La historiografía sobre Cuba más allá de la Isla (1993-2018)

Autor(es): 
Resumen: 

En la actualidad hay más oportunidades para un diálogo constructivo entre historiadores de la Isla y fuera de ella. A pesar de los recientes retrocesos y complicaciones de la «normalización» de las relaciones Cuba-Estados Unidos y la continuidad de ciertas restricciones, visitas e investigaciones en Cuba, estas relaciones se han facilitado. La historiografía cubana se ha renovado, se ha vuelto más creativa, crítica y diversa, como muestra este artículo. Su producción ha dado saltos cualitativos y cuantitativos, aunque hay lagunas existentes de trabajos comparativos e interpretaciones macro. Existen archivos y fuentes fuera y dentro de Cuba sin explorar y las décadas más recientes nos invitan al análisis. 

Abstract: 

There are now more opportunities for a constructive dialogue between historians on and off the island. Despite recent reversals and complications in the process of “normalization” of relations between the United States and Cuba as well as the continuity of certain restrictions, opportunities for academic visits and research in Cuba have improved. Cuban historiography has been updated, become more creative, critical and diverse, as this article shows. The historiographical production has grown in numbers and quality despite continued lacunae in comparative and big picture analysis. Archives and sources inside and outside of Cuba are waiting to be explored and the most recent decades of Cuban history are awaiting our analysis.

«La revolución cubana cambió todo», constató Louis A. Pérez, Jr. (1988) hace treinta años; ella formó y estructuró la historiografía, fue causa directa y sujeto indirecto de las investigaciones. No solo transformó la sociedad por completo, sino también su historia. Los sucesos posteriores al triunfo de la Revolución, sobre todo luego de la ruptura de relaciones con los Estados Unidos, en 1961, y el creciente aislamiento (incluyendo la hostilidad) hacia Cuba, influyeron no solo en el rumbo histórico-político del proceso, sino también en su historiografía. Esto nos lleva a pensar en si ahora, en un nuevo contexto político, es posible, viable o tal vez ya detectable una nueva historiografía, menos politizada, menos obstaculizada, basada en nuevas informaciones y con interpretaciones frescas.

Desde el triunfo de la Revolución cubana en 1959 ha habido al menos tres momentos en la periodización de la historiografía cubana, con intervalos de una generación (25 a 30 años): el primero poco después del triunfo (Freeman Smith, 1964), luego a finales de la época soviética (Pérez, 1988) y, por último, hacia finales de la era de Fidel Castro que coincidió con el aniversario cincuenta de la Revolución (Zanetti, 2005; Kapcia, 2008; Cuban Studies, 2015). Ahora ha comenzado la era «posCastro(s)» y se supone que vivamos en una época de «normalización» de las relaciones entre Washington y La Habana, con impactos positivos para el intercambio académico y las investigaciones en y sobre Cuba, si el gobierno norteamericano es consecuente con el restablecimiento, en julio de 2015, de las relaciones diplomáticas y, sobre todo, con la ampliación sucesiva de los viajes permitidos a ciudadanos estadounidenses a la Isla, aprobada por la administración Obama en 2011; aunque sabemos que después de la elección de Donald Trump, en 2016, ha habido serios retrocesos, primero por su Memorándum de Seguridad Nacional en junio de 2017, luego por la advertencia de viaje, en septiembre y la siguiente reducción del personal diplomático, además de las nuevas regulaciones de viajes y transacciones desde los Estados Unidos hacia Cuba, en noviembre de ese año (Catalejo, 2018).

