Historiar la Revolución desde los Estados Unidos

Resumen: 

¿Cómo es posible que un campo historiográfico sea, al mismo tiempo, sobrepoblado y, a la vez, rezagado? ¿Cómo resolver una tensión evidente, aunque paradójica, entre la saturación analítica y la falta de profundidad investigativa? Este ensayo resume el estado actual de las investigaciones históricas sobre la Revolución cubana en la academia norteamericana. Describe los aportes de un nuevo grupo de estudios «Cuba-céntricos» sobre el tema, así como algunos de los desafíos analíticos y metodológicos que perduran.

Abstract: 

How can a historiographical school be simultaneously overpopulated and underdeveloped? How can one resolve an evident, if paradoxical, tension between analytical saturation and a lack of research depth? This essay assesses the current state of historical studies about the Cuban Revolution in the U.S. academy. It describes the contributions of a new group of “Cuba-centric” studies about the subject as well as some of the analytical and methodological challenges that remain.

Cuando el presente año toque a su fin […] lo que se ha escrito sobre la Revolución quedaría reducido a una novelette, algunos cuentos, una docena de poemas y centenares de artículos. A nadie se le ocurriría restar importancia a esa producción panorámica sobre la Revolución cubana. Ahora bien, el libro orgánico, la historia de la Revolución, aún está por hacer.

                       El Escriba (seudónimo de Virgilio Piñera).

 

Si Virgilio Piñera hablaba de la Revolución cubana en 1959, lógicamente se refería al complejo proceso anterior que había llevado a las fuerzas antibatistianas al poder. Hoy, en cambio, «la Revolución» generalmente denota (de forma sintética y no necesariamente precisa) una etapa histórica que en muchos aspectos comienza con la huida de Batista y que se supone no ha terminado aún. Casi sesenta años más tarde, el proceso histórico iniciado el 1 de enero de 1959 ha recibido tanta atención —académica y popular, dentro y fuera de la Isla— como cualquier otro acontecimiento en la historia latinoamericana contemporánea.

Incluso, como académicos que dependemos de las «ruedas del revisionismo» —al decir de Florencia Mallon (1999)—, no podemos aceptar la propuesta de Piñera de que «la historia de la Revolución» quede plasmada en un solo libro «orgánico». Pero a pesar de la profusión de publicaciones acerca de ella, nuestro conocimiento sobre la historia social, cultural y política de la Cuba revolucionaria permanece fragmentada y, en varios aspectos, subdesarrollada. Durante años, los estudios sobre ella se han visto limitados por la escasez de fuentes primarias y las dificultades asociadas con el acceso a los archivos. Otro aspecto en contra ha sido la polarización política del campo historiográfico y el consecuente predominio de narrativas verticales enfocadas en grandes actores y sucesos (o, para algunos, «triunfos» o «fracasos») históricos. Hasta hace menos de diez años, dos destacados historiadores compartían este diagnóstico. Oscar Zanetti Lecuona (2009) afirmó:

En más de un sentido, la Revolución cubana todavía está por historiar […] En una medida aún mayor que para la República, aquí las líneas interpretativas las dictan las convicciones políticas […] De ahí que sobre numerosos asuntos predomine lo testimonial y en otros el análisis aparezca viciado por la retórica. (95, 102)

Rafael Rojas (2008) opinaba básicamente lo mismo: «Cincuenta años es tiempo suficiente para que emerja una escuela historiográfica y, sin embargo, la Revolución cubana carece de estudios canónicos». Libros y artículos publicados desde esas fechas no han resuelto la preocupación.

¿Cómo es posible que un campo historiográfico esté, al mismo tiempo, sobrepoblado y rezagado? ¿Cómo resolver una tensión evidente, aunque paradójica, entre la saturación analítica y la falta de profundidad investigativa? Las respuestas no son fáciles, pero el reclamo de Piñera, apenas once meses después del Triunfo, sigue vigente:

Uno se pregunta: ¿Debió [la historia de la Revolución] estar escrita ya? O por el contrario, ¿no ha habido tiempo material para escribirla? ¿Es que carecemos del historiador adecuado? ¿Lo tenemos, pero según él, espera el momento oportuno? Este historiador, ¿tiene sus «reservas»? O si no las tiene, ¿encuentra que todavía no hay «perspectiva» para ponerse a escribir dicha historia? Si se escribiera al fin, ¿quién sería más oportuno y servicial: el historiador de la vieja guardia o el de la nueva? Finalmente, ¿está a disposición del estudioso   de nuestra Revolución todo el material disponible sobre la misma? (El Escriba [Piñera], 1959: 2)

