Las ciencias básicas en Cuba en el siglo XXI

Resumen: 

En este trabajo se resume el papel de las Ciencias Básicas en la cultura. Se menciona el desarrollo tecnológico sin precedentes determinado por los avances científicos en los siglos xx y xxi, en particular la mecánica cuántica y las teorías especial y general de la relatividad. Se enfatiza la diferencia esencial entre países desarrollados y en vías de desarrollo en lo referente a Ciencia y tecnología. Se expresan acciones que debieran ser realizadas de forma urgente y coordinada en todas las esferas vinculadas a la ciencia, la tecnología y la enseñanza en Cuba. Se sugiere, además, establecer vínculos entre los científicos del área de ciencias básicas y los del área de ciencias sociales y economía.

Abstract: 

A summary of the role of the Basic Sciences in culture is made. It mentions the unprecedented technological development determined by scientific advances in the 20th and 21st centuries, particularly quantum mechanics and the special and general theories of relativity. The essential difference between developed and developing countries is emphasized in relation to Science and technology: the developed ones create, dominate and apply science and technology, those that are developing are usually basically users of foreign science and technology. The actions should be carried out in an urgent and coordinated manner in all areas related to science, technology and education in Cuba. It is also suggested to establish links between scientists in the area of ​​basic sciences and those in the area of ​​social sciences and economics.

Hacer ciencia es la actividad humana cuyo objeto es encontrar, desarrollar y aplicar las leyes que rigen los procesos de la naturaleza. Su origen se remonta a los tiempos en los que el ser humano comenzó a preguntarse acerca del cielo, los planetas, y su interacción con otros seres vivos y con el medioambiente. Los movimientos del Sol y la Luna tenían mucha importancia para su vida diaria e inevitablemente quiso indagar acerca de las causas de los fenómenos que observaba y que eran imprescindibles para su existencia y protección. Se le hizo necesario aprender a contar —y así comenzó la aritmética— y a construir —y surgió la geometría. La fabricación de utensilios domésticos y armas le llevó respectivamente a técnicas como la alfarería y la metalurgia.

Al cabo de los siglos, algunos hombres de la antigüedad se hicieron preguntas y formularon respuestas verdaderamente avanzadas, apoyándose en observaciones de sus predecesores y en su intuición y creatividad; así, tres siglos antes de nuestra era, Aristarco de Samos se anticipó a un descubrimiento futuro, al afirmar que la Tierra y los planetas se movían alrededor del sol. Otro griego, Eratóstenes, hizo la primera medición del tamaño de aquella; y la primera referencia a la estructura atómica de la materia se debe a Leucipo y Demócrito. Hipócrates se considera «padre de la medicina», pues, entre otros aportes, la separó de la religión. Muchas de estas ideas fueron olvidadas y menospreciadas durante siglos, y en Europa, hasta comienzos de la edad moderna, la «ciencia oficial» sostenía que la Tierra era el centro del universo (sistema de Ptolomeo), dogma sostenido por la Iglesia de la época.

La idea de Aristarco fue revivida por Copérnico en el siglo xvi, quien propuso nuevamente el sistema heliocéntrico. A comienzos del xvii, Johannes Kepler descubrió las leyes del movimiento planetario y Galileo inventó el primer telescopio e hizo experimentos notables sobre la caída de los cuerpos.

Pero indiscutiblemente, la ciencia moderna tiene sus orígenes en la obra monumental de Isaac Newton a fines de esa centuria. Por primera vez construyó una teoría científica en la que se establecen principios básicos, a partir de los cuales se pueden deducir y predecir resultados observables, como el movimiento de los planetas. Newton expresó en una ocasión que había caminado sobre hombros de gigantes, refiriéndose a sus predecesores. Su obra marca un momento cumbre en la historia de la cultura universal. Además del descubrimiento de la fuerza de gravedad entre los cuerpos aparece su contribución a la matemática, disciplina que tuvo un notable avance con la invención del cálculo diferencial e integral, por él y Gottfried Wilhelm Leibniz.

También en el siglo xvii se completó el conocimiento sobre la circulación sanguínea por el médico William Harvey y el biólogo Marcello Malpighi.

La química tuvo sus orígenes, en parte, en la alquimia, pero su enfoque moderno data del siglo xviii con la obra de Antoine-Laurent de Lavoisier.

En un recuento breve de hechos científicos más sobresalientes de la edad contemporánea, cabe señalar en el siglo xix la contribución trascendental de James Clerk Maxwell, al demostrar la unificación de la electricidad y el magnetismo, y la existencia de ondas electromagnéticas, de las cuales la luz es un ejemplo. En el terreno de la biología, la teoría de la evolución de las especies formulada por Charles Darwin fue de importancia fundamental.

