Las insurgencias armadas en nuestra América. Una mirada actual sobre los 60

Resumen: 

En este ensayo se ofrece una valoración sobre los procesos de lucha armada en nuestra América durante los años1960, y señala las experiencias que pueden ser de interés para los proyectos actuales de emancipación.

Abstract: 

This essay offers an assessment of the processes of armed struggle in Our America during the 1960s, and points out the experiences that may be of interest for current emancipation projects.

¿Por qué resulta de interés revisitar y evaluar hoy los procesos de lucha armada ocurridos en la América Latina y el Caribe durante los años 60? ¿Qué experiencias negativas y positivas de esas historias pueden ser útiles para las faenas y los proyectos de emancipación actuales y futuros en el continente?

En aquella década existieron guerrillas en Perú, Venezuela, Guatemala, Nicaragua, Bolivia, Colombia, Argentina, Paraguay, República Dominicana, México y Haití. Cada proceso nacional encierra especificidades y determinaciones, dadas por la historia y la formación económico-social de uno u otro país, y también por las coyunturas políticas de las que brotan. El ciclo insurgente de los 60 comienza en 1959, y aunque de hecho termina entre 1967 y 1968, ocurre un último intento fallido en Teoponte, Bolivia, en 1970. ¿Por qué fueron derrotadas todas esas tentativas de tomar el poder por la vía armada? ¿Cuáles fueron las causas más comunes de sus adversos desenlaces?

Existe una extensa bibliografía de libros, artículos, documentos y testimonios, y también miles de textos secretos pendientes de desclasificación, buena parte de ellos en Cuba y en los Estados Unidos. Entre los libros, se destaca el pionero Las guerrillas en América Latina, del británico Richard Gott (1971); las imprescindibles obras de Regis Debray (1975a; b; c); y Guerrillas contemporáneas en América Latina, del profesor cubano Alberto Prieto (1990).

No pretendo aludir a cada proceso nacional, ni tampoco agotar los factores globales actuantes en la evolución de las insurgencias en aquellos años. Solo formularé algunas ideas, con el ánimo de exaltar la actualidad del tema.

I

Es ineludible, en primer lugar, abordar el nexo de tales procesos con la Revolución cubana. ¿Acaso esta se interpretó correctamente por quienes decidieron tomar las armas para alcanzar el poder, motivados por el impacto del triunfo cubano en 1959? ¿Los escritos del Che (Guevara, 1985) sobre la revolución social en la América Latina y en particular acerca de nuestra experiencia insurgente, se leyeron del modo adecuado o en verdad muchos de sus textos no se conocieron?

Si el proceso insurreccional de la Isla, entre 1953 y 1958, hubiese sido interpretado en su integralidad, varios intentos guerrilleros en los 60 no hubieran fracasado —al menos no del modo tan rápido en que ocurrió—, o no se hubieran iniciado, por carecer de las condiciones mínimas indispensables. ¿Podría afirmarse que en nuestros días se conoce suficientemente la experiencia cubana? He percibido, fuera de nuestras fronteras e incluso entre nosotros, que no es así.

La idea de que un foco de doce guerrilleros irradió la guerra a todo el país y derrotó a la dictadura en apenas dos años se convirtió en una simplificación romántica y mítica de lo que fue un proceso sumamente complejo y, por eso mismo, pletórico de lecciones. La primera de todas es que surgió, se desarrolló y triunfó en un país con una formación económico-social y una historia singulares, en una circunstancia política particular —la existencia de una dictadura que provocó un rechazo popular generalizado— y fue conducida por un excepcional líder.

El primer acto de Fidel Castro contra la dictadura es simbólico: una impugnación legal contra el golpe de Estado de Batista el 10 de marzo de 1952, que presenta el siguiente día ante el Tribunal de Garantías Constitucionales. Es un paso calculado con el propósito de legitimar la insurgencia armada posterior.

Aunque la acción del 26 de julio de 1953 fue derrotada y el plan abortado, resultó una victoria política y el despegue de la Revolución. Ese día se verificó por primera vez la pertinencia de la lucha armada, sustentada en el legado de José Martí, y cuyo fin inmediato era derrotar la dictadura.

En el cuartel Moncada nacen el líder y el núcleo inicial de la vanguardia de la Revolución y también su programa, La Historia me absolverá (Castro, 1953). Este expresa las razones y los objetivos del proyecto en un lenguaje claro, y a la vez evita sumar enemigos a destiempo. Por ejemplo, la palabra imperialismo no se menciona, y mucho menos lucha anticapitalista.

