El desarrollo del ecoturismo en Costa Rica (1970-2000)

Resumen: 

Al tiempo que reconoce el papel de las políticas públicas, se defiende que el crecimiento de la industria del ecoturismo se muestra mejor como un ejemplo de creación conjunta, en que participan pequeñas empresas emergentes a manos de emprendedores que operan las reservas privadas, los recorridos, el alojamiento, así como las organizaciones no gubernamentales (ONG) científicas o medioambientales.

Abstract: 

While recognizing the role of public policies, it defends the growth of the ecotourism industry as the best example of joint construction, with the participation of small emerging enterprises managed by entrepreneurs that operate private reserves, tours and lodging, as well as scientific or environmental non-governmental organizations (NGOs).

Este artículo analiza cómo la nación centroamericana de Costa Rica se convirtió en centro del ecoturismo a nivel mundial durante las últimas décadas del siglo XXI, una era en que el país prosperaba en sentido general como destino turístico. El arribo total de turistas aumentó de 155 000 en 1970, a 435 000 en 1990, y a 1,1 millones en 2000, con ingresos generados por el crecimiento del turismo desde los 21 millones a 1 150 millones de dólares (USD) en ese período. En su mayor parte, el rasgo distintivo del auge del turismo parecía impulsado por intereses ecológicos (Hidalgo Capitán, 2003: 255; Weaver y Lawton, 2007: 84).

No se definen claramente las fronteras entre el turismo convencional y el ecoturismo, concepto que surgió y se definió recientemente. No fue hasta los años 90 que la Sociedad Internacional de Ecoturismo (SIE), organización sin fines de lucro, articuló lo que sería la definición más difundida y aceptada de ecoturismo: «el viaje responsable a las áreas naturales para conservar el medio ambiente y mejorar el bienestar de las personas locales» (Honey, 2008: 6-10 y 15-6). Sobre la amplia base de esa definición, en Costa Rica se experimentó un despegue del ecoturismo a finales de los 80, con visitas a áreas boscosas protegidas que aumentaron de 287 000 en 1987 a 866 000 en 1999 (Gámez y Obando, 2004: 179). Una encuesta realizada en 1997 refería que el turista extranjero promedio pasaba aproximadamente dos tercios de su tiempo en áreas protegidas de Costa Rica o viajando hacia esos destinos (Deshazo, 2001:253). Encuestas internacionales colocaban regularmente a Costa Rica en la cima o cerca de ella en los destinos tropicales del ecoturismo, y una nota estándar sobre él señalaba que el país era percibido internacionalmente como su principal destino en el mundo, por delante de precursores como Kenia, Nepal, y las islas Galápagos (Inman, 2002:110; Honey, 2008:160).

El ejemplo costarricense incluye el turismo de naturaleza desarrollado por pequeñas empresas, las cuales continúan sin ser estudiadas suficientemente, a pesar de su importancia dentro de la industria a mayor escala. Además, la fragmentada literatura sobre ecoturismo ha obviado por mucho tiempo a las pequeñas firmas y empresarios lucrativos en favor de temas tales como las características de los ecoturistas y los segmentos del mercado, el impacto del turismo sobre las áreas protegidas, la flora y la fauna, los programas comunitarios ecoturísticos sin fines de lucro, y las definiciones teóricas dentro la especialidad (Weaver y Lawton, 2007). La historia del ecoturismo costarricense no solo rellena estas lagunas existentes en un importante ámbito nacional, sino que también ofrece evidencia poderosa sobre la aparición de nuevas categorías del turismo, el papel de la empresa en la adaptación de los legados naturales existentes, y el impacto del cambio en las ideas —en este caso, la conservación, la biodiversidad, y el ambientalismo— tanto sobre empresarios como sobre turistas.

La literatura sobre el surgimiento del ecoturismo costarricense se ha enfocado en el papel del Estado, especialmente la creación del sistema nacional de parques (Evans, 1999; Fournier, 1991; Wallace, 1992). Al tiempo que reconoce el papel de las políticas públicas, el presente artículo de ende que el crecimiento de la industria del ecoturismo se muestra mejor como un ejemplo de creación conjunta, en donde participan pequeñas empresas emergentes, en manos de emprendedores que operan las reservas privadas, los recorridos, el alojamiento; así como organizaciones no gubernamentales (ONG) científicas o medioambientales.

