Eternos césares contra diezmados héroes

Resumen: 

Se reflexiona sobre el tema de la tiranía en José Martí. Con la ayuda de obras de arte que él describió se acerca a la psicología del dictador y al papel arriesgado, pero trascendente, de aquellos que se enfrentan al abuso de poder.

Abstract: 

A reflection upon the topic of tyranny in Jose Marti. With the help of works of art that he described, he explores the psychology of the dictator and the risky, but transcendental role of those that confront the abuse of power.

Este ensayo constituye una síntesis del libro José Martí, los tiranos y seis novelas terribles, publicado, en 2019, por la Editorial Académica Española.

 

La repulsión ante la tiranía es un motivo constante en la obra literaria de José Martí, que desde su periódico satírico-juvenil El Diablo Cojuelo hasta su Diario de campaña postrero, no dejó de cavilar, combatir y denunciar el autoritarismo en cualquiera de sus representaciones. Esta vocación antitiránica es señalada con la debida sistematicidad; comúnmente, se resaltan más sus valores americanistas, antimperialistas e independentistas, y queda en un segundo orden este aspecto medular de su estirpe intelectual.

El rechazo por los tiranos también emergió en su exilio en los Estados Unidos. Un meritorio estudio sobre este tema es el ensayo de Carmen Suárez León (2006) «La república cesárea en el imaginario martiano». Ahí se analiza el paso en que la República estadounidense se vuelve Imperio y el cambio de esencia del gobierno norteamericano que bajo los partidos tradicionales de republicanos y demócratas esconde su condición egoísta e invasora. La investigadora estudia estos presupuestos en poemas emblemáticos de Martí como «Estrofa nueva» y «Pollice verso», así como el personaje político que encarna este pernicioso cambio de mentalidad y que el cubano estudia a profundidad: James Gillespie Blaine (1830-1893).

Por otro lado, el estudioso francés Paul Estrade (2007), en su ensayo «José Martí y la Revolución francesa», comenta los procesos liberales que vivió el cubano en su etapa de desterrado: la caída de Isabel II y el nacimiento de la primera República española en 1873, la etapa de Reforma en México continuada por Sebastián Lerdo de Tejada, y la Revolución liberal en Guatemala comenzada por Miguel García Granados. Mas él ve naufragar todos estos intentos reformistas y, según Estrade, llega a esta conclusión:

Ya está convencido el revolucionario de que las tiranías no se enmiendan de por sí, de que los gobiernos opresores no conceden de por sí las reformas que quieren los pueblos; no basta con pedir la libertad ni con exigirla, hay que conquistarla, arrebatarla, defenderla. Esta ley es general, a su parecer. Vale para la España alfonsina como valió para la Francia borbónica y como valdrá para la Rusia zarista. (551).

Estrade registra las valoraciones martianas en contra de grandes tiranos franceses como Napoleón, a quien llamó «El corso vil, el Bonaparte infame», en el poema «En torno al mármol rojo» (Martí, 2007a), y Jean-Paul Marat, «el pelo de barba de la República, peregrino de Escocia, vendedor de plaza en Francia, caudillo de confinados, tal vez sabio, nunca loco, siempre cruel» (Martí, 2000: 147-8). En ambos casos, son personajes emergidos de un suceso temido por el poeta, en el cual la Revolución que lucha contra una tiranía —en este caso, monárquica— genera nefastos líderes que traicionan los ideales de libertad y felicidad de las mayorías que les dan el poder.

En cuanto al combate a las tiranías por Martí, desde lo literario, un estudio que resulta también muy revelador es el ensayo de Ana Cairo Ballester (1997) «Martí y Hugo: dos poetas en el destierro», en el que se señala la admiración por el poemario Los castigos —gran crítica poética de Hugo, en forma satírica, a la dictadura de Luis Bonaparte (177-8). En la isla de Guernesey, el poeta francés estuvo exiliado de 1851 a 1870 por ser enemigo del 18 Brumario liderado por Bonaparte. Los castigos es de ese período de su destierro, y en él exalta a los pobres, quienes sufren la miseria y los desmanes de la satrapía. El hecho de crear literatura antitiránica desde la emigración se evidencia también en la poesía martiana, y Cairo analiza el poema «Hierro» de Versos libres, en donde se palpa el dolor tremendo de marcharse de la tierra amada debido a la forma en que los déspotas se enseñorean de ella.[1]