Al salir de la cárcel en 1955, Fidel realiza una frontal denuncia del régimen a través de los medios de prensa y ese mismo año parte a México. Declara que se marcha porque ha sido censurado y no hay garantías para ejercer las luchas democráticas. De tal manera, reafirma ante la opinión pública que el camino insurgente es el único posible para encarar y derrotar la dictadura.

El primer suceso que desmiente la versión foquista de la Revolución cubana ocurre el 30 de noviembre de 1956, en Santiago de Cuba: el alzamiento armado y popular de la segunda ciudad más importante del país, dirigido por Frank País, y previsto para que ocurriera al unísono con el desembarco de los expedicionarios del yate Granma. A estos los esperaban varios campesinos para apoyarlos en la Sierra Maestra. Celia Sánchez dirigía ese operativo desde Manzanillo, y Frank disponía de una combativa organización clandestina en Santiago. El macroescenario rural y urbano escogido para desatar la guerra fue muy fecundo.

Fidel no demora en realizar la primera acción contra un pequeño cuartel en La Plata, el 17 de enero de 1957. Participa toda la guerrilla, compuesta por veintinueve hombres en total: dieciocho expedicionarios, ocho campesinos y tres enviados por Celia. Y no se incorporan más habitantes de la Sierra Maestra por la falta de armas. La acción es un éxito rotundo y al siguiente mes, el 17 de febrero, el jefe guerrillero otorga su primera entrevista de prensa a Herbert Matthews, de The New York Times. En febrero del siguiente año sale al aire la emisora Radio Rebelde —fundada por el Che—, que se convierte en la voz cotidiana de la épica guerrillera y en vía primordial para orientar a los jefes, a los combatientes y a todo el pueblo, e informar la verdad a la opinión pública del continente. Comenzaba así a ejercitarse y a ganarse, de modo simultáneo, la brega militar y la lidia de las ideas.

Aunque Fidel concentra su atención en el desarrollo de la guerra, que es el frente político decisivo, no descuida los demás. Atiende las alianzas con otras organizaciones revolucionarias y con sectores políticos en el exilio adversarios de Batista, y también se ocupa de orientar la actividad del Movimiento 26 de Julio, dentro de Cuba y en el exterior. Discípulo espiritual de Martí, sabe que esa nueva contienda de liberación debe ser culta, abarcadora e inclusiva. Y como aquel, mantiene en silencio los propósitos de más alcance.

El 28 de mayo de 1958 la dictadura inicia una ofensiva contra el Primer Frente de la Sierra Maestra, para lo que moviliza sus mejores fuerzas élites: catorce batallones de infantería y varias compañías independientes. Despliega también artillería, tanques, aviones y helicópteros.

Fidel mueve de modo secreto todas las columnas del sur y el centro de Oriente hacia el Primer Frente, y decide que Raúl Castro permanezca en el Segundo Frente. Trescientos guerrilleros resisten la ofensiva enemiga. De acuerdo con el plan de defensa, ceden terreno, hostigan, desgastan y agotan al adversario. En julio pasan al contrataque, y tras treinta y cinco días de combates rechazan y destruyen virtualmente a la flor y nata de las fuerzas armadas de la dictadura.

A estas alturas, la guerrilla se ha convertido en una guerra de posiciones y de movimientos. De inmediato, en agosto de 1958, Fidel lanza la contraofensiva estratégica, con instrucciones precisas a Camilo Cienfuegos y Che, para que avanzaran hacia occidente con sus columnas reforzadas. Él se queda con apenas treinta combatientes, sin jefes experimentados y, a la vez que dirige todo el escenario bélico y político nacional e internacional, garantiza el entrenamiento de mil reclutas, a los que logra armar, forma cuadros en el combate de manera acelerada; dirige la conquista de todas las plazas militares de Oriente, e implementa, junto con las fuerzas de Raúl y Juan Almeida, la toma de Santiago de Cuba.

Cuando Batista y varios de sus más cercanos secuaces abandonan el país el 1 de enero de 1959, la dictadura ya estaba derrotada tanto en el plano militar como en el moral y el político. Con un mínimo de armas y un máximo de moral y de sabiduría política y bélica, la Revolución logra triunfar en un plazo brevísimo sobre un enemigo que parecía invencible.

II

Entre 1959 y 1961, las primeras guerrillas en América Latina surgen, casi todas, de grupos sin preparación ni estrategia idónea. Fueron experiencias costosas en vidas humanas y en saldos políticos. Pronto Cuba fue acusada de dirigir tales movimientos, cuando realmente la dirección cubana siempre practicó la solidaridad más auténtica, y por eso mismo actuó de modo coherente con la idea de que las revoluciones no se exportan y, al contrario, estallan a la hora precisa de cada país.

