¿Cómo anda la literatura cubana actual?

Resumen: 

¿Cómo podría caracterizarse, conceptual y estilísticamente, la actual literatura cubana? ¿Cuáles son sus rasgos definitorios? ¿Qué problemas y deficiencias la afectan? ¿En qué medida las instituciones y la crítica podrían contribuir a enfrentar sus carencias? ¿Qué hacer para que cumplan su papel? Desde diversas aristas, cuatro escritores cubanos responden estas y otras interrogantes relacionadas con el tema.

Abstract: 

How could current Cuban literature be characterized conceptually and stylistically? What are its defining features? What problems and deficiencies affect it? To what extent can institutions and critics contribute to address their shortcomings? What do you do to fulfill your role? From different angles, four Cuban writers answer these and other questions related to the subject.

Jesús David Curbelo:    El objetivo de este panel es conversar sobre la literatura cubana contemporánea, virtudes, problemas, hipotéticas soluciones, una labor siempre engorrosa. Un organismo vivo como la literatura es muy difícil de acotarlo, diseccionarlo en cinco características, y después proponer una serie de soluciones que permitan resolver las carencias. Este es también un ejercicio de reflexión, un ejercicio teórico.

Me acompañan personas muy autorizadas para llevarlo a cabo. Los tres son reconocidos escritores cubanos. Mi primera pregunta es cómo podría caracterizarse la actual literatura cubana conceptual y estilísticamente; como ustedes ven es una pregunta muy generalizadora.

Mirta Yáñez: Voy a empezar con una cita atribuida a los hermanos Goncourt, los franceses, que dice que la escritura es una facilidad innata y una dificultad adquirida, y me gusta esa cita porque en nuestro caso, la literatura cubana, las dificultades adquiridas han sido bastantes a lo largo de todas estas décadas. De manera que no me siento particularmente satisfecha con la situación actual de la literatura cubana. Pero algunas cosas que yo veía como muy malas hace unos ocho o diez años atrás, encuentro que han ido mejorando.

En particular, no veo ya tanto sometimiento a los vaivenes de la moda, de la política y del mercado. Creo que en eso hemos avanzado mucho y se nota en los libros publicados, y también en los jurados que tienen que leer cosas inéditas.

La otra caracterización de estos últimos años es que (a lo mejor estoy equivocada en mi apreciación) por fin se ha ido superando la división entre los de afuera y los de adentro; por lo pronto, en Cuba ya se ha estado publicando a muchos de los autores que viven fuera, y al mismo tiempo ha habido ligeras aperturas para los que vivimos dentro.

También, sobre todo en la narrativa, se ha ampliado el rango del realismo estrecho de años anteriores y las visiones maniqueístas; y en el caso que más me compete, me parece que desde que hice Estatuas de sal en el año 1996, finalmente ha habido la aceptación de una interpretación crítica desde la perspectiva de género.

En los últimos diez años, lo bueno ha sido la ruptura con algunos elementos muy pesados de décadas pasadas, y la diversidad lograda, y lo malo es el facilismo y la superficialidad en algunos escritores. En general, noto un declive en el oficio literario, aunque mejora en algunos aspectos. De eso voy a hablar posteriormente.

No me gusta ni me interesa la blanqueada imagen del escritor feliz y contento con su aporte cultural; confío más en la satánica imagen del escritor desgarrado ante alguna certidumbre, porque escribir, para mí, es pasar la rimbaudiana temporada en el infierno, y la literatura como una transgresión. El oficio es ser capaz de escribir bien. No todo el mundo puede hacerlo, es un don, se tiene o no se tiene.

Insisto en que, aunque hay algunos problemillas que voy a mencionar después, los dislates que se veían en los concursos y en las revistas diez años atrás son menos. Se está adquiriendo conciencia de que hay que ser más cultos y aprender a escribir bien y no a poner una palabra detrás de la otra.

Edel Morales: Este tema puede parecer especializado pero mucho tiene que ver con las maneras en que la sociedad cubana se piensa a sí misma, porque una de las funciones de la literatura es pensar sus entornos desde la realización estética que ella misma supone.

Una de las características que ahora mismo tiene la literatura cubana es un acercamiento muy íntimo, muy intenso, muy desde lo personal, a las maneras en que se vive el cambio en la sociedad cubana actual. A veces pareciera que hay un distanciamiento de lo real. Algunas personas acusan ese distanciamiento del entorno, en la escritura que ahora se hace en el país; yo, muy al contrario, creo que hay un modo muy personal, en la mayoría de los autores cubanos, de mirar desde la circunstancia propia y plantearse desde ahí la construcción de la literatura.

Por otra parte, hay una especie de estado que pudiéramos considerar caótico, en el sentido de que las antiguas certezas ya no lo son tanto en términos de un consenso de los escritores y también de los lectores, de cuál es la verdadera expresión o el canon con que se lee la literatura cubana o desde el cual, también los escritores más actuantes dejan ver su impronta.

Tanto las instancias críticas del periodismo más habitual como los espacios académicos mantienen una distancia prudencial con lo más efervescente de la literatura cubana actual; no siempre se comprometen en dar criterios sobre ese punto; van más bien a buscar en el pasado la validación de unas miradas bien preparadas, pero que no siempre arrojan luz para los lectores, sobre qué es lo más valioso hoy de la literatura cubana. Por tanto, ese caos se mueve, en mi opinión, tanto en las instancias de los autores como de los lectores, que no tienen tantas certezas, como en todos los intermediarios que van desde la crítica hasta las maneras en que las propias editoriales o revistas plantean la presentación o desjerarquización que muchas veces se hace hoy de la literatura.

Hay, por otra parte, una mayor diversidad, en el sentido de que al no existir tantas certezas, hay muchas búsquedas individuales o no ya de grandes grupos, como parecía ser la regla en otros momentos, sino de grupos muy pequeños, más bien construidos desde determinadas individualidades que se asocian de manera natural y emprenden búsquedas que a veces resultan fructíferas, y a veces no, pero por lo menos son búsquedas. Se amplían los espacios sobre los cuales se trabaja, los entornos donde son presentados los conflictos muchas veces no ocurren directamente en Cuba sino en cualquier otro lugar del planeta, cosa que no era tan habitual, o sea, hay una expansión espacial de los escenarios en que se sitúan los conflictos, y también de tiempo.

Se tiene una visión mucho más individual, y en términos estilísticos hay también una ruptura de los estilos más o menos dominantes, y unas búsquedas bien interesantes entre las personas más jóvenes, las nacidas a finales de los 80 o en los 90, que también están imantando otras zonas de la escritura literaria cubana.

Norge abundará seguramente en esto, pero me parece importante la manera en que, desde la dramaturgia, hay acercamientos que pueden dialogar con la poesía en particular y otras áreas de la creación, y esa interacción entre distintas artes, que viene siendo una tendencia bastante fuerte del arte en las últimas décadas, está acentuándose sobremanera en el siglo xxi.

 

Por supuesto, lo digital está ocupando un espacio del cual no somos del todo conscientes. Hoy muchos escritores cubanos jóvenes, y otros no tan jóvenes, ven muy natural escribir y emplear las plataformas digitales para expresar sus puntos de vista tanto en la creación como en la crítica, o en la promoción. En algún momento eso ocurría a través del correo electrónico fundamentalmente, y hoy puede encontrarse en cualquiera de la redes sociales más conocidas, en particular en Facebook o en blogs que la gente va construyendo lo mismo en La Habana que en Contramaestre, o en cualquier otra red social de Internet, lo cual crea un espacio de actuación de la literatura cubana en diálogo con la que se hace fuera con mucha naturalidad, incluso fuera del ámbito iberoamericano.

