El capitalismo de las plataformas y las nuevas desigualdades

Resumen: 

¿Qué es el capitalismo de las plataformas digitales? ¿Cómo las redes sociales están cambiando estructuralmente el desarrollo de empresas y organizaciones? ¿Qué implicaciones tiene el llamado «trabajo digital» para el desarrollo de sociedades modernas? ¿Cómo afecta este a las relaciones sociales, los derechos laborales, el salario, el mercado, etcétera? Cuatro estudiosos de la comunicación debatieron estas interrogantes junto al público de Último Jueves. 

Abstract: 

What is the capitalism of digital platforms? How are social networks structurally changing the development of companies and organizations? What are the implications of the "digital work" for the development of modern societies? How does this affect social relations, labor rights, salary, market, etc.? Four communication scholars discussed these questions with the audience of Last Thursday.

 
   

Raúl Garcés: Este es un debate especial. El señor Jean Marie Bruno, embajador de Francia en Cuba, y varios colegas del personal diplomático de la embajada, nos han propuesto este tema, que forma parte de una iniciativa global estimulada por Francia llamada La noche de las ideas. Es un espacio de discusión que ocurre simultáneamente en varios lugares del mundo. En esta oportunidad los debates de Temas forman parte de esta alianza, con uno que no es la primera vez que discutimos, que tiene que ver con las redes sociales: el capitalismo de las plataformas y las nuevas desigualdades.

Esto de las plataformas parece algo muy lejano a nosotros, pero realmente está a las puertas del desarrollo no solo tecnológico, sino digital, de la sociedad cubana. Es algo que tenemos que discutir e incluir dentro de nuestras políticas públicas, y probablemente un debate como este puede ayudar a producir esos acercamientos.

¿Qué es el capitalismo de plataformas?, ¿qué implicaciones tiene para el mundo digital contemporáneo?, ¿qué transformaciones supone para la estructura de la sociedad contemporánea? Propongo que el profesor Casilli introduzca el tema, y que vayamos luego a discutir conceptualmente, a problematizar, incluyendo, por supuesto, la opinión del público.

Antonio Casilli: Le agradezco a Raúl Garcés por esta introducción, y a los panelistas, a la embajada de Francia, y a la revista Temas por la invitación. Mi intención es presentarles un tema que tiene mucho que ver con la utilización de los recursos digitales en el mundo y, de cierta forma, también en Cuba, porque el tema subyacente en realidad es el trabajo y cómo se trabaja cada vez más, incluso si no se ve, a través de plataformas digitales. Ante todo quisiera dar una definición del término plataforma. En este caso está relacionado con la idea de un servicio, de una oferta a partir de las bases de datos. Facebook es una plataforma, Google también, y Amazon y otros servicios relacionados con él son plataformas, como muchos sitios que ofrecen información de datos. Para nosotros, los usuarios, estos servicios a veces producen motores de búsqueda, contenidos multimedia, pero para sus creadores, sus conceptualizadores, se trata de bases de datos. Por ejemplo, usted sube una foto de su gatico o de su niño y para usted es una foto, pero para ellos son datos como, por ejemplo, la fecha en que se subió la foto, la marca de la cámara con que se hizo, etc. Todas estas informaciones que usted sube, se venden por los proveedores de los servicios a compañías publicitarias, a Estados, y a veces a lo que se llama data brokers, o sea, los gestores, los comerciantes de datos. Es decir, nosotros nos estamos divirtiendo viendo fotos, subiendo imágenes, pero para alguien significa valor, dinero, porque está pagando por esos datos, de ahí nuestra reflexión sobre el capitalismo en las plataformas, que parte de la pregunta de si toda la actividad que se hace en Internet es vista o concebida como trabajo.

Doy ejemplos de lo que se llama ecosistemas de trabajo digital. El primero es lo que se conoce como plataformas colaborativas, pero que deberían ser llamadas de demanda; por ejemplo, Uber o Airbnb tienen, respectivamente, una plataforma colaborativa de taxis y de renta de casas particulares. Se dirá entonces que en estos casos hay gente trabajando realmente; choferes de taxi y personas que se ocupan de las casas de alquiler, pero en realidad hay mucho trabajo a través de los datos que pasan por las aplicaciones del teléfono. Cada chofer de Uber está, como promedio, 40% de su tiempo manejando, el resto lo pasa por lo general, en la aplicación subiendo sus fotos, editándolas, enviando mensajes y comentarios a clientes, a otros choferes. Desde ese punto de vista se podría decir que Uber es un Facebook como cualquier otro, solo que si usted es un chofer de Uber va a pasar mucho tiempo tratando de lograr una buena evaluación por parte de sus clientes, y a la vez evaluando a sus pasajeros; si su puntuación es menor de 4,5, Uber lo desactiva, que es su forma de decir que lo despide, si yo como pasajero recibo menos de 4, voy a pasar mucho trabajo para encontrar un automóvil que pueda llevarme de un barrio a otro. Entonces eso se vuelve una cuestión de derechos laborales y del consumidor: ¿hasta qué punto puedo discutir esta evaluación, decir que no me merezco eso, que soy mejor? Esto ocurre, sobre todo, porque Uber no les permite ni al chofer ni al pasajero escoger la tarifa; ellos tienen un servicio de tarificación dinámica.

Pero hay otros servicios que sacan a relucir otras cuestiones; por ejemplo, la desigualdad planetaria. Uno de ellos —que no es el más conocido pero sí de los más válidos para este asunto— es Amazon Mechanical Turk, basado en la idea del microtrabajo, que es cuando alguien mira una foto y dice si en ella hay un gato, o un árbol, o transcribe algún contenido; esa pequeña acción se llama microtrabajo en Internet, y se paga uno o dos centavos de dólar. En los Estados Unidos eso no es nada, pero en otros países es un poco más interesante cuando usted calcula todo lo que hizo en el día. Si al final del mes, recibe su microficha o micropaga de veinticuatro dólares, en países como India, eso es muy importante. Es por eso que comenzamos a interrogarnos sobre el origen geográfico de los microtrabajadores, y mis colegas de la Universidad de Oxford han realizado un análisis cartográfico, y han determinado que la mayor parte de estos trabajadores pertenecen a los países del sur. Pakistán, Bangladesh, Malasia, e incluso Rusia, son los países en los que la mayoría de estos microtrabajadores laboran, y la mayor parte de los contratistas, de las personas que recurren a su trabajo, ¿de dónde provienen?: de los Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Australia...

