Mención en Premio Temas de Ensayo 2019, Ciencias Sociales

La posverdad —entendida como un fenómeno en el que lo racional y lo objetivo ceden terreno a lo emocional o a las creencias formadas por los ciudadanos, a partir de medias verdades o informaciones falsas— ha adquirido gran interés en los últimos años. En 2016, post-truth [posverdad] resultó la palabra del año. Sin embargo, dada su muy reciente incorporación al análisis, dicho concepto está todavía en espera de mejores y más precisas teorizaciones. El presente ensayo se propone aportar algunas claves para entenderlo y poder reconocerlo en las prácticas cotidianas de la comunicación, pero principalmente en los procesos electorales.

Una gran línea de investigación sobre la comunicación política se refiere a los estudios directamente relacionados con los procesos electorales y la influencia de los medios en la determinación de las decisiones de voto o de modificación y refuerzo de estados de opinión. Hace tiempo que la conducta electoral dejó de ser un «misterio infranqueable» para convertirse en un objeto de previsión científica, cuyos precio y valor son fáciles de interpretar. Desde el punto de vista de los descubrimientos sobre las estructuras del comportamiento, sobresale la conclusión de que la decisión de voto, más que resultado de una influencia puntual del acto comunicativo, es la de una interinfluencia de grupo (De Moragas Spa, 1985: 10-9). La acción de los medios determina no tanto una «conversión», como un refuerzo de predisposiciones. Con todo, la predisposición actitudinal del voto es un proceso complejo que involucra desde factores estructurales hasta incentivos contextuales, pasando por variables individuales (Ramírez y Moscoso, 2017).

¿Qué es y no es la posverdad?

Con la expresión posverdad se intenta describir un fenómeno en que el discurso político, a la hora de pretender incidir sobre la opinión pública, deja de lado los hechos objetivos y apela especialmente a las emociones y creencias personales. El término, aplicado desde 1992, aumentó su uso, en 2016, a 2 000% (Gutiérrez- Rubí, 2017). Y si los términos seleccionados definen tendencia, su análisis tiene interés social. Los ecos del nuevo fenómeno ya estaban presentes en campañas como la del Brexit (la salida del Reino Unido de la Unión Europea), que se produjo un par de meses antes de la de Donald Trump en los Estados Unidos, y después se ha replicado en las elecciones de Francia, Alemania, Israel y, particularmente, en el separatismo catalán.

Lo realmente sorprendente de este fenómeno es que permitió ganar o avanzar en posiciones de poder a outsiders o partidos con poca probabilidad de victoria, como el UKIP, en Gran Bretaña; el Frente Nacional, en Francia; las formaciones de ultraderecha en Alemania; los separatistas catalanes; el Partido Popular, en España; y, muy notoriamente, Trump. Antes de que se iniciaran los debates presidenciales en la campaña estadounidense (agosto de 2016) hasta la víspera de la jornada electoral, las plataformas de verificación (denominadas factchecking) contabilizaron hasta 217 falsedades en los discursos e intervenciones de los candidatos, 79% atribuibles a Trump y 21% a Hilary Clinton (Zarzalejos, 2017: 11).

El verdadero problema de la mentira política es que trae consigo algo más grave que el engaño o la ausencia de verdad en sí: la traición de la confianza característica de las instituciones democráticas. Según G. Lakoff (2010), la mayoría de las personas no se preocupan por lo que es verdad, sino por el contexto de la mentira. Por otra parte, se consolida otro en el que la verdad, la contrastación y la presentación de pruebas se valoran tan poco que pueden subsistir todo tipo de mentiras e ideas sin pies ni cabeza, desde que el cambio climático es un mito, hasta que la homosexualidad es antinatural, pasando por toda clase de invenciones acerca de países lejanos para crear una excusa que permita invadirlos (Torres, 2017). En el mundo de la posverdad, cualquier idea puede dar paso, literalmente, a un discurso verosímil sobre lo que ocurre en la realidad, siempre y cuando los altavoces por el que se trasmita sean lo suficientemente potentes.

