Ciencia e innovación: ¿dos caras de la misma moneda?

Resumen: 

La generación de nuevo conocimiento se ha convertido en una necesidad del progreso humano, lo que determina una «intencionalidad» de la investigación básica, proceso que transita de la creatividad individual a una actividad social. En este ensayo se debaten dos tesis. Se describe un estudio de caso de la industria biofarmacéutica cubana, y la experiencia de un modelo de relación empresa–universidad.

Abstract: 

The generation of new knowledge has become a necessity for human progress, which determines an "intentionality" of basic research, a process that moves from individual creativity to a social activity. In this paper, we discuss two theses. We describe a case study from the Cuban biopharmaceutical industry, and the experience of an enterprise–university partnership model.

¿Hasta qué punto la investigación en ciencias básicas o aplicadas se traduce en innovación? Esta es la pregunta fundamental en el marco del debate actual sobre el papel de la ciencia, la tecnología y la innovación (CTI) en el desarrollo de la nación, y de las formas de organización y gestión de la actividad de investigación-desarrollo, que incluye ecosistemas como los parques científicos y tecnológicos, la relación universidad-empresa y las empresas de alta tecnología.

En mi opinión, la respuesta a la pregunta anterior ha evolucionado en los últimos cincuenta años, con el nacimiento de la llamada economía del conocimiento.[1] Cada vez más, ciencia e innovación se convierten en contrarios dialécticos en diferentes ramas del saber.

En el presente ensayo pretendo defender dos tesis: La generación de nuevos conocimientos se ha convertido en una «demanda» del progreso humano, y la articulación de la ciencia con la innovación es la vía de capitalizar el conocimiento.

Fuerza motriz de la ciencia: de la curiosidad a la «demanda» de generación de un nuevo conocimiento

Hacer ciencia es la actividad humana que permite la generación de nuevos conocimientos, generalmente motivada por la inagotable curiosidad humana por comprender los fenómenos naturales. Muchos resultados se han traducido en el desarrollo de tecnologías con impacto económico y social. Este proceso se ha ido acortando a lo largo del tiempo; incluso en ciertos casos desde la génesis de la propia investigación se persigue la solución de un problema, lo que se ha conceptualizado como investigación aplicada, a diferencia de la llamada investigación básica, que en sus orígenes no tiene intenciones de aplicación práctica (OCDE, 2018). Sin embargo, en la actualidad aun esta tiene una intencionalidad creciente en este sentido, no dirigida a la solución de un problema, pero sí a su comprensión, como un prerrequisito para lograrla. Todo descubrimiento científico tiene un valor intrínseco, dado por la novedad que encierra, y también uno extrínseco, vinculado a su impacto en el progreso de la humanidad.

No se trata de limitar lo creativo ni de ponerle riendas a la curiosidad, pero el talento humano, al igual que todos los recursos, es limitado; ¿por qué no «orientar» la curiosidad que es fuente de creatividad? Existe una demanda objetiva de nuevos conocimientos que surge como una necesidad del desarrollo económico y social. Los científicos debemos comprender que el papel de la ciencia está cambiando, deviene cada vez más parte esencial de la economía; debemos asumir esa realidad, más aún en un país como Cuba, empeñado en la construcción de una sociedad socialista próspera y sostenible, cuyo recurso fundamental para dicho empeño es el capital humano creado por la Revolución. Este tiene, a su vez, un impacto en cómo se desarrolla la actividad científica, incluyendo la investigación básica, que ha dejado de ser de creación individual para convertirse en una actividad social, y esto tiene que ver con el carácter de interdisciplinariedad de la ciencia moderna, en la que se borran los bordes de las diferentes áreas, y se crean grupos de trabajo con investigadores de diferentes especialidades. Un ejemplo es la biomedicina, o también llamada ciencia de la vida, en la que contribuyen médicos, ingenieros, biólogos, físicos, matemáticos, psicólogos e investigadores de las ciencias sociales.

