Con el año 2020 se inicia el tercer decenio del siglo xxi y, con las acumuladas situaciones de tensión mundial, se desata una nueva crisis —desconocida, atemorizante— que atraviesa totalmente el planeta, la tristemente célebre pandemia de la COVID-19. Se convierte en una amenaza real que cobra vidas por doquier y, aun en 2021, a gran velocidad, el virus se esparce y trasmuta, lo cual demanda vacunas que puedan preservar la vida de la mayoría de los habitantes del planeta. Cuba también padece de la pandemia —aunque a menor escala y con mayor protección—, y se trabaja para controlarla y crear vacunas contra ella. La gestión del gobierno, junto a instituciones y profesionales cubanos es acertada respecto al esfuerzo por preservar el bienestar de la población del país y, a través de la solidaridad que implican las brigadas de personal sanitario, también la de otras naciones.

En ese mismo esfuerzo y por diversas experiencias de trabajo en todas las áreas de salud, especialmente las de epidemiología, se reitera que el autocuidado es fundamental para afrontar la pandemia. Así es reconocido por muchos países. En Cuba, y más allá de nuestras fronteras geográficas, se incluyó como parte de la orientación psicológica a distancia en el grupo Familia y Migraciones, del servicio Psicogrupos WhatsApp.[1] Es importante destacar que es la primera vez que se ofrece este tipo de servicio en línea en el país, el cual fue posible por la existencia de los datos móviles, igualmente de reciente disponibilidad y de amplio uso por diferentes soportes y redes (Facebook, Messenger, WhatsApp, Telegram, Twitter, Instagram, entre otros) para comunicarse entre familiares y amigos, sentirse cerca aun en la distancia, dentro del territorio nacional y allende los mares. Mantener el vínculo entre familias migrantes es una estrategia que permite potenciar el autocuidado responsable más allá de las fronteras, sobre todo en el contexto de la presente emergencia sanitaria.

En las experiencias compartidas en la atención a familias migrantes, se identifican factores subjetivos asociados a la desestructuración de las rutinas cotidianas, lo que ha acarreado costos psicológicos (Martín Fernández, 2020). Predominan la incertidumbre, los miedos y los estados emocionales negativos; los conflictos de orden personal o familiar se agudizan, y también se transforman. Durante las sesiones de trabajo grupal vía internet aparece la posibilidad de minimizar la distancia física al aumentar la cercanía afectiva, lo cual es significativo para mantener, retomar, profundizar y transformar los vínculos familiares en condición migratoria. En este caso, con una mayor diversidad, dado que expresa las tensiones de la sociedad cubana, con familias separadas por tener miembros fuera del país de manera permanente o temporal, incluyendo a quienes viajaron y quedaron varados por la pandemia. Los factores económicos, políticos, culturales, sociales y coyunturales se articulan y expresan en las familias, como institución y grupo social.

Acotado así, el Psicogrupo Familia y Migraciones constituye la fuente primaria del presente análisis. El material seleccionado proviene de más de 50 sesiones grupales, con 150 miembros como promedio estable, que participan de manera abierta y voluntaria. De ellos, alrededor de 15 activos y 75 en línea que leen en cada sesión; además, 48 personas en sesiones de trabajo individual; se conectan desde 25 países diferentes y 11 provincias del país; la gran mayoría son mujeres y hay miembros entre 19 y 80 años de edad. El método de análisis de contenido se aplica con el objetivo de profundizar en el autocuidado responsable en la situación de crisis sanitaria; la metodología cualitativa con enfoque psicosocial permite crear nuevos indicadores que emergen durante el proceso y con posterioridad al momento de la investigación, lo cual actualiza reflexiones sobre la validez de los resultados alcanzados.

Al sistematizar las narrativas conscientes sobre las experiencias compartidas en el contexto de las sesiones de trabajo grupal —realizadas entre marzo y octubre de 2020—, entre las principales problemáticas asociadas con el autocuidado se manifestó la dificultad de ponerlo en práctica de modo responsable. En un contexto de rebrote de la pandemia, es pertinente la discusión de esos resultados, desde reflexiones teóricas con diferentes enfoques psicológicos, en particular de Psicología Clínica y Psicología Social, articulados de manera transdisciplinaria. El aprendizaje a través de la experiencia deviene herramienta y referente válidos. La incidencia de factores subjetivos también se asocia a fronteras de tiempo, tarea, territorio, y como estrategias de transformación de las rutinas cotidianas. En este artículo se propone buenas prácticas de autocuidado entre familias atravesadas por las migraciones, pertinentes para todas y todos en general. Las reflexiones conclusivas transitan por los aprendizajes identificados en los vínculos con familias migrantes y el autocuidado responsable más allá de las fronteras.