Para concluir quisiera plantear dos preguntas que considero serían importantes con respecto al capitalismo de plataformas; la primera tiene que ver, como decía antes, con las desigualdades globales, que comienzan a convertirse en importantes porque el número de estos micro trabajadores es cada vez mayor y concierne a una parte importante de la población mundial. Amazon Mechanical Turk es posiblemente uno de los más pequeños de los que ofrecen estos servicios, pero debemos tener en cuenta que existen países, por ejemplo China, en los que cada año acceden a ellos de veinte a treinta millones de personas; entonces se trata verdaderamente de un mercado de trabajo, que además, nos lleva a preguntarnos cómo evoluciona el empleo a nivel global, cómo está cambiando y evoluciona esta realidad.

Tenemos que preguntarnos sobre la incidencia de estos servicios en países con elevadas tasas de desempleo, que a 50% o 60% del total de la población. Si en América Latina, sobre todo en el sur, estos servicios no tienen mucha incidencia en este momento o no son analizados con todo el rigor que merecen, y el análisis se centra mayoritariamente en los países de África subsahariana y del sudeste asiático; en el futuro, cuando se vuelvan más importantes, tal vez representarían una preocupación para los países de la región, por ejemplo, para Cuba.

Se trata entonces de una amenaza, porque incluso en países en los que la penetración de Internet no es muy importante —por ejemplo, Cuba—, donde solo llega a 32% de los hogares, las estrategias de estos servicios a las plataformas están proponiendo otro tipo de modalidades que tal vez serían preocupantes.

Estos microtrabajos a veces aparecen, en países como Tailandia o India, a través de una opción que permite tener acceso ilimitado a Internet, pero solo si se accede a los servicios que propone esta plataforma.

Quiero concluir con otras preguntas: ¿cómo las plataformas nos hacen pensar sobre la forma en que trabajamos?, ¿en qué momento realmente terminamos de trabajar?, ¿cómo se manifiesta en realidad el mercado de trabajo? Hay muchas aplicaciones que están propuestas para nuestro tiempo libre, para divertirnos, para realizar búsquedas y para nuestro enriquecimiento personal, pero ciertamente detrás de cada uno de nuestros clics hay un trabajo y hay valor que se está generando.

En esta intervención me refiero a la realidad a la que nos estamos sometiendo actualmente, incluso cuando llegamos a nuestra casa y queremos divertirnos, pasar nuestro tiempo libre, estamos generando valor agregado, y detrás de cada uno de nuestros clics también se está generando un trabajo y un servicio.

Raúl Garcés: Yo les propongo cambiar un poquito la dinámica del debate, porque el profesor ha aludido a la pregunta inicial pero también a lo que pretendía ser la segunda: ¿qué problemas entraña el capitalismo de las plataformas?, ¿hasta dónde esta precarización laboral implica brechas desprotegidas en el ámbito jurídico y en el político?, ¿pone a quien ofrece el servicio en una situación de precariedad respecto a los contratistas? Yo quisiera que Urra y Beatriz nos den su visión sobre este tema.

Hay una frase que dice: «En el capitalismo de plataformas el modelo de empresas que compiten por los clientes es reemplazado por otro más participativo y aparentemente más horizontal, en el cual los clientes se contactan directamente entre sí; lo que no se dice es lo que hay detrás», y de alguna manera el profesor Casilli lo empieza a develar. ¿Lo que estamos hablando está fuera de nuestra realidad, o empieza a formar parte de nuestro entorno digital?, ¿hasta dónde el microtrabajo, en las condiciones descritas, se relaciona con nuestras organizaciones, con la estructura del empleo en el ámbito digital cubano?, ¿cuánto tiene que ver Cuba con eso?, ¿cuánta indeterminación hay para enfrentar el capitalismo de las plataformas en el ámbito ético, jurídico?

Pedro Urra: Debo confesar que no conocía al profesor Casilli a través de su obra, no había tenido esa oportunidad por aquello de que todavía seguimos viviendo faltos de conocimiento y de dominio de cómo se mueven en especialidades, etc. Entonces para mí ha sido un feliz descubrimiento.

Uno de los grandes desafíos que tenemos es la necesaria dialéctica entre sentido común y ciencia, es decir, entre el reconocimiento de que la realidad, por su complejidad, se nos presenta de una manera que no somos capaces de aprehender de manera sencilla, sin el estudio, sin la investigación, sin los datos, sin la ciencia. Es un desafío permanente, porque el sentido común nos lleva muchas veces a llegar a conclusiones o apreciaciones de la realidad que son simplistas. Uno de los grandes desafíos contemporáneos es la conquista del sentido común con la participación de la ciencia y, al mismo tiempo, con la retroalimentación de la práctica.

El tema que se nos plantea es muy relevante para Cuba porque, por determinadas razones históricas, es de los países que ha entrado de manera contradictoria y tardía a Internet. Incluso me sorprendió la cifra de 32% que dijo el profesor, porque no creo que sea exactamente así. De todas maneras eso no hay quién lo sepa; pero ese es otro tema del que no vamos a hablar; pero vale la pena llamar la atención sobre eso. Cuba tiene un contexto particular en que este tema es especialmente relevante, por esa apropiación compleja, «tardía», inestable, de las tecnologías de Internet. Tampoco podemos decir que somos una sociedad que no haya estado en contacto con Internet, lo hemos tenido, a veces trágico, pero fundamental. Yo diría que para nosotros, a estas alturas, aprovecharlo es un desafío que tenemos como sociedad, porque hay un cambio mediado tecnológicamente, que no es neutral; entonces se necesita mucha investigación científica y mucho alineamiento del sentido común con lo que aprehendamos de esa realidad compleja para guiar políticas públicas que garanticen una utilización crítica de las nuevas tecnologías, en este momento en que estamos hablando de una nueva economía. En el mundo hay una producción científica importante que tenemos que descubrir y que este momento exige.