La Isla aportó a los revolucionarios latinoamericanos y caribeños, sobre todo, el ímpetu de sus triunfos, sus rebeldías y herejías. Provocó que reverdeciera el proyecto bolivariano y martiano de emancipación continental, colocó el marxismo en un lugar protagónico.

A partir de 1962, Cuba ofreció entrenamiento a muchos guerrilleros y también apoyo logístico, e incluso ejerció la solidaridad mediante combatientes cubanos en el terreno mismo. De modo explícito, consagró su derecho a apoyar por todos los medios a quienes luchaban en sus propias naciones contra gobiernos antinacionales, y aliados del imperio en la agresión contra Cuba.

Hay que interpretar de manera serena las lecciones de ese tiempo, para contribuir a elucidar problemas de hoy y mañana, semejantes a los de ayer, e incluso más difíciles de resolver. ¿O es que alguien piensa que esta opción de lucha revolucionaria fue borrada para siempre de nuestras tierras, repletas de conflictos, pero también de historias de liberación y de un elevado potencial para conquistarla? Las estrategias de insurgencias armadas futuras, que a mi juicio serán inexorables, no saldrán de un manual de guerrilla, sino de la interpretación crítica de las praxis anteriores y de las entrañas del país donde se decida desarrollar.

Una de esas lecciones es que durante el período insurreccional en Cuba hubo armonía entre el programa de la Revolución y su carácter real inmediato, o sea, un proyecto democrático y nacional de complexión popular. Ni antimperialista, ni anticapitalista y menos aun explícitamente socialista.

Mutatis mutandis, después de que Cuba se declara socialista en 1961, aunque los movimientos armados latinoamericanos enarbolaran programas democráticos, nacionalistas y alianzas amplias, incluso con sectores burgueses, el carácter político de las guerrillas cambió radicalmente. Porque el antimperialismo, el anticapitalismo y el socialismo formaban parte ineludible de su genética, lo hicieran o no explícito.

La guerra revolucionaria es ante todo una pugna de ideas y de acciones políticas. Fidel supo neutralizar, entre 1956 y 1958, a una gran parte de la clase dominante cubana e incluso al gobierno de los Estados Unidos. Al mismo tiempo aisló a la dictadura en el ámbito político nacional e internacional. La decantación de este amplísimo haz de fuerzas sucedió por etapas. No hubo restas prematuras. La amplitud del programa inicial permitió una posterior depuración natural, resultante del conflicto clasista. Tal paradoja devino fortaleza: radical en los métodos de lucha, la Revolución cubana en sus inicios fue comedida en cuanto a las metas inmediatas. Esto le permitió ganar tiempo para afirmar una vasta base de apoyo social, político y militar y sorprender al imperialismo, que reaccionó demasiado tarde.

Pero las posteriores insurgencias armadas de la región, sobre todo en la década que analizamos, adquieren un significado diferente. De 1962 en adelante revolución significa derrocamiento del poder burgués, enfrentamiento al imperialismo y al capitalismo, y opción socialista. A partir de ese momento, aunque se oculten los objetivos, el imperio y las oligarquías ya no se equivocan, y actúan en consecuencia. Este factor pesó mucho en contra de los procesos armados después de 1959.

El Pentágono, la CIA y los gobiernos de los Estados Unidos tomaron muy en serio a los que consideraban seguidores del camino insurgente de la Isla, y desplegaron todo su poder. Primero imaginaron una fórmula de apariencia reformista, la Alianza para el Progreso. Y después activaron la lucha contrainsurgente, con acciones preventivas y de neutralización en el escenario social, pero donde los nuevos métodos y recursos militares cobraron un relieve principal, ahora con el antídoto específico contra la guerra irregular. Ya no se enfrenta a la guerrilla con tanques, aviones y artillería. El empleo de la nueva doctrina militar es un factor clave para entender por qué las guerrillas resultaron casi siempre aisladas y derrotadas. Además de los errores propios, entre ellos las desviaciones foquistas y el llamado vanguardismo.

III

Es imprescindible detenerse en los aportes analíticos del Che, realizados muchas veces en defensa de la experiencia original de la Revolución cubana. En ese tiempo, una parte de la izquierda regional se empeñó en demostrar que esta era excepcional, mientras otros revolucionarios la copiaron de modo acrítico y hasta caricaturesco.

El pensamiento del Che acerca de la revolución incluye conceptos entretejidos, tales como el imperialismo y el subdesarrollo, las clases sociales y sus luchas, el papel del Estado y el carácter de la revolución. También sus ideas abarcan los temas de estrategia y táctica, vanguardia, y sujetos sociales de la Revolución. De su análisis de la sociedad latinoamericana y el escenario mundial nace su certeza acerca de la posibilidad del cambio revolucionario de naturaleza socialista en el continente. Y también se derivan sus ideas sobre cómo alcanzarlo.