Martí sintió repulsión por muchos tiranos, sobre todo contra aquellos que tuvieron una relación directa con nuestra historia americana, e incluso por guras históricas a las que hubo de padecer en sus viajes por el continente o a las que desenmascaró a través de su periodismo neoyorquino. Más de una vez, el escritor mostró su desprecio por el monarca español Felipe II, quien, a pesar de su gran imperio, prácticamente nunca se desplazó durante su reinado, y bajo su sombra de poder se cometieron tantos desmanes en América. Se trataba de un monarca muy cerrado en sí mismo, muy poco exible, a pesar del vasto territorio que gobernaba, y que favoreció la debacle económica de España, a través de las sangrías sistemáticas de los banqueros genoveses y holandeses y de un gasto militar por encima de sus posibilidades de ingreso, a causa de la larga Guerra de Flandes y el desastre marítimo de La Armada Invencible. Pero lo que más rechazaba Martí de este rey era su fanatismo religioso, el auge que tuvo en su mandato la Inquisición española, y el hecho de haber centralizado tanto poder en nombre de Dios y vivir la ilusión de ser una especie de representante divino a escala global. Lo anterior lo sintetiza al visitar, en 1879, el Salón de Autores Contemporáneos de Madrid y ver un retrato del monarca realizado por el pintor Domingo Valdivieso: [A]quel hombre que llegó a creerse Dios sobre la tierra, y a convencerse de que la tierra entera era rebelado demonio que le era, por divino encargo, fuerza someter a su poder. Y en eso parece que piensa cuando mira el Auto de fe desde el corredor de Valdivieso. (1975g: 140)

Las obras de arte permiten muchas veces conocer los criterios de Martí sobre antiguos tiranos de la historia universal. Una representación plástica muy reiterada, como la muerte de Marat (inmortalizada por David) o la de Holofernes (plasmada con maestría por Artemisia Gentileschi), puede convertirse en excelente punto de apoyo para hablar sobre los tiranos y el odio que propagan. En México, por ejemplo, pudo realizar un pensado estudio de la muerte de Marat, a partir de un cuadro de Santiago Rebull y el hecho recurrente de que el abuso de poder lleva al heroísmo, aunque en estos casos se trata de una valentía aún más singular y admirable: ante la ineptitud de los hombres, la mujer es quien demuestra su arrojo y sacrificio.

Dos malvados hicieron surgir dos heroínas, producidas en época distinta con esta semejanza que prueba la identidad del espíritu humano. El clavo de Judith es el puñal de Carlota Corday: Holofernes murió porque era tirano único; pero en Francia, como a la exageración del dominio corresponde la exageración de la rebeldía, no murió Marat con morir, porque la tiranía de muchos produjo en la explosión muchos tiranos. Cada odio era un despotismo, y cada pecho francés era altar de odio, si el odio merece alguna vez culto ni altares. (2000: 146)

Esta versión pictórica de La muerte de Marat, también recibió loas del pintor mexicano Felipe Gutiérrez. Se coronó con el gran premio de la exposición de San Carlos, y Martí fue invitado como orador al acto de premiación (2001: 402).

Rebull sabía que era este un tema ya perfectamente logrado por David, el artista neoclásico. La obra, de 1793, es estremecedora, de gran naturalismo, una de las cimas de la historia de la pintura francesa, admirada por Baudelaire y realizada casi in situ después del asesinato del líder jacobino. De hecho, David había hablado con Marat ante la propia bañera donde fuera asesinado, lugar que utilizaba para trabajar y a la vez tratarse una afección de la piel. El artista mexicano esquiva por completo la idea de David y se afilia más a la composición del cuadro de Paul Jacques Aime Baudry de 1860 titulado Charlotte Corday, en el cual Marat yace apuñalado mientras que, en una esquina de la habitación, con pose estoica, aguarda Carlota la llegada de la plebe fanática. Sin embargo, en la obra de Rebull es ella la gran protagonista; en vez de la esquina, ocupa el centro del cuadro. Decidida, valiente, acaba de retirar la mano ensangrentada del pecho del líder populista; puede que el estertor y hasta el grito de Marat sean causa de la entrada del gentío que irrumpe en la habitación desde la sombra esquinada del cuarto.

