El Congreso Cultural de La Habana. Una vía de acción truncada

Resumen: 

En los primeros días de enero de 1968, se desarrolló el Congreso Cultural de La Habana (o Congreso Mundial de la Cultura), en el que se reunió medio millar de intelectuales de distintas tendencias de izquierda del orbe. La coyuntura en la que se realizó este evento fue un momento de muchas tensiones políticas dentro del ámbito de la Guerra Fría y en un país, Cuba, enfrentado a las múltiples agresiones de los gobiernos de los Estados Unidos, con la muerte reciente de Ernesto Che Guevara, como telón de fondo. El Congreso fue la expresión de una posible tercera vía de comunión de las fuerzas revolucionarias mundiales, un nuevo frente internacional, que no llegó a cristalizar. El texto analiza estas circunstancias.

Abstract: 

The Cultural Congress of Havana, also called the World Congress of Culture, was held in early January 1968, meeting place for five hundred intellectuals of the different tendencies of the left in the world. The juncture in which this event was held was one of many political tensions within the scope of the Cold War. One country, Cuba, faced multiple aggressions by the governments of the United States, with the recent death of Ernesto Che Guevara as a backdrop. The Congress was the expression of a possible third way of communion of the global revolutionary forces, a new international front, which did not materialize. The text analyzes these circumstances.

La mayoría de las revoluciones artísticas es más una cuestión de poder que de ideas. Geórgs Lukács

 

La aproximación al significativo año 1968, en Cuba, en particular al campo cultural, implica dejar expresado un sentimiento preliminar —al menos de quien suscribe— pues, inevitablemente, resulta la evocación de una experiencia tan distante como el medio siglo que nos separa de ella; pero, al mismo tiempo, tan cercana como si muchos de sus signos políticos estuviesen presentes, vivos, a la espera de ser retomados. Dicho con menos palabras, ¡qué cerca, y a la vez tan lejos, se nos presenta 1968![1]

Considerado por algunos estudiosos el más duro y adverso de las tres primeras décadas de la Revolución cubana, a mi juicio, 1968 comenzó realmente en octubre del 67. La muerte de Ernesto Che Guevara tuvo tantas connotaciones para la política exterior de la Revolución cubana que permite que el 68 pueda apreciarse a partir del trágico desenlace ocurrido en un distante rincón de la geografía boliviana. Allí quedó detenido todo un proyecto continental. En cuanto al interior del proceso en la Isla, probablemente el signo principal que marcó la década, al menos hasta 1969, fue la declaración expresa de Fidel Castro, en octubre de 1965, de que Cuba construiría paralela y simultáneamente, el socialismo y el comunismo. Tal aspiración, unida a otra no menos significativa, la de gestar al «hombre nuevo» que haría posible esa hazaña, signaron el rumbo político-social de la Revolución. «Herejía cubana» se denominó la vía nacional para construir un socialismo auténtico, original, diferente por su humanismo al existente en el campo socialista europeo y de la URSS. Y hereje fue el arrancar de ese año con el Congreso Cultural de La Habana (CCH).

En enero de 1968, en el contexto de las relaciones internacionales, las existentes entre la Revolución cubana y la URSS se encontraban en uno de sus puntos más bajos (quizá con la excepción del colosal disgusto de Fidel Castro cuando la solución inconsulta de la Crisis de los Misiles o de Octubre, por parte de Nikita Jrushev). En 1967, las reducciones de petróleo decididas por la URSS, así como las demoras en la firma de los acuerdos comerciales bipartitos, no dejaban lugar a dudas sobre los mecanismos de presión que la gran potencia podía emplear con la díscola y costosa Isla. Cuba había proclamado la vía tercermundista, apostaba por las luchas anticoloniales —las conferencias de la Tricontinental (1966) y OLAS (1967) habían tenido fuerte repercusión internacional y legitimaron esos esfuerzos—, prestaba ayuda efectiva a los movimientos guerrilleros en América Latina y apoyaba decididamente la causa de Vietnam. La coexistencia pacífica no entraba en el área de acción de la dirección cubana, empeñada en activar progresivamente las acciones guerrilleras en el continente. Su no asistencia, con una delegación de alto nivel, a los recién celebrados festejos por el cincuentenario de la Revolución de Octubre solo contribuyó a agravar la situación creada. Además, las depuraciones, a lo largo de la década, de algunos importantes dirigentes del viejo Partido Socialista Popular (PSP) —medidas tomadas por Fidel en aras de legitimar el liderazgo interno y en definir el real interlocutor con Moscú— también ayudaron al enrarecimiento de las relaciones con la URSS.

