¿Entendemos la marginalidad?

Juan Valdés Paz (moderador): El tema que nos reúne gira alrededor de la marginalidad y sus implicaciones para la sociedad y la cultura. El término tiene una larga historia, desde su nacimiento en el seno de la antropología cultural, hasta haberse convertido en un tema interdisciplinario más, pasando por materias como economía, sociología, psicología social, y otras. También sabemos que sobre el tema existe una profusa y original producción en América Latina, y que les corresponde a las ciencias sociales latinoamericanas haberlo tratado de manera más extensa, y creo que con mayor profundidad.

Sin ninguna intención de anticipar una definición personal, creo que habría que diferenciar los tres grandes referentes que suele tener el uso del término. Lo que quisiera ahora señalar, entre todas estas variables, es que se ha solido ver una estrecha vinculación entre marginalidad y pobreza. Debemos recordar que se trata de fenómenos superpuestos, coincidentes, pero de ninguna manera equivalentes. Por otro lado, están las interpretaciones teóricas, una profusa descripción del fenómeno y variados intentos de interpretar sus causas en las sociedades contemporáneas, particularmente en la periferia.

El término marginalidad sugiere estar al margen. Para algunos autores, sin embargo, expresa un efecto de exclusión; como si la marginalidad pudiera estar fuera del sistema. Otros autores —la mayoría— han insistido en que se trata de que ambos fenómenos apuntan a la presencia de grupos humanos o de sectores en los márgenes del sistema, por lo cual ha habido un uso indistinto de marginalidad y exclusión.

Lo más interesante es, precisamente, discutir este fenómeno como expresión de la presencia de grupos humanos en los márgenes del sistema.

Aunque existe un gran número de tendencias teóricas, de escuelas, que han tratado de hacer su interpretación de este fenómeno, quiero solamente señalar que su descripción, en el marco de distintos sistemas —económico, social, político y cultural—, muestra una comunidad de rasgos que no siempre son los mismos para las sociedades centrales y para la periferia; que ni siquiera suelen ser iguales en sociedades periféricas de distinto grado de desarrollo o características sociales; y que seguramente tampoco lo son para la formación social de los socialismos históricos, con lo cual llegaríamos a su identificación e interpretación en la realidad cubana actual.

Dicho esto, la primera cuestión que propongo para conducir nuestros intercambios es la siguiente: ¿Qué se entiende por marginalidad social, económica, cultural? ¿Cuáles son sus rasgos y las teorías que la explican?

 

María del Carmen Zabala: En primer lugar, quiero apuntar la necesidad de distinguir el concepto de marginalidad de otros fenómenos conexos, como los de pobreza y exclusión social. Marginalidad y pobreza no son, en efecto, equivalentes, pero sí similares, o sea, tienen puntos de conexión. En cualquiera de las definiciones de pobreza, lo primero es el énfasis en aspectos de carácter material. Se la define, en general, como la imposibilidad de alcanzar un nivel de vida mínimo, se habla de pobreza absoluta como una situación de privación o insatisfacción de las más elementales formas de subsistencia humana, independientemente del contexto cultural o social. Su diferencia con el nivel de pobreza relativo sería la condición particular del número de población. Los métodos particulares para estudiarlos, siempre se basan en aspectos de carácter material. Así, el método del ingreso o de línea de pobreza define a los pobres como aquellas personas o familias cuyos ingresos no les permiten satisfacer el costo de una canasta básica de productos. El otro método, el directo o de necesidades básicas insatisfechas, define a los pobres como aquellas personas cuyo consumo efectivo de bienes y servicios no satisface un conjunto de necesidades esenciales como pueden ser las de educación, salud, vivienda, etc. Es decir, en ninguno de estos dos métodos, que son los más utilizados, se hace una referencia explícita a otras cuestiones de carácter psicosocial, cultural, politico y de participación en la sociedad. Hay estudiosos, como Boltvinik, que han criticado el uso por separado de ambos métodos, y han propuesto otros, integrados, para medir la pobreza; pero en definitiva lo que hacen es unir ambos criterios, de manera que serían pobres aquellas personas o familias de bajos ingresos que no satisfacen sus necesidades básicas.

De ahí la crítica que se ha hecho a estos enfoques de pobreza, al no captarla como un fenómeno complejo, multidimensional, que incluye no solo aquellos aspectos de índole material, sino también social y cultural. La relación con nuestro tema se formularía en términos de si tal condición de pobreza, ya sea medida como insatisfacción de necesidades básicas o como insuficiencias de ingreso, genera o no marginalidad.

Hay otros conceptos relacionados, como el de exclusión social. Este se define como aquellos procesos, debidos a un conjunto de dinámicas de descalificación primaria, que marginan a las personas del acceso a las oportunidades humanas, impidiéndoles su participación real en la sociedad y el ejercicio de sus derechos. Esa descalificación puede ser de diferente índole, por motivos económicos, políticos, sociales, culturales, étnicos, religiosos, en tanto impidan a las personas participar realmente y acceder a todas las oportunidades y derechos. Es decir, que la pobreza puede generar marginalidad; y a la vez, la exclusión social también puede generar pobreza.

Si consideramos estos fenómenos sociales como procesos dinámicos, que incluyen situaciones de carencias acumulativas de diferente orden, que se retroalimentan sincrónica y diacrónicamente, y relacionados con disímiles aspectos de la realidad social como sistema, entonces estaremos en mejor capacidad de entender la marginalidad como un fenómeno multidimensional, que comprende diferentes aspectos que en su interacción implican la limitación o ausencia de integración social

 

José Luis Martin: Me encantó la idea de venir a discutir el tema de la marginalidad por muchas razones; pero sobre todo porque hace mucho tiempo que este concepto había desaparecido de la producción teórica. De principios de los 80 datan mis últimas referencias; en los 90 este concepto virtualmente desapareció, y fue desplazado por otros, como el de la economía informal.

Si se sigue el curso histórico de este concepto, se verá que es esencialmente latinoamericano; aunque no lo sea exclusivamente, ni como concepto ni como fenómeno. El término marginalidad tiene su origen en aquellos proyectos de industrialización de los años 30 y los 40, que desembocan en los 50 y los 60 con las propuestas de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL). Según el modelo de la industrialización por sustitución de importaciones, vigente en aquel período, se identifica como referente un mundo desarrollado, civilizado, adelantado, al cual no pertenecemos y al que deberíamos acercarnos o parecernos. Así, se habla de una integración, no alcanzada, a ese mundo, en cuyo margen vivimos los latinoamericanos.

Este enfoque se retoma en las corrientes culturalistas del Centro de Desarrollo Económico y Social (CEDAL). Este centro monta todo un modelo, que caracteriza la marginalidad por su incapacidad para modificar su situación por iniciativa propia. Se requiere un elemento proveniente de una sociedad adelantada para que intervenga sobre la más atrasada; y nos impulse hacia esa sociedad a la que nos queremos parecer.

Más adelante aparecen los trabajos de Oscar Lewis. Partiendo de sus estudios en México, Puerto Rico, Cuba y otros países de América Latina, elaboró su teoría sobre la cultura de la pobreza. Y aunque en su caracterización operacional de los factores de la marginalidad pudieran considerarse determinados aportes, también veía los agentes de cambio como externos. El modelo de Lewis no fue absolutamente relegado ni sometido a crítica adecuadamente. Cuando en Cuba desarrollamos las comunidades rurales, la idea del agente de cambio también se incorpora, o más bien se modifica positivamente, al buscar los agentes de cambio en la propia comunidad. Este paso de avance, sin embargo, mantiene la idea del agente como clave.

Con los dependentistas, como José Nun, el pivote gira hacia si la marginalidad es o no funcional al sistema capitalista, y si se trata de un producto típico del capitalismo subdesarrollado. Hemos vivido lo suficiente para ver que se trata de un resultado del capitalismo, no solo del subdesarrollado y dependiente. Hoy hay marginalidad en los países centrales, justamente porque el Sur los ha invadido también; y porque se dan, tanto allá como aquí, muchas condiciones para que exista marginalidad. Se trata de un rasgo funcional del capitalismo subdesarrollado y dependiente, pero no exclusivo de esa modalidad del capitalismo. Resulta, al mismo tiempo, condición y consecuencia de un ordenamiento social de alta selectividad, que sintetiza culturalmente un conjunto específico de relaciones de tipo antropológico, económico, político, que se reproducen, por lo general, en un determinado entorno urbano. La marginalidad se caracteriza por la maximización del inmediatismo y la lucha por la existencia, la subordinación de todo a esa lucha, y la abstracción del futuro en función del presente.

 

Ángela Ferriol: La marginalidad es un proceso, no se trata de un estado o de una situación. Por consiguiente, en lugar de una definición de qué es la marginalidad, se debe enfatizar en la condición de falta de acceso, por parte de determinados grupos económicos, a la creación de la riqueza y a su disfrute. Coincido en lo importante de distinguirlo del concepto de pobreza. Ni todos los pobres son marginados, ni todos los marginados se encuentran en estado de pobreza. Muchas veces la marginalidad se expresa en la ausencia o escasez de lo que se ha dado en llamar capital social, es decir, falta de calificación, de cultura. Por supuesto, igualmente se relaciona con la falta de vínculos productivos; son grupos que no tienen tierras, acceso a créditos, ni siquiera viviendas, y por tanto no tienen una vía que les permita acceder a ese capital social. También se hace énfasis en las condiciones precarias de vida, promiscuidad, violencia intrafamiliar, y la creación de patrones de comportamiento determinados.

Frecuentemente se localizan en espacios donde se agrupan personas con condiciones similares, vinculadas a mecanismos que las reproducen a lo largo de la vida, e incluso intergeneracionalmente. Es decir, que los factores de la marginalidad se convierten en sistema, y ahí estamos en presencia de una marginalidad que conduce a exclusión, por lo que en los últimos tiempos ha habido una tendencia a tratar ambos conceptos como uno solo. Es difícil distinguir hasta dónde se está al margen y hasta qué punto se está no incluido, o cuándo se dan las dos condiciones.

La marginalidad supone un sistema económico y social en el que rigen determinadas normas, intereses y prejuicios, cuyo funcionamiento es, en parte, la causa del proceso mismo. La marginalidad es un defecto social, no individual. Por eso es válido facilitar intervenciones para tratar de resolverlo o aminorar sus efectos, porque es responsabilidad de la sociedad. El hecho de que una persona esté desocupada no significa que sea un marginal; o un joven que no estudie o no trabaje, no necesariamente es un marginal. Es preciso identificar el proceso que conduce a los grupos a la exclusión.

 

Gisela Arandia: La marginalidad, como se ha dicho, es una forma de cultura que no está asociada necesariamente a problemas económicos. Es también una visión del mundo, una manera de vida, que expresa un cierto «dolor», pero, sobre todo, una imagen pobre de sí mismo. Los marginados son personas que, aunque no siempre exteriorizan ese sentimiento, generalmente se sienten abrumados, despreciados, y tienen una concepción fatalista del mundo. Sienten que están abandonados y que sus problemas no tienen solución.

La primera acción para lograr un cambio tiene que ser devolverles su autoestima. Darles una valoración positiva de su mundo artístico, religioso, de sus prácticas de solidaridad. Tal vez la mayor paradoja de este universo marginal sea la presencia de valores éticos muy fuertes, que —en el caso cubano— están asentados fundamentalmente en religiones de origen africano. Claro que la marginalidad está muy vinculada a los problemas de pobreza, al racismo y a la discriminación racial. En Cuba, se puede decir que sus orígenes están en la historia colonial y también en las desigualdades que surgieron dentro del sistema capitalista en la República. Algunas de las características notables de esa comunidad, entre muchas, son las madres solteras, la falta de referencias culturales para participar en proyectos sociales y, sobre todo, la ausencia de un apoyo específico a los programas de educación. Necesitan que la sociedad les dé una oportunidad especial, ya que para ellos no son suficientes iguales oportunidades.

Es necesario también que los estudios sobre relaciones de este tipo se intensifiquen. Hay que reconocer, sin embargo, que gracias a la marginalidad se han conservado diferentes formas de la cultura popular cubana. Las problemáticas más cercanas a la marginalidad son, desde mi punto de vista, las de raza y género. No es posible hablar de aquellas sin tener en cuenta el racismo, la discriminación y los prejuicios raciales. A su vez, es requisito imprescindible analizar el papel de las mujeres en ese espacio impreciso que se ha dado en llamar marginalidad. También problemas de urbanización, desigualdades, democracia, sociedad civil, migraciones, calidad de vida, etc. En el microcosmos de la cultura como alteridad básica están la identidad, la ética, la historia, la cultura dominante y la popular, el multiculturalismo. En la órbita de las ideologías pudieran colocarse el valor de la otredad, el reconocimiento, la diversidad, los paradigmas y los problemas de la conciencia social.