El legado natural y la creación de instituciones

El legado natural de Costa Rica tenía sus ventajas e inconvenientes para el surgimiento de una industria del ecoturismo. El país ha referido poseer entre 4% y 5% de la biodiversidad mundial en 0,035% de su territorio, y alberga mayor número de especies de aves que en toda el área de los Estados Unidos (Honey, 2008:160; Steinberg, 2001: 150). Sin embargo, la abundancia también incitó la tala indiscriminada, la actividad ganadera, el monocultivo, y eventualmente el excesivo desarrollo en algunas de sus playas, aspectos todos que causaron estragos en sus bosques y costas a partir de los años 50. Entre 1940 y 1980, perdió 2,5 millones de hectáreas de bosques (Gámez y Obando, 2004: 151).

Entre 1950 y 1980, Costa Rica desarrolló un creciente mercado interno del turismo de playa, y para contribuir con este comenzó a mejorar la infraestructura de su sistema de transporte. La terminación de líneas ferroviarias y la expansión de la autopista Panamericana después de 1946 facilitaron el acceso desde los asentamientos poblacionales de la región central a las playas del Pacífico, en la provincia de Guanacaste, que más tarde se convirtió en el centro turístico de mejor y mayor desarrollo (Honey, 2008: 162; Marín Hernández y Viales Hurtado, 2012: 185).

En 1955, el gobierno creó el Instituto Costarricense de Turismo (ICT) que fomentó principalmente los viajes nacionales (OTPN, 2008). Al ICT se le otorgó el permiso explícito para declarar y proteger los parques nacionales, pero nunca sobrepasó las etapas de estudios preliminares (Evans, 1999: 56-7). Lo que allí consistía en turismo internacional —aproximadamente de seis a siete mil turistas cada año entre 1953 y 1954 (OTPN, 2008: 51)— se concentraba generalmente en las visitas a las playas, museos, iglesias y «ciudades típicas» (Hopfensperger, 1980 citado por Honey, 2008: 15).

En 1985, la legislatura nacional aprobó un paquete de incentivos fiscales, emitido por parte del ICT, para fomentar la inversión a gran escala en el sector del turismo, que incluía permisos de moratoria para los impuestos sobre la propiedad y para los aranceles sobre la importación de vehículos y materiales de construcción. Esos incentivos no eran válidos para empresas de menor escala, las cuales pronto tendrían participación en la mayoría de los acontecimientos en el área del ecoturismo (Honey, 2008: 162-3), e incluso en los ámbitos donde lo hicieron, el gobierno en ocasiones revocó los privilegios de manera anticipada (Aspinall et al., 1992).

Una vez que el ecoturismo había experimentado el despegue, sus promotores denunciaban con regularidad la falta de interés en esta área de parte del ICT y la voluntad del propio Instituto de asirse a una retórica «verde» al tiempo que aceleraba la aprobación de medidas a gran escala que conducían a sucesos desastrosos para el medio ambiente, como la construcción de sitios turísticos en Playa Tambor y en Papagayo (Honey, 2008: 164-7).[1]

Alrededor de 1987 el país también había ganado visibilidad ante la comunidad de biólogos y conservacionistas. En 1960 se suscitaron iniciativas públicas y privadas, tanto nacionales como internacionales, para fortalecer la actividad de las organizaciones y las ideas científicas, así como la actividad relacionada con los parques nacionales, que servirían como un impulso fundamental al ecoturismo (Rovinski, 1991: 56; Weaver y Lawton, 2007: 84).

Científicos, ONG y Red de parques nacionales

Los científicos no solo catalogaron la biodiversidad de Costa Rica, promovieron la conservación o protegieron y operaron importantes reservas privadas, sino que ayudaron a prefigurar la idea del ecoturismo (Evans, 1999: 23-5; Steinberg, 2001: 54). En las primeras publicaciones y conferencias sobre el tema, el biólogo norteamericano Kenton Miller y su estudiante venezolano-costarricense Gerardo Budowski articularon las nociones del «ecodesarrollo» y la conservación enfocada en los parques y financiada con los ingresos del turismo de naturaleza responsable (Wallace, 1992: 121). Intentaban combatir una actitud común dentro de las comunidades científicas conservacionistas basada en la decisión de que las áreas marinas y los bosques con valor biológico debían ser acordonados para evitar las visitas. Contrario a ello, brindaban argumentos a favor de una relación «simbiótica» entre el uso no productivo del suelo y la protección de la naturaleza, en la que el primero generaría ingresos y conduciría a que la comunidad aceptara la conservación en lugar del desarrollo agrícola.

