*John K. Allen Jr. et al. (eds.), Revolution and Subversion in Latin America: Selected U.S. Intelligence Community. Estimative Products, 1947-1987. NIC 2010-001. Washington D. C.: Oficina del Director del Consejo Nacional de Inteligencia, 2010.

El 23 de abril de 1957, la llamada «Comunidad de Inteligencia» en el gobierno de los Estados Unidos concluía la Estimación de Inteligencia Nacional (NIE, por sus siglas en inglés), de la siguiente manera:

Dado que no creemos que el gobierno de Cuba pueda restaurar el orden público o impedir que emerjan nuevos grupos de oposición civil, la probabilidad de que el régimen de Fulgencio Batista sobreviva el período de esta estimación es solamente de 50 vs. 50. (Glennon et. al., 1987: NIE 80-57, párrafo 3).[1]

Las NIE recogen los criterios colectivos de esa comunidad, y casi siempre son coordinadas o redactadas por algún analista de la CIA que incorpora las conclusiones de otras agencias. Las que se refieren a Cuba pertenecen al Departamento de Estado y a diversas ramas de sus fuerzas armadas. Son dirigidas al presidente, a los miembros del Gabinete con responsabilidades sobre el tema, al Consejo Nacional de Seguridad, y a otros altos funcionarios del gobierno que se ocupan de este asunto. Su principal objetivo es pronosticar posibles sucesos, e incorporan segmentos de análisis para justificar sus conclusiones.

La NIE de abril de 1957 anticipaba la caída de Fulgencio Batista antes del fin de 1958, que era el período de la Estimación. No existe otra NIE tan impresionante en su calidad prospectiva y analítica que esta, pues asevera que el presidente, ya «debilitado considerablemente», enfrentaba protestas estudiantiles y conspiraciones militares. Fidel Castro, según el documento, era el principal jefe revolucionario, otro ejemplo de clarividencia, ya que se consolidaría como tal meses después.

El fracaso del régimen en aplastar las operaciones guerrilleras de Castro, la intensificación de la actividad antigubernamental y la brutalidad de las acciones antiterroristas [así como] la intromisión de la actividad revolucionaria en la capital [cubana] han colocado al régimen en un grave peligro. (Párrafos 20 y 22)

Este pronóstico descansaba sobre un análisis acertado. La «bola de cristal» de la CIA y las otras agencias, sin embargo, se nublan con frecuencia. En momentos extraordinarios, se producen las Estimaciones Especiales de Inteligencia Nacional (SNIE, por sus siglas en inglés), cuyas proyecciones a futuro son de seis meses aproximadamente. En la SNIE de 24 de noviembre de 1958, se concluía que Fidel Castro y «su movimiento, en combinación con otros grupos existentes de oposición, probablemente no puedan derrocar al gobierno en los próximos pocos meses» (Glennon y Landa, 1991, SNIE 85-58, párrafo 1). Batista huye en poco más de cinco semanas.

La NIE de abril de 1957 generó una reevaluación de la situación en Cuba en las altas esferas del gobierno de los Estados Unidos. La de noviembre de 1958 provocó que la Casa Blanca explorara la posibilidad de una renuncia voluntaria de Batista o un golpe de Estado que lo derrocase, pero excluyendo los movimientos revolucionarios.

El libro reseñado

Revolution and Subversion in Latin America… (Allen et al., 2010) compila veintitrés documentos de estimación y pronóstico durante el transcurso de la Guerra Fría entre los Estados Unidos y la Unión Soviética: nueve NIE, cuatro SNIE y diez documentos afines, pero sin ese alto rango formal. Tres se originan durante la presidencia de Harry S. Truman; cuatro, respectivamente, en las de John F. Kennedy, Lyndon Johnson y Richard Nixon; uno en la de Jimmy Carter; y siete durante el mandato de Ronald Reagan. Antes de su desclasificación, estos documentos estaban sellados como «secreto» o «alto secreto». La mitad del material en el libro se desclasificaba por primera vez; las desclasificaciones anteriores eran solamente documentos que trataban sobre la influencia de la URSS en América Latina.

En la presente compilación, la desclasificación cubre casi 100% del contenido de los documentos. Las excepciones se deben a la necesidad de proteger las fuentes. Por ejemplo, hubo informantes de la CIA en la Conferencia Tricontinental en La Habana, a inicios de 1966; diez años después, en el Movimiento de Acción Popular Unitaria ( MAPU) y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR ), ambos antipinochetistas, en Chile; en los Tupamaros, en Uruguay; en el Ejército de Liberación Nacional, en Bolivia; en las Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR) y el Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP), en Guatemala; en los Montoneros y el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), en Argentina; entre otras organizaciones (NIE 80/90-66 —17 febrero 1966—: 7; IMM 77-020/C —31 julio 1977—: 2-3.).[2]

La CIA nace después de la Segunda Guerra Mundial. Se conoce más por sus actividades operativas como, por ejemplo, el derrocamiento del presidente Jacobo Árbenz en Guatemala en 1954, la invasión a Playa Girón en 1961, y la llamada «contra», armada versus la Nicaragua sandinista en los años 80. Este tipo de operaciones se ha extendido a Irán, la antigua Indochina durante múltiples guerras, el Congo, el apoyo a partidos políticos anticomunistas en diversos países y, en particular, durante los años 50 y los 60, los asesinatos logrados o fallidos. Esta «CIA militante» no aparece en Revolution and Subversion.  

