José Martí y el oficio de historiador americano

Resumen: 

Se muestra los orígenes y maduración de las tesis de José Martí sobre la historia de las dos Américas, su aplicación a la revelación de las causas de sus diferencias y la explicación del lugar que la historia reservaba a cada una; así como, el lugar que ocupan en el debate historiográfico de entonces y en la formación del concepto de segunda independencia de Nuestra América.

Abstract: 

An exploration of the origins and maturation of José Marti’s theses about the history of the two Americas, how he applies them to the revelation of the causes of their differences and as explanation for the place in history reserved for each one. It also looks at the place that they occupy in the historiographic debate of the times and in the formation of the concept of the second independence of Our America.

Al hacer suya la tarea de refundar la nación cubana y latinoamericana sobre nuevas bases, José Martí entendió la historia como elemento definitorio en estos procesos, vigorizados por la memoria viva de una profusión de acontecimientos heroicos que datan de los tiempos de la resistencia indígena a la conquista y colonización.

La amplitud y profundidad de sus estudios sobre Cuba y las Américas le permitió acumular una gama de conocimientos históricos que están presentes en varios de sus textos, casi siempre entremezclados con su discurso político o acotaciones referidas a otros temas. A partir de esas aproximaciones dispersas a la historia, algunos autores (Le Riverend, 1985; Pérez, 1989; Schulman, 1974; Toledo, 1985) lo consideran uno de los historiadores más importantes de su época en el continente americano, con ideas que han perdurado hasta la actualidad.

El presente texto constituye una aproximación al estudio del origen de esa vertiente historicista del pensamiento martiano y, especialmente, al papel desempeñado por la historia en la conformación de su discurso liberador en relación con el pensamiento hegemónico de su época respecto a Cuba y las Américas.

Orígenes del pensamiento histórico de José Martí

El afán por penetrar en el conocimiento y la investigación de temas históricos parece haber cuajado en Martí desde la adolescencia, a partir de las lecturas obligatorias de autores clásicos en sus estudios de primera y segunda enseñanza. Su primer maestro, Rafael Casado, lo acercó a la cultura clásica y al estudio de sus lenguas.[1] Al pasar a la segunda enseñanza, tales estudios se bene ciaron considerablemente al tener a su disposición la rica biblioteca de su maestro Rafael María de Mendive. En las aulas del Colegio San Pablo pudo disfrutar de sus extraordinarias lecciones y de otros profesores, quienes priorizaban la enseñanza-aprendizaje de la historia y la inculcaban con pasión a sus discípulos como parte de su formación cívica y humanística.

De aquel momento proviene su admiración por Simón Bolívar, George Washington, José de San Martín, Abraham Lincoln, Miguel Hidalgo y otras guras a las que dedicaría, años después, algunas de sus más hermosas semblanzas biográficas. Quizás por ello, desde muy temprano, apreció con acierto y originalidad la trascendencia de la cultura histórica en el gran objetivo de fundar la patria-nación cubana.

Ya en el poema dramático «Abdala» (Martí, 2016a), el novel escritor se siente capaz de recrear, en una atmósfera romántica de país africano y musulmán, aparentemente distante, la dramática situación histórico-concreta de la Cuba de entonces. En esa ocasión puso, por primera vez, sus conocimientos de la historia universal al servicio de la causa cubana, pues el escenario escogido no fue un lugar ficticio, sino Nubia, pueblo aún poco conocido, que habita la región homónima de África, desde hace milenios, dominado sucesivamente por poderosos invasores (egipcios, sudaneses, árabes y europeos). Martí logra así una sagaz analogía histórica, al ubicar la acción, geográficamente, lejos de Cuba —para evadir la censura—, pero bien cercana en lo referente a la lucha por la independencia y la constitución de un Estado nacional. Desde entonces se unen en su vida dos elementos que lo relacionan con la historia de manera distinta, aunque son inseparables: su lugar en ella y sus concepciones sobre ella. Al decir de Le Riverend (1985): «Martí en la historia y Martí historiador son una misma expresión de su tiempo. Representan la historia de ese tiempo personalizada en un extraordinario poder de comprensión» (176).

En El presidio político en Cuba (Madrid, 1871), esta doble conexión con Clío aparece delineada con trazos dramáticos. Si bien, por una parte, describe su entrada adolescente al presidio como un compromiso generacional, al considerar que la Patria lo había arrancado de los brazos de su madre y «señalado un lugar en su banquete», por otra, sintetiza magistralmente el devenir del antagonismo político entre España y sus últimas posesiones coloniales en el Nuevo mundo (Martí, 2016c: 72).

