José Antonio Saco y las lecturas del tiempo en la Cuba colonial

Resumen: 

El ensayo aborda el papel de la historia y de la relación pasado/presente/futuro como pilares en la elaboración de los proyectos de las elites criollas entre finales del siglo XVIII y primeras décadas del XIX. En esa elaboración se ubica a José Antonio Saco como uno de los referentes fundamentales, tanto en su relación con los discursos de la época como en la que es posible establecer entre ellos y la «actitud cubana» ante la historia.

Abstract: 

Essay deals with the role played by History and the relation past/present/future in the projects elaborated by creole´s elites in Cuba at the end of 18th century and first decades of 19th century. In the making of those discourses, José Antonio Saco is identified as one of fundamental references, regarding to relationship with his own life time as well as that possible to establish with «Cuban attitude» to History.

Aunque en los últimos años se escribe comparativamente poco sobre José Antonio Saco (1797-1879), durante largo tiempo su personalidad y su pensamiento semejaban un guante lanzado al rostro de nuestros historiadores, y aproximarse a alguna arista de su obra parecía cumplimentar un ritual de ingreso al gremio. Pero el devenir insular tenía muchos temas huérfanos de historiografía, por lo que no es raro que vivamos una suerte de agotamiento de los temas «tradicionales». Es posible, sin embargo, que se trate solo de un alejamiento temporal; en la medida en que se redescubra que en el vórtice de conflictos donde se originan muchos de los enigmas culturales y nacionales cubanos se hallan los «viejos» temas y las «viejas» figuras, entre ellas, tal vez, el conflictivo Saco.

Este trabajo regresa a él con el objetivo de rastrear, en torno a su figura, una huella culturalmente perdurable, la de ese recurso, tan actual pero tan arraigado en la tradición intelectual cubana, que permite esgrimir con igual convicción la historia para demostrar, legitimar, justificar, soportar, modelar, definir, vapulear o excluir, según venga al caso.

Quisiera asentar desde el comienzo —se hará evidente más adelante— que, a través de Saco, intentaré una valoración de las complejas relaciones de (dis)continuidad entre el siglo  xix cubano y los que lo anteceden, por lo que obviamente hay aquí también algo de pretexto.

En nuestro contexto, hay modos específicos de manifestación de una constante en todo proceso definitorio de identidad: la adopción de una actitud ante el pasado. Una de esas maneras es la que imagina la historia como una suerte de espacio abierto y público al que todos tenemos acceso y donde todo, según algunas lecturas, se explica y justifica en y por ella. Como muchas de nuestras actitudes colectivas, esta tiene un origen difícilmente discernible en la memoria, pero que se hunde en ese propio pasado al que se accede.

Por ello es interesante reflexionar sobre los usos de la historia en el lapso que denominamos fundacional con respecto a la nacionalidad y al pensamiento cubanos, cuyos ambiguos límites se mueven en la frontera de los siglos xviii y  xix, y se adentran en las primeras décadas de esta última centuria. Ello implica una aproximación a las formas generales de aprehensión del pasado constatables en esa etapa, de modo que, aunque la idea romana de una historia magistra vitae está muy venida a menos —los historiadores no hemos sido muy de fiar como profetas—, al menos confiemos que puede ayudar a comprender «las herencias acumuladas que hicieron de nosotros lo que somos hoy» (Chartier, 2007:8).

La «actitud cubana» ante la historia, es decir, la relación del —de lo— cubano con su pasado, es sin dudas uno de estos puntos de interés que por su permanencia trascienden las veleidades coyunturales, como lo demuestran algunas actitudes manifiestas tanto en la vida cotidiana como en la producción intelectual contemporáneas. Por demás, la comprensión de estas relaciones ayudaría a esclarecer el lugar y las funciones asignadas a la historia en los discursos sociopolíticos de las primeras décadas del siglo  xix y los proyectos de sociedad por entonces concebidos, referencia obligada cuando se hurga en los orígenes de casi todas las claves del problema nacional cubano en los ya más de dos siglos posteriores.

Un recorrido somero por la obra de Saco parece confirmar que, en el origen de esa «actitud cubana» ante la historia, su pensamiento es paradigmático. Su modo de recurrir con fruición a ella y su manejo en defensa de lo que considera verdades incuestionables —en ocasiones irreverente y, en una lectura nacionalista, sorprendente porque Saco tuvo, en un sentido casi literal, que inventar la nacionalidad que defendió— se proyecta sobre las relaciones historia/memoria y pasado/presente/futuro, características de nuestra contemporaneidad. Cierto que es una elaboración intelectual y elitista, pero curiosamente ha confluido, con el tiempo, con un modo de dotación de sentido al pasado propio de la cultura —arriesguemos, toda la cultura— cubana.