Los autores de los documentos compilados son analistas y reflejan la otra cara de esta agencia, suerte de una Universidad de Ciencias Sociales Aplicadas. Su tarea, por tanto, no fue la de planificar una operación clandestina, sino de analizar, a través de pronósticos, las actividades de agentes externos —Cuba y la URSS principalmente— en los asuntos internos de diversos países latinoamericanos. Hay otros   documentos, no incluidos, que tratan sobre los retos en naciones específicas. Quizás por ello, los dos textos sobre la Revolución en Cuba, citados al inicio de esta reseña, no fueron incorporados.

Tres de los documentos recorren el período de 1947-1952, y sientan las bases de la supuesta amenaza que representará la URSS para los intereses de los Estados Unidos en América Latina. Trece cubren desde 1961 hasta 1977, con Cuba como el más temible agente externo. Los siete últimos priorizan la región centroamericana; Nicaragua y Cuba, con apoyo soviético, son sus protagonistas. En esta reseña me circunscribo a discutir aquellos aspectos directa o indirectamente pertinentes para la relación entre Cuba y los Estados Unidos, anotando el peso específico del temor del segundo ante la URSS.

El primer pánico: la URSS y los partidos comunistas a inicios de la Guerra Fría

Abre la compilación un análisis sobre los objetivos de la URSS en abril de 1947:

En América Latina, en particular, la influencia soviética y comunista buscará al máximo destruir la influencia de los Estados Unidos y generar antagonismos que perturben el sistema panamericano. (ORE — Office of Reports and Estimates— 16, 10 abril 1947: 1)

Lo más interesante de este documento es su anexo, en el que el Departamento de Inteligencia del Departamento de Estado se queja de que el texto oficial «sugiere, en general, un peligro soviético más inmediato en las otras repúblicas de América Latina, de lo que la evidencia demuestra». Además,

al discutir las causas de los avances del movimiento comunista, se enfatiza la propaganda y la «ignorancia», lo que oculta la importancia de las condiciones locales que emergen de las dificultades económicas, los desajustes sociales y un nacionalismo frustrado. (6)

Un desacuerdo formal de tal envergadura no reaparece en el libro, aunque con frecuencia hay desavenencias puntuales. Este primer desacuerdo brinda dos claves para criticar los documentos. Casi siempre exageran las causas externas de la violencia revolucionaria y, con raras excepciones, profundizan poco sobre las causas internas de descontento. Ni uno solo de los veintitrés textos se dedica, principalmente, a examinar las posibles raíces nacionales de movimientos revolucionarios en América Latina. Casi siempre aparece un párrafo que se refiere a las causas internas, aunque son documentos de múltiples páginas. Solamente el último, publicado en 1987, hace hincapié en ellas.

El segundo que examina los objetivos de la URSS es menos alarmista; no afirma que esta busque «destruir» la influencia de los Estados Unidos, pero indica que desea «imponer […] limitaciones al apoyo que los Estados Unidos recibe de la región» (CIA/RE 34-49, 14 noviembre 1950: 1). Incluye una loa al comportamiento de varios partidos comunistas, sin mencionar países, en los años entre las dos guerras mundiales. Según la CIA, los comunistas actuaron en «direcciones ilustradas y democráticas […] apoyando la legislación de protección obrera y políticas sociales» (2). Notable es el pronóstico de que el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), en Bolivia, ya poseía suficiente capacidad para derrocar al gobierno, lo que ocurriría diecisiete meses después (3).

El segundo pánico: Cuba y movimientos revolucionarios en los años 60

El primer intento de analizar las perspectivas revolucionarias en América Latina, después de la invasión de Playa Girón, tropieza al sugerir que los militares latinoamericanos respaldan gobiernos reformistas (NIE/90-61, 18 julio 1961: 1), sin prevenir los golpes militares que los derrocarían en Argentina, Brasil, Perú, y República Dominicana en años siguientes. Sin embargo, el documento es perspicaz en otras apreciaciones:

  • La Revolución cubana «tendrá un profundo impacto psicológico en toda América Latina» (1).
  • Fidel Castro no «exportará la Revolución por vías militares».
  • Una victoria revolucionaria en América Latina «será improbable […] en los próximos seis meses» (2).
  • «El peligro radica en la coyuntura de un aparato subversivo existente en Cuba que busca exportar la Revolución en el contexto de un creciente descontento entre las clases populares latinoamericanas» (3). No profundiza más sobre ese descontento.
  • En la región existe una percepción de que los Estados Unidos es «egoísta» en sus políticas comerciales, está «obsesionado con la amenaza del comunismo, y ha demostrado un marcado apoyo a dictadores militares como Batista» (4).
  • La victoria de Castro «presenta un ejemplo concreto de una revolución», estimulando así a otros revolucionarios (7).
  • «Una Cuba que lograra triunfar en la construcción de una revolución de estilo comunista representaría un poderoso ejemplo» (8).