La recurrente utilización de la mentira política —hoy bajo el modelo de la posverdad— ha sido una constante en las campañas electorales, sobre todo en escenarios competitivos. L. Meyer (2017), refiriéndose a las mentiras mediáticas, sugiere no hablar de posverdad sino de «posperiodismo», y Noam Chomsky, sin denominarlo así, elaboró «las diez estrategias de manipulación mediática», entre las que incluye técnicas para ablandar emotivamente el mensaje con el propósito de confundir el sentido crítico y analítico de los ciudadanos (Kaosenlared, s. f.).

Ante esta situación, M. Echeverría Borja (2017) advierte una tendencia mundial a favor del factchecking, como antídoto contra todos los conceptos (fakenews, verdades alternativas y bulos) que se refugian en el paraguas semántico de la posverdad. Reconoce que las formas tradicionales del periodismo —prensa, radio y televisión— han perdido peso frente a las nuevas formas de relación con la opinión pública (10). Los contenidos que se hacen virales en Twitter, Facebook, o plataformas de mensajería instantánea generan percepciones que antes eran impensables. La divulgación de noticias falsas desemboca en una banalización de la mentira y, por ende, en la relativización de la verdad (Grijelmo, 2015; Llorente, 2017: 9).

El triunfo de la campaña de Trump colocó el fenómeno de la posverdad en la primera fila de la conciencia de una parte de la opinión pública occidental. ¿Qué elementos de la comunicación política, particularmente del marketing electoral, él utilizó? Según G. Achache (1992), para que haya comunicación política, y de acuerdo con el modelo clásico de comunicar, es necesario definir a un emisor que envíe un mensaje político y un receptor o destinatario. Asimismo, un espacio público que contenga las características, según las cuales los individuos se convierten en un receptor colectivo, y el medio o los medios que trasmitan el mensaje.

Por ello, la mercadotecnia política presenta una paradoja: hoy, es el modelo dominante de la comunicación política y, sin embargo, tiene una imagen bastante negativa. Su legitimidad, en la opinión común, está en suspenso. Aún se sigue pensando que hay algo insatisfactorio, en el plano ético, en vender a un candidato como si se tratara de un refresco o una cajetilla de cigarros. Este modelo, por el hecho de que se sitúa en un espacio competitivo, no puede suponer, a priori, ninguna legitimidad a partir de la cual un actor estaría facultado para hablar. Esta no depende de la aptitud del político, en realidad está por construirse: lo que se conoce como la construcción de la imagen pública del candidato, muchas veces sujeta a lo que edifican los medios (Razgado Flores, 2002). Con este enfoque, Trump reforzó aspectos como reputación (creada a partir de sus apariciones en televisión), branding (un nombre conocido mundialmente, asociado con el lujo y el poder), diferenciación del producto (mensajes extremistas y radicales), propuesta única de venta [Make America Great Again], microtargeting y posicionamiento, entre otros elementos puramente instrumentales de dicha mercadotecnia (Mareek, 1999).

Ya G. Sartori (2003) advertía sobre el predominio, en una sociedad de mercado, de la videopolítica y la televisión, como instrumentos que suplen la información escrita:

La televisión puede mentir y falsear la verdad, exactamente igual que cualquier otro instrumento de comunicación. La diferencia es que la fuerza de la veracidad —inherente a la imagen— hace la mentira más eficaz y, por tanto, más peligrosa.

La circulación de noticias falsas, que el elector asume como válidas en la medida que refuerza sus opiniones o convicciones, no es nueva. De hecho, la mentira subsiste porque si bien no describe fielmente la realidad, simplemente funciona en nuestras cabezas. La velocidad con que viajan y se multiplican esas fakenews ha sido exponencial, con el apoyo de las redes sociales.

Cabe insistir en que la manipulación, la desinformación y la mentira no son exclusivas de la era de la posverdad. La diferencia radica en que antes constituían prácticas reprobables y condenables socialmente, por lo que sus protagonistas o cultivadores debían precaverse o blindarse al hacerlo, ya sea con retóricas muy rebuscadas y maquilladas que dificultaran descubrir el engaño, o con estrategias muy elaboradas de desinformación con dobles mensajes o códigos cifrados, aunque también había quien consideraba que si se divulga una mentira, esta debe ser tan grande como para que nadie la ponga en duda, o repetirla constantemente, bajo la premisa de que «una mentira repetida mil veces se convierte en verdad».