 

Los primeros veinticinco años

Cuando Louis A. Pérez, Jr. (1988) reflexionó sobre los primeros veinticinco años de la historiografía cubana fuera de la Isla a partir del triunfo revolucionario, pudo ya constatar que era «vasta y variada» —incluyendo su metodología y orientación ideológica—, que había crecido enormemente —en ese entonces florecía en los Estados Unidos, Europa y la Unión Soviética— y que existía un importante contraste de interpretación entre la de los cubanos que escribían desde la Isla y los que lo hacían desde afuera. Esto, en mi opinión, ha crecido, primero por el número cada vez mayor de intelectuales formados en la Revolución que luego emigraron a los Estados Unidos, y segundo, que el diferendo con respecto a la interpretación desde la Isla ha decrecido por una nueva confluencia de tendencias entre ambas historiografías. El rol de los escritores e historiadores cubanos emigrados o exiliados ha sido cada vez más influyente, pero poco estudiado a profundidad dentro de la historiografía cubana. Según las palabras de María del Carmen Barcia (2015), están los cubanos (de la Isla) que escriben sobre la historia cubana, luego los coterráneos (o sea, cubanos escribiendo desde afuera), y algunos extranjeros.

 

El contexto de la génesis de los estudios cubanos

Peter H. Smith (2006), presidente, en 1981, de la Asociación de Estudios Latinoamericanos (LASA), la más grande e influyente de su tipo en el mundo, recordó cómo los estudios de área (area studies) evolucionaron en los tiempos de la Guerra fría. Había una expectativa implícita, y a veces explícita, de que los investigadores iban a representar, grosso modo, la corriente de la política exterior de los Estados Unidos hacia Cuba y América Latina. Por su parte, Richard Fagen, distinguido profesor de estudios latinoamericanos en la Universidad de Stanford y autor de varios libros influyentes sobre Cuba, notó, en 1995, que «nadie hizo más por los estudios latinoamericanos en los Estados Unidos que Fidel Castro» y la Revolución cubana. Desde la invasión de Playa Girón hasta los años 80, un promedio de cuarenta millones de dólares anuales se ha invertido en los estudios de área, diez veces más que antes de 1959. Este contexto ideológico-cultural debe tenerse en cuenta cuando se reflexiona sobre la evolución de la historiografía cubana en los Estados Unidos. Es decir, por un lado, las mismas características de la Revolución y el hecho de que las dos sociedades (y economías) estaban íntimamente vinculadas y luego formalmente separadas ha provocado un interés activo en las administraciones estadounidenses de investigar y entender las dinámicas del proceso revolucionario; por el otro, ello conllevaba ciertas expectativas y actitudes hacia el objeto (y los sujetos) de estudio —explícitas y muchas veces implícitas. Hubo también generaciones de académicos estadounidenses que simpatizaban con los objetivos de la Revolución y mantuvieron una actitud crítica hacia la política de su propio gobierno.

 

De las fuentes y los archivos

Aparte del condicionamiento político que ayudó a formar, el campo de la historiografía estadounidense sobre la Isla «llegó a reflejar las fuentes disponibles», constató Pérez (1988), y corría el riesgo «de transformar Cuba en una extensión de la historia de los Estados Unidos» (91). No debe subestimarse el grado en que la estructura de esa historiografía se formó en interacción con las relaciones existentes entre ambos países.

Mientras que este autor, a finales de los 80, aún lamentaba el difícil acceso a los archivos e instituciones cubanos que dificultaba, sobre todo, el trabajo de los historiadores, Antoni Kapcia (2008), veinte años después, advertía del posible riesgo de una nueva oleada de académicos con miradas superficiales. Facilitado por nuevas regulaciones de viaje de los Estados Unidos hacia Cuba, aquellos podían hacer estancias relámpago, casi siempre limitadas a la capital, y realizando «investigaciones impresionistas» (648). Esta observación tal vez tenga hoy, con los vuelos regulares entre Cuba y los Estados Unidos, aún más vigencia. El hecho de que la Isla ya no exija visas académicas para estancias cortas (menos de un mes) facilita la investigación y a la vez invita a miradas abreviadas. Pero sobre todo existe el riesgo de llegar con nociones preconcebidas a una realidad muy compleja y, por ende, «descubrir» en gran medida lo que ya se esperaba. En consecuencia, y para ayudar a superar las brechas académicas causadas por los factores políticos antes mencionados y la difícil comunicación entre investigadores de ambas naciones, Kapcia llama a tener más diálogo y colaboración entre ellos; algo que ha sido difícil pero no imposible entre dos Estados que han sido enemigos por medio siglo. LASA, las revistas Temas en Cuba y Cuban Studies en los Estados Unidos son ejemplos muy significativos de haber promovido, aun en circunstancias sumamente difíciles, el diálogo e intercambio entre académicos e historiadores de ambas naciones.[1]

