Algunas imágenes del pasado pueden alumbrar nuestra comprensión de la historicidad de un presente que vivimos como cotidianidad. Específicamente, para entender lo que ocurre con la izquierda mexicana en tiempos de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) resulta esclarecedor contrastar el momento actual con dos coyunturas donde el nacionalismo progresista eclipsó las izquierdas socialistas y anticapitalistas; es decir, aquellas que merecen este título no solo por su colocación geométrica relativa, sino por su sustancial radicalidad antisistémica. En primer lugar, a mediados de los años 30 del pasado siglo, a la sombra de un gobierno que impulsó profundas reformas sociales mientras institucionalizaba y disciplinaba los movimientos obrero y campesino; y en segundo, en la coyuntura de 1988-89 cuando, al calor de las protestas por el fraude electoral en contra de la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas, las principales organizaciones socialistas mexicanas se disolvieron en el seno del Partido de Revolución Democrática (PRD).[1]

No se trata de proponer una comparación sistemática que implicaría enlistar un sinnúmero de diferencias puntuales, ni de evaluar en detalle la oportunidad y la legitimidad de las decisiones políticas de los grupos dirigentes, sino de evidenciar, por analogía, un trazo grueso y, por ende, fundamental que ponga en evidencia un acontecimiento recurrente. Considero oportuno revelar las consecuencias históricas de la puesta en práctica de fórmulas políticas al estilo del denominado «frente popular», dentro del movimiento comunista internacional, en los años 30, que podemos asimilar, salvadas evidentes diferencias, a lo que se conoce en nuestros días como populismo de izquierda:[2] una tentación persistente de corrimiento hacia el centro, hacia una convergencia nacional popular que se constata a nivel general al margen de las variaciones formales ocurridas, con el transcurrir de las décadas, en su justificación político-ideológica y en la composición de clase que subyace en ella.

En los años 30 —como a finales de los 80 y en nuestros días—, el argumento del frente o la unidad nacional y popular, generalmente acompañado de una condescendencia hacia fenómenos caudillistas y bonapartistas —en todo caso un ismo personalizante que fuera cardenismo u obradorismo—, ha servido de justificación para sostener la necesidad de la alianza progresista —en apoyo a un gobierno o en la oposición, según el caso— con su correlato de subordinación de fracciones importantes de izquierdas antisistémicas, otrora de franca definición socialista y revolucionaria, al progresismo nacionalista, o nacionalismo revolucionario, como se definió en México en los años 20 y 30 del siglo xx. Esta modalidad subalterna de alianza ha provocado tres eclipsamientos de la izquierda socialista, pues esta elección, llevada adelante por sus franjas mayoritarias en contextos históricos y políticos distintos, más o menos favorables, se tradujo en una invisibilización y desperfilamiento, cuyo impacto se resintió, tanto en estas coyunturas históricamente relevantes como en el mediano plazo de los procesos históricos sucesivos. Por otra parte, al menos en el pasado, pero también tendencialmente en el presente, los reducidos sectores izquierdistas que se mantuvieron al margen de la alianza no pudieron adquirir un real protagonismo político nacional, ni lograron ofrecer una alternativa viable a la avasalladora hegemonía del progresismo nacional-popular; en algunos casos, al ensimismarse sectariamente; en otros, al sostener o impulsar experiencias puntuales no pocas veces ejemplares de lucha y resistencia, pero esporádicas o aisladas.

El cardenismo de los 30, el neocardenismo de finales de los 80 y el obradorismo del siglo xxi constituyen pasajes cruciales de la historia política de la izquierda mexicana —junto al 68 y el 94, que sintetizaron momentos de recobrada luminosidad—, en los cuales el formato de la subordinación y la pérdida de identidad y autonomía de la izquierda anticapitalista frente al progresismo nacionalista podría aparecer como una constante, una fatalidad inscrita en el acontecimiento fundacional de la estatalidad mexicana: la Revolución de 1910 y sus secuelas. Si bien esto es parcialmente cierto, algo lo excede ya que, con su comprobada eficacia, este mecanismo no impide el eventual y recurrente desborde de coyunturas críticas y episodios o ciclos de movilización masiva por la izquierda que propician la supervivencia, conformación o reconstitución de fracciones que, por ser antisistémicas, son también externas a la lógica del sistema político e institucionalización de su vertiente de izquierda. Bajo esta clave de lectura, reconocemos una serie de movimientos de descomposición y recomposición de la forma de la izquierda radical en México que giran en torno a la tensión entre subordinación e independencia, siempre relativas, pero tendenciales y, por lo tanto, políticamente determinantes.

