Las relaciones cubano-soviéticas en 1968 vistas desde Cuba

Resumen: 

1968 fue un año de maduración en las relaciones cubano-soviéticas. La destitución de Nikita Jruschev, en octubre de 1964 y el proceso de cambios al interior de la dirigencia soviética que le siguió, unido a la necesidad cubana de buscar una alianza sólida para enfrentar con éxito la agresiva política norteamericana, hicieron que dichos vínculos evolucionaran hacia una menor emotividad al tiempo que ganaban en estabilidad y previsibilidad.

Abstract: 

1968 was a year of maturing in Cuban-Soviet relations. The dismissal of Nikita Khrushchev in October 1964 and the process of changes within the Soviet leadership that followed, coupled with the Cuban need to seek a solid alliance to successfully face the aggressive US policy, made these links evolve towards less emotion and more stability and predictability.

El año 1968 es uno de esos puntos de viraje, que dejan huellas profundas e imborrables en la historia. Fue un momento signado por la sublevación casi universal de los jóvenes, la profundización de la división en el movimiento comunista internacional, la agudización del enfrentamiento chino-soviético, el logro de la paridad estratégica entre la Unión Soviética y los Estados Unidos y, muy en particular para los cubanos, la reciente caída heroica del Che en Bolivia, y también la situación tan específica que vivía el llamado campo socialista y las complejidades en que se desarrollaron las relaciones de Cuba con Europa oriental, en especial con la URSS.

La situación en Europa oriental

En la URSS, la lucha entre los integrantes de la llamada «dirección colegiada» que depuso a Nikita Jruschov, en octubre de 1964, sobrepasó la contradicción entre los partidarios de este y los de Iósif Stalin, arrastrando consigo el primero a sus seguidores en los países de Europa oriental y creando una atmósfera de máxima tensión en las esferas de poder y en su vinculación con las masas. El campo principal donde se dilucidaban los combates era la economía. Ya en 1962, el profesor Yevsey Liberman, del Instituto de Ingeniería Económica de Jarkov, había publicado un artículo en Pravda, en el que proponía reducir el papel de la planificación, introducir la estimulación material a los trabajadores, y abandonar las reformas iniciadas por Jruschov en 1957 (Artemiev, 2013). Las fuerzas que en Moscú apoyaban a Liberman respaldaron a los que pensaban como él en otros países de Europa oriental, los que formaron una importante corriente
reformista. Con la destitución de Jruschov, los criterios de Liberman se impusieron en la reforma soviética de 1965, que ampliaba o reintroducía mecanismos monetario-mercantiles hasta ese momento desestimados en la construcción socialista.

A tres años de su aplicación desaparecieron los efectos positivos de los inicios y, en medio de las luchas político-ideológicas entre visiones diferentes, se puso sobre la mesa la disyuntiva de seguir ampliando la introducción de esos mecanismos o fortalecer las bases de la planificación central. Este debate, presentado como un problema teórico, en la práctica reflejaba la contradicción de intereses entre el sector de la industria pesada (Grupo «A», según la terminología en boga), base del complejo militar industrial, y el de la ligera (Grupo «B»), más sensible a las necesidades del mercado (Artemiev, 2013).

Para ese momento, representantes del Grupo «A» se encontraban elaborando lo que devino la geopolítica energética rusa hacia Europa occidental, en la que los ductos hacia Checoslovaquia tenían un papel central. Hasta esa fecha, la Unión Soviética no exportaba combustibles, ya que Stalin y sus partidarios siempre fueron contrarios a ello. El marco para que la idea se convirtiera en atractiva fue el proyecto sobre «la Gran Europa del Atlántico a los Urales», lanzado en 1959 por el presidente francés Charles de Gaulle.

Al principio la iniciativa gala no gustó en Moscú, pero pronto un sector de su élite se percató de lo importante que podía ser para el país, si utilizaba sus inmensos recursos gasíferos y petroleros. En 1964, el gobierno soviético firmó con el de Praga el acuerdo intergubernamental para la construcción del gasoducto Bratstvo (Hermandad), que unió la Ucrania rusa o transcarpática con Bratislava, abriendo así el camino a los suministros a Europa occidental.

