De la solidaridad internacional a la política de lo cotidiano: las especificidades culturales del Mayo francés

Cincuenta años después de la serie de convulsiones que agitaran a Europa, desde Checoslovaquia a Irlanda, América y el resto del mundo, de México al Congo, del Caribe a Senegal, de Brasil a Japón, numerosos coloquios, seminarios y obras han abordado la historia y la interpretación de los acontecimientos de 1968, según la expresión que comúnmente los define en Francia, a falta de una definición más consensuada. Ha sido el caso, sobre todo en este país, en el que el movimiento estudiantil, partiendo de la Universidad de Nanterre, y las huelgas obreras de mayo-junio quebrantaron el poder gaullista, anunciando una década de movilizaciones sociales. El cúmulo de encuentros y publicaciones dedicados al quincuagésimo aniversario de este levantamiento sin derrocamiento del gobierno —de esta revolución sin Estado mayor, ni programa, ni Palacio de invierno, ni cuartel Moncada— merecería ella, por sí misma, un estudio sociohistórico, en la medida en que revela la confluencia entre las preocupaciones cruzadas de dos generaciones: la que vivió con pasión las huelgas y las manifestaciones, la ocupación de universidades o de empresas, y la que se interroga sobre las perspectivas de transformación social y emancipación colectiva que lucha por desprenderse de las condiciones profundamente modificadas del mundo actual.

La primera, con la guardia baja, e incluso en declive, se preocupa por escribir sus memorias, por modelar su imagen, y por legar a la posteridad esas esperanzas que fueron suyas, y que en su mayoría no pudieron alcanzar. La segunda, con la guardia arriba, cansada de las historias de antiguos combatientes que a menudo son sus propios padres, se inquieta a pesar de todo por escoger de sus vivencias los fermentos de la politización y las soluciones imaginativas para enfrentar los desafíos que se le imponen: el calentamiento climático, el agotamiento de los recursos naturales, el aislamiento en identidades ilusorias, el fortalecimiento de regímenes autoritarios, la profundización de las desigualdades sociales, el desmantelamiento de los sistemas de solidaridad colectiva, el advenimiento de una sociedad de vigilancia generalizada.

Disputas conmemorativas

En un artículo donde describía con ironía la mecánica de las «celebraciones decenales», el historiador Jean-Pierre Rioux (1989) subrayaba que se había declarado en inflación editorial desde el verano de 1968 con la producción obligada de numerosas narraciones de periodistas y ensayos de analistas, entre los que se encuentran los de Edgar Morin, Claude Lefort y Jean-Marc Coudray, Raymond Aron, Alain Touraine,Gilles Martinet o André Fontaine (50). La carrera por hacer comentarios se lanzó sin tomar distancia, al calor de los sucesos, con la participación de autores que habían sido igualmente sus protagonistas.

En su décimo aniversario, en 1978, fecha de elecciones legislativas muy controvertidas, la brecha izquierda-derecha estructura el conjunto del campo político, lo que no impide las disputas internas en el seno de cada lado, sino por el contrario. Luego de la ruptura de las negociaciones sobre la actualización del Programa común del gobierno, cuyo primer capítulo se llamaba «Vivir mejor, cambiar la vida», el 23 de septiembre de 1977, comunistas, socialistas y radicales de izquierda salen al combate de manera separada, azuzados por una extrema izquierda fuertemente comprometida con los movimientos sociales. Cada corriente, cada partido, cada grupúsculo reivindica su parte de herencia de Mayo del 68, en función de su propia lectura de la historia. La derecha parlamentaria se encuentra a sí misma dividida entre los partidarios de un Jacques Chirac, antiguo Primer ministro investido por la legitimidad de su filiación gaullista, y los simpatizantes del jefe de Estado, Valéry Giscard d’Estaing, ocupado en presentarse como reformista para dar pruebas al centro. Si bien la mayoría de los «sesentiocheros» permanece implicada en la acción reivindicativa, algunos hacen ya carrera en el periodismo, la edición, la acción cultural, o la publicidad. Regis Debray (1978) extrae de esto el argumento para enviar a una revista farsas y bromas de la historia del movimiento que, bajo el manto de un gran desbarajuste, habría precipitado la conversión de Francia en una sucursal de la sociedad estadounidense.

Es cierto que una parte de los actores y testigos se inclinan hacia la autocomplacencia. Estos se entregan al modelaje de una iconografía de los sucesos que tiende a subrayar el aspecto heroico y espectacular (Poivre d’Arvor, 1978), producción simbólica destinada a la amplia difusión, recientemente descifrada por una exposición en la Biblioteca Nacional (Leblanc y Versavel, 2018). Al igual que en el caso de la Revolución cubana, cuya atracción internacional se vio amplificada por la circulación de retratos del comandante Fidel Castro vestido de verde olivo y el de Ernesto Che Guevara inmortalizado por el lente de Alberto Korda, pero sobre todo por las tiradas a gran escala que realizaría el editor italiano Giangiacomo Feltrinelli, los curadores ponen al descubierto el papel de algunas figuras emblemáticas, como la fotografía de Daniel Cohn-Bendit tomada por Gilles Caron, miembro de la agencia Gamma, fundada en 1967, con la gran diferencia de que los intereses económicos de esta empresa estaban también en juego. Los manifestantes de mayo denunciaron la sociedad de consumo, pero los iconos que los representan se convierten en productos.

Raspar la leyenda dorada de las barricadas para acercarse lo más posible a las realidades multiformes de los movimientos de 1968, conjugadas en plural (Lavabre y Rey, 1998), se convierte entonces en una de las tareas de la historia actual. Esto pasa por la deconstrucción de las imágenes mediatizadas que sirven de marco, soporte y vector de la memoria colectiva, en la medida en que estas caricaturizan a los «rabiosos» del Barrio Latino, denuncian la reclasificación de los revolucionarios de salón en el comercio y la comunicación, como las serigrafías anónimas del Atelier des Beaux-Arts, adoquines visuales ya considerados como piezas de colección (Artières y De Chassey, 2018).

