La política cultural de la Revolución cubana en los 60

Resumen: 

En los años 60 la política cultural de la Revolución se caracteriza por su proyección y resultados, este ensayo la muestra en tres etapas: 1) Redimensionamiento y creación de instituciones, socialización del movimiento cultural, nuevo protagonismo intelectual (1959-1961); 2) alfabetización y unificación del sistema educativo gratuito y sin discriminación, definición de base de los parámetros revolucionarios, introducción masiva del marxismo —según esquemas soviéticos—, debate cultural y político (1961-1964); 3) el difícil intento de dar coherencia a la política cultural socialista desde la perspectiva revolucionaria autóctona, los disensos dentro del marxismo y las limitaciones prácticas, el año 1968 y el Congreso Cultural de La Habana, con una clausura de Fidel, devenido colofón de la política cultural de los 60 (1964-68).

Abstract: 

The cultural policy of the Revolution in the 1960s is characterized by its projection and results; this essay examines it in three stages: 1) Redesignand establishment of institutions, socialization of the cultural movement, new intelectual protagonism (1959-1961); 2) literacy campaign and unification of an educational system that is public, free and without discrimination; definition of the base of the revolutionary parameters; massive introduction of Marxism —following Soviet methods —, cultural and políticaldebate (1961-1964); 3) the difficult attempt to give coherence to the socialist political culture from the autonomous revolutionary perspective;the dissents within Marxism and their practical limitations; 1968 and the Havana Cultural Congress with Fidel giving the conclusions, which provided a guide to the cultural policy of the 60s (1964-68).

En Cuba sería prácticamente imposible hablar de la política cultural de la Revolución desde una instantánea del año 1968 —o de ningún otro momento— sin tomar en cuenta, en su integridad, la vertiente cultural de la transformación revolucionaria que se inició con el comienzo de los años 60. Nada nuevo añado al recordar que la radicalidad del cambio político y económico que tuvo lugar entonces se dimensionaba igualmente, desde el principio, también en el mundo espiritual: en la esfera del saber, del pensamiento y la creación, en las conductas y en los valores. Más exacto que «también», sería quizá decir «sobre todo», porque son estas las aspiraciones que expresan, en rigor, la desalienación en la cual se cifran los ideales más profundos del cambio. Dicho de otro modo, la revolución cultural, imposible de condensar en una simple etapa del proceso, es impresionante por sus aportes y cargada, a la vez, de complicaciones, de incidencias y desafíos.

Para el pueblo cubano, el corte definitivo a la indefensión ante la oligarquía nacional y la sumisión a la potencia dominante (el nuevo sentido que cobraba el concepto de soberanía), definió el paradigma de la transición que germinó en los 60, signado por la búsqueda de un camino socialista sin dependencias. Lamentablemente el nivel de independencia deseado no se pudo consolidar del todo debido a la conjunción de la sostenida hostilidad estadunidense y las limitaciones internas que prevalecían, y la hoja de ruta original tuvo que alterarse con el avenir de los 70.

Esta necesidad, nunca renunciada, de autoctonía reviviría a principios de los 90 —al desintegrarse el bloque socialista— envuelta en las enormes dificultades resultantes del derrumbe económico y del cuestionamiento de paradigmas. Se intentaba rescatar proyecciones y críticas acertadas de aquellos primeros años, y se producían, parejamente en este intento, miradas ilusorias al pasado, idealizando integralmente los 60, sin tomar en cuenta las contradicciones propias de la época. Es aquella complejidad lo que me he propuesto despejar aquí con algunas apreciaciones personales, seguramente polémicas. En todo caso, quiero destacar que en la preparación de estas líneas me he valido de los estudios realizados por Alina López Hernández (2013), Jorge Fornet (2013) y Guillermo Rodríguez Rivera (2017), amén de algunas experiencias personales. Pero las valoraciones que formulo son, por supuesto, de mi entera responsabilidad.

Quisiera distinguir, convencionalmente, tres etapas en la política cultural de la Revolución de los años 60, en  las cuales anticipo que la perspectiva propiamente cultural está conectada con la política, como sabemos que lo está también la económica.