Coincidentemente, norteamericanos, ingleses y franceses elaboraban sus propios planes para el suministro de combustibles al Viejo Continente, pero ya los soviéticos se habían adelantado. La idea, que comenzó a debatirse entre una parte de los reformadores checoslovacos, de convertir su país en una especie de «segunda Suiza», se vio como un peligro real para los soviéticos.

Desde luego que el proyecto energético no fue el único motivo de la acción soviética sobre Checoslovaquia, pero su peso se hizo evidente cuando tan solo tres semanas después de la entrada de sus tropas a Praga, el 10 de septiembre de 1968, se firmó el Acuerdo para los suministros de gas natural a la República Socialista Checoslovaca, y sobre la cooperación para 1969. Tan pronto como fueron resueltos todos los problemas de las relaciones energéticas, las tropas del Tratado de Varsovia abandonaron la ciudad checa (VV. AA., 2016: 26-8).

Los documentos de la llamada operación Danubio —código utilizado para la intervención en Checoslovaquia— son de los pocos que todavía no han sido totalmente desclasificados. Para entender esa acción no basta con el análisis de los hechos que la precedieron, sino que es indispensable tomar en cuenta también lo que vino después: la distensión europea, un fenómeno que de ninguna manera puede explicarse por el solo «miedo a los tanques de Moscú». Lo más lógico es pensar que los planes energéticos rusos interesaban también a un importante sector de la élite euroccidental. Cierto es que con el mayo parisino cayó De Gaulle, pero su papel en el proyecto paneuropeo fue magistralmente suplido por Willy Brandt.

Desde los tiempos de Nikita Jruschov, Leonid Brezhnev había tenido vínculos muy fuertes con el complejo militar y esa vieja relación fue decisiva para que en 1968 obtuviera el control absoluto del poder en la URSS, con lo cual se le puso fin a la «dirección colegiada»; las reformas en todo el bloque socialista fueron inicialmente congeladas y más tarde desmanteladas, y la checoslovaca, que había traspasado el límite entre la economía y la política, aplastada.

Cuba y la URSS

En 1968, las relaciones entre la Revolución cubana y la Unión Soviética apenas tenían diez años. Se habían iniciado en la segunda mitad de 1958 cuando las fuerzas rebeldes, en busca de armamentos, hicieron los primeros contactos con Europa oriental. En ese breve lapso, dichos vínculos pasaron por diferentes momentos: uno inicial, de sorpresa soviética, que duró hasta finales de 1960, cuando Jruschov se percató de la trascendencia histórica de lo acontecido y decidió jugarse el todo por el todo en apoyo a la joven revolución. Se dice que después de la Segunda Guerra Mundial, Stalin había preferido dejar a América Latina bajo el control de los Estados Unidos (Fursenko y Naftalí, 1998); pero ahora, la nueva situación le permitía a Jruschov llevar la presencia soviética adonde Stalin no había podido. Además, Cuba parecía la confirmación de su hipótesis de que, en las nuevas condiciones, los trabajadores de los países capitalistas podían hacer por sí solos sus revoluciones sin ayuda externa. Por si fuera poco, los barbudos de Fidel rememoraban, para los revolucionarios soviéticos, sus propios momentos de gloria. Durante la visita a Cuba, en 1960, Anastas Mikoyan, participante de la Revolución bolchevique, con Vladimir I. Lenin, repetía a los miembros de su delegación: «Sí, él [hablando de Fidel] es un verdadero revolucionario. Igualito que éramos nosotros. Por momentos me regresa a mi propia juventud» (Fursenko y Naftalí, 1998).