Lo primero que interesa en este camino es la propia relación de Saco con el pasado de la Isla y su sociedad. Es una cuestión que ha propiciado construcciones discursivas de diverso signo, en las que los autores establecen nexos aparentemente evidentes, cuando son solo el resultado de interpretaciones históricas más globales sobre las relaciones entre la sociedad criolla y la sociedad esclavista cubana decimonónica. No es de interés reseñarlas de conjunto ahora, pero irán asomando a medida que se avance. Lo primordial es que el problema, obviamente, trasciende a Saco.

Manuel Moreno Fraginals (1960) identificó, de modo general, dos posiciones en las primeras décadas del siglo  xix, en relación con el pasado de la colonia. La primera es la del hacendado azucarero, o lo que genéricamente propone esta figura como expresión acabada de su entorno, en tanto ser ahistórico, anclado en el presente o, cuando más, en un pasado reciente. La segunda, en oposición, la del hombre enraizado en el pasado, «un pasado tan material como su presente mismo, que es presente en función de futuro», cuyo arquetipo es Saco y a quien el ensayo afilia sin titubear a la tradición cultural criolla. Esa es la base de toda una genealogía —que se tiende de José Martín Félix de Arrate a Saco, pasando por Antonio José Valdés, José Agustín Caballero, Domingo del Monte y José de la Luz y Caballero, entre otros— que se opone al grupo azucarero en relación con la actitud ante la herencia intelectual criolla (Moreno Fraginals, 1960).

La narrativa es coherente, y de hecho ha sido retomada casi sin enmiendas de fondo en un texto relativamente reciente de Rafael Rojas (2008), pero parte de una lectura ya cuestionable del tránsito de la sociedad preplantadora a la de plantaciones esclavistas, sobre todo de sus aristas culturales.

El boom azucarero esclavista en la sociedad colonial cubana propicia, desde finales del siglo xviii, cambios drásticos en las estructuras tradicionales de esta, violentando su ordenamiento económico, demográfico, social y cultural. Es natural que el pensamiento que provoca la época, por su vocación de urgente ruptura, subraye la relativa insignificancia de lo logrado en este terreno en la etapa precedente. No obstante, se soslaya con frecuencia que, aunque el cambio genera procesos cualitativamente nuevos en la economía y la sociedad cubanas, no pudo obviar las estructuras prexistentes, ni los procesos que, al menos desde mediados de esa centuria, venían desarrollándose. En cierta medida, la fractura no es más que una ilusión, como lo es también la actitud de los ideólogos de la plantación de hacer tabula rasa de toda la historia de Cuba anterior a 1762, que no fue más que una interesada construcción intelectual —como en su momento ya alegaba Moreno Fraginals, sin derivar de ello todas las conclusiones posibles—, no una quiebra real con un pasado que, por demás, permanecía profundamente enquistado en la mayor parte de la Isla. Es además una actitud cuyo predominio no puede admitirse sin reservas.

La irrupción de Cuba en el marco abiertamente burgués y moderno del mercado mundial imprimió una dinámica mucho más agresiva a la renovación del pensamiento económico, en el que las relaciones de continuidad con la etapa anterior simulan desaparecer; pero en otras manifestaciones de pensamiento hay una dinámica diferente. En ámbitos como el filosófico es posible discernir con más claridad las problemáticas tradicionales y transicionales, las resistencias, las concesiones necesarias, la audacia o la timidez (Leiva Lajara, 1999). Se abre así una posibilidad de matizar la tradicional perspectiva de ruptura cuando se trata de las relaciones intelectuales entre el pasado criollo y la sociedad esclavista del  xix. El forcejeo entre tradición e innovación, interactuando de un modo complejo, tuvo un importante papel en varios terrenos, creando un ámbito de tensión donde ya se plantea la disyuntiva continuidad/discontinuidad con la tradición cultural del criollismo, en su acepción más amplia, que genera el complejo espectro de un pensamiento de transición y de enfrentamiento. Las manifestaciones intelectuales de este último —poco estudiado por demás— incluyeron los roles y funciones del pasado y de la historia.

¿Historia criolla y antihistoria azucarera?