Con la excepción de las referencias a la «exportación» de la revolución, este análisis pudo haber sido redactado en La Habana. Los analistas que lo prepararon calman al presidente Kennedy y a sus asesores con el argumento de una improbable victoria revolucionaria, pero señalan un riesgo que fundamenta la política de aquel. La construcción exitosa de un régimen comunista en Cuba es en sí un problema para los Estados Unidos. Las severas sanciones económicas; la Operación Mangosta que, con rótulo de nuestros días, fue un ejemplo estadounidense de terrorismo de Estado; los intentos de asesinar a Fidel Castro; y otras medidas, son consistentes con ese pronóstico.

Otro documento, contraparte del anterior, examinó las mismas circunstancias al concluir el acuerdo Kennedy-Kruschov (SNIE 85-4-62, 9 noviembre 1962), también comete un error analítico al opinar que la URSS y China coinciden en sus políticas hacia América Latina.

A continuación, las principales conclusiones de la SNIE:

  • «La grave e inestable situación que prevalece a lo largo de América Latina es el producto de abusos profundos y circunstancias históricas; no es la creación de Castro y los soviéticos» (1). El documento no profundiza más.
  • Cuba provee entrenamiento revolucionario a miles de latinoamericanos, así como «pequeñas cantidades de dinero» (3).
  • Crece una escisión entre algunos partidos comunistas y algunos movimientos revolucionarios; Cuba apoya a los segundos «sin titubear».
  • «El aspecto más peligroso del castrismo ha sido su muy amplio atractivo como símbolo de cambios revolucionarios y de afirmación nacionalista en América Latina».
  • «El detonador [revolucionario] perdurará siempre que Castro sobreviva, independientemente de lo que le ocurra […] personalmente» (4).
  • Si bien el valor de Cuba para la URSS sigue siendo muy alto, el «compromiso de la URSS con Castro como persona es cuestionable» (7).
  • Pasada la Crisis de Octubre, «una promesa estadounidense de no invadir a Cuba fortalecerá el sentimiento de inmunidad frente a represalias y casi por seguro estimulará a Castro a intensificar sus actividades subversivas en otros países latinoamericanos» (5).
  • «No hay razón para creer que las actividades anti Castro poseen mayor posibilidad de poner en jaque su posición después de la crisis, que antes.».
  • «Un aumento de las dificultades políticas y económicas en Cuba restringiría los esfuerzos subversivos de Castro, ya que, mientras más seguro se sienta en Cuba, tendrá mayor libertad y capacidad para subvertir otros gobiernos» (7).

Las primeras cuatro conclusiones también podían haber sido redactadas en Cuba. La quinta y sexta son las más próximas a recomendar un intento de asesinar a Fidel Castro. Las tres últimas implican impedir la aplicación de una clave del acuerdo Kennedy-Kruschov (la promesa de no invasión); y señalan que el apoyo a la acción armada en Cuba contra el gobierno carecía de probabilidad de éxito y, por tanto, promueven recrudecer las sanciones económicas y políticas para mantener en jaque al gobierno cubano.

Con el avance de los años 60, los analistas parecen comprender mejor la relación entre Cuba, la URSS y los movimientos revolucionarios en el continente, pero se equivocan en sus apreciaciones sobre casos concretos. Veamos la larga NIE 80/90-64, 19 agosto 1964. Por ejemplo, en un estudio del potencial revolucionario en Panamá, se afirma acertadamente que el país era gobernado por una oligarquía adinerada, de pocas familias, que enfrentaban un «creciente resentimiento popular» (65), al que respondían auspiciando protestas contra los Estados Unidos por su dominio del Canal. La demanda panameña en relación con esto era, por supuesto, algo más serio que una mera táctica de la oligarquía. Otro ejemplo fue el análisis sobre Brasil después del establecimiento del régimen militar, en 1964, «del [Presidente General] Castello Branco [que] promete ser una administración más responsable y razonablemente progresista» (17), que no lo era, ni sería.

En la segunda mitad de la década, cambia la conceptualización analítica, así como su aplicación empírica. Según la NIE 80/90-66, 17 febrero 1966, las insurgencias habían sido derrotadas, incluso en los países donde hubo mayor actividad revolucionaria, como «Venezuela, Guatemala, Perú, y Colombia» (1). Se señalan cuatro factores: 1) la «falta de unidad de grupos extremistas» (incluyendo peleas entre algunos partidos comunistas y movimientos revolucionarios, y estos últimos entre sí); 2) la falta de «voluntarios a ser mártires»; 3) la «falta de apoyo popular»; y 4) «la respuesta de los gobiernos pertinentes, con considerable apoyo de los Estados Unidos» (1).

Estos analistas ya no veían en América Latina una revolución sustentada por el descontento popular, porque «los segmentos más pobres de la población han brindado poco apoyo a la insurgencia», lo cual fue empíricamente cierto, pero la explicación sorprende: «los pobres retienen un considerable respeto frente a la jerarquía social» —un argumento cultural, cuando una reflexión sobre la ya citada represión eficaz implicaría otra explicación. Las insurgencias ya no provenían de la inequidad y los abusos históricos, sino de «la voluntad de individuos en cada país para actuar desafiando las consecuencias». Cuba, la URSS y China aplauden y apoyan, pero «la decisión para actuar es local y personal» (4). Dada esa cultura tradicional y el liderazgo de una vanguardia revolucionaria, la insurgencia se lanza, aunque sin respaldo popular. Un año después, en un documento de menor rango, originalmente secreto y también desclasificado, el análisis empírico se ratifica, y añade con mayor claridad que existía una profunda diferencia entre Cuba y la URSS en sus políticas hacia partidos comunistas e insurgencias, correcta apreciación de la complejidad de esa relación bilateral (Consejo de Estimaciones Nacionales, 1967) En todo caso, el pánico oficial se disipaba.

