Resonancia de la Revolución mexicana en Cuba

Resumen: 

La Revolución mexicana, iniciada en 1910 y coronada con las radicales transformaciones del período cardenista (1934-1940), produjo un extraordinario impacto en América Latina, dominada entonces por regímenes antidemocráticos, plegados al capital extranjero y a las oligarquías locales. Las consignas agraristas y de reivindicación nacional, primero, y la reforma agraria y la nacionalización del petróleo, después, concitaron grandes expectativas en el hemisferio, acompañadas de una gran ola de solidaridad y del despertar de sentimientos revolucionarios en vastos sectores populares.

En este ambiente de agitación y experiencia revolucionaria, único en América, estoy como en una universidad de pueblos, como en un magno laboratorio de sociología aprendiendo para el obrero y campesino de Cuba.

                                                                                         Julio Antonio Mella

 

        La Revolución mexicana, iniciada en 1910 y coronada con las radicales transformaciones del período cardenista (1934-1940), produjo un extraordinario impacto en América Latina, dominada entonces por regímenes antidemocráticos, plegados al capital extranjero y a las oligarquías locales. Las consignas agraristas y de reivindicación nacional, primero, y la reforma agraria y la nacionalización del petróleo, después, concitaron grandes expectativas en el hemisferio, acompañadas de una gran ola de solidaridad y del despertar de sentimientos revolucionarios en vastos sectores populares.

La huella del imaginario mexicano puede encontrarse en la gesta de Augusto César Sandino en Nicaragua y en otros movimientos revolucionarios de la época, y se expresó en la fundación de nuevas organizaciones obreras, campesinas y estudiantiles, entre ellas las ligas antimperialistas y federaciones anticlericales. Varios procesos latinoamericanos de la primera mitad del siglo xx fueron marcados de manera directa por la impronta revolucionaria de México y, muy en concreto, por la reforma agraria y la expropiación de empresas extranjeras, como pudo advertirse en Cuba durante la Revolución del 30 y en la Constitución adoptada en la Isla en 1940, en cuyo articulado está la huella de la Carta Magna mexicana de 1917.

A ello contribuyó que, desde los años 20, México se había convertido en refugio de muchos perseguidos políticos de América Latina, como fue el caso del joven revolucionario cubano Julio Antonio Mella. Otro líder estudiantil exiliado en ese país fue el peruano Víctor Raúl Haya de la Torre, quien al calor de la Revolución mexicana fundó allí, en 1924, la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), de pretensión continental. Haya de la Torre llegó a considerar que «la Revolución mexicana aparece y queda en la historia de las luchas sociales como el primer esfuerzo victorioso de un pueblo indoamericano contra la doble opresión feudal e imperialista».[1]

También otros externaron sus simpatías por ese proceso, como los socialistas argentinos Alfredo Palacios y José Ingenieros, y el pensador marxista peruano José Carlos Mariátegui, quien, incluso, elaboró una síntesis histórica, en un artículo de enero de 1924, titulado «México y la Revolución». Otros trabajos suyos sobre el tema fueron «La reacción en México» (1926), «La guerra civil en México» (1927), «Obregón y la Revolución mexicana» (1928), «La lucha eleccionaria en México» (1929), entre otros.[2] Según la reseña periodística de la conferencia dictada por Mariátegui en la Universidad Popular de Lima, publicada en el periódico peruano La Crónica, el martes 25 de diciembre de 1923:

Mariátegui expuso los orígenes de la Revolución mexicana. Explicó la importancia sustantiva de la cuestión agraria en los últimos acontecimientos de la historia de México. Y se ocupó de los aspectos social y económico de la Revolución. Finalmente expuso los diversos aspectos del movimiento social y proletario de México y concluyó invitando a los trabajadores a saludar en la Revolución mexicana el primer albor de la transformación del mundo hispano-americano.[3]

 

La influencia de la Revolución mexicana trascendió el ámbito político y social. El reconocimiento del elemento mestizo e indígena como componente esencial en la formación nacional de América Latina impregnó diferentes manifestaciones de la cultura —expresión de ello fue, por ejemplo, el muralismo mexicano— e impulsó también novedosas investigaciones etnológicas encaminadas al conocimiento de las preteridas poblaciones autóctonas del hemisferio. Gracias al clima creado por el proceso revolucionario de México, a fines de los años 20 y principios de los 30, se desarrolló en los países latinoamericanos una nueva novelística que enfatizó la crítica social. Una muestra fue el creciente interés por reflejar en la literatura los problemas nacionales y, en particular, el tema de la explotación del campesinado. Las campañas educativas masivas, como las impulsadas por José Vasconcelos al frente de la Secretaría de Educación Pública de México, devinieron referentes, imitados luego en varios lugares del hemisferio.

Cuba fue, por su cercanía y sus lazos históricos, uno de los países latinoamericanos donde mayor repercusión tuvo, desde sus inicios, la Revolución mexicana. Además, el territorio cubano fue una especie de caja de resonancia de los acontecimientos mexicanos y en la mayor de las Antillas encontraron refugio varias oleadas de políticos y ciudadanos comunes de México, de acuerdo con las distintas etapas por las que atravesó ese proceso.

 

Cuba y el asesinato de Madero

Al prestigioso general del Ejército Libertador Enrique Loynaz del Castillo, llegado a tierras mexicanas en julio de 1910 en calidad de ministro de Cuba, le correspondió ser testigo del estallido de la revolución, la caída de la dictadura de Porfirio Díaz y el ascenso de Francisco I. Madero a la presidencia. A pesar de su condición diplomática, el principal representante de la Isla en la capital mexicana manifestó en público su regocijo por la deposición de Díaz, y saludó con entusiasmo a Madero en ocasión de su entrada triunfal a la ciudad de México.[4]

Pero fue a otro ministro de Cuba en México —el sexto desde que fue establecida la República en 1902—, Manuel Márquez Sterling, a quien le tocó presenciar la crisis final del gobierno de Madero y hacer loables esfuerzos por salvar la vida de este durante los días convulsos de la «decena trágica», desencadenada el 9 de febrero de 1913.[5] La extraordinaria y valiente actuación del diplomático cubano ha pasado a la posteridad como un hito en las relaciones entre Cuba y México.

Como se sabe, Márquez Sterling, tras el derrocamiento de Madero por la componenda de los generales porfiristas Victoriano Huerta y Félix Díaz —fraguada en la legación de los Estados Unidos por su máximo representante Henry Lane Wilson—, pretendió sacar de México a Madero en el crucero Cuba, a la sazón anclado en Veracruz. Este buque de la marina de guerra cubana, con una compañía de infantería a bordo, al mando del comandante Julio Sanguily —sobrino del canciller cubano Manuel Sanguily—, había sido enviado a México el 12 de febrero de 1913 por instrucción del presidente José Miguel Gómez, ante las primeras noticias de los levantamientos armados antimaderistas, con el propósito de proteger a los numerosos cubanos radicados en el puerto de Veracruz.