En cuanto al pasado siglo, se destaca la teoría especial de la relatividad, por Albert Einstein, que estableció la velocidad de la luz en el vacío como una constante universal, límite superior de la alcanzable por un cuerpo y como consecuencia de ello, la unidad del espacio y el tiempo en un ente nuevo: el espacio- tiempo. Luego, en la teoría general de la relatividad, Einstein, generalizó el concepto de fuerza gravitacional descubierta por Newton a una descripción geométrica expresada mediante la deformación del espacio- tiempo. La situación de un observador en un elevador que cae libremente es equivalente a la supresión de la atracción gravitacional de la Tierra. En esa época se puso en evidencia la estructura del átomo, por Ernest Rutherford y Niels Bohr, y se descubrió que, a escala atómica, las partículas del micromundo, mostraban un carácter dual, como ondas y como corpúsculos.

Tras los trabajos de Bohr, Werner Heisenberg, Erwin Schrödinger y Paul Dirac, surge una nueva ciencia, la mecánica cuántica, válida a escala atómica y subatómica; aunque no perceptible macroscópicamente, sí son observables muchas de sus consecuencias. En la matemática, Kurt Gödel demuestra la incompletitud de una teoría puramente deductiva, hallazgo de enorme profundidad en la teoría del conocimiento.

También se hizo evidente la existencia de cuatro fuerzas fundamentales en la naturaleza: la gravitación, el electromagnetismo, y las fuerzas nucleares débil y fuerte. Progresaron grandemente la química y la física nuclear y de partículas. Se descubrió que las estrellas brillan debido a procesos nucleares en su interior, así como las causas de la expansión del universo; y se pone en evidencia el genoma humano, es decir, la estructura de doble hélice y la secuencia de ADN contenida en veintitrés pares de cromosomas en el núcleo de cada célula.

El siglo xxi trae consigo la era del conocimiento. Las nanociencias y la nanotecnología se expanden en uso y aplicaciones, el grafeno,[1] como sustancia de grosor molecular e increíbles propiedades se obtiene en 2010. Se descubre el esperado bosón de Higgs[2] en 2012, que respalda el modelo estándar de la física de partículas. En un experimento sin precedentes, en 2016, las ondas gravitacionales, predichas por Einstein cien años antes, son descubiertas, y con ello se logra la medición más precisa hecha hasta el presente: 10-18m, una milésima del diámetro de un protón.

En el siglo xx y xxi los avances científicos han impulsado un desarrollo tecnológico sin precedentes. Las respuestas y soluciones que da la ciencia a las interrogantes y necesidades humanas, influyen de manera directa en la cosmovisión y modo de vida de las personas. La ciencia es, por tanto, un fenómeno social y una parte esencial de la cultura universal.

Características y resultados del conocimiento científico

Como conocimiento consensuado que pretende enunciar leyes de carácter universal, a lo largo de su evolución la ciencia se ha visto en la necesidad de desarrollar las vías de autorregularse en cuanto a la veracidad de sus resultados y teorías. El método científico demanda dos principios: la repetibilidad y la refutabilidad. El primero implica que toda proposición científica es fiable si el experimento que la avala es repetible; y el segundo condiciona toda verdad científica en tanto no aparezca un experimento, observación o teoría que haga dudar de ella, y si esto ocurre, la verdad original debe ser modificada o sustituida por otra. Estos principios garantizan la universalidad de las verdades que propone la ciencia y dejan abierta la posibilidad de que sean remplazadas por otras más apropiadas según el momento histórico. Así, la ciencia evoluciona y cambia sus paradigmas, por lo que se hace necesario formular teorías, crear nuevas técnicas y conceptos para lo cual se requiere altas dosis de creatividad, motivación, imaginación y perseverancia.

El producto primero y más directo de la ciencia es la generación de nuevos conocimientos, que pueden llevar o no a la solución inmediata de problemas prácticos Cada nuevo resultado debe ser socializado a fin de que pueda ser objeto de discusión y crítica por parte de la comunidad científica. Esto se logra mediante la comunicación entre sus miembros, las publicaciones y/o la presentación de resultados en conferencias internacionales especializadas. Una vez que estos son aceptados en el seno de la comunidad científica, sirven de punto de partida para otros conocimientos, que pueden o no ser creados por los mismos autores de los resultados previos.

En cuanto a esto último, es muy importante comprender que el conocimiento científico es resultado de la labor creativa de incontables hombres y mujeres de muchos países y en diferentes épocas. El hecho de que a diversos logros o etapas se asocien nombres específicos lleva implícito el reconocimiento a todos sus predecesores. El carácter colectivo de notables experimentos o teorías se acentúa más en los últimos tiempos y ello se manifiesta en los autores de un trabajo, a veces varios centenares de científicos participantes. Así, el desarrollo científico es un proceso acumulativo en el tiempo, en el que la obtención de resultados específicos, por más importantes que sean y más esfuerzo que se ponga en ello, puede tomar años.

