La memoria empañada del movimiento contra la guerra en Vietnam

Autor(es): Christian Appy

El despertar que se produjo a nivel global en 1968 representó un desafío a todo tipo de autoridad: política, económica, cultural, racial, militar, religiosa, sexual, y paterna. También desafió cada convención erudita, incluso la manera en que entendemos la historia. Nunca más pudieron los historiadores ignorar despreocupadamente las vidas de las personas comunes y concentrarse exclusivamente en los poderosos. El mandato de «hacer la historia comenzando de abajo hacia arriba» fue una de las muchas consignas de la época. De ahí mi interés por los soldados provenientes de la clase trabajadora estadounidense que lucharon en Vietnam (Appy, 1993).

Un número sustancial de ellos creó el más grande movimiento antibélico formado por soldados en activo (GI —Government Issue) y veteranos en la historia estadounidense. Uno de los primeros disidentes fue Howard Levy, un médico militar sentenciado a tres años de prisión por negarse a entrenar a una unidad de las Fuerzas Especiales (Boinas Verdes) que debía aprender los primeros auxilios para atender a los prisioneros vietnamitas. Cuando la oposición individual de Levy a la guerra creció y se transformó en una desbordante rebelión por parte de las tropas de los Estados Unidos, él predijo lo siguiente: «los futuros historiadores que decidan ignorar el movimiento de los soldados encontrarán su reputación hecha jirones» (Carver, 2018).

El movimiento de los soldados no solo ha sido ignorado por importantes historiadores, sino también por la mayoría de los estadounidenses. Se ha convertido en una especie de historia casi secreta, a pesar de su significativo papel en la presión sobre el Presidente Richard Nixon para retirar las fuerzas terrestres norteamericanas de Vietnam (si bien de forma gradual) y para poner fin al reclutamiento militar, que a la larga trataba siempre de beneficiar a quienes pertenecían a las clases privilegiadas (Bailey, 2009; Baskir y Strauss, 1978).

La imagen del movimiento antibélico en la memoria pública se ha visto profundamente distorsionada y empañada. En los decenios siguientes a la guerra en Vietnam, los activistas que se pronunciaron en su contra han sido falsamente caracterizados como cobardes desertores que desdeñaron y traicionaron a los soldados y veteranos estadounidenses (estereotipados como patrióticos héroes). Ningún candidato presidencial en los Estados Unidos ha ofrecido jamás un tributo pleno a quienes se esforzaron por poner fin a la guerra. No existe sitio o tradición nacional que celebre el movimiento por la paz de los años 60, el más dinámico y diverso de la historia estadounidense. La mala reputación de los activistas antibélicos ayuda a entender una preocupante paradoja de la cultura política del siglo xxi. Por una parte, la opinión pública norteamericana es decididamente antibélica; desde 2006, la mayoría se ha opuesto a las guerras desarrolladas por su nación en Afganistán e Iraq. Por otra, no ha existido un movimiento antibélico amplio, sostenido y dinámico. Esa es una significativa diferencia entre los años 60 y el presente. También esto explica por qué los dirigentes norteamericanos han podido prolongar las guerras por más de un decenio, a pesar de que la opinión pública ha rechazado su supuesta «necesidad» o «moralidad».

En contraste, durante los 60, un atrevido y vibrante movimiento antibélico recibió apoyo de personas de diferentes regiones, religiones, clases, géneros, razas, y edades. Incluyó todo tipo de activismo político —vigilias con velas, debates celebrados en escuelas y universidades, sondeos realizados puerta-a-puerta, periódicos clandestinos, documentales, teatro de guerrilla, música, protestas masivas, desobediencia civil, y actos de violencia realizados por autodenominados revolucionarios (Small, 2002). Nunca antes, ni posteriormente, ha existido tan amplia gama de ciudadanos que rechacen la aseveración común de que los Estados Unidos son una única e invencible fuerza para el bien del mundo, siempre al lado de la libertad, la democracia y los derechos humanos. Nunca ha habido tantos que abiertamente desafíen el uso que su gobierno le da a la fuerza militar o a los conceptos ideológicos para justificar la guerra (Appy, 2015).

