El movimiento estudiantil del 68 en México

Resumen: 

El artículo ubica las causas profundas y la dimensión histórico-social de la rebelión juvenil de 1968 en México. El movimiento estudiantil mexicano (MEM) responde a las injusticias del régimen social y —como otras luchas estudiantiles en el mundo de entonces— a las primeras manifestaciones de una crisis histórica de las sociedades contemporáneas. El MEM no enarbola demandas meramente estudiantiles sino de los trabajadores y de otros segmentos oprimidos, y resultó un impulsor principal del movimiento popular en el México actual.

Abstract: 

This article analyzes the deep causes and the historical-social dimension of the 1968 youth rebellion in Mexico. The Mexican Student movement (MEM) responds to the injustices of the social regime and —like other student struggles in the world back then— to the first signs of a historical crisis of contemporary society. The MEM does not proclaim merely student demands but also those of workers and other oppressed sectors, and became a key impetus to the popular movement in today’s México.

En el año 2018 se conmemoró medio siglo de importantes acontecimientos político-sociales que modificaron el curso histórico de las sociedades contemporáneas. En el ápice de aquella época se produjeron movimientos estudiantiles en varios países, que reflejan un nuevo momento social, político y cultural en el mundo. Al intentar ubicar las causas profundas y la dimensión de la rebelión juvenil de entonces es común que nos asalte la duda de cuáles pueden ser las condicionantes históricas del estallido, a nivel mundial, de aquellas importantes luchas. A pesar de la complejidad de dichos procesos, podríamos decir que responden a profundos problemas emergentes en aquellas sociedades; en el trasfondo está el fin del auge económico y social de la posguerra, tanto en los países capitalistas desarrollados como en los del subdesarrollo, y consecuentemente el surgimiento de una profunda crisis económica, política y cultural, en las sociedades contemporáneas que apenas se esbozaba entonces, y aparece de manera más evidente en los años siguientes.

Ella empieza por alterar las relaciones sociales e impacta el proceso cultural produciendo cambios dramáticos en las formas de vida y en la perspectiva de los jóvenes en diversas sociedades, incluso en algunos países socialistas de Europa del Este.

Es necesario recordar que en los tres lustros que cubren los años 60 y la primera mitad de los 70, en medio de los cuales se sitúa la rebelión juvenil, se producen algunos acontecimientos que me parece importante recordar y que actúan como telón de fondo de aquel estallido político-cultural. Entre ellos destacan:

  • Las repercusiones mundiales del triunfo de la Revolución cubana y sus rápidos avances, así como el crecimiento exponencial de los movimientos de liberación nacional en África, Asia y particularmente en América Latina, y el recrudecimiento de la llamada Guerra fría a partir de entonces, con graves repercusiones en nuestra América.
  • El agravamiento del conflicto chino-soviético y las repercusiones ideológicas de la Revolución cultural china, que inciden en la división en diversos movimientos de liberación y en partidos políticos progresistas en el mundo.
  • La Ofensiva del Tet, de enero a septiembre de 1968, planificada y lanzada por Vietnam del Norte y el Vietcong, a partir de la cual se inicia la derrota política, estratégica y a la postre militar total de Washington en la guerra de Vietnam, así como el incremento de las luchas en los propios Estados Unidos y en el mundo, en contra de esa deplorable contienda.
  • Una crisis ideológica, cultural y de las relaciones sociales, notoria sobre todo en las sociedades capitalistas desarrolladas de entonces, genera contradictoriamente como consecuencia del fin del auge de la posguerra y de los profundos cambios socioeconómicos y culturales de entonces, y por ello también un agravamiento inédito de la crisis de la familia convencional burguesa y de las viejas costumbres.
  • La exigencia creciente de los jóvenes por ser considerados como protagonistas en la construcción de nuevas ideas y nuevas formas de vida, amén de que los medios emergentes como la televisión y la comunicación por satélites impulsan una internacionalización sin precedentes de la ideología, la cultura y la información.