En la actualidad, la desinformación es más burda y la mentira más evidente que en el pasado, como si el umbral de tolerancia de la sociedad a ser engañada hubiera ascendido, así como descendido su aprecio por la verdad, entendida como un valor per se, haciendo más permisiva la mentira en la medida en que, simplemente, encaje con nuestro sistema de creencias o nos haga «sentir bien». En este sentido, desentrañar el fenómeno de la posverdad en las sociedades actuales sería imposible si no se advirtieran también algunos cambios culturales y de mentalidades en su seno.

Cambios culturales y posverdad

Suponer que los grandes avances tecnológicos de las últimas décadas, y sobre todo la masificación de las Nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación (NTIC), no modificarían radicalmente la manera en que los seres humanos están en y perciben el mundo, y se relacionan entre sí, resulta ingenuo.1 Lo mismo puede decirse de las transformaciones abiertas en el seno de las democracias, donde los ciudadanos cuentan, cada vez más, con derechos y voz para hacerse oír, al tiempo que los políticos y los partidos son evaluados y descalificados más rigurosamente por ellos.

Asimismo, suponer que los daños colaterales de la crisis global del capitalismo, o de la debacle ecológica, o de los nuevos conflictos geopolíticos no pondrían en alerta a la población mundial frente a los riesgos y las amenazas que nos agobian, sería igualmente ridículo. En particular, hoy resulta incuestionable la descomposición del capitalismo en la etapa neoliberal, que arroja a los sectores más vulnerables de cada país al desempleo, la exclusión, la migración y la pobreza. El hecho es que el mundo ya no es el mismo y las sociedades han sufrido profundos cambios culturales y de mentalidades que, en otras circunstancias, hubieran requerido siglos para concretarse. También es cierto que lo vertiginoso de los cambios nos ha tomado a todos por sorpresa, desprovistos de herramientas analíticas adecuadas, tratando de entender las cosas sobre la marcha.

A continuación se presenta cuatro claves aún muy preliminares, del cambio epocal más general,2 o sea, un cambio drástico en los valores, las actitudes y los patrones de comportamiento que se construyeron trabajosamente durante siglos, en lo que se conoce en Occidente como modernidad.

De la sociedad de masas a la individualización de la sociedad

Hemos pasado de lo que los teóricos de la comunicación llamaron en su momento la sociedad de masas —cultura de masas, medios de comunicación masivos, consumo de masas, partidos de masas, instituciones impersonales de gran escala—, a sociedades cada vez más heterogéneas, plurales y diversas, irreductibles a una única y hegemónica visión del mundo impuesta por las elites. Paradójicamente, fue aquella la que contribuyó a debilitar su tejido conectivo, y preparó las condiciones para el aislamiento social y la alienación inducida (Wolf, 1987). De hecho, los mass media irrumpieron en el siglo xx con la premisa de que las sociedades podían ser homologadas en sus gustos y preferencias, pues eran directamente influenciables, pasivas y emocionales, más que racionales (McQuail, 1983). De ahí que la opinión pública era entendida simplemente como la suma de los intereses de los miembros de la comunidad.

Sin embargo, en el seno de las sociedades de masas empezaron a surgir reparos contra las visiones dominantes que trataban de imponérseles, haciendo estallar todo tipo de reacciones sociales contra las políticas oficiales. Solo así se explica la emergencia de grandes protestas en los años 60 y los 70 del pasado siglo, en contra de la guerra —por ejemplo, la de Vietnam— y de la discriminación racial; la aparición de los llamados nuevos movimientos sociales, en los 80, capaces de convocar a millones a favor de múltiples causas sociales; los movimientos libertarios de final de siglo que abrieron el paso a las transiciones democráticas en varios países de Europa, América Latina y Asia; las organizaciones no gubernamentales o de la sociedad civil que han tomado en sus manos acciones a favor de causas de todo tipo —que correspondería al Estado atender, pero que nunca le importaron—; y, más recientemente, los millones de indignados con las injusticias, que ocupan las redes sociales y las plazas públicas para opinar, denunciar y exhibir todo aquello que daña a su comunidad.

