El Partido de Martí: fundar la república tras la guerra

Resumen: 

La república pensada por José Martí, que sería fundada después de la guerra de liberación, fue concebida y preparada por el Partido Revolucionario Cubano, por lo que el más importante de los aspectos que tratar es la definición de dicha organización, fundada por él, lo que implica precisar sus objetivos.

Abstract: 

The republic designed by José Martí, which would be founded after the war of liberation, was conceived and prepared by the Cuban Revolutionary Party, so the most important aspect to address is the definition of said organization, founded by him, It implies specifying your objectives.

En ocasiones anteriores me he referido a diversos aspectos del Partido Revolucionario Cubano (2011a; 2011b); en el presente texto centraré la atención en algunas de las características de la república concebida por José Martí, que sería fundada después de la guerra de liberación, concebida y preparada por dicha organización, por lo que se impone referirme a la estructura, funciones y objetivos de esta, aunque solo de modo sintético.

El Partido Revolucionario Cubano

El más importante de los aspectos a tratar es la definición del partido fundado por José Martí, lo que implica precisar sus objetivos, pues al partir de consideraciones iniciales erróneas se derivan interpretaciones equivocadas. Uno de los grandes aportes de Martí al pensamiento político es su concepción de la organización política, al argumentar que sus características deben estar determinadas por los fines a alcanzar. Si el propósito es fundar una sociedad democrática, justa y equitativa, el partido que se proponga construirla debe estructurarse y funcionar sobre tales principios y prácticas. Expresó que la nueva agrupación surgía «del empuje de un pueblo aleccionado, que por el mismo Partido proclama, antes de la república, su redención de los vicios que afean al nacer la vida republicana» (1975j: 366-9).

Eran objetivos esenciales de la nueva agrupación preparar la guerra independentista y, a la vez, crear las condiciones político-ideológicas que garantizaran el espíritu y la práctica democráticos de la república que

surgiría de la contienda bélica. Por tanto, el Partido era una organización político-militar con dos objetivos íntimamente imbricados: la nueva etapa de lucha contra el régimen opresor hispano, que debía llevarse a cabo evitando los errores del pasado y, al unísono, propiciar las condiciones político-ideológicas que garantizaran la permanencia del espíritu y la práctica republicanos, democráticos y populares. Se fundó «para poner la república sincera en la guerra, de modo que ya en la guerra vaya, e impere naturalmente, por poder incontrastable, después de la guerra» (Martí, 1975y: 317; 1975q: 388; 1993b: 51).

La doble función del Partido Revolucionario Cubano, política y militar, se establece en sus Bases, programa mínimo que consta de ocho artículos, en los cuales se hace el llamado a la guerra, o se mencionan las características de esta, en siete ocasiones (1975b: 27980). El Partido dedicaría sus esfuerzos a organizar la lucha armada, sin pretensiones de dirigirla. El proceso bélico generaría sus propios jefes e instituciones, y sería el gobierno elegido en la Isla insurrecta el encargado de guiar a los patriotas una vez constituido, cuando el aparato partidista asumiría las tareas de auxiliar, subordinado a la autoridad suprema de la Isla en armas, que se caracterizaría por su «respetable representación republicana», garantía de la «plena libertad en el ejército» (1975a: 169).

Por iniciativa de Martí, para ingresar al Partido cada club existente o de nueva creación debía someter a discusión y análisis las Bases y los Estatutos secretos, y recibir de sus miembros la aceptación de los objetivos programáticos, la estructura organizativa y los métodos de dirección expuestos en ellos. Al acatar los documentos rectores, los clubes adoptaban el método democrático de elección de los miembros de los Cuerpos de Consejo —instancia intermedia entre las asociaciones de base y la máxima dirigencia—, del Delegado y del Tesorero. Ninguno de los cargos directivos sería ocupado por designación, sino recibiría la aprobación popular mediante el sufragio. Se introdujeron prácticas totalmente desconocidas hasta entonces: el deber de la Delegación de rendir cuentas anualmente de su trabajo y del empleo dado a los fondos recaudados; el derecho de cada Cuerpo de Consejo de proponer a los demás la deposición del dirigente electo, lo que podría lograrse con el voto unánime a favor de dicha moción; y el de proponer reformas a las Bases y los Estatutos, que el Delegado debía comunicar a los demás organismos intermedios y, de acordarse el cambio, quedaba obligado a acatarlo (Hidalgo Paz, 1989; Martí, 1975ñ: 282-3).