Enmarcaré una primera desde la victoria misma de 1959 hasta aproximadamente 1961, pues no siempre se pueden ver con exactitud momentos de corte. En estos años, la impronta revolucionaria en el mundo de la cultura se va a distinguir por hechos verdaderamente fundacionales, todos significativos, los que considero conforman un cuadro liminar de nuestra revolución cultural. Incluyo aquí, en el mismo año 1959, la creación del Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográficos (ICAIC), la Casa de las Américas, el Ballet Nacional de Cuba, la Imprenta Nacional, que inauguraba, con una edición popular del Quijote, una política editorial al alcance de los ingresos más bajos, en la cual predominaban los clásicos y se abría puertas a la literatura socialista. La Biblioteca Nacional de Cuba, cuyos patronos habían mantenido en pie, a duras penas, desde su fundación en 1901, recibió enseguida un apoyo gubernamental decisivo. Se estableció un sistema nacional de escuelas de arte. Fue como un tiempo de siembra.

Figuras notables de la creación (como Alejo Carpentier, Nicolás Guillén, Alicia Alonso, Harold Gramatges o Mariano Rodríguez) y de la academia (como Vicentina Antuña, Juan Marinello, Mirta Aguirre, María Teresa Freyre de Andrade o Julio Le Riverend) tuvieron un protagonismo notable en estas acciones. Desde principios de 1959, salió a la luz Lunes de Revolución, semanario cultural del diario oficial del Movimiento 26 de Julio —el de mayor circulación hasta su desaparición al fundarse Granma en 1965—, portador de un abanico de criterios en debate dentro del panorama intelectual. Considero que Lunes… guardaba correspondencia con las tonalidades heteróclitas de los años primeros. Doy cuenta aquí solamente de las acciones que creo más significativas o, al menos, suficientes para esbozar un escenario temprano.

No estaría completo este panorama si omitiera la creación, en 1960, de las Escuelas de Instrucción Revolucionarias (EIR) que van a dominar el firmamento ideológico marxista durante los seis años siguientes, hasta revelarse discutibles en su estilo, redireccionarse hacia urgencias de la producción, y terminar disueltas antes del final de la década. Representan una importante vertiente del cambio cultural en marcha. Fue un sistema completo que estructuró cuatro niveles de enseñanza del marxismo para los trabajadores, siguiendo una estricta norma soviética: nivel elemental y básico, impartidos en el mismo centro de trabajo; y provincial y nacional, para los cuales se internaba a los seleccionados en cursos de varios meses y hasta de un año de duración. La escuela superior que se creó para los cuadros políticos se convirtió en universidad —subordinada al Partido Comunista de Cuba (PCC)— y así funciona hasta nuestros días. La experiencia bolchevique la recuerdo traducida (mal) como la «profesura roja», la cual respondía a la consigna de formarse «rojos y expertos».

Este sistema lo diseñó y condujo en la experiencia cubana Lionel Soto, quien compartía con Alfredo Guevara el prestigio de ser uno de los intelectuales más cultivados en el marxismo dentro de la Juventud socialista antes del triunfo revolucionario; ambos cercanos a Fidel y Raúl Castro desde sus luchas estudiantiles. Uno más sujeto, a mi ver, a una mirada doctrinal, el otro más abierto y creativo. Las EIR se identificaban, desde su origen, como «escuelas del Partido», aunque la integración de este no culminaría hasta 1965. Tuvieron el mérito de extender el aprendizaje del marxismo por toda la Isla, y el defecto de hacerlo aferradas al canon soviético; responden, en esta historia, por logros de difusión y por pecados de confusión. Aquel sistema funcionó —incluso desde antes de la alfabetización masiva— como un sistema paralelo al de la enseñanza general que dirigía Armando Hart, entonces ministro de Educación, quien tuvo un peso decisivo en tutelar, desde su posición, los pasos que antes he referido en el campo de la cultura, y otros que citaré a continuación, sin discriminación de tipo alguno ni alineamientos dogmáticos ni sectarios. La conducción de las instituciones culturales se subordinó, hasta 1976, al ministerio de Educación, y su análisis no debe pasar por alto los cambios de ministros.

Diferencio una segunda etapa de 1961 a 1964 (es una hipótesis de trabajo, insisto), tomando por eje la campaña de alfabetización en 1961, con el consiguiente plan de seguimiento, y la unificación y gratuidad del sistema educativo nacional, llamado a crear una ciudadanía instruida. No se condicionaba esta decisión a que el crecimiento de la economía pudiera costearla. La elevación masiva de las capacidades de consumo y creación de bienes espirituales se hacía clave para dar consistencia a la revolución cultural; no bastaba con echar a andar iniciativas e instituciones. La universalización de la enseñanza puede considerarse como la columna vertebral que sostendrá los pasos que iniciaron las fundaciones anteriores y los que se aspiraba a dar: el desarrollo deseado de la economía y el rumbo del proyecto social en su conjunto.