 

Mayra Espina: Quiero insistir en dos aspectos. El primero es que el propio término marginalidad parte de enfatizar la ubicación de determinados grupos sociales en los márgenes de un sistema. El segundo es que ese proceso tiene cierta estabilidad, no es coyuntural; sino que va a tener una persistencia en el tiempo, de manera que aparece asociado al funcionamiento de ese sistema. Y este lo es en el sentido de que se estructura sobre condiciones internas y externas.

Respecto a su relación con el concepto de exclusión, la marginalidad la implica, en la medida en que supone la imposibilidad de acceso económico, político, social, cultural. Quiero subrayar que en la marginalidad no me parece tan decisivo el aspecto económico, pues muchísimos otros, tan tangibles como este, se suelen identificar entre sus rasgos. Para algunos, no solo hay exclusión y autoexclusión, sino que existe una zona de marginalidad porque el sistema no ha garantizado fórmulas de integración adecuadas. La definición de lo marginal entraña una relación de poder, que culturalmente excluye a otro, y que define lo que es legítimo, normal, correcto. La marginalidad implica también una clasificación.

Algunos autores insisten mucho en la distribución espacial, de manera que esta condición tiende a concretarse en una zona física determinada. También en los últimos tiempos ha habido un énfasis interesante, en el campo de la sociología, que trata la marginalidad no solo en cuanto a la noción de una economía de subsistencia, de sobrevivencia, sino también de resistencia. De algún modo, el que ha sido marginado construye una manera de sobrevivir alternativa —porque no le queda más remedio— que se convierte en una forma de resistencia. Esta manera se caracteriza también por vincularse fundamentalmente a partir de redes informales, por una ausencia de civilidad, códigos alternativos muy fuertes, propios de una contracultura.

En definitiva, hace falta un enfoque sistémico amplio y multidimensional, porque si no, nos parecería que las marginalidades se resuelven simplemente ampliando las fórmulas de integración económica de los diferentes grupos. Sin embargo, hoy es más frecuente el fenómeno de marginalidad cultural y política, por barreras de participación a veces más terribles y difíciles de eliminar.

La propia Revolución cubana ha sido un proceso de subversión de estas normas y de esa cultura dominante, que dio al traste con el límite de lo que es marginal y lo que no lo es. También la relación entre el condominio popular y la marginalidad es un tema importante en la sociología latinoamericana.

 

Ernel González: El debate que sostenemos hoy tiene una gran relevancia de cara al proceso de transformación que se desarrolla en la sociedad cubana. También en el contexto de la tradición cultural latinoamericana, donde el tema de la marginalidad se había incorporado desde los años 20 y los 30, sobre todo en el pensamiento revolucionario de izquierda, y que posteriormente reaparece en el de CEPAL. Entonces se consolida con una visión académica, pero antes formó parte de una problemática política, relacionada con quiénes son los que pueden hacer la revolución, los que están excluidos de todo, los que en definitiva tienen que transformar estas sociedades. Desde Mariátegui hasta teóricos y políticos de las tendencias marxistas posteriores, se propone lograr un cambio político en este tipo de sujeto social. También está presente en la discusión del desarrollismo, pues la modernización lleva aparejado un proceso muy fuerte de urbanización, donde salta a la luz el problema de la marginalidad, con la alta concentración de pobres y de personas con cultura, formas de vida cotidiana distintas a las que se estaban implementando en las nuevas urbes, y que van a crear una serie de conflictos sociales, tratados por las ciencias sociales.

Hay estudiosos que han señalado algo importante: lo que está en el margen de un sistema social define la cualidad del sistema. Por lo tanto, la marginalidad no es una expresión fuera del sistema, sino un componente esencial. Y señalan que estudiar los componentes en ese nivel cuenta tanto como estudiar la élite del poder. Cuando en la sociología crítica se hablaba de la marginalidad y del ser marginal, se les daba una gran relevancia, pues expresaban aquello que normalmente no se decía y que era parte fundamental del sistema. La discusión actual sobre la marginalidad, y el concepto en sí mismo, probablemente ya no refleje lo que en su momento debió ser su contenido original.

Buscando en Internet, en uno de esos diccionarios, encontré que marginal hace referencia a aspectos muy vinculados con una visión de políticas sociales, trabajo social, y con «enfermedades» relacionadas con esas prácticas, como la drogadicción, el alcoholismo, que se definen como marginales.

Un importante autor de CEPAL señala que el problema de la marginalidad, tal como estaba concebido en los años 60, hasta principios de 1966, básicamente se había concentrado en áreas urbanas; sin embargo, tenía también un componente rural. Aunque eran dos mundos distintos —urbano y rural—, encajaban perfectamente y formaban parte de un todo. Y si no se entendía la sociedad nacional —dice este autor—, no se podía entender por qué había marginalidad en uno y otro extremo.

Por último, el factor espacial es determinante. En el caso de Cuba, por ejemplo, los estudios de este fenómeno se centran precisamente en comunidades, en ámbitos microsociales, barrios, regiones deprimidas, en contextos espaciales donde uno puede identificar perfectamente a ese sujeto que llamamos marginal. Y algo muy discutido en la realidad cubana, y especialmente en el área urbana, es cómo un fenómeno que se supone sea exclusivo de determinados espacios, donde se interceptan la estructuración social, el espacio y la clase social, ha visto rota esta relación, pues la marginalidad no se reduce a esta intersección.

 

Pedro L. Sotolongo: Preparando algunas ideas para venir a esta mesa redonda, meditaba en cómo comprender la marginalidad. Creo que puede concebirse como una diferencia socialmente significativa, que se plasma en una divergencia grande en las expectativas mutuas, socialmente construidas, y —lo más importante para mí— es la resultante de determinadas prácticas sociales recurrentes en la vida cotidiana.

Simpatizo con lo que se dijo acerca de ver la marginalidad no como un estado, sino como un proceso que involucra a un grupo significativo de hombres y mujeres, como resultado de la práctica social, colectiva, de la vida cotidiana. Entenderla así nos puede ayudar a pensar las maneras de incidir en ella, para que no se reproduzca una marginalidad de exclusión y contribuir a encauzarla de una manera constructiva. Esa divergencia grande en expectativas socialmente construidas desde la vida cotidiana es percibida desde el poder, desde el deseo, desde el saber y a través de un discurso social en auge, como situada «en los márgenes» de la sociedad. Estar allí quiere decir estar fuera del espacio social reconocido. Pero ¿qué es estar fuera del espacio social, fuera del contexto social? Esta ubicación depende de un régimen de prácticas institucionales de la sociedad, de sus formas de articulación.

En cuanto al debate de exclusión y marginación, habría también diferentes aproximaciones. Una sería considerar excluidos a los que no provienen endógenamente de esas prácticas, que vienen desde fuera y quedan excluidos; mientras que marginados son los que provienen endógenamente de esas prácticas, y quedan apartados.

Por otra parte, sin dejar de reconocer que existe cierta vinculación entre marginalidad y pobreza, no se puede circunscribir la primera a la segunda, pues existe marginalidad no solo económica, sino social, política, cultural. Y también hay marginalidad del Tercer mundo con respecto al primero. Y hasta, si me permiten, se podría decir metafóricamente que se puede estar en los márgenes de la izquierda, de la derecha, de arriba y de abajo de la sociedad. Y todas estas serían «marginalidades» harto distintas.

 

Juan Valdés Paz: En sus intervenciones se ha hecho una distinción acerca de la marginalidad que puede concebirse como un fenómeno social, más estático o más dinámico. También se han referido a las cuantiosas descripciones, y a si están más o menos completos los aparatos metodológicos e indicadores que la caracterizan. Considero que hay bastante consenso al respecto.

Resultan más complejas y divergentes las interpretaciones teóricas del fenómeno, es decir, con qué relacionarlo, cómo referirlo a la sociedad total, si enfatizar en un enfoque más sistémico o más dinámico. Me parece que ya las ciencias sociales latinoamericanas habían llegado al punto de que existía una tendencia dominante en cuanto a interpretar el fenómeno de la marginalidad en términos del sistema social establecido —aunque tampoco hay mucho acuerdo acerca de cuál sea el sistema social a que se refieren— como un componente, como el resultado del funcionamiento de la sociedad en su conjunto, que no solamente produce la marginalidad, sino que la reproduce. En cuanto a si está dentro o fuera, hay acciones excluyentes, así como hay tendencias marginales; pero concordamos todos al final en que la marginalidad como fenómeno se produce y reproduce dentro de la sociedad en la que estamos. No es un hecho casual, sino provocado por la estructura dominante.

Pasemos entonces a debatir un segundo problema. Las interpretaciones con las que hemos estado lidiando hasta hoy dan cuenta de los actuales fenómenos de marginalidad. ¿Se trata de la misma marginalidad la producida por el capitalismo contemporáneo bajo hegemonía neoliberal; o podemos advertir algunos rasgos nuevos? ¿Las interpretaciones de las cuales nos estábamos valiendo, son idóneas para dar cuenta de los procesos actuales de marginalización y de marginalidad en la periferia, en América Latina, y quizás en Cuba? Aunque para Cuba tenemos un punto posterior, de todas maneras, también Cuba forma parte de la periferia del mundo.

 

María del Carmen Zabala: Entre las situaciones que se pueden considerar actualmente como marginales se aprecian algunos elementos que no estaban presentes en la década de los 60, cuando se desarrollaron varias de las conceptualizaciones que hemos estado señalando. El fenómeno de la marginalidad se asociaba básicamente a los habitantes de las zonas periféricas de las grandes ciudades, las llamadas «villas miserias» o bolsas de pobreza, caracterizadas por su precarización extrema; hoy esta realidad no se encuentra tan demarcada territorialmente, sino mucho más expandida a lo largo y ancho de las ciudades. Muy asociados al sistema informal urbano, se desarrollaron estudios de marginalidad en algunas sociedades contemporáneas en América Latina. La informalidad, en oposición a la formalidad, era explicada a partir de los contingentes de población activa que no podían ser asimilados por el sistema productivo; hoy cada vez menos se utiliza este término, un tanto eufemístico, a partir del reconocimiento de la íntima relación entre informalidad y pobreza. La pregunta sería si las personas que se incluyen en este sector informal son marginales o no, o más exactamente, si deben estar presentes otras condiciones, además de la informalidad, para generar marginalidad.

Otro tema relacionado con la marginalidad que también ha emergido es el de las migraciones, sobre todo en el sentido rural-urbano, y la formación de zonas en la periferia de las grandes ciudades. Aunque con otra connotación, también se trata de un fenómeno presente en la discusión actual sobre la marginalidad, dado fundamentalmente por el incremento de las migraciones externas como estrategia de sobrevivencia para amplios sectores de la población.

Frei Betto decía hace algunos años, hablando de este tema, que en las décadas pasadas era justo hablar de marginalidad, porque las personas estaban situadas en los márgenes de la sociedad, dentro del sistema, pero en el margen; mientras que en la actualidad, bajo el modelo neoliberal, para él era preferible hablar de exclusión porque —según dice— el marginado tiene al menos una posibilidad potencial de integración, pero el excluido, por el contrario, ya está por completo fuera del sistema y sin posibilidades reales de participación.

 

Gisela Arandia: La referencia latinoamericana es importante, pero me parece sobresaliente el papel de Franz Fanon, en lo que a este tema concierne, en particular su análisis sobre cómo en los países subdesarrollados se crea un mecanismo diferente al de las grandes metrópolis, cuando el campesinado comienza a acercarse a las ciudades carentes de fuerza de trabajo, y se integra a su vez como otro sector urbano, formando grandes grupos humanos con determinadas potencialidades.

Se mencionaba antes como un rasgo de los marginales su incapacidad para resolver los problemas; pienso que depende de qué tipo de problemas se trata. Considero que los marginales sí tienen capacidad para resolver sus problemas. Justamente, una de sus capacidades es la de sobrevivir fuera del esquema del orden establecido. Y esta capacidad no involucra solamente el aspecto económico; también tiene consigo una connotación social, política, filosófica, de un modo de vida.

