Discutir a Martí (panel de discusión)

Pedro Pablo Rodríguez (moderador): Esta mesa redonda ha sido convocada por la revista Temas y el Centro de Estudios Martianos para debatir de la manera más amplia, sin un guión previo, con el propósito de mover las ideas de un modo lo más abierto posible, en torno al tema de José Martí, la Revolución y el socialismo; es decir, José Martí, la Revolución y su ideología. Nos parece que pudiéramos comenzar por enfocar algunas ideas respecto a qué es la ideología de la Revolución, qué elementos la caracterizan y de qué manera el pensamiento martiano ha estado, está o estaría presente en la ideología de la Revolución, en sentido histórico, pero sobre todo en términos de presente y de futuro.

 

Olivia Miranda: Sin pretender definiciones, ni nada que se le parezca, sino como un instrumento de análisis, voy a partir de una idea de Miguel Limia, del Instituto de Filosofía, acerca de la ideología como una sistematización de un conjunto de elementos que están inmersos en diferentes esferas de la actividad espiritual humana, entre los que están los intereses, las posiciones de clase, y que incluye componentes filosóficos, éticos, políticos, pedagógicos, estéticos, de concepciones sociales, políticas; y por supuesto, una cosmovisión, es decir, una concepción del mundo en el orden filosófico más general.

Para tratar de establecer los nexos entre el ideal emancipador de José Martí y los procesos actuales que tienen lugar en Cuba, no habría que planteárselo a partir de la comparación externa o fenoménica de qué pensó Martí en torno al modelo social que debía implantarse en Cuba, o a la relación entre la táctica y la estrategia de su proyecto revolucionario y lo que está ocurriendo hoy en el país. Es necesario ir más allá. Habría que ver a Martí como síntesis de un proceso que no comienza con él, sino con el surgimiento y desarrollo de la autoconciencia nacional y de lo que hoy se denomina identidad cultural e identidad nacional. Y ver cómo evolucionan esos elementos en el pensamiento martiano; o sea, cuál es el lugar que ocupa Martí en el desarrollo de estos elementos que arrancan desde José Agustín Caballero, Varela y otros. Y habría que ver también lo que Martí elabora, incorpora, desecha, asume críticamente, sobre todo en sus análisis en torno a las corrientes políticas y sociales principales del país: autonomismo, anexionismo, independentismo, las ideas del movimiento obrero —el anarcosindicalismo y el reformismo, las que también somete a crítica.

Estos planteos nos llevan a múltiples preguntas. ¿Cómo transforma el tradicional antianexionismo en antimperialismo? ¿Cómo, a partir de un estudio profundo de la realidad cubana, latinoamericana, norteamericana y europea —que le sirve de fundamento— concibe un proyecto revolucionario y un modelo social? ¿En qué medida este proyecto y este modelo se adecuaban a su realidad concreta, a su momento histórico? ¿Qué problemas pretendía resolver, y bajo qué condiciones se planteó la solución de esos problemas? ¿En qué medida su proyecto era viable parcial o totalmente, o solo era viable condicionado por determinados elementos que no se cumplieron? Al respecto, pienso por ejemplo en la unidad latinoamericana acerca de lo que Martí llamó la segunda independencia: la independencia económica en el continente, en relación con el proyecto cubano. Y hasta dónde lo ocurrido después históricamente demostró o no la viabilidad de algunos aspectos del proyecto martiano. Hay que considerar, además, tanto su antimperialismo y su antineocolonialismo, como la forma en que pensaba que debía organizarse y estructurarse la república, la nueva república que concibe diferente a la norteamericana y a las latinoamericanas.

Presentando simplemente ideas para la discusión, pienso que la articulación de la ideología martiana con la ideología marxista y leninista no puede concebirse como un procedimiento de fusiones o sumas mecánicas, donde se selecciona y se excluye. La articulación de las concepciones ideológicas insertas en el ideario emancipador martiano con el desarrollo posterior de la ideología del movimiento revolucionario cubano en sus diversas etapas, tiene que analizarse necesariamente en varios planos. Uno de esos planos importantes, no trabajado suficientemente, es el metodológico: cómo Martí llega a conocer la realidad de su época en Cuba, en América Latina, en los Estados Unidos y en parte de Europa; desde qué fundamentos metodológicos —dado ese conocimiento— elabora su proyecto revolucionario y su modelo social; qué grado de acercamiento a la verdad, en esa interpretación de la realidad de su época, le proporciona ese método; y qué nexos puede tener ese método con el que ulteriormente se asume —independientemente de la forma en que se haya asumido— una vez que irrumpen las concepciones marxistas y leninistas en nuestro país.

Acerca de esto escribió Isabel Monal hace algunos años en su ensayo «José Martí, del liberalismo al democratismo antimperialista». Ella lo califica como método histórico-político de acercamiento a la realidad, y daba tres elementos que distinguían a este método martiano de las concepciones liberales, que hasta el momento habían sido el fundamento del movimiento independentista, incluido el cubano. Y decía que, en primer lugar, Martí llegaba a un análisis racional-económico de la sociedad, bien diferente a la forma en que el liberalismo se había acercado a los fenómenos sociales; en segundo, que partía del análisis de los hechos concretos para buscar en el desarrollo de esos hechos leyes que regían el funcionamiento de la sociedad; y, en tercero, que eliminaba toda apreciación subjetivista de la realidad social para partir de un análisis de esa realidad. En este método martiano desempeñan un importante pa-pel la historia y la política. La historia, como proceso para la fundamentación de una política revolucionaria científica. A mi juicio, la cultura sirve de mediación entre la historia y la política para concebir la realidad partiendo de una relación práctico-transformadora del hombre con el mundo. Así, Martí asume lo que la filosofía y el pensamiento político cubano habían desarrollado hasta ese momento críticamente, pero a partir de un presupuesto diferente: si los pensadores anteriores habían llegado a la relación práctica como consecuencia de ver primero las relaciones gnoseológicas y valorativas entre el hombre y el mundo, Martí parte de las relaciones prácticas para acceder a estas relaciones gnoseológicas y valorativas desde el presupuesto de la necesidad de transformar al mundo.

Por eso, Martí concibe la historia como historia de la cultura, y la revolución política como el primer paso para una revolución transformadora del hombre, de su medio y de la relación hombre-sociedad. En consecuencia, entiende la revolución como un hecho cultural en sí mismo, capaz de transformar no solo la existencia social del hombre sino al hombre mismo. Y por este camino Martí llega, incluso, a develar —hasta donde sus instrumentos y el propio desarrollo del fenómeno se lo permitían— parte de la esencia del imperialismo que comenzaba a surgir en ese momento.