En el mismo 1961 —dos meses después de la derrota de la invasión mercenaria apoyada por los Estados Unidos, en Playa Girón— se produce uno de los primeros diferendos surgidos en el campo de la cultura, el cual se tornó definitorio. Al prohibir el ICAIC la difusión del documental cubano PM, de Orlando Jiménez Leal y Sabás Cabrera Infante, provocaría las controvertidas reuniones de junio, en la Biblioteca Nacional José Martí, en torno a la libertad de creación.

Después de tres jornadas de discusión, pronunció Fidel el memorable discurso publicado con el título de Palabras a los intelectuales (Castro, 1961). Enunció allí la definición de los parámetros que serían tomados desde entonces como rectores de la política cultural presente ya en las acciones culturales desplegadas con anterioridad: «Dentro de la Revolución todo. Contra la Revolución, ningún derecho» (11).[1] Ofrecía apertura a las libertades y fijaba a la vez el límite, parametración que se observará posteriormente en los aciertos, aunque también ha servido de referencia para justificar arbitrariedades. Depende de cómo se quiera entender el alcance de «contra», que es la preposición que expresa un inevitable límite a lo admitido. Fidel dijo primero «Contra la Revolución, nada», y repitió líneas más adelante la expresión completa, pero precisando «Contra la revolución, ningún derecho». La versión aludida con más frecuencia es la primera, menos precisa, porque el adverbio «nada» provee de una gran elasticidad para calificar el alcance del «contra», quizá demasiada. Es una sentencia que puede utilizarse tanto para justificar extremos de apertura como los de censura. Recuerdo que, en una entrevista de la época, uno de nuestros escritores más comprometidos, a quién la prensa pidió una interpretación, respondió: «¡Ama a la Revolución y haz lo que te dé la gana!». Pero a pesar de lo elástico de la connotación, o tal vez gracias a ello, es un enunciado que hemos utilizado y utilizamos como referencia sustantiva, en uno o en otro sentido. Lo valoro como muestra de la correlación entre lo que toca fijar al discurso político y lo que tiene que definirse en el territorio de la realización cultural; de ningún modo como una insuficiencia semántica.

De aquellos debates surgió, solo unos meses después, la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), que procuraba una integración amplia de la intelectualidad cubana, positiva expresión institucional del «dentro» en la frase de Fidel. Ya se había creado, en el mes de enero, el Consejo Nacional de Cultura (CNC), llamado a proveer integridad institucional al cambio cultural desplegado en los tres años precedentes. Diseñado con competencia para motivar, inducir, organizar e incluso coordinar, también administraba. No incluía estructuralmente al ICAIC ni a la Casa de las Américas, que mantuvieron su autonomía, en respeto tal vez a cierta seniority en el cambio cultural, la cual podía servir más bien como ejemplarizante.

La redición masiva por la Imprenta Nacional del ensayo de Juan Marinello de 1958 titulado «Conversación con nuestros pintores abstractos», devino, hasta cierto punto, un manifiesto realista. Desde su creación y hasta 1964, el CNC es conducido por su ejecutiva segunda figura, Edith García Buchaca, con una severa mirada ortodoxa, que se hizo sentir en la primera marea polémica sobre la cultura en el socialismo, desatada en 1963, y sostenida con intensidad durante cerca de un año, a partir de la política de importación y difusión de películas cinematográficas (Pogolotti, 2006). Intervinieron en la discusión algunos de nuestros más prestigiosos intelectuales, y se puede decir que tuvo su clímax en la confrontación iniciada por Blas Roca (histórica figura política del viejo partido comunista[2] y director de su órgano de prensa, Noticias de Hoy) que objetaba como perniciosa la exhibición del cine occidental en nuestras pantallas. Decisivas fueron las respuestas de Alfredo Guevara en defensa de la apertura que la política del ICAIC había adoptado. No hubo publicación cultural que no se involucrara en el debate de un modo o de otro, el cual se volvía a centrar en proyecciones encontradas en torno a la cultura en una sociedad socialista. Creo que se puede afirmar que la confrontación en la política cultural en Cuba (sobre la connotación de la preposición «dentro») comenzó por el cine, y que en ella no logró imponerse el dogma.

