¡La batalla está aquí! Los chicanos protestan contra la guerra en Vietnam

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Resumen: 

El presente ensayo les sigue la pista a los orígenes de la protesta chicana hacia un análisis anticolonial que surgió durante el movimiento. Como los estadounidenses de origen mexicano (mexicano-americanos, según la autora) buscaban acceder a una ciudadanía de primera clase, desde por lo menos la Segunda Guerra Mundial. Ellos habían utilizado su servicio militar en el país como prueba de su lealtad y legitimidad en tanto estadounidenses. Sin embargo, durante los años 60, los participantes en el movimiento chicano rompieron con esta tradición cuando desarrollaron un esfuerzo inaudito para mejorar la situación de los miembros de grupo étnicos en los Estados Unidos. Inspirados por la política de protesta de Reies López Tijerina, un líder carismático que buscaba recuperar la tierra arrebatada a los mexicanos por los estadounidenses como resultado de la guerra entre los Estados Unidos y México, su punto de partida era entender que los mexicanos se encontraban entre las primeras víctimas del imperio estadounidense.

Esa visión incitó a las participantes en el movimiento chicano a mirar a la Cuba revolucionaria con admiración, a identificarse estrechamente con los vietnamitas que combatían contra la intervención estadounidense en el sudeste asiático y, finalmente, a brindar solidaridad a los inmigrantes, fueran indocumentados o no.

Abstract: 

This essay traces the origins of Chicano protest to an anti-colonial critique that emerged during the movement. As they sought first-class citizenship, Mexican-Americans since at least World War II had upheld their military service to the country as proof of their loyalty and legitimacy as Americans. During the 1960s, however, Chicano movement participants broke with this tradition as they forged an unprecedented effort to improve the plight of ethnic group members in the United States. Inspired by the protest politics of Reies López Tijerina, a magnetic leader who sought to recover land taken from Mexicans by Americans following the U.S.-Mexico War, their starting point was an understanding that Mexicans were among the first victims of U.S. empire.

That insight prompted Chicano movement participants to look upon revolutionary Cuba with admiration, to identify closely with the Vietnamese who were fighting U.S. intervention in Southeast Asia, and, ultimately, to stand in solidarity with immigrants, whether they had documents or not.

El movimiento chicano de los años 60 y los 70 representó un esfuerzo masivo por parte de la descendencia mexicana en los Estados Unidos para protestar contra la discriminación, la pobreza y la falta de oportunidades educativas. Medio siglo después de sus orígenes, y en la medida en que el movimiento chicano es recordado dentro de ese país, y más aún fuera de este, probablemente la memoria se reduce al nombre de César Chávez, quien conjuntamente con Dolores Huerta y sus aliados filipinos, llevó a United Farm Workers (Sindicato de Trabajadores del Campo) a una huelga de cinco años contra los cosecheros californianos, de quienes exigían mayores salarios y mejores condiciones de trabajo. En 1968, Chávez inició la primera de sus largas huelgas de hambre para atraer la atención respecto a la condición de los obreros agrícolas en la nación. A finales de la exitosa huelga de un lustro, se había ganado el sobrenombre de «el apóstol de la no violencia» (Barr, 1970).

La inspiradora dirección de Chávez aseguró que «la huelga» se viera indisolublemente unida en la mente del público a «la causa», como un mayor esfuerzo por lograr la justicia social para las personas de ascendencia mexicana en los Estados Unidos. Sin embargo, la lucha de campesinos fue solo una parte del movimiento chicano. Se podría pensar que este, al igual que el de los derechos civiles de los afroamericanos y el del poder negro (Black Power), estaba concentrado en un gran esfuerzo en defensa del mexicano-estadounidense y sus hermanos inmigrantes. El movimiento chicano era cultural, artístico, literario y político. Se focalizó, además, en la tierra, la salud y los derechos de las mujeres. Sus participantes publicaron sus propios periódicos, lucharon contra la brutalidad policíaca, e intentaron formar un partido político separado. Considero que era inmenso y variado.