Ciertos énfasis y filos polémicos de sus conceptos están marcados por los debates que se vio obligado a emprender frente a sectores tradicionales de la izquierda latinoamericana, que querían convertir el triunfo de la Revolución cubana en una excepción histórica. Casi todos eran partidos comunistas seguidores de la línea internacional y de los enfoques políticos de la poderosa Unión Soviética. Muchas veces tales concepciones y posturas políticas representaron un factor de contención a posibles procesos revolucionarios, como al parecer ocurriera en mayo de 1968 en Francia, o en 1966-67 en Bolivia.

Ello explica la insistencia del Che en determinadas lecciones de la Revolución cubana. No es casual que comience de este modo su primera obra que aborda el tema: «La victoria armada del pueblo cubano sobre la dictadura ha sido, además [...] un modificador de viejos dogmas sobre la conducta de las masas populares de la América Latina» (Guevara, 1985, t. I: 31). Él nunca la reduce a una repetición dogmática: «La Revolución cubana ha mostrado una experiencia que no quiere ser única en América». Y critica a quienes «tratan de implantar la experiencia cubana sin ponerse a razonar mucho si es o no el lugar adecuado» (t. IX: 209).

A la vez, es menester prevenirnos contra el empleo extemporáneo de algunas afirmaciones o tesis suyas en las actuales circunstancias políticas del continente y del mundo, pues algunas no resultaron válidas en el decursar de la historia. ¿Qué pensó, por ejemplo, sobre la vía armada y en específico respecto a la lucha guerrillera?: «Es importante destacar que la lucha guerrillera es una lucha de masas, es una lucha de pueblo» (t. I: 33). Esa misma consideración, con palabras semejantes, la encontramos al menos en diez lugares diferentes de sus escritos (37, 179 y 205; t. IX: 30 y 237).

No deja espacio para las ambigüedades: «Queda bien establecido que la guerra de guerrillas es una fase de la guerra que no tiene de por sí oportunidades de lograr el triunfo» (t. I: 37). «Ahora bien, es preciso apuntar que no se puede aspirar a la victoria sin la formación de un ejército popular» (205).

Sostiene que en la América Latina existen las condiciones objetivas para la revolución. Esa conclusión la deduce de sus vivencias en el continente y de sus estudios desde los años juveniles sobre la historia y las sociedades latinoamericanas. De tal convicción, fundada en un saber científico, no razona que sea posible iniciar la lucha armada en todas partes y en cualquier momento:

Esa violencia debe desatarse exactamente en el momento preciso, en el que los conductores del pueblo hayan encontrado las circunstancias más favorables. (105).

Dependen, en lo subjetivo, de dos factores que se complementan y que a su vez se van profundizando en el transcurso de la lucha: la conciencia de la necesidad del cambio y la certeza de la posibilidad de este cambio revolucionario. (195).

A tales factores y a las condiciones objetivas une otro elemento también subjetivo: «la firmeza en la voluntad de lograrlo». Y agrega el último, de índole objetivo: «las nuevas correlaciones de fuerzas en el mundo» (105). Siempre tiene en cuenta el repertorio de variables que considerar en el inicio y desarrollo de la lucha armada y nunca abona consignas, dogmas, ni clichés.

¿Por qué enfatiza la importancia de las condiciones subjetivas y el papel activo de la vanguardia? Frente a la «cultura política» defensiva de la espera, yergue junto a Fidel, la cultura política de la voluntad y de la ofensiva:

El deber de los revolucionarios latinoamericanos no está en esperar que el cambio de correlación de fuerzas produzca el milagro de las revoluciones sociales en América Latina, sino aprovechar cabalmente todo lo que favorece al movimiento revolucionario ese cambio de correlación de fuerzas y hacer las revoluciones. (208).

Tal criterio no pasa por alto el tema de la estrategia y las tácticas:

Los revolucionarios no pueden prever de antemano todas las variantes tácticas que pueden presentarse en el curso de la lucha por su programa liberador. La real capacidad de un revolucionario se mide por saber encontrar tácticas revolucionarias adecuadas en cada cambio de la situación, en tener presente todas las tácticas y en explotarlas al máximo. (33)

¿Acaso el acelerado curso de la actual ofensiva imperialista y de la ultraderecha en la América Latina y el Caribe no obligan también a los entes revolucionarios a plantearse fórmulas y actuaciones acordes con los métodos antidemocráticos, que de modo creciente practican varios gobiernos de la región?