Sobre el autocuidado, cuestiones generales

La categoría autocuidado ha sido denominada con términos similares, entre los que se encuentran: capacidad de autocuidado, agencia de autocuidado, cuidado de sí mismo/a, autocuidado de la salud, entre otros, los cuales se refieren al mismo fenómeno desde diferentes perspectivas. Es un concepto transdisciplinar, pues se encuentra vinculado con la psicología positiva, las ciencias de la enfermería, emociones positivas, estilos de vida saludables, calidad de vida, estado de salud y su percepción, entre otras.

Es hacia mediados del siglo xx, que la OMS considera lo psicológico y lo social como relevante en las enfermedades crónicas. Es destacable a la estadounidense Dorothea E. Orem (1983), experta en enfermería, considerada autora clásica y la más citada en este tema actualmente, quien propone un modelo para el estudio de la salud y el autocuidado en su Teoría general de la enfermería que está compuesta por tres subteorías relacionadas: del autocuidado, del déficit del autocuidado y de los sistemas de enfermería. Un concepto básico de ella es el de capacidad de agencia de autocuidado:

La cualidad, aptitud o habilidad de la persona que le permite realizar una acción intencionada para participar en el autocuidado; habilidad que es desarrollada en el curso de la vida por medio de un proceso espontáneo de aprendizaje que incluye: atender, entender, regular, adquirir conocimientos, tomar decisiones y actuar. (Orem, 1995: 70)

En lo anteriormente expuesto se evidencia cómo el cuidar de uno mismo implica conductas, autocontrol, decisiones, proyectos, capacidades, habilidades, que exigen acciones para la promoción de la salud como estrategia, y el uso de recursos para enfrentar los riesgos de enfermar. En el contexto epidemiológico de Cuba se han definido, desde marzo de 2020, las necesarias medidas básicas de autocuidado —aún vigentes y probablemente por largo tiempo—: utilización de medios de protección como nasobuco, mascarilla o cubreboca; lavado correcto de las manos; uso de gel antibacterial, hipoclorito o desinfectantes; limpieza total de todos los insumos que lleguen a casa; y limpieza personal; todo ello imprescindible para evitar la propagación del coronavirus.

En el cumplimiento de esas medidas, resalta la importancia que cada persona tiene en su propio cuidado para mantener la salud y el bienestar. «El autocuidado es un acto voluntario e intencionado que involucra el uso de la razón para dirigir las acciones, considerando que el autocuidado cotidiano es un elemento que se encuentra indisolublemente intrincado en la acción» (Rebolledo, 2010: 2). De igual modo, reclama la atención y toma de conciencia de su necesidad, como cualidad de la adultez.

La capacidad de autocuidado es justo lo que caracteriza no ya a la sabiduría, sino pura y simplemente a la «salud mental» propia del adulto: a la integridad personal bajo condiciones ordinarias de la vida, con las dificultades normales del vivir, y no ante la tragedia o la adversidad extrema. (Fierro, 2000: 4)

Si se apela a ella en lo habitual, más aún se requiere ante la adversidad que significa la COVID-19.

En los modelos clásicos se habla, además de la importancia de la persona en el cuidado, y en las diferencias culturales respecto a ello. De ahí las distintas definiciones de autocuidado que se expresan en contextos culturales y sociales específicos, lo cual demanda un análisis particular.

