En cierta ocasión, durante una presentación, me preguntaron: ¿quién quiere que yo conozca esta información? Como la fuente puede ser tan importante como la información en sí misma, quiero identificarme, así como identificar a la organización de investigación para la cual laboro. Soy educador e historiador y serví para el Departamento de Salud, Educación y Bienestar del gobierno de los Estados Unidos, en la administración Ford. Soy un político independiente, ni demócrata ni republicano. Actualmente trabajo en la Fundación Kettering, no gubernamental y no partidista, que tradicionalmente se dedica a la investigación cooperativa. Sus prácticas resuelven problemas concretos; por ejemplo, el motor eléctrico de arranque de los automóviles y otros dispositivos útiles creado por Charles F. Kettering. El objetivo primario de investigación de este centro se resume en una pregunta: ¿qué hace falta para lograr que la democracia funcione como debería?

La investigación de la Fundación se enfoca desde el punto de vista de los ciudadanos, o sea, en lo que ellos pueden hacer colectivamente para enfrentar los problemas que afectan sus vidas, comenzando por sus comunidades. Los estudios de la democracia se restringen a los Estados Unidos, aunque se intercambia resultados con organizaciones de más de cien países. Kettering ofrece sus hallazgos investigativos a cambio de conocer los resultados de las acciones prácticas de otros, en aras de mejorar sus vidas. El fin es aprender unos de otros.

La democracia tiene muchas definiciones, y la utilizada por Kettering se remonta a tiempos anteriores cuando los griegos nos aportaron el vocablo. Distinguimos los orígenes de la democracia en las lecciones de supervivencia que recibieron nuestros ancestros prehistóricos, que descubrieron que mantenerse vivo requiere de tomas de decisión y acciones colectivas. Ello requería también que los beneficios de la acción colectiva fueran compartidos equitativamente, de otro modo la gente hubiera abandonado la tribu, debilitándola. En el transcurso del tiempo, estas lecciones fueron incorporadas a las normas y leyes políticas.

Redescubriendo la comunidad en los Estados Unidos

Este artículo se refiere a una tendencia significativa de la actualidad de los Estados Unidos: el redescubrimiento de la comunidad. La definición de comunidad tiene su etimología en la palabra latina communitatus. Prestamos atención a los tres elementos que componen el vocablo: com, derivado de cum, un prefijo que significa «con» o «junto»; munis, que significa intercambios que vinculan,1 y tatus, que significa pequeño o local. Las comunidades que estudiamos son grupos de personas de un determinado lugar, que se unen para intercambiar aquello que promueve su bienestar colectivo.

En los Estados Unidos siempre ha existido cierta apreciación positiva por el papel de las comunidades. En la época colonial, la reunión del poblado era el modo primario de autogobierno. Thomas Jefferson (1984) se refirió favorablemente a ellas como unidades locales de autogobierno a las que denominó distritos (1403). Por otra parte, John Dewey (2012), en The Public and Its Problems: an Essay in Political Inquiry, planteó que la comunidad es el hogar de la democracia (157).

En la actualidad, los artículos y libros académicos, junto a textos noticiosos, están llenos de referencias a los barrios, a la gente común y su nivel de involucramiento local. Por ejemplo, «Think Locally. Act Locally» [Pensar localmente. Actuar localmente] (Traub, 2018) es un titular de la sección de reseñas de libros de The New York Times. El columnista David Brooks (2018) reporta desde pequeñas ciudades que están siendo revitalizadas porque «la gente en las comunidades locales está trabajando eficazmente para que las cosas se hagan». James Fallows (2018), en un artículo de The Atlantic, cita una encuesta que indica que 70% de los estadounidenses confía en sus gobiernos locales para «hacer lo correcto». Fallows usa estos datos para mostrar que «de maneras poco publicitadas […] los Estados Unidos avanzan local y regionalmente». Las comunidades, incluso aquellas de población diversa, van ganando crédito por la «reinvención de los Estados Unidos». Mientras Thomas Friedman (2018) concluye que «[l]os políticos estadounidenses pueden trabajar todavía: de abajo hacia arriba».

Al reportar estas tendencias positivas no se quiere plantear que los Estados Unidos están libres de dificultades o que el progreso social puede superar nacionalmente todos los desafíos del país —lejos de eso, incluso las comunidades locales tienen multitud de problemas—, solo que la naturaleza de la comunidad está siendo más reconocida que en el pasado, como un factor de importancia.