Eso está influyendo en nuestra construcción literaria, y en el estado actual de lo literario, tanto en la escritura como en la recepción.

Norge Espinosa: Quiero agradecer a Temas, no tanto por invitarme a mí, sino por haber recordado que el teatro es también literatura, y no hay más que ver la larga lista de Premios Nacionales de este país para darse cuenta de que en toda esa lista únicamente dos personas que ejercen la dramaturgia han sido reconocidas: Abelardo Estorino y Antón Arrufat. Pero en un país donde ha habido nombres tan importantes como el ya fallecido Héctor Quintero, o están todavía en activo personas como Eugenio Hernández Espinosa o José Milián —por mencionar solo dos con su obra completa publicada—, bien podrían considerarse para recibir este premio, que merecen enteramente, lo cual me recuerda esa frase que le escuché alguna vez a mi maestro Roberto Blanco, cuando lamentaba la escasa influencia que el teatro tiene hoy en la vida del cubano, una influencia que en algún momento, sobre todo en el período de los 60, también en los 80, fue luminosa, porque sirvió de ágora para discutir muchas cosas que la prensa en aquel momento, o la vida misma del país, no mostraba en todos sus costados, y había tensiones dentro del mundo teatral cubano que servían como eco muy vibrante de lo que pasaba o no en el país.

El teatro es un sueño que se hace realidad sobre las tablas, ya lo sabemos; un delirio que compartimos, y está presente también, por supuesto, en la dramaturgia cubana, de la cual voy a hablar aunque también me referiré a otros géneros literarios, porque para nada lo que sucede en el teatro les es ajeno a los otros.

Ya se sabe que en los años 90 la literatura cubana sufrió una operación de cambio radical; repentinamente terminaron los 80, y la utopía letrada y el mercado nos dijo que quien iba a tener el protagonismo en esa nueva etapa era la narrativa, con lo cual la poesía, que hasta ese momento tenía un papel fundamental en las letras cubanas, cedió terreno; lo mismo pasó con otros géneros; y la narrativa, no solo por influencia del mercado sino también por necesidades en algunos casos completamente orgánicas de cómo narrar al mundo lo que estaba pasando en la Cuba de esa década, se fue convirtiendo en moneda de cambio que hasta el día de hoy bien, mal o regular sigue siendo la imagen que muchos fuera de nuestro país tienen de este.

En todo este período hemos tenido que recuperar nombres que en décadas anteriores intentaron borrar de nuestro canon y que afortunadamente están volviendo, no siempre con la conciencia crítica con la cual deberían ser recuperados, pero al menos en los estantes han aparecido libros de escritores como Lino Novás Calvo o Carlos Montenegro; por supuesto, Lezama y Piñera, que han tenido una visibilidad en algún grado muy importante, y otros, incluso más recientes, como José Kozer, para mencionar un poeta de notable obra, que ha vuelto a Cuba con un antología de su obra.

En el teatro también ha ocurrido así, y hoy tenemos un diálogo mucho más feliz con dramaturgos cubanos residentes fuera de nuestro país. Gracias a la labor de nuestras instituciones, en colaboración con universidades como la de Miami, se han establecido contactos que han llevado a congresos, eventos y publicaciones, donde los autores que alguna vez parecieron ser completamente representables en Cuba han estado de vuelta, como es el caso, por ejemplo, del Premio Pulitzer Nilo Cruz, cuya obra Ana en el trópico, con la que obtuvo este premio, fue representada.

Todo ello forma parte de una imagen todavía cercana a esa utopía que alguna vez vivimos en los 80. La realidad hoy es mucho más dura. Es difícil, incluso para el teatro, hablar de una conciencia literaria, viviendo en un país donde apenas hay crítica literaria, o donde no la hay, y donde la hemos sustituido —ella, que debe ser el motor para pensar como lo ha hecho esta pregunta— por algo mucho más inerte y mucho menos vivo.

Hoy en el teatro cubano sucede algo que está más a la vista que en otras expresiones, justamente porque es una batalla que pasa en los escenarios; están coincidiendo directores veteranos, dramaturgos de otras generaciones, con gente muy joven que tienen otros arrojos, otras necesidades y otras preguntas. Y para este género, en términos concretamente de la política teatral y de la que no lo es, ese estado de coexistencia ha sido siempre un gran problema: ¿cómo hacer coexistir las voluntades, las expresiones, de maestros que vienen de otras décadas, con la urgencia de una nueva generación que tiene tal vez otros modelos o que quiere tenerlos, o independizarse de esos modelos, a los cuales, sin embargo, debería mirar con respeto para saber tomar de ellos lo que todavía funciona como un reto? Esa es una pregunta que en el teatro cubano de ahora mismo está muy latente y que se puede ver de modos muy diversos.

Hay, en efecto, numerosas tendencias, distintos estilos, nombres que ya se han ido consagrando y que vienen directamente de la mano de directores como el ya mencionado Roberto Blanco, dígase Carlos Díaz; o de la mano de Vicente Revuelta y Flora Lauten, como Carlos Celdrán, cuya obra Diez millones es un feliz ejemplo de dramaturgia teatral pensada desde la escena. Esos son algunos puntos que sirven de estímulo.

Pero lo que no puede dejar de verse es que, curiosamente, durante los últimos diez o doce años se ha publicado probablemente más teatro en Cuba que nunca antes, textos sobre la naturaleza de lo teatral con más intensidad que nunca antes; y, sin embargo, el teatro cubano, como movimiento —lo que vemos en las noches de cada fin de semana—, parece no haberse dado cuenta de ello. Esa especie de ausencia de conciencia crítica con la cual el teatro cubano deberá leerse no solo como literatura, para mejorar y saber levantarse sobre lo ya logrado en pos de algo nuevo, falta de manera muy evidente en el teatro cubano, que suele ser aburrido, por lo general muy formal, muy serio, sin tantos espacios de gozo como se debiera, o que se deja llevar por ciertos aires, por ciertas modas, que no siempre hablan de aquello que debe hablar el género: qué es el hombre y cómo se ve a sí mismo.

Jesús David Curbelo: Evidentemente esta primera pregunta desemboca en otra que me parece medular: ¿cuáles consideran ustedes que pueden ser las virtudes fundamentales y los problemas más profundos de la actual literatura cubana?

 

Mirta Yáñez: En general, después del Período especial ha habido cierta decadencia del oficio literario, una pérdida del afán de estudiar, leer, hacerse un poco culto, y eso, naturalmente, se refleja a la hora de escribir.

El segundo punto es la pérdida de valor del concepto de entretenimiento. Hay mucha literatura banal, pero el entretenimiento, que uno lea y disfrute, en mi opinión se ha perdido casi por completo.

Hay otro problema aún más grave, que es la ambición ajena al acto creativo, no solamente el dinero, es el viajecito, las invitaciones a un congreso, etc. Voy a hablar de las escritoras, de lo que más conozco, aunque con los varones pasa igual. Me acuerdo de una que decía que a ella no le gustaba estar en las antologías escritas por mujeres, que quería escribir como los hombres, y un día tocó a la puerta de mi casa para que yo le diera una charla porque se iba a un congreso sobre mujeres escritoras. Es justamente ese tipo de oportunismo, no únicamente en este caso sino en otros muchos, esas ambiciones ajenas al acto creativo, las que creo muy graves.