La economía de plataformas, por ejemplo, es una realidad que nos plantea un desafío teórico y práctico, que exige una mirada crítica, constructiva y propositiva para que no pueda cegarnos. En Cuba, posiblemente sea, en relación con su ritmo de crecimiento y su utilización, uno de los lugares más dinámicos del mundo, a pesar de las dificultades de Internet. El nivel de intermediación es enorme, las personas que tienen acceso venden y revenden; es decir, parte de lo que Casilli nos ha dicho ya se está produciendo aquí.

El mito es que son plataformas totalmente apolíticas, neutrales, que le dan oportunidades y espacio a todo el mundo, pero en la página de regulaciones fiscales de Airbnb no aparece Cuba. Sin embargo, cada día yo me encuentro más gente en la calle que me dice que está usando esa plataforma.

En Islandia, la demanda que ha producido ha cambiado completamente el mercado inmobiliario. Allí se ha generado un conflicto, al abrirse a la plataforma mundial, se puede virar al revés el país.

Las contradicciones culturales, sociales, tienen que estar presentes en cualquier análisis de fenómenos de estas dimensiones, como el de las plataformas. ¿Habrá un socialismo de plataformas o un proyecto social inclusivo con plataformas? Ese es un tema muy serio.

Raúl Garcés: Urra termina con algo que yo quisiera que dejáramos en el tintero para discutir. ¿Habrá un proyecto inclusivo de esta modalidad de negocios?, ¿desde dónde podemos construir las alternativas al capitalismo de plataformas?

Yo quisiera ponerme en el lugar de los jóvenes, que a lo mejor piensan lo siguiente: se critica a Uber, pero esta les resuelve problemas a mucha gente, en sociedades donde funciona; ya quisiéramos nosotros tener Uber aquí, y resuelve un montón de problemas en términos inmobiliarios. ¿Entonces le resuelven problemas a la gente?, ¿cómo lidiar con este fenómeno? Efectivamente, si le aplicamos una lógica de economía política, abre desigualdades y precarizaciones, pero al mismo tiempo, desde la perspectiva del cliente, no sé si es de economía colaborativa, porque ya se sabe lo que tiene detrás. De todas maneras, es un fenómeno de la sociedad contemporánea con el que tenemos que lidiar, y que viene justamente a modernizar y a ofrecer determinados servicios en otras condiciones. ¿Cómo lo ves, Beatriz?

Beatriz Pérez Alonso: Los que me anteceden saben mucho más que yo de estos temas, pero quisiera compartir mi modesta experiencia desde la docencia y también en la práctica. Hay en nuestro contexto académico varios profesores que, aunque no se han centrado en el tema del trabajo digital, sí han abordado matices que ayudan a comprender ese fenómeno, aun cuando no podamos hablar de un soporte que tenga suficiente conectividad.

Uno de los matices que ya se han pensado en Cuba y lo han trabajado varios académicos ha versado sobre las relaciones de poder en Internet, y Cuba no está ajena a ese fenómeno. Me gusta mucho una frase de una profesora nuestra que decía que Internet no es un metamundo, sino una extensión del mundo real, donde, por supuesto, se expresan desigualdades y otro tipo de relaciones del mundo físico. Ese es un buen punto de partida para entender todo lo que tiene que ver con el capitalismo de las plataformas.

Otro se relaciona con las teorías del desarrollo, tratando de empezar por una base un poquito más conceptual en torno a este tema, y la idea de que los países del sur, subdesarrollados, de alguna manera tienen que tomar modelos o referentes de los desarrollados para mejorar sus niveles y su calidad de vida, pero bajo unos referentes que no necesariamente son los nuestros. Por ejemplo, algunas personas que trabajan con Google y están fomentando las relaciones con Cuba estuvieron recientemente en un evento organizado por un centro del CITMA, y decían: «Tenemos mucho interés en insertar infraestructura en el país», y mencionaban cosas de ese corte que habían hecho en otros países, como los que Casilli mencionó anteriormente. Yo les decía: «Todo eso está muy bien, ayuda con la infraestructura, pero ¿también al desarrollo de software, o de otro tipo de plataformas que propicien la generación y la distribución de contenidos propios?». Todo eso, por supuesto, tiene una correlación con el tema de la identidad. Esa pregunta nunca me la respondieron; pero queda claro que es un negocio y que si ellos optan por la infraestructura es porque les interesa que usemos sus servicios y no otros, pero venden todo eso dentro de un marco de bien público y de compromiso social, que evidentemente no es tal.

Pasa lo mismo con Facebook. ¿Hace falta pasar un curso para entrar en Facebook? Evidentemente, no; como plataforma tecnológica fue concebida de una manera muy sencilla, muy intuitiva, para que cualquier persona, independientemente de su nivel cultural o su profesión, pudiera estar dentro de esta plataforma, pero eso estimula que las personas generen contenidos, como el profesor Casilli explicaba. Yo siempre digo: «Si todos hiciéramos una campaña para no estar en Facebook, evidentemente este dejaría de tener sentido», porque como plataforma requiere, como recurso indispensable, la presencia de usuarios. Así que, de alguna manera, nosotros somos los que hacemos posible que Zuckerberg tenga el carro y la casa que tiene.

Estoy de acuerdo con algo que decía Garcés sobre que todas estas plataformas generan beneficios para el usuario; no son totalmente malas, en algunos casos resuelven problemas. Casilli tocaba el tema de cómo también generan desempleo. Ya han ocurrido huelgas de taxistas en varios países en contra de Uber; pero también generan empleos como los que ha tenido que crear Uber. Es decir, hay una relación de empleo-desempleo. Esas plataformas tienen muchos matices; evidentemente no son solo positivas o negativas, diría yo.

En Cuba, las estadísticas oficiales re eren alrededor de 27% —no he oído lo del 32%—, de usuarios de Internet, incluidos los que solo tienen acceso a Intranet. Otra profesora, académica y periodista nuestra siempre dice que en Cuba realmente no hay tal nivel de desconexión, porque las casas o los lugares donde hay una computadora con conexión funcionan como infocentros donde otras personas van a conectarse; entonces nunca sería 27% ni 32%, sino probablemente un poco más. También existen maneras alternativas de acceso a la información como es el Paquete semanal, la trasmisión por USB, las redes locales, en n, que no hay tal nivel de desconexión.