Volviendo a la idea de la intencionalidad de la investigación básica, la esencia radica en la naturaleza de la pregunta científica que abordemos, de su pertinencia para enfrentar los problemas del desarrollo económico y social. Esto nos lleva a la necesidad de gestionar los ecosistemas de ciencia e innovación en programas integrales que permitan cerrar el ciclo. Sobre este último asunto volveré más adelante.

Quisiera ilustrar, en el campo de la biomedicina, la tesis de que la demanda de nuevos conocimientos que genera el desarrollo económico y social se está convirtiendo en la fuerza motriz de las ciencias básicas. En particular, un problema de salud que ilustra este concepto es el cáncer, al que he dedicado mi vida científica. La solución pasa aún por la generación de un nuevo conocimiento; no se trata solo de desarrollar tecnologías a partir del ya existente, necesitamos investigación básica sobre la etiopatogenia de la enfermedad, por ejemplo, el fenómeno de metastización, las células iniciadoras del tumor o también llamadas progenitoras de cáncer, los mecanismos de escape al sistema inmune, etc. Precisamente el Premio Nobel en Medicina de 2018 recayó en dos científicos cuyos resultados aportan a la comprensión de los mecanismos que regulan la respuesta inmune celular, lo que ha contribuido al desarrollo de la inmunoterapia del cáncer, con biofármacos capaces de inducir remisiones completas en pacientes de cáncer avanzado, lo que abre el camino hacia su cura.

Según reporta la Asociación de Investigadores y Productores Farmacéuticos (PhRMA)[2] se encontraban en desarrollo clínico más de 9 500 biofármacos novedosos en el año 2018, de ellos 74% se consideran potencialmente «primeros en su clase», es decir, que constituyen una clase farmacológica nueva para tratar una condición médica, lo que evidencia la novedad científica de estos proyectos y el nivel de competitividad que se desplaza hasta las etapas de investigación básica. En el caso de cáncer, 79% de los productos innovadores se encuentran en esta misma categoría. Por supuesto, la industria biofarmacéutica es de alta intensidad tecnológica, lo que significa que 20% de las ventas se invierte en actividad de I+D+i (investigación, desarrollo e innovación); esto hace que su financiamiento por trabajador sea doce veces mayor que el resto de la industria manufacturera en su conjunto (Pharn, 2015).

En Cuba, existen aproximadamente cien proyectos orientados a productos biofarmacéuticos, de ellos 75% tiene propiedad intelectual, es decir, están cubiertos por patentes. De los que son innovadores que se encuentran en diferentes fases de desarrollo, se considera que 25% es potencialmente «primero en su clase», lo que sugiere que en nuestro país el desarrollo de la biomedicina y la biotecnología ha tenido un componente importante de investigación básica, que proviene tanto de la capacidad científica propia de las empresas como de las redes de colaboración extramural con las universidades y otras instituciones científicas. Sin embargo, en el caso de la biomedicina y la biotecnología aún resultan insuficientes las fuentes de financiamiento externo, en particular de capital de riesgo. El problema fundamental que enfrenta la investigación básica es la disponibilidad de moneda libremente convertible para su financiación, a partir de la inexistencia de fuentes diversificadas. Su solución pasa por la capacidad de capitalización del conocimiento y su comercialización como activo intangible.

En el año 1984, nuestro grupo de trabajo hizo un descubrimiento científico, en aquel entonces en el Instituto Nacional de Oncología y Radiobiología (INOR), del Ministerio de Salud Pública (MINSAP). Demostramos por primera vez la expresión del receptor del factor de crecimiento epidérmico (EGFR, por sus siglas en inglés) en tumores mamarios humanos (existencia de la proteína—el receptor— en la membrana celular), y su correlación inversa con la expresión del receptor de estrógeno (ER, por sus siglas en inglés). Posteriormente demostramos que la expresión del EGFR era mayor en los nódulos metastásicos que en los tumores primarios, y que su mayor expresión se correlacionaba con una menor supervivencia de las pacientes, lo que sugería que una mayor cantidad de esta proteína era un marcador de mal pronóstico de la enfermedad. A partir de estos hallazgos postulamos la extensión del concepto de hormono-dependencia de los tumores de mama de estrógeno y progesterona a los factores de crecimiento celular. Precisamente, ese mismo año fue reportada la homología de secuencias del EGFR y un oncogén (genes inductores de tumor), lo que sugería la relevancia de esta molécula en el proceso de cancerización.