Notablemente, la manifestación más grande que se produjo durante la existencia del movimiento chicano tuvo lugar en Los Ángeles, el 29 de agosto de 1970, para protestar contra la guerra en Vietnam. Tal como escribí en mi primer libro, ¡Raza Sí! ¡Guerra No!: Chicano Protest and Patriotism During the Viet Nam War:

Esa mañana, entre veinte y treinta mil personas caminaron más de tres millas en una manifestación que fuera caracterizada, por el Departamento del alguacil del Condado de Los Ángeles, de «bulliciosa», pero «alegre», a la par que mantenía una estricta vigilancia sobre ella. Uno de los participantes describió la marcha como «intensa, enérgica, festiva, y desafiante», mientras otro sencillamente la llamó «bella expresión de la comunidad». (Oropeza, 2005: 145)

Para Rosalío Muñoz, presidente del National Chicano Moratorium Committee (el grupo que organizó la protesta) ese día representó un gran triunfo. Recuerda haber recibido un fuerte abrazo durante la marcha de Rubén Salazar, un conocido periodista y redactor de Los Angeles Times, que había escrito apoyando al movimiento chicano. Salazar felicitó a Muñoz y al Comité de la moratoria completo por la concurrencia alcanzada en ese día. «Usted lo hizo», dijo, «realmente lo logró» (145).

 El año anterior había tenido lugar en San Francisco, en el norte de California, una de las más gigantescas protestas antibélicas de la época, y de hecho, de toda la historia de los Estados Unidos, cuando un estimado de doscientas cincuenta mil personas se reunieron en el Parque Golden Gate de la ciudad. En sentido general, por tanto, la marcha de San Francisco resultó diez veces más grande que la antibélica chicana de 1970. Si los mexicano-estadounidenses hubieran representado 10% de la población del país, esta última habría sido proporcional a las tendencias nacionales de récords alcanzados en el número de estadounidenses que participaban en protestas contra la guerra. Sin embargo, según los datos del censo, los de origen mexicano representaban en ese momento 2% del total, lo que hacía que la magnitud de su protesta fuera realmente más impresionante.

¿Por qué tal torrente de sentimientos antibélicos entre un grupo de activistas étnicos decididos a mejorar su condición interna? ¿Qué incitó su activismo contra la guerra? Con igual importancia, a la hora de retrotraernos a 1968 y a los años que siguieron a las protestas, ¿cuál es hoy el legado del movimiento chicano antibélico?

Para descubrir sus orígenes, debemos trasladarnos de California al estado de Nuevo México y volcar nuestra atención sobre el hombre que otrora fuera considerado la alternativa militante de César Chávez: Reies López Tijerina. Durante los años 60, Tijerina encabezó un movimiento para recuperar la tierra (similar al ejido mexicano) que la corona española o la República mexicana les habían concedido a los hispanoparlantes en Nuevo México antes de la guerra Estados Unidos-México (1846-1848), que transformó el lejano norte de México en el sudoeste norteamericano. También se inició un proceso por el cual la tierra —propiedad de antiguos ciudadanos mexicanos en el territorio conquistado— pasó a ser, eventualmente, propiedad de individuos estadounidenses o del gobierno de los Estados Unidos. La población estaba bastante esparcida, con excepción de Nuevo México, donde se había iniciado el asentamiento de los hispanoparlantes en 1598. En la medida en que los victoriosos estadounidenses controlaron los tribunales y las fuerzas de la policía, de forma rutinaria aprobaron decretos que legalizaban la usurpación de la propiedad del novomexicano a la vez que ilegalizaban cualquier intento de acceder a formas tradicionales de tenencia de la tierra (Correia, 2013).

Para Tijerina, ello representaba un delito que hacía que «las páginas de la historia de Nuevo México apestaran». Tal como expreso en mi nuevo libro, The King of Adobe: Reies López Tijerina, Lost Prophet of the Chicano Movement, publicado por University of North Carolina Press, esa injusticia lo motivó a forjar un movimiento anticolonial en los Estados Unidos. Dado que su objetivo era recuperar la tierra, consideró que los hispanoparlantes de Nuevo México y, más ampliamente, los estadounidenses de origen mexicano en todo el territorio nacional, constituían un pueblo conquistado.

Se refirió al Tratado Guadalupe-Hidalgo, que había puesto fin a la guerra, para subrayar que los Estados Unidos habían prometido, en el nombre de Dios todopoderoso, que después que ellos tomaran el control, los derechos de propiedad de aquellos que habían sido ciudadanos mexicanos serían «respetados inviolablemente». (TGH/1848).

