La intersticial literatura cubanoamericana, acápite inédito de los estudios cubanos

Autor(es): 
Resumen: 

El presente trabajo llena el vacío sobre la literatura cubanoamericana que se evidencia en el abarcador Cuban Studies Since the Revolution (1992). Poco antes de esta fecha empezaron a aparecer textos que se distanciaban, por su sensibilidad, de la literatura de exilio y que respondían a otras inquietudes. Más allá de contemplar esta laguna, este ensayo gira en torno a la naturaleza intersticial de la literatura cubanoamericana en el sentido de que responde y se asocia a más de un ámbito, incluido el cubano de la Isla. Pese a dicha conexión, se señala la carencia de publicaciones, traducciones y crítica acerca de este corpus literario en Cuba, falta que habría que subsanar. 

Abstract: 

This paper fills the Cuban-American literature gap that can be perceived in the comprehensive Cuban Studies Since the Revolution (1992). A short period of time after that year, texts started to appear that were distant, for their sensibility, from the exile literature and that responded to other inquiries. Much more than contemplating this gap, this essay is about the interstice-like nature of Cuban-American literature in the sense that it answers and is associated with more than one area, including the Cuban in the island. Despite that connection, the lack of publications, translations and critic about this literary corpus in Cuba is highlighted, a fault that is to be mended.

Si lo que buscamos es resaltar la discontinuidad con respecto al estado de los estudios cubanos en los Estados Unidos reflejado en Cuban Studies since the Revolution (Fernández, 1992), de hace casi treinta años, he dado en el blanco con el tema de la literatura cubanoamericana. En ese volumen, editado por Damián J. Fernández, hay dos trabajos que giran en torno a la literatura cubana y la crítica literaria, en el período 1959-89, pero no se menciona el corpus literario que ahora me ocupa.

Los comentarios de Roberto González Echevarría (1992), uno de los autores, abordaron la época de esplendor por la que transitaba la literatura cubana con autores como Alejo Carpentier, José Lezama Lima, Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy, Miguel Barnet, Reinaldo Arenas y Antonio Benítez Rojo. De la poesía de Nancy Morejón decía que prometía, y la de José Kozer no le suscitaba mayores comentarios. Caliban, de Roberto Fernández Retamar, se salvaría por el diálogo que establece con Ariel, de José Enrique Rodó, y por ser el testimonio de una época «despiadada» (202).

Así, el ensayo de González Echevarría puede interpretarse como una extensión de sus publicaciones acerca de the voice of the masters, con las que no solo pretende honrar un canon, sino que se erige en árbitro de su constitución. Podría apuntarse que esta es la primera diferencia respecto a lo ocurrido en los últimos años, ya que la tendencia ha sido a revisar y expandir el inventario de textos canónicos desde diversas perspectivas y con diversos propósitos con el fin de asegurar que voces marginadas por razones de género, raza o etnia puedan escucharse. En favor del crítico se encuentra el no haber distinguido entre escritores residentes en la Isla o fuera de ella: todos conforman la literatura cubana.

Por su parte, Gustavo Pérez-Firmat (1992) comenta sobre algunos libros de crítica aparecidos por aquellos años, como La ruta de Severo Sarduy (1987), de González Echevarría, La isla que se repite (1989), de Antonio Benítez Rojo, y The Cuban Condition (1989), de su autoría, y enmarca sus observaciones bajo el epígrafe «Yo soy la canción que canto» —frase de Bola de Nieve— para aludir al hecho de que la mayoría de los cubanólogos o cubanistas presentes en el cónclave de 1990, que dio lugar a Cuban Studies since the Revolution eran de origen cubano.

En aquella reunión, ninguna de las intervenciones enfocadas en la literatura aludió siquiera al ámbito de la cubanoamericana o a escritores que, según un célebre título, vivían o vivirían «en el guion»,[1] condición que le dio origen a la categoría. Este  es un campo que empezamos a roturar y rotular en la década de los 80 y que suscita aún muchas interrogantes, como el significado preciso y los límites de lo «cubanoamericano». ¿Se aplica el término a los escritores nacidos en Cuba o descendientes de cubanos que ostentan una identidad bicultural o a todos los escritores cubanos residentes en los Estados Unidos sin importar su subjetividad? ¿Qué se gana y qué se pierde cuando un término acuñado en los 80 se emplea retrospectivamente? ¿Desempeña el idioma utilizado por el escritor un factor determinante en la aplicación de esa categoría?[2]

Sin pretender contestar cada pregunta, a continuación destacaré hitos en el proceso, resumiré el debate acerca de la carta de identidad del conjunto de las obras y terminaré por compendiar la crítica que han suscitado los textos literarios tanto en los Estados Unidos como en Cuba.

