Según la tesis más común en los Estados Unidos, la política hacia Cuba ha sido asunto doméstico —no de política exterior—, debido a la supuesta eficacia del cabildeo de la derecha cubanoamericana; el número desproporcionado de senadores y congresistas federales de origen cubano; y el poder fortuito de los cubanoamericanos en las elecciones federales en la Florida, un estado donde solo se necesita un estrecho margen para ganar elecciones. Gracias a esos factores y sus recursos económicos, esa derecha supuestamente tiene el poder para definir la política hacia la Isla (Woodruff, 2006; LeoGrande, 2013).

Este ensayo ofrece otra interpretación, sobre la base, ante todo, de la primacía de la política de Estado como factor decisivo en la política hacia Cuba. Aunque la derecha cubanoamericana ha sido sin duda eficaz, esto se debe en gran parte a su apoyo fiel a esa línea, definida por la Guerra Fría y el derrumbe de la Unión Soviética, por el reto del proyecto cubano a los Estados Unidos, y por ciertas coyunturas excepcionales que la favorecieron en momentos claves. Lejos de ser arquitecta, ha sido, como máximo, un instrumento útil para una política de Estado que ha permanecido casi intacta por seis décadas, salvo variantes tácticas de distintos presidentes. De hecho, ha tenido «éxito» porque ha podido empujar una puerta abierta.

El análisis sigue el orden de las administraciones presidenciales estadounidenses desde 1959 hasta hoy. En cada etapa, se examina brevemente el contexto nacional e internacional que marcó la política, los pasos que tomó el gobierno estadounidense a favor o en contra de un acercamiento, y el grado en que la derecha cubanoamericana ejerce o no una influencia determinante sobre ella.

Eisenhower, Kennedy, Johnson, Nixon, Ford: se definen los fundamentos de la política

Estas cinco administraciones fueron parte del hervidero de la Guerra Fría. Esta etapa es de clave importancia, sobre todo en sus inicios, con Dwight D. Eisenhower y John F. Kennedy, porque en ella se establecen los patrones fundamentales de la política hacia la Isla que perduran hasta hoy, y han sido, ante todo, el cambio de régimen y las principales tácticas para lograrlo: un embargo/bloqueo, una guerra sucia (hasta James E. Carter), y el uso propagandístico de lo que entonces se llamó «exilio cubano». El objetivo y casi todas las tácticas cobran fuerza desde muy temprano como política de Estado, y así perduran hasta la actualidad. La derecha cubanoamericana todavía no tiene un papel protagónico en esta primera época, salvo el propagandístico.

Eisenhower (1953-1961) estableció el objetivo principal de cambio de régimen en octubre de 1959, cuando autoriza el apoyo a cubanos exiliados para una guerra sucia contra el gobierno revolucionario. Apoyando ese objetivo, también empieza a trasmitir la estación Radio Swan, el antepasado de Radio y TV Martí. Entonces aprueba los planes para la invasión a Cuba en marzo de 1960 y múltiples intentos de asesinar a Fidel Castro. La justificación era la posición de la Isla como «satélite» de la Unión Soviética, y el apoyo cubano a revoluciones en el continente (Schoultz, 2009).

Culminando estas medidas, en enero de 1961, rompe las relaciones diplomáticas e impone un embargo/bloqueo para destruir la economía cubana (2009), el cual se fortalece desde entonces, sobre todo con la Ley Helms-Burton (CDA, 1992). Esta continuidad en la política de Estado se interrumpe —en parte y temporalmente— durante la segunda mitad del mandato de Barack Obama, vuelve a tomar fuerza con Donald Trump y ahora con Joe Biden. De modo que en esencia se manifiesta solo con altas y bajas en su rigor durante distintas administraciones.

Eisenhower también permite la entrada libre a los Estados Unidos de todos los cubanos que deseaban emigrar, algo que la administración Johnson hace permanente con la Ley de Ajuste Cubano (Cuban Adjustment Act), en 1966 (PL 89-732/1966, de 2 de noviembre). Este favoritismo —único en la historia de la política de inmigración de los Estados Unidos— no desaparece hasta el fin del procedimiento de «pies secos/pies mojados», bajo Obama.

La política de inmigración para los cubanos tiene como objetivo derrocar a su gobierno, pero también es una de las bases para que los exiliados sirvan de propaganda contra él, pues, según las consignas de la Guerra Fría, escapan al «comunismo totalitario». La verdadera voz de los cubanos solo existía entre los emigrados, a pesar de que la mayoría de la población apoyaba al gobierno revolucionario. Este papel ha tenido un impacto desproporcionado en la opinión pública estadounidense.