En años anteriores, lucrar con la marginalidad y su manipulación era moda. Parecía que había que escribir de todas las cosas más terribles, una miseria literaturizable, para vender al mercado. En esa época yo hacía una broma. Decía que había una confusión, que en lugar de «realismo sucio» —que quiere decir contaminado con el periodismo, o con otro géneros, eludir los embellecimientos estéticos—, lo que se puso de moda fue el realismo cochino: cada vez más groserías, más inmundicias. Y también la banalización y la populachería, yo digo que es una literatura reguetonera, que tiene su ritmo, pero no dice nada.

En el caso de la literatura infantil, que también me toca de cerca, se puso de moda —por suerte he visto que eso se está superando— que si no había un niño al que le sacaran un ojo, o una niña que la violaran, o todos los patos degollados de repente, no era literatura para niños, era literatura boba, y eso es un criterio exagerado y tonto.

No quiero hablar solo de los problemas, sino de los retos: la característica fundamental de la literatura debe ser tener una determinada trascendencia. Una cosa en la que caímos fue en los tópicos y lugares comunes, la reducción temática, y en las incorrecciones gravísimas del lenguaje. Ha habido aquello de por no quererse meter en cultismos, desechar ser culto, supuestamente para ser natural.

También falta un trabajo editorial responsable. Uno ve grandes dislates y disparates en muchos libros publicados. Citando a la doctora Graziella Pogolotti, pienso que hay una desidia intelectual, no solamente en la literatura sino en otras manifestaciones también, y eso nos está haciendo daño en los últimos tiempos.

Edel Morales: Me gustaría llamar la atención sobre lo que Norge y Mirta ya apuntaban. Efectivamente, una de las cosas que uno nota que le falta a la literatura cubana es la posibilidad de ser disfrutada por quien al final la recibe, el lector. Hay pocas obras, dentro de todo lo que se publica, que uno lea con verdadero placer.

Ha habido una deglución no siempre bien llevada, de demasiado tecnicismo literario, demasiada instrumentalización, sin verdadera sustancia en el fondo, y eso hace que el lector se encuentre con páginas y páginas técnicamente bien escritas, pero incapaces de estremecerlo en ningún momento, de proponer una idea, de hacerlo feliz por el gusto con que está tratado el lenguaje. Esas cosas importantes en la literatura no siempre las encuentra en libros que verdaderamente festejen ese gozo desde lo literario. Eso es un gran desafío.

Ahora hay una gran planicie en nuestra literatura, con obras bien hechas en general, a lo largo y ancho del país, en ocasiones —en más de las que se debe— con las insuficiencias editoriales a que Mirta hace referencia. No siempre hay un trabajo editorial que vaya más allá de la labor propia del corrector. Pero hay una calidad más o menos estable en la realización. Lo que pasa es que no despuntan por ninguna parte obras de verdadera dimensión, que sobrecojan, que uno diga: «he aquí un pico Turquino». Hay como mesetas bien hechas, incluso que pueden estar bien validadas en el campo literario actual en idioma español; pero no un verdadero deslumbre. Eso puede ser visto incluso como un proceso de acumulación del cual en algún momento, siendo más o menos dialécticos, se producirá la transformación de lo cuantitativo en cualitativo y saldrá una gran obra. Si uno lo mira con optimismo puede esperar que eso ocurra relativamente pronto, porque hay autores, sin duda, con potencialidades para hacerla, pero no siempre se consigue.

La falta de jerarquización sigue siendo un problema serio. No hay una crítica literaria que cumpla su función; contamos con buenos críticos en Cuba, hay por lo menos diez personas con mucha capacidad de hacer crítica de poesía, de narrativa o de drama, pero no hay un ejercicio enlazado en el sistema que cree un estado de visualización y asimilación y de validación de esa literatura que se está escribiendo, con suficiente credibilidad.

También es una insuficiencia importante la manera en que circula la literatura desde la distribución misma del libro hasta la falta de un sistema de medios que la haga más visible. Tanto en la prensa plana como en la radial y televisiva, no hay un espacio donde alguien se siente a conversar de literatura naturalmente y eso pueda ser disfrutado.

Por supuesto, hay problemas que padecen los escritores que tienen que ver con la retribución de su trabajo, y que pasan por responsabilidades que van más allá de la labor propiamente creadora, pero que influyen en su intensidad.

¿Virtudes?, la ruptura definitiva de un espacio que dicte normas dominadas por la política o el mercado. Hace un tiempo que los escritores cubanos están escribiendo con muchísima más libertad individual, interior; han escapado a esa especie de temor, de autocensura, que, por todos los motivos que se quiera, de alguna manera lastraba la obra, tanto en términos temáticos como formales. Eso debe conducir a una mayor riqueza en el resultado general.

Por supuesto, si uno busca entre todo lo que en el país se publica, que es bastante para las dimensiones de nuestro mercado, encuentra libros con los cuales puede estar de acuerdo y disfrutarlos, pero falta lograr que lo mejor sea lo más visible, de manera que empiecen a aparecer algunos picos que puedan conducir a que definitivamente estalle un volcán que verdaderamente estremezca el campo literario cubano. Es lo que la literatura debería proponerse.

Norge Espinosa: Vivimos en un país donde, hasta donde sé, se ha llegado a dar un importante premio de ensayo, y el único argumento que alguno de los jurados pudo expresar fue: «Es un libro que está muy bien escrito», o sea, quedó en un segundo lugar lo que ese libro podía aportar, lo que el autor lograba, más allá de su conocimiento de la gramática y la caligrafía. Así nos hemos movido en estos últimos quince o veinte años, cuando han proliferado premios, concursos, y, como dije alguna vez, el escritor cubano, por lo general, ha sustituido la obra por el currículum. Hay escritores con uno que llega a la pared de enfrente y que no han hecho más que repetir una que otra tontería o una que otra verdad, hasta el punto de llegar a desustanciarlas. De esa manera estamos en las letras cubanas, y en el teatro, aunque en él hay otro elemento. El teatro es esa especie de escritura híbrida que existe para verse, no solo para leerse. Debe subir a escena para hacerse real, y ya se ha demostrado que en Cuba, aunque publiquemos textos teatrales de distintos autores, tanto de los muy renombrados como de los muy jóvenes, no siempre ello garantiza que suban a escena, que es donde el público puede sentir que esa palabra no solo vale como texto literario, sino como una provocación que el actor o la actriz han hecho visible, de la mano de un director.

En Cuba, eso nos lleva a pensar en el asunto a un grado mayor: lo que debe ser el teatro aquí, lo cual perfectamente podemos conectarlo con lo que ocurre en la literatura cubana, cuyo gran problema es justamente cómo pensarla en tanto sistema, más allá de la obra de un escritor, de la soledad del autor frente a la página; cómo pensarla en términos de labor editorial, impresión, promoción, responsabilidad de una casa editorial con el autor, seguimiento de su obra, reconocimiento nacional e internacional, jerarquización. Muchas veces nos encontramos que quienes han ido a una feria internacional son autores que hace años que no han publicado un libro, y esa es la imagen que damos fuera de nuestro país. El asunto es mucho más grave de lo que parece. Si vamos a la Feria del Libro de La Habana, salimos con la conciencia muy clara de cuáles son todos los problemas que tiene y los que tiene también la literatura cubana: de organización, de jerarquía, de visualización de sí misma, como un sistema que organice el pasado, el presente y el futuro en un orden realmente orgánico donde, poco a poco, vayan interactuando los referentes mayores junto a aquellos que ahora mismo los están retando, como es perfectamente lógico; pero si la imagen que vamos a darle al público lector cubano es ese caos donde la figura del autor desaparece, entonces empezamos a preguntarnos otros aspectos mucho más graves.