En 1969, la legislatura costarricense aprobó la Ley Forestal, la cual previó un enfoque para el uso múltiple de los recursos forestales de la nación sobre la base de la conservación, el aprovechamiento del turismo, la extracción controlada y la investigación. De manera explícita autorizaba la creación del Departamento de Parques Nacionales dentro del Ministerio de Agricultura, con lo que comenzó un proceso de declaración de áreas protegidas en todo el país y de acumulación de fondos para comprar las tierras dentro de estas. A finales de los 80, al reconocer la necesidad de incluir a los habitantes locales en la actividad para la obtención de beneficios financieros, el servicio de parques cambió su perspectiva desde la mera protección de la naturaleza a la idea del desarrollo sostenible (Evans, 1999: 4-8; Fournier, 1991: 62-75; Wallace, 1992: 11-106 y 17). La sostenibilidad se convirtió en una preocupación central del gobierno de Costa Rica en 1994, cuando el Presidente José María Figueres declaró que la integraría a la estrategia de desarrollo del país, y se reformó la Ley Forestal. En igual año, el servicio de parques aumentó los precios de acceso de 1,50 a 6,00 dólares para los que no fueran ciudadanos costarricenses, con el objetivo de incrementar los fondos (Evans, 1999: 229), y hacia el año 1998, el Estado financiaba ya 50% de los costos de operación del sistema de parques y los de acceso cubrían 30%.[2]

No obstante, los problemas de financiamiento persistieron, hecho que se intensificó después de 1980. La mayor parte de los fondos del gobierno, la ayuda internacional y las donaciones se destinaban a la compra de tierras enclavadas dentro de las fronteras de las áreas declaradas parques, lo que dejaba exiguos fondos del presupuesto para la infraestructura y la seguridad de los parques. Se habilitaron, en algunas zonas, unos pocos senderos y centros para los visitantes, pero no instalaciones de alojamiento ni recorridos guiados (Honey, 2008: 170-2).

Sin los parques nacionales, el ecoturismo en Costa Rica habría sido un negocio más precario y más pequeño. Estos siempre fueron un atractivo fundamental para las compañías de viajes, hecho que ofrecía resultados a la inversión en las operaciones turísticas. Sin embargo, sin los servicios privados de alojamiento y las compañías de viajes, pocos turistas internacionales o incluso pocos costarricenses habrían visitado los parques y pagado los precios de acceso.

Los operadores turísticos

Mientras comenzaron a aumentar los viajes a los parques y a las reservas naturales privadas no lucrativas, a mediados de los 70 apareció también un pequeño número de empresas comerciales de turismo de naturaleza, a veces de manera informal, dentro de los cerrados límites de ciertas áreas geográficas. Luego, en 1978, algunos operadores turísticos y propietarios de reservas privadas, con fuertes principios ambientalistas y conexiones internacionales, comenzaron a abrir el camino para la creación de un mercado comercial, junto a otro numeroso grupo de empresas que se unieron después de 1985 —cuando la economía y la reputación del país en materia de ecoturismo se recuperaban—, y atrajeron un creciente número de visitantes. Estos negocios fueron iniciados tanto por costarricenses como por expatriados desde los Estados Unidos que habían sido atraídos hacia Costa Rica en los 70. Independientemente de su nacionalidad, los intereses y las actitudes de muchos de estos empresarios se habían formado a partir de los nuevos acontecimientos culturales de nales de los años 60 y 70, entre los que se incluyen la contracultura, la creciente disponibilidad de viajes y aventuras internacionales en la era del jet, y el crecimiento del ambientalismo popular.