De forma sintética, resulta de gran utilidad tomar en cuenta que

se pueden distinguir en la relación autocuidado-cultura tres premisas importantes: 1) los comportamientos arraigados en creencias y tradiciones culturales, 2) la existencia de las paradojas comportamentales y 3) la socialización estereotipada del cuidado de acuerdo con el sexo. (Uribe 1999: 4)

La primera premisa indica la necesidad de comprensión de los referentes del pensamiento común en cada contexto y momento histórico concretos, lo cual se sintetiza en las obviedades ancladas en las creencias y tradiciones culturales de las personas, familias y grupos sociales. En cuanto a la segunda, una vez ubicados en lo cultural, es posible encontrar conductas contrapuestas que resultan paradójicas en relación con lo que se sabe de un tema, asunto relevante para comprender el contexto de la pandemia. La tercera alerta sobre los estereotipos y prejuicios sexistas aprendidos en el proceso de socialización de cada persona, que puede incluir la ruptura de lo considerado válido, por conocido, por lo que tomarlo en cuenta es fundamental para cuidarse adecuadamente.

La psicología es una fortaleza para este trabajo en todas las sociedades y debe poner énfasis en grupos sociales particulares. Por ejemplo, es muy importante promover el autocuidado de las mujeres, quienes están sobrecargadas en este aislamiento físico, cuando su función de cuidadoras se hace más evidente y fuerte; los trabajadores del sistema sanitario en general, que están más expuestos a contraer; y los adultos mayores, más vulnerables por padecimientos de enfermedades crónicas. Poner en práctica el cuidado personal evitará que los sistemas sanitarios colapsen, porque además de la COVID-19 seguimos conviviendo con enfermedades que igualmente necesitan del autocuidado para ser combatidas y así preservar la salud personal y el bienestar de la población.

Para el presente análisis, el autocuidado se conceptualiza como las «formas específicas del cuidado de sí que, desde el punto de vista físico, psicológico, social, espiritual, medioambiental y económico, tienen las personas aparentemente sanas o enfermas para mantener/mejorar su salud» (Alarcó et al., 2019: 6). Con este concepto es posible entenderlo como medida de prevención; y eso implica que es de vital importancia ponerlo en práctica antes, durante y después de la pandemia, ya que evita el contagio. Sin embargo, suele suceder que las personas comienzan a cuidarse solo cuando enferman; mientras tanto, minimizan su responsabilidad personal al respecto. Esto sucede con independencia del lugar de residencia, sexo, edad, color de la piel y las formas de gestión de la pandemia por parte de las autoridades correspondientes. Así se constata en nuestro caso y para cualquier país.

Entonces, es imprescindible promover conductas de autocuidado, trabajar sobre la percepción de riesgo, sensibilizar a la población sobre lo vital de este concepto para evitar contagios en cadena. La experiencia del trabajo grupal así lo indica y, además, que se ha podido extender a los familiares que residen en otros países.

El autocuidado responsable y el aprendizaje experiencial

El autocuidado responsable, propuesta de este artículo, se comprende como las prácticas concretas del cuidado de cada persona desde la ResponsHabilidad.[2] Es decir, poner énfasis en la capacidad de desarrollar habilidades para responder de manera consciente y con formas específicas del cuidado de sí, desde el punto de vista físico, psicológico, social, espiritual, medioambiental y económico, a situaciones cotidianas —habituales, favorables o adversas— con prácticas identificadas para prevenir, mantener o mejorar su salud y, en consecuencia, la de su familia, sus amistades y la sociedad en general.

La responsabilidad, etimológicamente, se refiere a la habilidad de responder a situaciones a partir de una reflexión valorativa de las posibles respuestas, en este caso asertivas, bien analizadas, orientadas al bienestar físico y mental, traducidas en pequeñas acciones cotidianas que permiten la transformación de la realidad desde las experiencias de aprendizajes.

El autocuidado debe ser aprehendido de forma consciente y la mejor manera es a través de la experiencia. De seguro, en la actual situación, hemos escuchado frases como: «no se va a cuidar hasta que no enferme», «ya no creo en lo del virus», «eso es una cortina de humo», «a mí eso no me va a tocar». Es que el pensamiento cotidiano se va configurando de acuerdo con disímiles referentes, en función de las diversas experiencias personales. Así como en la ciencia, las hipótesis hay que demostrarlas para afirmarlas como verdades; en la vida cotidiana, el criterio de certeza lo da la práctica, la acción (Martín Fernández, 2004). El error más común es que si uno, o alguna persona cercana, no ha vivido la situación, entonces no la cree del todo, puede no ser real; y solo será verdad cuando tenga esa vivencia. Las ultrageneralizaciones de la realidad que configuran provisionalmente nuestros juicios, según la acción o relación cotidiana de que se trate, pueden ser útiles en situaciones concretas, pero al mismo tiempo perjudiciales cuando perduran, se absolutizan como verdades inamovibles y no dejan espacio a la reflexión y al cuestionamiento de cada situación (Martín Fernández, 2004). Por tanto, el cuidado puede y debe comenzar para prevenir, para cuidar la salud y no la enfermedad.