La dirección cubana no negó jamás, en aquellos años, la lucha cívica y en particular la electoral. Baste recordar la solidaridad de Fidel hacia Allende. En varias ocasiones, el Che aborda el tema:

Sería error imperdonable desestimar el provecho que puede obtener el programa revolucionario de un proceso electoral dado; del mismo modo que sería imperdonable limitarse tan solo a lo electoral y no ver a los otros medios de lucha, incluso la lucha armada, para obtener el poder [...] pues si no se alcanza el poder, todas las demás conquistas son inestables, insuficientes, incapaces de dar las soluciones que se necesitan. (t. X: 33).

Una vez más aparece ese eje central de sus ideas, que es también el de Fidel: la conquista del poder. Motivación, por cierto, presente en casi todas las insurgencias armadas latinoamericanas desde 1959, y que ha disminuido o desaparecido en buena parte de la izquierda de nuestro tiempo.

También el Che aclara la distinción entre lucha pacífica y vía pacífica, y señala las consecuencias de esa confusión: «Recuérdese nuestra insistencia: tránsito pacífico no es logro de un poder formal en elecciones o mediante movimientos de opinión pública sin combate directo, sino la instauración del poder socialista, con todos sus atributos, sin el uso de la lucha armada» (t. IX: 229).

Reiteradas veces aborda la función de la clase obrera y el campesinado en la revolución. Por ejemplo, refiriéndose a la relación guerrilla-campesinos-obreros, afirma que la primera debe buscar el apoyo de «las masas campesinas y obreras de la zona y de todo el territorio de que se trata» (t. I: 189).

No desarrolla suficientemente sus criterios en torno al lugar que le corresponde a las luchas reivindicativas y políticas obreras, ni tampoco a la inserción de ese bregar en un proceso revolucionario signado por la lucha armada, cuyo escenario principal lo ve en el campo, por razones que explica muchas veces. Sin embargo, no deja de formular la siguiente noción, como parte de la estrategia que considera acertada:

[L]a posibilidad de triunfo de las masas populares de América Latina está claramente expresada por el camino de la lucha guerrillera, basada en el ejército campesino, en la alianza de los obreros con los campesinos, en la derrota del ejército en lucha frontal, en la toma de la ciudad desde el campo, en la disolución del ejército. (t. IX: 237)

Esta última afirmación muestra el apego del Che a la experiencia cubana. En nuestros días, es menester —y posible— asumir un relato más abarcador y a tono con las nuevas realidades de cada país. Considerar, por ejemplo, los cambios ocurridos en las estructuras de clases a consecuencia de las mutaciones de las formaciones sociales capitalistas de la región; la transnacionalización y privatización extrema de las economías; el crecimiento de los sectores marginales e informales; la disminución de la clase obrera y la modificación de su composición, con mayores niveles de explotación e integración al status quo; la disminución neta del campesinado tradicional y la agudización de la crisis social derivada del modelo neoliberal.

Durante los últimos cincuenta años, ocurren diversas experiencias que enriquecen el antecedente cubano. Por ejemplo, los procesos insurreccionales en Nicaragua y en El Salvador, entre 1977 y 1985, hacen importantes aportes. De igual modo, la rebelión militar del 4 de febrero de 1992 en Venezuela nutre el acervo de la lucha armada revolucionaria, patriótica y democrática en el continente.

De conjunto, los impactos políticos y sociales y los correlatos —tanto nacionales como hemisféricos— que se derivan en el presente siglo de los procesos de cambios abiertos por la Revolución bolivariana, a partir de 1999, han creado un terreno fértil para el avance de proyectos progresistas e incluso radicales, como ha sucedido en la propia Venezuela y en Bolivia. A la vez, varios mostraron ciertas debilidades de partidos de izquierda y centroizquierda, una vez que asumieron los gobiernos centrales, casi siempre en alianzas con entes burgueses de centro.

El primero y el más importante error es haber creído que controlaban el poder del Estado, cuando en verdad solo disponían apenas de una parte de este, sobre todo palancas del Ejecutivo. La otra grave deficiencia es haberse desconectado de los movimientos sociales y suponer que con mejoras parciales del nivel de vida popular se obtendría un apoyo masivo en las urnas. También muchos dirigentes partidistas fueron seducidos por la miel de los cargos y, en no pocos casos, los imantó la corrupción. Más recientemente, la nueva ofensiva imperial y de las clases pudientes en varios países —Argentina, Brasil, Ecuador, Colombia, etc.— evidenció el cálculo triunfalista erróneo que primó en no pocas fuerzas y líderes de la izquierda y la centroizquierda.