Que en esos años aparezcan como protagonistas de primer orden los movimientos estudiantiles, no es algo que se da en el vacío; son consecuencia y en cierto sentido respuesta también al inicio de una profunda crisis general, tal vez solo perceptible por algunos investigadores y el estudiantado, por ser este históricamente uno de los sectores más sensibles de la intelectualidad. Dicha crisis empieza a afectar las instancias estructurales e ideológicas y, al generalizarse durante los años 80 en los países capitalistas, incide en todo el mundo; incluso de alguna manera, interviene en el colapso de los Estados socialistas de Europa del Este.

Esas luchas estudiantiles que estallan en varios países entre 1967 y 1968, contribuyen a romper la inercia social y cultural que sustentaba el conformismo y la pasividad en las sociedades capitalistas. Sin embargo, revelan una gran diversidad y asumen características muy diferentes en cada país, lo que es explicable por los contextos socioeconómicos y culturales distintos, así como por el grado de conciencia y organización y los niveles y formas que adopta la lucha social y de clases. El movimiento estudiantil mexicano (MEM) es condicionado por ese ambiente mundial de rebelión juvenil.

 

Algunos antecedentes

 

Es importante entender el proceso político social que enmarca el estallido estudiantil de 1968 y, sobre todo, el curso que lo lleva a una respuesta tan violenta del gobierno. El México en que viven los jóvenes de entonces había dejado muy atrás el proceso de transformaciones emanado de la Revolución mexicana de 1910-1917, la que, a pesar de su carácter democrático-burgués, por la presencia fundamental del pueblo en poderosos ejércitos populares y la pérdida de un millón de vidas durante el conflicto armado, había creado condiciones para ciertas transformaciones que respondían positivamente a las causas populares. Las más importantes reformas se llevan adelante en la etapa nacionalista revolucionaria durante el gobierno de Lázaro Cárdenas.[1]

Este proceso se trunca a partir de los años 40. Durante los gobiernos poscardenistas se inicia el desmontaje de las reformas progresistas a través de una soterrada lucha de clases que ideológicamente obnubila a la población sobre los intereses en juego. A lo largo de las próximas décadas terminan por imponerse las posiciones más conservadoras. Durante los años 50 y los 60 se consolida, en el poder económico y político, una oligarquía monopolista, enriquecida como pocas en el mundo y entreguista a los intereses imperialistas, particularmente de los Estados Unidos.

La lucha social y de clases se proyecta entonces en una dirección agravante. El país experimenta la multiplicación de importantes movimientos populares, prácticamente en todo el territorio nacional; diversos trabajadores rurales y urbanos emprenden significativas luchas como las de los ferrocarrileros, tranviarios, electricistas, telegrafistas, maestros, médicos, y de otros segmentos sociales explotados. Todos fueron reprimidos. En los años 60 las cárceles se llenan de presos políticos, y el campo y la ciudad de asesinatos, persecuciones y represiones masivas y selectivas.

El MEM antes de los 60 no era un protagonista en las luchas sociales; su verdadera irrupción masiva con presencia nacional se produce en esa década. Se expresa y multiplica en diferentes estados de la República y en la ciudad de México. De él surgen centenares de jóvenes comprometidos con las luchas sociales y políticas. En este sentido habría que destacar la huelga de la UNAM en 1966, que culmina en un proceso de reforma universitaria que cuestiona la antidemocrática estructura de poder burocrático; derrumba los organismos de control estudiantil, así como de grupos represivos de derecha; se conquista también el pase automático de las preparatorias al nivel superior y en algunas facultades y escuelas nacionales se consigue la participación de estudiantes y profesores en el diseño, contenido y orientación de los planes y programas de estudio.

En ese mismo año estalla un significativo levantamiento en la Universidad Nicolaita, en la ciudad de Morelia, que se levanta contra el gobierno estatal en apoyo al pueblo del estado de Michoacán y sufre una feroz represión. El ejército toma la Universidad y encarcela a sus dirigentes. En Chilpancingo, los estudiantes se levantan en contra del gobierno estatal y son igualmente reprimidos. Entre 1967 y 1968 este tipo de acontecimiento irá en ascenso en Hermosillo, en la Universidad Benito Juárez en Tabasco y en general se multiplican y se incorporan a las luchas del pueblo como «conciencia crítica» y en las calles marchan los aguerridos ejércitos juveniles armados de ideas y combatividad.