En 1963, López Tijerina fundó una organización llamada la Alianza Federal de Mercedes para que se ocupara del problema de la profusa desposesión de tierra. Su propósito: «Unir todas las concesiones de tierras en un solo cuerpo a fin de exigir de los dos gobiernos que firmaron el Tratado Guadalupe-Hidalgo una investigación completa de todas sus violaciones». Al hacer un paralelo entre esa grave situación y la de otros pueblos colonizados del mundo, tranquilizó a sus seguidores novomexicanos y les dijo que no eran los únicos en ser tratados como «despreciables insectos» por aquellos que los habían conquistado. E insistió: «Declaramos que el trato que el anglosajón nos ha dado durante los últimos ciento veinte años, es igual que el trato que les ha dado a las personas pobres y humildes de África, y Asia, así como de América Latina» (Goldstein, 2014: 180).

Tijerina, un antiguo predicador pentecostal y creyente en la retribución divina, cabildeó a políticos y decisores en México y en los Estados Unidos durante años para que honraran el Tratado que ellos habían firmado. A diferencia de Chávez, solo encontró rechazo y represión cuando intentó un acercamiento pacífico. La frustración fue in crescendo hasta que el 5 de junio de 1967 encabezó un asalto armado contra un juzgado del condado en el pequeño pueblo de Tierra Amarilla, en el norte de Nuevo México. Aparentemente, Tijerina y sus seguidores pretendían arrestar a un funcionario local que había intentado suprimir el movimiento de concesión de tierras. Decían que este había violado sus derechos de libertad de expresión concedidos por la Primera Enmienda, garantizados por la Constitución de los Estados Unidos.

Al final, resultó que ese funcionario ni siquiera estaba en el edificio del juzgado, pero eso no importaba. El objetivo real era la publicidad. De hecho, la noticia acerca del ataque contra el tribunal se regó como pólvora entre el emergente movimiento chicano. Como consecuencia de haberle dado publicidad a la causa relacionada con la concesión de tierras y, por lo tanto, a la larga presencia de personas hispanoparlantes en los Estados Unidos, el movimiento alrededor del proceso de concesión les brindó a los estadounidenses de origen mexicano un viraje total en sus perspectivas.

La inmensa mayoría de los estadounidenses de origen mexicano se remonta a la llegada a los Estados Unidos de olas de migrantes que tuvieron lugar después de 1848. Sin embargo, el mencionado ataque brindó un medio para que se vieran como algo más que inmigrantes. Aun cuando ellos no tenían ningún vínculo con una concesión de tierras en particular, se dieron cuenta de la existencia de una larga historia de asentamientos de hispanoparlantes en la región —de la cual jamás habían leído en ningún libro de texto. Como recuerda Salomón Baldenegro, de Tucson, Arizona:

Mi generación […] creció en el decenio de 1950 y a comienzos del de 1960, cuando la sociedad estadounidense veía a los de origen mexicano como extranjeros y había una campaña organizada por la sociedad, particularmente en las escuelas, para hacernos sentir inferiores y nos trataban como intrusos en nuestra propia tierra. (Oropeza, 2019)

Pero Tijerina argumentó, y cambió todo. «Al documentar y hacer público el tema de la concesión de tierras y la dinámica que lo rodea, Reies hizo evidente esa cuestión de forma muy contundente […] que nosotros no somos intrusos o extranjeros» (Oropeza, 2019).

Como resultado de la perspectiva anticolonial que popularizó Tijerina, los activistas chicanos cada vez más se percataron de la opresión de clase y racial que enfrentaban dentro de los Estados Unidos no por una falta suya como inmigrantes o hijos de inmigrantes, insuficientemente asimilados sino por una herencia directa de la conquista. Los Estados Unidos les habían robado sus tierras, borrado su historia, y a partir de 1848 los consideraban racialmente sospechosos. Bajo estas circunstancias, a los inmigrantes que llegaron después se les confirió el papel de forasteros perpetuos e inferiores. Junto con los nativos americanos, los mexicanos fueron las primeras víctimas del imperialismo estadounidense.

Dotados de un sentido más amplio de solidaridad, los chicanos simpatizaron con la Revolución cubana por desafiar a los Estados Unidos. En una carta que escribiera, solo tres semanas después de que Fidel Castro y sus seguidores habían depuesto al dictador Fulgencio Batista, quien contaba con el apoyo de los Estados Unidos, Tijerina envió sus más cálidos saludos. «Felicitamos a los cubanos valientes […] bendecido sea el hombre que rompió el yugo en Cuba y felices sean sus fieles seguidores que han alcanzado […] la libertad», expresó. Los activistas conmemoraron la muerte del Che en Bolivia —que ocurrió solo unos meses después del asalto al juzgado— con el lema: «El Che está vivo y está en Tierra Amarilla».