Es sobre todo cuando los bachilleres de 1968 entran en la cuarentena, veinte años después de los «sucesos», que esta confrontación adquiere su carácter más polémico. La saga en dos volúmenes de Generación, firmada por Hervé Amon y Patrick Rotman (1987/1988) que novelaba la trayectoria de dos docenas de animadores del movimiento estudiantil, complementaba el panfleto de Luc Ferry y Alain Renaut (1985) contra lo que estos dos noveaux philosophes llamabanel«pensamiento del 68», «antihumanismo» con el que mezclaban en una amalgama sin matices a Michel Foucault, Pierre Bourdieu, Jacques Derrida y Jacques Lacan, acusados de servir otra vez, pero más condimentado, al radicalismo a la francesa de las tesis de Carlos Marx, Friedrich Nietzsche, Sigmund Freud y Martin Heidegger.

Al día siguiente de la relección de François Mitterrand a la presidencia de la República, un programa del Canal 5 (primera cadena de televisión gratuita cedida a inversores privados) mostraba que las pasiones aún latían bajo las cenizas y que estas remitían a escenas más antiguas o más lejanas. Veíamos a Jean Rochet que en 1968 se encontraba a la cabeza de la Dirección de Vigilancia del Territorio, servicio policial de contraespionaje, enemigo de Jean-Pierre Vigier, profesor de física nuclear, director de investigación en el Centro Nacional para la Investigación Científica (CNRS, por sus siglas en francés), antiguo miembro del Partido Comunista Francés (PCF) (1940-1968) y miembro fundador del Comité Vietnam Nacional, junto a Alain Krivine, antiguo líder de Juventudes Comunistas Revolucionarias (JCR), convertido en el portavoz de la Liga Comunista Revolucionaria (LCR, trotskista). El primero acusa al segundo de haber sido un agente de la Tricontinental (Rochet, 1985), en cuyo seno habría conspirado para la derrota del régimen gaullista en mayo de 1968, siendo Vietnam solo un «pretexto» para llevar a cabo este objetivo. El interesado lo trata de «basura», cuestiona su pasado «equívoco» bajo la Ocupación y le reprocha atacar la «grandeza» del movimiento de 1968, que este estima de inspiración marxista y del que subraya su dimensión internacional. En cuanto al tercero, deplora «la ofensiva que trata de desnaturalizar el 68», por una parte dando la palabra a «antiguos sesentiocheros» convertidos en «un puñado de arrepentidos que encontramos hoy en el mundo de los negocios de los gabinetes ministeriales», para tratar de «presentar esta explosión un poco fantástica de liberación», que involucró a la juventud y a diez millones de trabajadores, como si fuera «una crisis de adolescencia de los estudiantes, como una revolución cultural», y por otra parte dando lugar a las interpretaciones policiacas que solo ven en los levantamientos de las masas complots urdidos en el extranjero. Irónicamente, le regala al «policía»  Rochet un tintero con forma de adoquín, sugiriéndole que investigue para saber si por casualidad lo habían fabricado en Cuba.

Dos décadas más tarde, la lava se ha enfriado, pero Nicolás Sarkozy, que prepara su mandato en el Eliseo, bajo el dictado de su «pluma» Henri Guaino, piensa que debe aún denigrar el espíritu de Mayo, culpable a sus ojos del desarme moral e intelectual de Francia, punta de lanza de una ofensiva ideológica contra una izquierda bastante debilitada (Audier, 2008). Estos ataques estimulan remembranzas cada vez más numerosas —coloquios, exposiciones y publicaciones— que emanan sobre todo de instituciones culturales y de laboratorios universitarios, quienes convierten (hacen de) los testimonios de época en tema de investigaciones científicas y también en piezas de un patrimonio transnacional. La escritura de la historia contemporánea y las políticas memoriales han sido erigidas en campos de investigación académica en sí (Tartakowsky et al., 2006), por lo que un colectivo de centros de documentación de la historia obrera y social (CODHOS) que agrupa

más de treinta establecimientos, de dimensiones y estatus diferentes y que contribuyen todos a la conservación de los archivos del movimiento obrero y social en Francia, se dará a la tarea de hacer el inventario de la manera más sistemáticamente posible del conjunto de escritos y manifestaciones de todo tipo (comprometidos o no, en París y en la regiones) dedicados al cuadragésimo aniversario de los eventos de 1968: obras, artículos (publicados en revistas científicas, revistas o prensa diaria, nacional o regional), coloquios, jornadas de estudio, debates militantes, exposiciones, programas de televisión o de radio, proyección de filmes, etcétera.

Testimonios


Más allá de la coincidencia de memorias y de las querellas de apropiación o de liquidación de la herencia (Charpenel y Lavabre, 2008), de este inventario se desprenden tres grandes tendencias. Primero se constata la migración del análisis de los hechos partiendo del límite de la actualidad política hacia el de la historia social (Artières y Zancarini-Fournel, 2008). En 2008, si bien la coyuntura económica mundial es alarmante, no se perfila crisis alguna del régimen a nivel nacional: no es el momento de la huelga general reivindicativa, sino de las acciones sectoriales de defensa del empleo y de los servicios públicos. En las facultades, la agitación contra la ley «relativa a las libertades y responsabilidades de las universidades» (LRU, llamada ley Pécresse) ocupa una gran parte de los profesores-investigadores, pero no logra motivar a                                                                                                 los estudiantes. Volver a abordar las interpretaciones de las movilizaciones de fines de la década de 1960 no podría aportar soluciones inmediatas para partir al asalto del orden establecido, sino más bien son instrumentos de análisis de las condiciones de politización de amplias capas de la población. De ahí este cambio de paradigma como lo resumiría Marc-Olivier Padis (2008) en la introducción de un dossier de la revista Esprit: «Menos ensayos, más archivos».