 

El carácter del movimiento

 

La rebelión juvenil en México tiene sus propios orígenes y singularidad. En ciertos aspectos coincide, pero también difiere de las europeas o estadounidenses. En su desarrollo, aquella revela un pensamiento crítico y confronta las injustas condiciones sociales y el régimen político vigente.

La rebelión estudiantil en la ciudad de México fue consecuencia inmediata y directa de la represión oficial, aunque en un sentido más profundo fue la respuesta espontánea de los jóvenes a viejos y graves problemas que están a la vista de todos: el carácter cada vez más antidemocrático de la vida pública nacional, la constante violación a garantías y derechos que las leyes otorgan, el injusto patrón conforme al cual se reparten la riqueza y el ingreso nacionales, la brutal explotación del trabajo de las grandes masas y el bajo nivel de vida de vastos sectores de la pequeña burguesía, la inmoralidad administrativa, el charrismo sindical, la burocracia, el fraude electoral, la demagogia en torno a la reforma agraria, la inflación, el control monopolístico del poder político ejercido por el partido del gobierno, la represión, el comportamiento arbitrario de numerosas autoridades públicas y en particular de los cuerpos policiacos, la creciente subordinación del gobierno y las empresas privadas al imperialismo norteamericano, todo ello provocó la indignación estudiantil y lanzó a millares de jóvenes y adultos a las calles, en uno de los actos masivos de protesta más genuinos que puedan recordarse. (Aguilar Monteverde, 1970: 7)

Desde un primer momento el liderazgo —la dirección nacional: el Consejo Nacional de Huelga (CNH), así como las Brigadas Políticas y los Comités de Lucha— lo asumen estudiantes con diversas posiciones, miembros algunos de ellos de grupos políticos o partidos de izquierda, otros solo con experiencias previas en luchas diversas, ya sea en las propias estudiantiles y/o en diferentes movimientos populares. Todo ello permite que los estudiantes hagan suyas algunas de las demandas obreras, de las del campesinado, de otros segmentos populares y de la izquierda mexicana. En los comunicados públicos del CNH consecuentemente se expresan posiciones en defensa de las causas populares y el rechazo a la ideología oficial que falsamente se ostentaba como heredera de la Revolución mexicana.

En el caso de México, cuando los estudiantes se involucran decididamente en las luchas sociales como lo hicieron en esa década, «no lo hacen en su condición de estudiantes, que es transitoria y socialmente inconsistente, sino como parte del pueblo mexicano, como individuos solidarios de ese pueblo, que participa de sus angustias y problemas» (Carrión, 2008: 239).

Las imágenes recurrentes en las manifestaciones —que llegaron a ser de cientos de miles de participantes, principalmente de jóvenes estudiantes, pero también de profesores, padres de familia y ciudadanos de la calle— fueron las del Che y Ho Chi Minh, como sucedía en gran parte de las protestas estudiantiles de entonces en el mundo. Pero a la vez, en México las protagonizaron simbólicamente las de Emiliano Zapata, Ricardo Flores Magón, Francisco Villa, y las de los luchadores campesinos y guerrilleros Rubén Jaramillo, Genaro Vázquez Rojas y Lucio Cabañas, recién levantado en las montañas del estado de Guerrero. Las demandas del movimiento «Libertad Presos Políticos» alude principalmente a los dirigentes ferrocarrileros Demetrio Vallejo y Valentín Campa, o a la del dirigente Othón Salazar —líder del movimiento magisterial nacional desde los años 50 y principio de los 60— y a diversos intelectuales revolucionarios encarcelados por sus ideas y acciones. Cabe recordar que Genaro Vázquez Rojas y Lucio Cabañas, dirigentes de las guerrillas de esos años en el estado de Guerrero, así como Salazar, fueron maestros egresados de la Normal Rural de Ayotzinapa, precisamente la escuela de donde proceden los cuarenta y tres jóvenes desaparecidos en 2014.

La masificación de la educación superior en la posguerra contribuyó, en México, a sumar a amplios segmentos de jóvenes provenientes de clases no privilegiadas, lo que permitió darle al movimiento un sentido progresista. Esa fuerza mayoritaria impulsó y avaló en la práctica las peculiares seis demandas principales de los estudiantes en 1968, ya que ninguna de ellas tenía un carácter escolar ni meramente estudiantil.