El afianzamiento de la dominación imperialista que ocurre con posterioridad a la muerte de Martí no solo en Cuba, sino también en América Latina; el fracaso rotundo de todos los proyectos liberales tendientes a que la burguesía asumiera el poder frente a los terratenientes; el desarrollo de la crisis permanente de la economía cubana a partir de la década del 20 de este siglo; demuestran, en buena medida, la imposibilidad de aplicar el modelo de república, tal y como él lo concibe. Se entroniza una forma de dominación que es esencialmente económica, que permite incluso la apariencia de repúblicas independientes y soberanas, con bandera, escudo, etc., y por tanto las formas de penetración y de dominación son cada vez más sutiles, menos evidentes, lo cual obliga a buscar un método de análisis que permita, precisamente, partir de las sutilezas de estas relaciones económicas. Así ocurre con las generaciones posteriores, que en buena medida aprenden a ver el imperialismo desde las páginas martianas, desde las Escenas norteamericanas y Nuestra América. Por tanto, habría que plantearse la relación de ese método martiano con el método histórico-lógico marxista y con la concepción materialista de la historia y asumidos por figuras cimeras en las generaciones de revolucionarios que suceden a Martí en Cuba. Además de este elemento metodológico, se debían considerar otros, como la propia viabilidad de este proyecto; y la vinculación de la ética y la política, que es una constante en el desarrollo del pensamiento martiano.

 

Pedro Pablo Rodríguez: Olivia ha planteado que la pertinencia del método de Martí no excluye otros elementos, aunque ha enfatizado en este punto. Me parece que quiere orientamos hacia cierta fundamentación, digamos, científica, o del conocimiento real de su tiempo, de su sociedad por parte de Martí. Creo que esto vale la pena considerarlo. Pero también sería bueno oír otras opiniones desde el presente. Ella nos ha dado su visión de la pertinencia martiana. Quisiera escuchar otras opiniones acerca de la pertinencia de Martí desde la Revolución Socialista e, incluso, desde el pensamiento marxista.

 

Adalberto Ronda: Me cuesta bastante trabajo hablar en términos de vigencia, sin que quiera decir que esté en desacuerdo con la vigencia del pensamiento martiano. Me cuesta trabajo porque es una expresión que se ha gastado mucho, de la que nosotros mismos hemos abusado, y eso la incapacita para que ocupe el lugar que verdaderamente le corresponde en la conversación rigurosa. Siempre me gusta recordar la relación entre lo actual y lo vigente. Cuando hablamos de lo actual, lo hacemos de un proceso, de un fenómeno, de un hecho, de una línea de pensamiento, que guarda una relación directa con el sujeto que la investiga, la comunica, la expresa, la analiza y esa línea de pensamiento la traemos con nosotros, independientemente de su connotación epocal. Muchas cosas se hacen actuales sin que verdaderamente tengan vigencia. Esto ocurre, a partir de la relación entre quién las trae al presente y cuál es su naturaleza.

Sin embargo, cuando hablamos de vigencia, se impone otro ángulo de enfoque. Es necesario establecer una relación entre la línea de pensamiento que se está analizando y la realidad que esta reflejó, en la cual se recreó y que le sirvió de contexto histórico-social desde donde se proyectó. Pero en este análisis a veces no somos lo suficientemente claros.

A partir de este enfoque, me planteo el análisis —a reserva de todo lo que podemos hacer hoy para que esté presente— de la vigencia del pensamiento martiano en relación con la ideología de la Revolución cubana; de cuál es realmente la relación entre lo que él dijo, lo que él reflejó y recreó de su mundo y el de hoy. Por tanto, parto de lo que en términos tradicionales identificamos como factores objetivos y factores subjetivos, puesto que para entender el componente martiano en la ideología de la Revolución cubana y su relación con el marxismo, no se puede perder de vista que esta relación hay que buscarla primeramente en el mismo proceso histórico y no tanto en lo que queremos ver o hacer de ese proceso histórico.

En el caso de países como Cuba, están muy estrechamente vinculados aquellos problemas que hay que resolver en el plano de la liberación nacional con los de la revolución social. Sé que esto no es un descubrimiento, pues Lenin lo dijo hace mucho: hay determinado condicionamiento histórico, determinada objetividad y organicidad en los procesos históricos. Y en el caso nuestro, la solución del problema nacional ha entroncado objetivamente con la de los problemas sociales. Y en Martí ya está presente esta concepción, sin que con ello insinúe nada de ideas socialistas.

Por eso no me cuesta trabajo aceptar que en la ideología de la Revolución cubana estén presentes elementos y momentos del pensamiento martiano en sus diversas facetas. Estas no se limitan al pensamiento político, sino que, como parte de un pensamiento nacional liberador, se puede colocar junto al marxismo, dados sus puntos de contacto como proyecto social. Pero me opongo totalmente a tratar de identificar entre sí a toda costa esos puntos de contacto, y a querer ver aspectos en los que coincide el marxismo —que es una línea de pensamiento, una tradición determinada— con el pensamiento nacional de liberación o liberador de Martí. Tan tonto es querer encontrar esas ideas marxistas en Martí como querer ver en un postulado del pensamiento marxista una idea de Martí. Me parece que son situaciones forzadas. Así pasa también con muchas líneas de pensamiento que tienen puntos de contacto entre sí, y no hay por qué hablar necesariamente siquiera de influencias, aunque, a veces efectivamente las haya.

Creo que en la ideología de la Revolución cubana están presentes el ideario martiano y el marxismo, sin entrar a precisar en este momento cuál marxismo o con qué características. Pero no son estas las únicas líneas de pensamiento presentes en la ideología de la Revolución cubana —la que, por demás, tampoco es un proceso cerrado. Martí mismo lo dijo: «Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas». Y esa concepción es muy válida para nosotros.

Es necesario, además, tomar en cuenta cómo nosotros mismos hemos visto esa relación. La recepción de esa relación a lo largo del proceso revolucionario a veces no ha correspondido verdaderamente con lo que debemos plantear. En relación con la ideología, se ha intentado no solamente buscar los puntos de coincidencia y de unión —que no quiere decir identificación—; sino que a veces se ha querido articular una concepción extraña.

Voy a poner un ejemplo: a mí me cuesta mucho trabajo asimilar que puede existir una filosofía al mismo tiempo martiana y marxista leninista, donde el pensamiento martiano incorpora la axiología y el marxismo la concepción científica. Eso es una aberración. Como si el marxismo no tuviera elementos axiológicos, y como si el ideario martiano no se basara en una concepción del mundo. Hemos abusado del presentismo. Esta manera de relacionarnos con la ideología nos empaña la imagen, nos dificulta el abordaje de la presencia de Martí entre nosotros y del alcance de su pensamiento. Se requiere un análisis más riguroso del pensamiento martiano, así como del marxista; no solo a tono con las necesidades de hoy, sino a tono también con esas líneas de pensamiento, desde sus orígenes hasta el presente, ya que, como tradiciones, deben evolucionar.

No creo que lo mejor sea incorporar a Martí completo —por utilizar esa expresión— en la ideología de la Revolución cubana, puesto que hay elementos cuya razón de ser vence en el plano de las ideas, dadas las condicionantes históricas. Y debemos estar en condiciones de decir: esto sí, pero esto otro ahora ya no es vigente. No se trata de algo certificado, de la misma manera que tampoco se debe hacer con el marxismo. Insisto: hay que ver la proyección y los condicionamientos históricos.