Luego, no es tanto la sucesión ahora bien documentada de los sucesos de mayo, junio, julio de 1968 los que se recolocan en el centro de la atención, sino su prolongación durante la década siguiente, muy poco explorada hasta entonces, lo que suscita reflexiones con nuevas consecuencias. Poco considerada hasta entonces en la medida en que no parecía útil a una capitalización electoral, la inversión de decenas, por no decir de centenas de miles de militantes cuya  gran mayoría carece de afiliación a partido alguno en las organizaciones sindicales, y al mismo tiempo en la construcción y el desarrollo de movimientos sociales, fijándose como objetivo la conquista de derechos para las mujeres, por supuesto, pero también para las minorías sexuales, los inmigrantes, arrendatarios, los sin-abrigo, los llamados al servicio nacional, que trabajan por la defensa del medio ambiente o por la promoción de las lenguas y culturas regionales, reviste en este momento toda su importancia histórica: la de una mutación de la política concebida a largo plazo como una competencia por el control de poder del Estado hacia una política vivida a corto o mediano plazo como una dinámica de transformaciones parciales y graduales de las relaciones sociales: una política de lo cotidiano.

Finalmente, esta conversión que obliga a los investigadores a observar no solamente el foco principal del terremoto de 1968, a través del catalejo de la historia de los acontecimientos, sino también, sus múltiples réplicas en las capas más profundas de la sociedad, explica que los líderes del movimiento estudiantil hayan dado espacio, en los trabajos más recientes, a centenares de actores anónimos.

Mientras que las citas decenales anteriores habían estado marcadas por intentos de síntesis, la marea editorial del cincuentenario aportó sobre todo el relato de vidas, recogidos por equipos de investigadores en sociología política a través de toda (la) Francia (Dormoy-Rajramanan et al., 2018; Fillieule et al., 2018) o más específicamente en Marsella (Fillieule y Sommier, 2018) de aquellos hombres y mujeres que movidos por la esperanza de transformar el mundo comenzaron por cambiar sus vidas, incluso en algunos casos llegaron a instalarse en una fábrica para compartir la condición obrera (Martin et al., 2015). Una de las consecuencias de búsqueda de testigos resulta ser un mayor alejamiento de las referencias cronológicas del fenómeno. El análisis de las trayectorias individuales de los militantes, así como el de la política nacional y de la situación internacional, resaltan de manera inequívoca el papel precursor de la guerra de independencia argelina, que contribuye a la redistribución de los naipes entre las fuerzas hostiles o favorables a la autodeterminación de la antigua colonia, pero también a la radicalización de un sector de la juventud que se niega a la misión represiva que la obligan a cumplir bajo la bandera. A este respecto, el papel de la Unión Nacional de Estudiantes de Francia (UNEF), hegemónica en las universidades en 1960, el primer sindicato francés que estableció relaciones estrechas con la Federación de Estudiantes Musulmanes de Argelia (UGEMA) (disuelta por el gobierno de Michel Debré), resulta determinante por haber apoyado a los insumisos y sobre todo haber sensibilizado el medio estudiantil en los rudimentos de la solidaridad internacional (Wallon, 2015).

En esta cosecha de testimonios, el de Marine Storti (2018b), una estudiante de filosofía en la Sorbona, futura figura de los movimientos feministas, condensa bien lo que ella califica de «aceleración de los corazones, de los cuerpos y de las almas»: «varias semanas de vida normal suspendidas, donde los modos de la vida habitual se rompen, se borran […] un paréntesis en la vida cotidiana para todo el país».

Este retorno al sentimiento, este llamado a las emociones, nueva categoría de la historia cultural consagrada por Alain Corbin et al. (2016/2017), toca a todas las categorías de actores: estudiantes, trabajadores, amas de casa, artistas, desempleados, sin olvidar a los policías entonces jubilados y cuyas palabras, hasta ese momento confiscadas por su jerarquía, es recogida por primera vez en este documental.

Actualización y reconstitución de hechos

En 2018 la evolución de los temas, los métodos, y el corpus de investigación se acentúa aún más, al mismo tiempo que se amplió la ronda de instituciones implicadas en una evocación que a partir de ese momento hace rimar herencia con homenaje: «Combinando el programa de diferentes actores culturales, en París y en Ile-de-France, el sitio de Internet soixantehuit.fr comparte con un público más amplio toda la riqueza y la diversidad de estos homenajes». El Centro Pompidou, llamado como su fundador, quien estuvo en Matignon en 1968 y, a este título, es el artífice de los acuerdos de Grenelle que permitieron una disminución progresiva de las huelgas, no duda en declararse habitado por el espíritu de mayo. Impugnando de antemano toda conmemoración a través de su programa «Mayo 68-Asamblea general», el establecimiento público pretende cuestionarse sobre «su permanencia y su reactualización» como para asegurarse de que el aliento de la revuelta no deje de animar esta gran plaza de la legitimidad cultural. Sorprendente pirueta de la historia, si pensamos que los manifestantes de mayo y junio de 1968 hundieron la Sorbona, anexaron Bellas Artes, ocuparon el Odeón, anularon el festival de Cannes e incordiaron el de Avignon.

Universidades, bibliotecas, centros de arte, teatros, forman parte de esta «reactualización» en la capital, los barrios de la periferia, las regiones. Por ello el Teatro de la Comuna de Aubervilliers organizó del 8 al 13 de marzo de 2018 «una semana de la universidad ideal» en la que se mezclaron las matemáticas con cine y arquitectura, la poesía con la política en un estilo ferviente ni siquiera criticado por el filósofo Alain Badiou, fiel al maoísmo de su juventud y perteneciente a este centro dramático nacional:

La ciencia, el arte, el pensamiento político vuelven a ser verdaderas herramientas de la revolución cultural. Con la realización de talleres prácticos, porque las revoluciones formales se experimentan. Luego con sesiones de deliberación, para puntualizar nuestras preguntas, seguir debatiendo sobre lo que esa universidad soñada hubiera despertado en nosotros, nuestros anhelos, nuestros grandes problemas, las intuiciones por resolver pero también nuevas maneras de hablarnos y de aprender.