El cuidado puesto por Márquez Sterling para no herir la susceptibilidad del presidente Madero por el inesperado arribo al puerto veracruzano del buque de la armada cubana —que podía ser interpretado como parte de las maniobras intervencionistas de Lane Wilson—, fue reconocido en aquellas dramáticas jornadas por el propio gobernante mexicano. En conversación con el canciller mexicano Pedro Lascurain, este comentó, de forma oficial, al diplomático cubano: «Señor Ministro [...] su última nota acerca del crucero Cuba, ha causado, en el gobierno, en el presidente Madero y, naturalmente, en mí, el efecto de un abrazo que se dan nuestras dos patrias».[6]

Las posteriores gestiones de Márquez Sterling, dirigidas a preservar la vida del presidente Madero, contaban con el pleno respaldo del gobierno de José Miguel Gómez —en cuyo entorno se encontraban prestigiosas figuras como Manuel Sanguily, Bartolomé Masó y Juan Gualberto Gómez, de clara postura antimperialista y de defensa de la soberanía nacional—, como consta en el telegrama enviado por Sanguily, a Márquez Sterling:

Presidente y Gobierno felicitan a usted por sus nobles y humanitarias gestiones para ayudar al Gobierno de México a resolver actual situación, asegurando la vida del ex Presidente Madero y del ex Vicepresidente, y fía.[7]

 

Según el testimonio del propio Márquez Sterling, al conocer el presidente mexicano sus intenciones, el 19 de febrero de 1913 le expresó:

Estoy muy agradecido a las gestiones de ustedes [...] Acepto el ofrecimiento del crucero Cuba para marcharme. Es un país, la Gran Antilla, por el que tengo profunda simpatía. Entre un buque yanqui y uno cubano, me decido por el cubano.[8]

 

«De allí surgió el compromiso —expresó Márquez Sterling—, para mí muy honroso, de llevar al señor Madero en automóvil a la estación del ferrocarril y de allí a Veracruz».[9]

El asesinato de Madero tuvo gran repercusión en Cuba. El periódico liberal La Noche, en su edición del 23 de febrero de 1913, puso en grandes titulares: «Madero ha sido muerto esta mañana. Fueron asesinados el presidente y el ex vicepresidente de México. ¡Un atentado a la civilización humana!». Al día siguiente, El Triunfo, otro periódico cubano vinculado al presidente Gómez, señalaba: «Madero y Suárez asesinados. Último acto de la tragedia o primero de otra más horrible», mientras el renombrado diario La Discusión vaticinaba un «movimiento de protesta mundial ante hechos tan abominables».[10]

En general, los principales periódicos cubanos de la época, El Mundo, La Discusión, La Prensa, Diario de La Marina y El Día, se hicieron eco de los acontecimientos que estremecían a México, aunque en sus informaciones muchos seguían las pautas impuestas por la gran prensa de los Estados Unidos. Una de sus principales fuentes noticiosas era entonces la agencia norteamericana Associated Press (AP). En cambio, diarios liberales como El Triunfo y Cuba reflejaron los sucesos mexicanos con mayor objetividad. Como escribió Márquez Sterling: «La tragedia mexicana fue un acontecimiento mundial que produjo, en Cuba, extraordinaria sensación. Madero, traicionado, había estremecido a nuestro pueblo. Madero, mártir, lo indignó».[11]

El jueves 27 de febrero de 1913, se organizó un extraordinario acto público en el céntrico Campo de Marte —donde hoy se encuentra el Parque de la Fraternidad—, para esperar a los familiares de Madero. En él hicieron uso de la palabra el diputado yucateco Serapio Rondón —quien poco después regresó a México y fue asesinado por sus valientes denuncias contra Huerta en el Congreso mexicano— y el general de la guerra de independencia Enrique Loynaz del Castillo, ex ministro cubano en México. Luego los participantes salieron en manifestación por las calles de la capital cubana hasta el Palacio Presidencial —antes de los Capitanes Generales— para exigir al gobierno la inmediata ruptura de relaciones con el régimen golpista de Huerta. En este sitio, Loynaz arengó a los manifestantes con las siguientes palabras:

Hemos llegado aquí movidos por el sentimiento del deber, por un generoso sentimiento de fraternidad hacia el pueblo hispanoamericano que está más cerca de nosotros, hacia aquel que en horas de desgracia para Cuba, estuvo cerca de nuestros corazones. Hemos llegado ante el representante del gobierno cubano, y le hemos expuesto que el pueblo de Cuba siente hondamente lo sucedido en la vecina República, que desea que el gobierno cubano rompa sus relaciones con el gobierno impuesto en México por la traición, el asesinato y la cobardía.[12]

 

A altas horas de la noche del 1 de marzo de 1913, arribó a La Habana, en el crucero Cuba, la familia del ex presidente Madero —su viuda, padres, hermanas, su tío Ernesto y su hermano Julio—, la que fue recibida por las autoridades cubanas: el propio canciller Sanguily y las hijas del presidente de la República, así como los diputados mexicanos Serapio Rendón, Adrián Aguirre Benavides —ex asesor jurídico de Madero— y Víctor Moya, junto a una gran multitud de habaneros que los acompañó después desde el puerto hasta el hotel Telégrafo. La Discusión publicó un amplio reportaje de estos acontecimientos, y dio a conocer una nota firmada por Francisco y Ernesto Madero, padre y tío respectivamente del presidente asesinado, donde agradecían el respaldo del pueblo, el gobierno y la prensa de Cuba.

 

Maderistas y huertistas en La Habana

El gobierno de José Miguel Gómez no solo retiró a su ministro en México —30 de marzo de 1913— y se negó a reconocer el régimen de Huerta —de hecho, no hubo representación de ese rango en ninguna de las dos capitales hasta 1919—, sino que, además, abrió las puertas a los refugiados que huían de la despiadada represión. Entre los destacados políticos, militares e intelectuales maderistas que arribaron ese mismo mes, estaban los periodistas Solón Argüello y Matías Oviedo, que el 8 de marzo ofrecieron una conferencia sobre los trágicos sucesos mexicanos en el teatro habanero Politeama.

El 4 de marzo de 1913, el periódico El Mundo, de La Habana —del cual Márquez Sterling había sido el primer jefe de redacción—, en el artículo «El éxodo de los mexicanos», invitaba a esta conferencia e incluía noticias sobre la llegada de otros conspicuos maderistas como Elías Ramírez, secretario particular del asesinado mandatario, y su hermano Julio, Rafael J. Hernández, ex secretario de Gobernación, Luis Meza Gutiérrez, ex director de Instrucción Pública, y el cubano Guillermo Carricarte, quien había estado al servicio de Madero. También pasaron por La Habana, José Vasconcelos y Martín Luis Guzmán.

En realidad, la llegada masiva de refugiados políticos y de personas que huían del recrudecimiento de la represión y de la difícil situación creada en México con el reinicio de los enfrentamientos armados, se produjo después de la caída del gobierno de Madero.[13] A ello contribuyó que Cuba estuviera ubicada en el camino natural de los revolucionarios mexicanos que deseaban entrar por la frontera norte —donde Venustiano Carranza encabezaba la resistencia a los huertistas—, a la que llegaban vía Nueva Orleans tras pasar por La Habana.

En ese contexto, y en respuesta al llamado de Carranza —hasta entonces gobernador de Coahuila, y quien había asumido la dirección del constitucionalismo como continuador de Madero— para luchar contra la dictadura huertista, un grupo de exiliados mexicanos en La Habana fundó, en abril de 1913, una Junta Revolucionaria. Su objetivo principal era «estudiar los elementos con que se cuenta para la organización de expediciones, compra de armas y parque».[14] Su primer presidente fue Demetrio Bustamante, aunque en febrero de 1914 Carranza lo sustituyó por Juan Zubarán Capmany, hermano del secretario de gobernación de su gabinete. Poco después, el propio Carranza designó a Salvador Martínez Alomia como enviado diplomático en comisión especial ante el gobierno de Cuba, con el propósito de obtener el reconocimiento de la Isla al movimiento constitucionalista.