Este aprendizaje, desde la experiencia sobre el autocuidado, es fundamental; puede suceder en cualquier etapa de la vida personal y colectiva, y debe ir acompañado de un proceso de reflexión para cada nueva experiencia, desde un pensamiento crítico, flexible y creativo (Romero, 2010). El aprendizaje experiencial es un proceso a través del cual los individuos construyen su propio conocimiento, adquieren habilidades y realzan sus valores directamente desde la experiencia (Asociación Internacional de Aprendizaje Experiencial, 2011).

Cierto es que toda experiencia vincula aspectos, tanto racionales como emocionales. También es importante aprender desde lo que se siente. Ello requiere de la implicación del sujeto y promueve un sentido de titularidad o propiedad sobre lo aprendido, que le otorga solidez a este proceso. Se consolida así un conocimiento significativo, contextualizado, transferible y funcional (Barcenas Alfonso, 2018). Este tipo de aprendizaje muchas veces no es considerado como tal, porque las personas van acompañadas de una matriz tradicional, reproductiva, mecánica, que limita su concepción como proceso de transformación interna que permite un cambio en la manera de sentir, pensar o comportarse en función de situaciones concretas. Por tanto, se trata de aprender de la experiencia las buenas prácticas de autocuidado e incorporarlas en la vida cotidiana, donde se realizan acciones de transformación necesarias durante la pandemia y se identifican aquellas que mantener como nuevas rutinas para potenciar el bienestar personal y colectivo, en el entorno de las familias dentro y fuera del país.

De esta manera, se ha logrado que los vínculos entre las familias migrantes para el autocuidado excedan y superen las fronteras. Las familias han trazado estrategias para promover acciones conjuntas de autocuidado entre unos y otros miembros, demostrando y vivenciando que la distancia física no tiene por qué ser distancia afectiva. Así, por ejemplo, se ve en las narrativas conscientes de dos miembros del Psicogrupo Familia y Migraciones:

El autocuidado es imprescindible, mi familia y yo nos vemos desde la virtualidad, nos cuidamos unos a otros. Este grupo da esa sensación de pertenecer a cada país representado por todos los que estamos desparramados por el mundo e integrados en una sola reunión: la del Grupo Migraciones (mujer de 80 años, Argentina).

Yo siempre le digo a mi hija que tome las medidas de autocuidado, le he enseñado la manera en la que se hacen aquí en Cuba los nasobucos de tela (mujer de 64 años, La Habana).

El aprendizaje a través de la experiencia del autocuidado responsable durante esta etapa ha implicado que las familias atravesadas por la migración (Martín Fernández, 2000) también experimenten nuevas maneras de funcionar desde la distancia y aprender desde la experiencia, ya que se preocupan por la salud física y mental de las personas lejanas físicamente, pero cercanas desde los afectos. En el trabajo de orientación a distancia del Psicogrupo Familia y Migraciones resultó evidente la necesidad de estar disponible desde vínculos cercanos y armoniosos para brindar apoyo a los familiares que se encuentren fuera del país en el actual contexto. Los conflictos familiares precedentes son muy diversos y quedan a un lado cuando se trata del autocuidado y cuidado de la familia; estar vivos para volverse a ver pasa a primer plano (Martín Fernández et al., 2020a).

De las fronteras de tiempo, tarea y territorio

Cuando hablamos de fronteras, nos referimos a los límites físicos, geográficos, pero también psicológicos. Una buena práctica a mantener en la vida cotidiana para nuestro autocuidado es lo que se ha llamado «el respeto a las 3 T (tiempo, tarea y territorio)», o sea, respetar el cuándo, para lo que se pueden construir cronogramas y organizar rutinas donde cada actividad tenga un tiempo específico para iniciar y terminar; respetar el para qué de cada tarea concreta, a través de la identificación de las acciones que le van a dar respuesta; y respetar el dónde es definir un espacio, territorio o lugar adecuado para su realización. Nuestro tiempo es fundamental para el autocuidado y es un aprendizaje que contribuye a respetar el de otros, organizándolo también, para ser más eficientes, en todos los grupos e instituciones donde transcurre la vida. El aprendizaje sobre cuánto implica violar cada una de esas fronteras en nuestra vida cotidiana, y cuán frecuentemente lo hacemos, resulta muy valioso para nuestro bienestar y el ejercicio de cada uno de nuestros roles (Barcenas Alfonso et al., 2020).