La metáfora del eclipse, con su carga polémica, pretende ilustrar gráficamente tres pasajes históricos particularmente críticos, en el cual predominó el formato de la subordinación, en aras de alertar un pliegue problemático del actual proceso en curso.

I

El cardenismo de los 30 ha sido profusamente estudiado e interpretado como momento de condensación hegemónica fundamental en el proceso de institucionalización de la Revolución mexicana, a través de una mezcla de avances en materia de soberanía y justicia social, concesiones a las clases subalternas, su reconocimiento y organización en el cauce de un Estado conciliador y benefactor, por ello, garante de los límites y la viabilidad de acumulación capitalista y de la jerarquía clasista que le corresponde.[3] En este contexto, más allá de la esporádica retórica socialista del propio cardenismo, la trayectoria del centro aglutinador de la izquierda revolucionaria de la época, el Partido Comunista Mexicano (PCM), se caracterizó por un salto vertiginoso: de una posición sectaria a una de amplia apertura, coherente con el viraje de la línea política de «clase contra clase» a la de «frentes populares», entre el VI y el VII Congreso de la Internacional Comunista, en 1928 y 1935, respectivamente. Amén de las indicaciones que llegaban de Moscú, la solución frentista correspondía a la situación mundial en tiempos de emergencia fascista, pero también era susceptible de adaptarse a la especificidad de México, donde existía un gobierno cuya legitimidad posrevolucionaria y dinamismo nacionalista y progresista le valían un sólido apoyo de masas. El corrimiento del PCM hacia las posiciones cardenistas le permitió asentarse a nivel organizacional, salir del aislamiento y alcanzar una dimensión, influencia y proyección que no había logrado antes. Como contraparte, este crecimiento relativo implicó un desperfilamiento político e ideológico, porque no se reflejó en iniciativas propias marcadas por una intervención y un margen de maniobra autónomos y significativos en la coyuntura, en una acumulación de fuerzas orientada a la gestación de una alternativa socialista que rebasara el orden posrevolucionario en proceso de consolidación y con tendencia a volverse más conservador.[4] La deriva de la línea política del frente popular a la llamada «Unidad a toda costa», ya pasada la amenaza fascista y en los albores de la Guerra fría, determinará una involución hacia un desdibujamiento tan profundo que, a los ojos de muchos, no parecerá descabellada la idea provocadora de José Revueltas [1962] (1980) sobre la «inexistencia histórica» de la «cabeza del proletariado», es decir, de un Partido Comunista en México; una imagen extrema que, más allá de su trasfondo filosófico dialéctico, apunta a la constatación de la desaparición del PCM a la sombra del Partido de Estado y de la ideología de la Revolución mexicana que lo justifica.

En el PCM, la lógica frentista de la alianza con el nacionalismo progresista se mantuvo en el henriquismo[5] en los 50, pero también a principio de los 60, con un nuevo grupo dirigente, en el efímero pasaje del Movimiento de Liberación Nacional (MLN), inspirado en la primera etapa de la Revolución cubana. Solo la irrupción del movimiento estudiantil del 68 obstaculizó el primer largo eclipse cuando, en medio de sucesivas luchas sociales, se generalizó la convicción de que era necesaria y urgente la presencia de una izquierda socialista independiente que retomara el horizonte de una nueva revolución, ahora de franco corte anticapitalista y socialista.[6] En este clima de época, marcado por la proliferación setentista de las izquierdas revolucionarias, el mismo PCM vivió un momento de gracia, al lograr impulsar, a pesar de tener un arraigo de masa limitado, diversas luchas sociales y democráticas.

En las décadas de los 70 y los 80 las izquierdas socialistas mantuvieron una influencia consistente y un perfil definido a través de un archipiélago de organizaciones políticas y sociales y de dos partidos con raigambre nacional: el heredero del PCM, Partido Socialista Unificado de México (PSUM), y el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), de orientación trotskista, surgido en 1979. Sin embargo, no lograron desbordar al régimen priista en la organización y movilización de masas populares, y se estancaron rápidamente en los laberintos electorales abiertos por la reforma política de 1978, hábilmente orquestada y manejada desde arriba, como válvula de escape a la presión democratizadora (Carr, 1996).