En el campo cultural, las diversas polémicas de los 60 habían favorecido las opiniones contrarias a la divulgación del marxismo-leninismo a partir de los obsoletos y dogmáticos manuales editados en la Unión Soviética. El Departamento de Filosofía, de la Universidad de La Habana, y su revista Pensamiento Crítico impulsaban un marxismo plural, heterodoxo, asociado a tendencias latinoamericanas de la revolución. El Salón de Mayo, en el verano de 1967, y el Congreso Cultural de La Habana, a inicios del año siguiente, apuntaron hacia una dirección de independencia de criterios de la Revolución cubana en materia de política cultural, arte, estética y pensamiento político en general, que se distanciaba de lo que era práctica común en los países del campo socialista. En la famosa entrevista a Fidel realizada por Claude Julién y publicada en Le Monde, en marzo de 1963, el líder cubano afirmó que en Cuba no existía preocupación alguna hacia el arte abstracto —ese no era el enemigo—, en clara alusión a la ojeriza de Jrushev con ese tipo de arte visual; fue esta, obviamente, una declaración destinada a gustar a la intelectualidad europea. 1968 fue, además, para la cultura insular, un año pródigo en la producción cinematográfica, en la publicación de libros y en el desarrollo del resto de las manifestaciones artísticas.

Congreso Cultural de La Habana

El CCH, también llamado Congreso Mundial de la Cultura, fue el gran evento internacional realizado en Cuba en 1968, y uno de los más significativos de la década en su conjunto. Abrió el año con enorme resonancia y circulación mediática, y alimentó grandes expectativas, luego truncadas, pues como veremos hacia el final de este ensayo, sus efectos prácticos, repercusiones posteriores y duración efectiva en la vida político-cultural del país resultaron tan efímeros como los ocho días de su existencia.

Justo un año antes, en el mes de enero, la idea de organizar este evento había surgido en una reunión del Comité de Colaboración de la revista Casa de las Américas, la cual culminó con una Declaración que apuntaba hacia la unidad de los escritores latinoamericanos de izquierda y los invitaba a un debate tercermundista abierto y crítico sobre todos los problemas de esta amplia zona de la humanidad. El último día de la reunión, Fidel Castró convocó a los escritores organizados en torno al referido Comité a una cena e intercambio de ideas, que duró hasta el amanecer del siguiente día. Ahí se abordó en profundidad la idea germinal, el cambio del modo de organización y el alcance del Congreso. A partir de ese momento su organización corrió a cargo de un Comité nacional presidido por el entonces ministro de Educación, José Llanusa Gobel. Dejó de ser una reunión de intelectuales del Tercer mundo para abarcar a otros del planeta, en particular del mundo occidental.

Otro posible origen del Congreso lo ofreció el propio Llanusa Gobel en su discurso en el Seminario Preparatorio Nacional, en el otoño del 67, cuando atribuyó la iniciativa a «una vieja idea de Fidel». De manera que lo más atendible es que la idea original de Casa… sintonizó con la de Fidel Castro y el Congreso cobró forma. Lo cierto es que durante todo ese año la preparación del CCH mantuvo ocupada a la intelectualidad y a las instituciones culturales cubanas. Tampoco albergo dudas, al menos desde la perspectiva actual, de que el evento formó parte de un grupo de acciones en el plano internacional para darle cobertura a la guerrilla del Che (la idea de Fidel). Una confirmación de esta hipótesis se encuentra en textos de Elizabeth Burgos (entonces muy vinculada a la Revolución), Jorge Semprún, Kewe S. Karol y Roque Dalton, este último en un folleto de amplísima circulación, editado por Casa…, y que revelaba lo que conversaban los que poseían más información. Hay coincidencia en que el evento se organizó como parte de lo que se llamaría entonces, confidencialmente, «Operación Che», el inicio de la creación de los Vietnam latinoamericanos que propugnó, en 1967, el comandante guerrillero argentino.

En el ámbito local, como antesala al Congreso, entre el 25 de octubre y el 1 de noviembre de 1967, se realizó un Seminario Preparatorio Nacional que incluyó seminarios en cada provincia del país. El periódico Granma y los medios radiales, televisivos e impresos brindaron una exhaustiva información acerca de todo el proceso, en el que participaron alrededor de mil trescientos veintitrés intelectuales y científicos cubanos.