Estas palabras bien podrían resumir algunas de las inquietudes que han motivado a un creciente número de jóvenes investigadores en los Estados Unidos a buscar nuevas formas de historiar la Revolución. Nuevos estudios ponen sus miras en procesos, eventos, dinámicas, y sujetos humanos de la historia cubana contemporánea pasados por alto en crónicas previas. Tratan de ir más allá de la versión épica o celebratoria y de la que es reflejo de una irremediable desilusión. Procurando evitar la politización a priori, aunque sin renunciar a las inevitables implicaciones políticas de sus interpretaciones, no necesariamente sueñan, como Piñera, con un consenso; apuestan por una historiografía que enfatiza la pluralidad y complementariedad de enfoques, se rige por estándares de profesionalismo y evidencia, y resiste las entelequias.

Preocupaciones y antecedentes comunes

Este interés en la pluralidad de enfoques y experiencias no debe confundirse con un revoltijo analítico. De hecho, una preocupación clara de esta corriente historiográfica en los Estados Unidos es la búsqueda de lo que podríamos llamar —no sin evidente contradicción— un acercamiento «cubacéntrico» a la historia cubana post 1959. Esta no sería reconocible sin su relación de amor-odio con los Estados Unidos. Quizás por ello una de las áreas de mayor fortaleza en la historiografía sobre la Revolución es la que aborda el diferendo con Washington y su influencia en el rumbo del proceso a nivel nacional. Pero particularmente en la academia estadounidense —y hasta cierto punto en la cubana— existe la tentación de reducirla a ello. Tanto en lo simbólico como en lo analítico, ¿no sería esto, irónicamente, el equivalente a una rehegemonización del poderío norteamericano para el estudio de un proceso político que quiso romper con ese legado?

En comparación, las dinámicas y políticas internas de la Revolución en el poder han recibido menos atención académica, al menos hasta hace poco. Hay muchos análisis macropolíticos o macroeconómicos y estudios sobre la insurrección antibatistiana; pero más allá de biografías de figuras principales o libros de testimonio, y de los estudios literarios o sobre ciertos eventos singulares (como Playa Girón), el curso doméstico de la Revolución y sus consecuencias para los ciudadanos, habían sido relegados a un segundo plano. Hasta transformaciones y coyunturas trascendentales como la reforma agraria, la urbana, la eufemísticamente llamada Lucha contra Bandidos, la Ofensiva Revolucionaria, y la Zafra de los Diez Millones —para no hablar de varias dinámicas cotidianas, o de los años 70 y 80— todavía no tienen sus libros definitivos (Swanger, 2015). Mientras tanto, temas como relaciones de género, sexualidad, raza, cultura popular, historia de las ciencias, legal, de la religión, ambiental, estuvieron pendientes de análisis más profundos hasta años recientes.[1]

Por ello, académicos emergentes pretenden enriquecer el conocimiento de facetas insuficientemente estudiadas de la sociedad cubana después de 1959, como las operaciones del Estado revolucionario en el escenario nacional, más allá del accionar y las palabras de sus líderes. A través de las herramientas de la historia cultural —entendida en el más amplio sentido del término—, procuran recuperar la heterogeneidad y las contradicciones de los procesos políticos y sociales, iniciados por la Revolución en el poder.[2] Sobre todo, tratan de enfatizar, cuando las fuentes lo permiten, los significados e impactos de estos acontecimientos para la gente común y sus experiencias concretas.

Obviamente, el conflicto con los Estados Unidos, así como los altibajos de la relación con la Unión Soviética, condicionaron en gran medida la naturaleza y el alcance de las políticas económicas del país; la cultural y la científica también se vieron afectadas por cierta sovietización de referentes y estructuras. Pero aquí no se trata de proponer una visión aislacionista o puramente local de la nación, sino de revertir la tendencia de privilegiar la historia diplomática o macropolítica sobre otros enfoques. En algunos espacios de la academia estadounidense todavía cuesta ver a la Cuba revolucionaria como algo más que una ficha en las relaciones hemisféricas, o una fuente de apoyo, inspiración o temor para actores políticos en otras tierras. Nos incumbe volver a la esencia: una isla que desde 1959 se convirtió en escenario de transformaciones, cambios, vivencias y conflictos sin precedentes para su población.