En septiembre de 1959, al volver de su primera visita a los Estados Unidos, Jruschov se enfrentó al resto de los miembros del Presídium (Politburó/Buró Político del Comité Central) y cambió la decisión adoptada por ellos de no autorizar el suministro de una partida de armamentos que Cuba había solicitado a Polonia; pero muy pronto fue más allá, y el 9 de julio de 1960, ante un congreso de maestros dijo:

No debemos olvidar que ahora los Estados Unidos no están de la Unión Soviética a una distancia tan inalcanzable como antes. Hablando en sentido figurado, en caso de necesidad, los artilleros soviéticos podrían apoyar al pueblo cubano si las fuerzas agresivas en el Pentágono se atrevieran a iniciar una intervención contra Cuba. Que no olviden en el Pentágono, que como demostraron los últimos ensayos, nosotros tenemos cohetes capaces de hacer blanco en un cuadrado exacto a una distancia de 13 mil kilómetros. Si gustan, que eso sirva de advertencia a los que desean resolver los problemas internacionales por medio de la fuerza y no con la inteligencia. (Jruschov, 1960: 10)

Las palabras del líder soviético no solo estuvieron dirigidas al enemigo imperialista, sino también a los que, dentro de su propia Dirección, se oponían a involucrarse con Cuba. Poco antes de su destitución, se analizaba un proyecto que daría garantías a Cuba en caso de una agresión norteamericana. En esos momentos, Jruschov insistía con los miembros del Presídium: «Hay que firmar el Tratado de Asistencia Recíproca con Cuba. Van a gritar que eso es aventurerismo. ¡Al diablo, que griten!» (PCUS, 1964) En efecto, en octubre de 1964, esas palabras fueron consideradas erróneas y aventureras. En la reunión donde se decidió su sustitución, el miembro del Presídium, Dmitri Polyanski, lo incriminó:

El camarada Jruschov estaba muy feliz porque logró lo que Stalin no pudo: penetrar en América Latina. En primer lugar, la penetración en la región latinoamericana no era un objetivo de nuestra política y, en segundo, eso significaba que nuestro país debía asumir la obligación de hacer suministros militares más allá del océano, a una distancia de quince mil kilómetros. (Fursenko y Naftalí, 1998)

La actitud de Jruschov lo hizo acreedor de la confianza de la dirección de la Revolución cubana, a pesar de sus inconsecuencias en el manejo de la Crisis de Octubre, de 1962. Con la destitución del mandatario, en Cuba creció la preocupación por la actitud que pudiera asumir la nueva dirigencia respecto a las garantías para nuestra seguridad. Según documentos soviéticos desclasificados, el más preciso fue el Che, cuyas opiniones fueron trasmitidas por el embajador Aleksey Alekseyev:

Para nosotros no es secreto que en la Unión Soviética hay personas que no muestran entusiasmo por la Revolución cubana, ya que Cuba, además de una carga económica, es para la URSS fuente potencial de guerra termonuclear mundial. (Maximenkov, 2016)

En Moscú, no pasó inadvertido el que entre las felicitaciones que llegaron para la nueva dirigencia, no estaba la de los cubanos. No obstante, ambas partes se esforzaron porque las cosas continuaran aparentemente normales.

Después de la Crisis de los misiles —todavía en el mandato de Jruschov—, Cuba y la URSS concretaron dos acuerdos de extraordinaria importancia: el logrado el 29 de mayo de 1963 para la dislocación en nuestro territorio de la brigada motorizada, conocida como «Campamento 12», y el firmado un año más tarde para la instalación del centro radioelectrónico «Lourdes». Estos acuerdos, junto a otros para el equipamiento de nuestras fuerzas armadas, la preparación de su personal y su asesoramiento, desempeñaron un importantísimo papel en la defensa de la Revolución y el desarrollo de las relaciones cubano-soviéticas, si bien no cubrían en su totalidad lo que Cuba entendía como garantías de seguridad —que al final, nunca se dieron, pero sí elevaron la trascendencia de la Isla en la percepción estratégica del sector que se había impuesto en la Unión Soviética.

En la «dirección colegiada», habían prevalecido los que consideraban que la revolución en América Latina no era una prioridad. Esa realidad se presentaba envuelta en la polémica «teórica» sobre la vía pacífica o la armada y coincidía con el momento en que Cuba hacía los mayores esfuerzos por ayudar a los combatientes revolucionarios en América Latina. En ese sector era notable la presencia de los defensores del uso de las palancas y estímulos económicos en la construcción socialista, lo que no era bien visto por buena parte del movimiento comunista internacional, incluido el Partido cubano, que en 1968 se encontraba envuelto, precisamente en lo que se llamó «la ofensiva revolucionaria».