 

Pedro Pablo Rodríguez: Ronda ha apuntado un elemento que me parece importante: hay que entender en términos históricos esta relación. Mientras él hablaba, yo pensaba en algo que para algunos ha sido una virtud —y para otros, un defecto, en particular para casi todos los norteamericanos que han escrito al respecto: el llamado pragmatismo de la Revolución cubana y de Fidel Castro. Hay quienes han llegado a explicar como una expresión de ese pragmatismo la asunción del marxismo por parte de la Revolución. Hoy se discute y se habla inclusive, por estudiosos de la Revolución cubana en los Estados Unidos, acerca de hasta dónde conducirá ese pragmatismo al actual proceso revolucionario, y hasta hay quienes critican a Fidel Castro porque se ha mantenido «atrasado» y no ha sido lo suficientemente pragmático.

 ¿Puede entenderse que la relación de la ideología de la Revolución con Martí ha sido pragmática?

 Si admitimos que también ha estado condicionada por momentos y situaciones históricas, ¿ha sido una y la misma la ideología de la Revolución, exactamente? Interpreto de las palabras de Ronda que no se puede afirmar así en sentido absoluto. Quisiera entonces que habláramos un poco acerca de la manera en que se ha ido asumiendo a Martí.

 

Enrique Ubieta: Cuando, en el contexto de la historia nuestra latinoamericana, se analiza el pensamiento de un gran hombre como Martí, debe tenerse presente dos niveles de ese pensamiento. Uno, contextual, que radica en el propio discurso y que podría estar asociado a diferentes conceptos o diferentes corrientes de época, y responder a determinadas circunstancias bien concretas de ese momento con las que esté dialogando el autor. Y otro nivel, que podría considerarse de sentido, si utilizamos el concepto de direccionalidad discursiva que emplea Arturo Andrés Roig. El independentismo de Martí, su carácter de revolucionario radical, el más radical de los revolucionarios latinoamericanos de su momento, está vinculado obviamente con la manera en que él asume hechos concretos, específicos de su época; pero, a la vez, ese carácter lo une por encima del tiempo con actitudes o con posiciones revolucionarias radicales, con un sentido ante la historia y los problemas nacionales que se dan en otros momentos, y con otros pensamientos que no están contextualizados de la misma manera, que no hablan el mismo lenguaje y que dialogan con otras circunstancias. Esto une a Martí de manera real, objetiva, más allá de cada palabra, de cada cita de Martí, con la Revolución cubana. Esto es un primer elemento de unión. En Martí hay —por decirlo así— un contraproyecto de modernidad que se opone al proyecto metropolitano de modernidad. ¿En qué medida está elaborado ese contraproyecto? ¿En qué medida es posible? El «nacionalismo» de Martí -así, entrecomillado, porque trasciende mucho este concepto tan manido- es el de las naciones oprimidas, como diría un ruso genial, muy poco citado hoy. Pero ese «nacionalismo», necesariamente, tiene que ser antimperialista, porque Martí vivió en el momento preciso en que surgía el imperialismo, en que irrumpía con toda su fuerza. Y la propia obra martiana responde a la pregunta de si el antimperialismo es un elemento constitutivo —yo creo que sí lo es— del pensamiento martiano. Y lo es no por la simple suma de veces en que él se haya referido a ese concepto, no por el espacio que él le haya dado en su obra a analizar a los Estados Unidos, sino porque la independencia de Cuba no podía ser concebida de otra manera en ese momento histórico, como tampoco en el actual. Evidentemente, eso representa una línea de continuidad y una presencia de Martí en la Revolución.

Hay otra trampa en la cuestión de si se puede establecer una relación entre Martí y el socialismo, cuando se toma como referente al llamado socialismo real. Habría que examinar primero la relación entre el socialismo real y el socialismo de Marx, y si los errores conocidos invalidan ese pensamiento.

Pasando a otro asunto, son muy evidentes las fuentes del pensamiento martiano porque él mismo continuamente está comentando a sus grandes admirados. Pero ello no le resta originalidad a ese pensamiento, que consiste en su radicalización del discurso liberal, en su visión ecuménica de la realidad del problema cubano y del problema latinoamericano, y en su concepción de la cultura como totalidad, como conjunción de lo bueno, lo bello y lo verdadero. Sabemos que para él, la verdad era justa, lo injusto era profundamente falso y la belleza era verdadera. Aquí radica la originalidad de la ética martiana, más que en haber creado una ética nueva. Y ella, evidentemente, tiene vigencia y espacio en un proyecto revolucionario como el nuestro.

Estamos examinando la relación de Martí con la Revolución en estos momentos. Lo discutimos porque se habla mucho de Martí, se le cita, pero no siempre se le estudia como se debiera ni se le utiliza de la mejor manera. Sin embargo, hasta quienes atacan a la Revolución han tenido que asumir los vínculos de Martí con la Revolución, aunque de una manera peculiar. Estos vínculos, como he dicho, no están en la palabra de cada texto, sino en el sentido de una obra; pero aquellos enemigos sitúan a Martí en el bando de los utópicos, en el bando de los soñadores, precisamente como vínculo con los ideales de un proceso revolucionario.

 

Denia García Ronda: Olivia reclamaba hace un rato la necesidad de no aplicar dogmáticamente el proyecto de Martí en estos momentos; y de analizarlo, efectivamente, con un sentido dialéctico. Yo quiero referirme a los nexos entre la época de Martí y su proyecto con nuestra realidad actual.

Creo que sobre todo habría que hacer un análisis sobre cómo muchas veces se ha dogmatizado a Martí. Cómo efectivamente en muchas oportunidades se le ha utilizado para justificar cualquier cosa; o simplemente se le ha utilizado por buscar algún elemento teórico o metodológico en la extensa obra de pensamiento de Martí, en la que se puede hurgar y encontrar una gran variedad de cosas. De ahí que muchos de los enemigos de la Revolución también utilicen a Martí para sus propios proyectos, tergiversándolo la mayor parte de las veces. También nosotros hemos obviado a Martí, cuando pudiéramos haberlo incorporado en algún momento del debate social y simplemente no ha entrado Martí en ese debate. Sin embargo, se ha buscado ese modelo en otros lugares, bien en el marxismo, bien muchas veces incluso por otras vías de pensamiento.

Efectivamente, hay elementos del pensamiento martiano que, aunque fueron elaborados para su momento histórico, aún mantienen su universalidad, porque precisamente son ideas que no se gastan, o no tienen por qué gastarse. Así, por ejemplo, sus ideas sobre las lecciones de la historia. En nuestra etapa muchas veces no hemos sabido asumir las lecciones de la historia. Sin embargo, Martí era un preocupado por leer la historia, no simplemente para conocerla, sino para que sirviera de base, de ejemplo, de camino, para entender el presente y el futuro.

