«Cuba tal cual es» (según Ben Rhodes)

Resumen: 

Se reseña el libro The World As It Is (El mundo tal cual es), de Ben Rhodes, publicado en Londres, en 2018, por The Bodley Head. El texto de Rhodes, ex asesor de Barack Obama, contiene sus memorias políticas en las que presenta una perspectiva sobre Cuba muy diferente a las de los anteriores funcionarios estadounidenses.

Abstract: 

The book review The World As It Is, by Ben Rhodes, published in London, in 2018, by Bodley Head, a former advisor to Barack Obama, Rhodes’ text contains his political memoirs in which he presents a perspective on Cuba that is very different from that of previous US officials.

Reseña de The World As It Is, de Ben Rhodes (Londres: The Bodley Head, 2018), en particular de los capítulos que se refieren a Cuba. Redactada en La Habana, en diciembre de 2018.

 

Lo único que Ben Rhodes (2018) sabía con certeza acerca de Cuba cuando comenzó a negociar con el gobierno de la Isla era que todos los esfuerzos anteriores para mejorar las relaciones habían fallado. Sin embargo, llegó a comprender claramente algunas de las constantes contradicciones de la política de los Estados Unidos hacia su vecina. En sus memorias políticas, The World As It Is [El mundo tal cual es], el ex asesor de Barack Obama escribe:

Nuestro Departamento del Tesoro impone al comercio con Cuba un embargo que se estableció en los años 60, aun cuando la USAID [Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional] trata de enviarles a los disidentes internos teléfonos e impresoras que estarían más disponibles si no existiera un embargo». (46)

Rhodes carecía de experiencia en el diseño de la política hacia Cuba. En su primera reunión secreta con representantes cubanos, su respuesta a la lección de historia sobre las agresiones de los Estados Unidos que le dio Alejandro Castro fue: «Entiendo que esa historia es importante para ustedes, pero yo ni siquiera había nacido cuando ocurrieron muchos de esos acontecimientos» (215).

Para un estadounidense, estar hoy en Cuba significa enfrentar un sinnúmero de contradicciones relacionadas con su presencia en el país, y es una experiencia que apenas se acerca a lo que significa ser cubano en la Isla. Dudo que sea posible para muchos norteamericanos, o incluso para funcionarios de su gobierno, comprenderla como un nacional. Sin embargo, en sus memorias, Rhodes presenta una perspectiva sobre el país muy diferente a las de los anteriores funcionarios. Él ayudó a diseñar los cambios en la política, que incluían sacar a la nación caribeña de la lista de Estados patrocinadores del terrorismo, disminuir el embargo estadounidense, y restablecer las relaciones diplomáticas. Tales cambios pudieron haber sido una vía para lograr el mismo propósito que el gobierno norteamericano ha perseguido durante seis décadas, promover la «reforma» del sistema económico y político de Cuba, pero se realizaron de modo diferente, sin insistir en el cambio de régimen.

Antes del 17D (17 de diciembre de 2014), Cuba y los Estados Unidos ya cooperaban en temas como lucha antiterrorismo, migración, prevención de huracanes, y lucha contra el narcotráfico. La historia de sus relaciones prueba que ambos países están, como Rhodes describe, trabados, como «dos boxeadores exhaustos abrazados al contrincante, enfrentados entre sí, aunque necesitándose mutuamente como complementarios» (348). Existan relaciones diplomáticas formales o no, turismo o no, las inevitables consecuencias de ser vecinos continuarán obligando a las dos naciones a cooperar de alguna forma.

Aunque entre los Estados Unidos y Cuba ha habido relaciones tras bambalinas desde 1959, el restablecimiento de las diplomáticas en 2014 fue la primera vez, si exceptuamos las visitas del ex presidente Jimmy Carter en 2002 y 2011, que los representantes del gobierno estadounidense mostraron públicamente una forma respetuosa de negociar. Esta vez hicieron patente su voluntad de respetar la misma igualdad diplomática que los Estados Unidos otorgan, al menos oficialmente, a la mayoría de los países del mundo. Incluso si el restablecimiento de dichas relaciones fuese una táctica diferente o una vieja estrategia para promover sus políticas «prodemocracia» en la Isla, los funcionarios, como Rhodes, han mostrado disposición a sentarse a la mesa con los funcionarios cubanos en calidad de iguales.

