El mito del segundo Roosevelt en la política de Cuba

Palabras claves: 
Resumen: 

En las dos primeras décadas del siglo xx, se construyó el mito de Teodoro Roosevelt por parte de determinados grupos en Cuba, especialmente dentro de los círculos de poder. A partir de la década del 30 y hasta los 50, se renovó esa construcción, esta vez en torno a su pariente Franklin Delano Roosevelt, fundamentalmente por grupos políticos que dominaban o disputaban el poder, y corporaciones burguesas que retomaban la imagen de amigo de Cuba como base del mito.

Abstract: 

In the first two decades of the XX century, some groups in Cuba, particularly associated with the power structure, constructed the Myth of Theodore Roosevelt. Beginning in the 1930s until the 1950s, this construction was reintroduced, this time around the figure of his relative Franklin Delano Roosevelt, mainly by the political groups in power or disputing it, and capitalist corporations that recovered the image of the Friend of Cuba as the basis of the myth.

Theodore Roosevelt, quien formó parte de las tropas que combatieron en Cuba en 1898 y luego fue presidente de los Estados Unidos, de manera reiterada fue exaltado como paradigma de la amistad de su país hacia la isla caribeña por algunos políticos y otros actores de la vida cubana, especialmente en las dos primeras décadas del siglo xx. Pocos años después, su primo Franklin Delano Roosevelt también fue objeto de múltiples alabanzas y elevado a consideraciones paradigmáticas por parte de representativos del campo de la política y de las corporaciones burguesas en Cuba. Si bien historiadores como Jorge Ibarra Cuesta (1992) hablan del mito de Roosevelt, refiriéndose al primero, se puede también hablar de un renovado mito en relación con el segundo.

El comienzo del mito rooseveltiano

El primer Roosevelt fue un referente para no pocos de quienes desplegaban su actividad política en los círculos de poder. En su relación con Cuba existían episodios que facilitaban la construcción de una imagen mítica, tal como su pertenencia al cuerpo de los Rough Riders y su participación en la intervención estadounidense en la guerra cubano-española, lo que servía de base para proyectarlo como uno de los hacedores de la independencia de la Isla. Un segundo momento fue durante el conflicto en torno a la relección de Tomás Estrada Palma, cuando el entonces presidente de los Estados Unidos dio a conocer su carta al homólogo cubano llamando a una solución interna, con lo que dejaba sentado ante la opinión pública que su gobierno no deseaba realizar una nueva intervención, a lo que se sumó la provisionalidad de esa presencia y el retorno de la administración a manos cubanas en menos de tres años. Independientemente de contextos condicionantes, estos dos hitos sirvieron de base para enaltecer la figura de Theodore Roosevelt, además de otros adornos colaterales.

Entre las opiniones que contribuyeron a fomentar la imagen de esa figura, se insertan las del ministro cubano en Washington, Gonzalo de Quesada y Miranda (1948), quien informaba la simpatía del Presidente en la batalla por el reconocimiento de la cubanía de Isla de Pinos. En ocasión de la «guerrita de agosto» de 1906, volvió sobre el elogio:

Frente a nosotros hay un enemigo que no descansa y que aprovecha nuestra desunión. Mañana, cuando nos falte la generosidad de un Roosevelt, la rectitud de un Root, la buena voluntad de sus asociados, y el afecto del pueblo americano, ya se encontrará la manera de no restablecer la República sobre bases duraderas o de echarla abajo, sirviéndose —para obra tan nefanda—  de brazos ignorantes y criminales de nuestra misma sangre. (t. I: 260-1, 262-3)

En esa circunstancia, Cosme de la Torriente (1939) decía, en un artículo en 1907, que confiaba tanto en la palabra de Roosevelt que creía que «el mayor peligro para Cuba está en que la República no se restablezca con todos sus organismos constitucionales antes de que en marzo de 1909 termine el período por el que dicho presidente fue electo jefe de esa gran nación» (17).

Quizás un hecho ilustrativo de la admiración que se construía alrededor de Roosevelt fue el despliegue publicitario con motivo de la boda de su hija, en 1906. Según el periódico El Fígaro (1906a), en su artículo «El regalo de boda de Cuba a Alicia Roosevelt», el Congreso cubano «votó la suma de 25 000 pesos para hacer un regalo de boda a la hija del presidente de los Estados Unidos, que se casará el 17 de febrero». Con ese motivo, la publicación convocaba a un concurso sobre cuál debía ser el regalo a la hija «del insigne hombre de Estado a quien debemos tanta gratitud» (52). El 11 de febrero se publicó el resultado, aunque ya estaba determinado el regalo. Según el periódico, el concurso había sido animado, pues 267 votaron por «una finca en el histórico lugar de Santiago de Cuba donde su padre combatió por la libertad de Cuba», 153 por un collar de perlas y brillantes, y hubo otras opiniones dispersas (1906b: 65). Otros, como Gonzalo de Quesada, emitieron opiniones acerca de esto como un asunto de trascendencia nacional.

