José Martí y la identidad nacional en Patria: fragua de cubanía

Resumen: 

Profundo conocedor de su pueblo, ideólogo consagrado e imprescindible por su aporte a la conformación de la identidad nacional de Cuba, José Martí no solo soñó una República Cordial «con todos y para el bien de todos»: el Apóstol, a partir de su misión de unidad y en su urgente labor en pos del advenimiento definitivo de un Estado-nación cubano independiente, contribuyó a la forja de un notable arquetipo, al cual se avizoró como protagonista permanente de nuestro proceso identitario. Tales rasgos suelen ser perfectamente visibles a lo largo de su obra en el periódico Patria, cumbre intelectual del Martí periodista, político y revolucionario.

Abstract: 

José Marti was a deep authority on his people, a renowned ideologue, essential for his contribution to the conformation of the Cuban national identity. Jose Marti not only dreamed of a Cordial Republic «with all and for the good of all»: the Apostle, starting from his mission of unity and in his urgent labor in favor of the definitive accession of an independent Cuban nation-state, contributed to the forging of a notable archetype, that was seen as the permanent protagonist of our process of identity. These characteristics are perfectly visible throughout his writing in the newspaper Patria, intellectual highpoint of Martí the journalist, politician and revolutionary.

¿Puede acaso pensarse en una cubanidad plena y sentida sin José Martí? ¿Cómo fue avizorada la noción de la identidad nacional por el Apóstol?

¿Qué aportes realizó en ese sentido a una construcción original de lo cubano?

Ideólogo consumado de una nueva cubanidad, Martí consagró su vida a la magna obra por la independencia de Cuba. Y para que los cubanos tuvieran patria fundó el periódico Patria, cumbre intelectual de su labor como periodista, político y líder revolucionario.

Desde su nacimiento, el 14 de marzo de 1892, la publicación se vuelve plataforma mediática que buscará en todo momento persuadir para organizar y aglutinar a los cubanos en el esfuerzo común de una revolución independentista que, a través de una guerra contra el colonialismo español, llevará al establecimiento de una república cordial. Pero también, desde la tribuna que le brinda Patria, Martí edifica no solo la contienda inevitable, sino que sueña, esboza y construye, a partir de su discurso periodístico, una modélica visión de futuro para su país, un proyecto de nación; al mismo tiempo que resplandece en su ideario una propuesta de hombre nuevo, un arquetipo de ciudadano que se quiere para la Cuba republicana, libre y soberana del mañana, la cual avizora radiante «con todos, y para el bien de todos», fórmula del amor triunfante que «se debe poner alrededor de la estrella, en la bandera nueva» (Martí, 1975g: 279).

El cubano: ciudadano de la República cordial

Tal como refiere Pedro Pablo Rodríguez (2012: 95), la república era para Martí un proceso que comenzaba desde la guerra por la independencia e, incluso, desde su organización. Así, si ella habría de conducirse con método y espíritu republicanos, el Partido Revolucionario Cubano (PRC) —vehículo para concertar la unidad entre los patriotas hacia la lucha armada— sería ya una especie de ensayo. De ahí la importancia que Martí concedió a la democracia dentro del Partido y al ejercicio del sufragio. En general, lo que se busca es fundar en la mayor de las Antillas «un pueblo nuevo y de sincera democracia, capaz de vencer, por el orden del trabajo real y el equilibrio de las fuerzas sociales, los peligros de la libertad repentina en una sociedad compuesta para la esclavitud» (Martí, 1975f: 157).

Al adentrarse en su concepción de la matriz estatal, Martí menciona que la república será la forma de organización y estructuración que habría de asumir el Estado cubano, una vez se alcanzase la independencia. Sin embargo, como señala el historiador Jorge Ibarra (2008: 200), el Apóstol no llegó a fundamentar en un programa sus ideas en relación con la organización política y social que habría de tener la futura república. Pese al obstáculo que ello supone, en el discurso periodístico martiano en Patria se develan algunas directrices que hubiesen regido de haberse materializado la soñada república cordial.

Se trata de «fundar en la isla [...] un país trabajador, equitativo y durable» (1975u: 304) que destierre para siempre a la «colonia desesperada y miserable». Para ello la república cubana tendría que remover el modo de vida de la colonia, pues «el peligro de nuestra sociedad estaría en conceder demasiado al empedernido espíritu colonial, que quedará hoceando en las raíces mismas de la república» (1975ñ: 140). Por tal razón, el Maestro aboga por abrir cauce a la justicia social, lo cual, a todas luces, implicaba transformaciones radicales, porque «la república, sin secretos. Para todos ha de ser justa, y se ha de hacer con todos» (1975w: 93).

En términos de justicia social, recuerda el Apóstol que la bandera de la revolución de energía y concordia «proclama el bien de todo el país, y no el bien exclusivo de una sola clase de él» (1975a: 13), y es «para el beneficio equitativo de todas las clases» (1975C: 155), actitud que indica la participación en la vida republicana de todos los grupos y clases sociales, incluidas aquellas menos favorecidas y tradicionalmente más oprimidas. En ese sentido reitera que

la república [...] no será el predominio injusto de una clase de cubanos sobre las demás, sino el equilibrio abierto y sincero de todas las fuerzas reales del país, y del pensamiento y deseo libres de los cubanos todos. (1975F: 255)

Contra la indigna exclusión derivada de la discriminación racial y también a favor de la integración en la nacionalidad cubana de la población de origen africano y español, dice Martí que

para todos los cubanos, bien procedan del continente donde se calcina la piel, bien vengan de pueblos de una luz más mansa, será igualmente justa la revolución en que han caído, sin mirarse los colores, todos los cubanos. (1975y: 320)

De tal modo, la revolución se dispone sin prejuicios discriminatorios «para abrir un pueblo estancado al mundo, para el bienestar y honor de Cuba, para la equidad y concordia de sus habitantes, sea cualquiera su lugar de nacimiento» (1975i: 434).

Asimismo, desde la matriz jurídica, Martí aborda en su periodismo la noción del ejercicio del derecho ciudadano, lo que supone, por tanto, la existencia del Estado de derecho en el contexto de la república cordial. En ese sentido, asevera que la guerra que se prepara contra el sistema colonial «cambiará toda esa comedia vil en un país de lengua útil y de concordia suficiente, en la igualdad inevitable de los derechos de sus hijos, la fuerza de la riqueza nueva, y la justicia del trabajo» (1975u: 305).

En ese marco, particular reflexión le ocupa a Martí el ejercicio del sufragio, y al respecto re ere la importancia de la conciencia ciudadana en su uso como base de la futura democracia:

mañana, cuando se tenga ya bajo los pies la realidad del suelo nativo, [...] es natural que el cubano, sabedor por la experiencia ajena de que un voto descuidado es un derecho perdido, [...] vote con la animación y el fuego de quien quiere poner techo firme a la casa nueva de sus hijos: que con la política locuaz, y voto libre y frecuente, no hay guerra que temer, ni tiranía de arriba, ni de abajo, en las democracias. Y entonces podrá ser, y debería ser, obligatorio el voto, porque nadie tiene derecho de poner a la patria en peligro por su desidia. (1975v: 296)

Por otra parte, la República significa para el Apóstol la visión de progreso desde el punto de vista económico, toda vez que «la guerra se ha de hacer [...] para poner los productos de la isla, sin trabas ni menjurjes, en sus mercados naturales; para dar suelo propio y permanente a las industrias cubanas» (1975r: 357).

También, da fe de su agrarismo dentro del sistema republicano al que se aspira, y deja entrever la conveniencia de una reforma del sistema de tenencia de la propiedad agraria en la Isla:

Ancha es la tierra en Cuba inculta, y clara es la justicia de abrirla a quien la emplee, y esquivarla de quien no la vaya de usar; y con buen sistema de tierras, fácil en la iniciación de un país sobrante, Cuba tendrá casa para mucho hombre bueno, equilibrio para los problemas sociales, y raíz para una República que, más que de disputas y de nombres, debe ser de empresa y de trabajo. (1975k: 346)

Jorge Ibarra (2008: 208-9) le reconoce una significación decisiva a esta cita, e in ere que la fórmula resumidamente enunciada por Martí implicaba una reforma agraria.

Martí vs. cubanidad castrada

En lo interno de la cubanidad, tres grandes vertientes ideológicas se disputan la primacía —con gran impacto en el debate identitario— en las últimas décadas del siglo . De un lado, se halla el independentismo como expresión liberadora y de plenitud de todo un pueblo, mientras que del otro a oran el autonomismo y el anexionismo. Desde luego, el primero deviene, en la óptica de Martí, la opción legítima y viable para la cristalización de la nación, pues los otros dos resultan formas de dependencia y sumisión a una potencia extranjera o metrópoli, y constituyen, por ende, expresiones de cubanidad castrada —si se aplican las definiciones de Fernando

Ortiz. Cubanidad, porque esos cubanos nacieron en Cuba y pueden compartir rasgos culturales como, por ejemplo, una misma lengua; pero cubanidad incompleta al n, en tanto su desconfianza y falta de fe en un proyecto nacional propio y soberano. No basta para la cubanidad plena tener en Cuba la cuna, la nación, la vida y el porte; aún falta la conciencia de ser cubano y la voluntad de quererlo ser (Ortiz, 2002), en una concepción que se adecua plenamente a anexionistas y autonomistas.

En el caso de Patria, resulta notorio el rechazo categórico que al anexionismo hace Martí, al considerarlo una «tendencia suicida y materialista» (Martí, 1971: 193) y «factor grave de la política cubana» (1975n: 49) que con su trabajo de zapa demora la independencia. Por ello, la labor del Apóstol se centrará en

reunir los elementos revolucionarios de manera que creen en Cuba una república pacífica e industriosa antes de que, maduro ya el vecino poderoso para la conquista disimulada, pueda alegar como excusa de ella ante el mundo la ruina irremediable y la incapacidad política de una isla indispensable al comercio del mundo. (1975t: 32)

Cronista aguzado de la realidad norteamericana, conoce Martí la verdadera naturaleza de los Estados Unidos, los defectos de su sistema, que se perpetúa sobre la base del individualismo, el culto desmedido a la riqueza, y la injusticia social derivada del predominio de las élites, y no quiere que tales problemas incidan o se extiendan —con una eventual dominación yanqui— sobre la mayor de las Antillas. De ahí que insista en la necesidad de la independencia cubana, pues el Norte ha sido injusto y codicioso; ha pensado más en asegurar a unos pocos la fortuna que en crear un pueblo para el bien de todos; ha mudado a la tierra nueva americana los odios todos y todos los problemas de las antiguas monarquías: aquí no calma ni equilibra al hombre el misterioso respeto a la tierra en que nació, a la leyenda cruenta del país, que en los brazos de sus héroes y en las llamas de su gloria funde al fin a los bandos que se lo disputan y asesinan: del Norte, como de tierra extranjera, saldrán en la hora del espanto sus propios hijos. En el Norte no hay amparo ni raíz. En el Norte se agravan los problemas, y no existen la caridad y el patriotismo que los pudieran resolver. Los hombres no aprenden aquí a amarse, ni aman el suelo donde nacen por casualidad, y donde bregan sin respiro en la lucha animal y atribulada por la existencia. Aquí se ha montado una máquina más hambrienta que la que puede satisfacer el universo ahíto de productos. Aquí se ha repartido mal la tierra; y la producción desigual y monstruosa, y la inercia del suelo acaparado, dejan al país sin la salvaguardia del cultivo distribuido, que da de comer cuando no da para ganar. Aquí se amontonan los ricos de una parte y los desesperados de otra. El Norte se cierra y está lleno de odios. Del Norte hay que ir saliendo. Hoy más que nunca cuando empieza a cerrarse este asilo inseguro, es indispensable conquistar la patria. Al sol, y no a la nube. Al remedio único constante y no a los remedios pasajeros. A la autoridad del suelo en que se nace, y no a la agonía del destierro, ni a la tristeza de la limosna escasa, y a veces imposible. A la patria de una vez ¡A la patria libre! (1975s: 368)

De este análisis se desprende que el Apóstol avizora los males del Norte y por tanto las nefastas consecuencias que para la nacionalidad cubana tendría la anexión. Por ello combate una liga innecesaria, con un pueblo cuyos peligros interiores y dificultades propias son ya tales y tan visibles que no parece cordura en verdad, para librar a Cuba de los problemas que va resolviendo por sí, traerla a la anexión con un pueblo en cuyo seno, ensangrentado ya día sobre día, se plantean con ira formidable problemas mil veces más graves que los problemas cubanos. (1975d: 77)

Por ello, no se verá «en Patria jamás, el consejo de ligar a Cuba [...] con un pueblo diverso, formidable y agresivo que no nos tiene por igual suyo, y nos niega las condiciones de igualdad» (1975b: 424).

Pero si Martí combate decididamente el anexionismo, no menor será su rechazo a otro tipo de manifestación de cubanidad castrada: el autonomismo, «política insuficiente» a la que califica de «entretenimiento», toda vez que bajo el supuesto de la «evolución» se con gura como una distracción que entorpece la materialización del verdadero destino y meta real del país, que debe ser la independencia. De los autonomistas, dice el Apóstol:

Cubanos son los que, con fe rara en quienes no parecen tenerla en su suelo nativo, piden desde hace catorce años a España, bajo el nombre de partido autonomista, una libertad cuyas migajas urbanas, triste alimento de canario preso, son polvo y nonada ante los aprestos militares, hoy más que nunca activos, bajo cuyo peso mortal zozobra la isla; polvo y nonada, y lúgubre entretenimiento, ante un dueño que desdeña con razón al pueblo que le paga puntual todos los años, para su propio vasallaje, la suma que, de una vez sola, le bastaría para ser libre. (1975B: 193)

Sobre la actuación política de estos hombres en la Isla, el Maestro los descalifica por asumir una postura ciega y desleal para con las necesidades históricas de la nación. Según alerta, el autonomismo deviene muro de contención para los cambios inevitables que requiere y pide el país:

De represa ha venido sirviendo el partido autonomista a la revolución, y la revolución se saldrá de madre en cuanto la fuerza de las aguas rompa la represa. Cada cual sabrá si sigue con el torrente, o le da la cara, o se le pone de lado [...] Y no hay, en honra, el derecho de emplear las fuerzas de la revolución para oponerse a ella. (1975q: 333)

No obstante, pese a las fuertes críticas martianas a las serviles posturas autonomistas, no le cierra las puertas de la Patria a quienes erraron alguna vez y están a tiempo de rectificar, pues sabe que el autonomismo si bien es enemigo de la revolución, a la vez «ha sido útil, por la prueba de su ineficacia, a la revolución» y que ante el ineludible fracaso de esa vertiente «la masa sana, que siguió siempre al autonomismo porque creyó que con él se iba a la independencia, se irá, entera, a la revolución» (1975j: 265). Por ello, Martí —en quien siempre prevalece el sentido inclusivo y de unidad del pueblo cubano— no le cierra el paso a esos autonomistas que, desengañados, deseen sumarse al curso del proceso revolucionario, de modo «que estén juntos en la hora definitiva de crear la república, los confesos de la política pacífica y los preparadores de la guerra inevitable» (1975q: 333).

Sobre la abierta posibilidad de incorporación de tales sectores al campo revolucionario y a su proyecto de nación, dice Martí, en plena labor unitaria, persuasiva y de convencimiento que

los autonomistas, con su derecho pleno de cubanos, pueden, cambiando totalmente de espíritu y de métodos, entrar en la obra que perdura cuando la suya se viene abajo, en la obra que se mantuvo abierta para recibir a los mismos que la perseguían y reprobaban, en la obra nueva y radical de la independencia. (1975c: 355)

El fin ya se ve y no ha de haber impaciencia. Para los fieles, vengan tarde o temprano, guarda Cuba todo su amor. Para los incapaces de amarla para servirla, basta con el olvido [...] Y nosotros, abramos los brazos, a n de llevar eso adelantado, para que nos claven en la cruz, y defendamos con ellos a cuantos compatriotas nuestros se cansen al cabo de esperar en vano. El templo está abierto, y la alfombra está al entrar, para que dejen en ella las sandalias los que anduvieron por el fango, o se equivocaron de camino. (1975j: 266)

La cubanidad antirracista de Martí

Uno de los elementos cardinales del proyecto de cubanidad de Martí parte de la integración de los sectores de diversa procedencia que constituyen la población cubana. Por tal razón, propone un sentido de nacionalidad abierta e inclusiva para todos los que, de buena fe y con el deseo de trabajar por la patria, deseen entrar a ella. Sea blanco, negro o mestizo; cubano, africano, español o de alguna otra parte. En ese sentido, especial importancia conserva el trabajo periodístico que realiza en Patria a partir de la matriz étnico-racial, en aras de cimentar la convivencia pacífica entre las etnias constitutivas del pueblo cubano que vivirían en la armonía plena de la soñada república cordial.

Educar al cubano en el antirracismo y convencerlo de la insostenibilidad de los argumentos discriminadores que sentaron con la exclusión racial la marginación de la población negra y, por ende, la imposibilidad de la efectiva integración nacional es el objetivo central de diversos textos aparecidos en Patria. Bien conoce el Apóstol que «no hay razas: no hay más que modificaciones diversas del hombre, en los detalles de hábito y forma que no les cambian lo idéntico y esencial, según las condiciones de clima e historia en que viva» (1973: 290).

Precisamente, en varios de sus artículos, Martí analiza la cuestión racial en Cuba y entiende que la Revolución de 1868 gestó las condiciones para la exitosa cristalización de la nacionalidad por medio de la integración a ella del hasta entonces preterido hombre negro. De esa manera, aquella constituye ese gran parteaguas —el elemento de fusión entre cubanos blancos y negros toda vez «que abolió la esclavitud y suprimió en su primera constitución y en la práctica de sus leyes toda distinción entre ambos». Sabe además el Apóstol que en el sacrificio común de la contienda se forjó el crisol de la identidad nacional cubana sin distinción de colores, pues «en la guerra, ante la muerte, descalzos todos y desnudos todos, se igualaron los negros y los blancos: se abrazaron, y no se han vuelto a separar» (1975m: 27). «Es la gloria de nuestra guerra. El esclavo salió amigo, salió hermano, de su amo; no se olvidan los que se han visto cara a cara ante la muerte: la muerte, con claridad sobrenatural, ilumina la vida» (1975A: 251).

De la misma forma, si rememora la fecha del 10 de abril de 1869 enfatiza que

los cubanos unidos en Guáimaro, en el instante primero de consagrar su independencia, declararon libres, sin reparos ni paga, a todos los esclavos de Cuba; y ese hecho de gloria legítima, el más puro y e caz de la Revolución, salvó de una vez de la servidumbre al negro, y a Cuba de las violencias y trastornos que los libertos, agradecidos en vez de lastimados, jamás promoverán en la república (1975h: 325-6).

He ahí la redención, cuando al alzarse en la Guerra Grande, los cubanos rompieron desde su primer día de libertad los grillos de sus siervos y convirtieron a costa de su vida la indignidad española en un pueblo de hombres libres. La Revolución fue la que devolvió a la humanidad la raza negra, fue la que hizo desaparecer el hecho tremendo (de la esclavitud).

En resumen, «todo esclavo de entonces, libre hoy, y sus hijos todos, son hijos de la revolución cubana» (1975m: 27).

Esa es la base sobre la cual en el discurso periodístico martiano se sustenta la hermandad entre blancos criollos —sostenedores, bajo la política colonial de España, de un pasado de esclavitud, pero que por espíritu fraternal, progresista y de rectificación devienen, con la Revolución de la libertad, demoledores radicales de la propia institución esclavista para alcanzar con la independencia del hombre la independencia de la patria—, y negros —que son liberados de su condición de esclavos y pasan redimidos a ser iguales que el blanco por un acto de justicia histórica que los hermana. De ese modo, si la horrorosa esclavitud constituye un elemento de tensión y conflicto en las relaciones entre ambos, su abolición por parte de la Revolución, y la conformación legal de tal acto en la Carta Magna de Guáimaro, expresan como contrapeso —en el día que nace la República de Cuba en Armas— el punto desde donde parte el sentido de reconciliación y desagravio, que conduzca al hermanamiento entre dos sectores poblacionales destinados a unirse si quieren a Cuba libre, y llamados a convivir pacíficamente y a amarse mutuamente si desean de veras la república cordial.

Las ideas más avanzadas del antirracismo martiano yacen vertidas en un texto antológico como «Mi raza» (1975x). En ese artículo, de vital importancia para la cubanidad, Martí expresa con meridiana claridad —al igual que en otros trabajos del periódico— que va más allá del antiesclavismo, distintivo de la vertiente independentista, y lleva la cuestión racial a un estadio superior: la integración del negro en la sociedad cubana y de paso desecha los prejuiciosos argumentos de superioridad o inferioridad de una raza sobre otra, tan en boga bajo la óptica del darwinismo social de entonces, y se adentra a analizar profundamente las dinámicas propias del racismo, en lo que constituye, además, una verdadera condena que se alza para todos los tiempos contra el flagelo del segregacionismo basado en el color de la piel.

En su examen del fenómeno, el Apóstol resalta la condición humana —la cual es inherente a todo hombre— por sobre la de raza, constructo creado para dividir a los individuos y legitimar la dominación ideológica de unos sobre otros, basada en una interpretación arbitraria y errónea de la biología. Por ello, Martí dice que «el hombre no tiene ningún derecho especial porque pertenezca a una raza o a otra: dígase hombre, y ya se dicen todos los derechos [...] Hombre es más que blanco, más que mulato, más que negro» (299).

A todo lo anterior añade Martí la distinción nacional, de carácter unitario y amalgamador, «cubano es más que blanco, más que mulato, más que negro» que sienta las bases de una ideología de la cubanidad pensada desde el fundamento de la integración racial y con la que se trasciende y se deja atrás, para siempre, aquellos siglos de discriminación y la noción estrecha y limitada de lo cubano arraigada, sobre todo en las tesis restrictivas y racistas del criollismo blanco, donde la cubanidad se presentaba como patrimonio exclusivo del grupo racial dominante (blanco criollo, preferentemente de la oligarquía nativa) y aparecía, por tanto, vetada para los descendientes de África.

En Cuba no habrá nunca guerra de razas. La República no se puede volver atrás; y la República, desde el día único de redención del negro en Cuba, desde la primera constitución de la independencia el 10 de abril en Guáimaro, no habló nunca de blancos ni de negros. Los derechos públicos (reconocidos primero por la Revolución), concedidos ya de pura astucia por el Gobierno español e iniciados en las costumbres antes de la independencia de la isla, no podrán ya ser negados, ni por el español que los mantendrá mientras aliente en Cuba para seguir dividiendo al cubano negro del cubano blanco, ni por la independencia, que no podría negar en la libertad los derechos que el español reconoció en la servidumbre. (300)

De esa forma, se in ere que el derecho reconocido del hombre negro que antes fue preterido —Estado de derecho mediante— constituye ente igualador y de equilibrio que sustentará la justicia social de la vida republicana. Así, el negro, antes esclavo, deja de ser objeto del derecho (pues un esclavo es una propiedad) para convertirse en sujeto de derecho, en calidad de ciudadano cubano.

Integración del buen español… y de otros «cubanos por adopción»

En el proceso de conformación de la identidad nacional, sabe Martí —cubano hijo de valenciano y canaria— que no tiene sentido negar el evidente pasado de hispanidad de la población cubana, porque tal como dijera en cierta ocasión, si españoles fueron los que nos sentenciaron a muerte, españoles son los que nos han dado la vida. Además, si por una parte el rechazo al componente africano de la cubanidad impidió durante siglos que esta se forjase plenamente; excluir el incuestionable aporte español de una cultura que se expresa en la lengua de Cervantes y cuya población de origen europeo desciende abrumadoramente de la Península Ibérica, devendría insalvable contradicción para la fragua identitaria de Cuba. Por tanto, el acercamiento a lo hispano debe forjarse desde la integración de ese grupo nacional. Sin embargo ¿cómo incorporar al hombre español al concepto de lo cubano, a sabiendas de que el surgimiento de la nación depende necesariamente de una guerra de independencia, que presupone, por tanto, la separación forzosa de España?

En primer lugar, Martí hace una distinción clave al manejar, en Patria, el concepto del buen español y desplegará una intensa campaña de persuasión sobre la población española en la Isla para que apoye y reconozca el carácter justo de la demanda cubana de independencia y se integre al proyecto nacional que se construye desde el campo separatista, al tiempo que educa al cubano en un deber ser de aceptación y reconciliación hacia aquel, con el cual ha de convivir como hermano.

Para ello, Martí diferencia y muestra claramente las dos caras de España ante Cuba: una, noble y trabajadora que viene con el sudor del emigrante que se aplatana y echa su suerte cada día como padre y hermano del cubano; la otra, la autoritaria y cruel —la gran enemiga que batir— representada en las instituciones coloniales, creadoras de la injusticia fundamental imperante en ese entonces en la Mayor de las Antillas.

En Patria, el Maestro apela, en varias ocasiones, a la matriz familiar para referirse al buen español, en su condición de padre que, llegado a la isla caribeña, echa raíces, se apega a su nueva tierra y ama a sus hijos cubanos que abrazan la causa libertaria frente al oprobio que acarrea y representa el sistema colonial. Asimismo, se reafirma el matiz de reconciliación, sustentado en el perdón a las injusticias pasadas con que los cubanos les abren los brazos a sus progenitores ibéricos, los cuales tendrán lugar seguro en una Cuba libre y soberana, pues

es ley que los hijos perdonen los errores de los padres, y que los amigos de la libertad abran su casa a cuantos la amen y respeten [...] No es el nacimiento en la tierra de España lo que abomina en el español el antillano oprimido; sino la ocupación agresiva e insolente del país donde amarga y atrofia la vida de sus propios hijos. Contra el mal padre es la guerra, no contra el buen padre; contra el esposo aventurero, no contra el esposo leal; contra el transeúnte arrogante e ingrato: no contra el trabajador liberal y agradecido. La guerra no es contra el español, sino contra la codicia e incapacidad de España. [...] Los españoles que aman a sus hijos, y pre eren las víctimas de la libertad a sus verdugos, vivirán seguros en la república que ayuden a fundar. La guerra no ha de ser para el exterminio de los hombres buenos, sino para el triunfo necesario sobre los que se oponen a su dicha. (1975y: 321)

Para Martí, está claro quién es el enemigo de Cuba y así lo define:

Por adversario entienden los cubanos libres [...] el gobierno ajeno que ahoga y corrompe las fuerzas del país, y la constitución colonial que impediría en la patria libre la práctica pacífica de la independencia. El adversario es el gobierno ajeno que en nombre de España niega el derecho de hombres a los hijos de los españoles, y atiza el odio entre los hijos y los padres; que esquilma una porción de sus dominios, la porción antillana, para pagar las deudas de toda la nación, y la guerra con que empapó en sangre el país a que provocó con su injusticia. (1975l: 365)

En el contexto de su obra en Patria, el Apóstol resalta la vocación afable, benévola y respetuosa de la futura República, para con el buen español, cuando enuncia en la sección «En Casa», el 24 de marzo de 1893, con motivo del fallecimiento de Antonio Giberga:

Por sí, antes que por sus hijos, era notable el español liberal que ha muerto en Matanzas, el padre del buen amigo Benjamín Giberga. No vivió con el odio, sino con amistad, en la tierra donde nacieron sus hijos. Para él, como para todos los españoles útiles y buenos, habría abierto sus brazos mañana nuestra república. (1975o: 414)

No obstante, la expresión de mayor integración e inclusión a la cubanidad puede encontrarse cuando ante la muerte en Cayo Hueso del catalán Mariano Balaguer —que amó y apoyó siempre la causa independentista de la Isla— el Apóstol re ere que «los españoles buenos, son cubanos» (1975 E: 391).

Importante resulta señalar que, si bien en Patria los españoles representan, por razones obvias, el mayor número de extranjeros que son integrados a la cubanidad —siguiendo el criterio de autores como Luis Álvarez et al. (2009)— no son los únicos enaltecidos con el mérito de ser «cubanos por adopción». Especial mención merecen al respecto otros casos como el del patriota Carlos Roloff, a quien Martí —si bien refiere su origen polaco— llama con orgullo «el cubano indomable y fidelísimo que trajo a la guerra de la libertad [...] de un país donde él no había nacido, su juventud y su fortuna» y que «ofrece, entre sus compatriotas que lo oyen de pie, su brazo y su sangre a la libertad cubana» (1975D: 400).

Tales casos reflejados en Patria denotan el sentido de nacionalidad abierta, a partir del carácter inclusivo e integrador que le impregna el Apóstol a la cubanidad: se es cubano no solo por el lugar de nacimiento, porque aun sin nacer en la Isla, siguiendo esta lógica se puede ser cubano por los méritos, el sacrificio y la sangre brindada en la defensa de la patria de acogida, la cual se siente como propia y en la cual se echa raíces. El dominicano Máximo Gómez es quizás el más representativo ejemplo de los tantos que tuvieron las guerras de independencia de la nación cubana.

La cubanidad latinoamericana y antimperialista de Martí

Desde la matriz geopolítica, la concepción de lo cubano pensada por José Martí queda ubicada, en el plano continental y geoestratégico, en el contexto de su pertenencia a lo latinoamericano y en oposición al imperialismo estadounidense, dado el peligro que este, por su expansión y carácter rapaz ya desde esa época, representa para las tierras al sur del río Bravo hasta la Patagonia.

La adscripción de lo cubano dentro del concepto de la patria mayor que es América Latina queda plenamente consignada —más allá de su concepción geográfica por la afinidad histórica, sustentada en una matriz cultural y familiar común (lo hispanoamericano)— en el discurso periodístico de José Martí en Patria. En ese sentido, el Apóstol re ere la región de pertenencia de lo cubano en el marco de «nuestra América», esa parte del continente trigueña, mestiza y criolla que se refleja diferente a esa otra América rubia, la del Norte voraz y anglosajón, muy distinta de la Latina. Sobre tal situación, dirá el Maestro desde un matiz étnico, geográfico y cultural:

En América hay dos pueblos, y no más que dos, de alma muy diversa por los orígenes, antecedentes y costumbres, y solo semejantes en la identidad fundamental humana. De un lado está nuestra América, y todos sus pueblos son de una naturaleza, y de cuna parecida o igual, e igual mezcla imperante; de la otra parte está la América que no es nuestra... (1975p: 35)

Alega en otra ocasión que «en la política de América, es riesgosa la idea de política del continente, porque con dos corceles de diferente genio y hábitos, va mal el carruaje» (1975o: 343).

Precisamente, en lo interno de esa cosmovisión resplandece, por su parte, el sentido latinoamericanista de una Cuba que fomenta, junto con la suya, la independencia de Puerto Rico; que forma parte de la familia hispanoamericana y que busca con su libertad y la puertorriqueña evitar la expansión imperialista.

Cuba no anda de pedigüeña por el mundo: anda de hermana, y obra con la autoridad de tal. Al salvarse, salva. Nuestra América no le fallará, porque ella no falla a América. [...] las dos tierras de Cuba y Puerto Rico [...] son, precisamente, indispensables para la seguridad, independencia y carácter definitivo de la familia hispanoamericana en el continente, donde los vecinos de habla inglesa codician la clave de las Antillas para cerrar en ellas todo el Norte por el istmo, y apretar luego con todo este peso por el Sur. Si quiere libertad nuestra América, ayude a hacer libres a Cuba y Puerto Rico. (1975z: 373)

En ese contexto y ante el afán expansionista y de conquista que asumen los Estados Unidos, Martí vislumbra la importancia capital de la lucha por la independencia de Cuba, la cual considera, más allá de lo local o regional, en un plano universal como una batalla por el equilibrio del mundo, donde las dos islas —una vez libres de España— sirvan de valladar infranqueable para la contención estratégica del imperialismo yanqui en el continente americano, acto que persigue evitar el desbalance de fuerzas en el orbe, en favor de una potencia tan rapaz. Por ello, reconoce el Apóstol que

Cuba y Puerto Rico entrarán a la libertad [...] con responsabilidades mucho mayores que los demás pueblos hispanoamericanos. Es necesario tener el valor de la grandeza: y estar a sus deberes […] Es un mundo lo que estamos equilibrando: no son solo dos islas las que vamos a libertar,

afirma al referirse a la nueva revolución que se gesta, a esta obra libertaria de previsión continental, que busca «evitar, con la vida libre de las Antillas prósperas, el conflicto innecesario entre un pueblo tiranizador de América (Estados Unidos) y el mundo coaligado contra su ambición». En esa coyuntura, consciente el Apóstol de que «un error en Cuba es un error en América, es un error en la humanidad moderna», destaca la misión histórica del PRC, convencido de que la independencia de Cuba y Puerto Rico no es solo el medio único de asegurar el bienestar decoroso del hombre libre en el trabajo justo a los habitantes de ambas islas, sino el suceso histórico indispensable para salvar la independencia amenazada de las Antillas libres, la independencia amenazada de la América libre, y la dignidad de la república norteamericana. (1975ñ: 142-3)

De ese modo, si la afinidad de la mayor de las Antillas con América Latina se sustenta en lazos de familiaridad por obvias razones históricas a ello se agrega que la cubanidad cierra las frente al peligro externo que amenaza —no solo a la Isla sino a todo el continente y por extensión al equilibrio del mundo— y se incrusta y funde en la identidad latinoamericana ante la necesidad de unidad de la región para combatir a un enemigo común y más poderoso: el imperialismo yanqui.

Es cubano todo americano de nuestra América y en Cuba no peleamos por la libertad humana solamente; [...] ni por el bien exclusivo de la isla idolatrada, que nos ilumina y fortalece con su simple nombre: peleamos en Cuba para asegurar, con la nuestra, la independencia hispanoamericana. Otros crecen, y tenemos que crecer nosotros. En los viveros de los pescadores, se ve cómo el pez recio y hambrón, cuando se le encaran juntos los peces pequeños, bate el agua con la cola furibunda, y deja en paz a los peces pequeños. Es cubano todo americano de nuestra América. (1975o: 375-6)

Esta cita, sin dudas, puede considerarse un perfecto llamado, desde el pasado, a la integración latinoamericana; es acaso el sentido de una causa por la supervivencia de una identidad permanentemente amenazada por «el Norte revuelto y brutal que nos desprecia»; es, con toda probabilidad, la única forma de impedir a tiempo —como expresara el Apóstol en providencial carta-testamento a su amigo Manuel Mercado— que los Estados Unidos caigan «con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América» (1975e: 167).

 

Referencias

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