Los primeros ejemplos de turismo nacional en Costa Rica se habían enfocado por mucho tiempo en las playas del país, y quizás por eso no sorprende que los primeros operadores de turismo de naturaleza, en la escala internacional, se iniciaron también a lo largo de las costas del Caribe y el Pacífico. El empresario turístico de origen floridano Archie Fields estableció una compañía en 1972, (la Swiss Travel), y en los 80 se convirtió en uno de los principales y mayores operadores de turismo de naturaleza de Costa Rica. En poco tiempo, Fields abrió el Río Colorado Lodge para la pesca del sábalo o tarpón en el Caribe. Además, se desempeñó en el área de la conservación marina y ofreció los primeros viajes marítimos conocidos como Jungle Tours (Staley, 2011).

En 1975, dos jóvenes norteamericanos, Louis Wilson y Mary Ruth, ofrecieron, por primera vez, a los patrocinadores del Hotel Tamarindo paseos en bote por el estuario de Playa Grande y recorridos para la observación de las grandes poblaciones de tortugas marinas laúd en la época de nidificación. Finalmente, el negocio fue instituido como Papagayo Excursions. Aunque esta podría referirse como una de las primerísimas empresas de verdadero ecoturismo en el país, enfrentó grandes retos.

Papagayo Excursions comenzó a atraer turistas internacionales, en particular norteamericanos, pero también canadienses y europeos, e incluso pudo expandir las visitas desde el exterior en medio de una recesión, a principios de los 80, a través de una propaganda de mercado de sus expediciones, amigablemente ambientalistas, de pesca en aguas profundas y con la práctica de liberar a los peces capturados (Ruth, 1992; Wilson, 1992).

En 1976, el joven Carlos Coles estableció la primera compañía en Costa Rica que se dedicó a ofrecer recorridos por las selvas tropicales, enfocados en la ora y en la fauna. Su empresa, Caminos de la Selva, operaba solo en los meses secos de diciembre a abril, y llevaba a tres o cuatro grupos a excursiones por varias semanas (Coles, 1992). Con Coles como guía y otros dos empleados, Jungle Trails atrajo principalmente a turistas británicos adinerados e interesados en el turismo de naturaleza; continuó siendo una empresa pequeña, y aunque llegó a funcionar hasta los 90, empleó a no más de siete trabajadores.

Michael Kaye fundó Costa Rica Expeditions en 1978, como una agencia para la práctica del descenso en balsas por las aguas rápidas de los ríos, y rápidamente su negocio se desarrolló hasta llegar a ser la mayor empresa de turismo de naturaleza y de orientación ecológica del país. Alrededor de 1985, esta agencia era mucho más que una compañía especializada en dicha práctica. A mediados de los 70, ya se había percatado del potencial para los «recorridos sobre historia natural» o de las excursiones guiadas a los bosques con un objetivo científico. Alrededor de 1980, la empresa de Kaye ofrecía recorridos a los parques de Santa Rosa, Corcovado, Chirripó, Tortuguero y la Isla de Coco, y alrededor de 1988, su equipo de cincuenta trabajadores ya incluía naturalistas, ornitólogos, entomólogos, horticultores, y otros guías.

Así, Costa Rica Expeditions logró aumentar los ingresos de los parques al tiempo que ofrecía servicios de recorridos guiados y de alojamiento para los cuales el servicio de parques no podía destinar presupuesto. Con el acelerado incremento de las demandas, Kaye percibió la dificultad de ofrecer alojamiento satisfactorio a los grupos de recorridos, debido a la falta de control sobre las normas en los servicios de los establecimientos locales. Como resultado la empresa compró un hotel en Tortuguero (Davis, 2007:111-17; Wallace, 1992: 41-2) y más tarde se integró verticalmente, con otras propiedades, entre las que estaba un hotel en Monteverde, que construyó en 1991, para garantizar el alojamiento en el popular destino durante la época de auge del ecoturismo.

Kaye refería que la actividad que se desarrollara con sensibilidad hacia el medio ambiente y por la cultura poseía un sentido tanto comercial como ético. Costa Rica Expeditions contrató como guías a residentes locales e instaló en sus propiedades calentadores solares y eficaces sistemas de tratamiento residual, como biodigestores (Kaye, 2014). En los 90, en oposición a la actividad industrial, la empresa argumentó que debía aumentarse las tarifas de los parques para incrementar los fondos destinados a la conservación, y donó más de cien mil dólares a los parques y a organizaciones no gubernamentales para la protección del medio ambiente, hecho que Kaye percibió como «dinero bien gastado, para mantener nuestro productor atractivo e interesante» (Bangs, 1999).