Rhodes ofrece una visión sobre Cuba compartida por muchas personas que la han visitado: ve un país atrapado en el tiempo, estancado por años de dependencia externa y que persevera en mantenerse así. Si bien es cierto que las calles están llenas de autos muy viejos, y que muchos edificios se están derrumbando, Cuba es un lugar que continúa evolucionando y creciendo como cualquier otro sitio del mundo. Contrario a lo que Rhodes ha sugerido, no está «congelado en el tiempo por la ausencia del vínculo norteamericano» (347). Es un error creer que el nexo con los Estados Unidos determinaría la vida en la Isla. En todo caso, es un lugar en constante evolución, debido a esa ausencia. Desde las políticas cubanas en materia de relaciones internacionales hasta las formas en que se reparan las bicicletas, todo se ve afectado, de algún modo, por el bloqueo económico norteamericano, que se anuncia en diversas vallas como el «más largo genocidio de la historia».

Rhodes enfatiza que, al escribir el discurso que Obama pronunció en el Gran Teatro de La Habana «Alicia Alonso», intentó «pintar el cuadro de un futuro en que hubiera espacio para la historia de todos» (358). Para Rhodes, todos incluye a los disidentes cubanos que protestan contra el gobierno, a los empresarios que construyen una nueva economía, a los exiliados en los Estados Unidos, y a los cubanos sin voz en la política y que simplemente quieren una vida mejor. En esta lista se nota la ausencia de los que apoyan fervientemente al gobierno. Las personas que ha dejado fuera, y que muchos estadounidenses se niegan a reconocer, son aquellas que valoran lo que la Revolución ha hecho por ellos y por sus familias, aunque continúan haciendo críticas al sistema y apostando por un mayor crecimiento. Entre todos los cubanos que he tenido el privilegio de conocer en La Habana, este tipo es el más común, lo mismo que muchos estadounidenses que aman su país y se dedican, con grandes o pequeñas acciones, a mejorarlo.

En el momento en que escribo esta reseña (2018), Cuba está inmersa en la elaboración de una nueva Constitución. Difícil de imaginar en los Estados Unidos, ella tiene la intención de reflejar y basarse en los cambiantes intereses de la sociedad cubana. Sin embargo, esa «sociedad» la integran millones de individuos diversos, cada uno con sus propias esperanzas y sueños para el futuro. Los debates constitucionales son intensos y ampliamente participativos; las críticas sobre el socialismo, el comunismo y las concepciones del gobierno cubano sobre la libertad política se comparten abiertamente, junto con comentarios sobre un amplio espectro de temas. Los debates están organizados por vecindarios, universidades, escuelas y centros laborales. Bastante cercana a la valla que denuncia el bloqueo económico de los Estados Unidos, se encuentra otra en que se puede leer: «Reforma constitucional: Mi voluntad, mi Constitución. Soy partícipe de la elaboración de mi Constitución».

Los debates constitucionales representan solo un ejemplo de cómo me ha confundido la educación que recibí en los Estados Unidos sobre Cuba. Nunca imaginé que vería a un estudiante cubano de pie en un auditorio preguntar: «¿Si el proyecto constitucional garantiza la libertad política, entonces cómo puede decir que el Partido Comunista, como fuerza superior de la sociedad y del Estado, trabaja para organizar y orientar los esfuerzos comunes hacia la construcción del socialismo?». Este comentario fue escuchado con respeto y total atención. No estoy ofreciendo este ejemplo con la intención de significar que los ciudadanos cubanos disfrutan de total libertad política o libertad de expresión. Hay un solo partido político en Cuba —el Partido Comunista de Cuba (PCC)—, aunque se pudiera decir que las elecciones son más democráticas que cualesquiera otras en los Estados Unidos. No hay campañas multimillonarias, el dinero no representa una ventaja para ningún candidato.

Puedo decir que la situación en la Isla es mucho más compleja que la dicotomía enunciada por muchos estadounidenses y cubanos. En ocasiones se presenta como un país en el que no hay ninguna libertad política o, por el contrario, existe completamente; ninguna libertad de expresión o toda de expresión; ningún respeto a los derechos humanos o total respeto a estos. La realidad está, de algún modo, en un punto medio, con el que muy pocos están familiarizados. El análisis de Cuba que hace Rhodes habría sido mejor, paradójicamente, si hubiera reconocido las complejidades de su situación política.