 

Ángela Ferriol: Me quiero referir a algunas investigaciones desarrolladas por la CEPAL que insisten en una serie de exclusiones claves en este proceso de la marginalidad. Ante todo, parten de un reconocimiento de que las expectativas creadas con las teorías de desarrollo, a partir de los años 70, no se han cumplido. Ellos plantean un gran foco de problemas vinculados al mercado de empleo. Se sabe que hay una incapacidad de creación formal de empleo lo suficientemente rápida, lo que extiende ampliamente un sector informal de ocupación que —contrario a lo ocurrido en Cuba— es precario, con muy poca remuneración. Se ha constatado que no solo es un sector creciente, sino que, cada vez más, se amplía la brecha entre sus escasos ingresos y los de los sectores formales, que están más incorporados a las corrientes de crecimiento y desarrollo. En contra de todo lo pronosticado por los teóricos de estos sistemas, la brecha entre los ingresos de los calificados y de otros trabajadores también ha crecido de una manera extraordinaria. Por tanto, ellos sitúan todas estas condiciones que se están dando en el mercado de empleo como uno de los focos estructurales más complejos que ocasionan el proceso de la marginalidad. Otro foco clave, según estas investigaciones de la CEPAL —que comparto—, son las inconsistencias en el desarrollo de los sistemas educativos de la región, a pesar de los esfuerzos que se han hecho en este campo. Estos sistemas hoy en día ya no solo tienen déficits de cobertura; sino que la diferencia entre la calidad de la enseñanza pública y la privada se ha ahondado extraordinariamente. Ese otro foco también retroalimenta la marginalidad.

Otro factor es el desigual acceso a la información. Existen indicadores de cómo se diseminaron los televisores, computadoras, y nuevas tecnologías, y se puede observar la profundización de la brecha en cuanto a la información, vía Internet o redes por cable, entre los que tienen acceso y los que no, estos últimos el grueso de la población.

Concluyen que su sistema social tiene una incapacidad creciente de integrar a grupos cada vez más amplios a ese proceso de desarrollo que, supuestamente, iba a darles acceso a mejores empleos, mejores ingresos, una estructura más amplia. Añaden que de lo que se trata es de diseñar acciones, y delimitar hasta dónde se puede hacer algo y qué se puede hacer.

 

José Luis Martin: Sí, pero la precariedad de empleo no es sinónimo de pobreza ni de marginalidad. Si no lo entendemos así, después tal vez se nos oscurezcan las rutas para actuar sobre esta última. La marginación es un proceso, pero la marginalidad no; es una síntesis del proceso. La marginalidad es la resultante de procesos económicos, políticos, de orden social, educativo, de todo orden, que convergen en un producto cultural. La marginalidad es un producto cultural, con sus defectos —si queremos decirlo así, aunque no me gusta para nada esa palabra— y con sus virtudes; con sus valores y con elementos que pueden ser nocivos al resto del sistema social.

El empleo informal —todos lo sabemos— puede ser muy bien remunerado, aunque ese no sea su rasgo característico. También seríamos simplificadores si decimos que la riqueza es lo que caracteriza al empleo informal en Cuba. Sería una generalización excesiva.

 

María del Carmen Zabala: Precisamente por estos nuevos rasgos, por la globalización y todo lo que está pasando hoy en el mundo, hay dos aspectos que me llaman la atención. Uno es la extensión de la marginación a nuevos grupos. No es que sean marginales ya, sino que están incluidos en un proceso que los pudiera marginar. El segundo es la dislocación espacial del mundo marginal, que empieza a penetrar espacios donde antes no estaba. Si antes la definición o la limitación espacial había sido un rasgo —como algunos compañeros señalaban—, hoy ocurre una penetración de otras zonas físicas, geográficas, sociales, donde no estaba previsto que penetrara la marginalidad.

Cuando se decía aquí que la marginalidad es un proceso, hay que entenderlo en el sentido de un proceso de marginación, como señalaba José Luis. Aunque cada proceso tiene una resultante, no por eso deja de serlo. En la medida en que se entienda eso, los que tienen que incidir sobre ese proceso, que produce y reproduce marginación en la vida cotidiana, incidirán sobre su resultante.

 

Mayra Espina: Quiero subrayar la distinción entre exclusión por motivos estructurales que generan marginación, y marginalidad como producto cultural. Es una distinción imprescindible, porque si tenemos un enfoque determinista y estructuralista, no llegamos a ningún lugar.

Uno de los problemas que podemos identificar como propios de la marginalidad está dado por el efecto de la relación globalización-migración, aparición de franjas multiculturales en las sociedades centrales, y donde, curiosamente, franjas marginales de emigrantes en las sociedades receptoras no lo son en las emisoras. Es decir, se crean lazos y redes de comunidades transnacionalizadas. Si la migración constituye un mecanismo creador de nuevas redes económicas hacia la comunidad de origen, entonces estos grupos humanos —que, como dije, en las sociedades receptoras son marginales y en las de origen no— han construido relaciones económicas diferentes. Este fenómeno complejiza extraordinariamente el enfoque de la marginalidad.

Ernel González: En la mayoría de los trabajos de la CEPAL, de los organismos internacionales, de muchos países latinoamericanos y de algunos economistas, se hacen equivalentes marginalidad y exclusión. El último trabajo de Enzo Faletto, escrito en 1996, por ejemplo, va en esa dirección. Hay una tendencia a acoplar los nuevos conceptos que se usan en las ciencias sociales —a partir sobre todo de un cierto lenguaje que se ha ido articulando— para explicar el fenómeno de los efectos de la política neoliberal a nivel internacional. Se están estructurando nuevos conceptos.

Sería interesante ver cómo en Cuba estamos debatiendo sobre un concepto que no discutimos en la década de los 60, o que lo tratamos muy pobremente; no lo aceptamos políticamente, y ahora lo retomamos por su valor, o sea, en términos de las teorías de valor, que se asumen ahora para explicar fenómenos como identidad colectiva, identidad nacional, pérdida de identidades, desintegración social, exclusión, que son conceptos empleados básicamente por los organismos internacionales, y a los que se han ido acoplando las ciencias sociales conectadas con esas fuentes de financiamiento y esos marcos analíticos.

Por otro lado, el problema que debatir en Cuba es si existe o no un proceso de imposición de una cultura única, qué significado tiene esta, y si participan o no en ella los marginales. Cuando se dice que no participan, que están fuera, yo pienso, sin embargo, que están dentro del sistema, dentro del proceso social, adoptando, como todo actor social, unas determinadas acciones y no haciendo otras; asumiendo lo que desde su punto de vista les resulta más favorable. Esos procesos multiculturales que mencionaba Mayra reflejan una creciente expansión de una cultura única; por ejemplo, un modelo de consumo que no es solo cultural, y todo se va conformando según una nueva mentalidad de la que no se distinguen ni las clases dominantes ni los sectores pobres, porque precisamente esa es la función que trae esta nueva ideología de consumo en la sociedad capitalista neoliberal.

Me da la impresión de que vemos el tema de la marginalidad en Cuba como un proceso relativamente aislado, que tiende a reproducirse, pero que no incorpora otros fenómenos externos. Sin embargo, no hay ningún grupo social en la sociedad cubana, ni en ninguna otra, que no esté participando constantemente de los procesos a los que está integrado, en su sociedad y en la mundial. Siempre, de una manera u otra, recibe el impacto de ese mundo exterior, y va tratando de adaptarse a esos nuevos impactos, sin que necesariamente tenga que cambiar su esencia. Se pueden ver las expresiones en las formas culturales, en la forma de hablar, de vestirse.

En la propia teoría sociológica, muchas veces se habló de una subcultura de los pobres o de los marginales. Esa connotación la desvaloriza, porque trata de imponer una visión desde un centro de poder que está promoviendo un solo tipo de cultura. Habría que sustituir ese enfoque por una visión de interculturalidad mucho más constructiva que una visión de una cultura dominante, impuesta a las personas, a los grupos sociales.

 

Juan Valdés Paz: Estoy de acuerdo con Ernel en que los términos pueden haber cambiado; se usa una terminología del fenómeno que hemos identificado con la marginalidad, que tiene cada vez mayor peso y fuerza en las sociedades latinoamericanas. Estamos ante un fenómeno que ni está en retirada ni pertenece al pasado, sino que está acrecentándose ante nuestra observación.

Por otro lado —no sugiero agotar el debate con esto que digo ahora—, si tuviera que comentar en qué consiste este acrecentamiento de la marginalidad, y la novedad que tiene en la contemporaneidad, diría que la pobreza es cada vez más crítica en las sociedades de la región, es más precario el empleo —cualesquiera sean las consideraciones que se manejen en cuanto al término—, y hay más informalidad en nuestras sociedades, rasgos asociados a la marginalidad. En la sociedad civil hay más desorganización, más criminalidad y más desprotección a los distintos grupos. A nivel político, aunque aparentemente se ha elevado la representación formal, en realidad todas las formas de organización y de representación social tienen cada vez menos capacidades, menos poder y por tanto menos incidencia dentro del sistema político. Aparentemente, los sectores sociales que están bajo el impacto del fenómeno de la marginalidad aparecen como más desmovilizados, incluso, que como pudieron verlos otros observadores en tiempos anteriores. Por ejemplo, en las callampas, en las favelas, podían encontrarse capacidades para negociar sus intereses; ahora, esa capacidad tiene una expresión mucho más débil.

A nivel cultural, se han hecho patentes, en el transcurso de esta mesa, los problemas de la desnacionalización y de la hegemonía cultural y, por tanto, el incremento de la enajenación. Pero, ¿adónde apunta esto? Creo que entre las distintas escuelas teóricas que discutimos en el punto anterior, las que más énfasis pusieron en factores externos a la sociedad nacional —los enfoques de la dependencia—, ni siquiera adivinaron suficientemente el impacto, el peso, la modalidad de los actuales procesos de globalización neoliberal, que van mucho más allá, y quiebran, con una ola mucho más enérgica, el Estado nacional que como se vislumbró en los períodos anteriores.

Todas estas corrientes tenían el suficiente espíritu desarrollista como para creer que el fenómeno de la marginalidad iba a disminuir porque los procesos de integración social se reforzarían. Por eso, los procesos actuales, y sobre todo las políticas neoliberales, lo que están agudizando es, precisamente, la diferencia que argumentó muy bien Ángela; y, por otro lado, están desintegrando cada vez más la sociedad, no solamente por efectos de las políticas locales, sino por el propio efecto de las de carácter globalizado. De hecho, las economías y las sociedades de la región están cada vez más en manos de las transnacionales que de las políticas económicas nacionales. He aquí otra dimensión a partir de la cual se está reproduciendo el fenómeno de la marginalidad.

La cuestión de cómo se manifiesta ese fenómeno en Cuba nos va a plantear de alguna manera los mismos problemas del primer punto que debatimos. Primero: ¿qué rasgos tiene la marginalidad en el país? ¿Son los mismos que examinamos anteriormente para la región? ¿Se presentan con distintas intensidades? Segundo: ¿cuál es la formulación teórica que explica, en una sociedad como la nuestra, que ya no es capitalista, que sí tiene un alto nivel de prevención social, y que aún conserva políticas de fuerte integración social, la presencia y la persistencia del fenómeno de la marginalidad? ¿Se trata de algo heredado, que no hemos podido superar, que acompaña los rasgos de subdesarrollo que no hemos podido resolver? ¿No hemos dado con las fórmulas o las maneras inteligentes de darle solución, aunque existe la voluntad política de hacerlo? ¿O existen condicionamientos en la sociedad cubana, o en las actuales circunstancias mundiales, que producen o reproducen el fenómeno como algo inédito en la sociedad cubana del nuevo siglo?

 

Gisela Arandia: Yo creo que hay una herencia en dos planos: la historia colonial y la secuela del capitalismo. Estos son elementos que tener en cuenta para el análisis. Desde la perspectiva actual, me plantearía el problema en los siguientes términos: ¿quiénes son los marginados en la sociedad cubana? ¿Les corresponde un área física de pobreza; o es un fenómeno mucho más complicado? ¿Están dentro o están fuera de la sociedad cubana?

Probablemente existan todas las variables. En mi experiencia personal en el proyecto comunitario de La California —y la de Bárbara Oliva, que está con nosotros en esta mesa—, se demostró que la visión estereotipada de ese sitio, en donde se concentraba todo lo malo, era falsa. En ese lugar hay militantes del Partido, hay profesionales, están las mismas gentes que en el resto de la sociedad cubana. Se comprobó que era un mito.