En 1969, un viaje a Cuba causó una profunda impresión en Enriqueta Vásquez, quien escribió un artículo para el periódico El Grito del Norte, de Nuevo México, bajo el titular «¡Qué linda es Cuba!» (Vásquez, 2006: 178-86).

La guerra de Vietnam

La disposición de ver a los Estados Unidos como un imperio agresor también alimentó al movimiento de oposición chicano contra la intervención en Vietnam. Ideológicamente, algunos participantes en él eran, como dijera Vásquez en una ocasión, «más rojos que la fregada». Sin embargo, no todos lo eran. Constantemente acusado de simpatías comunistas, Tijerina insistió, «no soy socialista, comunista, ni rojo, ni rosado. Soy simplemente un esclavo de la justicia» (Oropeza, 2019). En cualquier caso, los participantes en el movimiento tendieron a identificarse más con el supuesto enemigo que con los combatientes estadounidenses. Como comentara el propio Tijerina, poco después del ataque al juzgado:

Ellos envían a tus hijos a que mueran en Vietnam y no les garantizan una vida decente aquí. Han intentado destruir tu cultura, ahora quieren que ustedes destruyan otra cultura. No están satisfechos con habernos robado toda nuestra tierra aquí, envían a tus hijos a una muerte sangrienta para así poderse apoderar de más tierras de los pobres allá (Oropeza, 2005: 70).

Al echar una ojeada a la historia de la intervención estadounidense en el sudeste asiático y compararla con su crítica situación en el suroeste norteamericano —donde la inmensa mayoría de la población de origen mexicano se concentró durante los años de guerra— por supuesto que los activistas establecieron estos paralelos. El análisis anticolonial que Tijerina popularizó hizo que muchos participantes en el movimiento se vieran, conjuntamente con los nativos norteamericanos, como las primeras víctimas del imperio. Además, desde la perspectiva de algunos participantes en el movimiento, los Estados Unidos no solo eran culpables de permitir que floreciera la discriminación contra las minorías, sino que también habían causado muchos problemas a un país pequeño (Vietnam), empobrecido y poblado de personas de piel morena como ellos. En abril de 1968, David Sánchez, uno de los fundadores de Los Angeles Brown Berets —un grupo paramilitar chicano semejante a las Panteras Negras—, llegó incluso a establecer una conexión biológica entre los chicanos y los vietnamitas. Durante una entrevista radial, Sánchez se quejó de que «el hombre» —una referencia general a la autoridad estadounidense— explotaba las capacidades combativas de jóvenes chicanos y afroamericanos al enviarlos al sudeste asiático a combatir. Dejó bien claro que no solo estaba a favor de una alianza más estrecha entre los activistas de piel morena y los negros, contra «el hombre», pero, al referirse a la herencia indígena de muchos mexicanos, también enfatizó que chicanos y vietnamitas compartían una herencia racial:

Pensamos, como que los chicanos vinieron a través de la parte oriental del Estrecho de Bering, y ese «blanquito» (honkie), ¿cómo es que se llama? Cortez, llegó y violó a nuestras mujeres, por lo tanto somos medio mongoloides y medio caucasoides lo que hace que los miembros del Viet Cong sean nuestros hermanos. (Oropeza, 2005: 89)

El sentido de posesión expresado por Sánchez cuando se refirió a «nuestras mujeres» hizo que las activistas chicanas se sintieran dolidas, pues también estaban luchando por la igualdad de género. No obstante, muchas de ellas apoyaban plenamente el sentimiento antibélico chicano. De hecho, un gran número tomó la iniciativa para articular este sentimiento, en tanto escritoras, para docenas de publicaciones de la prensa chicana que florecieron durante el movimiento. Por ejemplo, El Grito del Norte «cambió el guion» cuando se refirió a una tradición política mexicano-estadounidense que había predominado desde antes de la Segunda Guerra Mundial. Esta tradición, un legado de la inmigración, había puesto énfasis en la asimilación y particularmente en el patriotismo hacia los Estados Unidos y al servicio en sus fuerzas armadas como la manera mejor de obtener una ciudadanía de primera clase.