Sin embargo, cada época se ha valido del desarrollo tecnológico disponible para socializar el conocimiento. Actualmente Internet, que propicia diversas formas y vías de comunicación en tiempo real, es el medio para lograr que este proceso sea prácticamente inmediato y conecte a científicos de diferentes latitudes, de modo que se ha acortado el tiempo en que una verdad es aprobada o descartada por el método científico.

Con el transcurso del tiempo, la ciencia básica dividida en áreas —matemática, física, química, biología, etc.—, como tendencia, en un sentido se ha ido especializando más, y en otro, ha ido creciendo interdisciplinariamente. Sin embargo, dado que el conocimiento científico trae consigo la solución de problemas prácticos y su aplicación a la vida diaria, la ciencia en general suele dividirse en básica y aplicada. Esto establece una separación entre el proceso de generación de nuevos conocimientos, y el de su utilización para resolver problemas de la vida práctica.

Por ejemplo, la Teoría General de la Relatividad es ciencia básica que explica cómo la materia deforma el espacio-tiempo y cómo este efecto describe la atracción gravitacional entre los cuerpos. En cambio, la tecnología aplicada basada en aquella, permite funcionar el Sistema de Posicionamiento Satelital o GPS, que resulta indispensable para la localización tanto en teléfonos inteligentes como en la navegación aérea, marítima, terrestre y espacial.

Aunque esa división es apropiada para algunos propósitos, en otros —a causa de la forma en que se enfoca la ciencia en algunos países en vías de desarrollo—, resulta generalmente perjudicial para las ciencias básicas y, en consecuencia, para el desarrollo de esos países.

Fundamentar la importancia de la ciencia aplicada es fácil en la actualidad dada la creciente tecnologización de las sociedades humanas. Las ciencias básicas, por su parte, son portadoras de al menos cuatro valores fundamentales: además del intrínsecamente cultural como generadoras de nuevos conocimientos, tienen valor por su aporte a las demás ciencias y a la tecnología; valor metodológico, pues los métodos elaborados en cada una de sus ramas pueden ser apropiados por otras; y educacional, que es cada vez mayor al propiciar el aprendizaje de un método de pensamiento a la vez que la trasmisión de información nueva, imprescindible en la nueva era.

A pesar de que es evidente que sin ciencia básica no hay ciencia aplicada, ella y los científicos que se dedican a su estudio están muchas veces socialmente subvalorados y colocados en un segundo plano. Esto responde principalmente a dos causas: la manera en que se enfoca la ciencia en los países en desarrollo, y la incomprensión del hecho de que para la obtención de resultados en determinada aplicación es necesario invertir mucho esfuerzo y años.

Abdus Salam y las diferencias en el desarrollo de la ciencia del «Norte» y el «Sur»

Abdus Salam,[3] físico paquistaní y Premio Nobel de Física en 1979, dedicó también grandes esfuerzos al desarrollo de la ciencia en los países en desarrollo. En ese sentido, uno de sus logros más sobresalientes fue la creación, en 1964, del Centro Internacional de Física Teórica, en Trieste, Italia; el cual ha sido un motor impulsor para las carreras de un gran número de científicos del mundo en desarrollo y ha potenciado y propiciado el estudio de la física y otras ramas en estos países, así como de la interdisciplinariedad.

Además de este esfuerzo concreto y materializado, se dedicó a estudiar qué distingue la ciencia de los «países del Sur» de la de los «del Norte». Ante todo, Salam (1989) plantea que la diferencia esencial radica en la ejecución y vinculación de tres acciones fundamentales: la creación, el dominio, y la utilización de la ciencia y la tecnología. Además, distingue cuatro áreas estas de imprescindible desarrollo en cualquier comunidad científica, en particular, en el mundo en desarrollo. Estas son:

  • Ciencias básicas: física, química, matemática, biología y ciencias médicas básicas.
  • Ciencias aplicadas: a la agricultura, medicina, energía (incluyendo la nuclear, la solar y las no convencionales), medioambiente y ciencias de la tierra.
  • Tecnología convencional «baja»: industria química, fabricación de hierro, acero y otros metales, tecnología del petróleo, generación de electricidad, etcétera.
  • Alta tecnología basada en la ciencia: nuevos materiales, ciencias de la comunicación, ciencias del espacio, productos farmacéuticos especializados y biotecnología.

