Tricontinentalismo: la construcción de alianzas políticas globales

Resumen: 

Este ensayo está centrado en los objetivos del tricontinentalismo. Sobre la base de fuentes primarias desclasificadas en Cuba, este estudio se propone clarificar los factores políticos y estratégicos de una época, a fin de poder entender las motivaciones, intereses e ideas de los actores involucrados; así como explicar la conducta de Cuba, desde su singular papel en los procesos que condujeron a la Conferencia Tricontinental en La Habana (1966). Por otra parte, utilizando documentos encontrados en los archivos de la RDA y de la República Federal Alemana (RFA), explora algunas interacciones nunca investigadas entre actores del Tercer y Segundo mundos. Estas negociaciones entre los alemanes y Cuba también demuestran la complejidad del movimiento, muy alejada del bipolarismo y el protagonismo individual en la conformación de sus estrategias y tácticas.

Abstract: 

This tries focused on the objectives of the tri-continentalism. Based on declassified primary sources in Cuba, this study aims to clarify the political and strategic factors that allow characterizing the period, in order to understand the motivations, interests and ideas of the actors involved; as well as explaining the behavior of Cuba, from its singular role in the processes that led to the Tricontinental Conference in Havana (1966). On the other hand, using documents found in the archives of the GDR and the GFR, it will explore a group of particular interactions and never investigated, between actors of the Third and Second worlds. These negotiations between the Germans and Cuba also demonstrate the complexity of the movement, far removed from bipolarism and the individual protagonism in shaping their strategies and tactics.

El tricontinentalismo expresó un movimiento rebelde dentro del sistema internacional. La rebelión del Sur frente al Norte antecedió a la época en que el fantasma del marxismo o el comunismo se propagara sobre la tierra. Este se oponía a la estructura de dominación Norte-Sur establecida desde el siglo xvi, con la conquista y colonización de América Latina, Asia y África (el llamado Tercer mundo desde el xviii) por las potencias europeas. Después del reparto de África (por parte de Inglaterra, Francia, Alemania, Bélgica, Portugal, Países Bajos, entre otros) en la Conferencia de Berlín (1885), y de dos guerras mundiales, esa estructura había ido transitando hacia un modelo moderno, donde la extracción del excedente colonial ocurría de manera más eficiente. Anticipado por los Estados Unidos desde la Guerra hispano-cubano-americana (1898) (Pérez, 1998), este no requería necesariamente la dominación política y la ocupación militar directa, propia del régimen colonial, ni los costos que conllevaba, sino el control de sus economías, mediante la dependencia comercial, financiera y tecnológica, y el pacto con los poderes locales establecidos.

A medida que los países coloniales alcanzaban su independencia, según procesos de luchas disparejos y aislados en las tres grandes regiones, las nuevas repúblicas soberanas emergían a un orden mundial donde esa nueva modalidad prevalecía (Brewer, 1980). Es entre esas repúblicas emergentes en Asia y África —Indonesia, India, Pakistán, Sri-Lanka, la República Árabe Unida (RAU), Ghana— donde surgen los primeros intentos por construir alianzas, incluso más allá de sus propias regiones.

Desde la conferencia afroasiática de Bandung (Indonesia, 1955) hasta la constitución del Movimiento de Países No Alineados (1961), la idea de un espacio internacional que respondiera a los intereses del Sur tomó cuerpo en cinco principios: respeto mutuo hacia la integridad territorial y soberanía; no agresión; no interferencia en asuntos internos; igualdad y beneficio mutuos; coexistencia pacífica (Nehru, 1954).

La evolución de este movimiento propiciaría, en los año 60, una gran estrategia global que se proponía unir a Estados surgidos de la lucha anticolonial y la liberación nacional, movimientos revolucionarios y fuerzas progresistas de todo el mundo, para oponerse a la hegemonía de los Estados Unidos y sus aliados, a la lógica excluyente de un mundo bipolar, y colocarse al margen del sectarismo y la discrepancia entre las mayores potencias socialistas, la URSS y China. Esta estrategia buscaba reivindicar los caminos propios para la liberación nacional, la construcción de la justicia social y la soberanía, al margen de las esferas de influencia; y se proyectaba en la búsqueda de un nuevo espacio de concertación, alternativo al sistema internacional bipolar heredado de la Guerra fría.

La deficiente memoria de aquella etapa la ha reducido a un tiempo de idealismo y luchas frustradas, utopías y proyectos voluntaristas, movimientos insurgentes y guerra de guerrillas, superados luego por las opciones pragmáticas de la realpolitik (Tulchin, 2016). La historiografía del período, impregnada de estas visiones, reproduce estereotipos ideológicos y simplificaciones generadas durante la Guerra fría, que aún permean el sentido común y las verdades establecidas (Joseph y Spenser, 2008). Aparentemente, nada de aquella etapa tiene que ver con el mundo de hoy, sus desafíos y problemas; y mucho menos con las respuestas y vías de concertación plausibles para enfrentarlos.

Una comprensión más exacta sobre el tricontinentalismo y su proyecto tercermundista mayor requeriría explorar críticamente los contextos globales y regionales específicos en que este movimiento se desplegó, revisar sus principales concepciones estratégicas, apreciar sus políticas de alianza reales y evaluarlas de manera ecuánime.