Los criterios martianos sobre lo negativo de las copias acríticas de modelos y de proyectos, sin adecuarlos a la realidad, sin un estudio de los elementos integrativos de la realidad, no se limitan al momento histórico de Martí. Ese consejo sirve para cualquier momento y contexto social. Sin embargo, nos hemos cansado de negar a Martí al copiar modelos, sin adecuarlos a nuestra realidad, dogmáticamente, sin conocer —que era otro de los consejos de Martí— los elementos sobre los cuales va a actuar ese proyecto o ese modelo, ni la realidad donde queremos influir —o conociéndola y queriendo variarla en un sentido ahistórico.

En Martí era una constante la necesidad de crear sobre la base de datos objetivos, del conocimiento. Recordemos que en Nuestra América dijo: «Gobernante, en un pueblo nuevo, quiere decir creador». Y en ese mismo texto se refiere al estudio de esa realidad de una manera muy objetiva, y pudiéramos decir hasta con un criterio bastante científico. Esas son grandes líneas de pensamiento que son válidas para cualquier época. Y en muchos de los niveles de nuestra sociedad, en el mundo político, en el mundo intelectual, en el educacional se olvidan o se tergiversan o no se utilizan.

No hay que buscar a Martí en frases que puedan servir para justificar determinada acción o campaña, sino verlo de una manera integral, teniendo conciencia de que él fue un líder de una colonia española en los finales del siglo XIX, ese es su verdadero sentido histórico. Precisamente por serio, puede proyectarse hasta nuestra contemporaneidad, no solamente por la lucidez de sus proposiciones, sino justamente porque muchas de las cosas que se proponía no se cumplieron.

Ahora bien, no estamos en el mismo momento histórico; no en balde ha pasado un siglo desde su muerte. Entre otras cosas, ha ocurrido la emergencia del marxismo en América Latina, no solamente en Cuba, lo que varía todo el discurso social y cultural, en cuanto, por ejemplo, a la participación extensa de distintos sectores sociales, que en el momento de Martí, aunque él lo pidiera, no podían participar. Hay una serie de elementos cambiantes, que sería traicionar a Martí si no los tuviéramos en cuenta. Tampoco tenemos que irnos ahora al «bandazo» y afirmar que esta es la revolución de Martí, olvidándonos de las demás influencias y de los demás elementos que están dentro del proyecto. Es asombroso observar que ahora, en muchos casos, se teme utilizar los términos de marxismo y leninismo.

En un tiempo fallamos al olvidarnos muchas veces de esas lecciones de Martí, para enarbolar solamente el marxismo hasta en elementos absurdos, como querer imponer tradiciones europeas a nuestra realidad, olvidando la idiosincrasia del cubano en muchos aspectos. Ahora resulta al revés. Pero Martí no tuvo la culpa ni de que lo obviaran cuando nada más que pensábamos en Marx y Lenin, ni tampoco tiene la culpa ahora de que se olviden de Marx y Lenin para sacarlo como púgil en esta batalla.

Es una necesidad de nuestra Revolución —y sobre todo de los pensadores y de los ideólogos de nuestra Revolución— poner las cosas en su lugar. Y que Martí efectivamente nos siga sirviendo, pero no como un elemento a utilizar para nuestra conveniencia, sino verdaderamente el Martí que fue y el Martí que sigue siendo. Porque debido al desarrollo o subdesarrollo de nuestra realidad y de la realidad latinoamericana, y por la propia visión de futuro que tenía Martí, muchas de sus ideas siguen vivas, actuales, vigentes. Por eso no debemos utilizarlo ni manipularlo.

 

Pedro Pablo Rodríguez: Olivia dijo al principio que de alguna manera Martí era parte integral o síntesis de lo que podía llamarse la identidad cultural y nacional en el XIX. ¿Ha sido así en el XX? Si lo ha sido, ¿hacia dónde va esa identidad nacional ante nuevas circunstancias? ¿De qué manera una identidad cultural y nacional —que siempre es un proceso y no algo estático y sin cambio— se asume, se mantiene, se transforma, o se pierde, dentro de los marcos de un proceso revolucionario que ha obtenido logros de justicia social?

 

Adalberto Ronda: En mi criterio, Martí resume el siglo XIX, pero inaugura el XX. Como no lo hace Varona, quien cierra el XIX aunque viva hasta el 33: no es un problema de fecha, sino de perspectiva de pensamiento. Me parece absolutamente erróneo y falaz ponemos a discutir ahora, por ejemplo, sobre el mercado libre campesino, a partir de Martí, porque ese no fue un tema para él. Lo que Martí nos puede aportar no está en determinadas recetas, ya que por esa vía no podríamos llegar a conclusiones reales fructíferas para pensar la realidad cubana.

Claro que tenemos raíces y que hacia ellas hay que mirar. Pero en la solución de los problemas que hoy tenemos, tanto en el plano de las ideas como en el de las realizaciones materiales —que no están separadas por cierto—, no es posible tratar de hallar puntos de coincidencia con idearios anteriores, aunque sea el de Martí. De lo que se trata es de tenerlo con nosotros, pero manteniéndolo como era.

Martí es un hombre de la colonia, pero lo es también de la etapa de tránsito del capitalismo premonopolista al monopolista, la cual trae problemas afrontados por él desde su proyecto nacional liberador, no desde las posiciones del socialismo. Ante esta nueva situación, Martí establece el contacto con los trabajadores, para convencerlos de que tenían que poner el problema de la nación por delante del problema social. Y sus ideas acerca de los monopolios tenían que ver más con sus concepciones liberales que con concepciones socialistas.

Todo lo absoluto en una u otra dirección siempre es eso, absoluto. De ahí lo importante de la mesura y el sentido flexible en el tratamiento de los problemas. Estoy plenamente de acuerdo con que a Martí se le ha funcionalizado o instrumentalizado. Pero no somos nosotros los únicos que lo hemos hecho. Este es un riesgo siempre, que miremos hacia la historia para tratar de explicar lo que hacemos. De lo que se trata es de las medidas: ¿hasta qué punto somos consecuentes con la historia o hasta qué punto la ponemos en función de la defensa a ultranza de lo que queremos hacer?

Hay dos aspectos que están muy relacionados. Se ha dogmatizado a Martí en la consecución de la utopía emancipatoria. Aunque no ha sido todo el mundo. No olvidemos que el nuestro es un proyecto de base social amplia, donde se conjugan tantos elementos, que hacen necesario argumentar con Martí y apoyarnos en él. Entonces unos lo hacen con más conciencia y éxito de evitar el dogmatismo.