Jorge Ibarra Cuesta (1992) explica lo que denomina «el mito de Roosevelt», especialmente evidente con motivo de su muerte en 1919, cuando en la prensa cubana aparecieron opiniones y valoraciones sobre su actitud ante Cuba, su república, independencia y soberanía que obviaban políticas como la «del gran garrote» o la imposición de la Enmienda Platt, entre otras. Ibarra cita y comenta declaraciones, entre ellas la de Antonio Sánchez de Bustamante que calificaba a Roosevelt de «insigne hombre de Estado norteamericano, gran amigo de Cuba»; la de Bohemia que lo llamó «mejor amigo de Cuba» y lo caracterizó como «eminente hombre de Estado norteamericano que amó a Cuba y luchó personalmente por su independencia», lo que de alguna manera se repite en El Triunfo al decir: «Cuba de duelo por la muerte de su mejor amigo» (1-4, 389-91). También figuras del independentismo emitieron similares valoraciones, es el caso de Enrique José Varona, Manuel Márquez Sterling y Cosme de la Torriente, quien puso el nombre de Roosevelt junto a los de los grandes libertadores Carlos Manuel Céspedes, Francisco Vicente Aguilera, José Martí, Máximo Gómez, Antonio Maceo y Calixto García, «como uno de los hombres que más hizo para que la Revolución cubana se estableciera como nación libre y soberana». En opinión de Ibarra, estas declaraciones son evidencia de la suplantación de la ideología nacional por una de la dependencia y la sumisión. Al mismo tiempo añade que este mito cumplía

de forma objetiva la función de ser una representación colectiva necesaria para el funcionamiento de la sociedad neocolonial, independientemente de las razones que pudieran conformar la actitud de las minorías radicales. (1-4, 389-91).

Ciertamente, la muerte de Roosevelt abrió el espacio para múltiples expresiones, como la del discurso de José Manuel Cortina publicado en Social, en febrero de 1919, donde destacó que este hecho había provocado conmoción «en los pueblos civilizados de la tierra» y pasaba a desglosar las causas, comenzando por el carácter de aquel estadounidense. Esto servía también para exaltar al país, pues decía que

solamente en una nación como los Estados Unidos, en donde, junto a los grandes vicios se levantan enérgicas y audaces virtudes, era posible que hombre como Roosevelt, tan personal y exclusivo, hubiese llegado, por el sufragio, a posiciones prominentes del gobierno y a sostenerse en ellas. (253)

Cortina señalaba su especial significación para los cubanos pues, según dijo, cuando ocupó la presidencia «no vaciló un instante y decretó la retirada de las tropas norteamericanas y la instauración de la República» (263), vista como cuestión de honor y de derecho para los Estados Unidos.

En 1920, Raimundo Cabrera se refería a «la noble conducta de Teodoro Roosevelt y sus emisarios Taft y Bacon que salvaron del naufragio a la joven república protegida» (33). Es evidente que la «clase política» cubana proyectaba la imagen de Theodore Roosevelt desde un tono admirativo generalizado.

Aparece el sucesor del mito

En marzo de 1933 asumió la presidencia de los Estados Unidos Franklin Delano Roosevelt, en una muy compleja coyuntura tanto interna como continental y mundial. El presidente demócrata aportaba una adaptación del discurso estadounidense a las nuevas circunstancias. Era un momento agudo de la crisis económica que había impactado las bases del sistema, con una afectación muy seria a sus relaciones continentales, cuando se había agotado la política del gran garrote y su combinación con la diplomacia del dólar, y en un contexto en el cual emergían voces que cuestionaban el papel de los Estados Unidos en el continente y se desarrollaban procesos tan peligrosos para su hegemonía como la presencia combativa de Augusto César Sandino en Nicaragua y el proceso revolucionario de los años 30 en Cuba, entre los más significativos. Roosevelt planteó un cambio de política interna en el país, el New Deal o Nuevo Trato, y para el exterior, la política de buena vecindad, que implicaba modificaciones de métodos y discurso, en un contexto complicado en el área continental, donde se cuestionaba la vieja práctica de desembarcos y ocupaciones militares. El mandatario inauguraba su período con un discurso en el que afirmaba el respeto entre vecinos, desde el cual buscaba restaurar la hegemonía estadounidense a nivel continental, desde reformas dentro del sistema. El nuevo lenguaje provocó algunas resistencias dentro del imperio, pero dominó como discurso, acompañado por variaciones en los métodos. Por tanto, no se trataba de un hombre que pudiera potenciarse como héroe, por los riesgos de acciones bélicas, al igual que el anterior, sino que serían otros factores los que incidirían en la construcción de su imagen.