 

Las miradas críticas

De manera similar argumenta la historiadora María del Carmen Barcia en su relato de 2015 (basado en una mesa redonda de LASA de 2013) acerca de las viejas y nuevas generaciones de historiadores que escriben sobre Cuba dentro y fuera, cuando lamenta que «no hay un debate historiográfico sobre los trabajos». Más acentuada aún se ve esta opinión en Rafael Rojas (2015), quien constata una «nueva historiografía crítica» que comenzó «a circular sutilmente» entre historiadores de la Isla (136-7). O sea, que ese impulso les viene importado, según él, pero no está reconocido y no se citan mutuamente. Para este autor, el paso importante hacia la nueva historiografía crítica era la despedida de los modelos ideológicos agotados: el liberalismo nacionalista y el marxismo-leninismo ortodoxo, que tenían «visiones totalizantes de la sociedad». A su vez, los historiadores que nacieron en la Isla después del 59, reconocen la diversidad del sujeto, ven la Revolución como un proceso plural, en conflicto en lugar de armonía, en búsqueda de consenso en vez de unanimidad, etc. Su conclusión es que «en la segunda década del siglo XXI, la Revolución cubana se perfila como un fenómeno críticamente historiable» (140). Treinta años antes, Lou Pérez (1988) ya había llegado a la misma conclusión cuando escribió: «It is now wholly appropriate, and indeed necessary, to think historically about the Revolution» (95). Aunque advirtió también que las investigaciones siguen estando sujetas a asuntos no académicos y a la dificultad de acceso a cierta documentación. Similarmente, Kapcia llamó a hacer nuevos estudios «profundos, analíticos y des-apasionados» (2008: 649). Parece entonces que ambas afirmaciones —la posibilidad de investigar e historiar la Revolución cubana— son a la vez posibles y también difíciles de llevar a cabo por la inconsistencia de acceso a los archivos y otros obstáculos burocráticos que se mantienen vigentes.

Otro factor determinante en el enfoque hacia la historia cubana ha sido las tendencias de la propia academia y de la historiografía norteamericanas. El tema negro, la esclavitud en sus múltiples dimensiones, incluyendo las relaciones raciales se ha impuesto de manera impresionante en las agendas de investigación. El turno cultural, la posmodernidad, la obsesión con identidades, han marcado otros rumbos importantes en la producción historiográfica que hay que tomar en cuenta cuando analizamos los modos de producción de la historia cubana.

 

Las investigaciones recientes

¿Qué y cuánto se ha investigado y publicado sobre Cuba en los Estados Unidos en los últimos veinticinco años? Para comenzar a contestar a esta pregunta y ofrecer una mejor idea de la producción historiográfica sobre Cuba fuera de ella, revisé cuatro revistas emblemáticas e influyentes en el campo de los estudios cubanos del último cuarto de siglo: American Historical Review (AHR), Journal of Latin American Studies (JLAS), Hispanic American Historical Review (HAHR) (los trabajos dedicados a Cuba) y Cuban Studies (los números relacionados con la historia y la historiografía), todos accesibles en formato digital. Además, analicé el portal principal de trabajos académicos en los Estados Unidos, donde se depositan las tesis de doctorado, ProQuest, para tener una idea de la producción historiográfica más fresca. Este sitio (fundado en 1938 como depósito de formato Microfilm en Ann Arbor, Michigan), aunque en principio abierto solo para tesis escritas en otros países también es fundamentalmente usado por académicos estadounidenses. Hay que tener en cuenta que salvo el depósito de las tesis doctorales, las otras publicaciones no distinguen entre las que tratan sobre Cuba, las escritas desde la Isla o fuera de ella.

