (o en la Cámara, no recuerdo bien ahora), pero no militó en él y lo criticó como un partido racial. Pero escribían manifiestos, y lo que dicen en esos manifiestos una y otra vez, es que ellos lo que están buscando es la república «con todos y para el bien de todos»; o sea, utilizan la retórica martiana para justificar su acción en defensa de la justicia social para el negro, lo cual me parece significativo. Los Independientes no proceden de las clases más altas, muchos tenían una militancia política en las filas de la independencia —incluidos sus principales dirigentes—, pero ni siquiera habían terminado la guerra del 95 como generales. Ivonet tenía el grado de General, pero es un ascenso que se produce después del 95 a todo el que había participado en la guerra; o sea, es en el 98 cuando se acuerda ascender a todo oficial mambí al grado superior. Ninguno era, por tanto, de las más altas personalidades del Ejército Libertador.

 

Roberto Fernández Retamar: Esto me parece importante. Tiene razón Pedro Pablo cuando dice que se citaba a Martí con la voluntad de validar una política, cuya práctica iba a invalidar esa cita; y por otra parte, es relevante la mención de los Independientes de Color y su remisión a la lección de Martí. Pero, en rigor, ya se había producido esta escisión antes de la República, a raíz de la muerte de Martí, cuando el delegado del Partido Revolucionario Cubano (PRC) es Estrada Palma; cuando el periódico Patria ya no es dirigido por Martí, sino por Varona —que no es el mejor Varona, digamos—, y se produce la escisión que da lugar al periódico La Doctrina de Martí. Ahí hay un reclamo auténtico, un reclamo por revalidar la posición de la doctrina martiana, como sería después la posición de los Independientes de Color. Ese es el Martí radical, el que está lleno de futuridad.

Además, creo que es interesante lo que suscitó inicialmente Pedro Pablo, y lo que han añadido después los demás compañeros, en el sentido de ver no solo los textos de Martí. No voy a repetirlo; pero Carmen recordaba algo importante: que en vida de Martí, más allá del texto, Martí era ya una figura legendaria, es decir, eso de que se le llamara Maestro y Apóstol viene desde entonces. No es cierto —como en una ilustre biografía se ha dicho— que es después de muerto que empieza a llamársele «el Apóstol»: se le llamaba Maestro y Apóstol en vida. Era una situación singular. En la emigración se puede entender, porque Martí era un emigrado, vivía entre los emigrados, muchos lo habían leído y otros lo habían escuchado, o lo habían visto; pero me llama la atención que en los treinta y ocho días que Martí pasa en la manigua, personas que no tenían por qué haberlo leído, no habían convivido con él, no lo habían escuchado, le dicen espontáneamente Presidente. Lo escucharían allí, en los campamentos, donde los arengaba, pero antes no. Sin embargo se le llama Presidente; o sea, que ya en vida de Martí existía un aura (para usar esa palabra que Walter Benjamin ha empleado con acierto) que prosiguió después; porque en 1900 no empieza nada, sino que continúa y, efectivamente, como Pedro Pablo recordaba, no hacía falta la publicación de los textos de Martí para que mucha gente que provenía del siglo xix ya supiera de Martí, empezando por esas cosas que se han recordado.

Yo solo quisiera aportar, en relación con esto, otro ejemplo que no pertenece a las letras. En cuanto a estas, creo que el primer texto posterior a 1902 que apela a Martí a partir de la situación nacional, el desafío terrible a que se enfrenta la República mediatizada, la República con Enmienda Platt, es el de Julio César Gandarilla, Contra el yanqui, con ese capítulo tremendo que es «Regresa, Martí», donde el autor se remite al Maestro, frente a la crisis que ya se ve clara en la República. Pero, como dije, quisiera recordar otro material, de otra naturaleza, que es el equivalente, pudiéramos decir, de este capítulo de Gandarilla. Me refiero a «Clave a Martí», de Villillo. Es un texto tremendo, decisivo, y tiene que ver con lo que se ha estado comentando. Creo que todos lo recordamos: «Aquí falta, señores, una voz, ay, una voz/ de ese sinsonte cubano, de ese mártir hermano/ que Martí se llamó...».

 

Carmen Suárez León: ¿De qué época es?

 

Roberto Fernández Retamar: No recuerdo el año, pero fue bien temprano en la República.

 

Ricardo Hernández Otero: Creo que es de la segunda intervención.

 

Roberto Fernández Retamar: Es posible, puede ser anterior al texto de Gandarilla. La idea de que si Martí viviera «otro gallo cantaría, la patria se salvaría y Cuba sería feliz», es dramática, es realmente impresionante. Yo recuerdo, de niño, de muchacho, que se cantaba con gran emoción, con gran dolor, y es un texto no literario en el sentido tradicional del término, pertenece a la cultura popular, a la cancionística, y sin embargo es bien elocuente; o sea, que no tenemos que pensar solo en el Martí de los libros, en el Martí impreso, sino que hay que pensar en este otro Martí que se ha evocado.

 

Ricardo Hernández Otero: Sobre las formas alternativas de recepción martiana, también es muy interesante lo que sucede en el año 26, cuando por primera vez, me parece, se legisla y se declara el 28 de enero día feriado, conmemoración nacional, fiesta nacional —aunque como han dicho Ana y Pedro Pablo, los homenajes comenzaron antes. Y se puede comprobar cómo se utilizaba a Martí para todo, aun para la propaganda mercantil. Las grandes tiendas de La Habana se suman al homenaje, en ese año, y dedican sus vidrieras a Martí. Por ejemplo, la de El Encanto —una tienda por departamentos muy conocida, que además apoyaba la cultura, o sea, otorgaba premios, patrocinaba actividades artísticas, etc.— exhibía un esbozo de Martí hecho por López Méndez; en la parte de Galiano, cubriendo toda la vidriera, tenía un busto de Martí y varios tomos de sus mejores obras literarias. El busto había sido «cedido gentilmente por el doctor Lucilo de la Peña y daba realce a la vidriera una decoración pintada por nuestro artista Addia Yunkers representando la portada de uno de los más notables libros de Martí titulado Libertad». Fin de Siglo tenía también su vidriera, o su exposición, que se llamaba «El nacimiento de un pueblo», y además, en el propio Encanto se vendían en esa ocasión, como homenaje a Martí —esto se publicaba en la primera página del Diario de la Marina—, el tomo uno de las Obras Completas, editadas en París por Armando Godoy y Ventura García Calderón, al precio de 45 centavos, lo que puede parecer barato o caro, según la economía de cada cual, pero me parece que fue una oportunidad para que la población mayoritaria pudiera acceder a Martí. Hay un dato curioso: en ese momento, Marinello escribe, o publica, su primer texto dedicado especialmente a José Martí, que aparece en la sección que El Encanto le dedica, en el Diario de la Marina, al homenaje. Aquí tengo el texto, no lo voy a leer completo, solamente decir, para que ustedes vean cómo el martiano y el marxista que llegaría a ser Marinello pensaba todavía en aquel momento; la idea que aún tenía sobre la comprensión del pueblo acerca de Martí. Dice un fragmento de ese texto: «El pueblo, el buen pueblo que él amó tanto, ignorará por siempre las más valiosas creaciones de su pluma de maravilla, pero, como su genio alcanzó a todos, a todo, hay muchos denarios en su legado intelectual que pueden pasar por todas las manos, mucha agua pura que el pueblo, puede y debe beber largamente. Esta parte de su labor, la de menos quilates artísticos, porque el Maestro propiciaba en ella una fácil trascendencia, debe decirse en todo momento a los humildes». Es algo que me llamó la atención, esa especie de elitismo en una persona como Marinello. Pero bueno, repito, es el primer texto de los muchos que dedicó Marinello a Martí, y seguramente todavía están funcionando en él las ideas sobre la incapacidad de las masas de acceder a la alta cultura.

 

Ana Cairo: ¿Ese texto es del mismo año 26?

 

Ricardo Hernández Otero: Del año 26. Es un artículo que sale en la columna de El Encanto en el Diario de la Marina, anunciando la tienda, con dibujitos, una orla, y viene el texto de Marinello, y a mí me parece sintomático de lo que todavía en ese año un intelectual como él podía pensar sobre estas cuestiones del arte, de la cultura; un hombre que ya estaba entregado a la lucha social, que ya había defendido a Mella, que ya había participado en la Universidad Popular, y sin embargo todavía en este sentido tiene esa concepción bastante elitista de la recepción de Martí.

 

