¿Avispas o leones? Avatares identitarios de los orientales en La Habana

Autor(es): 
Resumen: 

Motivada por las respuestas culturales observadas en el Estadio Latinoamericano durante el enfrentamiento de los equipos de béisbol Las Tunas e Industriales, la autora emprende un análisis diacrónico del proceso de construcción de representaciones sociales negativas sobre las personas oriundas de la región oriental del país. Para ello, se auxilia de herramientas de análisis histórico y sociológico, así como de estadísticas demográficas y comentarios emitidos en sitios web cubanos.

Abstract: 

Motivated by the cultural responses observed at the Latin-American Stadium (Havana) or during the clash between the Las Tunas and Industriales baseball teams, the author takes on a diachronic analysis of the process of negative social constructions and representations of the persons that come from the Easter region (Oriente). In doing so, she makes use of the tools of historical and sociological analysis as well as demographic statistics and comments that have appeared in Cuban web sites.

(Premio Temas de Ensayo 2018. Ciencias sociales)

En enero de 2018, por primera vez en cincuenta y siete años, Granma y Las Tunas, dos equipos de la región oriental de Cuba, se enfrentaron en la fase final del campeonato cubano de beisbol, es decir, en «la pelota». Tan inédito desenlace estimuló nuevas alianzas entre los aficionados, ya que en la Isla, como en cualquier otro lugar que ha construido patria hilando historias y sensibilidades regionales, el deporte es espacio en el que las diferencias culturales contienden de modo más visible.

Acierta el historiador Félix Julio Alfonso (2015) al señalar que en Cuba la pasión beisbolera es portadora de significados ideológicos y axiológicos porque beisbol y nación están indisolublemente unidos. Coincido en que aquí la pelota es práctica deportiva generadora de autoestima y sentido de pertenencia, exponente de afectividades y sistema de valores compartidos. Entre otros elementos, la construcción cultural del nacionalismo cubano tiene anclajes tanto en la música y los bailes populares como en la pelota, su léxico y simbología. Desde finales del siglo xix, nombres de equipos, himnos y proverbios deportivos sirvieron para expresar sentimientos de cubanía; en ciertas coyunturas, la integración racial de los conjuntos locales funcionó como medidor de la cohesión social alcanzada; y en los terrenos de juego se expresaron muchas veces los sentimientos anticolonialistas de los cubanos.

Solo en fecha relativamente reciente la ensayística cubana ha develado la seminal interrelación entre cultura y beisbol, aunque hace mucho tiempo que este incluyó a las artes, la literatura y la tradición oral en su carta de ciudadanía. Poetas de diferentes generaciones como Nicolás Guillén, Roberto Fernández Retamar y Carlos Esquivel; inolvidables cronistas como Eladio Secades y Enrique Núñez Rodríguez, o reconocidos músicos como Juan Formell e Israel Rojas han hecho de la pelota tema y motivo. La entraña beisbolera de la Isla está presente en las novelas de Leonardo Padura, las narraciones de los autores antologados por Miguel Terry Valdespino y Francisco García González (2007), los textos dramáticos de Ulises Rodríguez Febles y En tres y dos, el gratificante filme de Rolando Díaz. Las obras de todos ellos configuran un trazado discontinuo pero profundo de los itinerarios culturales de la pelota en Cuba.

El beisbol es la disciplina de más larga y exitosa data en la historia deportiva cubana, no solo por los resultados archivados en competencias internacionales importantes, sino también por la cantidad y calidad de los jugadores que han militado en las Grandes Ligas, se han destacado como entrenadores, o integrado el Salón de la Fama. Demeritada por la persistente declinación de sus resultados internacionales en la última década, y progresivamente relegada en la preferencia nacional por el fútbol —deporte más dinámico, elegante y espectacular, y que cuenta, además, con la generosa trasmisión televisiva de las ligas donde actúa la élite mundial—, la pelota pareció reverdecer en la temporada 2018, gracias al entusiasmo de un público que colmó estadios en casi todas las provincias.

Seguí con mucho interés los comentarios emitidos en el sitio web Cubadebate durante las series play-off y final, inusitadamente numerosos si se les compara con el eco que tuvieron las crónicas beisboleras durante la campaña de 2016. Fuera de la liga conjuntos otrora potentes, como Pinar del Río, Villa Clara y Santiago de Cuba, los enfrentamientos no tenían la condición de «clásicos» que nuestros cronistas deportivos acreditan a la lidia entre equipos insignes. Mas, a pesar de la ausencia de las Avispas santiagueras y los Leones de la capital, el duelo entre oriente y occidente se planteaba interesante: de un lado Granma —el subestimado campeón defensor— y Las Tunas, un equipo sin pedigrí alguno, pero pasmosamente combativo; y del otro, el revitalizado, aunque inseguro Matanzas, e Industriales, que es siempre centro de los más exaltados amores y odios nacionales.

