La tríada burócratas-burocracia-burocratismo y la hora actual de Cuba

Resumen: 

El texto es un acercamiento al lugar hegemónico que ocupa la burocracia en el socialismo de Estado a través de un proceso de deconstrucción cultural que revela los orígenes del empoderamiento de lo que el autor denomina la tríada burócratas-burocracia-burocratismo. El estudio revela sus rasgos peculiares, lugar en el presente y peligros que encierra para el futuro de la Revolución cubana.

Abstract: 

The text presents an approach to the hegemonic position represented by bureaucracy under socialism of state by a process of cultural deconstruction that reveals the origins of the empowerment of that the author calls triad bureaucrats-bureaucracy-bureaucratism. The study reveals its particular features, its present state and the perils it represents for the future of the Cuban Revolution.

El advenimiento de los grandes Estados centralizados del Oriente Antiguo fue el factor que ocasionó la aparición de la burocracia. Escribas, cobradores de impuestos, oficiales del ejército y funcionarios administrativos fueron los primeros burócratas, autoalabados, ya maldecidos por las masas populares. Pero el problema apenas comenzaba. La creación de los imperios fue sinónimo de la conformación de grandes cuerpos burocráticos que esquilmaban a los pueblos y así seguimos hasta hoy, cuando las burocracias estatales, partidistas, empresariales y hasta de las ONG, suelen pensar por nosotros, y nos pelotean constantemente, de un funcionario a otro, en un proceso sin fin, de pura estirpe kafkiana.

Uno de los primeros en utilizar el término burocracia fue el francés Jean-Claude Vicent de Gournay, quien, en 1780, ya la consideraba una enfermedad que limitaba los esfuerzos sociales. Más de dos siglos después podemos asegurar que el mal se ha multiplicado y hoy es una pandemia.

En Cuba, el burocratismo es persona non grata: nadie lo defiende, todos lo desprecian, pero no hay manera de librarse de él. Se diría que, desde las sombras, son muchos sus protectores y adeptos. Durante el proceso revolucionario, fundamentalmente en los años 60, se realizaron infructuosas campañas para erradicarlo[1] pero sigue a sus anchas y es tratado como parte inherente de nuestra realidad: se le dedican filmes, poemas y canciones; paneles de especialistas abordan su pasado, presente y futuro y se le consagran artículos y ensayos críticos.[2]

Valdría la pena preguntarse: ¿es necesaria la burocracia para la sociedad, o es un mal que debe erradicarse de raíz?; ¿qué papel tiene en el socialismo?; ¿cuáles son los rasgos peculiares del poder burocrático?; y, por último: ¿qué peligros encierra el burocratismo para el propósito actual de construir un «socialismo próspero y sostenible» en Cuba? Aproximémonos con espíritu reflexivo a este misterio que nos acompaña y sometámoslo a un proceso de deconstrucción cultural que permita aquilatar sus interioridades y valorar su lugar en el presente y futuro de la Isla.

Burocracia, burócratas y burocratismo

Aunque no son idénticos, estos conceptos discurren entremezclándose incesante y confusamente. A simple vista, conforman una tríada de naturaleza indisoluble, sin embargo, el primero es polisémico y su origen se remonta a la tercera división social del trabajo; el segundo, gremial, personalista e intrascendente en el plano de la ciencia —como el de burgués para Marx—; el tercero, el fundamental en el plano cultural y será, por tanto, la principal categoría de análisis en su condición de factor esencial y enemigo primordial. En principio, designan contenidos socioculturales altamente integrados; no obstante, cada uno posee un sentido estricto y otro peyorativo que es preciso deslindar.

La burocracia es parte de la estructura de una organización, caracterizada por procedimientos explícitos y regularizados, división de responsabilidades y especialización del trabajo a partir de una jerarquía y de relaciones impersonales. Su fuente se halla en la aplicación del racionalismo a la esfera de la administración y está presente en los sectores público y privado pues, aunque su mayor expresión está en el Estado, también existe en empresas, organizaciones políticas y de masas; instituciones militares, religiosas, científicas y culturales y otros sectores de la sociedad civil.

Para formas de organización social complejas, es preciso un aparato burocrático que viabilice el flujo de información y la toma de decisiones. De ahí que tenga un lugar garantizado en las sociedades contemporáneas, sean feudales, capitalistas, o socialistas.

La jerarquía burocrática incluye la subordinación estricta de los niveles inferiores a los superiores; por eso, las relaciones entre ellos presuponen el verticalismo. Así, los estratos inferiores y medios ejecutan las órdenes y orientaciones de los superiores y apenas son decisores sobre sus propios actos en tanto dependen de los de arriba para resolver cualquier contradicción, duda, o situación inusual que se presente durante el desarrollo de sus actividades habituales. Por ello, saber amoldarse, ser dúctil ante esas indicaciones de la superioridad, es condición sine qua non para el oficio de burócrata, que requiere, por tanto, de cierta plasticidad de carácter.