La ampliación del concepto mencionado nos llevó igualmente a extender el de hormonoterapia (tratamiento mediante inhibidores hormonales), en este caso al diseño de antagonistas del EGFR que pudieran detener el crecimiento de los tumores. Igualmente, otro grupo de trabajo en el INOR había establecido la tecnología de hibridomas para la generación de anticuerpos monoclonales. Debido a la alta diversidad y especificidad del repertorio de anticuerpos, seleccionamos anticuerpos monoclonales antagonistas del EGFR. Este ejercicio de traducir un descubrimiento científico en un nuevo concepto terapéutico, es decir, la inmunoterapia de bloqueo del EGFR, generó un producto novedoso ya introducido en la práctica clínica.

La innovación basada en resultados científicos: comercialización del conocimiento como activo intangible

La innovación es el proceso que genera nuevas y mejores soluciones al estado del arte, es decir, a las tecnologías existentes y, por tanto, contribuye al desarrollo económico y social. Desde el punto de vista empresarial, existe actividad de innovación a lo largo de toda la cadena de valor del producto, es decir, desde la fase de investigación y diseño, hasta las de desarrollo, escalado industrial, mercadotecnia y comercialización. Sin embargo, las fases iniciales son las más dependientes de los resultados científicos, lo que significa derechos de propiedad intelectual, en particular patentes.

La innovación transcurre, en sentido general, a través de cambios incrementales que permiten aumentar la penetración del mercado. No obstante, existen soluciones que generan discontinuidades, para las cuales hay que construir el mercado, pues no tienen antecedentes; pero una vez que lo penetran, lo dominan. Para describir este tipo de fenómeno se ha acuñado el término innovación disruptiva (Bower y Christensen, 1995). Ella se fundamenta en resultados científicos novedosos, generalmente provenientes de la investigación básica. Es por ello que la capacidad absortiva de nuevos conocimientos por parte de las empresas se ha convertido en un elemento de competitividad en el mercado.

A partir de los años 80 del siglo xx la economía de los países industrializados entró en una nueva etapa de desarrollo, denominada Tercera revolución industrial o Revolución científico-técnica, en la que el conocimiento comenzó a ser el activo económico fundamental. Según reporte del Banco Mundial de Desarrollo (World Development Report, 1998/1999):

Para los países en la vanguardia de la economía mundial, el balance entre conocimientos y recursos se ha desplazado y el conocimiento se ha convertido en el factor más importante que determina el estándar de vida, más que la tierra, los instrumentos y la fuerza de trabajo. Las economías más avanzadas de hoy están verdaderamente basadas en el conocimiento.

Existe innovación en todos los sectores de la economía, sin embargo, la «innovación disruptiva» es propia de los sectores de alta tecnología. Este término comenzó a ser utilizado en la literatura empresarial de los Estados Unidos en los 70; inicialmente vinculado a los sectores de la microelectrónica y las comunicaciones, se extendió rápidamente para caracterizar las industrias de base tecnológica en sectores como la informática, la biotecnología, la robótica, la mecánica fina, los semiconductores, la industria aeroespacial y otras.