Rhodes ofrece, básicamente, la impresión de que el pueblo cubano está atascado en medio de una guerra política, incapaz de vivir feliz y libremente. Lo describe como seres sin entusiasmo a causa del anacronismo del viejo régimen y listos para un cambio. Aunque es cierto esto último, Rhodes es incapaz de ver cómo las políticas revolucionarias se manifiestan en la vida diaria del país; por ejemplo, un médico de la familia ofreciendo de forma gratuita una sesión de ejercicios para mujeres de la tercera edad en un parque público, escolares de todas las razas en un aula de tercer grado, un hogar materno o una casa de abuelos. Yo tengo el privilegio de haber presenciado todos estos ejemplos de bondad, atención e la igualdad. Alguien me dijo que Cuba no es el infierno que algunas personas describen, pero tampoco es el paraíso: si en un hospital hay de pronto un apagón o el ascensor se descompone los enfermos tienen que subir por las escaleras; los maestros pueden llegar a las escuelas y no haber un aula disponible o libros con los que enseñar. Sin dudas, el embargo ha dañado al pueblo cubano, y el gobierno no siempre ha diseñado políticas económicas eficaces para afrontar esos desafíos.

El racismo, el sexismo, la homofobia y la desigualdad de ingresos aún existen en Cuba, a pesar de que, a través del discurso oficial, se ha insistido en su erradicación. Rhodes no mencionó estos temas en la misma medida que las demandas políticas, pero es necesario reconocer su existencia. La diferencia entre la forma en que estas estructuras de opresión existen en los Estados Unidos y Cuba se basan en que, de un lado, están institucionalizadas, mientras que, del otro, se trata de prácticas sociales que expresan el prejuicio y la discriminación.

Según Rhodes, el gobierno cubano lleva a cabo una represión intensa para prolongar una era de desfasado régimen revolucionario. Muchas personas en la Isla me han expresado su amor genuino por Fidel Castro; se han declarado orgullosamente miembros del Partido Comunista. No creo que en estos casos pudiera considerarse un «lavado de cerebro», como tampoco lo creo del mismo orgullo con que muchos estadounidenses mantienen su filiación política. Así como existe un doble rasero cuando estos critican a Cuba, debe hacerse énfasis en que muchas de las libertades que se disfrutan en los Estados Unidos no existen en Cuba. No tengo ni el conocimiento ni la autoridad para comentar sobre la existencia de prisioneros políticos en Cuba, preocupación principal de la administración Obama y tema importante en el análisis de Rhodes.

Uno de los momentos más sorprendentes de las descripciones de Rhodes acerca de los encuentros con funcionarios cubanos, fue su reunión con el entonces presidente Raúl Castro. Cuando el equipo de negociación estadounidense exhortó al cubano a reformar la economía, a permitir que negocios extranjeros contratasen cubanos directamente y a mostrar más contención en su tratamiento a quienes se oponen al sistema político, Raúl respondió: «Saben qué... a los estadounidenses les gusta darle caramelos a la gente, para hacer lo que ellos quieren en América Latina. Pero Cuba no está interesada en caramelos» (351). La larga historia sobre la insistencia de Cuba en su soberanía y su autonomía apoya esta aseveración. Sin embargo, no se debe malinterpretar esta declaración como una falta de cooperación. Se trata de recordarles a los Estados Unidos, acostumbrados a prescribirles los planes políticos y económicos a otras naciones soberanas, que el gobierno cubano siempre actuará, en primer lugar y, sobre todo, según su propia decisión.

La independencia de acción es algo que también esperan los Estados Unidos en sus propias relaciones internacionales, aunque no tiene la misma actitud cuando se trata de Cuba. Exhorto a mis compatriotas a imaginar que cualquier nación amenazara con eliminar las relaciones diplomáticas con la nuestra a causa de las masivas violaciones a los derechos humanos que ocurren diariamente en las prisiones, donde están encarcelados uno de cada cuatro prisioneros en el mundo. Allí no hace falta ser un disidente político para ser encarcelado. Otra violación es el tratamiento ilegal e inmoral a niños inmigrantes en campos de detenidos, que la administración de Donald Trump ha intentado justificar una y otra vez.

El asunto de los presos fue fundamental en las negociaciones de Rhodes con Cuba. Uno de los objetivos principales del gobierno estadounidense fue asegurar la liberación del contratista de la USAID Alan Gross, prisionero en la Isla. Aunque varios actores del gobierno y el propio Gross han negado las acusaciones de intentar fomentar la disidencia política en Cuba, Rhodes admite que este estaba, en efecto, tratando de entregar tecnología a los disidentes cubanos. Uno se puede preguntar, naturalmente, qué pasaría si Cuba enviara agentes a los Estados Unidos bajo el disfraz de la asistencia humanitaria para conspirar en contra del gobierno. Para comprender esa dinámica basta con el vergonzoso ejemplo del encarcelamiento de los cinco cubanos en los Estados Unidos. Aunque se trataba de un punto clave para negociar la liberación de Alan Gross, el caso de los Cinco era relativamente desconocido en aquel país. Arrestados en 1998 por obtener información acerca de las conspiraciones terroristas en Miami contra Cuba, los Cinco fueron encarcelados en 2001 bajo sentencias que iban desde trece años hasta cadena perpetua, luego de un juicio que el propio abogado de Alan Gross calificó como «una desgracia» (LeoGrande y Kornbluh, 2015: 429). Al final de las negociaciones, este y un agente de la inteligencia norteamericana no identificado fueron liberados a cambio de los tres cubanos que aún permanecían en cárceles estadounidenses.