No puedo afirmar con certeza que esa es una realidad común a toda la sociedad cubana. Puedo decir, extendiéndome un poco más a la experiencia del municipio Centro Habana —que es donde está enclavado nuestro proyecto, y donde hemos estado trabajando unos cinco años—, que el problema está ligado a la situación de la vivienda como fenómeno general. En ese municipio existen más de mil vecindades en estado crítico. Pero no se puede asegurar que es únicamente la vivienda el fenómeno fundamental. Sería necesario confrontar con otras experiencias similares en La Habana o en otras capitales provinciales como Santiago, Matanzas, donde ha tenido lugar un proceso migratorio irracional, de gentes que acuden hacia estos centros, que sufren un problema de vivienda, pero donde también se da otro, tan grave como ese: el de la cultura. En sitios donde ha vivido históricamente gente de La Habana, con un código de ética, de solidaridad, llegan grupos a los que se les llama despectivamente «palestinos», provenientes de otras comunidades, con otras culturas, y se produce un choque. Esa comunidad «marginada», pero con una coherencia y una integración incluso política, se desintegra por esos factores nuevos que llegan.

Un segundo problema es, para el caso cubano, el de una marginalidad muy vinculada al racismo, a la discriminación y el prejuicio racial. Es el caso de Centro Habana, con estas viviendas destruidas, en donde se puede comprobar fácilmente que más del 95% de la población es de negros y mulatos.

En cuanto al tema del racismo, a partir de la pregunta provocativa de Juan, es necesario indagar también sobre su origen, no solo por la herencia colonial y la del capitalismo en Cuba, sino por los nuevos elementos que surgieron después de la Revolución. ¿Por qué, en Cuba, en medio de una Revolución que establece un sistema social con una serie de ventajas y de posibilidades que todos conocemos, estos grupos, por ejemplo, no acuden a la Universidad? ¿Por qué ocurre que, al concluir la enseñanza primaria, ya estas familias no pueden llegar al nivel secundario, si la escuela es gratis y está en su mismo barrio? ¿Cómo operan los mecanismos de referencia cultural, el barrio, los mecanismos de educación, de cultura, de deportes, de salud pública?

Para mencionar un caso muy concreto, el de la educación, ¿cuál es el promedio académico que tienen que tener los jóvenes para poder llegar a la Escuela Lenin o a otras escuelas de excelencia? Un promedio muy alto. Pregunto: ¿es que en estas comunidades desfavorecidas, de madres solteras con pocas referencias culturales, resulta posible que estos jóvenes alcancen ese promedio escolar? No lo van a alcanzar; así de rotundo.

En cuanto al ingreso a la Universidad, en los últimos años el porcentaje de estudiantes blancos es muy alto, como un 70%, y ha disminuido el de los negros en relación con el período inicial de la Revolución. ¿Qué elementos sociales hubo entonces, qué dinámicas operaban y cómo ligamos el discurso político y la fuerza con que estaba organizado el sistema social, para favorecer a esas partes más desprotegidas? A medida que el sistema se fue estructurando de una manera más formal, estas personas fueron quedando fuera, lentamente se fueron quedando rezagadas, y la educación es uno de los elementos que nos permite ver este proceso.

Un tercer problema se refiere a dos elementos que no se han mencionado: el papel de la democracia y de la sociedad civil en estos procesos de marginación; cómo llega el discurso prevaleciente hoy a esas comunidades y cómo estas lo reciben. ¿Es que no están identificadas con el discurso político, con el proyecto social, o es que a nivel local determinados esquemas ya no funcionan, o sea, ese discurso político no funciona de acuerdo con sus intereses? Hay un proceso de descentralización de la sociedad cubana, donde las redes informales y también la economía emergente facilitan que la marginalidad vaya creciendo. La respuesta a estas preguntas se relaciona con la cuestión que planteaba antes: ¿quiénes son realmente los marginales? ¿Es la marginalidad en Cuba sinónimo de carencia económica? Desocupación y desempleo son conceptos que deberían definirse, porque quizás en la sociedad cubana actual hay personas que empiezan a preferir pasar a esta área de discreción social y política, al trabajo por cuenta propia, por ejemplo, con menos presión; y podrían aparecer ahora como fuera del sistema desde el punto de vista formal, pero no necesariamente se trata de personas desfavorecidas económicamente.

 

Ernel González: El tema de la marginalidad en Cuba remite, en el contexto actual, al problema de la crisis. Esta ha acentuado los problemas que históricamente existían en la sociedad. Uno de ellos es el de los grupos sociales que están en una situación de desigualdad. La cuestión es hasta qué punto se produce, en este contexto, una reproducción de la marginalidad, o en qué medida estamos ante un proceso distinto, comparado con el que vimos en los años 60. Gisela señalaba la motivación que despertó la Revolución en todos los grupos sociales del país. Se logró entonces una importante transformación, en términos de movilidad social ascendente, en casi todos los sectores sociales, aunque no se resolvieron todos los problemas heredados, y algunos, como el de la vivienda, se hicieron mucho más complejos.

Se entienden los problemas de la marginación urbana como derivados de la pobreza, que comprende los de la vivienda, la participación cultural, alimentación insuficiente, educación, servicios sociales, posibilidades reales de movilidad social y de acceso efectivo a los mecanismos institucionalizados y de poder, que Gisela también mencionaba; todos los relacionados con la vida social de los marginados. Si estos son los componentes reconocidos, podemos decir que muchos de ellos no se presentan de una manera crítica en el país. Hay otros que requieren investigarse detenidamente, para ver en qué medida se expresan en determinados grupos sociales del país y qué significado tienen para la propia cohesión interna de la sociedad cubana. Se requiere de una documentación de la realidad social que nosotros no estaríamos en condiciones de hacer ahora, pero que resulta fundamental.

Vinculado con las migraciones internas, hay otro tema relevante, que los sociólogos han llamado «la concentración de las facilidades urbanas» en determinadas ciudades del país. Eso no quiere decir que en La Habana o en otras ciudades se haya logrado un nivel real de construcción de una infraestructura muy desarrollada y suficiente para resolver todas las necesidades; sino que no se desarrolló en la misma medida en las comunidades pequeñas, en los pueblos, en algunas ciudades del interior; por lo tanto, hay diferencias. La migración no se explicaría tanto porque los salarios son distintos nacionalmente, sino porque hay otras condiciones y posibilidades, otras perspectivas de vida para la migración.

Mi campo es la sociología agraria. Esa fuerte migración de las provincias orientales para todo el país proviene de ocupaciones agrarias, donde lo fundamental es el trabajo físico. ¿Por qué migran, qué buscan en otras regiones, básicamente en el occidente del país? Independientemente de las legislaciones, de las restricciones, hay un fenómeno observable, consistente en una relativa «orientalización» de la fuerza del trabajo agrícola, que va desde la provincia de Camagüey hasta La Habana, y probablemente ya alcance la de Pinar del Río, a partir de las experiencias de intercambio, del auge del tabaco, etc. De manera que estas personas se van movilizando y aparece el fenómeno de los que llegan a una comunidad ya integrada.

En Cuba, hay comunidades típicas respecto a este fenómeno. En ellas se produce un fuerte proceso de diferenciación entre los que son de allí y los que llegan, lo que genera conflictos importantes a nivel social. Sin embargo, no lo podríamos explicar diciendo que los recién llegados son excluidos, porque todos trabajan en la misma empresa, tienen iguales salarios; pero resulta claro que no están integrados. Se produce un proceso de desintegración social. Esa emigración es un fenómeno bastante espontáneo en la sociedad cubana, no está dirigido. No digo que tenga que ser controlado, porque tampoco considero que sea el más importante, sino que debería existir una cierta proyección que lo tomara en cuenta, para que no se convierta en un fenómeno social cuyas consecuencias sean impredecibles. Muchos problemas de las grandes ciudades se han agravado. Pero todavía siguen siendo atractivas, sobre todo por las nuevas economías del turismo en las ciudades del occidente: La Habana, Matanzas, Varadero; y ahora también Ciego de Ávila y Morón. Estas nuevas economías son una atracción importante para amplios sectores de la sociedad cubana, aunque no generen una integración inmediata. Esta situación tiende a reproducir la marginalidad.

Por otro lado, la propia agudización de la crisis económica del país en los 90 ha creado situaciones difíciles en determinados grupos sociales desde el punto de vista económico, y que las instituciones correspondientes han estudiado para producir políticas sociales orientadas a resolverlas. Esas políticas tienen un papel importantísimo. Sin embargo, nunca fueron concebidas como parte del proceso mismo de desarrollo del país, sino como un complemento de segundo orden. Y no deberían serlo, sino considerarse de primer orden, pues si no se garantizan ciertas condiciones en la reproducción, en la calificación y en todos los aspectos correspondientes a los recursos humanos de una sociedad, no habrá posibilidad de desarrollo integral. Se hace necesaria una toma de conciencia al respecto.

Por último, quiero subrayar la necesidad de que todo esto se articule a través de una incorporación de todos los recursos de la sociedad cubana como factores de desarrollo económico y productivo. No basta con que haya una política social; es necesario movilizar recursos productivos que logren un desarrollo económico, independientemente de la crítica al economicismo. Si queremos mejorar la calidad de vida de los cubanos, tenemos que producir más.

 

Mayra Espina: También ahora estamos pagando una deuda, que es la ausencia de estudios sobre el fenómeno de la marginalidad en todos los años anteriores. Haber omitido esa categoría del pensamiento social cubano —por decreto, prácticamente— representa una desventaja grande. Esa supresión estuvo asociada a un padecimiento de nuestro socialismo, consistente en un enfoque de civilización hiperprogresivista, según el cual el éxito de la llegada al poder de una revolución socialista suponía o creaba la ilusión de la progresiva desaparición de la marginalidad, como por encanto. Se trata de la teoría del derrame hacia abajo, como resultado de la incorporación de los diversos grupos sociales a las opciones nuevas que se creaban. Este fue un enfoque erróneo, determinista y mecanicista del socialismo.

Según los diagnósticos de mis estudios de estructura social, y particularmente sobre las desigualdades, desde hace varios años afrontamos la creciente emergencia del rasgo de marginalidad. No creo que está configurado un proceso de marginalización en la sociedad cubana en la escala de otros contextos que se han mencionado aquí, pero sí se expresa en el creciente y progresivo avance de rasgos de la marginalidad que hemos discutido, con más o menos diferencias, que también lo podríamos encontrar en la sociedad cubana. La fuente de este fenómeno resulta ser una combinación bastante complicada de herencia, de persistencia de prácticas, que no pueden ser borradas del componente de subdesarrollo y de la propia crisis de los 90. Y esta es una mezcla de cuatro elementos explosivos, que inevitablemente conllevan la expansión de la marginalidad.

En primer lugar, la crisis en sí misma reclama de los diferentes grupos actuaciones de sobrevivencia y reproducción que, de hecho, son marginales, económica y culturalmente, a lo que anteriormente se entendía como legítimo. Es decir, todos somos un poquito marginales, en la medida en que para sobrevivir ponemos en práctica estrategias no inscritas en lo formalmente legitimado. En segundo lugar, la reforma económica que se diseña para gestionar esta crisis —para gerenciarla, como se dice en la nueva jerga— tiene los signos de la globalización, en el sentido de que son medidas económicas con un grado de selectividad territorial, socio-estructural y que avanzan a veces con una lógica de inclusión-exclusión simultánea. No todo el mundo, no todas las ramas, no todas las actividades económicas, no todos los grupos sociales, tienen competitividad para ser alcanzados por ese efecto de cambio de la reforma y, por lo tanto, algunos de los grupos se van quedando desenganchados, o parcialmente excluidos, con lo que se acrecientan desventajas que ya existían, y se crean otras que antes no existían.

Por supuesto, en Cuba este proceso tiene peculiaridades en relación con América Latina, pues esas exclusiones generalmente son parciales. En otros países, los que están en desventaja económica no tienen acceso a elementos del bienestar y a la riqueza social, como la educación, la salud, la cultura. Sin embargo, en Cuba también hay un efecto de selectividad de la reforma y una muestra de esta lógica selectiva son las desigualdades que estamos viendo.

En tercer lugar, este proceso tiene un impacto en la subjetividad colectiva, que fortalece estereotipos viejos y crea otros. La subjetividad da cuenta de esos cambios. Esto se expresa en estereotipos que demonizan a algunos grupos sociales y que los culpan de todos los problemas de la sociedad. Cuando se dice «los palestinos» o «los negros», se manifiesta esa carga tremenda.

Por último, quiero apuntar algo ya mencionado por Gisela, y que resulta interesantísimo. Se trata del fenómeno de automarginación que se está dando hoy. Algunas sociologías lo llaman «deslizarse por los intersticios». Incluso una sociedad tan normativista como la nuestra siempre deja franjas que, por omisión, no están normadas, porque a alguien se le olvidó o por lo que fuera. Entonces emergen nuevas prácticas, a las que no se podría poner la etiqueta de marginal en el sentido tradicional del término, y que consisten en dejarse correr por los intersticios: descomprometimiento, zafarse de antiguos compromisos, de ciertos rituales sociales y políticos que nos han caracterizado. Esta es una forma de automarginación, aunque no sea una marginalidad como la tradicionalmente entendida, y es una especie de práctica, consciente o inconsciente, de resistencia.