Martí, a través de este lienzo, desarrolla por vez primera una estrategia discursiva característica de su crítica de arte y es la de ver el cuadro como fuente de conocimiento. La posibilidad de aprender historia, filosofía, ciencia y literatura a través de la obra plástica. A partir de una imagen, el crítico nos incita a investigar, a asociar, a relatarnos el pasado de forma libre, amena, dinámica, donde el gusto se mezcla con la cultura. Es por ello que esta muerte de Marat deviene pretexto para la disertación y para desplegar el amplio talento asociativo del cubano.

A Carlota la compara con Judith, la que arrancara la cabeza del tirano Holofernes, y con Vetella, la sacerdotisa de los antiguos galos, pues ve en la Corday una mezcla de lo enérgico con lo casto. Incluso hace un análisis psicológico del personaje a partir de los libros que leyó, la familia de donde proviene y los hechos que más lo laceraron antes del gran suceso; es decir, cómo la Revolución fue la causa de «la emigración de sus hermanos; el asesinato de un hombre a quien tal vez amaba, y, sobre todo, el horror de un alma exquisita a los desórdenes feroces de los movimientos populares» (2000: 147).

Pero asombra el retrato relampagueante y crítico que hace, a partir de este cuadro, de la gura de Marat, el llamado «líder del pueblo»; lo que denota, desde esta temprana fecha, su negación por el líder fanático que propaga el odio y la ira de las masas populares; aunque la muerte de Marat no cambiaría sustancialmente la situación de aquellos años, pues, como afirma, en el caso de Francia la tiranía y el odio acumulado de muchos produjo, en la explosión, muchos tiranos. Por lo que, según él, más que la venganza o el rencor, es la conciliación «la ventura de los pueblos» (146). Y entonces nos deja esta magistral descripción:

Allá estaba Marat, el médico que no curó jamás a un noble, el pelo de barba de la República, peregrino de Escocia, vendedor de plaza en Francia, caudillo de con nados, tal vez sabio, nunca loco, siempre cruel. Quiso ser monstruo, y llegó a serlo: fue lo grosero y lo espantoso, pero fue lógico; siglos de esclavitud habían de echar de su seno de cadenas un hombre semejante.

Tenía la hipocresía de la virtud, y hasta su concepto; pero no tuvo nunca su valor: no en vano su terrible nombre pugnaba sin hallar salida en los honrados labios de Loubet.[2] (147-8)

Existe un famoso poema, ubicado en Versos libres, que lleva por título «Pollice verso».[3] Se trata de una composición en torno a la condición humana, que aborda la vida como una constante lucha, arena de lidia en circo romano donde, para abrirse paso, se ha de combatir contra innumerables obstáculos. Este poema —nos advierte el autor en un bajante del título— forma parte de sus memorias de presidio, momento oscuro, donde el peso del poder español en Cuba ha caído sobre su adolescente corpulencia. El referente visual o evocador de estos versos es la imagen de un cuadro de Jean Léon Gérôme, reconocido pintor académico francés del siglo. En el lienzo, un gladiador, al cual no se le ve el rostro con nitidez pues tiene una terrible armadura en la cara, deja fuera de combate a su contrincante. Lo pisa cual cucaracha y sencillamente espera el veredicto del César, a partir del movimiento del pulgar, para degollarle o perdonarle la vida. Iván A. Schulman (2007) analizó este proceso creativo de la plástica a la literatura:

En él se define una de las innovadoras prácticas escriturales de Martí y de los creadores revolucionarios de su generación, quienes desde los espacios imaginarios del sujeto moderno apropiaban técnicas de otras artes, en este caso de la plástica, y los incorporaban en «transtextualizaciones», o si quieren, en «intertextos» que en algunos casos se caracterizaban por transferencias de técnicas asociadas comúnmente con la pintura, o en otros, de «traducciones» verbales —narraciones descriptivas— en las que se intentaba fijar en el arte literario lo que se había dado antes en la creación plástica. (450)

La venta de la galería Stewart es el estudio clásico de Martí sobre el mercado del arte, escrito el 15 de abril de 1887, y titulado «El arte en Nueva York» (2013). Se trata de una crónica literaria y detallada sobre una subasta de cuadros al estilo neoyorkino. A través de la portentosa mano descriptiva del cronista viajamos al salón de la subasta y nos enteramos de la manera de ser y apariencia del millonario estadounidense para este tipo de reuniones. En aquella velada, existió gran expectativa por dos cuadros de temática histórica: La carrera, que ambienta una de las competencias de cuadrigas en el Coliseo romano y Pollice verso, el cual tendrá una connotación especial para el escritor cubano. De hecho, la propia existencia del poeta, desde el presidio político hasta la fecha de escritura, e incluso, podríamos agregar, hasta su muerte en Dos Ríos, ha sido una constante lucha y cercanía de la muerte. Él se solidariza con el que yace para gusto de la plebe y el César, y observa en esa escena, representada por el pintor francés, una alegoría, trágica pero cierta, de su vida en la tierra.

Curiosamente, el Primer Magistrado de Alejo Carpentier, en su novela El recurso del método, siente especial admiración por la cultura francesa;[4] incluso, la mayoría de los pintores referidos en la novela, exceptuando los de las vanguardias artísticas, son mencionados por Martí en las críticas de arte neoyorquinas, realizadas en la década de los 80;[5] y en la trama de la novela, sospechosa casualidad, el cuadro de Gérôme —Pollice verso— es uno de los predilectos del tirano, y forma parte de su colección privada. Aunque esta obra de arte, en manos del déspota, presenta una mirada interpretativa totalmente opuesta al poeta: lo que verdaderamente disfruta el caudillo en la trama narrativa es acercarse al cuadro y, cual eterno César que no muere nunca en nuestras tierras, decir frente al lienzo: «Mátalo».

En cualquier caso, el conocimiento de la obra de arte plástica ha pasado a la escritura y ha hecho más sugerente los argumentos narrativos y poéticos. Las detenciones en estos cuadros contribuyen a subrayar que los tiranos son propensos a la represión: aquellos poderosos que, henchidos de absolutismo de poder, egoísmo y cerco de aduladores, hacen más daño que beneficio a la historia universal.

En el contexto de regímenes muy prolongados sobre masas erosionadas y faltas de esperanzas existe también otro suceso muy temido por Martí. Se trata de la escenificación del papel libertador, compasivo y dispuesto a la ayuda de un gobierno extranjero. Con pragmatismo calculador se aprovechan del agotamiento y desgaste de una población para expandir su modelo de vida sobre ella. Esta situación de poder, repetida una y otra vez, constituye el origen de la propia historia sangrienta de América Latina, pues el mal gobierno de los aztecas, y las equivocadas interpretaciones religiosas, le permitieron a Hernán Cortés ocupar un vasto territorio con relativa facilidad, lo que en síntesis exquisita narra el prosista a los lectores de La Edad de Oro:

Los aztecas gobernaron como comerciantes, juntando riquezas y oprimiendo al país; y cuando llegó Cortés con sus españoles, venció a los aztecas con la ayuda de los cien mil guerreros indios que se le fueron uniendo, a su paso por entre los pueblos oprimidos.

Las armas de fuego y las armaduras de hierro de los españoles no amedrentaron a los héroes indios; pero ya no quería obedecer a sus héroes el pueblo fanático, que creyó que aquellos eran los soldados del dios Quetzalcóatl que los sacerdotes les anunciaban que volvería del cielo a libertarlos de la tiranía. Cortés conoció las rivalidades de los indios, puso en mal a los que se tenían celos, fue separando de sus pueblos acobardados a los jefes, se ganó con regalos o aterró con amenazas a los débiles, encarceló o asesinó a los juiciosos y a los bravos; y los sacerdotes que vinieron de España después de los soldados echaron abajo el templo del dios indio, y pusieron encima el templo de su dios. (1975j: 382-3)

El análisis martiano sobre las ruinas indias es una alerta constante para los destinos del continente americano. En este magnífico texto, el autor llega a recrear, a pura imaginación, cómo fue Tenochtitlán en su esplendor. Semejante a un viajero recién llegado (una de sus perspectivas narrativas preferidas) alcanza a describirnos el sonido, el color, los hombres y mujeres cotidianos, así como los detalles arquitectónicos de majestuosas edificaciones. Pero de improviso cae abruptamente en la visualización de las ruinas. Tanto esfuerzo constructivo, talento y cultura acumulada, para perder todo a manos extranjeras:

Tenochtitlán no existe. No existe Tulán, la ciudad de la gran feria. No existe Texcoco, el pueblo de los palacios. Los indios de ahora, al pasar por delante de las ruinas, bajan la cabeza, mueven los labios como si dijesen algo, y mientras las ruinas no les quedan atrás, no se ponen el sombrero. (384-5)

Y el oportunismo de la España del siglo XVI fue heredado por los Estados Unidos del siglo XIX, y México fue igualmente el ejemplo inicial de esta vocación imperial de utilizar a los caudillos americanos en su beneficio. La nación mexicana pagó el alto costo de compartir fronteras con un país expansionista, enmascarado en la imagen de defensor de la libertad y la democracia. Aprovechó el gobierno estadounidense el militarismo desenfrenado y la falta de carisma del general Santa Anna para iniciar el rejuego magistral del robo de territorios e influencias económicas: «Cuando el ejército americano ocupó a México, solo tuvo que habérselas con un Dictador tiránico, corrompido y enteramente impopular: el General Santa Anna» (1975a: 43).

Al analizar estas características del tirano, a partir de los presupuestos del propio Martí, se podría pensar que él mismo —líder de un movimiento independentista— tendría que estar preparado para no caer en estas tentaciones de poder. Según su escritura, las personas que se aprestan a dirigir sufren de dos enfermedades fundamentales: la ansiedad por alcanzar el mando y permanecer lo más posible en ese estatus asegurando su puesto, o la depresión cuando por alguna razón saben que deben deponer su cargo. Estas dos aristas de la jefatura las ejemplificaba con genio a partir del modelo de la presidencia de los Estados Unidos:

Pero el suceso de más significación ha sido la muerte de Chester Allan Arthur, que no hace todavía dos años era Presidente de los Estados Unidos. Solo resisten el vaho venenoso del poder las cabezas fuertes.

El espíritu despótico del hombre se apega con amor mortal a la fruición de ver de arriba y mandar como dueño, y una vez que ha gustado de este gozo, le parece que le sacan de cuajo las raíces de la vida cuando lo privan de él.

Otros mueren, como Greeley y Hancock, de desear la Presidencia. Arthur murió de tener que abandonarla. (1975d: 155-6)

La riqueza espiritual evita, para Martí, la mezquindad política. Si un líder no demuestra ser capaz de controlarse a sí mismo en el ejercicio de sus facultades, cómo va a ser digno de llevar el control de muchos. El que manda debe extirpar la costumbre de imponer sin explicaciones, de dar por sentado que es el más importante e imprescindible de una colectividad. Debe cultivar la búsqueda del consenso, la transparencia y el arte de no corromperse mientras se manda, pues la dirigencia es un acto de servicio y sacrificio y no de servirse y aprovecharse. Estos elementos constituyen algunos de los preceptos básicos para la compleja empresa del líder, y así lo expone el escritor en ese libro soñado que nunca pudo escribir y que debió titularse El concepto de la vida:[6]

La libertad política no está asegurada, mientras no se asegure la libertad espiritual. Urge libertar a los hombres de la tiranía, de la convención, que tuerce sus sentimientos, precipita sus sentidos y sobrecarga su inteligencia con un caudal pernicioso, ajeno, frío y falso.—Este es uno de esos problemas misteriosos que ha de resolver la ciencia humana —hoy entrevisto apenas, vulgar mañana y de todos conocido,—difícil y oculto a las miradas comunes,—mas no por eso menos grave.—Bueno es dirigir;—pero no es bueno que llegue el dirigir a ahogar. (1975i: 290)

Doble alabanza daba Martí para los que mostraban el enorme valor de enfrentar al tirano en cualquiera de las épocas. Desenmascarar su egoísmo y su afición al poder.

De la antigua Grecia, de los legendarios tiranicidas, Aristogitón y su joven amante Harmonio, quienes unieron fuerzas para apuñalar al tirano Hiparco, aunque esto les acarreó luego la tortura y la muerte —escribió. En un texto de 1882 recuerda el escritor cubano esta historia del 514 AC:

[L]os hombres jóvenes del ático, para que el viento llevase luego sus hazañas, cantadas por los poetas, coronados de laurel y olivo, a decir de los tiranos que aún eran bastante fuertes los brazos de los griegos para empuñar el acero vengador de Harmonio y Aristogitón». (1975f: 267)

No menos sorprendente para él fue la valentía de Judas Macabeo, el tercer hijo del sacerdote Matatías, que venció en gran desventaja de fuerzas al rey asirio Antíoco IV y dio muerte a Apolonio, el saqueador de Jerusalén, y posteriormente reconstruyó el Templo en el 161 AC. De acuerdo con la tradición talmúdica, en los días de combate en la ciudad sagrada, solo se encontró un cantarillo de aceite para iluminar el interior del santuario, pero increíblemente el candelabro alumbró sin parar por ocho días y, gracias al liderazgo de Judas Macabeo y al milagro de la luz, el pueblo hebreo venció y decidió realizar, desde aquella fecha, la fiesta de las luces; para Martí, esta celebración tenía una significación especial porque se trataba del triunfo de la luz (motivo tan caro a su poesía) y la unidad de la patria para enfrentar a sus opresores.

Dejar solo el templo en los días de esta es desertar de las banderas de la patria; y ¡de la patria puede tal vez desertarse, mas nunca en su desventura! Cierran talleres y tiendas en los días consagrados por su iglesia, y celebran con danzas y festines las hazañas de Judas Macabeo, que se llamó el Macab, porque dio golpes de maza en el testuz de los tiranos, y entró triunfalmente, a la cabeza de sus huestes redentoras, en el templo que había profanado el vil Antíoco. (1975e: 205)

En el caso de la historia norteamericana, siempre reverenció la actitud de George Washington luego de alcanzada la independencia de las Trece colonias, pues prefirió la autonomía de las leyes para cada territorio —manteniendo una unidad global como país— que ejercer, con su prestigio alcanzado en la lucha, un criterio centralizado o autoritario de adhesión, que podría interpretarse como síntoma de tiranía. Washington, que contaba con todo el beneplácito para el mando absoluto, se negó a emplearlo. Fue enemigo de sí mismo, tuvo control y paciencia. El cubano festejó grandemente aquella manera de actuar y pensaba que el premio a la sabiduría del líder fue la Constitución de los Estados Unidos de 1787.

Estado había en que el whisky servía de moneda, y en otro el puerco salado. Ya seguían a balazos por las calles al juez federal, celebraban congresos rebeldes, se alzaban contra el Congreso en armas. Washington, que se levantó siempre dos horas antes de salir el sol, nunca escribió tantas cartas […] Y el único que podía ser el tirano, rogaba, casi con lágrimas, que la nación se pusiera a tiempo en condiciones de no ser presa de tirano alguno […] De entre las luchas, las escaramuzas […] surgió por n, a fuerza de concesiones mutuas, la Constitución en que actúan sin choque los gobiernos libres de los Estados. (1975b: 382)

Comportamiento semejante tuvo en la historia americana de José de San Martín, incluso en el texto emblemático de Martí «Los tres héroes (Hidalgo, Bolívar, San Martín)», el elogio más limpio y sin tacha es para el general argentino, que a diferencia de otros caudillos como Páez, Grant o el propio Bolívar, no mostró la más ínfima intención de acaparar poder para sí luego de la victoria. La patria quedó todo el tiempo por encima de su gloria personal. Y desde que llegó a Suramérica, su conocimiento militar, lleno de disciplina y estrategia, estuvo siempre en función de derrocar el poder español, sin pedir nada a cambio. «Cuando desembarca en Buenos Aires, con el sable morisco que relampagueó en Arjonilla y en Bailén y en Albuera, ni trae consigo más que la fama de su arrojo, ni pide más que “unidad y dirección”» (1975l: 226).

De la región caribeña, Martí llegó a mostrar sus respetos al mismo general Gregorio Luperón, quien frenó con sus victorias el proceso de anexión de República Dominicana a España liderado por Pedro Santana (1861-1865), y luego se enfrentó al intento de venta de la península de Samaná a los Estados Unidos por Buenaventura Báez. En los catorce meses que tuvo bajo su mando la presidencia del país, logró la paz y el desenvolvimiento de unas elecciones libres. En 1887, apoyó la candidatura de Ulises Heureaux, más conocido por Lilís, pero cuando observó el despotismo de su compadre, no dudó en sublevarse a pesar de que eran coterráneos y amigos personales. El propio Lilís (conocedor de la honradez de Luperón) fue a buscarlo a Isla Saint Tomas para que el general pasara los últimos años de enfermedad en su Puerto Plata natal. Y en ese contexto postrero es que lo conoce el cubano y expresa lleno de admiración:

Y acá tengo, sentado frente a mí, al que en aquella tierra ha alcanzado influjo y poder bastantes para hacerle mal y mucho bien y ha preferido hacerle bien. Es mucho más grande que un tirano el que no ha querido serlo. La luz de la libertad lo viste. El amor de un pueblo lo acompaña. Le sigue por todas partes la admiración de los hombres honrados. (1975h: 310)

Respecto a Cuba, él entendía que, para evitar la futura tiranía luego de lograda la independencia, más que la oposición de individualidades (como fueron los casos de Washington y Luperón en las historias de los Estados Unidos y República Dominicana) era mejor la oposición de todo un partido político que sirviera de protector de las causas republicanas. Sin embargo, al concebir el Partido Revolucionario Cubano, lo menos que imaginó Martí fue que su amigo, Tomás Estrada Palma, ya con el cargo de delegado en su poder y ocurrida la muerte del poeta, dejara sin efecto esta vital misión y facilitara el n de esa organización en el momento que más se necesitaba de su presencia.

Si Cuba necesita de un guardián celoso contra la guerra incauta, contra la exaltación del entusiasmo ignorante por un demagogo terco, contra la tiranía embozada satisfecha que se pone de valla a la obra laudable de sacar a la patria de su postración,—ese guardián celoso es el Partido Revolucionario Cubano.(1975c: 348)

Lo cierto es que Martí ponía su estima y respeto por aquel que enfrentaba al tirano en cualquier lugar, época o circunstancia. Nada para él era más despreciable que el aprovechamiento de la confianza de muchos para gobernar por capricho o gloria. Y en una cuarteta diáfana y trascendente del poema «VII» de Versos sencillos, semejante a los golpes del Macab y coincidentemente a los ocho días que duró encendido el candelabro hebreo, sentenció: «Estimo a quien de un revés/ Echa por tierra a un tirano:/ Lo estimo, si es un cubano;/ Lo estimo, si aragonés» (1975k: 75).

No hay dudas de que el abuso de poder ha carcomido el majestuoso árbol americano y universal. De ahí que déspotas, dictadores o tiranos sean, tristemente, parte ineludible de nuestra literatura. De la corriente iniciada en él  con versos como «El himno del desterrado», de José María Heredia, o el cuento «El matadero», de Esteban Echevarría, o la pieza teatral Baltazar, de Gertrudis Gómez de Avellaneda, o la novela Amalia de José Mármol, o la prosa fundacional de Facundo (Domingo Faustino Sarmiento) es continuadora y partícipe la obra martiana y lo que en el siglo  y  se denominó «novela del dictador». Aunque, para José Martí, la gura del tirano es fuente de tres complejas ramificaciones: puede referirse a la estructura colonial (aquellas naciones que a través de los métodos más diversos se enseñorean de otras); a las individualidades henchidas no solo de poder político, sino de cualquier tipo de avasallamiento militar, religioso, familiar o cultural; y, por último, a los sostenedores de esas costumbres: los cómplices de las tiranías que, para él, muchas veces se convierten en entes más detestables que los mismos poderosos.