De una literatura en ciernes a tres Pulitzer y una embajada

Aunque alguna que otra obra había salido a la luz en los años 70, es en la siguiente década cuando empiezan a publicar sus obras más significativas los escritores que configurarían el campo de la literatura cubanoamericana a partir del éxodo post 1959. Más tarde, a fines de los 90, les siguen escritores de una nueva generación. Con vistas a sintetizar, voy a ceñirme a solo cuatro breves instancias:

 

Obras pioneras

Roberto G. Fernández publica en 1981 La vida es un especial, una de sus novelas más conocidas sobre el sentimiento exílico entre los cubanoamericanos, no expresado desde la nostalgia, sino a partir de la parodia, transición que de por sí señalaba, sin duda, un cambio de sensibilidad. No se trataba ya de literatura del exilio, por autores que se habían formado en la Isla, como Lydia Cabrera o Enrique Labrador Ruiz, aunque sí sobre el exilio y la emigración. Fernández publicaría posteriormente La montaña rusa (1985), Raining Backwards (1988) y Holy Radishes! (1995), seguidas de En la ocho y la doce (2001) y Entre dos aguas (2006). Como puede constatarse por los títulos, se expresa primero en español, luego en inglés, y más tarde retoma el español —un signo tanto de ruptura como de continuidad.

Igual sucede con Elías Miguel Muñoz. A su primera novela, Los viajes de Orlando Cachumbambé (1984), le siguen Crazy Love (1988) y The Greatest Performance (1991). Y entre 1994 y 2016, alterna entre el español y el inglés. Aunque escribe mayormente en inglés, Pablo Medina da a conocer su primer libro de poemas en su idioma adoptivo, Pork Rind and Cuban Songs (1975) y casi treinta años después uno bilingüe, Points of Balance/Puntos de apoyo (2005). Para la crítica Karen S. Christian (2010-11), semejante oscilación pone en jaque las clasificaciones nítidas, considerándola un indicio de la naturaleza transnacional y liminal de la identidad cubanoamericana (18).

Es obvio que la indeterminación y ambigüedad constitutivas de la liminalidad imponen retos, como la mezcla lingüística practicada por Dolores Prida, quien presenta su obra dramática Beautiful Señoritas and Other Plays en 1977 (1991a), seguida de Coser y cantar (1981), Botánica (1991), y el libreto 4 Guys Named José... and una Mujer Named María (2001) —obras emblemáticas en las que campea la alternancia de las lenguas con una naturalidad pasmosa.[3]

Con el tiempo, a los anteriores se les sumarían poetas como Ricardo Pau-Llosa, Orlando González Esteva y Maya Islas, ensayistas como Lourdes Gil y Emilio Bejel, y dramaturgos como Eduardo Machado, Melinda Lopez y Nilo Cruz, este último el segundo escritor cubanoamericano en ganar el premio Pulitzer en la categoría de drama por Anna in the Tropics (2003).

 

La labor antológica

En 1988 se publica, bajo el sello de Ediciones Ellas/Linden Lane Press, la antología Cuban-American Writers: Los atrevidos, editada por Carolina Hospital, que contribuyó a fraguar y proyectar un sentido de grupo que ha perdurado. La muestra incluye a escritores como Fernández y Muñoz, además de Pau-Llosa, Gil y Pérez-Firmat, quienes, al expresarse en inglés, eran generalmente excluidos de las antologías de literatura cubana. Sin embargo, Hospital puntualiza que ellos mismos profesaban cubanía y compartían una conciencia de exilio, dos factores que, para la compiladora, trascendían el hecho de que los textos incluidos prescindieran del español. Su identidad así asumida, sin ambages, y su conocimiento vivencial sobre el vínculo entre identidad e historia que marcó sus vidas, determinaban su pertenencia generacional. La ubicación entre dos aguas o dualidad cultural ya la había resumido una década antes Lourdes Casal (quien antecedió al grupo de los hijos e hijas del exilio cubano) en los últimos versos de su archiconocido poema «Para Ana Veltfort»: «Demasiado habanera para ser neoyorkina, / demasiado neoyorkina para ser, / —aun volver a ser— cualquier otra cosa» (Casal, 1976). En su trabajo académico, Casal también se adelantaría en el estudio de la población de origen cubano, incluida la intersección entre raza e inmigración.

