Poner la ciencia en lengua diaria

Resumen: 

José Martí vivió en tiempos de transformaciones tecnológicas espectaculares, en tiempos de grandes avances científicos, los cuales siguió de cerca y buscó la manera de dar a conocer en «nuestra América». Desde su posición ética, comprendió la importancia de tales adelantos, pero estos debían ser puestos en función del bien de la humanidad. La ciencia y su desarrollo no podían ser coto de privilegiados, sino estar al servicio del ser humano.

Abstract: 

Jose Marti lived in times of spectacular technological transformations, in a period of great scientific advances, which he followed closely and looked for ways to convey in “Our America”. From his ethical position he understood the importance of those developments, but considered that these were to be placed at the service of the good of humanity. Science and its progress should not be the dominion of the privileged, but the benefit of all human beings.

José Martí se acercó al mundo de la ciencia, al de los adelantos técnicos de su época desde la perspectiva humanista que lo caracterizaba, desde la ética que guio su vida toda. Su contexto era deslumbrante en cuanto a los avances tecnológicos que cambiaban la vida de muchos seres humanos, a lo cual no fue ajeno el cubano, por el contrario, se introdujo en aquel cambiante mundo y reflexionó sobre él, y sobre todo lo planteó desde el sentido que debía tener: estar en función del ser humano, de su mejoría, de fomentar un mayor bienestar colectivo y, como parte de ello, la paz. La época martiana fue escenario de avances científico-técnicos extraordinarios, que el propio Martí (2016e) calificó «de ferrocarriles, de electricidad y de maquinaria» (205), y que también caracterizó como «todo es ferrocarril, teléfono, telégrafo» (2016d: 176). Precisamente, esas peculiaridades provocaban una manera diferente de vivir, acelerada, de sueño inquieto, donde, afirmaba Martí, no había tiempo para reparar las fuerzas, en la cual los inventos e innovaciones se revertían —por lo general— en acciones que aceleraban el ritmo en que se vivía. La segunda mitad del siglo fue espacio para un conjunto de descubrimientos y nuevas tecnologías que cambiaron la vida de los habitantes de una parte importante del planeta. Con centro en Europa, los Estados Unidos acompañaron tales novedades, y de algunas de ellas fue testigo el cubano. Recuérdese que, desde 1844, el perfeccionamiento de la telegrafía eléctrica permitía la conexión en todo el país, y en 1867 llegó el teléfono, con Graham Bell; pero también estaba la máquina de escribir, la registradora, el linotipo, la prensa rotativa, la lámpara incandescente de Edison, la «máquina parlante perfeccionada» con el fonógrafo; asimismo descubrimientos como las ondas electromagnéticas, los rayos X, la teoría de los electrones, la radioactividad, el sistema periódico de los elementos químicos, el caucho sintético, y, junto a ello, el dinamo, el motor de gasolina, la locomotora eléctrica, el dirigible, el torpedo, el hormigón, la ametralladora; en n, la vida cambiaba con las aplicaciones de las novedades cientí cas en la producción, las comunicaciones y hasta en las armas de guerra. Todo esto permitió la aparición del cinematógrafo, entre otros inventos deslumbrantes.

Ese fue el tiempo de Martí, vivido en Nueva York fundamentalmente, donde la gente se transportaba en el tren elevado hacia distintos puntos de la ciudad. Pero tales avances científico-técnicos ¿estaban en función del ser humano, de su bienestar?, ¿cómo repercutían en las personas?, ¿cómo los veían y se veían quienes se consideraban centro de tales fenómenos?

En su etapa juvenil, en su primer destierro a España, Martí había anotado ya unas reflexiones que denotan una posición ante los avances materiales y su relación con el desarrollo espiritual. En un Cuaderno de Apuntes anotó la contraposición entre lo que se priorizaba: si el sentimiento o la utilidad. Sobre esta disyuntiva, afirmó: «Los norteamericanos posponen a la utilidad el sentimiento. —Nosotros posponemos al sentimiento la utilidad» (2002d:15). Tal afirmación estaba seguida de consideraciones en torno a esta idea, donde mantenía las contraposiciones: mientras nosotros llorábamos, ellos vendían, ellos tienen una cabeza fría y calculadora y nosotros imaginativa; por lo que llamaba a no copiar sus maneras, pues nuestra inteligencia es menos positiva y nuestra sensibilidad más vehemente; es decir, se trata de culturas y sensibilidades diferentes. Esta reflexión culminó con una afirmación rotunda:

Las leyes americanas han dado al Norte alto grado de prosperidad, y lo han elevado también al más alto grado de corrupción. Lo han metalizado para hacerlo próspero. ¡Maldita sea la prosperidad a tanta costa! (15-6).