Al Congreso llegaron cerca de quinientos intelectuales de setenta naciones. Las representaciones de los países socialistas resaltaron, debido a su escaso número y a su pobre reconocimiento al balancear sus nombres y talla intelectual con los de la mayoría de los participantes de las delegaciones occidentales y de otras regiones. Las delegaciones española y francesa sobresalieron por ser las más nutridas y por contar con figuras de mucho relieve. Igual sucedía con algunos intelectuales presentes.[2]

En aquella coyuntura, resultaba obvio que uno de los propósitos del Congreso era la conformación de un frente intelectual, «la nueva vanguardia», que propiciaría a escala internacional una subversión contra las estructuras burguesas tradicionales. Un frente que podría vislumbrar una nueva Internacional, con Cuba como epicentro tercermundista, algo así como una Internacional letrada, de fuerte inspiración guevariana. Varios de los delegados dejaron este tipo de certidumbre en los artículos que publicaron de regreso a sus países.

Una imagen emblemática de lo que percibieron del ambiente habanero algunos delegados extranjeros al congreso se puede encontrar en esta afirmación de la delegada norteamericana Margaret Randall (2012):

El clima cultural y político existente en La Habana durante el Congreso me parecía muy bueno: abierto, inclusivo, confiable. Yo iba donde quería, a veces sola y a veces con amigos. Hablaba con todo tipo de gente. No sentí ninguna coerción ni atmósfera represiva. Como muchos habitantes del Oeste traía mis recelos del «comunismo», y tanto mi primera visita como esta segunda me convencieron de que había una libertad total.

Pero no solo Randall —siempre solidaria con Cuba, aunque no acríticamente—, sino muy significativo también resulta un juicio del escritor Jesús Díaz —ya como crítico feroz de la Revolución— cuando, en 2000, expresó sobre la cultura en la Isla en la segunda mitad del decenio de los 60:

En efecto, en 1966 la política no había invadido aún plenamente los terrenos de la creación artística y literaria y no lo haría hasta dos años después […] No había libertad de prensa en Cuba, pero La Habana era el meridiano cultural de Hispanoamérica. (53)

A su vez, el polaco-francés Kewe S. Karol, delegado al Congreso, hombre de izquierda y autor del libro Los guerrilleros en el poder, quizá el más informado de la Cuba sesentiana, consideraba, en 1968, que la Isla parecía ser la tierra prometida, «la patria ideal», para los escritores e intelectuales (1972: 429). Sin embargo, ningún juicio más significativo que el de Mario Vargas Llosa, un año antes, cuando expresó:

Sería apenas revelador decir que ningún gobierno latinoamericano ha hecho tanto por promover entre su pueblo las letras, las artes plásticas, la música, el cine, la danza, multiplicando los festivales, las exposiciones, los concursos, las campañas. Lo notable, en el caso cubano, es que esta política cultural no se ha visto viciada (como ocurrió en los países socialistas y sigue, por desgracia, ocurriendo en muchos de ellos) por el espíritu sectario y el dogma. En Cuba no ha habido dirigismo estético, los brotes que surgieron de funcionarios ineptos fueron sofocados a tiempo. (2009: 104)

En el momento en que se convocó el evento, el entendimiento con las izquierdas mundiales había entrado en un período de estado de gracia. Las denominadas redes de intelectuales germinaban en todas direcciones y el CCH se benefició de ellas considerablemente.[3] La Revolución cubana era un referente ideológico sustancial para la nueva izquierda, la simbología puesta en marcha en enero de 1959 y potenciada en los primeros años de la década sesentiana se articuló eficaz y armónicamente con otros centros emisores de signos revolucionarios del momento, como la Revolución Cultural china, la oposición a la guerra de Vietnam, la lucha por los derechos civiles en los Estados Unidos y los procesos descolonizadores en el norte de África. También esa articulación epocal se dio con la liberación sexual, la igualdad de género y el antirracismo.