Ana Cairo: A propósito de lo que decía el profesor Retamar sobre Gandarilla, voy a recordar un texto que es un poquito anterior. Es el de Juan Gualberto Gómez, publicado en la revista El Fígaro, en un número especial con motivo del 20 de mayo de 1902 —justo el día en que se inaugura la República—, donde Juan Gualberto escribe sobre los objetivos de la revolución del 24 de febrero, y explica (yo diría que por primera vez de un modo claro) que la república que se funda no es la República martiana, es la república a la que se había podido llegar, pero que el sueño martiano quedaba como reto para el devenir republicano. Creo que ese texto de Juan Gualberto tiene, en primer lugar, un gran valor programático; y, en segundo, refleja la conciencia, ya explícita, de que la República tendría por delante el volverse a plantear el proyecto de cumplir con el sueño martiano. Me parece además muy dramático que, justo ese día, se dijera eso y además que la República se fundara al día siguiente del aniversario de la muerte de Martí. Eso, por cierto, motivó reflexiones interesantes. Estuve revisando la prensa de esos días de mayo de 1902: el 19 de mayo se declaró luto nacional; ese día se hicieron muchísimos actos en homenaje a Martí. En todas las provincias hubo actos, y se guardó luto desde las 12 y un minuto del 19 de mayo hasta las 12 de la noche, cuando comenzaría el 20 de mayo. Y entonces se inició una tremenda fiesta. Ese tránsito del luto a la fiesta me parece muy significativo. El 19, los cubanos llevaban luto —se usaba todavía en el traje la orla negra— y entonces, a las 12 de la noche se quitaron la orla y comenzó la fiesta. Pero, en realidad, lo ocurrido el 20 de mayo se originó antes de la República. Desde 1900, cuando se realizaron las paradas escolares por primera vez. A partir del 28 de enero de 1900 comienzan las fiestas martianas, las cenas martianas, las canastillas martianas; es decir, se va construyendo a lo largo de muchos años una verdadera fiesta popular que es lo que hace que el 28 de enero se convierta en día feriado, de hecho es lo que se le impone a la sociedad cubana: el 28 de enero como una fiesta a partir de la cual se van a llevar a cabo numerosas iniciativas, prácticamente tantas como martianos hubo, y en muchos lugares. Por ejemplo, en Manzanillo, las cenas martianas, o las recopilaciones como las que hizo Argilagos en Granos de oro. Todo ese tipo de material hizo de Martí objeto de devoción popular, que es también una de las facetas del asunto. Hay personas que saben de memoria algún texto martiano, o que no se saben ninguno, y sin embargo profesan esa profunda devoción martiana, que incluso se observa fuera de Cuba. Donde quiera que hay comunidades cubanas, conozcan más o menos la obra martiana, a lo largo de los años también se ha ido conformando la devoción a la figura de Martí. Sería interesante saber, por ejemplo, cuántos bustos de Martí hay por el mundo, y calles martianas y escuelas martianas, etc. Estoy convencida de que la enorme mayoría de ellos son hijos de esas comunidades cubanas en distintas partes del mundo.

 

Roberto Fernández Retamar. No recordaba ese texto de Juan Gualberto. Haríamos muy bien en republicarlo precisamente ahora, en la ya inminente víspera del centenario de la República. La conciencia que tuvo de ese hecho un hombre como Juan Gualberto, gran compañero de Martí, es muy iluminadora para nosotros, porque, por supuesto, esa República enmendada, esa República mediatizada era nuestra República también, de esa República ha salido la nueva República.

En el editorial del número 22-23 de Temas, se dice muy acertadamente que esa República, cuyas lacras conocemos de sobra, o sea, República de corrupción, de politiquería, fue también —y voy a citar a Temas—, «frustrada la epopeya, de resistencia a la dominación, de lucha por el mantenimiento de la identidad y la dignidad nacionales, de batallas sociales, de antimperialismo, de afán de reconquistar el ideal de nación». No hay que olvidar ese otro aspecto, no hay que tomar una cara, hay que tomar las dos caras. Esa otra cara es la que reclamó la herencia martiana; la reclamó en ejemplos que hemos mencionado y en muchos más, que seguramente se van a mencionar más tarde.

 

Marlen Domínguez: Una de las cosas que se aprecia en el texto de Juan Gualberto, y me parece interesante comparado con otros textos de ese momento, que giran en torno a la misma cuestión, es que insiste en la noción de pueblo. Eso no se ve tanto en otros de sus contemporáneos, por ejemplo, Manuel Sanguily o Salvador Cisneros, que habían escrito otros textos de ese mismo corte, en cuanto al asunto fundamental. Sin embargo, es Juan Gualberto el que insiste en la noción de pueblo, y eso me parece muy significativo, porque fue el que estuvo más cerca de Martí en un grupo de cosas.

 

Ricardo Hernández Otero: Es cierto que Martí se convierte, como ha dicho Carmen, en figura legitimadora para los políticos, y para la pompa y la academia; pero hay que recordar cómo, tempranamente, en la década de los 20, ya los más jóvenes empiezan a protestar contra este uso que se está haciendo de Martí. Ahí está Mella, estará después Foncueva, que cuando se hace cargo de su página en el periódico El Cubano Libre lo primero que va a publicar es «Nuestra América», como una manera de que se conozca la obra martiana. Están los trabajos de Raúl Roa. Uno de los primeros, publicado en el año 26 en el suplemento del Diario de la Marina, antes de su renovación, es un ensayo sobre Martí poeta —antes ha publicado sobre Casal, sobre Manuel de la Cruz—, y es uno de los ensayos más largos que publica Roa en esa época.

 

Ana Cairo: A propósito de esto que dice Ricardo, hay dos aspectos que pudiéramos unir para el debate, porque están muy vinculados: la forma en que Martí influyó en el pensamiento político cubano y en buena medida en el pensamiento social, y el uso que se va a hacer de Martí en la praxis política. Por ejemplo, el intento tan interesante de Salvador Cisneros Betancourt, en la década de los 10, poco antes de morir, de volver a fundar un Partido Revolucionario Cubano. Eso me parece importante. Fue efímero, no lo pudo llevar a buen fin, entre otras cosas porque muere; pero es un ejemplo de que ya en esa década hay conciencia de la necesidad de volver a crear un Partido Revolucionario Cubano que asuma esa tarea. Más adelante, en noviembre de 1923, Mella le da el nombre de Universidad Popular José Martí a un proyecto, precisamente para cambiar el sistema y los modos de relacionarse estudiantes y obreros. No podemos pasar por alto que, en mayo de 1934, ya después de la caída de Machado, justo en febrero, se van a reorganizar las fuerzas antimachadistas y se va a constituir un partido que se autodenomina Partido Revolucionario Cubano, que hoy conocemos con el nombre de Partido Auténtico, y que, en 1947, en respuesta contestataria al Partido Auténtico, se va a crear el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo), para reclamar para sí el deber del cumplimiento de la revolución martiana, que es lo que está en el centro del debate después de la caída de Machado: cómo llevar a la práctica, cómo restructurar en la praxis social una república de orientación martiana. Incluso los marxistas, ya desde el propio Mella, y también después, en sus distintas tendencias, dentro o fuera del Partido Comunista, van a hacer apropiaciones muy interesantes y lecturas socialistas de Martí; es decir, a Martí lo van a considerar una de las vertientes formadoras de un marxismo a la cubana. Cintio Vitier ha comentado esta problemática en una de sus Lecciones cubanas.

Pudiéramos llamar la atención, en la década de los 30, del caso de Raúl Roa, que asume con total claridad su condición de martiano y de marxista; pudiéramos hablar de Pablo de la Torriente Brau, que hace lo mismo; y quisiera recordar además que en 1942 se restructura el primer Partido Comunista de Cuba y cambia el nombre a Partido Socialista Popular; y exactamente en 1948, su secretario general, Blas Roca, va a hacer una lectura también apropiativa de Martí para el proyecto de los comunistas cubanos de entonces.

Desde esta perspectiva de los usos políticos de Martí, también quisiera llamar la atención sobre toda la problemática del golpe de Estado del año 52 y cómo eso va a estar asociado al centenario del natalicio de Martí el año siguiente, que de hecho se va a convertir en un gran movimiento político contra la dictadura de Batista, desde los estudiantes, las mujeres, los intelectuales, hasta la creación de nuevas organizaciones políticas, como la que a partir de 1955 se va a llamar Movimiento 26 de Julio. Sus integrantes se van a autodenominar «Generación del Centenario de Martí». Hay que destacar La Historia me absolverá (el programa del Movimiento 26 de Julio) escrito por Fidel Castro, quien se enorgullece de su filiación martiana, y de la impronta de Martí en los hechos hasta adjudicarle la autoría intelectual del asalto al Cuartel Moncada. Todo esto da a Martí una amplia beligerancia pública que deberíamos abordar.

 

Pedro Pablo Rodríguez: Yo pienso que Ana ha acercado la cosa a los años posteriores al machadato, que sin duda significan un cambio sustantivo en la política cubana, porque lo que viene después del machadato es, por diversas vías, el intento —aunque con mediatizaciones impuestas por el poder— de transformar de alguna manera la república plattista. Hubo un éxito, sin duda, después del machadato, que fue el cese de la Enmienda Platt. Podría pensarse —quizás muchos lo pensaron— que la República, de alguna manera, alcanzaba una plenitud de soberanía, al desaparecer aquel instrumento de la dominación norteamericana. De hecho, el estatus jurídico del país cambió, al abolirse la Enmienda Platt; pero tan importante como eso es que la política cubana varía mucho porque aparecen nuevos actores públicos, tanto individuos como sectores sociales. Esta gente y estos sectores que timonean la política después de la caída de Machado, comparten el lenguaje, la retórica, el vocabulario y, en buena medida, las aspiraciones del proceso revolucionario anterior; todos son hijos de la revolución del 30; algunos se tornaron espurios, otros a lo mejor lo fueron siempre, otros fueron estableciendo determinadas connivencias para sostener el régimen de dependencia, que se modernizó y se adecuó a las nuevas circunstancias. Ya no estaba la Enmienda Platt porque todo se lograba con el mecanismo de control de la cuota azucarera, que fue realmente el verdadero dogal sobre la sociedad cubana, y la ley Costigan-Jones, que establecía las cuotas desde 1935 hasta 1960, cuando la cuota azucarera fue el gran instrumento para de tratar de controlar la Revolución y llevarla por «el camino correcto» a la norteamericana. Esto, sin dudas, también transforma el uso de Martí en la política. Martí ha sido el gran crítico de la sociedad cubana por los políticos de oposición a Machado y por los revolucionarios durante los años 20 y los 30, cuando se trasciende la crítica al gobierno de Gerardo Machado y se convierte en una crítica a la sociedad en su conjunto, en una necesidad de transformar la sociedad, donde el paradigma que se desea, desde el punto de vista nacional, se trata de buscar en Martí.