A estas contradicciones se unía otra, no menos importante y aparentemente teórica sobre la contradicción principal de la época, que dirigía los esfuerzos internacionales de las partes en direcciones diferentes. Mientras los soviéticos veían dicha contradicción entre el socialismo y el capitalismo y trataban de restablecer su hegemonía sobre el primero, los cubanos entendían que estaba entre el imperialismo y los pueblos de los países del Tercer mundo, lo que los llevó a impulsar, en 1966, el surgimiento de la Tricontinental y de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS). En Moscú, la actitud cubana se interpretaba casi como una traición, ya que solían ver el comportamiento de los otros partidos comunistas en una relación de suma 0 con respecto a su diferendo con el Partido Comunista Chino. Ciertamente, en el caso de Cuba no se llegó a la estridencia, en lo que por lo visto influyeron el deterioro que ya se había registrado en nuestras relaciones con Mao Zedong, así como la importancia que la Isla adquiría para la URSS en el enfrentamiento con los Estados Unidos.

Era el momento en que la Unión Soviética alcanzaba la paridad estratégico-militar con su adversario, factor que parece decisivo en el triunfo de los representantes del Grupo «B», pero se enfrentaba a nuevos retos: el programa Apolo con su circunvalación de la luna, en julio de 1968, apuntaba a quitarle la supremacía que tenía desde el vuelo de Yuri Gagarin, al tiempo que la nueva etapa del programa Echelón[1] iniciaba el despliegue de un sistema mundial de espionaje electrónico. En esas nuevas circunstancias, el valor para la URSS de la estación radioelectrónica en Cuba aumentaba de manera exponencial.

Sin embargo, la inercia negativa que se venía acumulando en las relaciones bilaterales desde la destitución de Jruschov, seguía imponiendo su impronta. Junto a algunos funcionarios soviéticos, en la avanzada de la política hacia Cuba se situaron los miembros de los partidos de otros países socialistas, en particular los búlgaros y los alemanes democráticos, quienes intensificaron notablemente sus contactos con un pequeño grupo de militantes del Partido Comunista de Cuba (PCC) que no compartían la línea de estos. En medio de las complejidades del momento y de las relaciones con nuestros amigos, estos compañeros agrupados alrededor de Aníbal Escalante —quien había sido destituido de los cargos partidistas que ostentaba en 1962, por sus prácticas sectarias—, se extraviaron y trataron de introducir los hábitos nefastos existentes entre el Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) y los partidos de las democracias populares de Europa. Como dijo Fidel:

En la Unión Soviética, por las tradiciones de gobierno absoluto, mentalidad jerárquica, cultura feudal o lo que fuera, se creó la tendencia al abuso de poder y, en especial, el hábito de imponer la autoridad de un país, de un Estado, de un partido hegemónico, a los demás países y partidos. (Ramonet, 2006: 441)

No obstante, en apariencia, las relaciones con la URSS y el resto de los países de Europa oriental se mantenían sin cambios. En enero de 1967, su deterioro comenzó a hacerse ostensible, cuando el discurso de Fidel con motivo del VIII aniversario del triunfo de la Revolución fue recibido por parte de algunos estudiantes latinoamericanos —evidentemente respaldados por el Komsomol— con hostilidad hacia sus homólogos cubanos en la Universidad «Patricio Lumumba». En aquella intervención, dedicada en lo fundamental al recuento de los logros en la política interna, el máximo líder envió «nuestro mensaje de solidaridad y aliento a los combatientes revolucionarios de América Latina», mencionando por sus nombres a los jefes guerrilleros de Venezuela, Colombia, Guatemala, y «nuestro mensaje especial y cálido» al comandante Ernesto Guevara. Aunque no lo expresó directamente, en ese discurso quedó implícita también una crítica a los niveles de apoyo que se le estaban brindando a la lucha de Vietnam contra la intervención norteamericana (Castro, 1967a).