Existen varias razones para este interés renovado en las comunidades. Una explicación completa está fuera del objetivo de este artículo, pero baste decir que la comunidad es vista como algo clave para todo: desde el desarrollo económico hasta la salud pública y el bienestar social.

Desarrollo económico

En estudios sobre variables claves que determinan la prosperidad, la ciudadanía colectiva en una comunidad se implica prácticamente en todo lo que permita prosperar hacia ella. Una economía, al parecer, está modelada por algo más que el capital, el trabajo y la tecnología; las capacidades de la comunidad también deben tenerse en cuenta.

En el estudio Desarrollo económico y de la comunidad: una visión sureña, realizado para Kettering por J. Mac Holladay (1992), experto en desarrollo económico, argumenta que este «es parte de un proceso más importante y de mayor escala que involucra y refleja la vida y actividad de la comunidad» (7). Esa vida está determinada por el trabajo colectivo que los ciudadanos hacen o no entre sí, incluso si no tiene ningún impacto directo sobre la economía. El trabajo fortalece a la comunidad, independientemente de si son programas destinados a los jóvenes para reforzar las escuelas, la creación de grupos de apoyo para aquellos con enfermedades crónicas o la creación de un jardín comunitario.

En ocasiones, es la adversidad la que genera el ímpetu para este tipo de labor. A menudo las comunidades enfrentan desafíos económicos que parecen devastarlas como un tsunami. Este fue el caso de Dayton, Ohio, donde las fábricas abandonaron la ciudad, las tiendas cerraron y la gente se fue. Los pobladores tomaron esto incluso como un reto para ser superado. Aunque no sucedió así en todos los casos, en muchas barriadas de Dayton existen signos de resiliencia: se ha abierto una nueva fábrica (con inversión china); están naciendo nuevos negocios, y se han dado pasos para apoyar a inventores, como aquellos hermanos Wright de antaño, cuyo avión hizo famosa a la localidad.

En su libro ¿Por qué el Club Garden no pudo salvar Youngstown?, Sean Safford (2009) identifica las características de las redes de personas y de grupos cívicos comunitarios que contribuyen a su prosperidad económica. Compara lo sucedido en Allentown, Pennsylvania, y Youngstown, Ohio. Ambas comunidades enfrentaron desafíos económicos severos durante el último medio siglo. Sin embargo, la primera tuvo mejores opciones para recuperarse, debido a sus laxas redes cívicas, que facilitaron la «interacción —y movilización— a través de divisiones sociales, políticas y económicas». Tal investigación realza el argumento de que mientras más personas estén conectadas en las decisiones y acciones colectivas, más fuerte será la fuerza de trabajo cívica, así como producir una fuerza económica más cohesionada y productiva.

Bienestar social

El bienestar social se refiere al apoyo e insumos que sostienen a las personas que lidian con problemas como la incapacidad u otras desgracias. Un argumento en contra de apoyarse en las fuerzas sociales de la comunidad es que estas solo se encuentran en los poblados de clase media. No obstante, hay evidencias de que las comunidades más fuertes se hallan en lugares inesperados, por ejemplo, en un barrio deteriorado del norte de Filadelfia, poblado mayormente por residentes de la tercera edad.

Para alguien de afuera, pudiera parecer que la gente en este barrio tendría pocas razones para quedarse. Todo parecía haberles fallado. Los ladrillos se caían y la pintura de las paredes estaba descascarada; las calles, llenas de baches y camellones. Incluso sus cuerpos, por su edad, les fallaban; todos tenían achaques de alguna clase. Y, aun así, muchos de ellos se reúnen ansiosamente en asambleas del barrio, en el sótano de una vieja iglesia metodista, donde tienen que rezar en cuatro idiomas diferentes antes de que puedan llegar al primer orden del día: el almuerzo. Con una sencilla ceremonia de apertura, ya cruzan muchas de las barreras que dividen a comunidades aparentemente más homogéneas y logran un acercamiento que han evitado otros segmentos mucho más convergentes de nuestra sociedad. Esta comunidad ha creado de facto su propia agencia de servicios. Los que saben leer ayudan a los analfabetos, los físicamente aptos mueven a las personas con discapacidad, los sanos se encargan del cuidado de los enfermos. Naturalmente, los programas gubernamentales ayudan, pero están reforzados por la cohesión social de la comunidad. (2)

De ejemplos como este, hemos aprendido que las comunidades tienen que organizarse a sí mismas para asegurarse de que nadie «se caiga por las grietas». No es un asunto de caridad, ni siquiera de derechos, sino del interés propio bien comprendido —tomar conciencia de cómo el bienestar de una persona es dependiente del de otras. Dicho de una manera más simple: la gente de una comunidad que funciona bien reconoce que están en el mismo barco, y si el espacio de alguien en este empieza a inundarse, es muy probable que otras partes de la nave también lo hagan.