Es verdad que Mella fue, digamos, una clarinada; es cierto que Martínez Villena evidencia también una formidable apropiación de Martí; pero no podemos olvidar a Guiteras, porque, en mi humilde opinión, fueron él y Mella las dos figuras clave, y unos hombres realmente excepcionales como políticos. Lo poco de Guiteras que se conserva escrito indica una intención marcada de expresarse desde Martí, y cuando uno revisa los documentos y las entrevistas que se le hicieron, se da cuenta de que hay un espíritu martiano sistemático en sus palabras y en su proyecto político. Fue quizás uno de los pocos que se dio cuenta de que no se podía hablar de un régimen socialista desconociendo a Martí. Y de cierta manera, hasta el Partido Revolucionario Cubano (Auténtico) y Eduardo Chibás surgen de este proceso. Es decir, el intento de unidad revolucionaria, que hoy se olvida. Hoy está de moda destacar el fracaso del autenticismo, la frustración que significó para el pueblo cubano el autenticismo. El triunfo posterior de la Revolución cubana ha hecho primar un criterio muy negativo, que no es falso, pero que no permite apreciar qué fue realmente el PRC en sus inicios, y qué fue el gran intento de crear un partido unido de la revolución. Fue un intento que parecía que, al principio, iba a funcionar, porque prácticamente casi nadie quedó fuera cuando se funda el PRC, y es sintomático que todos esos grupos de gente insatisfecha con el camino que está cogiendo el país, y que cree que hay que continuar por un camino de revolución para la transformación total de la sociedad, se llame Partido Revolucionario Cubano, es decir, que tomen el nombre del de Martí, que también fue un partido de unidad, como sabemos; que tuvo dentro de sí a los más diversos sectores sociales. La retórica inicial del PRC es también martiana por excelencia, hay que ver el programa político y los primeros documentos del partido donde esa retórica se mantiene, y hasta en el lenguaje de sus figuras fundamentales, el propio Carlos Prío y el propio Chibás. Lo que pasa es que después les sucede lo mismo que a los políticos de la primera república. La gente se da cuenta de que hay un divorcio entre su retórica y la práctica, que la va tornando vacía durante ambos gobiernos auténticos. Pero la famosa «jornada gloriosa» de la victoria electoral de Ramón Grau sobre el candidato batistiano fue celebrada con frases de Martí; el primer discurso de Grau está lleno, de cabo a rabo, de citas de Martí e intenciones martianas, que más allá de lo que quisiera el propio Grau, están indicando el grado de compromiso que tenía que cumplir para satisfacer las exigencias y los requerimientos de los que estaban con su partido.

La gente que oyó aquel gran espectáculo radial que fue la Constitución del 40 hablan de que Grau empezó a desencantar porque no se expresaba bien, porque andaba con su cantinfleo habitual. Pero a mí me parece, porque he leído varios de los discursos y de las intervenciones de Grau, que ese cantinfleo era evidentemente intencional, no era solo una falta de coherencia, una incapacidad de ser todo lo coherente que quizás eran otros, como la mayoría de los líderes comunistas que estaban allí, que son de los más coherentes en sus expresiones, o Ricardo Núñez Portuondo, que era un hombre de derecha, de una brillantez expositiva sensacional. Yo creo que Grau, ex profeso, trataba de quedar bien con todo el mundo, y de ahí que su empleo de Martí, desde la Constituyente, vaya siendo totalmente vacío. Claro, es el candidato del PRC(A), fue el presidente expulsado por los yanquis en el 34, fue la esperanza de Cuba, como se le decía entonces, y además la gente quería salir de Batista, y por todo eso ganó las elecciones en 1944. Pero después se evidencia que no hay cambio alguno.

Lo mismo va a ocurrir con Prío. Es increíble la cantidad de citas de Martí que utiliza en sus discursos. Evidentemente no le pasó a él —uno de los jóvenes del Directorio Estudiantil Universitario que habían leído y estudiado y trabajado muchísimo a Martí—, lo que le pasó a la gente de los primeros tiempos de la República. En ese sentido hay que destacar el discurso de Chibás, que por cierto aún no ha sido estudiado. La palabra de Chibás. Era un orador de barricada. Era un orador de llamar constantemente al combate. En mi opinión, su lógica expositiva es francamente débil, es tautológico una y otra vez, pero evidentemente sabía utilizar con habilidad argumentativa la palabra de Martí; casi siempre sostiene con Martí la argumentación que quiere defender. La utilizó en el famoso debate, en las sesiones de la Constituyente, sobre si condenar o no a la Unión Soviética por su ataque a Finlandia y por la ocupación soviética de los países del Báltico. En buena medida, Chibás fue el que más brilló en el debate parlamentario, y era difícil para los comunistas argumentar y defender aquello; me parece que, a veces, algunos no estaban muy de acuerdo, pero estaban presionados por su propia posición política. En ese debate se utilizó el independentismo martiano para defender la independencia de Finlandia y los países bálticos.

Habría que analizar casos como el de Guiteras y el de Chibás; hasta qué punto su lenguaje político está efectivamente moviéndose dentro del lenguaje de Martí. Esta línea de continuidad pudo haber sido traicionada en la práctica, pero de ahí va a surgir la Generación del Centenario. De alguna manera, estos revolucionarios —ellos mismos lo dicen en el «Manifiesto del Moncada» que hizo Raúl Gómez García— no olvidaron a Guiteras, y por supuesto no podían olvidar a Chibás, porque todos ellos, o al menos la aplastante mayoría de ellos, eran ortodoxos. Su militancia en el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo), de Chibás, fue el caldo de cultivo en la formación de estos políticos jóvenes o de estos jóvenes hacia la política. Martí, por tanto, forma parte de la política cubana, ya clara, definida totalmente, por lo menos desde la Revolución del 30, y no solo porque en ocasiones se emplee para recordarlo, un 28 de enero o una fecha determinada, como había ocurrido antes, sino que ya forma parte abierta y necesaria del debate político. De ahí que sea tan importante lo que Ana apuntaba sobre Blas Roca; fue sin dudas su trabajo de 1948 el que situó claramente al Partido Comunista en esta línea de expresión política, cosa que no había hecho como partido anteriormente, aunque algunas personalidades marxistas o algunos miembros del Partido lo hubieran hecho.

 

Ana Cairo: Quiero comentar, siguiendo lo dicho por Pedro Pablo sobre el pensamiento político, cómo también es un momento en que comienzan los estudios historiográficos. Por ejemplo, Julio Le Riverend hace su gran estudio sobre el Partido Revolucionario Cubano de Martí, en 1941; y en 1942, se hace un ciclo de conferencias, con motivo del cincuentenario del PRC. A partir de entonces se reactualiza el pensamiento martiano. A ese ciclo pertenece, por ejemplo, el trabajo de Fernando Ortiz «Martí y las razas», que legitima, desde una plataforma martiana, la lucha contra los racismos.

Habría que recordar también las valoraciones sobre la Guerra del 95, porque con anterioridad se había estado estudiando la Guerra del 68, pero la del 95 había quedado en un segundo plano. Comienzan los estudios sobre la Guerra del 95, y se impulsa el proyecto de lograr una tumba digna para José Martí. Esto fue también por cuestación popular, como el monumento del Parque Central. Se empieza a reunir dinero; lo hace Guido García Inclán a través de la radio, y se le hace el mausoleo que conocemos, en el cementerio de Santa Ifigenia, de Santiago de Cuba, y que inaugura Prío en 1951. Hoy sabemos que el discurso que leyó, en realidad lo escribió el intelectual dominicano Juan Bosch, quien vivía exiliado aquí.

 

Roberto Fernández Retamar: Creo que no debemos dejar de mencionar a Emilio Roig de Leuchsenring. Cuando Ana habló del excelente trabajo de Julio Le Riverend sobre el Partido de José Martí, y del ciclo de estudios dedicados a él, yo pensaba en Emilio Roig, quien, casi paralelamente a Mella, inicia la lucha porque se reconociera en profundidad, desde la perspectiva del historiador, el antimperialismo de Martí. Emilio Roig va a ser una de las fuerzas formadoras de las nuevas hornadas revolucionarias cubanas, cosa que fue reconocida desde el principio de la Revolución.

 

Pedro Pablo Rodríguez: Creo que habría que agregar un punto más en el tema de la política. Después del 30, son los grupos revolucionarios y los reformistas los que, en buena medida, influyen en la expansión internacional del conocimiento y el interés por Martí. No es casual que los que después fueron los auténticos, y muchos de los de la revolución del 30 que no lo fueron, así como otros con fuertes vínculos con los movimientos contra las dictaduras latinoamericanas —con los venezolanos, los peruanos, los dominicanos, los guatemaltecos, con Puerto Rico— sean los que tienden a emplear a Martí, justamente en su discurso latinoamericanista. Ni que un hombre que no era socialista, pero sí con una posición antidictatorial y con ciertos conceptos entonces revolucionarios, como Carlos Andrés Pérez, haya dicho muchas veces que conoció a Martí cuando estuvo en Cuba y trató a los martianos cubanos. Es el mismo caso de Juan Bosch, que Ana mencionaba. Pero me llama la atención que esto se mantendrá como acción de gobierno. Nos hemos olvidado de esto, pero hay un interesante estudio de José Tabares sobre la posición del gobierno de Prío en el caso de Guatemala, que le trajo por cierto bastantes roces con los yanquis. Uno puede decir que había una posición reformista, no se aspiraba realmente a una transformación revolucionaria en Cuba, pero se buscaba el desarrollo de una democracia burguesa contra las tiranías, y esto implicaba una conciencia de que Martí era útil, era conveniente y les abría camino para lo que estaban buscando.