Para los habitantes de la región oriental del país lo acontecido rebasó con creces la gratificación espiritual de un buen campeonato de pelota: constituyó un triunfo moral sobre el desdén de los de occidente —en particular, los habaneros—, un golpe a la presunta parcialidad de árbitros y comentaristas deportivos, y una estentórea trompetilla al fatalismo geográfico. Lo que a propósito de la serie de beisbol leí en Cubadebate y otras coordenadas del universo digital cubano, trajo a mi mente la confesión realizada hace dos décadas por el escritor manzanillero Arturo Arango (2002) sobre el lugar de la pelota en la construcción de la autoestima de los no habaneros:

El último refugio de mi ser del interior es la pelota. Manuel Alarcón, Agustín Arias, Braudilio Vinent, Antonio Pacheco me han devuelto, a lo largo de los años, aquel orgullo que el tiempo fue atenuando, erosionando. Verlos jugar es rencontrarme, reconocerme. Reunir en un solo acto la matria y la patria. (40)

Por motivos profesionales, acudí a presenciar el tercer juego de la serie play-off Las Tunas-Industriales, en el estadio Latinoamericano, y sufrí allí el nutrido coro de mis coterráneos que ante una jugada dudosa arbitrada en su contra comenzaron a gritar, con acompañamiento de palmadas y ritmo de conga: «¡Palestinos, a su tierra! ¡Palestino, y bien!».

No figuro entre quienes vituperan a Víctor Mesa y tampoco milito entre sus fans, pero aprobé la gallardía de su comportamiento al reprochar al público habanero su agresividad y mala educación. No obstante, la llamada al orden del ex mentor de Industriales fue la única respuesta «oficial» a tan lamentable episodio, ya que los espacios televisivos especializados y los diarios nacionales obviaron comentar el suceso. Jorge Ebro (2018) tuvo el buen tino de criticar los hechos, pero solo estuvimos al tanto quienes poseemos hábitos de lectura digital, o hemos desarrollado la agilidad mental necesaria para dilucidar los interlineados de la prensa nacional.

La renovada pasión beisbolera cubana mostró su cara negativa en la conducta de una parte de los aficionados y los debates en la red, visibilizando un tipo de xenofobia que apela a representaciones inferiorizantes, epítetos ofensivos, matonismo verbal y discriminación. Para nada es un fenómeno reciente. En 2007, Jorge Fornet reflexionaba sobre la resemantización insular del vocablo «palestino» y sus derivas ideológicas y éticas (65). Casi una década después, «Ser oriental o De dónde serán…», un artículo de Reinaldo Cedeño (2006) publicado en OnCuba Magazine, suscitó apasionados intercambios entre internautas cubanos y extranjeros.

Frecuentemente me he preguntado cuándo y con qué fines comenzó la construcción cultural de la minusvalía oriental, habida cuenta de que, durante el período colonial, las jerarquizaciones más notables entre los nacidos en la Isla respondían a codificaciones de clase, raza y género. Intelectuales camagüeyanos y orientales, entre los que figuraban escritores, músicos, abogados, médicos y periodistas, contribuyeron, sobre todo en el siglo xix, a cimentar el acervo cultural de la nación cubana y sustentar ideológica y políticamente sus diferencias con la metrópoli, en medio de una espiral de contradicciones y rupturas que desembocaron en la Guerra de los Diez años. Desde entonces, la memoria historiográfica, el discurso político y las narrativas pedagógicas en Cuba identifican al oriente del país con el patriotismo, la combatividad y la intransigencia ante la opresión.

Contribuyó mucho a mi entendimiento de la aparente contradicción el diálogo sostenido con la historiadora Olga Portuondo Zúñiga (2018), para quien el asunto se remonta a mediados del siglo xvi, con la autorización de la Corona española para que el Capitán General y la jerarquía eclesiástica permanecieran en La Habana, aunque esta no fue declarada capital hasta 1607. A partir de esa fecha, la división de la Isla en dos departamentos, estimuló la construcción ideal de las diferencias. Más adelante, cuando la Revolución haitiana ofreció a Cuba la oportunidad de convertirse en el principal enclave azucarero del Caribe, la plantación y sus potencialidades productivas se erigieron símbolo de modernidad y progreso, debido a la centralidad internacional del azúcar cubano, la riqueza generada por su cadena productiva y el estilo de vida, refinamiento y sofisticación que dicha riqueza posibilitaba.