Cuando Rhodes salió de La Habana en 2014, dejó atrás, como posible legado, una de las negociaciones más exitosas entre los Estados Unidos y Cuba del período de la Revolución; además del restablecimiento de las relaciones diplomáticas, se autorizó mayor intercambio pueblo a pueblo, y también algunas transacciones financieras con Cuba. Se restableció el servicio postal directo, y aunque puede demorar en llegar hasta seis semanas, el intercambio postal representa un incremento simbólico de la comunicación.

Existe un interés por parte de los Estados Unidos de abrir el comercio de productos agrícolas, medicamentos y tecnología. El Congreso ya ha ratificado el proyecto de Ley Agrícola, con una enmienda que permitiría que se usen los fondos de los contribuyentes para programas de su Departamento de Agricultura, bajo la gestión de organizaciones independientes, que promuevan la exportación a Cuba de productos y alimentos agrícolas (U.S.-Cuba Trade and Economic Council, 2018). Aunque la administración de Presidente Trump va a permitir demandas de propiedad contra el gobierno cubano, las acciones del Congreso respecto a la Ley Agrícola demuestran que hay intereses por parte del estadounidense en abrir caminos positivos y mejorar las relaciones.

Sin embargo, los anticubanos de línea dura, como Marco Rubio, aún dominan la visión sobre Cuba en el Congreso de los Estados Unidos, el consentimiento de aquel en relación con la Ley Agrícola podría significar un paso en la dirección correcta. De acuerdo con el Título III de la Ley Helms-Burton, en última instancia le compete al Congreso la total eliminación del embargo, el paso de mayor relevancia que debe efectuarse para restaurar las relaciones entre los Estados Unidos y Cuba. El levantamiento del embargo daría finalmente al traste con casi seis décadas de bloqueo económico. En cuanto a cuál sería el siguiente paso, esto representará un desafío para ambas partes, en el momento de superar el statu quo, y continuar la trayectoria de Rhodes y sus contrapartes cubanas en la negociación. Del lado cubano, existe una preocupación legítima acerca de un posible «tsunami americano», que cambie de mala manera el modo de vida en la Isla. Es más fácil, para ambos gobiernos, continuar con las políticas obsoletas en ambas direcciones; el cambio es difícil. Sin embargo, se beneficiarían enormemente en los campos de la salud, la educación, el comercio y otros. Espero que se encuentre un camino que valga la pena para ambas partes.

Todos los martes, miércoles y jueves tomo el P2 desde la esquina de las calles G y 9 hacia la Universidad de La Habana. Estudio la obra escrita y el pensamiento de Félix Varela y Morales, Enrique José Varona, José Martí y Fernando Ortiz, junto a treinta estudiantes universitarios cubanos. Yo, una ciudadana estadounidense, cuyos antepasados presenciaron la historia de las relaciones entre los Estados Unidos y Cuba, ahora desde una perspectiva muy diferente, desde el otro lado del océano.

La historia podría ocurrir por casualidad, o quizás por una razón. Pero en cualquiera de los dos casos, entre Cuba y los Estados Unidos continúan existiendo lazos de una intimidad singular. Una frase en The World As It Is me es muy cercana, por el tiempo que he estado en La Habana; la que aparece en un discurso escrito por Rhodes y pronunciado por Obama en el Gran Teatro de La Habana «Alicia Alonso» durante su viaje a Cuba. Frente a Raúl Castro, y un auditorio de cubanos y estadounidenses, aquel declaró: «Conozco la historia, pero me niego a verme atrapado en ella» (351). Mirando hacia el futuro, ojalá que todos lleguemos a conocer la historia, y evitemos quedarnos atrapados en ella.

Traducción: Rogelio Frank Luis Castro.

Referencias

 

LeoGrande, W. M. y Kornbluh, P. (2015) Back Channel to Cuba: The Hidden History of Negotiations between Washington and Havana. Chapel Hill: The University of North Carolina Press.

Rhodes, B.  (2018) The World As It Is. Londres: The Bodley Head.

U.S. —Cuba Trade and Economic Council (2018) «Cuba & the 116th U.S. Congress: Who’s Who». Nueva York. Disponible en <http://cort.as/-Fgyj> [consulta: 12 marzo 2019].