Con frecuencia la constatación del estatus de una sociedad determinada depende demasiado del punto de vista que se asuma. Así, en un libro —en mi opinión tan sugestivo en algunos aspectos— como Motivos de Anteo. Patria y nación en la historia intelectual de Cuba (Rojas, 2008) la etapa «propiamente criolla» de la historia del país se enmarca en apenas medio siglo. Sus inicios se ubican después de 1760, momento en el que aparecería una base social para una cultura criolla. Resulta obvia, entonces, la coincidencia temporal de ese momento criollo de la historia insular con el grupo de medidas reformistas e ilustradas implementadas en Cuba por el grupo de militares y funcionarios que restablecen la soberanía española en La Habana tras la ocupación inglesa. Lo cierto es que una visión de este tipo simplifica en extremo la compleja realidad formativa del criollismo insular, cuyas manifestaciones —cierto que no propiamente intelectuales, al menos en sentido estrecho— resultan claramente perceptibles desde mucho antes.

Por ejemplo, la mayor parte de las proyecciones centrales del pensamiento económico de Francisco de Arango y Parreño circulaban ya ampliamente entre las élites insulares al menos desde los años 30 del siglo xviii.[1] Así, si se asume que Arango y su cohorte de contemporáneos y sucesores son herederos de una «tradición agroindustrial y exportadora» —lo cual, por demás, solo tendría sentido como tradición de pensamiento—, ella no parte de informes de algún representante del grupo de Ricla (Rojas, 2008: 54), sino de la concreción, dentro de un entramado que abarca todas las facetas de la sociedad, de una idea económica[2] criolla que gira en torno a la agricultura de exportación y, básicamente, al azúcar. Por tanto, la expansión acelerada de esta producción, que sobreviene en una coyuntura de excepción a finales del siglo xviii, no resultaría sino la plasmación del summum de aspiraciones de larga data de las elites criollas, a despecho de que su éxito en la sociedad esclavista decimonónica destruyera muchos de los fundamentos esenciales del ordenamiento anterior.

Esta cuestión de las continuidades y rupturas entre la sociedad criolla y la esclavista que se estructura inicialmente en la amplia jurisdicción habanera a finales de esa centuria y primeras décadas del siglo  xix, adquiere un interés nada despreciable, pues condiciona las lecturas del tiempo, propias de los actores sociales. Se trata, en esencia, de un sustrato cultural profundo marcado por el forcejeo, aún débil, entre la modernidad que se atisba y la tradición sobre la que se asienta la vida de la colonia, anterior a la irrupción plantadora (Leiva Lajara, 1999) y en la que descansa la construcción de la(s) identidad(es) criolla(s) en el siglo xviii cubano.

La historia —el pasado— es ya uno de los puntales del proceso, aunque el vínculo, dejémoslo claro, implica una relación compleja y ha sido piedra de toque en la oposición criollismo versus sociedad esclavista, en sus diversas variantes.

Nuestra lectura del tiempo, en clave historiográfica, nace en el siglo xviii, con la madurez del criollismo cubano y la necesidad de autoafirmación de las oligarquías locales, que propició la aparición de manifestaciones de pensamiento cuyos denominadores son tres: la afirmación de la singularidad de los microuniversos regionales, la aparición de un lenguaje común[3] en el que se negocia, aún tímidamente, la formulación de un imaginario insular de carácter protonacional, al menos entre las élites; y la idea de integración a una estructura imperial sostenida sobre bases, ante todo, de naturaleza política, religiosa y cultural, más que en nexos económicos y comerciales.

Existe consenso sobre la importancia de estos momentos para interpretar el modo en que se produce la apropiación racional del entorno social y natural de la Isla, aunque en ocasiones no se insista lo suficiente en el primero; y resulta que es fundamental, porque provee los significados intrínsecos del criollismo y lo criollo en Cuba.

La historiografía criolla del siglo xviii, a pesar de los rasgos que le otorgan cierta uniformidad, representa ya muy diversos modos de asunción, interpretación y (re)construcción del pasado. Los usos de la historia respondieron —con una sola excepción, a la que se hará referencia más adelante—, en primer lugar, a la necesidad de legitimación de las aspiraciones y el imaginario de las élites regionales; por lo mismo, es imposible hallar una idea de Cuba, en ninguna de las variantes en que el imaginario posterior la concibió. El imaginario dominante en todas las obras —no muchas— es el de la patria del criollo, uno de cuyos rasgos distintivos es el localismo.