Ahora bien, como ya se señaló, también se trata de invalidar a Martí por ser partícipe de la utopía emancipatoria. Si malo es hacer un uso dogmático e instrumental de Martí, peor para nosotros sería perder a Martí —y lo podemos perder, como se pierden otras cosas. Si se ha puesto en juego la propia Revolución, en juego también está Martí, tanto porque lo enseñemos, o lo utilicemos mal, como porque lo ocultemos, o sencillamente porque nos lo arrebaten con formas muy delicadas del saber y del pensar. Hoy ya no se enfrenta a Martí con la Revolución cubana por sus ideas sobre la teoría socialista, como se hizo hasta hace poco. Ahora se trata de invalidar a la Revolución cubana, a través de invalidar a Martí, como una parte de la utopía emancipatoria realizable. Para ello se parte de un criterio de la utopía, parecido un poco al de Marx —que, por cierto, yo no lo comparto en todos los sentidos— como lo irrealizable, y que se le aplica tanto al socialismo premarxista como a la utopía martiana o a la de la Revolución. Pero hay otras lecturas de lo utópico como un proyecto no realizado, pero sobre el cual se puede avanzar y por el cual se puede hacer algo todos los días. De utopías vivimos todos, hasta los que quieren condenar a Martí por esta vía. Y ya no es la utopía de la emancipación, sino la de la vuelta a atrás, desde la periferia.

En muchos criterios de hoy se está planteando la insularidad como algo que nos presiona y nos acaba. Se dice que el peso del pasado aplasta nuestro presente. Y en muchos de esos casos no solamente se afirma que el pensamiento de Martí fue utópico por irrealizable, sino que se habla de un Martí culpable. Para esas opiniones, él es culpable de que el pueblo cubano tenga un sentido emancipador de la historia, y de su presente y futuro. Para algunos, Martí es culpable de que el pueblo cubano tenga un sentido alto de su ser, independientemente de la cantidad de defectos que tenemos. Es decir, ya no se trata solamente de la instrumentalización y la funcionalización de Martí desde campos diferentes, sino que se quiere deslegitimar a Martí, a partir de una concepción no objetiva del proceso histórico que él vivió, en el cual actuó. Y eso tiene unas implicaciones tremendas para los fundamentos ideológicos, teóricos e históricos de la Revolución cubana.

Ahora hay quien dice que no solamente hace falta estudiar a Martí a favor o en contra, sino enfrente. Estoy de acuerdo con que estar a favor o en contra es una lectura en blanco y negro, y la vida es a todo color. Pero analizarlo enfrente también lo es. Tenemos que percatamos de qué tenemos enfrente, porque una misma idea puede tener a través del tiempo diferentes significados.

Por ejemplo, cuando se hace referencia a la presencia de la colonia en la república no se expresaba lo mismo, aunque el sentido de la idea fuera el mismo, a principios o a mediados del siglo XIX, que por Martí, o en los tiempos de hoy. Si se trata de la ideología de la Revolución cubana, de la relación entre el ideario martiano y el marxismo (y no pensar en el marxismo como el catecismo, sino como una tradición de pensamiento), si pensamos en la presencia de Martí en lo que estamos haciendo y en lo que nos falta por hacer, no perdamos de vista que es conveniente ser flexibles, pero también originales, en el sentido martiano, como se dijo hace un rato. El sentido martiano de la originalidad va un poco lejos de lo que hemos entendido muchas veces. En mi criterio, Martí no rechazaba en absoluto la copia, ni el mimetismo. De lo que se trata es de tomar lo que sea necesario, lo que se avenga a nuestros problemas ya través de nuestros ojos. Pero de las culturas ajenas y del mundo hay que tomar, y conservar nuestro tronco, nuestra raíz, lo nacional como cuestión central.

 

Olivia Miranda: Lo dicho hasta ahora es en extremo interesante y me corrobora mi criterio de que hay que abordar el pensamiento martiano teniendo en cuenta las diferentes esferas en las que se movió y tratando de ver su sistematicidad. No su sistematización, porque, tal y como la entendemos, esta no existe en su obra, pues no escribió tratados. Pero sí hay una estructura sistémica en evolución, que va cambiando en la misma medida en que penetra en la realidad de su época, la interpreta y la asume como punto de partida de su proyecto.

Hay que tratar de adentrarse en esa relación, partiendo de un presupuesto que quizá hoy ya no esté de moda, como comienzan a no estar de moda determinados conceptos y categorías del marxismo para algunos. Me refiero a una relación de continuidad y ruptura, sin la cual no podremos entender a Martí, pero tampoco podremos entender a Marx, ni a Lenin, ni a nadie, porque efectivamente creo que, como decía Ubieta, Martí sintetiza el siglo XIX y abre el XX. Pero de entonces acá, a las puertas del XXI, hay toda una historia que ni Martí, ni Marx, ni Lenin, pudieron prever en sus detalles, es decir, en las coyunturas histórico-concretas y en los problemas específicos singulares de la vida cotidiana.

Sin embargo, al mismo tiempo, la época que estamos viviendo mantiene todavía aspectos esenciales en su desarrollo que no han cambiado en la misma medida en que han cambiado las manifestaciones fenoménicas —y sigo insistiendo en el lenguaje marxista— de estas esencias. Y mientras esas esencias de la realidad contemporánea subsistan, a través de formas fenoménicas específicas de expresión (que, por supuesto, cambian y que influyen incluso en la forma o en la medida en que los hombres han descubierto tal esencia hasta un momento determinado) ni el pensamiento de Marx, ni el de Lenin, ni el de Martí podrán borrarse de la realidad de la Revolución cubana.

Esa vigencia y esa articulación se comprenden a partir de los nexos de continuidad y ruptura y no de la identificación o la suma mecánica, en la misma medida en que logramos penetrar en los aspectos esenciales del pensamiento martiano, que van más allá de tratar de explicamos ahora el mercado agropecuario o las formas de propiedad mixta, o de trabajo por cuenta propia, que las circunstancias históricas de hoy obligan a asumir y buscar.

A mi juicio, lo esencial es esa presencia, esa actualidad y esa articulación a partir de los nexos de continuidad y ruptura, entre los diversos elementos que conforman el pensamiento revolucionario en la Cuba de hoy. Porque el marxismo —o cualquier corriente de pensamiento en el mundo, antes y hoy— no se trasladó nunca de una región o época a otra, a partir de la expresión en manuales de determinados presupuestos teóricos generales, sino mediante la interpretación desde una realidad histórico-cultural concreta y de la interpretación, a partir de determinados elementos metodo1ógicos de análisis, de esa realidad concreta, en cuyo proceso se enriquece y desarrolla. Y lo mismo ocurre con los elementos del pensamiento martiano que tienen vigencia, porque el imperialismo existe y aunque se rompa el bloqueo y tengamos relaciones comerciales y diplomáticas, no va a dejar de agredir ni a la Revolución cubana ni al Tercer mundo. Mientras ello subsista, las concepciones que han abordado hasta determinado grado de acercamiento, las esencias de esa realidad, continuarán teniendo vigencia en la misma medida en que hayan logrado develar parte de esas esencias.

Por eso también creo que hay que ir a un estudio de Martí, más allá de la utilización de citas y frases, tanto para tratar de entender, en el orden sistémico, su pensamiento como para develar los aspectos esenciales de su concepción de la sociedad, del hombre, del mundo en que vivía, porque precisamente creo que por ahí es por donde Martí continúa siendo un hombre del siglo XX.