Dentro de este cuadro, no es ocioso apuntar a rápidos trazos que, además, 1968 fue un año en el que se recrudeció la hostilidad de los grupos contrarrevolucionarios cubanos, asentados en el sur de la Florida, los que actuaban con la total anuencia del gobierno norteamericano y sus servicios especiales. Quema de cañaverales, escuelas y fábricas; secuestro de embarcaciones en alta mar; sabotajes en diferentes dependencias; atentados a guardias fronterizos, y otros ataques terroristas, configuraron un escenario que resumió atinadamente la delegada comunista italiana al Congreso, Rossana Rossanda (2003), cuando expresó que «en 1968, en La Habana, se podía sentir en la nuca el aliento del imperialismo yanqui».

En el CCH comulgaron medio millar de hombres de letras de disímiles orientaciones: surrealistas, trotskistas, situacionistas, comunistas independientes, comunistas del bloque burocrático, liberales de izquierda, católicos revolucionarios, guerrilleros, pacifistas, masones, freudianos, maoístas, guevaristas y fidelistas. Los partidos comunistas de América Latina, divididos entonces entre prosoviéticos y prochinos, estuvieron escasamente representados. En la cita habanera se reunió una amalgama de tendencias políticas que no se ha repetido en ningún otro foro de intelectuales.

El Congreso se estructuró por comisiones y algunas sesiones plenarias. Las comisiones fueron organizadas, según los siguientes temas principales:

  • Cultura e independencia nacional.
  • Formación integral del hombre.
  • Responsabilidad del intelectual ante los problemas del mundo subdesarrollado.
  • Cultura y medios masivos de comunicación.
  • Problemas de la creación artística y del trabajo científico y técnico.

Las ponencias presentadas y discutidas en las distintas comisiones recorrieron un vasto mosaico de tópicos. En sus intervenciones, los delegados extranjeros tuvieron absoluta libertad de palabra; no sucedió así con los cubanos, quienes tuvieron que presentar, con antelación, sus ponencias a una comisión revisora que indicaba cambios y enmiendas a estas.

El reconocido intelectual de izquierda cubano, Juan Pérez de la Riva, delegado al CCH, en un largo ensayo sobre el evento (1968: 108-27), anotó, a manera de crónica de análisis, un detallado recuento donde recogió algunas de las preguntas claves que circularon en las sesiones:

  • ¿Podía desarrollarse una cultura nacional bajo la dominación colonial o poscolonial?
  • ¿Era posible plantearse la formación plena del hombre sin una transformación radical de la sociedad?
  • ¿Cuál era la responsabilidad del intelectual en relación con su medio y con el resto del mundo?
  • ¿Cuál debía ser el papel de los medios masivos de comunicación en la formación de una auténtica cultura nacional?
  • ¿Qué problemas supone utilizar las técnicas más modernas en un mundo poblado por el analfabetismo y el atraso material?

Un tema general que nimbó todo el evento fue expresado emblemáticamente por la delegada francesa, Christine Rochefort, cuando dijo:

Nuestra enfermedad es la colonización de las conciencias. Nos fue inoculada durante una larga guerra sicológica sostenida por el capitalismo contra los pueblos que gobierna […] El campo de batalla es el cerebro de cada hombre […] La trampa es muy sabia, puesto que suprime al mismo tiempo la conciencia de que hay una trampa. El doble propósito buscado es: servir los intereses inmediatos del capitalismo, transformando a cada hombre en mercado; matar en él todo el espíritu revolucionario. (COR, 1968: 1-4)[4]

El CCH fue inaugurado por Osvaldo Dorticós Torrado y clausurado por Fidel Castro Ruz. Las máximas autoridades políticas y estatales participaron en los detalles organizativos, en la recepción de los invitados, en la activa discusión del trabajo en comisiones y en los plenarios. No podía concebirse una mayor jerarquización para una reunión de intelectuales en la Cuba de entonces. El hotel Habana Libre se convirtió en un espacio abierto, cosmopolita, de francos debates e intercambios; establecimiento de contactos y de relaciones de todo tipo entre los propios intelectuales y los dirigentes de la Revolución. Un verdadero hormiguero babélico en el que laboraba, pensaba y discutía una buena porción de lo más aventajado del pensamiento de izquierda mundial del momento. Según el ya citado trabajo de Pérez de la Riva, entre las comisiones y las asambleas plenarias del evento se produjo un total de doscientas horas de debates y prácticamente no hubo espacio en la ciudad donde no se supiese que intelectuales de todo el mundo habían venido a la Isla a dar testimonio de la Revolución y a discutir sobre los principales problemas del mundo en aquel entonces.