En el caso cubano en particular, el inicio fue muy controvertido. En marzo de 1933, el gobierno encabezado por Gerardo Machado entraba en una crisis que sería definitiva en poco tiempo. La situación revolucionaria que se desarrollaba en la Isla se acercaba a su momento crítico, por lo que el «buen vecino» atendió el asunto desde el instrumento de la «mediación», desarrollada por el nuevo embajador Benjamin Sumner Welles, quien debió abandonar temporalmente su condición de subsecretario de Estado adjunto para resolver la crisis cubana sin una intervención formal, que sería, al nacer, la ruina del nuevo discurso. Su misión era mediar entre la oposición y el gobierno para buscar una solución dentro del sistema. Welles no pudo evitar la crisis definitiva, a partir de la acción popular que llevó a la caída de Machado el 12 de agosto, y días después la del equipo conformado alrededor de la mediación. El 4 de septiembre se producía la quiebra del dominio político de los sectores representativos del bloque oligárquico y, con ello, la instauración de un gobierno provisional que no respondía a la embajada norteña.

Roosevelt enfrentó la nueva circunstancia con la gestión conspiradora de su embajador, el aislamiento del gobierno presidido por Ramón Grau San Martín y el envío de veintinueve buques de guerra para rodear a Cuba; al tiempo que él mismo alentaba a la oposición a derrocar al nuevo equipo, a cambio del ofrecimiento de conversaciones para firmar nuevos tratados de comercio y de relaciones, lo que hizo público en las «Declaraciones de Warm Springs» (1952), el 23 de noviembre de 1933, cuando, además, dijo: «No se hará ningún progreso a lo largo de estos propósitos hasta que no exista en Cuba un Gobierno Provisional que, con el apoyo popular y la cooperación general, muestre evidencias de estabilidad genuinas» (525-6).

Finalmente, se produjo el golpe de Estado el 15 de enero de 1934, con el cual se iniciaba la recomposición del poder por los grupos afines a la embajada estadounidense, lo que permitía aplicar los métodos propugnados por el «buen vecino», tales como la firma de nuevos tratados de reciprocidad y de relaciones, entre otros acuerdos, sustitutivos de los firmados durante el gobierno del primer Roosevelt (Pichardo, 1980, t. IV: 439-48 y 418-20) de acuerdo con el artículo octavo de la Enmienda Platt (t. II: 119-20), que establecía la obligatoriedad de llevar a tratado permanente su texto completo, que incluía, entre otros aspectos, el derecho de los Estados Unidos a intervenir en Cuba así como la obligatoriedad de esta a vender o arrendar terreno para bases navales y carboneras estadounidenses. En 1934, se sustituyeron esos tratados por nuevos convenios que, en el caso del de las relaciones, eliminaba casi todos los artículos del primero, aunque dejaba en pie lo relativo a la base naval instalada en Guantánamo; mientras que el comercial ajustaba las rebajas preferenciales, con mayor desequilibrio a favor de los productos estadounidenses.

La mirada a Roosevelt

Como parte de los mecanismos de la nueva política estadounidense, en mayo de 1934 se aprobó una ley de cuotas azucareras, conocida como Ley Costigan Jones, que asignaba a Cuba el derecho a abastecer 29,40% del consumo estadounidense. La asignación al dulce cubano representaba una disminución importante, por cuanto la Isla abastecía alrededor de 50% de aquel mercado; sin embargo, fue bien recibida, pues, aunque la situara muy por debajo de su participación histórica, detenía su desplazamiento. Por otra parte, el nuevo Tratado de relaciones y el de reciprocidad comercial dieron lugar a expresiones de gratitud desde los grupos de poder económico y político. El dirigente de los hacendados, José M. Casanova (1934), se refirió a ellos y a otras medidas de manera encomiástica, pues, —decía sin ellos, Cuba en tres años hubiese quedado eliminada de aquel mercado como vendedora de azúcar (4, 14 y 16). Evidentemente agradecía ese trato, ya que garantizaba, al menos, una participación estable en el mercado norteño, aunque sacrificara el resto de los posibles renglones productivos del país. El señorío del azúcar dominaba el discurso y con ello la gratitud a los mecanismos de la «buena vecindad». Hubo voces que criticaron tal convenio, incluyendo las del movimiento obrero, pero no eran las que disponían de los mecanismos determinantes en las relaciones con el vecino.