 

Ana Cairo: El doctor Retamar abordó un tema relacionado con Roig de Leuchsenring que atañe también a lo que decía Pedro Pablo. Es indudable que tanto Marinello como Emilio Roig se preocuparon por crear en el mundo de los intelectuales latinoamericanos una línea de acción para promover la obra martiana. Hay que recordar, por ejemplo, el exilio de Marinello en México, sus gestiones para que allí se investigara sobre la estancia de Martí entre 1875 y 1876; o el vínculo de ambos con Joaquín García Monge, director de la revista costarricense Repertorio Americano, quien continuamente republica lo aparecido en La Habana, o lo que estos remiten como primicia editorial. En el caso de Roig, aparte de la iniciativa de los años 1941-1942, en 1953 publica su gran libro sobre la república martiana, que es también un modo contestatario contra el golpe de Estado. Como decía Retamar, en los años 1959-1960, Ernesto Che Guevara —que había leído a Roig en la Sierra Maestra— quiso irlo a conocer para que le firmara un libro, y le dijo que él se daba cuenta por qué todas las generaciones de revolucionarios contra Batista lo admiraban tanto. El Che se percataba de que Roig era un pilar de la formación de las generaciones cubanas, y es verdad que desde el año 1927 hasta su muerte, fue uno de los grandes admiradores de Martí, de la república democrática martiana, y de su antimperialismo. Esa plataforma la convirtió incluso en la bandera por la cual, en el año 1927, se constituyó en Cuba la Junta Cubana pro Independencia de Puerto Rico, que presidió Roig y trajo a La Habana a Pedro Albizu Campos e hizo que en Cuba, precisamente bajo la advocación de cumplir el legado martiano, se estuviera apoyando, como se hace hasta ahora, la lucha por la independencia de Puerto Rico. Marinello y Mañach también pertenecieron a la Junta. Quizás la mención a estos historiadores nos permita pasar al área literaria de la recepción martiana, marcada justamente por la vindicación que van a hacer los poetas de su legado. El mismo Rubén Martínez Villena lo hará en ese interesante poema que es «El gigante», y en alguna otra zona de su poesía, que hacen recordar los Versos libres. Cuando entre los años 1924 y 1925, un equipo de jóvenes que lidereaban José Antonio Fernández de Castro y Félix Lizaso, se reúnen en casa de Rubén para hacer la antología, La poesía moderna en Cuba, que va a aparecer en España, en 1926, deciden que sea José Martí la figura que abra la antología. Quizás este hecho pudiera ser el punto para comenzar a meditar sobre la zona cultural de la recepción martiana.

 

Roberto Fernández Retamar: En realidad, en Cuba había habido otras antologías, incluso en el siglo xix: entre ellas, la de López Prieto, por ejemplo. Al principio del xx apareció Arpas cubanas, que prologó el Conde Kostia. Pero lo cierto es que la que Ana acaba de mencionar es la primera gran antología de la poesía en la República y es verdaderamente una gran obra: La poesía moderna en Cuba, que compilaron —o que firmaron, para ser más exactos— Fernández de Castro y Lizaso, pero que fue la obra de un equipo integrante de la segunda generación republicana, y que se publicó, significativamente, no en La Habana, sino en Madrid, porque todavía no había posibilidades editoriales de hacerlo en el país. Es muy significativo que esta antología, hecha por la generación que va a encarnar la vanguardia, no comience renegando del modernismo. Eso es algo verdaderamente importante, y ha sido bien comentado por Celina Manzoni en un libro muy reciente, Un dilema cubano, nacionalismo y vanguardia, que fue Premio de ensayo artístico y literario Casa de las Américas el año pasado y acaba de ser publicado. Un libro, por cierto, donde se hacen aportes muy estimables, pero no se estudian materiales que hubiera sido interesante analizar: por ejemplo, la revista América Libre, de Martínez Villena, con lo cual ignora dónde apareció por vez primera el trabajo de Julio Antonio Mella, «Glosas al pensamiento de José Martí», que vio la luz en el número inicial de esta revista.

Volviendo a la antología, el hecho de que comience con Martí, y además con Casal, los considera —como son— los padres fundadores de la poesía moderna cubana. Este hecho le da gran vigencia a esta obra. Creo que ahora se ve más que nunca que así son las cosas y no como se presentó antes; como yo mismo lo creía cuando hice mi tesis de grado, La poesía contemporánea en Cuba, donde veía una ruptura entre el modernismo y la vanguardia, que ya hace mucho tiempo dejé de ver. Es el modernismo de Martí y Casal el que trae realmente novedad a nuestra poesía, y, en general, creo que es el modernismo en Hispanoamérica y en lengua castellana el que trae la verdadera novedad. Es Darío y no la vanguardia quien trae novedad, para decirlo en términos extracubanos. Esta antología tiene, por eso, esa gran virtud, en lo que toca a Martí y a otros muchos aspectos. Para mí, es una gran antología.

Cronológicamente, la presencia de Martí en la poesía cubana solo se hizo posible —al menos de una manera ostensible— a partir de 1913, cuando en la colección Obras, de Quesada y Aróstegui, ya mencionada, aparece el tomo dedicado a los versos de Martí, Ismaelillo, Versos sencillos y una selección de Versos libres, que hasta entonces habían permanecido inéditos. Bueno, Ismaelillo y Versos sencillos casi habían permanecido inéditos, porque Martí hizo tiradas muy limitadas, tiradas no venales, fuera de comercio, y apenas conocieron vida pública. A partir de 1913, se hace presente la poesía de Martí en nuestra literatura, y en la poesía de la lengua en general.

1913 es en Cuba un año muy curioso; ya mencioné que es el año en que Gandarilla publica Contra el yanqui; es el año en que empieza a publicarse Cuba Contemporánea, la revista intelectual de la primera generación republicana; es el año en que aparece el libro de versos de Martí que acabo de nombrar, y es el año en que aparece Arabescos mentales, de Regino Boti; el primer gran libro de nuestra poesía en veinte años, desde Bustos y rimas, de Julián del Casal. Así que es un año curioso; es un azar, pero un azar singular. En general, se ha dicho muchas veces que 1913 implica el momento en que comienza un renacimiento de la poesía cubana en el siglo xx, y se atribuye este hecho, no sin bastante razón, a Arabescos mentales, de Boti; pero se olvida que también es el año en que prácticamente Martí ingresa en la poesía cubana. A partir de entonces su presencia se va a hacer sentir en nuestra poesía, y creo que el primer poeta en que se hace sentir, al menos de manera parcial, la impronta de Martí en nuestra poesía es, precisamente, Boti. Desde luego, no en su libro de 1913, que estaba escrito ya para la fecha, sino en uno posterior. Boti publica en 1921 —hace ahora, por lo tanto, ochenta años— El mar y la montaña, un poemario memorable. Los guantanameros, con toda razón, van a valerse de la fecha para volver sobre libro tan singular. Pero antes de este poemario, Boti había producido otro libro intermedio entre Arabescos mentales y El mar y la montaña, que escribió entre 1912 y 1919, y solo vino a publicar en 1926, cinco años después de El mar y la montaña. Se trata de La torre del silencio. Boti no está aquí forzando la mano, estilísticamente se ve que es un poemario anterior, no cabe ninguna duda. Es un libro de transición en la obra de Boti, y uno de los elementos que él incorpora en su poesía, hasta llevarla a la excelencia de El mar y la montaña, es la influencia en él, por primera vez en la poesía cubana, de Versos sencillos. Es una de las vías por las que Boti va simplificando y depurando su poesía. No es una presencia muy fuerte, pero si se tiene en cuenta el aspecto ornamental, lujoso, que había sido característico de Arabescos mentales, impresiona mucho un poema como este con el que rompe La torre del silencio, que se llama «Autorretrato» y que es, evidentemente, un arte poética del libro: «Soy un hombre natural,/ sigo a la naturaleza/ que en un mismo punto empieza/ lo que es bien y lo que es mal.// Cultivo mi voluntad/ como si fuera una planta/ y adoro el mar cuando canta/ su canción de inmensidad.» Aquí está presente Versos sencillos, y esto —sobre todo si se tiene conoce que Boti había sido un secuaz lúcido y apasionado de ese gran poeta que fue Julián del Casal— entra en contradicción con el poema justamente famoso de Casal: «Tengo el impuro amor de las ciudades/ y a este sol que ilumina las edades/ prefiero yo del gas las claridades...». Boti responde que es un hombre natural que sigue a la naturaleza. Se ha pasado, por decirlo así, a otra poética distinta, sin dejar de admirar a Casal, como lo admiramos todos hasta el día de hoy.

Boti, por otra parte, no fue solo un gran poeta, sino un gran estudioso de muchas cosas, de historia, de poesía. Es uno de los grandes críticos de la poesía que ha tenido la República que termina en el 58, año en que, por cierto, también muere el propio Boti. Entre las cosas que estudió con acuciosidad estuvo la obra de Martí, la poesía de Martí, la presencia de Martí en Darío, por ejemplo; y no sé si habrá mencionado la presencia de Martí en él mismo.

 

Ana Cairo: Efectivamente, Boti inaugura esa forma de asumir poéticamente a Martí. Porque hubo mucha poesía en la República que toma a Martí como asunto, pero pocos logran interiorizar su poética, sin dejar de ser originales en su expresión. Estoy pensando, por ejemplo, en Agustín Acosta, que habla de Martí, pero con un estilo que viene de Darío.

 

Roberto Fernández Retamar: El segundo gran latido de la poesía de Martí en los poetas cubanos del siglo xx —ya lo mencionó Ana Cairo—, está en Rubén Martínez Villena. No sé si fue la primera persona que lo dijo, pero por lo menos el primero a quien se lo leí, que destacó la continuidad espiritual de los Versos libres en aquel poeta cubano, fue Cintio Vitier, cuando comentó «El gigante», un poema impresionante de esa figura extraordinaria que fue Rubén Martínez Villena. Aquí está Ricardo Hernández Otero que es nuestro gran especialista en Rubén, pero creo que todos nosotros tenemos un gran amor por esa figura maravillosa, que me gustaría que se pusiera cada vez más de relieve, porque tengo la impresión de que no se le da toda la importancia que requiere. Ana ha dicho con razón cómo Martí está vivo en Rubén. En «Mensaje lírico-civil» hablará de cumplir «el sueño de mármol de Martí», pero «El gigante», uno de los grandes poemas de la lírica cubana, uno de los grandes poemas escritos por un cubano, es evidentemente una continuidad intelectual de Versos libres.