Sin duda, el rechazo no es a la prosperidad ni a lo útil, sino al empobrecimiento espiritual que se había operado en aquella sociedad que aún no conocía directamente.

La convicción de que el bienestar material y el desarrollo de formas útiles para la vida debían estar acompañados por el enriquecimiento espiritual escoltó a Martí durante toda su existencia. Su larga permanencia en los Estados Unidos, particularmente en Nueva York, reafirmaría esa certeza. Esa ciudad era entonces centro del gran crecimiento económico estadounidense, y lugar donde se cruzaban ideas, novedosas técnicas, y formas de negocios, en la nueva época del capitalismo; por lo que, desde allí, el cubano estaba en un punto de gran importancia, dentro del mundo cambiante que lo rodeaba. En esto también incidía hasta la cercanía geográfica, puesto que cuando ocupó la o cina en 120 Front Street, se ubicaba justo cerca de Wall Street, de la Bolsa, y de otros centros importantes, por lo que era testigo directo de aquel crecimiento. Sus trabajos para la «Sección constante» del periódico venezolano La Opinión Nacional tenían justamente el propósito de poner a disposición de nuestros pueblos el conocimiento de tales avances científico-técnicos y de las publicaciones que los mostraban, como contribución a su posible aprovechamiento en bien de todos.

En esa página, Martí explicó que el gobierno estadounidense mantenía en viajes constantes a personas «entendidas», con el objetivo de ver y contar los inventos que veían en el extranjero y el modo de adquirirlos o imitarlos para aprovechar todo lo que pudiera ser útil, lo que consideraba digno de imitar. No obstante, le preocupaba la manera en que aquella sociedad se comportaba en otros aspectos de los valores humanos, que no debía reproducirse en las sociedades latinoamericanas.

Un testimonio de la apreciación martiana de ese contexto, y de los retos que representaba para las personas, puede encontrarse en su prólogo al «Poema del Niágara», de Juan Antonio Pérez Bonalde, en 1882. Allí calificó su tiempo «de reenquiciamiento y remolde», al que veía como ruin, por cuanto, ¡no priva más arte que el de llenar bien los graneros de la casa, y sentarse en silla de oro, y vivir todo dorado; sin ver que la naturaleza humana no ha de cambiar de como es, y con sacar el oro afuera, no se hace sino quedarse sin oro alguno adentro! (2002f: 223)

Martí sentía que estaba ante el contraste de una época «de elaboración y transformación espléndidas», pero «de tumulto y de dolores» para los poetas. Comprendía que la sensibilidad se corresponde con el tiempo histórico que se vive, por eso los poetas de su tiempo no podían ser «ni líricos ni épicos». Sin embargo, la época marcaba otro fenómeno fundamental:

Una gran montaña parece menor cuando está rodeada de colinas. Y esta es la época en que las colinas se están encimando a las montañas; en que las cumbres se van deshaciendo en llanuras; época ya cercana de la otra en que todas las llanuras serán cumbres. Con el descenso de las eminencias suben de nivel los llanos, lo que hará más fácil el tránsito por la tierra. Los genios individuales se señalan menos, porque les va faltando la pequeñez de los contornos que realzaban antes tanto su estatura. Y como todos van aprendiendo a cosechar los frutos de la naturaleza y a estimar sus ores, tocan los antiguos maestros a menos flor y fruto, y a más las gentes nuevas que eran antes cohorte mera de veneradores de los buenos cosecheros. Asístese como a una descentralización de la inteligencia. Ha entrado a ser lo bello dominio de todos.

Suspende el número de buenos poetas secundarios y la escasez de poetas eminentes solitarios. El genio va pasando de individual a colectivo. El hombre pierde en beneficio de los hombres. Se diluyen, se expanden las cualidades de los privilegiados a la masa; lo que no placerá a los privilegiados de alma baja, pero sí a los de corazón gallardo y generoso. (228)

Es evidente la importancia que otorgaba Martí al fenómeno que describía: el genio dejaba de ser privilegio de unos pocos, pasaba a ser colectivo, lo que era regocijo de las personas buenas, «de corazón gallardo y generoso», no así para los de «alma baja». Los tiempos, por tanto, con su extremo movimiento, también decantaban a los seres humanos en sus bondades y egoísmos.