Así, se ha señalado con frecuencia que en De Arrate (1964) la historia es ante todo proveedora de los méritos que, como grupo social, presenta a la Corona la oligarquía habanera, como legitimación de sus aspiraciones de ascenso en la jerarquía del imperio. La mentalidad nobiliaria presumió siempre de la antigüedad del linaje. No es de extrañar, entonces, que el regidor habanero no se conforme con la historia reciente y acuda, a pesar de sus limitaciones, a las fuentes que refieren acontecimientos y personajes de los dos primeros siglos coloniales. A pesar de ello, es su contemporaneidad la que le brinda los mejores argumentos, expurgando de paso la larga secuela de diferencias con las autoridades coloniales y las habilidades para burlar las disposiciones metropolitanas, del mismo modo que lo hace con las interminables controversias que enfrentaron a la elite colonial habanera con sus similares de tierra adentro. Aunque Llave del Nuevo Mundo antemural de las Indias Occidentales es, en muchos sentidos, el ejemplo paradigmático de esta historiografía, en esencia no existen diferencias sustanciales en el uso del pasado entre el regidor habanero y Antonio José Valdés (1877), cuya Historia de la Isla de Cuba y en especial de La Habana, aparecida en 1813, cierra el ciclo historiográfico propiamente criollo. En Valdés —como en De Arrate, en Nicolás Joseph de Rivera (1986) y en la nunca terminada obra de Ignacio de Urrutia y Montoya (1963)— aún la única Cuba histórica, en un sentido de totalidad insular, es la de la conquista y colonización, en la que no se habían conformado todavía los complejos socioeconómicos regionales que sirvieron de fundamento real al surgimiento de una cultura criolla. El tiempo histórico posterior no podía ser interpretado de otro modo que en sentido de afirmación de los localismos, así como de legitimación de los intereses geofágicos y las aspiraciones hegemónicas que caracterizaron a la élite habanera en relación con sus similares del resto del territorio.

Los únicos textos que incursionan en el pasado de la Isla, distanciándose considerablemente de todo lo que se escribió durante el siglo xviii, son los que elaboró el obispo Pedro Agustín Morell de Santa Cruz: la Historia de la Isla y Catedral de Cuba (1929) y el informe publicado bajo el título La visita eclesiástica (1985). Lo son, sobre todo, porque a pesar de haber pasado casi toda su vida adulta en Cuba, la formación intelectual de Morell, oriundo de La Española, no se inscribe en ninguna de nuestras tradiciones regionales criollas. Ello pudiera explicar lo que se ha acreditado como una filiación menos elitista y una asunción del pasado que lo legitima como campo de formación de tradiciones colectivas (Torres Cuevas, 2005).

En cuanto a esto último, habría que ser también cuidadoso. Ciertamente, Morell acude al pasado de la sociedad insular dándole a su discurso histórico una apariencia de valor comprehensivo de toda una comunidad criolla de alcance insular; pero, en realidad, el único criterio legitimador de unidad es esencialmente religioso, en correspondencia con el fundamento ideológico tradicional del imperio. Ello no impide que refleje la diversidad económica, social y cultural de los complejos regionales, por lo que la diferencia más visible entre Morell y el resto de los «historiadores» criollos dieciochescos es la amplitud de la mirada; donde los últimos están restringidos por su patria local, y el obispo, desde la atalaya observa, describe e intenta comprender su diócesis. Pero si como construcción intelectual su obra es ambivalente, proyectando al mismo tiempo el estatus real de la sociedad criolla fragmentada y la ilusión de identidad del catolicismo hegemónico, de ello mismo deriva su excepcionalidad. Colocándose sobre las élites locales, se desentiende de los mitos esenciales sobre las que estas asientan su pasado y su derecho y construye un tiempo histórico cubano que trasciende los momentos iniciales de la conquista y colonización.[4]

Ahora bien, si el crecimiento azucarero iniciado en la jurisdicción habanera a finales del siglo xviii parece coherente con la lógica evolutiva de la sociedad dieciochesca del occidente de Cuba, su celeridad, alcance y efectos desquiciaron el ordenamiento socioeconómico y político tradicional. Es esto último, y no la definición cualitativa del proceso, lo que explica la dificultad de incorporarlo orgánicamente a la lógica de una relación pasado/presente/futuro estructurada sobre presupuestos premodernos. En 1813, ya en pleno auge azucarero y esclavista, Antonio José Valdés (1877) refleja la incapacidad para articular un discurso coherente que explicara y legitimara, históricamente, la mutación plantadora. Pero se trata de una incapacidad intelectual.