La responsabilidad también tiene que ver con las formas de pensar, sentir y actuar de las personas en sus diferentes ámbitos de la vida cotidiana, la familia, el trabajo, el tiempo libre. Y, sobre todo desde el punto de vista subjetivo, es muy importante su expresión en las dinámicas que se establecen en cada una de estas esferas.

Es cierto que se hace necesaria la reiteración de un conjunto de acciones vitales, con distribución de ritmos constantes de espacio y tiempo, para el mantenimiento de la vida. El modo de vivir puede tornarse un mecanismo irreflexivo y estereotipado de acción, que conduzca a la rutina, al conformismo; o sea, existe la posibilidad de la monotonía, pero no su necesidad (Martín Fernández, 2004). De esta manera, cuando ocurre una situación de crisis, en este caso por la pandemia de la COVID-19, significa que cambia el ritmo de la vida afecta los tiempos y los espacios disponibles para la satisfacción de necesidades.

Se requiere del autocuidado, para prevenir el contagio, al realizar un conjunto de actividades y relaciones sociales que transcurren en las diferentes esferas de la vida cotidiana (Cancio-Bello Ayes et al., 2020). Es importante que estas esferas mantengan una complementación entre sí, para que las diversas acciones de autocuidado puedan fluir y naturalizarse como buenas prácticas. De lo contrario, un clima difícil —ya sea en la familia, en el trabajo o durante el tiempo libre— obstaculiza poner todos nuestros sentidos de forma consciente en función del autocuidado y el cuidado de otros. En momentos de crisis sanitaria es también necesario reflexionar sobre aquello que es posible hacer a pesar de las dificultades del contexto, y velar por hacerlo de una manera adecuada, respetuosa, decente, alegre. Reorganizar las prácticas habituales, dar el tiempo y la atención precisa a cada una de las esferas de la cotidianidad, y lograr satisfacer las necesidades que responden a cada una, también son maneras de cuidarnos y cuidar a quiénes nos rodean.

¿Por qué resulta tan difícil mantener el autocuidado responsable?

Esta interrogante aparece cada vez más en forma de dificultades para cumplir con los protocolos sanitarios establecidos, contravenciones normadas para conductas inadecuadas, y reiteradas llamadas de atención por especialistas e instituciones encargadas de la gestión gubernamental de la pandemia. A su vez, lamentablemente, no es frecuente que las personas se lo pregunten a sí mismas, y es precisamente cuando disminuye la percepción de riesgo y aumentan sus consecuencias desfavorables.

El fenómeno de la paradoja comportamental en el momento actual reviste gran importancia para entender lo que sucede en la subjetividad de muchas personas. Explica la contradicción entre el saber (a nivel de conocimientos) y el hacer (a nivel de acción). Quienes viven en Cuba conocen sobre la imprescindible necesidad de mantener ciertas conductas de autocuidado para prevenir el contagio de la COVID-19; tienen fuentes de información confiables y disponibles por la televisión y otros medios de comunicación. Sin embargo, es evidente que muchos deciden no ejercer en la práctica ese conocimiento, lo cual provoca el aumento del contagio. Ello puede suceder debido a factores de orden físico, psicológico o social, pero básicamente puede ser explicado por el fenómeno de la paradoja comportamental, que radica, como hemos dicho en saber y no hacer, por tanto, conduce al desarrollo de comportamientos nocivos.

El hecho de que muchas personas hayan disminuido sus medidas de seguridad, o las hayan anulado totalmente, evidencia lo perjudicial de este proceso. Evidentemente, mantenerlas todo el tiempo puede resultar difícil, y requiere una disciplina personal que no todos poseen, pero las consecuencias pueden implicar un contagio masivo. Cuando esto sucede, entonces se encienden las alarmas de la culpa, la ansiedad, la angustia, la enfermedad y la recuperación de la salud, y en el otro extremo, la muerte. Para visibilizar lo complejo del autocuidado por su importancia y necesidad a todos los niveles, hipotéticamente se dice que, si desapareciera solo por un momento, todos los sistemas sanitarios de atención en salud colapsarían, aun los más sofisticados.