En ese panorama, puedo decir que entre los que hoy tienen acceso, al menos por las cifras públicas, el sitio que más se visita en Cuba es Google seguido de Facebook, o sea, se expresan tendencias similares aun cuando no haya los mismos niveles de conectividad a motores de búsqueda y a sitios de redes sociales, y a algunas de las plataformas que Casilli mencionaba.

En Cuba también ha habido una emergencia de desarrolladores de aplicaciones de forma independiente, que se han convertido en fuentes de trabajo para otras personas; estoy pensando en AlaMesa, Conoce Cuba!, Porlalivre, y tantas otras que ni siquiera conozco, que también han representado empleos para los cubanos; aunque funcionan de una manera diferente, a partir de que muchos no tienen conectividad en todas partes ni en sus dispositivos móviles.

La existencia de políticas públicas, que vemos a nivel global —uno de los temas que atraviesa todo el análisis del capitalismo de las plataformas— también nos toca. El profesor hablaba de la inseguridad de los trabajadores; por supuesto, cuando usted trabaja en una plataforma como Uber, o como muchos cubanos que, por ejemplo, son community managers de empresas dentro de Cuba, ¿dónde queda el tema de las pensiones, de la seguridad social, de los impuestos, etc.? Quedan en un marco nebuloso, y ese fenómeno está afectando a Cuba hoy, no es algo que nos sea ajeno. No todo el mundo, pero una parte de la población se ve afectada por ello.

Raúl Garcés: Si alguien pensaba que el tema no suscitaba polémica, obviamente se equivocó. Este no es un asunto de los nativos digitales ni de las personas que están directamente conectadas a Internet y a la tecnología todo el tiempo, sino de voces que provienen de diferentes apropiaciones de la tecnología.

Hamlet López García: Voy a comenzar con cierto desacuerdo. Los ponentes cubanos han demostrado que no estamos tan lejanos de las problemáticas planteadas por el capitalismo de plataformas, no solo por las formas nativas que estamos viendo aquí de creación de plataformas como el Paquete, por ejemplo, o algunos emprendimientos que ya están desarrollando equipos para distribuir contenido audiovisual y capturar audiencias, sino que también tenemos una tradición de pensamiento marxista que podemos halar para comenzar a pensar lo que está ocurriendo en el mundo. Tenemos las herramientas conceptuales, quizás necesitemos desempolvar sobre todo aquellas reflexiones tan intensas, tan dinámicas, que hubo antes de los 70 del pasado siglo, retomarlas, ponerlas de nuevo en el orden del día; porque sigue siendo el mismo capitalismo de siempre, tenga el adjetivo que tenga; los problemas de los que se trate, en el fondo, siempre van a ser los de la reproducción ampliada del capital y la acumulación. Entonces tengo la impresión de que si uno regresa a esos conceptos y, sobre todo, rescata el horizonte ético que traía el marxismo, está un poco más preparado para crearse una brújula o un horizonte, de manera de que todo lo que está ocurriendo hoy por hoy en el entorno contemporáneo comienza a caer por su propio peso y a configurar un paisaje comprensible para nosotros, porque de otra manera vamos a seguir sin entendernos.

Y lo segundo, y con esto termino. Me parece muy importante no solo crear o fortalecer líneas de investigación explícitamente dirigidas a la economía política de la comunicación en Internet, tanto en los centros educativos como en los de investigación social, sino también comenzar a pensar, en principio, encuentros informales poco ambiciosos en sus planteamientos, e ir creciendo para convocar a todos los que desde nuestro país pensamos sobre estos temas, y ponernos de acuerdo y ver cuáles son líneas de acción, líneas de reflexión, bibliografía que tenemos, para pensar.

Carlos Alzugaray: Urra utilizó el término economía de plataformas y no capitalismo de plataformas, y ahí hay una definición importante. Yo pienso —lo he escrito— que cuando nos metemos en la discusión capitalismo-socialismo nos perdemos, porque en Cuba casi todo el mundo de ende el socialismo y le echa al capitalismo; entonces no vemos lo que puede haber en el capitalismo de viable para el modelo que queremos, que tiene que ser próspero, equitativo y sustentable —agrego lo de equitativo, que casi nunca se usa.

Decía un científico muy importante que el paracaídas y la mente tienen una cosa en común, si no se abren no funcionan, entonces cuando Urra habló del sentido común, evidentemente estaba hablando de abrirnos la mente al problema e ir a las esencias. Hamlet, que hablaba antes que yo, mencionaba la teoría marxista. En su esencia están las relaciones de producción y las fuerzas productivas, y cómo estas se desarrollan, y la revolución tecnológica forma parte de ese desarrollo. Eso tiene que ver, y vamos al sentido común, con algo importante: el tiempo socialmente necesario para producir. Un problema de nuestra sociedad es el tiempo que se pierde por cualquier cosa y esta economía de plataforma nos ayudaría a resolverlo. Se trata del desarrollo de las fuerzas productivas en función de eso que queremos, que es prosperidad, equidad y sustentabilidad.

Arturo Moreau: En Francia, cuando intentamos hacer un debate así en las plazas pues nos mandan la policía, y nos llaman terroristas, así que muchas gracias. Quiero seguir la discusión de la primera intervención, a propósito del tema del cambio en el trabajo, que las formas de trabajo cambian. Me interesaría tener vuestras posiciones sobre las formas de lucha; es decir, si el trabajo cambia el sindicalismo también tiene que cambiar.

Yo tuve una experiencia como bicitaxista en París, y tuvimos una relación complicada con los sindicatos; nos decían: «Tú estás en una empresa, pues sindicalízate o crea un sindicato en tu empresa». Lo que pasa es que hay gente que se queda tres meses, o que se va después de dos días, en n, hay esa movilidad. Nosotros nos reuníamos primero para compartir la cerveza; ponemos todos un poco de dinero, entonces tenemos la cerveza más barata, y los sindicatos no estaban en el plan. «Lo podéis hacer pero no es lo más importante, la lucha no es la esta». Entonces, sobre esa cuestión de cambiar la forma de sindicalismo me parece importante; no pensarlo solo con la empresa.