Los clubes tenían reservados, por medio de sus presidentes, «los derechos de objetar, proponer y deliberar [...] en los asuntos generales del Partido». Los Cuerpos de Consejo fueron concebidos para scalizar la actuación de los funcionarios electos y someter al ejecutivo a «la revisión continua de sus actos por muchos ojos a la vez» (1993a:103). De este modo, el pueblo no sería un simple ejecutor de las órdenes emanadas de una dirección inamovible, sino el verdadero jefe de la revolución, que velaría por la acertada conducción del país y la aplicación de métodos que garantizaran «cortar las tiranías por la brevedad y revisión continua del poder ejecutivo y para impedir por la satisfacción de la justicia el desorden social» (1993c: 108).

El ramo de la guerra

Aquellas formulaciones precisaban la concepción democrática que presidiría la organización en su vida pública, abierta; pero es obvio que en la preparación de la guerra no podían utilizarse procedimientos que pusieran al enemigo al tanto de los avances conspirativos. El Delegado, luego de consultar a los militares radicados en las emigraciones acerca de quién debía ocupar la jefatura de las fuerzas armadas, lo que nunca se había hecho con anterioridad, y decidir, por mayoría rayana en unanimidad, que tal cargo lo ocupara el mayor general Máximo Gómez —como ha revelado documentalmente Diana Abad (1985)—, viajó a República Dominicana, y en entrevista con el Héroe de Palo Seco, le ofreció a nombre del Partido Revolucionario Cubano que ayudara a «la revolución como encargado supremo del ramo de la guerra, a organizar dentro y fuera de la Isla el ejército libertador» (Martí, 1975e: 161). El dominico-cubano aceptó sin vacilaciones.

Diversos aspectos de la organización militar secreta dependían en su casi totalidad del Delegado, quien concibió su peculiar forma en redes dentro de Cuba, les hizo llegar orientaciones con emisarios de confianza, las proveyó de armas adquiridas en el extranjero o puso a su disposición el dinero para comprarlas. Tenía a su cargo otra tarea: la lucha ideológica en todos los frentes, cuya finalidad era demostrar la necesidad de la guerra, unir a los revolucionados, atraer a los indecisos, neutralizar los elementos vinculados al régimen colonial y a la masa del Partido Autonomista, así como incentivar las contribuciones a los fondos de la Tesorería, con los cuales afrontar los numerosos gastos que implicaban las tareas organizativas. Y, no menos importante, debía alertar sobre los peligros internos y externos que se cernían sobre la nación cubana en aquella etapa de desborde de las amenazantes fuerzas expansionistas del Norte, encabezadas por los anexionistas, quienes actuaban desde los Estados Unidos y Cuba con el propósito común de defender sus intereses mercantiles e industriales por sobre los sagrados deberes patrióticos.

El gestor y guía del Partido Revolucionario Cubano fue un hombre de pensamiento y acción, con pleno desenvolvimiento tanto en el ámbito teórico como en el práctico, y desarrolló concepciones que lo sitúan entre los estrategas de la guerra de liberación nacional (Estrade, 1983: 58-9).