En 1992, Bary Roberts intentó desarrollar paquetes de turismo de naturaleza para clientes internacionales y su agencia de viajes Tikal Tours fue la primera que usó la palabra «ecoturismo» en Costa Rica. Él se enfrentó al escepticismo de parte de algunos competidores y organizaciones ambientalistas en relación con su otra innovación a mediados de los 80: la introducción de los itinerarios de ecoturismo en los grandes recorridos fletados, que anteriormente se habían enfocado en los paisajes urbanos y en las playas. Durante varios años, el Instituto Smithsoniano, la sociedad National Geographic, las organizaciones conservacionistas World Wildlife Fund (Fondo Mundial para la Naturaleza), Audubon Society, y numerosas universidades estadounidenses, habían traído a pequeños grupos de personas a Costa Rica, y generado ganancias comerciales a Tikal Tours, Costa Rica Expeditions y otras empresas, y entre tanto habían publicitado las maravillas naturales de Costa Rica en sus revistas y programas de televisión. Pero, señalaba Roberts, «la gran mayoría de los turistas no la llegan a ver». Él tenía la intención de crear «[un tipo de] turismo de producción en masa, que pudiera mostrar los recursos naturales, pero que a su vez constituyera un modo de financiarlos y protegerlos, […] crear conciencia sobre los problemas ecológicos».

Al principio, los competidores de Tikal percibían que, de cierta forma, el enfoque de Roberts estaba orientado en demasía hacia lo puramente «comercial» del ecoturismo. En los 90 su perspectiva comenzó a cambiar incluso mientras la compañía atraía cifras cada vez mayores de turistas provenientes de Canadá, los Estados Unidos y Alemania, y sus competidores más tarde la consideraron como una auténtica compañía «verde» (Bangs, 1999; Roberts, 2014).

En 1986, Horizontes Nature Tour (empresa de Tamara Budowskiy Margarita Forero) comenzó a ofrecer recorridos de temática natural por los parques nacionales y dentro del comercio de viajes en venta al por mayor, principalmente en los Estados Unidos (citado por Evans, 1999: 222). En su primera década, Horizontes… confió muchísimo en los grupos empresariales de ese país y Canadá, razón por la que creó recorridos para organizaciones conservacionistas y educativas. Budowski calculaba que en 1992 el comercio con esos grupos representaba cerca de 75% de su negocio. Para las organizaciones conservacionistas, lo atractivo era no solo los destinos bien explorados de Horizontes y el conocimiento interno de las costumbres empresariales costarricenses, sino el compromiso de la entidad con el ambientalismo. Esta realizó donaciones para numerosas actividades locales —entre ellas las del Zoológico Nacional— y ofreció un curso gratuito de capacitación a cuarenta guías de todas las compañías. En 1992, se asoció con Costa Rica Expeditions y ambas destinaron un fondo de 25 000 dólares para satisfacer algunas de las necesidades del personal del servicio de parques nacionales como una forma de ayudar y asegurar la continua viabilidad de los parques. Como Kaye, Budowski expresó públicamente, a principios de los 90, que la sensibilidad ambiental y la protección de la naturaleza de los efectos del excesivo desarrollo era simplemente un buen negocio.

En los 80 y los 90, Budowski percibió que las empresas privadas y las organizaciones cientí cas sin ánimos de lucro estaban fomentando la nueva industria del ecoturismo en gran medida, ante la mirada indiferente de una parte del gobierno, especialmente el ICT (Budowski, 1992: 52). La empresaria argumentaba que en la primera década de ecoturismo

fue la empresa privada (hoteles, otros espacios de alojamiento, agencias de viaje) la que estuvo detrás de la actividad, tanto a escala nacional como internacional, usando la publicidad y otros medios en el ámbito de las relaciones públicas […], para atraer la atención sobre las riquezas naturales de Costa Rica. (52)

Ella y Forero también intentaron construir una cultura empresarial que priorizara valores como la sostenibilidad, la filantropía, la confianza, y que así tuvieran mucho en común con los valores que percibían en sus clientes.