Desde luego que las reacciones que llegaron a Fidel y a la dirección de la Revolución no fueron solo la de los estudiantes de la Lumumba, y ello explica, que meses más tarde, el 13 de marzo, su discurso estuviera dedicado básicamente a fijar, en cuatro puntos esenciales, la posición de Cuba ante los problemas del movimiento revolucionario:

Para nosotros el movimiento comunista internacional es, en primer lugar, eso, movimiento de comunistas, movimiento de combatientes revolucionarios. ¡Y quienes no sean combatientes revolucionarios no se podrán llamar comunistas!

El movimiento comunista internacional, tal como lo concebimos nosotros, no es una iglesia, no es una secta religiosa o masónica que nos obligue a santificar cualquier debilidad, que nos obligue a santificar cualquier desviación, que nos obligue a seguir una política de compadreo con todo tipo de reformistas y seudorrevolucionarios.

Un revolucionario puede estar en desacuerdo con un hecho, con un método, con algo en concreto; lo que no es moral, lo que no es revolucionario, es aprovechar un hecho determinado para unirse al coro de histeria de los reaccionarios y de los imperialistas para condenar a los revolucionarios.

Luego de referirse a las «actitudes contradictorias» en «el mundo revolucionario» y de rechazar las concepciones geopolíticas que hablaban de presuntos «fatalismos geográficos», Fidel enfatizó la «posición absolutamente independiente» de la Revolución cubana, proclamando ante el mundo que

esta Revolución seguirá su camino, esta Revolución seguirá su línea propia, esta Revolución no será jamás satélite de nadie, incondicional de nadie, ni pedirá jamás permiso a nadie para mantener su postura, en lo ideológico, en lo interno y en lo externo; y con la frente en alto, y el corazón en medio del pecho, este pueblo está dispuesto a afrontar el porvenir, sea cual sea el porvenir. (Castro, 1967b)

Estos conceptos éticos establecieron el marco de la conducta política de Cuba ante los acontecimientos por venir en Checoslovaquia. Sin embargo, este discurso fue recibido con silencio absoluto por parte de la prensa soviética y, según la embajada cubana, en los medios oficiales y del PCUS era «patente la sensación de malestar y disgusto ante los pronunciamientos hechos» (MINREX, 1967); no obstante, Leonid Brezhnev reaccionó, y en abril le escribió a Fidel:

No podemos ignorar que en los últimos tiempos en las relaciones soviético-cubanas han aparecido algunas situaciones […] Los problemas surgidos de tales discrepancias no están siendo discutidos en la forma que corresponde a las normas de las relaciones entre los países socialistas y los partidos comunistas (Maximenkov, 2016).

Era evidente que él no quería seguir profundizando el distanciamiento, y en la URSS se adoptaron medidas un tanto contradictorias, que parecían más bien ser un cierto compromiso entre los que buscaban el entendimiento con Cuba y sus oponentes. Fue retirado Rudolf Petrovich Ajliapnikov, jefe de los asesores del Comité para la Seguridad del Estado (KGB, por sus siglas en ruso), en el Ministerio del Interior, quien en sus informes a Moscú aseguraba que en Cuba habían madurado las condiciones para un estallido semejante al de Hungría en 1956 (Gordievsky, 2010). Poco después, también fue retirado el embajador Aleksey Alekseyev, el hombre que indudablemente más había hecho por las relaciones bilaterales, acusado de «cubanizarse» (Gordievsky, 2010). El único sector que se mantuvo sin mayores afectaciones fue el militar. Los tenientes generales Ivan Shkadov e Ivan Bichenko, que sucesivamente ocuparon el cargo de Asesor Militar Principal en ese período, realizaron su labor sin mayores tropiezos (Leonov, 2015: 170)

En aquella coyuntura, nuevamente el factor exógeno hizo su contribución al diferendo. En una reunión de los partidos comunistas que tuvo lugar en Praga, nuevamente Cuba fue objeto de críticas por parte del Partido Comunista Argentino. Poco después, vino a la Isla el primer ministro Aleksey Kosiguin, quien se ocupaba de los problemas económicos en la «dirección colegiada». Para él, los temas del movimiento revolucionario eran un asunto más bien lejano, y las conversaciones al respecto resultaron «un diálogo de sordos» (Makarychev, 2018). La novedad de su visita consistió en la información de que la URSS restringiría su asistencia económica. Fue casi generalizada la impresión de que Moscú estaba utilizando esa vía para presionar sobre nuestra independencia política.