Sería lamentable, como hasta ahora ha sucedido —tal es el olvido de este Congreso por la historiografía cultural cubana—, que el CCH se recordase solo por el escandaloso incidente, en medio de la Rampa habanera, de la patada por el trasero que la poetisa y delegada franco-egipcia, Joyce Mansour, le propinó al pintor mexicano, David Alfaro Siqueiros. El incidente que, por supuesto, no cubrió la prensa cubana, sí tuvo una inmediata repercusión internacional y circuló por todas las latitudes. Como quiera que se le analice, se trataba de un escándalo, pues los personajes involucrados eran figuras públicas. Según la descripción de Lisandro Otero (1998), testigo presencial, los hechos ocurrieron durante la inauguración de la Galería Moderna (sita en el inmueble de una antigua funeraria) con una gran exposición de arte contemporáneo, el 9 de enero, a solo dos días de la conclusión del Congreso:

La Mansour se situó detrás de Siqueiros y tomando impulso le propinó una fuerte patada mientras gritaba: ¡Esto es por Trotski!, aludiendo al atentado frustrado en el que participara el pintor mexicano. Siqueiros se volvió sorprendido, pero su estupor duró segundos. Habituado a todo tipo de escándalos y desafueros, de inmediato improvisó un mitin en el que acusó de provocación del imperialismo la agresión que sufría. Entre risas discretas y tímidas escapatorias de quienes no querían verse comprometidos en una vieja pendencia, el incidente se diluyó al comenzar el acto inaugural.

Lo que no mencionó Otero es que la Mansour estaba muy ligada a André Breton, conocido antiestalinista y líder del surrealismo y, además, amigo de León Trotski, a quien visitó en México en 1939, y con el que elaboró un famoso «Manifiesto» sobre las relaciones entre política y creación artística. Erraba el pintor mexicano, pues el puntapié no provenía del imperialismo yanqui, sino de un acendrado sentimiento antiestalinista y trotskista, que era una de las fuerzas gravitacionales del Congreso. A Otero le faltó recoger la segunda parte de la exclamación de la Mansour mientras pateaba: «¡Esto es de parte de André Bretón!» que, en cambio, sí consignó Max Aub (2002: 100). Sin embargo, lamentable es decirlo, este incidente efímero fue prácticamente lo único que trascendió en el tiempo en nuestra historiografía, salvo recientes investigaciones de aquel evento.

Durante los días del Congreso, la actividad cultural de la capital cubana se dinamizó al máximo. Algunos delegados dictaron conferencias en Casa de las Américas, en la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y en el Museo Nacional de Bellas Artes. Hubo una propuesta variada de películas en los cines, igual que en la programación de las salas de teatro; se efectuaron conciertos de la Orquesta Sinfónica Nacional y de otras agrupaciones musicales, programas especiales de televisión, exposiciones como El libro en Cuba, en Casa…, y la de la Galería de Arte Contemporáneo, ya mencionada. Dentro de este recuento, fue fundamental la exposición de artes visuales Tercer mundo, en el Pabellón Cuba, que suscitó los más diversos elogios de los visitantes y de la crítica internacional, catalogada de moderna y vanguardista. En La Habana, desde el 4 al 12 de enero de 1968, todo fue ebullición, arte y cultura.

El Congreso fue saludado efusivamente por los jóvenes intelectuales de la revista Pensamiento Crítico, el grupo cubano más afín a la nueva izquierda internacional, quienes también publicaron, al final del evento, «La Declaración de La Habana», emitida con la aprobación plenaria de los delegados. Los jóvenes de la revista tuvieron una activa presencia en las sesiones, así como establecieron sólidos vínculos con muchos de los visitantes.