El lineamiento 114 aprobado en el VII Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC, 2017)) establece: «Definir y crear la categoría de empresas de alta tecnología con estímulos fiscales y tributarios, para promover las empresas que basan su economía en el uso de la ciencia y la innovación tecnológica», lo que debe incrementar la demanda de ciencia e innovación de los sectores industriales en nuestro país y, por tanto, estimular la actividad de I+D+i en los sectores académicos. Estos precisaron de nuevos mecanismos financieros y marcos regulatorios que permitieran su crecimiento, lo que ha tenido una expresión diferente en distintos países industrializados como los Estados Unidos, Reino Unido y otras naciones de Europa, así como en economías emergentes como China, India y países del sudeste asiático.

La conexión directa de la ciencia con la economía no es un proceso espontáneo, no ocurre automáticamente bajo las presiones del mercado, ni tampoco como consecuencia simple de la inversión social en desarrollo científico. Requiere intencionalidad y conducción. Las transacciones comerciales de activos intangibles tienen un impacto creciente en el producto interno bruto (PIB) de los países industrializados, incluso en algunos ya está en el orden del porcentaje del PIB que aportan las transiciones comerciales de bienes. Este es un fenómeno nuevo, una expresión concreta de la llamada «economía del conocimiento».

El nacimiento de la biotecnología, como sector industrial emergente en los países industrializados, fue acompañado por la creación del mercado de capitales. La capacidad de innovación en la gestión empresarial dio como resultado el acceso a capital de riesgo y comercialización de activos intangibles, lo que permitió a la industria biotecnológica el apalancamiento financiero necesario para transitar hacia la rentabilidad. A pesar del crecimiento económico y financiero del sector biotecnológico, el capital de riesgo continúa siendo una de las fuentes de inversión para el desarrollo de nuevos productos (Pisano, 2010). La inversión a riesgo en este tipo de empresas financia el crecimiento a partir de los posibles ingresos futuros; es decir, la capitalización de los activos intangibles basados en el conocimiento (propiedad intelectual y tecnologías propietarias). En el mercado de capitales, los productos son los proyectos, lo que genera ingresos precomerciales a las empresas pequeñas y medianas.

Cuba tuvo su propia experiencia en la llamada Revolución científico-técnica; en el caso de la biotecnología, bajo la guía de Fidel Castro, nuestro líder histórico, con la creación primero del Frente Biológico en los años 80 y luego del Polo Científico, en los 90. Así surgieron los centros de investigación- producción de la biotecnología, a partir de una fuerte inversión estatal, atendidos directamente por el Consejo de Estado y con atribuciones especiales, que permitieron una recuperación de la inversión mediante la exportación de bienes y servicios, a través de acuerdos de gobierno, fundamentalmente, y la creación de un sector industrial de alta tecnología, capaz de valorizar en sus transacciones no solamente los productos, sino también sus activos intangibles. Esta experiencia, original y propia, de aproximación a la economía del conocimiento ya tiene tres décadas de maduración.

En 1994, se inaugura el Centro de Inmunología Molecular (CIM), una de las instituciones emblemáticas de la biotecnología cubana. Surge a partir de una visita del Comandante en Jefe a los laboratorios experimentales del INOR, en 1989, concebidos como centros de investigación-producción para transformar los resultados científicos de aquel grupo de investigadores de laboratorio en productos con impacto en la salud pública cubana y generar ingresos por las exportaciones. Siempre estuvo presente en la concepción de estos centros la idea de cerrar su ciclo económico en el exterior, de manera que los ingresos en divisas pudieran financiar el consumo del producto en el sistema nacional de salud.

En un país pequeño como Cuba, la inversión en ciencia y tecnología no puede recuperarse en el mercado doméstico; de ahí la necesidad de orientar al exterior los productos innovadores, con un alto valor añadido por el conocimiento incorporado. El modelo consistió en construir instituciones de ciencia y tecnología autosostenibles desde el punto de vista económico-financiero, y capaces de garantizar su propio crecimiento a partir de la capitalización del conocimiento y la comercialización de activos intangibles. Un principio de este modelo es la necesidad de innovación disruptiva como fuente de competitividad a nivel global, lo que lleva a un primer plano la gestión de demanda de conocimiento. El CIM creó un procedimiento para gestionarla, lo que generó su propia estrategia científica, las llamadas preguntas del año. Al inicio de cada año, los investigadores exponen al Consejo Científico de la institución qué preguntas pretenden responder, es decir, que conocimiento nuevo generarán. Este proceso permite evaluar tanto la novedad como la relevancia de la pregunta en cuestión, facilita la gestión de la propiedad intelectual y complementa los proyectos de I+D+i.