Según Salam, el Norte es capaz de las tres acciones mencionadas. El Sur, por el contrario, ha sido básicamente usuario de la ciencia y la tecnología foráneas; ha logrado el dominio solamente en ciertas áreas, pero en promedio ha sido muy pobre en la creación que, erróneamente, no se ha estimulado ni promovido suficientemente, a pesar de su enorme valor como riqueza intelectual y base para dominar y utilizar la ciencia y la tecnología, es decir, para el desarrollo. De acuerdo con sus palabras:

Los países en desarrollo, salvo excepciones, han desatendido las ciencias básicas bajo el supuesto de que podemos aprovechar la obtenida por otros. Esto nos ha privado de hombres y mujeres que, conociendo los aspectos básicos de estas disciplinas, nos podrían servir de referencia nativa para discutir los problemas científicos que surgen cuando se hacen aplicaciones de la ciencia. Con respecto a la categoría ciencias aplicadas, a pesar de su contenido tecnológico, requiere de la labor de investigación científica, y aunque mucho más desarrollada en el Norte, los países en desarrollo a veces cuentan con alguna base. (59)

Al respecto, es necesario enfatizar que este no es un problema solo relacionado con la idea de que hay que invertir menos para utilizar que para crear —de ahí los bajos presupuestos para el desarrollo de la ciencia—, sino que detrás está la carencia de visión del valor de esta motivado por la falta de tradición científica en los países en vías de desarrollo.

En ciencia y tecnología, los países desarrollados invierten en general de 2% a 2,5% del PNB [producto nacional bruto] en investigación, desarrollo y modificación, adaptación y utilización de la ciencia y la tecnología, mientras que [en] los [que están] en desarrollo la inversión oscila entre menos de 0,3% hasta 0,5%, es decir, diez veces mayor.[4] Pero se debe enfatizar que un incremento en la inversión mínima es una condición necesaria, pero no suficiente, debido a otros factores de motivación (por ejemplo, culturales). (69)

La tendencia de los países en desarrollo a convertirse en usuarios más que en productores de ciencia acarrea, de un lado, la ausencia en ellos de un compromiso significativo hacia la ciencia en general, cuya consecuencia es un escaso apoyo financiero a las investigaciones de corte básico, además de universidades débiles, pocos centros de investigación, comunidades científicas pequeñas y aisladas y educación científico-tecnológica desactualizada. Por otro lado, implica la carencia de un marco institucional adecuado para el desarrollo de la ciencia debido a esas insuficiencias, y a la ausencia de personas capaces de asumir el liderazgo científico. Apunta Salam: «En el Tercer mundo, en general, la profesión de científico no es siempre la más respetable, ni se mira siempre con la debida seriedad» (69). Esto se debe principalmente a que no hay confianza en la posibilidad del desarrollo de una ciencia y una tecnología propias.

Este investigador sostiene que la tecnología convencional «baja», donde no se requiere de principios científicos nuevos y sí de trabajos de desarrollo relacionados con diseño, adaptación y modificación, que pueden ser llevados a cabo por ingenieros calificados, no es un área deficiente en los países en desarrollo. La alta tecnología difiere de la «baja» en su necesidad de expertos altamente calificados en las ciencias básicas. Finalmente, concluye que, de todas las categorías, las primeras que suelen desarrollarse en los países del Sur son la tecnología convencional «baja», y, en segundo lugar, las ciencias de aplicación, si hay suficientes expertos en ciencias básicas. La última en ser desarrollada es la alta tecnología basada en la ciencia. «Pocos de nuestros países están conscientes de la necesidad de esta categoría o bien no han hecho progresos en ella, generalmente debido a la idea de que están fuera de su alcance» (63).

Por último, destacó el papel de los líderes científicos:

La ciencia depende para sus avances de científicos destacados, de promotores del desarrollo de la ciencia, de cabezas científicas. La empresa científica debe ser desarrollada por los propios científicos y no por burócratas o por aquellos científicos que una vez fueron activos en la ciencia, pero luego se osificaron. (65)

El escabroso camino entre las ciencias básicas y las aplicadas

En la actualidad la brecha entre ciencia básica y aplicada se ha acortado en muchas ramas; por ejemplo, en las nanociencias y la ciencia de materiales transcurren menos de diez años entre un descubrimiento científico y su aplicación. Pero no todas corren la misma suerte y, en general, el camino hasta la aplicación suele ser largo. Dispositivos que actualmente son de uso común, han tardado décadas en concretarse. La tecnología láser, que es usada en muy diversas esferas —radares, impresoras, medición precisa de distancias, cirugía— requirió de más de cuarenta años desde que, en 1916, Albert Einstein sentara sus bases a través de la descripción teórica del fenómeno conocido como «emisión estimulada», hasta la obtención del primer láser funcional, en 1960, cuando Einstein ya había fallecido.