En otras palabras, la sociedad dejó de ser una masa fácilmente manipulable y homogénea, para convertirse en una esfera de conflicto y disputa desde la pluralidad y la diversidad, una sociedad individualizada, portadora de otro tipo de problemáticas propias de esta nueva condición. En términos de Z. Bauman (2000, 2001 y 2007), hemos pasado de una modernidad sólida a una líquida, donde todo es más flexible, efímero y mutable, ya sea el trabajo, las relaciones humanas, los gustos, los valores o las convicciones. Por su parte, G. Lipovetsky (1986) describe una sociedad hiperindividualizada, hedonista, narcisista, donde se han diluido los lazos sociales y pulverizado los proyectos emancipatorios comunes. Sin embargo, no debe confundirse individualización con atomización. La modernidad ha producido, a la vez, individuos democráticos e individuos atomizados. Los primeros no son los que presupone el neoliberalismo, es decir, aislados, consumistas y egoístas. Si bien ambos pueden coexistir y lo hacen sin problemas, el democrático, al contrario del otro, sabe que solo con los demás puede hacer política, ejercer su libertad y construir ciudadanía (Cansino, 2010: 19).

De la sociedad de la confianza a la de la desconfianza

La desconfianza siempre ha acompañado a las democracias representativas, pues confiar ciegamente en las autoridades o representantes no es garantía de que actúen con sensatez y honorabilidad. De hecho, las democracias modernas han ido sumando diversas estructuras y normas para vigilarlos, obstruirlos y enjuiciarlos ante posibles abusos de autoridad. A este conjunto de estructuras y normas P. Rosanvallon (2007) las ha bautizado como «contrapoderes» y, al proceso general de controlar al poder, «contrademocracia». Sin embargo, a pesar de estos mecanismos, diversos factores recientes han hecho que la desconfianza social se haya disparado a niveles inimaginables.

Si antes prevalecía un umbral de confianza razonable hacia las instituciones democráticas, resultado de su propio proceso de legitimación mediante elecciones libres y correctas, ahora la regla es la desconfianza. Entre las razones más destacadas de esta metamorfosis están las referidas a que hemos entrado en un mundo

Este último punto también puede ser leído como un salto de la sociedad trascendental a la básica (Cansino, 2010), donde la inseguridad y la desconfianza prevalecientes relegan en importancia la consecución o la consolidación de grandes valores universales, como la libertad, la igualdad o la tolerancia, para concentrarse en lo más básico: la supervivencia diaria (270-3).

Una sociedad sin grandes aspiraciones es temerosa y está predispuesta a apoyar a quien le prometa retóricamente preservar su esquema básico de seguridades; promesas que no dejan de ser mentiras, estratagemas políticas muy rentables electoralmente, pero insustanciales, pues en estricto sentido ningún gobierno o político en campaña puede asegurar a sus ciudadanos una existencia más segura o un futuro menos incierto.(3)

De la sociedad fragmentada a la sociedad red

La llegada de las NTIC ha tenido repercusiones en las sociedades actuales que requerirían nuevas categorías para ser pensadas. El concepto de «sociedad red» advierte sus reconfiguraciones como consecuencia de la adopción de las nuevas tecnologías (Castells, 2002). Entre sus muchas repercusiones sobresalen: mundialización de la economía a una escala jamás vista; emergencia de nuevos actores virtuales con capacidad de involucrarse en procesos globales y locales al mismo tiempo; afirmación de nuevas identidades con nuevos discursos que abren frentes inéditos de cuestionamiento, negociación y disputa por el poder. Estas abren también una «brecha informacional» (Pascual Barrio y Rueda Ortiz, s. f.) entre los países con acceso amplio e ilimitado a las nuevas tecnologías y los más postergados.

Por mi parte, sostengo que las NTIC pueden ser nuestra salvación o nuestra ruina. Sin embargo, hay un aspecto poco discutido, pero muy relevante: las redes sociales, al convertir a sus usuarios en productores de información y no solo en receptores, se han convertido de facto en el último reservorio donde la sociedad es capaz de producir y reproducir saberes alternativos a los oficiales, ya sea sobre ciencia, política, historia, cultura, arte, etcétera. Dicha capacidad se ha anquilosado tanto en los medios tradicionales —universidades y centros de investigación—, aún preocupados por influir en la opinión pública de acuerdo con sus intereses, como en la escuela, o en la industria editorial, más interesada por tener best sellers que por fomentar el debate intelectual.