La economía política de la época preconizaba que la felicidad del hombre y de la sociedad radica en su prosperidad, precepto que fundó, como sabemos, uno los más perdurables dogmas del pensamiento liberal. Esta idea, expuesta por Adam Smith a finales del siglo xviii y desarrollada por relevantes pensadores, como Gaspar Melchor de Jovellanos y Jeremy Bentham, alienta en el Discurso sobre la agricultura de La Habana y medios de fomentarla, un proyecto expuesto por Francisco de Arango y Parreño (2005) en 1792, y que devino el más orgánico programa de desarrollo del período colonial cubano, muy moderno por su aplicación de las ideas económicas más avanzadas de la época y vergonzosamente retrógrado en su propuesta de expansión de la esclavitud.

Las particularidades del proceso de poblamiento de la Isla y los derroteros de la sociedad esclavista cubana acentuaron la preponderancia del occidente y el centro del país, respecto al oriente, y fijaron un patrón de relaciones de poder que, expresado en los ámbitos de la economía, la política y la cultura, erigió a La Habana como centro. Desde ella se gestionaban el comercio internacional, las inversiones y los flujos de capital. Su puerto asumía la mayor parte de los intercambios materiales e ideales de Cuba con el resto del mundo. La noción «ser del interior», que se empleó y aún se emplea para designar —y a veces inferiorizar— a los pobladores del resto de la Isla, comenzó a construirse en el siglo xvi, tras la designación del puerto de La Habana como sitio de concentración de las flotas españolas que, de regreso a la península, acarreaban la plata y el oro robados a los pueblos originarios de América.

De La Habana irradiaría el poder de la oligarquía terrateniente criolla, practicante de las dobles lealtades imperiales enjuiciadas por Arcadio Díaz Quiñones (1993) en sus reflexiones sobre la «celebración» del quinto centenario del «descubrimiento». Ese grupo, que usufructuaba una proclamada filiación cultural a España mientras expandía sus negocios con los arribistas empresarios estadounidenses, destacaba por su base económica de primer orden, larga experiencia política, profunda conciencia regional, de parentesco, clase, etnia y grupo, y enérgica actuación en defensa de los asuntos comunes (Moreno Fraginals, 1986: 46; 1995: 64).

Las innovaciones tecnológicas introducidas en la producción de azúcar permitieron la expansión de la plantación esclavista, y garantizaron la reproducción de capital que hizo posible el crecimiento del empresariado cubano. En su análisis del proceso, Moreno Fraginals (2014) observó: «Al crecer el negocio azucarero y cerrar su estructura exportadora-importadora, aumenta de manera desmedida la importancia del comerciante en su doble función comercial y bancaria» (67). Esta integración fundó la oligarquía que a mediados del siglo xx concentraría el mayor número de grandes empresas del país no filiales de ninguna casa matriz extranjera y que, apoyada en la gestión de la industria azucarera y de la banca, operaba desde La Habana (Jiménez Soler, 2008).

La visión inferiorizante de las élites de occidente sobre la región oriental del país fue reforzada por las guerras de independencia, que pusieron sobre las armas a esclavizados, libres de color, asiáticos y blancos de las capas populares. Estos hombres y mujeres, la más grave amenaza a los privilegios de la sacarocracia cubana, representaban el quebrantamiento del status quo, la pobreza, el atraso y la negrura. Para enfrentarlos, la prensa metropolitana y los integristas del patio construyeron una matriz de opinión que deshumanizaba a los combatientes del Ejército Libertador y falseaba sus motivaciones, tal como observó el periodista James O’Kelly (1888):

Del lado de España se acumulaba todo el valor y la humanidad mientras que los insurrectos, como a la sazón se hallaban constituidos, eran en su mayor parte negros ignorantes y feroces, que no hacían guerra por la libertad, sino guerra de exterminio contra los blancos. (60)

Tras la abolición de la esclavitud en Cuba, en 1886, y la extensión de las operaciones militares contra el ejército de la corona española al centro y occidente del país, que provocó el inicio de la «guerra necesaria» (1895-1898), se incrementaron notablemente los movimientos migratorios hacia oriente, donde existían tierras libres para asentarse. Tal evolución acrecentó el «ennegrecimiento» de la región, mientras grandes contingentes de españoles empobrecidos —que arribaban a la Isla en busca de fortuna o eran alistados en el ejército colonial— producían el efecto contrario en territorios del occidente y centro de Cuba.

Dada la virtual ausencia de grandes dotaciones de esclavos, en 1877 solo vivía en el oriente cubano 17,4% de los «no blancos» del país, entre 3,5% y 7% por debajo de Las Villas, La Habana y Matanzas. Diez años después, el peso poblacional de los africanos y descendientes asentados en ese territorio representaba 21,6% del total nacional, superior a Las Villas y apenas tres décimas por debajo de la capital. Para 1899 habitaban en el este del país 29% de negros y mestizos, casi 8% por encima de Las Villas y La Habana y poco menos del doble de Matanzas, provincia en la que los negros y mulatos sufrieron de forma notable los horrores de la guerra (CEDEM, 1974: 142).