Kennedy (1961-1963) hereda y fortalece las medidas de Eisenhower. Aunque decide no intervenir directamente con tropas estadounidenses en la invasión por Bahía de Cochinos, la permite, y después crea la Operación Mangosta, de intensificada guerra sucia contra Cuba (Prados y Jimenez-Bacardi, 2019). Como resultado de la Crisis de los Misiles en octubre de 1962, el gobierno norteamericano abandona, en acuerdo con la Unión Soviética, la intención de invadir directamente a Cuba, pero persiste en apoyar las acciones de grupos contrarrevolucionarios con emigrados. Ello hasta la administración Carter, quien intenta una política de cambio de régimen, pero con métodos de «poder suave» (Schoultz, 2009).

En resumen, Kennedy conduce lo que ya se conforma como una política de Estado, no de partidos, administraciones o gobiernos. El papel de los cubanoamericanos en esta época no es protagónico. Basta recordar una crónica sobre los sucesos de la invasión por Playa Girón, donde se reportaba que

«el gobierno en el exilio», supuestamente, iba a desembarcar en la Isla, tras la victoria de los invasores. Sus miembros estuvieron encerrados, sin comunicación con el exterior, durante toda la invasión, en una base secreta de la CIA en la Florida. Los comunicados de ese «nuevo gobierno» eran redactados y emitidos por aquella, no por el supuesto «futuro presidente» de Cuba (Rasenberg, 2011; LeoGrande y Kornbluh, 2014).

Estos patrones en la política estadounidense siguen en pie durante la administración Johnson, quien se preocupa poco de Cuba, ya que la guerra de Vietnam, y muchos otros asuntos, lo sofocan (LeoGrande y Kornbluh, 2014).

Richard M. Nixon (1969-1974) lo sigue y demuestra un odio profundo contra la Revolución cubana. Se reporta que cuando su secretario de Estado, Henry Kissinger, trató de hablarle sobre un cambio con respecto a Cuba, le respondió que «no quería que se lo volvieran a mencionar jamás» (Haney y Vanderbush, 2005). Kissinger obedeció calladamente, aunque siguió persiguiendo conversaciones con la Isla en secreto. De modo que poco cambia en la política hacia Cuba durante Nixon, salvo un acuerdo para evitar los secuestros de aviones, que la derecha cubanoamericana no puede detener (LeoGrande y Kornbluh, 2014). El mandatario también se ve consumido por Vietnam y el escándalo de Watergate, que lo obliga a renunciar y dejar de presidente a Gerald D. Ford.

Durante el corto mandato de este, Kissinger logró convencerlo para intentar negociaciones con Cuba, y se tomaron modestas medidas para suavizar el embargo/ bloqueo, pero la presencia de tropas cubanas en Angola detuvo esos esfuerzos. Ese conflicto africano, por supuesto, se interpreta como parte de la Guerra Fría, determinante clave de toda política de Estado, incluyendo a Cuba.

En resumen, durante los mandatos de Johnson, Nixon y Ford, la derecha cubanoamericana todavía no alcanza influencia, más allá de su papel propagandístico. Pero en los inicios de esas dos décadas, sí se define una política de Estado hacia Cuba.

Carter: un acercamiento, pero la política de Estado no cambia

James E. Carter (1977-1981) entra en el poder con intenciones de mejorar las relaciones entre los dos países. Las tácticas para el cambio de régimen varían de manera importante, pero, al final, las premisas fundamentales de la política estadounidense no cambian. Aunque quizás esa fuera su intención inicial (Haney y Vanderbush, 2005), ese sigue siendo el objetivo. Carter intenta lograrlo a través de lo que años después se llamaría el «poder suave» o «Carril dos». Se abandona el apoyo a la guerra sucia armada por cubanoamericanos de ultraderecha, ya reconocida como inútil, y un acercamiento logra algunos avances en las relaciones, sobre todo por el establecimiento de «oficinas de intereses», en efecto semi-embajadas. Hubo otros acuerdos, como permisos para que los cubanoamericanos enviaran remesas y visitaran a sus familiares en Cuba; y como resultado de conversaciones con sectores de la emigración, en 1978, Cuba libera miles de presos y Estados Unidos permite 120 000 visitas de cubanos a sus familiares durante el primer año de esa apertura (Sweig, 2009). Pero este proceso de acercamiento se paraliza; Carter exige que Cuba abandone su política de apoyo a Angola, Namibia, y a las insurgencias en varios países latinoamericanos, sin éxito. Finalmente, la masiva emigración por el Mariel le da el tiro de gracia al acercamiento.

Estas medidas, aunque eran nuevas tácticas de un gobierno demócrata, seguían la misma política de Estado. Solo dos aspectos del acercamiento se lograron: las secciones de intereses y el inicio de un proceso de diálogo y cercanía entre Cuba y su emigración, algo que fue resultado de una iniciativa cubana, no estadounidense.

Nada indica que los cubanoamericanos influyeran en la política de acercamiento de Carter, y ciertamente no pudieron detenerla. Aunque parecían tener mucha influencia, en realidad empujaban una puerta abierta para lograr sus «éxitos».

Por supuesto, para que los cubanoamericanos pudieran influir directamente en la política hacia la Isla, era necesario que sus organizaciones de derecha llegaran a un mínimo nivel de madurez que les permitiera dejar de actuar como «exilados», gritando desde Miami, y empezaran a actuar como ciudadanos cubanoamericanos. Esa maduración empezó en esta época, pero necesitó de sustancial ayuda de la administración Reagan. El poder político de la derecha cubanoamericana empieza a vislumbrarse con el próximo presidente, Ronald W. Reagan (1981-1989).

Reagan: puertas abiertas y promoción para la derecha cubanoamericana

La década de los 80 es el principio del fin de la Unión Soviética, del socialismo europeo, y de la Guerra Fría. Reagan dice durante su campaña «pudiéramos bloquear a Cuba», y cosas semejantes (Haney y Vanderbush, 2005). Meses antes de su elección, un tanque pensante de derecha, el Council for Inter-American Security (CIS), había preparado el Documento de Santa Fe I (Bouchey et al., 1980), un escrito de la ultraderecha estadounidense que se convirtió en la guía principal de la política hacia América Latina de la entrante administración y la próxima. En él se recomendaba la restauración de una versión moderna de la Doctrina Monroe para Cuba, y afirmaba que «si la propaganda fracasa, debemos impulsar una guerra de liberación nacional contra Castro» (1980).

Según numerosas fuentes, muchos de los autores y padrinos de este informe —luego altos dirigentes en la administración Reagan— reunieron a un grupo de cubanos, entre ellos Jorge Mas Canosa, para crear una organización que siguiera el modelo del American Israel Public Affairs Committee (AIPAC), para cabildear a nombre de los cubanoamericanos. El resultado fue la Fundación Nacional Cubano Americana (FNCA). Desde ese momento, se le abrirían prácticamente todas las puertas del poder ejecutivo de Reagan, y luego de su sucesor George H. W. Bush, y hasta cierto punto también de William J. Clinton. Como veremos, la FNCA se convierte en un componente útil de la política que impulsaría Reagan, pero lejos de ser imprescindible (Small, 1980).

Alexander Haig, su primer secretario de Estado, declara que estaba «determinado a derrocar a Castro», y que sería «una victoria fácil». William M. LeoGrande y Peter Kornbluh (2014) afirman que Haig le dijo a Reagan: «Solo me das el visto bueno, y convierto ese paisito de m… en un parqueo». Estas citas reflejan la política de Reagan y de su equipo al principio de su mandato. El nuevo mandatario desmantela prácticamente toda la apertura de Carter, con la excepción de las secciones de intereses, y establece Radio Martí. Varios cubanoamericanos pasan a ocupar puestos de importancia en el Departamento de Estado, y Mas Canosa queda como director de la junta que dirigía Radio Martí, hasta su muerte en 1997.

El aparente «éxito» de la FNCA como grupo de cabildeo durante dos décadas, la eficacia de su dirigente Mas Canosa en recaudar fondos, en gran parte gracias al apoyo de casi todos los sectores de poder de cubanoamericanos y del «establishment» tanto demócrata como republicano, se presentan como evidencia del supuesto poder de la derecha cubanoamericana para controlar la política hacia la Isla (Fonzi, 1993). Uno debe preguntarse si los «éxitos» de la Fundación a partir de la administración Reagan y hasta aproximadamente la muerte de Mas Canosa en 1997, se deben a su poder propio sobre la política, o a uno solo prestado a una organización creada para apoyar una política de Estado y de gobierno ya definidas desde Eisenhower, y fortalecidas posteriormente durante veinte años. La FNCA simplemente se suma con dinero, astucia y un discurso que encaja con esa política.

Bush: máxima influencia cubanoamericana en un entorno internacional distinto

George H.W. Bush (1989-1993) empieza en el poder con una política igual a la de su predecesor, pero un clima internacional muy distinto prácticamente lo obliga a apretar aún más a Cuba. Durante su mandato se derrumba el socialismo europeo —los principales socios comerciales de Cuba— y la Isla entra en el llamado Período Especial. Los comentaristas y líderes políticos en los Estados Unidos pronostican el pronto desplome del gobierno cubano. Por ejemplo, Bush declara que «Castro muestra señales de desesperación», y que «no sobrevivirá a esto» (Haney y Vanderbush, 2005). El fin de la Guerra Fría, junto con los acuerdos que van resolviendo los conflictos en el sur de África y en Centroamérica, le restan importancia a la Isla dentro de la política exterior estadounidense. El nuevo panorama internacional consume la atención de Bush.

La FNCA aumenta su influencia en los márgenes de la política —aunque no en su esencia— dentro de

ese clima, ocupando un vacío que se crea en el tema Cuba y que dura casi hasta el presente, salvo durante el segundo mandato de Obama. En esa época, la derecha cubanoamericana también empieza a acumular poder a nivel federal, en el sur de la Florida. Desde mediados de la década de los 80, venían ganando elecciones en el Estado y el condado Dade; y en 1989, coincidiendo con la entrada de Bush, Ileana Ros Lehtinen gana un puesto en la Cámara. Ella era miembro de la FNCA, y jefe de campaña de Jeb Bush, hijo del presidente y hermano del gobernador de Texas y futuro presidente. En 2002, pronto se le suman dos nuevos congresistas cubanoamericanos: Mario R. Díaz-Balart, republicano, y Robert Menéndez, demócrata; ambos son anticastristas intransigentes, y encontraron las puertas abiertas de los sectores de poder estadounidenses (Eckstein, 2012).

Con estos logros electorales y el impulso que le dio Reagan, la FNCA entra en su época de mayor influencia, hasta parte del primer mandato de Clinton. La política de Bush fue como la de Reagan hasta principios de 1992, cuando los congresistas demócratas Robert Torricelli de New Jersey y el senador Bob Graham de la Florida presentan, a inicios de ese año, un proyecto de ley llamado Cuban Democracy Act (Ley Torricelli). Con ella comienza la codificación del embargo en ley —algo que se completa con la Helms-Burton Act, pocos años después. Se limita aún más el comercio de Cuba, y su enorme aspecto extraterritorial le empieza a arrebatar al presidente parte de su potestad sobre la política hacia la Isla, y se la entrega a la legislatura. Por otro lado, también introduce formalmente por primera vez en relación con Cuba, las ideas del «poder suave» con las tácticas de «pueblo a pueblo», algo que la Fundación y la derecha cubanoamericana rechazan en ese momento, pero que Clinton luego favorece (e irónicamente, la FNCA mucho después) (CDA, 1992). Bush y su departamento de Estado se oponen inicialmente, porque le quitaría al presidente parte de su potestad tradicional sobre la política exterior, y también por su carácter extraterritorial. Pero la Fundación la apoya eventualmente, un poco a regañadientes, porque respaldan el resto de la legislación y se prepara con su participación. Poco antes de las elecciones, Clinton, oportunistamente, la respalda. Esto cambia la opinión de Bush a solo dos semanas de las elecciones de 1993. Ningún político republicano podía arriesgarse a ser «menos duro con Cuba comunista» que su opositor demócrata; y no solo para fortalecer el voto de la derecha cubanoamericana, sino por las consecuencias en el electorado en general. Clinton supuestamente logra aumentar el porcentaje de cubanoamericanos que votan a su favor, pero a pesar de eso no gana la Florida (Rytz, 2013).

La participación de la Fundación en la política —y, a través de ella, de la derecha cubanoamericana— llega a su máximo nivel durante la administración Bush y los inicios de la Clinton, cuando se aprueba y pone en marcha TV Martí. La FNCA también fortalece sus vínculos de influencia con los demócratas, sobre todo con Robert Torricelli, mediante el entonces congresista Robert Menéndez (hoy senador), ambos de New Jersey. Lo más importante es que se aprueba la Ley Torricelli, que dificulta, todavía más, eliminar el embargo/bloqueo. Con parte de él codificado en ley, cierra el mandato de Bush. No obstante la aparente influencia de la Fundación en la política, estas medidas siguen siendo enteramente acordes con la política de Estado vigente casi desde 1959. Además, como en administraciones anteriores, y a pesar de su hostilidad hacia Cuba, Bush intenta conversaciones secretas con La Habana en varias ocasiones, algo que la derecha cubanoamericana no puede evitar (LeoGrande y Kornbluh, 2014).

Clinton: un poco de todo, y se codifica el cambio de régimen

William J. Clinton (1993-2001) abre su mandato con un panorama internacional muy parecido al que enfrentó Bush: fin de la Guerra Fría, Cuba en pleno Período especial, y la expectativa del derrumbe del gobierno revolucionario. El congresista Torricelli declara que «el colapso es inevitable». En realidad, Cuba ha perdido importancia en la enorme carpeta de asuntos internacionales del gobierno estadounidense. Warren Christopher, primer Secretario de Estado de Clinton, declara que «Cuba no está dentro de los primeros cincuenta temas de preocupación para la Administración».

El equipo formado alrededor de Clinton parece favorecer —aunque calladamente al principio— el «Carril dos» o «poder suave» como política hacia Cuba, no la línea favorita de mano dura de la FNCA. El motor de los esfuerzos para influir dentro del vacío que sigue siendo la política hacia Cuba, se va desplazando hacia el Congreso, con Torricelli y sus aliados (los ultraderechistas Jesse Helms, senador, y Dan Burton, congresista), y los citados representantes cubanoamericanos.

En el verano de 1994, empiezan a llegar a los Estados Unidos los que pronto se llamarían «balseros». Clinton comienza por rechazar a inmigrantes cubanos en altamar; primera vez, desde el triunfo de la Revolución, que ese país hace algo semejante, sin previa consulta con la derecha cubanoamericana o sus congresistas. No se puede olvidar que el tema de la inmigración irrestricta, y supuestamente excesiva, es un asunto de carácter nacional, y los «balseros» son representativos de esa cuestión en toda la nación. Esto rebasa los estrechos debates de la política hacia Cuba. Los intereses de Estado —dígase inmigración— obligan a Clinton a interceptar a los cubanos en altamar y enviarlos a la base de Guantánamo, a pesar de las furiosas protestas de la FNCA y los cubanoamericanos en el Congreso.

En septiembre de 1994, después de conversaciones secretas con Cuba, Clinton firma un acuerdo de inmigración que permitía la intercepción de migrantes cubanos y su devolución a Cuba, garantizando solo algunos de los privilegios que antes tenían los cubanos. El acuerdo también compromete a los Estados Unidos a otorgar veinte mil visas anuales para cubanos, con el objetivo de canalizar la emigración por vías legales y seguras. La FNCA rechaza este acuerdo porque las balsas son un verdadero regalo propagandístico, pero Clinton apacigua a Mas Canosa con más restricciones a los viajes y las remesas de cubanoamericanos, así como más trasmisiones de Radio y TV Martí. Sin embargo, se niega a implementar las principales exigencias de la Fundación: retirar el acuerdo migratorio y establecer un bloqueo marítimo a la Isla. La FNCA —considerada por algunos como casi omnipotente— sencillamente pierde cuando se trata de una necesidad de Estado como la inmigración ilegal.

En las elecciones de medio término de 1994, los demócratas pierden la mayoría en la legislatura. Jesse Helms y Dan Burton, ambos republicanos ultraderechistas, quedan respectivamente como jefe y persona de mucha influencia en los comités de relaciones exteriores del Senado y la Cámara. Estos cambios tienen poco que ver con la política hacia Cuba, pero son bienvenidos por la derecha cubanoamericana.

Con la obsesión que ha caracterizado la relación de los Estados Unidos con la pequeña Cuba, ambas cámaras estaban impacientes, pues el gobierno cubano no se había derrumbado como esperaban. Entonces apoyan un proyecto de ley para redoblar la presión a la Isla: la Ley Helms-Burton. Esta propuesta se elabora sin la participación directa de la FNCA, aunque los congresistas cubanoamericanos tomaron parte. Se legislan —ya no de decisión presidencial— todas las regulaciones del bloqueo, además de definir condiciones que Cuba supuestamente tiene que cumplir antes de que se levanten las sanciones, algo así como una moderna Enmienda Platt. También permite que se presenten demandas judiciales para que los cubanoamericanos reciban compensación o recuperen sus antiguas propiedades nacionalizadas en la primera década de la Revolución, así como prohibiciones relacionadas con los bienes nacionalizados. Por último, la ley permite que el presidente detenga estas imposiciones cada seis meses, algo que hacen Clinton, Bush, Jr. y Obama, pero que Trump años después decide permitir.

La historia de la Ley Helms-Burton es complicada. En su primer intento fracasó por la oposición de la administración Clinton y los demócratas, junto a la falta de entusiasmo entre los republicanos. Al formalizar la política hacia Cuba en una ley, la presidencia perdería la potestad que le quedaba, y sus capítulos eran conflictivos por su extraterritorialidad. El debate afectaba temas de importancia nacional —poderes ejecutivos contra poderes legislativos—, mucho más allá de la política hacia Cuba.

En marzo de 1996 todo cambia. Cuba derriba dos aviones de Hermanos al Rescate que violaban el espacio aéreo cubano, dejando cuatro tripulantes muertos. Clinton se ve obligado, políticamente, a dar su firma al proyecto, que se mueve rápidamente en ambas cámaras por el clima nacional de rechazo al derribo de los aviones.

Durante su segundo mandato, Clinton impulsa más su política de «poder suave», para disgusto de la FNCA y de los cubanoamericanos en el Congreso. También persigue una política de modesto acercamiento, incluyendo vuelos a la Isla, y apoyo a una ley que permita la venta de productos agrícolas y medicinales. Esta fue la primera derrota legislativa que sufrió la derecha cubanoamericana (Haney y Vanderbush, 2005), aunque la Fundación, aparentemente a través de Helms, logra incluir en ella la exigencia de que se pague las compras al contado y antes de la entrega de los productos. En los próximos años, Cuba comprará, bajo esa ley, cientos de millones de dólares de productos.

En relación con Cuba, el mandato de Clinton termina con la controversia alrededor del caso de Elián González, el niño rescatado del mar, en 1999, luego del naufragio de la embarcación donde su madre, que no sobrevive, lo llevaba hacia Miami. La FNCA se opone al retorno del niño a Cuba con su padre, y aunque logra movilizar a la derecha cubanoamericana para retener al pequeño, sus esfuerzos fracasan. Las autoridades de Clinton arreglan para que pueda regresar con su padre. Las manifestaciones de la derecha cubanoamericana supuestamente se convierten, pocos meses después, en un elemento de la derrota de Al Gore en las elecciones presidenciales. Pero, al mismo tiempo, debilitan su poder propagandístico frente al público estadounidense, que ve en la oposición un desacato a la ley, y a la patria potestad de un padre sobre su hijo.

En resumen, durante Clinton el embargo/bloqueo se fortalece al convertirse en ley. El centro de gravedad de la política anticastrista se sigue desplazando hacia el Congreso, sobre todo hacia los representantes cubanoamericanos y sus aliados de derecha. La influencia de la FNCA pierde fuerza por la muerte de Mas Canosa, en 1997, y la política de Estado sigue igual que en los 60: cambio de régimen mediante un embargo/bloqueo.

Bush, Jr.: mano dura otra vez

George W. Bush (2001-2009) llega al poder cuando ya el espejismo del derrumbe del gobierno cubano casi ha desaparecido, aunque el triunfalismo del fin de la Guerra Fría perdura. El mandatario pronto se ve envuelto en el ataque a las torres gemelas, en Nueva York, y su secuela de guerras en Iraq y Afganistán. Cuba sigue teniendo relativamente poca importancia frente a esos retos internacionales, pero en el sur de la Florida,el mandatario apoya la movilización de la derecha cubanoamericana en el caso de Elián, aparentemente para fortalecer su ventaja con sus votos, así como los vínculos de su familia con ella. Se supone que esto lo ayudó a ganar, debido a la influencia de ese sector político sobre las municipalidades donde ocurre el controversial conteo de los votos. El resultado es una victoria de Bush en la Florida, por un escaso y disputado margen, y una victoria en el colegio electoral, a pesar de que Al Gore gana el voto popular. La derecha cubanoamericana se vanagloria de haberle dado la victoria a Bush, como otro ejemplo de su papel autopropagandístico.

La política del presidente hacia Cuba retoma la de su padre, o peor, se opuso firmemente a ningún acercamiento. De hecho, su hermano Jeb estaba postulado en 2003 para reelección como gobernador. Entonces el presidente elimina las pequeñas medidas de acercamiento de Clinton, para garantizar que la derecha cubanoamericana apoye a Jeb. También nombra a varios de sus representantes a puestos de importancia intermedia en el gobierno; y, por último, crea una comisión, semejante en su contenido a la notoria Enmienda Platt, donde un grupo de «expertos» definirán «transición» en Cuba, incluyendo la forma que debe tener el nuevo gobierno para ser aceptable para los Estados Unidos (Commission for Assistance to a Free Cuba) (Haney y Vanderbush, 2005).

Tras la muerte de Mas Canosa, en 1997, su hijo, Jorge Mas Santos, asume la presidencia de la FNCA. En dos años la organización se divide con el retiro de un sector que rechaza la aparente intención de adoptar una variante del «poder suave» en sus esfuerzos anticastristas. Aunque las dos organizaciones resultantes siguen cabildeando, ninguna logra la relevancia que tuvo la Fundación en su apogeo en los 80 y 90.

La iniciativa anticastrista ahora se había desplazado casi totalmente al Congreso. Los cubanoamericanos añaden dos congresistas y, por un tiempo, dos senadores, todos de extrema derecha, al menos en cuanto a Cuba. Ese grupo se convierte en un bloque de política dura contra la Isla; pero la atención ya no se centra tanto en ella, que ha perdido importancia en el panorama de la política exterior, sino en cultivar el voto cubanoamericano en el sur de la Florida y utilizar a la derecha como vocera del anticastrismo.

Obama: ¿todo cambia?

Durante la campaña de 2008, el entusiasmo por su candidatura hacía parecer que Barack Obama lo iba a cambiar todo, incluyendo la política hacia Cuba. Incluso rompe los patrones de las campañas políticas en el sur de la Florida, cuando, en un discurso en pleno Miami, declara que ya era hora de cambiar una política fracasada durante cincuenta años. Hillary Clinton, su contrincante en las primarias, mantiene una «línea dura» con relación a Cuba.

Obama (2009-2017) gana cerca de la mitad de los votantes cubanoamericanos en su primera campaña presidencial, algo que muestra que muchos de ellos no son de extrema derecha hacia la Isla. En esas mismas elecciones, sin embargo, dos hijos de cubanos ganan puestos en el senado: Marco Rubio (Florida) y Ted Cruz (Texas). Junto con un senador y cuatro congresistas de origen cubano ya en sus puestos, se confirma que la influencia de la derecha cubanoamericana se ha desplazado casi completamente a la legislatura.

Durante su primer mandato,Obama es contradictorio en su política hacia Cuba. Toma algunas medidas para suavizar el embargo/bloqueo, pero brinda escaso apoyo a diversas iniciativas legislativas para permitir viajes, turismo y comercio. También respalda mucho más los programas de «pueblo a pueblo», es decir, el «Carril dos» de la Ley Torriccelli. Por otro lado, el grueso de las prohibiciones del embargo/bloqueo —como las multas a los bancos que tienen tratos con Cuba— incluso aumentan, y la Isla permanece en la lista de países que apoyan el terrorismo. Un cambio más profundo en la política no sucede todavía.

La derecha cubanoamericana, a través de Menéndez, entorpece lo más que puede la venta de comida y medicinas a Cuba, pero aparentemente ni el poder del creciente grupo de sus legisladores, ni los debilitados grupos de cabildeo pueden detener las modestas medidas presidenciales de acercamiento. La derecha también se ve obligada a abandonar su postura de acusar de traidores a los emigrados que viajan a Cuba o envían remesas. Hay cientos de miles de visitas y millones de dólares de remesas al año.

La política hacia Cuba en la primera mitad del segundo mandato de Obama marcha como en el primero. Pero nadie sabía que los dos países venían sosteniendo conversaciones secretas desde 2013 (LeoGrande y Kornbluh, 2014). Estas culminan con el acuerdo anunciado en diciembre de 2014. En los próximos meses, se restablecen las relaciones diplomáticas formales, se retira a Cuba de la lista de países que apoyan el terrorismo; y en poco más de un año, se firman más de una docena de acuerdos bilaterales en áreas de interés mutuo.

Lo más notable es que la derecha cubanoamericana no puede impedir esta nueva política del gobierno de Obama, a pesar de la supuesta influencia de sus legisladores en el Congreso. Las puertas de entrada a la maquinaria de formulación de políticas se habían cerrado, y la derecha cubanoamericana se quedó afuera.

Trump (2016-2020) y Biden (2021- ): mano dura de nuevo

Donald Trump retomó con entusiasmo la política de Estado de cambio de régimen, con más de doscientas medidas para fortalecer el embargo/bloqueo contra la Isla. También vuelve a declarar a Cuba como Estado que apoya el terrorismo, algo que dificulta enormemente el comercio del país. Se desmontan prácticamente todos los avances de Obama, entre ellos los viajes de cubanoamericanos y otros estadounidenses a la Isla, y se reducen enormemente las remesas. Se dice que el senador Marco Rubio fue determinante en la aplicación de la línea dura de Trump hacia la nación cubana —sin duda, él y otros cubanoamericanos en la Administración tuvieron influencia—, pero la política de Trump tiene poco de nuevo. La fachada cubanoamericana era conveniente, mas no imprescindible. Mauricio Claver-Carone, de origen cubano, asesor a cargo del continente americano en el Consejo de Seguridad Nacional, también fue, aparentemente, un factor decisivo. Por su defensa de esta política y muchas otras, es recompensado por Trump con un nombramiento a la presidencia del Banco Interamericano de Desarrollo. El mandato de Joe Biden solo lleva un año al escribir estas líneas, pero todo indica que seguirá las pautas de su predecesor. Su gobierno no ha eliminado ninguna de las más de doscientas medidas impuestas por Trump al embargo/bloqueo, a pesar de manifestar lo contrario durante su campaña. Esto probablemente se debe a dos factores que rayan en la fantasía: uno, suponer que una política de «mano dura» contra Cuba será suficiente para ganar más votos entre los cubanoamericanos, cuando es lo contrario; y segundo, que el derrumbe del gobierno cubano es inminente, idea que ha sido parte de la mitología acerca de Cuba desde 1959.

Conclusiones

Este ensayo se ha preguntado si la derecha cubanoamericana ha desempeñado el papel de arquitecta o títere en la política estadounidense hacia Cuba. La respuesta es que ha sido, fundamentalmente, el de instrumento útil, pero no de factor determinante. Lo que existe es una política de Estado forjada durante los mandatos de Eisenhower y Kennedy, entre 1959- 1960; se fortaleció con Johnson, Nixon y Ford; y ha permanecido intacta hasta hoy día, en su objetivo de cambio de régimen y en su táctica principal: el embargo/bloqueo.

Esta conclusión se basa, ante todo, en lo siguiente: en los momentos en que se hacen cambios grandes en esa política —y esto solo en las tácticas—, los sectores ultraderechistas cubanoamericanos no han sido arquitectos cuando las distintas administraciones eran hostiles hacia Cuba, ni han podido detener su política cuando significaba esfuerzos de acercamiento. Esto último se puede ver inequívocamente durante el período de acercamiento que intentó Carter, los cambios en el segundo mandato de Clinton, y, por supuesto, las medidas de Obama entre 2014 y 2017. En ninguno de esos casos, pudieron detener los cambios. Que la política de Estado no necesitaba de un «lobby» cubanoamericano de derecha se ha demostrado con Trump, que sin él desmontó todos los cambios de Obama.

La FNCA, en su momento de mayor apogeo, y más recientemente los legisladores de origen cubano han aprovechado bien, en diversas ocasiones, las puertas abiertas de varias administraciones; así como el relativo vacío en la política hacia Cuba que se manifestó después del fin de la Guerra Fría. Pero no ha sido un factor determinante en definir o implementar las políticas, de Estado primero, y de gobiernos después. Su poder ha sido fundamentalmente «prestado»: puertas abiertas, promoción por sectores de poder, y no propio. Al menos en dos momentos claves —«balseros» y derribo de los aviones de Hermanos al Rescate—, la derecha cubanoamericana se benefició, con astucia, de sucesos fortuitos que resultaron muy favorables a sus propósitos.

La conclusión principal de este ensayo es que existe una política de Estado: cambio de régimen, desde el principio del conflicto en 1959, con una táctica principal: embargo/bloqueo. Cuando la voluntad de algún gobierno estadounidense intentaba fortalecer las tácticas en contra de Cuba, la derecha cubanoamericana empujaba las puertas abiertas y desempeñaba (y desempeña) un papel de apoyo, sobre todo propagandístico. Pero cuando se trata de gobiernos que intentan una política de mayor acercamiento, ella solo ha podido entorpecer esos cambios, pero no detenerlos.

Referencias:

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