Salud

Hay, además, literatura de investigación que explica el papel que la comunidad puede desempeñar en el sistema de salud. En la actualidad, es ampliamente reconocido que más allá de la familia y amigos, las redes mayores de apoyo organizadas por las comunidades pueden ser una fuerza poderosa para combatir las conductas que contribuyen a la proliferación de muchas enfermedades. Esto ha sido demostrado por investigaciones que muestran que la comunidad puede influir en la disminución de la incidencia de enfermedades cardiovasculares, vasculares encefálicas y cáncer de pulmón (Milstein, 2008: 54-7).

El trabajo de la antropóloga Margaret Meade fue crucial para establecer el papel de una comunidad en la salud. Ella, junto con otros investigadores, fue de los primeros en encontrar evidencia de la validez de la sabiduría popular con respecto al poder curativo de una comunidad que cuida de los suyos. Argumenta que cuantas menos personas nos apoyen, menos probabilidades tenemos de recuperarnos de una crisis de salud que amenace nuestra vida. Un caso clásico de esto es el de Roseto, Pennsylvania, donde una comunidad de inmigrantes italianos, dedicados a trabajos duros, tenía estadísticas de salud increíblemente positivas. ¿La razón? No eran sus genes, sino el hecho de que la gente de Roseto se ocupaba, de una manera poco frecuente, de sus conciudadanos (Bruhn y Wolf, 1979; Pilisuk y Hillier Parks, 1986). Las comunidades conforman las actitudes y hábitos que pueden promover o hacer colapsar los estilos de vida saludables. Por ejemplo: algo tan simple como el mal hábito de no ir al médico hasta que se «esté suficientemente enfermo», es capaz de echar por tierra cualquier avance de la educación en salud y de una medicina preventiva.

Otro ejemplo notable está en la investigación —Kettering— realizada por la Dra. Sandral Hullett, una médico afroestadounidense de la pequeña población rural de Eutaw, Alabama, donde las estadísticas médicas eran alarmantes respecto a enfermedades como el cáncer de mama. Uno de los problemas era que pocas mujeres se sometían al examen físico, de tal modo que los tumores crecían y se convertían en amenaza para la vida. Hullett conocía la existencia de investigaciones acerca de cómo las deliberaciones comunitarias7 realizadas para resolver problemas influyen en las conductas de las personas que participaban en ellas. Tomar decisiones en conjunto con otras personas, acerca de cómo responder a las enfermedades tiene más efecto en la conducta de la gente que las advertencias, o incluso que el acceso a una mejor información de salud. Por ello, Huller decidió ejecutar su propio test acerca de estos resultados y organizó foros deliberativos de toda la comunidad, acerca de qué debería hacerse para combatir ese tipo de cáncer.

En esos foros, las personas consideraron opciones para solucionar el problema no compartidas por la doctora; no obstante, se tomaron en cuenta. Realizaron observaciones acerca de todas las opciones más relevantes o que explicaran por qué la incidencia de este tipo de cáncer había alcanzado tales niveles. Estas opciones incluyeron: dar al público más información; proveer de apoyo emocional a las pacientes y prestarles atención a sus necesidades espirituales. Incluso aunque no existió una coincidencia completa sobre cuáles de estas opciones eran las mejores para todos, el solo hecho de participar de las deliberaciones cambió la conducta de las personas. Solo durante el primer año, luego de las reuniones, se registró un aumento de 20% de la realización de mamogramas en las pacientes. Incluso, Hullett halló que las deliberaciones tenían efectos secundarios beneficiosos. De manera mucho más abierta, los participantes de los foros comenzaron a asociarse cruzando las barreras raciales y de clase económica. Más tarde, muchos expresaron su interés de llevar a cabo foros similares acerca del cáncer de próstata.3

Podría resultar útil tomarse un momento para aclarar lo que se define como deliberación en este caso. Existen diversos enfoques que van desde el discurso civil hasta un método para llegar a acuerdos en asuntos políticos. Las deliberaciones comunitarias referidas son diferentes. Están diseñadas para estimular la facultad humana de juicio, que puede movilizar a la gente desde opiniones apresuradas hasta visiones más compartidas y reflexivas. Esta es necesaria cuando puede haber más de una respuesta a una pregunta. Un buen juicio se desarrolla cuando la gente toma en consideración tanto los «pros» como los «contras» de cada opción de acción existente.