Resulta conocido que la penetración económica del capital estadounidense, desde finales del siglo xix aprovechó la abundancia de tierras fértiles en el territorio oriental cuya posesión no estaba debidamente legalizada, así como la necesidad de muchos propietarios arruinados de reponer capital a través de la venta de tierras. Los empresarios norteamericanos ejecutaron sus mayores inversiones en las zonas norte y suroeste de la provincia de Oriente y en el sur de Camagüey, con énfasis en la producción de azúcar y, en menor medida, la minería. De modo que el incremento focalizado de la población que seguía la ruta del azúcar provocó una dinámica proliferación de ciudades y su posterior integración como municipalidades en varias zonas de la región. Entre 1919 y 1931, el valle del Cauto y Holguín duplicaron su población mientras la llanura camagüeyana de la Trocha la triplicaba (143-5).

Colonos y jornaleros negros e inmigrantes antillanos —haitianos, sobre todo— constituían una fuerza numerosa dedicada a la siembra, corte, alza y tiro de la caña, las faenas de mayores exigencias físicas y peor pagadas. Probablemente, el peso demográfico de estos trabajadores contribuyó a que la negrura y la pobreza se instituyeran atributos relevantes en la construcción ideal que se hacía de los orientales. Tales consideraciones no aplicaban, por supuesto, para la clase pudiente del este, ya que sus miembros lograron, desde el siglo xix, una integración orgánica con las élites habaneras y los capitalistas estadounidenses, a través de asociaciones de carácter económico, político y familiar.

La expansión azucarera tuvo una influencia notable en la escalada del beisbol como pasatiempo verdaderamente nacional, una vez que a la elitista Liga Amateur —creada en 1914 e integrada por jóvenes burgueses blancos y habaneros, que podían darse el lujo de jugar solo por diversión—, y a la llamada Liga Cubana, de carácter profesional y a la cual la capital aportaba los conjuntos más potentes, como Habana y Almendares, se sumaron los equipos de los centrales, donde competían, en cortas y asistemáticas campañas que tenían como escenario los bateyes azucareros, blancos de humilde condición, así como negros cubanos y estadounidenses.

Roberto González Echevarría (2004) rememora:

Los equipos de los centrales no tenían demasiados escrúpulos sobre el carácter profesional de los jugadores; solo querían ganar y divertir, y estaban dispuestos a pagarles a los jugadores —cubanos o negros norteamericanos— para que actuaran en un único juego durante toda una temporada […] Algunos de esos equipos eran auténticos trabucos, formados por profesionales de las Ligas Independientes de Color norteamericanas, a los que se sumaban algunas estrellas cubanas. (340)

Reflexionando sobre las profundidades y extensiones culturales que nuestra cotidianidad expresa, también me he preguntado si los rasgos connaturales de los equipos conformados en los centrales azucareros, tales como el origen campesino, la cultura del batey —que es rural e industrial— y la relevancia del juego de pelota como resorte de movilidad social ascendente, alimentarán las diferencias que percibo en la psicología, el temperamento y las formas de ritualización del juego de los equipos orientales, cuando los comparo con los Industriales, herederos de los altivos almendaristas y los explosivos habanistas.

A menor ritmo que los enclaves azucareros, La Habana continuó creciendo a costa de la expansión de su red de servicios, hasta el crack financiero de 1929. Entonces la gente comenzó a abandonar el campo para evadir la depresión, el aumento del desempleo crónico y la amenaza de desalojo. De ahí que el saldo migratorio favoreciera incrementos de población en las principales ciudades del país, la capital en primer lugar, tendencia que se mantuvo durante la segunda mitad de la república burguesa neocolonial.

Sin embargo, las mayores cifras de recién llegados no eran aportadas por Oriente, sino por Las Villas, Matanzas y Pinar del Río. Entre 1953 y 1958 la ciudad capital creció 2,19% anual, índice que se incrementó hasta 2,9% entre 1965 y 1968, ya en el período revolucionario. Solo en estas últimas fechas, tres mediciones efectuadas por la Junta Central de Planificación comenzaron a destacar a Oriente como la provincia que más aportaba al crecimiento poblacional habanero, con 67 588 migrantes internos que equivalían a 18,2% del movimiento total (CEDEM, 1974: 153-8 y 162).