Y ahora quisiera dar un salto hacia otra presencia poderosa de José Martí en otro gran poeta nuestro: no un poeta, sino una poeta, que afortunadamente vive todavía y ojalá lo haga por una eternidad, y que también estudió acuciosamente a Martí. En el año 1951, Fina García Marruz —de quien estoy hablando—, publica su precioso libro Las miradas perdidas. Este también es el título de una serie de poemas en el libro, que es de una notable belleza. Yo quisiera simplemente comenzar, sin más comentarios, a leer un poema, y después saltar a otros más, de Las miradas perdidas: «Yo vi en el viejo almacén/ de ropa, en la tarde ajada,/ a los abuelos encajes/ abrir pradera de casa.// En la silla la señora/ se caló seria los lentes./ Superior, audaz, mostraba/ sus telas el dependiente...» Aquí está como nunca la presencia de los Versos sencillos de Martí. Desde Boti, que es apenas una insinuación, a Fina, quien lee la serie completa ve la presencia tremenda. Que esto no es un azar está probado por mil razones, entre otras porque por la misma época en que apareció este libro, Fina publicó uno de los más hermosos textos sobre Martí que nunca se han escrito, que se llama sencillamente «José Martí». Después se ha republicado, pero curiosamente creo que ella no lo recogió en los Temas martianos, y es un trabajo impresionante sobre Martí. Yo lo leí cuando tenía veintiún años, edad en que, cuando las cosas se leen y llegan al corazón, no se olvidan nunca. He querido llamar la atención sobre estos tres instantes, de tres grandes poetas cubanos de la República entre 1902 y 1958 y la presencia en ellos de la poesía de Martí.

 

Ana Cairo: Bueno, me parece que al profesor se le olvidó hablar de un poeta que cuando era joven escribió un poema que se llama «Patrias», y que también forma parte de los grandes poetas cubanos del siglo xx. No vamos a decir más, pero realmente, el propio Retamar es uno de los poetas imantados por la presencia de la poesía martiana y bastaría recordar ese poema.

 

Carmen Suárez León: Coincido con Ana. Quisiera hablar de otra imantación: la que sufre José Lezama Lima, y en general, muchos de los poetas de Orígenes. Ya el doctor Retamar mencionó, con razón, a Fina; y creo que en los demás también, de una manera u otra, se produce ese diálogo entrañable con Martí. Hacia el año 37 comienza la serie de publicaciones de Lezama, que va a dar lugar a todo el movimiento que conocemos hoy como el Grupo Orígenes. Estos creadores también realizarán una recepción especialísima de la figura de José Martí. Con toda la complejidad que caracterizó a esta época, de una gran intensidad de pensamiento y a la vez de una gran frustración nacional, este grupo de poetas consigue vertebrar un cuerpo poético resistente, con el propósito —teóricamente expresado por Lezama, como figura central—, de alcanzar para los cubanos y para su cultura una expresión del más alto nivel estético. Independientemente de la diversidad notable de sus voces, tanto en forma como en pensamiento, las revistas que, como Verbum (1937), Espuela de plata (1939-1941), Clavileño (1942-1943) y sobre todo Orígenes (1944-1956) animó y dirigió Lezama, muestran ese quehacer concienzudo y creador, orientado hacia José Martí, más que todo en espíritu, ya que no se caracterizaron por citarlo y menos por imitarlo, sino que asumieron el esencial impulso martiano de afirmación nacional desde una incorporación incesante de lo universal, y con una profunda vocación de autenticidad y honradez.

Como he dicho antes, hay una recepción múltiple de Martí por esos años. Junto con el laboreo origenista, se publica Revista Cubana (1935-1957), de José María Chacón y Calvo, y comienza también a publicarse Archivo José Martí (1940-1952), de Félix Lizaso. No se puede perder esta perspectiva coral, ya que frente a la frustración republicana de los años 30 y los 40, Martí sigue operando en la conciencia cubana, y muy diversos grupos de creadores recepcionan su obra. Digamos que a partir de «Glosas al pensamiento de Martí», escritas por Mella, los hombres ilustrados cubanos ya no podían soslayar la estación martiana y su incorporación.

Los poetas de Orígenes cumplieron ese mandato generacional de manera sustancial. Las obras de Fina García Marruz y Cintio Vitier, en especial, nos han legado una impresionante exégesis martiana para hoy y para mañana. Hubo jóvenes que comenzaron a publicar sus versos en la órbita de Orígenes, como es el caso de Retamar, quien también ostenta huellas martianas en su verso, pero además continuó y realizó una sustanciosa labor como estudioso de José Martí y propagador e intérprete de su pensamiento.

En el caso de Lezama, se va a producir una evolución; el mismo Cintio, en Martí en Lezama, libro que se acaba de publicar, habla de ese proceso que va desde unas posiciones un tanto europeístas, hacia una manera entrañable de ir asumiendo a Martí y de ir acercando sus teorías de la insularidad a Martí. Es un pensamiento que hay que estudiar en su desarrollo y en sus distintos momentos; cómo va acendrándose la figura de Martí en la misma reflexión que hace de la poesía, dentro del sistema de Lezama, y dentro de su pensamiento en particular, que no es exactamente el mismo de los otros poetas de Orígenes.

Si uno examina la revista, tiene que recurrir siempre al número del centenario, donde aparece el famoso texto «Secularidad de Martí», escrito por Lezama, y donde aparecen también unas décimas del padre Gaztelu y un poema de Eugenio Florit, dedicados a Martí. Pero lo esencial no serán los textos que escriban sobre él, sino la manera —desde ese silencio creador— como se ponen frente a la corrupción y cómo aspiran, desde la producción poética, a fabricar lo que ellos llaman un cuerpo resistente, que enriquezca la cultura de la nación y el sentido de nacionalidad y de pertenencia a lo cubano, desde un Martí central, absolutamente esencial y como una suerte de fuerza impulsora, que es la que va generando ese humanismo a lo cubano. Hay un momento en que Lezama —entre los diversos momentos en que aborda su obra, que no son muchos, porque él no se caracteriza por escribir muchos textos sobre Martí—, desde una especie de recogimiento, y siempre económico y preciso en su abordaje, lo considera un modelo ético de vida. Por ejemplo, en uno de esos textos dice: «La poesía de Martí es la más esencial de sus dimensiones porque enseña cómo debe vivir y morir un cubano». Es desde ese tipo de postulado o especie de doctrina de vida, como ellos quieren leer a José Martí y ponerlo en práctica como cubanos. Así van incorporándolo textualmente como creador, pero sobre todo como modelo, como el gran modelo de conducta y de dignidad nacional, ante aquellas circunstancias.

 

Marlen Domínguez: A mí me parece también que, en este mismo sentido, Martí está visto no desde la intelectualidad, sino desde la gente. En una época, como dice Carmen, con un conjunto de frustraciones, con un conjunto de márgenes muy circunscritos, la actitud de la gente se revierte en una búsqueda de la moral personal, de un modelo moral, y encuentran a Martí, no solo desde el punto de vista de su literatura, sino como el ser que fue, como patriota, como persona. Todos los elementos que lo describen lo convierten en un modelo. Creo que para la gente común, que posiblemente no conocieron a los origenistas ni a Lezama, eso es algo que me parece importante, cómo Martí es un manadero de fuerzas para mirar el futuro, para enfrentar las frustraciones. Y por otro lado, hay una cosa que no se podría dejar de decir y es que todas estas producciones, en sus diferentes niveles y con sus diferentes orientaciones, algunas más poetizadas y otras más auténticas, unas que lograron ver a un Martí más íntegro, y otras que se quedaron en una faceta, yo creo que todas ellas sirvieron para dar a conocer a Martí, para que Martí fuera una necesidad de conocimiento de la gente que tenía que construir la nación. Yo tengo el absoluto convencimiento de que todo este gran conjunto de producciones con sus virtudes y sus defectos pudo lograr un conocimiento mayor. Tengo la seguridad de que las «Glosas» de Mella fueron conocidas en un medio mucho más reducido que otras, digamos, menos profundas. Y creo que en ese sentido cumplieron un objetivo que probablemente no habían contemplado.

 

Ricardo Hernández Otero: Quiero comentar, en relación con lo que decía Carmen, que en la declaración de principios de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UEAC), que se crea en el año 38, y que redacta Guy Pérez Cisneros con la colaboración expresa de Lezama —gracias a la cual queda tan buena, según dice él mismo—, uno de los puntos que se destaca allí es precisamente la concepción esta de que había que buscar una unión de escritores, y una república, donde se hiciera realidad, donde se llevara a la práctica la máxima martiana que después estaría en nuestra Constitución actual: «el derecho de todos los cubanos a la dignidad plena del hombre». Me parece que esa frase está explícita en esa declaración, que no es finalmente la que se hace pública después.

La que se publica en la prensa es otra, firmada por los miembros del Comité Nacional. Ángel Augier me aseguró que ese proyecto se había aprobado, pero yo no lo he encontrado publicado. Tengo la versión mimeografiada que circuló, y es la que está en el archivo de Augier, pero la que sale después, firmada por José Antonio Portuondo, Mirta Aguirre, Juan Marinello, Nicolás Guillén, y otros, tiene un tono distinto, cambia bastante. Pero esto es importante, porque es del año 38, y es un documento público que está hecho por los que pudieran ser entonces los pre-origenistas. Además de Guy Pérez Cisneros y Lezama, estaba aprobado por otros que después serán también del Grupo Orígenes.

 

Ana Cairo: Podríamos hablar también de la prosa. En ese sentido y en relación con lo que decía Ricardo sobre el sentimiento martiano en los jóvenes de los 20 y los 30, quiero recordar que también en la oratoria algunos de ellos se inspiraron en el estilo martiano. Ahí están los textos de Rubén, existentes gracias a las actas de la policía, que mandaba espías a los mítines del Movimiento de Veteranos y Patriotas y uno se da cuenta, revisando las versiones de las palabras de Rubén, hechas por la policía en los años 1923 y 1924, de que quizás sea él quien más tenga en su estilo las marcas de la huella oratoria martiana en los jóvenes.