En poco tiempo, operadores turísticos como Papagayo Excursions, Caminos de la Selva, Costa Rica Expeditions, Tikal Tours y Horizontes se convirtieron en actores fundamentales en el desarrollo del ecoturismo costarricense. Cualquiera que fuese la nacionalidad de sus fundadores, ya sea costarricense o norteamericana, ellos se preocuparon por asumir los valores que habían heredado de las experiencias e ideas contraculturales, espirituales o ambientalistas durante su juventud, y por incorporarlos a los propósitos de avance de sus empresas. También poseían contactos internacionales que les permitieron comercializar sus productos con potenciales clientes norteamericanos y europeos interesados en el destino de las selvas tropicales y de la ora y la fauna. Al mismo tiempo, sus empresas proporcionaron el financiamiento tan necesario al servicio de parques nacionales, a través del flujo constante y creciente de visitantes internacionales.

Los alojamientos ecológicos y las reservas privadas

Independientemente de cuáles eran los operadores de viajes de turismo, las reservas privadas atrajeron muchos turistas ecológicos al país. Al tiempo que conservaban directamente las áreas naturales fuera de los parques nacionales, en ocasiones servían como «zonas de amortiguamiento» para la protección de la integridad territorial de los parques. Estas reservas y alojamientos ecológicos estaban vinculados, en ocasiones, a la investigación científica, pero frecuentemente se desarrollaron y llegaron a ofrecer sus propios recorridos en sus espacios naturales privados y áreas locales, en especial cuando estos se localizaban en las cercanías de los parques nacionales. Muchas de esas reservas se abrieron al público en el mismo momento, entre 1986 y 1987.[3]

Por otra parte, Rara Avis, Marenco, Savegre, Hacienda Barú, y alojamientos y reservas del mismo tipo proporcionaron los espacios su cientes a los huéspedes ecoturistas que visitaban los parques cercanos, lo que incrementó el flujo de viajeros a Costa Rica al tiempo que continuaban dedicados a la sostenibilidad ambiental. Los empresarios, que transformaron estos negocios en empresas dedicadas al ecoturismo, estaban motivados principalmente por recibir visitantes norteamericanos del sector académico de la biología y la ecología y por la necesidad de servir a los visitantes: científicos, observadores de aves, y otras categorías más amplias de ecoturistas. Sin embargo, adoptaron las orientaciones, en materia de conservación, de parte de la mayoría de los naturalistas que los visitaban, y se enorgullecieron de que sus negocios directamente protegían las áreas naturales de tanto valor y tan representativas, y de que apoyaban de cierta forma la investigación científica.

El ecoturismo, su impacto y auge de la certificación

El ecoturismo proporcionó significativos beneficios económicos y ambientales a Costa Rica. En 1993, el turismo se convirtió en el principal rubro exportable y fuente de ingresos de divisas para el país, por encima de la banana, y continuó representando tales indicadores, excepto durante algunos años en que fue desplazado por la producción de chips a cargo de una planta de Intel (Honey, 2008: 162). Se calculaba que el sector representaba una inversión acumulada de casi mil millones de dólares desde 1986 a 1998, y en 2000 empleaba 10% de los costarricenses (Inman, 2002: 18) al tiempo que las grandes mayorías de los negocios de la nación en el sector del turismo continuaban en la escala baja y se localizaban en las áreas rurales (Gámez y Obando, 2004: 177).

Incluso con el crecimiento del turismo, las reservas y los parques públicos y privados en conjunto protegían más de una cuarta parte del área natural de Costa Rica. Una sucesión de eventos positivos relacionados con las inversiones y las nuevas políticas fue crucial en la recuperación de los bosques, los cuales, hacia 2002, cubrían más de 40% del área natural del país (Evans, 1999: 7). La unión de los pequeños, pero exitosos empresarios del sector de ecoturismo ejerció fuerte presión y demostró a los escépticos del gobierno y del sector de la agricultura que la conservación de la naturaleza podía ser comercialmente viable.