El triunfo de la Revolución cubana estimuló flujos migratorios de naturaleza nueva que tenían a La Habana como destino, mientras que la transformación cultural iniciada en 1961 con la Campaña de Alfabetización, abrió los centros educacionales a jóvenes de las capas populares que arribaban masivamente a la capital. Se trataba de migraciones voluminosas y relativamente controladas, si bien se mantuvo el movimiento espontáneo hacia occidente de los que anhelaban alcanzar nuevos horizontes.

El primer ministro Fidel Castro consideraba que la acusada diferenciación entre las condiciones de existencia de la ciudad y el campo, entre La Habana y el resto del país, constituía un estímulo a la migración desordenada hacia la capital. En fecha tan temprana como 1966 el líder de la Revolución alertaba:

Si nosotros no nos ocupamos de desarrollar el interior del país, si nosotros no llevamos a cabo una política de crear condiciones que hagan agradable la vida en el interior del país, el fenómeno de querer mudarse para La Habana seguirá manteniéndose y el problema de la capital será cada vez peor.

Lo cierto es que la Revolución materializó la utopía que, en los años 30, Jorge Mañach (1939) identificara con el «prurito profesional»; es decir, el deseo alentado por muchos padres cubanos de hacer profesionales a sus hijos, «aunque los medios económicos se opusieran a ello» (188). Otras condiciones hicieron posible lo improbable cuando a los otrora preteridos se les ofreció la oportunidad de protagonizar el mayor cambio de sus vidas, pues la obra emancipadora que entonces se inició exigía construir un país nuevo, y ninguna tarea especializada parecía reunir los brazos e intelectos suficientes.

Para 1975, fecha del primer Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC), el producto social global, cuyo sistema de indicadores se empleaba para medir el crecimiento económico, reportaba un promedio superior a 10% anual. La generación de electricidad multiplicó casi tres veces la de 1958, mientras la producción de acero crecía diez veces. La superficie cultivada duplicaba la de 1958 y la capacidad de agua embalsada se elevó de 29 000 000 de metros cúbicos a 4 400 000 000. Se construyeron 17 059 kilómetros de carreteras y caminos, cifra 1,7 veces mayor que la acumulada en toda la etapa capitalista. La flota mercante contaba con una capacidad de transporte nueve veces mayor a la de 1958 (Castro, 1975).

Tal como asevera Norma Montes (2000),

la acción inversionista priorizada en centros regionales, desde 1960, posibilitó disponer en el momento de instaurar la nueva división político-administrativa, en 1976, de ciudades que podían «encabezar» nuevos territorios de nivel provincial. La consolidación de las ocho nuevas provincias y de los nuevos centros-cabeceras municipales privilegió a estos lugares con las inversiones en infraestructuras sociales y técnicas, además de otras de corte industrial. (145)

Como consecuencia, el atractivo de La Habana como meta soñada comenzó a atenuarse, hasta que la crisis económica provocada por la implosión del socialismo europeo restituyó su primacía en la recepción de migrantes internos.

Los años 80 —cuya importancia política suele ser aminorada por el tremendo impacto que generó en la década siguiente la aparente unipolaridad de mundo— encarnaron un período de crecimiento y diversificación de los movimientos sociales. En las Américas, vimos ganar protagonismo social a los afrodescendientes e indígenas, ampliarse el espectro de los movimientos feministas y radicalizarse las demandas de trabajadores, estudiantes y actores comunitarios. Los nacionalismos unitarios se vieron confrontados por los llamados de sectores sociales, antes invisibilizados, a construir la unidad dentro de la diversidad.

Para quienes crecimos convencidos de la compacta identidad nacional cubana, tales discursos reivindicativos develaron un mundo nuevo de relaciones, diálogos y conflictos. Desconocerlos, anteponer la unidad monolítica a la natural interacción y negociación de las diferencias culturales, tuvo dramáticos desenlaces en la URSS, Yugoslavia y Checoslovaquia, cuyos modelos de integración nacional fracasaron, debido, entre otras causas, a sus contradicciones internas, muchas de las cuales no eran solo de naturaleza ideológica o política, sino también cultural.

Los procesos de renegociación política de «lo nacional» llevados a cabo en Bolivia y Ecuador, demuestran que el reconocimiento de las peculiaridades ofrece oportunidades para que grupos sociales otrora alejados dialoguen en pie de igualdad. Abrir cauces a las diversas formas y expresiones culturales que conforman una comunidad nacional, torna más difícil que los rasgos de la cultura dominante se instalen en la cota superior de los valores distintivos nacionales y, por medio de clasificaciones y jerarquizaciones, conviertan las formas culturales «periféricas» en manifestaciones de subdesarrollo o, en el mejor de los casos, en curiosidades folklóricas.