Como era de esperarse, las elites mundiales han comenzado a censurar a las redes sociales por cuanto estos saberes alternativos desafían la visión que ellas tratan de imponer a toda costa. Se escuchan descalificaciones a sus partidarios, o señalan que lo que se dice en ellas contrario a las «verdades» oficiales no tiene ningún sustento ni bases científicas, por lo que no es confiable, o se lo imputan a las propias elites para confundir a la sociedad.

En suma, pese a estas acciones que merman su potencial, sin las redes sociales todos estaríamos inmersos en la verdad oficial, adoctrinados sin remedio, incapaces de anteponer alguna visión alternativa.

De lo político a lo impolítico

Como he sostenido, las sociedades democráticas modernas han experimentado un cambio notable en sus posibilidades de involucrarse en asuntos públicos. De sociedades reducidas a elegir y legitimar a sus representantes políticos mediante elecciones periódicas, han pasado a unas donde la acción libre y contingente, más o menos asociada, de los individuos determina cada vez más los contenidos simbólicos de lo político. A este proceso de afirmación ciudadana se le ha llamado de muchas maneras, pero yo prefiero llamarle, para evitar cualquier confusión, «alterpolítica», entendiendo por ella no la política de las instituciones o los políticos profesionales, sino la de los individuos, la que resulta de opinar y posicionarse en el espacio público-político que solo la democracia consiente; o sea, en condiciones mínimas de libertad e igualdad; la política como el lugar decisivo de la existencia humana, donde los individuos definen con los demás los valores que han de articular al todo social, como el alter ego de la política institucional (Cansino, 2008 y 2010; Cansino et al., 2014).

Esta consideración supone repensar la manera convencional de entender lo público y lo privado, según la cual la esfera pública es la del Estado o el lugar donde se toman las decisiones vinculantes en una sociedad, mientras que la privada es la de la acción propia de esta (familia, trabajo, religión, mercado); es decir, una esfera muy conveniente, en tanto apolítica. Lejos de ello, si algo están expresando las nuevas formas de acción social en las democracias modernas es precisamente que lo público ya no es una competencia exclusiva de los detentadores del poder político. Hoy, cada vez más la política está contenida en la cuestión social; los ciudadanos en todas partes están más informados, son más críticos y participativos, y se perciben como protagonistas de su tiempo y su destino.4

Lo político, entendido como alterpolítica, es la política de los ciudadanos, lo impolítico sería todas aquellas acciones, discursos, instituciones, actores, enfoques, organizaciones, etcétera, que, orquestados desde la arena institucional, buscan deliberadamente someter, controlar, manipular, desinformar, engañar, amedrentar, censurar, confundir, a los ciudadanos, incluyendo las narrativas de la posverdad.

Lo impolítico solo cobra sentido si la alterpolítica ha logrado afirmarse socialmente. Se podrá objetar que tentativas de despolitización siempre han existido en todas partes; pero ahora existe un espíritu público mucho más extendido, dinámico, crítico e informado que obliga a generar acciones más consistentes y articuladas por parte de quienes se sienten amenazados por ello.

Sin duda, como veremos a continuación, estas mutaciones culturales están directamente conectadas con la aparición y la expansión del fenómeno de la posverdad en las democracias modernas.