Ya en tiempos neoliberales, un sobresalto de movilización popular fue catalizado por la candidatura presidencial del hijo del general Lázaro Cárdenas —Cuauhtémoc—, surgida del desprendimiento de la corriente democrática del Partido Revolucionario Institucional (PRI). El apoyo a su campaña y la resistencia en contra del fraude ocurrido en las elecciones del 2 de julio de 1988 llevaron a distintas corrientes del socialismo mexicano a confluir repentinamente en una nueva alianza, el PRD, con aquellos ex priistas que se proclamaban defensores de los valores de la Revolución traicionada por la tecnocracia neoliberal que gobernaba el PRI y el país.[7] Los argumentos que justificaron la integración de ellas en este nuevo partido, aun repitiendo algunos de sus esquemas generales, iban más lejos de aquellos que, en los años 30, sustentaban el frente popular.

La alianza se fusionó orgánicamente: dejó de ser un frente en cuyo interior se mantenía la independencia de las organizaciones más radicales, para convertirse en un único partido donde no existía una corriente socialista y era manifiesta la preeminencia de los ex priistas,[8] tanto en la gestión del aparato como en el perfil ideológico nacionalista y progresista —en el cual no cabía una perspectiva revolucionaria que no fuera la sancionada por la Constitución de 1917. Quedaba, no obstante, detrás del Sol Azteca y de los colores amarillo y negro, un fondo rojo por la presencia, experiencia y activismo de numerosos dirigentes y militantes formados en las organizaciones de izquierda ya disueltas.

Las pocas que se mantuvieron ancladas a la tradición socialista, se despoblaron o se ensimismaron, relegándose en los márgenes del escenario político. Al asumir el PRD el monopolio de la representación izquierdista mexicana, con firme oposición democrática y antineoliberal al gobierno de Salinas de Gortari, quedó desierto el campo de los discursos y las prácticas más radicales, de resonancia socialista y anticapitalista. Algo que parecía estar en consonancia con los tiempos. Sin embargo, en 1994, con la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, el levantamiento zapatista iluminó el presuntamente sereno cielo salinista e interrumpió el segundo eclipse, quebrando el sueño neoliberal del fin de la historia, pero también, valga el juego de palabras, despertando al izquierdismo más radical.[9]

II

Hacia finales del pasado milenio, el PRD se fue institucionalizando y alejándose de su posición de izquierda, conforme conquistaba espacios de gobierno local, en particular del capitalino asumido por Cárdenas como plataforma para su siguiente campaña presidencial. El perredismo dejó de ser una identidad militante y se volvió gradualmente una rosca de prácticas y dinámicas oportunistas, burocráticas y clientelares, proyectadas en una serie ininterrumpida de pugnas entre corrientes no distinguidas por su perfil ideológico o línea política, sino por la lucha por recursos y ámbitos de poder. En medio de su crisis terminal, emergió el liderazgo carismático de Andrés Manuel López Obrador (AMLO), cuyo perfil ideológico nacionalista y antineoliberal alcanzaba credibilidad y proyección a través de un discurso moralizante, en contra de la corrupción y en favor de la redistribución de riqueza hacia los más pobres, «por el bien de todos». AMLO transitó de la dirección del partido a la alcaldía de Ciudad de México, y de ahí a la candidatura presidencial, siguiendo a pie y juntillas el guion institucional. Sin embargo, el torpe intento del Partido Acción Nacional (PAN) de descarrillar judicialmente su candidatura con el desafuero en 2005 y el fraude electoral del año siguiente lo llevaron a romper con el formato preestablecido y recurrir a la movilización popular y la convocatoria alrededor de su persona, en torno a la cual tejió y dio cuerpo a la alianza progresista que se había vuelto telaraña en el PRD (Modonesi, 2011). El obradorismo, a partir del movimiento de masas de 2006, creó su propio marco organizacional con la fundación de Morena en 2011, como asociación civil (Quintanar, 2017), y empezó a crecer, lo que redujo al PRD, paulatinamente, a un residuo político, cuya posibilidad de reciclaje electoral todavía hay que demostrar.