Hay que destacar que esta retórica no salvó a la dirección del teatro en los meses subsiguientes, la praxis de un conflicto social animado por los miembros de la Confederación General del Trabajo (CGT). En el Odeón, Teatro nacional convertido por sus ocupantes en fórum permanente del 15 de mayo al 14 de junio de 1968 (Abirached, 1994; Rauch, 2008; Guénoun, 2012), la velada o más bien la «performance histórica» bajo el título de «El espíritu de mayo» animada por el historiador Antoine de Baecque con numerosos invitados, el 7 de mayo de 2018, se transforma en happening acalorado cuando el director del lugar, Stéphane Braunschweig, menos conciliador que su predecesor Jean-Louis Barrault, llama a las Compañías Republicanas de Seguridad para desalojar a los estudiantes (y detener a algunos ) que trataban de infiltrarse sin pagar la entrada con el objetivo de hacer escuchar sus propias reivindicaciones, intervención violenta que causa un gran malestar en la sala (Diatkine y Dreyfus, 2018).

Mejores desenlaces tuvieron las realizaciones Théâtre Nanterre-Amandiers en el marco del festival «Mundos posibles». En la sala polivalente, la directora serbia Sanja Mitrović, presentaba My Revolution is better than yours, sobreponiendo un doble palimpsesto, en el escenario y en la pantalla, de imágenes reinterpretadas de distintos momentos insurreccionales en Argelia, Francia, Checoslovaquia, Rusia o Serbia, conjugados en presente con parlamentos de actores en primera persona del singular, y con escenas reconstituidas (re-enacted) del filme de Louis Malle Viva María (1965), filmado con un fondo imaginario de la Revolución mexicana. Este espectáculo lograba lo que las reconstituciones institucionales o los seminarios científicos no siempre logran, alertar a los participantes sobre el carácter artificial y fragmentario de nuestras representaciones de un pasado cuyas huellas están aún vigentes en el cuerpo social. Al mismo tiempo, en el taller de escenografía, Gwenaël Morin reconstituía Paradise Now, espectáculo mítico del Living Theater cuya interrupción en 1968 había conmovido a toda la ciudad de Avignon. Una vez más, «la reactivación» con cincuenta años de diferencia con una forma artística y con un gesto político en un contexto y en una coyuntura completamente diferentes mostraba efectos contrastados, las perspectivas contemporáneas surgían donde menos lo esperaban los espectadores.

Contagio y circulaciones

Un cuarto eje de investigación se perfila entonces en este cincuentenario, orientado el estudio de las trasmisiones internacionales entre distintos movimientos que intervinieron en la escena política, social y cultural alrededor del año 1968. Cuatro coloquios, entre otros, tomaron este camino: «Los mundos del 68», «68: el arte de la revuelta», «El otro 1968: la herencia de la Primavera de Praga en una perspectiva transeuropea», en París, así como «1968: Warschau-Berlín» en la capital alemana. La Universidad París-Nanterre no se quedó detrás e inauguró la serie con «Tras las huellas del movimiento del 22 de marzo», el 23 y 24 de marzo, y reunió testigos, archivistas e investigadores, y terminó con el taller internacional de La Habana, «Los 1968: miradas desde hoy», del 8 al 10 de noviembre. Todo ello en 2018.

Es cierto que el Movimiento del 22 de marzo, precursor del Mayo francés, revindica de entrada un internacionalismo que ocupaba un lugar importante en las luchas de liberación nacionales haciéndose eco de la consigna guevarista de «crear dos, tres, muchos Vietnam», incluso si sus animadores parecían mucho menos atraídos por «su parte de muerte y de inmensas tragedias» (Guevara, 1967). En el contexto neocolonial que siguió a la Guerra de Argelia y a las independencias africanas, el movimiento estudiantil francés, como sus pares en Alemania, Italia, México o Japón, se nutre de la denuncia de la intervención estadounidense en Indochina. Inspirado por la Revolución cubana, atento a los ejemplos extranjeros de los que solo percibe reflejos, sus consignas, en cambio, adquieren rápidamente una dimensión mundial, como lo indica, por ejemplo, un folleto italiano (mimeografiado, sin firma y sin fecha), titulado 1, 2, 3 molte Nanterre e ilustrado con una fotografía de una operación policial en esa universidad, que arremetía contra la reacción burguesa y la «recuperación reformista». Sin embargo, sigue intacta la cuestión de saber lo que fenómenos tan diferentes puedan tener en común, a pesar de las singularidades de los contextos nacionales y de los climas políticos. Además de la evidente concordancia de tiempos, que incita la imaginación pero se resiste a explicaciones unívocas, a la aparente convergencia de movimientos se oponen, en efecto, la separación de los espacios y la disociación de lógicas de un país a otro.

Una primera hipótesis de investigación aborda la permeabilidad entre sistemas que creíamos relativamente impermeables, pero cuyos escenarios locales, regionales o nacionales se hacían eco de los rumores de espacios más lejanos. De esta manera la guerra de Vietnam provocaría tomas de conciencia y protestas no solamente en los campus estadounidenses, las universidades alemanas, italianas y francesas, sino también entre las clases instruidas de países recientemente emancipados de la tutela colonial. Así pues, la radicalización de sectores del movimiento por los derechos civiles, luego del asesinato de Martin Luther King, se agudiza en las Antillas, pero también en Abiyán, Brazzaville o Kinshasa surgen cuestionamientos sobre la condición negra, tras la huella de los análisis de Franz Fanon (1952; 1961). Igualmente, la esperanza avivada por la Primavera de Praga y la conmoción generalizada luego de su aplastamiento por los tanques soviéticos rebasaron ampliamente las fronteras de las «democracias populares» de Europa para sacudir el conjunto de partidos que se proclamaban comunistas, en Cuba y en otras partes. Es, sin embargo, con relativa indiferencia, que el régimen de Władysław Gomułka pudo silenciar el movimiento estudiantil de marzo del 1968 y dar al general Mieczysław Moczar (ministro del Interior) autorización para desencadenar una campaña antisemita en Polonia, bajo pretexto del «imperialismo de Israel» en la Guerra de los seis días. Sangrienta, la represión sufrida por los estudiantes mexicanos la víspera de las olimpiadas tuvo, por su lado, repercusiones en el mundo entero. Asimétrico pero ferviente, un nuevo internacionalismo nacía para bien o para mal bajo la bandera del anticolonialismo y del antimperialismo. Hablar de transferencias entre movimientos tan diferentes sería sin duda abusivo, pero tanto los hechos como los discursos muestran contaminaciones recíprocas en este estado de la mundialización.