La presidencia de Richard Nixon: ¿cómo convivir con Fidel Castro?

Un propósito de ciertas NIE, evidente al comienzo de las presidencias de Nixon, Jimmy Carter y Ronald Reagan, fue poner al día y, a veces, educar a cada nuevo presidente. La NIE 80/90-1-69, 20 marzo 1969, examina el potencial revolucionario en América Latina. Estrenado como presidente dos meses antes, Nixon tenía fama de ser un militante de la Guerra Fría. Sin embargo, el texto no fue diseñado para reactivar o estimular esas inclinaciones. Al contrario, su principal conclusión fue que «las perspectivas de una victoria revolucionaria mediante la violencia no serán particularmente positivas en ningún país durante este período», es decir, en un par de años (1). Considera válido este criterio en los países «usualmente problemáticos», entre los que menciona a Ecuador, Guatemala, Haití, República Dominicana, Bolivia y Panamá. Es improbable que triunfen las insurgencias aun en naciones en que siguen activas, tales como Colombia, Guatemala y Venezuela, debido a la falta de apoyo del campesinado. Toma nota de que diversos partidos comunistas no apoyaron a las insurgencias, citando la experiencia de Ernesto (Che) Guevara con el Partido Comunista Boliviano. Reconoce la eficacia de las campañas de contrainsurgencia de varios gobiernos latinoamericanos, «con considerable apoyo en entrenamiento y equipos provenientes de los Estados Unidos» (5). Dado los múltiples golpes de Estado en los años 60, fue útil informar al nuevo presidente de que algunos de estos militares se habían radicalizado antes de tomar el poder, observación que, con matices y modalidades, se aplicaría en Perú, Bolivia, Ecuador y Panamá.

Una novedad fue la crítica a la táctica de generar terror como instrumento de contrainsurgencia, señalando a Guatemala como ejemplo: «Si los militares inician una campaña de contraterror, como ha sucedido en el pasado, podría provocar el surgimiento de un movimiento revolucionario más vigoroso y con respaldo popular» (10).

Dos años después, la NIE 80/90-71, 29 abril 1971, examina el papel de la Unión Soviética en América Latina. Su premisa fue que la URSS no era la causa de todos los males de los Estados Unidos en América Latina, sino «el crecimiento del nacionalismo […] la nacionalización de más empresas [de ese país] y el deterioro de su influencia política». La URSS aplaudirá estos cambios, aunque siempre «manteniendo un bajo perfil», aprovechando «tendencias favorables sin haberlas causado» (13). Esa nación aconsejaba al presidente Salvador Allende, en Chile, «proceder con cautela» (15). Según esta NIE, buscando mayor independencia, varios países latinoamericanos desarrollarían relaciones políticas y económicas con naciones europeas y Japón, y con la URSS, que ya ampliaba sus relaciones diplomáticas, económicas y militares en la región.

El documento afirmó que la URSS quedó satisfecha de su análisis sobre las circunstancias de América Latina. Su preferencia por «la vía pacífica» fue correcta, porque «fracasaron los esfuerzos guerrilleros en Bolivia y Perú mientras que triunfó el Frente Popular en Chile». Por tanto, bajó la influencia de Fidel Castro sobre la política soviética hacia América Latina (5), ya que, anota la NIE, Cuba redujo su activismo revolucionario continental a partir de 1968 (12).

En búsqueda de nuevas opciones, la NIE 85-73, 1 noviembre 1973, considera el papel de Cuba en América Latina. Sus principales conclusiones fueron (1-2):

  • «Cae el ardor revolucionario […] del régimen de Castro».
  • «Aumenta su dependencia sobre la asistencia y orientación soviéticas».
  • «Mejoran sus relaciones con América Latina».
  • «Desinterés de Castro por llegar a un acuerdo general con los Estados Unidos».
  • «Esfuerzos soviéticos de aumentar la frecuencia y, en varios años, el tamaño de su presencia naval en la región».
  • «Pierde interés por desarrollar un amplio programa de apoyo a guerrillas o terroristas».
  • «Énfasis en construir puentes con gobiernos que demuestran independencia de la influencia de los Estados Unidos».
  • «Apoyo selectivo a unos pocos grupos insurgentes».
  • En Chile, «apoyo a extremistas que resisten frente a la junta militar».

Esta NIE fue la primera de la compilación donde se exploran opciones de política norteamericana hacia Cuba (2-3). Una opción de fortalecer las sanciones «aumentaría la distancia entre los Estados Unidos y América Latina, y puede acrecentar el apoyo soviético a Castro» (3). Una opción para normalizar las relaciones […] encontraría problemas formidables, en particular tensiones en las relaciones entre los Estados Unidos y ciertos gobiernos anticastristas en América Latina. Además, es improbable que indujera a Castro a adoptar una opción de cooperación.