Por otra parte, la nota extremadamente parca y fría de la dirección soviética en ocasión de la caída en combate del Che, siguió a un silencio profundo de sus medios de difusión acerca de la actividad guerrillera en nuestro continente. Entre los pueblos de Europa oriental, la heroica epopeya del Che fue conocida solo en Polonia, gracias a la pluma de Ryszard Kapuscinski, y en Yugoslavia, donde la prensa no tenía un control partidista tipo soviético. Ello explica la presencia de su retrato en las manos de los estudiantes sublevados en 1968 tanto en Varsovia como en Belgrado. En Cuba, el efecto negativo de la mencionada nota se reflejó después en la falta de felicitación y ausencia del PCC en los festejos por el aniversario 50 de la Revolución de Octubre. En diciembre, hubo otro encuentro consultativo de los partidos en Budapest, donde el cubano también estuvo ausente.

En esas circunstancias, en diciembre de 1967 se produjo la publicación por el periódico The New York Times de la entrevista que Herbert Matthews le hiciera a Fidel en la que supuestamente había dicho: «Los países comunistas, como por ejemplo Rusia, se hacen cada vez más capitalistas, porque cada vez se apoyan más en los estímulos materiales» (Maximenkov, 2016). Moscú pidió explicaciones, a las que respondió el compañero Osvaldo Dorticós. Como resultado, el embajador Alekseyev recibió instrucciones de trasladar a nuestro presidente «la satisfacción de la dirección soviética», porque la información puesta en boca del líder cubano resultó «una grosera invención» y,

por cuanto la propaganda imperialista utiliza el artículo de Matthews con fines dañinos a nuestros países, en Moscú verían con comprensión la intención del Politburó del CC [Buró Político del Comité Central] del PC de Cuba de dar una respuesta pública a semejante artículo.

El mensaje terminaba con la instrucción: «Informe sobre el cumplimiento de esta tarea» (Maximenkov, 2016).

Este intercambio demostraba que aún ambas partes deseaban detener el deterioro de las relaciones bilaterales, pero el tono en que la parte soviética manejaba el asunto mostraba las contradicciones que había en su propia dirigencia, las cuales rara vez se podían percibir desde La Habana.

Como se había hecho tradición, en el último trimestre del año se realizaban las negociaciones para el intercambio comercial del siguiente año. Para fines de 1967, como resultado de las relaciones anteriores, había surgido un importante desbalance en favor de la URSS. La situación preocupaba, y la dirección cubana, que había depositado una cierta cantidad de oro de sus reservas en el Banco de Comercio Exterior Soviético para su custodia, solicitó un pequeño crédito a cargo de ellas. Los soviéticos no respondieron, sino que hicieron saber «la necesidad de alcanzar un intercambio equilibrado para 1970», a cuyo fin propusieron firmar un acuerdo de intercambio trienal hasta esa fecha.

En Cuba se consideró que la meta de alcanzar un intercambio equilibrado era imposible, pero además, las propuestas de suministros soviéticos, sobre todo de combustibles, «conducía al deterioro de las relaciones comerciales entre los dos países y a la parálisis de nuestra economía». Por tanto, se decidió no aceptarla y limitarse a concretar un acuerdo para 1968 (Delegación..., 1968).