En 1996 aparece Little Havana Blues: A Cuban-American Literature Anthology, editada por Delia Poey y Virgil Suárez, que, como sugiere el título, recoge la poesía, narrativa, teatro y ensayo de una gama de escritores cubanoamericanos, no solo de la generación 1.5. También se publica A Century of Cuban Writers in Florida (Hospital y Cantera, 1996), que reúne textos de cubanos emigrados desde el siglo xix hasta finales del xx, conminándonos a recordar que el exilio y la emigración han sido constantes en la historia de Cuba y que la larga estela de escritores cubanos residentes en los Estados Unidos contrae la distancia entre La Habana y La Pequeña Habana. Desde luego, algunos de los escritores de este grupo aparecen también en antologías de literatura latina en los Estados Unidos e incluso en las de literatura cubana debido a sus marcas multiculturales.

 

Hacia el mainstream, premios y editoriales

En los años 90 ven la luz títulos significativos de la literatura y la crítica literaria cubanoamericanas. Cristina García irrumpe con Dreaming in Cuban (1992), novela clave no solo por haber sido publicada por una editorial prominente —Alfred A. Knopf— ni por haber descollado como finalista al National Book Award, y ni siquiera por sus diversas modalidades discursivas hábilmente entretejidas —logros en absoluto desdeñables—, sino también por su temática y su perspectiva. La trama, que inscribe una genealogía matrilineal, gira alrededor de una joven cubanoamericana decidida a viajar a Cuba para visitar a su abuela, con quien mantiene una comunicación telepática, pese a la oposición de su madre, la cual termina acompañándola. Solo tres años antes, Hijuelos, nacido en los Estados Unidos, de padres cubanos, había ganado el premio Pulitzer por su novela The Mambo Kings Play Songs of Love (1989). Un antecedente de estas dos novelas cuya atmósfera evoca el vaivén cultural, ya sea vicariamente a través de los personajes o especulativamente recurriendo a la memoria, lo constituye Contra viento y marea, libro de testimonios del Grupo Areíto y premio Casa de las Américas de 1978, que por primera vez tiende un puente entre Cuba y su diáspora en las voces de jóvenes cubanoamericanos. En 1995, Ruth Behar publicó Bridges to Cuba/Puentes a Cuba, otro volumen de testimonios que se asocia a esta imperecedera corriente en favor de la reconciliación emocional. También aparece por esta fecha la colección de cuentos de Achy Obejas, We Came All the Way From Cuba So You Could Dress Like That? (1994) y su novela Memory Mambo (1996), las que introducen la perspectiva lésbica en la literatura cubanoamericana. Anteriormente, Elías Miguel Muñoz había puesto la heteronormatividad en la mira, desde el punto de vista gay, trascendiendo, como Obejas, los parámetros conservadores del exilio. Además de ser escritora de literatura de ficción, ella se ha distinguido como periodista, profesión que le ameritó el premio Pulitzer en 2001.

Poco después de la aparición de Dreaming in Cuban, Pérez-Firmat da a conocer Life on the Hyphen: The Cuban American Way (1994), que sería el primer estudio prolijo sobre la producción cultural y literaria de la «generación 1.5» (o «del guion»). Este libro populariza tal calificativo, acuñado por el sociólogo Rubén G. Rumbaut (2004), en el cual el guion que distingue el ethos de la generación intermedia se percibe como un signo festivo que añade en lugar de sustraer.[4] Así lo vería también Antonio Vera León (1993) en un conocido ensayo, «The Garden of Forking Tongues: Bicultural Subjects and an Ethics of Circulating in and out of Ethnicities», aparecido en Postmodern Notes/Apuntes posmodernos, una de las tantas revistas cubanas en los Estados Unidos publicadas en la segunda mitad del siglo xx. Es importante señalar el verosímil carácter gozoso de la vida en el guion, subrayado por los críticos mencionados, pues comúnmente se iguala, de forma maniquea, a una castración o, por lo menos, a una deficiencia.