Clausura del CCH

El discurso de Fidel Castro en la clausura del Congreso fue la apoteosis de lo que se vivió por casi una semana. Comenzó analizando la situación de Vietnam y el papel dinamizador que la lucha de los vietnamitas estaba desempeñando en las conciencias de los hombres y mujeres de todo el mundo. A continuación, el líder examinó el grado de penetración norteamericana en Europa y el peligro que ello representaba para la humanidad. El imperialismo yanqui era el enemigo universal y era necesario concientizarlo. Acto seguido comenzó a reconocer, y mejor aún, a alabar el papel de los intelectuales ante ciertos hechos y crímenes del imperialismo, en detrimento del desempeñado por organizaciones políticas de las que se esperaba una mayor combatividad. Concluyó con esta formulación más precisa de la idea: «¡En ocasiones hemos visto supuestas vanguardias en lo más profundo de la retaguardia en la lucha contra el imperialismo!» (Castro, 1968). Relacionó esa reflexión con la muerte de Che Guevara, al que de paso calificó, como ya lo había hecho el 18 de octubre de 1967, en el acto de homenaje póstumo al guerrillero argentino, como el revolucionario más puro, más consecuente y más íntegro, el verdadero ejemplo de lo que debía ser un revolucionario. Fidel extremó el halago a los intelectuales, al decir que fueron ellos los que realmente levantaron las banderas de su ejemplo en el mundo. O sea, otorgó a los intelectuales la condición de ser los nuevos receptores del legado guevariano, los que efectiva y conscientemente habían recogido las banderas del Che después de su caída, y los calificó como los mejores defensores de sus ideas, con lo que elevó, a un grado nunca visto antes, el papel revolucionario que podían desempeñar y, de hecho, estaban ejerciendo las fuerzas intelectuales del mundo. No los partidos, entiéndase bien, sino los intelectuales y artistas. Tal afirmación hizo que el plenario le prodigara un entusiasta y prolongado aplauso. En esencia, Fidel hizo esa noche la apuesta más grande realizada durante los primeros diez años de la Revolución, por enaltecer y darle importancia al papel de los intelectuales (empleó el término trabajadores intelectuales) en ese minuto político mundial.

Por otro lado, atacó con dureza al bloque soviético, sin mencionarlo explícitamente; sin embargo, era muy difícil no advertir las referencias a ello cuando dijo que el marxismo tenía que salir de cierto anquilosamiento y desarrollarse, que debía comportarse como una fuerza revolucionaria y no como una iglesia seudorrevolucionaria. «¡No hay nada más antimarxista que el dogma y el pensamiento petrificado!» (Castro, 1968), una sentencia demasiado obvia. Luego, dio un paso de orden práctico muy audaz al invitar a los militantes e intelectuales de los partidos comunistas aún recuperables a rebelarse contra los dirigentes apáticos e inmovilistas, y les prometió su ayuda. Parecía una apuesta por una nueva generación de revolucionarios «guevaristas», que deberían beber en el ejemplo de los vietnamitas. Hasta ese punto jamás había llegado Fidel, al menos públicamente, en sus enfoques críticos acerca de la pasividad del bloque socialista y de su epicentro, la URSS, en relación con la situación revolucionaria internacional. Los ataques al marxismo dogmático fueron tan enfáticos y agresivos que, en un momento de su inflamado discurso, se preguntó si estaba mereciendo la excomunión:

Esperamos, desde luego, que por afirmar estas cosas no se nos aplique el procedimiento de la excomunión y, desde luego, tampoco el de la Santa Inquisición; pero ciertamente debemos meditar, debemos actuar con un sentido más dialéctico, es decir, con un sentido más revolucionario. (Castro, 1968)

Según lo que establecía el canon ortodoxo del socialismo real, Fidel se colocaba así en zona de herejía total, desafiante y fuera de toda mesura política. Todas las referencias a la URSS y a la ortodoxia socialista, planteadas esa noche por el líder, fueron hechas con muy pocas intenciones de ocultación o de un mínimo sentido metafórico; por el contrario, eran claras, diáfanas, identificables, abiertas a la más elemental comprensión. Se trataba de una rebelión transparente, frontal, sin ambages, a la que convidaba a participar a los escritores y artistas allí presentes. Karol (1972) recuerda en su libro, ya mencionado, que el discurso de Fidel de esa noche causó el efecto de una bomba. Para este estudioso, tácitamente el líder había sugerido, en su encendido discurso, la elaboración de un tercer comunismo. Y dijo algo más que involucraba, desde luego, a Max Aub, a tantos otros y a él:

Los intelectuales se iban de La Habana convencidos de haber sido testigos de un acontecimiento en la historia del movimiento comunista, de un cambio que les daba por fin acceso a un terreno largamente deseado para que pudieran aportar su contribución al auténtico cambio del mundo. (440)

Por su parte, la valoración final de Aub, en su libro testimonial Enero en Cuba, de 2002, es concluyente y coincidente con la de Karol: «Nunca fueron los intelectuales sujetos a tanto homenaje por parte de un político. De este marxista-leninista que descubre que somos, de hecho, la vanguardia de la vanguardia» (110). Este autor está muy claro en que los halagos y el reconocimiento efectuados por Fidel en dicho discurso fueron únicos e insólitos en la relación entre políticos e intelectuales, mucho más tratándose de un hombre autoproclamado socialista.