 

Adalberto Ronda: Voy a referirme brevemente a la cuestión de la lucha nacional y la social que ya toqué antes. Muchas veces trabajamos con la tesis en que hacía referencia a la república, y que le da nombre a un discurso famoso de él, el discurso de Tampa: «Con todos y para el bien de todos». Pero ese planteamiento no es una fórmula solamente republicana, sino que es una fórmula de independencia también.

«Con todos y para el bien de todos» es, primero, una fórmula de independencia, y después, de república, teniendo muy en cuenta que en la concepción martiana esta se comienza a fundar ya en la propia batalla por la independencia.

Cuando se habla de república, ya no solo se habla de un problema político, como tampoco, cuando se habla de independencia; pero los pesos específicos son diferentes. Cuando se habla de república, ya hay que pensar también en problemas sociales, los que, repito, desde la etapa de la independencia son indispensables. Pero la preocupación de Martí cuando habla de y a los trabajadores, es convencer a esos hombres que estaban por la independencia a que lucharan por ella, en un momento en que dirigían sus esfuerzos principales a luchar por reivindicaciones económicas y sociales en los Estados Unidos. Así tuvo que poner en su lugar las cosas, demostrando en lo concreto cómo él sí llegó a ver que lo político pasaba por lo social.

Ahora bien, si analizamos detenidamente las Bases del Partido Revolucionario Cubano, vemos que en ellas se hace referencia a cómo va a ser esa república y a la equidad que debe existir en ella. También se hace referencia a la participación de las diferentes fuerzas sociales en la realización de la república. Me parece, pues, que ahí hay elementos importantes por estudiar y por desarrollar.

A veces, por un sentido pragmático, nosotros insistimos más en la concepción martiana del hombre real, del indio, del negro, para demostrar que fue realista y objetivo, y descuidamos que en él también hay una interpretación del hombre universal. En su enfoque es destacable cómo combina ambos elementos: la cultura universal en el tratamiento del problema con el conocimiento del hecho histórico concreto, específico. Cuando Martí ve entre los hombres determinadas diferencias, también se detiene en aspectos que los identifican como seres humanos. El tratamiento del problema social es importantísimo en Martí, en el aspecto de la raza, de la contribución de cada cual en la realización de la república —no a cuánto va a recibir uno u otro. Recuerden que, para él, el mérito principal de todo hombre era ser patriota y que podía tenerse tal condición siendo rico o pobre. Recordemos todo lo que vivió y escribió Martí en México, vinculado a los trabajadores, a la aún muy joven clase obrera mexicana, cuando se identificó con ciertos postulados de ideas socialistas y con aspiraciones de aquellos hombres. Y aclaro de nuevo que no he dicho que Martí fuera socialista. No fue un socialista ni un antisocialista. Pero se preocupó por los problemas del hombre, por resolver sus grandes dificultades en el orden económico, estuvo vinculado al movimiento obrero y defendió las huelgas justas de los trabajadores para que vivieran mejor. Como igualmente defendió que los ricos cedieran un poco de lo que tenían para lograr determinado equilibrio y justicia social.

Sin dudas que en Martí está presente el problema social, pero la preocupación fundamental de Martí es la independencia, que es el proyecto nacional liberador.

Se podrían analizar otras cuestiones relacionadas con las ideas socialistas en general y con las ideas marxistas. Comparto el criterio de aquellos que dicen que las lecturas que hizo y la comunicación que tuvo Martí con hombres de ideas socialistas y con el propio pensamiento socialista dejaron en él alguna huella, tanto como otras corrientes de pensamiento. ¿Quién puede negar que en Martí influyera la lectura de Henry George en el tema de la agricultura y de la propiedad de la tierra? ¿Quién puede negar que sus últimas concepciones y sus últimas ideas acerca de la importancia de la nacionalización de determinados servicios no tienen que ver con algunas lecturas que hizo? Lo que digo no es que las ideas martianas sean socialistas; sino que hay puntos de contacto entre ambas, y que además hay referencias directas de él a lecturas acerca de problemas eminentemente sociales, que además tenían un fundamento económico y un sentido político.

 

Enrique Ubieta: A esos dos elementos de la liberación, es decir, la nacional y la social, yo añadiría la liberación cultural también. En el proyecto martiano estas tres cosas están absolutamente imbricadas, y para Martí la cultura es un elemento constitutivo indispensable del sujeto social.

Aprovecho este momento también para decir que yo sí creo que Martí está en contra de la copia. Creo que una cosa diferente es la influencia, la aceptación de lo que la cultura universal pudiera ofrecerle a él y al hombre en general; una cosa es el injerto, que da un fruto distinto a la copia. Desde México él está en contra de la imitación servil, como llega a decir en Nuestra América y en otros documentos. Justamente por eso estoy hablando de una liberación cultural, por supuesto, no ajena a todas las influencias, a todos los elementos que pudieran enriquecerla. Pero a nivel de diálogo con esa cultura universal, no de su imposición o aceptación acrítica.

También el humanismo de Martí es indiscutible. No solamente por esa cultura humana universal que funciona en todas direcciones y que Martí no rechazaba, sino también en cuanto a la liberación espiritual del hombre individual. Por eso llega a decir que el primer deber del hombre es reconquistarse. O sea, que desde lo muy particular, hasta lo general universal, Martí estaba por ese humanismo. Pero esto no niega la posición, el consejo martiano de no copiar en el sentido de no aceptar dogmáticamente. Imitar era para Martí una apostasía, tanto en economía como en todo lo demás, y en cultura, por supuesto.

Por eso me parece que en estas dos vías de que hablaba Ronda hay que incluir también esto, que forma parte de ese discurso social y que fue tan enfatizado por Martí. Porque efectivamente, como dijo Olivia, para Martí la cultura es la historia de la cultura y es también la participación del sujeto en la historia y en su circunstancia inmediata. Creo que Martí también estaba por una liberación cultural de nuestra América y de Cuba.

 

Olivia Miranda: Habría que indagar un poco más en el concepto de época histórica que Martí tiene, para poder entender la problemática de la relación de lo nacional y lo social Martí utiliza el concepto de época para marcar muy profundamente la existencia de mundos diferentes en una misma relación temporal y aun geográfica, y para delimitar en América la existencia de un mundo natural, de pueblos jóvenes o pueblos nuevos. Para él, un pueblo ascendía a tal cuando adquiría su independencia; es decir, hasta tanto no era libre, no era pueblo. Porque el pueblo es un proceso de construcción en Martí. Y así determina la existencia de pueblos naturales y pueblos históricos o seculares. Eso puede traducirse, haciendo una extensión un poco forzada, a pueblos desarrollados y subdesarrollados de su época.

Para Martí, en una misma época histórica, coexisten estos dos tipos de pueblos, cuyas tareas en cuanto a la liberación del hombre son diferentes, porque diferentes son sus estadios de progreso. Sin que quiera decir que los más avanzados en su historia no atravesaran por estadios de progreso similares a los que constituyen el presente de los pueblos naturales.