Por su parte, en la paradoja se expresan los referentes culturales de cada contexto personal, familiar y social. Ello se manifiesta en las creencias del pensamiento cotidiano, las tradiciones y las pautas habituales de conductas socialmente valoradas. En momentos de crisis, en este caso sanitaria, salen a la luz esos contenidos de la subjetividad cotidiana. Existen muchas prácticas no saludables instauradas en nuestro accionar, y que vivimos acríticamente. Algunos ejemplos de obviedades desfavorecedoras y que sirven de excusas para dejar de cuidarnos pueden ser: «Nunca tengo tiempo para eso o para mí»; «Hay cosas más importantes que atender»; «No es necesario cuidarme ahora, aún soy joven y saludable»; «Yo soy una persona sana y no tengo por qué enfermar».

El hecho de que lo cotidiano se repita, se presente a diario, le da justamente ese carácter de parecer obvio y natural. Esto genera, a nivel psicológico, un fenómeno de acostumbramiento, de naturalización, reconocido como estado de familiaridad acrítica, que provoca la sensación de que la vida, las relaciones, el autocuidado, etc., no pueden ser de otro modo y que nuestra manera de pensar, sentir y actuar es la única posible (Martín Fernández, 2004).

Existe entonces la posibilidad de cristalizar obviedades, ser rutinario y acrítico, al mismo tiempo que preservar las tradiciones culturales y ser cuestionador, transformador y agente de cambio de nuestra realidad (Martín Fernández et al., 2020b). Todo lo que acontece en la vida de un ser humano responde al eje personal de su autocuidado y se despliega en las diferentes esferas de su día a día, con acciones propias o en grupos, y trasciende a la comunidad y la sociedad. De ahí la pertinencia de su articulación a favor del bienestar humano, y su comprensión global desde la complejidad de este proceso (Cancio-Bello Ayes et al., 2020).

Se hace entonces necesario transformar estas y otras muchas obviedades cristalizadas en nuestras prácticas cotidianas en aras del autocuidado responsable. De ahí que el aprendizaje a través de la experiencia y la reflexión crítica consciente que este implica, sea un recurso muy valioso. Una vez que se logra identificar estos comportamientos y todo aquello que se asume acríticamente, resulta imprescindible problematizar, cuestionar, interpelar la realidad desde los diversos recursos con los que cada persona cuenta, incluso con la ayuda de otros con diversos puntos de vista, y así reconocer las aristas de cada cuestión para valorar las alternativas y decidir las acciones que realizar. A partir de este importante ejercicio reflexivo, se puede transformar dichas formas de sentir, pensar y actuar, porque dejan de estar encerradas en la repetición automática, para dar paso a la libertad de realizar acciones de transformación, paso a paso, poco a poco, con prácticas concretas que potenciarán el bienestar. Es colocar el autocuidado como actitud ante la vida, para preservarla, lo que implica vivir, más que sobrevivir. Es decidir proponer como oportunidad lo que el autocuidado ofrece para sí mismos y para los demás, a través de sus buenas prácticas.

En varias sesiones dedicadas al tema del autocuidado dentro del Psicogrupo Familia y Migraciones, resaltan cuestiones de interés asociadas a buenas prácticas y su adecuada implementación. Algunas de las reflexiones y aspectos trabajados son válidos en estos momentos para lidiar con la crisis sanitaria y mucho más allá, con la vida misma:

  • El autocuidado puede ser mecanismo para influenciar positivamente los vínculos entre las familias dentro y fuera de Cuba. En el psicogrupo se ha convertido en un tema de conversación y apoyo mutuo.
  • Las creencias espirituales como factor protector son analizadas como prácticas de autocuidado. Se respeta la diversidad de aquello que les ofrece fe, confianza y paz interior.
  • El manejo de las emociones de los familiares de aquí y de allá se convierte en una estrategia para mantener la calma y contribuye a la estabilidad emocional a través de las redes familiares de apoyo. Pueden ser tanto de dentro como de fuera del país.
  • El cuidado y autocuidado son una necesidad para lidiar con las emociones negativas durante esta etapa. A medida que se logra disminuir la ansiedad, se tiene más confianza en su autocuidado.
  • Se han usado estrategias asociadas a pensamientos positivos como clave para la relación entre autocuidado y autoestima.
  • La creatividad se reconoce como un elemento importante para potenciar el autocuidado. Se desarrollan habilidades para dar respuestas resilientes.
  • Independientemente de la situación y la gestión de cada país, lo que es posible atender y lograr es nuestro autocuidado, con responsabilidad familiar y social.
  • La disciplina y sistematicidad se asumen como elementos claves para fomentar el autocuidado en cualquier etapa de la vida. Se utilizan para reorganizar actividades dentro y fuera de la casa.
  • Nuevas prácticas de higiene y autocuidado han llegado para quedarse más allá de la pandemia. Son muy importantes y propician menos transmisibilidad de otras enfermedades en aras del bienestar y la calidad de vida.

Puede decirse entonces —más que preguntarnos si resulta o no difícil—, que es posible mantener el autocuidado responsable, que se aprende desde la experiencia, y que cada día es el único y más importante momento disponible para vivir. Apostar por preservar una vida saludable es un proceso consciente, es una actitud, es la toma de decisiones a partir del establecimiento de prioridades personales, familiares y sociales. Es un proceso con altas y bajas donde avanzar requiere esfuerzo; a veces duele; es intenso, pero también gratificante; desata la creatividad, la capacidad de resiliencia, la ternura, la posibilidad de construir, la felicidad de compartir. Aprovechar la oportunidad de desarrollar habilidades para responder ante las crisis en la vida cotidiana significa ser responsable. Y en esa misma oportunidad, ser conscientes y actuar de acuerdo con la prevención de la salud significa desarrollar el autocuidado responsable. Está en nuestras propias manos, por cada persona, familia, país; por la paz, la solidaridad y la salud de la esencia humana.

Conclusiones

La experiencia profesional desarrollada demuestra la necesaria articulación de las disciplinas de la Psicología como ciencia. Se evidencia la pertinencia transdisciplinar al servicio de la orientación psicológica para afrontar la situación de crisis sanitaria, en este caso a través de los Psicogrupos WhatsApp, y en las lecturas posteriores del autocuidado vinculado al análisis crítico de la vida cotidiana.

El autocuidado responsable como categoría científica aporta una herramienta de utilidad para la comprensión de procesos que subyacen en la subjetividad. Debe ser aprehendido de forma consciente y a través del aprendizaje experiencial, donde se conjugan las formas de sentir, pensar y actuar.

Fenómenos psicológicos como la paradoja comportamental, la familiaridad acrítica, y las obviedades culturalmente pautadas, permiten comprender mecanismos y contradicciones de las personas, que inciden en su autocuidado. Este se encuentra asociado a buenas prácticas y su adecuada implementación está basada en el respeto a las fronteras de tiempo, tarea y territorio en la vida cotidiana. Es imprescindible mantener la alerta consciente de la crisis como oportunidad, desarrollar habilidades de respuesta para ser responsables, y realizar acciones concretas con actitudes creativas para la prevención y el bienestar en salud.

Vamos a sobrevivir a la COVID-19, sin dudas. Y aun así debemos estar alertas. La alegría puede llevar al frenesí de hipervivir. También puede conducir a la libertad y el placer de vivir, que es disfrutar del autocuidado responsable más allá de las fronteras.

Todas y todos juntos, desde casa y en cada lugar donde nos corresponda estar, somos responsables de contribuir para detener la propagación de la COVID-19 y es el autocuidado una fuente de bienestar y para que el país se mantenga vivo. Autocuidado responsable es una actitud ante la vida, es humildad y cooperación en la construcción de un bienestar saludable para la humanidad.


Notas:

[1] Véase Colectivo de autores Psicogrupos WhatsApp, 2020a; b; c.

[2] El neologismo ResponsHabilidad proviene de la forma en que es utilizado en Talleres Experienciales de la Sección InterCreAcción, de la Sociedad Cubana de Psicología (Barcenas Alfonso, 2018).

Referencias:

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