En diciembre de ese año, en la Isla comenzó a sentirse escasez de gasolina; y en abril, la de piezas de repuesto para la aviación militar y la artillería. Esta situación complicó aún más la atmósfera por el lado cubano donde, desde principios de septiembre, había sido detenido un grupo de militantes que se nucleaba alrededor de Aníbal Escalante. Ese grupo, conocido como «microfracción» por el reducido número de sus integrantes, entre otras cosas se ocupaba de trasmitir información a funcionarios soviéticos, búlgaros y alemanes democráticos en contra de la línea de la Revolución. Al respecto, en un despacho del centro de la KGB en La Habana, se informaba a Moscú lo siguiente: «En casa de Aníbal Escalante se discutían y “resolvían” las cuestiones de la política interna y externa de Cuba y se hacían críticas totalmente infundadas al “culto a la personalidad” de Fidel Castro» (Makarychev, 2018). Está claro que su actividad representaba un serio peligro para la unidad del Partido y para sus relaciones con la URSS y otro países socialistas, por lo que en enero de 1968, coincidiendo con todas las complicaciones que se han explicado, se realizó un pleno del Comité Central que condenó su conducta e hizo serias críticas a algunos funcionarios soviéticos que habían estado en permanente contacto con el mencionado grupo. Asimismo, se decidió expulsar a un segundo secretario de la embajada soviética y a varios periodistas, entre ellos Vadim Listov, corresponsal del diario Pravda. Poco después, a las autoridades soviéticas se les comunicó también la intención de retirar el oro bajo su custodia hacia un banco en Inglaterra. Esta decisión no tenía relación directa con el tema de la microfracción, pero su coincidencia en el tiempo provocó un verdadero terremoto en Moscú donde, para algunos, Cuba podría estar pensando en abandonar el campo socialista y pasarse a Occidente.

En esas condiciones se produjo la intervención soviética en Checoslovaquia. Como es lógico, no hubo consulta previa con Cuba y, en verdad, no tendría por qué haberla, pero el país se sintió en una situación de extremo peligro. En la dirección cubana se conocía del mensaje enviado en su momento por John F. Kennedy a Jruschov, afirmando que para los Estados Unidos Cuba significaba lo mismo que Hungría para la URSS, lo cual hacía ver el nivel de riesgo que estábamos corriendo.

El criterio de que la posición asumida por Cuba en el caso checoslovaco fue la causa del cambio en las conflictivas relaciones cubano-soviéticas de entonces nos parece un enfoque superfluo y unilateral que distorsiona la verdad histórica. Si es cierto que en la comparecencia de Fidel no se condenó a la Unión Soviética ni se defendió a los reformistas de Praga, muchas de cuyas acciones y posiciones contradecían las convicciones cubanas de entonces sobre la construcción socialista, también lo es que en ella se dejó claro que se había cometido un acto de violación de la soberanía checoslovaca, y de que en caso de que el imperialismo pretendiera aprovecharla para hacer algo semejante con Cuba, la defenderíamos hasta el último cubano. Sin decirlo, Fidel le quitó el apodo de «internacionalista» a la acción del Tratado de Varsovia y dejó claro que en aquellos momentos ese tipo de ayuda quien la requería era Vietnam. Aquella posición fue, por tanto, una magistral conjunción de principios e intereses, y no fue bien recibida por una parte de la dirigencia soviética, que vio en ella el desconocimiento del derecho de la URSS a mantener lo conquistado en la Segunda Guerra Mundial.

Fui testigo de conversaciones, donde los soviéticos nos hicieron ese tipo de reclamo, pero la posición de Cuba siempre se mantuvo incólume. En verdad, el cambio en las relaciones cubano-soviéticas fue consecuencia de un conjunto de elementos, donde la ausencia de condena por nuestra parte sirvió de coyuntura para que se expresaran otros factores importantes, entre los que debe mencionarse, en primer lugar, el triunfo dentro del PCUS de la tendencia que representaba los intereses de su sector «B», con la cual se produjo una importante coincidencia de intereses nacionales, dictada ante todo por la presencia del enemigo común. Recordarán todos que el tono agudamente belicista de los contendientes en la campaña electoral norteamericana de ese año no auguraba un futuro de paz en las relaciones internacionales. En esas circunstancias, la URSS y Cuba se necesitaban mutuamente. Para la segunda, era vital contar con un cierto nivel de apoyo frente a la agresividad de los Estados Unidos, mientras que la URSS, después de la Crisis de Octubre, se había involucrado en unas negociaciones sobre control de armamentos con los Estados Unidos, donde la posición del centro radioelectrónico que tenía en Cuba desde hacía cuatro años tenía un papel fundamental. Según el analista ruso Serguey Teleguin (2001),