 

José Luis Martin: Definitivamente hay una marginalidad heredada. Cuba tal vez fue el país más desarrollado del mundo subdesarrollado; de manera que de este pasado se heredó una marginalidad más aguda que la que podrían haber heredado otros. También hay una marginalidad reproducida; de un lado, por la falta de proporcionalidad en el desarrollo; pero, de otro, por políticas poco integradas para subvertirla, y que yo he llamado de automatismo desarrollista. Estas consisten en asumir que el desarrollo de la industria, la educación, la salud, va a eliminar un fenómeno cultural que se reproduce de mil maneras diferentes. Por otra parte, hay una marginalidad renacida o re-emergente, que se relaciona con la multiespacialidad económica y la heterogeneización resultante del reajuste económico, que genera ganadores y perdedores. Y los perdedores, aunque lo fueran mínimamente, tienden a entrar por rutas de marginalización.

Sin embargo, también hay una marginalidad superada o subvertida en Cuba, y quizás este es un ejemplo único. Se manifiesta en el contexto de grandes conglomerados, en núcleos duros de conglomerados marginales, que han subvertido esa marginalidad por prácticas comunitarias, por proyectos comunitarios exitosos, dirigidos exactamente a encontrar la ruta de cómo cambiarla. Este es un momento peculiarísimo en Cuba, porque si bien tenemos un peligro tremendo de que muchos que no tendrían por qué estar se incluyan en procesos de marginación, debido a los efectos negativos del reajuste, al mismo tiempo están más claras y calificadas que nunca las vías y los recursos para subvertir la marginalidad.

 

Pedro L. Sotolongo: Es muy saludable que se reconozca la existencia de este proceso en Cuba y en otros lugares, sin embellecimientos innecesarios y también sin satanizaciones, que son dos caras de la misma medalla. Porque ninguna sociedad está exenta de este problema, e incluso las que hayan podido tener un proyecto social más justo, y hayan fallado menos, pueden generar una difícil integración social de uno u otro grupo. En la medida en que lo reconozcamos, no nos vamos a asustar desmedidamente porque esté sucediendo en Cuba. Ahora bien, no quiero decir que en cualquier sociedad tenga iguales rasgos. Hay sociedades, insertas en la globalización capitalista, donde el crecimiento puede resultar en un aumento de la marginalización. Otras pueden tener como tendencia la posibilidad de un decrecimiento paulatino o un reencauzamiento constructivo de la marginalidad. Eso es aplicable a nuestro país, por supuesto.

A partir de lo dicho en esta mesa, se ponen en evidencia algunas ideas. Una es que la marginalidad no puede estar asociada, siempre y únicamente, al desarrollo o subdesarrollo socioeconómico. Al principio de la Revolución, muchas familias marginales mejoraron sus condiciones materiales, pero subestimamos la inercia de patrones culturales familiares, que tienen una fuerza tremenda. Otra es que, supuestamente, parecería que teníamos todas las instituciones presentes en la comunidad —no comunitarias, sino ubicadas en la comunidad—, para que los fenómenos de la marginalización hubieran podido ser detectados y avisados, y no fue así. Esto quiere decir que las instituciones nuestras tienen un funcionamiento más vertical que horizontal, y esa «verticalidad» es asimétrica, es decir, está diseñada más para trasmitir orientaciones que para recepcionar discrepancias.

 

Ángela Ferriol: Partiendo de la concepción que expuse antes, es decir, considerando la marginalidad como proceso, cuando miro la realidad de Cuba no veo que exista un estudio que la muestre en toda su multifacética expresión, ni que muestre la existencia de esos factores que propician su reproducción. No obstante, he visto los barrios insalubres. Este es un tema que lleva años estudiándose, no es algo nuevo y pienso que ahí es donde se debe concentrar la atención. No se puede afirmar, sin embargo, que estamos enfrentando un proceso de marginalidad como tal.

Hay otras manifestaciones; por ejemplo, la prostitución, que es un fenómeno nuevo, así como algunos focos de drogas. Hay que prestar atención a otros fenómenos emergentes, por ejemplo, las madres solas cuyas formas de vida no quedan muy claras, porque no trabajan, ni se aprecia de dónde salen sus mínimos ingresos. Está la situación del sector más envejecido de la población, como son los ancianos sin apoyo familiar, y que constituyen grupos vulnerables. Hay que hurgar para constatar que ya tenemos, o estamos en riesgo de que se cree, un cierto nivel de marginalidad. Se trata de síntomas que desde ahora hay que ir avizorando.

¿Por qué se quedaron fuera estos grupos, si nosotros hemos tenido la exigencia de desarrollar una política social tan amplia y exhaustiva? En primer lugar, debo decir que no comparto lo que se ha dicho respecto a que la política social cubana se concibió como complemento de segundo orden. Cuba es uno de los pocos casos donde se intentó hacer un diseño integrado de la política económica con la social; así como articular integralmente la propia política social. Solo voy a ejemplificar con algunos ejes básicos de estas políticas, orientadas a que no surja la marginalidad. Uno es el eje alimentación-formación-empleo. Podría extenderme sobre cómo se vincularon las políticas en estos tres campos, con metas y acciones concretas, para que los déficits nutricionales no afectaran la formación educativa desde la infancia, se mantuviera la continuidad de estudios después de la primaria, incluso de la secundaria, y para que, cuando se terminara de estudiar, existiera un empleo de acuerdo con la calificación obtenida. Se diseñó, se aplicó, aunque los resultados no fueran perfectos.

Otro ejemplo es la planificación física. Se creó una institución que funcionó por más de veinte años; se diseñó y se planificó un sistema de asentamientos poblacionales en todo el país. Quizás se fue un poco ingenuo, en el sentido de que las expectativas familiares y culturales se fueron por encima de todo lo que se había diseñado, y se vieron hasta los famosos pueblos fantasmas. No es que no se previera, sino que quizás no fue totalmente realista.

Lo otro que quiero significar sobre la política social cubana es el concepto de equidad. Podemos preguntarnos en qué país se ha dado la posibilidad territorial de obtener plazas de ingreso a la universidad, violando incluso el escalafón de notas de las pruebas de ingreso, para que pueda acceder a ella un joven que tiene promedio de ingreso más bajo que otros, porque vive en una región que se quiere apoyar, para que realmente se aproxime al desarrollo del resto de las regiones. Hay algunas medidas concretas aplicadas en la planificación, que persiguen aumentar la equidad, darles más oportunidades a los que tienen menos de inicio, y esta práctica no es fácil encontrarla en otro país.

¿Por qué este sistema falló, si existían planes anuales, quinquenales, estrategia de veinte años, de cinco años? Sencillamente, porque aunque se concibió como una política integral, la aplicación quizás haya sido demasiado uniforme. Se consideró que los intereses familiares iban al mismo ritmo que esa concepción; pero la vida resultó más rica.

 

Pedro L. Sotolongo: No hubo proporcionalidad entre lo económico, lo cultural y lo social; o más bien, iba uno por un lado y otro por el otro.

 

Ángela Ferriol: Quizás no hubo un diagnóstico microsocial para tratar de captar la respuesta de los distintos grupos sociales a esos planes que estaban en aplicación. Pienso que la política social se mantuvo de la misma forma por muchos años, pues como no se hicieron esos diagnósticos, se entendió que el buen fin, por sí mismo, justificaba la forma en que se estaba haciendo. Aunque coincido con lo que decía Sotolongo acerca de la sociedad perfecta, que, tristemente, no se ha encontrado todavía.

 

María del Carmen Zabala: Se ha hablado bastante sobre en qué medida las condiciones socioeconómicas influyen en la aparición del fenómeno de la marginalidad; y en específico se ha enfatizado en el papel que desempeña la política social, a nivel macro, en la aparición del fenómeno de la marginalidad. Ahora quiero más bien referirme al elemento familiar en el surgimiento y reproducción de la pobreza y la marginalidad, porque ese es el campo de las investigaciones que he realizado en los últimos años.

En los diferentes estudios que se han desarrollado en Cuba acerca de los llamados sectores vulnerables, población en riesgo, o grupos con desventaja social, asociados en ocasiones con problemáticas sociales de fracaso escolar, conductas marginales, etc., aparece a menudo un conjunto de elementos que caracterizan el entorno familiar de estas personas o de estos grupos, algunos de los cuales son también similares a los encontrados por Oscar Lewis en sus estudios hechos en México, Puerto Rico y en Cuba. Lewis lo denominaba «cultura de la pobreza», y lo definía como un sistema o estilo de vida estable y persistente, que reproduce tal condición.

En los estudios de casos que he realizado con familias en condición de pobreza se han identificado algunas características particulares en la estructura y funcionamiento familiar, así como en las estrategias para enfrentar los problemas de la vida cotidiana. Por una parte, hay elementos que caracterizan la estructura y funcionamiento de la familia; algunos que ya se han mencionado, como la inestabilidad, las limitaciones de la atención paterna, la preeminencia de la figura materna, pues por lo general se trata de familias monoparentales, constituidas por madres solas y sus hijos, familias extensas con alta carga o dependencia, déficit en la función formadora de la familia asociada a una insuficiente preparación de los padres en su rol educativo, que favorecen estas situaciones de marginalidad. Sobre todo los niños y los adolescentes no disponen de las condiciones necesarias desde el punto de vista material y cultural para su avance en el sistema educativo.

Las estrategias que desarrollan estas familias para resolver los problemas que identifican en su vida cotidiana colocan el énfasis en los problemas materiales y en lo inmediato, la sobrevivencia, sin profundizar suficientemente en sus causas. También hay rasgos de funcionamiento que podríamos resumir como un énfasis en el presente, en detrimento de una elaboración constructiva del futuro; un conjunto de estrategias familiares dirigidas a resolver problemas muy inmediatos. Estos rasgos también se relacionan con la cuestión de por qué en determinados sectores de la población están más presentes que en otros estos fenómenos de marginalidad.

Gisela hablaba del componente racial. Ciertamente, en los sectores de población donde es más alta la proporción de negros —fundamentalmente por la carencia de patrimonio, tanto material como cultural— se dan con más fuerza estos elementos, asociados con determinados patrones culturales que se trasmiten de generación en generación.

Lo que me parece más importante es señalar que este estilo de vida puede reproducir, por sí mismo, condiciones de marginalidad, de pobreza, sobre todo cuando hay un detrimento de la función educativa o formadora de la familia. Esta tiene varias funciones, pero una de las más importantes es la cultural-espiritual; la de trasmisión de valores. Cuando estas funciones disminuyen, porque hay un énfasis en la sobrevivencia, estamos en presencia de un proceso que reproduce esa condición y puede llevar a niveles de marginalidad.

Mayra hablaba también del peso de lo coyuntural, la crisis, el reajuste; así como de la influencia de lo tradicional. Tal vez como en ningún otro marco, en la familia existe un balance entre estos dos componentes. Lo tradicional como forma de vida que se reproduce por línea familiar, y lo coyuntural porque, para algunas familias, esta crisis que todos hemos vivenciado se ha tornado particularmente dura, ya que no disponen de un patrimonio material, ni tampoco social o cultural, para poder enfrentarla.

Por último, respecto a la provocación de Valdés Paz sobre lo peculiar de la problemática en Cuba, en los estudios referidos se aprecia, en general, un alto nivel de integración social de estas familias, con la excepción del empleo, y la total cobertura de servicios de educación y salud, aunque existe un bajo nivel de participación social efectiva en la sociedad. Podemos afirmar entonces que lo distintivo de nuestra situación es la ausencia de exclusión social y de desamparo, pues todos los sectores —aun los de mayor precariedad— tienen garantizado el acceso a los servicios sociales básicos y similares oportunidades para su desarrollo.

 

Ernel González: Probablemente mi expresión ha sido un poco fuerte, pero estaba refiriéndome al modelo económico en sí, no el ideal, sino el que se aplicó finalmente. Quiero recordar que desde los primeros años de la Revolución se trabajó con el concepto de desarrollo integral, una concepción que acompañó a determinados procesos de creación de comunidades, cuyos aspectos productivos, educacionales, culturales, de servicios sociales, de integración social, estaban contemplados. Pero no funcionó así siempre. En distintos momentos, la máxima dirección política, el propio Fidel Castro, tuvo que lanzar programas para rectificar una serie de fallas que se estaban manifestando en el entorno social, como por ejemplo, la construcción de viviendas en los 80, o los círculos sociales antes, e incluso ahora, al tratar los problemas de la capital o de todo el país. Cuando digo que no ha habido una integración, quiero señalar que la política social es un aspecto del propio programa de desarrollo de un país; no es un componente complementario de ese desarrollo, sino esencial, porque es donde se forman los recursos humanos y se crean las condiciones necesarias. Al no otorgársele ese carácter esencial, se puede considerar como un elemento que a veces se puede recortar, darle menos recursos.