Sin embargo, los resultados no fueron del todo positivos. El turismo convencional prosperó a la par del ecoturismo. En el país hubo un crecimiento continuo de las grandes cadenas internacionales de hoteles. Los proyectos insostenibles relacionados con la construcción de centros turísticos continuaron amenazando las playas de Guanacaste y otros sitios. En todo el país, el repentino interés en el medio ambiente condujo a un sobre uso de la terminología de la ecología, lo que propició incentivos para la actividad denominada «engaño verde» (greenwashing), o para realizar declaraciones oportunistas y falsas sobre el aporte de beneficios ambientales. De tal modo, existía el riesgo potencial de que los que entraran al mercado, impulsados únicamente por el interés en las ganancias o por el deseo de aumentar los ingresos en el sector del turismo para el país, desarrollaran excesivamente la industria, y ello representara un peligro para los recursos naturales del país y para la posición de las empresas pioneras. Incluso para los empresarios cuyas convicciones ambientales estaban integradas a los principios de sus compañías, el influjo de turistas nuevos y menos informados impuso retos en el ofrecimiento de un buen servicio y causó preocupaciones sobre el daño potencial causado por el crecimiento.

Como resultado, muchos individuos, tanto dentro como fuera de la industria, se interesaron en los procesos de evaluación y certificación. En 1990, la Alianza para Bosques desarrolló y distribuyó las guías voluntarias para las empresas de ecoturismo en Costa Rica. Estas comprendían un código de conducta del turista responsable y comprometido con la educación ambiental, y su complimiento por parte de las empresas debía ser monitoreado por estudiantes voluntarios, a cambio de la publicación en un listado de «recomendados». Algunos otros la siguieron: los sistemas de evaluación de la guía en idioma inglés, e New Key to Costa Rica, la Federación Internacional de Albergues para Jóvenes, y la SIE (Bien, 2002: 138-9; Blake et al., 1992: 141-3).

El esfuerzo más importante por desarrollar las normas y la certificación para el turismo sostenible en el país se realizó a mediados de los 90 a través de una acción cooperativa entre el ICT, la industria y las ONG. Los actores desarrollaron la Certificación para el Turismo Sostenible (CTS), cuya primera versión estuvo disponible para los hoteles en 1997, y para los operadores turísticos, en 2001. Esta ofrecía inspecciones in situ por parte de auditores acreditados para veri car el desempeño en tales áreas como el consumo de agua y energía, las emisiones dañinas al ambiente, el tratamiento de los residuos, el efecto sobre la ora y la fauna, y el impacto en las comunidades locales. Hasta 2001, más de un centenar de hoteles habían solicitado la Certificación. A pesar de su popularidad, la CTS también fue criticada. Algunos empresarios del turismo de pequeña y mediana escala protestaron por el hecho de que los requisitos eran innecesariamente caros y consumían mucho tiempo, y favorecían a compañías mayores a expensas de las más pequeñas y de los innovadores. Estas críticas indicaban que existían algunos retos a la hora de tratar de codificar lo que en realidad significaba el turismo sostenible y, de forma más abarcadora, sobre los incentivos que promovían los procesos de certificación que se querían adoptar ampliamente, y así fijar los indicadores métricos en niveles que muchos participantes tuvieran una oportunidad realista de alcanzar.

La nueva oleada de turistas, que eran los principales beneficiarios de la CTS y de otros sistemas de certificación, incluía una población que no se había atrevido a viajar antes a Costa Rica. Por ellos surgió la posibilidad de extender la misión educativa del ecoturismo, pero también hubo que hacer sacrificios. En los 90, los llamados turistas «suaves» de naturaleza incluían a los interesados en esta, pero que buscaban instalaciones cómodas donde alojarse, y a los que viajaban a Costa Rica porque esa práctica se había puesto de moda; estaban incluso quienes tenían poco interés en lo que podían apreciar más allá de las playas. Los primeros representaron oportunidades para los hoteles boutique y los alojamientos de ecoturismo de lujo, como la Finca Rosa Blanca, de Glenn Jampol, en apariencia todos bastante diferentes comparados con los primeros hospedajes rústicos, pero igualmente comprometidos con los principios ambientales. Además de la Finca Rosa Blanca, dos de los más innovadores y arquitectónicamente espectaculares alojamientos de ecoturismo fueron el Lapa Ríos y el hotel Sí Cómo No. Ambos abrieron en1993, a raíz de la cooperación entre expatriados norteamericanos y arquitectos costarricenses. Estaban diseñados según los gustos de los ecoturistas «suaves», principalmente parejas en Lapa Ríos y familias en Sí Cómo No, pero igualmente tenían el propósito de promover la educación y ofrecer recorridos por los bosques cercanos.