El 4 de agosto de 1968, el día anterior a la constitución formal de la dirección del movimiento: el CNH y los representantes de las escuelas que lo conformarían dieron a conocer públicamente, el pliego petitorio de las seis demandas:

  1. Libertad a presos políticos.
  2. Destitución de los jefes de la policía, del servicio secreto y del cuerpo de granaderos, responsables de la represión por la que estalla el movimiento.
  3. Desaparición del cuerpo de granaderos.
  4. Derogación de los artículos 145 y 145 bis del código penal sobre el «delito de disolución social». (Véase Fernández, 2016)
  5. Indemnización a los familiares de los muertos y heridos en las represiones a estudiantes que dieron origen a la protesta y al movimiento.
  6. Deslinde de responsabilidades por los actos de represión.

Las movilizaciones y las posiciones políticas del MEM resultaron, a la postre, en una confrontación con el gobierno antipopular y autoritario de Gustavo Díaz Ordaz, el que al verse en desventaja para enfrentar las justas demandas estudiantiles y las bien elaboradas posiciones políticas que prácticamente a diario daba a conocer el CNH a través de comunicados públicos, opta por hacer un uso criminal de los aparatos represivos del Estado, incluido el ejército, y vuelve dicho conflicto o extremadamente cruento. A la vez, las respuestas del movimiento estudiantil en la calle y en sus comunicados, así como su resistencia a la represión casi diaria a lo largo de los cuatro meses de huelga y lucha, lo convierten en uno de los más heroicos en el mundo de entonces.[2]

Paradójicamente, a pesar de la heterogeneidad y el gran peso de la clase media y pequeña burguesía en la composición social de la mayoría de las universidades participantes —aunque no era así en el caso del Politécnico, la escuela de agricultura Chapingo o las normales de maestros y las rurales, escuelas que por cierto fueron las más ordenadas y combativas—, prevaleció una inusitada disciplina y un respeto y acatamiento a las decisiones mayoritarias. Una vez tomados los acuerdos, desde abajo, en las asambleas multitudinarias, eran procesados por el CNH, y devueltos a las bases en forma de directrices, o sea, fue un movimiento de masas que actuó sobre el principio de «mandar obedeciendo». En él se expresaron diversas posiciones, y no dejó de tener explicables limitaciones de clase. Una gran parte del estudiantado y muchos dirigentes fueron presa de ilusiones «democratistas» que impidieron forjar una estrategia de lucha de más largo plazo, entender la necesidad de una mayor flexibilidad táctica y comprender la verdadera capacidad represiva con que contaba el Estado. En diversos momentos ganó a muchos la quimera de que el gobierno aceptaría finalmente resolver el conflicto y aceptaría las demandas estudiantiles; todo ello obstaculizó la organización y la capacidad para sortear con éxito las acciones gubernamentales y, a la postre, las trágicas consecuencias de la represión.

El gobierno mexicano y el oficial Partido Revolucionario Institucional (PRI) tenían un control férreo y casi corporativo de los obreros, los campesinos y de cualquier fuerza popular, tradicional o emergente. Por ello es explicable que el enorme apoyo moral y material que recibieron los estudiantes se dé, no como sucede en Francia, con huelgas y en la calle, sino individual o familiarmente, o a través de millares de pequeños grupos de apoyo de obreros, de empleados públicos y de empresas privadas, de artistas e intelectuales, amas de casa y del «ciudadano de la calle»; hombres y mujeres, muchos de ellos padres y madres de familia, sumados entusiastamente a las tareas cotidianas del MEM en los propios planteles escolares, en las brigadas políticas, en la propaganda y la recolección de recursos económicos, en las marchas y mítines, y en otras diversas e imaginativas formas de apoyo material.

Gran parte de la sociedad mexicana expresó no solo simpatía por el Movimiento, sino que lo apoyó materialmente de diversas maneras. Esa lucha contribuyó significativamente a la elevación de la conciencia, no solo de los jóvenes, sino de segmentos importantes del pueblo.