Retomando el caso de estudio visto anteriormente, el concepto de inmunoterapia de bloqueo del EGFR se tradujo en el anticuerpo terapéutico nimotuzumab desarrollado por el CIM. Se trata de un anticuerpo humanizado, con actividad antagónica del EGFR, obtenido por técnicas de ingeniería genética, que fue objeto de patente y Premio de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI). Este proyecto se desarrolló en paralelo al producto cetuximab originado en los Estados Unidos, el «primero en su clase» en llegar a registro en países industrializados, que tuvo como promotoras a las grandes empresas farmacéuticas Bristol-Myers Squibb en los Estados Unidos y Merck KGaA en Europa. Sin embargo, nimotuzumab ha mostrado un perfil de seguridad superior a cetuximab, por lo que ha sido considerado por algunos expertos como el «mejor en su clase».

La negociación precomercial de este proyecto permitió al CIM la creación de dos empresas mixtas en el exterior, a inicios de los años 2000. La primera, radicada en Toronto, tuvo como socio a una empresa canadiense con acceso al capital de riesgo. Aquella obtuvo financiamiento en la bolsa de valores en esa ciudad que invirtió en las operaciones de la empresa mixta. Esta fue un vehículo para el desarrollo clínico y el sublicenciamiento del proyecto en países industrializados como Alemania, Corea del Sur y Japón; incluso obtuvo las aprobaciones pertinentes para la ejecución de ensayos clínicos en tumores pediátricos de cerebro en los Estados Unidos. A pesar de que esta empresa no fue el vehículo adecuado para llegar hasta el registro del producto en países industrializados, permitió adentrarnos en el entorno regulatorio y financiero de esos mercados, y elevar los estándares de la gestión empresarial del CIM. Por otra parte, los resultados del desarrollo clínico del producto en dichos mercados, altamente regulados, facilitaron su entrada en otros.

La segunda empresa mixta se creó en Beijing, con la intención de transferir la tecnología de producción de nimotuzumab e introducir el producto en el mercado chino. Ese fue el primer anticuerpo monoclonal para el tratamiento del cáncer, producido totalmente en el país, que obtuvo aprobación de la agencia regulatoria china (CFDA, por sus siglas en inglés) para su introducción comercial en el año 2005. Se estima que más de cincuenta mil pacientes se han beneficiado de él. Hoy forma parte del cuadro básico del seguro médico, se incluyó en la Farmacopea china como modelo de anticuerpo terapéutico, y existen decenas de publicaciones científicas sobre ensayos clínicos con el nimotuzumab desarrollados en esa nación. La empresa obtuvo la categoría de «alta tecnología» desde el inicio de sus operaciones, condición que ha mantenido hasta el presente. Para Cuba, ella ha generado ingresos de varias decenas de millones de dólares, lo que ha multiplicado por cinco la inversión realizada, y la empresa continúa incrementando sus instalaciones, sus operaciones y su carpeta de proyectos.

La evolución de los ecosistemas de innovación. Cómo la relación universidad-empresa conecta la ciencia con la economía

Desde la creación del Polo Científico del Oeste de La Habana hubo una estrecha vinculación entre los centros de la biotecnología y las universidades. El esfuerzo por la innovación y la aplicación de los resultados de la ciencia y la técnica en el desarrollo económico y social del país llevó a la creación de grupos especiales en la Universidad de La Habana (UH), que recibieron una atención diferenciada por parte de la dirección del país, y dieron nacimiento al Instituto de Materiales y Reactivos, al Centro de Biomateriales, al Centro de Antígenos Sintéticos y al Centro de Productos Naturales.