República independiente

El ideal de república independiente fue una de las principales motivaciones que sustentaron el apoyo mayoritario de las emigraciones cubanas y puertorriqueñas al llamado a una nueva etapa de confrontación bélica. Los postulados del Maestro lograron la unidad requerida porque respondían a los reclamos de los diferentes sectores políticos, económicos y sociales, representativos de la nacionalidad cubana y de los españoles honestos —cuyos intereses no dependían del gobierno ibérico, y afincaban sus raíces en la realidad autóctona. Las soluciones dependerían de las características del país. Se opuso en todo momento a seguir las fórmulas empleadas en Europa, en nuestra América o en los Estados Unidos, pues concebía una forma de organización diferente a las que existían en su época, una sociedad a la que «no ha llegado aún, en la faz toda del mundo, el género humano» (Martí, 1975w: 304-5).[1]

La garantía de la unidad nacional para el enfrentamiento a los retos que la especial situación de Cuba le presentaría al movimiento revolucionario después de lograda la independencia, se hallaba en el ordenamiento político, económico y social basado en el pleno respeto a las leyes que el país se diera, elaboradas por un gobierno en el cual todas las fuerzas sociales tuvieran una equitativa representación, incluso la minoría portadora de criterios diferentes, aunque no por ello de beligerante oposición, sino de consejera amiga. Sobre el tema, el Maestro expresó: «Ha de tenderse a una forma de gobierno en que estén representadas todas las diversidades de opinión del país en la misma relación en que están sus votos» (1975o: 108).

De otro modo, se generarían cúpulas elitistas, con la primacía de la burocratización, la centralización excesiva y formalismos conducentes a la parálisis del intercambio, entre gobernantes y gobernados, de interrogantes y respuestas, críticas, preocupaciones y soluciones. Tal falta de contacto provocaría el retraimiento de las masas en la práctica cotidiana, ámbito donde se forman realmente los ciudadanos. La falta del flujo y reflujo informativo aislaría a las dirigencias en ámbitos inaccesibles, hasta convertirse en generadoras de instrucciones verticalistas, con total alejamiento de las palpitaciones contradictorias de la vida real. El Apóstol hizo cuanto pudo a n de evitar tales deformaciones, y conminó: hay «que apearse de la fantasía, que echar pie a tierra con la patria revuelta» (1975m: 140).

Métodos nuevos

Para evitar el distanciamiento entre gobernantes y gobernados, consideraba necesario el desarrollo del diálogo y el debate, que promovía por diversos medios. Afirmó que «no debe gobernar el que no tiene la capacidad de convencer» (Martí, 1975p: 449). Comprendía la imposibilidad de alcanzar la unanimidad de criterios, y que la unidad de pensamiento solo podría lograrse mediante el libre flujo de opiniones y la confrontación de argumentos. La coincidencia de ideas en modo alguno significa «la servidumbre de la opinión», sino la concordancia en los propósitos esenciales y en la actuación personal y colectiva para lograrlos. Al respecto señaló que «las garantías más firmes de la paz [...] son el debate franco de las aspiraciones del hombre […] Solo la opresión debe temer el ejercicio pleno de las libertades» (1975k: 346).

Todos los ciudadanos de la República nueva debían formarse en el amor a la patria, el conocimiento de sus deberes y derechos y el convencimiento de que la independencia de la nación solo estaría garantizada con la del individuo. Al inicio de su labor patriótica había expresado que «ni la libertad política subsiste mientras no se asegure la libertad espiritual. El primer trabajo del hombre es reconquistarse» (1975l: 230).

Por ello Martí insiste en el respeto a las opiniones diferentes: «El respeto a la libertad y al pensamiento ajenos [...] es en mí fanatismo» (1975d: 166). No se trata de imponer una forma de pensamiento, de excluir toda formulación diferente, sino de encauzar los elementos que componen la patria. Con las capacidades y limitaciones que la caractericen, cada persona puede formarse un juicio, y debe encomiarse la honradez de expresarlo con franqueza, sin temor al error, pues este puede rectificarse. Deshonesto, advertía el Maestro, es quien «desee para su pueblo una generación de hipócritas y de egoístas» (1975t: 188-9), incapaces o temerosos de decir lo que sienten y piensan, con la mente puesta solo en sus intereses personales, sin tener en cuenta los de la colectividad a que se deben.