La opción del statu quo requeriría aceptar el fin de las sanciones multilaterales contra el gobierno de Cuba. En su lugar, recomienda una cuarta opción: «tomar algunos pasos para mejorar las relaciones» bilaterales, participando en el desmantelamiento de las medidas de la Organización de Estados Americanos (OEA) contra Cuba y eliminando algunas de las sanciones económicas estadounidenses unilaterales. Esta opción eliminaría a Cuba como tema de la agenda Estados Unidos-América Latina, y poco a poco reduciría el papel de la Isla en la región.

El referido documento fue el primero en reconocer que muerto o discapacitado Fidel, el poder pasaría «fácilmente a un gobierno similar encabezado por Raúl» —pronóstico acertado. Fue también el primero en mencionar el apoyo revolucionario al África portuguesa (5). Igualmente, innovador fue reconocer que «el impacto de medidas dirigidas en contra de la economía cubana va en declive» (7). Por último, anota que «hubo unos 2 500 asesores militares soviéticos en Cuba en los años 60, pero este número probablemente se redujo en años recientes» (23), dejando así expuesto al gobierno de los Estados Unidos a la gran sorpresa de una «brigada militar» soviética «descubierta» en Cuba en 1979.

La NIE de noviembre de 1973 descansa en la premisa de que las insurgencias latinoamericanas han sido derrotadas y que la URSS procedería mediante relaciones diplomáticas y económicas, con un gradual aumento de su presencia naval. Por primera vez recomienda un cambio en la política de los Estados Unidos hacia Cuba. Sin embargo, descarta la posibilidad de algún acuerdo bilateral «macro», amplio y profundo. Señala el acuerdo migratorio de 1965 y el de 1973 contra la piratería aérea, como ejemplos de un proceder ad hoc, que recomienda por su eficacia. Este enfoque de los analistas sobre las opciones para las relaciones bilaterales perdurará hasta nuestros días. Los acuerdos ad hoc no están diseñados como peldaños rumbo a un macroacuerdo bilateral, y el logro de uno no implica que se lograrían otros.

La presidencia de Jimmy Carter: ¿hay problemas?

La Comunidad de Inteligencia actualizó a Carter al comienzo de su presidencia (IIM —Interagency Intelligence Memorandum— 77-020/C, 31 julio 1977), esta vez con la ampliación de la temática sobre las relaciones de Cuba con movimientos revolucionarios o nacionalistas, así como con sus contrapartes en los demás continentes. La principal conclusión fue:

«Tranquilízate» (1-2):

  • «No hay evidencias de cubanos operando con grupos insurgentes desde 1971».
  • «No hay evidencias de que Cuba haya suministrado armamentos o municiones a algún grupo rebelde en los últimos años».
  • «Cuba sigue entrenando en métodos y tácticas guerrilleras, pero a un nivel modesto […] y no creemos que aumente».
  • «Cuba ha suministrado un limitado apoyo financiero a algunos grupos».
  • «Cuba brinda una asistencia mínima a grupos nacionalistas palestinos».
  • «No hay confirmación de apoyo cubano al Movimiento Polisario en Sahara Occidental».

Notable fue la discusión del papel de Cuba en el caso de Angola que, según el documento, era ejemplo de «movimientos nacionalistas» y posee un carácter diferente, ya que en años recientes estuvo dirigido contra regímenes coloniales y gobiernos de minoría blanca en Rodesia y Namibia, a los que se oponen todos los estados africanos.

No hay una sola referencia a la URSS. De Cuba, resaltan actividades como el desarrollo de sus relaciones diplomáticas en América Latina y África, su participación en organizaciones multilaterales latinoamericanas, y su asistencia técnica a algunos gobiernos de izquierda y afines.

Este documento fue acertado en casi todas sus apreciaciones, pero dejó al gobierno de Carter mal preparado frente al surgimiento del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) en Nicaragua.   Sus   veintisiete   párrafos   representan la totalidad de la preocupación de la Comunidad de Inteligencia por estos asuntos revolucionarios, continentales y trasatlánticos, aparentemente insignificantes.

Reagan, reacción y revoluciones en los años 80

La primera NIE (en dos partes, 85/80/90-81, 23 junio y 24 julio 1981) de la presidencia de Ronald Reagan es un zafarrancho de combate. Se explica, en general, por un cambio real de la política cubana hacia la región y por el giro ideológico que representa esta administración; y en particular, por el apoyo cubano a las revoluciones en Nicaragua, El Salvador, y Guatemala. Dos NIE y tres SNIE se caracterizan por este nuevo sesgo ideológico durante el primer período del mandatario. Durante su segundo período, los documentos retornan a su más usual tono analítico.

Según la primera NIE, «hace dos años Cuba reinició su apoyo, mucho más militante, a los insurgentes revolucionarios, en particular en América Central», motivado Fidel Castro por los problemas políticos y económicos en su país.