Durante más de treinta años, al observar miles de foros de deliberación, hemos encontrado muy pocas instancias en las que se haya logrado un acuerdo total. Incluso cuando los participantes no están dispuestos a cambiar su opinión personal, tienden a volverse menos dogmáticos y más inclinados a escuchar puntos de vista diferentes al suyo. Las perspectivas compartidas y desarrolladas que emergen de las deliberaciones comunitarias pueden estimular una gran variedad de acciones colectivas, que son complementarias y se refuerzan mutuamente.

Investigaciones realizadas en Finlandia acerca de este tipo de deliberaciones han llegado a conclusiones parecidas. Los informes mostraron que, mientras las discusiones libres sin normas de deliberación llevaban a los grupos a puntos de vista más extremos, no ocurrió lo mismo en foros que siguieron reglas sencillas tales como considerar los pros y los contras de las opciones disponibles (Strandberg et al., 2017).

La deliberación pública ha estado presente en los Estados Unidos, como se ha dicho antes, desde las asambleas de los poblados en la etapa colonial. Y prevalecieron en las decisiones que llevaron a la Revolución estadounidense de 1776. Hoy los foros deliberativos tienen lugar a lo largo y ancho del país y están patrocinados por organizaciones que van desde las congregaciones religiosas hasta las bibliotecas, así como por instituciones educativas (universidades, escuelas secundarias y primarias).

Comunidades e instituciones

Otro acontecimiento en los Estados Unidos que ha incrementado la atención acerca de la importancia del papel de la comunidad está representada por el trabajo de Elinor Ostrom (1993) —ganador del Premio Nobel— acerca de la necesidad, incluso de las instituciones más importantes, de reforzarse con el trabajo de los ciudadanos, para «co-producir» los bienes que benefician a una comunidad mayor. Ostrom afirma:

Si se asume que: los maestros producen educación; la policía, seguridad; los médicos y enfermeras, salud, y los trabajadores sociales producen alojamientos efectivos, el foco de atención debe estar en cómo profesionalizar los servicios públicos. Obviamente, los maestros calificados, los oficiales de policía, el personal médico y los trabajadores sociales son esenciales para el desarrollo de estos servicios. Ignorar la importancia del papel que tienen en su producción los niños, las familias, los grupos de apoyo, las organizaciones de barrios y las iglesias, significa, por el contrario, que solo una parte de las entradas a estos procesos son tomadas en cuenta, en el sentido de cómo piensan los decisores de las políticas acerca de estos asuntos. El término «cliente» se usa cada vez más frecuentemente para referirse a aquellos que debieran ser vistos como coproductores esenciales de su propia educación, seguridad, salud y vida comunitaria. Un cliente es el nombre de un rol pasivo. Ser un coproductor lo convierte en un socio activo. (8)

Los productos del trabajo de los ciudadanos pueden complementar, o añadirse, a lo que las instituciones hacen, porque el trabajo cívico es diferente del de las instituciones. Debe aclararse que se está hablando de algo más que el simple trabajo voluntario para aliviar la carga de los docentes y los profesionales de la salud, aunque ya eso es muy recomendable, sino del trabajo suplementario que incluye a la gente haciendo las cosas que los profesionales no hacen o no pueden hacer. En la Fundación Kettering, hemos llegado a usar el término «producción complementaria», más que «coproducción», para hacer esta distinción. Un ejemplo de lo que la gente hace por sí misma, como seres humanos, es proveer de cuidados a los convalecientes. Los hospitales tienen equipamiento y profesionales para curar a las personas, pero solo otras personas pueden ocuparse de los demás, cuidarse mutuamente. Ese fue el factor que marcó la diferencia en Roseto.