Se constata que es difícil evaluar o cuantificar el volumen de estudios sobre Cuba, empezando por el hecho de que no hay un lugar central donde se registran o anuncian los trabajos sobre ellos. La revista Cuban Studies, fundada como tal en 1970 y como anuario desde 1986, dejó de publicar, en 2008, su segmento único y útil de «publicaciones recientes». Este incluyó entre quinientas y mil publicaciones anuales, divididas en diferentes secciones y disciplinas, incluyendo la historia y la historiografía. Las nuevas herramientas digitales de búsqueda nos facilitan una mirada amplia, actualizada y detallada, pero a veces no filtran bien y mezclan una multitud de escritos, trabajos periodísticos y otras publicaciones no académicas. Lamentablemente, es también difícil el acceso desde Cuba por la relativa lentitud de la red en la Isla y las restricciones existentes por parte de los propios Estados Unidos para el acceso desde direcciones IP cubanas.[2]

 

Las revistas académicas

AHR, la revista de historia más importante de los Estados Unidos, publicó sesenta y cinco reseñas de libros relacionados con la historiografía cubana entre 1993 y 2018. Los temas han sido tan variados como, por ejemplo, los cimarrones, la represión y rebeliones de esclavos, la rebelión de Aponte, el trabajo forzado de chinos y africanos, las relaciones raciales y la liberación de esclavos, la emancipación de esclavos comparada (Louisiana y Cuba), la guerra y el genocidio (1895-98), la comparación de la descolonización (Cuba, México y los Estados Unidos), la migración española, la diáspora judía en Cuba, la diplomacia norteamericana-española, libros sobre (el mito de) José Martí, el activismo negro en la república, el suicidio en Cuba, el turismo, el bandolerismo, el deporte, libros más generales sobre la historia cubana, arquitectura, cambio climático, la industria azucarera, La Habana en el mundo atlántico, las comunidades azucareras, religión y milagros, drogas y juegos de azar, Cuba en la imaginación estadounidense, la Guerra fría y la nueva izquierda, historia ambiental de Cuba, y una reconsideración de los orígenes de la Revolución, entre otros. La revista, además, publicó dos artículos sobre los años 60 en Cuba y uno sobre el centenario de la guerra hispano-cubano-americana (O’Brien, 1993; Scott, 1994; Pérez, 1999; Gorsuch, 2015).

Hispanic American Historical Review (HAHR) cuenta con 71 reseñas de libros sobre Cuba durante el mismo período. Entre los temas que tratan se destacan, para la colonia, el trabajo urbano, viajeros en Cuba hasta 1850, las reformas borbónicas en la Isla, los esclavos de El Cobre, Alejandro de Humboldt, huracanes y la Cuba del siglo XIX, la época de Ezpeleta (1785-90), el estanco español del tabaco y las Antillas (1717-1817), la abolición de la esclavitud, la transformación social en el siglo XVIII, Cuba insurgente (1868-98), resistencia y represión durante la esclavitud, Cuba-México, filibusteros y exiliados cubanos en los Estados Unidos, los reglamentos de esclavos (1841-44), las reformas borbónicas, la cara negra de Cuba (1840-95), mujeres mambisas, guerra y genocidio (1895-98), la rebelión de Aponte, esclavos africanos y coolíes chinos en sus propias voces, la gran rebelión de 1825 en Matanzas, y la diplomacia británica y hegemonía estadounidense (1898-1964). Para la época republicana contamos con obras sobre los misioneros protestantes, los mercados del capital, movilización política (1920-40), el mito de Martí, el narcotráfico en Cuba antes de la Revolución, ciudadanía y raza en la República (1920-40), el anarquismo al inicio del siglo XX, descolonización en Cuba, México y los Estados Unidos, Cuba en 1902, historia cultural de la Cuba ocupada (1898-1902), y redes transnacionales en la industria azucarera del siglo xx. Ya para la era post 1959 se han reseñado, entre otros, libros sobre el legado medioambiental del socialismo en Cuba; la doctrina Helms-Burton; las relaciones exteriores en un mundo postsoviético; Playa Girón y la Crisis de los Misiles; economías mixtas entre Chile, Cuba y Costa Rica; las Fuerzas Armadas Revolucionarias; misiones secretas de la Revolución cubana; las operaciones de la CIA en Cuba; música y Revolución; el hombre nuevo y la cultura; Revolución y resistencia; el período 1959-71; y la asociación de artistas de la plástica conocida como Grupo Antillano.