Tampoco la nueva historiografía representa una ruptura total con tendencias del pasado. Autores fundacionales de la «cubanología» estadounidense como Richard Fagen (1968), o las investigaciones minuciosas de Oscar Lewis y su equipo entre 1969 y 1970 sobre expobladores de barrios marginales (Lewis et al., 1977; Butterworth, 1980) siguen siendo fuentes de inspiración, precisamente porque intentaban analizar los cambios en Cuba desde la base.[3] Igualmente importante sería mencionar una larga lista de cubanos radicados en los Estados Unidos a partir de 1959, quienes siempre reconocieron la importancia de realizar investigaciones serias sobre una revolución que, por decisión personal o familiar, los había llevado a vivir a otro país, y cuyos textos siguen siendo de obligada referencia.[4] Si bien distintas corrientes de la llamada «cubanología» enfrentaron periódicos embates desde la Isla, a veces con razón (García, 1988), los «cubanólogos», cubanoamericanos o no, fueron pioneros en insistir en la necesidad de tender puentes de diálogo y cooperación con contrapartes en Cuba. Es ese un ejemplo que los nuevos historiadores tratan de replicar también.

Más importante aún sería reconocer que lo que puede parecer un acercamiento perfectamente «cubacéntrico» desde los Estados Unidos, puede parecer todo lo contrario para lectores y académicos en la Isla. En la medida en que impongamos enfoques temáticos que no compartan, ¿no correremos el riesgo de enfatizar asuntos que nos importan a nosotros, desde nuestras subjetividades y experiencias foráneas, y no tanto a los protagonistas de la historia que pretendemos estudiar? Por otro lado, si el tema Estados Unidos-Cuba ya no está tan «de moda» para algunos en la academia estadounidense, ¿será la respuesta a preocupaciones historiográficas genuinas, o un reflejo de una época (la de Obama) cuando el conflicto parecía cerrarse, y por tanto, parecía posible, y hasta conveniente, vender la idea de que la historia de la Revolución no lo debía tener como único eje? Sin embargo, hay que reconocer que el opuesto también se impuso como verdad: en los Estados Unidos, el fervor de la «obamamanía» y el «17D» reforzó la tendencia de entender la historia cubana únicamente a través del prisma de la estadounidense.[5]

Sea como fuere, luego de registrar estos precursores y riesgos, todavía tendríamos que concluir que la historiografía sobre la Revolución en el poder era en muchos sentidos deficiente hasta 2008; carecía de hondura, independientemente del esquema o enfoque analítico aplicado.

Nuevas aproximaciones al triángulo Washington-Habana-Moscú siguen y seguirán apareciendo (LeoGrande y Kornbluh, 2014), y también se ha avanzado bastante en la investigación sobre la política exterior cubana en América Latina, África, y otros continentes. Pero existen, comparativamente, pocos estudios acerca de las transformaciones sociales y políticas en la Cuba post 59, tanto dentro como fuera de las academias cubana y estadounidense.

Evoluciones en curso

Imposible comentar esta relativa ausencia de investigaciones sin referirse a las fuentes, pues, retomando a Piñera (El Escriba, 1959), no está «a disposición del estudioso de nuestra Revolución todo el material disponible sobre la misma» (2). Para consultar la documentación relevante, muchas veces se necesita permisos especiales. Otros, propios de los distintos ministerios —especialmente los que tienen que ver con la seguridad interna—, no están (salvo raras excepciones) disponibles para investigadores o no han sido entregados a los archivos públicos del país, como dispone la Ley de Archivos (DNSLARC 265/2009, de 10 de abril). Como consecuencia, se ha reforzado la tendencia a depender de documentos estadounidenses, en especial gubernamentales.

El problema de las fuentes también puede explicar por qué, en los estudios que adoptan una mirada más «cubacéntrica» —dentro y fuera de los Estados Unidos—, predominan los acercamientos a la literatura, las artes y la historia intelectual.[6] Es más fácil consultar una novela olvidada, o un ensayo publicado en algún periódico recóndito, o incluso una carta privada, que un informe de un ministerio o un expediente laboral, especialmente cuando la obra, la correspondencia o las memorias de muchos intelectuales ya se han publicado.[7] Esta línea de trabajo ha sido valiosísima, puesto que las fuentes literarias también pueden nutrir las investigaciones sobre temas sociales; pero la historia cultural —aquí sí de las artes y las ideas— de la época revolucionaria no necesariamente debe contar con una bibliografía más activa que otras ramas.[8]