Los recursos cotidianos para fortalecer las comunidades

Una cosa es comprender la importancia del trabajo de las comunidades, y otra es comprender cómo la gente puede organizarse para realizarlo. ¿Qué recursos tiene realmente la gente para llevar a cabo su trabajo? Kettering ha estudiado el trabajo ciudadano y comprendido dónde están los recursos no explorados que se pueden emplear para realizar contribuciones útiles. Lo que hemos descubierto es que los recursos de los ciudadanos a menudo no son reconocidos, porque incluyen intangibles, como el compromiso personal y el deseo de tornarse un actor activo de los proyectos cívicos. Estos recursos son diferentes de aquellos de las instituciones, que tienden a ser técnicos o definirse como especialización profesional. La experiencia y habilidades que la gente ha desarrollado en toda una vida son ejemplos de recursos que la gente puede aportar a esta labor.

John McKnight —quien le enseñó organización comunitaria a Barack Obama, en su localidad, antes de que estudiara Derecho— es una de las autoridades más reconocidas en cuanto a recursos comunitarios no explorados, a los cuales llama «activos de capacitación». Él y su colega, Jody Kretzmann, desarrollaron un enfoque basado en estas «capacitaciones», para la organización comunitaria. Ellos afrontaron el problema, junto a la estrategia de organización, basándose en encuestas de las necesidades de la gente y comenzaron a realizar muestreos de estos «activos de capacitación» que constituyen recursos no evaluados. Recorrieron los barrios preguntando a la gente lo que podría hacer, más que sobre lo que carecían. Las respuestas, a menudo, eran tan simples como la disposición a cocinar, coser ropas o reparar un automóvil. Entonces evaluaron qué podría suceder si estas personas pudieran combinar estas capacidades. Por ejemplo: los que podían reparar autos podrían combinar sus habilidades y abrir una escuela-taller los sábados, para enseñar a los más jóvenes todas las facetas de la reparación de automóviles. Este fue el inicio de la organización de las capacitaciones, la que ha llegado al punto de constituir una red global que se denomina Desarrollo Comunitario Basado en Capacitación (ABCD, por sus siglas en inglés).

En el punto de arranque: Tupelo

¿Qué sucede con las comunidades que no tienen un John McKnight? La mayor parte de ellas no lo tienen. Los estudios muestran que algunas comunidades se han organizado cuando la gente comienza a hacer lo que puede con lo que tiene en sus manos. Un caso de estudio excelente y exhaustivo de lo que las comunidades pueden realizar cuando explotan activamente sus capacitaciones es lo sucedido en Tupelo, Mississippi. Este poblado era conocido otrora como el más pobre del Estado a su vez más pobre de los Estados Unidos. Quizás la única razón por la que pudiera haber sido nombrado para muchos es que fue el hogar de Elvis Presley. Actualmente es conocido por sus esfuerzos basados en los ciudadanos, que han tornado la pobreza rural en prosperidad de toda la región. El sociólogo Vaughn L. Grisham, Jr. (1999) ha realizado un estudio detallado y longitudinal de esta transformación, que comenzó cuando las comunidades menores y rurales periféricas decidieron implementar proyectos de mejoras para resolver problemas locales.

La gente de allí no le pidió a los extraños que resolvieran sus problemas. Se preguntaron a sí mismos qué es lo que podían hacer para convertir sus comunidades en un mejor lugar para vivir. La gente de una comunidad probablemente limpió una carretera llena de basura, mientras los de otra construyeron parques para juegos. No es tan importante lo que hicieron, como el hecho de que lo hicieron ellos mismos. Los ciudadanos actuando para resolver sus problemas, año tras año, llegaron a cambiar la cultura de toda la región de Tupelo. Ello 9 creó un sentido de responsabilidad local y una toma de conciencia de lo que se puede lograr cuando la gente trabaja unida. Por supuesto, se requirió la ayuda externa en algunas situaciones. Pero la solidaridad se hizo patente, cuando había una acción local sobre la cual actuar. Y precisamente por ello, fue más eficaz.

Así, Tupelo se convirtió en una de las ciudades de los Estados Unidos más vitales en lo económico, y ha cambiado su perfil en esa esfera en múltiples ocasiones. El secreto de este éxito estuvo en hacerle a la gente, cada año, la pregunta: ¿Qué podemos hacer este año para mejorar un poco este lugar?