Para los cubanos ha sido cardinal, por supuesto, constituir «una sola etnia y una sola nación», como hemos argumentado tantas veces, si bien creo que la historia cultural y política de la Isla es el más firme cimiento de la armonía social que tanto se le admira. Las figuras relevantes del panteón nacional cubano provienen de disímiles lugares de su alargada geografía, aunque es Oriente la región más representada, no solo porque allí se fraguaron e iniciaron todas las guerras anticoloniales cubanas, sino, y, sobre todo, porque es la zona del país donde se radicalizó el pensamiento que las hizo posible.

Si a los efectos de estas consideraciones obviáramos el peso descomunal que en la historia patria tiene José Martí, habría que reconocerle a Oriente la paternidad del pensamiento y la acción más radical, desde Carlos Manuel de Céspedes hasta Fidel Castro. La autoridad histórica y moral de esa región —cuyas hijas e hijos han tenido participación protagónica en todo lo grande y bueno que en Cuba se ha hecho— ejerce cierto contrapeso sobre los excesos etnocéntricos de la región occidental y su presunta supremacía civilizatoria.

La subestimación, asentada en el menor desarrollo económico-social de Oriente, refuerza su despectiva mirada cultural con prejuicios raciales ejercidos no solo contra las personas negras que de allí provienen, sino también contra el «blanco oriental», aunque su blancura resulte tan relativa y sospechosa como la de sus pares de occidente. A esa representación social peyorativa se suman predisposiciones clasistas que perciben la ruralidad y la falta de refinamiento como rasgos distintivos de los ciudadanos del este. En las condiciones de Cuba, las interinfluencias entre origen territorial, clase social y filiación racial confieren carácter interseccional a las tensiones identitarias entre oriente y occidente. El análisis puede complejizarse aún más si introducimos la variable género para considerar los estereotipos sexistas sobre las mujeres orientales.

Con la crisis económica desatada en los años 90 y la intensificación del bloqueo de los Estados Unidos contra Cuba, la falta de financiamiento tornó inviable el proceso inversionista nacional, y el endurecimiento de las condiciones de vida de la población afectó más a quienes tenían menos, como siempre ocurre. En tales circunstancias, el patrón migratorio de períodos de crisis fue restituido y se produjo una avalancha desordenada hacia la gran ciudad, la cual solo pudo ser contenida parcialmente mediante la promulgación, en abril de 1997, del Decreto-Ley 217, una medida administrativa tan celebrada por los habaneros como criticada por pobladores del resto del país.

Las caracterizaciones de los migrantes internos realizadas por los demógrafos cubanos sobre la base de las dos rondas censales de este siglo —2002 y 2012— coinciden en que

se ha incrementado discretamente la participación de la mujer en la migración, ha disminuido la presencia de población migrante de color de la piel blanco entre ellos, han aumentado los porcentajes de población más escolarizada entre los migrantes y de manera significativa, se aprecia una mayor participación relativa de migrantes residentes en las áreas de destino, que se clasifican como dirigentes, profesionales y técnicos. (Morejón, 2007)

Las diferencias cualitativas entre los flujos de migrantes estudiados y la imagen que de ellos tienen muchos habitantes en los territorios receptores no se deben únicamente a las aprensiones generadas por el desamor y el aprovechamiento inclemente de la ciudad de una parte de los migrantes, sino que también son alimentadas por las subjetividades. La psicología social ha estudiado profusamente los mecanismos de construcción y diseminación de las representaciones sociales y caracterizado sus dos componentes básicos: uno histórico, que se trasmite intergeneracionalmente en una comunidad dada (siempre con mutaciones y transformaciones adaptativas que el escenario sociohistórico impone), y otro contextual, alimentado por la experiencia de las personas implicadas en esa construcción cultural.

Así, las memorias históricas, actitudes, sensibilidades, afectividades y comportamientos refrendados por una cultura, y los mitos y tradiciones que la sustentan, integran esa especie de magma que, resistente a la acción modificadora del tiempo, se transforma muy lentamente, a veces de modo imperceptible. Las innovaciones tecnológicas, las nuevas prácticas sociales, las redes comunicacionales y las respuestas de la sociedad ante diferentes coyunturas influyen en la dinámica de las representaciones sociales estimulando la permanencia o el cambio de estas. Mas sucede con frecuencia que la sociedad —poco atenta a los mecanismos de reproducción de las nociones, representaciones, emociones y sentimientos que las prácticas sociales construyen— suele achacar la preminencia de estereotipos inferiorizantes solo a factores de carácter histórico.

La socorrida frase «Los orientales son…» se torna una propuesta interpretativa cargada de estereotipos en tanto lecturas parciales, esquematizadas o deformadas de la realidad. Que muchas veces la imagen arquetípica se distinga por su función estandarizante resulta lógico porque el estereotipo, en su intento de sintetizar o resumir las características del todo, para aplicarlas operativamente a la unidad, se constituye también con prejuicios y desinformación.