No obstante, al margen de esto, entre 2012 y 2014, dos oleadas de protestas —el movimiento #YoSoy132 y el que reclamaba justicia por los 43 estudiantes de Ayotzinapa desaparecidos— mostraron niveles de intensidad y radicalidad, en particular entre los estudiantes,[10] que rebasaron el perímetro del proyecto nacionalista progresista y su apuesta electoral. Sin embargo, no dejaron una huella organizativa ni de refundación de la izquierda, sino que impactaron a nivel generacional y contribuyeron al derrumbe simbólico y político del régimen de la transición democrática (Modonesi, 2015). Sobre sus ruinas, en el reflujo del ciclo de movilización, de cara a una situación nacional particularmente dramática por el estancamiento económico, el ahondamiento de las desigualdades sociales, el desborde de la violencia criminal y la corrupción endémica, a la hora de la sucesión presidencial de 2018, AMLO y Morena lograron colocarse como la única alternativa a la continuidad neoliberal  y conservadora  del PRI y el PAN, y supieron despertar, en importantes sectores de las clases subalternas, aquella «esperanza» reiteradamente invocada en la retórica obradorista (Modonesi, 2018b; 2018e; 2018d).

La llamada Cuarta Transformación (4T) es un proyecto deliberadamente ambiguo y contradictorio que, para contentar a tirios y troyanos, combina elementos de continuidad conservadora, al no tener veleidades anticapitalistas y no querer afectar los intereses y las posiciones consolidadas de la «iniciativa privada» y las clases dominantes («la oligarquía»). Al mismo tiempo, ejerce cierto margen de autonomía relativa respecto a ellas, busca reactivar la intervención pública en clave redistributiva, de efectivo ejercicio de algunos derechos sociales básicos, y recuperar un margen de maniobra soberano en el terreno de los recursos naturales, en particular energéticos, y la realización de grandes obras de infraestructura.[11] Este equilibrio precario entre progresismo y conservadurismo, aun arropado en un tono antineoliberal, está lejos de la épica transformadora y los ideales de la izquierda del siglo xx. De hecho, ni Morena ni AMLO se definen así, ni remiten a un marco ideológico analítico que haga referencia al capitalismo o las clases sociales, sino que proponen al pueblo como protagonista de un cambio que vuelva a dignificar y legitimar el Estado, depurándolo de la corrupción, para que garantice el «bienestar de todos», «y lime las aristas del neoliberalismo», lo cual implica disminuir la brecha entre ricos y pobres. De izquierda, en clave geométrica, hablan periodistas y politólogos (Hernández García et al., 2020), mientras que los opositores de derecha prefieren usar palabras más altisonantes y potencialmente descalificadoras ante la opinión pública como comunismo y socialismo, invocando el fantasma venezolano.

En un clima político crispado por la pandemia de la COVID-19, pero donde el centro de gravitación e iniciativa política es, sin lugar a duda, AMLO con su personal estilo de gobernar y encarnar la Presidencia de la República, se asienta el tercer eclipse histórico de las izquierdas, que se manifiesta en dos movimientos: uno que oscurece la izquierda interna de Morena, y otro extendido hacia las que le son ajenas.

Además de vínculos orgánicos con grupos políticos oportunistas y alianzas con sectores conservadores, el bloque de poder  obradorista  que triunfó  en las elecciones de julio de 2018 —cuyos precarios equilibrios trata de mantener, haciendo gala de sabiduría paternalista, el propio AMLO— cuenta con una base plebeya y un entramado de recursos militantes arraigados localmente. La izquierda interna a Morena, que no está organizada como corriente, se compone, de forma difusa, por activistas, dirigentes e intelectuales orgánicos que comparten una postura y, en general, tienen antecedentes en luchas u organizaciones sociales que marcaron la historia reciente de esta posición en México. Para ellos, en extrema síntesis, la 4T se coloca en la senda de los movimientos y gobiernos progresistas latinoamericanos en función antiderechista y antimperialista y, en este sentido, exaltan el carácter transformador y el componente popular del obradorismo. En aras de poder impulsar su programa, y en particular las reformas sociales que contiene, aceptan el principio de la unidad nacional y la pragmática conciliación con los intereses de los de arriba y los de afuera.

A dos años de ejercicio de gobierno, algunas medidas sufragan sus convicciones, mientras otras tienden a refutarlas. En el primer rubro, figuran la lucha contra la corrupción, austeridad en el uso de recursos por parte de la administración estatal, subida del salario mínimo, políticas de apoyo puntual a sectores vulnerables, gasto público reorientado hacia el de la salud en ocasión de la pandemia, inversión en el energético, algunas reformas como la regulación de la subcontratación, etc. Por el otro, pesa la continuidad de fondo y la ausencia de reformas sustanciales en varios rubros fundamentales (por ejemplo, introducir mayores grados de progresividad fiscal o contrastar la concentración de los medios de comunicación), tensiones en relación con las resistencias que generan grandes proyectos energéticos o infraestructurales (como el Tren Maya), varios temas ambientales, la formación de la Guardia Nacional y el papel de las Fuerzas Armadas en la 4T, las polémicas directas con diversas ONG y algunos sectores del movimiento feminista y del indígena, entre otras cuestiones espinosas.