Obteniendo resultados

Durante siglos han existido dudas acerca de lo que los ciudadanos pueden lograr trabajando con los demás. Y aún los movimientos sociales, en todo el mundo, son la evidencia de cuánto puede lograrse cuando la gente se une para trabajar en común. Un estudio de 2017 demuestra aún más el papel desempeñado por la gente común en algunas ciudades para disminuir las tasas de criminalidad, mientras otras ciudades no tuvieron estos resultados.

Las tasas de criminalidad de algunos municipios citadinos estadounidenses han decrecido de manera significativa, y llegaron a mínimos históricos en 2014. Sin embargo, esto no es cierto para todas las ciudades. ¿Por qué existe esta diferencia? Parte de esta reducción se logró a partir del modo de patrullaje, pero este factor por sí solo no fue decisivo. Un estudio de Paul Sharkey (citado en Florida, 2018) mostró que los «ciudadanos comunes» hicieron la diferencia utilizando las asociaciones cívicas que ellos mismos constituyeron. «La movilización contra la violencia […] fue manejada por los ciudadanos y las organizaciones locales para reconquistar los parques, paseos, [y] manzanas de la ciudad». Aun así, según Sharkey, los ciudadanos no consideraron que su accionar fuera necesariamente prevenir la violencia. Sin embargo,

al crear áreas de diversión, permitieron que los padres vigilaran a sus hijos. Al poner a los vecinos en contacto mutuo, mejoraron las capacidades de los residentes de controlar las calles. Al establecer programas postescolares, ofrecieron alternativas fuera de la actividad delictiva.

Lo que este y otros estudios han mostrado, es que una ciudadanía activa puede constituirse a partir de la realización de tales labores, aquella capaz de hacer su parte en la producción complementaria. Este caso también muestra las habilidades de las personas para transformar la energía de las emociones negativas como el miedo, la frustración y el enojo, en acción constructiva, al aunar a los ciudadanos para trabajar.

Beneficio: resiliencia

Las investigaciones en los Estados Unidos muestran también que el valor de las comunidades no está limitado a sus contribuciones al desarrollo económico, la salud y el bienestar social. El beneficio principal de estos esfuerzos es para la comunidad en sí misma. El trabajo que los ciudadanos hacen puede construir, a largo plazo, la resiliencia de la comunidad que se necesita para enfrentar problemas que surgen inesperadamente. Este tipo de resiliencia resulta un beneficio cuando suceden desastres como tormentas costeras, u otros.

Preparación y resiliencia frente a desastres

La investigación llevada a cabo por académicos como la médico-antropóloga Monica Schoch-Spana y colaboradores, encontró que, en los primeros días luego de un desastre, la supervivencia depende en gran medida de la capacidad de resiliencia de las comunidades. Como explican Schoch-Spana y sus colegas: «la acción remediadora y la recuperación ante desastres que afectan a toda una comunidad no pueden concebirse ni implementarse únicamente a través del personal entrenado para emergencias, ni se reducen a los procedimientos preestablecidos». Este estudio señala que en muchas ocasiones están a mano —familiares, amigos, colegas de trabajo, vecinos y extraños que se encontraban en la vecindad— los que llevan a cabo las primeras actividades de búsqueda y rescate y ayuda médica, a veces incluso antes de que arriben a la escena la policía, los bomberos y otros funcionarios (Schoch-Spana et al., 2007: 10-1).

En los estudios de las comunidades que mejor desenvolvimiento tuvieron para recuperarse de desastres, los investigadores también descubrieron que la sabiduría común está equivocada. La clave no es la preparación individual en las viviendas con amplias reservas de agua y alimentos. La recuperación más bien está determinada por la solidaridad social, la disposición de los vecinos para ayudarse entre sí. Esta solidaridad tiene que ser construida mucho antes de que exista una emergencia. Y se desarrolla en comunidades en las que los ciudadanos se han formado el hábito de trabajar juntos, lo que crea la infraestructura cívica esencial:

Esa infraestructura representa a esa asamblea dinámica de personas interdependientes, asociaciones voluntarias y organizaciones de servicios sociales que pueden amalgamar su sabiduría colectiva, su experiencia práctica, sus habilidades especializadas, sus expectativas sociales y sus activos materiales, para trabajar en nombre de los miembros que la constituyen y en muchos casos para un bien público a mayor escala. Las relaciones interpersonales que constituyen la infraestructura cívica, aunque son intangibles, no son menos indispensables para las comunidades que una infraestructura física tal como carreteras, drenaje albañal, acueductos o redes informáticas. (11)