Respecto al nuevo Tratado de relaciones, en ocasión de su ratificación el 9 de junio de 1934, el entonces secretario de Estado, Cosme de la Torriente (1939), desde el Palacio Presidencial expresó por radio su satisfacción por ese hecho; recordó a quienes se habían opuesto a la Enmienda Platt, y afirmó que, para lograr ese triunfo, se obtuvo «el concurso del noble pueblo americano y la ayuda de su gran presidente Franklin D. Roosevelt» (387). Más adelante volvió sobre esta apreciación al decir que este era resultado de un estudio largo y detenido, y «a la vez consecuencia del firme propósito que el Presidente Roosevelt tenía de ayudar a Cuba a recobrar la paz y el bienestar» (388). En 1938, en un artículo de Bohemia sobre el proceso de abrogación de la Enmienda Platt, Torriente afirmaba que «más que a nosotros los cubanos, la abrogación del Tratado Permanente se debió a los americanos, y a sus tres grandes hombres de Estado, el presidente Roosevelt, el secretario Cordell Hull y el secretario auxiliar Benjamín Sumner Welles» (401). Se mantenía el discurso de la gratitud y el elogio. Ese año, con motivo del aniversario 150 de la Constitución de los Estados Unidos, Miguel Coyula publicó «Roosevelt en el Capitolio», donde afirmó que el pensamiento básico de Roosevelt «afianza los principios de justicia y engrandecen a Norteamérica». Según Coyula, su discurso «reafirma suntuosamente las orientaciones que marcaron sus históricas palabras en la Conferencia Interamericana de Buenos Aires» (27).

La opinión de Ramón Grau San Martín resulta muy ilustrativa de esta imagen. El otrora presidente, que fuera víctima de la conspiración del gobierno de la «Buena vecindad», aspiraba a la máxima magistratura por el Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), y en 1937 Eduardo Chibás publicaba el artículo «Varias horas con Grau San Martín», en el que narró su visita a este en Miami y dijo que una voz en la radio condenaba las dictaduras y el fascismo y ofrecía ayuda a las democracias del orbe. En esa ocasión, Grau se refirió a Roosevelt como «adalid universal de la democracia, la libertad de los pueblos y la justicia social», y comentó que la política del Buen vecino era lo que Cuba necesitaba y añadió que se hablaba de los principios socialistas de Roosevelt (45). Grau reiteró este tipo de calificativo en ocasiones posteriores.

El periodista y dirigente liberal Ramón Vasconcelos evaluaba en 1940: «Los Roosevelt no se podían dar más que en los Estados Unidos y solo los Estados Unidos podían producir a los Roosevelt. Tipo humano y medio se corresponden y completan». Añadía: «Roosevelt no ha dejado de ser nunca el demócrata que es» (38). Hermanaba así el mito anterior con el de su contemporaneidad.

En la Bohemia de 24 de noviembre de 1940 se publicó el trabajo «Un buen amigo de Cuba», donde se ponderó al embajador norteño en la Isla, George S. Messermith como verdadero amigo de Cuba y los cubanos y se habló de la política de buena vecindad «preconizada y aplicada hasta sus últimas consecuencias por el presidente Roosevelt» (31).

Otra figura importante del mundo cultural cubano, Fernando Ortiz (1973), escribía en respuesta a una encuesta de Cuadernos Americanos, en 1947, «Imperialismo y buena vecindad». Allí hace una retrospectiva del origen del «imperialismo, aún no capitalista» y su diferente incidencia en las dos partes de América, luego se refiere al enunciado de la buena vecindad y dice que era

la confesión de que la vecindad interamericana hasta entonces había sido mala y que tenía que adecentarse. Y Roosevelt, Roosevelt el Grande, supo introducir «buenas formas» en el trato, iniciando un new deal interamericano.

