Lírica de lamento de José Martí

Si me pedís un símbolo del mundo
En estos tiempos, vedlo: un ala rota.
Se labra mucho el oro, el alma apenas!—
Ved cómo sufro: vive el alma mía
Cual cierva en una cueva acorralada:—
«A los espacios», Versos libres

Y como reina que se sienta, brilla
La majestad del hombre acorralada.
«La noche es la propicia», Versos libres José Martí

Los hombres han sufrido desde los tiempos de su prehistoria, y esa aflicción ha necesitado expresarse públicamente ya se trate de la pena más íntima de un individuo o de daños y pérdidas que experimenta una comunidad o la humanidad. Y si la experiencia del dolor tanto físico como moral puede ser la misma para todos, sus modos de expresión y los rituales que ayudan a superarlos y compartirlos tienen una infinita variedad, condicionados por la cultura y la sociedad en que se producen.

Sin dudas, una de las formas privilegiadas de objetivar y afrontar el sufrimiento es el arte. Bibliotecas y museos están repletos de obras maestras que traducen sentimientos de pérdida, desdicha y angustia. En el vasto campo de la literatura existe una forma poética muy antigua y compleja que se ha llamado «lamento», inscrita académicamente como sub-género de la poesía lírica, aunque asume las más disímiles manifestaciones escritas, orales y musicales a través de los siglos.

El lamento se incrusta en las más antiguas composiciones épicas, por ejemplo, en La Ilíada, donde se leen desgarradoras quejas por la muerte en combate de los guerreros, debido a la fatalidad del destino o la venganza de los dioses, o como en las bíblicas Lamentaciones, de Isaías, para expresar su dolor frente a las ruinas de Jerusalén. Siglo tras siglo, y sobre esas antiguas matrices luctuosas, todas las naciones han construido su propia lírica de lamento, que puede encontrarse tanto en una canción popular —en América Latina hay todo un género de canciones llamadas «lamento», así como en la poesía de los pueblos precolombinos—, en el teatro, la narrativa y especialmente dentro del género lírico. El registro es infinito, y puede contener toda una gama de emociones, porque la queja puede estar impregnada de ira, rebeldía o resignación, de tristeza o de indignación, de pesimismo, o puede finalmente resolverse en la esperanza y la exhortación a la lucha y la resistencia, y hacer un llamado a la transformación (Lee, 2010).

Nuestra literatura, nacida de una original mixtura de principios neoclásicos y románticos, ostenta una gran poesía de duelo por la pérdida de seres queridos, por amores imposibles o perdidos, y por cualquier otro pesar existencial propio de la condición humana. Sin embargo, siempre estará singularmente conectada con los temas sociales que determinaron el nacimiento de la nación y de su cultura, y su desgarrada y sangrienta marcha por la historia. La escritura artística cubana, nacida en el seno mismo de una infamante condición colonial, cuya riqueza descansaba en los hombros de la más horrenda esclavitud moderna —la del negro cazado en África para venderlo en América—, es rica, riquísima, en textos de lamento. Hay temas que lo permean todo a lo largo del siglo xix, como el destierro, la libertad, la esclavitud, la dependencia o la soberanía.

La biografía de José Martí nos enfrenta de inmediato a una criatura sufriente. Su experiencia de alguna forma de dolor es prácticamente crónica, lo acompaña casi toda la vida. Primero la pobreza, la precariedad laboral de su padre, Don Mariano, con una familia de muchos hijos, condenado a ir y venir en busca de trabajo, a mudar de residencia continuamente, lo que le pone al niño barreras y obstáculos frente a sus afanes juveniles de estudio y de altos empeños patrióticos. Luego, la condición colonial que lo lleva, en plena adolescencia, a un presidio horrendo, después al destierro y la entrega vitalicia a la libertad de Cuba. Los estados límites serán cotidianos en toda la vida de este hombre y tal vez por ello, auxiliado por un talento y una sensibilidad singulares, es que alcanza a fraguar un carácter insólitamente resistente ante la adversidad.