 

Roberto Fernández Retamar: Con respecto a la recepción de la prosa de Martí, habría algo que decir también. Yo quisiera leer, porque es muy curiosa, una observación —que me atrevo a calificar de extrañamente ácida—, a propósito de la impronta martiana en la prosa de otros escritores. Se debe a Jorge Mañach, en su libro Historia y estilo. Habla muchas cosas sobre lo que significó Martí, cómo se creó el culto a Martí, que él pone entre comillas. Dice: «De ese “culto” se derivó la natural liturgia, con su estilo literario correspondiente», y añade entonces Mañach: «El “martismo” del estilo ha sido también un matiz en la prosa cubana posterior, y no siempre para bien, por lo fácil que resulta imitar del genio solo el gesto. Un barroquismo más o menos apostolar de expresión quiere con demasiada frecuencia proyectarse sobre nuestra prosa como la sombra —más que el fulgor— de aquella inimitable llamarada». También recuerdo, cuando leí por primera vez lo dicho por Mañach, el estremecimiento que me produjo, aunque es posible que haya acidez polémica circunstancial. Pero hay algo de verdad, es decir, hemos podido mencionar tres grandes poetas cubanos en los que es visible y estimulante la presencia de Martí, pero en cuanto a su prosa, inimitable como dice Mañach, a mí no me sería fácil señalar una continuidad estilística, como puedo hacerlo con la poesía.

 

Carmen Suárez León: Quiero anotar una pequeñísima cosa, porque me llama la atención especialmente. Es el ensayo de Regino Boti, «De re martiana». Me parece que también es un momento muy importante. Porque es ese Martí escritor y poeta que, en el plano intelectual va siendo abordado por los creadores. En ese ensayo se aprecia cómo los poetas, al acercarse a sus técnicas, se dejan tomar por el ritmo martiano y por su poética. También en el aspecto de la crítica estos poetas se dejan influir por Martí. Una de las señales de la modernidad es que los creadores reflexionan intensamente sobre la poesía. Esa línea nunca la abandona la poesía cubana: los grandes poetas cubanos son también, generalmente, grandes pensadores sobre la poesía. Es un fenómeno que se sitúa en la tradición crítica de la modernidad, pero los cubanos también debemos esa marca a Martí. Su obra reflexiona sin cesar sobre su propia poética y sobre la poesía en términos generales. Al leer el texto «De re martiana» de nuevo, me traslado al momento en que aparece Ismaelillo, en 1882. Martí se lo envía a Vidal Morales y Morales, y este se lo da a Carlos Navarrete y Romay para que lo reseñe; pero cuando este lo lee, lo devuelve y escribe: «no puedo juzgar lo que no entiendo». Pero al mismo tiempo que confiesa su incompetencia, dice algo sorprendente: «Puede que Martí sea el precursor del Wagner literario». Imagínense. Este hombre, aquí en La Habana finisecular y colonizada, asocia ya a Martí con una de las figuras paradigmáticas del simbolismo francés de fines de los años 80. Descubre el simbolismo del poemario martiano.

Luego, en los primeros años republicanos, pasa mucho tiempo para poder iniciar el trabajo de reflexión sobre la poesía martiana porque se necesita publicar los textos. «De re martiana» es del año 38, ya existen otros acercamientos, otros trabajos hechos por extranjeros sobre su poesía en general, y aun algunos trabajos de críticos cubanos sobre Martí. Sin embargo, es interesantísimo, inteligente, este trabajo de Boti. Por ejemplo, esto que dice Boti pone el dedo en uno de los resortes estilísticos de la obra martiana: «Porque todo en Martí tiene un acento parabólico, él no llega a los hondones de nuestro conocimiento por la vía de la expresión directa, sino que usando un estilo u otro se desdobla siempre por medio de perífrasis, alegorías, comparaciones e imágenes, evidenciando de ese modo que fue la Biblia una de sus más remotas fuentes culturales. Hombre de una voz, tuvo la del símbolo, fue simbolista por cuenta propia, no venía de los libros, sino de la naturaleza». Es sorprendente cómo él logra esa lucidez para acercarse al texto martiano y decir que es un simbolista por cuenta propia. La reflexión estética sobre el simbolismo y su despliegue como escuela pertenecen a la última década del xix, o sea, está más allá de la obra escrita de Martí, de su vida incluso, pero Martí se puede igualar con ellos. Fue un lector atento de Baudelaire, ya lo sabemos. Aunque es por sí mismo que consigue llegar a ese punto, a partir de sus reflexiones acerca de la gran literatura de la época, y Boti lo ve con una claridad tremenda. Después de que existe esa fundamentación textual, constituida por sus poemarios y su prosa, ningún creador cubano puede escapar a la lectura de los textos martianos y pronunciarse. Tienen que tomar una posición frente a estos textos y los incorporan por diversas vías; en este caso por la vía crítica, y es una de las joyas de la crítica literaria que se acercan a Martí.

 

Pedro Pablo Rodríguez: Roberto decía una cosa que sigue llamándome la atención: se puede decir que el siglo xx entendió a Martí, y asumió al político y, en el plano literario, al poeta, pero no al prosista ni al periodista. Sin embargo, los contemporáneos de Martí conocieron sobre todo al prosista, porque lo leían en los periódicos. Yo sigo considerando que Darío lo leyó más frecuentemente en las crónicas que en la poesía. ¿Por qué sucede esto? Yo diría que solo a partir de la segunda mitad del siglo xx, y quizás sobre todo a partir de los años 60 —lo que tiene que ver sin dudas con la historia de estos años, o sea, con el triunfo de la Revolución—, es que uno empieza a apreciar, en ciertas zonas de la prosa y sobre todo del ensayo, la presencia de Martí en los escritores cubanos: en Retamar, en Cintio Vitier. En Cintio, inclusive, uno lo nota más acentuado, justamente después de los 60. Esto habría que estudiarlo también. Y no quiero hablar del periodismo. ¿Por qué el periodismo republicano estuvo tan alejado del periodismo martiano, cuando, sin embargo, desde las primeras Obras completas, buena parte de lo que se publicaba y lo que se daba a conocer eran los escritos de Martí en los periódicos? Creo que esto quizás tenga que ver, sobre todo, con la impronta casi absoluta que marcó el periodismo norteamericano en el cubano. Aquí entraron decididamente las leyes del periodismo moderno a la norteamericana —que habría que analizar hasta qué punto Martí incorporó. Creo que Martí no las desconoció. Pero aquí entró la regla del lead: hay que cumplir el lead, hay que cumplir en la crónica y en el artículo la regla de presentar la historia a través de un hombre común.

 

Ana Cairo: Pienso que Manuel Pedro González es el que abre, en los años 40, la validación de la prosa martiana. En la polémica sobre el modernismo, con Marinello (ya en los 50) dice que Martí fue primero modernista en la prosa. Ahí comienza una reivindicación de la prosa martiana, con una excepción: entre los grandes textos martianos conocidos fuera de fecha, uno de los que más influencia van a tener es el Diario de campaña, conocido en 1940. Lezama decía que era el más grande texto de poesía. Creo que el Diario también estremeció, ya después del 13; pero efectivamente, los acercamientos a la prosa de Martí son casi todos de la década de los 50: los trabajos de Manuel Pedro, la reivindicación de Lucía Jerez, la reivindicación de algunas de sus semblanzas biográficas. Todo eso es de la década de los 50, porque hasta en el propio centenario lo que prima es la validación del poeta, más que la del prosista.

 

Carmen Suárez León: Pedro Pablo hablaba del periodismo y de la crónica y no hay que olvidar que se trata de la crónica modernista. Eso entra dentro de esa órbita, con independencia de que el periodismo martiano sea único, y eso es un problema especial dentro de la crónica del modernismo, que es un momento del periodismo que no se va a repetir. Es el momento en que los escritores empiezan a depender de sí mismos y buscan un mercado, se hacen todos periodistas y comienzan a hacer literatura en los periódicos. Esa es la crónica literaria finisecular, característica de ese momento; después el periodismo va a ser para todo el mundo, o sea, se van a escindir la literatura y el periodismo; van a ser campos separados y a tener sus propias leyes. Me parece que eso de alguna manera debe tener alguna incidencia en que el periodismo de Martí no haya tenido verdaderos seguidores. El periodismo del xx es ese de corte norteamericano, con otros objetivos y métodos, y ya no se van a hacer más crónicas modernistas. Incluso, cuando se estudian los modernistas, generalmente se estudia la poesía —o se estudiaba, porque hay un momento de recuperación, en las últimas décadas, de la crónica modernista y de todo su valor. Ese es todo un fenómeno que también debe incidir de alguna manera en los acercamientos a la recepción de la prosa y el periodismo martianos.

 

Pedro Pablo Rodríguez: De todos modos, es bueno decir que el periodismo cubano del xx es riquísimo en crónicas. Solo voy a mencionar dos nombres que merecen pasar a la historia literaria por sus crónicas periodísticas: Alejo Carpentier y Nicolás Guillén.

 

Carmen Suárez León: Esto que voy a decir no lo he estudiado. Pero cuando era correctora y tuve que revisar todas aquellas crónicas de Carpentier de «Letra y Solfa», recuerdo que comentaba, leyendo algunas de las primeras, que se me parecía a Martí. Es impresionista lo que estoy diciendo, pero yo tenía esa sensación, y algo de eso había.

 

Marlen Domínguez: No voy a intervenir en el debate sobre las crónicas y sus influencias, aunque sí pienso que habría que revisarlas con detenimiento desde el punto de vista de la lengua. Creo que pudiera ser de las evidencias más rigurosas de las influencias martianas en algunos prosistas. Varona puede ser uno, y Mañach otro.