 

Proyecciones del 68

 

El inusitado proceso de politización del estudiantado se expresa con mayor profundidad en los tres años siguientes al 68, avanza en sus posiciones y su capacidad de análisis y en frecuentes movilizaciones que culminan el 10 de junio de 1971 dramáticamente con otra marcha reprimida, y la masacre de más de cuarenta estudiantes en la ciudad de México. Ese nuevo momento fue muy importante y tal vez no ha sido suficientemente valorado. En ese período, las luchas recogen ya más claramente algunas demandas populares y de los trabajadores, y sus posiciones del MEM revelan un vuelco: la demanda del 68 de «Únete, pueblo» se había transformado en «Unámonos al pueblo».

Durante la segunda mitad de 1971 y a lo largo de los años siguientes se multiplican las movilizaciones en las calles; miles de jóvenes se organizan en agrupaciones políticas; surgen nuevos partidos progresistas y de izquierda; emerge una nueva guerrilla urbana con decenas de organizaciones conformadas mayoritariamente por jóvenes, muchos de ellos provenientes del movimiento estudiantil; surgen decenas de revistas y publicaciones progresistas y revolucionarias de nuevo tipo y la gente demanda en la calle —ganada por el MEM— vivienda, educación, incremento de salarios y cambios de gobiernos locales, municipales y estatales; en fin, las nuevas luchas revelan un agravamiento de las contradicciones sociales y políticas en gran parte del país.

Lo anterior obliga al gobierno a reforzar su faceta reformista con una supuesta y, a la postre, insulsa «apertura democrática», paralelamente desata nuevos y más graves procesos represivos en el campo y en las ciudades, y lleva a cabo la funesta «guerra sucia», auspiciada por los Estados Unidos para combatir a los pueblos que, como el chileno y otros en América Latina, aspiraban a cambios revolucionarios.

En fin, México ya no era el mismo, aquellas luchas de los 60 y los 70 impulsan el desarrollo de un nuevo y amplio movimiento popular, que emerge a partir de la lucha estudiantil de 1968-1971; se expresa en las nuevas acciones urbano-populares, sindical independiente y en otras formas de organización de las luchas en los 70 y en la primera parte de los 80; da un salto importante al desbordar y sustituir al gobierno en las labores de rescate y organización social ante los sismos de 1985 en la ciudad de México y, particularmente en 1988 se va a expresar por primera vez como fuerza electoral contendiente en el impulso a la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano; ese misma fuerza popular apoyaría decididamente, pocos años después, el levantamiento indígena zapatista.

En la actualidad es muy diverso y sumamente amplio. Es una fuerza social y política dispersa en gran medida, que carece de unidad y de programa común. Una gran parte de él en su desarrollo multiforme se expresó en el impulso, durante los últimos dieciocho años, a la candidatura de Andrés Manuel López Obrador y obtiene un contundente triunfo en las elecciones de 2018.

Existe hoy en México un nuevo momento político, no solo porque una gran parte del movimiento popular se siente representado y apoya al nuevo gobierno progresista; por lo tanto, se vive también un nuevo estado de ánimo y de conciencia política. El proceso electoral de 2018 ha dejado al conservador Partido Acción Nacional (PAN) en un lejano segundo lugar y al antaño invencible PRI, en tercero. Pero las fuerzas conservadoras y proimperialistas son muy poderosas. México ha empezado a vivir cambios de enorme importancia y sumamente contradictorios, en donde las posiciones políticas tienden a tensarse. En este proceso está no solo el espíritu del 68, sino muchos de los sobrevivientes de aquellas gestas.

En el aniversario número cincuenta habría que restablecer lo que aportó aquella lucha ejemplar de los estudiantes para alcanzar ciertos avances en la vida democrática de México, ya que sintetizó su lucha en una consigna principal: «libertades democráticas». Pero sobre todo es necesario situar dónde se ubican los legados del MEM que puedan enriquecer las luchas de hoy, ante un panorama mundial que vive en nuestro tiempo graves retrocesos, con la preponderancia de las políticas neoliberales por más de tres décadas y con el resurgimiento del fascismo en Europa y en otros países, incluidos algunos latinoamericanos.

 

Medio siglo, grandes cambios

 

El mundo de hoy respecto al de «el 68» ha cambiado considerablemente. Los grandes acontecimientos sociales de aquel momento, en particular los movimientos estudiantiles, se nos aparecen como heraldos que anuncian la aparición de una larga crisis que se agrava en los siguientes años, inicialmente en los países capitalistas del «primer mundo» y después en los del tercero. Es evidente que estamos ante el fin del auge de la posguerra; se esfumaron con ello «los años dorados del capitalismo», como llamó Erik Hobsbawm (2001) al período que comenzó con el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta finales de los años 60 y principio de los 70 del siglo xx.