Hay también un número creciente de estudios que trascienden la división tradicional entre Colonia, República y Revolución, usualmente enfocado en la historia temática (de una mercancía o bienes, institucional, un proceso social o de un lugar). Entre ellos se encuentran publicaciones sobre las relaciones raciales, el suicidio, la historia ambiental, Cuba en la imaginación estadounidense, las comunidades azucareras (1868-1959), políticas migratorias comparadas entre Argentina, Brasil, Cuba y México; el clima y las catástrofes en Cuba y el mundo atlántico, y la cuestión racial en Cuba.

Como se puede observar, el peso fuerte de las investigaciones aún está en la historia colonial. Esta época, entre otras ventajas, tiene la de la disponibilidad de una diversidad de fuentes, incluyendo las que están fuera de Cuba (sobre todo en España, pero también en los Estados Unidos, Inglaterra, Francia, etc.). Las publicaciones sobre las épocas republicana y revolucionaria son numéricamente menores, pero con tendencia creciente. Para los estudios de Cuba acerca de la etapa posterior al triunfo de la Revolución se mantiene la prevalencia de obras de otras disciplinas (sobre todo antropología, sociología y ciencias políticas), aunque ha habido publicaciones de la primera década del siglo XXI basadas en trabajo de archivos, lo que trasciende el enigmático año 1959. Sin embargo, normalmente llegan solo hasta los primeros años 60 (Díaz Castañón, 2001; Guerra, 2012; Chase, 2015; Horst, 2016; Schultz, 2016; Lambe, 2017; Urban, 2017).

La revista JLAS tuvo un número de 118 entradas con libros históricos sobre Cuba en los últimos veinticinco años, la mayoría ya mencionados en las secciones anteriores.

En Cuban Studies hubo un total de 117 reseñas históricas —muchas de ellas ya mencionadas en la discusión de las demás revistas. Destaca el dominio de la era colonial con 41 libros reseñados, seguido por el período revolucionario (26), luego la era republicana (23) y 27 obras que transcienden las periodizaciones clásicas —por ejemplo La isla de los ingenios, de Fernando García del Río; libros de texto o historia general como Cuba de Ted Henken, o la Historia ambiental de Cuba, de Reynaldo Funes. Desde que la revista comenzó a editarse en la Universidad de Harvard por el historiador Alejandro de la Fuente, sale anualmente de manera regular, ha ganado mucho en volumen e incluye casi siempre dos secciones de artículos analíticos —una con un enfoque más histórico, ya sea como dossier (historia de la salud pública, historiografía, etc.) o simplemente una colección de diferentes ensayos con un enfoque histórico, y otra sección con miradas más contemporáneas (la nueva constitución, la economía cubana, etc.).

Es difícil subestimar la importancia para la producción y, sobre todo, circulación, de las revistas Temas y Cuban Studies. Ambas publican trabajos recientes, investigaciones innovadoras sobre asuntos cubanos y son leídas en ambos países. Temas tiene la ventaja de aparecer con más frecuencia y tiene una página web amplia y multimedia (documentación audiovisual de eventos públicos, paneles, etc.), además de intervenciones contemporáneas.[3] Cuban Studies,[4] por su parte, es más académica y enfocada —como indica su nombre— completamente hacia asuntos cubanos, mientras que Temas ofrece también análisis internacionales y comparativos. La sección de reseñas de Cuban Studies es muy amplia; incluye obras de la Isla y de afuera (generalmente de los Estados Unidos, pero también de otros países, en diferentes idiomas). Esta revista no circula en Cuba de forma impresa.