  • Este fenómeno difícilmente hubiera promovido en sociedades que cuentan con un umbral elevado de confianza y esperanza en su porvenir, pues ello, de algún modo, propicia en los ciudadanos actitudes más responsables y cuidadosas a la hora de elegir entre distintas ofertas electorales, portadoras de diferentes proyectos de país, pues asumen que de sus decisiones depende, de alguna manera, alcanzar o posponer el logro de esos ideales y anhelos colectivos. En cambio, en sociedades donde ello no sucede se dan las condiciones idóneas para que circulen con éxito las narrativas de la posverdad. En este caso, discursos que explotan las sensaciones de desánimo y desesperanza generalizada de sus destinarios con promesas de todo tipo que, en primera instancia, les resultan gratificantes o confortables, aun sabiendo que son irreales o hasta imposibles, pues aquí desconfianza no significa incredulidad, si acaso la necesidad de creer en algo esperanzador en un contexto de malestar y frustración generalizada, independientemente de su veracidad. Por otra parte, la inseguridad que agobia a las sociedades actuales ya sea por el terrorismo, el crimen organizado, los fundamentalismos, las crisis económicas, etcétera, ha propiciado que buena parte de las narrativas de la posverdad se ocupen precisamente de garantizar a las personas mayor seguridad en sus vidas y bienes; una retórica claramente falaz, pues, como vimos en su momento, nadie puede prometerlo en un mundo tan caótico, conflictivo e incierto como el actual.
  • El fenómeno de la posverdad difícilmente hubiera avanzado en las sociedades actuales sin la incorporación de las NTIC, pero sobre todo de las redes sociales, pues gracias a ellas estas narrativas pudieron reproducirse vertiginosamente e incluso, en muchos casos, hacerse virales, generando todo tipo de reacciones y resonancias. Pero el advenimiento de la sociedad red o digital puede propiciar comportamientos contradictorios entre los usuarios, ya sea que abracen con entusiasmo propuestas o proyectos socializados en sus redes, independientemente de su veracidad, o cierta parálisis o inmovilismo por creer que las tendencias que se manifiestan en estas, por ejemplo las electorales, son inalterables, por lo que es irrelevante participar —en este caso votar—, para después descubrir con pesar que esas tendencias eran engañosas. Esto quiere decir que, por efecto de las NTIC, las fronteras entre lo real y lo virtual se han ido disipando, y diluyendo tanto la línea entre la verdad y la falsedad como la posibilidad de distinguirlas con claridad. Las narrativas de la posverdad lo único que han hecho es aprovechar en su beneficio la nueva virtualidad, con todo y los desconciertos que provoca.
  • En cuanto al arribo en las sociedades actuales de lo que aquí hemos denominado alterpolítica, se puede decir que también llama a la posverdad; pero, a diferencia de las mutaciones socioculturales ya comentadas, lo hace en negativo; es decir, como parte de las estrategias que desde los poderes ocupados se diseñan deliberadamente para despolitizar, confundir y desinformar a la sociedad, y mantenerla en umbrales bajos de participación en los asuntos públicos. La posverdad, en lo que tiene de desinformadora y manipuladora, solo cobra sentido cuando los ciudadanos mantienen un nivel de involucramiento consistente en los asuntos públicos, mediante el debate, la crítica y la deliberación de todo aquello que les preocupa y los atañe. Así, dichas narrativas son una expresión más de lo impolítico, que se concreta mediante acciones de despolitización articuladas por las elites que controlan el poder. Si ha crecido en los últimos tiempos es porque lo político, en su entendimiento como alterpolítica, ha logrado posicionarse al grado de representar hoy una amenaza a los poderosos. En ese sentido, en los tiempos que corren, la propagación de la posverdad expresa, una vez más, lo impolítico. En suma, el problema de las sociedades actuales no es que estén despolitizadas o que no les interesen los asuntos públicos, no es la pasividad ni la apatía, sino en todo caso la frustración y la decepción, por cuanto no ven correspondidos sus esfuerzos ni atendidas sus quejas por parte de sus gobernantes. El hecho es que, pese a los avances alcanzados, la política institucional sigue sojuzgando a la de los ciudadanos, prevalece un corto circuito entre los imaginarios colectivos, o sea, lo que ellos quieren y anhelan, y las acciones de sus representantes, quienes siguen gobernando o legislando a sus espaldas.

Las narrativas de la posverdad

No debe pensarse que las narrativas de la posverdad son mucho más sofisticadas e innovadoras que otras formas de engaño y manipulación más tradicionales. De hecho, son igual de burdas y obvias, o más, lo que comprueba que este fenómeno se debe más a circunstancias culturales de nuestro tiempo, que predisponen a los individuos hacia ciertos comportamientos o valoraciones, que a la confección de estrategias mucho más persuasivas que las diseñadas hasta entonces. Si acaso, tienen detrás un potente aparato mediático y propagandístico que las respalda, inexistente en otros tiempos.