En este texto juvenil se destacan las pinturas inolvidables de sus camaradas del presidio, rescatados del anonimato por el poder de su pluma y convertidos para siempre en héroes y mártires de la historia cubana. Con el tiempo, la redacción de semblanzas biográficas de hombres y mujeres destacados, que impulsaban la historia con sus actos, se convertiría en una de las vías más apropiadas para divulgar su peculiar visión de los procesos históricos.

En 1873, Martí escribe La república española ante la revolución cubana, donde brinda una muestra superior del nexo entre la historia y la política en su discurso. Así, al argumentar las razones del separatismo cubano, el elemento histórico es contundente al demostrar la existencia de una patria cubana, diferente a la española, resaltando su peculiar definición de esta categoría a partir de una situación históricamente condicionada:

Y no viven los cubanos como los peninsulares viven, no es la historia de los cubanos la historia de los peninsulares, lo que para España fue gloria inmarcesible, España misma ha querido que sea para ellos desgracia profundísima. (2016d: 73)

El concepto de patria viene a sustituir tempranamente al de nación en el sistema categorial martiano, otorgándole un hondo sentido ético y afectivo, que proyecta lo esencial humano más allá de las meras fronteras que dividen artificialmente a los pueblos. Con el tiempo, se enriquecerá cada vez más y adquirirá un lugar preponderante en todo su pensamiento.

Al fracasar la Guerra Grande [1868-1878], entra en crisis el proceso de creación de la nación cubana y el desterrado se echa a cuestas la tarea de consolidar y reanimar este proyecto histórico mediante una labor de identificación cultural y política de los emigrados cubanos con sus raíces, donde la historia desempeñaría un rol primordial.

Por esa época, también la gran patria latinoamericana atravesaba un período crucial, por el evidente estancamiento republicano en la superación del modelo colonial. Por ello, el concepto martiano del deber, tan importante en la conformación de su escala de valores, puede catalogarse como un deber histórico, el del hombre que, desde muy joven, se ve a sí mismo como un sujeto hacedor de la historia, que con su oficio tendrá que influir en la nación que es su patria natal y en la historia de América y del mundo, en momentos de expansión de las grandes potencias a escala planetaria.

En la formación del pensamiento de José Martí tuvieron un destacado papel las concepciones de los pensadores ilustrados cubanos, como los padres José Agustín Caballero y Félix Varela, y el maestro José de la Luz y Caballero. En este gran torrente de pensamiento nacional, cargado de electivismo, crítica a la escolástica y defensa de una racionalidad decimonónica a lo americano, sobre la base de una ética del patriotismo, se inserta Martí como un continuador y un superador.

Su pensamiento histórico, en estrecha relación con el filosófico, intentaría dar respuesta a preguntas cardinales que se planteaban los pensadores cubanos y latinoamericanos del momento: «¿Que qué somos?, ¿Que qué éramos?, ¿Que qué podemos ser?» (19631973g: 360) que se expresan en diversas tesis que abarcan estudios y reflexiones sobre la historia y la filosofía de la historia (Valdés Navia, 2002: 84). Todo este ideario tendrá como hilo conductor una preocupación por el destino del hombre, herencia del pensamiento cubano anterior, expresada en una elevada eticidad que llega a permear todo su pensamiento.

Varias corrientes universales influyeron en la conformación del pensamiento histórico martiano desde su temprana juventud, ya que la filosofía de la historia era un componente ineludible de las principales tendencias al uso (ilustración, romanticismo, racionalismo y positivismo), representadas por destacados pensadores que eran historiadores o filósofos de la historia. Entre ellas:

  • El romanticismo con su Teoría de los héroes del inglés Thomas Carlyle (1986), quien con la tesis del «culto a los héroes» (10), hiperbolizó el papel de las personalidades históricas. En Martí, esta cuestión adquirirá un enfoque diferente al considerarlas como frutos de sus circunstancias epocales y condicionar su grandeza a la medida en que llegaron a ser expresión de las demandas de las masas populares en determinadas coyunturas históricas.[2]
  •  La teoría del derecho natural, fundamentada por filósofos ingleses y estadounidenses, los enciclopedistas franceses y el suizo Jean-Jacques Rousseau, quienes explicaron el devenir histórico como la lucha de los hombres por hacer valer sus derechos individuales a partir de las leyes de la naturaleza y de la razón. Esta visión está presente en Martí en la fundamentación de la guerra por la independencia como históricamente necesaria y en la defensa del derecho inalienable de los pueblos de América, Asia y África a una evolución histórica independiente, según el principio de la autodeterminación, válido tanto para los individuos como para las naciones.
  • La dialéctica del pensar, desarrollada por la Filosofía Clásica Alemana, en particular por Georg Wilhelm Friedrich Hegel y conocida por Martí a través de las obras de Karl Christian Friedrich Krause y los krausistas españoles, quienes ocupaban varias de las cátedras de las universidades donde estudiara. El enfoque martiano del devenir histórico como un proceso dinámico, basado en contradicciones y que se desenvuelve en fases donde lo nuevo supera y asimila lo pasado, que renace sobre nuevas bases, coincide extraordinariamente con las leyes de la dialéctica hegeliana.
  • El positivismo, con sus ideas sobre la necesidad de una ciencia positiva que aplicara un verdadero método científico, fuera de los dogmas y las especulaciones y apegada a los hechos, repercutió en la conformación de la historia como ciencia, auxiliada por los avances de la arqueología, la etnografía, la paleontología y otras ciencias recientes, todas muy seguidas por Martí. No obstante, su visión del positivismo fue crítica respecto al objetivismo desmedido de esta escuela, ajeno a los aportes de la subjetividad, y su raíz biologicista; por ello afirmaría: «El positivismo, que esgrimido con tino es útil, pero esgrimido por mano apasionada e inexperta, pretende clavarse en las entrañas de lo que tenemos de más caro […] Y desechamos el positivismo como espada de mal acero que se quiebra en el fragor de la pelea» (Martí, 2016b: 409-10).

Atención especial merece la cuestión de las fuentes, primarias y secundarias, que Martí utilizara para nutrir y conformar su pensamiento histórico. Además de las corrientes y pensadores antes señalados, leyó y estudió a varios historiadores de su época, tanto cubanos como extranjeros, dejando importantes anotaciones y apuntes sobre sus obras y expresando sus opiniones sobre ellos en artículos de prensa, cartas y discursos.[3]

En ellos se aprecia la minuciosidad con que recopilaba las informaciones provenientes de fuentes documentales y orales, con el n de lograr objetividad en sus conocimientos y juicios sobre estos temas, mientras que en sus artículos se puede apreciar cómo seguía con atención los últimos adelantos en el campo de las ciencias históricas y la antropología.[4]

Sin embargo, parece haber preferido más el libro de la vida que los textos acabados; de ahí que, a diferencia de los historiadores positivistas tan apegados al documento, leyera asiduamente los artículos de prensa y crónicas de viajeros que le aportaban nuevos conocimientos o enfoques sobre cuestiones históricas, y se nutriera constantemente de las versiones de los hechos contadas por testigos directos. Por eso, durante toda su vida se esforzó por encontrarse con hombres y mujeres que habían protagonizado la historia, y fueron numerosos los ancianos patriotas y pensadores que conoció y veneró como testigos ejemplares de los momentos de gloria de la patria, y con los que sostuvo largas y provechosas conversaciones.[5]

Asimismo, Martí aprovechaba las raras oportunidades que tenía para contemplar lugares históricos y patrimoniales, y disfrutar de la atmósfera peculiar y sobrecogedora de las ruinas, monumentos y sitios donde ocurrieron importantes hechos. Paralelo a su conocimiento histórico, propiamente dicho, se encontraba el de mitos, leyendas y tradiciones de todo el mundo, especialmente latinoamericanos, a los que fue muy afín y que guardaba fácilmente en su portentosa memoria. A lo largo de su vida, haría buen empleo de todo ese bagaje cultural, afincado en la historia y la mitología de los pueblos, para la construcción de sus más importantes textos político-literarios.

Ya desde esta etapa formativa inicial se ponen de manifiesto varias tesis de su pensamiento histórico que defendería por siempre, entre ellas: la necesidad de preservar la objetividad científica como condición básica de cualquier producción historiográfica, pues la subjetividad del investigador no debe suplantar la fidelidad a los hechos y que las grandes personalidades que forman el grupo de vanguardia tienen un lugar positivo en la historia, mientras hacen causa común con los intereses de los oprimidos y se ponen a su servicio.[6]

Armado de este arsenal teórico y de profundas reelaboraciones personales, Martí fue encontrando un lugar primordial a la historia dentro de su gran obra revolucionaria.