Con el paso del tiempo, el análisis del caso de Francia confirma la fuerte permeabilidad entre la esfera nacional y un entorno internacional caracterizado por la progresión de luchas de independencia en los cinco continentes. Esto revela también la gran permeabilidad entre la escena política y la artística, ambas marcadas por la irrupción de la juventud como protagonista y sujeto de la historia, así como por la emergencia de movimientos sociales relativamente autónomos respecto a los partidos. Durante la década siguiente, estos últimos se mostraron más urgidos por cambiar la vida cotidiana que por cambiar el régimen constitucional.

Sin que podamos declararlas como contagiosas, ciertas especificidades culturales de la primavera francesa se asemejan a los fenómenos observados con diferentes grados de intensidad en los cinco continentes.

Centralidades impugnadas

El primer elemento relevante es la ausencia de una acción central, inesperada, brutal, cuya realización hubiera traído aparejada la reacción en cadena que hubiera conducido a la huelga general seguida por alrededor de diez millones de empleados de todas las categorías. Cada vez que un hecho generador es aislado por los cronistas o por los historiadores, hay otro que aparece como candidato al mismo rol de detonador. Por eso la ocupación del edificio administrativo de la facultad de Nanterre, en marzo, que había sido precedido por un episodio significativo de enfrentamiento con el gobierno, fue abortado en su intento de tomar el control de la cinemateca francesa en detrimento de su fundador Henri Langlois. Esto le bastó al semanario Les Inrockuptibles, para escribir a posteriori, en mayo de 1998: «Mayo del 68 no empezó ni en marzo ni en mayo, sino el viernes 9 de febrero a las diez de la mañana. Ese día había tenido lugar la reunión del consejo de administración de la Cinemateca francesa» (Bonnaud, 1998). Por muy decisiva que haya sido la contraofensiva de los cineastas independientes, con François Truffaut al frente, a la que se mezclaron grupos de estudiantes, Daniel Cohn-Bendit el primero, con el apoyo de numerosos intelectuales reconocidos, podemos ver aquí una lectura parisina de la historia que tiende a colocar en primer plano los episodios de una batalla de ideas que no podría tener otro escenario que el de las calles y los cafés de la capital.

Si buscamos primero los signos del nacimiento de la profunda aspiración a la dignidad de millones de obreros que saldría a la superficie de mediados de mayo a mediados de junio, hay que buscar mucho más al oeste, entre los anónimos.

Mi padre estaba muy orgulloso de decir que mayo del 68 había comenzado en Caen. Y es cierto, desde enero, además, que los estudiantes, se movilizaron contra el ministro de la educación nacional de la época, Alain Peyrefitte, venido a la facultad para inaugurar el nuevo edificio de Letras. El 18 de enero, a los estudiantes se unen rápidamente los obreros de la SAVIEM (fábrica de camiones, filial de Renault, en Blainville-sur-Orne) que reclaman un aumento de salarios. Cerca de mil quinientos obreros deciden por mayoría una huelga ilimitada a partir del martes siguiente.[1]

Dirigida por jóvenes obreros de origen rural cuya docilidad había sido sobrestimada por el patronato, se extiende rápidamente a las fábricas de los alrededores. La policía trata de forzar los piquetes de huelga, y las manifestaciones de protesta del 26 de enero, duramente reprimidas, se convierten en un levantamiento (Quellien y David, 2008).[2]

Más bien se trata de una serie de hechos lo que explica la congruencia de distintas reivindicaciones y la alianza de movimientos dotados de lógicas autónomas. Para ofrecer una idea de la variedad de causas de la erupción, incluso en Nanterre, las autoridades académicas quedan desconcertadas por la conjunción entre las consignas de solidaridad internacional con Vietnam (amplificadas por la detención de seis militantes por el ataque a la sede de la America Express Company) y de exigencias relativas a la vida cotidiana, revelando la aspiración de los hijos del baby boom a una sexualidad menos controlada. La exigencia de una residencia universitaria mixta, reafirmada y practicada contra el reglamento desde marzo de 1967, fue quizás el inicio de la protesta que ya quebrantaba «uno de los mayores tabúes de las autoridades», como lo cuenta un testigo de este primer «comienzo de la primavera».

Y entonces, una noche, en el cine-club […] un tipo se levantó y gritó: «¡Todo el mundo para la residencia de mujeres!». Y a causa del voto de la AG por una parte, a causa del filme que era tan estúpido, y en general de nuestra vida estúpida en Nanterre, allá fuimos. Y regresamos al día siguiente, y al otro. Y fue entonces cuando el decano llamó a la policía. Durante la noche, desembarcaron en el pabellón de las mujeres, con nosotros dentro. (Merle, 1970)

De la misma manera, en el caso de los empleados de la industria con la demanda de aumentos salariales abarca toda una serie de esperanzas vinculadas con la vida cotidiana, empezando por la mejora de condiciones de trabajo (Lavabre y Rey, 1998).

La segunda característica importante es relativa a la falta de un líder carismático. Si bien Cohn-Bendit, con 23 años, encarna burlón la insolencia de una juventud estudiantil politizada, sin complejos, en ningún momento se posiciona como un jefe capaz de estructurar el movimiento o de ejercer una autoridad en él. Fue en la interpelación al ministro de la Juventud y los Deportes François Missoffe el 8 de enero de 1968, durante la inauguración de la piscina del campus, para reprocharle que en las seiscientas páginas de su Livre blanc sobre la juventud había ignorado los «problemas sexuales de los jóvenes», que un estudiante en sociología de ideas libertarias, «no-organizado» como se le llamaba entonces a los que no estaban afiliados a ningún partido político, sale de las sombras, y este altercado es el factor que desencadenara contra él un procedimiento disciplinario (Brillant, 2015). El 22 de marzo, es cierto que toma las riendas del grupo que embiste el último piso del edificio administrativo de la universidad y ocupa la sala del Consejo para protestar contra la detención de seis miembros del Comité Vietnam Nacional. Si en lo adelante siguió lanzando iniciativas e improvisando acciones, el «Movimiento 22 de marzo», que se organizaría más tarde como resultado de esta gesta, nunca lograría —y probablemente nunca lo haya intentado— realmente controlar y orientar la movilización del conjunto de estudiantes y mucho menos la de los empleados. Los otros dirigentes que surgen de las AG, Alain Geismar (secretario general del Sindicato Nacional de la Enseñanza Superior —SNESUP—, 28 años, o Jacques Sauvageot vicepresidente de la UNEF, 25 años) pudieron hacer el papel de portavoces pero no tuvieron ascendiente en un movimiento de mil caras.

No hay referencias a Wilheim Liebknecht, Rosa Luxemburgo, Lenin, Mao, Ho Chi Minh o Fidel Castro. Tampoco existe una consigna federativa como la promesa de «tierra para los campesinos» (que los bolcheviques tomaran prestada a los socialistas revolucionarios de izquierda la Rusia de 1917), «pan, paz, libertad» (triple objetivo del frente popular de la Francia de 1936), ni denunciadoras como «abajo la represión policial» o incluso llamados a la consolidación del movimiento como «Todos somos judíos alemanes» o «Estudiantes-obreros-solidaridad». La multiplicidad de consignas que surgen los de los desfiles del 13, 24 y 29 de mayo solo encuentran equivalentes de la licencia poética de los grafitis que adornan las palizadas: «Bajo los adoquines la playa» y otros «Gocen sin obstáculos».

La cuarta característica de esta «revolución cultural» está en la ausencia de un órgano dirigente. Diagnosticado desde el verano por los activistas de extrema izquierda como la principal causa del fracaso político de la revuelta, y confirmado por la rapidez del regreso al orden al día siguiente de la victoria gaullista de las elecciones legislativas del 23 y 30 de junio, esto llevará a miles de ellos, a lo largo de los años 70, a la construcción de grupúsculos competidores, núcleos ilusorios de un futuro partido revolucionario. Ni las JCR de Henri Weber, Daniel Bensaïd y Alain Krivine, que se definen trotskistas; ni la Unión de Juventudes Comunistas Marxistas Leninistas (UJCMl) de Robert Linhart, Benny Lévy, Tiennot Grumbach, Jacques y Claudie Broyelle (pero también Serge July, Jean-Pierre Le Dantec, Gérard Miller y muchos más), de inspiración maoísta; ni sus rivales de las capillas vecinas (lambertistas, pablistas o incluso los «maos» espontaneístas); ni los anarquistas y libertarios, menos atraídos por el modelo leninista, lograrán imponer su liderazgo a este nuevo movimiento marcado por una gran cantidad de corrientes.

El PCF, el más influyente de la clase obrera, cuyo estado mayor trató de utilizar toda su fuerza para canalizar el movimiento y sacar dividendos electorales continuaba en realidad su erosión progresiva, afectado por su descrédito en los medios intelectuales luego de la intervención soviética en Budapest en 1956, y luego con la invasión de Checoslovaquia por las tropas del Pacto de Varsovia el 21 de agosto de 1968. Ese año marca un punto culminante en la dispersión de corrientes socialdemócratas. Habrá que esperar tres años para que surja de entre los escombros la Sección Francesa de la Internacional Obrera (SFIO) agonizante, cuyo candidato Gaston Defferre solo recogió 5% de los votos en las elecciones de 1969, un nuevo partido socialista que respaldaba a François Mitterrand, en el congreso de Épinay en junio de 1971.

Con el acaloramiento de las mentes y lo febril de los discursos fuera de la forja de las organizaciones tradicionales (partidos, sindicatos, movimientos confesionales, asociaciones de educación popular), era tentador para los cronistas imputar al éxito de una doctrina dominante el contagio de tamaña hostilidad a las jerarquías y a las autoridades. El existencialismo fue el primero en recibir el crédito, sin dudas de manera errónea. Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, recibidos por un jovial tumulto en la Sorbona ocupada, el 20 de mayo, nunca pretendieron haber insuflado el espíritu de protesta ni el haber provocado el socavamiento que sus escritos o sus actos quizás prepararon, pero que no hubieran podido anticipar más que otros. El clima intelectual que caracteriza los debates de mayo, junio y julio de 1968 se asemeja a un magma ideológico en el que se enfrentan oradores cuya fraseología marxista, con referencias a las revoluciones rusa, china y cubana enmascaran con dificultad la falta de elaboración aplicada a la situación francesa. Especialista de la historia intelectual, François Dosse, como muchos otros, trata de definir las bases teóricas de la corriente radical que, en el medio de los años 60, bullía en la Unión de Estudiantes Comunistas (UEC) diferenciándose a la vez de los estalinistas más o menos alineados con Moscú, de los «italianos» atraídos por una apertura mayor y los maoístas formados tras las huellas de Louis Althusser en la escuela normal superior de la calle de Ulm:

Sus referencias teóricas son una mezcla de Victor Serge, Lenin, Trotski, Rosa Luxemburgo y para analizar la sociedad francesa André Gorz. Esta mezcla extraña suscita una esperanza revolucionaria en la que la protesta estudiantil debería jugar un papel motor. (Dosse, 2018)

En cuanto los situacionistas, si bien participaron activamente en los sucesos, si su arte del desvío pudo inspirar algunas consignas como «Prohibido prohibir» o «Sean realistas, pidan lo imposible», si el ensayo de Guy Debord (1967) sobre La sociedad del espectáculo parece retrospectivamente haber esclarecido la crisis, su Internacional (IS) —como la internacional letrista (IL) animada por Isidore Isou, y cuyos fundadores se separaron— era demasiado confidencial para imprimir directamente su marca en el curso de la historia. La seducción que las «derivas» situacionistas y las máximas de Debord siguen ejerciendo sobre una juventud renuente a los estándares de la sociedad de consumo y a los productos de la industria del entretenimiento, en particular entre los medios artísticos europeos (Finburg Delijani, 2019), no implica en modo alguno que fueran las únicas fuentes donde bebieran las vanguardias de la época, ni que estas deben ser tomadas al pie de la letra en la actualidad.

La juventud en escena, el arte en la brecha

Al no poderse explicar la dinámica de un movimiento social a través de sus lagunas, podemos destacar tres categorías de factores entre los que alentaron de manera positiva su desarrollo.

La primera serie de fenómenos, tempranamente identificada por los sociólogos, tiene que ver con la dimensión generacional que reviste la movilización antes de asumir características de clase: nacida del baby boom entre 1945 y 1950, y al haber tenido un acceso a los estudios secundarios de manera más masiva, la juventud avanza en tres frentes, tomando conciencia de su existencia colectiva en la experiencia de esta exposición pública. Mientras que los estudiantes interpelan a los órganos académicos y que trabajadores de apenas veinte años impugnan la autoridad patronal en el terreno, jóvenes provenientes de medios urbanos desafían los poderes políticos en la calle. Considerándose a sí mismos como «herederos» —la obra llamada así por Pierre Bourdieu y Jean-Claude Passeron había salido en 1964—, los primeros se interrogan sobre el papel al que están destinados por la reproducción social en detrimento de los menos instruidos. Los más críticos no dudan en fustigar al movimiento del que son, sin embargo, la columna de avanzada, como demuestra este texto de aprendices de sociólogos y publicado en abril en la revista Esprit:

Hay que disipar los argumentos estalino-touraininos sobre un movimiento estudiantil de masas con intereses convergentes. Tanto por su origen social como por el hecho de aceptar convertirse en asalariados de diferentes aparatos autoritarios (Estado, empresa, sociedad publicitaria, etc.), la mayoría de los estudiantes ya son conservadores». (Cohn-Bendit et al., 1968)

En resumen, son las fuerzas policiales las que provocaran en su detrimento, a sus expensas, la unidad de estos tres componentes de las barricadas. Sin embargo, a medida que las huelgas con ocupación se multiplican en las empresas del país, a pesar de los llamados a la convergencia de causas, la dicotomía entre el joven obrero especializado, poco calificado, y el «hijo de papá» de los barrios buenos se acentúa, explotada por la propaganda de los dirigentes comunistas franceses, y de sus seguidores en el seno de la principal central sindical, la CGT.

Un segundo conjunto de fenómenos se manifiesta en el universo de las formas. Su importancia y su complejidad son tales que reclamaría para sí mismo varios tratados. Sería imposible en realidad aprehender esta crisis de la representación política sin abordar las transformaciones intervenidas previamente en el sector de las representaciones estéticas. Los años 60 quedarán quizás en la historia de las artes incluyendo todas las disciplinas, sino como uno de los más fecundos, al menos como la última agitación de las vanguardias que se declaraban como tal, apoyadas por manifiestos, provocaciones y actos relámpago. Contrariamente a lo que había pasado en la entreguerras, cuando París era el punto de unión de innovadores y francotiradores de todas las tendencias, Francia ya no es el espacio de predilección, debe compartir este privilegio con otros países europeos, las costas este y oeste de los Estados Unidos y algunas capitales de América latina. Esto no impide que la patria de Marcel Duchamp siga siendo un gran espacio de invención de nuevas concepciones de la relación del arte con lo real.

Este veredicto es válido, por supuesto, para las artes plásticas con Yves Klein, Jean Dubuffet, Henri Cueco, Gérard Fromanger, Martial Raysse, Ben y otros. Se impone en el cine donde el éxito de la nouvelle vague (Alexandre Astruc, Agnès Varda, Jean Rouch, Chris Marker, François Truffaut, Jean-Luc Godard, Jacques Rivette, Cluade Chabrol, Jacques Rozier, etc.), procedente de un uso inédito de la crítica, incita a otras aventuras de producción. También es cierto para la música (del cantante rive gauche al autor intérprete protestatario, del compositor serial «integral» al maestro de la electroacústica), en la literatura con le nouveau roman o en la escritura descarnada de un Pierre Guyotat. El teatro público, ya debilitado por la obra de Jean Genet cuya creación de los Paravents en el Teatro de Francia en 1966 había suscitado una batalla alineada, experimenta en Nancy (Thibaudat, 2017) el choque del encuentro con las compañías experimentales o militantes venidas de Polonia (Tadeusz Kantor, Jerzy Grotowski), así como de los Estados Unidos (Bred and Puppet, Living Theatre), mientras que los jóvenes grupos del hexágono como los teatros del Sol, de la Tempestad, del Acuario buscan su camino fuera de las instituciones. Es uno de los sectores donde el apoyo estatal, impulsado por la política cultural de André Malraux en el Ministerio de Asuntos Culturales desde 1959, choca contra los obstáculos de presupuesto, pero también de políticas y símbolos. El antagonismo entre arte «oficial» y cultura «alternativa» se escuchará más fuerte en mayo, junio y julio de 1968, con la ocupación del Odéon, la reunión de Villeurbanne, la agitación de Avignon (Abirached, 1994; Rauch, 2008; Guénoun, 2012; Jouve, 2018). Los gérmenes del arte callejero también estuvieron sembrados en esos años, fundamentalmente gracias a los primeros happenings de Jean-Jacques Lebel (Wallon, 2018). Incluso los bailarines discretos, en particular algunos coreógrafos y profesores, fomentan durante este período las rupturas estéticas y pedagógicas de las que más tarde sacarán conclusiones políticas en la Sorbona ocupada (Papin y Sintès, 2014).

La creación artística que defiende encarnizadamente su autonomía frente a las pretensiones del discurso político que la quiere reclutar, la articulación entre vanguardias poéticas y capas revolucionarias seguirá siendo muy flácida, tanto antes como después de 1968 (Wallon, 2007). Pero todo lo que los investigadores ordenan como nuevas perspectivas, los exploradores obstinados lo amplían con el trabajo de la crítica y el movimiento del pensamiento. Es ahí donde radica el tercer tipo de fenómenos que confiere su particularidad al Mayo francés. Evocar, aunque sea rápidamente, lo fecundo de los trabajos de Roland Barthes en semiología, de Claude Lefort, Cornélius Castoriadis, Michel Foucault, Gilles Deleuze, Félix Guattari, Jacques Derrida en filosofía, de Pierre Bourdieu, Jean Baudrillard y algunos otros sociólogos durante los 60 no significa validar la tesis de un «pensamiento del 68» unificado, y aún menos ceder a las aproximaciones que la funda, ni siquiera contradecir lo que escribíamos antes sobre la ausencia de una ideología directriz —ausencia que el vulgo marxista podía enmascarar pero no colmar. Fue simplemente subrayando la riqueza y el eclecticismo del entramado conceptual como los militantes de la década siguiente pudieron nutrirse para armar sus «revueltas lógicas» un poco como los «locos» de la calle Gay-Lussac se habían armado con las rejas de los árboles, las señales de tránsito y los adoquines en la noche del 10 de mayo de 1968.

Acceso de la juventud escolarizada a la madurez de un tema político, transgresión de las convenciones de representación por los artistas independientes, aliento al ejercicio de la duda y de la crítica por los pensadores próximos a la sociedad: la coalición de estos tres grupos de factores no solamente permitió el desencadenamiento de los «sucesos», sino también favoreció proliferación en rizomas (Deleuze y Guattari, 1980) de miles de líneas de reflexión y de acción con los que se conformaron los movimientos sociales así como las experiencias comunitarias de los 70.

Subvertir el orden social

«“Transformar el mundo”, dijo Marx. “Cambiar la vida”, dijo Rimbaud. Estas dos consignas para nosotros son solo una». Autor de esta declaración en 1935, André Bretón no podía imaginar que movimientos sociales de naturaleza muy diversas iban, poco después de su muerte en 1966, a apropiarse de su principio dando primacía, sin embargo, frente a la resistencia de los sistemas globales, a la segunda fórmula. El auge de estas movilizaciones de fondo, que se fijaron objetivos ambiciosos pero concretos y gradualmente alcanzables, se dotaron de estructuras más horizontales que las de las organizaciones tradicionales, esa fue la gran cuestión de los años 70. La universidad que tan a menudo se había interesado en sus propios disturbios de 1968 durante mucho tiempo dejó de hacerlo. Diez coloquios no agotarían la abundancia de material que estos años guardaran en los archivos y las memorias. «Sí papá, sí mi amor, sí patrón… Estoy harta»: si el movimiento de mujeres, la más importante de todas estas empresas colectivas, no solamente en la dimensión numérica, sino desde el punto de vista de cambios simbólicos, jurídicos, económicos y culturales que esto provocó, incluyendo en el seno de otros movimientos, comenzó formalmente dos años después de ese gran desfile masculino que también fue el movimiento estudiantil de mayo, no hay duda de que este último incubó las condiciones para que surgiera (Storti, 2006; 2018a). Podemos decir lo mismo de los primeros grupos de liberación homosexual, de los colectivos en favor de la antipsiquiatría, de los comités de soldados, de las luchas por la denuncia de la condición en las prisiones, etcétera. Trabajo, educación, salud, vivienda, alimentación, entretenimientos, deportes, cultura, medioambiente, inmigración, ningún sector de la vida cotidiana fue olvidado en este cuestionamiento —general en su objetivo, sectorial en su práctica— de lógicas de dominación social. Los militantes políticos «con carnet» de un partido o afiliados a un grupo participaron activamente en estos movimientos, logrando a veces enmarcarlos, pero nunca federarlos. Es en esta diversidad de potencialidades de cambio y en la dificultad de unirlos que reside sin duda el principal legado de mayo del 68.

Los rebeldes amateurs y los revolucionarios profesionales a menudo lo aprenden a su costa, de hecho la acumulación de motivos para sublevarse, raras veces culmina en huelga general y aún menos en la insurrección, ni siquiera conduce a la «convergencia de luchas» por la que trabajaban incansablemente los militantes. Esto no es inevitable, sino al contrario, pues los intereses de categorías tienden a primar sobre las aspiraciones generales de emancipación. A partir de ahí la pregunta que hacemos a la historia es: ¿de qué manera la referencia de 1968 actúa en el presente?

Analizar los sucesos de mayo y junio como una revolución frustrada sería cometer un doble error: primero porque el derrocamiento del poder existente no fue ni planificado ni programado por los huelguistas ni por los manifestantes; luego porque las diferentes formas de politización y de implicación colectiva que este desborde de imaginaciones y esta liberación de energías estimularon y prepararon el terreno para futuras transformaciones en numerosos sectores de la vida social: desde la enseñanza hasta la sexualidad, del hábitat a la agricultura, de la organización del trabajo al estatus de las minorías. La militante establecida en la fábrica para fundirse con la clase obrera, el enfermero «salido del clóset» para reivindicar su homosexualidad, la citadina que se fue a una aldea de las Cévennes para criar cabras y el tribuno reconvertido en periodista eligieron vías divergentes para prolongar este impulso, pero siguieron siendo cada uno, a su manera, protagonista de la historia.

Si bien no logró para nada el derrocamiento del régimen gaullista mucho menos un cambio del sistema capitalista, el levantamiento relativamente pacífico de la juventud estudiantil, aliada con un movimiento obrero de una amplitud inigualable pero de una violencia contenida, sigue siendo a través del mundo un motivo de interés y una fuente de esperanza, en la medida en que sus repercusiones próximas y lejanas debilitaron las autoridades de tipo patriarcal y aceleraron una transformación de los modos de vida del conjunto de la población. Es bastante dudoso que haya inspirado la movilización de los «chalecos amarillos», sublevada a bastante distancia de Nanterre y del Barrio Latino, y que ha acaparado la atención pública y movilizado las fuerzas de policía durante el otoño y el invierno del año del cincuentenario. La observación vale para cualquiera que trate de sacar de la inteligencia del pasado una fórmula que le permita escribir el futuro. Sin embargo, parece cierto que el desconocimiento de los mecanismos que actuaron en aquellas dinámicas sociales obstaculizaría cualquier proyecto de influir, por poco que sea, en las dinámicas que se renuevan en la actualidad.

Notas:

[1] Texto del espectáculo puesto en escena por la autora, Maryse Meiche, en la Maison des Métallos, 20 y 21 de diciembre de 2018.

[2] Véanse también testimonios de los acontecimientos en Mauger (2018) y fotografias en Caron (2018).

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