Cuando es eficiente, la burocracia es útil en cualquier sociedad moderna, pues trae consigo ahorro de tiempo y esfuerzos en el funcionamiento de las organizaciones. En el caso contrario, su existencia se torna molesta para todos, de ahí que en el lenguaje cotidiano el término burocracia se emplee, en sentido estrecho y despectivo, como expresión de labor ineficiente, engorrosa y perjudicial para el interés ciudadano.

Los ocupados en la esfera administrativa son los burócratas, y por ser llamados así nadie debería molestarse si el término no resultara peyorativo en casi todos los contextos comunicativos. Como personas, no son mejores ni peores que las de otros sectores sociales. Su lugar y papel en la comunidad es de extraordinaria importancia, aunque, puestos a escoger, prefieran ser nombrados funcionarios, empleados, oficinistas, ejecutivos, cuadros, o por el mero calificativo de sus cargos.

Los burócratas, de acuerdo con la ocupación que desempeñen, pueden agruparse en tres niveles: bajo, medio y alto. El bajo, o funcionariado, está conformado por los empleados de una organización que realizan sus labores en contacto directo con los usuarios. En Cuba, y otros muchos países, criticarlos por su morosidad y falta de calor humano es casi un pasatiempo nacional.

El medio corresponde a los directivos/ejecutivos, cuadros de dirección en municipios y provincias, jefes de empresas, instituciones, unidades militares, etc. Generalmente son juzgados como grandes culpables de los males sociales a nivel regional y en las organizaciones, aunque suelen estar más protegidos que los funcionarios inferiores y el acceso directo a ellos por parte de los ciudadanos comunes se torna difícil. En casi todo el mundo —no así en Cuba—, los medios suelen acosarlos con frecuencia por sospechas de incompetencia y corrupción.

Por último, el nivel más alto entre los burócratas es el de los dirigentes de un Estado, partido, fuerzas armadas, iglesias, consorcios internacionales, o instituciones nacionales e internacionales. Estos son prácticamente inmunes al control social, excepto cuando chocan con los intereses hegemónicos de los grandes grupos de poder de los que, a su vez, forman parte activa.

No es posible identificar a los cuadros burocráticos con los líderes, pues los primeros existen solo por haber sido nombrados para cumplir una función en el aparato administrativo, mientras los segundos son conductores de masas, lo que requiere condiciones excepcionales. El carisma del líder y la frialdad del burócrata tienen poco que ver, aunque también puedan aparecer burócratas talentosos que alcancen posiciones de liderazgo a golpes de pura demagogia.

Por su parte, el burocratismo como concepto es complejo debido a sus dos acepciones: por un lado, hipertrofia de normas y trámites que dificultan o complican las relaciones del ciudadano con la administración y retrasan la solución de los asuntos; por el otro, excesiva influencia de los órganos administrativos y de los empleados públicos en la gestión del Estado.

Para el análisis, resulta medular entender que casi nunca estas definiciones se precisan, a pesar de que la segunda de ellas constituye toda una corriente de pensamiento con rasgos bien determinados: mecanicismo, falta de creatividad, rutina, obediencia, impunidad, inercia, corrupción, clientelismo, indolencia y secretismo. Ello conduce a razonamientos erróneos, pues al no precisarse los términos de partida se confunden los resultados, de lo cual se beneficia el burocratismo, que renace, cual ave fénix, si los ataques se limitan —como es usual en Cuba— al papeleo y la morosidad.

La exégesis científica sobre el tema se remonta a inicios del siglo xx, cuando sentaron pauta los escritos de Max Weber (1964; 1984; 1991) donde este fundamentó la necesidad de un tipo ideal de burocracia en pos del perfeccionamiento de la administración. Para él, la burocratización es una parte de la evolución de la sociedad que va desde una organización y acción orientadas a valores (autoridad tradicional y carismática), a otra dirigida a objetivos (autoridad racional-legal).

Weber condensó la conclusión previsible de ese proceso en una metáfora terrible: «noche polar de oscuridad helada», al considerar que la racionalización creciente de la vida humana atraparía a los individuos en moldes sociales cada vez más rígidos. Sobre el socialismo, recién establecido en Rusia, sus predicciones fueron certeras, al considerar que la abolición del mercado libre y sus mecanismos, sin sustitutos previstos, conduciría a una sobreburocratización de la sociedad soviética y no a la extinción paulatina del Estado, como sostenía el marxismo clásico.

En el orden histórico, la burocracia siempre necesitó del Gran Otro (esclavistas, feudales, burgueses) para vivir de él. Como sirviente de los grandes propietarios, era un sector social dependiente de las migajas que le dejaban caer. Mas, con la instauración del Estado socialista, vio expedita la senda para su encumbramiento y no dudó en transitarla.

Por consiguiente, se necesita volver a la génesis del socialismo para lograr entender cómo el ideal socialista se llegó a convertir en socialismo burocrático y este en el socialismo real, mediante el ejercicio, sobre todo, de la violencia simbólica, pues no hay instrumento de ruptura más poderoso que la reconstrucción de la génesis; al hacer resurgir los conflictos y las confrontaciones de los primeros comienzos y, al mismo tiempo, los posibles descartes, reactualiza la posibilidad de que hubiera sido (y de que sea) de otra manera y, a través de esta utopía práctica, cuestiona lo posible que, entre todos los otros, se encuentra realizado. (Bourdieu, 1993: 49-50)

Burocratismo y socialismo: ¿tal para cual?

Casi desde su surgimiento, la conversión del Estado soviético en burocrático ha sido objeto de múltiples estudios críticos, tanto de izquierda como de derecha.[3] En su momento, fue León Trotsky su principal contendiente,[4] pero también en la mayoría de los países socialistas hubo una crítica de izquierda, comunista, al dominio burocrático, que fue ocultada, tergiversada y muchas veces reprimida hasta la desaparición física y/o intelectual de sus autores. Entre otros, el filósofo húngaro Georg Lukács; el político yugoslavo Milovan Dilas y el poeta ruso Vladimir Maiakovski fueron castigados por ese motivo.

El modo de vida de los llamados revolucionarios profesionales en el seno del capitalismo parece haber sido el embrión de la burocracia socialista. Aunque el caso es similar en cualquier organización revolucionaria, el de los comunistas es arquetípico. Durante años, estos hombres y mujeres, entregados a la causa del proletariado, vivieron de los fondos del Partido, casi siempre cargados de penurias, pero liberados de una existencia subordinada al poder burgués y a las cadenas del trabajo asalariado. Al triunfar la revolución socialista y quedar a su cargo los recursos nacionales, tanto artificiales como naturales, los tomaron como algo que la Historia —ese dios de los revolucionarios— había puesto en sus manos en tanto representantes plenipotenciarios del pueblo que los reconocía como sus líderes.

Ello, y la vocación antimercantilista de los Estados en transición socialista hicieron que la satisfacción, a expensas del Estado, de muchas de las necesidades de estos cuadros y sus familias se advirtiera como una manera superior de distribución, más cercana a la comunista y ajena a las tentaciones del dinero; rara interpretación, que daría lugar a toda una gama de privilegios, prebendas y beneficios que los alejaría cada vez más de las condiciones reales de subsistencia del pueblo trabajador. Por ello, la burocracia socialista es representada socialmente, por gran parte de la población, como una cleptocracia parasitaria, ajena a las vicisitudes de las masas.

Pero, ¿cómo pudo ocurrir este retruécano histórico, donde los héroes de la revolución bolchevique fueron sustituidos por los nuevos patriarcas burocráticos? La génesis del Estado burocrático en la URSS es necesario asumirla como lo que fue: el «18 brumario de Iósif Stalin»; un paso complejo y gradual de sustitución del poder de los soviets de obreros, campesinos y soldados por los burócratas del Partido Comunista (PCUS) y el Estado soviético, quienes lograron neutralizar y aplastar los mecanismos del poder obrero, e imponer sus propios instrumentos amañados para eternizarse en el poder. De esa manera, con cada limitación del control obrero y la crítica revolucionaria, la revolución proletaria fue cediendo paso a la contrarrevolución burocrática.

En este sentido, es particularmente interesante analizar lo que ocurrió en torno al disenso/consenso dentro de las filas del propio Partido Bolchevique (PCRb), entonces gobernante. Hasta marzo de 1921, se admitía la creación de grupos (facciones) para defender una posición determinada. Mas, durante el X Congreso, la máxima dirección cerró filas contra la llamada Oposición Obrera, lidereada por Alexander G. Shliápnikov, quien postulaba que los sindicatos debían dedicarse, además a de sus labores educativas, de propaganda y disciplinarias, a controlar toda la gestión económica del país a través de un «congreso de productores», mientras el Partido sería el guía político e ideológico de la nueva sociedad. Su mensaje cargó contra la burocracia naciente y prometió una gestión económica más eficiente gracias a la iniciativa de los trabajadores.

El grupo rechazaba rotundamente las propuestas de Lenin y Trotsky de gestión cuasi militar de los trabajadores mediante sindicatos unidos a la administración, y exigía que fueran independientes del Partido, que los cargos con responsabilidades en economía contaran con su beneplácito y que las fábricas quedaran en manos de comités elegidos por el voto directo de los trabajadores.

Ante el peligro del debilitamiento interno frente a la agresión extranjera debido a estas desavenencias, el X Congreso prohibió la actividad de grupos disidentes en su seno y condenó las acciones de la Oposición Obrera como desviación sindicalista y anarquista.[5] A partir de entonces, los sindicatos se convertirían en «escuelas de comunismo», encargados, en la práctica, no de representar los intereses obreros ante el Estado proletario, sino los de este ante los obreros.

No obstante, las facciones siguieron existiendo de facto hasta el XV Congreso (1927), cuando triunfó definitivamente el estalinismo y fueron expulsados del Partido los miembros de la llamada Oposición de Izquierda, encabezados por Trotsky y Grigori K. Zinoviev. De tal manera, la prohibición de las disidencias fue convertida por Stalin en principio de organización de los partidos comunistas.

Más aún, se limitó la participación/disenso mediante el predominio del voto público, convertido en un instrumento de la burocracia para imponer sus decisiones a sus contrarios; de ahí que Trotsky, uno de sus impulsores iniciales, postulara el retorno al voto secreto como uno de los pilares de la lucha antiburocrática.

La resistencia ante la implantación del dominio burocrático en Rusia se expresó de múltiples formas y alcanzó ribetes heroicos en sectores de larga tradición revolucionaria, como la Marina de Guerra, cuando en marzo de 1921 estalló, en la fortaleza de Kronstadt, la sublevación de los marinos de la flota del Báltico, que actuaban convencidos de que habían iniciado la tercera etapa de la Revolución rusa, que devolvería el poder a los soviets libres, destruiría la «comisariocracia» y extendería el socialismo democrático por el resto del país y el mundo. Su fracaso hizo posible la implantación del centralismo burocrático con el pretexto del necesario fortalecimiento del Estado soviético en momentos de peligro desde el exterior.

El mismo Lenin advertiría que el atraso cultural del pueblo ruso dificultaba su participación activa en los soviets, lo cual abría las puertas a la creación de «órganos de gobierno para los trabajadores», y no «de los trabajadores» (1969a: 51). En sus últimos escritos, Lenin mostraba una creciente preocupación por la «úlcera burocrática» (1969b) que empezaba a minar al joven Estado y llega a plantear que no se puede «renunciar de ningún modo a la lucha huelguística» (1969c), siempre que esté dirigida contra las desviaciones burocráticas, pues el burocratismo había penetrado, no solo en los soviets, sino también en «el aparato partidario» ya que «la dirección del Partido lo es también del aparato soviético» (1969d).

De hecho, el estalinismo se estableció a partir de la negación de los principios básicos del bolchevismo. Prueba de ello es que para consolidarse tuvo que aniquilar físicamente a todo el Comité Central leninista que dirigió la insurrección, y a casi toda la vieja guardia bolchevique. En su lugar, se impusieron los apparatchik, agentes del aparato partidista/gubernamental que gozaban de la confianza de los nuevos jerarcas burocráticos.

La columna vertebral del modelo teórico de Stalin fue el «socialismo en un solo país»[6] —expuesta en 1924, tras la muerte de Lenin y la derrota de la revolución alemana—, que negaba todas las concepciones marxistas de hasta entonces y sostenía que se podía construir el socialismo en Rusia sin importar el curso de otras revoluciones proletarias. Con ello, Stalin abandonaba el internacionalismo proletario, complacía los reclamos cada vez más nacionalistas de la burocracia, y subordinaba la revolución mundial a sus intereses inmediatos, mientras que aparentaba dar un respiro a los sectores populares, cansados tras años de guerra y padecimientos, al establecer una era de paz y tranquilidad, clima psicológico afín a la burocracia, que odia las convulsiones sociales y adora la pax burocrática.

El establecimiento del nuevo statu quo posrevolucionario creó el sustrato para el auge del totalitarismo socialista y de su expresión social por excelencia: la burocracia, madre e hija de esa tendencia, que deviene engendro diabólico de la revolución socialista, pero también su sepulturera. El socialismo soviético creó así sus propios demonios: los burócratas, prohijados hasta el punto de ser capaces de abandonar al pueblo del que surgieron y aliarse con el capital transnacional antes de perder sus prebendas y sus riquezas mal habidas.[7]

¿La burocracia socialista es una clase social, un estamento, o una casta? Al parecer tiene algo de las tres y en ese orden. Aunque le son aplicables los rasgos del concepto leninista de clase social, nunca le es ajena del todo la naturaleza estamental. Por ello el pueblo soviético llamaba nomenklatura a la casta dirigente, ya que la inscripción de un individuo en sus listas lo convertía en un ser especial, separado de los trabajadores simples y vinculado de por vida a las tareas estatales y partidistas más diversas, con todo lo que eso significaba de prebendas y privilegios.

En verdad, no existe una burocracia socialista, única e indivisible, sino burocracias (estatal, partidista, empresarial, militar, sindical, institucional y de las organizaciones de masas) que conforman una clase/estamento sui generis. Las relaciones entre ellas pueden ser más o menos contradictorias, pero las fuerzas centrípetas que las unen son mucho más poderosas que sus diferencias, e incluso sus vasos comunicantes posibilitan la migración de sus efectivos de una a otra sin grandes dificultades, en un proceso permanente de reciclaje que asume, casi siempre, un disfraz de renovación.

La causa esencial del empoderamiento burocrático socialista radica en que, mientras el capital separa al Estado de la economía, el socialismo los une de forma indisoluble, con lo que otorga a sus funcionarios un poder nunca antes visto, ni siquiera en los antiguos Estados teocráticos, pues en aquellos todo pertenecía al gobernante/dios, mientras que ahora todo pertenece al pueblo, cuyos representantes plenipotenciarios, en los diferentes niveles, son los burócratas. Así, la burocracia se transforma, en un momento de la transición socialista, de sector social en sí, separado de los medios de producción y secundario en la estructura social, en una clase para sí, usufructuaria de las riquezas del pueblo y hegemonizante a escala de la sociedad (Granma, 1968).

Unido a ello y no menos importante, la burocracia socialista deviene también usufructuaria de los medios de decisión. Grandes transformaciones, tareas que involucran a todo el pueblo, inversiones del capital de todos, y posiciones en política interna y externa de las que dependen los destinos de la nación, son consensuadas y decididas por la alta dirigencia burocrática y solo posteriormente, aprobadas —nunca desaprobadas— por las masas, más o menos democráticamente. De hecho, la burocracia (los que saben) pretende pensar por el pueblo, al que consulta en ocasiones, pero del que solo espera aclamaciones y alabanzas, no ideas contrarias.

Hasta tal punto llega el empoderamiento de la burocracia socialista que su nivel de vida no se puede determinar monetariamente —tal parece que arribaron al comunismo soñado y ya no necesitan del dinero para vivir— pues sus miembros pasan a convertirse en beneficiarios directos de bienes y servicios que el resto de la población solo puede adquirir en el mercado, si los encuentra.

Incluso, algunos burócratas llegan a ser repartidores de muchos de estos bienes públicos, a partir de las prerrogativas de sus cargos, lo que les permite colmar de prebendas a sus acólitos, amigos y amantes, y hasta presentarse ante las masas como dispensadores de beneficios y de soluciones a problemas materiales que se les plantean, aun pasando por encima de planes, presupuestos y limitaciones del país, en rol de Papá Noel socialista.

Rasgos inherentes al régimen socialista burocratizado

Gen primigenio de la burocracia socialista es el clientelismo, que apareció en la Unión Soviética desde los años 20 y luego se extendió a toda la comunidad socialista. Su existencia estuvo condicionada por el establecimiento de relaciones de este corte entre funcionarios de mayor nivel (patrones) y de menor (clientes), a partir del intercambio de favores y prebendas que crean nexos de subordinación y fidelidad entre los miembros de un campo clientelar. Cuando ese tipo de relaciones se une al nepotismo y al caudillismo —como suele ocurrir—, la burocracia socialista se consolida aún más como un estamento social y las apelaciones a la meritocracia como fundamento para integrarse a ella y ascender en su jerarquía no pasan de ser una falacia.

De este modo, la burocracia socialista se comporta como un sistema autopoiético, capaz de autorregularse, preservarse e interrelacionarse con el entorno social para garantizar su reproducción por largo tiempo, en tanto que es capaz de crear, por sí mismo, los elementos que lo conforman mediante un conjunto de operaciones de intercambio con el entorno social.

Uno de los rasgos del burocratismo que más merma hizo en las sociedades del socialismo real fue la inercia/inmovilismo, debido a que la represión al pensamiento crítico y creador, peligroso para la mencionada tríada por su carga de riesgos, errores y cambios de escenario, conducía inexorablemente a la falta de iniciativa y a la demora en la toma de decisiones en todos los niveles del aparato estatal.

En el ejercicio del poder burocrático es vital la cuestión de quiénes son los que merecen ejercer a plenitud la participación: si funcionarios, expertos o ciudadanos. La experiencia muestra que ese es el orden tenido por adecuado en ese modelo.

En primer lugar, las tesis de los funcionarios de alto rango se transforman en orientaciones para la mayoría, mediante decretos y cartas circulares donde se hace saber a los inferiores y usuarios cómo se harán las cosas en su área de influencia. En segundo, los expertos son convocados cuando se requieren sus conocimientos especializados; sin embargo, pocas veces sus conclusiones son publicadas y discutidas en la comunidad científica, sino engavetadas y tenidas en cuenta para la toma de decisiones solo cuando los cuadros superiores lo estiman conveniente.

Por último, los ciudadanos comunes tienen pocas posibilidades reales de participar eficazmente pues sus opiniones, cuando no son ignoradas, suelen ser recogidas para engrosar grandes estadísticas y, en el mejor de los casos, elevadas y luego respondidas «en el momento y lugar adecuados», casi siempre mediante una explicación que no tiene por qué incluir la aceptación de lo planteado.

Por ello, el modo de actuación de la burocracia socialista presume del secretismo y la compartimentación, mientras aborrece la transparencia y la rendición de cuentas al público. Habita en un tejido propio, una red social cerrada, que se torna agujero negro para los extraños, cuestión propia de su espíritu de casta.

En consecuencia, la tríada sustituye la polémica franca por el dogma, en forma de acatamiento de las orientaciones de los organismos superiores; el engaño —que llega a extenderse a supuestos resultados de las ciencias, en particular las económicas, sociales y humanísticas—; la falta de competencia a partir del mérito individual; la doble moral y la represión —abierta, o solapada— a la crítica interna mediante el habitus del terror ideológico; todo lo cual conduce irremediablemente a la falta de estimulación al trabajo, la deslegitimación de los gobiernos y la apatía social.

En este contexto, la circunstancia nacional de plaza sitiada —con su correlato de cohesión, lealtad y entrega incondicional al supremo bien común— es el paraíso de la burocracia, ya que le brinda un entorno ideológico donde puede medrar a sus anchas con el recurso de tildar de «quinta columna» a cualquier disidencia. De ahí que la búsqueda de una amenaza exterior —siempre útil para cualquier grupo de poder— sea consustancial a los poderes burocráticos, que hacen de ella un mito.

Esta situación auspicia también la corrupción del poder real y las malversaciones, protegidas por el secretismo y la falta de transparencia informativa y empoderamiento ciudadano.

Para la burocracia socialista son excluyentes la duda, el error, la opinión contraria, e incluso, la contradicción. Por ello, en general desconfía del sector intelectual y lo tolera con reticencias. Según sus cánones, engloba a los portadores de ideas críticas y novedosas con etiquetas peyorativas: disidentes, subversivos, renegados, inconformes, hipercríticos, partes blandas, francotiradores, etc. De ahí que el discurso de la identidad le haya sido tan grato (hombre soviético, pueblo soviético, comunidad socialista), pues nunca habla sino «a nombre del pueblo», como representante de «la causa del comunismo internacional», «los intereses de todo el pueblo», «la masa de trabajadores», «los revolucionarios de ayer, hoy y siempre», «las mujeres/los campesinos/la niñez/la juventud», etc., defendiendo una supuesta cohesión y unidad imprescindibles ante las acechanzas, reales o exageradas, del enemigo interno y externo.

Con el tiempo, la burocracia socialista llega a adoptar su propia corriente artística: el kitsch, esa pseudocultura que surge de la «cultura de masas» capitalista, pero que es perfectamente adaptada por la tríada a sus necesidades y motivaciones estéticas. Si bien el realismo socialista fue identificado en su momento como el nuevo arte del comunismo, su subordinación a la propaganda edulcorada y moralizante, ajena a los conflictos reales, y su simplificador mensaje optimista, lo degeneraron hasta reducirlo al kitsch más barato (Slávov, 1982: 9-10).

El enemigo mortal del dominio burocrático en el socialismo es el control obrero; de ahí que la burocracia se le enfrente decididamente por métodos cada vez más sofisticados, falaces y truculentos. Para ella, el pueblo existe como mayoría silenciosa/ruidosa, cuyas opiniones pueden ser loables siempre que vengan llenas de agradecimiento y lealtad; de lo contrario, son fastidiosas y solo se toleran para ser «debidamente canalizadas por las vías establecidas» para, «a su debido tiempo», ser respondidas de manera que, si no satisfacen al impertinente, al menos le demuestren lo inútil de su queja.

Con el decursar de tal estilo de gobernanza, las masas trabajadoras y sus familias quedan sometidas a un proceso de desideologización destinado a castrar su espíritu de combate, su carácter crítico y hábito de pensar por sí mismos. Así se pretende que las clases trabajadoras, que habían llegado a ser —al menos en sus sectores más concientizados— una clase para sí, vuelvan al estadio anterior de clase en sí, e incluso desciendan aún más en la escala ideológica, hasta llegar a ser una clase para otros, en este caso para los burócratas hegemonizantes que las entretienen conduciéndolas de una a otra tarea, como las hormigas pastoras a las bibijaguas.

Esta mayoría silenciosa se asocia también a la falta de sentido de propiedad, compromiso político-social, empoderamiento real de los ciudadanos, participación política y motivación ideológica. La burocracia llega a convertir a la sociedad socialista en una inmensa zona de confort, como las redes sociales tipo Facebook donde casi todo es light, soft o, cuando más, triste, pero casi nunca crítico, complicado, o subversivo. De ahí el supuesto apoliticismo que se extiende en las nuevas —y no tan nuevas— generaciones socialistas como resultado de la carencia de un pensamiento crítico y de sólidos valores cívicos.[8]

Con sus maquinaciones la burocracia socialista garantiza lo que constituye su escudo protector por excelencia: la impunidad a la que defiende contra las pretensiones de los ciudadanos interesados en luchar por sus derechos. Sin tierras que rentar, capital para invertir, o inteligencia que alquilar, solo puede vivir parasitariamente; de ahí que sus mayores ingresos le lleguen casi siempre de manera subrepticia, ilegal e inmoral, por lo que su bienestar es sinónimo de algún tipo de corrupción, más o menos desfachatada. En consecuencia, huye de las leyes y reglamentos como normas de derecho, mientras que privilegia los decretos y cartas circulares de carácter ramal y lenguaje esotérico.

En función de establecer el poder burocrático se han empleado todos los mecanismos del poder cultural socialista —esos que Louis Althusser llamara «aparatos ideológicos del Estado»—, encargados de establecer el habitus a través de la violencia simbólica y convertir la hegemonía burocrática en el modo de vida compartido por todos los grupos sociales, gracias a la reproducción cultural mediante la enseñanza autoritaria, los medios de comunicación timoratos, el partido centralizado y los sindicatos pro administración.

Uno de sus mecanismos más influyentes es la censura, dispositivo cultural específico para el control de la comunicación y la represión social en donde el saber se perfile como poder. Su ejercicio permanente deviene una respuesta políticamente autorizada —y más o menos consensuada socialmente—, a las preguntas cotidianas sobre qué se puede decir, qué se debe callar, qué (no) se hace público, dónde y cuándo, según el canon burocrático y las retóricas ideológicas que lo justifican.

La institucionalización de la censura, como una especie de laberinto de silencios y verdades a medias, revela las inconsistencias del equilibrio social en las sociedades del socialismo burocrático, en especial, en su variante más extendida: la autocensura, que afecta tanto a los ciudadanos comunes como a los científicos, comunicadores sociales, profesores, estudiantes y los propios miembros de la burocracia.

Por una burocracia socialista cubana eficaz y sin burocratismo

Desde sus orígenes, la burocracia socialista cubana, polinizada por la soviética en los años 70, ha vivido un largo proceso de fertilización hasta hoy, e incluso se las ingenió para trascender en la historia a su hermana mayor y seguir haciendo de las suyas en el siglo xxi.

Sin dudas, el propósito actual de achicar el sector estatal de la economía constituye un golpe a sus posiciones, pues la reducción de los cargos y del homologismo tiende a diezmarla y restarle importancia frente a sectores sociales más productivos, sean estatales, cooperativos o privados. Asimismo, la lucha declarada contra la corrupción en todos los niveles ha dado algunos pasos y se postula un cambio de mentalidad que elimine el llamado «bloqueo interno», aunque, ciertamente, el poder burocrático no parece haber sido muy afectado.

El socialismo cubano ha de romper la tríada burocracia-burócratas-burocratismo, o será destruido por ella, como ya lo fue el socialismo real europeo. Lo amenazante no es la burocracia imprescindible, ni la existencia de los burócratas; el peligro cardinal está en el burocratismo, o sea, en su espíritu y su práctica dentro de la administración y la política, que ya se han mostrado capaces de reemplazar a la ideología revolucionaria, no solo en las concepciones de la élite dirigente de un país específico, sino en la mente y el corazón de millones de personas, en el habitus cultural y la ideología de pueblos enteros, abriendo paso a las ideas del conservadurismo y la reacción.

Si la burocracia es necesaria, aunque perfectible, ha de asumir los aportes de las teorías de la organización que permitan llevarla al mínimo indispensable y hacerla verdaderamente eficaz y eficiente. Para ello no basta con campañas, consignas y golpes de pecho, pues la tríada no se romperá creando un «Buró de lucha contra el burocratismo», sino realizando una profunda revolución cultural que movilice poderosos instrumentos de pensamiento, entre los que ha de figurar la preparación extensiva de millones de ciudadanos para participar activamente en la política y la administración pública, lo cual hará posible incluir en el habitus socialista el ejercicio rotativo de los cargos públicos.

Además, en las previsibles condiciones de aplicación masiva de las tecnologías de la información y las comunicaciones (TIC) en la sociedad cubana, la cantidad de trámites y procesos que hoy requieren de gran cantidad de funcionarios deberá ir disminuyendo aceleradamente por lo que muchas de las operaciones del oficio burocrático caerán en desuso.

Unido a ello será preciso la adopción de recursos jurídicos que hagan prevalecer la transparencia sobre el secretismo; la implantación de métodos de control ciudadano que pongan coto a la impunidad burocrática, y la aplicación de formas de gobierno más democráticas, basadas en la participación real y efectiva de los trabajadores en su autogobierno y menos en la representación formal; a lo que se añadiría el incremento del uso del voto secreto para la toma de decisiones en los diferentes niveles; así como la información pública de los ingresos y el patrimonio de todas las autoridades y sus familias.

Estas medidas establecerían una nueva relación de la dirigencia con el pueblo, ya no más visto como una audiencia complaciente, sino como una colectividad diversa y crítica, de forma tal que salgamos del retruécano constante en que vivimos, donde los burócratas, lejos de exigirle permanentemente al pueblo lealtad y disciplina, se la deban, como servidores que son del conglomerado trabajador que los mantiene.

La tríada burocrática ya demostró en Europa que cuando su poder se ve en peligro y debe escoger entre el capital y los trabajadores, su elección natural es convertirse en burguesía, traicionando y abandonando a su suerte a los sectores populares. En Cuba, es nuestra responsabilidad que esto no ocurra nunca, por lo que la inédita revolución antiburocrática que quedó pospuesta en los años 60 está hoy a la orden del día, si queremos mantener el camino de las reformas del modelo cubano y llevarlo a feliz término en los marcos de un socialismo, no solo próspero y sostenible, sino cada vez más autogestionario, libertario, democrático y participativo.

 

 

[1]. En 1963, Ernesto Che Guevara arremete contra el burocratismo, aún neonato, y trata de acorralarlo con su Sistema de Financiamiento Presupuestario (2003: 107-8); entre 1965 y 1968, Fidel Castro lideró una campaña en su contra, replicada por editoriales y artículos de la prensa cubana que clamaban por una «revolución antiburocrática» (Granma, 1968).

[2]. Por ejemplo, La muerte de un burócrata (Gutiérrez Alea, 1966); Recreos para la burocracia (Ariel, 2015); «Todo cambiará» (Alfonso, 2014); «La burocracia como fenómeno social» (D’Ángelo et al., 2009); «El burocratismo a la luz del socialismo en el siglo xxi» (Guash Estévez, 2009); En el horno de los 90 (Martínez Heredia, 2005); «Un tema importante para el VII Congreso del PCC. Sobre el burocratismo y la burocracia» (Machado Rodríguez, 2015), etc.

[3]. Entre esos estudios están los de Max Weber (considerado un precursor), así como los de M. Dilas (1957), Herbert Marcuse (1969) y Pierre Bourdieu (1993). En Cuba, los análisis críticos aparecen desde los años 20. Véase López (2008) y Gutiérrez e Iglesias (2014).

[4]. De León Trostky destacan los textos «La revolución traicionada. ¿Qué es y a dónde va la URSS?» (2001); «Bolchevismo y estalinismo. Sobre la cuestión de las raíces teóricas e históricas de la IV Internacional» (2000) y «Stalin» (2002).

[5]. Aunque inútilmente, las resoluciones fueron apeladas ante la Internacional Comunista (Kominter o Comintern), lo cual da una idea cabal de la tradición democrática imperante aún en el movimiento comunista.

[6]. «Una reiteración de la idea argumentada por Lenin en 1915, de que la victoria del socialismo era posible “aun en un solo país capitalista”» (Cameron, 1987 citado en Keeran y Kenny, 2013: 23).

[7]. En 2002, 71% de la élite política y más de 60% de los gerentes capitalistas rusos habían sido miembros de la nomenklatura (Brown et al., 2004: 104).

[8]. Sobre la increíble selección de un recetario de cocina como Libro del Año de 2015 en Cuba, véase Riverón, 2016.

 

Bibliografía

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