En el teatro la suerte es que, por lo menos, eso está en escena, y pueden coincidir en una cartelera un texto de Rogelio Orizondo, que es uno de los nombres más talentosos del teatro cubano contemporáneo, con uno de Estorino, reinventado por una nueva directora.

Pero si hablamos de problemas y virtudes, la pregunta sobrepasa la literatura cubana para hablar del país en mayor grado, porque son problemas que llevan una organización mucho más sólida y compleja, y donde el autor es solamente una voz que debe ser escuchada y respetada.

Jesús David Curbelo: Vamos a pasar la palabra al público. Hay una tercera pregunta que después abordaremos.

Teresa Díaz Canals: No soy literata, por eso voy a hacer dos preguntas como lectora nada más. Al no existir, como el panel ha dicho, una crítica literaria, no podemos valorar con toda la profundidad la literatura que se está produciendo en Cuba, pero me llama la atención por qué libros de reconocidos escritores como Leonardo Padura, o Ena Lucía Portela, no se publican en Cuba, o si se hace es tan escasa la tirada que apenas se puede acceder a ellos. Sin embargo, hay libros publicados con cien mil ejemplares que nadie lee.

Norge Espinosa: Me gustaría aclarar un pequeño detalle. No creo que en Cuba no haya crítica literaria, sino que ella no está cumpliendo su función tal y como se debiera esperar, lo cual es un elemento que da otro matiz.

Ramiro Feijóo: Soy jubilado, lleno casi todo mi tiempo con la lectura. Pienso que la sociedad funciona como un mecanismo de relojería, hay engranajes de este sistema que reflejan el estado del mecanismo. La literatura es un reflejo de la realidad, y no debe alejarse de eso. Yo, que vivo en este siglo, me interesa ver cómo aparece reflejada en la literatura la impronta de la sociedad donde existo, cómo se va a reflejar lo que sucede en un solar de La Habana. Han proliferado determinados tipos de vivencias en el país. Les han puesto apellido a esas realidades: realismo sucio; pero la realidad es la manifestación del comportamiento del ser humano en el momento que existe, y eso hay que reflejarlo para que quede, para que los que vengan detrás sepan qué fue lo que vivió nuestra generación en este momento. Eso es realismo sin apellidos. No hay que categorizar la realidad de un solar como realismo sucio; es la de esas personas que viven en esas condiciones.

Otra cosa: no hay equilibrio entre crítica y censura. ¿A qué responde esto? A intereses de grupos de poder que no les interesa que se manifieste lo que está sucediendo realmente en la sociedad, porque atenta contra sus intereses, que en definitiva generan formas de vida, y cuidan sus intereses personales por encima de todo lo demás.

Ramón García: Quiero hacerle cuatro preguntas a la literatura cubana, más allá de la ciudad letrada. Una es sobre las prácticas literarias; ¿hasta dónde han cambiado en Cuba, de manera que el concepto de literatura que estemos usando deje fuera a mucha gente y muchas prácticas que por el concepto estrecho, de elitismo cultural de la ciudad letrada no son incluidas y de pronto nos perdemos la mitad de la fiesta? Estoy pensando, por ejemplo, en la tensión que hubo en la oralidad-pueblo en Luis Rogelio Nogueras en los 60, o en Raúl Hernández Novás, escritura-poder. Pero ya desde los 90 hay unas prácticas escriturales a partir del chat, del lenguaje tecno, o sea, mercantil. Entonces empiezan a verse giros, tropos, ya metamorfoseados en otro tipo de lenguaje. Debemos hacernos honestamente la pregunta de cuánto han cambiado las prácticas literarias y hasta dónde la ciudad letrada sigue practicando un concepto de literatura que deja fuera mucho de lo que está ocurriendo hoy.

Mi segunda pregunta se refiere a los paradigmas ideoestéticos, la relación entre literatura y sociedad. Hay una época hedonista, un tratamiento del llamado realismo sucio —se ve hasta en las locaciones de los audiovisuales— ¿cómo la literatura está negociando la salida de ese asunto?

Y luego están las estrategias narrativas. Mirta hablaba de géneros híbridos, y ya vimos una tensión en la literatura, en el coloquialismo de los 60, cómo las imágenes cinematográficas estaban muy presentes en la literatura. Ahora habrá que ver cómo toda esta era digital se presenta en la literatura y cómo negocia ella con esas imágenes.

Finalmente, las agendas temáticas. No se trata solo de la literatura que se está haciendo fuera de Cuba; es que tenemos 25% de gente con permiso de residencia en el exterior que regresa. Ya hay un diálogo intercultural y una sociedad que se está abriendo. ¿Qué espacio ocupa en la literatura este hecho?

Juan C. Pedroso: Lo primero que quiero preguntar es cuál es el objetivo de la crítica, porque me da la impresión de que hay muchos críticos que lo que tratan es de convencernos de que saben mucho de un tema equis, cuando realmente su función debería ser orientar por dónde va la historia.

Desde mi punto de vista —yo no soy académico ni escritor—, literatura es todo lo que se escribe, desde una nota a tu jefe hasta el poema lírico más encumbrado. Claro que todo tiene su jerarquización, pero me parece que tratar de minimizar el trabajo de la gente que escribe no es productivo.

Con los adelantos tecnológicos, la labor de la escritura se ha democratizado mucho. Me parece que la idea iría por tratar de aglutinar lo mejor de la producción, porque lo dicho por alguien del panel es cierto, y es que hay mucha gente publicando actualmente que no tiene el oficio.

Yuleidis Castellanos:           No pertenezco al sector intelectual de la sociedad cubana, pero me interesa lo que tenga que ver con Cuba. Voy a hacer una observación y a la vez una pregunta sobre algo que he observado. ¿Cómo está el marketing de la literatura cubana hoy en día? Yo observo, quizás estoy equivocada, que hay una pobreza a la hora de dar un mensaje impactante a la sociedad cubana, sobre todo a esa parte que no pertenece al mundo intelectual, que necesita enriquecerse de los valores que trasmite la literatura.

Lo otro que quiero señalar es sobre el tema del que Norge habló. A mí me encantaba el teatro; de hecho, cuando era niña, en mi localidad había profesores que captaban a los muchachos para conocer el teatro. Pero he perdido el interés debido a lo que él mencionó: la pobreza de los guiones teatrales. Por ejemplo, voy al teatro muy ilusionada, pero veo que hay una explotación tan pobre de los temas... Un proverbio dice que de la abundancia del corazón habla la boca, y cuando hay pobreza en lo que se escribe es porque la hay de corazón, cosa que va más allá de la técnica.

 

Julio Pernús: Trabajo como periodista en una revista católica, y por eso ejerzo la labor de escribir, pero también he revisado muchos textos como editor. Me preocupa la poca promoción de los jóvenes dentro del mundo literario cubano, las escasas oportunidades que se están ofreciendo.

En cuanto al tema de la Iglesia quisiera saber cómo podemos establecer redes donde trabajemos en común, porque hay personas que están trabajando en el marco eclesial que tienen grandes valores y grandes dotes de escritores, y a veces falta eso. Me doy cuenta de que falta crear redes entre los propios escritores para socializar nuestra obra.

He tenido amigos en la Universidad que cuando no podíamos conseguir las novelas de Padura, por ejemplo, nos las pasábamos en formato digital. No sé si dentro del mundo literario estén pensando en ello, porque la sociedad actual trabaja en red, y los escritores parecen mundos aislados, grandes islotes y no se comunican entre sí.

Vani Pedraza: El panel es sobre literatura, pero voy a usar un símil de la música para explicarme mejor. Los creadores musicales dicen, sobre todo los salseros y me imagino que los reguetoneros también, que sienten que el público «les pide cosas»; es decir, hay una comunicación, sobre todo con los bailadores, por ejemplo. Yo quiero saber si ustedes como creadores y como conocedores del estado de la literatura actual, sienten esa comunicación que pasa, por supuesto, por la formación del lector, los hábitos de lectura. Quiero saber si ese pulso, eso que sucede y se nota mucho en la música, sucede en la literatura, y si esa relación o la falta de ella, influyen en algunos de los problemas que ustedes ya han puesto sobre la mesa, o en otros.

Jesús David Curbelo: Hemos recibido una buena cantidad de interrogantes sobre las cuales se puede comenzar a conversar. Mi tercera pregunta es ¿de qué manera podrían intervenir las instituciones y los críticos en la «solución» de las carencias esenciales de nuestra literatura? Respondiendo esto van a salir algunas respuestas a las interrogantes del público, y otras de carácter pragmático yo puedo responderlas rápido. Por ejemplo, el asunto de los libros de Padura. Él es un autor que publica con una de las editoriales más fuertes de la lengua española, Tusquets Editores. Para hacer ediciones en Cuba, hay que pedirle permisos especiales; casi siempre, tienen dos cláusulas básicas: 1) los libros no pueden ser vendidos fuera de Cuba, y 2) ponen un tope en la cantidad de ejemplares.

Es lamentable, pero son las reglas del juego; aquellas que impiden, por ejemplo, que en la segunda temporada de la serie televisiva que rodó el canal Netflix con actores cubanos, Mario Conde ya no va a ser Perugorría, sino Antonio Banderas. Los managers de Padura decidieron venderle los derechos a una productora más fuerte, y se acabó la opción de ver a Mario Conde hablando en cubano. Es un problema que va más allá de la voluntad de las editoriales cubanas; pero, en sentido general está la solución que alguien dio: los libros de Padura se pueden difundir de manera digital. En realidad uno tiene que pagar por ellos si los quiere leer, pero bienvenida sea la piratería.

Mirta Yáñez: Se supone que las instituciones están para el bien de la literatura, como bien dijo Norge, y no todo parejo, sino velar por la jerarquía: respaldar la asistencia a eventos de los premiados.

Hay escritores que tienen montones de premios, pero a las Ferias van los mismos o va uno que en ese momento cayó simpático. Una vez yo pregunté por qué no me invitaban, y me dijeron: «Es que los libros tuyos están agotados». Entonces, ¿justamente los que tienen libros agotados no van a la Feria? Es una cosa un poco loca.

En cuanto a la promoción, se ha criticado mucho que se venda el balón o la camisa de Messi, cuando por lo que hay que preocuparse es por la promoción de la literatura que la prensa no hace. En el tiempo de la Feria, prácticamente se habla nada más de los premios, de los escritores que vendrían y, por supuesto, de a quién estaba dedicada la Feria, y temas políticos. A muchos escritores no se les menciona para nada. Yo quisiera saber cuándo se les dedicará media página del Granma a escritores cubanos importantes o no tan importantes pero que han publicado buenos libros, y no a la política que se vende en la Feria.

Otra cosa que quiero mencionar en cuanto a las instituciones es la necesidad del recuerdo póstumo, sin esperar a los centenarios. Decía Borges que cuando las personas ya no están nos damos cuenta de que podríamos haber sido un poco mejores con ellas; pero a veces ya no están y tampoco somos buenos. Estoy pensando en el caso de Ezequiel Vieta, que se murió sin haber alcanzado nunca el Premio Nacional de Literatura ni haber ido a una sola Feria del Libro en su vida, y después se ha ido olvidando; y en Pepe Santos, que en un momento dado abrió la visión acerca del teatro cubano y ha sido perfectamente olvidado; y nuestro más grande dramaturgo vivo, Pepe Triana, que vive en París, y considero que se puede poner su obra sin pedirle permiso. Al recuerdo póstumo quiero añadir la atención en vida; creo que las instituciones —por cierto, tengo dos representantes de ellas a mi lado—tienen que ocuparse de atender a los escritores en vida.

Por su parte, los escritores, ya lo dije, deben concientizar la búsqueda de una literatura trascendente y desarrollar su cultura y su lenguaje. Esto, en mi opinión, es un problema esencial. Después voy a hablar un poquito más del lenguaje, a raíz de lo que alguien dijo acerca de los solares.

Lo de los críticos es el eterno problema. Una vez se debatió mucho en una reunión que hicimos con los miembros del Círculo de la Crítica, ¿y dónde se publican las críticas?

Yo hice una para la revista Temas hace tres años y todavía no ha salido, entonces uno se atasca; hace la crítica, ¿pero dónde la publica? Hay que buscar soluciones. En Tribuna de La Habana sale una columnita de no más de veinte líneas, ni siquiera llega a ser reseña, pero algo es algo. Hace falta hacer una hoja o un periodiquito de reseñas y de críticas literarias y de teatro.

Otro problema de las instituciones es la imposibilidad de acceder a la lectura internacional, porque hay pequeñas editoriales que publican a autores cubanos, pero no tienen mucha promoción, y Cuba realmente no hace la divulgación debida para que seamos conocidos fuera.

Alguien mencionó la realidad de los solares. Me da pena hablar de Sangra por la herida, pero allí está la realidad de Alamar, que es un gran solar, y no creo haber caído en los vulgarismos, en la chabacanería. Si uno quiere escribir como se habla en un solar, mejor va con un micrófono y graba allí todo, lo publica y nada más. Para mí, eso no es literatura. Incluso, Truman Capote, en A sangre fría, estoy segura de que grabó todo eso con los asesinos, pero después hizo una elaboración literaria.

Hace unos días me estaba leyendo una novela de Al Gore, que dice cosas que las orejas se me ponían coloradas de leerlas; pero las decía con gracia, sin chabacanerías. Se puede escribir sobre cualquier cosa, pero haciendo literatura.

García Márquez decía que no se puede escribir como Hemingway porque pone «Hola, qué tal, me fui, adiós, te maté». Eso sirve en inglés, pero en español —decía García Márquez, y estoy completamente de acuerdo— eso no funciona. Sin caer en la retórica del siglo xix, porque no vamos a escribir ahora como Benito Pérez Galdós ni nada de eso, se puede hacer literatura con cualquier tema.

Edel Morales: Situación difícil la mía en esta tercera pregunta, porque además de escritor, que es lo que quiero ser siempre, es inevitable que represente a la institución. Si vamos a ser justos, a las instituciones cubanas del campo editorial y más o menos literario no deberíamos darles un escobazo y desaparecerlas de una buena vez, porque han resistido el embate tremendo de la crisis de los 90 y los 2000 con cierta dignidad. Si uno se pone a pensar por qué están en un estado tan difícil en términos materiales, inevitablemente tiene que pensar que es casi la única industria de este país que ha preferido, a pesar de todo, proponer sus productos en pesos cubanos más que en divisas. La industria editorial cubana apostó por poner en CUP, a disposición de los lectores nacionales, los libros que podía producir, y no vendérselos en CUC como otras industrias. Usted puede ir a Cubadisco, pero difícilmente podrá comprar un disco en pesos cubanos; los libros, a cualquier precio que usted diga, están al acceso de los lectores cubanos, y eso, de alguna manera, hay que tenerlo en cuenta a la hora de ver cómo, sin tener prácticamente nada, la industria del libro se ha ido recomponiendo poco a poco.

También ha ido perdiendo un grupo de editores magistrales, formados a lo largo de mucho tiempo, y ha reconstruido esos recursos humanos con gente joven, graduada de las Facultades de Letras o de otras Humanidades, y ha ido intentando preparar ese relevo para enfrentar los desafíos del futuro.

Y hace una propuesta de Feria que, por supuesto, tiene una enorme cantidad de inconsistencias y de deficiencias, sobre todo de jerarquización, y otras insuficiencias significativas, pero sigue siendo un evento que seduce a grandes sectores de la población cubana, no solo en La Habana sino en el país.

Este es un problema, como se decía, que va mucho más allá del campo literario propiamente y de las instituciones del libro cubano. Tiene que ver con todo el sistema dela cultura y con la manera en que se está reorganizando el país. Cabría preguntarse qué lugar le asignaremos a la cultura, al libro y a la literatura, dentro del diseño de sociedad que se está proponiendo. No podemos pretender dar otras respuestas sin responder esa pregunta.

Las instituciones de la cultura que se piensen a futuro, y el Ministerio de Cultura están en estos momentos en un proceso de rediseño de acuerdo con los resultados del trabajo con los Lineamientos y todo lo demás. Se está rediseñando el Ministerio de Cultura, cosa que va a ocurrir durante este año 2017, y ¿todas las instituciones estarán realmente en condiciones de enfrentar los desafíos que a nivel social se les planteen? Esa es una pregunta para hacerse en estos tiempos, y para responderla, porque del lugar que la sociedad le asigne a sus instituciones culturales podrán venir los niveles de respuesta que puedan dar. Hoy necesitan desburocratizarse mucho. De alguna manera, el funcionamiento se ha regulado de una forma que hace que se cumplan determinados niveles de actividad, de producción, de comercialización, pero no estoy tan seguro de que haya un diálogo fluido entre lo que proponen las instituciones editoriales y lo que los lectores desean, y entre las instituciones con el otro polo fundamental, que son los autores, que permita que lo mejor de nuestra literatura se haga más visible que el total.

Soy partidario de que todo lo que tenga algún valor se le presente a los lectores, porque uno nunca sabe dónde va a saltar la ardilla, pero no estoy seguro de que las instituciones estén cumpliendo plenamente su función de establecer una conexión entre creación y recepción de esa obra, o sea, facilitar esa conexión, crear un puente de tensión. Esto se debe a la burocratización que han ido viviendo, muchas veces como resultado de normativas en otros campos, económicos, legales, que a veces ponen camisas de fuerza difíciles para la operación de la cultura. No hay que olvidar que hace unos años una de esas disposiciones cercenó dolorosamente el sistema de premios de la literatura cubana, de modo que hubo que reordenarlo de otra manera, que no siempre respondía a las posibilidades, porque a partir de una decisión económica se impacta lo cultural.

Por supuesto que se puede hacer mucho en todas las instancias, desde la publicación de los libros, donde la institución tiene que ser mucho más efectiva en la selección de lo que publica; asimismo, la prensa especializada, las revistas, tienen que ser mucho más activas. Así como la prensa en general, la escrita, la radial, la televisiva, la digital, tiene que cumplir mucho mejor el papel de orientación y de jerarquización de lo literario. A mi modo de ver, algo que funciona, y funcionará cada vez más, son los sitios y los espacios digitales; las programaciones habituales de nuestras instituciones deben tener cada vez más intensidad y más atractivo, tanto para los autores como para los lectores. Me llama la atención que en este Último Jueves que discute este tema, no haya muchas personas del mundo literario cubano. Ello es un síntoma evidente de algo.

Todo el sistema de giras, de eventos, de ferias, tanto nacionales como internacionales, tiene que ser revisado; no creo que sea el desastre que a veces decimos, pero efectivamente, tiene que ser más efectivo.

De la gestión de derechos no se habla mucho. La incapacidad de nuestro sistema para promocionar la obra de los autores cubanos no solo tiene que ver con los libros físicos publicados, sino también con la gestión de los derechos. Eso pasa por la fortaleza con que una industria, cuyos intereses rechazan bastante cierta producción literaria desde Cuba, está copando el mercado internacional del libro, pero hay que buscar el modo de moverse en ese mercado.

Está el problema de los soportes. Es muy difícil ver en la televisión cubana, o en pancartas, plegables, o en cualquier medio, el rostro de los autores o las portadas de los libros cubanos. Darles visibilidad resulta un propósito hoy. Tendremos que trabajar en la sostenibilidad de todos esos esfuerzos, o sea, la relación costo-beneficio, mercadeo- socialización, gasto-inversión, presupuesto-autofinanciamiento.

Los autores cubanos tenemos que ser mucho más activos en poner en crisis, por decirlo de alguna manera, la institucionalidad, impulsarla a cumplir la función social que tenga, a gastar el poco dinero que tienen nuestras instituciones de una manera mucho más eficaz.

Respondiendo algunas preguntas, no creo que ningún libro deba estar catorce o quince años esperando para ser publicado. En teoría, las editoriales deben dar respuesta en tres meses ante una propuesta editorial, y si la aprueba, a lo sumo en dos años debería publicarla. Eso ocurre como norma, puede ser que haya algún caso excepcionalmente demorado, pero no debería ocurrir.

Mirta Yáñez: En el año 1987, Retamar me pidió hacer la Valoración múltiple de Juan José Arreola, que estaba vivo, y lo entrevisté. Luego, en 1997, me pidieron que la actualizara, y salió para esta Feria, treinta años después.

Edel Morales: Bueno, yo no puedo responder por Casa de las Américas, por Retamar ni por lo que pasaba en Cuba en el año 87. Ahora bien, en las condiciones actuales, según cómo funcionan por lo menos las editoriales del sistema del Instituto Cubano del Libro, no debería suceder. En Cuba hay ciento ochenta editoriales, no puedo decir que en alguna no ocurra, y si ocurre, está mal.

Norge Espinosa: Lo que se ha hablado aquí del mundo de la literatura tiene un valor, y si añadimos lo que pasa con un dramaturgo en Cuba, la cosa se pone peor, porque, como dije al principio, ni siquiera es considerado autor en muchos casos, y los grupos teatrales se autotitulan dueños, a veces, de los textos, porque aparecen publicados en alguna revista, o en una antología, y el dramaturgo puede enterarse de que alguien está montando una obra suya mucho tiempo después de que ese proceso comenzó.

El sentido del respeto hacia el autor, el dramaturgo, ni siquiera funciona orgánicamente entre nosotros; que este logre sus derechos de autor, por la cantidad de funciones, que debe pagarle cada grupo que esté representando su obra, es una verdadera agonía. Hace diez años era peor, el dramaturgo ni siquiera se consideraba con derecho a exigir que se le pagara por sus funciones.

Si las instituciones no despiertan, los dramaturgos cubanos, y también muchos escritores, se van a morir de hambre; si no se dan cuenta de que el mundo cambió y que hay que estar en sintonía con valores que, incluso, nosotros podríamos pensar como no valores, pero lamentablemente, en términos de mercado, son los que están marcando un orden de vida.

El escritor cubano tiene que ponerse en sintonía con el mundo digital, con activar contactos a partir de su propia persona, aprovechando las redes sociales. Yo aprendí, siendo joven, que había que buscar a los maestros que uno quería y tocarles la puerta.

Hay que diferenciar qué es escritura y qué, literatura. No son exactamente lo mismo. Cualquiera escribe una nota para un jefe, y no todo el mundo puede escribir una novela que se llame Madame Bovary.

El crítico, para mí, es siempre una persona que debe establecer actos de compañía, que acompañe al lector, al espectador, a entender y a visibilizar del mejor modo una obra literaria o artística, pero debe ser más que un profesor que se sienta a dictar grandes temas, un gesto de compañía, que ayude a entender por qué es importante leer, o conocer a un determinado artista.

En todos los casos podemos establecer unos grandes patrones de queja. Creo —en eso estoy de acuerdo con Edel, en muchas otras cosas, no— que hay que aprovechar lo poco que tenemos y lo que hemos mantenido, y potenciarlo hacia una nueva dimensión, y para ello es importante que se escuche la voz de la crítica, a la cual no se le hace mucho caso en el país, la voz de los artistas, a la que tampoco se le hace mucho caso cuando no se trata de subir al escenario a hacer entretenimientos y payasadas.

Por suerte para la cultura cubana se puede decir que está muchos más pasos adelantada a lo que nuestro sistema político a veces ve las cosas. En la literatura, el homosexualismo, la diversidad sexual, la otredad de género, hace mucho rato que están presentes, y si alguien mira desde afuera puede pensar que toda la homofobia, todos los problemas de violencia de género, están superados porque ya están tratados en la literatura cubana. Los que escriben en los periódicos no son los que escriben los libros que se publican en Cuba. Esa diferencia es ostensible y a veces duele reconocerla, porque nos hemos desgastado en muchos paneles reclamando espacios de confrontación, y ese reclamo no sube a ese famoso nivel en el que se decide que sí, que eso es posible y necesario, que además es así como debe respirar un país.

La literatura debe estar a tono con todo esto. Los escritores cubanos, no solo los jóvenes, tienen ahora muchas más posibilidades de las que había quince o veinte años atrás. Por ejemplo, Mirta se quejaba de que no se ofrece en un periódico una página completa para un escritor, pero en Juventud Rebelde, José Luis Estrada, con cierta frecuencia, ofrece si no una página completa un espacio a jóvenes valores de la cultura cubana y les permite contar sus vidas aunque hayan vivido muy poco, y me parece que eso está bien.

Debería, por supuesto, como sucede en todo, estar equilibrado con muchas otras maneras de promocionar no solo a los jóvenes, sino también a quienes durante muchos años han hecho grandes esfuerzos por la literatura cubana y están presentes y actuantes.

En realidad, la literatura y el arte deben parecerse a la verdad, no imitarla, que es un grave error. En ese sentido, la pregunta final es, ¿nos parecemos en la literatura cubana a la verdad que estamos viviendo?

Edel Morales: Efectivamente, tenemos que hacernos esa interrogante y tratar de responderla cada uno de nosotros. Hay una pregunta que tiene que ver con las instituciones, y deberíamos tratar de responderla los autores, los críticos y los trabajadores institucionales, porque, queramos o no, el país propone una política cultural que tiene determinados niveles de historia y de actualización. Se trata de la relación entre una política cultural y literaria única, lo que se propone normalmente como país, y una libertad creativa que es diversa e individual por naturaleza; o sea, cómo a nivel de la relación se maneja esa tensión y se hace en función de que la creación pueda acercarse, desde su verdad artística, lo más posible a la verdad de la vida que vivimos. Es una respuesta que habrá que dar en el futuro inmediato.

Hoy por hoy, uno de los espacios en que está ocurriendo esa relación más intensa es el digital. A veces, nuestras instituciones no son nada conscientes de la importancia del mundo digital en términos de crítica. Por ejemplo, el famoso límite para artículos o audiciones no existe ahí; las relaciones se establecen libremente. La gente en Cuba hoy se pasa todo tipo de literatura y todo tipo de comunicación por esa vía, de manera que hay redes de escritores que sí se conectan y funcionan de una manera muy dinámica. Se lee todo lo que antes no se podía y que normalmente no está en nuestras librerías. Es un espacio, como decía, en el cual la crítica funciona, y también el posicionamiento de los autores mediante un blog, lo mismo en La Habana que en Contramaestre, y dialogando con el mundo. Los jóvenes, a pesar de todo, tienen ahora un espacio mucho más amplio del que tenían en los años 70, 80 y 90.

Por ejemplo, yo he asistido a la Feria del Libro en Holguín, y era un verdadero placer estar en Ediciones La Luz, no solo por la calidad de los libros que hace, sino por la intensidad de los espacios que propone. Una lectura de poesía en una de sus salas es un hecho cultural en sí mismo, de significación espiritual para las personas. Construir ese tipo de modelos es también una manera importante de actuar. Allí había jóvenes de todos los lugares de Cuba, a veces mejor de lo que se puede ver en la Feria de La Habana, donde también hay espacios significativos, incluso con jóvenes de distintos lugares de América Latina que se reúnen aquí.

Norge aludía al posicionamiento de los autores. En efecto, hay graves problemas, como decía en mi primera intervención, para la retribución del trabajo intelectual. Hoy es un desafío que escapa a las posibilidades de la institución literaria. Tiene que ver con la manera en que está ordenado el sistema, en términos económicos y legales, y que, efectivamente, tiene que ser cambiado para poder dar, por lo menos, una respuesta desde la institución, que no será nunca toda la que es posible ni para todos, pero hay que garantizar que sea para lo mejor de la literatura cubana, por los autores y por lo que se les ofrece a los lectores, a los que hay que tomar muy en cuenta. Normalmente pensamos mucho en los autores, en nuestra propia satisfacción, pero a nivel social, la institución tiene que ser responsable en pensar en el destinatario, en los libros que le ponemos en las librerías.

Todas las instancias: escritores, críticos, instituciones, tienen que plantearse ese tema y discutirlo bien a fondo, con toda la transparencia y con toda la vocación de diálogo posibles; porque de eso se trata. Hay incluso un lineamiento de los aprobados en el VII Congreso del Partido que hace un llamado explícito al aumento de la crítica literaria; por tanto, si las instituciones quieren cumplir con las políticas de transformación, que la sociedad ha consensuado o no, pero que son las aprobadas, tienen que ponerse a la altura de esa instancia de diálogo y de crítica; de lo contrario no estará cumpliendo con lo que la sociedad le demanda y las instituciones donde se deciden las políticas preconizan.

Es un desafío intenso, y lo que más puede pedirse desde la institución es la necesidad y la posibilidad de ser acompañada por autores, por editores y por lectores en esa demanda de transformación, que es inevitable si no queremos perecer, como antes se decía.