Los operadores turísticos compartían el escepticismo, cada vez mayor, hacia lo que se podría lograr. A principios de 2000, Tamara Budowski interpretó la falta de interés ecológico por parte de los nuevos ecoturistas, la construcción de campos de golf, las acciones contaminantes de los cruceros, y la matanza de tiburones y otras especies de animales con fines comerciales, como un signo de que «a pesar de todos los esfuerzos, el ecoturismo no estaba funcionando». Por otro lado, Michael Kaye apuntó que los patrones de compra de los consumidores y las reseñas de las compañías reflejaban la falta de deseo de poner la sostenibilidad al mismo nivel que el precio y el confort (Kaye, 2014). Mientras que las múltiples ganancias provenientes del ecoturismo eran palpables, hacia los inicios del siglo XX los sacrificios y las limitantes también se habían hecho evidentes.

Conclusiones

En 2002, año en que la ONU declaró el Año Internacional del Ecoturismo, este tipo de turismo en Costa Rica se mantenía como un modelo en todo el mundo, gracias a su impresionante éxito. El país se había rede nido como un paraíso natural. Tal categoría aumentó las cifras de empleo y generó flujos de ingresos considerables.

Este artículo ha argumentado que el sector del ecoturismo en Costa Rica fue una creación conjunta de parte de grupos de los sectores público, privado y terciario. Los biólogos de los bosques, de la ora y la fauna, y los estudiantes de los ecosistemas y la biodiversidad fueron vitales en los inicios del proceso, como mismo lo fueron las ONG conservacionistas internacionales. Sin el trabajo de los científicos y conservacionistas, poco se habría conocido acerca de los bosques de Costa Rica y de sus habitantes, y hubiese sido mínimo el interés internacional a causa de los complicados viajes a través de las húmedas junglas tropicales antes de que desaparecieran en nombre del progreso.

El sector privado también fue capital. Sin el emprendimiento, en gran medida de parte de los expatriados, el servicio de parques tan poco financiados y las ONG no habrían podido, por sí solos, atraer el número suficiente de turistas para contribuir al mantenimiento de los parques. Múltiples empresarios de pequeña escala ayudaron a asegurar que las áreas formalmente protegidas continuaran siendo parques y reservas sostenibles a través de la generación de ingresos, la educación a los turistas en materia de conservación, el desarrollo de las comunidades y la generación de empleos, la demanda internacional de los viajes turísticos, y la autorregulación para asegurar que el ecoturismo constituyera un beneficio neto para los bosques y vida silvestre de la nación. La viabilidad comercial que se percibió para el caso de muchas empresas de riesgo reforzó el apoyo por parte de los elaboradores de políticas y otros, en relación con el hecho de que si se preservaban los bosques y la vida silvestre, estos pudieran ser más valiosos que cuando se usan para la agricultura o la ganadería.

Muchos de los primeros empresarios del ecoturismo no eran nativos. En ocasiones eran norteamericanos que llegaron al país en busca de riquezas biológicas que estudiar o una sociedad pacífica. Trajeron ideas ecológicas en el ámbito de la biología académica y de las convicciones ambientalistas y, junto con los costarricenses, ayudaron a difundirlas grandemente. La estabilidad y la apertura de Costa Rica permitieron que estos empresarios comenzaran los negocios que más adelante produjeron la industria.

Al mismo tiempo, la creación de la imagen nacional como un paraíso natural permitió que muchos negocios que no eran ambientalmente sostenibles se embarcaran en la creciente demanda del ecoturismo. El turismo de masas continuó creciendo, particularmente en las playas de Guanacaste. El engaño verde constituyó una seria amenaza para los negocios con principios a favor del ecoturismo. Hacia el año 2000, algunos de los primeros empresarios del sector del ecoturismo estaban llegando a la conclusión de que no podían alterar por completo la naturaleza del turismo. Les quedó preservar sus propios bosques, la ora y la fauna, lo que les permitía mantener un elevado nivel de sostenibilidad en sus operaciones, así como la esperanza de trasmitir su mensaje a cada turista.

 

Traducción: Rogelio Frank Luis Castro.

 

Notas

[1] Para consideraciones sobre el ICT, consulte Wallace (1992: 121).

[2] Comunicación personal con René Castro.

[3] Para un estudio detallado sobre el movimiento de la reserva privada en Costa Rica, durante los años 90, consulte Langholz (1999).

Referencias

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