Tal vez la deficiencia de estudios sobre procesos políticos y sociales internos de la Revolución también refleja un ciclo natural que solo ahora comienza a cerrarse. A partir de los 90, los historiadores, cubanos, estadounidenses y de otras latitudes, empezaron a rexaminar las entrañas de esa República que los cubanos habían dejado atrás en 1959, y cuyos fantasmas, al menos algunos de ellos (el dólar, la impronta del turismo, la desigualdad, los inversores extranjeros) reaparecían en el escenario nacional. No rechazaron por completo las interpretaciones canónicas que enfatizaban la dependencia económica, la corrupción o la fuerza del poder neocolonial en la Cuba de «generales y doctores»; sin embargo, prestaron más atención a los matices de la vida cotidiana, a las gestiones de los cubanos en contextos adversos, a las movilizaciones populares olvidadas, a los caminos no elegidos, y al fuerte nacionalismo que persistió a pesar de todo. Lo pudieron hacer sin tener mucho más acceso a documentación oficial, puesto que los archivos de los gobiernos republicanos también están dispersos o desaparecidos. ¿Acaso esto no fue también una manera indirecta de empezar a re-historiar la Revolución? En la medida en que esas crónicas matizaban una narrativa hegemónica sobre ese período, ¿no insinuaban la necesidad de matizar nuestra visión sobre lo que vino después?[9]

No sorprende, entonces, que algunos de los protagonistas, en la academia estadounidense, de una historia crítica de la República —por ejemplo, Louis A. Pérez, Jr., Alejandro de la Fuente, Lillian Guerra (todos, dicho sea de paso, de origen cubano)— hayan terminado incursionando en la historia de la Revolución;[10] tampoco que muchos de los que empiezan a publicar en los Estados Unidos sobre ese tema hayan sido alumnos de ellos. Su ejemplo de colaboración con colegas en la Isla —aun en tiempos adversos, como los de George W. Bush, o los actuales— ha sido el más cercano referente, y nos ha enseñado cómo debe ser la academia: una red de parentescos y relaciones recíprocas, siempre abierta a nuevos miembros, no un gremio de elegidos que reproducen una sola «escuela» de pensamiento.

Hoy se podría estar engendrando nuevamente una especie de simbiosis transnacional. Tal como en los 90 y los 2000, cuando un impulso hacia la historia crítica de la República unió (y sigue uniendo) a historiadores de las dos orillas, la emergente historiografía estadounidense sobre la Revolución también se nutre de una energía paralela en la academia y la cultura insulares.[11]

En los Estados Unidos, los esfuerzos ya empiezan a dar frutos. Ello se ve claramente en una serie de estudios recién publicados, todavía en el horno de las casas editoriales, o en fase de elaboración como tesis doctorales. Todos son resultado de investigaciones minuciosas realizadas en Cuba y con fuentes de otros países. La siguiente lista no es exhaustiva, pero sí ofrece suficiente evidencia de que, como en Cuba, la historiografía que se desarrolla en los Estados Unidos sobre la Revolución se encuentra en un momento favorable:

  • Lillian Guerra, Visions of Power in Cuba: Revolution, Redemption, and Resistance, 1959-1971 (2012);
  • Michelle Chase, Revolution within the Revolution: Women and Gender Politics in Cuba, 1952-1962 (2015);
  • Devyn Spence Benson, Antiracism in Cuba: The Unfinished Revolution (2016);
  • Jennifer L. Lambe, Madhouse: Psychiatry and Politics in Cuban History (2017);
  • Lillian Guerra, Heroes, Martyrs, and Political Messiahs in Revolutionary Cuba, 1946-1958 (2018);
  • Michael J. Bustamante y Jennifer L. Lambe, The Revolution from Within: Cuba, 1959-1980 (para publicar en 2019);
  • Rachel Hynson, Laboring for the State: Women, Family, and Work in Revolutionary Cuba, 1959-1971 (para publicar en 2019).

Tesis doctorales:

  • Michael J. Bustamante, Cuban Counterpoints: Memory Struggles in Revolution and Exile, 1959-1980 (2016);
  • María A. Cabrera Arus, Dressed for the Party: Fashion and Politics in Socialist Cuba (2016);
  • Jesse Horst, Sleeping on the Ashes: Slum Clearance in Havana in an Age of Revolution, 1930-1965 (2016);
  • Rainer Schultz, From Reform to Revolution: the Transformation of Cuba’s Education System, 1959-1962 (2016);
  • Elizabeth Schwall, Dancing with the Revolution: Cuban Dance, State, and Nation, 1930-1990 (2016);
  • Anasa Hicks, Hierarchies at Home: a History of Domestic Service in Cuba from Abolition to Revolution (2017);
  • Kelly Urban, The Sick Republic: Tuberculosis, Public Health, and Politics in Cuba, 1925-1965 (2017);
  • Cary A. García Yero, Building Cubanidad: Race, Nation and the Arts in Cuba, 1938-1963 (en proceso);
  • William Kelly, Revolución es (Re)construir: Housing and Everyday Life in the Cuban Revolution, 1959-1989 (en proceso).