En las cinco décadas transcurridas desde aquellos sucesos hasta nuestros días, destaco entre muchos hechos relevantes, dos grandes acontecimientos que impactan en la actualidad:

  • A partir de mediados de los años 60 y durante los 70, paralelamente al desarrollo de nuevas y más complejas tecnologías, aparece una severa caída en la dinámica capitalista; esto propicia la restructuración del capital más importante desde el surgimiento del imperialismo moderno, causa de un nuevo momento en la internacionalización capitalista. A partir de la posguerra, el capitalismo se había trasnacionalizado, a lo que se agrega, en los 60, una nueva fase de la internacionalización con nuevos fenómenos que generan la llamada globalización, principalmente del capital monopolista. Las oligarquías de los países capitalistas desarrollados imponen al mundo, sobre todo a partir de la «experiencia piloto» de la dictadura de Augusto Pinochet en Chile, las políticas ultraconservadoras y neoliberales. Pero tal vez el hecho más importante de la época es que, precisamente en este período, la crisis contemporánea se torna globalmente crónica, no solo es económica porque se ha roto la continuidad del proceso de acumulación del capital, sino también política, ideológica, cultural, migratoria, ambiental y social en múltiples aspectos, ella sintetiza el conjunto de las contradicciones actuales.
  • El otro hecho histórico fundamental de este medio siglo es, sin duda, la caída del socialismo en Europa del Este y, con ello, el fin de una etapa en la contradicción revolución-contrarrevolución que acompañó al siglo xx. Con la desaparición de la Unión Soviética, los procesos revolucionarios se ven seriamente golpeados y se abre una nueva fase caracterizada por la mundialización del capitalismo. La contradicción capitalismo-socialismo junto con la era del capitalismo monopolista, o sea, el imperialismo moderno, representó la differentia specifica del «corto siglo xx».

A raíz de la desaparición de diversos procesos socialistas durante la primera mitad de los 90, la lucha revolucionaria parecía perder fuerza a nivel mundial y se abrió una época de escepticismo y desánimo, reforzado por la faceta ideológica del neoliberalismo y por los seudomanifiestos «posmodernos» con sus llamados a aceptar «el fin de la historia», «el fin de los grandes relatos», «el fin del proletariado» o el «adiós a la clase obrera».

Paralelamente, en las ciencias sociales y en la difusión ideológica se pretende centrar la atención únicamente en los problemas de las llamadas identidades: género, etnia, raza, preferencias sexuales, etc., que indudablemente son muy importantes en nuestro mundo, pero no puede situárseles al margen o por encima de las clases sociales y de su lucha, que siguen determinando el curso de la historia contemporánea. Esas seudoteorías suelen venir acompañadas de una pretenciosa superación «teórica» de la «anacrónica» investigación social que incorpora en sus estudios a las clases sociales y sus luchas.

En ciertas subcorrientes del posmodernismo se intenta sustituir el papel fundamental del proletariado moderno —que, desde nuestro punto de vista no es únicamente el obrero industrial o el trabajador manual— y de la alianza obrero campesina y de estas fuerzas sociales con otras clases y segmentos explotados y oprimidos, por la llamada muchedumbre como la fuerza revolucionaria «posmoderna».[3]

El imperialismo moderno, a raíz de la caída del socialismo en Europa, se siente triunfante e histórico frente a los pueblos. Sin embargo, ahora enfrenta las más nuevas y graves contradicciones de su historia de apenas poco más de un siglo: en el sur de nuestra América y en diversos países del mundo se producen luchas y cambios significativos en lo que va de siglo xxi.

Pero la crisis se agrava por el incremento de la agresividad del imperialismo, principalmente del estadounidense que interviene en América Latina y, en particular, en Venezuela, Argentina, Brasil, Ecuador, Bolivia y en Centroamérica. También es protagonista en múltiples guerras regionales, a pesar de haber sido derrotado en la guerra de Vietnam y en todo el sureste asiático, y de estar atascado en una guerra sin solución en el Medio Oriente, en los países árabes del norte de África, en Iraq, Siria y Afganistán. También ha cercado a Rusia y China e intentado controlar la península coreana y toda Euro-Asia.