Moscú no solamente ha apoyado el retorno militante de Castro en el ámbito centroamericano, sino que ha aumentado sus propios esfuerzos para respaldar las actividades de Cuba de apoyo a insurgentes [y] continuará exhortando y sufragando su asistencia a los insurgentes. (1)

El principal ejemplo era la situación en El Salvador, y parcialmente la de Guatemala. La única nota de cautela fue que la URSS respondería en caso de un «reto militar estadounidense» a Cuba, lo cual «provocaría una grave crisis en las relaciones Estados Unidos-URSS». El «reto» cubano-soviético «a los intereses regionales de los Estados Unidos seguirá siendo formidable» (2). Cuba cuenta, según esta NIE, con un «masivo apoyo militar y económico de la URSS», el respaldo de Nicaragua y Granada, y, «normalmente, de México»; con una red de aliados a través de América Latina, y con el auge del «nacionalismo y las suspicacias de los Estados Unidos en la región» (6). El documento ofrece solamente un breve párrafo que sugiere que problemas internos pueden ser causas del surgimiento de movimientos revolucionarios en cada país. La Guerra Fría priorizaba lo internacional y azuzaba la confrontación.

En su segunda parte, considera las opciones de los Estados Unidos frente a Cuba: «no hay razón para creer que el antagonismo de Castro frente a los Estados Unidos ha disminuido, o que él haría concesiones significativas» en una negociación bilateral; al contrario, «en su lógica [la de Fidel], una militancia desafiante es su mejor opción frente a los Estados Unidos» (14). «Castro posee impresionantes recursos para explotar oportunidades que hagan avanzar sus intereses en la región a costa de [aquel país]», como el «masivo apoyo» soviético y la eficiencia del proceso de toma de decisiones en Cuba y su flexibilidad para modificar tácticas según las circunstancias. «Castro posee recursos diplomáticos, propagandísticos, de inteligencia, asistencia técnica, entrenamiento guerrillero, y militares que son formidables para un pequeño país […] y redes políticas y clandestinas en toda la región» (15). Cuba logró también que un buen número de países latinoamericanos, «se opongan a intentos estadounidenses de organizar acciones multilaterales contra [la Isla]». Lo único que faltó, aparte de alguna que otra frase suelta, fue una discusión de causas internas para la acción revolucionaria.

La NIE 82/83-81, 8 septiembre 1981, sube el tono de alarma. Su primera página lo resume bien:

«El comunismo, explotando las tendencias en Centroamérica, constituye el reto más serio frente a los intereses de los Estados Unidos y nuestra libertad de acción en el hemisferio, desde que Cuba estableció su alianza con la URSS».

[La] intención es convertir a Centroamérica en un campo de batalla durante los próximos años para distraer, debilitar y socavar a los Estados Unidos en otras partes del mundo. La evolución de estos escenarios acercaría la Revolución a la frontera de México […] Dudamos que se pueda impedir el desliz de América Central hacia esta creciente inestabilidad. (1)

No debe sorprender, pues, que la «Unión Soviética comparta el optimismo de Castro por las perspectivas revolucionarias en Centroamérica» (7). Por si hay dudas, la NIE afirma que en Nicaragua los sandinistas «mantendrán su revolución rumbo a un Estado totalitario marxista» (3).

Datos que podrían sugerir cierta moderación por parte de Cuba, como la reducción del flujo de armamentos a las guerrillas en El Salvador, no se toman en serio, sino que son evidencias de ajustes meramente tácticos. «Pocos gobiernos coinciden con la interpretación norteamericana de hechos y tendencias»; en vez de inducir una recapacitación, si no se responde «frente a este reto comunista, las repercusiones para los Estados Unidos serán graves». (3)

La principal virtud analítica de esta NIE fue su discusión sensata de la posibilidad de que la revolución surja en Guatemala por causas internas. El documento informa que hay

un deterioro económico y ecológico […] erosión de suelos […] caída de los precios del café […] aumento del desempleo […] la estructura política más rígida en América Central […] asesinatos de políticos moderados de izquierda por las fuerzas de seguridad y grupos de extrema derecha actuando bajo la cobertura tácita del gobierno. Las elecciones son fraudulentas. El ejército aumenta sus abusos [evidentes en] recientes masacres en comunidades indígenas. (17)

La fiebre de Guerra Fría baja al año siguiente. Según la SNIE 82/83-82, 8 junio 1982, los moderados en Centroamérica se fortalecen y los revolucionarios pierden apoyo. Esa perspectiva optimista perdurará durante la presidencia de Reagan, imposibilitando comprender por qué también se mantendrán las insurgencias en El Salvador y Guatemala. Además, los analistas «consideramos muy improbable que Cuba y Nicaragua negocien de buena fe durante el período de esta Estimación»; criterio que explica la oposición de la Administración a los distintos esfuerzos de negociación, conocidos como Contadora o Esquipulas. Al contrario, su pronóstico es que «esperamos que los esfuerzos subversivos de Cuba y Nicaragua aumentarán» (18) para contrarrestar la pérdida de apoyo revolucionario en estos países.

Quizás por reflexiones en el seno de la Comunidad de Inteligencia, o por presiones del Congreso, o por la molestia de aliados europeos de los Estados Unidos, la SNIE 83.3-2-85/L, 31 marzo 1985, se dedica a las fuentes de información que explican y justifican las alarmistas NIE y SNIE anteriores. Para proteger las fuentes, sin embargo, presenta la mayor cantidad de omisiones en su texto. Si bien la primera NIE bajo Reagan reflejó, quizás, presiones ideológicas y políticas de un lado, esta ejemplifica la contracorriente que encontró la Administración, y su demorada respuesta.