Karel Pérez Alejo: La visión que algunos tenemos cuando discutimos sobre servicios en Internet y plataformas es que hay una cierta piñita, como decimos en Cuba, un grupito; por ejemplo, la directora saliente de Yahoo! fue una de las primeras mujeres contratadas por Google; la más reciente adquisición grande de Uber es Amit Singhal, uno de los desarrolladores del buscador. Entonces, por ese lado, hay una especie de concentración de activos, donde está el mito de que parte de los «unicornios» de Silicon Valley salieron del grupito de PayPal. ¿Es real esa hipótesis?  

Por otro lado, ahí está Ali Express, que tiene buena parte de las acciones (shares) de Yahoo!, y que es un supermercado digital chino, y está Yandex, de los rusos, donde todo parece indicar que hay puesto parte de capital del Estado, en contraposición a este posible mercado completamente empresarial. Sobre la base de estas dos tendencias, ¿es posible sostener el mito del emprendedor que puede ser exitoso?

Con respecto a las plataformas de anuncios, que de alguna manera gestionan buena parte de la economía de Internet, también están gestionando o moviendo la forma en que se distribuyen y se presentan contenidos en Internet. Facebook tiene, posiblemente, todas las capacidades para eliminar las noticias falsas, y sin embargo no lo hace. ¿Está la economía publicitaria moviendo la de estos medios? ¿Cuáles son las opiniones de ustedes con respecto a esto?

Enrique López Oliva: Soy periodista y profesor de Historia de las religiones, y ese es el tema que quiero que aborden. En esta revolución de las plataformas, ¿qué papel desempeñan las religiones, o cómo están tratando el tema? Yo tengo entendido, por ejemplo, que el Vaticano acaba de crear una comisión para reformar todo su sistema de comunicación a través de plataformas. ¿En qué medida esta revolución impacta en el mundo religioso?

Jackie Canon: Soy inglesa y adicta a Internet, pero vivo en Cuba parte del año, así que me he tenido que retirar un poco, pero escuchando la contribución del profesor Casilli, veo que hizo un comentario sobre el aspecto colaborador de muchas plataformas. Él no mencionó eBay —creo que es una plataforma—, un sitio para intercambio, compras y ventas, pero sí habló de Uber, Airbnb, Facebook, Amazon, etc. Efectivamente, todas tienen en común el aspecto colaborador, pero me gustaría escuchar algún comentario sobre algo que yo considero falso en ese nivel de colaboración y autonomía: yo he intentado jugar un poco con uno de los sitios que dicen «Acepto» o «Rechazo», y cuando rechazo, no me dejan hacer nada más; entonces estoy obligada a aceptar los términos que ellos imponen. Eso me parece un punto muy importante cuando estamos hablando de capitalismo o capitalización de esa plataforma.

Juan C. Pedroso: Lo que escucho me hace pensar en que, a veces, somos un poco ingenuos. En Cuba, se habla mucho de Internet; pero en el mundo en que yo me desarrollo —soy obrero de la construcción— hay un gran porcentaje de gente que no solo no tienen acceso a Internet, sino que no tienen idea de qué es; no tienen idea de qué es la pantalla de una computadora. ¿Qué quiero decir con esto? En la vida moderna, Internet es una necesidad, pero más que el acceso lo que necesitamos es casi una campaña de alfabetización; porque no se trata de ir a una biblioteca pública donde no hay que invertir ningún recurso, es llegar, entrar, pedir un título y leerlo, sino de romperse la cabeza pensando en cómo acceder a Internet. La mayoría de la gente que está accediendo no busca conocimiento, sino la utiliza como herramienta, por ejemplo, para los negocios, los llamados emprendedores que, desde mi punto de vista, son los más innovadores. A lo mejor estoy equivocado, es un problema de percepción, de ese número que estoy oyendo de personas que acceden, muchas son los de Internet de contén, como se dice, que lo que hacen es entrar a la WiFi, y los cuentan como usuarios; pero este tipo de personas más activas, que buscan formas, herramientas para proponer cosas nuevas, no me parece que sean un número importante dentro de ese porcentaje que ustedes están planteando. En Cuba, Internet sigue siendo una quimera para casi todos.

Raúl Garcés: Gracias a todos por sus intervenciones tan lúcidas y tan diversas. Aquí se ha preguntado, por ejemplo, que si no deberían cambiar las formas de luchas sindicales; sobre el impacto del capitalismo de plataformas en las religiones; se ha hablado sobre los emprendedores exitosos; se proponía una campaña de alfabetización informacional. Le pido al panel que evalúe esos y otros comentarios y después regresamos a las preguntas que van quedando en el tintero.

Antonio Casilli: Quisiera primeramente abordar la cuestión del emprendimiento y el mito del emprendedor. En el capitalismo de plataforma hay un mundo de dos velocidades distintas; por una parte, está Mark Zuckerberg, Pavel Durov en Rusia, y en China hay otros que son los grandes emprendedores, los ricos que todo el mundo conoce; pero la astucia, o más bien el atractivo, la carnada del capitalismo de plataformas, es convencer a los demás de que ellos también son emprendedores, que también van a tener éxito, de llegar a lo mismo. Es un mundo de cuentapropistas digitales que se prepara. Habría que preguntarse entonces cuál es el interés para estos trabajadores si ya no son considerados como miembros de una clase laboral, sino como miembros de una clase de emprendedores, y ahí caemos en la pregunta del sindicalismo, ¿qué hacen los sindicatos en la época del capitalismo de plataforma? Desde fuera nos da la impresión de que a estos se les escapa la evolución, el proceso que está ocurriendo, pero desengañémonos, porque en los Estados Unidos, en países que conozco, desde hace un tiempo los sindicatos han iniciado proyectos, han asumido nuevas herramientas que les permiten crear un sindicalismo de plataformas. Doy un ejemplo concreto: el sindicato IG Metall, alemán, el más grande de Europa, ha creado ya un sindicato de plataforma para esos trabajadores; así, trata de combatir al capitalismo de plataformas con sus propias armas y en su propio terreno, es decir, con sus herramientas. El hecho es que los sindicatos ya se han dado cuenta de que el combate sindical ya no se hace solo en la fábrica o en la calle, sino también en el bolsillo del trabajador, con las aplicaciones de teléfono y con otras vías digitales a las que accede.