 

Ana Cairo: Algo parecido se puede decir sobre el ejercicio crítico. Por ejemplo, en 1928, Jorge Mañach pronuncia una conferencia que se llama «Goya». Para mí, esa conferencia de Mañach ya denota en él la lectura de los juicios martianos sobre el gran pintor, y también su acercamiento a la semblanza biográfica. Yo creo que Mañach hace una semblanza biográfica de Goya que, en buena medida, también es un homenaje a las semblanzas biográficas de Martí y que yo pondría en el punto de partida de ese proyecto que va a asumir alrededor de 1931, que es enfrentar el reto de hacer una biografía de Martí. Y es bueno aportar el hecho de que Mañach había entrevistado a Amelia Martí; posiblemente en esas conversaciones se encuentren otros estímulos para el mencionado reto.

 

Marlen Domínguez: Sobre este punto de las biografías, hay una cosa que me interesa preguntar porque no tengo un criterio formado, mas que en el campo muy estrecho en que yo trabajo: cuando yo revisaba, por ejemplo, el trabajo de Pedro Pablo sobre las biografías, y los trabajos que hay sobre otras biografías, se me hacía muy evidente que en los primeros momentos de la república neocolonial no se producen trabajos biográficos, prácticamente ninguno, y que en cambio luego, en la década del 30 al 40 y en especial del 40 al 50 hay un pico extraordinario. Hay razones evidentes de condicionamiento socio-histórico que pueden influir en eso, pero quería saber la percepción de los demás al respecto, y si lo que pasa con las biografías, pasa también en otras direcciones.

 

Pedro Pablo Rodríguez: Efectivamente, a partir de los años 30 hay razones sociales y políticas que influyen en esto notablemente, y se ha escrito sobre ello a menudo. Hay un florecimiento de la biografía en general en ese período en Cuba, no solo de Martí; un florecimiento de las biografías de los próceres de la patria, y es lógico que se incluya a Martí de manera especial. Pero también hay ciertas razones técnicas, que lo permiten. Era mucho más difícil que se produjera en los primeros años de la República, con los acontecimientos tan cercanos y sin un acopio de documentación y de información procesada con cierta frecuencia y sistematicidad. La biografía de la persona en vida o recientemente fallecida resulta, sin dudas, más difícil, y solo el uso de técnicas muy modernas, de la proliferación de la entrevista, la grabación y demás, permiten que hoy en día se pueda producir una biografía de cierto rigor sobre una persona viva o muy recientemente fallecida. En esa época había que esperar a acceder a archivos, a recibir una buena cantidad de documentación y, en buena medida, ese es el papel que están desempeñando las publicaciones de los primeros años del siglo.

En los 30, se dio la feliz circunstancia de que coincidieron ambas cosas: hay una urgencia social de las biografías de los hombres de la nación. Cuando digo esto no estoy pensando solo en los políticos, también aparecen biografías de hombres que fundamentan la nación, desde Heredia hasta Céspedes, Agramonte, Martí, y Máximo Gómez —de quien también aparece la primera, y casi la única, en ese momento. En cuanto a Martí, ya hay un suficiente volumen de sus textos al alcance de quienes van a escribir, al igual que información socialmente acumulada, que permiten hacer una biografía que vaya más allá de fechas, y que trate de interpretar al hombre. Pero, sin dudas, como resultado también de las luchas políticas de los años 30, el hombre central sería Martí.

El centenario de su nacimiento también influyó en esto, porque realmente hubo una política del Estado y de muchas instituciones al respecto. Se organizaron cuatro o cinco concursos. Las biografías que salieron en el 53 y el 54 son resultados de concursos que estaban buscando, justamente, estimular su producción en el momento del centenario.

Ahora bien, escribir una biografía como la de Mañach, que abre, en buena medida, el período y sigue resultando hoy sumamente importante y atractiva, no quiero decir que fuera imposible, pero era bastante difícil para cualquiera haberla escrito, por ejemplo, en 1910, por muy martiano que fuera y por muy talentoso que fuera el potencial biógrafo, porque no había un acopio de información, ni un ordenamiento sistemático de la que hubiera, que facilitara la labor de síntesis que siempre tiene que hacer el biógrafo.

 

Ana Cairo: Félix Lizaso, en 1929, dedicó una sección permanente en la Revista Bimestre Cubana a publicar testimonios sobre Martí e incitó a Blanche Zacharie de Baralt para que escribiera su librito El Martí que yo conocí. Sobre las biografías, a mí me parece interesante el diálogo que se va a producir. Es quizás uno de los fenómenos que tiene que ser estudiado, porque justamente las contracríticas al texto de Mañach suscitaron muchísimas formas de acercamiento, por ejemplo, Martí hombre, o Martí: biografía familiar, de Raúl García Martí (el hijo de Amelia) frente a Martí el apóstol, de Mañach, o Martí místico del deber, la de Lizaso, Martí santo de América, de Rodríguez Embil. Uno se da cuenta de que el debate también se lleva al campo de la biografía como un espacio de búsqueda de cuál es mi Martí.

En este mismo sentido de las diversas interpretaciones, de las biografías pudiéramos pasar a la estatuaria, como otra de las zonas polémicas, donde las imágenes simbólicas de Martí entran en contradicción.

 

María de los Ángeles Pereira: Antes de hablar de las esculturas a mí me gustaría dedicar un breve comentario a otros artistas plásticos, no precisamente escultores, que lograron representaciones muy audaces de Martí en esa misma tesitura de asimilación a través de un proceso también recuperativo y de profundización en el conocimiento de la obra martiana.

En este sentido, hay ejemplos de incuestionable valor artístico en el campo de la pintura académica y es obligatorio mencionar los retratos realizados por Federico Edelmann y por Esteban Valderrama; el de Valderrama, que es quizás más conocido, está inspirado en la famosa foto de Martí en Jamaica; el de Edelmann, por su parte, tiene la peculiaridad de haber sido ejecutado por una persona que había conocido personalmente a Martí y tiene entonces ese atractivo singular de constituir una representación retratística inspirada en la vivencia.

Pero me interesa destacar aquellas obras que pudiéramos considerar tres grandes clásicos de la iconografía plástica de José Martí. Me refiero, en primer lugar, a la de Jorge Arche con ese retrato que, en mi opinión, por vez primera en la pintura humaniza a Martí y lo coloca en un diálogo casi íntimo e inmediato con el espectador superando con creces cualquier tipo de esquema o de estigmatización de la imagen martiana. En segundo lugar hay que mencionar «La muerte en Dos Ríos», realizada por Carlos Enríquez, que es una de las interpretaciones de mayor novedad y belleza plástica de las tantas que se han hecho sobre el Maestro, que nos ofrece la visión muy personal del artista, pero que al mismo tiempo propicia infinitas posibilidades de interpretación o de recepción por parte del público con quien Carlos entabla un asidero de comunicación muy emotivo; me llama poderosamente la atención el hecho de que, tratándose de una obra sobre la muerte de José Martí, esta pintura nos ofrece la interpretación más viva y más plena de su figura. Y en tercer lugar sobresale también la representación que aporta Eduardo Abela, específicamente desde el ejercicio de la caricatura. Incorporada como un figura recurrente en varias caricaturas del personaje de «El Bobo», la representación de Martí que nos ofrece Abela es de una novedad interpretativa y de un poder de síntesis impactante, tal y como ha valorado Adelaida de Juan en un enjundioso estudio sobre este personaje. En el plano conceptual se distingue especialmente la conversación del Bobo con Martí en la caricatura titulada «En la gloria», donde se pone de relieve un cuestionamiento directo sobre el verdadero estatus de aquella República tan incompleta.

Pero creo que, en efecto, la escultura tuvo un protagonismo notorio en la iconografía plástica martiana a lo largo de estos años republicanos. Las versiones de Juan José Sicre y de Teodoro Ramos Blanco en la escultura de pequeño formato, para referir trabajos dentro de la línea de la vanguardia plástica, se adelantan cronológicamente a los ejemplos de las obras pictóricas que he mencionado, y constituyeron también un salto cualitativo excepcional con respecto a la interpretación académica tradicional que se expresó en un sin número de bustos y cabezas colocados en las escuelas y parques de prácticamente todas las ciudades y pueblos del país. La primera versión de Sicre de la cabeza de Martí es de finales de la década de los años 20, y en ella se manifiesta una fuerza expresiva contenida, pero plena, resumida en los rasgos faciales fundamentales, con un poder de síntesis extraordinario que justifica, al igual que en las interpretaciones que Ramos Blanco realizó, el calificativo de «racionalismo escultórico» que el doctor Luis de Soto utilizó para caracterizar este primer momento de nuestra escultura de vanguardia.

Sin embargo, la obra escultórica que marca el momento cumbre en la concepción y en la recepción de la iconografía plástica martiana en esta época —también por el alcance de la polémica que se suscitó a su alrededor— es el Monumento a José Martí en la llamada Plaza Cívica de La Habana. Y es interesante destacar que, aunque la obra fue culminada en 1958, sus antecedentes se remontan a un complicado concurso internacional, cuya primera etapa comenzó en 1937, cuando se libra la convocatoria para la realización de la Plaza Cívica y el Monumento a José Martí que debía presidirla. Después de cuatro etapas sucesivas —porque se trató de un evento que parecía no terminar nunca— se consideró definitivamente laureado con el primer premio el proyecto presentado por el arquitecto Aquiles Maza y el escultor Juan José Sicre. Sin embargo, después de un largo período de silencio e inactividad total en torno a la ejecución de las obras, específicamente cuando la llamada Comisión para los actos por el centenario del nacimiento de José Martí y el cincuentenario de la República decidió retomar el proyecto de la tal Plaza Cívica, se da a conocer la increíble noticia de que se ha sustituido el Monumento concebido por Maza y Sicre y en su lugar se ha decidido ejecutar el diseñado por el arquitecto Enrique Luis Varela, cuyo equipo inicial incorporaba a un escultor norteamericano que había esbozado una escultura de Martí prevista para ser ubicada en la cúspide de la torre estrellada (donde, naturalmente, no podría ser vista). Aquel proyecto de Varela había sido relegado al cuarto lugar del concurso en lo que fue la cuarta y última de sus etapas (en 1943). No obstante, la denominada Comisión... —entre cuyos integrantes se encontraba el propio Varela— consideró que era mucho más atinado, más a tono con la expresividad simbólica y con la energía que debía presuponer el Monumento a Martí, que se construyera la gran torre estrellada en lugar del templo helénico que planteaba el proyecto de Juan José Sicre y de Aquiles Maza.