La sensatez y la calma analítica retornan a medida que avanzan los años. Véase un análisis de la política soviética en América Latina en la SNIE 11/80/90- 82, 25 junio 1982. En vez de la supuesta militancia revolucionaria soviética reflejada en documentos anteriores, esta se refiere al «aparente interés de Moscú en evitar un involucramiento de alta visibilidad en Nicaragua» (10), y a que «ha intentado mantener un papel de bajo perfil en El Salvador» (11). La URSS «recomendará prudencia táctica» a Cuba y Nicaragua, apoyando procesos de negociaciones; los soviéticos «han estado renuentes a apoyar a [Managua] con asistencia económica masiva» (20). Los analistas por fin se dieron cuenta de que los gerontócratas que gobernaban la URSS en esos momentos no alzaban las banderas de la revolución.

El 31 de julio de 1986, el IIM 86-10010 examina las perspectivas de la izquierda revolucionaria sudamericana. Discute ejemplos de violencia revolucionaria en Chile, Perú, Colombia, y Ecuador, pero su conclusión clave calma los nervios del gobierno estadounidense: «A pesar de la probable extensión de la actividad insurgente, ningún movimiento de izquierda revolucionaria posee probabilidad de llegar al poder en Sudamérica durante los próximos años» (7).

Hay un revisionismo divertido. Según este documento, «los líderes revolucionarios marxista- leninistas de los años 60 y 70 […] en muchos casos rechazaron apoyo de Cuba y el bloque soviético» (5).

¡Parece ser que estos analistas no consultaron a sus predecesores!

Según el documento de 1986, a mediados de los años 80, la URSS mantenía un bajo perfil en toda América del Sur, excepto por su apoyo al derrocamiento de Augusto Pinochet. Los analistas responsabilizaban a Cuba de apoyo a movimientos insurgentes solamente en Chile y «quizás» en Colombia (6). Acertadamente comprenden que Sendero Luminoso no cooperaba ni con Cuba ni con la URSS. El documento rompe el mal hábito de ignorar factores internos que puedan ser detonantes de situaciones revolucionarias; analiza en detalle los descalabros económicos de esos años en América del Sur, el alto desempleo, los recortes de programas sociales, el peso de la deuda internacional, la marcada caída del nivel de vida a lo largo de la década, y el surgimiento del terrorismo de derecha en Chile, Colombia, Ecuador y Perú con la complicidad de agentes de las fuerzas de seguridad (19).

Esa calma predomina en el último documento de esta recopilación (IIM 87-10005, 31 mayo 1987), que considera insurgencias vibrantes en Colombia y Perú, y declinante en Ecuador: «Los grupos insurgentes en Colombia y Perú son mayormente autosuficientes» (4). La URSS, Cuba, Nicaragua y Libia, según el documento, han contribuido con limitado apoyo, pero Sendero Luminoso los rechaza y «ni [este] ni las FARC [Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia] necesitan apoyo externo para sostener» sus operaciones (4). Cuba es un factor secundario, que apoya a dos movimientos revolucionarios en Colombia: el M-19 y el Ejército de Liberación Nacional (ELN).

Pronostica, y los años le darán la razón, que aumentarán el poder y la actividad revolucionaria de Sendero Luminoso y de las FARC; ambos parecerían, a comienzos de los años 90 en el caso de Sendero, y en el de las FARC a fines de esa década, estar a las puertas de una victoria nacional. Los analistas estudiaron minuciosamente las condiciones internas que propician esta oleada revolucionaria, es decir, las económicas, sociales, políticas y militares en los tres países bajo análisis, con conclusiones tajantes: aumenta el desempleo, se recortan los fondos para aplicar políticas sociales eficaces, desigualdades extremas, pobreza intensa, discriminación contra la población indígena —en particular en Perú y Ecuador—, Estados ineficaces, etc. Es un análisis profesional, compartido por investigadores académicos sin vínculos con la CIA. El último párrafo de este documento se refiere una vez más a la Unión Soviética y a Cuba en el contexto de la lucha entre Sendero Luminoso y el Estado peruano. Esta vez los analistas informan a la Casa Blanca que ambas naciones han ofrecido ayuda al gobierno peruano para combatir a Sendero. Concluye, pues, este libro, con la afirmación de una tácita alianza entre la CIA y el gobierno cubano.

Conclusiones

A través de varias décadas, los analistas de la CIA y de la Comunidad de Inteligencia, por lo general acertadamente, asesoraron a la Casa Blanca sobre la política del gobierno y del Partido Comunista de Cuba en apoyo a movimientos revolucionarios en América Latina. Señalaron su apogeo a mediados de los años 60, anticiparon su derrota hacia fines de esa década, su resurgimiento a fines de la siguiente, y su culminación durante los años 80. Algunos análisis en las NIE y documentos afines pudieron haber sido redactados en La Habana —el presentado al Presidente Kennedy después de Playa Girón es quizás el más perspicaz ejemplo de esa hipotética coincidencia, al distinguir claramente el impacto simbólico de la Revolución en Cuba de las versiones más burdas sobre su «exportación».