Es decir, que la política social de la Revolución es destacada, y no admite ningún tipo de comparación, incluso con otros procesos históricos revolucionarios, en el lapso en que se ha hecho. Pero dentro del modelo de desarrollo ha habido problemas que han permitido la permanencia de deficiencias, o han impedido que se superen de manera radical, como se está tratando de hacer ahora, en unas condiciones más difíciles, en una situación económica crítica. En estos momentos hay la intención de desarrollar políticas sociales con un sentido mucho más amplio y abarcador, que permitan convertir la equidad y la justicia social en componente definitivo del modelo, y no solamente de un período en que se dieron las condiciones económicas para el modelo. Por eso afirmo que justicia social y desarrollo tienen que ir juntos, a partir de un modelo que los propicie a ambos.

 

Juan Valdés Paz: Para hacer un puente hacia el último problema, podemos recapitular diciendo que heredamos cierto fenómeno de marginalidad, del cual parece que las ciencias sociales no supieron o no pudieron dar cuenta; que algunos de estos procesos no pudieron detenerse con el nivel de desarrollo alcanzado, y que también la crisis nos ató las manos para poder afrontarlos. Y en las nuevas condiciones internacionales en las que se ve ahora inmersa la sociedad cubana, no solamente la economía, sino algunas de las estrategias de salida de la crisis a las que nos vemos obligados, crean condiciones favorables también para la marginalización. Ustedes han listado los rasgos que acompañarían ese proceso, que se pueden resumir en: las dificultades de la vivienda, los flujos migratorios, el incremento de la desigualdad y de la pobreza, las diferencias culturales, la discriminación, los problemas de exclusión social, los cambios en la subjetividad y en los valores, la desorganización familiar. Aunque cabe una discusión sobre rasgos y cualidades específicos, de todas maneras se trata de una lista inicial, probablemente no exhaustiva.

Por otro lado, la mayor parte de las intervenciones quiso subrayar que esta forma de marginalidad parece tener rasgos propios en la sociedad cubana, en virtud de las políticas y las prioridades establecidas a lo largo del proceso de transformación de la sociedad cubana hacia una revolución socialista, e inclusive de la voluntad política de evitar y superar los fenómenos de globalización. Creo que eso le da a la marginalidad caracteres delimitados en tiempo y espacio que la distinguirían, desde ya, del resto del Tercer mundo y en particular de América Latina. Se apuntaron al menos dos dimensiones. Una, las políticas públicas que se desenvuelven para limitar y superar los fenómenos de marginalización, para las cuales cabe la discusión de la idoneidad de los instrumentos utilizados, como la planificación social centralizada. La segunda es la apuntada por Gisela, para la cual nos van a ayudar mucho las compañeras que no han intervenido, y que tienen experiencia de trabajo comunitario: ¿qué son los movimientos y políticas de carácter local y comunitario mediante los cuales también se pretende identificar casuísticamente, espacialmente, los procesos de marginalidad, y promover a los factores comunitarios, locales, horizontales —a los que se refirió Sotolongo— como vías e instrumentos de superación de la marginalidad? Porque en la medida en que la marginalidad no es solamente un problema económico-social muy estructurado y dependiente de las políticas públicas, sino que coexisten otros factores culturales y familiares que inciden en su operación y reproducción, descubrimos que los sujetos locales, comunitarios, las acciones familiares e individuales comienzan a desempeñar un papel importante. Eso nos lleva al último punto: qué condiciones serían necesarias para poder intervenir en el proceso de reproducción de marginalidad y cuáles serían las condiciones políticas, sociales y culturales que podrían contribuir a encauzar su superación de una manera eficaz.

 

María Regla Barbón: Me siento muy contenta de que me hayan invitado a este encuentro, y poder intervenir en el debate. Yo trabajo en el Taller de Transformación Integral de los barrios de Atarés y El Pilar. Los compañeros que estamos directamente en la base hace rato nos hacemos esa misma pregunta: ¿hay marginalidad o no hay marginalidad? Siempre se nos ha tratado de rectificar, diciéndosenos que no existe marginalidad. Eso nos ha limitado a ver esas cosas que hemos detectado en las comunidades y que nos preocupaban mucho.

A esta cuestión de la marginalidad y a la pregunta de qué ha pasado con las instituciones, si hemos funcionado o no, considero que lo que ha faltado es el tratamiento diferenciado. Hacemos muchos proyectos, bajamos orientaciones, y no tenemos en cuenta las características y necesidades del lugar donde vamos a trabajar. Un ejemplo es el trabajo de nuestros Talleres; ahora es cuando tenemos una metodología, el planeamiento estratégico comunitario; cuando, entre otros aspectos, realizamos un diagnóstico de necesidades. Esto nos ayuda al tratamiento adecuado de acuerdo con necesidades específicas; lo que anteriormente no se hacía. El proyecto social cubano ha tenido muy buenas intenciones, pero le ha faltado el tratamiento adecuado y diferenciado a las distintas comunidades.

Algo que nos preocupa mucho es el grado de pobreza a que están llegando nuestros barrios. Por ejemplo, yo empecé a trabajar en el barrio de Atarés en el año 1988; y en el 98 se nos pide darle atención a la comunidad de El Pilar. Siempre se había dicho que Atarés era un barrio supeditado a El Pilar. Y sin embargo, en nuestro diagnóstico de necesidades se ve que la pobreza existente en Atarés se está extendiendo a El Pilar. Y ahora estamos reflexionando sobre eso.

Otro problema que se ha tratado aquí es el porqué del fenómeno de la marginalidad, y se hablaba de la brecha, del subdesarrollo, de la crisis. Pero yo pienso que está más que todo ligada a la herencia social. Nosotros lo hemos comprobado, sobre todo en Atarés. Tenemos el caso de una familia donde el abuelo estuvo preso y después ha habido otros miembros de la familia o del núcleo familiar que también lo han estado. A uno lo asusta un poco la idea de tener que llegar a una casa y dar una noticia como «Fulano está preso». Sin embargo, en este núcleo familiar es muy normal, porque según ellos, «ahí es donde se hacen los hombres». No importa por qué estuvo preso su abuelo, su tío, todas la generaciones anteriores: «ahí fue donde se hizo hombre». Por eso la herencia, en el caso de estas comunidades, tiene gran importancia, aunque los otros elementos también forman parte de la marginación.

 

María Gattorno: Trabajo en la Casa de la Cultura de 37 y Paseo, en un proyecto que tiene que ver con los temas del rock, del SIDA y, para colmo, todo eso se ubica en el espacio geográfico del barrio de La Timba, por lo que casi resulta ser la fórmula de la bomba. Por eso me interesa muchísimo todo lo que se ha tratado aquí, porque se han tocado temas que siempre hemos tenido en la cabeza. Se habla del racismo hacia los negros; pero mi tema fundamental ha sido el rechazo hacia los blancos de pelo largo, y también hacia personas, de cualquier color, que tienen una enfermedad, y se les margina.

Mi trabajo es esencialmente cultural, en una Casa de Cultura, aunque no soy socióloga, sino que, sencillamente me estoy enfrentando a estos asuntos a través de mi labor cotidiana. En ese sentido, hemos tenido que tropezar con muchas definiciones de las que ustedes han hablado aquí hoy, tratando de resolver los problemas de los jóvenes aficionados a la música rock, a través de su problemática social. Esta se encuentra siempre en un segundo o tercer renglón, con respecto a la policía, la familia, el barrio, la sociedad. Pues la hemos tratado a través de la cultura, creándoles a los jóvenes un espacio donde se puedan sentir lo más plenos posibles. Nuestro espacio ha sido positivo puesto que ellos han encontrado un lugar donde expresarse en múltiples manifestaciones: música, teatro, artes plásticas, e intercambiando experiencias con otros jóvenes que no son esencialmente roqueros, sino que provienen de otros estratos, con otras preferencias, pero que también han encontrado allí su lugar.

Esta actividad se relaciona con el tema de la prevención del SIDA, no porque el grupo que tengo allí sea especialmente proclive a adquirir esa enfermedad, sino porque tiene un rango de edades en donde este problema tiene mucha incidencia. Siempre que uno dice que trabaja con estos jóvenes, todo el mundo se pone las manos en la cabeza, y lo miran a uno de manera un poco rara, y lo ponen a un lado. Porque a estos muchachos se les considera con todos los problemas de la vida y de la sociedad: drogadictos, alcohólicos, bandidos, malas personas. Y no es así. Siempre he encontrado aspectos diversos de la sociedad entre estos jóvenes, los hay malos, malísimos; pero muchos son buenísimos trabajadores. Los segregan por estereotipos, no porque en realidad sus características los separen del resto de los grupos sociales.

 

Mayra Espina: Quisiera hacerte una pregunta, María. Antes de conocerte personalmente, venía oyendo hablar muchísimo de ti y de tu trabajo, y me da un gusto grande participar contigo en esta mesa. ¿Cómo ves el resultado de todo lo que has hecho, de todo lo que has expuesto, hecho por ti y otras muchas gentes? ¿Va mejor la cosa? ¿Va igual?

 

María Gattorno: La vida me ha permitido degustar cierto éxito; porque hemos pasado de momentos muy difíciles —como fueron los años de la década de los 80—, a estos en los que el movimiento de jóvenes aficionados a la música rock, e incluso el tema del VIH-SIDA, han sufrido una evolución positiva, de desprejuicio, hasta cierto punto, dentro de la población en general, como para que haya una interiorización de estos temas. Sí ha habido casos sustanciales de reconocimiento de un trabajo positivo.

 

Bárbara Oliva: Soy presidenta de la junta de La California. Les voy a hablar de los logros que hemos tenido. Teníamos viviendas que estaban en muy mal estado, un solar que estaba destruido. Actualmente tenemos casa. Con la lluvia que cayó ayer, si hubiésemos vivido como se vivía antiguamente, se nos hubiese caído la casa encima. Hay quien tiene dos cuartos con su sala, cocina, comedor y baño; hay quien tiene uno; pero hay quien tiene tres cuartos con una terraza muy linda. Y eso no se esperaba. ¿Por qué eso no lo habíamos podido tener antes? Fue a partir de que entró la UNEAC, que no nos prometió nada; sin embargo, miren lo que tenemos. La UNEAC y la lucha: hubo que caminar, hacer muchas gestiones para tener lo que tenemos ahora. Y también hemos cambiado el modo de vivir de las personas, en el sentido de que no es como antes. Nos decimos buenos días, buenas tardes, buenas noches; ya es otra vida, tan distinta. Hasta los mismos niños por la mañana, cuando se levantan para ir a la escuela: ¡Buenos días! ¡Buenos días!

Hemos organizado muchas actividades, ayudando a la educación formal de los niños, y a las conferencias que está dando Salud Pública a los jóvenes. Se les están poniendo videos, en los días de receso escolar, películas, muñequitos, para los niños; los jóvenes miran la pelota. Ya no están en la calle después de las cinco. Ya la policía no llega ahí. Puede haber una bronca en la esquina, que ahí no llega la policía, porque ya no hay un preso, nadie detenido, no tenemos jineteras. Se produjo un cambio. Hemos tenido logros.

También tenemos nuestras dificultades todavía: que nos terminen el local para tenerlo todo ahí, y que los niños puedan usar la computación, porque tenemos una computadora para que los niños practiquen. Y ya estamos trabajando con las personas mayores; Salud Pública muy preocupada por los de la tercera edad. Y así.

Y nos preguntamos ¿por qué hubo que esperar a que entrara la UNEAC? ¿Por qué no se pudo hacer antes, a pesar de que se vivía tan mal? Había criterios de la misma gente del barrio, que nos decían «los negros del solar». Ahora entran a La California y hablan por teléfono —porque se puso un teléfono público—, nos vemos en la bodega, en la calle, en la puerta y entablamos conversación, igual que con todos los vecinos. Los otros niños de la cuadra entran ahí a jugar con los demás niños. ¿Por qué no pasaba antes? Porque había su poco de racismo. Antes no los dejaban entrar porque el solar estaba sucio. Entonces los niños iban al edificio de al lado a jugar y los botaban. ¡Ah, porque eran de un solar!