La historia como sostén de la concepción de Nuestra América

Al regresar al Nuevo Mundo (1875), Martí se encuentra con una faz de la América casi desconocida para él. El pasado y el presente de los países de Tierra firme brota ante sus ojos como un surtidor de experiencias novedosas: repúblicas feudales y atrasadas, pero independientes y ansiosas de emerger; civilizaciones milenarias; imponentes ruinas de ciudades de ensueño —como las mayas de Uxmal y Chichén Itzá; una población indígena que era mayoría olvidada y menospreciada—; un pasado de epopeyas que no ceden ante las mayores glorias del Occidente o el Oriente.

Martí se adentra en los dramas de este pequeño género humano que intentaba desarrollarse ante fuerzas externas que le cerraban el paso blandiendo un arma terrible: el adelanto tecnológico acumulado, que se expresaba ya en una dependencia, disfrazada de libre comercio, y una creciente pérdida de fe en las fuerzas propias y en la capacidad de los latinoamericanos para el autodesarrollo.

Desde su arribo a México se sumerge en el estudio de Latinoamérica, no solo en textos historiográficos, sino también mediante la visita a museos, ruinas precolombinas y la conversación con protagonistas de hechos del pasado reciente, como la guerra contra los invasores franceses y el emperador Maximiliano I. Con ahínco comienza a seguir los resultados de las ciencias que estudian el pasado de los pueblos americanos: historia, antropología y arqueología, y llega a participar en expediciones arqueológicas (Acosta, 2007: 503-4).

Su rápido aprendizaje en el México del juarista Sebastián Lerdo, seguido de sus estancias en la  Guatemala de Justo Barrios y la Venezuela de Antonio Guzmán, hacen que Martí, tras conocer a profundidad la saga de la resistencia indígena ante la conquista y colonización, llegue a una conclusión cardinal que conserva su resonancia hasta hoy: es en la propia historia de Latinoamérica donde habrían de buscar y encontrar los hombres y mujeres progresistas de la región las fuerzas para el optimismo y la esperanza. Con esta tesis, negaba los estereotipos mentales discriminatorios de la historia y la política predominantes en su época acerca de la falta de madurez de los pueblos americanos para la vida propia y la consiguiente dependencia respecto a la civilizada Europa y la América europea.

Uno de los primeros pasos en este camino lo dio en ocasión del convite que le hiciera el gobierno guatemalteco para que comentara su nueva constitución liberal, los amantes «Códigos nuevos» de 1876. En esa oportunidad reinterpretó el devenir latinoamericano con un enfoque peculiar, donde parece estar presente la tríada hegeliana de tesis-antítesis-síntesis, aplicada a un contenido nuevo: la exaltación de lo novedoso y creativo del ser latinoamericano. Señalaba Martí (1963-1973k):

Interrumpida por la conquista la obra natural y majestuosa de la civilización americana, se creó con el advenimiento de los europeos un pueblo extraño, no español, porque la savia nueva rechaza el cuerpo viejo, no indígena, porque se ha sufrido la injerencia de una civilización devastadora, dos palabras que, siendo un antagonismo, constituyen un proceso. Se creó un pueblo mestizo en la forma, que, con la reconquista de su libertad, desenvuelve y restaura su alma propia. (98)

Sus análisis de la Conquista le demostraron que fue la división entre los pueblos originarios lo que hizo a los europeos dueños de este gran hemisferio. Años después, en el discurso «Madre América», resume el impetuoso avance español entre las debilidades, recelos e ingenuidades de los indígenas y extrae de ello una enseñanza política que sigue resonando en nuestros días con plena vigencia: «Puesto que la desunión fue nuestra muerte ¿qué vulgar entendimiento, ni corazón mezquino, ha menester que se le diga que de la unión depende nuestra vida?» (1963-1973l: 137).

Muy interesante para la época actual —repleta de pretextos mediáticos para fabricar guerras e intervenciones—, es la constatación de las denuncias martianas contra el temprano uso por los conquistadores europeos de informaciones tergiversadas, con el n de convertirlas en subterfugios para justificar los más grandes crímenes. Apuntaba: «Y de los indios han dicho más de lo justo en estas cosas los españoles vencedores, que exageraban o inventaban los defectos de la raza vencida, para que la crueldad con que la trataron pareciese justa y conveniente al mundo» (1963-1973i).