Una espía inequívoca de las dificultades de la izquierda interna en la 4T fue su estruendoso revés en la renovación de la dirigencia del partido. Las divisiones entorpecieron el proceso que marcaba el Estatuto, obligando a un inédito ejercicio de sondeo de opinión ordenado por el tribunal electoral y llevado adelante por el Instituto Nacional Electoral. Los sectores de izquierda apoyaron la candidatura de Porfirio Muñoz Ledo, un personaje camaleónico, ajeno a toda tradición izquierdista, que, para colmo, fue derrotado por Mario Delgado, propuesto por el sector más oportunista, conservador y neoliberal. Esto destapó una serie críticas que la disciplina partidaria, es decir, la lealtad hacia AMLO, mantenía a raya.[12] Armando Bartra, uno de los principales intelectuales de izquierda de la 4T, aun conservando cierto optimismo, señaló sin tapujos la ausencia de un partido que permita sostenerla al margen de la iniciativa presidencial, y enlistó una serie de tendencias alarmantes: crecimiento oportunista de la militancia, partido usado como trampolín para cargos, fuga de cuadros hacia el gobierno, electoralismo, distanciamiento de los movimientos sociales, incapacidad de conducción colectiva, falta de visión estratégica transexenal, parálisis de la capacidad de iniciativa política (Bartra, 2020).

En efecto, al margen de los contenidos de las políticas públicas, cuyo saldo más o menos progresista puede provocar distintas apreciaciones, el obradorismo y el gobierno que surgió en 2018 no se caracterizan por una apuesta hacia la acción colectiva, la movilización y la autonomía de las organizaciones sociales, sino que conciben la contienda política a partir de la iniciativa desde arriba, del núcleo dirigente y el jefe carismático; lo cual, en clave gubernamental, se traduce en control social en aras de un formato de gobernabilidad progresista (Modonesi, 2019b).

Este rasgo en particular desconecta y tiende a contraponer a Morena al universo izquierdista más vasto y diversificado que sigue subsistiendo en el país. Este vive su propio eclipse por dos fenómenos gravitacionales: el movimiento del obradorismo que tiende a desplazarlo, desacreditarlo y negarlo, al acaparar el campo del discurso antineoliberal (Modonesi, 2019a), y por otra parte, la propia inercia de un campo que tuvo su brillo en el ciclo del 132 a Ayotzinapa, pero terminó dividido entre organizaciones sociales fragmentadas, y tendencialmente corporativas, y grupúsculos políticos, imposibilitados o incapaces de ampliarse, conectándose y articulándose con instancias populares y luchas en curso. En ambos casos, es evidente la dificultad actual de tener visibilidad y generar una movilización desde abajo, alrededor de demandas sociales no incluidas en la agenda de la 4T. En un contexto de polarización binaria entre gobierno y oposición de derecha, la izquierda antisistémica queda en efecto eclipsada y relegada en sus reductos locales o sectoriales, periféricos respecto de la contienda política nacional. Organizaciones sindicales y movimientos sociales que destacaron en las luchas de la época (trabajadores, maestros, estudiantes, campesinos, indígenas, feministas, defensores del territorio contra megaproyectos) se encuentran dislocados en función de apuestas de mayor o menor cercanía a la 4T, cuidando su autonomía por razones ideológicas o de mera defensa de recursos.[13] En el microcosmos de los grupos socialistas que proclaman su independencia, unos apoyan al obradorismo con entusiasmo, algunos con reservas explícitas, y otros marcan una distancia irreductible.[14] El EZLN, desde la campaña de 2005-2006, y en reiteradas ocasiones hasta la actualidad, ha asumido una postura de frontal oposición concibiéndolo como una mera variante del neoliberalismo: «podrá cambiar el capataz, el mayordomo y los caporales, pero el finquero es el mismo» (Redacción Desinformémonos, 2018). Una posición que le costó una pérdida importante de influencia, dejando de ser un punto de referencia y articulación a nivel nacional, aunque le permitió recortar un limitado pero sólido y significativo perímetro de resistencia y relativa visibilidad en medio del eclipse.