Por otra parte, el camino entre la generación del conocimiento y su aplicación no es siempre lineal. En muchas ocasiones, esta última es un producto secundario de la investigación científica, aunque, a la larga, cobre más importancia a nivel social que el objetivo inicial de la investigación. El desarrollo de la web en el Centro Europeo de Investigaciones Nucleares (CERN, por sus siglas en francés), en Ginebra, con fines investigativos en física de partículas elementales, sirvió de base al desarrollo de la navegación en Internet[5] como hoy la conocemos (Castro Díaz-Balart y Pérez Rojas, 2000).

Asimismo, el intercambio de conocimientos y resultados entre distintas esferas de la ciencia es cada vez más común, y lo que hoy es dominio de una de sus ramas, mañana puede ser la base de una aplicación en otra, como es el caso de algoritmos matemáticos que fueron desarrollados originalmente para estudiar la distribución espacial de las estrellas y galaxias en el universo, que actualmente se utilizan para identificar células malignas en el cuerpo humano o para estudiar el daño presente en pacientes con osteoporosis.

Por ello, se hace necesario que a la hora de hablar del desarrollo de la ciencia se comprenda que, si se invierte en una sola rama, porque en un momento dado parezca económicamente más viable, se deja de generar conocimiento en áreas que con gran probabilidad requerirá prioridad a posteriori. Por otro lado, esa forma de proceder compromete el avance en otras ramas que pueden, en cualquier momento, despuntar y convertirse en la riqueza del futuro. Para llegar a comprender esto se requiere un conocimiento de las ciencias básicas, sus interrelaciones y sus mecanismos.

Necesidad de conocer y comprender las ciencias básicas

Si bien el camino entre las ciencias básicas y las aplicadas no lleva directamente del conocimiento a la aplicación, la disminución del tiempo entre ellos es hoy un hecho. En consecuencia, el conocimiento adquiere, en sí mismo, un enorme valor para la economía, ya sea per se o por lo que aporta como valor agregado a tecnologías y servicios (Castro Díaz-Balart y Pérez Rojas, 2002).

Por ejemplo, la medicina actual se vale de técnicas como la resonancia magnética nuclear (RMN) y de otras derivadas de aplicaciones de la física nuclear y de partículas y de toda una gama de las nanotecnologías para uso diagnóstico y terapéutico, con el fin de lograr procedimientos cada vez menos invasivos. Igualmente, la capacidad desarrollada en el gran colisionador de hadrones (LHC, por sus siglas en inglés) para el manejo de datos generados a gran velocidad, su almacenamiento y la posibilidad de compartirlos con científicos de diferentes lugares, ha acelerado el progreso de la inteligencia artificial a niveles asombrosos y se prevé que en una década la capacidad de cómputo alcance la del cerebro humano (Kurzweil, 1999).

Asimismo, el desarrollo de las llamadas técnicas de big data, de conjunto con métodos de la física estadística que permiten estudiar grandes volúmenes de información, favorece a varias ramas de investigación. Entre estas, la lingüística cuantitativa para el análisis de obras literarias, cuyos datos serían las palabras, y que a través de estas técnicas permite extraer información de la evolución de la lengua, la identidad del autor, la época, rasgos de la cultura, etc. Lo mismo puede hacerse con los datos que proveen las redes sociales y estudiar cómo se propagan enfermedades, tendencias y comportamientos sociales. Con esto se ha dotado a las ciencias sociales de nuevas herramientas que permiten estudios sociológicos, psicológicos y educativos a gran escala y muy precisos. A raíz de ello están en vías de crecimiento nuevas especialidades como la sociofísica y la econofísica. Incluso, conceptos surgidos para denotar fenómenos físicos, como la histéresis[6] y las transiciones de fase,[7] comienzan a pasar al lenguaje de las ciencias sociales.

Stephen Hawking (2016) expresó que

la ciencia y la tecnología están cambiando nuestro mundo dramáticamente, por lo que es importante asegurarse de que estos cambios vayan en la dirección correcta […] En una sociedad democrática, esto significa que todos deben tener una comprensión básica de la ciencia, para tomar decisiones informadas sobre el futuro.

Decisiones que, además, deben ser responsables.

En este sentido, una educación científica incompleta y/o desactualizada en la enseñanza básica conlleva el riesgo de que quienes no siguen carreras científicas comprendan menos el mundo en que viven a pesar de la tecnología, y el conocimiento que le dio lugar, con los cuales interactúan de alguna forma. Es necesario que los nuevos conocimientos generados por la ciencia pasen a formar parte de la base cultural esencial de todos los ciudadanos y para ello debemos valernos no solo de los métodos tradicionales de enseñanza a todos los niveles, sino de métodos alternativos de difundir el conocimiento, tales como acciones comunitarias, museos especializados, divulgación científica por los medios de comunicación, etcétera.