Después de la caída de Huerta en julio de 1914 —acontecimiento celebrado por la mayoría de la prensa liberal habanera—, el gobierno cubano, que presidía desde el 20 de mayo de 1913, el general conservador Mario García Menocal —educado en universidades de los Estados Unidos y representante en Cuba de una poderosa empresa azucarera norteamericana—, decidió acoger con generosa hospitalidad a los partidarios del régimen tiránico depuesto. Entre los encumbrados exiliados huertistas llegados a La Habana figuraban el controvertido poeta Salvador Díaz Mirón, que había tenido que abandonar la dirección de El Imparcial de México, y el ex diplomático Federico Gamboa, recibido por el subsecretario de Estado de Cuba y varias veces por el propio mandatario cubano.[15] Gamboa vivió cuatro años en Cuba, hasta 1919. Entre los nuevos asilados también figuraban José María Lozano, secretario de Estado de Huerta, el escritor y poeta Luis G. Urbina —quien se radicó por unos meses en La Habana (1915-1916) y después fue corresponsal de El Heraldo de Cuba en Madrid—, el compositor Manuel M. Ponce y el médico y periodista Luis Lara Pardo.

Gamboa fue durante varios meses presidente del Círculo Mexicano de La Habana o Casino Mexicano de La Habana, un club aristocrático de mexicanos ricos refugiados en la Isla, fundado en 1918 por ochenta y cuatro exiliados. Esta asociación, que se proponía «procurar a los emigrados mexicanos y a sus familiares todas las diversiones sociales que las clases altas y cultas acostumbran»,[16] tuvo entre sus miembros al ingeniero e historiador revisionista Francisco Bulnes, el ya mencionado José María Lozano, Antonio de la Peña, antiguo secretario de la Presidencia mexicana, y el notable orador parlamentario y periodista Francisco M. de Olaguíbel, ex subsecretario de Relaciones Exteriores. Los partidarios de Huerta también fundaron en La Habana un Centro Mexicano de Auxilios Mutuos, del que fue presidente el aristócrata y ex ministro general Carlos Rincón Gallardo, duque de Regla y marqués de Guadalupe.

Entre los más prominentes exiliados huertistas en Cuba figuraban también los generales Manuel Mondragón —artífice del levantamiento militar contra Madero, llegado a La Habana en 1917— y Aureliano Blanquet, quien traicionó al presidente e inspiró su asesinato. Blanquet desembarcó en la capital cubana a mediados de enero de 1919, y organizó una expedición financiada por el ex gobernador de Veracruz, también refugiado en Cuba, Teodoro Dehesa, y los ricos yucatecos José León del Valle, Luis Rosado Vega y Manuel Iriguyen Lara, para luchar contra los constitucionalistas. Los complotados, entre ellos los generales Juan Montaño y Enrique González y los coroneles Francisco Traslosheros y Luis Acosta, salieron en una embarcación del puerto de Bahía Honda, Pinar del Río, el 16 de marzo de ese mismo año. La aventura le costó la vida a Blanquet. El periódico habanero El Mundo había dado a conocer, pocos días antes de su muerte, el manifiesto contrarrevolucionario preparado por este conocido militar huertista.

En su mayoría, los recién llegados eran destacados miembros del clero, la política, el ejército o la intelectualidad, comprometidos con la sangrienta dictadura de Huerta, como el poeta y diplomático de Yucatán Antonio Mediz Bolio y el ex gobernador de esa península, coronel Abel Ortíz Argumedo, quien fue trasladado a la Isla con su inmensa fortuna —además de fondos estatales, federales y de particulares— en el crucero Cuba, en mayo de 1915. Este político, con el apoyo de la oligarquía henequera yucateca, había derrocado al gobierno constitucionalista yucateco para impedir las reformas sociales, aunque en marzo de 1915 fue derrotado por las fuerzas del general Salvador Alvarado. En esa misma embarcación de la Marina de guerra cubana, arribaron a la Isla decenas de yucatecos acaudalados y residentes cubanos que huían del avance de las fuerzas carrancistas sobre la península mexicana. Entre los emigrados yucatecos se encontraban también Avelino Montes y Olegario Molina Solís, los principales propietarios del henequén. Otros encumbrados refugiados en Cuba fueron el arzobispo de Yucatán, Martín Tritschler[17] —también estuvo asilado en La Habana el arzobispo de México, José Morra—, y el general Prisciliano Cortés, gobernador del estado durante el régimen huertista.

Uno de los partidarios de Ortiz Argumedo, Temístocles Correa, ex jefe político de Tizimín, intentó organizar otra expedición armada, en un buque adquirido por su antiguo jefe, para regresar a la península a secundar el levantamiento contrarrevolucionario del general Arturo Garcilazo, en Quintana Roo. Entre los involucrados en este grupo de conspiradores yucatecos que actuaba en La Habana estaba también el ex gobernador Eleuterio Ávila.

Algunos de los exiliados huertistas, enemigos jurados de Carranza, fundaron en la capital cubana la revista mensual conservadora América Española —al parecer solo salió durante unos meses de 1917— dirigida por el militante católico michoacano Francisco Elguero Iturbide, devenido pronto colaborador del periódico habanero Diario de La Marina, donde publicó más de trescientos artículos en su columna «Efemérides históricas y apologéticas». En el mismo diario escribían los emigrados políticos Querido Moheno, abogado chiapaneco y ex ministro de Estado de Huerta, el periodista José Elgueró, y los ya mencionados Francisco M. de Olaguíbel, Antonio de la Peña y Reyes, y Federico Gamboa, quien también fue subdirector de la revista habanera La Reforma Social. Esta última publicación, fundada en 1914 por Orestes Ferrara, editó varios artículos donde se criticaba con dureza la Constitución mexicana de 1917.

Estos años fueron los de mayor entrada de mexicanos a Cuba, que alcanzó su cota máxima entre 1915 y 1917, en correspondencia con la etapa más convulsa de la lucha armada en México. En 1915 se registró el arribo de 714 mexicanos; de ellos, 15 se declararon militares, 21 ingenieros, 25 abogados, 8 maestros, 12 hacendados henequeneros y más de 400 comerciantes, así como 56 sacerdotes y monjas, que huían de las persecuciones religiosas en Yucatán. Al año siguiente, 662, y en 1917, 526. Según los datos del censo, en Cuba se duplicó la presencia de residentes mexicanos entre 1907 y 1919, año este último en que se alcanzó la cifra de 3 469.[18]

Ese fue el contexto en que se publicó en La Habana, en noviembre de 1914, la Carta Pastoral Colectiva, firmada por un nutrido grupo de arzobispos y obispos mexicanos, entre ellos los de México, Oaxaca, Yucatán, Michoacán y Guadalajara. En este texto se pronunciaban contra la actual «persecución religiosa» en México, que impedía «el ejercicio de la jurisdicción eclesiástica» y contra los que se apoderaban «de los bienes eclesiásticos o de sus rentas».[19] Como relata Pérez de Sarmiento en documentado estudio:

El éxodo de los miembros de la Iglesia mexicana no pasó desapercibido y fue ampliamente cubierto por el Diario de la Marina, periódico de carácter conservador, que en su sección matutina y vespertina, titulada «Crónicas del Puerto», publicó reseñas detalladas sobre los desembarques en la capital cubana. En estas se solía destacar sobre todo el arribo de personajes conocidos de la vida mexicana que planeaban residir permanentemente en la isla o bien continuarían viaje hacia otro destino.[20]

 

Ante el rechazo de una parte de la prensa liberal habanera, que daba a conocer titulares como «Nos invade una ola de clericales», el propio Diario de La Marina divulgó, el 4 de septiembre de 1914, un artículo que llamaba a sus lectores a rechazar esa campaña, pues

ni Cuba en general, ni el Seminario de San Carlos en particular van a ser invadidos por esos cultos sacerdotes, esos jóvenes levitas, esos religiosos ejemplares, pues tienen de sobra quienes les amen y protejan en su desventurada patria; para ellos no será preciso levantar nuevos empréstitos, ni el erario cubano habrá de resentirse de su estancia entre nosotros.[21]

 

Algunos de los refugiados mexicanos comenzaron a regresar a México desde 1919. La mayoría lo hizo durante el gobierno de Álvaro Obregón (1920-1924), como fue el caso de Salvador Díaz Mirón y Francisco M. Olaguíbel. No obstante, durante la rebelión de Adolfo de la Huerta contra el propio Obregón, entre 1923 y 1924, La Habana volvió a recibir nuevos exiliados y a ser otra vez centro de las actividades de los políticos mexicanos. Por la capital cubana pasó el propio Adolfo de la Huerta, y dejó al general Juan Barragán como su representante, encargado de adquirir armas y preparar expediciones para enviar a México. También estuvieron el periodista Adolfo León Osorio, Gilberto Bosques —quien luego sería embajador en La Habana en los años 50 y principios de los 60—,[22] el científico y diplomático Luis Enrique Erro, así como el político Froylán C. Manjares, constituyente del ala nacionalista del carrancismo. Entre los opositores puede citarse a los generales Rafael Cárdenas, Calixto Ramírez Garrido, Alfonso Aguilar y otros altos oficiales mexicanos. Con posteridad, llegó a Cuba Manuel Sánchez Azcona, vicepresidente del Partido Nacional Antirreeleccionista (PNA), quien después del asesinato de Obregón (1928) fundó en La Habana el Club Mexicano, contrario a Plutarco Elías Calles, en el que figuraron los conocidos políticos carrancistas José Luis Novelo y Roque Estrada, ex secretarios privados de José María Pino Suárez y de Carranza, respectivamente.

 

Tensiones diplomáticas

La política de sumisión a los dictados de los Estados Unidos que caracterizara al gobierno del presidente Menocal, y sus ostensibles simpatías por los exiliados huertistas, determinaron que Martínez Alomia, el enviado de Carranza, no fuera reconocido y tuviera que ser retirado en julio de 1915. Su sustituto, en calidad de cónsul general y luego como encargado de negocios de México en Cuba, fue Antonio Hernández Ferrer, quien fue aceptado por Menocal como representante oficial del presidente de facto de México, en noviembre de ese año, siguiendo al pie de la letra las indicaciones de Washington, que solo un mes antes había dado su reconocimiento al gobierno de Carranza.

A pesar de ello, las relaciones entre Cuba y México continuaron muy tensas, pues el gobierno de la Isla, cumpliendo instrucciones de los Estados Unidos, fustigó al de Carranza para que rompiera su neutralidad en la Primera guerra mundial y declarara la guerra a Alemania. Esa presión —que incluía restricciones a las importaciones mexicanas de azúcar y otros productos y campañas de prensa acusando a México de inclinaciones germanófilas— alcanzó su punto culminante en octubre de 1917, cuando el gobierno cubano le comunicó al representante mexicano en La Habana que el presidente Menocal consideraba que la postura de México en el conflicto mundial era «contraria, según creía, al restablecimiento de la paz y a la consolidación» del régimen constitucionalista.[23] El gobierno mexicano reaccionó con dignidad y ratificó la independencia de su política exterior, al afirmar: «Por acuerdo del C. Presidente de la República, puede Usted participar a ese Gobierno que el Gobierno de México está dispuesto a conservar su neutralidad, en virtud de no haber recibido ningún agravio de ninguno de los Gobiernos de las naciones beligerantes».[24] Para complicar más las cosas, en abril de 1918 fueron violadas y saqueadas por aduaneros norteamericanos, en el puerto de La Habana, las valijas de diplomáticos mexicanos en tránsito por Cuba, entre ellos el ex canciller carrancista Isidro Fabela, entonces ministro en Argentina. Ello condujo a la retirada del representante mexicano ante el gobierno cubano, Alberto C. Franco, y a la clausura de su legación, según la nota diplomática del 24 de mayo de ese año, aunque no se llegó a la ruptura formal de relaciones.

Este fue el punto de inflexión en las tirantes relaciones entre los dos gobiernos, pues la llegada a Cuba, al año siguiente, del antiguo constituyente Heriberto Jara —quien viajó en la cañonera Zaragoza— para hacerse cargo de la representación mexicana, sin titular desde 1912, significó una cierta distensión.[25] Jara encontró en Cuba un ambiente oficial muy hostil a México, que en su opinión era resultado del

esfuerzo de cuatro elementos: la prensa, los norteamericanos interesados en presentar a México en las condiciones más deplorables, la gran colonia española, mal impresionada por los clérigos españoles expulsados, y por los comerciantes y judíos avaros, y los mexicanos traidores que por el hecho de que no están en el poder, quisieran, para vengarse, que sobre México cayeran las desventuras más grandes. A esto hay que agregar la circulación clandestina de algunos pasquines que circulan en esta capital, y que injurian al Gobierno de la manera más soez, como Revolución, Omega, El Mañana, etc.[26]

 

No obstante la labor desplegada por Jara para mejorar las relaciones con el gobierno cubano, el presidente Menocal no reconoció al de Obregón en 1920, con el pretexto de los sucesos violentos que habían conducido al asesinato del depuesto presidente Carranza ese mismo año. Por ese motivo, las relaciones cubano-mexicanas no se normalizaron hasta 1924, después que Washington reconoció al de México, a fines de agosto de 1923, tras la firma de los acuerdos de Bucareli.

Los sucesivos presidentes cubanos Alfredo Zayas y Gerardo Machado, siguieron manifestando cierta hostilidad a su homólogo mexicano durante el resto de la década de los 20, en correspondencia con la política norteamericana que presionaba al nuevo mandatario mexicano, Plutarco Elías Calles, por su política nacionalista en materia petrolera. Incluso, entre 1925 y 1927, los Estados Unidos estuvieron a punto de romper sus relaciones diplomáticas con su vecino. Por eso, en la VI Conferencia Panamericana de La Habana, en 1928, la delegación mexicana expresó sus protestas por la postura hostil de los anfitriones cubanos. Así lo reflejó el encargado de negocios de Cuba en México, Ramón Castro Palomino, en un cable enviado a su cancillería el 10 de febrero de 1928:

Hoy visité subsecretario de Relaciones Exteriores [el mexicano Genaro Estrada (SGV)] para insistir nombramiento delegación Conferencia Inmigración [...] expúsome que duda hacerlo porque gobierno México está disgustado por tratamiento que dice reciben sus delegados VI Conferencia. Cordial y amistoso expresome resentimiento gobierno mexicano por siguientes causas: que Cuba tolera campaña prensa católicos quienes pretenden hacerse oír VI Conferencia repartiendo proclamas entre delegados; que policía cubana vigila dos delegados mexicanos por suponerlos comunistas los cuales serán llamados en evitación dificultades; que doctor Ferrara hostiliza actuación delegados México; que presidente García manifestó desagrado a doctores Bustamante, Martínez Ortiz; que delegación México tenía instrucciones actuar en armonía delegación cubana y hacer demostración afecto y simpatía a gobierno y pueblo Cuba pero que se ha visto obligada a retraerse por falta ambiente cordial; que no extrañaría esa conducta de otras delegaciones como Venezuela, Perú, los Estados Unidos por dificultades anteriores conocidas, pero sí de parte Cuba dadas excelentes relaciones y carencia problemas internacionales.[27]

 

A contrapelo de las complicaciones diplomáticas y de la postura de Cuba contraria a los sucesivos gobiernos mexicanos del período, que desafiaban la hegemonía de los Estados Unidos, varias destacadas figuras de la intelectualidad cubana se opusieron a esa política, como se puso de manifiesto en 1919 cuando México fue excluido de la Liga de las Naciones. Una de esas voces fue la del sabio polígrafo Fernando Ortiz, quien abogó, el 4 de febrero de 1920, en la Cámara de Representantes, por la inclusión del país vecino en el organismo internacional. Otro ejemplo fue el doctor Teófilo González Radillo, quien en 1922 publicó en La Habana el folleto titulado La exclusión, donde criticaba la postura de los Estados Unidos dirigida a excluir a México y a otros países de la Liga de las Naciones.

 

El imaginario de la Revolución mexicana

Después del derrocamiento de la dictadura de Huerta aparecieron en Cuba diversos libros, folletos y artículos que se referían a los problemas de México y al desarrollo de la revolución. En 1915 se distribuyó en La Habana el libro Mi viaje a México. A propósito de la Revolución, del periodista canario Manuel Fernández Cabrera, con prólogo del Conde Kostia y epílogo de Félix F. Palaviccini, ex secretario de Instrucción del gobierno de Carranza y corresponsal del periódico Heraldo de Cuba, dirigido por Márquez Sterling. La obra era favorable a los constitucionalistas y muy en particular a Carranza y Obregón. La «expedición punitiva» norteamericana contra México, en 1916, encontró un extendido rechazo en los medios progresistas cubanos. En distintas publicaciones obreras y liberales aparecieron artículos que denunciaban la política intervencionista de los Estados Unidos. En revistas satíricas, como La Política Cómica y La Metralla, salieron con frecuencia caricaturas que criticaban la injerencia norteamericana y ridiculizaban los intentos por apresar al intrépido Pancho Villa, quien llegó a contar con un representante en La Habana, Agustín Patrón Correa. En esta ciudad también residió por un tiempo su hermano Hipólito, y una de sus esposas, Luz Corral, y su hijo.

Otros libros que contribuyeron a dar a conocer los logros del proceso mexicano y a difundir su imaginario fueron La revolución y el nacionalismo. Todo para todos (1916), del maderista Carlos Trejo Lerdo de Tejada, Mi juicio acerca de la Revolución mexicana (1920), del cónsul Antonio Hernández Ferrer, y Episodios deshilvanados de la vida de un caballero sin ventura (1921), de Jorge Useta. También en ese listado debe figurar el ya mencionado libro Los últimos días del presidente Madero (1917), de Manuel Márquez Sterling —a quien el gobierno de Álvaro Obregón rindió sentido homenaje y luego fue de nuevo embajador de Cuba en México, entre 1929 y 1932—, al que precedieron artículos suyos sobre el mismo tema, aparecidos entre 1914 y 1915 en el periódico La Reforma Social. Desde entonces, se hizo habitual que notables escritores y periodistas de México colaboraran en diferentes publicaciones periódicas cubanas, contribuyendo a divulgar en Cuba las ideas y sucesos de la Revolución mexicana, como hicieron, entre otros autores, Alfonso Reyes, Mariano Azuela, Carlos Pellicer, Jorge Cuesta y Genaro Estrada.

Un lugar especial en la propaganda de la Revolución mexicana en Cuba le correspondió a Yucatán, territorio muy vinculado a la mayor de las Antillas. En diciembre de 1915 apareció en el número 50 de la revista habanera El Fígaro un interesante trabajo titulado «La situación en Yucatán: síntesis», que ofrecía a los lectores un panorama de las realizaciones más importantes emprendidas por el entonces gobernador y comandante militar constitucionalista de esa península, general Salvador Alvarado. Entre las medidas reformistas dictadas por él se encontraban la expropiación de inmuebles eclesiásticos que fueron convertidos en escuelas, la eliminación de la servidumbre indígena, la expulsión de sacerdotes contrarrevolucionarios y el impulso dado a las organizaciones sociales, en particular de trabajadores y mujeres. El autor, Arturo R. Carricarte, elogiaba en ese trabajo la gestión de Alvarado y se refería a la manumisión del indio por la extinción de la deuda hereditaria, a la nacionalización de los ferrocarriles, la proliferación de escuelas, etc. El articulista advertía que esta experiencia yucateca podía ser un anuncio de lo que iba a suceder en todo México cuando terminara la guerra civil.

Las tendencias socialistas en esa región fueron perseguidas por Carranza, lo que obligó, en 1918, al sucesor del general Alvarado en la gobernación de ese estado, Carlos Castro Morales, un líder ferrocarrilero, a buscar refugio en Cuba hasta que pudo regresar después de la muerte del mandatario mexicano. Durante esta coyuntura, Felipe Carrillo Puerto se hizo cargo del gobierno yucateco (1922) y fue el responsable de dar un segundo impulso al programa socialista en la península. Este incluía el rescate de la cultura maya, los trabajos comunales, la aceleración del reparto agrario y la expropiación de las haciendas abandonadas por sus dueños, para entregarlas en cooperativas a los trabajadores. Pero en enero de 1924, cuando pretendía embarcarse hacia Cuba, el líder socialista fue asesinado en medio de una rebelión en su contra organizada por la contrarrevolución.

Por su parte, el novelista y dirigente ferroviario cubano Carlos Loveira —quien había vivido en Yucatán desde febrero de 1913, donde llegó a dirigir la oficina de Información, Propaganda y Trabajo durante el gobierno de Salvador Alvarado— contribuyó a divulgar en la Isla la nueva realidad de ese territorio. Hacia mediados de 1915, regresó a Cuba, enviado por el propio general Alvarado, entonces gobernador de Yucatán, para que representara a los trabajadores de ese estado en un viaje de propaganda que incluía a Cuba, América Central y los Estados Unidos. Dicha comisión tenía como objetivo contrarrestar las campañas que se hacían en el extranjero en contra del constitucionalismo mexicano. En carta al general Alvarado, a quien Loveira se refería como «distinguido amigo y respetable jefe», el escritor cubano le informaba el 18 de septiembre de 1915:

Para entera satisfacción de Ud. [...] empiezo esta carta diciéndole que durante los últimos quince días, la prensa de esta capital ha disminuido, casi hasta terminarlos, sus ataques a la causa constitucionalista. Hasta el Diario de la Marina y El Triunfo, dos de los diarios que más rudamente nos combatían, al referirse al 16 de septiembre, lo han hecho en forma conciliadora, beneficiosa casi, para nosotros. Los artículos doctrinarios que por conducto del señor Cónsul he remitido al Cuba, han quedado casi todos sin publicar. Además, la cuestión obrero-socialista se halla medio muerta en La Habana debido a lo recio de la reacción conservadora imperante hoy en toda la República. A causa de lo anterior, he recibido con agrado su orden de marchar a New York. [...] en mi opinión y en la de la mayoría de las personas con quienes me relaciono, las tan movidas y cacareadas gestiones pacifistas de los Estados Unidos, al fin vendrán a concluir en el reconocimiento del Primer Jefe. Creo que de esto debe Ud. estar más enterado que yo, pero no obstante, estimo que siempre es bueno que conozca Ud. la opinión predominante en esta celebérrima Habana.[28]

 

En la capital cubana, Loveira ofreció conferencias en distintos centros obreros y escribió artículos acerca de la realidad mexicana para varios órganos de prensa. En 1917, publicó el libro De los 26 a los 35. Lecciones de la experiencia en la lucha obrera (1908-1917), que contiene un capítulo completo consagrado a la Revolución mexicana, donde elogia la obra del constitucionalismo en Yucatán. También en su novela Juan Criollo y en su libro Socialismo en Yucatán destaca las experiencias de que fue testigo en México. Entre sus artículos pueden mencionarse «Un gobierno socialista en América. En la península de Yucatán», publicado en 1922 en la revista habanera El Fígaro, al que siguió poco después «El socialismo en Yucatán», que apareció en Cuba Contemporánea en el número correspondiente a enero-febrero de 1923. En este, exaltaba el ideario socialista y las transformaciones revolucionarias en ese estado, como los repartos de tierra entre los campesinos desposeídos, el trabajo voluntario para la construcción de caminos, el impulso a la educación popular, laica y racionalista y la formación de nuevos profesores.

También el destacado filósofo cubano Enrique José Varona manifestó sus simpatías por la Revolución mexicana, en respuesta a preguntas formuladas a principios de 1926, por un periodista de El Universal. Expresó que el esfuerzo de México era «el primero en la historia de nuestra América, para elevar a todo un pueblo, a los millones de indígenas mexicanos, a un plano verdaderamente superior de civilización en el orden material y moral». Además, consideró que «el gran esfuerzo de México para poner a salvo sus derechos de soberanía constituye una clara lección y ha de ser un precedente de inestimable valor para todas las naciones débiles, en la vecindad de estados poderosos y nada escrupulosos».[29]

 

Zapata en Cuba, Cuba en Zapata

El 15 de abril de 1916, el líder agrarista Emiliano Zapata asignó tareas en el exterior a dos jóvenes del Ejército Libertador del Sur: Jenaro Amezcua y Octavio Paz Solórzano, lo que explica la presencia en Cuba del primero entre 1916 y 1920. Como parte de su labor en la Isla, el general Amezcua divulgó —en El Mundo, La Discusión y Solidaridad— los documentos esenciales de la revolución zapatista, entre ellos el Plan de Ayala, el Acta de su ratificación, y el Programa de la Convención Revolucionaria, así como entrevistas y artículos de su autoría o de Antonio Díaz Soto y Gama, tomados del periódico zapatista Sur. Al mismo tiempo, contribuyó a contrarrestar las campañas contra Zapata —presentado por la prensa como el Atila del sur—, al extremo de que ya el 14 de enero de 1918 La Discusión se refería al líder mexicano como «la fuerza moral en la cual confían todos los revolucionarios».[30]

En 1918, Amezcua dio a conocer en La Habana el libro México revolucionario: a los pueblos de Europa y América 1910-1918, con una selección de materiales sobre el movimiento zapatista, que incluía el Plan de Ayala y otros textos de los combatientes de Morelos. Además, difundió una carta con un saludo de Zapata a la Revolución rusa, y opiniones sobre la divulgación en Cuba de su proyecto.[31] La misiva, editada el 1 de mayo de ese año, en el periódico El Mundo, con una fotografía del líder agrarista, decía:

Por los recortes que se sirve adjuntarme, quedo impuesto de la benévola acogida que en la prensa de esa capital han tenido las declaraciones hechas por usted acerca de las finalidades que perseguimos; lo que es un indicio cierto de que la intelectualidad cubana se da cuenta de la importancia de este movimiento regenerador y simpatiza con él abiertamente, al reconocer su indudable justicia. De todas veras celebro que en ese interesante país, hermano del nuestro, repercutan vigorosamente y dejen hondas huellas las reivindicaciones gallardamente sostenidas por el pueblo campesino de esta República de México.[32]

 

Uno de los órganos de prensa cubanos que prestó mayor atención a la causa agrarista mexicana y al zapatismo fue ¡Tierra! —clausurado por el gobierno de Menocal en 1915—, que tenía vínculos con el periódico Regeneración, del líder anarquista mexicano Ricardo Flores Magón, cuya causa también difundió en Cuba. La publicación obrera habanera había denunciado los crímenes de la dictadura de Huerta y condenado la intervención de los Estados Unidos en Veracruz (abril de 1914). En algunos de los editoriales de ¡Tierra! se llamaba a la solidaridad del proletariado internacional con los trabajadores mexicanos y a rechazar los intentos intervencionistas de la burguesía norteamericana.

En sus páginas se realizó una sostenida campaña por la liberación de los miembros de la Junta del Partido Liberal Mexicano —Ricardo y Enrique Flores Magón, Librado Rivera y Anselmo Figueroa—, presos en los Estados Unidos;[33] se dio a conocer, el 16 de mayo de 1913, el «Manifiesto a la Nación», de Zapata, mientras que en un número anterior, del 10 de agosto de 1912, se había presentado el artículo «La revolución social en México», que señalaba:

Los campos de México son en la actualidad el teatro donde se desarrolla el acontecimiento más trascendental que hayan visto los siglos, el proceso más interesante, más grande, más hermoso que presenciaron los hombres. Las revoluciones habidas hasta la fecha en que los bravos libertarios mexicanos empuñando el pendón rojo y al grito de ¡Tierra y libertad! se lanzaron al campo de la lucha, las revoluciones todas, repetimos, hasta que no se iniciara el movimiento emancipador de México, solo han resultado en beneficio de las clases parasitarias [...] Tended la vista en los campos donde se lucha por ¡Tierra y libertad!, anarquistas: pensad un momento en la titánica labor realizada por los gigantes que están en acción en el terreno de la lucha armada.[34]

 

Poco antes, el 6 de enero de 1912, publicó una carta, fechada en México, del cubano Prudencio Casals, quien se incorporaría al Ejército Libertador del Sur de Emiliano Zapata y alcanzaría, en diciembre de 1913, el grado de coronel.[35] Según los datos proporcionados por los historiadores mexicanos Dulce María Rebolledo y Francisco Pineda, Casals primero se vinculó al Grupo Luz y a la Casa del Obrero, junto con Antonio Díaz Soto y Gama. Se sabe que en el ejército zapatista lo apodaban «El Míster», por su dominio del inglés. Además, desempeñaba funciones de médico, lo que explica que estuviera a cargo del hospital de las Fuerzas Revolucionarias del Sur (1ª zona). Fue también chofer de Villa y Zapata en la ciudad de México, a finales de 1914, y dos años después, con el grado de general, fue designado comandante de la Brigada Roja del Ejército Libertador del Sur. Por orden de Zapata, se quedó en el campamento el día trágico de la emboscada de Chinameca, el 10 de abril de 1919; ello le salvó la vida. Su firma estuvo entre la de los generales zapatistas que comunicaron al pueblo mexicano el vil asesinato del líder agrarista.[36] A este cubano se refería el general Amezcua cuando escribió:

La bella patria de Maceo, de Martí y de tantos otros buenos, tiene despierta nuestra simpatía e interés. Máxime cuando en nuestras filas contamos con un buen cubano, que con nosotros ha luchado con lealtad y abnegación. Ha compartido como hermano nuestras alegrías y penalidades. Por su esfuerzo y adhesión a la causa popular, ha conquistado el afecto del general en jefe y de cuantos le rodeamos.[37]

 

Solidaridad cubana con los gobiernos de Calles y Cárdenas

El mencionado conflicto abierto desde 1924 entre México y los Estados Unidos, durante el gobierno de Calles, también generó manifestaciones en Cuba de respaldo a los revolucionarios mexicanos, entre ellas las de los intelectuales reunidos en el Grupo Minorista, quienes enviaron, en mayo de 1927, un telegrama de apoyo, firmado, entre otros, por Rubén Martínez Villena, Gustavo Aldereguía y José Z. Tallet, y las externadas por Emilio Roig de Leuchsenring, quien condenó la política intervencionista de los Estados Unidos en el vecino país. En varios artículos de la revista Carteles, en 1926 y 1927, Roig criticó la política norteamericana y las tergiversaciones de la prensa internacional sobre el conflicto, y expresó una opinión favorable sobre la Constitución mexicana de 1917.

El conflicto de Calles con la Iglesia católica también despertó el interés de diversos sectores cubanos. La revista El Anticlerical, órgano oficial de la Federación Anticlerical de Cuba, de la cual fue presidente Julio Antonio Mella, publicó varios editoriales, artículos y reportajes sobre la política callista, dirigida a limitar la poderosa influencia de la Iglesia católica en México. El propio Mella había enviado el 17 de mayo de 1924 un telegrama al general Calles en respaldo a su campaña presidencial, en nombre de la mencionada federación cubana, donde señalaba: «Magna asamblea Federación Anticlerical Cubana estudiantes obreros profesionales espiritistas masones vitorearon Usted acordando enviarle fraternales saludos deseando triunfo candidatura suya para bien ideales libertarios repúblicas hermanas, Julio Mella, Presidente».[38] En un trabajo de su autoría titulado «Desde México. Horizontes de viaje. Modalidades de la campaña anticlerical en México», aparecido en la revista El Anticlerical, el 1 de abril de 1926, Mella hizo un entusiasta reportaje desde el hermano país, en el cual manifestó su satisfacción por las disposiciones anticlericales del gobierno mexicano.

La radicalización de la reforma agraria y otras medidas revolucionarias decretadas durante el gobierno del general Lázaro Cárdenas, que se extendió de 1934 a 1940, tuvo también una enorme resonancia en Cuba, como ya la había tenido la propia fase armada de la Revolución mexicana de 1910 —y en particular el agrarismo zapatista— y despertó un gran respaldo entre el pueblo cubano, encabezado por sus fuerzas más progresistas. Ese fue el caso de Juan Marinello, quien llegó a escribir:

A mí me satisface mucho que un gobierno como el del general Cárdenas mantenga una ejemplar vigilancia de la garantía democrática y franquee y empuje reales reivindicaciones proletarias. Se sabe lo que es esto cuando se viene de países agobiados por el sable servidor del capitalismo. Cuando se viene de Cuba, por ejemplo.[39]

 

Una de las más sinceras expresiones de la solidaridad cubana con el México de Cárdenas se produjo en 1938, en apoyo a la expropiación petrolera. El periódico El Pueblo dio a conocer artículos en defensa de la soberanía mexicana, mientras el semanario Mediodía realizó, el 13 de junio de ese año una edición especial en homenaje a México y sus conquistas revolucionarias, con trabajos de Juan Marinello, Salvador Massip, Ángel Augier, Mirta Aguirre, Carlos Rafael Rodríguez y José Luciano Franco, entre otros. En su artículo, este historiador cubano escribió:

Lázaro Cárdenas ha roto, en la vida internacional, con el complejo de inferioridad impuesto a los países de la América Nuestra por los financieros, las compañías anónimas y los agentes del fascismo universal.[40]

 

El 12 de junio de 1938 se celebró en La Habana un acto multitudinario —asistieron unas sesenta mil personas—, el más importante ocurrido en el mundo para respaldar esa disposición soberana. En esta oportunidad, Cárdenas habló por radio, desde Tampico, a los cubanos que se habían congregado en el estadio La Polar para mostrar su solidaridad con el gobierno mexicano, acosado entonces por las amenazas y represalias de Inglaterra y los Estados Unidos. Entonces dijo:

Mutilada quedaría la autonomía política y espiritual de las Repúblicas Hispanoamericanas de no afirmarse un concepto de solidaridad entre sus pueblos, en la lucha por los ideales de reivindicación social. A México, nada de lo que sucede a los países americanos en sus ansias legítimas de mejoramiento colectivo, puede serle indiferente. Siempre hemos creído que nuestra revolución tiene un sentido humano, y no local, en cuanto significa, en el devenir histórico, la resolución de los problemas económicos que nos afectan en común a los pueblos de uno y otros continentes.[41]

 

Las medidas radicales del gobierno de Cárdenas, que constituyeron el punto más alto alcanzado por la Revolución mexicana, terminaron por conformar un imaginario revolucionario para los pueblos de América Latina, que aspiraban a dar solución a sus graves problemas, en particular los relacionados con el latifundio y la dominación extranjera sobre los recursos nacionales. Para muchos progresistas y de izquierda, tanto cubanos como de otras regiones del continente, hombres y mujeres que siguieron de cerca la evolución de los acontecimientos en el hermano país, México fue considerado, desde los años 20, la punta de lanza de la revolución latinoamericana, que liquidaría las ancestrales injusticias sociales y la dependencia neocolonial. A esa imagen cantó la poetisa cubana Mirta Aguirre, en versos inspirados por las transformaciones cardenistas: «¡Ah México, el de la liberación que viene /tiñendo de la luz nueva las albas insurrectas!».[42]

 

[1]. Víctor Raúl Haya de la Torre, El antimperialismo y el APRA, Editorial Monterrico S.A., Lima, 1986, p. 92.

[2]. Véase Pablo Yankelevich, «La Revolución mexicana en el debate político latinoamericano: Ingenieros, Palacios, Haya de la Torre y Mariátegui», Cuadernos Americanos, Universidad Nacional Autónoma de México, México, DF, a. XIX, n. 111, mayo-junio de 2005, pp. 161 y ss.

[3]. José Carlos Mariátegui, Obras completas, t. 8, Empresa Editora Amauta, Lima, 1973, pp. 166-7.

[4]. Véase Manuel Márquez Sterling, Los últimos días del presidente Madero, Imprenta Nacional de Cuba, La Habana, [1960], p. 121. El barco Ipiranga en que viajaba rumbo a Francia el depuesto presidente Díaz hizo escala en La Habana, donde el ex dictador fue recibido por José Francisco Godoy, representante diplomático de México en Cuba. Véase Carlos Tello, El exilio, retrato de una familia, Cal y ARENA, México, 1990.