Hacia los años finales de la década de los 70 del siglo XIX, maduraba en Martí el criterio de que la historia de América estaba aún en sus albores y que los frutos de las revoluciones y movimientos sociales de la centuria que terminaba no habían cuajado; por el contrario, habían creado en Europa y la América europea la certeza de que la región seguiría eternamente a sus pies. Por ello, en 1881, con esa a un amigo venezolano que se ha consagrado a la «revelación, sacudimiento y fundación urgente» (1963-1973b: 267) de nuestra América, tres términos que sintetizan su misión como revolucionario latinoamericanista. Para llevar a feliz término esas tres tareas, sobre todo la primera, buscaría a Clío como aliada segura. En su concepción, la segunda independencia es entendida fundamentalmente como liberación de la conciencia, de la espiritualidad del criollo, ante la dominación mantenida por el pensamiento europeo colonialista tras la oleada independentista del primer cuarto del siglo XIX.

El hecho de que la tiranía de la metrópoli hubiera sido remplazada por tiranos locales le era particularmente odioso e insoportable (1963-1973n), y por ello confesaba exasperado:

Oh patria, salvarte de esto de España para verte caer en esto (dictaduras, Guat. Caracas, envilecimiento de los caracteres), piedra quiero volverme aquí, para castigo mío y ejemplo de los que me han de seguir, si a tanta vileza, con mis actos o con mi silencio, me prestase.

Entrando de lleno en el debate ideológico en torno a las ciencias sociales de su época, Martí encaró los postulados dominantes de los historiadores de visión eurocentrista y sostuvo que no creía que existieran razas inferiores y superiores, sino que ellas habían atravesado por diferentes niveles de desarrollo en su devenir histórico. Su avanzado punto de vista lo llevó a decir que no existían las razas sino: «modificaciones diversas del hombre, en los detalles de hábito y formas que no les cambian lo idéntico y esencial, según las condiciones de clima e historia en que viva» (19631973j: 290). Por ello gustaba de resaltar todo lo nuevo, creativo y original del mundo americano como fusión de lo europeo-indígena, a lo que se añadiría el poderoso componente africano, y exaltaba su gran potencial histórico, como crisol de razas, síntesis de lo diverso y cultura mestiza por excelencia.

Con sus puntos de vista subversivos, Martí se oponía abiertamente al pensamiento liberal-positivista, racista y oligárquico, ampliamente extendido en Latinoamérica y representado por importantes pensadores como: Juan Alberdi, Justo Sierra, Francisco Bilbao y Domingo Faustino Sarmiento, quienes defendían la imitación, la mezcla y el blanqueamiento de las poblaciones como únicas salidas para que la marcha de la civilización pudiera vencer los peligros acumulados, e impulsar el progreso económico, social, educacional y cultural de la región. Eran los padres espirituales de los neoliberales criollos de los siglos XVIII y XIX.

Esta profunda comprensión de la complejidad del proceso histórico americano hizo madurar en Martí varias tesis de su pensamiento histórico:

  • La historia y la cultura son las fuentes de las demás corrientes y expresiones del pensamiento, en particular de la política. Ellas son pilares de la identidad nacional, tanto en el marco estrecho de Cuba, como en el más amplio: las Antillas y nuestra América.
  • El nivel de madurez alcanzado por la región muestra la necesidad y la posibilidad de crear un pensamiento original, que responda a las problemáticas y raíces autóctonas y, a su vez, asuma las mejores influencias de la cultura universal.

Epílogo. Un historiador americano de nuevo tipo

En la elaboración de esa estrategia revolucionaria colosal, engarza la pasión de Martí por la historia, a la que considera «la Ciencia de los pueblos» (1963-1973g: 35). Así, sus puntos de vista subvierten el lugar dado a la joven ciencia histórica destinada a sierva de los intereses de las oligarquías y, por el contrario, resaltan la coincidencia entre muchos de sus resultados y los intereses de la lucha de los pueblos latinoamericanos por su definitiva independencia.

La ciencia de la historia no tenía para Martí un mero interés cognitivo, sino que constituía una vía de superación del ser humano, comprometida con los destinos de la humanidad, pues «para que perdurase y valiese, para que inspirase y fortaleciese, se debía escribir la historia» (1993: 204). Este juicio brinda la clave para entender su rechazo a las visiones discriminatorias y derrotistas de la historia y su apología de aquellas producciones historiográficas optimistas, alzadoras de la dignidad y el orgullo de los pueblos en momentos de aguda lucha de ideas.