 

Mayra Espina: Estoy tratando de conectar las tres experiencias. En este caso, el énfasis ha sido en el mejoramiento de las condiciones de vida; en el del barrio de María Gattorno, ha sido crear un espacio donde se puedan expresar culturalmente los jóvenes; en el caso del Taller de Transformación, ha sido en sentido general, detectar las necesidades de esa comunidad y planificar entonces las acciones. Me pregunto cuál es el hilo que conecta estas experiencias. Y me atrevería a preguntar si el hilo no es la búsqueda de una mayor integración social, es decir, de las vías para que las personas puedan participar en la solución de sus problemas. Si es eso, yo tengo entonces una pregunta que les quiero hacer a todas: ¿De dónde surge, cómo surge esta experiencia? En un caso, me parece que ha surgido de una forma un poco exógena, una institución como la UNEAC llega y da la contribución para que se pueda realizar; en otros casos, tal vez ha surgido desde el interior del lugar donde existe ese problema. Esto pudiera parecer sencillo, pero realmente es muy importante, porque distingue lo que sería realmente un proceso de intervención social o un proceso de participación.

 

Bárbara Oliva: ¿Por qué no lo teníamos antes? ¿Por qué en el nuestro sí se ha hecho y por qué en otros tantos solares no? Hace falta que alguien, de adentro o de afuera, propicie este cambio, que alguien ponga los recursos para que este cambio se pueda dar, que un especialista llegue a sensibilizarse. ¿Por qué hace falta? Porque hay lugares en donde no ha entrado nadie, no ha ido nadie, no hay una cultura; y en este lugar sí entró la cultura. Se presentaron como UNEAC, y ahí hablaron todos los vecinos, lo primero que hicieron fue reunirlos y formaron un consejo de vecinos. De ahí, y a partir de ahí entonces, quiere decir que entró la cultura.

 

María del Carmen Zabala: A través de los años, se ha puesto en evidencia la necesidad de una disciplina, que es el trabajo comunitario. Pienso, por lo demás, que se abusa de este término, pues el trabajo comunitario es aquel donde se trata de que haya una relación entre los elementos físico-sociales y que la propia población intervenga como transformadora de su medio. Esa disciplina falta actualmente. Ese trabajo directo de hombre a hombre se señala que sea a través de un especialista, porque a veces el hombre no se percata de dónde está viviendo, y hay que ayudarlo a pensar, que se vea a sí mismo, y proponerle que se convierta en transformador de su medio.

 

Pedro L. Sotolongo: De las intervenciones de las compañeras, uno se percata de lo que decía María del Carmen, es decir, de que se trata de diferentes tipos de iniciativas complementarias. Todas la experiencias de ese tipo, en las actuales condiciones nuestras, creo que son bienvenidas. Y creo que, como ella decía, tampoco las intervenciones externas tienen por qué verse peyorativamente, todo lo contrario.

Aunque como tendencia —y sin desdeñar ninguna de estas experiencias—, en lo fundamental considero que debe ir lográndose que el proceso comunitario se vaya tornando endógeno; que no sea trabajar en la comunidad, sino que sea acción transformadora desde la comunidad hacia ella misma. Esto no quiere decir ponerla en antagonismo con los especialistas externos, pero que sea la comunidad la que genere sus propios activistas sociales, detecte y diagnostique, con la ayuda de quien tenga que ser, pero que sea, como tendencia, ella misma capaz de hacerlo. Esto se dice muy fácil y es tremendamente difícil. Yo diría que es un problema clave, el transformar los métodos de participación vertical movilizativos, para que cada vez sean métodos horizontales de participación reales, autogenerados por las comunidades. Esto es fundamental para la supervivencia de un proyecto social como el nuestro, en un entorno tan complejo y en una época tan compleja como los que nos ha tocado vivir.

No se trata de que los organismos centrales no vayan a trabajar a la comunidad; y de que no puedan complementar o servir de detonadores, pero que no sea lo que predomine como tendencia, sino que nuestra sociedad genere los mecanismos, o emplee los que ya están creados, para usarlos no verticalmente, sino que los «horizontalicemos», y que sean capaces de movilizar, en la propia comunidad, a los activistas sociales. Se trata de que estos detecten, conozcan y actúen como agentes transformadores comunitarios desde su especificidad comunitaria, porque lo que viene de arriba —y es lógico que sea así— tiende a homogeneizar, porque resulta de una visión más global de la sociedad. Lo que viene de abajo, tiende a especificar, por su carácter inherente a esa comunidad, ya que lo que pasa en esta nunca es igual a lo que pasa en otra.

Desde el punto de vista de la teoría social, quiero pronunciarme por evitar las prácticas sociales que son una consecuencia de enfoques estructuralistas, que ya nos han golpeado; y también enfoques metodológicos individualizantes que también nos han golpeado. No se trata de analizar estructuralmente las comunidades, ni de aplicar metodologías psicologizantes e individualizantes de la sociedad, sino de darnos cuenta de que las estructuras de relaciones comunitarias objetivas y las subjetividades comunitarias son un resultado de determinadas prácticas comunitarias cotidianas —no lo producente, sino lo producido. Por supuesto que aquellas estructuras y subjetividades constriñen a estas prácticas que las producen y, a veces, lo hacen de manera tremenda, pero por constreñidoras que sean, no son lo producente, sino lo producido. Lo producente son las prácticas de la vida cotidiana comunitaria.

Lo que sucede todos los días en la comunidad, los regímenes de prácticas colectivas características comunitarias, es lo que tenemos que detectar; lo que nuestros trabajadores sociales tienen que caracterizar empíricamente, y lo que los investigadores sociales tenemos que tratar de conceptualizar teóricamente. ¿Qué pasa en la vida cotidiana de esta comunidad? ¿Y en la de aquella? ¿Qué rasgos, desde los patrones de la interacción social de esa comunidad, están produciendo y reproduciendo marginación aquí —y quizás no allí? Esos son los rasgos que tenemos que modificar; esas prácticas comunitarias de la vida cotidiana que producen las famosas estructuras de relaciones objetivas que tanto nos gusta teorizar; y que producen simultáneamente esas subjetividades marginadas que queremos después que los psicólogos analicen y caractericen. Porque nuestra tradición de pensamiento «ha hablado» mucho de la práctica, pero no siempre ha desarrollado «herramientas» conceptuales —constructos teóricos—, ni de descripción empírica suficientes para aprehenderla.

 

Gisela Arandia: Primero quiero hacer un comentario. Las autoridades locales no siempre han favorecido este trabajo. Quizás porque se trata de una problemática que requiere ciertos niveles de referencia teórica y también de un acercamiento más conceptual a la política, vista como parte de las ciencias sociales. Y muchas veces la dinámica cotidiana pasa por alto estos antecedentes para una mejor comprensión a la hora de realizar las acciones prácticas. Los trescientos y tantos miembros de la UNEAC que estamos haciendo este trabajo en la ciudad hemos tenido más de una fuerza en contra, porque estamos haciendo gratuitamente un trabajo que deben hacer otros.

Pienso que la cultura tiene muchos papeles, pero el fundamental en la marginalidad es el valor de la autoexclusión. En el caso de La California, antes de la UNEAC no llegó nada, ni siquiera había Consejo de vecinos, que se supone —de acuerdo con las estructuras— que debería haber existido. Cuando la UNEAC llegó, ninguna institución cubana había llegado allí a resolver los problemas, hasta el año 95. ¿Cuántas comunidades hay como esa? Eso no significa que no hubiera CDR, Federación de Mujeres, o militantes del Partido y de la Juventud. El lugar era el que tenía el estigma, aunque individualmente la gente sí tuviera una incorporación.

Charles Taylor habla del multiculturalismo y pone como caso especial el reconocimiento. Dice que nuestra identidad se moldea, en parte, por el reconocimiento o por la falta de él. Si un individuo o un grupo de personas puede sufrir un verdadero daño o una auténtica deformación; si las gentes o la sociedad que lo rodean le muestran como reflejo un cuadro limitado de rasgos despreciables de sí mismo, ahí aparece uno de los problemas.

Desde el punto de vista teórico, no se ha mencionado que las propias teorías marxistas no le dieron un papel fundamental a la cultura. Era un elemento subestimado. En Cuba no siempre se ha visto la cultura como un arma ideológica, de poder, transformadora.

Otro tema importante es la creación de paradigmas, y especialmente en relación con raza y género. Increíblemente, hemos estado hablando de la marginalidad y no hemos mencionado el papel de la mujer en la comunidad. La mujer como vehículo para dar soluciones futuras. Cuántos liderazgos vírgenes existen en las comunidades, como Bárbara por ejemplo. El propio proyecto nos ha demostrado que con este tipo de acción —sobre todo en este espacio que mencionaba en algún momento María del Carmen, lo de las madres solteras— de esas personas que han estado sin rumbo, a la deriva, a partir de un proyecto, de una estructura y un reconocimiento, un trabajo de autoestima, puede surgir este liderazgo, especialmente si son mujeres negras, donde se une el conflicto de género y el de raza.

Por otra parte, una de las virtudes que ha tenido la marginalidad, es que gracias a ella se han conservado diferentes formas de cultura popular. Quisiera detenerme en un aspecto particular, el de cultura dominante y cultura popular. La revista Temas ha tocado en ocasiones este asunto, de cómo nosotros seguimos viendo la cultura a través de la dominante, y esto lleva implícito el tema de la marginalidad. Hay quienes hablan de subculturas. Y esto tiene que ver con el multiculturalismo; con la cultura del otro, de la otredad. La cultura del otro a menudo se percibe como inferior, la de «aquellos negros», «aquellas mujeres», «aquellos indígenas», «aquellos roqueros». Se ve como inferior porque no es mi cultura, la que nos gusta, la oficial, la hegemónica. Entonces, qué papel van a desempeñar esas otras culturas. Este es un tema esencial en el análisis de la marginalidad y en la construcción de los paradigmas.

Si se quiere trabajar profundamente para producir cambios en la marginalidad, es necesario considerar el papel del cine y la televisión. Qué imágenes nos devuelven estos monstruos en esta etapa de la globalización y de la era mediática. Cómo, por ejemplo, la televisión cubana, la radio, el cine, son capaces de expresarla. Cuando se logra que algunos temas se aborden —porque en general son tabúes para los medios— se siguen representando de la misma manera. Recuerdo aquella famosa serie policíaca donde un personaje negro era a la vez el ogro, el homosexual y el santero, todo aquello considerado como los elementos negativos que se reúnen en un solo individuo. Es lo mismo que ocurre a veces en la imagen que se proyecta en el extranjero de la cultura cubana. La cuestión es en qué medida el tratamiento de la cultura popular es una forma de reivindicar la cultura nacional.

Finalmente, la solución de la marginalidad plantea un problema desde el punto de vista político, pues implica aspectos tan importantes como la unidad nacional, la independencia y la soberanía.

 

Ángela Ferriol: Lo primero que voy a apuntar es que la reforma de nuestra economía no ha concluido. Y esto tiene varios significados a los efectos del tema que estamos discutiendo. Quedan asuntos pendientes con alta connotación social. El del perfeccionamiento empresarial todavía está empezando. Puede tener amplia repercusión en las cuestiones de empleo, ingresos, etc. En general, el tema de la reforma del trabajo, o de lo que ahora se llama el mundo del empleo, a mi entender está inconcluso. Queda mucho por hacer en estos dos campos. Porque mientras vamos trabajando, interviniendo, diseñando políticas, los problemas van cambiando; las respuestas de los grupos, de las familias, van cambiando también. Y existe un tercer factor importante, aunque solo sea yo la que lo haya mencionado, y es que todo necesita financiamiento. Esa sociedad que queremos, todas las intervenciones necesarias para desarrollarla, requieren financiamiento. Eso explica por qué en algunos casos surgen soluciones y en otros no. Hay un problema de recursos y de lo que se trata es de ver cómo tenemos cada vez más, se logra cada vez más y se usa mejor. En mi criterio, para alcanzar este propósito hay que transitar por varios puntos. El primero es que la política social nuestra, dentro del marco de su integralidad, y partiendo del diagnóstico de los problemas actuales, haga un énfasis mayor en el tema de la vivienda. Se requiere que los recursos con que se cuenta y la forma en que se estructuran todas esas políticas lo sitúen en el centro. Otro aspecto es el de la asistencia social. Hemos tenido una asistencia social universalizada. Es necesario entregarle financiamientos más altos a este sector, y cambiar sus técnicas. Empleo, vivienda, asistencia social, para mencionar puntos claves, y también transporte, desde luego.

Antes mencioné el punto de la descentralización y lo retomo ahora. Los recursos tienen que descentralizarse y crearse los mecanismos de control adecuados para que sean efectivos; porque las experiencias internacionales de descentralizaciones a la ligera han dado pésimos resultados. Se trata de hacerlo con el necesario instrumento de control, para poder saber qué pasó con ese financiamiento y que se logre su mejor uso.