Por otra parte, la creación de unidades docentes en muchos de los centros de biotecnología contribuyó a la formación de pregrado y posgrado, mediante la participación de investigadores y tecnólogos en los claustros de profesores universitarios, y propició el vínculo de los estudiantes con los laboratorios desde los primeros años de la carrera, con un impacto positivo en su formación y motivación.

En diciembre de 2012 se crea la Organización Superior de Dirección Empresarial BioCubaFarma (BCF) mediante el Decreto 307/2012 (de 7 de diciembre) del Consejo de Ministros, lo que regula la fusión de los centros de biotecnología con la industria farmacéutica; actualmente un conjunto de treinta y ocho empresas con más de veintiún mil trabajadores. El tránsito de las instituciones del Polo Científico del Oeste del sector presupuestado al empresarial trajo consigo un reordenamiento económico-financiero y legal que, de hecho, trasciende sus relaciones con las universidades.

En estos últimos años, en la UH ha existido un énfasis en la política científica hacia la innovación, a través de la colaboración internacional, la creación de una incubadora de proyectos, talleres de propiedad intelectual y otras iniciativas de alianzas con el sector empresarial.

El lineamiento 115 aprobado en el VII Congreso del PCC (2017) establece

promover y propiciar la interacción entre los sectores empresarial, presupuestado, académico, el sistema educativo y formativo, y las entidades de ciencia, tecnología e innovación, incentivando que los resultados científicos y tecnológicos se apliquen y generalicen en la producción y los servicios.

A partir de estos antecedentes, en el año 2016 BCF y la UH comenzaron a explorar nuevas formas organizativas y de gestión de esa colaboración en la actividad de investigación, desarrollo e innovación. Un problema fundamental que afecta la colaboración es la falta de institucionalidad de sus relaciones económicas y financieras. Mientras las universidades son unidades presupuestadas, la industria funciona como empresa, lo que dificulta la base contractual para la comercialización de activos intangibles, es decir, el pago por transferencia de tecnologías, licencia de patentes, prestación de servicios científico-técnicos, etc., con la debida retribución financiera a la entidad universitaria y a los profesores involucrados de manera individual. El modelo que se está construyendo concibe una solución estructural, a partir de un laboratorio conjunto en que ambas partes inviertan y contribuyan para obtener ingresos compartidos. Un elemento clave es cómo un proyecto futuro de investigación-desarrollo podría beneficiar a la universidad, a profesores y alumnos.

¿Qué principios sustentan los «laboratorios conjuntos»?

  1. Carpeta de proyectos orientada a la innovación; o sea, proyectos de investigación-desarrollo a ciclo cerrado, que permitan la introducción de productos en el mercado. La universidad aporta el pensamiento creativo propio del entorno académico y la empresa la disciplina tecnológica y regulatoria que conduce a la aplicación.
  2. Contribución de la empresa con financiamiento, especialmente en moneda libremente convertible, para la importación de materiales y reactivos; y la universidad aporta capital humano de alta calificación.
  3. Generación de propiedad intelectual conjunta, o sea, patentes compartidas que constituyen activos intangibles, a partir del análisis de costo-beneficio del potencial impacto económico-social.
  4. Plan de negocios y estrategia exportadora de la carpeta de proyectos. La innovación ha de estar dirigida al mercado exterior y a la obtención de ingresos en divisas, que permitan la sostenibilidad y crecimiento de la investigación científica y la generación de productos de alto valor agregado que puedan penetrar el mercado de países industrializados.
  5. El ingreso, tanto en divisas como en cup de los proyectos de I+D, debe beneficiar tanto a la empresa como a la universidad, incluyendo la retribución salarial al personal de la segunda.
  6. Contribución a la formación de pregrado y posgrado, ya que estos laboratorios serían fuente de trabajo para los estudiantes de ambas modalidades. Se está trabajando en un sistema de becas para la obtención de los grados de Maestro y Doctor en Ciencias.
  7. Beneficio de la cooperación internacional a través de las redes de colaboración académicas interuniversitarias. Los laboratorios conjuntos pudieran actuar como interfaz entre el sector empresarial y el académico internacional aportando nuevas fuentes de conocimiento al proceso de innovación, lo que resulta crítico en un país pequeño como Cuba.