Con esta distinción, Martí hace también una distinción en cuanto a la revolución social. En sus últimos textos, el llega a admitir como una necesidad -incluso contra sus deseos-la revolución social en los Estados Unidos y en Europa. Considera que esa revolución tendrá que ser, por desgracia, violenta, porque casi no queda otro espacio al tránsito a una sociedad justa, es decir, de justicia social para todos, pero sobre todo para los humildes, para los que trabajan, para el «Atlas» que sobre sus hombros sostiene al mundo. Esa vía violenta se le fue justificando a él porque el progreso para esos pueblos era concebido de manera unilateral, solo en un sentido económico; porque se concebía el trabajo pragmáticamente, como fuente de riquezas y no como creación humana, y como fuente de desarrollo cultural. En el mundo de los pueblos históricos esa revolución es pues inevitable. Martí cree que ese estadio de progreso es un momento regresivo del desarrollo de la humanidad. Es decir, lo que está ocurriendo en el momento del surgimiento del imperialismo en los Estados Unidos no es en Martí un paso de avance, sino de retroceso, porque el progreso tiene ahí un carácter unilateral, que deja fuera los aspectos espirituales, culturales y de justicia social del hombre.

En cambio, Martí cree que en los pueblos naturales de América la experiencia de lo que ha ocurrido en Europa y en los Estados Unidos puede servir para evitar que ese sea necesariamente el progreso. El progreso multilateral de los pueblos naturales hasta situarse a la altura de su época, por otro lado, tiene que ser inexorablemente cumplido, porque si no, no es posible sostener ni la libertad ni la soberanía. Es decir, si no se alcanza el grado de progreso que tiene la humanidad en esa época histórica, no es posible mantener la libertad y la independencia. Martí cree que en los pueblos naturales estos cambios sociales, es decir, esta revolución social puede desarrollarse por otras vías, porque todavía el progreso del avance científico-técnico no ha llegado al grado de unilateralidad que tiene en los países históricos. No obstante, deja abierta la posibilidad de que no sea así y de que aun en los pueblos naturales sea necesario que el hombre muera de nuevo por la libertad del hombre. Entonces ya no se está refiriendo a la independencia, requisito ineludible para poder fundar la república, sino que está aludiendo a la problemática social, que en otros textos ha identificado en dos dimensiones, como decía Ronda: el problema de la división etnocultural en grupos de la sociedad, y la división en clases de la sociedad.

No hay que olvidarse que Martí conoce de la estructura de clases de la sociedad y de la lucha de clases como vehículo para resolver derechos cuando están otras vías cerradas. El espera y aspira a que en los pueblos naturales eso no sea necesariamente así. Pero aun cuando esto no pueda ser, no cierra las puertas a una revolución social. Cuando habla de ricos en la lucha por la independencia, no habla de todos sino de los ricos cuasi arruinados que están en el partido de la independencia. Hay que leer con cuidado las críticas al autonomismo y al anexionismo en Patria, para darse cuenta de que él hace una distinción muy clara entre los que defienden la caja por encima de los intereses patrios y de los intereses de los demás, y los que defienden los intereses del todo social, del conjunto de los elementos que componen la sociedad.

¿Podemos decir con esto que Martí previó la Revolución socialista para Cuba? No se trata de eso, sino de que conocía mucho mejor la sociedad de su época que la mayoría de sus contemporáneos en América Latina. Y que no dejó de percatarse de que las diferencias sociales, independientemente del origen que para él tuvieran, llevaban necesariamente a la lucha por una redistribución del producto del trabajo y de la riqueza nacional que guardara un equilibrio coherente con el aporte de cada cual a esos procesos. Y que cuando ese equilibrio no se lograba, entonces quedaba expedito el camino de la violencia para lograrlo, asunto sobre el cual hace, en más de una ocasión, un paralelo con la independencia. El reformismo, que se planteaba la solución sin violencia del problema de la libertad, no era para Martí un error total; solo lo fue después que se demostró que no era posible llegar a ello.

Por eso no analiza de igual forma el reformismo de la primera mitad del siglo XIX (Saco, del Monte, incluso Arango y Parreño), que el reformismo autonomista de la segunda mitad. Establece diferencias muy marcadas entre ambos. Y cuando le reprocha al Partido Autonomista su política, no lo hace porque este no plantee la independencia, sino porque no fue capaz de prever que la reforma no tendría lugar, y que habría que luchar por la independencia. El autonomismo no unió el país para eso: lo dividió; y es entonces que Martí habla de la revolución. Es decir, es válido para Martí mientras haya posibilidad, plantearse la transformación social que dé justicia para los humildes sin métodos violentos y sin enfrentar al hombre con el hombre.

 

Pedro Pablo Rodríguez: Quiero recoger una pregunta proveniente del auditorio que escucha esta mesa redonda: ¿cómo vemos a Martí en la Revolución hoy? ¿Cómo sería él, cómo actuaría hoy en medio de nuestras circunstancias?

 

Denia García Ronda: Martí era, en primer lugar, un hombre muy justo; y en segundo, muy objetivo y práctico. Es decir, creo que lo que haría Martí hoy primeramente sería estudiar el tiempo histórico en que estamos viviendo, las circunstancias que pueden haber influido en una u otra actitud de este proceso.

En este escenario un poco fantástico —la presencia física de Martí entre nosotros— creo que él estaría de acuerdo con muchos de los principios o lineamientos generales de este momento, como el sentido de la independencia, a pesar de todo y contra todo, el antimperialismo, el latinoamericanismo, el antirracismo, la voluntad de justicia social, todas esas cosas generales.

Ahora bien, me parece que en otros aspectos estaría discutiendo, quizá como en aquel documental, El primer delegado. Creo que estaría quizá amenazando con volver por Playitas para acometer otros aspectos, desde luego, después que hubiera estudiado verdaderamente la situación. Aquí se ha mencionado la propia tergiversación que muchas veces se hace del concepto de democracia, la poca participación real que muchas veces se le da al pueblo en algunas decisiones y que están justamente en contra de lo que él quería, que todo viniera desde abajo y que se analizara, por supuesto, por los responsables. La falta de confianza en la capacidad política del pueblo nos ha afectado bastante, y creo que está en contra de lo que hubiera querido Martí. El pueblo de Cuba está muy politizado desde hace mucho tiempo, pero sobre todo desde hace 36 años, y a menudo esa politización también se ha dogmatizado. Por encima de todo, hay una realidad: cuando se producen los grandes acontecimientos, ese pueblo responde con una capacidad política extraordinaria. Sin embargo, no se confía suficientemente en su capacidad política.

Creo que hay dos temas que a nosotros se nos quedaron por debatir y que están entre las que Martí discutiría y no estaría de acuerdo. Uno es el problema de la ética —personal, institucional, de la ética incluso nacional o de la proyección ética de la Revolución. Y los problemas de la educación. Estos últimos consisten no solamente si se enseña o no a Martí sino, esencialmente, en cómo se enseña incluso las ciencias, y cómo es el sentido de la educación cubana desde los primeros grados. Acerca de eso Martí tendría mucho que decir y que criticar, como por ejemplo el abandono de la historia nacional durante tantos años, a pesar de que el pueblo lo expresaba, y de que se planteaba en asambleas, tanto de intelectuales como en asambleas de barrio.