Hubo errores. El «cariño» de la CIA por los militares latinoamericanos, especialmente durante los años 60 en Brasil, fue uno; otro, el optimismo prematuro y fallido de que la insurgencia salvadoreña ya había sido derrotada a mediados de los 80. Una falla más general, como indicó en 1947 el Departamento de Estado en su discrepancia formal, fue la marcada tendencia durante toda la Guerra Fría a exagerar el impacto de la URSS y, años después, de Cuba, y subestimar los factores internos al explicar el origen y trayectoria de situaciones y movimientos revolucionarios. Ello se observa más durante la primera presidencia de Reagan, pero se encuentra en casi todos los documentos. El mejor ejemplo de un análisis más balanceado y, por tanto, más acertado, fue el último, que explica los casos de Sendero Luminoso y las FARC.

¿Qué impacto hubo sobre la política de los Estados Unidos hacia Cuba? Las NIE y afines, presentados a la Casa Blanca durante la presidencia de Nixon y la segunda presidencia de Reagan, parecían diseñados para contrarrestar la influencia de los «halcones» en sus respectivas administraciones, y para calmar al presidente y sus asesores en el diseño de la política hacia Cuba. En aquellas coyunturas, fue un aporte valioso.

Sin embargo, los analistas contribuyeron a impedir un giro decisivo en la relación bilateral. Sistemáticamente favorecieron realizar acuerdos ad hoc entre Cuba y los Estados Unidos para resolver problemas concretos, pero se opusieron a los acuerdos «macro» o de mayor envergadura. Esa oposición a veces resultó de cálculos profesionales sobre costos y beneficios (presidencia de Nixon), y a veces reflejaban un sesgo ideológico (primer período de Reagan).

Hay dos casos más graves. Inmediatamente después de Playa Girón y de la Crisis de Octubre, los análisis parecen respaldar el recrudecimiento de las sanciones estadounidenses contra Cuba, acompañadas de terrorismo de Estado y de intentos de asesinar a Fidel Castro. Solamente en 1973 encontramos uno que recomienda el desmantelamiento de algunas de las sanciones. El segundo caso fue durante el primer período presidencial de Reagan, cuando los analistas, exagerando las situaciones reales, estimularon una confrontación en el Caribe y Centroamérica, involucrando a la URSS, tanto que la CIA y afines tuvieron que dedicar un documento completo a fundamentar la evidencia pertinente para su alarma, que los obligó a revelar sus fuentes de información, aunque todavía no desclasificadas.

Lo más impresionante de estas seiscientas páginas desclasificadas fue el apego de los analistas a comprender situaciones reales, buscando información, analizándola, y, en lo posible, pronosticando lo que podría pasar entre los próximos seis y veinticuatro meses, según el caso. Si bien no hay un solo documento que indique que aquellos consideraban que algún texto anterior exageró o se equivocó, en la práctica hay modulaciones y correcciones. De la exageración, en 1947, del peligro que representaba la URSS para los intereses de los Estados Unidos en Latinoamérica, pronto se pasa a textos más mesurados. En lugar de aceptar la hipérbole de que Cuba «exportaba» revoluciones, hubo, por lo general —excepto a inicio de los años 80— un análisis sofisticado de cómo entender el impacto de Cuba en la región. Después de ignorar por décadas la crítica del Departamento de Estado de 1947, ya avanzada la presidencia de Reagan, aparecen agudos análisis de las causas internas de procesos revolucionarios en Guatemala, Perú, y Colombia. La autocrítica y la autocorrección de errores es inherente a cualquier proceso de análisis serio y, con esta perspectiva de medio siglo, la CIA y demás analistas fueron un ejemplo de ello. No estuvieron exentos de errores empíricos, ni aparentemente de apoyar políticas condenables, pero poco a poco recapacitan, como demuestra la bien fundamentada crítica al terrorismo de Estado por parte del ejército guatemalteco en los años 60.

Los analistas de la CIA, ni genios ni torpes, pero sí un poco de ambos.


Notas:

[1] Todas las traducciones son mías (J. I. D.).

[2] Al citar los documentos recopilados, me refiero a las páginas en cada uno, con sus siglas y fechas de publicación, y no a las páginas de la compilación; esta ofrece un índice para localizar cada documento.

Referencias:

Allen Jr., J. K. et al. (eds.) (2010) Revolution and Subversion in Latin America: Selected U.S. Intelligence Community. Estimative Products, 1947-1987, NIC 2010-001. Washington D. C.: Oficina del Director del Consejo Nacional de Inteligencia.

Consejo de Estimaciones Nacionales, CIA (1967) Special Memorandum 1-67: Latin American Insurgencies Revisited, 17 de febrero. Disponible en <https://bit.ly/3nARFoF> [consulta: 19 noviembre 2021].

Glennon, J. P. y Landa, R. D. (eds.) (1991) Foreign Relations of the United States, 1958-1960. Cuba, v. VI. Washington, D. C.: Oficina de Imprenta del Gobierno de los Estados Unidos. Disponible en <https://bit.ly/3DyLSW7> [consulta: 19 noviembre 2021].

Glennon, J. P. et. al. (eds.) (1987) Foreign Relations of the United States, 1955-1957. American Republics: Multilateral; Mexico; Caribbean, v. VI. Ibídem. Disponible en <https://bit.ly/3FycLtK> [consulta: 19 noviembre 2021].

 

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