Me parece importante comentar, especialmente para ilustrar los términos en los que se manifestó la polémica en torno a la figura de Martí, algunas de las ideas expresadas públicamente por prestigiosos intelectuales cubanos acerca de la solución escultórica que Sicre había propuesto para el Monumento premiado en 1943 y que, como se sabe, fue la que finalmente se ejecutó como complemento de un espacio arquitectónico bien distinto al originalmente concebido.

Creo que habría que empezar recordando la frase lapidaria que Gonzalo de Quesada y Miranda pronunció a propósito de este Monumento en el momento en que aún no se había iniciado su ejecución, cuando, citando a Goethe, afirmó: «Se pueden cometer todos los errores, menos construirlos». Gonzalo de Quesada fue una de las voces que se pronunció enérgicamente en contra de aquel Martí «desnudo» que proponía Sicre; no podía aceptar la idea de una interpretación tan audaz de la figura del Maestro.

El arquitecto Luis Bay Sevilla, quien a través de las páginas de la revista Arquitectura había criticado al jurado que dictaminó en el Concurso —integrado por una gran cantidad de coroneles, generales, y apenas unos cuantos abogados y periodistas— consideró que solo «la composición del jurado explica que se hayan emitido votos condicionales, concediendo el primer premio a base de que se vistiera a la figura de Martí, como si fuera posible llevar a cabo ese cambio sustancial en la concepción de la obra sin que sufra un grave quebranto la unidad artística del proyecto».

Y quiero citar al menos un fragmento de la opinión de Gonzalo de Quesada —también publicada en Arquitectura— para que se pueda apreciar bien cuál fue su punto de vista sobre ese particular: «En plena era de humanización de los hombres —asegura— Sicre quiere darle nada menos que al pueblo cubano un Martí casi desnudo, un Martí distinto por completo a como lo concibe el pueblo cubano, porque dígase lo que se diga, el cubano solo puede imaginarse a Martí en su traje sencillo, tal y como lo llegaron a querer y a admirar los emigrados revolucionarios en Tampa, Cayo Hueso, Nueva York».

Muy por el contrario, desde las páginas de la revista Grafos, Renée Méndez Capote se manifestó a favor de la propuesta plástica de Sicre y declara: «Todo, la actitud, las vestiduras, las proporciones, los planos, la factura, están hechos para dar al que contempla la sensación viva de las fuerzas en acción creadora: Martí está construyendo. El provenir de la República, que todavía no es como él la concibiera, le preocupa, y desde la piedra Martí trabaja. El interés máximo de la figura se concentra en la cabeza, cabeza de pensador, y en las manos, manos de constructor; y no pueden esa cabeza y esas manos salir de otra cosa que no sea la pura desnudez del torso y los brazos...». La suya fue, sin dudas, la opinión más valiente y rotunda en torno a la legitimidad de esta nueva propuesta iconográfica que Sicre estaba formulando desde la escultura.

Las polémicas no se agotaron en los años 40, en torno a los resultados de la cuarta y última etapa del concurso, sino que fueron retomadas diez años más tarde, en 1953, cuando se conoció la nueva decisión acerca de la ejecución del Monumento y la Plaza a partir del otro proyecto. Esta vez fue el Colegio Nacional de Arquitectos quien propició un debate público, que incluso fue trasmitido por la radio y recogido paso a paso en su órgano oficial (le revista Arquitectura). Y es realmente curioso, paradójico y finalmente lamentable en el orden ético lo que ocurrió en este forum en el que el propio Juan José Sicre defendió fervorosamente su propuesta, aludiendo al carácter escultórico que caracterizaba al proyecto arquitectónico diseñado por su colega Aquiles Maza y, en plena consonancia con aquel, al carácter arquitectónico que distinguía a su propuesta escultórica como complemento esencial del conjunto. «Nunca me gustó la estatua de Martí como elemento exterior —argumentó Sicre— con un pedestal, presidiendo un edificio, en una plaza circular... Martí parado allí, no lo concibo de esa forma, por su dignidad, por su condición...».

Y ya sabemos cuál fue el resultado. Cinco años después, los hechos negaron las palabras. Tal vez Sicre no pudo sustraerse a la tentación de incorporar mayor gloria a su trayectoria artística, que la que ya tenía ganada en su inobjetable condición de fundador y maestro de la vanguardia escultórica cubana; tal vez mediaron también otras ofertas a las que tampoco pudo sustraerse. Lo cierto es que finalmente accedió a colocar su Martí sobre un pedestal, frente a una estructura arquitectónica que nada tenía que ver con aquella concepción olímpica a la que aludía Renée Méndez Capote, y «el coloso de Cuba», como fue llamado también su Martí, resultó definitivamente emplazado en la Plaza Cívica en el año 1958.

Aun así, con todo y lo polémica que resulta la historia y la prehistoria de este Monumento, pienso que es la obra que consigue y expresa el nivel de interpretación plástica más acabado de la iconografía martiana en los años de la República, una interpretación de altísima modernidad, muy por encima de otras muchas obras contemporáneas y posteriores que no pueden emular con los atrevimientos formales, la excelente factura y la novedad artística con que Sicre resuelve esta representación escultórica de Martí.

 

Ana Cairo: Hay otro tema, básico para la total comprensión del pensador y el artista que fue Martí, y Marlen pudiera desarrollarlo con cabal conocimiento. Fue justamente una poeta, Gabriela Mistral, la que abrió el análisis de la lengua de Martí, y creo que también en relación con el estilo martiano se han dicho juicios muy valiosos que no debemos obviar.

 

Marlen Domínguez: Si me preguntan de manera general, creo que todos los que escribieron sobre Martí, en esa etapa, cubanos y no cubanos, de algún modo hicieron referencia a la importancia que tenía la consideración de la lengua, el estudio de la lengua como responsable de la originalidad, de la novedad, de la singularidad martiana. Estoy pensando en las primeras figuras que hablaron sobre Martí, en Darío, en Unamuno. Hay trabajos más orgánicos, por ejemplo el de Díaz Plaja, que es un texto muy interesante que creo que habría que revalorar. Hay muchas cosas inéditas y que creíamos nosotros que las habíamos descubierto, pero ya estaban en Díaz Plaja, y dichas muy lindamente, creo. También pienso en otras figuras, propiamente cubanas. Medardo Vitier tiene reflexiones, Cintio y Fina, con una sensibilidad muy especial para la raíz poética de la novedad martiana. Y hay otras referencias en Raimundo Lazo, que no se ha mencionado aquí, en el mismo Mañach. Hay muchas figuras, prácticamente todas, que en algún momento trabajan sobre este aspecto. Si nada más hacemos una revisión de las dos grandes recopilaciones que se encuentran, la del Boletín de la Academia Cubana de la Lengua, que creo es del 52, una obra extraordinaria; igualmente la compilación de Manuel Pedro González más tarde. Ahí se puede ver lo que estoy diciendo. Se hace referencia a diferentes elementos: las características sintácticas, el modo de unir los vocablos de diferentes esferas del conocimiento, las características léxicas, los neologismos, aunque sin entrar en un estudio detenido; y sobre los elementos simbólicos, las alegorías. Entre los trabajos de más cuerpo, que inaugurarán un estudio más cercano a nosotros, están los de Gabriela Mistral, sus dos trabajos. Aunque uno se llama «La lengua de Martí» y el otro se dedica a estudiar Versos sencillos, en los dos hay elementos muy sustanciales acerca de la novedad lingüística de Martí y qué elementos eran responsables de ello; por ejemplo, la atención al participio, cómo le da una dinámica a la lengua y cómo entonces el adjetivo cobra más vida.

Otro trabajo posterior, no recuerdo exactamente la fecha, escrito en la década de los 50, es el de Marinello, «Caminos en la lengua de Martí». Se trata de un texto extraordinariamente revolucionario. Muchas personas también habían visto las influencias y los matices, pero Marinello hace un inventario de problemas que creo que constituye una guía muy buena para la investigación. Por otro lado, se va buscando algo que a veces falta en otros acercamientos —algo que también está en Gabriela—, la coherencia de toda la obra de Martí, la unicidad intrínseca que tiene su obra, y cómo el elemento de la producción literaria, y el elemento del protagonismo de la lengua, van en perfecta consonancia con su superobjetivo. En una época posterior estaría también el trabajo de Herminio Almendros, «Martí innovador en el idioma», que igualmente habría que mencionar.

 

Ana Cairo: Hemos tratado de meditar, multiaspectualmente, sobre la recepción martiana desde su muerte hasta 1958. La complejidad de las problemáticas nos reafirman en la idea de que es necesario construir un libro donde se amplíen los tópicos aquí comentados y se añadan otros. Por ejemplo, faltaría mucho por decir sobre sus aportes a la historia de la prensa cubana, a la historia de la crítica literaria y artística, o sobre las originalidades como narrador testimonial, o sobre sus vínculos con el teatro. La recepción de La Edad de Oro debería ser materia para un panel propio. El impacto de la eticidad martiana en las ideologías y mentalidades religiosas cubanas también puede debatirse como asunto específico. Y, por último, los problemas de continuidad y ruptura en la recepción martiana en la transformación del período republicano, que marca la victoria revolucionaria del Primero de enero de 1959, son reflexiones pendientes.

En las horas de diálogo, hoy, hemos avanzado algo. En nombre de todos agradezco a la doctora Denia García Ronda su eficiente y autosilenciosa colaboración, muy dentro del espíritu martiano que nos une, a este fructífero análisis colectivo. Esperamos que los lectores lo amplíen, enviando a Temas nuevas meditaciones.