Su condición de poeta pensador le permitirá en todas las circunstancias expresar esas tensiones en zonas de su poesía que no exhibe en otros textos, por pudor y consideraciones gravemente políticas; aunque, por ejemplo, en ciertas cartas —que también pertenecen a la privacidad y la confidencia— deja escritas sus quejas más hondas, o en algunas crónicas, como él mismo ha dicho alguna vez, «la pena viene tan recia» que irrumpe violentamente y se incrusta una lamentación dentro de la crónica razonadora. Hay una tensión martiana en la consideración de la queja, y escribe muchas veces contra ella asertos durísimos, como: «El lamento es de ruines cuando se tiene enfrente la obra» (2003: 64), o «El silencio es el pudor de los grandes caracteres: la queja es una prostitución del carácter» (2008c: 161).

Pero no hay que equivocarse: así habla el hombre público, el guerrero que está en la obligación de exhortar a la batalla y a la fortaleza del carácter por sobre toda otra consideración. Habla el hombre decoroso y entero que condena una y otra vez la queja cobarde, mezquina y lastimera, pero de ningún modo la expresión pública o privada del dolor, cuyas virtudes reconoce. El 22 de febrero de 1884, ante el cortejo de muertos y sobrevivientes de los héroes de la expedición al polo de La Jeannette que la multitud conmovida saluda con manifestaciones de duelo y respeto a su paso por las calles de Nueva York, y donde ha llevado a su pequeño hijo, que se echa a llorar, escribe:

Todo lo que conmueve agranda. Una hora de dolor puro, privado, acrisola: público, disminuye las probabilidades de próximos crímenes. Los espectáculos grandiosos, recompensan a los buenos, y hacen dudar, cuando no convierten, a los malvados. Ni a los hombres ni a los pueblos debe ahorrarse el dolor que purifica, ni los espectáculos solemnes, que educan, revelan y salvan. (Martí, 2010: 178-9)

El poeta debe expresar su dolor, que tiene la capacidad de acrisolar y fortalecer: «El dolor madura la poesía» (2004: 279). Pifia quien no lea a José Martí en su contexto. Es un pensador demasiado complejo y dialéctico para pensarlo en frases lapidarias y fuera de su ambiente textual; hay que ver dónde lo dice y por qué.

Nadie ha sabido considerar tan seria y calibradamente este costado de la hondísima espiritualidad martiana como Juan Marinello, quien escribe con una prosa espectacular acerca de Versos libres:

La servidumbre formal a que cada época fuerza (todo lenguaje, aun el poético, es una equivalencia convenida) se echará a un lado con ropaje estorboso, y bajo los pliegues de la tradición y el tiempo brillará un canto inesperado en la voz de un creador magnánimo que supo, como los profetas antiguos, traducir el encuentro con su contorno y con su imagen, apretar en un treno urgente e inacabado su espanto de los hombres y su esperanza en ellos. (1998a: 349).

Después de las consideraciones de este crítico mayor, no deja de parecerme que escribo gratuitamente y por pura vanidad. Pero no me puedo resistir. Marinello escribió que «Los poemas de Versos libres son, sin duda, los más martianos de Martí» (321). Es en ellos, para mí está claro, donde anidan y eclosionan con violencia todos los matices de su personalidad y temperamento, todos los meandros de su pensamiento y acción, las infinitas aristas de su sensibilidad e inteligencia en su interacción con el mundo.

Partiendo de esa presunción, son estos versos los que encierran el registro más alto de su lírica de lamento, y, centrada en ellos, habrá que mencionar otras tantas zonas de su cuerpo textual donde ese treno brota impulsado por profundas emociones indetenibles. El examen de tres de los grandes poemas de lamento de Versos libres trata de dar cuenta de algunos de los ejes agónicos fundamentales vividos por el poeta.