En este período, que he caracterizado, de manera convencional, como el segundo, tres sacudidas, en la más estricta esfera de la política, van a tocar tangencialmente el tema de la política cultural. La primera fue la introducción de una proyección que privilegiaba las posiciones del comunismo tradicional, inclinado hacia la órbita soviética, en la integración del Partido —único, para nosotros, por unido— criticadas como sectarias al ponerse en evidencia, motivando la revisión de rumbos y actores en el tinglado político. La dirección del país acababa de concertar con la Unión Soviética (URSS) el despliegue de cohetes nucleares en Cuba; su cancelación inconsulta, en la ecuación que cerraba la Crisis de octubre unos meses después del proceso contra el sectarismo, dio lugar a un tenso diferendo con Moscú. El hecho es que la solución que se daba a la crisis no tomó en consideración las urgencias y la posición de Cuba, a pesar de ser la parte más interesada debido a que los cohetes se encontraban en su territorio.[3] El tercer incidente tuvo lugar en 1964, y fue la controversia política generada alrededor del juicio al delator Marcos Rodríguez, culpable de la masacre de los dirigentes del Directorio Revolucionario 13 de Marzo en la calle Humboldt número 7, en La Habana.[4]

La actuación de la jerarquía soviética en los dos primeros episodios, y en otros menos relevantes, prefiguraba el perfil de una nueva relación de dependencia, la cual suponía una evidente incidencia en la política cultural.

Un tercer período (siguiendo esta periodización convencional) abarcaría básicamente la segunda mitad de la década. El CNC cambia de dirección tras el juicio citado, al resultar encausados por encubrimiento Edith García Buchaca y su esposo Joaquín Ordoqui —a la sazón viceministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR)— a finales de 1964. Esto también representó un cambio de orientación, pues el Consejo no volvería a ser dirigido por figuras del viejo Partido Comunista. José Llanusa sustituyó a Hart como ministro de Educación, cuando este asumió la responsabilidad de organizador del PCC recién fundado, y designó presidente del CNC a un médico, que había fungido de rector de la Universidad de Oriente. Su desempeño en esta tarea fue inevitablemente discreto, incapaz de articular en política los avances de las instituciones que se subordinaban al Consejo, en consonancia con las que, por fortuna, mantuvieron su autonomía. Lisandro Otero se desgastó en el ejercicio de la vicepresidencia bajo una conducción que no dejaba espacio a iniciativas. No obstante, el movimiento de promoción cultural desplegado por la Casa de las Américas, el desarrollo del cine, la consagración de una gran escuela de ballet, y el emprendimiento editorial nacido en la Imprenta Nacional y consolidado con la creación del Instituto del Libro en 1967, fueron los que mejor lograron hacer realidad, en esa década, la política cultural revolucionaria.

En 1967, el CNC decidió crear una revista que titulamos RC, abreviatura de Revolución y Cultura, la cual dirigió Lisandro arbitrariamente, al margen del Comité de colaboradores, donde las más importantes figuras de la intelectualidad revolucionaria cubana habían aceptado figurar. La renuncia casi en pleno del Comité en una carta a la redacción en el segundo número, con el título de «No a RC-2», debido a un artículo poco respetuoso a la condición de intelectual, mostraba en el fondo esta incapacidad (VV.AA., 1967).

No obstante, crecieron en el escenario cultural las realizaciones y la presencia de Roberto Fernández Retamar, Manuel Galich, Roque Dalton, Mario Benedetti, y muchos más junto a Haydée Santamaría, en la Casa de las Américas; de Tomás Gutiérrez Alea (Titón), Julio García Espinosa, Humberto Solás, Santiago Álvarez, los primeros rostros que la pantalla inmortalizó, y toda la panoplia creativa vinculada al cine, junto a Alfredo; y el de la inigualable Alicia Alonso, con Fernando, las «cuatro joyas» y otros que tanta gloria han dado a la Escuela Cubana de Ballet; así como la nueva generación de músicos y pintores que emergían cerca de los consagrados. Y solo me asomo, con estas referencias personales, a un nuevo protagonismo que florecía en el contexto de nuestra revolución cultural.