Desafíos

Hasta este punto, el presente estudio ha intentado describir el redescubrimiento de la comunidad en los Estados Unidos a través de citas de investigaciones en las que una comunidad activa ha probado su importancia. Un obstáculo para aceptar estas investigaciones han sido las dudas acerca de los ciudadanos y los recursos de que disponen las comunidades. Otro está relacionado con cómo las grandes instituciones, incluyendo a los profesionales con especialización que laboran en ellas, se relacionan con el trabajo de los ciudadanos y los bienes que ellos proveen. Incluso a pesar de que ese trabajo y esos bienes son necesarios para complementar lo que hacen las instituciones y los profesionales, el estudio de Schoch-Spana et al. halló que los profesionales en ayuda en situaciones de emergencia pueden mostrar serias reservas acerca de los ciudadanos de una comunidad:

La asunción que predomina es que un público golpeado por el pánico, cegado por la autoconservación, llegará a ser un desastre secundario para el manejo de las autoridades. Algunas autoridades de emergencias también han interpretado equivocadamente las intervenciones lideradas por ciudadanos, en desastres del pasado y actuales, como evidencia de fallos por parte de aquellos encargados de responder al desastre. (5)

Aprendiendo de otros

Evidentemente, los esfuerzos que conlleva fortalecer las comunidades enfrentan muchos obstáculos. En aras de investigar la manera de lidiar con ellos, la Fundación Kettering se ha nutrido de observar lo que sucede en otros países. Mientras esta solo estudia a los Estados Unidos, sus investigaciones se han enriquecido con lo que aprende de organizaciones de todo el globo —en países como Zimbabue, Sudáfrica y Ghana, en África; Brasil, Costa Rica, Argentina y Colombia, en América Latina. De hecho, la Fundación ha incorporado conocimientos de organizaciones de todos los continentes, así como de las islas del Pacífico.

Perspectiva desde Cuba

En este aprendizaje compartido, ninguna organización ha sido de tanta ayuda como la Fundación Antonio Núñez Jiménez para la Naturaleza y el Hombre (FANJNH), que tiene su propio trabajo comunitario. Esta y la Fundación Kettering reconocen que hay profundas diferencias en la cultura política de sus respectivos países. Aun así, los intercambios han sido beneficiosos para ambas organizaciones durante más de veinte años.

Kettering y la FANJNH han colaborado hasta el presente en seis conferencias de ciudadanía activa: dos celebradas en Cartagena, Colombia, y cuatro en La Habana. Estas nos han permitido una mejor comprensión de los asuntos que ambas fundaciones consideran de interés, incluyendo cómo las comunidades costeras pueden prepararse de la mejor manera para el enfrentamiento y la recuperación ante huracanes y otros desastres, una vez que ambos países comparten el mismo mar. Ese fue el tema de nuestro encuentro de 2018. El enfoque dirigido a las tormentas costeras se desarrolló a partir de un intercambio anterior sobre el papel de las comunidades en la respuesta a los desafíos ambientales y a otros retos.

La conferencia de La Habana de 2018 fue muy especial por el hecho de que algunas comunidades costeras de Cuba y de los Estados Unidos pudieron intercambiar experiencias directamente. Un pequeño grupo del sur de Alabama, un territorio que alguna vez fue la Florida occidental española, aportó sus experiencias a través de videos grabados por personas de las comunidades de Isla Dauphin, Foley, Bayou la Batre y Magnolia Springs, en los que describieron el modo en que enfrentaron los huracanes. Por su parte, cubanos residentes en Guanabo y Cojímar, al este de La Habana, respondieron con sus propias historias, que fueron luego llevadas a los participantes de Alabama. Este intercambio, que pudo haber quedado en una reunión académica, conectó a la gente de los dos países con respecto a problemas prácticos coincidentes.

El tema de las comunidades, el papel que juegan y la manera en que construyen su resiliencia son asuntos de una importancia fundamental para todos los países del mundo. La devastación —ya sea por desastres naturales, degradación ambiental o epidemias— no reconoce fronteras establecidas por el hombre. Las comunidades están casi siempre en la primera línea de defensa. Por ello, de la propia Humanidad depende cómo encontrar maneras de enfrentar estas amenazas. Aprendiendo de diversas experiencias, podemos compartir con otros lo esencial. En última instancia, este es el valor más importante de intercambios entre ambas Fundaciones. Contribuyen enormemente a una mejor comprensión de las comunidades.