Otro punto es que la política social tiene que ser más personalizada y, como aquí se ha dicho, de participación. Su diseño debe salir de los propios comunitarios; que ellos decidan cómo la quieren aplicar a sus problemas principales. Este es un punto donde aún nos queda camino por recorrer. También se requiere avanzar en el reconocimiento del papel de los actores sociales. Los ejemplos que se han puesto aquí son muy significativos, pues siempre se ha circunscrito mucho el financiamiento al que se puede dar por la vía del Estado. Otorgarles un espacio a otros actores sociales puede dar también buenos resultados.

Y el último punto que señalaría es el de la planificación. Ya se están dando pasos para que, incluso en la esfera de la planificación, se incorpore una óptica más descentralizada a estos problemas de política social. Por ejemplo, ya en la región oriental hay una nueva forma de captación de ingresos tributarios que se quedan, en un monto mucho más amplio, en la propia comunidad. Estos experimentos tienen que ampliarse, generalizarse e incluso ir a una planificación donde, como dije antes, sea la propia comunidad la que decida en qué quiere usar esos recursos.

 

Mayra Espina: Las acciones para interrumpir el proceso de reproducción de la marginalidad han sido preocupación de las disciplinas sociales y de las políticas desde épocas muy antiguas. Ha habido dos enfoques. El tradicional —que podríamos llamar iluminista y macro— es el de la educación. Se trata de dotar a la gente de un recurso, de un capital, que le permita modificar sus condiciones. Pero quiero hacer notar, ya que se habló aquí antes de la experiencia de América Latina, que esta variante iluminista fracasa. Se puede dotar de mucha educación a la gente, sin que se alteren las condiciones de reproducción de la marginalidad. En el caso de Cuba, donde creo que esa práctica ha tenido mucho más éxito, también ha tenido déficits. A pesar de lo que Angelita comentaba en cuanto a la distribución territorial de oportunidades para ingresar en la Universidad, el hecho concreto es que la Universidad es cada vez más blanca, más autorreproductiva de la intelectualidad, y se siguen quedando fuera gentes que deberían estar adentro, no importa lo que hagamos. El enfoque meritocrático y macro no resuelve el problema. No estoy diciendo que la educación no sea un factor de calidad; creo que lo es, pero en la medida en que se acerca a las circunstancias micro, que son las que enlazan estas experiencias. Quiero decir que la cadena se interrumpe en el nivel micro; por lo tanto, no hace falta una escuela Lenin en el preuniversitario, sino hacen falta las Lenin en los barrios marginales, desde la primaria. Que las mejores escuelas, las mejores condiciones sean para los territorios en desventaja, pues si el proceso de ascenso se interrumpe en la escuela primaria, ningún estudiante de un barrio marginal va a llegar a una escuela de excelencia. Esa es una experiencia de las lecciones cubanas, que han sido muy buenas, pero es la hora de hacer un balance y aprender.

Hoy las disciplinas sociales enfatizan la perspectiva de interrupción de la marginalidad en el espacio micro, y se le pone el apellido de augestor, autotransformativo, participativo en lo económico, pero también en lo político y en lo cultural. Hay un elemento muy importante, que señalaba Regla; la diferenciación imprescindible para la autotransformación, así como este diseño de la cultura con potencialidad autotransformativa, no deben someterse a todos esos enfoques estandarizadores a los que sometemos nuestras buenas iniciativas, pues los vamos a volver a matar. Corremos el riesgo de estar promoviendo una nueva cultura de masas, desde una óptica homogenista. En un diseño cultural, la marginalidad se rompe también con la cultura, si se trata de un diseño de diferencia, no de unidad por homogeneización forzosa y forzada. Es necesario ampliar esta visión de lo diferentes que somos como una ventaja, no como una debilidad. La diferencia como ventaja, como riqueza, como posibilidad innovativa, de creatividad.

Quiero discrepar de Sotolongo. Por supuesto, creo que las prácticas cotidianas son producentes, pero su construcción no es tan simple. Hay que concederle un margen de posibilidad a la práctica. ¿Y por qué, en nuestras condiciones, siempre tiene que haber un agente externo? Porque nuestras prácticas son centralistas, verticalistas; es un sistema de participación muy amplio, pero donde hay que esperar que la orientación baje, y que la consulta suba, etc. Para que se consiga la transformación local, tiene que haber un agente externo al que le dieron permiso. Que, en la práctica, los actores comunitarios traspasan el límite del permiso y que cada vez lo presionan más, es verdad; pero partieron de un reconocimiento, de una legitimidad como institución, que puede ir allí a transformar, como es el caso de los Talleres.

No se trata de limitarse a decir que las comunidades tienen que autotransformarse. Tiene que haber un diseño del sistema político que considere la autotransformación, las sociedades locales, el espacio micro como un ámbito gestor autotransformativo. Y el diseño del sistema político que tenemos hoy día no cubre esa necesidad transformativa local. Es demasiado verticalista, centralista, paternalista y orientacionista. En estas circunstancias, si no hay un agente externo que tenga permiso, no lo vamos a lograr. Y aun cuando se cambie ese sistema, durante un tiempo va a tener que haber agentes externos hasta que se construyan nuevas prácticas autogestoras.

Se dice muy fácil y es muy difícil. Pero está claro que ni educación, ni cultura, ni empleo, nada de eso va a funcionar si no se concibe como un sistema donde lo micro y la autogestión transformativa tengan un protagonismo, una centralidad. Sin eso, no vamos a romper ninguna cadena de automarginalidad, porque también ahí está la base de devolver autoestima, dignidad, de reconocer la capacidad de transformación de esos sectores.

 

Pedro L. Sotolongo: Mayra dice discrepar de mí, pero por lo que ha expuesto lo que hace es concordar conmigo. Yo enfatizo la primacía de las prácticas sociales por sobre las estructuras sociales y, por supuesto, hay prácticas buenas y malas. Mayra, en definitiva, llama la atención sobre el papel obstaculizador de las malas prácticas «verticalistas» y con ello no hace otra cosa que evidenciar la misma primacía de las prácticas cotidianas que yo defiendo. Lo que «hay que cambiar» no son los «diseños»; son esas prácticas verticalistas, y sustituirlas por otras mejores.

 

Gisela Arandia: En estos últimos cinco años, hemos estado tratando, como parte de nuestro proyecto, de que el Estado permita que la comunidad de La California realice una gestión económica, produzca determinados tipos de artesanía y que pueda venderlos. Porque si no hay empleo se va a mantener la marginalidad. Podemos conseguir las nuevas casas, la cultura, los instrumentos musicales, las computadoras, etc., pero ellos necesitan una fuente de ingreso que los garantice. ¿Qué propone el gobierno? Que se incorporen a las industrias locales. Pero esa no es la solución para esa comunidad. Tiene que haber mecanismos que les permitan producir su propia economía, la que está a tono con esa realidad; no llevarlos a una fábrica, porque eso sería un fracaso, y porque además, la práctica de la economía en ellos tiene que partir de un concepto de solidaridad, para que se mantenga esa comunidad. Tiene que haber una economía que conserve ese nivel de identidad, que la integre, no que la desintegre.

 

Ernel González: Considero que la clave está en cambiar las condiciones de desarrollo, que se han basado en la sectoralización excesiva, no solo de la economía, sino de toda la actividad cultural, educacional. La obra de la Revolución ha permitido crear instituciones culturales, escuelas, centros de producción, a todo lo largo del país; pero ha sido muy difícil integrarlos a la base, al nivel territorial, a lo que nosotros debemos llamar desarrollo local. Se trata de lograr que todas esas instituciones, entidades productivas, culturales, educacionales se integren, para darles solución a problemas locales. Debería haber un nivel de desarrollo local, municipal, regional, que se integrara en cada provincia; pero ocurre que estas instituciones responden a una verticalidad. En la Universidad estamos enfrascados en desarrollar profesionales que se dediquen al trabajo social. Porque hay una avalancha de solicitudes para recibir capacitación en trabajo comunitario, por instituciones que tienen que ver con esta actividad, pero que no estaban capacitadas para ello, porque su relación con la comunidad era vertical; se limitaban a bajar orientaciones.

En procesos sociales complejos, es necesario que haya este tipo de especialistas, que desempeñen el papel de acompañamiento, de facilitadores, profesionales que puedan participar de este proceso sin que impongan las soluciones últimas. Tiene que haber una relación y un compromiso, pero no puede haber una decisión a priori. De lo contrario, no existe posibilidad de construir, desde las instituciones mismas de la Revolución, lo que las personas aspiran, o necesitan, ni de modificar aquello que socialmente hay que modificar. Como señalaba Mayra, reforzando un argumento que ya se había expuesto antes, hay que integrar toda la actividad de la sociedad, tanto económica, como cultural y política, en un proceso mucho más complejo, donde los actores sociales tengan un papel más relevante, y que corresponde a la cuestión del papel de la sociedad civil. Desde la institucionalidad creada en el país, y desde las que haya que crear, se puede lograr un proceso de transformación. No creo que existan todas las formas necesarias de organización de lo social, en cada lugar, para dar respuesta a un problema específico. Hay que ir creándolas, sin entrar obligatoriamente en competencia con las que existen, porque hay problemas nuevos, así como los hay viejos que nunca hemos tratado como susceptibles de recibir solución. Hay que articular acciones y crear institucionalidades hacia todos esos nuevos y viejos fenómenos que presenta la realidad social.

El Poder Popular, por ejemplo, no solo tiene que ser un poder, sino un poder popular. Acabo de participar en la asamblea de mi barrio, y el delegado se ha dedicado a responder a los problemas repitiendo que «no pudo», «no pudo», «no pudo», porque no hay recursos. Entonces se trata más bien de un «No Poder Popular». La gente siente que si no puede tener poder de decisión —ya que no se decide nada porque no hay recursos—, entonces hay que transformar el Poder Popular.

 

Juan Valdés Paz: Aunque lo que voy a decir lo anticipó, de alguna manera, Mayra, quiero observar que si ustedes siguen el curso de esta discusión, verán que comenzamos a un nivel macro y hemos terminado tomando como objeto de nuestro análisis el nivel micro de la sociedad. Y no es que se excluyan, sino que presentan dos dimensiones de la realidad que debemos analizar cuando de marginalidad se trata. Por un lado, los grandes grupos, que a veces son grupos estadísticos (aunque ni siquiera se conocen las estadísticas de que hablo); y por el otro, los pequeños grupos sociales, el vecindario, la familia, los individuos mismos. Estas son dos dimensiones que no deben suplantarse y que proyectan el fenómeno de la marginalidad. Distinguirlas nos permite encontrar el lugar de las políticas públicas que tendrán que discernir el plan, esclarecer las prioridades, colocar los recursos, los financiamientos de que hablaba Ángela, así como determinar dónde son necesarios esos recursos, ese capital. Se trata de poder colocar a nivel micro un capital simbólico, sin el cual, como ya hemos visto, podemos tener un nuevo edificio, pero también tendremos marginalidad dentro de él.

También quiero subrayar que en este nivel local y comunitario es donde se da la posibilidad de que concurran —y no que compitan, como a veces pasa ahora, según me parece advertir en muchas de las intervenciones— las instituciones públicas, los agentes o gestores, y la propia autogestión de la comunidad. Es en el espacio local donde podemos hacer que estas instancias de la realidad social se aúnen, se sumen y concurran. Y me parece que el lugar último donde acorralar y vencer al problema de la marginalidad, incluso la nuestra, es precisamente este espacio comunitario. Cuando llegamos a esa entidad que llamamos la familia, el individuo, damos con la base de todo el sistema social, del sistema económico y del político. Por eso es que ahí nos encontramos con la clave del problema.

Sin descentralización no vamos a encontrar ese espacio local, o sería una expresión vacía. Hay que descentralizar poderes y recursos para que la comunidad pueda desempeñar un papel. Y también porque ese es el supuesto desarrollo democrático distinto que nos hemos planteado. Hemos dicho que nuestra democracia se va a distinguir porque es participativa —o al menos más participativa que representativa—, y el lugar de la participación ciudadana es la localidad; de ahí en lo adelante, todo será siempre representación. Por tanto, también ese diseño político a que se refiere Mayra, y esa concurrencia de la comunidad para resolver tantos problemas, incluido el de la marginalidad, son factores determinantes de lo que llamamos desarrollo democrático socialista del país.

Dicho esto, les agradezco a todos su participación en una mesa redonda que seguramente resultará interesante para los lectores de Temas.