IV

El proyecto revolucionario continental que el Che decide iniciar en Bolivia con el apoyo de Cuba tiene su razón estratégica propia y también posee la marca de la coyuntura. Entonces era necesario y urgente dar un fuerte impulso a la lucha armada en la región y demostrar en grande la viabilidad de otras revoluciones, por ejemplo, en Venezuela. También la causa de Vietnam convocó la epopeya internacionalista del Che en Bolivia. Por encima de la derrota en este país, el núcleo fecundo de esa decisión histórica pervive; de ello es prueba el afán emancipador e integracionista creciente en la región, incluida la Bolivia de Evo Morales, marcada por la irrupción del pueblo profundo que hace muchos años descubriera el Che.

Define con precisión la correlación entre lo nacional y lo continental y el factor tiempo en la lucha revolucionaria latinoamericana: «Habíamos predicho que la guerra sería continental. Esto significa también que será prolongada» (t. I: 206). En consecuencia, de ningún modo «podemos decir cuándo alcanzará estas características [...] ni cuánto tiempo durará» (201). Así pues, el sentido regional de la lucha revolucionaria no significa esperar a que esta comience en todos los países, ni se desarrolle por igual en ellos: debe iniciarse «cuando las condiciones estén dadas, independientemente de la situación de otros países» (202).

A partir del criterio de que los Estados Unidos van a intervenir en un momento del desarrollo de la revolución —por razones conocidas— sostiene: «Dado este panorama americano, se hace difícil que la victoria se logre y consolide en un país aislado» (201). Tal criterio se ratifica en nuestros días, por ejemplo, con la arremetida brutal del imperio contra Venezuela, el aumento del cerco a Nicaragua, y la retoma de sus políticas más agresivas respecto a Cuba.

A mediados de los 60, la lucha armada a escala continental no exhibía un saldo favorable. Fue preciso tratar de asegurar un mínimo de coordinación y un máximo de convergencia entre las fuerzas revolucionarias. Sin absorber la diversidad de los procesos políticos nacionales, se buscó ayudar a ordenarla con una labor prioritaria: la lucha armada para alcanzar el poder del Estado. De ese propósito salió la iniciativa de realizar la Primera Conferencia de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS), en agosto de 1967, que marcó el apogeo visible de tal esfuerzo de coordinación y de convergencia política de las luchas revolucionarias nacionales. Su objetivo principal no se proclamó: ensanchar en toda la región las bases de apoyo al proyecto del Che, para esa fecha ya en Bolivia.

El origen y la razón de ser de OLAS radicaba en el proyecto de lucha continental guevariano. Por eso se extingue con él en octubre de 1967. La historia, en su devenir, una vez más no fue rectilínea. Si la revolución en nuestra América no pudo tomar entonces el curso continental imaginado —signado por la lucha armada—, su calendario, itinerario y escala posterior debían ser otros. Y así ha sucedido.

El dilema mayor es que el Che tiene razón cuando proclama la conocida alternativa: revolución socialista o caricatura de revolución. Pero, ¿cómo lograr tamaño propósito? Su proyecto de lucha y de liberación continental en aquellas circunstancias es tal vez la pista de una posible respuesta. Herencia conceptual que Hugo Chávez recrea como el socialismo del siglo xxi.

V

En nuestro continente no ha habido recesos históricos, como pareciera que ha ocurrido en Europa y en los Estados Unidos después de 1968: cuando las insurgencias resultaron neutralizadas o asfixiadas en una subregión o en determinados países, han reaparecido en otros sitios.

Luego de los fracasos relativos de los intentos armados en aquella década, sin solución de continuidad, y en el escenario represivo creado por las dictaduras militares en el cono sur durante los años 70, surgen en Uruguay, Brasil, Argentina y Chile organizaciones armadas o de resistencia en las ciudades, con diferentes métodos y caracterizadas por una enorme constancia y heroicidad. Y aunque no logran el poder, mantienen en jaque a esos regímenes y aportan legados muy importantes para el posterior curso político de esas naciones.

El ciclo de los 70 incluye la novedad del experimento socialista pacífico y democrático en Chile, que confirmó de manera dramática la decisión del imperio y las oligarquías de destrozar sin escrúpulos los cimientos de sus propios mitos democráticos, frente al peligro de perder su poder. La década aporta también dos procesos nacionalistas liderados por sendos líderes militares en Perú y Panamá (Juan Francisco Velasco Alvarado y Omar Torrijos), que marcan hitos favorables al avance antimperialista y de los movimientos populares. El decenio concluye con la victoria de la Revolución sandinista, en julio de 1979, que veinte años después de Cuba reafirmó la viabilidad del camino insurgente armado, y reveló otra vez los ingredientes políticos y militares que Fidel consideró indispensables para lograr una victoria revolucionaria: el pueblo, las armas y la unidad. En este caso, como en Cuba, el objetivo volvió a ser derrotar una tiranía y reconstruir el país sobre la base de un programa holgado y con alianzas amplias.