Aunque este ensayo no cuenta con el espacio para desarrollar esa investigación, intentará ir más allá de la visión maniquea y voluntarista, para argumentar en torno a la multiplicidad de objetivos y estrategias que caracterizaron al tricontinentalismo. Sobre la base de fuentes primarias desclasificadas en Cuba, este estudio se propone clarificar los factores políticos y estratégicos que permitan caracterizar la época, a fin de poder entender las motivaciones, intereses e ideas de los actores involucrados; así como explicar la conducta de Cuba, desde su singular papel en los procesos que condujeron a la Conferencia Tricontinental en La Habana (1966). Por otra parte, haciendo uso de fuentes desclasificadas en los archivos de la República Democrática Alemana (RDA) y de la República Federal Alemana (RFA), explorará un grupo de interacciones particulares y nunca investigadas entre actores del Tercer y Segundo mundos. Estas negociaciones entre los alemanes y Cuba también demuestran la complejidad del movimiento, muy alejado del bipolarismo y el protagonismo individual en la conformación de sus estrategias y tácticas.

Guerra fría, no alineados y lógica revolucionaria

En los albores de la Guerra fría, el Muro de Berlín dividió el planeta en husos geopolíticos, de manera que Gdansk, Budapest y Rostock correspondieran a los tanques del Ejército Rojo; y Marsella y Turín (donde se implantaban los dos mayores partidos comunistas fuera de la URSS) caían bajo los cuarteles de la OTAN y el bloque anticomunista.

La nueva izquierda emergente en todas partes se desmarcaría de la vieja, compuesta por partidos comunistas herederos del Komintern y atados a la línea de Moscú, que lo apostaban casi todo a las organizaciones sindicales y la vía electoral-parlamentaria, y se sometían al orden surgido del Pacto de Yalta, que repartía el mundo entre el Este soviético y el Oeste capitalista.

En la cresta de esa nueva ola heterodoxa se desgajaban alas izquierdas de casi todos los partidos establecidos, desde los comunistas hasta las democracias cristianas; proliferaban nuevos movimientos de inspiración radical; el pensamiento marxista se ponía de moda, incluso en las grandes universidades de Occidente; aparecían nuevas editoriales dedicadas a su abastecimiento, desde Vladimir Ilich Lenin y León Trotski, hasta Carlos Mariátegui y Ernesto Che Guevara, pasando por Mao Zedong y Amílcar Cabral, Antonio Gramsci y Gyorgy Lukács, Frantz Fanon y El Mehdi Ben Barka (Dubinsky et al., 2009).

La medida del desafío político real que significó la herejía de la Revolución cubana para el poder hegemónico de los Estados Unidos, en aquel contexto, se expresó en la llamada Crisis de los misiles. La forma en que se concretó el acuerdo entre ambas potencias, que con su escalada de errores habían llevado al mundo al borde de la guerra nuclear, dejó a Cuba más sola e insegura que nunca, sin un tratado formal que pudiera atar las manos a su enemigo principal y con un compromiso muy debilitado con su principal aliado. Después de la Crisis de octubre de 1962, la sombrilla militar que brindaba la alianza soviética perdería gran parte de su eficacia. Tan cerca de los Estados Unidos, tan lejos del este europeo y asiático, el único estado socialista realmente identificado con la Revolución cubana era Vietnam, una revolución similar en la periferia del orden bipolar, que atraería sobre sí casi toda la capacidad destructiva del imperio norteamericano, y se convertiría, sin proponérselo, en el pararrayos de la Isla (Hernández,1991).

Naturalmente, «crear dos, tres, muchos Vietnam» (Guevara, 1967) no sería para los oídos de los cubanos entonces un mero grito de guerra, sino una exigencia estratégica para la causa común de las revoluciones de liberación nacional en tres continentes. Los actores de todo el mundo interpretaron el mensaje del Che desde la solidaridad y de acuerdo con sus circunstancias particulares.

La guerra no declarada de más de cincuenta y cinco años que los Estados Unidos han librado contra la joven Revolución pudo aislarla dentro del hemisferio, y dejarla sin alternativas de diálogo. La pugna ideológica y política, a menudo sorda, pero muy evidente, entre la Isla y las dos mayores potencias socialistas, las separaba en torno a los caminos de la revolución y la edificación de la nueva sociedad. Entre 1964 y 1970 ese aislamiento geopolítico se hizo crítico (Hernández, 2009).

Desde esa situación de asedio externo y marginación, la hereje Habana encontraba sus únicos aliados estratégicos entre los revolucionarios de América Latina y el Caribe, África y Asia. Sin embargo, simplificar la génesis de los movimientos armados en América Latina y el Caribe en los 60 u 80 con la ecuación lineal de la «exportación de la Revolución» cubana (Castañeda, 1993; Brown, 2019) carece de fundamento histórico.1

Antes de haber entrenado al primer guerrillero latinoamericano o africano, la Revolución cubana tuvo un efecto político notable, lógicamente, sobre las izquierdas en la región y fuera de ella. El «mal» ejemplo de «otras Cubas», y la influencia del pensamiento de Fidel Castro y Che Guevara fue lo que provocó la temprana reacción estadounidense. Si se midiera por despliegue de fuerza militar en el teatro de la guerra, hubo muchísima más presencia cubana en Argelia, Congo, Angola y Etiopía (Gleijeses, 2002) que en las guerrillas de Venezuela y Bolivia, para no hablar de República Dominicana, Nicaragua, Haití, Uruguay o Argentina (Hernández, 2016). Considerar a los movimientos de liberación nacional (MLN) latinoamericanos y africanos que optaron por la lucha armada en sus países, o a esas naciones africanas independientes como productos de «la exportación de la revolución cubana» resulta irrisorio.