El caso que nos ocupa resulta paradigmático, ya que muchos pobladores del occidente y centro de la Isla pasan por alto que Oriente es la región más diversa de Cuba, si nos atenemos a la topografía, contextos naturales, actividad socioeconómica, configuración racial y patrimonio inmaterial de las cinco provincias vistas de conjunto. Reafirmé esta impresión con la lectura de Oriente por dentro: Miradas a su heterogeneidad territorial, la obra más reciente de la geógrafa Luisa Íñiguez et al. (2017) y sus colaboradores, que fuera elaborada a partir de las estadísticas censales de 2012.

Oriente por dentro… puede remover nuestros prejuicios, al enfrentarnos con la cultura citadina de Guantánamo, que es atributo de los pobladores del municipio cabecera y no solo efecto de la infraestructura institucional creada allí por la Revolución; mostrarnos la diversidad en dos modelos de organización comunal tan diferentes como el de la envejecida, blanca y aburguesada Gibara y el precario y rezagado Jobabo; o ratificarnos cuánto nos falta por hacer para dar satisfacción a una población culturalmente emancipada y en la que, sin embargo, en fecha tan cercana como 2012 una de cada tres familias no tenía refrigerador, casi la mitad carecía de televisión a color y lector de DVD, seis de cada diez lavaban la ropa a mano, apenas una de cada veinte poseía una computadora, mientras una de cada seis viviendas todavía cocinaba con leña o carbón (91 y 112-5).

Como en el pasado, el migrante de zonas de menor desarrollo es percibido por muchos habaneros como una amenaza para la convivencia armónica, sobre todo si proviene de zonas devaluadas por el imaginario social y la tradición oral. Innumerables roces y encontronazos cotidianos en los que se cuestiona la educación formal, civilidad o contribución a la higiene comunal de las personas que han emigrado, provocan en el residente —que se define capitalino por nacimiento o por adopción— el mismo tipo de queja: «Aquí casi no quedan habaneros».

Ciertamente, la capital es la provincia del país que acredita menor índice de residentes autóctonos: alrededor de 68%, aunque los nativos aún constituyen mayoría (Íñiguez et al., 2014: 65). Los rigores de la vida cotidiana, la flacidez de sus tradiciones culturales y su sobresaltada futuridad han hecho de la capitalina una comunidad contemplativa y quejosa, persuadida de que «Los orientales están acabando con La Habana» y de que a tales compatriotas debemos la invención de la barbacoa. Por cierto, esta prejuiciada presunción desconoce un viejo hallazgo de la arqueología cubana: tanto el vocablo barbacoa como la experiencia de su construcción constituyen un legado aborigen. Así llamaron nuestros primeros pobladores a las obras que garantizaban la habitabilidad de los humedales cubanos y al sencillo artilugio donde asaban jutías, peces, tortugas y otras especies animales (Ortiz, 1996: 17).

Bajo la presión de un tipo de opinión social que juzga y descalifica a partir de estereotipos históricamente construidos, algunos nativos orientales silencian o niegan sus orígenes. Otros, se arropan con una cómoda «excepcionalidad» para ejercer la función de jueces del comportamiento de sus paisanos. No creo, sin embargo, que sea la actitud de la mayoría. Los orientales cuya amistad me honra han conjurado el desdén histórico del oeste con resilientes estrategias de construcción de su autoestima, las que se afincan en la relevancia de la región para la historia del país, el potencial simbólico de su tradición de luchas y de sus sitios y lugares históricos, así como sus bellezas naturales e idiosincrasia de sus pobladores.

Los intercambios de mensajes que acompañaron las jornadas finales de la 57ª Serie Nacional de Beisbol, acuden una y otra vez a este tipo de argumento, esencialmente el mismo que empleara hace casi veinte años la poeta bayamesa Lucía Muñoz (1999) en su artículo-respuesta a su amigo Arturo Arango:

Ser del interior es pertenecer a las márgenes del Cauto, del Toa, del Tínima, del San Juan o del Bayamo, del río que me vio nacer y aunque hoy esté diezmado por las presas para mí no ha perdido el encanto ni la belleza cantada por poetas a lo largo de los siglos. Ser del interior no es solo una manera de hablar sino una forma de entrega. Permanecer en él significa que la vida tenga otro tempo. (55)

El diseño metodológico de mi investigación me brindó la oportunidad de conversar con orientales que asumieron el reto de remover raíces y vivir en La Habana. Migrantes en cumplimiento de compromisos laborales y deberes estudiantiles o militares, enamorados audaces e incorregibles soñadores, prófugos de convencionalismos sociales y trotamundos con buenas intenciones, varias de estas personas narraron la aventura de su «desorientalización», dolorosa mudanza de piel que algunas aún recuerdan con ternura y dolor.