Precisamente porque la lucha de los pueblos por su liberación no ha cesado y porque en los últimos años el imperialismo vive esas nuevas y más profundas contradicciones, este se ha vuelto más amenazante y peligroso. Sus proyectos geopolíticos de dominio mundial viven una situación complicada, ellos son peligrosas quimeras que acercan a la humanidad a una guerra catastrófica.

El mundo de hoy no es el unipolar a que aspiraban los Estados Unidos una vez desaparecida la Unión Soviética. Ahora China, la Unión Europea (a pesar del debilitamiento propiciado por la salida del Reino Unido) e inclusive India y militarmente Rusia, son contendientes significativos. En las actuales condiciones una guerra de grandes proporciones sería multinacional, con peligro de una devastación de la vida humana y natural, ya que el imperialismo cuenta con un potencial militar de dimensiones varias veces mayor y más sofisticado que en 1962, cuando la llamada «crisis de los misiles», propiciada por los Estados Unidos frente a Cuba y la URSS, estuvo a punto de producir una catástrofe nuclear sin precedentes.

La estrategia nuclear estadounidense ahora está fundada en la «muerte de MAD» [Destrucción Mutua Garantizada, por sus siglas en inglés], esto es, la caída total del sistema de disuasión. Aquellos que idean la doctrina estratégica estadounidense creen que Estados Unidos es actualmente capaz, utilizando únicamente una pequeña parte de su arsenal nuclear, de destruir suficientes armas nucleares del oponente en un primer golpe (o ataque contrafuerza) —incluso en el caso de Rusia— para prevalecer en una confrontación nuclear. (Bellamy Foster, 2017)

Sin embargo, la esperanza de que esta catástrofe en ciernes pueda conjurarse no está solo en manos de un grupo de países capaces de enfrentar el poderío incontrastable del imperialismo, como sucedía en la época de la «coexistencia pacífica» con la presencia de la extinta URSS, sino que ahora está principalmente en manos de los pueblos de los países capitalistas desarrollados y de las luchas revolucionarias en el mundo. A pesar de las desfavorables condiciones, reaparece —en la conciencia de fuerzas políticas y movimientos sociales que huyen del escepticismo de la época— la necesidad de llevar adelante nuevos procesos revolucionarios, en nuevas y más difíciles condiciones; pero también como legado de las valiosas experiencias históricas del siglo xx, se aprecia la búsqueda constante de nuevas estrategias y diferentes métodos de lucha.

Hablando sobre la caída de las revoluciones de 1848 en Europa, Federico Engels (1851-1852) comentó en «Revolución y contrarrevolución en Alemania»:

No se puede imaginar una derrota más significativa sufrida por el partido revolucionario continental [o mejor dicho partidos] por encima de todos los puntos de la línea de batalla. Pero ¿qué de eso? Todos saben hoy en día que donde haya una convulsión revolucionaria, debe haber una necesidad social de trasfondo, la cual si instituciones foráneas evitan que se satisfaga a sí misma […] entonces, hemos sido derrotados, no nos queda más que comenzar nuevamente por el principio.

Ante lo cual dice John Bellamy Foster (2017):

Dada la necesidad hoy en día aún más exasperante, es necesario «comenzar nuevamente desde el principio», creando un nuevo y más revolucionario socialismo para el siglo xxi. Un cambio masivo, democrático, equitativo, ecológico, revolucionario tanto al centro como en la periferia, representa el único futuro verdaderamente humano. La alternativa es la muerte para toda la humanidad.

 
 

[1] Entre 1934 y 1940, el régimen cardenista impulsa, mucho más profundamente que los gobiernos pos-revolucionarios previos, una reforma agraria que reparte más de diecisiete millones de hectáreas a los campesinos pobres del país; desarrolla, como ningún otro gobierno, anterior o posterior, la educación pública y la creación de múltiples instituciones educativas y culturales de alto nivel, y asimismo lleva adelante distintas nacionalizaciones de recursos fundamentales, en donde destaca la del petróleo.

[2]. Es increíble, pero hasta hoy no se tiene una cifra confiable de los muertos durante los cuatro meses que duró la huelga y lucha estudiantil. El Estado se encargó de borrar todo vestigio de la cruenta represión ejercida a lo largo de todo ese período; sin embargo, las evidencias no pudieron ocultarse del todo; se calcula que en ningún caso fueron menos de cuatrocientos estudiantes asesinados. El 3 de octubre de 2018 en la sección Verne del periódico español El País, Almudena Barragán escribe que tan solo el 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco, según documentos de los servicios secretos estadounidenses desclasificados décadas más tarde, se recibieron reportes de hasta trescientos cincuenta muertos, mientras la embajada de los Estados Unidos en México cifró las víctimas entre ciento cincuenta y doscientos: «Sabían dónde atacar […] hicieron lo que sabían hacer, reza el reporte del Archivo de Seguridad Nacional de los Estados Unidos». El periódico británico The Guardian, a través de su enviado especial James Rodda, publica un saldo de 325 muertos, cifra que retomó Octavio Paz (1970) en su libro Postdata. Oriana Fallaci (1969), la famosa periodista reportera de guerra italiana que por accidente estuvo y fue gravemente herida el 2 de octubre en Tlatelolco, en su libro Nada y así sea, calculó en trescientos el número de estudiantes masacrados en la Plaza de las Tres Culturas, o sea, tan solo en ese aciago día; a lo que habría que sumar centenares de heridos, más de mil detenidos y cerca de un centenar de encarcelados durante tres años, así como otros tantos desaparecidos y asesinados en distintos lugares y momentos durante esos cuatro meses. Pero aun con ese saldo el movimiento no se rindió y en los siguientes tres años salió a la calle enarbolando nuevas demandas y sorteando la represión.

[3]. El hecho más significativo que rompe el aletargamiento y el desánimo propiciado por la debacle del socialismo en Europa del Este en la primera mitad de los 90 fue, sin duda, el digno y dignificante levantamiento zapatista que no solo impacta en México, sino que llama la atención y despierta a diversos movimientos sociales en Europa, los Estados Unidos y gran parte del mundo. A partir de finales del siglo xx emergen alentadores procesos políticos que se convierten en impulsores de cambios estructurales y que en sus respectivos países se enfrentan al dominio del imperialismo; dichos procesos resaltan en América Latina, en particular en el sur del continente. Paralelamente se produce el surgimiento de otros con una clara proyección anticapitalista, que se manifiestan, algunos con una proyección «antiglobalizadora» y otros como ecologistas y defensores de derechos humanos. Este proceso se acentúa en los países capitalistas desarrollados y suman crecientes fuerzas sociales a las aspiraciones transformadoras de millones de ciudadanos que luchan en el mundo de hoy.

Referencias

 

Aguilar Monteverde, A. (1970) Economía política y lucha social. La Habana: Editorial Nuestro Tiempo.

Barragán, A. (2018) «¿Cuántas personas murieron el 2 de octubre en Tlatelolco?», Verne. El País, 3 de octubre. Disponible en <http://cort.as/-AomA> [consulta: 19 febrero 2019].

Bellamy Foster, J. (2017) «Revolution and Counterrevolution, 1917-2017». Monthly Review, v. 69, n. 3, julio-agosto. Disponible en <http://cort.as/-EzUU> [consulta: 19 febrero 2019].

Carrión, J. (2008) «La educación y el Movimiento del 68 en México». En: Antología de Jorge Carrión. Ciudad de México: Instituto de Investigaciones Económicas, UNAM.

Engels, F. (1851-1852) «Revolución y contrarrevolución en Alemania». Archivo Marx-Engels. Disponible en <http://cort.as/-EzSN> [consulta: 19 febrero 2019].

Fallaci, O. (1969) Nada y así sea. Barcelona: Noguer y Caralt Editores.

Fernández, O. (2016) «El Delito de Disolución Social y su uso contra el movimiento de masas» [en línea]. La Izquierda Diario, 29 de julio. Disponible en <http://cort.as/-EzKd> [consulta: 19 febrero 2019].

Hobsbawm, E. (2001) Historia del siglo xx. Barcelona: Editorial Crítica.

Paz, O. (1970) Postdata. Ciudad de México: Siglo XXI Editores.