«Media noche»

Al comienzo de la primera de las dos hojas manuscritas donde Martí pasó en limpio su poema «Media noche», seguramente en los días en que preparaba el índice de sus Versos libres, escribe con lápiz: «A los 25 años de mi vida, escribí estos versos.—Hoy tengo cuarenta». Y al margen derecho anota: «Se ha de escribir viviendo, con la expresión sincera del pensamiento libre, a renovar la forma poética vana que de España tiene América, y desviar del fácil y [palabras ininteligibles]». De manera que, en 1893, recuerda con significativa precisión que escribió su poema una medianoche de 1878. Al leerlo, encontramos cuajado ya en su forma, movimiento y contenido el núcleo fundamental de lo que José Martí llamó sus endecasílabos hirsutos. Y si queremos saber qué vivía Martí en ese año del que brotaron los versos arrebatados de dolor que escribe, podemos acudir a dos citas de sus cartas a Manuel Mercado. En enero de 1877, está enamorado de Carmen Zayas- Bazán, y para casarse tiene que tratar de estabilizar su situación económica —siempre precaria—, que acomodar a sus padres en Cuba, porque ya no se pueden sostener en México, y debe marchar a Guatemala, donde hay indicios de que puede encontrar una situación laboral mejor. Pero sobre todas las cosas, tiene que justificar sus acciones ante sí mismo. Martí sabe que la pobreza impide la realización de cualquier aspiración, que el que tiene que estar al tanto de alimentar cada día a los suyos, no puede pensar más alto ni emprender grandes empresas. ¡Y él sí que le ha visto la cara a la pobreza! Sus versos mexicanos están repletos de la disyuntiva entre familia y patria, entre patria y mujer. No obstante, en ese año de 1877 pensaba que podía conseguir alguna felicidad, y escribe a Manuel Mercado desde La Habana, donde prepara la instalación de sus padres y sus hermanas, para que vivan con un poco de holgura:

Tengo especial gusto en hablar con V. dilatadamente, con cariñosa expansión que ni con mi misma madre, con quien mi amor sufre hablando de esto; tengo,—de estas íntimas cosas que son descargo de mi alma y justificación de mi conducta, de la que todavía me hago reproches, porque pienso que mi deber no estaba bien cumplido sino muriendo a sus ojos de impotencia, de acabamiento y de dolor.—un espíritu celeste, el de mi amorosa criatura me ha dado brío secreto [Carmen Zayas-Bazán]. (2001a: 21)

Y más adelante formula su esperanza: «esta mi conducta es garantía de la certidumbre que ahora tengo de la preponderancia de la revolución, vencedora últimamente en la lid campal contra el nombradísimo caudillo [general Arsenio Martínez Campos]» (21).

En este instante de su vida, por un momento piensa que podrá conseguir —asegurando la posición de sus padres y hermanas en La Habana— ya casado con Carmen, un trabajo en Guatemala que lo saque de penas y, porque no ha podido, para su vergüenza, participar en la guerra, escribir entonces un libro para hacer su historia. Por breve tiempo se concentrará en su proyecto de libro y hoy contamos con algunos fragmentos. Nunca, sin embargo, lo abandonaron sus angustias, sabía que al final tendría que elegir. Al año siguiente (1878) todo se derrumbará como un castillo de naipes. Y se verá obligado a regresar a Cuba, casado, pobre y en espera de un hijo. La guerra ha fracasado, no ha podido asentarse en Guatemala, no puede vivir en su tierra humillada. Tiene veinticinco años y le escribe al amigo mexicano:

¿[C]ómo podré dar rienda a todos estos sentimientos naturales, en mí tan dominantes y tan vivos? ¿cómo podré vivir con todas estas águilas enterradas en el corazón?—Temo, amigo mío, que su aleteo me mate.—Temo perder mis fuerzas en este terrible combate silencioso.—¿Quién nació en un momento más difícil, rodeado de circunstancias más amargas[…] Ya yo imagino qué errores se cometieron [para el fracaso de la guerra], qué fuerzas podrían explotarse, de qué simultáneo modo habrían de hacerse obrar, cuánto corazón americano podría enardecerse y empeñarse en nuestra lucha […]
—Y en vez de esto, ¡volveré ahora como una oveja mansa a su rebaño!—¡Ahora que tenía casi terminada, con el amor y el ardor que V. me sabe, la historia de los primeros años de nuestra Revolución!—. (2001b: 312)

No es extraño que de estos tremendos dolores nacieran los endecasílabos hirvientes de «Media noche», ni que Martí anotara cuarenta años después el tiempo exacto de su eclosión. Fue el tiempo en que su poética alcanzó una maestría muy suya, nueva y renovadora, que veremos explayarse en muchos otros versos y sobre todo en sus crónicas de Escenas norteamericanas, tan admiradas en Hispanoamérica, y operativas como uno de los núcleos fundamentales de donde irradia la prosa moderna en lengua española.