Estos estudios tendrán sus méritos y deméritos; no estarán exentos de generar polémica, y tal vez alguno parecerá imponer maneras bastante «estadounidocéntricas» de pensar. Sigue existiendo una evidente tensión en torno a un acercamiento supuestamente «cubacéntrico» desarrollado fuera de Cuba, así como el riesgo de que se interprete como injustificada (o incluso cuasi imperial) imposición; pero me consta que, en realidad, la línea entre tendencias analíticas, ya no es tan nítida como antes. Es más, el hecho de que algunos de los investigadores citados nacieran y/o se educaran en Cuba, o sean descendientes de cubanos emigrados, o participen en espacios académicos en la Isla, complejiza aún más la noción de una absoluta división.

En la lista anterior se destaca la amplia gama de temas cubiertos, la ambición de los investigadores involucrados, y la conformación de un nuevo grupo de historiadores en los Estados Unidos para el cual la historia de la Revolución cubana va más allá de sus implicaciones para la geopolítica. Algunos han logrado integrar el «antes» y el «después» en un solo estudio, para trazar continuidades, no solo rupturas. Me gustaría pensar que estas y otras líneas de investigación podrían ser mutuamente reforzantes con las que se están desarrollando en Cuba. No sabemos, sin embargo, cómo se recibe en la Isla esta nueva producción historiográfica, y cómo se intercala con los trabajos en curso de académicos allí.[12]

 

Otros desafíos de cara al futuro

Quiero señalar algunas dificultades, prácticas e interpretativas, que enfrentan tanto investigadores estadounidenses (o extranjeros en general) como cubanos para historiar la Revolución «desde dentro». Tomo como inspiración el inventario de «cinco problemas» y «seis necesidades básicas» para «investigar la Revolución cubana» de Fernando Martínez Heredia (2018). Comparto mucho de lo que él señala, aunque trataré de identificar una serie de problemáticas complementarias.

 

Circulaciones inconclusas

A pesar de la constitución de redes transnacionales de colaboración y apoyo, todavía hay dificultades para la circulación del conocimiento —no solamente sobre la Revolución, sino sobre la historia cubana general. Conseguir libros publicados en Cuba sigue siendo difícil para el investigador extranjero, a no ser que viaje a la Isla; mientras que para los cubanos conseguirlos aparecidos en los Estados Unidos u otro país, muchas veces requiere que alguien sirva de mensajero. Les resulta igualmente espinoso acceder a revistas especializadas extranjeras (muchas bajo subscripción digital). Además, pocas veces lo que se publica en Cuba se traduce para un mercado angloparlante, y viceversa.

Si hablamos de circulación de conocimiento en sentido amplio, habría también que señalar los estorbos para viajar por motivos de investigación. Para los estadounidenses, descifrar los procesos para solicitar una visa académica, o pedir el aval de una institución cubana correspondiente, era fuente de bastante preocupación y confusión hace algunos años, en especial cuando el tema se relacionaba con la historia de la Cuba revolucionaria. Ha habido claros avances en ese sentido, como muestran las publicaciones citadas, y el asesoramiento y apoyo prestados por distintas instituciones cubanas que las hicieron posible (Instituto de Historia de Cuba, Casa de las Américas, Instituto Juan Marinello, entre otras). Pero sigue siendo difícil averiguar —especialmente para el novato— cuáles son las que pueden tramitar solicitudes de visa directamente en las oficinas de Inmigración y Extranjería; cuáles tienen que hacerlo a través del CITMA o el MINREX; cuál es el tiempo requerido en cada caso; y cuándo y por qué los procedimientos pueden cambiar.

Por otro lado, para los cubanos, conseguir visas y financiamiento para emprender una investigación en archivos estadounidenses constituye un reto todavía de mayor magnitud, especialmente después de que el gobierno de los Estados Unidos decidiera no procesar más visas en su embajada en La Habana.

Desafortunadamente, hasta que tengamos relaciones diplomáticas y comerciales normales entre ambos países, es difícil concebir soluciones definitivas a estos inconvenientes. Pero sí podemos renovar nuestro compromiso como académicos de abogar por el libre intercambio de ideas y textos, u ofrecer apoyo a un colega en la tramitación de una u otra solicitud.