Lamentablemente, después de apagados los últimos aplausos que acogieron con frenético entusiasmo el encrespado discurso de clausura de Fidel Castro, el rasgo que definió el tiempo posterior al Congreso fue el silencio. Al partir, junto con sus recuerdos y emociones , los delegados se llevaron lo único que nadie podía quitarles, las felices memorias de los días transcurridos. No hubo ninguna acción de continuidad, ni una sola, por parte de Cuba. Correspondencias cruzadas, relaciones que morirían a poco, distensión de los entusiasmos, y las imágenes escapando en fade out, el rigor de los preparativos, el alcance nacional de los seminarios preparatorios, el enorme impacto diario en la prensa, todo yéndose como agua en cesta de mimbre.

Vale la pena citar las opiniones de varios intelectuales cubanos —algunas aportadas en las entrevistas que realicé para esta investigación, en 2012— que dan la medida de lo que acabo de expresar:

  • Graziella Pogolotti: «Debió ser importante, pero se quedó en el aire».
  • Juan Valdés Paz: «No solamente el Congreso, la década en su conjunto ha sido olvidada».
  • Fernando Martínez Heredia: «Ha sido intencionalmente olvidado, eliminado de la historia cultural de Cuba».
  • Lisandro Otero: «El Congreso cultural de La Habana murió a los siete meses de nacido» (Otero, 1998: 102).

Pero nadie fue más rotundo que Edmundo Desnoes, quien escribió en 1981 lo siguiente: «Fue la culminación de la propuesta política cubana a través de la cultura. El Congreso Cultural de La Habana nunca existió, ni su declaración final firmada por más de quinientos intelectuales» (535-6).

Sobran los comentarios. Se puede decir, con toda certeza y sin temor a equivocaciones o exageraciones, que el evento ha permanecido hasta tiempos recientes en el más denso olvido para la historiografía y la literatura cubanas. Tampoco aparece en las diferentes compilaciones sobre política cultural su Declaración final, ni ningún otro documento que produjo el Congreso; peor aún, el discurso de clausura de Fidel Castro tampoco fue recogido en las numerosas selecciones hechas sobre sus piezas oratorias.

No obstante, Cuba se convirtió con el CCH —aunque por poco tiempo— en el epicentro de los debates de las ideas más avanzadas de su momento en cuanto a liberación nacional, desarrollo de las ciencias para alcanzar mejores niveles de vida, conceptualización de la necesidad del pensamiento crítico en el mundo, denuncia de la colonización cultural ejercida por el capitalismo a escala universal, y propuestas para la concreción de aspiraciones por el mejoramiento humano desde ópticas revolucionarias y humanistas. El Congreso vislumbró un camino original e inédito de posibles acciones de la Revolución cubana, en armonía con los postulados de la nueva izquierda y otras fuerzas revolucionarias actuantes en el plano internacional. De allí salió hacia París Alain Geismar, de tendencia maoísta, quien tendría un lugar protagónico en el Mayo francés («el hombre del megáfono»); también los marxistas ingleses Ralph Miliband y Erick Hobsbawm y los franceses André Gorz y Michel Leiris regresaron a sus países imbuidos de los debates habaneros; todos ellos contribuirían a la construcción del entramado ideológico del 68 europeo.

El CCH fue ciertamente un instante muy significativo, espléndido, sustancioso y plural en los debates de ideas de la época, pero al final quedó solo como un destello en aquel maremagnum de acontecimientos del 68.

En abril y mayo del propio año, solo en Londres, un reducido grupo de delegados —los caribeños residentes en esa ciudad— muy vinculados al denominado marxismo negro, realizó dos simposios para analizar los documentos y acuerdos del evento. Coyunturas locales e internacionales que se produjeron a pocas semanas de concluido y durante el resto de 1968, pero sobre todo decisiones de política interna y de relaciones exteriores de la Revolución, más bien relativas a su curso ulterior, contribuyeron a su difuminación.