Este treno desgarrador está ya cifrado con las imágenes visionarias que caracterizan su poesía y, de tanto en tanto, la prosa misma de José Martí; la celeridad y atropellamiento que imprime al verso con la abundancia de encabalgamientos abruptos que avanzan y rematan, adentrándose en el verso siguiente. El comienzo es una lamentación rotunda, una declaración de la desgracia, seguido por una sucesión de oraciones violentamente yuxtapuestas y dinámicas que agrandan la dimensión de la propia pena, hasta alcanzar los tamaños de las fuerzas que rigen el universo:

Oh, qué vergüenza!:—El sol ha iluminado
Nuevas columnas a sus naves rojas
Juntó en el curso del solemne día
De las aves y bestias nuevos hijos
Las frutas de los árboles maduran:—
Mientras que el mundo gigantesco crece,
Mi jornal en las ollas de la casa! (2007b: 137)

La visión de un mar cuyas columnas sucesivas sostienen las naves rojas, abre la enumeración tremenda, para rematar con la descripción de su culpa: «Y yo, mozo de gleba, he puesto solo,/ Mientras que el mundo gigantesco crece,/ Mi jornal en las ollas de la casa!» La humillación consiste en su incapacidad de hacer la obra mayor para la que se cree capaz, la imposibilidad de desempeñarse con todas sus capacidades, de cumplir con su deber de emancipar a Cuba. Ese sentimiento de culpa es declarado en la primera tirada de versos.

En las dos estrofas siguientes describe «su vileza», lo que percibe como su rebajamiento, y condensa la imagen de un poder superior que lo observa y qué lo vapulea —«el cielo con sus ojos de oro»— con la imagen de su propia conciencia —«un vigilante que en sí mismo lleva». Se convierte así en reo de sí mismo y del universo todo, insuflando esa perspectiva cósmica y trascendente, de fuerza titánica, al verso endecasílabo con el que describe sus enormes tensiones interiores.

Por Dios, que soy un vil!:—No en vano el sueño
No en vano por las calles titubeo
Fosa ignorada donde hundirse, y nadie
No en vano el corazón me tiembla ansioso
El cielo, el cielo, con sus ojos de oro
Mi cuerpo fugitivo por la sombra
De un vigilante que en sí mismo lleva!
Adónde iré que este volcán se apague?
Adónde iré que el vigilante duerma? (137-38).

A esta poética han venido marchando otros momentos anteriores de su escritura, tanto en prosa como en verso, donde vemos asomarse el poderoso imán de su estilo. Puede evocarse textos que como el artículo «El día 27 de noviembre de 1871»[1] que presentan bruscas entradas en una prosa más moderna y apretada, o los versos de su poema «De noche en la imprenta»,[2] concebido en un espacio nocturno mientras trabaja en la imprenta mexicana en 1875 o 1876.

Y como será usual en este patrón lírico martiano que se reitera en sus Versos libres, el lamento exaltado se transforma en una declaración fervorosa y afirmativa:

Oh, sed de amor!—oh, corazón, prendado
Del gusanillo verde en que se trueca
En que las ondas de la mar se cuajan:—
Me sacan siempre lágrimas:—del lindo
En fango y nieve, diario o flor pregona.
No hierros de hacer oro, ni belfudos
Sino corazas de batalla, y hornos
Donde la vida universal fermenta!— (138)

Para rematar el poema con la desolada expresión de su sentimiento de hombre cautivo, incapacitado para realizar su vocación: Y yo, pobre de mí!, preso en mi jaula,/ La gran batalla de los hombres miro!— (138).