Cuba y las ciencias en el siglo XXI

Para un país como Cuba, en vías de desarrollo, si hace sesenta años el desafío era eliminar el analfabetismo, hoy comienza a ser mucho más complejo (Castro Díaz-Balart et al., 2003). A pesar de ser uno de los pocos países del mundo en desarrollo que ha logrado resultados en la biotecnología y la creación de productos farmacéuticos especializados, la ciencia básica cubana continúa padeciendo los males descritos previamente. Por un lado —biotecnología aparte— es subvalorada por la poca confianza que hay en su capacidad de producción de nuevos conocimientos, y por otro se le exige generar aplicaciones con sus consecuentes beneficios económicos, que están por encima de sus capacidades de realización.

La Revolución trajo aparejada la reforma universitaria y el reconocimiento de nuevas ciencias y científicos, de manera independiente. Hoy tenemos cientos de esos profesionales que hacen ciencias físicas, matemáticas, químicas, biológicas, psicológicas, geográficas, etc. Pero hasta tiempos recientes, cuando se hablaba en ciertos medios acerca de los intelectuales, se pensaba solo en los del área de literatura, arte y ciencias sociales. Y ¿el resto de los científicos no somos intelectuales también? ¿Por qué no se nos toma en cuenta? Quizás la tradición vaya en contra de los científicos cubanos al no ser su campo, una parte «tradicional» de la cultura cubana, como la literatura o la música, pues la mayoría de las ramas científicas comenzaron a estudiarse y desarrollarse, hace apenas unos sesenta años, con el triunfo de la Revolución.

Quizás para revertir esta situación hace falta propiciar encuentros de convergencia natural entre los miembros de la Academia de Ciencias de Cuba (ACC) y la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Hace algunos años, académicos del área de ciencias exactas y de ciencias sociales sostuvimos varios encuentros que llamamos Convergencias. Fue una buena experiencia que interesó a muchos colegas, pero no continuó por razones ajenas a la voluntad de los organizadores.

Hace falta enseñar la ciencia en todos los niveles de educación, de forma más atractiva y actualizada, así como potenciar el uso de estrategias inclusivas y libres de estereotipos para su difusión en los medios y que permitan promover el desarrollo de un periodismo especializado, capaz de comunicar con todos los públicos sin errores ni pérdidas de rigor.

Por otra parte, aunque Cuba ha logrado grandes éxitos en la preparación educacional de su pueblo y tiene una excelente capacidad de formación de profesionales altamente calificados, presenta serias limitaciones económicas que han afectado a su ciencia. El desarrollo de la biotecnología se hizo posible gracias a la voluntad política y dio como resultado tanto generación de nuevos conocimientos como dominio de la tecnología y la consecuente concreción en el campo de la biomedicina; sin embargo, en otras áreas los tres procesos —creación, dominio y aplicación del conocimiento— están desarticulados, principalmente por la ausencia de una infraestructura institucional que los garantice.

A nuestro entender, la experiencia cubana acentúa la importancia de las ideas de Salam, pues la aplicación de los principios que él plantea como pilares para dirigir la ciencia y poder desarrollar la alta tecnología, fueron la clave del éxito de los institutos que integraron el Polo Científico. En cambio, la no aplicación de estos mismos principios en otras áreas de la ciencia cubana ha generado el retroceso y la decadencia de otras disciplinas y centros científicos.

Pensemos por un momento en la similitud que hay entre un investigador científico y un minero. El minero extrae los pedazos de mineral, pero no es quien los funde, ni les da utilización técnica. Hay otras personas, y toda una cadena de producción que enlazan de manera orgánica su trabajo con el del minero. ¿Qué pasaría si no existieran? En tal caso, el minero tendría que salir de la mina, transportar el material, trabajar en el horno y darle forma final al metal resultante, en fin, ocuparse de todo el proceso productivo. En tal caso, la producción disminuiría.

La ausencia de estas instituciones coordinadoras en el marco de la ciencia cubana determina que en muy raras ocasiones los nuevos conocimientos puedan llevarse a la esfera productiva y a la práctica social.[8] Resultados notables en la producción de materiales para uso médico, logrados en la Facultad de Química de la Universidad de La Habana, han demorado largo tiempo en aplicarse. Un caso extremo han sido los detectores de latido fetal desarrollados por especialista en física aplicada y tecnólogos del Instituto de Cibernética Matemática y Física (ICIMAF), que tardaron treinta años en utilizarse en el Hospital González Coro.