Y ahí paso a la pregunta que me parece crucial: la alfabetización en Internet, que en este caso es también enseñarnos a reflexionar, a saber utilizar esas herramientas; saber reconocer a qué tipo de restricciones nos enfrentamos, por ejemplo, el hecho de que el usuario es expropiado de sus datos personales, y también está la expropiación de valor. Se habló de una nueva economía, pero para mí es la misma economía, según la cual una empresa se apropia del valor producido por una persona, en este caso la que utiliza un teléfono celular, y finalmente está la libertad de acción, que nos permite —y ahí es donde interviene la alfabetización en Internet— enseñar al trabajador o al usuario las maneras de defender sus derechos. Una forma de esta lucha es, por ejemplo, incitar a crear normas estatales de regulación de Internet o litigios personales en los tribunales, lo que se llama class actions, ese tipo de acciones políticas que ocurren en un tribunal para lograr restringir la libertad de la empresa sobre la plataforma. Google, por ejemplo, tuvo que hacer frente a una de estas class actions, en las que los trabajadores de varios centros en los Estados Unidos reclamaron el derecho a ser reconocidos como trabajadores de Google porque esta usaba sus datos; y en Europa hay una enorme class action de más de veinticinco mil personas que han formado una asociación que busca lograr el derecho de cada uno de sus miembros a recibir quinientos euros por toda la información que Facebook tomó de ellos y les dio a otras empresas. Quinientos euros no parece mucho, pero si multiplican eso por veinticinco mil personas verán que de aquí a pocos meses Facebook deberá pagar doce millones y medio de euros, lo que pesa un poco más.

Beatriz Pérez Alonso: Voy a referirme a tres de los comentarios. Karel hacía referencia a la idea del emprendedor exitoso y si eso era efectivamente posible en el contexto cubano de la información, y yo recordaba la entrada de Airbnb en Cuba. Cifras que he visto, que a lo mejor ya están un poco más actualizadas, hablan de alrededor de cuatro mil casas registradas en Airbnb; pero tengo referencias de páginas que ya habían creado personas cubanas, que tenían que ver con la renta y con este tipo de ofertas en Internet, a las cuales Airbnb se habría acercado para comprar su base de datos. Esto trasciende las relaciones que se establecen en Internet, y tiene que ver con lo mismo que ocurre en el entorno físico: cómo las grandes empresas, los grandes monopolios, se tragan muchas veces a las pequeñas. Por supuesto, parte de la lógica de Internet de vender esta idea «ultrademocrática, libre y llena de posibilidades», lo cual no es totalmente incierto, en mi opinión, porque efectivamente, sí brinda muchas posibilidades, pero también está marcada por otros tantos matices, como en este caso.

Alguien hacía referencia a la inteligencia colectiva y las posibilidades que brinda. Estoy de acuerdo con las múltiples posibilidades que ofrece esta idea, que es la que promueven los que hablan de la web 2.0 y hasta la web 3, es decir, la colaboración entre usuarios para lograr mayores beneficios; pero la gran pregunta es quién se beneficia económicamente de esa relación, y ahí entra lo que Casillí decía, porque nosotros como usuarios podríamos beneficiarnos del aporte que nos podría dar en muchos sentidos, pero el beneficio económico lo percibe el creador de la plataforma y no los usuarios.

Y para cerrar, el tema de la cifra de usuarios en Cuba. Según el Banco Mundial, la última cifra a nivel mundial, del 30 de junio de 2016, es 45,7%. Eso significa que casi la mitad de la población no tiene acceso, aunque si nos acogemos a la teoría de que hablaba antes realmente siempre sería un poco más. En cuanto a Cuba, aunque hemos hablado de 27%, o sea, que la mayor parte de la población no tiene acceso, muchas personas que a lo mejor no son usuarios activos de la plataforma, identifican en ella, por prácticas, por amigos, por colegas, la relevancia que pudiera tener y cómo pudiera cambiarles sus vidas. Hay un concepto muy llevado y traído, que es el de la brecha digital, y que en sus inicios se concibió solo asociado a la posibilidad de acceso, y hace mucho tiempo se le agregó el uso que uno puede hacer de esa plataforma. La calidad de ese uso depende, para mí, no solo de una alfabetización tecnológica, sino también de un proceso que tiene que ver con la educación de manera general, porque alguien puede saber usar la plataforma, pero no tener nada que decir en ella ni ser capaz de generar ningún proceso, ningún cambio, en su entorno, más allá de lo virtual.

Pedro Urra: Yo también voy a reflexionar sobre algunos puntos. En primer lugar, sobre la economía de plataforma que mencionaba Alzugaray. Efectivamente, hay un tema que está dado por un hecho objetivo, asociado al desarrollo económico, social y tecnológico, que ofrece unas oportunidades y unos desafíos también nuevos a partir de lo que Beatriz acaba de decir: 50% de acceso es mucho, porque estamos hablando de un fenómeno relativamente reciente, aunque suponga la exclusión de la otra mitad. Buena parte de esa cifra va a seguir excluida aunque esté en Internet; tener acceso no supone el n de la exclusión y el n de los fenómenos propios de la vida social en los diferentes entornos.

Es importante llamar la atención de que se puede hablar de una economía de plataformas en dependencia del contexto, si es capitalista o si es socialista. Ahora, pensando en Cuba y en la alternativa de un socialismo próspero, sostenible, con equidad, en esa línea es en la que de alguna manera más hemos estado relacionados. Infomed se construyó desde la visión de plataformas desde el punto de vista de la visión, de la organización de los recursos humanos y materiales, y la forma de producir contenido. Eso es importante; efectivamente, se puede hablar de una economía de plataforma en la que cuando se hable de plataformas, se trate de un servicio que lo que hace es bajar los costos de fricción para que se encuentren los factores productivos para determinados objetivos que, en dependencia de diversos contextos socioeconómicos, va a tener diferentes formas de expresarse; pero sin subestimar el carácter de la tecnología como fenómeno social, político, y mediado por las relaciones de poder y las socioeconómicas; es decir, que no podemos pensar ingenuamente que la tecnología es neutral; hay suficiente evidencia de que no lo es. El ejemplo clásico es el famoso puente de Long Island, por el que no era permitido que pasaran los ómnibus, y eso significaba que iban menos negros a Long Island en la época. El que construyó Nueva York lo hizo conscientemente; era la inserción de una tecnología discriminatoria.