Ortiz no era optimista en cuanto al futuro de las relaciones entre las dos partes del continente y decía: «América Latina va dejando de confiar en Washington» (311-9). No obstante, había plasmado el calificativo de «grande» para Roosevelt.

En los años 50 este todavía era referente. Según Armando Maribona (1959), defensor de la industria turística como la opción cubana del momento, «Cuba es un país autoabastecible solo en determinados renglones; en los demás dependemos y dependeremos del exterior, más concretamente de los Estados Unidos». Este autor fundamentaba su discurso en las posibilidades de atracción de turistas estadounidenses a Cuba, pues esta «puede beneficiarse de tan fabuloso mercado cultivando adecuadamente la industria turística», lo que hace descansar en las palabras de Franklin Delano Roosevelt, cuando lo visitaron los dirigentes de la Unión Social y Económica de Cuba, en 1935, para exponerle la precaria situación económica de la Isla, y él respondió:

Cuba debe dar mayor atención al turismo, desviándolo de las prácticas que hasta ahora se han seguido, que tienen por base el juego, carreras de caballos, casinos, etc.; porque las masas que van tras esos incentivos no pueden satisfacer a ningún país que ansíe su bienestar y que pretenda hacer del turismo una fuente positiva de ingresos.

Proponía que se fomentaran campos de tennis, courts de golf, cotos de caza, campamentos de pesca y similares. Maribona mostraba estas recomendaciones como criterio de autoridad (16).

Los libros escolares no fueron ajenos a este mito. Fernando Portuondo (1957) en su Historia de Cuba, recomendada como libro de texto para los Institutos de Segunda Enseñanza de Cuba por el Ministerio de Educación, señala que, cuando azotaba la crisis de 1929, «afortunadamente» entró a gobernar un nuevo presidente en los Estados Unidos. Franklin Delano Roosevelt, «cuya política del buen vecino», inspirada en el propósito de «conquistar las simpatías» en el Hemisferio Occidental para los Estados Unidos, «con vistas a un conflicto internacional que ya asomaba en el horizonte», encontró un excelente campo de ensayo en las relaciones políticas y económicas con Cuba (643).

La muerte de Roosevelt en 1945 tuvo un gran impacto en algunos círculos en Cuba y potenció la imagen cuya construcción había comenzado antes. Cuando se conoció la noticia, hubo expresiones diversas, varias de las cuales fueron recogidas en la revista Bohemia (1945). El presidente Grau San Martín opinó: «Con el fallecimiento del presidente Roosevelt la humanidad está de duelo, y Cuba ha perdido un gran amigo». El presidente del Senado declaró: «Los pueblos libres del mundo, por cuya causa ofrendó su vida, la mejor prueba de gratitud que pueden rendir a su memoria es aplicar en la posguerra los nobles postulados de que fue actor, defensor y líder». El presidente de la Cámara expresó: «Cae rendido por el esfuerzo de la guerra en que ha sido el primer soldado». Carlos Saladrigas, del Partido Demócrata dijo: «El Presidente Franklin Delano Roosevelt era el más alto y característico representante del pensamiento político de nuestra actual civilización». Para Alfredo Hornedo, del Partido Liberal, «su hermosa doctrina de la buena vecindad no fue una teoría que se disolvió en promesas, sino una ruta que plasmó en hechos reales». Juan Marinello del Partido Socialista Popular, sin embargo, opinó: «Los pueblos de la tierra lo verán, lo seguirán viendo como uno de los Tres Grandes, de los tres capitanes ilustres en la lucha contra la barbarie».[1] El senador Emeterio Santovenia, del ABC, dijo:

Para los que creemos que Lincoln es el primero entre los grandes hombres que han tenido los Estados Unidos de América, la entrada de Roosevelt en la eternidad es tanto como admitir que el epónimo emancipador cuenta ya con un parigual suyo en el empeño redentor, en la serena energía, en la cristiana comprensión de los valores humanos y en la estoica disposición hacia el sacrificio.

El Arzobispo de La Habana se refirió a que Dios «cuando la Humanidad avanza hacia el principio de una era nueva, llama a juicio al más preminente hombre de los tiempos presentes, al presidente de los Estados Unidos de América, Franklin Delano Roosevelt». Según la publicación, se unieron al duelo la Central de Trabajadores de Cuba, la Federación Estudiantil Universitaria, las instituciones profesionales, las organizaciones cívicas y las entidades culturales, de la industria y del comercio, y los periodistas (25).