En los últimos años han surgido algunas iniciativas por parte de los científicos para la creación de estructuras empresariales para poder aplicar y comercializar sus resultados, como la de simientes de alta tecnología (SAT) en la Universidad de La Habana. No obstante, en nuestra opinión, en otras áreas debieran crearse nuevas vías para llegar a la fase productiva. Para ello deben existir entes «intermediarios» que realicen dichas funciones, y así el científico, como el minero, dedicaría todo su tiempo a la «extracción de la mina». Aunque la dirección de esas empresas científicas o del conocimiento debe estar en mano de líderes con formación en la ciencia de que se trate.

La tendencia en Cuba, en lo que concierne a la ciencia ha sido priorizar un sector porque puede resolver un problema a corto plazo, a pesar de que, como ya analizamos, aquella se enriquece de todas sus áreas, y sobreponer unas a las otras puede traer consecuencias fatales.

Tampoco se trata de invertir en costosos equipos. En este momento no son solo ellos los que están faltando; también necesitamos científicos. Si bien las limitaciones económicas han llevado al deterioro de la infraestructura con que contaban las universidades y los institutos de investigación, el mayor impacto negativo de ellas ha sido la pérdida de capital humano. Como consecuencia de los bajos salarios y de la falta de recursos en esos centros para realizar investigaciones, muchos profesionales cubanos altamente calificados abandonan la actividad científica para dedicarse a labores más lucrativas, o continúan ejerciéndola en instituciones de fuera del país. De esta forma, se han perdido muchos líderes científicos, sus relevos y, con ellos, líneas completas de investigación que tardaron años en consolidarse.

Por tanto, consideramos que la estrategia para desarrollar las ciencias básicas en Cuba debe ser preservar y promover —con la consecuente inversión de recursos económicos— los grupos de investigación existentes y competitivos a nivel internacional y estimular el surgimiento de otros que se mantengan activos e insertados, dentro de lo posible, en proyectos de colaboración internacional, que son hoy la clave del desarrollo de la ciencia a nivel mundial.

Para mencionar algunos ejemplos de grandes colaboraciones de primer nivel, que además tienen un alto grado de interdisciplinariedad, aunque alimenten fundamentalmente a la física, existe la Colaboración científica LIGO,[9] que detecta directamente ondas gravitacionales y está integrada actualmente por más de mil científicos de más de cien instituciones y dieciocho países de todo el mundo. Mientras tanto, el CERN —donde se encontró el bosón de Higgs—, con veintidós países miembros, en 2016 tenía un personal de dos mil quinientas personas, y unos diez mil científicos visitantes pasan por él. En particular, Cuba está representada en uno de sus experimentos, el ALICE (A Large Ion Collider Experiment). Es también uno de los Estados miembros del Joint Institute for Nuclear Research (JINR) en Dubna, Rusia, y tiene científicos vinculados al acelerador que se encuentra en construcción allí, el Nuclotron-based Ion Collider Faсility (NICA)[10] diseñado para estudiar la materia a densidades extremas.

Pero para insertarse en estos u otros proyectos de similar alcance, y beneficiarse de ellos es necesario, entre otras cosas, un mínimo de científicos y tecnólogos que trabajen eficientemente en los lugares y tareas que les corresponden, en condiciones financieras adecuadas. Todo esto se puede lograr si se establecen los objetivos necesarios, pero es un asunto complejo en sí mismo y requiere de un estudio cuidadoso, que es posible hacer si nos lo proponemos. La Academia de Ciencias de Cuba podría desempeñar un papel importante en estas tareas.

Conclusiones

La ciencia es indiscutiblemente uno de los aspectos del quehacer humano que está contribuyendo con fuerza a colocarle un sello particular a la cultura de nuestros tiempos. Vivimos en una época de vertiginosa presencia tecnológica, cuyas herramientas son indispensables en la comunicación, la enseñanza, la medicina, la economía y en la vida en general. Pero toda ella ha sido fruto del desarrollo científico de los siglos xx y xxi.

Cuba necesita insertarse en el «tren» del desarrollo tecnológico, que solo aparece si hay masa crítica de científicos que sustenten todas las áreas, tanto en las ciencias básicas como en las aplicadas. Por ello, el llamado al cuidado, preservación, estímulo y reconocimiento social de los científicos es una urgencia.