 

Las fuentes (otra vez)

Si una historiografía más «cubacéntrica» sobre el período revolucionario ha avanzado en años recientes, ha sido gracias a una revisión minuciosa de la prensa, la ayuda de académicos, instituciones, bibliotecarios y archivistas solidarios, así como al uso de colecciones privadas e historias orales. Algunos colegas han conseguido entrar a dos o tres archivos provinciales o ministeriales, con valiosas fuentes que nadie había consultado. Hay varias iniciativas en marcha —entre instituciones como la Biblioteca Nacional José Martí, el Instituto de Historia de Cuba, y universidades estadounidenses como UCLA— para facilitar el acceso digital a fuentes periodísticas post 59. Asimismo, hay que reconocer que las fuentes, gubernamentales y no, de los Estados Unidos pueden abastecer el estudio no solo de sus relaciones con Cuba, sino también de otros temas relacionados con la vida interna del país. A fin de cuentas, Washington y otros actores interesados pretendían monitorear con bastante intensidad lo que pasaba dentro de la Isla. La documentación generada en ese sentido puede ser muy útil, aunque hay que estudiarla con ojo crítico.[13]

Pero si la historiografía ha de progresar, el mayor reto sigue siendo cómo optimizar y actualizar los mecanismos para preservar, organizar, y acceder a los archivos de distintas instituciones estatales cubanas, de acuerdo con normas internacionales. Estas incluyen excepciones para documentación especialmente frágil o relacionada con cuestiones de seguridad nacional, pero también recomiendan mecanismos para solicitar la desclasificación de documentos sobre cualquier tema (Macle Cruz, para publicar en 2019).

 

«Historia de la gente sin historia»

Acceder a los archivos oficiales es importante no solo para tener una mayor comprensión del trabajo de distintas instituciones del Estado. Para cualquier sociedad, pero en especial una socialista en la que aquel ha sido, por muchos años, omnipresente, también puede ser una manera de acceder indirectamente a las experiencias del ciudadano común. Evidencias documentales de estas pueden revelar mucho al historiador. La historia de una revolución debe ser, en gran medida, la de personas que la vivieron desde las bases, y sin el acceso a la documentación necesaria, sus historias se pierden.

 

Más allá de los 60

En las historias que se han escrito acerca de la Cuba revolucionaria, los temas sobre los años 60 han sido mayoría. Es natural, pues fue la década de los cambios y transformaciones más radicales, y de las luchas intestinas por consolidar y definir el rumbo del proyecto y sistema políticos de la nación. Pero más temprano que tarde, un mayor número de historiadores tendrán que interesarse por los años 70, los 80, y más allá. Algunos ya lo están intentando (Fornet, 2014; Kirk et al., 2018).

 

¿La Habana no aguanta más?: estudios regionales

La tendencia de reducir Cuba a La Habana es algo que lastra la historiografía, especialmente la producida en los Estados Unidos. Pero salvo algunos trabajos sobre el llamado «bandidismo» en distintas regiones, durante los 60 (García González, 1998; Swanger, 2015), conozco pocos estudios que intentan abordar la Revolución como un proceso que tuvo un impacto regionalmente diferenciado.[14]

 

¿La Revolución o las revoluciones?: continuidad y cambio

Los dos últimos puntos me llevan a una reflexión más epistemológica, en paralelo con algo que Martínez Heredia también notaba en su texto «¿Cómo investigar la Revolución cubana?». En la esfera pública cubana se habla de «la Revolución» como algo singular y vigente. Podemos recordar aquella famosa frase de Fidel Castro (1968), cuando sentenció —durante la conmemoración del centenario del 10 de Octubre— que «en Cuba ha habido una sola revolución». Sin embargo, cabe preguntar si lo que tiene sentido como discurso político corresponderá siempre a las necesidades o los resultados de la investigación académica. ¿Es realmente «la Revolución» algo inmutable?

Esta no es una polémica nueva. En un momento, esa idea de Fidel y las tesis académicas derivadas de ella, se disputaban con otra escuela de pensamiento que argumentaba que la Revolución, después de 1959, había pasado por dos fases iniciales (Quinn, 2007; Rojas, para publicar en 2019). Pero más allá del debate teórico, ¿no es obvio que la Revolución de 1959 no fue del todo la misma que la de 1968, o que la de 1989?; ¿o que la Revolución en Pinar del Río no se desarrolló necesariamente igual que en Santiago de Cuba? Trazar las continuidades y los cambios, y sacar conclusiones interpretativas de este ejercicio, sigue siendo una de las tareas persistentes y básicas que enfrenta el investigador.