El sentido ético martiano también se mostraba en su acercamiento a los avances cientí co-técnicos de su tiempo. No se trata de ver la ciencia como dominio y monopolio de privilegiados, sino de pertenencia de muchos y en favor de los más, de todos, con un sentido de servicio al ser humano en general. No concebía la ciencia desde la perspectiva única del enriquecimiento, de su parte útil exclusivamente en función de la riqueza, sino del desarrollo humano, del bien.

Martí asumía que vivía en tiempos modernos, por lo que las ideas tenían que estar a tono con esa modernidad, lo cual debía reflejarse en la educación, pues esta tenía que preparar a las personas para la vida, de ahí que no puede haber un divorcio entre la educación y el tiempo en que se vive. En 1883, en carta para La Nación, de Buenos Aires, afirmaba que «no habrá para pueblo alguno crecimiento verdadero, ni felicidad para los hombres, hasta que la enseñanza elemental no sea científica». En su opinión, había que enseñar al niño el manejo de los elementos de la tierra, y propugnaba, desde su convicción, cómo el niño debía ver un arado y debía saber que en poco tiempo la electricidad lo movería, pues era, a su juicio, asombroso que «con tanto hombre que junta polos y saca fuerza de ríos y cascadas, no se haya pensado aún en uncir al yugo, en vez de una criatura viva que padece, un acumulador de Faure» (2002a: 446). Había que erradicar el sufrimiento en todos los seres vivos y eso debía estar presente desde la infancia en las miradas de todos.

En aquel tiempo científico, Martí percibía que se habían desvanecido los que llamó «viejos poderes», es decir, el ejército y la Iglesia, pues «el hombre tiene que sacar de sí los medios de vida», lo que implicaba una lucha entre la educación antigua que libraba «sus últimas batallas» contra la que empezaba a imponerse, pues los seres humanos necesitaban saber «cómo está hecha, y se mueve y transforma, la tierra que han de mejorar y de la que han de extraer con sus propias manos los medios del bien universal y del mantenimiento propio» (2016k: 38). Ese sentido de la educación en analogía con su tiempo era parte del deber que de nía para con el ser humano: «conformarle a su tiempo —sin desviarle de la grandiosa y final tendencia humana». No cumplirlo era, a su juicio, un crimen (39).

La ciencia debía estar en función de las personas, para facilitarles la vida, hacerla mejor, humanizar el trabajo, como deber de todo ser humano. En 1884, Martí anunció, en el periódico La América, el nuevo propósito de la publicación: explicar a los lectores hispanoamericanos los avances técnicos obtenidos en la América del Norte que podían ser de provecho. Mas, eso se acompañaba de advertencias para evitar el deslumbramiento dañino:

Definir, avisar, poner en guardia, revelar los secretos del éxito, en apariencia,—y en apariencia solo,—maravilloso de este país; facilitar con explicaciones compendiadas y oportunas y estudios sobre mejoras aplicables, el logro de éxito igual,—¡mayor acaso, sí, mayor, y más durable!— en nuestros países; decir a la América Latina todo lo que anhela y necesita saber de esta tierra que con justicia la preocupa, e irlo diciendo con el mayor provecho general, con absoluto desentendimiento de toda pasión o provecho de personas, y con la mira siempre puesta en el desenvolvimiento de las artes prácticas y el comercio inteligente, bases únicas de la grandeza y prosperidad de individuos y naciones.

[...]

Hay provecho como hay peligro, en la intimidad inevitable de las dos secciones del continente americano. (2016j: 13)

Sería un «observador vigilante», crítico, pues no se trataba del deslumbramiento ante aquel «colosal» crecimiento, sino de buscar lo útil, pero también mostrar los peligros.

El interés mayor en dar a conocer esos adelantos científicos, en poner a disposición de los lectores los inventos, especialmente a partir de la electricidad, era develar la posibilidad de que «simplifique el trabajo humano, hermosee la vida, y embellezca sus resultados» (2016f: 110). Ese era el principio cardinal de su interés por divulgar tales avances realizados por el hombre.

Definiciones tempranas

Desde sus años juveniles, Martí mostró interés por enunciar o apropiarse de definiciones acerca de la ciencia y, en específico, del campo científico que le era cercano. Durante su estancia en México (1875-1877), reflexionó sobre la ciencia y el Derecho, en un «Boletín» para la Revista Universal, y plasmó una definición inicial: «Ciencia es el conjunto de conocimientos humanos aplicables a un orden de objetos, íntima y particularmente relacionados entre sí», para preguntar a continuación si el Derecho era eso. Luego afirma: «Ciencia es en buen hora la jurisprudencia», tras lo cual expone los fundamentos para tal afirmación desde la manera en que se creó el conjunto de preceptos jurídicos (2016b: 76). También se interesó por la «ciencia prehistórica», como «ciencia nueva», que calificó de muy necesaria estudiar en América para deducir, de cierto, sobre la «unidad, identidad y época común de aparición del género humano» (2016c: 98).

El interés por las definiciones le acompañó en Guatemala (1877-1878), cuando ejerció como profesor de Historia de la Filosofía. De esa época se conserva un fragmento donde el joven docente reflexionaba acerca de qué es la Historia, desde lo que calificó de «acepción moderna». Con su perspectiva escribió una definición clave:

¿Qué será, pues, Historia de la Filosofía? Ciencia moderna, debe conformarse a la acepción moderna de la Historia. Antes se hacinaban hechos; ahora se encadenan y razonan. Antes se narraba; ahora se traba, se funde, se engranan los sucesos y se explican.

Anota que su misión en la Cátedra no es exponer los diversos sistemas filosóficos, porque sería exposición y no historia, por lo que es «estudio de los orígenes, desarrollo, estado actual [...] enumerando sus accidentes, sus adelantos, sus reacciones», las razones para cada variante y el espíritu que las ha determinado y modificado. De ahí que concluya con una definición absoluta: «Historia de la Filosofía es pues el examen crítico del origen, estados distintos y estados transitorios que ha tenido, por qué ha llegado la filosofía a su estado actual» (2016a: 211).

Es pertinente acotar que en esta reflexión añade que crítica es ejercicio del criterio y también que asume una definición que no se adscribe al positivismo dominante entonces.

Como puede apreciarse, desde sus momentos juveniles —apenas con veintidós años en México y veinticuatro en Guatemala—, Martí se preocupa por encontrar definiciones desde la ciencia, en lo que no se excluye la propia filosofía, como «ciencia de las causas» (206).

En sus estancias en países de lo que ya comienza a llamar «nuestra América», se interesa por aquello que tiene más cerca en sus actividades cotidianas, en lo que también se inscribe la naturaleza, la visión de ella, qué es y cómo se relaciona el hombre con esta. Sin embargo, cuando llega a los Estados Unidos el punto de atención se amplía, y encuentra mayor campo en los inventos, en los avances científico-técnicos, los que asume desde la perspectiva de su aporte al beneficio humano. Ya en 1882, para La Opinión Nacional, de Caracas, había escrito: «Las ciencias aumentan la capacidad de juzgar que posee el hombre, y le nutren de datos seguros». En su criterio, nunca será definitivamente resuelta la inquietud del hombre, por los «trabajos de la ciencia; que encadenan la atención, bene cian la vida, fortifican la mente, y nos enorgullecen de nosotros mismos»; no obstante, se reducen a averiguar la disposición de las fuerzas de la naturaleza, y la manera de su desarrollo. ¡Pero eso es el anhelo del espíritu humano! el hombre quiere saber lo que nadie ha de decirle: ¡la esencia de la fuerza! (2002k: 317).

En la reflexión sobre los temas de la ciencia no dejó fuera las cuestiones espirituales, aunque en el entendido de la diferencia con campos más tangibles, de ahí su expresión de que

la ciencia del espíritu, menos perfeccionada que las demás por estar formada de leyes más ocultas y hechos menos visibles, ha de constituirse sobre el descubrimiento, clasificación y codificación de los hechos espirituales (2002i: 347).

Su preocupación por las definiciones estaba en relación absolutamente íntima con el ser humano, con el significado de la ciencia, sus adelantos para las personas en cualquier campo. Ello puede advertirse en numerosas ocasiones, cuando trata tales asuntos, quizás sintetizado en la expresión de 1887: «¿Para qué, sino para poner paz entre los hombres, han de ser los adelantos de la ciencia?» (2002c: 292). Expresado en una crónica para el diario La Nación muestra ya una preocupación que emana de su permanencia en los Estados Unidos y las características de esa sociedad que conoció, donde sentía el empobrecimiento espiritual, la soledad ante la posposición del sentimiento frente al progreso material.

A pesar de no estar en el ámbito de su práctica profesional, uno de los campos científicos al que dedicó atención fue el relativo a la medicina, a la atención a la salud y a la enfermedad. En este aspecto, buscó definiciones que se conectaban con lo más reciente en las investigaciones y la teoría de salud, de ahí que resaltara la importancia de la higiene a la que calificó en 1882 de que iba siendo «la verdadera medicina», por lo que con un poco de atención, «cada cual puede ser un poco médico de sí mismo» (2002j: 286). De igual manera, el consumo de alimentos era percibido como un factor importante de salud, pues «Comer bien, que no es comer ricamente, sino comer cosas sanas bien condimentadas, es necesidad primera para el buen mantenimiento de la salud del cuerpo y de la mente» (2016h: 180).

Simultáneamente, veía que la medicina era precaver, es decir, que veía el valor mayor en la medicina preventiva y consideraba que el médico podía curar la fiebre con una sonrisa. En su opinión, el mejor médico era un buen amigo. Con semejantes sentencias ponía de manifiesto la importancia de los valores humanos en la ciencia médica, al igual que en otros campos científicos, pero en esta esfera tenía una mayor fuerza por estar directamente relacionada con la vida y la calidad de vida de los seres humanos.

La ciencia para todos

En los textos donde Martí trató temas referidos a los adelantos científicos incorporó también la preocupación acerca de la amplitud en el conocimiento y en el beneficio de su aplicación. De hecho, sus crónicas en la prensa continental eran una vía para poner al corriente a un público amplio de tales posibilidades y así lo declaró. Tal preocupación se refería también a la enseñanza, a la manera en que ello debía estar presente en la educación para que llegara a una masa mayor de personas desde la infancia.

En momentos tempranos como 1875, sentenció que en tiempos teológicos había universidades teológicas, pero en tiempos científicos tenían que ser científicas (2002h: 281) y en 1883, ya el Maestro propugnaba que la enseñanza científica debía ir «como la savia en los árboles, de la raíz al tope de la educación pública». Es de destacar la referencia a la enseñanza pública, lo que reitera a continuación cuando dice que en ella el elemento científico debía ser «como el hueso del sistema», único modo de «poner alas» a los hombres «que viven en la Naturaleza» con el conocimiento de ella; pero esto había que hacerlo «sin merma de los elementos espirituales» (2002e: 278).

La experiencia de su estancia en los Estados Unidos acendró en Martí la inquietud por la contraposición que advertía entre el desarrollo material y el espiritual, lo que también apreciaba en la enseñanza en aquel país. A su juicio, en esa sociedad el lazo de unión estaba dado por los intereses, de ahí que consideraba indispensable «alimentar la luz y achicar la bestia», lo que lo llevó a la reflexión acerca de la educación en la escuela pública donde, decía, no se pasaba de leer, escribir y contar y de ahí «a la faena, al espectáculo de lujo, al deseo de poseerlo, a la vanidad de ostentarlo, a las angustias crueles e innobles de rivalizar con el del vecino». Martí calificaba esta situación de «empequeñecimiento», del que había que sacar aquellas almas (2002b: 375-6).

La educación, por tanto, debía preparar a todos para el mundo científico en que se vivía y del cual muchos estaban ajenos; de ahí la necesidad de atender en la escuela pública la incorporación de «los más» al pensamiento y la preparación en los campos de la ciencia, sin obviar el cultivo de la espiritualidad.

Su mirada hacia los innombrados, los desconocidos en los grandes acontecimientos, se mostraba en crónicas sobre episodios significativos de los adelantos técnicos, como la inauguración del puente de Brooklyn o de la Estatua de la Libertad. Al reseñar la grandeza de una construcción como la del puente de referencia, Martí toma en cuenta a quienes lo construyeron, a los trabajadores ignorados, «entrañas de grandeza, cimientos de la fábrica eterna, gusanos de la gloria» (2002g: 430), y a los que utilizaban el puente en su gran diversidad social, con lo cual introduce esa presencia ante el elogio exclusivo a sus diseñadores. Se trata de la actitud siempre presente de exaltar el trabajo de muchos, de los creadores anónimos.

Martí exaltó el trabajo y sus frutos en todos los aspectos, no se trataba de un elogio arbitrario, sino fruto de convicciones. Esto puede verse en sus múltiples referencias a la actividad creadora de los seres humanos, al enaltecimiento de esa capacidad de construir y, con ello, garantizar el bienestar, lo que forma parte también de la ética martiana. En un texto de los que publicaba en «Sección Constante» de La Opinión Nacional, de Venezuela —en este caso de 1882—, hacía una contraposición bien interesante y muy a tono con su eticidad:

—La Suerte siempre anda mirando a ver qué surge, y el Trabajo siempre con el ojo listo y el ánimo fuerte, hace que surja algo. La Suerte se está en la cama, deseando que el cartero le traiga la noticia de una herencia; mientras que el Trabajo se levanta a las seis, y con la pluma o el martillo pone los cimientos de un seguro bienestar. La Suerte siempre anda plañendo; el Trabajo silba. La Suerte se atiene al acaso; el Trabajo a la buena conducta. —¿Qué os gusta más, la Suerte o el Trabajo? (2016g: 188)

Martí valoraba la condición creadora de bienestar del trabajo, «con la pluma o el martillo», es decir, que ese bienestar no podía depender del azar ni se limitaba al trabajo intelectual o al físico, sino que era resultado del esfuerzo de las personas en cualquiera de las ocupaciones en que se desempeñaran, pero era el esfuerzo de cada cual el que podía garantizar el porvenir que se deseaba. Los campos de la ciencia formaban parte de esa concepción, vistos en función de que fueran dominio de muchos, de todos los posibles, desde la educación primaria pública. También los resultados de las innovaciones científicas debían estar al servicio de la sociedad en general. Su propia labor en la prensa, de modo muy especial en «Sección Constante», muestra ese propósito, pues allí reflejaba las publicaciones más recientes sobre los temas más diversos de interés para nuestros pueblos, ya que reseñaba tanto un libro sobre electricidad como una exploración geográfica o un poemario.

El Maestro sabía que no era habitual la extensión de los saberes a las mayorías, lo que había reconocido en el prólogo al «Poema del Niágara», sobre todo cuando reconocía que el ser individual perdía en bene cio de la colectividad, de la mayoría, y que la expansión de las cualidades de los privilegiados a la masa no placía a los de alma baja, aunque sí a los que tenían corazón gallardo y generoso, como se ha dicho antes; sin embargo, él sostenía la convicción del deber de expandir los conocimientos y los resultados de la ciencia a todos, lo que pudo resumir en la expresión «Poner la ciencia en lengua diaria —he ahí un gran bien que pocos hacen» (2016i: 27). Es el bien que había y hay que hacer, es el deber que debe cumplirse.

Referencias

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______ (2002b) «Carta al director de La Nación» [Nueva York, 16 de enero de 1886]. O. C., t. 10, 371-76.

______ (2002c) «Carta al director de La Nación» [Nueva York, 4 de septiembre de 1887]. O. C., t. 11, 289-95.

______ (2002d) «Cuadernos de apuntes I». O. C., t. 21, 11-44.

______ (2002e) «Educación científica» [La América, septiembre de 1883]. O. C., t. 8, 277-8.

______ (2002f) «El poema del Niágara» [Nuestra América, Venezuela]. O C, t. 7, 223-38.

 
   

______ (2002g) «El puente de Brooklyn» [La Nación, 20 de junio de 1883]. O. C., t. 9, 421-32.

 

______ (2002h) «Escuela de electricidad» [La América, noviembre de 1883]. O. C., t. 8, 281-4.

______ (2002i) «Exposición de electricidad» [La América, marzo de 1883]. O. C., t. 8, 347-9.

______ (2002j) «Periodismo Diverso. Sección Constante 1» [La Opinión, 3 de mayo de 1882]. O. C., t. 23, 283-6.

______ (2002k) Ídem. [15 de junio de 1882]. O. C., t. 23, 306-17.

______ (2016a) «[Apuntes y fragmentos sobre Filosofía]». Obras completas. Edición crítica (O. C. E. C.), t. 5. La Habana: Centro de Estudios Martianos, 202-15.

______ (2016b) «Boletín. Ciencia y derecho» [Revista Universal, 18 de junio de 1875]. O. C. E. C., t. 2, 76-9.

______ (2016c) Ídem [2 de julio de 1875]. O. C. E. C., t. 2, 96-100.

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______ (2016e) «El carbón, su importancia y su obra» [La América, noviembre de 1884]. O. C. E. C., t. 19, 204-7.

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