La Tricontinental: una mirada desde adentro

Además de expresar la rebelión del Sur frente al Norte, el tricontinentalismo se enfrentaba a un nuevo orden clientelar de intereses creados dentro del primero. La coincidencia de los procesos de independencia colonial con las revoluciones rusa (1917) y china (1949), y la consolidación de estas como actores desafiantes en un orden mundial dominado por las potencias occidentales, había propiciado una nueva relación de dependencia dentro del movimiento de los países del Sur. Los Estados recién llegados a la independencia, y en busca de puntos de apoyo, gravitaban cada vez más en torno a la pujante proyección internacional de la Unión Soviética, convertida en una gran potencia a raíz de la Segunda Guerra Mundial. Con el surgimiento de China, y más aún con la discrepancia surgida entre esta y la línea soviética post-Stalin, los dos polos del campo socialista se disputaban la esfera de influencia de ese Sur periférico, cada vez más central en la geopolítica mundial.

El camino hacia la Conferencia de La Habana (1966) marcó así un punto de viraje en la establecida Organización de Solidaridad de los Pueblos de Asia y África (OSPAA), cuando la representación de la corriente de liberación nacional logró contrabalancear la pugna de bloques dentro del movimiento (Secretariado, 1965). La Tricontinental fue un punto culminante de esa pugna y logró someterla por primera vez a un orden institucional concertado, donde la alianza entre los actores más débiles prevaleció sobre la lógica de realpolitik del bipolo chino-soviético.

La Habana era el sitio natural del desafío emergente a ese fenómeno. A la sazón, Cuba estaba en la cúspide de su prestigio y autoridad política y moral, especialmente dentro del movimiento de solidaridad, por varias razones, no reductibles a la personalidad carismática de Fidel Castro o a su imagen guerrillera. Había alcanzado su liberación nacional con sus propios medios, proyectado un modelo socialista y una política exterior autónomos; mostrado capacidad para defenderse y sobrevivir en la frontera con los Estados Unidos, no obedecer a las presiones de alineamiento de las dos potencias socialistas, y reivindicar una vía entre sus enconados polos. Al hacerlo, la Isla proyectaba un socialismo distinto, que preconizaba una izquierda antimperialista unitaria, respetuosa de la autodeterminación y la soberanía, especialmente de los pequeños.

Aunque ha sido simplificado como una reunión de conspiradores armados y sus patrocinadores, la magnitud real de este encuentro solo se aprecia como parte de un arduo proceso de construcción de alianzas políticas. Allí donde los servicios de inteligencia, los gobiernos y los medios de difusión establecidos se limitaron a identificar un complot subversivo, ocurrió realmente un ejercicio de concertación diplomática entre fuerzas antihegemónicas y progresistas provenientes de la mayoría de las regiones del mundo, estatales y no estatales, legales y armadas, ateas y creyentes, socialistas, comunistas e independentistas, en cuyo centro se debatía la cuestión de la liberación nacional, tema que desbordaba la insurgencia o la guerra de guerrillas.

Para fundamentar esta mirada, naturalmente, se requiere conocer la época, y poder utilizar además los documentos desclasificados de la Conferencia Tricontinental,2 que arrojan luz sobre este proceso político y sus retos, así como permiten distinguir el mapa de los alineamientos y sus reconfiguraciones.

Según revelan esos documentos, el primer problema al que se enfrentaba la construcción de la Organización de Solidaridad de los Pueblos de Asia, África y América Latina (OSPAAAL), era el de la concertación de una agenda sobre los grandes temas —lucha contra el imperialismo, el colonialismo, el neocolonialismo; reafirmación de una auténtica agenda de paz, desarme y coexistencia pacífica para todos, no solo las grandes potencias. Finalmente, estaba el interés y apoyo irrestrictos a lograr y defender la liberación nacional —que según los cubanos, los MLN y algunos otros integrantes del movimiento, era el que debía estar por encima de todos (Análisis…, 1966).

El segundo consistía en lograr una organización capaz de asegurar este apoyo, mediante una solidaridad transnacional activa, que superara el estilo y las limitaciones burocráticas de la OSPAA, que, según los cubanos, se habían quedado en aparatos con una función más simbólica que eficaz para solucionar las tareas concretas del movimiento.

El tercero era la discrepancia chino-soviética, y su efecto multiplicado en los Estados y organizaciones políticas de las tres regiones. Respecto a la Conferencia, esta divergencia y el alineamiento que provocaba entre Estados y organizaciones políticas de las tres regiones tornó más complejas las negociaciones.

Muchos desacuerdos y debates, antes y durante la Tricontinental, aparentemente organizativos y metodológicos, tenían implicaciones de fondo. Por ejemplo, los soviéticos propugnaban otorgarles estatus de observadores, con derecho a voz, a organizaciones internacionales que ellos controlaban. Por su parte, los chinos se oponían a que las intervenciones en plenaria tuvieran límite de tiempo, así como a que se adoptaran acuerdos por mayoría de dos tercios, en lugar de unanimidad (Análisis…, 1966). La posibilidad de que una minoría locuaz y disciplinada secuestrara los debates era una amenaza para el evento.