 

Inclusión y exclusión

La Revolución cubana, en su versión de única o de múltiples, fue concebida como un proceso emancipatorio. Aun el observador más cínico tendría que concluir que, al menos en algunos momentos, o para algunos sectores y ciudadanos, lo fue. Pero la Revolución también se iba construyendo, tras los años 60, sobre una concepción de quiénes no cabían en ella, o quiénes se habían apartado de su línea de pensamiento o acción. Bien sea por razones de una creencia política determinada, antecedentes clasistas, o por motivos de orientación sexual, ciertos ciudadanos no reunían los parámetros del revolucionario «ideal», tal como fue imaginado en distintos momentos. ¿Cuáles fueron las consecuencias de estos procesos y discursos de «parametración»? ¿Cómo hacer un balance entre las dinámicas de inclusión social que la Revolución hizo posible y los procesos que relegaron a algunos cubanos a sus márgenes o que los motivaron a emigrar? Aquí rozamos con algunos de los episodios más delicados y polémicos de la historia de la Revolución. Pero si somos honestos, tenemos que enfrentarlos con franqueza, sin titubeos, y con la documentación oficial correspondiente.

 

La carga al machete (digo, a la Historia)

Si toda interpretación histórica es un ejercicio de memoria que tiene implicaciones políticas en el presente, lo es aún más cuando el proceso analizado está teóricamente vigente, y cuando parte de sus protagonistas (y el sistema político creado por ellos) existen todavía. Por lo tanto, por más que nos esforcemos en ser objetivos, o estar abiertos a la complementariedad de distintos enfoques, historiar la Revolución cubana sigue siendo un trabajo ideológica y políticamente complejo. Esto se debe, en parte, a la manera en que la historia misma fue fundamental para el proyecto revolucionario desde su génesis. Según Louis A. Pérez, Jr. (2013), los barbudos no solo tomaron el poder, sino que «se apropiaron de la historia». «Primordial para la afirmación de la autenticidad histórica [del proyecto] fue la proposición de que la revolución triunfante representaba la culminación de un proceso cuyos antecedentes remitían al siglo xix» (238).

Hoy en día, defender «la Revolución» también implica defender una visión de esa trayectoria, así como cierta evaluación básica de lo que ocurrió posteriormente. En este contexto, ¿historiarla según los parámetros antes elaborados implica necesariamente ir en contra de un relato consagrado como mito? ¿Cuestionar las entelequias convierte necesariamente al historiador en un sujeto políticamente suspicaz? ¿Indagar no solo sobre los éxitos sino también sobre las zonas amargas de la historia significa necesariamente comulgar con «el enemigo»? Y, en nuestro caso —los investigadores extranjeros o los de la diáspora cubana—, ¿corremos el riesgo de imponer nuestros propios criterios y frustraciones, o ser selectivos a nuestra propia manera, y así distorsionar la verdad?

En teoría, el trabajo del historiador no debe ser influenciado por el contexto en que vive ni su manera de pensar. Pero vivimos en un mundo real e irreal a la vez, donde no podemos refugiarnos en la fantasía de un perfecto positivismo, y la objetividad y la verdad —si alguna vez fueron alcanzables— muchas veces se revelan como ficciones convenientes. Para los cubanos, sigue siendo difícil concebir la historia de la Revolución como pasatiempo escolástico. Es, como diría Moreno Fraginals (1966: 21), un arma en el presente. Como historiadores, el profesionalismo, la evidencia, y el análisis de una diversidad de fuentes y perspectivas tienen que seguir siendo nuestros baluartes. Pero hemos de reconocer que, nos guste o no, también nuestras historias serán armas de lucha.*

 
 

[1] . Existen excepciones en publicaciones de hace más de una década: Leiner, 1994; Smith y Padula, 1996; Ayorinde, 2004.

[2]. Para un acercamiento complementario a la historia de otra revolución desde esta concepción de la historia cultural, ver el número especial «Mexico’s New Cultural History: una lucha libre?», de Hispanic American Historical Review (1999).

[3]. También influyentes, por sus enfoques críticos sobre distintos aspectos de la realidad cubana, son textos, tanto testimoniales como académicos, de la llamada Nueva Izquierda estadounidense y europea: Boorstein, 1968; Huberman y Sweezy, 1969; Sutherland, 1969; Yglesias, 1969; Dumont, [1964], 1970; Karol, 1970.

[4]. Por ejemplo, Herrera, 1969-70; Bonachea y Valdés, 1972; Domínguez, 1979; Mesa-Lago, 1979; 1985, y Pérez-Stable, 1993.