Coda

En 1968, lo sucedido con los libros premiados de Antón Arrufat y Heberto Padilla en el concurso literario de la UNEAC, publicados con prólogos descalificadores, una práctica inusual en cualquier latitud; la denominada Ofensiva revolucionaria en el plano económico interno (nacionalización de miles de pequeños negocios particulares) con el consiguiente agravamiento de los ya insuficientes servicios a la población; y con la ojeriza a los escritores, en sentido general, los que fueron apreciados, a partir de ese momento, como capitalistas embrionarios o mínimos (Rodríguez Rivera, 2017: 174); la eliminación del mutualismo en los servicios de salud, y la liquidación de las escasas entidades privadas que aún subsistían en la esfera cultural; el apoyo de Fidel Castro a la invasión soviética a Checoslovaquia —apoyo crítico, pero apoyo al fin—, que enajenó un considerable respaldo internacional a la política exterior cubana, en particular entre la nueva izquierda; los inexplicables silencios gubernamentales con respecto a los sucesos del Mayo francés y a la matanza de estudiantes en la plaza de Tlatelolco en México; así como el comienzo de la aparición de diversos artículos en la revista Verde Olivo, órgano de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, en los que se juzgaba, denostaba y condenaba a escritores y obras literarias, es decir, una clara invasión de lo militar en la esfera civil, fueron hechos que corrieron en sentido contrario al espíritu del CCH y configuraron, al término del año, la sensación o certidumbre de que el esplendor del evento y lo que este representó como expresión de una vía política posible y auténtica —el supuesto «nuevo frente internacional cubano»—, y la consolidación de la «herejía cubana» habían tenido su ocaso.

Ciertamente, no puede imaginarse otro año comparable a 1968 en la historia de la Revolución, en su carácter de punto de inflexión. Tengo la certeza de que entre enero (mes del CCH) y agosto (mes de la invasión a Checoslovaquia) de ese año crucial, la dirección revolucionaria tuvo que analizar y definir, dramáticamente, el curso ulterior del proceso. La economía doméstica hacía aguas por todas partes, presa de incapacidades, errores de planificación y voluntarismos de la dirección. El combustible —dígase el petróleo soviético—, oxígeno necesario para la supervivencia del país, ya se había comprobado que se recibiría como compensación a ciertas actitudes políticas de la Revolución. La adopción pragmática y desesperada de una real politik parece ser la explicación más plausible al timonazo que se experimentaría entre 1969 y 1971.

El fracaso de la macrozafra de 1970 y la continuación y profundización de la debacle económica del país debió dar el puntillazo a tales deliberaciones. Apenas tres años más tarde del CCH, en 1971, con sus francos (más bien radicales) retrocesos en política cultural y su cierre intolerante y dogmático de la esfera de lo civil, se dará conclusión al período abierto durante el 68. Pero eso ya es otra historia.

 
 

[1] Este trabajo es una síntesis de mi libro, en curso, El congreso olvidado.

[2]. Nombres relevantes del cónclave fueron Alain Jouffroy, Peter Weiss, Margarite Duras, Julio Cortázar, Roberto Matta, Antonio Saura, Max Aub, Blas de Otero, Ives Lacoste, Michel Leiris, Edouard Pignon, Maurice Nadau, Jorge Semprún, André Pierre de Mandiargues, Luigi Nono, Giangiacomo Feltrinelli, Francesco Rossi, Aimé Césaire, Rossana Rossanda, David Alfaro Siqueiros, Hans Magnus Enzensberger, Monique Lange, Erick Hosbawm, Roman Karmen, K. S. Karol, Alejo Carpentier, Wifredo Lam y Nicolás Guillén, entre otros. Jean Paul Sartre, por encontrarse enfermo, envió un cálido mensaje de solidaridad.

[3]. Sobre este particular abundan con bastante información libros publicados en la última década por Kepa Artaraz (2011), Duanel Díaz Infante (2014), Iván de la Nuez (2010), Claudia Gilman (2012), Jorge Fornet (2013) y Rafael Rojas (2016).

[4]. La documentación del COR contiene la mayoría de las ponencias presentadas al CCH.

Referencias

 

Artaraz, K. (2011) Cuba y la nueva izquierda, una relación que marcó los años 60. Buenos Aires: Capital Intelectual.

Aub, M. (2002) Enero en Cuba. Valencia: Fundación Max Aub.

Castro Ruz, F. (1968) «Discurso en la clausura del Congreso Cultural de La Habana». Granma. 3a edición. 13 de enero.

COR (Comisión de Orientación Revolucionaria del Partido Comunista de Cuba) (1968) Congreso Cultural de La Habana. Comisión III. La Habana: COR.

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