También frente a la Revolución sandinista, aunque las definiciones políticas del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) fueron cuidadosas, e incluso se afilió a la socialdemocracia, los Estados Unidos actuaron, aplicando la conocida guerra sucia. Asimismo, frustraron el triunfo pleno del Frente Farabundo Martí en El Salvador. Ambos procesos, desfavorecidos por la abrupta extinción de la Unión Soviética y el llamado campo socialista, tomarían otra forma, más funcional al sistema, en el presente siglo.

En 1989 —año en que se desploma el muro de Berlín— sobreviene el «febrero venezolano», el histórico Caracazo. Este hecho representó la explosión social más grande de la historia de ese país y fue también la primera rebelión espontánea de un pueblo contra el neoliberalismo a escala mundial. Pero a diferencia del Mayo francés, el 4 de febrero de 1992 surge otra, liderada por el teniente coronel Hugo Chávez, que pronto sería el guía de la revolución más original ocurrida en América desde 1959.

En todos esos hechos y procesos ulteriores a los 60, donde los imposibles no se respetaron y se fecundaron con sangre las utopías, está el legado de aquellos guerreros. Muestra de ello es, precisamente, la influencia que recibiera Chávez, desde su adolescencia y juventud, de las luchas guerrilleras en su país, y su admiración hacia el Che y Fidel. Por ejemplo, a los 19 años, siendo cadete, en un ejercicio militar en que participara en septiembre de 1974, escoge estar en el grupo de supuestos guerrilleros y adopta con íntima satisfacción el papel del Che (Chávez, 2018: 138). Tres años después, como subteniente en un batallón contrainsurgente, discute consigo mismo la posibilidad de pasarse al grupo guerrillero contra el que luchaban, y no lo hace entre otras razones por la manera turbia y criminal en que actuaba dicho grupo, infiltrado por la CIA. Razona, además, que la oportunidad de la guerrilla había pasado en Venezuela.

Poco tiempo después, decide organizar un movimiento clandestino dentro del ejército y planear una rebelión cívico-militar para desarrollar un proyecto de orientación bolivariana. En ese quehacer, mantiene nexos con ex comandantes guerrilleros, como Douglas Bravo y Alí Rodríguez. Varios de ellos, como este último y Julio Escalona, ocuparán cargos relevantes en el gobierno bolivariano a partir de 1999. Para esa fecha, el presidente Chávez ha convertido al Che en una de las figuras cumbres de su panteón de héroes y guías. Mientras que Fidel es su más alta referencia revolucionaria viviente.

VI

Retomo la pregunta inicial de este artículo y arriesgo algunas respuestas:

  • Toda victoria de la contrarrevolución se alimenta de los errores y de las desviaciones que surjan en el campo revolucionario, sean de índole militar, política, teórica o ética. Los revolucionarios no actúan solos. Sus adversarios poseen suficiente poder, astucia y experiencias para utilizar tales agujeros dentro de uno u otro ente de la izquierda, a fin de dividirlo y dinamitarlo.
  • Quienes opten por una estrategia de lucha armada deben saber que se trata de una decisión sustantiva, de largo aliento e implicaciones formidables. La guerra no se improvisa, ni tampoco hay que temerle si solo existe esa alternativa para avanzar por el carril revolucionario. Toda línea política no fundada en el análisis del escenario y del movimiento real —nacional, regional y mundial— es no solo inoperante, sino peligrosa. Puede conducir a la derrota y retardar el curso de la revolución deseada.
  • No es cierto que la política sea el arte de lo posible. Ese suele ser un falso consuelo, el reducto de los conservadores, de los mediocres, a veces de los cobardes. Las revoluciones que palpitan en una encrucijada histórica hay que diagnosticarlas con rigor, fomentarlas y conducirlas sin temor, y crear las condiciones materiales, políticas y culturales para hacerlas triunfar en todos los espacios y tiempos. Y luego defenderlas por medio del ejercicio democrático del poder del pueblo y con la hegemonía de un proyecto socialista auténtico.
  • La disposición a morir y a todo tipo de sacrificio es una condición indispensable, pero no suficiente. Lo más difícil y decisivo es contribuir a que las clases populares, desde sus propias bregas, concienticen y avancen hacia proyectos de liberación social y nacional.
  • Formar y seleccionar a los líderes es primordial. Debe primar en ellos el altruismo, la creatividad, la disciplina, el sentido de la organización eficaz y el interés por la teoría revolucionaria. Tienen que ser portadores genuinos de una cultura democrática que irradie respeto y solidaridad entre todos los luchadores. Deben moverse y actuar «en la calle» y en los campos, y aprender del pueblo más que de los sabios; estar prestos a identificar dónde se equivocaron, y si hay que corregir saber buscar el camino. Un auténtico líder debe ser capaz de entregarlo todo, incluso sacrificar el tiempo familiar y, si fuera necesario, dar la vida.
  • Ninguna política trasciende a la historia si no accede al dominio del sentimiento. Porque los pueblos que hacen la historia no se movilizan si su voluntad no está sacudida por emociones e imágenes arraigadas en su pasado.
  • Hay personas que sin ser revolucionarias son mejores en sus sentimientos y en la actitud hacia determinados temas humanos que algunos militantes de izquierda.
  • Es necesario dialogar con los ciudadanos que piensan y actúan diferente; los revolucionarios no debieran sentirse dueños de la verdad, aunque muchas veces tengan la razón.
  • La gente pobre, y en general los explotados no simpatizan con la revolución a ultranza. Hay momentos de crisis social y política en que se movilizan y entienden un proyecto de cambio con más rapidez, pero en todo momento se requiere llegar a sus mentes con verdades y con el ejemplo de quienes las profesan.
  • El sistema de dominación capitalista ha logrado reproducirse sobre todo por su capacidad de ganar las conciencias de los humildes. Por eso es usual que muchos de ellos voten por sus enemigos de clase. Pero en vez de condenar a quienes sufragan contra los candidatos de la izquierda, o no se movilizan en el combate revolucionario, cualquiera que este sea, hay que buscar los modos de imantarlos, y para ello resulta imprescindible comprender las causas profundas de su conducta, y descubrir —y rectificar con premura— aquellas relacionadas con errores y debilidades de la izquierda, que tributan a las actuaciones equívocas del pueblo.
  • No se debe subestimar ni un ápice a los adversarios de dentro y de afuera. Hay que conocerlos más y mejor. Adelantarse a sus tácticas y procederes. Hacer trabajo de inteligencia en sus filas, para saber qué piensan y qué hacen. Y qué proyectan hacer. El sistema dominante utiliza sin ambages sus poderosos instrumentos visibles y soterrados, y quien se proponga derrotarlo debe implementar las réplicas pertinentes. La ingenuidad en política es siempre mortal.
  • Usar métodos conspirativos, guiados por el precepto martiano de que «en la política, lo real es lo que no se ve». Imaginar variantes para engañar a los adversarios y conocer sus debilidades, saber atacarlos por los flancos y buscar fórmulas para dividirlos.
  • Diseñar la estrategia y las tácticas, con apego a las circunstancias concretas de cada país. Escoger y atacar los puntos débiles del adversario y preparar muy bien el momento para emprender cualquier batalla frontal. Mantener la iniciativa de modo tesonero y creativo.
  • Propagar ideas y emociones por todas las vías posibles y en formas atractivas y comprensibles, y usar las tecnologías y los métodos de comunicación más modernos. Evitar la tentación de las acciones exhibicionistas, la política como show, los efectos efímeros. No mentir jamás.
  • Trazar líneas diferenciadas hacia las organizaciones religiosas y proceder con los creyentes a nivel personal.
  • Aprender con humildad de la gente; mandar obedeciendo. No dejar nunca de tomar en cuenta la opinión del pueblo y el sentir individual y colectivo de las personas. No despreciar lo pequeño.
  • Promover alianzas amplias y a la vez evitar compromisos que amarren el proyecto grande. Esto incluye mantener contactos con militares de manera selectiva y discreta.
  • Hacer todo lo necesario para conseguir la unidad de la izquierda auténtica, sobre todo para la acción, y basada en un programa mínimo. Este debiera estar anclado en los asuntos y problemas de la mayor cantidad posible de ciudadanos, y con un lenguaje atractivo. Resolver con inteligencia y por etapas la ecuación de los objetivos mínimos y máximos.

Referencias

 

Castro Ruz, F. (1953) La Historia me absolverá. Disponible en <http://cort.as/-EzHU> [consulta: 19 febrero 2019].

Chávez Frías, H. (2018) Diario del Cadete Hugo Chávez. Caracas: Fundación Comandante Eterno Hugo Chávez.

Debray, R. (1975a) La crítica de las armas. Ciudad de México: Siglo XXI Editores.

______ (1975b) La guerrilla del Che en Bolivia. Ciudad de México: Siglo XXI Editores.

______ (1975c) Las pruebas del fuego. Ciudad de México: Siglo XXI Editores.

Gott, R. (1971) Las guerrillas en América Latina. Santiago de Chile: Universitaria.

Guevara, E. (1985) Escritos y discursos. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales.

Prieto, A. (1990) Guerrillas contemporáneas en América Latina. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales.