En las calles y en la prensa: batallas del anarquismo en Cuba

El anarquismo recaló en La Habana en los primeros años de la década de los 80 del siglo xix, en tránsito hacia otros países de América.

Era la corriente política más arraigada entre jornaleros y obreros españoles y tuvo en Cuba una amplia influencia, sobre todo cuando la represión envió al exilio forzoso o voluntario a muchos ácratas[1] provenientes de Cataluña, que era, además, un importante centro de la prensa anarquista.

Cuba fue para ellos destino recurrente y casi virgen, dado que la clase trabajadora de la Isla, sometida por cuatro siglos de esclavitud y coloniaje, carecía de una fuerte tradición y conciencia políticas. Para 1892, el Congreso Regional Obrero, celebrado en La Habana, aprobaba una resolución para promover las ideas del

«socialismo revolucionario» como vía de emancipación de la clase trabajadora y aconsejaba su estudio a los trabajadores «para que, analizándolas, puedan apreciar, […] las inmensas ventajas que estas ideas proporcionan a toda la humanidad» (Del Toro, 1979: 90-1).

Aunque las filas de las organizaciones anarquistas «se vieron notablemente disminuidas por las expulsiones de trabajadores extranjeros que se producían cada vez que había un movimiento huelguístico en el país», la crítica del anarquismo contra la demagogia, la corrupción y el desgobierno, tanto como su propuesta de «acciones violentas en señal de protesta, bombas, sabotajes, etc.», entusiasmaron a los obreros cubanos (Cabrera, 1969: 49).

En la Isla formaron núcleos de acción y gremios obreros, divulgaron su doctrina mediante publicaciones periódicas muy influyentes (sobre todo entre los tabaqueros), encargadas lo mismo de la difusión «pasiva» que de la promoción de la llamada «propaganda por el hecho», como solían llamar a las acciones de movilización y lucha. Con el fin de elevar su nivel cultural, crearon escuelas populares para los trabajadores en los mismos locales donde cada día estudiaban sus hijos.

Los anarquistas proponían el uso del terror político contra representantes del poder, lo cual concitaba, claro está, la más cruel represión gubernamental y enfrentamientos abiertos con las autoridades. Con la llegada al poder de Gerardo Machado en 1925 —acompañada de un conjunto de «decretos represivos dirigidos contra el movimiento obrero y sus organizaciones, especialmente contra anarquistas y comunistas» (Massón, 2006: 29)—, la embestida contra grupos de izquierda se generalizó. Aumentaron las condenas, las expulsiones del país y los asesinatos de líderes anarquistas y comunistas. Consecuentemente creció el rechazo al régimen y la lucha obrera fue contestada desde el poder —en incesante círculo vicioso— con nuevos actos represivos.

Durante los diez años siguientes, Cuba vivió uno de los procesos revolucionarios más radicales de la historia latinoamericana, durante el cual los anarquistas, sus instituciones y sus líderes desempeñaron un notable papel. En febrero de 1925, se celebró el Segundo Congreso Nacional Obrero de Cienfuegos, donde se propuso la creación de la Central Nacional de Obreros de Cuba (CNOC), organismo conductor de la lucha obrera a partir de este momento. La CNOC adoptaría los principios de la Federación Obrera de La Habana (FOH), fundada en 1921 por líderes anarcosindicalistas como Antonio Penichet y Alfredo López —quien la dirigiría hasta caer asesinado el 20 de julio de 1926. Se promulgó también la lucha de clases como medio de obtener reivindicaciones obreras y la igualdad de derechos de las mujeres trabajadoras. Asimismo, como parte de un gran movimiento internacional, la CNOC se sumó a la solidaridad con los anarquistas italianos Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, injustamente condenados a muerte en los Estados Unidos.

La prensa anarquista, por otro lado, hizo su parte al reflejar los debates en torno al régimen, al divulgar sus diferencias con otros sectores y al lanzar frecuentes convocatorias de apoyo a las huelgas obreras. La labor de propaganda fue muy influyente en la representación pública de los diferentes sectores y grupos sociopolíticos que, hallándose en vías de cohesión durante las primeras décadas del siglo xx, dirimieron sus intereses en el curso de la revolución antimachadista.

El asesinato en 1935 de Antonio Guiteras, único político cubano con un proyecto insurreccional capaz de llevar adelante la Revolución, marcaría el cierre de una etapa tan gloriosa como frustrada de las luchas sociales en la Isla. En 1950, la revista Estudios. Mensuario de Cultura homenajearía al líder revolucionario en «Vigencia de Antonio Guiteras» (Yergo, 1950), confirmación de la valía de su pensamiento y acción para los militantes anarquistas.

I

Cuando, a raíz de los cambios económicos operados durante el período de entreguerras (la llamada Tregua Fecunda, de 1878 a 1895) se gestó el proletariado cubano, el desarrollo de la clase obrera determinó la aparición de las primeras demandas proletarias, y con ellas el afianzamiento en la Isla de las concepciones ideológicas surgidas de sus luchas. El protagonismo obrero se hizo sentir tanto en Cuba como en la emigración vinculada a la lucha por la independencia, sobre todo gracias al proyecto martiano de unidad para la preparación de la Guerra necesaria, que los obreros identificaban como una causa legítima de lucha contra la desigualdad económica, la política colonial y el injusto orden social.

Durante la Guerra de 1895 hubo anarquistas partidarios de la autonomía y, más ampliamente, de la lucha independentista. Según Roberto Sánchez (citado por Sánchez Cobos, 2008: 19), en aquellos años lograron renombre numerosos ácratas como Armando André —asesinado años después por sus denuncias a Machado en la publicación oposicionista El Día—, así como importantes miembros de los clubes «Enrique Roig San Martín» y «Fermín Salvochea», cuyos principales líderes políticos fueron Enrique Crecci y Enrique Messonier. Al final de la contienda, la intervención de los Estados Unidos —pese a la modernización que implicó en términos socioeconómicos y políticos, en el ámbito de la escolaridad, la cultura, el pensamiento y la vida cotidiana (Iglesias Utset, 2003)— frustró las expectativas de buena parte de los obreros cubanos.

Entre los fundadores de la Liga General de Trabajadores de Cuba, en 1899, hubo muchos obreros de origen ácrata. Sus huelgas contaron con el apoyo, en la prensa, de Adrián del Valle, Abelardo Saavedra y Arturo Juvenet, asiduos colaboradores del semanario ¡Tierra! durante su primera época (1902-1914). Honrando el carácter supuestamente «antipolítico» de su ideología, los anarquistas mantuvieron distancia de las elites del poder y del esquema parlamentario y electoral que inauguró la República. Quienes ya se habían sumado al autonomismo o al anexionismo terminaron distanciándose, como es lógico, del anarquismo.

Este cobró protagonismo en la conocida Huelga de los Aprendices, protagonizada por los tabaqueros en 1902. Entre 1909 y 1913 las acciones fomentadas por la propaganda anarquista y dirigidas por líderes ácratas fueron radicalizándose. Por ejemplo, integrantes del gremio de las planchadoras, «cansadas de tanta miseria y explotación» (Sánchez Cobos, 2008: 248) y dirigidas por la anarquista Justa Martínez, atacaron varios talleres de lavado en La Habana. Las mujeres fueron muy activas en acciones de ese tipo (Shaffer, 2003).

En Sagua la Grande, la Liga Cubana de Empleados de Ferrocarriles inició, en 1911, una protesta que muy pronto transitó a huelga general en los territorios cercanos. La radicalización del movimiento y el uso de la acción directa como método de lucha destaca en la propuesta, no exenta de humor, de uno de los huelguistas: «que se fume ahora más que nunca […]. Cualquiera sin querer, al tirar un fósforo, de casualidad, incendia un almacén, un depósito de combustible» (Sánchez Cobos, 2008: 249).

Una vez fracasadas las negociaciones con los obreros, Gerardo Machado, por entonces secretario de Gobernación de José Miguel Gómez, decretó la Ley Marcial, la censura y la prohibición de asociación en todo el territorio de Sagua y zonas cercanas, donde la huelga tenía un considerable apoyo. A pesar de tan duras medidas, ya para mediados de los años 20 el movimiento obrero cubano había logrado reunir unas condiciones que facilitarían su actuación en los años siguientes y se convertirían en su mayor potencial: organización, cohesión y nuevas tácticas de lucha vinculadas al sindicalismo revolucionario. (252)

El anarquismo luchó insistentemente durante esta etapa, además, contra la influencia reformista. Por eso sus militantes habían boicoteado, en 1914, la organización del Congreso Obrero auspiciado por la llamada Asociación Cubana para la Protección Legal del Trabajo.  Entre quienes se destacaron entonces estuvo Alfredo López (Cabrera, 1985: 32). Los anarcosindicalistas se oponían a la fundación de este congreso —que calificaron muy gráficamente de «congreso borrego» (31)— por considerar que la Asociación no representaba los intereses de los trabajadores aun cuando priorizara muchos temas de su propio interés: la condena a la Primera Guerra Mundial, la necesidad de eliminar la desigualdad entre hombres y mujeres, la mejora de las condiciones de vida del proletariado, la modificación de los aranceles, el estímulo a la industria nacional, la ayuda a la repatriación de los cubanos emigrados y la creación de cooperativas de consumo y sociedades de asistencia. Más de 220 huelgas con amplio protagonismo anarquista tuvieron lugar entre 1917 y comienzos de 1920. El 6 de abril de este último año, por ejemplo, el Sindicato General de Obreros de la Industria Fabril exaltaba los logros alcanzados en las huelgas mediante la unidad del proletariado dentro del Sindicato y no como gremios independientes, y promovía en su declaración «la “acción directa” en las luchas contra la burguesía explotadora» (Del Toro, 1979: 116). A pesar de la brutal represión, consiguieron temporalmente algunas mejoras económicas. Si bien las demandas políticas no habían sido hasta entonces la principal preocupación de los obreros, la Revolución de Octubre les había hecho ganar conciencia de su papel dentro de la lucha política en diversos contextos geográficos, y el proclamado apoliticismo anarquista se vio sacudido y forzado a considerar la fundación de una organización rectora de la lucha proletaria.Aquel cambio propició un inmediato distanciamiento entre el anarquismo y otras tendencias ideológicas, y también entre los propios ácratas. Aunque compartían los intereses de la clase obrera y las causas de sus luchas, aquellos recelaban de esas posturas ideológicas —principalmente el comunismo— que defendían la divisa de tomar y ejercer el poder estatal, aunque ese recelo respondiera mucho más a diferencias teóricas que a situaciones prácticas, pues en cuanto a métodos de lucha, el anarquismo siempre se presentó como una opción radical.

Tras la expulsión en 1925 de los principales líderes (españoles en su mayoría) y la extrema represión machadista contra comunistas y anarquistas, la nueva generación, cuya primera expresión había sido la formación de la ya mencionada FOH,[2] estaba lista para priorizar estrategias conducentes a «una amplia colaboración con los líderes socialistas y comunistas» (Sánchez Cobos, 2008: 380), cuya línea política veían con mayores posibilidades de triunfo. Los más radicales se nuclearían alrededor del periódico ¡Tierra!, renacido en 1924 bajo el impulso de la Federación de Grupos Anarquistas de Cuba (FGAC).

Durante el Segundo Congreso Obrero Nacional (SCON) —celebrado en Cienfuegos del 15 al 19 de febrero de 1925, y en el cual se propuso la creación de la CNOC—, el protagonismo de los ácratas resultó decisivo en la aprobación de medidas que incluían la organización de un Plan Educacional para «constituir en cada pueblo una Comisión de Educación Obrera», crear «Escuelas Racionalistas» para los más desfavorecidos y luchar por la implantación de la jornada laboral de ocho horas, el derecho a huelga, la atención permanente a la mujer trabajadora, el enfrentamiento a cualquier tipo de discriminación entre los obreros, y la promoción de una prensa societaria (Instituto de Historia, 1977).

El Tercer Congreso Nacional Obrero, celebrado en agosto de 1925, ratificó la permanencia de la CNOC como entidad aglutinadora de la clase obrera y debatió sus bases orgánicas e ideológicas. Igualmente, se planteó promover la adquisición del ABC sindicalista: para ir formando ambiente de medidas y procedimientos de sabotaje, boycott [sic] y demás tácticas, para que sean conocidos estos procedimientos, ya que la mayor parte de los trabajadores los ignoran. (Sánchez Cobos, 2008: 383)

También acordó una amplia campaña de prensa en mítines y manifestaciones de protesta por las condiciones laborales y de vida de los obreros, para exigir la jornada de ocho horas y proteger a la mujer y al niño. En cuanto a política interna, se propuso una campaña contra la pena de muerte reinstaurada por Machado (que concitó también el rechazo de los comunistas y un célebre artículo condenatorio de Julio Antonio Mella), así como la protesta de todas las organizaciones contra el Decreto Presidencial de 31 de julio, que ordenaba la «expulsión de extranjeros perniciosos».

La política represiva contra obreros, comunistas y líderes sociales incluía acusaciones falsas y la prohibición de sindicatos y agrupaciones obreras, pero también crímenes directos que cobraron innumerables vidas. El asesinato de Alfredo López y la consiguiente crisis de liderazgo provocaron que muchos de sus compañeros abandonaran sus puestos en la FOH y la CNOC, y esta última debió reorganizarse. Los comunistas asumieron el reto de la conducción de los obreros y, a partir de 1927. Rubén Martínez Villena y otros militantes comunistas ocuparon el lugar de los anarcosindicalistas, lo cual estrechó la articulación entre diversos grupos ideológicos en la lucha posterior al estallido revolucionario de 1930. Bajo el liderazgo de los comunistas —aun a pesar de insalvables diferencias doctrinales— los ácratas se sumaron a connotadas acciones obreras que, hasta 1933, pusieron en jaque al gobierno de Machado e impulsaron su salida del poder, al costo de un enorme número de muertos, encarcelados y exiliados. Las acciones directas se acompañaron de una intensa propaganda para atraer a los trabajadores, sobre todo azucareros, a la lucha política.

Los comunistas priorizaron la búsqueda de la unidad proletaria a costa de limar varias de las propuestas de los anarquistas y de otras corrientes. Para 1934, durante el Cuarto Congreso de la CNOC, promovieron la renovación de los estatutos de la central sindical, y llamaron a los trabajadores a desvincularse de otras corrientes ideológicas. Suprimieron, por ejemplo, la cláusula que rechazaba la acción electoral, de procedencia evidentemente anarquista. La declaración de principios de los comunistas planteaba literalmente que «la Confederación Nacional Obrera no debe ocultar que guarda una estrecha relación con el Partido Comunista, como parte más avanzada de la clase proletaria». Abiertamente, la organización se propuso captar a los «obreros no organizados, y […] conquistar para la organización sindical revolucionaria a los […] que se encuentran en organizaciones bajo la dirección de líderes reformistas, anarcosindicalistas, trotskistas». Aun cuando los líderes anarcosindicalistas habían abogado, en 1925, por una ampliación de los vínculos, dentro y en beneficio del movimiento obrero, todavía una década después el Partido Comunista no aceptaba a otras organizaciones proletarias que, a pesar de no compartir su ideología, luchaban por el beneficio común y contra enemigos de clase también comunes (Sánchez Cobos, 2008: 390).

Fruto de tan explícito desencuentro, ese mismo año se produjo la ruptura definitiva entre anarquistas y comunistas. En uno de sus mensajes públicos, los primeros declaraban: «Nosotros luchamos por la “igualdad” ante todo; por la verdadera y propia “igualdad”, no por aquella mentira escrita en las cárceles de las monarquías, de las repúblicas o de la Rusia “bolchevique”» (391). También en el interior del anarquismo, ya en los últimos años de la revolución antimachadista, en medio de la dura represión y la falta de entendimiento con los comunistas, las contradicciones entre viejos líderes de la FGAC y los más jóvenes, agrupados en la Juventud Libertaria de Cuba, fueron aumentando. Los lazos previos se habían desgastado.

II

El periódico ¡Tierra! fue —según consenso de los estudiosos— una de las más influyentes publicaciones ácratas de América Latina. Tuvo dos etapas: la primera (con el subtítulo Periódico Libertario) entre 1902 y 1914; la segunda (como Semanario Anarquista) tuvo lugar entre 1924 y 1940. Curiosamente, no hallamos en la publicación ninguna referencia a un equipo editor, aunque sí se publican editoriales firmados por La Redacción. La convergencia de esa segunda etapa del periódico con el trascendental período de la historia nacional que va de 1925 a 1935, años de consumación de la revolución antimachadista y de desarrollo de un movimiento anarquista propiamente cubano, otorga una tremenda relevancia a este, su principal medio de expresión.

¡Tierra! dio cuenta de los principales acontecimientos de la crisis previa al estallido de la Revolución del 30, así como del ideario de las nuevas figuras que habían ido preparando, a lo largo de décadas, la adaptación de la ideología anarquista a la realidad cubana. Ya en pleno apogeo de la represión machadista, los líderes más conocidos del movimiento fueron quedando definitivamente fuera de la escena política, y aquella nueva generación promovió la creación de la CNOC, cuyos principios fundamentales de lucha eran la acción directa y el rechazo a las vías electorales, ambos muy relacionados con los postulados anarcosindicalistas.

En los primeros años del siglo xx, a pesar del analfabetismo imperante, la prensa escrita, medio ideal para la difusión ideológica, cumplió con creces su labor entre los obreros con cierto nivel de instrucción y realizó una amplia «difusión de la literatura libertaria» (Sánchez Cobo, 2008: 183). Sin embargo, la represión contra colaboradores y distribuidores de los periódicos era constante; incluso algunos de dichos periódicos fueron clausurados. Por otra parte, las serias dificultades económicas para producir y mantener las tiradas constituían un reto permanente, dados los depauperados salarios de los obreros, quienes eran, a fin de cuentas, los que sostenían esos medios.

En la primera etapa, ¡Tierra! mantuvo su regularidad hasta ser clausurada en 1914 y fue, entre las de su tipo, la publicación que mejor logró trascender la primera década republicana. Decisivos, tanto en términos de organización como en la prédica general del ideario anarquista, sus primeros números pretendían promover la formación de grupos vinculados a los espacios de trabajo, con tareas «centradas principalmente en la difusión de los principios ácratas». En primera plana, el 11 de junio de 1903 el artículo «Los grupos anarquistas» afirmaba: «Cada grupo sería […] un sostenedor moral y material de nuestras publicaciones, […] facilitando su introducción entre el pueblo trabajador […] y, sobre todo, sirviendo de vehículo trasmisor del sentimiento popular» (170). Es decir, que esos grupos —en tanto voceros de las preocupaciones de los trabajadores— harían llegar al periódico las inquietudes de estos, como parte de una circularidad que persigue el intercambio en condiciones de igualdad con la masa obrera, antes que proponerse orientarla o dirigirla. Otro objetivo era fomentar «instituciones populares educativas» y promover acciones conjuntas de mejora de condiciones laborales y de la sociedad mediante un activo proselitismo. Aun manteniendo intacta su defensa de la individualidad, base de su ideología, era preciso que los anarquistas y sus familiares se integraran a todos los proyectos, pues «el bien general solo puede resultar de la buena labor de cada uno» (171).

Como parte importante de su misión divulgativa, tanto ¡Tierra! como el resto de los periódicos anarquistas denunciaban constantemente los problemas de analfabetismo de los trabajadores y sus hijos, y por eso contribuyeron a la creación de asociaciones para el fomento de la cultura y la educación. De ese modo, la ideología y la actividad anarquista fueron extendiéndose por todo el país.

Asimismo, los periódicos, en tanto medios de información y movilización, ocupaban un lugar importante en la vida cotidiana de los trabajadores urbanos (aun de aquellos incapaces de leerlos),[3] y su lectura o escucha era una práctica cultural institucionalizada desde el siglo anterior entre la clase obrera mundial. Cuanto más vertiginosamente se desarrollaba esta, más protagonismo adquiría la prensa de orientación clasista, por lo cual, aunque fuera con escasos recursos, seguían apareciendo periódicos, a menudo clandestinos, que defendían los intereses de la clase obrera (Tocqueville, 1997).

Si bien la centralización de sus medios propagandísticos en un medio específico era visceralmente contraria a los principios básicos del anarquismo radical (enfático en el tema de potenciar y extender los grupos anarquistas, más que en garantizar su organización y divulgación vertical), ¡Tierra! descolló entre sus homólogas. Al reaparecer, tras una década sin editarse, se convirtió en una «publicación renombradísima para el movimiento obrero revolucionario de todos los idiomas, razas y países» (Sánchez Cobos, 2008: 339).[4] Además de demandas obreras, sus páginas acogieron polémicas con comunistas y anarcosindicalistas, contraponiéndose a los primeros por sus reparos a un sistema proletario basado en el poder del Estado socialista, y a los segundos por rechazar la idea federalista de la reivindicación sindical.

Más aún, los anarquistas radicales consideraban ambas tendencias demasiado teóricas, y la suya les parecía la variante más práctica de la propaganda por el hecho, pues confiaban en el impacto de acciones concretas para incentivar la acción popular contra la opresión de clase. Tales discrepancias de orden práctico encubrían diferencias doctrinales que terminarían por impedir la integración del proletariado cubano, al igual que ocurrió en otras latitudes, a pesar de la urgencia del momento. Su rechazo a la creación de una organización centralizada y el énfasis en el individualismo y la sociedad libertaria significaban un límite; pero hay que reconocer que no dudaron nunca en correr grandes riesgos para llevar adelante la lucha revolucionaria.

Ya en su segunda etapa, se da en ¡Tierra! una creciente recurrencia de polémicas sobre actitudes y acciones de los comunistas y de muestras de indignación por la represión desatada, además de constantes convocatorias a huelgas obreras. A tono con la efervescencia revolucionaria del momento y su impacto en la sociedad cubana, tales temas demuestran mayor madurez y amplitud del periódico respecto de su primera época, en franco reconocimiento de esa amplitud como condición indispensable para sostenerse en medio de las crecientes dificultades.

Coherente con el antagonismo internacional agudizado a partir de 1921, tras la rebelión de los marinos en Kronstadt, protagonizada, entre otros, por anarquistas, el periódico se convirtió en gran detractor de la Revolución de Octubre y de los comunistas en general. Tras la violenta respuesta del Ejército Rojo, los anarquistas de casi todo el mundo se distanciaron del marxismo, sellando una diferencia suscrita ya en la Primera Internacional (1864), cuando resultaron evidentes algunos desacuerdos en cuanto a métodos de lucha y la forma de transición a una nueva sociedad. Así, aunque sostuvo la lucha por lograr mejoras políticas, laborales y sociales, e incluso la defensa de la revolución social como vía para cambiar el orden de cosas en la Isla, ¡Tierra! fue radicalizándose hacia esa zona de la ideología anarquista que dificultaba o imposibilitaba el diálogo con otras fuerzas más o menos afines.

Aun en momentos de expansión, el semanario tuvo notables interrupciones: a partir de septiembre de 1925 la falta de recursos financieros impidió su salida, como puede verificarse en el número 57, donde se explica la existencia de un déficit financiero acumulado de 239.63 pesos, y se implora a los deudores que remitieran a las oficinas de la redacción las debidas cantidades para que la publicación pudiera sostenerse. Otra pausa importante, relacionada sobre todo con la radicalización del proceso revolucionario, tuvo lugar en el primer semestre de 1933. Cuando, tras el derrocamiento de Machado, el periódico logró restablecerse, las precariedades de siempre impidieron mantener su frecuencia semanal. Comenzó a publicarse, primero, cada diez días, y luego, apenas una tirada quincenal, e incluso mensual en ocasiones. Aun así, sus redactores encontraron la forma de hacer correr sus ideas cuando todo parecía poco para las prioridades del proceso revolucionario, y la unidad de las fuerzas resultaba ser la única posibilidad de triunfo real de una clase obrera doctrinalmente dividida, pero movilizada contra los desmanes del machadato.

A propósito de la política editorial, un recorrido somero por las páginas de ¡Tierra! revela el uso reiterado de colaboraciones anónimas o firmadas con seudónimos. Tal recurrencia debe pensarse no solo como síntoma de una vida en el borde de la legalidad —y en la necesidad de protección en épocas de riesgo político—, o de la precariedad de la instancia autoral —o sea, de la falta de reconocimiento y autorización de una voz determinada—, sino también como alusión práctica a la poca respetabilidad que la defensa de la propiedad conseguía entre los anarquistas: no solo renunciaban a la propiedad intelectual, sino incluso al nombre propio, diluyéndose así en un sujeto a medias colectivo que hablaba en nombre de todos.

A pesar de su limitado círculo de suscriptores,[5] la redacción no solo daba espacio a reclamos de sindicatos y organizaciones obreras de todo el país que denunciaban la represión gubernamental, sino que tampoco cejaba en propagar su doctrina mediante numerosas referencias a acontecimientos de connotación universal para la clase obrera. Incluso con insultos y burla, la crítica al movimiento comunista —a la nueva URSS tanto como a los partidos seguidores de la Internacional Comunista— parecía ser su única bandera común en medio de crecientes diferencias internas, lo cual llegó a convertirse en uno de los elementos característicos de la publicación.

III

Vale la pena acercarse a varios artículos publicados entre los años 1925-1935 para ver el modo en que se produce la crítica al comunismo, su ideología, partido y maneras de dirigir la clase obrera en la lucha social. Un autor anónimo afirma que los «comunistas autoritarios» quieren establecer «un gobierno, con todos sus poderes y atributos», justificándolo de antemano en la proclama de que es preciso instaurar «la dictadura del proletariado» defendida «por la Rusia soviética» (¡Tierra!, 1925b: 3). Como se sabe, la ideología anarquista no prevé, en la revolución, un período de tránsito. La dictadura del proletariado, así, no es más que otro gobierno en el poder y, como tal, merece la crítica y la oposición de los anarquistas.

Al descartar la retórica comunista como «palabras faltas de sentido que no significan nada», el anónimo redactor se pregunta irónicamente quién sabe «cómo funcionaría la dictadura proletaria al día siguiente de triunfar una revolución», una vez desaparecidas «todas las desigualdades sociales». Entonces declara sin empacho que con el abuso de cierto «espíritu de la burguesía» se busca que los trabajadores «obedezcan las órdenes de ciertos jefes de columnas, […] preparando así el advenimiento de un sistema dictatorial en que nadie tendría que discutir y que se implantaría a todos al triunfar la revolución». Esta preocupación, siempre latente en el anarquismo, enfrenta la degradación progresiva de la organización revolucionaria con la negación de toda jerarquía.

Llamaba además a combatir «con todas nuestras fuerzas la idea de semejante dictadura, cien veces más terrible en sus efectos a todas cuantas han podido existir hasta hoy» pues, al no estar claras las diferencias, el pueblo seguiría el camino trazado por los nuevos funcionarios, a la larga convertidos en neoburgueses con poder político. Así, afirmaba cáusticamente, «para inaugurar sus funciones, lo primero que tendrían que hacer sería reprimirse a sí mismos», un imposible. La eliminación de una clase política para ser sustituida por otra terminaría, decía, por reproducir aquello que ha eliminado, reinstalando un poder estatal con la consiguiente creación de muchos «empleos inútiles, todos los cuales pesan sobre el productor».

Tres semanas después, los redactores cargan contra los comunistas lusitanos por promover los intereses del partido en lugar de «los intereses generales del pueblo». Rememoran cómo, cuando los primeros comunistas llegaron a Portugal, se habían declarado antiparlamentarios y estaban más interesados en organizar a quienes no pertenecían a ningún sindicato que en iniciar campañas políticas, «pero poco tiempo después dieron por no dicho lo dicho y consideraron conveniente llegar al parlamento para fiscalizar, dicen, los actos de la burguesía en sus reductos y combatirla», atacando a sus oponentes bajo la divisa de que «tratan de crear confusión entre las fuerzas revolucionarias» (1925a: 3).

También acusan a los comunistas de introducir la división en sindicatos y organizaciones obreras, de arremeter en sus órganos de prensa contra los militantes de otras corrientes ideológicas y de atribuir «a los sindicalistas y anarquistas sindicalistas […] intenciones que solo ellos tienen». En conclusión, «los comunistas querían la unidad y están desorganizados, […] están de acuerdo con la máxima jesuita: “desorganizar para reinar”». Esa toma de posición contraria al ejercicio del poder por parte de los comunistas se va acentuando y convirtiendo en uno de los temas más frecuentes del periódico.

En «Leemos y copiamos…» (1925c) se hace un llamado de apoyo a la Agrupación de Defensa de los Encarcelados en Rusia, atacando directamente al Estado soviético por su trato a los presos políticos y por la represión: «el gobierno bolcheviqui [sic] [oprime] de una manera sangrienta a los trabajadores de la Federación de los Soviet […] prisioneros por decenas de miles», y orquesta «una campaña de difamación […] contra sus víctimas». Las disensiones parecían insalvables y hasta la tendencia a escribir de los modos más estrafalarios la palabra bolchevique, dificultades de transcripción aparte, parecería un modo de insultar a los partidarios de la URSS.

Así, enfrentan los artículos publicados en los órganos de prensa de los partidos comunistas europeos por «un tal Magyar», «colaborador literario de la Tcheka», quien afirma que los encarcelados no son más de quinientos «mencheviques, socialistas revolucionarios, anarquistas y fascistas» y describe los centros de detención «con colores tan idílicos que […] los mismos prisioneros están encantados».

También se refieren a «el Pravda de Moscú y el Pravda de los otros países», pues la prensa comunista les parece idéntica en todos lados. Ese mismo artículo hace referencia a otro de Pravda del 21 de septiembre de 1924, en torno al tema anterior y a la creación por el gobierno soviético del Socorro Rojo Internacional, el cual, según los anarquistas cubanos, «bajo un diluvio de frases hipócritas […] trata de justificar las crueles persecuciones del gobierno ruso y desviar de ellas la atención».

Aun si reconoce que Socorro Rojo Internacional proporciona apoyo a los «revolucionarios detenidos en las prisiones burguesas», considera inaceptable que la organización acepte dinero de un gobierno «carcelero y verdugo de los obreros» en su propio país, deviniendo así órgano ejecutivo del «gobierno dictatorial de Moscú y de su Tcheka». El artículo va dirigido a sindicalistas y anarquistas franceses que «han asumido la defensa […] de los revolucionarios rusos», pues lamentablemente los anarquistas rusos también defienden al gobierno bolchevique, y aquellos que no lo hacen «se encuentran en las prisiones o se ocultan» (2).

En otra arremetida anónima (1925d) contra el gobierno bolchevique, en ese mismo número, se hace una comparación penosa: si durante el régimen zarista se «excomulgaba y asesinaba a los que de veras eran revolucionarios; a los que entendían por revolución todo lo que sea transformar progresivamente, tanto en lo social como en lo no social», en la actual «Rusia dictatorial […] le llaman pequeño burgués a Trotzki [sic], el asesino del proletariado en Kronstadt». No falta aquí cierta intriga sobre los motivos de este cambio, explicado porque Trotski había publicado un libro donde «deja entrever que Lenin se había disgustado con Kerenski porque Kerenski cuando gobernaba le había negado lo que aquí le llamamos una secretaría de despacho». Aunque el autor no asume del todo como cierta esa explicación, entiende que algo así es un «hecho natural dentro del autoritarismo marxista o burgués […], la muerte salvó a Lenin de caer en el mismo vicio… y los que hoy condenan a Trotzki seguirán con el tiempo el mismo camino, si la muerte no los libra de semejante pecado» (4).

Seis años después, se acusa a la CNOC de convocar una marcha de apoyo a la Rusia soviética el 1 de mayo, e ignorar los deseos de los trabajadores miembros al ofrecer adhesión incondicional a la «Sindical Latinoamericana, órgano de los bolchevikes». Protesta además contra la secretaría de la organización, que tilda de «traidores» a quienes «no secunden sus tácticas de lucha para alcanzar el poder» (1931: 2).

Previsiblemente, vuelve a cuestionar esa «patria del proletariado» donde la dictadura «ejerce una vergonzante y brutal tiranía» al tiempo que reseña la negativa de gremios y sindicatos a marchar bajo la enseña comunista, pues mutaría «este día de protesta universal en una fecha de propaganda para tomar el poder» e impedir el uso de la palabra a quienes no se contaran entre los «incondicionales del Partido Comunista, al objeto de que nadie desentone y señale sus errores».

Si bien los comunistas excluían a quienes no compartían su ideología a pesar de la urgencia de unidad, esa era una actitud común al resto de las tendencias ideológicas obreras, incluidos los propios anarquistas, que renegaban de apoyar a la URSS, «un país amordazado, atestado de cárceles e infestado de burócratas que ejercen toda suerte de crímenes contra los que no aceptan la Dictadura sobre el proletariado».

«Última Hora» (1925d: 4) comenta la llegada a la redacción de una hoja —editada por los «asalariados de Stalin»— que ataca a la Federación y Sociedad de Torcedores de una manera «harto boschevike [sic] (léase inculta)», por impedir que «los “rojos” entraran a saco en la organización y […] oponerse a que se les llevara al terreno de la política» como «ovejas del Partido Comunista».

Alguien identificado como Coure da testimonio de su asistencia a una manifestación «de comunismo bolchevique», contra el imperialismo y el militarismo. Un joven obrero prorrumpió en vítores y aplausos y, al ver que el autor no demostraba el mismo entusiasmo, lo tildó de «reaccionario y burgués». así aludido, el autor respondió que él era más revolucionario, antimperialista y antimilitarista que aquel joven y los otros manifestantes, porque ellos realizaban esa protesta, pero aceptaban expresiones imperialistas y militaristas de la Rusia soviética sin cuestionarlas, y «si repugnantes y lesivos a los intereses y la dignidad humanos resultan los procedimientos de Mussolini y de Hitler, no menos repugnantes y lesivos han de resultar los de Stalin». más adelante explica cómo su interlocutor sigue mirándolo «con la extrañeza con que se mira a un loco interesante» (1933: 3). he aquí una viva muestra de la pervivencia de las diferencias ideológicas existentes desde la primera internacional entre anarquismo y comunismo, referidas a la necesidad de la dictadura del proletariado.

El periódico también aborda la participación de Trotski en los sucesos de Kronstadt (1934). Denuncia que, mientras anarquistas ucranianos y crostantianos se batían contra la reacción blanca, […] Trotzki, (traidor que no sentía la revolución rusa) bombardeaba y destruía los centros libertarios de Moscú y Petrogrado […]. Trotzki fue el que al frente del Ejército Rojo, […] tomó por asalto Kronstadt y asesinó a millares de hombres, mujeres y niños […] fue el que masacró a los revolucionarios libertarios de Ucrania. (2)

IV

Como demuestran tales ejemplos, la virulencia en el abordaje de los desacuerdos entre anarquistas y comunistas fue una de las líneas editoriales de ¡Tierra!, que no cedió un ápice en la propaganda anarquista y en la defensa de sus ideales. La amplia campaña de descrédito contra los simpatizantes del ideal anárquico, previendo que estos se enfrentarían al poder revolucionario una vez concluida la guerra civil, hizo que las diferencias entre anarquistas y comunistas, a menudo ventiladas en la prensa y, por tanto, documentables hoy, resultaran irreconciliables.

Este es un capítulo de la historia de Cuba en cuyo conocimiento debemos ahondar para conocer más acerca del movimiento obrero cubano, aprovechando la conservación, aunque escasa, de ejemplares de ¡Tierra!, el periódico más importante entre los publicados en el país por defensores del anarquismo, que testimonia su contribución a la lucha por la conquista de un futuro mejor, con sus contradicciones y errores, pero también con su pasión y compromiso.


Notas:

[1] Aunque algunos estudiosos usan los términos anarquista y ácrata como sinónimos (lo que haré en el curso de este acercamiento), otros los distinguen basados en que la anarquía supone la ausencia de gobierno, en tanto la acracia alude literalmente a la ausencia de coerción (Radowki, 2014: 13), y según la RAE, «ausencia de autoridad».

[2] Durante el Congreso Nacional de Trabajadores, en 1920, convocado para enviar delegaciones al III Congreso Obrero Panamericano, los anarquistas se opusieron firmemente y lograron sentar las bases para la creación de la FOH (Sánchez Cobos, 2008: 379).

[3] Adriana Loredo, en una de sus crónicas para la sección «El menú de la semana» en Bohemia, menciona a «un amigo, viejo él, tabaquero él, anarquista él» que solía «enredar las palabras» al hablar. Un testimonio de que la extensión de la ideología anarquista en la clase obrera cubana no exigía formación cultural formal, sino capacidad de análisis y pasión política (Zell, 2018: 192).

[4]  Hay evidencia material de su circulación fuera de Cuba, como sugiere la existencia de ejemplares en los fondos de la Fundación Flores Magón, de México, y el Instituto Internacional de Historia Social, de Ámsterdam.

[5] En el número referido se pide a los suscriptores pagar 15 centavos para mantener la publicación. En el supuesto de que ese pago sirviera para saldar la deuda, puede calcularse un número aproximado de mil seiscientos suscriptores. El alcance de ¡Tierra!, naturalmente, sería mayor, teniendo en cuenta la lectura en las tabaquerías y la circulación de un mismo ejemplar de mano en mano, especialmente en regiones rurales.

Referencias:

Cabrera, O. (1969) El movimiento obrero cubano en 1920. La Habana: Instituto del Libro.

             (1985) Alfredo López, maestro del proletariado cubano. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales.

Del Toro, C. (1979) «La fundación de la Primera Central Sindical Nacional de los trabajadores cubanos (Los Congresos Obreros de 1892 a 1934)». En: Anuario de Estudios Cubanos. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, t. II, 89-164.

Iglesias Utset, M. (2003) Las metáforas del cambio en la vida cotidiana: Cuba 1898-1902. La Habana: Ediciones UNIÓN.

Instituto de Historia (1977) «Del Movimiento Comunista y de la Revolución Socialista de Cuba: Memoria del Segundo Congreso Nacional Obrero, Cienfuegos, 1925». En: El movimiento obrero cubano: documentos y artículos. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, t. I, 399-406.

Massón, C. (2006) Diagnosis de una relación: Los intelectuales cubanos y las ideas socialistas en la década de 1920. La Habana: Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana «Juan Marinello».

Radowki, M. (2014) Diccionario básico de historia política. Buenos Aires: Anatema.

Sánchez Cobos, A. (2008) Sembrando ideales: anarquistas españoles en Cuba (1902-1925). Sevilla: CSIC.

Shaffer, K. (2003) «La musa radical: mujeres y anarquismo a inicios del siglo xx cubano». Cuban Studies, n. 34, 130-53.

¡Tierra! (1925a) «Internacionales», n. 24, 30 de enero, 3.

             (1925b) «La Dictadura del Proletariado», n. 21, 6 de enero, 3.

             (1925c) «Leemos y Copiamos: Un Llamado de los Verdugos y de sus Lacayos», n. 25, 6 de febrero, 2.

             (1925d) «Última Hora», Ibídem, 4.

             (1931) «Voz de Alerta», n. 1, 30 de abril, 2.

             (1933) «¡¡Abajo el Imperialismo!!», 1 de octubre, 3.

             (1934) «Trozsky o los Lloros de un Cocodrilo», n. 11, 22 de noviembre, 2.

Tocqueville, G. (1997) La prensa obrera: orígenes y protagonismo en la gran sociedad industrial (1865-1939). Montevideo: CNTI.

Yergo, Á. F. (1950) «Vigencia de Antonio Guiteras». Estudios. Mensuario de Cultura, a. 1, n. 3, agosto, 40-1.

Zell, R. H.(Adriana Loredo) (2018) Páginas muy bien condimentadas. Crónicas de Bohemia (1946-1959). Borroto Trujillo, A. (sel. y estudio preliminar). Santiago de Cuba: Editorial Oriente.

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