El CNC de esos años no se movía a contracorriente de los logros, pero el cambio de orientación buscado, del cual se esperaba una sintonía más orgánica de aperturas, se diluyó en una proyección administrativista. Incluso me atrevería a hablar de un retroceso funcional de esta institución, si se tiene en cuenta que —doctrinarismo aparte— el período de García Buchaca mostró un órgano nacional más coherente administrando cultura, a pesar de lo que pueda objetarse al sentido de su proyección.

En 1962, en el campo de la educación superior, se aprobaba la Ley de la Reforma Universitaria, pero en 1964 también fue sustituido Juan Marinello (diría yo que en el declive coyuntural del panteón socialista) de la rectoría de la Universidad de La Habana, al parecer en busca de una proyección menos conservadora en su mirada socialista. Lamentablemente, tampoco parece haber sido un relevo exitoso; al menos no en lo inmediato. Se prescindió de una figura prestigiosa para lograr una ejecutividad que el sustituto no introdujo, y no duró más de un año en el cargo (alguien comentaría sobre la sustitución de Marinello: «se cambió prestigio cultural por resultados prácticos y ahora no tenemos resultados prácticos ni prestigio cultural»). Sin embargo, poco tiempo después, a principios de 1966, llegaría a la rectoría universitaria, donde permanecería hasta 1972, el Dr. José Miyar Barruecos. Dirigió en estrecha sintonía con Fidel Castro, y con él nuestra alta casa de estudios alcanzó el mayor protagonismo en las transformaciones propias del proceso revolucionario. Ese vínculo culminante que disfrutó la presencia universitaria en los 60 se esfumó con la salida de Miyar Barruecos del Alma Mater. Las buenas cosas no siempre han tenido la fortuna de durar.

Pero lo que quisiera destacar es que de 1965 a 1970 vivimos un período marcado por la mayor intensidad de la confrontación, dentro del proyecto socialista (subrayo «dentro» de la Revolución), de la herejía cultural frente a una ortodoxia doctrinal que se mantuvo impermeable. A la revista Casa de las Américas, que lideró desde 1960 las publicaciones culturales, por su calidad, su compromiso y su apertura, se sumaron en este período, entre otras, El Caimán Barbudo (1966), suplemento mensual del diario de la juventud y la revista de ideas Pensamiento Crítico, elaborada por un grupo de jóvenes profesores del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana, creado en 1962 para impartir allí el pensamiento marxista. Existió de 1967 a 1971, y su cierre (de departamento y revista) anunciaba, como el «caso Padilla», la cercanía del dramático cambio en nuestra política cultural caracterizado para la historia como «quinquenio gris»[5] desde aquel año 1971, difícil y sombrío «dentro» de la Revolución.

Normalmente aludimos al Congreso Cultural de La Habana celebrado en enero de 1968 como referencia terminal de una etapa en el campo de la cultura, y al Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura, en marzo de 1971, como inicio del «quinquenio gris», con una proyección discriminatoria y excluyente en la política cultural. Es una caracterización acertada, pero los tiempos tampoco pueden ser explicados por esquemas. La realidad social tiene demasiado contenido para ser simplificada.

Es por tal motivo que he tratado de centrar la mirada en lo contradictorio dentro de aquellos 60, que recordamos con justa nostalgia por la pluralidad de posturas, el espíritu polémico, la validación de la crítica, la creatividad cultural; incluida, por supuesto, la cultura política. Se puede afirmar que, escoyos e incoherencias aparte, son los 60 los años que marcan el punto más alto que conseguía la definición de nuestra identidad, siempre en un contexto contestatario, no solo contra la ideología enemiga, sino también ante los dogmas ajenos y propios, que nunca han dejado de ensombrecerla. Pero también cargados de lastres: cometimos errores, pequeños y grandes, se padecieron discriminaciones, a veces intensas como las que se revelaron en el resultado deformado que tuvieron las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP) entre 1965 y su disolución definitiva en 1968, que quienes la sufrieron no podrán olvidar. No fue aquella la única expresión excluyente en la cual tal vez se exacerbara el sentido del «contra». Y no me detengo más en el giro que se dio en los 70 porque solo deseo consignar que ese giro tuvo lugar, existió en todo el complejo social, y que su incidencia justifica que los cubanos volvamos la mirada hacia aquella década que lo precedió, incluso para extraer aprendizaje en nuestra marcha hacia el futuro.