[5]. Véase Gabriela Pulido Llano, «Un cubano entre la diplomacia y el maderismo. Manuel Márquez Sterling en México», en Enrique Camacho y Margarita Espinosa, coords., México y Cuba: del porfiriato a la revolución. Diplomáticos, diplomacia e historia política (1900-1920), UNAM, México, DF, 2008.

[6]. Manuel Márquez Sterling, ob. cit., p. 203. El ministro cubano en México había escrito al canciller Manuel Sanguily que «el desembarco de un solo soldado cubano precipitaba sobre México la invasión americana y esa gran responsabilidad —añadía el despacho— no he de hacerla pesar sobre el nombre de Cuba ni sobre el mío propio», ibídem, pp. 203-4 (Énfasis del original).

[7]. Ibídem, p. 260.

[8]. Ibídem, p. 229. Márquez Sterling llegó incluso a pernoctar en el Palacio Nacional para proteger a Madero.

[9]. Ídem.

[10]. Citado por Luis Ángel Argüelles Espinosa, «Cuba y la revolución mexicana de 1910», en Varios, México y Cuba. Dos pueblos unidos en la historia, t. I, Centro de Investigación Científica Jorge L. Tamayo, México, DF, 1982, pp. 425-6.

[11]. Manuel Márquez Sterling, ob. cit., p. 293.

[12]. Luis Ángel Argüelles Espinosa, ob. cit., p. 427

[13]. Según Salvador Morales ya en 1912 había en Cuba medio centenar de exiliados mexicanos de distintas tendencias políticas. Véase su libro Relaciones interferidas. México y el Caribe, 1813-1982, Secretaría de Relaciones Exteriores, México, DF, 2002, p. 237.

[14]. Indra Labardini Fragoso, «El régimen de Venustiano Carranza. Una manera de ejercer la política mexicana: el caso de Cuba (1913-1920)», Ponencia presentada en el Taller internacional Revoluciones e independencia en la Historia de América Latina y el Caribe, Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe (ADHILAC), La Habana, 9-12 de diciembre de 2008, p. 2.

[15]. Ibídem, p. 5. Se sabe que el gobierno cubano le ofreció una pensión a Díaz Mirón. Labardini dice que Gamboa fue muy amigo de Rafael Montoro, secretario de la presidencia de Menocal y antiguo autonomista. En abril de 1918, cuando Gamboa pasó a presidir el Casino Mexicano de La Habana, el propio presidente de la República envió al acto a un representante oficial. Véase también Federico Gamboa, Mi diario VI (1912-1919), Memorias Mexicanas/Conaculta, México, DF, 1995.

[16]. Victoria Novelo, Yucatecos en Cuba: etnografía de una migración, Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS)/Instituto de Cultura de Yucatán, México, DF, 2009, p. 80.

[17]. Sobre su vida en Cuba, donde residió hasta el 12 de mayo de 1919, véase Marisa Pérez de Sarmiento, «El exilio de Martín Tritschler y Córdova, arzobispo de Yucatán, en La Habana, Cuba», en Enrique Camacho y Margarita Espinosa, ob. cit. Tritschler llegó a La Habana en el verano de 1914, procedente de Progreso, en el vapor Esperanza, acompañado del obispo Carlos de Jesús Mejía y varios sacerdotes.

[18]. Véase Victoria Novelo, ob. cit., pp. 58, 77, 206-7.

[19]. Marisa Pérez de Sarmiento, ob. cit., p. 251.

[20]. Ibídem, p. 254.

[21]. Ibídem, p. 255.

[22]. Sobre su gestión como embajador en La Habana puede consultarse su propio testimonio en Gilberto Bosques, Cuba 1953-1964, El Colegio de Jalisco, Zapopan, 2007.

[23]. Indra Labardini Fragoso, ob. cit., p. 7.

[24]. Ibídem, p. 8.

[25]. Véase Indra Labardini Fragoso, «Heriberto Jara, un general de división como ministro para la reconciliación con Cuba (1919)», en Enrique Camacho y Margarita Espinosa, ob. cit.

[26]. Ibídem, p. 298.

[27]. Salvador Morales, ob. cit., p. 295.

[28]. Citado por Victoria Novelo, ob. cit., pp. 78-9. El Diario de La Marina había estado publicando los artículos contrarrevolucionarios de Aldo Baroni, de lo que se quejó el representante de Carranza en La Habana, en 1916. Otros diarios habaneros contrarios al constitucionalismo eran entonces El Mundo, La Discusión, La Prensa y el conservador El Día. Una opinión más favorable difundían El Triunfo y Cuba. Véase Salvador Morales, ob. cit., p. 250.

[29]. Luis Ángel Argüelles Espinosa, ob. cit., p. 437.

[30]. Salvador Morales, ob. cit., p. 254.

[31]. Emiliano Zapata, Cartas, Ediciones Antorcha, México, DF, 1987, pp. 83-6.

[32]. Citado por Dulce María Rebolledo y Francisco Pineda, «Rebeldías sin fronteras: el zapatismo y Cuba. 1916-1920», Chacmool. Cuadernos de trabajo cubano-mexicanos, n. IV, Imagen Contemporánea, La Habana, 2006, p. 25.

[33]. En 1924, Enrique Flores Magón participó como representante de los comunistas mexicanos en la fundación del Partido Comunista de Cuba.

[34]. Citado por Dulce María Rebolledo y Francisco Pineda, ob. cit., p. 17.

[35]. Ibídem, p. 17. Sobre este combatiente cubano no hay muchos datos. Al parecer, había luchado en la guerra de independencia de Cuba y se trasladó a la capital de México hacia 1908, donde laboró en la imprenta de Luis Méndez hasta el estallido de la Revolución. Participó en el movimiento sindical mexicano de esos años, que lo vincularon con los hermanos Flores Magón, lo que explica su participación en la incursión armada magonista en Baja California (enero-junio de 1911) procedente de los Estados Unidos. Murió en la ciudad de México, el 9 de octubre de 1949.

[36]. Ibídem, p. 18.

[37]. Véase «La Revolución del Sur se extiende por todo México» (entrevista al general Jenaro Amezcua), La Discusión, La Habana, 15 de abril de 1918; México revolucionario: a los pueblos de Europa y América 1910-1918, Imprenta Espinosa, Ferré & Co. La Habana, [1918], p. 169. Véase Dulce María Rebolledo y Francisco Pineda, ob. cit., p. 27.

[38]. Calles le contestó a vuelta de correo: «Sr. Julio Mella, Presidente, Fed. Anticlerical Cubana, Havana, Cuba: Recibido con agradecimiento suyo relativo Asamblea verificó esa Federación, Afectuosamente, Gral. P. Elias Calles», citado por Christine Hatzky, ob. cit., p. 204.

[39]. Varios, México y Cuba. Dos pueblos unidos en la historia, t. II, ob. cit., pp. 35-6.

[40]. José Luciano Franco, «México en el panorama internacional», Mediodía, n. 72, La Habana, 13 de junio de 1938, p. 18. Ese mismo año se fundó en La Habana la Sociedad de Amigos del Pueblo Mexicano, presidida por Salvador Massip.

[41]. Ángel Gutiérrez, Cuba en el pensamiento de Lázaro Cárdenas, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo/Universidad de La Habana, Morelia-La Habana, 1995, pp. 67-8.

[42]. José Luciano Franco, ob. cit., p. 10.