El presente ensayo tratará de explicar algunas razones, ampliamente relegadas, de por qué no hay influencia, medio siglo después, de los legados antibélicos de los 60. Algunos señalan la ausencia del servicio militar obligatorio como la razón más obvia de que no haya un fuerte movimiento antibélico. Después de todo, al contar con una pequeña cohorte de voluntarios para que combatan, el resto de la nación (más de 99%) no necesita preocuparse de ser llamado a las filas para poner en riesgo sus vidas en una guerra impopular. Al mismo tiempo, un ejército compuesto solo por voluntarios acallará cualquier disentimiento entre la mayoría de los soldados, al recordarles constantemente que, a pesar de cualquier tipo de agravio que pueda existir, su enrolamiento fue por decisión propia.

Estos razonamientos tienen cierto mérito, pero no bastan para explicar el declive en el activismo a favor de la paz, ni, en una era de interminables guerras no declaradas, constituyen una justificación adecuada para renovar el sistema de reclutamiento forzoso. Un factor que no se considera frecuentemente es que las generaciones de la etapa posVietnam no se sienten tan conmocionadas por las contradicciones entre los discursos oficiales acerca de la política exterior estadounidense y su praxis. Por el contrario, la guerra de Vietnam penetró en la conciencia de los norteamericanos tras dos decenios en los que la fe en el excepcionalismo de los Estados Unidos se encontraba en su punto más alto. Esa fe cayó drásticamente debido a las terribles revelaciones que se desprendían de dicha contienda (las mentiras expresadas por los líderes estadunidenses, el bombardeo indiscriminado, el uso de herbicidas y de napalm, la corrupción y represión del gobierno de Saigón, que tenía el respaldo de los Estados Unidos, las atrocidades que cometían las tropas terrestres norteamericanas en My Lai y en otras partes, etc.).

Como las realidades de Vietnam contradecían tan abiertamente la fe en el excepcionalismo estadounidense, aumentó el fervor moral y político de la oposición antibélica. La enorme mayoría de los activistas estaban movidos por una oposición a la guerra basada en principios y no por la estrecha preocupación por su vulnerabilidad al reclutamiento obligatorio. De hecho, un número notable de hombres jóvenes fueron remitidos a prisión —o corrieron ese riesgo— por quemar sus cartillas militares y por, de muchas otras formas, desafiar y resistirse al gobierno y su guerra (Foley, 2003).

La experiencia de Vietnam brindó una lección a las generaciones siguientes para tener una visión más escéptica respecto a cómo se ejerce el poder estadounidense. Los norteamericanos ya no se conmocionan tanto cuando su gobierno enjuicia las guerras perdidas en lugares distantes con falsos pretextos. Son menos los que se sorprenden cuando se hace pública la prueba de las irregularidades gubernamentales. Sin embargo, en lugar de provocar una ola de protesta, a menudo estas perspectivas críticas han llevado a un extendido sentido de futilidad y resignación. Muchos consideran que el complejo militar-industrial es permanente, irresponsable e invariable; que continuará operando por medio de sus propias reglas sin tener en cuenta la opinión pública, el escrutinio de los medios de comunicación o las protestas masivas.

La visión cínica de que los ciudadanos no pueden lograr un cambio significativo es un duro contraste con el idealismo que estimuló gran parte del activismo social de los años 60. Muchas fueron las fuentes que alimentaron la creencia de que la acción colectiva, incluso por aquellos que no tenían edad para ejercer el voto, podría traer el cambio. En los Estados Unidos, la inspiración más importante era el movimiento por los derechos civiles, tanto por su pasión como por su progreso. Los otros movimientos que existieron produjeron una fertilización cruzada de ideas, tácticas, personal y compromiso. Si bien, a menudo, se estudian por separado, los activistas participaban frecuentemente y de manera común en campañas múltiples. Solo en esa década, grupos como el Fair Play for Cuba Committee, el Student Non Violent Coordinating Committee (un grupo de acción directa a favor de los derechos civiles) Women Strike for Peace (antinuclear) y Students for a Democratic Society (grupo con base en el campus y con variados temas) desempeñaron importantes papeles en el movimiento antibélico, que tuvo una dramática escalada a mediados de los 60.

Las luchas revolucionarias en África, Asia y América Latina, igualmente sirvieron de inspiración. Los activistas contra la guerra más radicales en los Estados Unidos y en otras naciones no solo pedían el retiro de las tropas norteamericanas de Vietnam, sino también la victoria para los revolucionarios vietnamitas. Algo que se coreaba a menudo en muchas manifestaciones callejeras a finales del decenio decía: «Ho, Ho, Ho Chi Minh, el FLN [Frente de Liberación Nacional] va a ganar». Contrariamente, ninguna insurgencia contra los Estados Unidos en el siglo xxi se ha ganado siquiera la más mínima simpatía o respaldo por parte de los pacifistas de ese país. Además, el hecho de que la mayor potencia militar del mundo —con sus bombarderos B-52, sus helicópteros de ataque y un colosal arsenal bélico— fuera incapaz de aplastar a los revolucionarios relativamente agotados de Vietnam, les alimentó la esperanza a los activistas del frente interno que buscaban un cambio radical en su país.

Los logros alcanzados por el movimiento antibélico norteamericano fueron modestos. Después de todo, la guerra se prolongó por más de una década y media, reclamó tres millones de vidas, y causó gran miseria. Sin embargo, es casi seguro que sus esfuerzos evitaron una carnicería aún más grande y extensa. Tanto Lyndon B. Johnson como Richard Nixon se percataron de que la oposición antibélica, ya para 1968, hacia insostenible una ulterior escalada de las fuerzas estadounidenses en Vietnam. Sin embargo, el fracaso del movimiento para lograr el rápido fin de la guerra explica el enigmático olvido de los aspectos positivos del activismo de paz, incluso por muchos de sus participantes.

Para la derecha política, la derrota en Vietnam fue una gran motivación. Los conservadores estaban decididos a reconstruir todo lo que creían destruido por la guerra —el poderío, el orgullo, el prestigio y el patriotismo norteamericano. En especial, buscaban resucitar la fe en el excepcionalismo. Ese proyecto de restauración tuvo un éxito sorprendente, pero produjo una nueva forma improvisada de excepcionalismo, diferente a su modelo original. En lugar de la universal, idealista, intrínsecamente confiada fe en la superioridad nacional de los años 50, la versión posterior a Vietnam es aún más nacionalista, defensiva, rimbombante y xenofóbica. Ambas son seriamente imperialistas y agresivas, pero el último modelo está más explícitamente basado en una demonización de los extranjeros —principalmente los no blancos. Mientras que el primer modelo presentaba a los Estados Unidos como un paradigma mundial, las más recientes expresiones del excepcionalismo lo presenta como una víctima de los ataques ultrajantes e inexplicables de países y culturas no-blancas, desde la toma de rehenes por los iraníes en 1979, «los inmigrantes ilegales», el 11 de septiembre, hasta todos los conspiradores terroristas, reales o imaginarios, que siguieron (Appy, 2018).

El nuevo excepcionalismo estadounidense nació del amargo recuerdo del fracaso y la derrota en Vietnam. Restaurar la fe en el poderío imperial dependía, en parte, de atribuir el desastre bélico a los críticos de la guerra, en lugar de a sus partidarios. La derecha política aducía que lo que llevó a la derrota en Vietnam no fueron los excesos imperiales, sino la traición de los activistas antibélicos, los medios de comunicación, y los demócratas liberales. Si estos grupos hubieran apoyado la guerra, decían, se habría asegurado la victoria. En cambio, dicen ellos, el movimiento por la paz socavó la moral del ejército al denunciar no solo la misión, sino también el carácter y la moralidad de sus tropas.

Una de las acusaciones más comunes esgrimidas contra el movimiento por la paz es que los que participaban en las protestas literalmente escupían a los veteranos que regresaban. Una versión típica de esa historia se desarrolla en un aeropuerto donde una hippie se acerca a un veterano en uniforme y lo escupe. En los decenios que siguieron a la guerra, muchas fueron las historias que se apilaron, y tal parece como si todos hubieran escuchado acerca de un veterano vejado. Pero según el sociólogo y veterano de Jerry Lembcke (2000), sencillamente no existe ninguna evidencia empírica de los años de guerra que apoye este relato. En su libro, The Spitting Image, expresa que «la escupida contra un veterano» es un mito de la era posterior a Vietnam, y algo que resulta políticamente útil. Sirvió para estigmatizar y deshonrar aún más al movimiento antibélico, ayudó a crear una caricatura de patrióticos héroes víctimas, e impulsó el viraje a la derecha en la cultura política estadounidense a partir de la presidencia de Ronald Reagan.

Aunque a menudo se asume que Hollywood es un baluarte de la política liberal, es difícil nombrar filmes que proporcionen retratos halagadores de los activistas antibélicos. Es mucho más fácil encontrar lo contrario. Por ejemplo, piénsese en Forrest Gump, de 1994, donde un arrogante y santurrón líder antibélico echa una ojeada al héroe del filme que viste su uniforme militar y pregunta: «¿Quién es este asesino de bebés?».

En la conciencia nacional, con los veteranos firmemente asentados como víctimas de los pacifistas, el próximo paso lógico era ofrecerles automáticamente la condición de héroe. Desde el 11 de septiembre de 2001, se ha convertido en una suerte de obsesión el apoyo ritual a las tropas y a los veteranos, de forma más simbólica que sustantiva. El «gracias por su servicio» se ha vuelto un mantra estadounidense y constantemente recuerda que cada vez debe mostrarse mayor gratitud. Y así tenemos las cintas amarillas, los saludadores en el aeropuerto, los vuelos de honor, los conciertos de beneficio, y «los saludos al servicio», pero no existe debate nacional alguno sobre por qué el gobierno continúa enviando tropas a luchar en guerras impopulares que no brindan evidencia alguna de reforzamiento de la seguridad o la libertad de alguien.

Desde los 80, muchos estudiantes han empezado mis cursos sobre la guerra de Vietnam convencidos de que lo más vergonzoso sobre ella no fue la muerte y destrucción que los Estados Unidos causaron en esa nación, ni incluso la derrota estadounidense, sino la manera terrible en que los activistas antibélicos trataron a los veteranos. Pocos, si no ninguno, de los estudiantes posVietnam conocían que esos mismos veteranos se oponían a la guerra que tenían que pelear.

De hecho, los soldados, quizás mejor que nadie, comprendieron cómo las realidades de la contienda contradijeron los discursos oficiales. Supieron que los Estados Unidos no apoyaban la democracia en Vietnam, que las tácticas militares se concentraban más en dañar o destruir la vida civil que en protegerla, que el otro lado tenía mucho más apoyo profundo entre la gente del campo que el régimen, que contaba con el respaldo de los Estados Unidos, y que el masivo poderío de fuego norteamericano no era capaz de destruir la voluntad ni la capacidad de sus oponentes para continuar la lucha.

Es más, la mayoría de los soldados no tenían compromiso político con la causa norteamericana. A menudo lucharon ferozmente, pero principalmente motivados por el instinto de conservación, por salvar a sus compañeros o debido a la ira que invariablemente provoca el combate. Muchos hombres guardaban un calendario personal y tachaban cada día que pasaba, como si su estancia en Vietnam fuera una sentencia de un año.

En la medida en que la guerra se extendió, los soldados que otrora estaban motivados por un deseo colectivo de sobrevivir o devolver el golpe al enemigo, cada vez estaban más deseosos colectivamente de evitar por completo el combate. Para 1969, se hizo común, de manera progresiva por parte de las tropas terrestres, «no emplearse a fondo» en las misiones. Por ejemplo, si a una escuadra se le ordenaba preparar una emboscada nocturna en un lugar peligroso, era usual no acatar la orden e ir a un lugar más seguro, preparar un campamento y brindar un informe falso al comandante por medio de la radio.

En 1970, el gobierno estadounidense admitió que se habían producido treinta y cinco «negativas a participar en el combate» en la prestigiosa Primera División de Caballería. Un número desconocido de otros motines jamás se reportaron a la cadena de mando. Ningún oficial de línea quería que sus superiores supieran de su pérdida de control sobre sus hombres (Gabriel y Savage, 1979). Muchos oficiales se adaptaron al disentimiento del soldado y dejaron de insistir en tácticas agresivas de infantería. Los que continuaran poniendo a sus hombres en posiciones especialmente peligrosas podrían volverse el blanco de intentos de asesinato. Esto era conocido como fragging —nombre que se derivaba del arma preferida, una granada de fragmentación (porque «no deja ninguna huella digital»). El ejército informó ciento veintiséis fraggings en 1969, doscientos setenta y uno en 1970, y trescientos treinta y tres en 1971; números impresionantes, sobre todo si se toma en consideración que esas cifras solo incluyen incidentes reportados (Moser, 1995).

En una franca valoración publicada en 1971 en el Armed Forces Journal, el coronel Robert Heinl escribió:

La moral, disciplina y valía en el combate de las fuerzas armadas estadounidenses son […] más bajas y peores que en cualquier otro momento en este siglo y posiblemente en la historia de los Estados Unidos. Tomando cualquier indicador concebible, nuestro ejército que permanece en Vietnam actualmente está próximo a un colapso, con unidades individuales que evitan o se niegan a entrar en combate, asesinan a sus oficiales […] dependientes de la droga, desanimados y cerca del amotinamiento. (35)

En las bases militares, tanto en los Estados Unidos como alrededor del mundo, los soldados se organizaban contra la guerra y en defensa de sus propios derechos. Se publicaron más de doscientos periódicos clandestinos con nombres sediciosos y entretenidos tales como About Face, Fatigue Press, Chickenshit Weekly, Last Harass, F. T. A. [un juego de palabras sobre el eslogan de reclutamiento del ejército «fun, travel, and adventure» («diversión, viaje, y aventura»), que en la jerga del soldado significaba «fuck the army» («al carajo el ejército»)], y Offul Times (un juego de palabras con awful sobre Offutt Air Force Base, donde se publicó).

A comienzos de los años 70, es probable que se hayan producido más manifestaciones de disentimiento antibélico en el ejército que en los campus de la universidad. Un estudio realizado en ese período encontró que casi la mitad de los soldados en activo había participado en alguna forma de desobediencia o disentimiento. Muchos comandantes tenían serias dudas de poder continuar con una fuerza eficaz de combate. La nación estaba cerca de comprender lo que se consideró una vez como un eslogan de parachoques desesperadamente soñador: «Suponga que se hace una guerra y nadie se presenta». Como expresara Judith Coburn, periodista de Village Voice, después de la guerra: «Cuando oigo que las personas dicen que pudiéramos haber ganado la guerra, siempre pienso: ¿dónde iban a conseguir a los soldados?» (citada en Cortright, 1975 y Appy, 2003).

Es necesario recordar que el movimiento de los soldados se organizó en desafío a regulaciones militares dentro de una de las instituciones más autoritarias en la nación a riesgo de un castigo severo. La mayoría de sus participantes, además, eran hombres que prestaban servicio en el ejército por un período limitado (típicamente dos años para los reclutados, tres para voluntarios) y que a menudo eran transferidos de un puesto a otro. Sería algo así como tratar de organizar un sindicato en un lugar de trabajo rígidamente jerárquico con una alta rotación de empleados, jefes despiadados y una cultura de estricta obediencia. No obstante, el movimiento tuvo éxito en una lucha esencialmente de la clase obrera, y amerita que se le conceda, al menos, cierto crédito en el logro del retiro del ejército en Vietnam, puso fin al reclutamiento obligatorio y —hablando de sindicatos— logró un significativo incremento del salario del ejército, de 134 dólares al mes, para los recién enrolados en enero de 1971, a 329 en enero de 1974 (Cortright, 1975).

Conjuntamente con el creciente disentimiento por parte de los soldados en activo, miles de veteranos que regresaban se involucraron en el activismo antibélico en el frente interno. Su organización más significativa, Vietnam Veterans Against the War (VVAW), se enfrentó audazmente a la nación con pruebas directas de que muchos de los hombres acusados de interponer una acción judicial contra la guerra, habían llegado a la conclusión de que era algo inmoral, e incluso criminal. En Detroit, a principios de 1971, hubo una reunión del VVAW en la que decenas de sus miembros atestiguaron sobre las atrocidades que habían cometido o presenciado, y exigieron el fin inmediato de la guerra. En la primavera de ese año se reunieron en Washington, en la escalera del Capitolio, y arrojaron las medallas otorgadas por su servicio en Vietnam (Hunt, 2001; Nicosia, 2001).

A pesar de los olvidos, el legado de disentimiento aún alimenta la resistencia. Cual arroyos subterráneos, los movimientos del pasado continúan brindando información, inspiración y apoyo, siempre que la historia reciba un tratamiento con el respeto crítico que merece. Una posibilidad es que la actual opinión antibélica, ampliamente extendida, comience a fundirse en un amplio movimiento que identifique su vínculo con otros en los Estados Unidos y en el exterior. Hay indicios de que una nueva generación de activistas, quizás más que en los 60, está tratando de identificar y explicar cómo el militarismo, el imperialismo, las armas nucleares, la degradación medioambiental, una burda desigualdad económica y una deshumanización basada en la raza, la religión, el género y la sexualidad, se refuerzan y se legitiman mutuamente. No podemos abolir eficazmente unos sin ocuparnos de los otros.

Traducción: Miguel Ángel Pérez.

Referencias:

Appy, C. (1993) Working-Class War. Chapel Hill: University of North Carolina Press.

______ (2003) Patriots: The Vietnam War Remembered from all Sides. Nueva York: Viking.

______ (2015) American Reckoning. Nueva York: Viking.

______ (2018) «Exceptional Victims». Boston Review. Disponible en <http://cort.as/-FvZZ> [consulta: 19 marzo 2019].

Bailey, B. (2009) America’s Army. Cambridge: Harvard University Press.

Baskir, L. y Strauss, W. (1978) Chance and Circumstance. Nueva York. Random House.

Carver, R. (2018) Waging Peace. Exhibition. Disponible en <http://cort.as/-FvZh> [consulta: 19 marzo 2019].

Cortright, D. (1975) Soldiers in Revolt. Nueva York: Anchor Books.

Foley, M. (2003) Confronting the War Machine. Chapel Hill: University of North Carolina Press.

Gabriel, R. y Savage, P. (1979) Crisis in Command. Nueva York: Hill & Wang.

Heinl, R. (1971) «Collapse of the Armed Forces». Armed Forces Journal, n. 19, junio. Disponible en <http://cort.as/-FvcL> [consulta: 19 marzo 2019].

Hunt, A. (2001) The Turning: A History of Vietnam Veterans against the War. Nueva York: New York University Press.

Lembcke, J. (2000) The Spitting Image. Nueva York: New York University Press.

Moser, R. (1995) The New Winter Soldiers. New Brunswick: Rutgers University Press.

Nicosia, G. (2001) Home to War: A History of the Vietnam Veterans Movement. Nueva York: Crown.

Small, M. (2002) Antiwarriors. Nueva York: Rowman & Littlefield.

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