 

Las recientes tesis doctorales

En el depósito digital de las tesis doctorales ProQuest escritas sobre Cuba, destaca, primero, el aumento cuantitativo: mientras que entre 1993 y 2018 se han escrito y depositado 134 tesis, entre 1978 y 1993 fueron solo 25, o sea, el crecimiento ha sido de 500%. Es obvio que la práctica de depositar tesis digitales antes del nuevo milenio fue menor, pero también es cierto que el sitio está digitalizando tesis impresas y en formato microfilm retroactivamente y la tendencia es de un crecimiento relevante. Mientras que, en el cuarto de siglo anterior a la caída del muro de Berlín, se destacaban sobre todo los trabajos literarios (16 de los 25, los historiográficos eran cultural-identitarios (El Cobre, Cuba 1670-1800, de María Elena Díaz e Identidades imaginadas. Biografía y nacionalidad en Cuba 1860-1898, de Agnes I. Lugo-Ortiz); o trataban la historia política a grandes rasgos (The Spanish Army in Cuba, 1868-1898. An Institutional Study, de Octavio Avelino Delgado; Fulgencio Batista the Politics of the Electoral Process in Cuba, 1933-1944, de Claude Hargrove; o Castro’s Cuba and Stroessner’s Paraguay: A Comparison of the Totalitarian/Authoritarian Taxonomy, de John Paul Sondrol), los temas investigados en los últimos veinticinco años han sido variados, originales e innovadores.

Se escribieron tesis sobre salud pública (Urban, 2017), el servicio doméstico (desde la abolición hasta la Revolución), el ballet, la moda (en Cuba socialista), sobre Machado, la esfera pública negra en Cuba, masculinidad en Cuba posrevolucionaria, comedia, medio ambiente, vida cotidiana y espacio urbano en Cuba postsoviética, protestantes evangélicos, la psiquiatría, la resistencia entre los presos de Guantánamo, la arquitectura y el turismo, el teatro popular en Cuba y Cataluña, las expresiones de Palo Monte/Mayombe, la Isla de Pinos, la experiencia haitiana en la primera mitad del siglo xx en Cuba, producción artística y cuestión racial en Cuba colonial, los grupos revolucionarios de los años 40, sexualidad y prostitución, baloncesto en Cuba y los Estados Unidos, la construcción de la mujer afrocubana en la República, la ocupación de La Habana, la influencia de los estadounidense en las relaciones raciales en Cuba (1898-1902), religión yoruba y naturaleza, el terrorismo en Cuba e Irán, entre otros. Entre las investigaciones más recientes resalta una diversidad de regiones investigadas, de épocas, enfoques (transnacionales y comparativos), como también la multidisciplinariedad.

Las tesis escritas y depositadas, pero no publicadas, representan más los enfoques y posibilidades institucionales de las academias estadounidenses, es decir, las preferencias e intereses de los investigadores —en su mayoría jóvenes— y sus tutores, usualmente de otra generación, que aún no han pasado por el filtro de las editoriales. En cuanto a las editoriales de la historiografía cubana en los Estados Unidos se destacan actualmente sobre todo las series Envisioning Cuba, de UNC Press, Duke University Press, University of Florida Press y Lexington Studies on Cuba. La serie de UNC Press explícitamente invita a trabajos sobre cualquier época desde la colonización hasta la actualidad, desde una variedad de perspectivas relacionadas con la autodefinición e identidad nacional. Entre el inicio de la serie y 2017 había publicado veintisiete títulos que varían desde el arte de hacer video en la calle hasta una historia de La Habana en el mundo atlántico. Mientras que la serie de Lexington Studies promueve sobre todo obras acerca de la Revolución desde 1959. Fuera de estas tres editoriales hay otras universitarias que han publicado estudios serios e influyentes sobre la historia de Cuba, como las de Harvard, Columbia, Princeton University Press, así como el sistema de Universidades de California y una multitud de editoriales más pequeñas o menos conocidas que contribuyen con valiosas publicaciones al campo del conocimiento sobre Cuba fuera de la Isla.