En resumen, por un lado, aparecen por estos años algunos títulos que reflejan la voluntad de reimaginar los vínculos con la Isla, a diferencia de la postura exílica opuesta al diálogo. Al mismo tiempo, según Eliana Rivero (1990), semejantes obras revelan el paso de literatura del exilio a literatura étnica, la cual refleja una mayor deferencia al entorno más inmediato. La realidad circundante se convierte en materia prima de los textos, aunque la más distante no esté del todo ausente. Tal transición, señalada por Rivero se escamotea implícitamente en el título del libro de Isabel Álvarez Borland, Cuban-American Literature of Exile: From Person to Persona que, publicado en 1998, constituye uno de los primeros intentos académicos de largo aliento por auscultar la literatura a la que estamos refiriéndonos. En lugar de la transición, en el título coexisten el exilio y la etnicidad, dada esta por el gentilicio cubanoamericano, en un guiño que reafirma el origen exílico de los cubanos en los Estados Unidos. En un artículo posterior, Álvarez Borland (1998) opta por los rótulos de Rivero, subdividiéndolos y matizándolos aún más. Así tendríamos, además de literatura del exilio y étnica, el intermedio de «híbrida» para la generación 1.5, y «de la diáspora», para los que se han radicado fuera de los Estados Unidos, grupo cada vez más nutrido (Álvarez  Borland, 2003: 41, 44). Pese a una mayor matización, siempre hay escritores que escapan olímpicamente de las categorías propuestas o caen en más de una, debido en parte a que el panorama se ha complicado, dado el vigoroso flujo migratorio desde la caída del Muro de Berlín. Por ejemplo, ¿dónde ubicar a escritoras como Sonia Rivera-Valdés, quien a pesar de ser bicultural, bilingüe y haber trascendido el exilio, ha escrito todas sus obras en español?

No obstante la complejidad del paisaje descrito, hay quienes insisten en que el exilio está en la raíz de la experiencia, aun en la generación 1.5, como asegura Eduardo R. del Río (2008) en su libro de entrevistas con doce de sus escritores más representativos, y que pervive después de ella (12). Según estos críticos, esa iteración del exilio como un destierro inextricablemente adherido a los cimientos de la experiencia cubanoamericana sería un rasgo distintivo de dicha literatura. La distinción se basa en el comportamiento presuntamente incompatible que exhiben el emigrante y el exiliado en cuanto a su país de origen: mientras que el primero vive de espaldas al suyo, aspirando a dejarlo atrás para integrarse más rápidamente en su adquirido destino, el segundo no hace más que añorarlo. Aunque pongo en duda que todos los inmigrantes se ajusten a semejante aserto, esta es una de las nociones que se han propuesto para identificar la diferencia de la literatura cubanoamericana respecto de la latina en los Estados Unidos. El cuño estampado por el exilio sería entonces su rasgo más distintivo.

Otra de estas variables, sin embargo, recurre a la palabra diáspora para precisar dicha diferencia, tomando en cuenta la diversidad de toda índole y la dispersión geográfica de un éxodo caracterizado parcialmente por el ir y venir. Por estos motivos, el vocablo de resonancia bíblica va ganando cada vez más adeptos. Por último, hay quienes hablan sencillamente de literatura inmigrante cubano-americana para realzar una sensibilidad diferente a la del exilio, incorporando a sus páginas la experiencia del que se sabe diferente a pesar del tiempo transcurrido desde que sus antepasados se asentaron en los Estados Unidos.

Un relevo justo y necesario

Alrededor de 1998 empezaron a publicar sus textos escritores más jóvenes, casi todos nacidos en los Estados Unidos, hijos de padres cubanos que emigraron después de 1959 y de parejas mixtas desde el punto de vista étnico, como Richard Blanco, Ana Menéndez, Cecilia Rodríguez Milanés, Jennine Capó Crucet, Chantel Acevedo, Vanessa Garcia, Robert Arellano, Aja Monet, Adrian Castro, Carmen Peláez, Gabriela Garcia, Derek Palacio, Jorge Ignacio Cortiñas y Alex Segura.[5] Blanco adquiere prominencia nacional tras habérsele invitado a leer su poesía durante la segunda toma de posesión de Barack Obama, en 2013, y en la apertura de la Embajada de los Estados Unidos en La Habana, en 2015, ocasiones para las cuales escribió «One Today» y «Cosas del mar».

Todos ellos son escritores, ya prolíficos, que tienen puntos de contacto con los que los precedieron, entre ellos que muchas de sus obras están ambientadas en la comunidad cubanoamericana del sur de La Florida e incluso en Cuba, y que la mayoría reclama para sí una identidad cubana o cubanoamericana derivada de los cuentos y recuerdos de familia, álbumes de fotografías, y el sentido de lugar, ambiente y pertenencia que se les ha inculcado, además de la música y la cocina cubanas. Dichas experiencias, muchas de ellas sensoriales, constituyen los «enclaves de la memoria», certera frase acuñada por la historiadora vasca Miren Llona (2016) para referirse al tenaz asedio de vivencias que contribuyen a conformar la reacción emocional a un objeto, un lugar o un recuerdo (77). Asimismo se ha utilizado el pertinente vocablo de posmemoria —lanzado por Marianne Hirsch (2008) para referirse al legado del holocausto en generaciones posteriores a la Segunda Guerra Mundial— en relación con la pertinacia de la memoria afectiva que exhiben algunos de los escritores cubanoamericanos.