¿Qué hemos logrado hasta el presente?

Actualmente se trabaja en los proyectos de tres laboratorios conjuntos con la UH, y recientemente surgió la propuesta de otro. Los primeros constituyen experiencias diferentes: 1) el laboratorio universitario en la empresa; 2) el laboratorio con fines empresariales en las áreas universitarias; y 3) el laboratorio distribuido: la escala de banco en la universidad mientras el área de desarrollo (escala de planta piloto) en la empresa.

El laboratorio de nanobiotecnología se creó en abril de 2017, en las áreas del CIM, y liderado por la Facultad de Biología, con la participación de la de Química. Tiene como objetivos principales aplicar estrategias nanobiotecnológicas y de síntesis química en la inmunoterapia del cáncer, con vistas a desarrollar vacunas, biofármacos innovadores y aumentar el valor agregado de productos ya conocidos. Actualmente trabajan en cinco proyectos con la participación de quince profesores e investigadores universitarios (siete doctores y un Maestro en Ciencias) y nueve estudiantes.

El proyecto del laboratorio de síntesis química se encuentra aún en fase de inversión para remodelación en áreas de la Facultad. Este es coordinado por el Centro de Investigación y Desarrollo de Medicamentos (CIDEM) por parte de BCF, y participan otras empresas como el CIM, el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (CIGB) y el Instituto Finlay de Vacunas (IFV). Tiene como objetivos principales generar nuevas moléculas para uso en diagnóstico, tratamiento, vacunas y otras aplicaciones nanotecnológicas y biomédicas. Se trabaja en la elaboración de una carpeta de doce proyectos que involucran a veintiún profesores e investigadores universitarios.

Hay un tercer proyecto de un laboratorio de tecnologías farmacéuticas que agrupa al Instituto de Farmacia y Alimentos (IFAL) y a las empresas AICA y Medsol, de BCF. Este laboratorio tiene como objetivos principales la obtención de nuevas formulaciones y la mejora de productos farmacéuticos ya conocidos. Se trabaja en la elaboración de una carpeta de nueve proyectos, en los que participan veinte profesores e investigadores universitarios. La investigación de los procesos productivos se haría en un laboratorio en el IFAL, mientras el desarrollo de las tecnologías a escala industrial se realizaría en AICA (para los productos inyectables) y en Medsol (para las formas sólidas).

Actualmente se elabora el proyecto de inversión. Se espera que durante el 2019 pudieran comenzar las operaciones del laboratorio en sus diferentes sedes.

Por último, hay una propuesta de un cuarto laboratorio conjunto con la UH en el campo de la biotecnología agrícola, para el que hemos comenzado a elaborar ideas preliminares.

Estas experiencias se han desarrollado en el marco de restricciones financieras y logísticas, por las limitaciones que impone el bloqueo económico y financiero estadounidense a las importaciones de reactivos, insumos y equipamiento para la investigación científica, lo que ha limitado la capacidad de inversión y capital de operación para ejecutar los proyectos conjuntos. Asimismo, aún resulta insuficiente la retribución salarial al personal universitario vinculado a ellos.

¿Hacia dónde vamos en la colaboración universidad- empresa?

Tenemos que ser creativos en las formas de asociación y en los modelos de negocios, no solo para el éxito de los llamados «laboratorios conjuntos», sino también para la industrialización y comercialización de productos generados en los centros de I+D+i de las universidades. Incrementar los estándares regulatorios y las escalas productivas conlleva también innovación tecnológica en la industria.