En un artículo publicado el día de la marcha antibélica de agosto del 70, Vásquez explicó que durante la Segunda Guerra Mundial, su madre escuchaba una canción popular interpretada por el cantante mexicano Pedro Infante, acerca de soldados que dicen adiós a sus queridas madres y novias cuando se marchaban a la guerra. En ese año, insistió, las chicanas habían perdido ese sentido de sacrificio callado y preocupación. Ahora los estadounidenses de origen mexicano ya no concedían automáticamente su lealtad a las fuerzas armadas estadounidenses, en cambio, miraban con ojos más críticos las expresiones que antes eran consideradas como muestras normales de patriotismo. Vásquez se refirió al himno de los infantes de marina estadounidenses que se inicia con una mención del ataque, en 1847, contra el Castillo de Chapultepec en México, D. F. «Escuchamos la primera estrofa del himno de los marines [...] desde los salones de Moctezuma», escribió, y hacemos un alto y nos preguntamos, «¿Qué rayos estaban haciendo los marines en los salones de Moctezuma?» (2006: 198). O, como recalcaba un cartel que llevaba una manifestante en la marcha chicana del 70 contra la guerra: «Yo quiero hijos, no héroes» (Oropeza, 2005: 195).

«Cambiar el guion» ayudó a Rosalío Muñoz y a los miembros del Comité chicano a recabar apoyo para esta masiva marcha antibélica. Tal como él explicara ese verano, «los chicanos regresaron de la Segunda Guerra Mundial y [...] se pusieron sus uniformes y medallas, y dijeron: servimos; no nos pueden decir “espaldas mojadas”, usted no puede decirnos dónde ir». Pero el resultado, según dijo Muñoz, era que «desarrollamos esta cosa cultural y psicológica. Uno se prueba a sí mismo [...] al rendir servicio militar». El machismo chicano estaba encauzando a los estadounidenses de origen mexicano hacia la vida militar. Muñoz expresó que el Comité por la moratoria, en lugar de aceptar esa situación, «tenía que ir directamente en sentido contrario» (Oropeza, 2005: 149). Mientras que los mexicano-estadounidenses de una generación anterior decían que ellos se merecían los mismos derechos porque habían probado que ameritaban la inclusión, los participantes en el movimiento chicano se preguntaban por qué debían arriesgar sus vidas para alcanzar un destello de igualdad.

La evidencia de unas desproporcionadas cifras de bajas de guerra fortaleció su argumento. En 1968, en cinco estados del suroeste de los Estados Unidos, donde vivía la mayoría de la población de origen mexicano, un científico político nombrado Ralph Guzmán llevó a cabo un estudio estadístico de bajas. Revisó los nombres de los que habían muerto en Vietnam entre el 1 de enero de 1961 y el 28 de febrero de 1967 y comparó las cifras con los datos del censo de 1960. Estimando que los apellidos españoles de «los varones en edad militar» formaban 13,8% de la población total en los estados de Texas, Nuevo México, Arizona, California, y Colorado en ese año, encontró que los individuos de esos apellidos representaban 19,4% de las víctimas de la guerra de estos estados, durante el período bajo estudio. A pesar de que esta información se vio luego modificada por otros estudiosos, las conclusiones que alcanzó en ese momento eran sólidas: «los soldados estadounidenses de ascendencia mexicana tienen una tasa de mortalidad mucho más alta en Vietnam que todos los otros soldados» (Oropeza, 2005: 67).

La verdad aceptada nos dice que los participantes en el movimiento chicano se movilizaron contra la guerra para protestar contra esta horrible estadística, principalmente para salvar vidas de estadounidenses de origen mexicano. Esa presunción no está tan equivocada como incompleta. Ignora totalmente el hecho de cuán a menudo los activistas se identificaron con los vietnamitas que se enfrentaban a la maquinaria bélica estadounidense. Además, al no contar con una perspectiva mucho más crítica que presentara a los Estados Unidos como una nación agresora en el escenario mundial, el mismo grupo de estadísticas más bien justifica y apoya esa vieja tradición política. De hecho, en 1965, la primera marcha sobre Vietnam realizada por mexicano-estadounidenses fue en apoyo a la guerra por parte de un grupo llamado The American G. I. Forum, una organización en favor de los derechos civiles de dichos ciudadanos, fundada por veteranos de la Segunda Guerra Mundial, y que contaba con muchos participantes en ese conflicto. Que los mexicano-estadounidenses murieran en una desproporcionada tasa, sencillamente servía de prueba de cuán patrióticos eran. Esta marcha en favor de la guerra demostró, por lo tanto, no solo lealtad a la nación, sino también al presidente Lyndon B. Johnson y a su Partido Demócrata (Oropeza, 2005: 62).