Se abandonó el estudio de la historia nacional, se tuvo un criterio absolutamente absurdo de la vinculación entre la Historia de Cuba y la Historia Universal, considerándola como un aspecto más de esta. Hoy estamos sufriendo las consecuencias de ese desconocimiento de nuestra historia. Se trata no solamente de conocerla «de los incas acá» como decía Martí, sino de manera que la historia nos dé lecciones, no para seguirlas dogmáticamente, sino para poder tener una mayor amplitud de criterios ante los problemas. Un error en la educación cuesta a veces centenares de años superarlo, porque es un problema que va de generación en generación. Por eso creo que en ese aspecto Martí estaría muy disgustado, como también en muchos de los problemas de la ética y sobre todo con la forma cómo se interpreta su concepto, que es más que una frase, sobre la dignidad plena del hombre.

 

Olivia Miranda: La pregunta es difícil de contestar. Una vez en un curso de postgrado en la Universidad, Sergio Aguirre hizo medio en broma, medio en serio, el análisis —en verdad más en serio que en broma— de que los grandes hombres de la historia habían tenido diferentes situaciones en cuanto a las posibilidades en las trayectorias de su vida. Y decía que esto había determinado, en algunos casos, su vigencia posterior e incluso la admiración que han despertado. Que había hombres que habían muerto en el momento en que se iniciaba la lucha por la liberación y no habían tenido que pasar la etapa de la aplicación práctica concreta de sus principios y de sus ideales a la realidad. Y que había quienes habían participado en las dos partes, es decir, que habían luchado por la libertad y después tuvieron que llevada a la práctica. Quienes morían antes, tenían la ventaja de haber dejado como imagen los ideales por realizar y no la realización de los ideales en la práctica, que no siempre podían llevar a cabo tal y como se habían imaginado y que no siempre estaban exentos de errores, de equivocaciones y de problemas, a veces, imposibles de solucionar.

Esta pregunta nos pone en la disyuntiva de tener que colocar a Martí en una dimensión diferente, es decir, en la dimensión del hombre que además de organizar, prever, planear, desarrollar un ideal emancipador, tuvo que llevarlo a la práctica. En el caso de Martí, ni siquiera pudo hacerlo en la lucha por la liberación. No tuvo que enfrentarse a la intervención norteamericana, ni a la Enmienda Platt, ni a la constitución de la república. Por supuesto, para los cubanos eso fue una desventaja y una desgracia, porque independientemente de que no hubiera cambiado el curso de la historia, su presencia hubiera incidido, positivamente con seguridad, en ese curso. Pero para la imagen de Martí, por supuesto, significa que se detiene en un momento en que todos esos ideales debían haberse traducido a la práctica social, que él mismo consideraba extraordinariamente a la hora de aplicar e incluso de importar ideas.

Por tanto, para mí es muy difícil pensar lo que Martí haría en este momento. Evidentemente, como ha dicho Denia, hay cosas que son obvias por la universalidad de las mismas. Sin embargo, yo confieso que ese tipo de respuestas es el que eludo siempre dar, porque significa extrapolar históricamente a una figura y tratar de imaginar. Respeto extraordinariamente la imaginación de los artistas, pero tengo una forma de aprehender la realidad a partir de otros elementos, y me cuesta mucho trabajo pensar qué haría Martí ante cada una de las coyunturas y disyuntivas actuales en las cuales la Revolución ha tenido que aplicar determinados principios. Pienso que haría, como ha dicho Denia, un análisis exhaustivo de la realidad y tomaría una decisión. No creo que Martí estuviera exento de equivocarse, ni que todo lo que hubiera hecho habría sido tan absolutamente correcto, exacto, que nos hubiera evitado las dificultades por las que todo proceso revolucionario tiene que pasar cuando se lleva a la práctica.

 

Enrique Ubieta: Los principios básicos fundamentales de la vida y la obra de Martí, los que le dan sentido a su vida, forman parte o constituyen también los fundamentos de una revolución como la nuestra; es decir, el sustento de una independencia nacional, la defensa del interés nacional, de la identidad nuestra, de la integración latinoamericana, la justicia social vinculada a un desarrollo económico autónomo, la diversificación de las relaciones con todos los países, la autenticidad, la dignidad del hombre.

 

Adalberto Ronda: Hasta ahora se ha hablado acerca de qué él haría si estuviera entre nosotros, qué haría al encontrarse con la nueva situación. Yo no me voy a referir a lo que haría en sentido de futuro. La tesis número 11 de Marx sobre Feuerbach dice que de lo que se trata no es de interpretar al mundo, sino de transformarlo. Y a partir de esa tesis casi siempre se insiste por los marxistas, por muchos de nosotros, en el aspecto de la transformación.

Martí se detendría en la interpretación, en la comprensión, en saber qué ha ocurrido, como un primer acto de conciencia. Pero no desde la posición del juez, no desde la posición de quien viene a ver qué se hizo con su legado, porque él sería el primero en asegurar que ese derecho no lo tiene, ya que ningún ser humano, sea quien sea, tiene derecho a exigir que su legado se materialice. Me parece que utilizaría un procedimiento, posterior a él, parecido al del historiador francés Marc Bloch, que no fue marxista, quien planteaba que se imponía como una necesidad la comprensión de la historia. Y comprender va más allá de los límites de lo que es simplemente saber qué sucedió. Porque solamente comprendiendo qué nos ha traído hasta aquí en el plano nacional y en el internacional, cómo hemos llegado hasta el momento de hoy, es que podremos contar con factores que nos ayuden a comprender el presente y a proyectar el futuro.

No digo que las soluciones hay que encontrarlas en el pasado, sino que la comprensión del pasado, permite entender por qué los hombres actúan de tal manera. Porque dentro de ese proceso de comprensión podremos explicar un poco mejor, por ejemplo, por qué nos sumamos al CAME, o por qué hicimos o no tal cosa. Podemos llegar a la conclusión de que hicimos mal algo, porque lo quisimos hacer mal o porque no nos salió bien, o a sabiendas de que no nos quedaba más remedio. Es decir, entender, comprender la historia, lo que hemos hecho hasta acá, creo que sería una preocupación importante de Martí, para luego pronunciarse en relación con la situación de la transformación, a partir de lo que han dicho los compañeros.

 

Pedro Pablo Rodríguez: Para mí solo cabe pensar que Martí sería una persona que pelearía por esta república, uno de sus dirigentes, y probablemente hoy le pasaría lo mismo que le sucedió durante los años 80 del pasado siglo y hasta después: muchos lo aceptarían, pero otros no. Y trataría de estudiar los problemas de hoy y haría propuestas queriendo ser original y creador, con la firme voluntad de unir a los más que pudiera en un proyecto abarcador de los mayores intereses nacionales. No tengo otra manera de verlo en el presente. Gracias a todos.