Para finalizar este ejercicio de analogía retrospectiva, cabe señalar que no se puede prever el fin del eclipse en curso. Depende en buena parte de la órbita hegemónica del obradorismo, es decir de su capacidad para sostener y extender el consenso, tanto a nivel de masa como de franjas militantes y, en paralelo, de cooptación de grupos dirigentes en clave transformista. Por otro lado, más allá de la confrontación entre el gobierno y las oposiciones de derecha, en el terreno del conflicto social hay señales de activación limitada y puntual que, a la luz de la experiencia histórica y los niveles de contradicción del proceso en curso, dan garantía de que brotarán, más temprano que tarde, situaciones donde haya oportunidades de reactivación de izquierdas antisistémicas que logren transitar por el eclipse, otros momentos de catalización de las luchas y catarsis subjetiva como el 68, el 94, pero también los sobresaltos de 2012 y 2014, #YoSoy132 y Ayotzinapa. Mientras tanto, mirar el presente a través del prisma de las experiencias claroscuras anteriores, permite sopesar lo que está en juego más allá del horizonte restringido y la ceguera histórica de la pequeña política cotidiana.


Notas:

[1] Sobre el PRD véase Borja Benavente (2003) y Combes (2011).

[2] Podemos, en efecto, equiparar el calado de ambos debates que, en distintos momentos, marcaron el campo de las izquierdas trazando en su interior divisiones y contraposiciones, pero, al mismo tiempo, dando cuenta de la complejidad de las coyunturas, los desafíos y contradicciones que en ellas anidaban y anidan. Sobre la definición de «populismo de izquierda», más allá de su uso corriente, véase el intento de formalización de Chantal Mouffe (2019).

[3] Entre las múltiples obras de la historiografía del cardenismo, señalo en particular los trabajos de Arnaldo Córdova (1974), sobre la política de masas; Adolfo Gilly (1994), quien fuera uno de los teóricos del encuentro entre cardenismo y socialismo a finales de los años 80; y el estudio crítico de Arturo Anguiano (1988), quien resaltó su pendiente conservadora.

[4] Sobre el PCM y las izquierdas en México en general, véase Carr (1996), Rodríguez Araujo (2015), Illades (2017).

[5] Movimiento opuesto al gobierno de Miguel Alemán que reivindicaba los principios de la Revolución mexicana. En 1952 llevó a Miguel Henríquez Guzmán como candidato a la presidencia (N. de la E.).

[6] Será el mismo Gilly (1971), posteriormente cardenista, quien sostuviera la hipótesis de la revolución interrumpida que cuestionaba su continuidad institucionalizada y asumía la necesidad de un nuevo y distinto horizonte revolucionario.

[7] Se disolvió formalmente el Partido Mexicano Socialista, sucesor del PSUM, así como la Organización de la Izquierda Revolucionaria-Línea de Masas (OIR-LM), de tendencia maoísta, y se fracturó el PRT, además de otros grupos menores. Sobre el último debate socialista de alcance histórico político nacional, véase Modonesi (2003).

[8] A la cabeza de los cuales, junto a Cuauhtémoc Cárdenas, figuraba Porfirio Muñoz Ledo, ahora destacado dirigente de la Cuarta Transformación (4T), y empezaba a destacar el propio López Obrador.

[9] Sobre el vínculo entre el neozapatismo y las izquierdas socialistas véase la reveladora entrevista al Subcomandante Marcos (Le Bot, 1997).

[10] Sobre el aspecto de la participación generacional en estos movimentos, véase Modonesi (2018c).

[11] El ideario de la 4T, más que en el programa electoral de Morena y la coalición Juntos Haremos Historia, quedó plasmado en el libro que AMLO publicó antes de la campaña electoral (López Obrador, 2017).

[12] Ver en particular los planteamientos críticos de Pedro Miguel (2020b; 2020a), uno de los más lúcidos e influyentes intelectuales orgánicos de la izquierda de Morena.

[13] Este posicionamiento diferencial empezó a registrarse desde la campaña electoral de 2018 (Modonesi, 2018a).

[14] Botones de muestra de estas tres posturas: Alternativa Socialista (2020) se ubica dentro de la 4T, pero considera que esta «solo puede ser socialista»; José Luis Hernández Ayala (2020), dirigente del Sindicato Mexicano de Electricistas (SME) y de la Coordinadora Socialista (CS), señala una serie de límites, aunque cree que AMLO se eleva «por encima de las clases sociales» y, por lo tanto, lo caracteriza como bonapartismo progresista, y concluye que la «moneda está en el aire»; mientras que el Movimiento de los Trabajadores Socialistas (MTS), a través de su página izquierdiadiario.com.mx sostiene una postura de distancia absoluta y crítica radical.

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