Sin embargo, esa diminuta marcha en Texas se vio rápidamente eclipsada por decenas de marchas chicanas antibélicas, durante el invierno y la primavera de 1970, en anticipación de la gran marcha en Los Ángeles, por la moratoria de la guerra. Ello se debió a que los participantes en el movimiento chicano utilizaron el trabajo de Guzmán no para aclamar su lealtad a los Estados Unidos, sino para protestar contra un sinnúmero de desigualdades internas. Según informes y estadísticas del gobierno, los miembros del grupo étnico eran más pobres, menos educados, y más proclives a ser señalados por la policía, que el conjunto de la población estadounidense. Y para empeorar aún más las cosas, decenas de trabajos racistas por parte de sociólogos y otros académicos decían que la marginalización política y social que encaraba este grupo étnico se debía a deficiencias culturales, propensiones delictivas, e incluso a un más bajo coeficiente de inteligencia. Sin embargo, los participantes en el movimiento chicano, al contemplar su subordinación dentro de la sociedad estadounidense, no culpaban a los miembros de su grupo étnico, sino al sistema político y social de los Estados Unidos.

En su primera acción antibélica llevada a cabo en septiembre de 1969, Rosalío Muñoz definió las formas en que los Estados Unidos eran un territorio hostil para aquellos de ascendencia mexicana:

Acuso al gobierno de los Estados Unidos de América de genocidio contra el pueblo mexicano. Específicamente, acuso al sistema de reclutamiento, a todo el sistema social, político, y económico [...] de crear un embudo mediante el cual la juventud mexicana es lanzada a Vietnam para morir y para asesinar a hombres, mujeres, y niños inocentes. (Oropeza, 2005: 116)

Inspirado en la carta escrita por Emile Zola, en 1898, «Yo acuso», donde el autor protestaba contra el antisemitismo en Francia, Muñoz continuó con una lista de imputaciones. Por ejemplo, acusó a un sistema educativo denigrante que no supo preparar a los mexicano-estadounidenses para entrar a la universidad. En consecuencia, muy pocos de ellos pudieron calificar para ser aplazados en el reclutamiento por su condición de estudiantes, que era una de las pocas vías de escapar del servicio militar obligatorio hasta 1970. También acusó a la extendida pobreza de la probabilidad de que los mexicano-estadounidenses brindaran servicio en tiempo de guerra. No solo resultaba prohibitivamente caro asistir a la universidad a tiempo completo, decía Muñoz, sino que demasiados jóvenes —atrapados entre la falta de oportunidades de trabajo y un denigrante sistema de bienestar social— se unieron al ejército como resultado de la desesperación económica. Finalmente, denunció la brutalidad policial; afirmó que el deseo de escapar a ese problema también llevó a muchos jóvenes a alistarse. Y declaró: «Acuso a las fuerzas del orden público de los Estados Unidos de suscitar más miedo e inseguridad entre la juventud mexicana del que el Viet Cong podría haber provocado» (116). Acertadamente, un estribillo usado por los activistas antibélicos chicanos decía: ¡La batalla está aquí!

Trágicamente, el lema expresó el violento final de la Marcha Nacional Chicana por la Moratoria que comenzara, con grandes expectativas, el 29 de agosto de 1970. El día acabó en un disturbio y la muerte de tres mexicano-estadounidenses, después de que el cuerpo de policía respondió a un reporte de que los participantes en la protesta se habían auto-servido sodas y cervezas en una licorera que estaba cerca de donde culminaría la marcha. Esa tarde,

oficiales de la Oficina del Alguacil del Condado de Los Ángeles, conjuntamente con refuerzos del Departamento de policía de la ciudad, se lanzaron contra el parque donde se estaba desarrollando el cierre de la manifestación, decisión que la convirtió en un campo de batalla. En solo escasos minutos, los inmensos sentimientos de esperanza, alegría, y orgullo experimentados ese día se transformaron en miedo, ira, y dolor. La pacífica celebración se convirtió en un tumultuoso motín que finalmente se desbordó de los confines del parque. En definitiva, tres personas murieron como resultado de la violencia del día, incluido Salazar, el reportero de Los Angeles Times. (Oropeza, 2005: 147)

Salazar murió después de recibir un fuerte impacto en la cabeza por un proyectil de gas lacrimógeno disparado por un alguacil, a corta distancia. El resultado violento de la marcha de agosto destacó, más que ningún otro evento, que la lucha —de hecho la guerra— estaba en casa (147).