Esos enclaves de la memoria sustentados, con variantes, a través del tiempo, explican que varios de estos jóvenes escritores hayan valorado su «retorno» a Cuba como un homecoming o vuelta a casa y que en ocasiones sirvan de puente entre familias divididas. Algunos, como Vanessa Garcia, consideran que les toca desempeñar un papel especial en las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos que ayude a superar la polarización. Estos jóvenes viajeros dicen reconocer el paisaje urbano y ciudadano que se despliega ante sus ojos al arribar a La Habana. En las casas de familias que visitan por primera vez encuentran fotografías suyas y de sus padres colgadas en la pared (Castillo, 2015). Muchos han llegado mediante la Cuba One Foundation, la cual ha organizado varios viajes a Cuba con el fin de darle a la segunda generación la oportunidad de experimentar su cultura ancestral sin costo alguno. Hay varios testimonios muy elocuentes acerca de la relación estrecha con la Isla de estos American-Born Cubans (o ABC), pese a que están escritos en inglés.

Otros, sin embargo, puede que sientan curiosidad por Cuba, pero la Isla no aparece de forma explícita en sus textos. Este es el caso de Carmen Maria Machado, quien ha profundizado en la temática feminista y queer en su celebrada opera prima Her Body and Other Parties (2017), que el crítico Ricardo L. Ortiz califica de «post-Cuban», además de «post-Castro», en un artículo panorámico, todavía inédito, titulado «Cuban American Literatures». Asumir apenas sus antepasados isleños, como hace Machado, bien podría ser uno de los derroteros de la literatura escrita por descendientes de cubanos. Además, debe señalarse la presencia de escritores como Adrian Castro, de ascendencia cubana y dominicana, cuya obra pone en evidencia el influjo de la cultura yoruba. Ante una literatura en la que escasean las voces afrocubanas, esta es una manifestación importante.

El ámbito de la literatura cubanoamericana

En el volumen de ensayos Cuban Studies since… hay una última sección sobre «Cubans in Exile» a cargo de Silvia Pedraza y Lisandro Pérez. Este último apuntaba en su presentación que las pujantes investigaciones sobre la comunidad cubanoamericana aparecían bajo la égida de los estudios étnicos y migratorios más que de los estudios cubanos. Allí se preguntaba sobre el motivo de esta separación, señalando que la relación entre los exiliados y los cubanos en la Isla era todavía muy estrecha dados los apenas treinta años transcurridos desde la primera ola migratoria post-revolución (Pérez, 1992: 258). Todo parece indicar que esta problemática —la separación— se mantiene casi treinta años más tarde pese a que los vínculos entre las dos orillas no solo se han conservado gracias a los estrechos lazos familiares que priman entre los cubanos, sino que son incluso más significativos y dinámicos. Recordemos que más de la mitad de la población cubana en la Florida salió después del 90, y entre ellos hay muchos que van y vienen, incluidos los llamados repatriados.[6] Hoy por hoy, Miami-Dade es la segunda ciudad del mundo con mayor número de cubanos después de La Habana.[7] Si consideramos la relación transnacional que se robustece cada vez más, de acuerdo con los estudios de Jorge Duany y Susan E. Eckstein, para mencionar solo a dos de los académicos que más la han escudriñado, ¿tiene sentido mantener la distinción que señalaba Lisandro Pérez? ¿Los estudios sobre literatura y cultura cubanoamericanas deben clasificarse paralelamente bajo los llamados estudios étnicos en los Estados Unidos o deben formar parte integral de los estudios (literarios y culturales) cubanos?

Tal vez habría que rebautizar este ámbito con el nombre de Estudios sobre Cuba y su diáspora, a fin de otorgarle a esta más peso y visibilidad. Lo que se hace cuesta arriba hoy día es pasar por alto una diáspora, cada vez más contundente, que mantiene vivo su nexo con lo que dejó atrás.

El reto de la lengua

La mayoría de las obras que hemos citado están escritas en inglés o en una lengua criolla, el spanglish, que utilizan tanto los de la generación 1.5 como las subsiguientes. Roberto G. Fernández utilizaba, en una de sus novelas, el calco lingüístico de «The Three Killer Moors» para referirse al Trío Matamoros y el de «shrimp to the little garlic» para «camarones al ajillo». Uno de los primeros poemarios de Richard Blanco se titula City of a Hundred Fires (Ciudad de Cienfuegos) y la mitad de los poemas incluidos allí son producto de su primer viaje a Cuba. Las innovaciones lingüísticas van más allá de la traducción literal para incluir préstamos e hispanismos o cubanismos que revelan la familiaridad con la cultura de los ancestros, incluso en el plano de los topónimos y proverbios.