La mayor parte de los debates de la Conferencia se centraron en estas tres áreas de problemas. Pero el tercero se mostró como el más penetrante y tenaz, al punto de impregnar los otros dos. Por su causa, las sesiones plenarias se extendieron más allá de lo reglamentado, y se restó tiempo y participación a los debates en las comisiones, donde se había previsto discutir las tareas más puntuales y emergentes, entre estas el denominado «Asuntos candentes», los casos de Vietnam del Sur y República Dominicana, en aquel momento bajo intervención norteamericana.

Según el juicio de la delegación cubana ante el Comité Preparatorio de la Tricontinental, las dos grandes potencias socialistas habían convertido la OSPAA en una «arena de confrontación», cuyo rumbo se inclinaba a un lado u otro según la mayoría se alineara con alguna de ellas. «La OSPAA se volvió burocrática, inepta e ineficaz para la liberación nacional» (Análisis…, 1966). Así, la República Árabe Unida (RAU) (Egipto) bajo Gamal Abdel Nasser, se alineaba típicamente con la URSS; mientras, Pakistán y Corea lo hacían con China. Los Estados africanos, por su parte, se asociaban a una u otra de acuerdo con la coyuntura, y en muchos casos los seguían los MLN de la región. Otras señas de esta matriz de discrepancia se manifestaban en el recelo de Japón a apoyar la lucha armada, la condena a la ONU como «instrumento del imperialismo» (China), la aceptación o rechazo a Yugoslavia como participante legítimo.

A pesar de estos puntos de conflicto, varios progresos se lograron en la preparación del evento. En camino a La Habana, el número de MLN había superado por primera vez el de Estados en el Comité Internacional Preparatorio (CIP). La entrada de América Latina y el Caribe, con cinco MLN y un solo Estado (Cuba), había cambiado la representación en la directiva de la OSPAA, cuya composición privilegiaba a los Estados (nueve, entre ellos la URSS y China) sobre los MLN (seis). En el camino a la Tricontinental, el predominio de ellos en el CIP (India, Guinea, Argelia, Tanzania, Indonesia, RAU, China, URSS) fue rebasado por la suma de los MLN latinoamericanos (Venezuela, México, Guatemala, Chile, Uruguay), además de Cuba, y los restantes en el Comité (Vietnam del Sur, Japón, África del Sur, Marruecos), para constituir una nueva mayoría (Comité Preparatorio, 1965). Este cambio no fue solo cuantitativo, pues los MLN no tenían los compromisos, ni eran susceptibles a las mismas influencias provenientes de otros gobiernos; aunque sí sufrían las presiones de las dos grandes para alinearse con ellas, aprovechando su usual minoría.

Otro cambio en el proceso de la Conferencia era que los MLN latinoamericanos recién incorporados consiguieron que este Comité Preparatorio renovado los encargara de constituir los comités nacionales, en contra de la moción china, que propugnaba definir su composición desde el CIP central, donde pudiera influir a favor de los grupos políticos prochinos en la región (Comité Preparatorio de América Latina, 1965). Este antecedente, y otros desacuerdos entre Cuba y China, preconizaban los choques que caracterizarían la relación entre el país anfitrión y una de las delegaciones más numerosas en la Conferencia (Primera Conferencia, 1966).3

La trascendencia del proyecto mismo de la OSPAAAL, en términos orgánicos, conllevó que parte de la agenda se concentrara en discutir su constitución, lo que atrajo a muchos a la Comisión de organización. La idea de crear un organismo tricontinental no era un fin en sí mismo, sino un instrumento político para consolidar un frente ante la violencia de los Estados Unidos y sus aliados en Indochina, además de fortalecer a los MLN. Las variantes orgánicas fueron muchas y discutidas: remplazo de la OSPAA por la OSPAAAL (URSS), permanencia de la OSPAA y creación de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS) (China), adoptar solo OSPAAAL, pero en El Cairo (RAU), mantener OSPAA y fundar OSPAAAL con sede en La Habana (latinoamericanos).

Según reportó la delegación cubana, su estrategia fue no definirse radicalmente por ninguna tesis o fórmula de concertación hasta tanto no estuviera claro en qué medida contribuiría a la unidad del movimiento, evitando posiciones extremas de ningún actor. «No rechazar la posibilidad de que la Tricontinental tuviera su sede en La Habana, pero no luchar por ella a toda costa». La estrategia cubana consistía en negociar bilateralmente con actores claves, incluidos los grandes (URSS, China), los medianos (RAU), y los pequeños (africanos y MLN), así como aliados (República Democrática de Vietnam, Vietnam del Sur, Corea, Laos). Esta flexibilidad diplomática ganó el apoyo de prochinos, como Indonesia, y prosoviéticos, como Guinea. En este debate por consolidar espacios y «poder blando», los cubanos les daban más importancia a la sede y la estructura de la organización que a la fórmula adoptada para crear la Tricontinental (Breve Informe, 1966).

En cuanto a la cuestión de la lucha armada, si bien esta fue muy exaltada afuera, adentro de la Conferencia resultó mucho menos abordada. En primer lugar, porque en el propio evento había gobiernos que habían llegado al poder después de luchas sangrientas, como era el caso de Argelia, Cuba y la República Democrática de Vietnam; y delegaciones de movimientos armados, como los de Venezuela, Vietnam del Sur, Zimbabwe, Yemen del Sur, Palestina, Mozambique, Laos, Guatemala, Sudáfrica, que estaban combatiendo en aquel mismo momento.