Cuidadosos de su acento y de las indiscreciones que el habla regional reporta a la convivencia habanera, muchos adultos orientales han renunciado a su universo visual, lexical y sonoro, así como a hábitos alimentarios y prendas de vestir que formaban parte de sus vidas. La mayoría tiene hijos y con algunos de esos jóvenes también conversé, para conocer cómo dialogan con las identidades orientales de sus padres y qué tal sobrellevan sus antagónicas lealtades deportivas. La ciudad y los hijos han erosionado bastante la pose indómita de los progenitores, pero, salvo excepciones, ninguna de estas personas aparenta ser otra. Se sienten orientales y no creen necesario hacer las maletas y regresar al terruño para mostrar fidelidad a sus orígenes.

El 23 de enero de 2018, la revista digital La Jiribilla puso nuevamente en circulación «¡Palestinos!», el mencionado artículo de Jorge Fornet, y dos días después Cubadebate lo replicó sin aclarar la fecha original de su publicación. Que la mayoría de los internautas lo recepcionase como un texto de aquí y ahora, solo demuestra qué poco hemos avanzado —en realidad, cuánto hemos retrocedido— en los últimos diez años, porque el insulto, políticamente incorrecto e ideológicamente denigrante es, ante todo, expresión del incremento de los niveles de violencia que acusa la comunidad habanera.

Ya sé que todos y cada uno de los orientales no son inocentes. Tampoco lo son todos y cada uno de los palestinos, según la tesis desarrollada por el realizador franco-libanés Ziad Doueiri en su película El insulto.[1] Nuestros orientales responden a las agresiones industrialistas gritando «Ruge, leona» y con la ofensiva feminización del adversario exteriorizan un machismo de la peor ralea. Los del Oriente Medio han sufrido ocupación, masacres y desplazamientos forzosos durante siete décadas y respondido a la violencia con una resistencia activa que genera, en ocasiones, víctimas inocentes.

Mas no creo que debamos evaluar los niveles de violencia social en Cuba solo a partir de manifestaciones extremas, como las vendettas de los carteles, los feminicidios y la prostitución de menores. Tal como va nuestro desvencijado mundo, nos sobrarían razones para sentirnos conformes y felices. Como la comparación más justa es la que se hace entre uno mismo y sus posibilidades, propongo que autoridades y ciudadanos depongamos todo tipo de tolerancia ante el maltrato (psicológico, verbal y físico) que sufren niños, mujeres y ancianos en nuestro país; que promulguemos leyes contra los agresores de animales, sean entrenadores de perros de pelea o sádicos conductores de coches de caballos, esos que descargan su ira sobre los animales indefensos cuando se resisten a andar sobre el asfalto ardiente.

La crítica a la cosificación de la mujer que propugnan el reguetón soez y sus infames producciones audiovisuales no será suficiente, mientras haya chicas dispuestas a cambiar su dignidad por tres minutos de cuestionable fama. También valdría la pena impedir la naturalización de las malas palabras para que no sigan perdiendo su función «desestresante». No existe ya un lugar suficientemente lejano e inhóspito a donde remitir a quien nos agrede u ofende y «¡Estás de p…!» lo mismo puede funcionar como un insulto, un elogio o un piropo. Pero antes, sería aconsejable construir una trinchera donde quepamos todos, para que las personas negras no seamos abrumadora mayoría en los espacios donde se discute y actúa contra el racismo. Para que no nos crucemos de brazos, confiados en que los gais  erradicarán la homofobia sin necesidad de que los heterosexuales nos mezclemos con ellos.

Cuando le mostré la primera versión de este ensayo a un colega con quien comparto mesa y caramelos en nuestras esporádicas sesiones de estudio, en la Biblioteca Nacional, tuve una idea más precisa de lo que significa «ser del interior», porque él leyó con atención mi texto, me miró con expresión dudosa y, finalmente, me preguntó muy serio: «Oye, ¿tú eres oriental?».

 

 

 

[1]. El filme evidencia las secuelas y tensiones confesionales e identitarias en el Líbano, pequeño país sacudido por una cruenta guerra civil entre 1975 y 1990, en el que se practican dieciocho religiones y conviven seis millones de personas, entre ellas un millón y medio de refugiados sirios y casi doscientos mil palestinos. El insulto, una coproducción franco-libanesa, fue nominada en 2017 al premio Oscar en la categoría de mejor película extranjera, y desde entonces ha ganado varios lauros internacionales.

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