La actitud de los hacendados ante el pasado, a comienzos de la decimonovena centuria, no era propiamente de desvalorización y rechazo, sino una suerte de indiferencia. Es cierto que la caracterización más frecuente de más de dos siglos de historia —hasta 1763 al menos— los veía como una época de oscuridad, en contraposición a los nuevos tiempos «ilustrados», pero ello no implica instalarse en una dimensión temporal sin ascendencia histórica, absolutamente presentista.

Un primer matiz lo introducen numerosos escritos del grupo que irrumpe en la vida política, social y cultural de la colonia en la década de los 90 del siglo xviii. En ellos, con frecuencia se retrocede hasta 1762, al período de dominación inglesa en La Habana, para ubicar allí, como dejó sentado Arango y Parreño (2005: 146-7), el inicio de la época de «felicidad» de la colonia. La Sociedad Económica de Amigos del País, fundada en 1793, rescató y publicó en sus Memorias numerosos documentos históricos, si bien enmarcados, en su mayoría, en ese pasado reciente. La propia institución consideró necesaria la elaboración de una Historia de Cuba y la encomendó, en 1832, al presbítero José Agustín Caballero, pero este no aceptó el encargo, alegando su mala salud.[5] De cualquier modo, de haber aceptado, es posible que los obstáculos para el acceso a los archivos controlados por las instancias del gobierno hubieran imposibilitado la consumación de la obra. Esa fue una de las causas que multiplicaron los encargos de historias locales como vía alternativa, con algunos resultados interesantes sobre todo en relación con el período que se inicia con la ocupación inglesa y la restauración de la soberanía española en 1763, que ocupa la mayor parte del esfuerzo realizado. Era un pasado reciente, pero un pasado al fin y al cabo, que podía articularse perfectamente con el futuro predecible —imaginado— de progreso.

Los escritos de la época recurrían con frecuencia a referencias históricas, en una rigurosa selección de los hechos, manejados siempre en sentido de afirmación de los presupuestos defendidos. Arango, en sus escritos, introduce elementos de la historia económica de la colonia. También lo hace en las anotaciones al Ensayo político de Alexander von Humboldt (Arango y Parreño, 2005). Los análisis y los discursos políticos, en la prensa o en la tribuna, están cargados de apelaciones a la historia más reciente de la colonia. Los Elogios de Tomás Romay, Caballero, hasta de Varela, se refieren, en ocasiones, a circunstancias más o menos alejadas en el tiempo.

Es necesario, entonces, interpretar estos datos, ya que señalan la permanencia de un interés hacia el pasado, enunciado sobre todo por intelectuales vinculados, de un modo u otro, a los hacendados azucareros. Al menos hasta la segunda década del siglo  xix, la homogeneidad de este grupo descansaba en la unidad de intereses económicos, pero su posición social dominante se apoyaba también en construcciones simbólicas de origen anterior a la plantación, donde el linaje y los méritos se rastreaban hasta los siglos que parecían haberse olvidado. En cuanto a esto, no existía realmente necesidad de estructurar un pasado lejano que se articulara a la explicación y legitimación de su contemporaneidad, porque ese pasado ya existía y se incorporaba de modo orgánico al discurso oligárquico, como lo demuestran sobre todo los momentos en que vio amenazada su ya ambigua —en un contexto colonial— posición dominante por la emergencia del discurso liberal español, situación en la que el oligarca azucarero se repliega a los valores de la «cultura política» criolla dieciochesca.

El mejor ejemplo de esto último es el proyecto de gobierno autonómico elaborado en 1811 por el padre José Agustín Caballero (1999), que refleja las aspiraciones —y los temores— del grupo oligárquico habanero ante el futuro de las relaciones con España en medio de las Cortes de Cádiz. En él se constata la vigencia, con su contenido casi intacto, del complejo entramado conceptual e ideológico que vincula al mundo del criollo con el constructo de la hispanidad, así como la incorporación del componente histórico a esa lectura de la situación política, con el valor que le concedió la historiografía criolla del siglo xviii como legitimación de la igualdad de estatus con los españoles peninsulares.

La persistencia en la heterogénea sociedad cubana de las primeras décadas del siglo  xix de espacios en los cuales se resistía a desaparecer la herencia del criollismo no propició la existencia de una apropiación del pasado de signo verdaderamente diferente, aunque sí de una filiación criolla más evidente que se nutría tanto de los remanentes culturales del criollismo como de la versión ilustrada de una Cuba de pequeños agricultores.[6] En la medida en que el avance de la plantación profundizó las brechas dentro del grupo dominante y debilitó al grupo oligárquico criollo original, se fortaleció en ciertos sectores intelectuales el recurso al pasado como argumento en la polémica y arma en la crítica del ordenamiento colonial, no de su existencia. Esta dirección del análisis pudiera hacerse extensa, por lo que regresamos a Saco, la figura que mejor representa esta actitud.