Irónicamente, al reportero se le ha conmemorado mejor que a la propia marcha antibélica. Menos de un mes después de su muerte, el parque donde comenzara el altercado se rebautizó como Parque Salazar. En 2008, el Servicio Postal estadounidense, en honor a La Historia Latina emitió el sello postal «Rubén Salazar», que también expresó el contexto de su muerte al decir «durante una marcha de protesta chicana». Sin embargo, no hace mención a que la protesta era en contra de la guerra; ni tampoco alude a las acciones iniciadas por las fuerzas de la ley.

Esta versión del pasado es más impoluta y está más aprobada. Los estadounidenses tienden a recordar más al Chávez pacifista que al Tijerina militante. Ciertamente, hasta que apareciera este último y la erupción de la protesta social durante el decenio del 60, a los estadounidenses les gustaba pensar que el movimiento de sus antepasados en todo el continente era «el destino manifiesto» o su extensión, en palabras del presidente Thomas Jefferson: «el imperio de la libertad».

No obstante, la visión más crítica proporcionada por el movimiento chicano tuvo un impacto duradero. Actualmente, en los Estados Unidos, los estudiosos ya no hablan sobre una población de origen mexicano que «mira hacia atrás». Hablan a menudo del «legado de la conquista» cuando se refieren a la expansión estadounidense hacia el oeste. Además, entre los políticos y activistas mexicano-estadounidenses, la posición anticolonial conformó dramáticamente su actitud pública hacia los inmigrantes.

A lo largo del siglo xx, muchos ciudadanos estadounidenses de ascendencia mexicana reconocieron a los inmigrantes mexicanos como sus hermanos, hermanas y primos, a nivel personal y privado. Desde el punto de vista político, sin embargo, el énfasis en la asimilación dependía, sobre todo, de cierto distanciamiento de esa población, específicamente cuando esos inmigrantes entraban al país sin los documentos apropiados. Los activistas chicanos, en tanto críticos del imperio estadounidense, se negaron a reconocer, en las palabras de un documento fundacional del movimiento Plan espiritual de Aztlán, de 1969, «las fronteras caprichosas en el continente de bronce». No es por coincidencia que, decenios más tarde, los grupos latinos se muestran universalmente simpatizantes con los que cruzan las fronteras.

Al final, los participantes en el movimiento chicano resistieron la represión y demostraron que las naciones pueden sobrevivir a la protesta. Como elemento a su favor, sus activistas ayudaron a afrontar las desigualdades estructurales y a detener una guerra impopular. A pesar del antagonismo agudo de parte de «el hombre», que muchos tuvieron que enfrentar, los participantes en la protesta del decenio de los 60 exigieron que los Estados Unidos funcionaran de manera más justa y favorable, tanto en casa como en el extranjero. Hoy su ejemplo es más importante que nunca antes.

Traducción: Miguel Ángel Pérez.

Referencias

 

Barr, G. (1970) «Cesar Chavez: Apostle of Non-Violence». Observer, mayo.

Correia, D. (2013) Properties of Violence. Athens: University of Georgia Press.

Goldstein, A. (2016) Formations of U.S. Colonialism. Durham: Duke University Press.

Guadalupe-Hidalgo. Tratado de Guadalupe Hidalgo. Tratado de paz, amistad y límites entre la República Mexicana y los Estados Unidos de América, 30 de mayo de 1848. 500 años de México en documentos. Disponible en «http://cort.as/-F3aZ» [consulta: 23 febrero 2019].

Oropeza, L. (2005) ¡Raza Sí! ¡Guerra No!: Chicano Protest and Patriotism during the Viet Nam War Era. Berkeley: University of California Press.

______ (2019) The King of Adobe: Reies López Tijerina, Lost Prophet of the Chicano Movement. En imprenta. Chapel Hill: University of North Carolina Press.

Vásquez, E. (2006) Enriqueta Vásquez and the Chicano Movement: Writings from El Grito del Norte. Oropeza, L. y Espinoza, D. (edits.), Houston: Arte Público Press.