Entre los que se pronunciaron estuvo el Consejo Universitario de la Universidad de La Habana. En reunión del 13 de abril de ese año acordó hacer patente al gobierno y al pueblo de los Estados Unidos su «hondo pesar» por la muerte de su presidente, «primera figura de la democracia mundial y gran amigo de Cuba»; también aprobó la Resolución rectoral suspendiendo las actividades por setenta y dos horas y la creación de una comisión, presidida por el rector, para organizar «una velada necrológica» que se celebraría en el Aula Magna (Boletín Oficial Universitario, 1945: 9). Por su parte, el Consejo Económico Universitario, el 18 de abril, al reunirse por primera vez después del fallecimiento de Roosevelt, «insigne estadista que con una política sincera de buena vecindad, comprendida y practicada, hizo que renaciera la confianza y la fe de los países americanos, plasmando en realidad tangible la unión de las veintiuna repúblicas americanas», guardó silencio, de pie, por un minuto y acordó conceder un crédito para crear en la Universidad una «galería panamericana», en homenaje «al gran demócrata», donde estaría la figura de relieve de cada país americano (212).

La revista Bohemia publicó una serie de cuatro artículos de Carlos Márquez Sterling bajo el título «Roosevelt, creador de un mundo nuevo», en el mes de septiembre de 1945 en cuyo final el autor afirmó que aquel era «uno de los hombres más grandes que ha producido la humanidad» (67). Y en el periódico Prensa Libre, el periodista Enrique Yániz (1945) planteó que los cuarenta y un millones de pesos de Cuba que estaban depositados en la tesorería de los Estados Unidos debían reclamarse por el gobierno y dedicarlos a construir la Ciudad Roosevelt, para restaurar las fuerzas a los soldados estadounidenses que volvieran del frente necesitados de un clima y un ambiente acogedor (39).

Otra iniciativa correspondió a G. Rodríguez Morejón (1945), quien dijo haber concebido, mucho antes del fallecimiento de Roosevelt, rendirle «un cálido homenaje a su grandeza», pues «imbuido de admiración, como todos los hombres demócratas de la América» y de justicia histórica por «los beneficios que la obra del inmenso estadista ha reportado a los pueblos todos del continente», había pensado en un símbolo de solidaridad continental que fuera un gran monumento financiado por cuestación pública, con el aporte de no más de cinco centavos por persona de toda América, que se emplazaría en Cuba. En su opinión, Roosevelt era un hombre «de los que hay pocos en la historia de nuestra civilización», en su palabra y obra

hay todo un evangelio, un novísimo testamento, sin deidad ni profetas, pero con un inigualado concepto de moral humana, de justicia social», a lo que agregaba que con Roosevelt se abría «una nueva era en la historia humana.

Elogiaba la unidad de América «cultivada por Roosevelt en un medio adecuado de sinceridad, mutuo respeto, buen entendimiento, comprensión» (21).

Como puede verse en los ejemplos expuestos, se construyó una imagen de Franklin Delano Roosevelt —sobre todo por quienes actuaban en la política cubana— que retomaba el sentido mítico que rodeó a su pariente Theodore, solo que en nuevas circunstancias, cuando la crisis del sistema en Cuba llevó a su reordenamiento, dentro de la época, del discurso y los métodos de la buena vecindad. En esta construcción, participaron hasta quienes habían sido víctimas de la acción rooseveltiana, como es el caso de Grau San Martín. Sin duda, para quienes se movían en espacios de poder o aspiraban a ello, resultó importante compartir esa construcción que se extendió a otras esferas como parte de la inserción en la dependencia neocolonial.

 

[1]. Juan Marinello se refirió a los «Tres Grandes», Roosevelt, Winston Churchill y Iósif Stalin, por sus papeles durante la Segunda Guerra Mundial (Bohemia, 1945: 24-5).

Referencias

 

Bohemia (1940) A. 32, v. 32, n. 47, 24 de noviembre.

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Cabrera, R. (1920) Mis malos tiempos. La Habana: Imprenta El Siglo XX.

Casanova, J. M. (1934) El Tratado de reciprocidad con los Estados Unidos. La Ley Costigan-Jones. La Habana: (s. e.).

Chibás, E. (1937) «Varias horas con Grau San Martín». Bohemia (ejemplar mutilado), septiembre.

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Coyula, M. (1938) «Roosevelt en el Capitolio». Bohemia, 3 de octubre, a. 29, n. 40.

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El Fígaro (1906a) A. XXII, n. 5, 4 de febrero.

______ (1906b) A. XXII, n. 6, 11 de febrero.

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