 

Conclusiones

María del Carmen Barcia (2015) constató dos importantes asuntos en la historiografía reciente. Los estudios de lo económico-social (más enfocado en las estructuras) y la historia de «la gente sin historia», esto último relacionado con tendencias de otros países. Entre los nuevos temas señaló la sociabilidad, la vida cotidiana, y la historia local. Lamenta la no aparición de la presencia negra en las luchas libertarias y los movimientos políticos durante la República. Es cierto que hasta ahora no se conocen trabajos sobre estos temas específicos, pero el presente artículo ha mostrado que el número de investigaciones sobre el rol de los cubanos afrodescendientes en la vida pública de la Colonia, la República y la Revolución ha crecido enormemente y parece ser solo cuestión de tiempo hasta que jóvenes historiadores acepten la invitación de Barcia. A la vez, esta mantiene un análisis optimista, al decir que se «construye una nueva historiografía cubana, más amplia, polémica, discursiva», con una «percepción metodológica actualizada» (128).

De manera similar evalúa Pérez (2015) su revisión más reciente de la historiografía cubana. Los temas dominantes, según él, son la formación nacional y la historia económica. Su crítica principal es que los historiadores, tradicionalmente, se han enfocado demasiado en los grandes hechos, lo político y lo internacional, en lugar de escribir más sobre lo social, local y cotidiano. Se centraron más en la cuestión del azúcar y la exportación, en vez de en la producción de alimentos y la circulación nacional y regional. Aquí también hemos observado un cambio en la selección de los objetos de estudio, aunque es cierto que el mundo del azúcar y las narrativas y mitos nacionales siguen siendo muy llamativos para los historiadores.

Oscar Zanetti (2010), por su parte, nota una tendencia de descentralización de las perspectivas (ahora menos habanocentristas); de las personas (más gente común), pero aún distante de analizar, en lo posible, sus modos de vivir y pensar. Faltan más comparaciones para poder diferenciar mejor y aumentar el aprovechamiento de las viejas y nuevas fuentes. Zanetti habla además de una «fragmentación del discurso», en la actual renovación historiográfica, en consonancia con las tendencias mundiales y «un franco predominio de los estudios coyunturales y los pequeños objetos, la descomposición de los problemas» que según él «contrasta con la relativa ausencia de generalizaciones, las cuales, cuando aparecen, lamentablemente tienden a descansar en la especulación y no en investigaciones».

En conclusión, hay una tendencia deseada y observada hacia lo regional, social y cotidiano. Pero, por otro lado, se lamenta la ausencia de comparaciones, grandes perspectivas y generalizaciones fundadas en investigaciones. Y se mantienen vigentes obstáculos metodológicos, sobre todo vinculados con la dificultad del acceso a las fuentes. Cuba aún no tiene una ley general de desclasificación, aunque sí de archivos (DL 265/2009, de 10 de abril). Entre las funciones fundamentales de los archivos cubanos está mencionada la de «atesorar, organizar, custodiar, conservar y difundir[5] la documentación de valor histórico o permanente de carácter nacional» (Artículo 12), pero sin especificarlo. A la vez, constata que

[l]a dirección de cada archivo, atendiendo al estado de conservación, a la confidencialidad de la información que contiene, y a la protección de los derechos de las personas naturales y jurídicas refrendadas legalmente, puede restringir el acceso[6] a determinados documentos. (Artículo 7).

Como no hay orientaciones más específicas, la práctica tiende menos hacia a la difusión y más a la restricción, aunque se puede constatar una mayor disposición y facilitamiento para los investigadores en muchos archivos cubanos.