No era posible olvidar aquel poema concebido en lo más alto de una noche agónica, el poema donde sus versos fraguaban en la poética de un príncipe de la poesía. Había encontrado el registro para expresar sus esperanzas y sus aflicciones, para manifestar las intensas tensiones emocionales y conceptuales de un hombre en el que, al precio de tremendas angustias interiores, se reunían un patriota decidido a conspirar, organizar una guerra y emancipar a su patria de un ominoso vasallaje colonial, y un poeta moderno, nada menos que un poeta moderno, preso de todas las dudas existenciales que la llegada del capital y la mercancía arrojaban sobre su humanidad. Un poeta pensador acorralado de por vida por la pobreza material en que había nacido. Demasiado lastre para una sola nave.

«Pollice verso». Memoria de presidio

No creo que se haya escrito en toda nuestra poesía un texto poético con una admonición semejante a la condición de un pueblo envilecido bajo el yugo de España y por la ignominia de la esclavitud. Es un estremecedor salmo de lamento profético por el cautiverio donde se enlazan cadenas de visiones arrebatadas y tremendas sobre el vicio, la falsedad, la hipocresía y la violencia evocadas por el presidio político que vivió José Martí con dieciséis años, en la cárcel de La Habana. Además, ese presidio es metáfora también de la Isla sometida por siglos, entre gritos de socorro y de ira. En la primera tirada de versos está la declaración de la desgracia y la comunicación de la aflicción:

Sí! yo también, desnuda la cabeza
Una cadena lurda, heme arrastrado
Sobre sus vicios negros, parecían
Y ojos viscosos, que en hedionda cuba
Y yo pasé, sereno entre los viles,
Sus anchas alas púdicas abriese
De ver con el recuerdo lo que he visto
Póngome en pie, cual a emprender la fuga!—
¡Zarzal es la memoria: más la mía
Es un cesto de llamas! (2007c: 94)

La primera persona con la que el poeta habla rotunda y afirmativamente supone, sin embargo, a una colectividad de personas prisioneras. La proposición inicial «Sí! Yo también» lleva implícitos a todos los que acompañan al poeta en su miseria, y «los viles» es un plural explícito. La voz lírica dice su experiencia, pero habla en nombre de muchos. Aclara que pasó junto a los malvados serenamente y evoca la paloma y la plegaria, lo que es decir sin odios y sin miedo. Desde el principio, el tono apasionado, y la nobleza de la indignación nos enlazan con otros dos textos martianos: «El presidio político en Cuba» (2000b),[3] escrito en 1871, en España, y «Lectura en Steck Hall» (2002), discurso pronunciado en 1880 en Nueva York.[4] Ambos son textos que denuncian y lamentan la injusticia y llaman a la reparación.

Lo que sigue es la formulación de una profecía en la que el poeta advierte la consecuencia futura de esa historia de humillación y de vergüenza:

A su lumbre
Lírica de lamento de José MartíY lloro: Hay leyes en la mente, leyes
Ásperas y fatales: ese almendro
Mi alta ventana, viene de semilla
De dulce y perfumoso jugo lleno
Flor del destierro, cándida me brinda,
Y el suelo triste en que se siembran lágrimas
Es madre del castigo. (2007c: 94-5)[5]

Un pueblo sometido tanto tiempo al yugo y la corrupción traerá consecuencias dolorosas y largas. Martí ha estudiado la historia de las nacientes repúblicas del sur, el lastre tremendo y objetivo de la opresión colonial sobre las sociedades sometidas, sobre las mentes de los colonizados, y su admonición densamente poética es una sucesión de imágenes muy bien apoyadas en el conocimiento de la realidad social del mundo periférico. La advertencia futura está sólidamente anclada en la experiencia observada, vivida y analizada por sí mismo.

El siguiente fragmento de endecasílabos comienza con la afirmación del compromiso moral que significa la vida como parte de una totalidad universal y eterna, aunque no lo veamos claramente, y continúa con la tan querida para Martí metáfora del circo, donde se produce el combate del bien contra el mal que cada hombre debe llevar a cabo a lo largo de su vida. El que baje el escudo en su batalla por la virtud será condenado, la cobardía y la rendición tienen un precio:

No es la vida
En hiel para los míseros, y en férvido
Porción del Universo, frase unida
A un carro de oro, que a los ojos mismos
Ocúltase en el áureo polvo,—sierva
A la incansable Eternidad atada!
Y junto a cada cuna una invisible
Cual daga cruel que hiere al q. [que] la blande,
Las virtudes: la vida es la ancha arena,
Mas el pueblo y el rey, callados miran
Pero miran! Y a aquel que en la contienda
O suplicó cobarde, o abrió el pecho
Del enemigo, las vestales rudas
Condenan a morir, pollice verso,
Y hasta el pomo ruin la daga hundida,
Al flojo gladiador clava en la arena. (95-6)

Inmediatamente después, con el empleo de la segunda persona se abre la dimensión dialógica y final del lamento. El poeta se dirige directamente al pueblo y lo exhorta:

¡Alza, oh pueblo, el escudo, porque es grave
Que como aro servil se lleva luego
Cerrado al cuello, o premio generoso
Que del futuro mal próvido libra! (96)

El mandato es rotundo: «¡Alza, oh pueblo, el escudo» porque las acciones tomadas son castigadas o premiadas; los actos tienen consecuencias. Y tanto la queja como la orden se sitúan en el plano de la historia en la tirada final donde Martí, con pluma goyesca, nos pinta la imagen brutal y silente de la caravana de un pueblo en marcha por un paraje desértico y oscuro, cargando las consecuencias de la doble esclavitud; en esa llanura infernal los siervos no caminan, sino que «bogan en silencio», como si se tratara de una nave maldita en un océano vacío.

¿Veis los esclavos? Como cuerpos muertos
Irán vida tras vida, y con las frentes
Carga en vano halaréis, hasta que el viento
Los átomos postreros evapore!
Procesión de culpables!
Sin fruta el arbolar, secos los píos
Donde ni el sol da luz, ni el árbol sombra!
Occeano sin agua, y a la frente
Y a la zaga, listado el cuerpo flaco
De hondos azotes, el montón de siervos! (96-7)

De esta figuración densa, oscura y pesarosa, pasa a una pregunta que evoca el lujo y la frivolidad con que se ha podido vivir al precio del encarcelamiento y la vileza. Y la dura advertencia final es un llamado a la dignidad frente a los «extraños», los poderes de un mundo que nos despreciará mientras no levantemos el escudo:

¿Veis las carrozas, las ropillas blancas
Corcel de crin trenzada y riendas ricas,
Prendida, y el menudo zapatillo
¡Pues ved que los extraños os desdeñan
Como a raza ruin, menguada y floja! (97)

Estamos aquí frente a uno de los lamentos más poderosos que se hayan escritos desde la cara oculta de la modernidad y en pleno siglo xix: la de la exclusión y el rebajamiento de los pueblos colonizados, acompañado del mandato a la reivindicación de la justicia.

[«Yo sacaré lo que en el pecho tengo»]

Si «Media noche» es el más existencial de sus lamentos, «Pollice verso» es queja y reclamación social. El que estudiaremos ahora podemos calificarlo de lamento místico. Juan Marinello (1998b), en su magistral ensayo «Españolidad literaria de José Martí», ha profundizado en lo que llama el «parecido espiritual» entre Santa Teresa de Jesús y el Apóstol:

Un estudio responsable y meditado de lo teresiano en Martí ha de tocar a los más delicados planos del escritor cubano, y ha de conducir al debate sobre su santidad. No puede ser este nuestro propósito. Digamos que no hay santo en Martí, hay místico, que no es lo mismo. Y que el misticismo, envuelto en posturas contradictorias, aparece a trechos en su obra y en ocasiones, que la vida lo enfrenta con las emociones decisivas. (64)

Como en la mayor parte de los Versos libres, no sabemos la fecha exacta en que se escribió este poema. Al final, en el manuscrito aparece anotado «Dbre. 14», pero no se sabe de qué año, lo cual hace imposible cotejarlo acertadamente con su biografía. Pero la queja que expresa no es nueva, ese sentimiento de encierro, ese dolor de humanidad se le conoce desde el principio de su escritura y está en cartas, prosas y versos. Lo que nos golpea es la tremenda amargura y la dureza de su declaración:

Yo sacaré lo que en el pecho tengo
Huyo, azorado, como de un leproso.
De náusea y mal de mar: un ansia odiosa
En un solo vaivén dejar la vida!
En hora de dolor:
En hora de dolor!: el mundo entonces
Unce el poeta destemplado: escribo
Limpio goce que el alma fortifica:— (2007d: 221-24)

En la primera tirada declara toda su aflicción, que tiene un alcance enorme, como que incluye a todos los hombres de los cuales huye como si estuvieran leprosos, e inmediatamente afirma que no escribe en la hora misma del dolor, bajo el impulso de los hechos que lo afligen, y advierte que no se debe escribir así, sino luego de haberlo descargado y expresado a «un amigo viejo». Lo cual agrava el caso y lo contradice. Ese amigo es una excepción, no son entonces todos los vivos los leprosos, siempre queda en Martí un filo de limpieza abierto. Y lo que sigue es una descripción visionaria de sus emociones, ilustradas con los peores dolores físicos que se puedan imaginar:

Mas, cual las cubas de madera noble,
Ay! mi dolor, como un cadáver, surge
Ni un poro sin herida: entre la uña
Que me llegan al pie: se me han comido
Enorme de la vida, cupo en suerte
Así, hueco y roído, al viento floto
En mis propias entrañas encerrado! (221-22)

Creo ver en esas imágenes, que duele leer, barruntos y condensaciones del mito prometeico, tan utilizado por Martí en sus textos y que alcanzan aquí una escritura surreal. La barroca acumulación de visiones provoca una atmósfera de pesadilla y de horror. A continuación reitera y aclara la suprema razón de su torturante angustia, y la matiza después evocando la inocencia infantil, a la que le concede el valor de la esperanza futura, con esa entrada paradójica y positiva que se encuentra en muchas de las composiciones de Versos libres:

No es que mujer me engañe, o que fortuna
Que no gusta de pulcros, me querelle:
Palpo, y conozco, y los encuentro malos.—
Le acaricio el cabello, y lo despido
Con bandera de gala un barco blanco. (222)

La declaración inicial del poeta, en la que expresa que huye de los hombres como si fueran leprosos, se reconvierte en la dura afirmación de «Es ¿quién quiere mi vida? es que a los hombres/ Palpo, y conozco, y los encuentro malos». La pregunta inicial nos enfrenta al núcleo secreto de su dolor: la maldad de los hombres obstaculiza su misión de darse, de luchar por ellos. Se trata de la más dolorosa afirmación martiana cuando se sabe que toda su vida ha estado dedicada a la redención humana y que por ella ha hecho los más duros sacrificios. Marinello anota que el uso artístico que hace Martí del misticismo es como el de Santa Teresa, apoyado en los sentidos y en la luz; ese rapto irracional hacia lo trascendente tiene tres batientes que comparten los dos: el gozo del dolor, el ansia de sacrificio y el querer de la muerte. En la gran tirada que remata este lamento Martí explica esa mística con su teoría del héroe:[6]

Y si decís de mi blasfemia, os digo
Para vivir en un tigral, sedosa
Es ley que el tigre de alas se alimente?
Darase al fin de un tigre luminoso,
Apresure el tigral el diente duro!
Clave los grifos bien: móndeme el cráneo,
Caigan deshechas mis ardientes alas!
Bésale el perro al matador la mano!
Un galán pudridor, yo mis ideas
Guardo, como un delito, al pecho helado!—
Conozco el hombre, y lo he encontrado malo. (222-23)

Y los endecasílabos siguientes recogen el ejemplo de Cristo, del que entrega su vida por el bien de los demás, y recrea esa noción de aceptación del dolor y el sacrificio con un ejemplo de la cultura amerindia, que se incrusta en el poema como una nota identitaria de nuestra América.

¡Así, para nutrir el fuego eterno
Los menos por los más! los crucifixos
Clavaron a Jesús: sobre sí mismos
Los sabios de Chichén, la tierra
Con altos ritos y canciones bellas
A sus vírgenes lindas despeñaban
A perfumar el Yucatán florido
Un humo de magníficos colores:—
A perfumar: a equilibrar: ea! clave
Los viles a nutrirse: los honrados
A que se nutran los demás en ellos.— (223)

El fragmento final de la composición viene atado a la noción de virtud, de la cual puede encontrase en varios textos martianos una poderosa e inteligente reflexión:[7]

Para el misterio de la Cruz, no a un viejo
Bájese al corazón de un virtuoso.
Sonríe, como niña que se muere,
Duele mucho en la tierra un alma buena!
Se echa a llorar sobre sus propios brazos:
Su horrenda lividez, por no dar miedo
Heridas, tiñe el miserable rostro,
Cubierta, por piedad, de hojas de rosa! (223-24)

Vuelve al lamento ya remansado, el endecasílabo se aquieta y habla del dolor suavemente, sin las contorsiones y alaridos del principio, en la plena asunción de lo que podría llamarse la mística martiana de la virtud.


Notas:

[1] «¿A qué recordar ahora todos los horrores de su muerte? Cuando se ha matado, cada idea es de duelo, cada hora es de pavor, cada ser que vive es un remordimiento.—» (2000a: 97).

[2] «Mi corazón deposité en la tumba:/ Llevo una herida que me cruza el pecho:/ Sangre me brota; quien a mí se acerque/ En los bordes leerá como yo leo:/ «Mordido aquí de la miseria un día/ Quedó este vivo desgarrado y muerto,/ Porque el diente fatal de la miseria/ Lleva en la punta matador veneno» (2007a: 133).

[3] «¡Madre, madre!/ ¡Y cómo te siento vivir en mi alma!/ ¡Cómo me inspira tu recuerdo!/ ¡Cómo quema mis mejillas la lágrima amarguísima/ de tu memoria!/ ¡Madre! ¡Madre!/ ¡Tantas lloran como tú lloraste!/ ¡Tantas pierden el brillo de sus ojos como tú lo perdiste!/ ¡Madre! ¡Madre!» (2000b: 91).

[4] «afilen algunos con mano solícita, y alarguen al dueño, los aceros que han de clavarse en el pecho de los que mueren —¡oh terrible fortuna!— en defensa del bienestar y libertad de aquellos que los asesinan. A muchas generaciones de esclavos tiene que suceder una generación de mártires. Tenemos que pagar con nuestros dolores la criminal riqueza de nuestros abuelos. Verteremos la sangre que hicimos verter: ¡Esta es la ley severa!» (2002: 139).

[5] El énfasis es mío (CSL).

[6] Por ejemplo, y entre otros textos que vuelven sobre el tema: «El dolor excesivo empuja el alma a las resoluciones grandes. Los cobardes, dan en la boca de una pistola, y con el humo de la pólvora se desvanecen. Los enérgicos, aunque desgranándose en lo interior como un rosario al que se rompe el hilo, echan manos a la espada, al arado o a la pluma, y con las ruinas de sí mismos, fundan. El hombre tiene que ser abatido, como una fiera, antes de que aparezca el héroe» (2008b: 99).

[7] Entre ellos, por ejemplo: «Solo en los momentos de agonía suprema, a que conduce a los pueblos fatalmente la prescindencia de la virtud, acuden los hombres con grande homenaje y alabanza de ella, dispuesta siempre a salvar en la hora de la tribulación a los que la olvidan, y no bien se ven por la virtud sacados del apremio, la acusan de gazmoña y estorbosa y de importuna y excesiva, y le empiezan a roer los pies, y la derriban» (2008a: 58-59).

Referencias:

Lee, N. C. (2010) Lirics of Lament. From Tragedy to Transformation. Brueggermann, W. (prólogo), Minneapolis: Fortress Press.

Marinello, J. (1998a) «Martí: poesía». 18 ensayos martianos. La Habana: Ediciones Unión/Centro de Estudios Martianos, 287- 349.

______ (1998b). «Españolidad literaria de José Martí». Ob. cit., 47-78.

Martí, J. (2000a) «El día 27 de noviembre de 1871». Obras Completas. Edición crítica (O. C. E. C.), t. 1. La Habana: Centro de Estudios Martianos, 63-93.

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