Lleva años formar un líder científico que genere nuevas ideas y sea independiente en su actividad; y mucho más un grupo de investigación consolidado creador de áreas de cultura científica. Por el contrario, comprar una tecnología o equipamiento solo requiere tener el dinero para hacerlo, pero su aprovechamiento depende de la cultura científico-técnica nativa capaz de asimilarla, dominarla y sostenerla. Concierne a la academia, en el sentido amplio: universidades, institutos de investigación, sociedades científicas y Academia de Ciencias, velar y alertar de la pérdida de líneas de investigación, de científicos y de tradición de trabajo. Estas acciones debieran ser realizadas de forma urgente y coordinada en todas las esferas vinculadas a la ciencia, la tecnología y la enseñanza en Cuba.

Si las limitaciones económicas se redujeran, si los científicos fueran mejor pagados, si las condiciones de trabajo mejoraran, si el acceso a Internet se priorizara como condición indispensable para hacer ciencia en el siglo xxi y se estimulara a los jóvenes a permanecer en el país y a trabajar en la ciencia, si los científicos fueran mejor reconocidos socialmente, la Isla podría aprovechar mucho mejor su propia ciencia y su propio capital humano, que en la actualidad está, en ocasiones, subutilizado, desprovisto de respaldo social y de estímulo. Todo esto daría lugar a más ciencia y a concebir productos y servicios más refinados, y catalizaría el alcance de niveles de desarrollo económico más elevados.

El mundo ha apostado por la colaboración científica internacional como vía para lograr eficiencia en el uso de recursos materiales y humanos destinados al desarrollo de la ciencia. Cuba debe y puede propiciarla, en tanto le sea posible, con este enfoque.

 

Agradecimiento

H. C. P. R. quiere expresar su profundo agradecimiento al colega y amigo Dr. Fidel Castro Díaz-Balart, lamentablemente fallecido en 2018, y con quien discutió y analizó años atrás muchas de las ideas básicas contenidas en este trabajo, y que dieron lugar a varias publicaciones conjuntas, algunas de las cuales se mencionan en las Referencias. Todos los autores agradecen la lectura crítica del manuscrito por Gabriel Gil y Marlon Duménigo.

 

[1] Variante alotrópica de carbono, único material estrictamente bidimensional. Es doscientas veces más duro que el acero, muy flexible y ligero. Su descubrimiento le valió el premio Nobel a Andre K. Geim y Konstantin Novoselov (et al., 2015).

[2] Partícula elemental propuesta en el modelo estándar de física de partículas. Recibe su nombre en honor a Peter Higgs quien, junto con otros, propuso en 1964 el hoy llamado mecanismo de Higgs para explicar el origen de la masa de las partículas elementales. El Higgs fue descubierto en el LHC, en el CERN y donde se estudian los constituyentes últimos de la materia y las fuerzas que median las interacciones entre estos.

[3] Abdus Salam se doctoró en Cambridge en 1952 y al regresar a Pakistán no encontró ambiente científico para continuar allí sus investigaciones y su labor profesional. Por ello decidió regresar a Gran Bretaña, y en 1956 comenzó como profesor del Imperial College.

[4] Según datos del Banco Mundial en 2015, India invirtió 0,63% de su PIB en investigación y desarrollo, China 2,07% y Corea del Sur 4,23%. Véase https://bit.ly/2BzOpkG. China e India son países en vías de desarrollo, pero están creciendo rápidamente, debido a que están dedicando cada vez más recursos a investigación y desarrollo, especialmente la primera, cuya cifra era de 0,56% en 1996. De hecho, el desarrollo actual de Corea del Sur la sitúa fuera del marco de «países en desarrollo», al igual que China.

[5] Los antecedentes de Internet se remontan a los años 60, pero no fue hasta la aparición de modos más sencillos de interconexión y desarrollo de herramientas gráficas desarrolladas por Tim Berners- Lee en el CERN, que se convirtió en la útil herramienta que hoy conocemos.

[6] La histéresis magnética es la resistencia que muestran algunos materiales al cambiar sus propiedades magnéticas en ausencia del estímulo que las produjo. En tal caso se dice que el material tiene memoria.

[7] En física, una transición de fase es la transformación de un sistema termodinámico de un estado a otro, como el cambio de líquido a vapor que se produce en el agua cuando hierve. Las transiciones de fase se producen en condiciones llamadas «críticas», de temperatura, presión y otros parámetros. El paso de una sociedad del subdesarrollo al desarrollo, por ejemplo, se parece enormemente a una «transición de fase». Para que esa transición ocurra en una sociedad, se requiere también de «condiciones críticas», pero alcanzables, si existe el propósito de lograrlas.

[8] Los casos de la biomedicina y de las ciencias sociales son excepciones.

[10] Véase nica.jinr.ru.

Castro Díaz-Balart, F. y Pérez Rojas, H. C. (2000) Knowledge, Innovation and Technology: An Agenda for the South Challenges of the XXI Century. La Habana: Convention Center Pub.

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