Esa economía de plataforma, Facebook, Google, etc., replican unas relaciones de poder, económicas, políticas que, por supuesto, están embebidas en su forma de funcionar, y por lo tanto suponen un desafío; incluso se habla de desarrollar plataformas alternativas, porque la capacidad de desarrollarlas es la que hace a un emprendedor diferente; el que sea capaz de crear la plataforma, no de utilizarla, es el que se va a quedar con la mayor parte de la ganancia. Eso me recuerda algo: el dueño de los medios de producción —hoy día, las plataformas— define en gran medida la forma en que se distribuye la riqueza. Entonces es viable, y es la propuesta, hablar de una economía de plataformas que sea crítica con el capitalismo de plataformas, que, en definitiva, en su lógica de funcionamiento lo que trata es de maximizar ganancias a partir del uso de los datos y de las acciones que se desarrollan sobre ella. Estamos hablando de una alternativa de plataforma de bien público, no solo en el socialismo; porque existen unas que han demostrado el potencial de lo que se puede hacer en esta dimensión, en cualquier país y sistema.

En el caso de Cuba, habría que estudiar, analizar que la mayoría de las plataformas que se han creado tienen que ver con asuntos sociales, pero también las hay que tienen intereses de ganancia. Existe Revolico, que es un ejemplo de plataforma, con muchas contradicciones y dificultades, pero lo es. ¿Por qué no puede haber una plataforma social que resuelva los problemas que decía Alzugaray? Por insuficiencias de políticas, por visiones simplistas con respecto al papel que pueden tener las tecnologías en la sociedad. En Cuba, vivimos un momento difícil y complejo en ese sentido porque hay una especie de fascinación con la economía de plataformas, sin ponerle el nombre de capitalista o no capitalista, y nos podemos equivocar en cuanto al impacto real que puede tener. Entonces, no hay que negar el potencial de lo que pudiera ser la acción colectiva de sectores o de clases sociales en los espacios hoy existentes. Sería muy ingenuo si no se reconociera un nuevo tipo de relación social mediada por la tecnología en que, lógicamente, el uso de esas plataformas tiene que ser consciente de esas realidades.

Sí, hay que reivindicar la política. En el caso, por ejemplo, de nuestro país, a veces hay un enfoque simplificado, y por razones históricas se dice: «Eso no es un tema de política», y se está renunciando a la capacidad de luchar porque esas plataformas representen realmente proyectos sociales y orientados a la equidad y al buen vivir, que necesariamente suponen una apropiación de esas herramientas. Aún nuestra participación como creadores dentro de los espacios de Internet y de las plataformas no está suficientemente visibilizado.

Raúl Garcés: Quiero preguntar sobre regulación, ¿hasta dónde se debe regular?, ¿es sana la regulación? Cuando pensamos en la creación de reglas pensamos únicamente en el Estado como actor, que tiene que generar determinadas políticas públicas para crear determinadas leyes o marcos jurídicos, etcétera. ¿Y la ciudadanía?, ¿no deberíamos pensar en otro tipo de regulación, digamos, una regulación 2.0 o 3.0, en la cual no solo intervengan el Estado, la sociedad política, la sociedad económica, etc., sino también los ciudadanos?

Ustedes hablaban de un sindicalismo de plataformas, ¿es eso viable dentro de la sociedad contemporánea?, ¿hacia dónde ir en términos de políticas públicas, a partir de las referencias francesas, pero también de nuestras propias experiencias? Se lee por ahí de cooperativismo de plataformas, ¿es esto una alternativa real o un eufemismo, en términos de marketing, para nombrar algo que no está conduciendo a nada?

Antonio Casilli: La cuestión de la regulación en Francia es objeto de varios debates, pues hay una larga tradición de acompañamiento por parte del Estado, de las transformaciones tecnológicas y económicas.

En Inglaterra, por ejemplo, hay debates importantes sobre la creación de un fisco que sea capaz de funcionar como una forma de regulación, y la idea de esto no es imponerla a los usuarios —a los choferes de Uber, por ejemplo—, sino directamente a la plataforma como mecanismo que capta valores. La idea sería que eBay, Facebook, Google, tuvieran que pagar, al final del año, un impuesto no sobre los ingresos, sino sobre la cantidad de datos que tomaron de los usuarios. Evidentemente, esta propuesta encuentra oposición en las políticas de estas empresas de optimización fiscal, social, en la sociedad, en la ecología. Cuando hablan de esas optimizaciones se re eren, por supuesto, a que si no les convienen las regulaciones que hay en Francia o en Cuba, se van a un paraíso fiscal o social, en el que puedan explotar a los trabajadores o a los usuarios sin que nadie inter era, y en ese momento es que debemos pensar no tanto en regulaciones estatales o fiscales, sino en el cooperativismo como una alternativa, y sé bien que en Cuba ese término tiene una connotación distinta a la que tiene en los Estados Unidos o en Europa, donde se busca revitalizar una tradición del siglo pasado, la de mutualidad en los resultados del trabajo en las empresas.

La idea sería entonces crear ese cooperativismo de plataforma, crear un Uber popular, un Facebook popular, que pertenezcan al pueblo y que permitan redistribuir entre la población las ganancias, así como los datos obtenidos.

Los colegas que defienden esta alternativa están conscientes de que se encuentra en un contexto político —sobre todo en Europa y los Estados Unidos— en el que muchos países han vivido un giro radical hacia la derecha, en algunos casos extrema, en política.

Para terminar, quisiera decir que, ante el cooperativismo de plataformas, siempre he tenido una actitud posibilista, pero a la vez muchas dudas. El riesgo sigue siendo el mismo: estamos ante un capitalismo global cuya fuerza principal es ser una máquina gigantesca de captación.