A pesar del reclamo de ciudadanía cultural, es comprensible que, de acuerdo con la tradición, pensar que la literatura cubanoamericana forme parte intrínseca de la cubana sea discutible. Hay críticos que defienden la equivalencia entre lengua, literatura y nación (Álvarez-Borland, 1998: 153-4; De Aragón, 2002: 64). Por consiguiente, la escrita en inglés, aunque se identifique como cubana, está excluida de su canon debido al idioma, esencial cuando de literatura se trata. Sin embargo, después de suscribir «la tríada lengua-nación-literatura» en declaraciones anteriores, como él mismo confiesa, Ambrosio Fornet (2009: 317) pasó a matizar sus ideas al respecto en un ensayo detallado, dedicado al tema de la lengua, y terminó admitiendo que «en determinadas circunstancias, el hecho de que una obra literaria esté escrita en un idioma extranjero no nos impediría insertarla en el corpus de una literatura nacional específica» (318).

Teniendo en cuenta, con Fornet, que «el idioma no es el único factor determinante de la nacionalidad literaria» (318), hay críticos que optan por darle prioridad a la ambigüedad que dimana de los textos mismos, por sobre criterios nacionalistas previamente establecidos. Para Karen S. Christian (2010-11), las obras de la generación 1.5

desafían la clasificación nítida en un canon literario particular. Al producir obras en inglés, los escritores cubanoamericanos actúan como americanos étnicos y, sin embargo, sus textos en español se vinculan simultáneamente a la tradición cultural de la diáspora cubana. Sus obras funcionan como textos resistentes que desestabilizan las fronteras de la tradición literaria estadounidense al impugnar el anglocentrismo prevaleciente en la crítica literaria norteamericana. En otras palabras, la escritura cuestiona categorías rígidamente definidas de identidad nacional que se basan en una jerarquía lingüística y que no pueden acomodar los textos que se desvían de la lengua mayoritaria. (32, traducción mía).

Si bien estos son «textos resistentes que desestabilizan las fronteras de la tradición literaria» en los Estados Unidos, huelga decir que simultáneamente lo son en relación con la tradición literaria cubana, incapaz, según los críticos mencionados más arriba, de «acomodar los textos que se desvían de la lengua mayoritaria». A primera vista, es descabellado pensar que la tradición isleña pueda acoger estos textos escritos en inglés, y mis comentarios no procuran convencer a los incrédulos. Empero, otras naciones no ajenas a nuestra tradición, como España, se proyectan como multilingües o por lo menos profesan la disglosia —dándole un trato preferencial al castellano— sin que ello afecte su integridad nacional. ¿Acaso Las cantigas de Santa María, de Alfonso X el Sabio, no cuenta como un texto fundacional de la literatura española a pesar de haberse escrito en gallego? Y si llegó a serlo antes de que el nacionalismo moderno fuera concebido —y esa es la justificación de índole histórica para no excluirlo—, ¿no integra el canon de la literatura española la decimonónica poeta gallega Rosalía de Castro? (Bernárdez, 2003: 39, 41). Además, ¿se le ha negado su puertorriqueñidad a Rosario Ferré por haber escrito algunas de sus últimas novelas en inglés? De ninguna manera sugiero que la situación en España, Puerto Rico y Cuba sean equivalentes, pero sí que existen otros paradigmas que trascienden la fórmula lengua-literatura-nación. Podemos valernos de esos modelos para cuestionar ideas heredadas, que a veces resultan inadecuadas o insuficientes para discernir nuevas realidades y nuevos desafíos.

Es de suponer que esas nuevas realidades plasmadas al filo del presente milenio hayan motivado a Casa de las Américas a lanzar un premio a la literatura hispánica en los Estados Unidos en reconocimiento de los cambios demográficos que han tenido lugar en el hemisferio norte y que tanto implican para toda la región. Los departamentos de español en las universidades norteamericanas añadieron cursos de literatura latina a sus programas, en cierta forma para no dejarles el terreno libre a los de inglés o de estudios étnicos que sí estaban incorporándolos. Ahora aparecen muchos de sus títulos en traducción al español. Una de las ventajas o desventajas de la naturaleza híbrida, intersticial, de la literatura cubanoamericana y la latinounidense es que revolotean por sobre las fronteras y se acoplan a más de una circunstancia. Sumar y no restar es lo que debe prevalecer.

La divulgación y la crítica

Pese al número reducido de revistas especializadas en la actualidad, a diferencia del período de los años 60 a los 80 que llegó a alcanzar una treintena, la mayoría publicadas en Miami y Nueva York (López, 2004: 455), el espacio para la literatura cubanoamericana y latina en general se ha expandido considerablemente en los Estados Unidos, pues se han abierto y consolidado otras alternativas para su promoción.

No puede afirmarse lo mismo respecto a las editoriales y revistas cubanas, en las cuales la literatura cubanoamericana ha estado escasamente representada. Fornet fue el primer crítico en interesarse por esta vertiente literaria al publicar en La Gaceta de Cuba, entre 1993 y 1998, cinco dossiers con textos de la generación 1.5, a los que siguió Memorias recobradas: introducción al discurso literario de la diáspora (2000), aparecido bajo el sello de Ediciones Capiro, en Santa Clara. El volumen reúne muchos de los textos publicados en La Gaceta, con los cuales Fornet se proponía divulgar «la obra de aquellos escritores cubanos que, por haber comenzado a escribir en el extranjero, eran totalmente desconocidos en Cuba» (9). Tal divulgación tenía una doble virtud, «puesto que a los autores les permitía incorporarse a su ámbito mayor, el formado por los lectores de la Isla, y a nosotros nos permitía recobrar esos fragmentos de nuestra propia memoria colectiva, escindida por el trauma recurrente de la diáspora» (11). El proyecto, loable y necesario, incluía ensayos críticos de Rivero y Pérez-Firmat, además de textos de José Kozer, Amado Fernández, Magali Alabau, Guillermo Rosales, Lourdes Gil, Emilio Bejel, Jesús J. Barquet y Jorge Oliva, nómina cubanoamericana de primer orden que el público cubano debería conocer.

Habría que esperar hasta 2015 para la publicación ya no de una selección antológica, de las que ha habido varias, con diferentes énfasis, sino de un estudio monográfico cuya intención es la de aunar en un solo volumen a autores y obras de la Isla y la diáspora que comparten zonas de contacto. Me refiero a Un país para narrar, de Vitalina Alfonso (2015), publicado por Letras Cubanas. Por ser un libro puente, que versa sobre los entrecruzamientos, plantea interrogaciones de cómo aproximarse a la literatura de un pueblo disperso. Alfonso se pregunta: «¿Puede negárseles a los ya numerosos escritores que desde hace décadas residen fuera de la Isla y se identifican con orgullo como cubanos la integración de sus discursos a una totalidad literaria dispersa?» (7). Indaga, además: «Escribir en la lengua del país en que se formaron, pero volcar en sus obras temas y universos imaginarios afines con los abordados por sus coetáneos en Cuba, ¿acaso no incita a los investigadores y críticos a estudios comparatísticos?» (7). La autora dirige entonces su mirada hacia el éxodo y la familia, la espera y el viaje por el mar —temática recurrente que abordan escritores cubanos de dentro y fuera de Cuba—, registrando diversos cruces.

Otros exégetas que en la Isla han abordado la literatura cubanoamericana son Luisa Campuzano y Nara Araújo, específicamente la femenina, y Víctor Fowler, quien ha aportado consideraciones teóricas. Lo que se ha logrado, empero, es palpablemente insuficiente, ya sea por falta de interés, de recursos o de osadía para publicar a ciertos autores.

Por el lado de los Estados Unidos, ya son muchos los que se dedican al estudio de la literatura y cultura cubanoamericanas. Aparte de los ya mencionados, entre ellos se encuentran Antonio López (2012), autor de Unbecoming Blackness: The Diaspora Cultures of Afro-Cuban America, un libro necesario sobre figuras afrocubanas de la diáspora; Raúl Rosales, quien trabaja en un manuscrito sobre la literatura acerca del Mariel; Marta Caminero-Santangelo (2009), autora de On Latinidad: US Latino Literature and the Construction of Ethnicity, textos críticos sobre la literatura latinounidense, en la que incluye la cubanoamericana; Lillian Manzor, quien ha desarrollado una labor encomiable por documentar el teatro de las dos orillas; Albert Laguna (2017), cuyo libro Diversión: Play and Popular Culture in Cuban America también convoca a ambos lados del estrecho de la Florida, aunque no en su expresión literaria, sino en su cultura popular y específicamente en el uso del humor; y Andrea O’Reilly Herrera (2011), cuyo estudio sobre las artes visuales —Cuban Artists Across the Diaspora: Setting the Tent Against the House— privilegia la itinerancia por sobre la fijeza en torno al arte cubano. Y muchos otros, algunos de los cuales se han propuesto rescatar textos cubanos en los Estados Unidos, anteriores a 1959. Además, se han publicado, en español, estudios críticos de conjunto acerca de la literatura cubanoamericana, como El peregrino en comarca ajena, de Carlos Espinosa Domínguez (2001), y Guayaba Sweet: literatura cubana en Estados Unidos y Reading Cuba: discurso literario y geografía transcultural, editados por Laura Alonso Gallo y Fabio Murrieta (2003) y Alberto Sosa Cabanas (2018), respectivamente. Aparte de numerosos artículos sobre autores y obras individuales, los escritores cubanoamericanos son incluidos también en las enciclopedias, como la editada por Alan West-Durán (2004), y en estudios críticos sobre literatura latina, como el de William Luis (1997), Dance Between Two Cultures: Latino-Caribbean Literature Written in the United States.