En algún momento nuestros pueblos serán conscientes de que estos personalismos políticos, en más de una ocasión apoyados en el prestigio militar, son más dañinos que beneficiosos. En algún momento se tomará nota de las alertas que por más de dos siglos han realizado nuestros escritores y, especialmente Martí, quien en su ensayo «Nuestra América» (1 de enero de 1891) sentenció: «Las repúblicas han purgado en las tiranías su incapacidad para conocer los elementos verdaderos del país, derivar de ellos la forma de gobierno, y gobernar con ellos» (2010: 9).Un día ocurrirá que para dirigir en los pueblos americanos los líderes vivan entre los humildes, compartan entre ellos sus carencias y desfallezcan para solucionarlas.

 


 
   

[1] [E]l proscripto/ De sus entrañas propias se alimenta!/ ¡Tiranos: desterrad a los que alcanzan / El honor de vuestro odio: —ya son muertos!/ Valiera más ¡oh bárbaros! Que al punto/ De arrebatarlos al hogar, hundiera/ En lo más hondo de su pecho honrado/ Vuestro esbirro más cruel su hoja más dura! (Martí, 2007b: 108)

[2] Émile Loubet (1838-1929) fue un político francés que tuvo fama de honrado y buen orador. Cuando obtuvo la presidencia de 1899 a 1906 no aceptó la reelección.

[3] Expresión latina verso pollice, con el pulgar hacia abajo (gesto que fue empleado en los coliseos para indicar la muerte del derrotado).

[4] Además de Gerardo Machado (Cuba), Carpentier tomó de modelo para su arquetipo del tirano americano otras figuras autoritarias del  bien conocidas por Martí, entre ellas destacan: Por rio Díaz (México) y Guzmán Blanco (Venezuela), fervientes admiradores de la cultura francesa.

[5] Carpentier admiraba grandemente los criterios plásticos de Martí: «En años en que los museos y galerías eran mucho menos numerosos que ahora, y la reproducción de obras de arte estaba muy lejos de acercarse a la perfección técnica de la actual, Martí iba hacia la pintura con una seguridad de juicio, un conocimiento de las escuelas, una justeza de enfoques dignos de los más grandes críticos de arte del momento... Uno de sus textos extraordinarios –por profético, por exacto– es aquella piafante prosa que consagraba, en 1886, a una exposición de pintores franceses, dada en Nueva York [...] ¿Hay algo que cambiar acaso, al cabo de casi setenta años, a esta crítica martiana?» (Carpentier, 1993: 59)

[6] Sobre su proyectado libro, de carácter bastante existencialista y poético, Martí le escribió a Miguel Viondi, desde Nueva York, el 24 de abril de 1880: «Tengo pensado escribir, para cuando me vaya sintiendo escaso de vida, un libro que así ha de llamarse: El concepto de la vida.—Examinaré en él esa vida falsa que las convenciones humanas ponen enfrente de nuestra verdadera naturaleza, torciéndola y afeándola,—y ese cortejo de ansias y pasiones, vientos del alma.—Digo esto porque me preparaba ya a escribirlo.—Pero puede ser que la alegría que el resultado de labores de más activo género ha de causarme, y me causa,—y esa sabia casualidad que le hace a uno vivir hasta que deja de ser capitalmente útil, me llenen de aire nuevo los pulmones y me limpien las venas obstruidas de mi corazón»(1975i, 290).

Referencias

Cairo Ballester, A. (1997) «Martí y Hugo: dos poetas en el destierro». En: Letras. Cultura en Cuba. VV. AA., La Habana: Editorial Pueblo y Educación, 175-88.

Carpentier, A. (1993) «Martí y los impresionistas». En: Letra y solfa, v 3. La Habana: Letras Cubanas, 58-60.

Estrade, P. (2007) «José Martí y la Revolución francesa». En: Valoración múltiple. José Martí, t. I. Toledo Sande, L. (edit.), La Habana: Fondo Editorial Casa de las Américas, 547-58.

Martí, J. (1975a) «Carta de Nueva York» [La Opinión Nacional, 24 de diciembre de 1881]. Obras completas (O. C.), t. 9, 199-207.

______ (1975b) «Carta de Nueva York» [La Opinión Nacional, 4 de marzo de 1882], 265-74.

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______ (1975d) «El centenario americano» [La Nación, 21 de junio de 1889]. O. C., t. 13, 382.

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