el centro de localización radioelectrónica aportaba a Rusia 75% de la información estratégica necesaria para la alerta temprana sobre una agresión; fue el principal instrumento de control sobre el cumplimiento de los acuerdos de desarme firmados con los Estados Unidos, jugaba un importante papel en el sistema de defensa antimisil, permitiéndole […] controlar todos los lanzamientos de cohetes, los despegues de aviones y el sistema de comunicaciones en los Estados Unidos, etc.

Ante el bloqueo norteamericano y las dificultades surgidas en las relaciones económico-comerciales, primero con China y después con la URSS, Cuba comenzó a intensificar sus vínculos con Europa occidental, en particular con Francia e Italia, lo que fue percibido en Moscú como una señal de que la Isla podría llegar a no necesitarla, sobre todo, si lograba algún tipo de modus vivendi con los Estados Unidos.

En la dirección soviética, las dudas en cuanto a la posición cubana comienzan a desaparecer al recibir la información sobre un encuentro informal del Comandante en Jefe con estudiantes de la Universidad de La Habana, donde dejó claramente sentado que las discrepancias con la URSS eran fraternales, y había alertado contra cualquier intento de desarrollar campañas antisoviéticas en nuestro país (Makarychev, 2018).

Las primeras señales de cambio en la conducta soviética llegaron en diciembre, cuando su gobierno accedió a reducir en novecientas mil toneladas la cantidad de azúcar que debíamos entregarle y a otorgar un crédito comercial por ciento veinte millones de dólares para compensar dicha disminución (García Peláez, 1969). El final del proceso de recomposición puede ubicarse en septiembre de 1969, signado por el recibimiento que hizo Brezhnev a nuestro embajador, Raúl García Peláez, en el que se habló «muy sinceramente», y por la reunión de los comandantes Juan Almeida y Ramiro Valdés con el miembro del Politburó del PCUS, A. P. Kirillenko, y el secretario Konstantín Katushev, en ese mismo mes, en la que el primero de ellos expresó: «las relaciones con Cuba van bien» y «nosotros siempre estaremos dispuestos a ayudar a Cuba» (García Peláez, 1969).

Conclusión

Desde su establecimiento, 1968 fue el momento más difícil de las relaciones cubano-soviéticas, aunque sin el dramatismo de la Crisis de Octubre de 1964. En ella, se puso de manifiesto la contradicción entre un pequeño país que hizo del internacionalismo uno de los fundamentos de su política externa, y una superpotencia, que aun proclamando ese mismo principio, estaba obligada a actuar sobre la base de las consideraciones geopolíticas, que hasta hoy son las de más peso entre los grandes poderes. A esa contradicción tributaron los factores de la política interna y elementos exógenos vinculados al movimiento comunista internacional. A partir de ahí, las relaciones cubano-soviéticas perdieron el candor de su etapa Jruschoviana, pero ganaron en estabilidad y previsibilidad.

 

 

[1] Echelon es un sistema mundial de interceptación de comunicaciones privadas y públicas que ha permanecido desconocido para la opinión pública durante más de cuarenta años. Tiene decenas de satélites-espía y potentes bases de escucha diseminadas por todo el mundo. Fue creado en secreto —después de la Segunda Guerra Mundial— por cinco potencias anglosajonas —los Five Eyes. Extiende su red sobre todo el planeta y se conecta a los satélites y cables que canalizan la mayor parte de las comunicaciones del mundo. Su principal misión consiste en espiar a los gobiernos (amigos o enemigos), a partidos políticos, sindicatos, movimientos sociales y empresas. [N. de la E.]

Referencias

 

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