En 1968, pasado el Congreso Cultural de La Habana, se produjo otra sacudida política, secuela del «sectarismo» en la integración del PCC a comienzos de 1962. Los mismos responsables —algunos al menos—, trataban de recuperar posiciones (al nuevo proceso se le denominó «microfracción»), conscientes del estado de crisis al cual el bloqueo y las limitaciones internas habían llevado a la economía de la Isla al término de la década. El proceso se produjo enseguida, tras la clausura del evento cultural, por lo cual se puede inferir una situación que se había gestado paralela a la preparación del Congreso. Volvían aquellos actores a buscar la atención de la embajada soviética, aprovechando el inocultable desgaste de la economía, para presentarse como portadores de una alternativa de acercamiento al Kremlin. En un momento en que nuestras relaciones con la URSS habían vuelto a tensarse por el apoyo cubano a la lucha armada revolucionaria en América Latina, Moscú preveía el retroceso de la marea guerrillera tras el asesinato del Che en Bolivia. Diría que, desde su comienzo, 1968 se mostró como un año complicado para la Revolución cubana.

El Congreso Cultural de La Habana se había concebido como una reunión de intercambio en Cuba de la intelectualidad de izquierda mundial, no sujeta al canon moscovita. Una especie de cumbre de la heterodoxia. Convocado formalmente por el CNC —tras una iniciativa de Casa de las Américas— en concertación con las demás instituciones de la cultura, se logró una concurrencia de figuras que lo hicieron el paso más significativo dado en Cuba en esa área. A pesar de que algunos de los invitados más esperados se excusaran de asistir (Bertrand Russell y Jean Paul Sartre, en especial), y que no faltaron inconvenientes organizativos que un estudio riguroso no podrá omitir, coronó el éxito del Congreso que el discurso de clausura pronunciado por Fidel consagrara, como ninguna otra de sus intervenciones públicas, su mirada herética hacia la coyuntura internacional. Si alguno de nuestros invitados extranjeros hubiera podido quedar desalentado por incidentes de organización, Fidel resumía con sus palabras el profundo sentido de la convocatoria y le restituía a aquella reunión todo el mérito que se esperaba de ella.[6] Numerosos medios de prensa la celebraron en el mundo.

No quisiera pasar por alto que nuestras instituciones culturales convocaron, unos meses antes, un seminario nacional preparatorio, olvidado ya, en el cual durante casi una semana se confrontaron los criterios, sin pelos en la lengua, de tres generaciones de la intelectualidad cubana comprometida con la Revolución. Debiera intentarse un rescate de aquellos debates, porque en términos nacionales este seminario discutió problemas más directos sobre las perspectivas de la cultura en tiempo de Revolución, que el Congreso mismo, en el cual la participación cubana tuvo una importancia compartida con la de los invitados extranjeros.

La primera mitad de 1968 estuvo marcada, en el plano cultural, por la impronta del Congreso, pero fue un año que ya giraba en torno a la apuesta de una zafra azucarera gigante en 1970, asumida como única opción visible para lograr el despegue económico que el país requería. No me atrevo a afirmar si era acertada o no, pues no se alcanzó a producir los diez millones de toneladas de azúcar a que se aspiraba. Incluso creo que, si se hubieran alcanzado, difícilmente hubiera justificado el abandono de sectores productivos que impuso en la agricultura. No obstante, se colocó a la industria azucarera del país en condiciones de rebasar los ocho millones de toneladas, varias veces, en las dos décadas siguientes. Pero en lo inmediato sabíamos que el fracaso de la zafra sería funesto. Y fracasó. 1969 había sido bautizado, con realismo, como «Año del esfuerzo decisivo».

La bancarrota económica cubana, con la cual la «microfracción» parecía especular, al menos desde 1967, se hacía más visible en el horizonte, cuando las tropas del Pacto de Varsovia ocuparon Praga en 1968, y Fidel no pudo evitar, en la intervención en que daba a conocer la posición cubana, el intento de un balance imposible: la solidaridad internacionalista para no permitir que se desgajara un miembro de la comunidad socialista, y lo inadmisible de la violación de la soberanía de un Estado estrechamente asociado. El reconocimiento del experimento cubano como un socialismo sin alineamiento dependiente, que había prevalecido en el exterior, cayó en picada. En cambio, el restablecimiento de la confianza soviética se hacía imprescindible en previsión del puntillazo que podía recibir —y que recibió— la economía cubana. Comprender antes de los 70 las aristas de este entramado con claridad podía ser difícil. Obsérvese que desde 1969 desaparecería la crítica a Moscú en el discurso político cubano (Acosta de Arriba, 2015).