Saco, o la historia como arma[7]

José Antonio Saco encarna, en la época colonial, la apelación permanente a la historia como fórmula para validar o desvirtuar realidades y proyectos. En esto parece haber consenso, y también respecto a que su afán por la historia es pragmático o utilitarista, entendido el utilitarismo tal como lo defendieran José de la Luz y Caballero y el presbítero Francisco Ruiz a finales de los años 30 del siglo  xix.[8] Por último, para todos es evidente que la historia es una pieza —importantísima, pero una pieza más— en una lógica interpretativa sui generis de la sociedad colonial cubana y de sus posibilidades de desarrollo futuro. Las coincidencias, sin embargo, terminan en este punto. En cuanto a las divergencias, pueden ser ilustradas a partir de los extremos.

Según Moreno Fraginals, desde el comienzo de su análisis de los problemas cubanos, Saco utiliza la historia con un sentido eminentemente pragmático, «para fundamentar cualquier punto ideológico» y para «justificarse a sí mismopor las determinaciones del pasado». De ahí la extrema parcialidad con que selecciona los hechos que sirven de cimiento a sus análisis. De ahí también, y de su «conciencia plena de poseer la verdad absoluta», «fuera de tiempo y espacio, producto del dominio absoluto de la razón» (14), la incapacidad de Saco para asimilar realmente los avances historiográficos y el caudal reflexivo que ofrecían las sociedades europeas, en cuyo seno vivió durante largo tiempo. La Historia de la esclavitud (Saco, 1974), además de ser calificada como una obra de frustración política, no respondería tampoco a las concepciones historiográficas de la época. En general, el interés que siempre demostró el bayamés ante la historia sería, en un todo, similar en su naturaleza al de los historiadores criollos del siglo xviii, ya que el mismo Saco es visto como el último representante de la ideología y los valores del criollismo.

Se trata de una interpretación cuyo punto de partida presenta fisuras: Moreno ancló a Saco en el pasado, y buscó todas las motivaciones y filiaciones en el espectro de ese pasado enfrentado —inútilmente— a la plantación. Hay en él muy poco de moderno, al extremo de afirmarse que fue un implacable destructor, pero no construyó nada. Desde este ángulo, nada más lógico, si fuera cierto: el criollismo dieciochesco no era alternativa a la sociedad esclavista decimonónica. Pero la construcción adolece de una debilidad esencial: soslaya todo lo que hace de Saco un hombre del siglo  xix cubano, con la novedad de sus proyectos, compromisos y conflictos enrumbados al futuro y no al pasado.

Esta última visión se potencia al máximo en un segundo extremo, que caracteriza su pensamiento como crítico y constructivo, antidogmático, hereje y sin teleologismos, y al propio Saco como «el analista más profundo, completo y crítico de este complejo económico, social y espiritual que es la sociedad esclavista cubana» (Torres Cuevas, 2001: 14). A diferencia de Moreno, se afirma que el pensador cubano se había formado en el pensamiento de la modernidad, y resultaba el exponente más completo de un proyecto autóctono de formación integral para una sociedad capitalista surgida del seno de la esclavista en Cuba (79). En este contexto se valora altamente su labor, no solo política y de crítica del ordenamiento colonial, sino intelectual. En una dirección, como iniciador en la práctica de los estudios sociológicos en Cuba; en otra, por sus aportes historiográficos. La obra histórica de Saco sería innovadora, transitando de la historia hechológica y lineal a la historia problema. Su Historia de la esclavitud se califica como «una de las más monumentales escritas hasta hoy» y una forma definitiva de obtener, en el plano científico, la victoria política sobre sus enemigos (3).

Esta interpretación, al partir de la complejidad de los escenarios insulares e internacionales, limita las posibilidades de simplificación en relación con el hombre, su acción y su obra, pero instituye otro potencial tipo de anacronismo. Así, la perspectiva de un Saco moderno ha generado una clara sobrestimación de sus méritos historiográficos, cuyo ejemplo más notable es la Introducción de Orestes Garciga a su Historia de la esclavitud en las colonias francesas (Saco, 2002). La publicación de esta obra es sin dudas una contribución valiosa en tanto completa, hasta donde se conoce en la actualidad, sus estudios sobre la esclavitud. Pero ni ella, ni las antes publicadas, apoyan la imagen de un investigador interdisciplinario cuya labor corresponde a materias como las actuales Sociología, Filosofía, Estadística, Demografía, Economía, Geografía, Ciencias jurídicas, Antropología, Etnología, Etnolingüística, Sociorreligión, etcétera (41).

El interés de Saco por la historia estuvo ciertamente subordinado a las necesidades de su labor política e intelectual, y de sus análisis y críticas al orden sociopolítico dominante en Cuba. No era esta la única variante posible, pero en su caso específico ello supuso una valorización a priori de la posibilidad de argumentar, validar, invalidar, aprender y enseñar a partir de un hecho o conjunto de hechos históricos. Se trata de la vetusta concepción sobre el valor pedagógico de la historia, pero acompañada por la constante apelación a ella como a una suerte de tribunal de última instancia, ante el cual Saco coloca a sus contemporáneos, actitud totalmente nueva con respecto al pasado de la Isla.

Esto último es lo que define su actitud ante los hechos del pasado. La sola posibilidad de aprender de ellos no era suficiente, porque no involucraba, en sí misma, la condena de los males de su contemporaneidad. Necesitaba colocarla ante el tribunal de la historia, y con frecuencia acudía para ello a una ficción intelectual mediante la cual simulaba desaparecer. Esa especie de despersonalización ponía el juicio incuestionable y definitivo en manos de la historia, decretando de antemano la derrota del oponente político o intelectual. Aunque el recurso es identificable desde sus obras tempranas, tiene su culminación en la reconstrucción histórica que se planteó, primero de la trata y luego de la esclavitud, que fue como se concretó finalmente (Torres Cuevas, 2001).

Es además interesante constatar cómo la madurez intelectual de Saco sustituye la polémica y el análisis en que el argumento histórico da valor a una opinión, por una historia que, en sí misma, está concebida como verdad última. Ello condiciona una concepción específica del tiempo en que la cronología de los acontecimientos, aun sin ser violentada, no tiene un valor propio. Es la relación del hecho con el presente la que le concede valor pedagógico, moral o jurídico, por lo que no es significativo el momento concreto en que se produjo. Desde las Memorias... sobre caminos y sobre la vagancia (Saco, 1999) y en el Análisis de una obra sobre el Brasil (Saco, 1858) hasta sus últimos escritos, la historia se mezcla con la actualidad en un todo justificativo de las opiniones sustentadas por Saco. Se trata con frecuencia de historia reciente, vivida por el propio autor, pero cuando es necesario acude a etapas históricas anteriores en la búsqueda de hechos que reafirmen su juicio sobre la situación que le es contemporánea. En términos generales, ni siquiera las distintas partes de la Historia de la esclavitud constituyen propiamente una excepción, aunque en este caso específico habría que tener en cuenta que se trata de una obra construida sobre los fundamentos del discurso histórico más tradicional.

En realidad, la actitud de Saco ante el pasado se asemeja mucho más a la atribuida a los ideólogos de la plantación que a la de la historiografía criolla del xviii. Su razón y sus verdades a priori eran ahistóricas, y el elemento histórico incongruente una anomalía sin lugar en su obra. En ella se encontrará polémica y rectificación de detalles, pero Saco nunca duda sobre la relación de afirmación de un hecho con respecto a su propia opinión. Su selección del material hechológico es parcial, pero perfectamente congruente con el lugar ocupado por la historia en su discurso sociopolítico, lo que no significa que no someta a duda el valor o la legitimidad de alguna información, pero sin método o sistematicidad en ello. Tampoco es sorprendente: hasta mediados de los años 40 del  xix Saco apela a la historia, no hace historia.

Lo anterior puede referir a ideas fijas que actuaban como un peso muerto sobre el pensador cubano, pero nada refiere a un desfasaje que lo acerque, a nivel de intereses ni intelectualmente, a las oligarquías del siglo xviii cubano. Al contrario, Saco es un producto de la turbulenta dinámica económica, social y espiritual del siglo de la plantación en Cuba. Aunque nació en una región donde se conservaban, en buena medida, las estructuras patriarcales, él entiende y piensa su realidad a partir de los patrones y los problemas del occidente de la Isla, envuelto en la metamorfosis esclavista desde finales del siglo anterior. Su medio intelectual es el del Seminario de San Carlos en la época de Espada, su maestro Varela, y los jóvenes ilustrados que irrumpieron en la vida política en los años del «trienio liberal», pero algunos de sus amigos pertenecían a los más poderosos clanes esclavistas del occidente cubano.

Su interpretación crítica del contexto colonial cubano, emprendida «con la historia en la mano», no refleja una idealización de los valores del criollismo. Partía de un mundo azucarero y esclavista que en sus orígenes fue la concreción de un proyecto de las élites criollas dieciochescas, pero que portaba la destrucción de las estructuras que les sirvieron de soporte a esos valores a lo largo del xviii. Del conjunto de la obra de Saco emanan propuestas que tendían a acercar a Cuba a los modelos económicos, políticos, sociales y culturales ofrecidos por la modernidad europea y norteamericana, pero vistos a través del prisma insular. La nacionalidad criolla blanca que Saco defendía tenía aún muchos puntos de contacto con la patria del criollo, pero los rasgos con que la identificó eran los mismos que se atribuían las naciones del ascendente capitalismo europeo. Es una definición moderna, en tanto la defensa de la nacionalidad por la historia también lo es, y su filiación ideológica con la historiografía criolla del xviii no debería reducirse a la permanencia de algunos tópicos «arqueológicos».

La diferenciación radical de dos direcciones de interpretación del pasado colonial cubano sobre la base de una tradición criolla —aferrada a la historia como legitimación de valores que el desarrollo de la plantación hacía en buena medida arcaicos y reaccionarios— y otra, genéticamente vinculada al universo azucarero y esclavista —presentista, pero en todo caso moderna—, es deudora de la misma posición historiográfica que hasta hace varias décadas siguió acríticamente la actitud de desvalorización de la historia colonial cubana anterior a 1763.

En mi opinión, el grupo oligárquico azucarero no presenta fisuras de importancia al menos hasta los años 20 del siglo  xix, lo que explica que la generación de Arango, cuya posición hegemónica no se halló seriamente amenazada, no experimentara necesidad de defender un pasado criollo nobiliario cuyo papel legitimador, básico en la historiografía del xviii, nadie cuestionaba. Ellos eran los hijos legítimos de ese pasado. Se retorna a él con fuerza, desde perspectivas y con funciones distintas, en el momento en que emerge y se afianza un nuevo grupo azucarero, de origen mucho más heterogéneo, mientras se erosiona el ordenamiento construido tras 1763 bajo los embates del liberalismo español. Es una necesidad que Saco capta como nadie en su época y que asume casi obsesivamente, con una clara intuición de los usos de la historia en una narrativa identitaria moderna y —a su modo, ¿por qué no?— nacionalista. En ello, hasta hoy, seguimos siendo sus deudores.

 

 

  1. El Archivo Nacional de Cuba, en particular los fondos Correspondencia de los Capitanes Generales, Reales Órdenes y Cédulas y Real Consulado y Junta de Fomento, tiene una rica documentación que muestra la emergencia de un cuerpo de ideas en torno a las posibilidades de desarrollo de una agricultura intensiva de tipo comercial, con énfasis en la producción y exportación azucareras y la necesidad de flexibilizar al máximo la condiciones para la importación de esclavos al país.
  2. Una idea económica sería la acumulación y madurez, en este campo, de un conocimiento que permite la modelación de un proyecto de solución encaminado hacia la consecución de un fin práctico. Al respecto, véase Molina, 2007: 10.
  3. Esta idea de la lengua común habría que asumirla con todo el cuidado que supone el tratamiento que hace del tema Eric Hobsbawm (1998: 61-3).
  4. Por ello, solo en su obra pueden aparecer, como protagonistas y con igual importancia, los criollos bayameses de Espejo de paciencia y los endemoniados vecinos de Remedios, junto a los habitantes de La Habana y Santiago de Cuba.
  5. Caballero era tenido en su época por uno de los mayores conocedores de la historia de la Isla. Antonio José Valdés (1877: 10) aclara, en el «Proemio» a su Historia de la Isla de Cuba… que Caballero le proporcionó materiales importantes, además de revisar lo que escribía.
  6. La más conocida de estas propuestas alternativas fue expuesta en el informe titulado Diezmos reservados, que el Obispo de Espada (1999: 207-56) elaboró en 1808.
  7. Por supuesto, el subtítulo del epígrafe remite al conocido trabajo de Moreno Fraginals (2011), quien además siempre usó la historia de ese modo.
  8. Luz y Caballero y Francisco Ruiz defendieron el principio de la utilidad general como criterio de valoración de las acciones humanas, opuesto tanto al interés personal y egoísta como al deber en abstracto, desvinculado de las realidades sociales concretas. La polémica sobre esta cuestión, en la que además participaron otros intelectuales de la época, tuvo lugar entre julio y octubre de 1839 (Conde, 2000: 310-406).

 

Bibliografía

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