[5]. Considérese, por ejemplo, la manera en que un libro como Back Channel to Cuba... (LeoGrande y Kornbluh, 2014), publicado meses antes del 17D, entró en una especie de «relación metatextual con el proceso de normalización diplomática» que empezó poco después (Lambe, para publicar en 2019).

[6]. Desde los campos de los estudios culturales o literarios, o sobre la historia intelectual, las aproximaciones al período posterior a 1959 han sido extensas, particularmente desde los años 90. Entre otros, se destaca el trabajo de Michael Chanan, Robin D. Moore, Ana Serra, Rafael Rojas, Esther Whitfield, Kepa Artaraz, Duanel Díaz, Luciano Castillo, Jacqueline Loss, Jorge Olivares, Alexandra Vázquez, Odette Casamayor Cisneros, Humberto Manduley López, Guillermina De Ferrari, Pedro Porbén, Rebecca Gordon-Nesbitt, Juan Antonio García Borrero, Carlos Velazco, Elizabeth Mirabal, Alberto Abreu Arcia y Luis Camnitzer.

[7]. Por ejemplo, Antón Arrufat (1995); Eliseo A. Diego (2002); Raúl Martínez (2007); Virgilio Piñera (2011) y Graziella Pogolotti,(2011).

[8]. Para un análisis complementario de esta problemática, véase Michael J. Bustamante (para publicar en 2019).

[9]. Estudios influyentes en este sentido son los de Louis A. Pérez, Jr. (1999) y Marial Iglesias Utset (2003). También los trabajos de Robert Whitney, Lillian Guerra, Jana K. Lipman, Ricardo Quiza Moreno, K. Lynn Stoner, Alejandra Bronfman, Barry Carr, Robin Moore, Reinaldo Román, Maikel Fariñas Borrego, Melina Pappademos, Rolando Rodríguez, Newton Briones Montoto, Steven Palmer, José Antonio Piqueras y Amparo Sánchez Cobos, entre otros.

[10]. En años recientes, las múltiples y premiadas publicaciones de Louis A. Pérez, Jr., (1999; 2007) se han ido complementando con acápites y capítulos que sobrepasan los límites de 1959. En el caso de Alejandro de la Fuente (2001), su interés por abordar la problemática racial en Cuba a lo largo del siglo xx también lo llevó a escribir dos capítulos sobre el acercamiento del gobierno revolucionario al tema. El libro de Lillian Guerra (2005) sobre el mito de Martí en las sombras de la guerra de independencia y la ocupación militar norteamericana fue seguido por un estudio de la primera década de la Revolución en el poder (Guerra, 2012).

[11]. Las raíces las podemos encontrar en libros como Ideología y Revolución: Cuba, 1959-1962, de María del Pilar Díaz Castañón (2001). Notables también han sido compilaciones y estudios más recientes —como el de Jorge Fornet (2014)— que atraviesan las fronteras entre historia intelectual, política y social. Igualmente llamativos fueron los paneles convocados por la revista Temas entre 2014 y 2015, y que apuntaban precisamente a un renovado interés en escrudiñar con lupa la historia de la Revolución (Varios, 2017). A estos ejemplos podemos añadir dos congresos celebrados en el Instituto de Historia de Cuba (2015 y 2017) así como la conformación de un grupo de trabajo en el Instituto Juan Marinello, en 2016. Aunque la propensión de algunos a la celebración acrítica no ha desaparecido, el ímpetu dentro del país por historiar la Revolución con mayor detalle, es real.

[12]. La compilación The Revolution from Within (Bustamante y Lambe, para publicar en 2019) intenta ser una contribución en este sentido, ya que incluye trabajos de historiadores residentes en Cuba y el exterior.

[13]. Por poner solo un ejemplo, entre 1962 y 1982, el Miami Radio Monitoring Service, posiblemente con financiamiento del gobierno de los Estados Unidos y con un personal compuesto por cubanos emigrados, monitoreaba pormenorizadamente la radio cubana desde el sur de la Florida, y generaba volúmenes de transcripciones de los programas de distintas emisoras, que fueron archivadas en microfilmes. Véase <http://cort.as/-9_Ly>.

[14]. La tesis doctoral, en proceso, de William Kelly (en proceso), podría ser una excepción, ya que se basa, en parte, en investigaciones en archivos provinciales como el de Camagüey.

* Este texto se basa en los argumentos planteados en Bustamante, M. J. y Lambe, J. L. (para publicar en 2019) «Cuba’s Revolution from Within: The Politics of Historical Paradigms». En: The Revolution from Within: Cuba, 1959-1980. Bustamante, M. J. y Lambe, J. L. (eds.), Durham, NC, Duke: University Press.

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