Con ese espíritu de aproximarse a la máxima objetividad, sus artículos y apuntes sobre personalidades históricas revelan la dialéctica entre el individuo y el pueblo ante la coyuntura histórica de su tiempo, sin ocultar los yerros y dificultades que esta relación entraña, mas resaltando siempre el saldo positivo que deja el estudio de las vidas ejemplares, pues consideraba que: «No mueren nunca sin dejar enseñanza los hombres en quienes culminan los elementos y caracteres de los pueblos; por lo que, bien entendida, viene a ser un curso histórico la biografía de un hombre prominente» (1963-1973f: 158).

En sus textos se puede analizar el carácter contradictorio de héroes, u «hombres acumulados», como llamara a los grandes de la historia americana, entre otros Fray Bartolomé de las Casas, Washington, Bolívar, José A. Páez, Lincoln, Ulysses S. Grant, Benito Juárez, Carlos Manuel de Céspedes e Ignacio Agramonte. En particular, su artículo «Céspedes y Agramonte» se ha tornado un verdadero clásico para el estudio de las individualidades en un contexto histórico determinado. Aun así, al esbozar la significación histórica de ambos próceres cubanos advierte: «Vendrá la historia, con sus pasiones y justicias; y cuando los haya mordido y recortado a su sabor, aún quedará en el arranque del uno y en la dignidad del otro, asunto para la epopeya» (1963-1973c: 358).[7]

Tiempo después, el estudio de los Estados Unidos le hizo llegar a conclusiones metodológicas importantes acerca de la necesidad de la contextualización del hecho histórico:

Los hechos legítimamente históricos son tales, que cada uno en sí, a más de reflejar en todo la naturaleza humana, refleja especialmente los caracteres de la época y la nación en que se produce; y dejan de ser fecundos, y aun grandiosos, en cuanto se apartan de su nación y de su época. (1963-1973e: 104)

Estos modos diferentes de mirar y contar la historia, propios de Martí, tuvieron una de sus manifestaciones más terminadas en el proyecto de la revista La Edad de Oro, donde la historia fue narrada a través de las manifestaciones diversas de la vida sociocultural de los pueblos, tales como: la arquitectura, lo lúdico, o la historia del arte y la literatura, poniendo de manifiesto siempre la unidad del mundo y de la humanidad al alternar las muestras afines del arte y la cultura de pueblos de todos los continentes: europeos, americanos, asiáticos, africanos y aun de Oceanía (1963-1973h).

Sus reflexiones cristalizarían en un conjunto de tesis muy novedosas que dan fe de que el conocimiento de la historia americana es prueba, demostración e inspiración de las ideas revolucionarias y forja de valores ético-políticos, entre los que destacan los de humanismo, patriotismo, latinoamericanismo, e independencia de pensamiento; de ahí que sea esencial hurgar en ella para revelar el heroísmo patriótico de los sectores populares, preservar las tradiciones consolidar los ideales de independencia y unidad, tanto en Cuba como en la Patria Grande.

 

 

Notas

 

[1] En su «Cuaderno de apuntes número2» (Martí, 1963-73d) aparecen notas de sus estudios de griego y traducciones de Homero y Hesíodo.

[2] «Esos son héroes; los que pelean para hacer a los pueblos libres, o los que padecen en pobreza y desgracia por defender una gran verdad. Los que pelean por la ambición, por hacer esclavos a otros pueblos, por tener más mando, por quitarle a otro pueblo sus tierras, no son héroes, sino criminales» (Martí, 1963-1973m: 308).

[3] Entre los cubanos: Enrique Collazo, Fernando Figueredo y Manuel de la Cruz. Entre los extranjeros: el italiano César Cantú, el guatemalteco Alejandro Marure y el estadounidense George Bancro.

[4] Entre otros textos véase Martí (1963-1973a).

[5] Entre otros, de Cuba: Cirilo Villaverde, Eusebio Guiteras, Salvador Cisneros Betancourt, Antonio Bachiller y Morales y Mariana Grajales. No cubanos: el dominicano Máximo Gómez, el francés Víctor Hugo, el venezolano Cecilio Acosta y el estadounidense Ralph W. Emerson.

[6] «Pasión de patria, carácter de individuo, exaltaciones o modos de estilo, quítese todo esto de la historia para que quede, y aún nos quedará algo parecido a la historia creíble y verdadera» (19631973k: 76).

[7] Sobre el método martiano para analizar las guras históricas, véase Cairo (1999). Véase tres proyectos de libros de carácter historiográfico, o de ciencias afines, en Hidalgo Paz (1999).

Referencias

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