Si el día de mañana yo invento la plataforma más equitativa del mundo, más popular, que distribuya la riqueza y los datos como queremos, pero pasado mañana viene y me la compra, todo el esfuerzo habrá sido en vano; es por ello que, para mí, el mayor desafío hoy es crear una estructura, una plataforma equitativa, global, que no sea apropiable por el capital. Y lamentablemente, desde el punto de vista histórico, los únicos momentos en los que el capitalismo no ha querido apropiarse de una estructura tecnológica nueva ha sido cuando esta significaba una posibilidad de subversión.

Yo me paso la vida buscando este tipo de recursos subversivos; por ejemplo, estoy muy interesado en los sistemas informales que existen en Cuba, como el Paquete Semanal, y al mismo tiempo me pregunto, ¿será algo que realmente pueda excluir a estos capitalistas de plataforma?, y termino con eso. Muchas gracias.

Beatriz Pérez Alonso: Realmente la parte regulatoria no es mi área de conocimiento, pero hay una ausencia de reglas a nivel global. Ha habido mucho debate en torno a eso, que se controle, de alguna manera, el funcionamiento de este tipo de plataformas que quedan en ese espacio fiscal ambiguo al que se hacía referencia.

También hay ausencias de regulaciones a nivel de país, que atraviesan fenómenos como los que hablaba al principio, como el de las pensiones, la seguridad social, el pago de impuestos. También falta regulación de la calidad, quién se responsabiliza porque un servicio o un producto tenga la calidad requerida, a quién se demanda, cómo funciona la protección al consumidor; son dilemas que quedan en un espacio un poco nebuloso. Los menciono más como motivación que como respuestas, porque no las tengo.

He participado en algunos eventos, sobre todo con representantes de varios países de América Latina, en los que se ha hablado de la necesidad de crear plataformas propias, con una visión, una ideología de izquierda, tener nuestras propias redes sociales, nuestros propios buscadores, etc., y en el breve tiempo que llevo cerca de estos temas, no he visto que haya sido viable. En nuestro país también hemos hecho algunas cosas, como crear plataformas de blogs, algunas variantes de redes sociales, pero no han logrado superar a las «importadas». La realidad es que no basta con el entusiasmo ni con esa idea de hacer una cooperativa, que la gente cree plataformas y unir esfuerzos. Digamos que están aseguradas la fuerza de trabajo y la inteligencia colectiva, y tenemos a toda la gente que está en contra de ese tipo de plataformas o con ese concepto capitalista, y quiere crear las nuestras propias; pero para eso hace falta infraestructura, recursos que permitan sostenerlas. Facebook, Airbnb, y el resto tienen un concepto económico, comercial, que permite que les puedan pagar a personas para que hagan eso, que puedan hacer publicidad, y eso hace que tengan también éxito.

Pedro Urra: Viendo en entornos como el nuestro qué oportunidades, qué tipos de acciones tomar, traté de seleccionar algunos ejemplos a partir de la práctica. Uno de los espacios que tenemos, subversivos, es la expansión de los bienes públicos y de los comunes, su rescate, que no lo podemos reducir a una visión estatista. El Estado tendrá que hacer cosas, claramente, y tiene responsabilidades, pero la recuperación de los bienes públicos es la forma de descapitalizar ese tipo de activos. Infomed fue en esa línea, con todas las limitaciones, convertirse en una plataforma de creación de valor. Estoy de acuerdo con la lucha para que no haya una apropiación indebida, injusta, oportunista, y cínica muchas veces.

En Cuba se están creando espacios de apropiación; por ejemplo, hay gente que vende el servicio de gestionar porque tiene el acceso a Internet que no tiene el dueño de la casa que se alquila, entonces se convierte en intermediario, y esa es una ganancia a partir de una escasez y de una situación anormal, con todo lo que puede generar en otro sentido.

Otro ejemplo: Eduardo Luis, un historiador de la arquitectura cubana, me dijo: «La Revista Cubana de Arquitectura, de 1917 a 1919, es un tesoro, y solo hay una copia completa en la Universidad de La Habana, y eso es muy peligroso. Cuando supimos eso, la mandamos a proteger, pero ya la estaban queriendo copiar y vender en Internet; entonces, la digitalizamos y la pusimos libre porque, por el tiempo transcurrido ya no tiene derechos de autor». Eso la convierte en un bien público, automáticamente; podrá ofrecer servicios adicionales, pero nadie se puede apropiar monopólica u oportunistamente, a partir del control de la plataforma, del valor social creado. Lo mismo pasa con los carteles de cine. ¿Quiénes son los dueños? ¿El ICAIC? Cuba es dueña de sus carteles de cine, de su producción cultural. Hay un grupo de cosas que potencialmente son bienes públicos que hay que defender, y hay que bajar los costos de fricción para la generación y creación de nuevo valor, y hay que centrarse en la yuca, el boniato, etc., concentrar nuestros esfuerzos para poner las plataformas en función, por ejemplo, de una agricultura que convierta el marabú en una producción alimentaria de alto desarrollo, que es el futuro que yo veo de este país.

Raúl Garcés: No nos podemos quejar porque hemos hablado de todo, desde el marabú hasta Internet, e incluso de las relaciones entre ambos. Yo no sé si es 27% o 32% el acceso a Internet en Cuba, pero lo que sí está claro es que este país, que tiene la responsabilidad de construir un pensamiento desde el sur, debe discutir sobre el capitalismo de las plataformas, y tiene que discutir, además, sobre las alternativas, los proyectos de alternativas a ellas, ya sea el sindicalismo o el cooperativismo, pero tenemos la responsabilidad de adentrarnos en estos temas, porque ya estamos en ello, como decía alguien que trabaja en el ámbito digital, ya estamos en ellos, y no generar políticas en torno a ellos sería suicida para el futuro cubano.

Temas le agradece mucho a la embajada de Francia que haya propuesto este tema, porque nos parece muy oportuno. También a los panelistas, a los traductores Yadián Guerra Valido y Omar González, y al público asistente.

Participantes:

Antonio Casilli. Profesor e investigador. Universidad Telecom (TEC) y Escuela de Altos Estudios de Ciencias Sociales, París.

Beatriz Pérez Alonso. Profesora. Facultad de Comunicación, Universidad de La Habana.

Pedro Urra. Profesor. Universidad de La Habana.

Raúl Garcés. Periodista y profesor. Subdirector de Temas.