Para evitar estos riesgos era necesario salvar al país, advirtió Martí, «de los peligros de la autoridad personal y de las disensiones en que, por la falta de la intervención popular y de los hábitos democráticos en su organización, cayeron las primeras repúblicas americanas» (1975f: 458). Solo con la unidad de las fuerzas de la nación dispuestas a enfrentar cualquier elemento interno o externo contrario a la libertad y la independencia puede consolidarse el sistema democrático.

Tanto en la época en que Martí expresó sus criterios como en los momentos actuales, o se implementan los modos de unir en un solo haz a todos los componentes de la nación, o el enemigo de dentro y de fuera logrará fraccionarnos, convirtiendo nuestra debilidad en su mejor carta de triunfo.

La difusión acertada de los fundamentos esenciales de las transformaciones y de los resultados de su aplicación, positivos y negativos —aciertos y errores— constituye una necesidad, pues las ideas guían la actividad humana, y pueden convertirse en una fuerza material cuando son interiorizadas por grandes sectores de la sociedad, que las hacen suyas y conducen el quehacer práctico. Sería deleznable marginar las opiniones martianas en este ámbito, en el cual el Maestro dejó lecciones trascendentales, como al enunciar: «Un progreso no es verdad sino cuando invadiendo las masas penetra en ellas y parte de ella, cuando no es solo el Gobierno quien lo impone, sino las necesidades de él, que de la convicción unánime resulta» (1975z: 168-9).

Las explicaciones, reiteradas si el tema lo amerita, y el diálogo constante entre los gobernantes y quienes deben percibir en la base los frutos de su gestión, permitirían detectar a tiempo cuándo y dónde el quehacer se aleja de la concepción orientadora. «Estamos en tiempos de diálogo», dijo Martí en los momentos iniciales de la obra del Partido Revolucionario Cubano, cuando orientó «dilucidar puntos dudosos», pues «la opinión […] es la masa y fuerza del trabajo» y hay que conocer los criterios disímiles presentes en el pueblo, inquieto y activo» (1975u: 16). Y advirtió: «Acaso tenemos tantos [enemigos], porque no hemos hablado con toda claridad» (1975o: 93).

Es necesario propiciar la participación, el diálogo, el intercambio sincero de puntos de vista, pues en la sabiduría colectiva se encuentran soluciones mejores que las que conciba una sola mente, por muchas dotes que posea. A la diversidad de opiniones no hay que temer, sino a la falta de ellas, pues esto indicaría pobreza de espíritu y sumisión del pensamiento, con los que no se forjan naciones fuertes, sino colectividades aborregadas.

Peligros presentes

El proceso revolucionario cubano actual no está excluido de estas amenazas. Sería irracional y suicida pensar que lo alcanzado es eterno, gracias a alguna ley inexorable cuyo cumplimiento no depende de la voluntad humana, sino de supuestas «fuerzas indetenibles de la Historia», y que por tanto no hay motivo de preocupación. Al respecto, el Comandante en Jefe Fidel Castro preguntaba en un discurso del año 2005: «¿Es que las revoluciones están llamadas a derrumbarse, o es que los hombres pueden hacer que las revoluciones se derrumben? […] ¿Creen ustedes que este proceso revolucionario, socialista, puede o no derrumbarse?» (50-1). Luego interrogaba: «¿Puede ser o no irreversible un proceso revolucionario?, ¿cuáles serían las ideas o el grado de conciencia que harían imposible la reversión de un proceso revolucionario?» (58). Y afirmaba, con advertencia que no podemos soslayar: «Este país puede autodestruirse por sí mismo; esta Revolución puede destruirse, los que no pueden destruirla hoy son ellos [los imperialistas]; nosotros sí, y sería culpa nuestra» (60).