En el plano de nuestra mirada hacia Europa, debo recordar que Pensamiento Crítico (1969) dedicó un número doble a la marea revolucionaria de mayo de 1968 en Francia, al cual se acudiría en los aniversarios redondos, y que aportó la mayor parte de los materiales del primer Cuaderno de Ruth (VV.AA., 2008), por el aniversario cuarenta de aquellos hechos. La revista RC dedicó también un número al Mayo francés, y varios números a una selección de las ponencias del Congreso Cultural. Todo ello constituye un aporte al conocimiento de la coyuntura. El Instituto Cubano del Libro publicó obras de Herbert Marcuse, que los dirigentes de Mayo citaban como identificados, en apoyo a sus posiciones. La prensa cubana de la época siguió los sucesos, pero las izquierdas europeas ya no nos iban a pensar ni a entender igual que antes.

Finalmente quiero insistir, sobre todo, en que me parece imposible caracterizar la formidable revolución cultural que ha dado lugar al cubano de hoy —y en la cual los 60 tienen un valor formativo esencial— fuera de sus contradicciones, de las incertidumbres y los errores de incoherencia. Sin embargo, nada le resta dimensión a lo alcanzado, y ninguna etapa de las seis décadas vividas puede considerarse de logros o de fracasos puros. El presente es el resultado de esa historia y, por lo tanto, también sería erróneo —gravemente erróneo— idealizarlo.

 

[1] Me apoyo en mi artículo «Palabras a los intelectuales a la vuelta de medio siglo» (Alonso, 2011).

[2]. Llamado Unión Revolucionaria Comunista desde 1939 y Partido Socialista Popular desde el 22 de enero de 1944.

[3]. Los cinco puntos planteados entonces en términos de reclamo a Moscú por Fidel Castro como exigencia cubana en una negociación son los mismos que presiden nuestras demandas actuales, empezando con el cese del bloqueo y la devolución de la base naval de Guantánamo.

[4]. El periodista y escritor español Miguel Barroso publicó en 2009 un recuento de las implicaciones políticas del proceso, fundamentado en los testimonios que recogió principalmente de Edith García Buchaca y de su hijo Joaquín Ordoqui García, titulado Un asunto sensible.

[5]. Denominación discutible tal vez por la extensión del plazo y por la intensidad del color, pero incuestionablemente oportuna, dada por Ambrosio Fornet, y llamada a perdurar por su acierto.

[6]. Para una caracterización resumida, véase Rafael Acosta de Arriba (2015).

Referencias

 

Alonso, A. (2011) «Palabras a los intelectuales a la vuelta de medio siglo». El Tintero, boletín cultural del domingo de Juventud Rebelde, 19 de junio. Disponible en <http://cort.as/-EvOj> [consulta: 17 febrero 2019].

Acosta de Arriba, R. (2015) «La encrucijada de 1968 para Cuba y el mundo». En: Ahora es tu turno, Miguel. Un homenaje cubano a Miguel Enríquez. Alfonso Parodi, R. y Rojas López, F. L. (comps.), La Habana: Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello.

Castro, F. (1961) Palabras a los intelectuales. La Habana: Consejo Nacional de Cultura.

Fornet, J. (2013) El 71. Anatomía de una crisis. La Habana: Letras Cubanas.

López Hernández, A. (2013) Segundas lecturas. Intelectuales, política y cultura en la república burguesa. Matanzas: Ediciones Matanzas.

Pensamiento Crítico (1969) n. 25-26, febrero-marzo.

Pogolotti, G. (2006) Polémicas culturales de los 60. La Habana: Letras Cubanas.

Rodríguez Rivera, G. (2017) Decirlo todo. Políticas culturales (en la Revolución cubana). La Habana: Ediciones Ojalá.

VV. AA. (1967) RC-2. La Habana: Consejo Nacional de Cultura, diciembre.

______ (2008) 68 francés, 40 mayos después La Habana: Ruth Casa Editorial.