En segundo lugar, desde 1965, los Estados Unidos habían desembarcado masivamente tropas en Vietnam del Sur; y ocupaban la República Dominicana; y en Mozambique y Angola había guerras (apoyadas por la Organización de Unidad Africana) para sacar al colonialismo portugués (Campbell, 2015). Por entonces, el Frente de Liberación Nacional de Vietnam del Sur no era considerado una organización terrorista o belicosa en los medios intelectuales y políticos progresistas de Europa y los Estados Unidos, y la noticia del asesinato del Che, mientras combatía por la liberación de Bolivia, menos de dos años después de la Tricontinental, le había dado la vuelta al mundo y producido una honda impresión.

Por último, las diferencias surgidas en el debate de la Conferencia en torno a la lucha armada no reflejaron la resistencia a reconocer en general la legitimidad de esta estrategia, sino de la renuencia de algunas organizaciones y gobiernos a adoptar una posición excluyente de otras formas de lucha política. La participación de numerosos movimientos que no preconizaban la guerra de guerrillas se evidenció en la presencia de delegaciones como las presididas por los socialistas Salvador Allende (Chile), Heberto Castillo (México), John William Cooke (Argentina), Cheddi Jagan (Guayana), o de las provenientes de Uruguay, Costa Rica, Honduras y Haití, para solo hablar de América Latina y el Caribe.

Otros temas centrales fueron el del papel del imperialismo en la cultura, así como las relaciones con las organizaciones de masas (Breve Informe…, 1966). A pesar de la voluntad reduccionista para caricaturizarla desde afuera, el impacto de las sesiones dedicadas a temas económicos, políticos y culturales se hizo sentir más allá de los salones de la Conferencia.

La persistencia de estos estereotipos y prejuicios no se limitó a Occidente. En aquellos años, y posteriormente, los estudiantes cubanos en Europa oriental y la URSS comprobaron que la representación de la Tricontinental como un encuentro de extremistas y románticos, y la del Che como un aventurero idealista obsesionado por la guerra y carente de ideas profundas, era común en la cultura política soviética de entonces, incluso en las universidades. Aunque muchos esteuropeos que conocieron Cuba se daban cuenta de que los cubanos vivían su revolución de otra manera, y que además de pasión y patriotismo, existía una cultura cívica donde se pensaba y discutía mucho, no siempre los visitantes de los países del Este, periodistas, funcionarios, e incluso artistas y escritores, penetraron más allá de lo epidérmico, ni entendieron la sociedad de la Isla.

La Tricontinental y Cuba vistas por ojos alemanes

La diversidad ideológica y política de todos los participantes y observadores se expresó en el rango de sus percepciones e interpretaciones sobre la Conferencia Tricontinental. El caso alemán es un buen ejemplo para demostrarla. La República Democrática Alemana (RDA), la Federal de Alemania (RFA) y sus grupos activistas (los antiautoritarios de Berlín occidental, por ejemplo) interpretaron la Conferencia, las acciones de Cuba y su propia posición en relación con sus intereses, objetivos y deseos particulares. Aunque se encontraban en mundos diferentes, la RDA en el Segundo mundo y Cuba en el tercero, cada uno negociaba una alianza mutua paralela a sus circunstancias geopolíticas en el mundo polarizado de la Guerra fría. Mientras tanto, los activistas estudiantiles de izquierda en el Primer mundo se representaban a sí mismos en circunstancias análogas a las de los cubanos. Y los alemanes de izquierda en ambos lados del Muro se reunieron para criticar el neocolonialismo y la solidaridad del Tercer mundo.

Una visión general de las posiciones relativas de los participantes muestra la complejidad de los cambios políticos entre estos tres mundos. Como la Tricontinental era por definición regional, y excluía a los Estados de Europa, América del Norte y Australia, la mayoría de los delegados participantes en pleno derecho provenían de Asia, África-Medio Oriente y América Latina. La OSPAA también había reconocido a organizaciones de solidaridad de la URSS, la República Popular de China, la RDV e incluso de Japón como miembros plenos. Excepto la RDV, no estaban relacionados con ningún MLN. En cuanto al campo socialista en el Segundo mundo, siete organizaciones de solidaridad asistieron como observadores. La delegación más numerosa vino de la RDA, con siete representantes (Primera Conferencia, 1966).

Al igual que otros países socialistas alineados con los soviéticos en Europa y que la propia Unión Soviética, la RDA vio en la Tricontinental y en Cuba una oportunidad y un peligro, como demuestran varios documentos claves. La reunión del 15 de febrero de 1966 del Politburó del Comité Central del Partido Socialista Unificado de la RDA (SED, por sus siglas en alemán) en Berlín incluyó un análisis de la Conferencia.4 El informe destacaba los éxitos en la defensa de los principios alcanzados por la delegación de la RDA participante, en el sentido de alinear a la Tricontinental y Cuba con la Unión Soviética y el marxismo-leninismo. Enfatizaba la lealtad de la RDA a los soviéticos, al describir a la delegación como particularmente activa en el trabajo para alcanzar estos objetivos, por ejemplo, fortaleciendo las relaciones de larga data y desarrollando otras nuevas. También afirmaba que ese país recibió un amplio reconocimiento por parte del movimiento antimperialista, como demostraba el hecho de que el telegrama enviado por el Presidente del Consejo de Estado, Walter Ulbricht, fuera uno de los primeros leídos a los asistentes y resultara calurosamente recibido (SAPMO-BArch, 1966).

El informe enfatiza la inclinación socialista de Cuba y su lealtad con el campo soviético. Afirma que «tener la conferencia en un país socialista como Cuba le dio un impulso positivo importante». Y agrega que, en la preparación de la conferencia, hubo un acuerdo progresivo entre los cubanos y la URSS, «aunque [aquellos] enfatizaron la necesidad de hacer concesiones tácticas para que los chinos no lograran sus objetivos (nicht zum Zuge kommen könnten)». Según este documento, los cubanos colaboraron con los soviéticos para lidiar mejor con las tácticas chinas que pretendían influir indebidamente en los objetivos políticos y las definiciones de la Conferencia. En el contexto tricontinental, el gobierno cubano habría percibido estas políticas chinas como una expresión hegemónica que presionaba a los actores del Tercer mundo —los MLN en América Latina y África, a países socialistas como Vietnam y la propia Cuba— para alinearse con Pekín, limitando así su libertad de acción. Un ejemplo claro era que, durante este período, Mao Zedong estaba ejerciendo presiones comerciales, principalmente mediante la reducción en el suministro de arroz, que intentaban forzar la incorporación de Cuba a la tendencia proChina.

Como ya se apuntó, la posición cubana era mucho más matizada y compleja que la ecuación geopolítica Este-Oeste, en particular, el juego de suma cero que definía el dilema de la RDA. Después de todo, la alianza cubano-soviética también se había mantenido en un terreno escabroso. Cuba no contaba con la sombrilla geoestratégica soviética que protegía completamente a la RDA y el campo socialista europeo.

La siguiente cita del informe sobre las acciones de Cuba en la Conferencia merece un examen pormenorizado. Aunque, como veremos más adelante, los discursos diplomáticos cubano y de la RDA enfatizaban narrativas geopolíticas paralelas entre la Isla y la Alemania Oriental, ambos países experimentaban situaciones reales bastante distintas. Estas diferencias en el terreno ayudan a explicar por qué este informe evalúa la posición de Cuba en la Conferencia como excepcionalista:

[Los cubanos] hicieron mucho hincapié en la importancia que sus llamadas experiencias propias en la lucha de liberación armada tenían para todo el movimiento. Sobre esto basaron su pretensión de liderarlo. Adoptaron una actitud de superioridad hacia los otros delegados y llegaron hasta discrepar con la URSS, y a intrigas contra los representantes de los partidos comunistas de América Latina, así como a soslayar la presencia de la URSS en los discursos y la redacción de documentos. El movimiento latinoamericano de lucha armada bajo el liderazgo de Cuba se presentó como de mejor calidad que el de la lucha de los pueblos africanos.

Según este enfoque, los delegados africanos, árabes e indios estaban profundamente perturbados y molestos con la posición cubana y algunos amenazaron con abandonar la conferencia antes de tiempo. Esta situación puso en peligro el éxito de la conferencia, la unidad del movimiento antimperialista y obstaculizó el rechazo categórico de los intentos chinos de obstrucción (Störversuche).

El documento afirma, además, que Cuba insistió en hacer de La Habana la sede de la Organización tricontinental, lo que también obstaculizó la cooperación. Aunque determinar cuáles documentos, los de Cuba o los de la RDA, describen esta situación y sus efectos de modo más exacto rebasan el alcance de este estudio, está claro que los reparos de la RDA sobre las acciones de Cuba evidencian tensiones entre ambas. La caracterización de los cubanos como un impedimento para la cohesión del evento, por su posición arrogante, dominante y excesivamente patriótica, y su efecto divisionista, podría interpretarse como descontento oficial de la RDA ante las acciones cubanas que alejarían a la Conferencia fuera de la esfera de influencia de la Unión Soviética. La RDA consideraba que su presente y futuro estaba con los soviéticos, mientras que los cubanos consideraban divisionistas tanto a los soviéticos como a los chinos.

Sin embargo, como veremos a continuación, otros documentos oficiales de la RDA resaltan las similitudes entre sus posiciones y las de Cuba. Estas dicotomías aparentes muestran que había más de un aspecto en esa relación, y permite rectificar el mito de la bipolaridad en la Conferencia y más allá. El documento que comentaremos sugiere que la RDA entendió a Cuba mejor que algunos otros países del bloque del Este, debido a su propio posicionamiento en la frontera Oeste-Este, y a su valoración de las acciones de la Alemania nazi y de la RFA como imperialistas. Para los alemanes del Este, esta no eran abstracciones. Por otra parte, la RDA podría aprovechar estos paralelos como un medio para influir a Cuba, que era su objetivo en la Conferencia. Poder atraer a la Isla y otros actores escépticos ante la URSS, podría ganarle a la RDA el reconocimiento soviético y fortalecer su poder en el escenario mundial.
Este documento, un memorándum sobre una reunión de seguimiento a la Conferencia, el 20 de julio de 1966, entre una delegación de la RDA que visitó La Habana para la conmemoración del 26 de julio y representantes del Comité ejecutivo del movimiento tricontinental, muestra cómo ambas partes enfatizaban los paralelos entre Cuba y la RDA. Cada lado describe estas similitudes como razones para apoyar una alianza y cooperación más cercanas. El representante guineano y líder de la reunión, Lansana Kouyate, describe explícitamente los problemas europeos y la cuestión alemana como elementos centrales de las preocupaciones comunes. Según el informe alemán, el representante cubano invitó a los de la RDA a un evento en julio «para condenar la guerra de destrucción masiva contra los vietnamitas, en la que también se expondría el papel del “imperialismo alemán occidental”». Dieter Kulitzka, consejero en la Embajada de la RDA en La Habana, destaca nuevamente esta conexión en su valoración. La alusión inequívoca de la Secretaría Ejecutiva de que nuestra misión nacional debe ser apoyada en la medida en que tomemos en serio, y más allá al Movimiento tricontinental, debe ser visto como digno de mención. Aparentemente (y con razón) la lucha contra el imperialismo de Alemania occidental se considera un punto de conexión principal (Hauptanknüpfungspunkt) eficaz entre el Movimiento tricontinental y la RDA. Precisamente, esta concordancia también se destacó especialmente en las declaraciones del [camarada Ducke —representante de la Asociación de Solidaridad Afroasiática].5

En los años 60, los pensadores de izquierda comúnmente etiquetaban la agenda de la RFA como imperialista en función de su participación en la OTAN, su actitud belicosa hacia la RDA y su apoyo a las acciones militares estadounidenses en todo el mundo. Tanto los cubanos como ellos comparaban la agresión «caliente» de los Estados Unidos y la «fría» de la RFA. Hemos visto que la propia Tricontinental categorizaba la agresión armada y no-armada de manera diferente; por lo tanto, al menos parte del énfasis en la similitud debe verse como un medio para promover los lazos entre estos países colocados en diferentes lados del eje Norte-Sur.

Como ya se apuntó, el compromiso de la RDA con los cubanos y el Movimiento tricontinental también se dirigía a aumentar su importancia entre los países del Pacto de Varsovia y los soviéticos. La nación socialista alemana puede haber considerado conveniente mostrar a estos jugadores del Sur, con los que parecía tener cierta influencia, bajo una luz políticamente favorable. El informe de Kulitzka describe detalladamente la estructura de la Tricontinental y precisa su misión, sin enfatizar el tema de la lucha armada, de la que la Unión Soviética se había distanciado después de la conferencia. Aquel describe las palabras de Kouyate sobre este asunto de manera que suaviza y disminuye la tensión, sin soslayarla: «El Movimiento tricontinental se define, al igual que los países socialistas, a favor de la paz mundial. Su manera de lograr su objetivo no es mediante una guerra mundial, aunque el camino elegido sea el de la militancia (kämpferisch)».

En esta declaración, Kouyate busca mitigar las posibles objeciones a la militancia a través de formulaciones inteligentes. Tales expresiones pueden ser tácticas frente a representantes (desconfiados) de las naciones socialistas y también expresan contradicciones dentro del propio Movimiento tricontinental.

Si bien las discusiones entre socialistas como la que se describe en los documentos anteriores dejan en claro que no era necesario considerar que el tricontinentalismo implicaba la rebelión armada, la percepción de Cuba como un Estado revolucionario continuó atizando los recelos de otros actores. Inmediatamente después de la Conferencia, muchos gobiernos latinoamericanos reaccionaron contra lo que percibieron como una amenaza comunista potencialmente violenta en el corazón del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR). A raíz de la Tricontinental, el 25 de enero de1966, Perú convocó una sesión especial de la Organización de los Estados Americanos (OEA) en protesta por la resolución final de la Conferencia, acusando a la Unión Soviética y Cuba por sus nombres. Venezuela se pronunció también en contra. El gobierno de la República Dominicana prohibió a sus delegados regresar al país con el argumento de que mientras estaban en La Habana, estos participantes habían declarado su objetivo de obstaculizar la votación y comenzar una nueva guerra civil basada en el modelo vietnamita. Por supuesto, es necesario tener en cuenta que la mayoría de estos gobiernos latinoamericanos estaban bajo regímenes autoritarios o militares, que intentaban mantenerse en contra del apoyo popular: Argentina (1966-73), Bolivia (1964-66), Brasil (1964-85), Ecuador (1963-66), Paraguay (1954-89), El Salvador (1931-82), Guatemala (1957-66), Honduras (1963-71), Nicaragua (desde los años 30), entre otros. Como se señaló, la República Dominicana estaba ocupada militarmente por la Fuerza de Paz Interamericana cuando se llevó a cabo la Conferencia, sin un presidente civil electo, sino un gobierno militar formado por dos generales, uno brasileño y otro estadounidense. Por supuesto, ninguno de estos regímenes militares, ni sus aliados norteamericanos, podían estar contentos con la Tricontinental.

Mientras la RDA participaba en la Conferencia y en los acontecimientos derivados de ella en la dirección apuntada, la RFA estaba atada a la Doctrina Hallstein, según la cual no podía reconocer a Cuba debido a las relaciones diplomáticas de esta con la RDA, así como por las políticas restrictivas de los Estados Unidos. Limitada por estas reglas de la Guerra fría, solo observaba atentamente lo que pasaba. En consecuencia, el material de archivo de la República Federal consiste principalmente en comunicados de las embajadas alemanas sobre la Conferencia. Un informe del 4 de febrero de 1966 de su sede diplomática en Montevideo caracteriza a la RDA como un representante importante y, lo más notable, la considera más aceptable en América Latina que la Unión Soviética. Según este documento, Uruguay se mantenía preocupado por la Resolución de la Conferencia y «el interés de la Unión Soviética en desempeñar un papel en la lucha armada latinoamericana». Aunque, según este informe, es un «pivote principal» para los soviéticos en América Latina, su apoyo a la declaración de la OEA debería ser una advertencia para la Unión Soviética en cuanto a evitar un perfil demasiado alto en ese país. Esta descripción de un funcionario diplomático de la RFA, al identificar al gobierno conservador del Partido Nacional en Uruguay como aliado de los soviéticos, y a la política de estos como promotora de la lucha armada en América Latina, refleja un tipo de miopía característica de la Guerra fría. Como en los ejemplos anteriores de Alemania oriental, los informes de la RFA muestran que sus principales preocupaciones en torno a la Tricontinental fueron sus propios asuntos interalemanes y, en ese sentido, ambas partes alemanas identifican el potencial de una relación especial entre la RDA y Cuba.

Conclusión

Este artículo se ha centrado en las interpretaciones y prácticas estratégicas de Cuba, uno de los principales organizadores de la Conferencia y actor clave en el movimiento tricontinental; sobre las percepciones de la RDA, no un miembro del movimiento, sino un observador en el marco tricontinental, y también un actor alineado con la Unión Soviética en el sistema bipolar Este-Oeste; y de la RFA, un espectador interesado en el impacto de la Tricontinental en el problema alemán.

Cada uno de los actores participantes en el proyecto Tricontinental tenía agendas particulares para la Conferencia y para dar forma a las estrategias antimperialistas y de Guerra fría Norte-Sur. Cuba estuvo muy involucrada, antes y después de la Conferencia, en la negociación de las tensiones y las luchas internas entre los movimientos y partidos de liberación socialistas y antimperialistas, los gobiernos nacionales y las principales potencias —Unión Soviética y China. Los actores alemanes —RDA, RFA y los movimientos antiautoritarios— presentan casos particularmente interesantes de interacción con actores del Norte.

Si bien el movimiento tricontinental y la Conferencia se consideran a menudo como un simple intento Sur-Sur para fomentar la revolución, el encuentro en La Habana fue mucho más complejo en su dinámica política, objetivos, participantes y agenda. La revolución armada constituyó solo un elemento del tricontinentalismo, ya que la Conferencia y el movimiento más amplio se centraron en unir a las fuerzas globales antimperialistas. Esto incluía no solo a los países del Sur global, sino también a los Estados del bloque socialista y simpatizantes en las naciones occidentales, desilusionados por lo que consideraban políticas extranjeras injustas de sus países hacia aquellos.

Notas

 

1. Entre 1917 y 1980, la Revolución mexicana y las insurgencias contra las dictaduras de los Somoza (Nicaragua), Rafael Leónidas Trujillo (República Dominicana), Fulgencio Batista (Cuba), recibieron apoyo de movimientos políticos e incluso gobiernos en la región, sin que perdieran su marca de origen. A pesar de lo que digan los informes de la CIA, ni Augusto C. Sandino, ni la Legión del Caribe, ni el MNR boliviano de 1952, ni los movimientos nacionalistas militares (Argentina, Perú, Guatemala, Bolivia, Panamá, Venezuela) se explican por la «subversión marxista» de La Habana, Moscú o Beijing.

2. Todas las referencias de documentos cubanos provienen de los archivos de la OSPAAAL, en La Habana. Véase OSPAAAL, Archivo Histórico en las referencias al final de este artículo.

3. Las delegaciones de China (34) y la URSS (40) eran las mayores.

4. Aunque un análisis multidimensional debería profundizar en las relaciones de la RDA con la RFA, los países de la OTAN, la URSS y el campo socialista de Europa del Este, el Tercer mundo y América Latina (como arenas de confrontación con sus enemigos), así como con Cuba, aquí solo consideraremos la valoración del Politburó alemán sobre el papel cubano en la Tricontinental.

5. Salvo que se indique lo contrario, todo el material de archivo en esta sección sobre Alemania se encuentra en las carpetas del Archivo Político Relaciones Exteriores de la RDA.

 

Referencias

 

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Documentos

OSPAAAL. Archivo histórico.

Análisis general de la Conferencia Tricontinental (1966) Enero. Gaveta n. 1, file 1. [Aunque no tiene firma ni destinatario, este documento es el informe que la delegación cubana le presenta a la máxima autoridad del gobierno cubano. Presumiblemente, fue redactado por la directiva de esa delegación, integrada por Osmani Cienfuegos, Manuel Piñeiro y Raúl Roa García, y dirigido a Fidel Castro].

Breve Informe sobre la Conferencia Tricontinental (1966) Gaveta 1, file 1.

Comité Preparatorio de América Latina (1965).Cartas al CIP de la Conferencia Tricontinental, El Cairo, 31 de agosto y 1 de septiembre, 1965. Documentos del CIP. Conferencia Tricontinental. Gaveta 4, file 254-A.

Comité Preparatorio (CP) de la Conferencia de los Tres continentes (1965) Llamamiento para la 1ª Conferencia de los Pueblos de Asia, África y América Latina (La Habana, 3-10 de enero, 1966).

Primera Conferencia de Solidaridad de los Pueblos de Asia, África y América Latina (1966) Credenciales, control de participantes acreditados hasta los días 5 y 10 de enero. Enero. Gaveta 1, file 84.

Secretariado Permanente OSPAA (1965), El Cairo, 1-2 septiembre. Gaveta 1, file 1-A.

Archivos RDA

SAPMO-BArch DY30/J IV 2/2/1045 Protokoll Nr. 6/66 (Einschätzung Politbüros ZK SED Drei-Kontinente Konferenz 310, enero 1966). Carpeta.

Archivo Político Relaciones Exteriores MFAA 3231 B40 nr. 100 and B33 nr. 470 and SAPMO— BARCH DY30-IVA2120-63. Here MFAA3231 B40 nr 1—B33 nr 470.