La corrupción, con todas sus causas y consecuencias económicas, políticas y éticas, no reprimida en cuanto se la denuncia, constituye un peligro para la estabilidad del país, para la seguridad nacional, y compromete el futuro de nuestra nacionalidad, pues es vista por las grandes masas como un componente de la vida cotidiana en la fase actual de nuestro sistema socialista, contra el cual nada puede hacerse, dada la falta de combatividad de las autoridades que la toleran. De este modo gana terreno en la conciencia popular, en oposición flagrante al «pobre, pero honrado» en que fuimos formados durante generaciones, la concepción del egoísmo triunfante del «todo vale para enriquecerme, y los demás no me importan». Estas prácticas antisociales van entronizando un modo de vida y pensamiento de determinados sectores sociales que se labran y dominan espacios sociales, imponen sus gustos, sus normas de convivencia, con la exacerbación del machismo y la violencia contra la mujer, la agresividad contra los más débiles, el desprecio hacia las manifestaciones de la espiritualidad, tradicionales en nuestro pueblo.

El Maestro se refirió a especímenes que, en su época, se manifestaban y conducían de manera similar, y reprodujo las palabras de los deshonestos y los viles:

¡la vergüenza es mucha, es verdad, pero se come y se bebe […]!: ¡después de mí el diluvio, pero que durante mi vida no me toquen el arca¡: ¡que es en sangre y en cieno en lo que nado, y yo, si miro bien, bebo cieno en lo que bebo, y está amasado con sangre lo que como! ¿Qué me importa, si como y si bebo? (Martí, 1975g: 119)

Así pensaban y así piensan. Para ellos, la patria se halla en sus estómagos y bolsillos.

Tal falta de escrúpulos, y la indiferencia criminal ante las vicisitudes de sus compatriotas, fueron denunciadas y combatidas entonces, y hoy debe ser acorralada y puesta al desnudo por las autoridades políticas y de orden interior, encargadas de velar por los principios rectores de la formación patriótica y de la estabilidad del país. Salvando las diferencias que motivaron sus expresiones, es útil recordar el llamado de Martí ante la situación que analizaba en una de sus crónicas: «Los pícaros han puesto de moda el burlarse de los que se resisten a ser pícaros». Se corre el riesgo de que las formas negativas de actuación prevalezcan, ante la falta de actuación de los encargados de iniciar, canalizar, sostener y respaldar su enfrentamiento, por lo que, como expresó: «Urge ya, en estos tiempos de política de mostrador, dejar de avergonzarse de ser honrado» (1975s: 320).

En la concepción martiana de la conducción política esta es, también, tarea del gobierno, entre las que se encuentra «la dirección de las fuerzas nacionales de manera que la persona humana pueda cumplir dignamente sus nes, y se aprovechen con las mayores ventajas posibles todos los elementos de prosperidad del país» (1975r: 369). Hacer concesiones ante males supuestamente menores es una forma de abrir las puertas a concepciones que van minando, con procedimientos blandos y aparentemente ingenuos, las bases de nuestra nacionalidad y nuestra ideología.

Contra la penetración ideológica

Las manifestaciones de la penetración ideológica requieren de un constante análisis de la realidad, y del enfrentamiento constante a las desviaciones. En esta lucha de pensamiento, la educación, en su sentido más amplio, constituye un recurso imprescindible para la conformación de valores positivos. Ante el culto al individualismo, a la competitividad egoísta, al conformismo, al consumismo, a la desesperanza, se ha de levantar el valladar de la ética humanista, la solidaridad, la fraternidad, la justicia, la confianza en la posibilidad de alternativas.

Estas concepciones se forman en un proceso sumamente complejo, pues los valores no se trasmiten como un conocimiento más, como abstracciones existentes fuera del individuo, que este aprende en las escuelas como una asignatura determinada, sino se incorporan en la práctica humana, y se revelan en las relaciones interpersonales, en la actuación cotidiana. El medio social, los comportamientos predominantes en la comunidad, ejercen influencia decisiva en el sistema de valores de cada individuo, en su formación axiológica, proceso en que se generan las creencias, las convenciones, los prejuicios, las convicciones. Las contradicciones entre los valores altruistas que deben predominar en la sociedad, y los otros que el individuo encuentra en su ambiente inmediato o en su familia, contribuyen al desarrollo de las ideas propias. Mediante la comunicación, la interrelación con el conglomerado humano y con el medio al que pertenece, en el ser humano se desarrollan los valores en un proceso constante de influencias. No deben esperarse respuestas uniformes, pues no basta repetir como consignas determinados criterios de conducta en los medios de difusión para que estos prevalezcan (González Rey, 1998: 7).

Para que la Revolución triunfe es insuficiente el cambio de la dirección política y económica, pues es necesaria la transformación de los seres humanos. Estos deben ser portadores de una nueva conciencia ética, asumida como fundamento de la conducta personal y social (Le Riverend, 1982: 72-3). Deben enraizarse la honradez y la entereza como principios que motiven espiritualmente la búsqueda del mejoramiento de las personas, del pueblo, de la nación (Vitier, 1982: 302). «Y no se piense que solo han de importarnos las virtudes en gran escala, cívicas o heroicas», expuso Cintio Vitier, quien observó que es necesario rescatar nuestras mejores tradiciones: la cortesía, el trato adecuado, el comedimiento, la moderación en las expresiones sociales y personales, el respeto al derecho de los demás, que se manifiesta en la vida cotidiana tanto en el volumen de los hablantes como en el de los amplificadores de ruidos, que pueden llegar a ser brutales y enajenantes. Y advirtió:

En el campo de la educación y la cultura no hay problemas menores ni desdeñables; todos tienen la misma importancia porque todos están relacionados entre sí, y porque un pueblo de costumbres incultas no puede ser en verdad, martianamente hablando, un pueblo libre. La incultura en las formas de vivir es también una esclavitud de la que tenemos que autoliberarnos, sin la excusa de que es un mal contemporáneo universal (1997: 13).

No será mediante la repetición de consignas abstractas, la imposición de prohibiciones o el cumplimiento de objetivos ajenos que se logre la integración del individuo a la lucha por la identidad cultural y la reafirmación nacional, sino con su participación en la construcción de un mundo nuevo, en el disfrute de plenos derechos individuales.

Frente a la concepción «occidental» acerca de la incapacidad de las masas para encauzar sus destinos, se debe gobernar desde y con el pueblo, desechar la idea errónea de considerar la politización como un acto paternalista, sino facilitar a los diversos sectores sociales los mecanismos indispensables para ejercer la dirección de sí mismos, pues las manos del pueblo son las verdaderas y únicas creadoras de las riquezas materiales y espirituales. De ellas dependen el éxito o el fracaso (Fanon, 1995: 167-84).

Las masas no constituyen un conglomerado amorfo, sino están integradas por todos los ciudadanos del país, los hombres y mujeres que lo habitan y lo construyen. Los pueblos se forman de individuos, y la garantía de la independencia y la libertad de aquellos se sustenta en la de estos. No puede concebirse un pueblo libre compuesto por seres humanos sometidos. Un gobierno decoroso, justo, será posible «si cada ciudadano, en efecto, conquista su independencia personal y aprende a gobernarla en bene cio común» (Vitier, 1999: 154).

Esta relación de interdependencia entre individuo y sociedad fue analizada por Martí, quien expresó: «Un pueblo no es una masa de criaturas miserables y regidas […] edúquense en los hombres los conceptos de independencia y propia dignidad: es el organismo humano compendio del organismo nacional»; y concluía líneas más adelante: «las Repúblicas se hacen de hombres» (Martí, 1975h: 209), de seres humanos capaces de pensar por sí mismos, de valorar las circunstancias en que desarrollan sus actividades, y decidir por sí. La emancipación no concluye con el logro de la independencia nacional, sino cuando las mentes de los ciudadanos han sido liberadas del lastre neocolonial, cuando los hombres y mujeres desplieguen sin ataduras su gestión como miembros de la patria de todos (Guadarrama González, 2001: 169; James Figarola, 1997: 37-50 y 141-7; Limia David, 1992: 14-43).

Constituye un imperativo enfrentar las tendencias hegemónicas de las ideas capitalistas, sus valores culturales, su concepción del mundo, que penetran en las mentes y las conforman de acuerdo con los objetivos de aquel sistema. Tal propósito solo puede lograrse mediante el proceso de participación política, instrucción científica, educación humanista y formación cultural. Esto es decisivo, pues el capitalismo no ha perdido su capacidad para generar quimeras: ha socializado los sueños inalcanzables con tanta eficacia que se ha hecho verosímil para las grandes mayorías la posibilidad de convertirlos en realidad. Así se lo muestran, día a día, los productos pseudoculturales difundidos desde las sociedades de consumo (Betto, 1991: 121), en ocasiones trasmitidos por los medios de difusión de nuestro país —en particular la televisión—, y asimilados acríticamente por amplios sectores sociales. Por tanto, no se trata de elaborar solo un plan de resistencia, sino otro de ataque, de combate frontal, donde las armas sean las ideas sistematizadas, de modo que convenzan, a la vez que orienten, encaucen. La actuación pragmática conduce, en la generalidad de los casos, a destinos indeseados. Un programa claro y preciso de objetivos, elaborado, discutido y acatado por las grandes mayorías, contribuiría a viabilizar exitosamente los esfuerzos. «Sin fin fijo no hay plan fijo, sin plan fijo es muy dudoso el éxito de una revolución» (Martí, 1975f: 459), expresó con meridiana claridad Martí, cuyo pensamiento ha de estar presente en toda meditación sobre los destinos y las vías para construir una sociedad democrática y justa.

Para crearla, debe superarse la cultura de dominación capitalista y fundar una cultura de hombres y mujeres libres. No basta con que los gobernantes sean capaces de laborar por el bien colectivo; es imprescindible que los gobernados ejerzan sus derechos como seres pensantes, no como masa guiada. Debe consolidarse una colectividad de productores, capaces de demostrar la superioridad del nuevo proyecto no solo en el plano ideal, sino también en el material, que le sirve de sustentación.

De poco valdría proclamar la defensa de la cultura propia si se obvian los fundamentos que sustentan desde los orígenes el proceso de conformación nacional, pues ante el embate cotidiano de los medios de alcance mundial podemos ser arrastrados hacia la subordinación a principios éticos foráneos, y dar cabida a la homogeneización de todas nuestras expresiones, a la vez que se adopten modelos de conducta ajenos a nuestras tradiciones. En esta batalla, tiene un papel fundamental el uso adecuado de la tecnología más avanzada, que debe estar al servicio de la defensa de nuestra cultura, de la denuncia de los solapados propósitos imperiales, la argumentación de nuestras verdades, en franca polémica con quienes pretendan ganar espacios que pertenecen a la Revolución en el enfrentamiento de ideas. Para que este sea efectivo, todos debemos tener acceso a las fuentes informáticas, único modo, en la actualidad, de conocer lo que piensan y publican en esos medios tanto los amigos como los enemigos.

Bases de la nueva sociedad

El trabajo debe considerarse una necesidad social e individual, y se ha de educar en el amor al esfuerzo productivo, de modo que la labor conjunta propicie la soberanía alimentaria, cuya carencia hace vulnerables a los países de economías débiles. El paradigma no puede ser una sociedad donde el fruto de la labor honesta resulte insuficiente para satisfacer las necesidades materiales y espirituales de sus integrantes.

Un conglomerado humano no puede ser llamado al esfuerzo y al sacrificio sin la seguridad de una compensación de ambas necesidades, que posibilite el disfrute de los resultados del trabajo. A nadie seduce la miseria. La pobreza repartida no es fundamento de un programa revolucionario. Martí, conocedor de la naturaleza humana, advirtió: «Sin razonable prosperidad, la vida, para el común de las gentes, es amarga; pero es un cáncer sin los goces del espíritu» (1975c: 63). La armonía entre los elementos materiales y espirituales es la clave para el verdadero desarrollo social. Debe lograrse una alta capacidad productiva que haga posible una redistribución equitativa de la riqueza nacional, lo que garantizaría el equilibrio social y el desarrollo pleno de los ciudadanos.

En este sentido, debe repararse en que, cuando se invoca la afirmación «Ser culto es el único modo de ser libre», generalmente se soslayan las palabras de las líneas inmediatamente anteriores y posteriores a esta frase. En aquellas, dijo el Apóstol: «Ser bueno es el único modo de ser dichoso», y luego:

Pero, en lo común de la naturaleza humana, se necesita ser próspero para ser bueno.

Y el único camino abierto a la prosperidad constante y fácil es el de conocer, cultivar y aprovechar los elementos inagotables de la naturaleza. (1975x: 289)

Para él, esta es la fuente inacabable de las riquezas, si el ser humano vuelca sobre ella su sudor y su inteligencia, y con los resultados obtiene beneficios en lo personal y colectivo.

Por ello concibió el control sobre el aparato ejecutivo, para impedir que el Estado regulador genere una burocracia improductiva con intereses particulares, que invierta las funciones de servidora en servida, y se transforme en planta parásita capaz de entorpecer la justicia social, o en una nueva especie de propietaria que haga imposible el desarrollo del sentimiento de pertenencia colectiva de aquello que debe ser del dominio de todos (Favelo Corzo, 2003: 36-7). Martí se enfrentó a esta tendencia, para que «no entre en la sangre de la república la peste de los burócratas» (1975n: 405), pues «la vida burocrática tenémosla por peligro y azote» (1975v: 479), pues sus integrantes se convierten en una casta que defiende mutuamente sus intereses personales: «Con la casta, vienen los intereses, las cábalas, las altas posiciones, los miedos de perderlas, las intrigas para sostenerlas. Las castas se entrebuscan, y se hombrean unas a otras» (2016: 31; Guzmán Miranda, 2017: 172-4). De carecer las masas de los medios para denunciarlas, combatirlas y exterminarlas, viene la fuerza arbitraria de estos elementos.

Solo la plena participación del pueblo daría la garantía para conjurar la potencia centrífuga generada por la frustración y el desaliento, manejables en todas las épocas por los elementos capaces de convertirlos en parálisis o en accionar desacertado. La nueva sociedad ha de ser forjada «con todos, y para el bien de todos» (Martí, 1975i: 279), o se desmigaja, sumida en pugnas intestinas entre grupos y sectores políticos y económicos que solo servirían para el beneficio de quienes pretenden sustituir una forma de privilegio por otra semejante, aunque con rostro y nombre cambiados.

Han de consolidarse todos los elementos constitutivos de la nación en torno a una estructura en la que no sea coartado el derecho a la iniciativa productiva, ni el de la retribución equitativa. Cuando las condiciones básicas de subsistencia estén garantizadas, podrán desplegarse más fácilmente todas las potencialidades espirituales de las grandes mayorías, haciéndose accesibles la generalidad de las manifestaciones culturales al conjunto de los miembros de la sociedad.

Han de potenciarse todas las fuerzas espirituales de la nación, para que el patriotismo encuentre sólidas bases de sustentación en cada ciudadano, de modo que por encima de diferencias y contradicciones coyunturales prevalezca el estrecho vínculo forjado en el bregar de siglos compartiendo colores y ritmos, brisas y olores, sonidos y sabores, ideas y acciones.

 

 

Notas

[1] Los aspectos fundamentales de la república martiana han sido abordados por diferentes autores, entre los que destacamos a Pedro Pablo Rodríguez (1972), Ramón de Armas (1975) y Jorge Ibarra (1984). 

 

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