 

Las tareas pendientes

El libro que Lou Pérez y Rebecca Scott (2003) han editado sobre los archivos cubanos es aún el más comprehensivo, pero haría falta otro con información sobre los fondos de la época post 1959. Hay nuevos esfuerzos y conciencia de la necesidad de crear y visibilizar catálogos y guías de los fondos existentes en los archivos (Méndez López y Alarcón García, 2013). Para estudiar la historia más reciente del siglo xx, los investigadores dependemos de ayuda mutua, conocimiento compartido, colaboración entre académicos de la Isla y de fuera y una buena dosis de creatividad, paciencia y perseverancia. Pero también es cierto que sobre la historia del período de la Revolución cubana hay un mundo que descubrir y explorar fuera del país, no solamente en los Estados Unidos, sino en los archivos de los ex países socialistas esteuropeos —la ex RDA, por ejemplo, tiene un magnífico depósito de informes, estudios, transcripciones, estadísticas y demás documentos sobre Cuba desde los primeros enviados en 1960 hasta 1990— y en los de la URSS, que son prácticamente desconocidos para la historiografía cubana, latinoamericana, la Iglesia Católica Romana, la CEPAL, la UNESCO, entre otras organizaciones internacionales.

Otro sector con fuentes valiosas y poco explotadas es el de la historia oral, tanto con respecto a personalidades y figuras influyentes (de ellos hay un número creciente de autorrelatos y memorias en Cuba), como a la gente común, «sin historia». Más conocidos fuera de Cuba están los grandes proyectos de historia oral de Oscar Lewis (et al., 1977), Elizabeth Dore (2012), entre otros. Pero dentro de Cuba jóvenes historiadores locales también llevan a cabo un trabajo importante de rescatar la memoria regional, a menudo enriquecido por la historia oral, muchas veces a través de tesis de maestría o doctorado poco conocidas y que muchas veces no llegan a publicarse. Respecto a esto, es necesaria una mejor coordinación y cooperación entre esos jóvenes y sus colegas nacionales e internacionales para aumentar y mejorar su visibilidad, distribución y metodología crítica.

Queda, por último, el reto de estudiar un objeto vivo, de investigar una revolución que sigue celebrando sus aniversarios, en un contexto internacional que no está ausente de tensiones, presiones y restricciones hacia Cuba. Esta constelación ha traído consigo una mentalidad de fortaleza sitiada (Bolender, 2012) en el país, que aún no se ha podido superar completamente. Siguen estando en vigor restricciones internas para el acceso a fuentes de acontecimientos ocurridos en los últimos sesenta años, que limitan las investigaciones —a pesar de las repetidas llamadas por parte del propio gobierno cubano a superar un secretismo excesivo.[7]

Sin embargo, como esta breve reseña de obras historiográficas de los últimos veinticinco años fuera de Cuba quiso mostrar, la creatividad y persistencia de académicos dentro y fuera de la Isla han hecho avanzar la agenda de investigación y hemos podido ir más allá de 1959 o 1962. Pero aún falta mucho por hacer, hay grandes e importantes temas que explorar de manera sistemática, profunda y sería. Las obras definitivas aún —¿por suerte?— no están escritas. Y los años 70, los 80 y los 90 del siglo xx nos esperan.

 

 

Notas

[1]. Para una excelente y actualizada mirada hacia el campo del intercambio académico entre Cuba y los Estados Unidos, véase Martínez Reinosa y Lutjens (2018).

[2]. Para desafiar este «doble bloqueo» he investigado y escrito este artículo desde Cuba, aunque admito que, desde una posición privilegiada por mi acceso directo a las amplias herramientas disponibles para los investigadores de la Universidad de Harvard, de los cuales formo parte.

[3]. Sitio web de la revista Temas, disponible en http://www.temas.cult.cu.

[4]. Sitio web de la revista Cuban Studies, disponible en http://cort.as/-AZYs.

[5]. Énfasis del autor.

[6]. Ídem.

[7]. Véase, por ejemplo, el discurso de Raúl Castro en la Asamblea Nacional del 18 de diciembre de 2010, donde llama a «suprimir el exceso de secretismo a que nos habituamos durante más de cincuenta años de cerco enemigo».

 

Bibliografia

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