Necesitamos institucionalizar las relaciones económicas y financieras entre las universidades y el sector empresarial, que permitan el flujo en ambas direcciones de conocimiento, tecnologías y financiación. El éxito de la alianza universidad-BCF depende no solo de la capacidad de innovación en las ciencias de la vida, sino también en las económicas y empresariales.

La gestión de la ciencia y la innovación: a manera de resumen

La pregunta de si la investigación básica o aplicada se traduce en innovación queda respondida en el concepto de innovación disruptiva, que parte del conocimiento científico, y su valor se captura en los derechos de propiedad intelectual. En los sectores de alta tecnología, la competitividad se define por la estrategia de diferenciación, basada en el valor que añade al producto el conocimiento científico.

Por tanto, la articulación eficiente de ciencia e innovación es un elemento imprescindible en la nueva era de la economía del conocimiento, tanto para los sectores académicos como empresariales.

La gestión de la ciencia y la innovación requiere de actividad innovadora en los métodos de organización y dirección. En el presente ensayo hemos identificado, al menos, tres, que caracterizan dicha «innovación organizacional» en la actividad de I+D+i:

  1. Definir la demanda de nuevo conocimiento. Hay que transformar el llamado proceso de introducción de resultados científicos, actualmente basado en la oferta. La estrategia científica debe establecerse a partir de la demanda de nuevos conocimientos. Elaborar una buena pregunta científica es un acto de creatividad; el ambiente académico contribuye a su aparición, mientras que el empresarial a su intencionalidad. Es necesario internalizar un mayor componente de investigación básica en las empresas de alta tecnología, así como ampliar sus espacios de debate con los sectores académicos. La creación de parques científico-tecnológicos contribuirá a dicha interacción.
  2. Acceder a los mercados de capital. La sostenibilidad de la actividad de I+D+i requiere la diversificación de las fuentes de financiamiento; el presupuesto estatal no puede ser la única. El financiamiento precomercial, a partir de la negociación de activos intangibles, se convierte en un elemento indispensable para el acceso al mercado de los países industrializados. La flexibilización del marco regulatorio de las empresas de alta tecnología debiera incrementar el ingreso de divisas, por concepto de capitalización del conocimiento, en los próximos años.
  3. Construir redes de colaboración academia-empresa. La promoción y consolidación de nuevos modelos de colaboración, tanto en el ámbito nacional como internacional será una prioridad en los próximos años. A la experiencia de los llamados «laboratorios conjuntos» se sumarán otras iniciativas, como emprendimientos empresariales en las áreas universitarias y el incremento de la cooperación internacional basada en proyectos, como vía de acceso a los ecosistemas de innovación en los países industrializados y las llamadas economías emergentes.

En esencia, se trata de construir un puente con el mercado exterior que traduzca la capacidad innovadora en fuente de ingresos en divisas y de inversión extranjera directa, ¡ese es el reto principal!

Quiero expresar mi agradecimiento al Dr. Agustín Lage Dávila por la revisión crítica de este artículo. Sus opiniones y sugerencias contribuyeron a su versión final. [N. del A.]

 

 

[1] Recomiendo la lectura del libro La economía del conocimiento y el socialismo (Lage Dávila, 2013), que aporta una revisión crítica de este tema desde la perspectiva del proyecto social de la Revolución cubana.

[2] Véase https://www.phrma.org.

 

Bower, J. L. y Christensen, C. M. (1995) «Disruptive Technologies: Catching the Wave». Harvard Business Review, n. 73, 43-53.

Cuba. Decreto 307/2012, de 7 de diciembre. Gaceta Oficial de la República de Cuba, extraordinaria, n. 52, viernes 7 de diciembre,

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Lage Dávila, A. (2013) La economía del conocimiento y el socialismo. La Habana: Editorial Academia.

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