Traducción del inglés: Karel Kantelar.

Notas:

  1. La combinación de ambos vocablos: communis, significa corresponsable o cooperante, en latín arcaico. Munis, derivado de munia, significa obligación o servicio.
  2.  Fui llevado y presentado a esta barriada por Sallie Jackson, quien era presidente del Consejo de gobierno, cuando yo era Secretario del Departamento de Salud, Educación y Bienestar de los Estados Unidos, hoy Departamento de Salud y Servicios Humanos.
  3. La mayor parte de esta anécdota ha sido relatada en el artículo «Building a Healthy Community» (Brown, 2005: 42-51). La guía que crearon para exhortar a estas deliberaciones se titula Breast Cancer: We can Overcome (Cáncer de mama: podemos superarlo).
  4. Para más información sobre Tupelo, véase Grisham, 1999.

Referencias:

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Brooks, D. (2018) «The American Renaissance is Already Happening». The New York Times, 14 de mayo. Disponible en <http://cort.as/-QV2r> [consulta 9 octubre 2018].

Brown, K. A. (2005) «Building a Healthy Community». Kettering Review, v. 23, n. 1, verano, 42-51.

Bruhn, J. G. y Wolf, S. (1979) The Roseto Story: An Anatomy of Health. Norman: University of Oklahoma Press.

Dewey, J. (2012) The Public and its Problems: An Essay in Political Inquiry. Rogers, M. L. (ed.), Pennsylvania: University Park: Pennsylvania State University Press.

Fallows, J. (2018) «The Reinvention of America». The Atlantic, mayo. Disponible en <https://bit.ly/3hJz6KK> [consulta 9 octubre 2018].

Florida, R. (2018) «The Great Crime Decline and the Comeback of Cities». Citylab, 16 de enero. Disponible en <http://cort.as/-QVLx> [consulta 22 mayo 2018].

Friedman, T. L. (2018) «Where American Politics can Still Work: from the Bottom Up». The New York Times, 3 de julio. Disponible en <http://cort.as/-QV6A> [consulta 9 octubre 2018].

Grisham, Jr., V. L. (1999) Tupelo: The Evolution of a Community. Dayton: Kettering Foundation Press.

Holladay, J. M. (1992) Economic and Community Development: A Southern Exposure. An Occasional Paper of the Kettering Foundation. Dayton: Kettering Foundation.

Jefferson, T. (1984) Escritos. Peterson, M. D. (ed.), Nueva York: Library of America.

Milstein, B. (2008) Hygeia’s Constellation: Navigating Health Futures in a Dynamic and Democratic World. Atlanta: Centers for Disease Control and Prevention. Disponible en <http://cort.as/-QVBN> [consulta 13 septiembre 2019].

Ostrom, E. (1993) «Covenanting, Co-producing, and the Good Society». The Newsletter of PEGS. Committee on the Political Economy of the Good Society, v. 3, n. 2, 7-9.

Pilisuk, M. y Hillier Parks, S. (1986) The Healing Web: Social Networks and Human Survival. Hannover: University Press of New England.

Safford, S. (2009) Why the Garden Club couldn’t Save Youngstown: The Transformation of The Rust Belt. Cambridge: Harvard University Press.

Schoch-Spana, M. et al. (2007) «Community Engagement: Leadership Tool for Catastrophic Health Events». Biosecurity and Bioterrorism: Biodefense Strategy, Practice and Science, v. 5, n. 1, 8-25. Disponible en <http://cort.as/-QVNG> [consulta: 13 septiembre 2019].

Strandberg, K., Himmelroos, S. y Grönlund, K. (2017) «Do Discussions in Like-Minded Groups Necessarily Lead to More Extreme Opinions? Deliberative Democracy and Group Polarization». International Political Science Review, v. 40, n. 1, 26 de julio, 41-57. Disponible en <http://cort.as/-QVHU> [consulta: 9 octubre 2018].

Traub, J. (2017) «Think Locally. Act Locally». En: The Ordinary Virtues. Ignatieff, M. (ed.), Nueva York: Sunday Book Review. The New York Times.

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