En efecto, si revisamos los casos más notables del fenómeno, mencionados al inicio de este ensayo, podemos observar que todas las falsas narrativas producidas y reproducidas mediáticamente encajan en alguna o algunas de las siguientes categorías muy convencionales: la tesis de la perversidad o del efecto perverso, según la cual toda acción, decisión o proyecto de los adversarios propuestos para mejorar algún rasgo del orden político, social o económico en realidad va a perjudicar más que a remediar el mal que se quiere combatir («La escisión de Cataluña del Estado español implicaría un desastre económico tanto para Cataluña como para España»); la tesis de la futilidad, según la cual las tentativas de transformación social propuestas por los adversarios son superficiales e inútiles, no tienen ningún impacto («Las promesas de campaña de Hillary Clinton son insustanciales, además de que ya mostraron su fracaso en el pasado»); y la tesis del riesgo, según la cual el costo de la reforma propuesta por los adversarios, aunque acaso deseable en sí misma, es demasiado alto, dado que se pone en peligro algún logro previo apreciado socialmente («Mantener a Gran Bretaña en la Unión Europea supeditaría su economía a los designios de Europa, empeñando su porvenir»).5

Todos los ejemplos referidos son fakenews, pues nadie puede asegurar de manera inequívoca algo que no ha ocurrido: la escisión de Cataluña puede ser saludable, sobre todo para Cataluña; las promesas de Clinton son solo promesas, no hechos consumados; y desligarse de la Unión Europea también puede conducir a la ruina a Gran Bretaña.6

Como se puede observar, todas las narrativas de la era de la posverdad, salvo aquellas que buscan apuntalar artificialmente la imagen, la trayectoria y el liderazgo de alguien, adoptan la forma de retóricas reaccionarias; es decir, promueven la intransigencia, la intolerancia y la incomunicación entre adversarios, y la descalificación y demonización del otro, mediante el engaño sistemático. Como consecuencia de ello, la democracia queda amenazada, pues si esta se funda teóricamente en el pluralismo de grupos ideológicamente definidos, con opiniones diferentes en cuestiones centrales de política, pero capaces de conciliar sus diferencias, las descalificaciones falsas fomentan la polarización de facciones irreconciliables, abriendo brechas y tensiones insalvables.

A manera de conclusión

Desde tiempos inmemoriales, la verdad y la mentira se han enfrentado en diferentes momentos, circunstancias y escenarios. En el ámbito político es donde su uso y abuso han degenerado en distorsiones y prejuicios que lo han afectado. Hablar de posverdad es referirse a la mentira política reeditada, lo que nos lleva a dos escenarios:

  • Seguir expuestos a la industria de la mentira o estructura «subterránea», que emplea a falsos periodistas, encargados de producir y difundir falsas noticias.
  • Continuar con el uso indiscriminado de campañas negativas en los procesos electorales que no solo afectan la legitimidad del sistema y sus actores, sino la gobernabilidad y la articulación de posibles consensos.

Además, con el surgimiento y el avance de las nuevas tecnologías, la posverdad ya no es solo un tema que emana de las clases políticas dominantes en los países, sino también desde los núcleos más íntimos de la red, desde la misma sociedad civil que contribuye, consciente o inconscientemente, a alterar la opinión pública en coyunturas trascendentales para la democracia representativa, como son las elecciones (Ibáñez Fanés, 2018). Ya se han referido los casos que han experimentado una política llena de posverdad, como aquella que propició el surgimiento del término tras la campaña de Trump, con la fabricación de noticias falsas, para denostar al contrincante. Este contexto caótico requiere la exigencia del estudio de la posverdad en el terreno de lo político y desde la trinchera de la investigación científica. Se debe exaltar la necesidad de aportar a su conceptualización, ya que esto ayudaría a comprenderla mejor y nos podría ofrecer campos de estudio específicos; por ejemplo, el de la política y el de las elecciones.

Notas:

  1. Para un estudio puntual del impacto de las NTIC en las sociedades modernas véase Calvillo Barrios et al., 2017.
  2. Se denominó posmodernidad (Lyotard, 1981, Habermas, 1989 y Vattimo, 1989): modernidad tardía (Beck, 2001; Lash, 2002): modernidad líquida (Bauman, 2000, 2001 y 2007); modernidad reflexiva (Beck et al., 1985); e hipermodernidad (Lipovetsky, 1986).
  3. Véase La sociedad sitiada, de Bauman (2004: 32-3).
  4. M. Naím (2017) en El fin del poder lo describe como una dispersión del poder que termina degradando los poderes tradicionales.
  5. Esta clasificación, aunque con otro propósito, fue aportada originalmente por A. O. Hirschman (1991).
  6. El 31 de diciembre de 2020 dejó de ser miembro de la Unión Europea.

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