Mirta Yáñez: Voy a comentar algunos detalles de las intervenciones del público. En cuanto a los jóvenes, en los años 60 yo fui expulsada dos veces de la Juventud Comunista, nada más que por pretender ser escritora y por las amistades que tenía, que eran César López, Ezequiel Vieta, Pepe Triana, Jaime Sarusky, quienes eran, además, los profesores de literatura que me había puesto la propia Revolución. Y después, en una asamblea que hubo en la Escuela de Letras, donde era alumna, planteé algo sobre la literatura, y se paró una profesora y me dijo: «Esta no es una escuela de creadores». Eso era nuestra juventud; siempre estábamos bajo sospecha. Ahora tengo setenta años y creo que sigo bajo sospecha.

Sobre lo que decía Norge de parecerse a la verdad, yo diría, más bien, interpretar la verdad. Ese es el deber del escritor, porque, como empecé diciendo, lo que importa es el talento y la honradez, y esta justamente está en tratar de asimilar la verdad que nos rodea. No sé de quién es la cita que dice: «La realidad podrá ser un caos, pero la literatura consiste en darle una significación a ese caos». A mí me encanta esa frase porque, justamente, creo que es uno de nuestros deberes. Y quiero citar ahora a Bioy Casares que decía que él estaba convencido de que el escritor debe escribir con claridad, y eso siempre me lo pongo delante cuando estoy escribiendo. ¿Qué debe buscar uno como escritor? La trascendencia, la austeridad en el estilo, la eficacia narrativa o poética, el dominio del lenguaje, la sinceridad en la elección de temas y enfoques, y ser consecuente con uno mismo.

Norge Espinosa: Una sola cosa para cerrar. Las instituciones no solo tienen que despertar, sino, además, deben ayudar a los artistas cubanos a entender qué va a pasar, cómo el sistema se va a reorganizar, y qué rol van a tener dentro de este, para que salgan nuevas demandas por parte de los artistas que forman parte del país. Con respecto a eso que ya está pasando, si algo me preocupa es la desprotección con la cual se nos está dejando caer en todo esto, sin llegar, por supuesto, a los extremos de la doctrina, porque ya la gente sabe que puede decidir y elegir por su cuenta ciertas cosas, pero por lo menos debiéramos abrazarnos, en el mejor sentido, para que estemos preparados para cuando nos espanten los precios de ciertas cosas, sepamos que no podemos acceder a ellas, que la vida ha dado un giro tan grande en la cual ya no todo va a operar como pensábamos. De alguna manera seguimos siendo analógicos en un mundo que es digital, y ese cambio nos va a afectar de cualquier manera.

Edel decía que en Cuba hay ciento ochenta editoriales, algunas trabajan muy bien, eso hay que decirlo. Yo me alegro profundamente del trabajo que hace Alfredo Zaldívar con Ediciones Matanzas, por poner un solo ejemplo, y hay muchas que no sé qué hacen. Al mismo tiempo, el país tiene más de ciento cincuenta grupos de teatro, todos subvencionados por el Estado, a todos se les paga exactamente lo mismo, generen o no teatro de calidad. Eso no puede seguir pasando, en ninguna realidad puede seguir siendo así; la jerarquía tiene que servir para marcar la diferencia, para decir quién merece ser subvencionado, quién tiene algo que ofrecer realmente. Hay gente que lo está haciendo hace veinte, treinta años, todos los días en el escenario; mientras que durante ese mismo período, hay quienes no han hecho absolutamente nada. Es difícil, es delicado; hablamos de vidas y de personas, no de cuentas a derecha o a izquierda; pero realmente si no hacemos algún día ese tipo de aritmética, vamos todos a colapsar, incluso la literatura.

Hoy la gente ya no lee como leía, no reacciona ante la palabra como reaccionaba antes; pero ahí hay un valor, y Cuba, durante mucho tiempo y para mucha gente, ha sido eso, una palabra cargada de fe, y creo que si perdemos algunas cosas, hay que saber proteger, por encima de todo, la fe con que hemos creído en la palabra.

Jesús David Curbelo: El problema de Cuba está inmerso en uno mucho más grande que ella. Es un problema epocal, que tiene que ver con que se ha producido un cambio de pensamiento que ha dado lugar a un cambio de sensibilidad. Quizás muchos no lo podamos ver del todo, pero su expresión más palpable son los veloces cambios tecnológicos, que hacen que la gente piense y sienta de otra manera y, por tanto, escriba de otra manera. Me parece que es un asunto que hay que tener en cuenta. Cuba estuvo libre de eso hasta hace un tiempo, como mismo estamos libres, por ejemplo, de la publicidad. Cuando yo salí por primera vez de Cuba lo que más me golpeó fue el exceso de publicidad, los carteles, las vallas, los lumínicos. Cuando uno se ha pasado treinta años de su vida sin ver eso y llega a un lugar donde eso es lo más común, se puede sentir raro. De esa misma manera estábamos protegidos, pero hemos entrado en la globalización y ya, con limitaciones, cualquiera puede navegar en Internet, si se gasta su dinero en eso, y puede disfrutar de todas las ventajas que tiene esta globalización, y también ser víctima de muchas de las desventajas, como la colonización cultural.

En Cuba se agrava la situación porque hemos recibido esa oleada de globalización, con sus defectos y virtudes, en un contexto donde la educación se ha debilitado sobremanera; ya no es lo que era hace unos años; desde los niveles primarios hasta los universitarios, los graduados padecen de una endeblez y falta de interés, de motivación. Si esas personas —muchas ya no están en las aulas—, que ya tienen treinta y hasta puede que cuarenta años, son los lectores y los escritores del presente y del futuro, ¿cómo no vamos a estar en una crisis?

Coincido con lo que decían Edel y los demás: el deber de las instituciones culturales cubanas, del gobierno y el Estado, es empezar a pensar con profundidad en estos asuntos desde los puntos de vista filosófico, estético, y también político-ideológico, económico, práctico, etcétera.

Uno de mis grandes temores es que la tecnocracia absorba determinados órdenes de la vida cultural cubana. Esa es una guerra tan preocupante como la guerra con el imperialismo.

A veces el bloqueo interior y el de las mentalidades pueden ser tan dañinos como la peor de las agresiones de cualesquiera de los enemigos posibles. Es una responsabilidad que tenemos los intelectuales cubanos —aquellos que seamos responsables— de decirlo y de luchar aun a despecho de ser incomprendidos en algunos contextos.

Me parece que no por gusto en el anterior Congreso de la UNEAC el tema reiterado de las intervenciones de muchos artistas e intelectuales cubanos, de cualquier manifestación, fue el problema de la educación, que es uno de los pilares sobre los que se sostiene un país.

Vani preguntaba sobre los nichos de interés que puede haber. En sentido general, muchos escritores operan así, lo que no todos tienen el talento ni la habilidad de identificar ese nicho. Algunos escritores cubanos sí lo han hecho y por eso han tenido bastante éxito. Pueden localizar lo que falta en el panorama literario, y sobre eso trabajar.

Otros, por desgracia, se limitan a repetir modelos importados de esa globalización o a repetir fórmulas de éxito dentro del propio país, pero cualquier lector con habilidades se da cuenta de que no se trata más que de ecos de otras tendencias.

Les agradezco a los panelistas sus importantes reflexiones y a todos por su presencia.

(Panel realizado en el Centro Cultural Cinematográfico ICAIC, el 30 de marzo de 2017).