Estudios como los anteriores han contribuido a cimentar la importancia de una literatura que, desde finales de los 80, se ha ganado un espacio indiscutible en el campo de los estudios cubanos. Por su naturaleza, ocasiona debates acerca de su clasificación, incluso dentro de la literatura latinounidense, imbricación que no se ha tenido en cuenta en el presente trabajo.[8] Es de esperar que los investigadores continúen dilucidando sus vínculos con la literatura cubana y la latinounidense, si la lengua que utiliza es un obstáculo insalvable para contemplarla como perteneciente a la primera, y si debe incorporarse a los estudios cubanos o étnicos, ya que, en el fondo, se trata de una literatura intersticial que tiene puntos tanto de contacto como de ruptura con los saberes y clasificaciones al uso. Como el caleidoscopio, despide un destello ligeramente diferente según el segmento en el que la hagamos descansar.

 

 

Notas

[1]. En general, el término guion se ha empleado para designar identidades híbridas o mixtas, como cubano-americano, de ahí que en inglés se hable de hyphenated identities.  En el campo de los estudios cubanos, se aplicó por primera vez a la generación «uno y medio» o «1.5», como puede apreciarse en el libro de Gustavo Pérez Firmat, Life on the Hyphen: The Cuban-American Way (1994 y 2012), traducido al español como Vidas en vilo (2014).

[2]. Para efectos del presente trabajo, cubanoamericano se refiere, más que a un lugar de origen, a los escritores que ostentan en sus textos una subjetividad bicultural o multicultural enlazada a Cuba y manifestada a través de la temática y la ambientación, los recursos formales como los idiomas que utilizan y sus referencias culturales y literarias.

[3]. A partir de 1975, los primeros cuentos y novelas de Roberto G. Fernández y Elías Miguel Muñoz fueron publicados por Ediciones Universal, de Juan Manuel Salvat. Más tarde, Arte Público Press, fundada en 1979 en Texas para promover la literatura latina, publica las obras subsiguientes de estos dos escritores, además de otros como Dolores Prida y Virgil Suárez. Actualmente, numerosas editoriales del mainstream, así como editoriales universitarias, promocionan la literatura cubanoamericana.

[4]. A diferencia de muchos estudios sociológicos y antropológicos que reservan el membrete de primera generación para los descendientes de emigrantes y exiliados, en los estudios cubanos con frecuencia se reserva tal categoría para los escritores de la generación del exilio. Los descendientes de estos, nacidos en los Estados Unidos, reciben el nombre de segunda generación.

[5]. Nótese que algunos escritores se rigen por las reglas ortográficas del español al escribir sus nombres y apellidos y otros no. He respetado la falta de tilde en algunos patronímicos que deben llevarla.

[6]. Véase Iraida H. López, «Going Back to Cuba: How the Enclaves of Memory Stimulate Returns and Repatriations», de próxima aparición en Rutgers University Press. La mayoría de los diecinueve repatriados entrevistados por López no han quemado las naves, sino que se mantienen vinculados al país que los acogió al emigrar aun cuando hayan retornado a Cuba.

[7]. El Anuario Estadístico de Cuba de 2015 (ONEI, 2016) fija la cantidad de 2 125 320 habitantes en La Habana y 433 527 en Santiago de Cuba, la segunda ciudad más poblada de la Isla, mientras que el Censo de los Estados Unidos (US Census Bureau, 2016) arroja 928 394 habitantes de origen cubano en el condado de Miami-Dade.

[8]. Véase Karen S. Christian (2017), «Weaving a Larger Web: Cuban American Writing in the Latin@ Narrative», sobre la exclusión de muchos escritores cubanoamericanos del canon latino a pesar de compartir intereses temáticos y formales con escritores reconocidos de diferentes orígenes étnicos. Con la aparición de nuevos escritores con inquietudes similares a estos y la expansión del campo de la literatura latinounidense, es de esperar que la reticencia a integrarlos a dicho corpus vaya cediendo.

 

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