Panel realizado en el Centro Cultural Cinematográfico ICAIC, el 28 de marzo de 2019.

Rafael Hernández: Bienvenidos a una nueva sesión de Último Jueves. Tenemos un panel que es casi perfecto porque está compuesto por una académica, un dirigente, una periodista y un artista. No siempre logramos llenar esas categorías de participantes, que es lo que le da la tónica a estos debates: un intercambio, un diálogo entre diferentes campos, prácticas y experiencias.

Para encuadrar lo que vamos a discutir, quisiera leer algunas referencias en documentos políticos que tienen que ver con el tema de la cultura. En los Lineamientos económicos y sociales aprobados en el VI Congreso del Partido en 2011 se trató el tema de la política cultural, pero de la cultura en un sentido amplio, que no recuerdo que haya aparecido antes de esa manera en otros documentos; habla de la cultura económica, de la ambiental, de la física, de la tributaria, y de en qué medida se conectan aspectos tales como la industria turística y la actividad comercial con la cultura.

Los Lineamientos del VII Congreso del Partido, en 2016, lo tratan en el artículo 114 y colocan también a la cultura en un territorio amplio. Dice así ese artículo: «Aunar los esfuerzos de las instituciones educativas, culturales, de las organizaciones políticas y de masas, de las formas asociativas sin ánimo de lucro y de los medios de comunicación masiva, para cultivar en la sociedad el conocimiento de nuestra historia, cultura e identidad, y al propio tiempo la capacidad para asumir una posición crítica y descolonizada ante los productos de la industria cultural hegemónica capitalista».

Hay un documento que se cita menos, pero que tiene una enorme importancia para el tema que estamos tratando, que es el de la Primera Conferencia del Partido, realizada en enero de 2012. Hay varios objetivos que quedan plasmados en este documento que quiero rápidamente mencionar porque hacen referencia explícita a la cultura y a la política cultural: el número 58 dice: «Consolidar la política cultural de la Revolución definida por Fidel desde 1961 en sus Palabras a los intelectuales, caracterizada por la democratización del acceso a la cultura, la defensa de la identidad y del patrimonio, con la participación activa de los intelectuales, artistas e instituciones culturales, en un clima de unidad y de libertad». Otro dice: «Garantizar que los proyectos culturales se diversifiquen, enriquezcan la vida espiritual de las comunidades, revitalicen las tradiciones, lleguen a los lugares más recónditos y excluyan enfoques mercantilistas u otros de diferente naturaleza que distorsionan la cultura». Otro expresa: «Desarrollar la crítica artística y literaria franca y abierta, con énfasis en las insuficiencias y virtudes de la obra cultural, de manera que contribuya a elevar su calidad, preservar nuestra identidad y respetar las tradiciones». En otro: «Promover a escala masiva mediante el trabajo integrado de las instituciones culturales, medios de comunicación, directores de programas, de espectáculos, de artistas e intelectuales, instructores de arte y promotores, la capacidad de apreciación artística y literaria y el fomento de valores éticos y estéticos, así como la erradicación de manifestaciones de chabacanería y mal gusto que atenten contra la dignidad de las personas». Y por último, el objetivo 71, que es muy breve, pero que está cargado de significados: «Garantizar que los medios de comunicación masiva se apoyen en criterios y estudios científicos, sean una plataforma eficaz de expresión para la cultura y el debate, y ofrezcan caminos al conocimiento, al análisis y al ejercicio permanente de la opinión».

La nueva Constitución está llena de referencias a aspectos de la cultura; solamente quería, puesto que vamos a hablar de nuevos tiempos, dar los antecedentes más inmediatos de ellos en relación con las formulaciones de la política cultural que han aparecido en algunos de estos documentos.

La primera pregunta para este panel es qué abarca la política cultural, cuál es su significado, qué connotaciones tiene ese amplio espacio donde se formula y se practica.

Tania García Lorenzo: Lo que voy a expresar, bajo ningún concepto podrá abarcar el amplio contenido que tiene el tema. Me parece que vendría muy bien dedicar un número de la revista, o varios, a ello, porque es muy difícil abarcar todo lo que alcanza.

Yo diría que la política cultural abarca todo el universo de los procesos culturales, porque la cultura, decía Germán Rey, es todo lo que media entre la realidad y los sueños, es imaginario, es valores y, por ende, todo lo que expresan ese imaginario y esos valores tanto en el arte como en la vida cotidiana de los seres humanos. Ahora bien, lo esencial es entender la naturaleza de esos procesos; por lo tanto, en mi modesta opinión, las políticas deben estar dirigidas a promover la cultura, como decía Armando Hart. Como pensamiento e ideas no se administran, sino que se promueven, ello implica que, si se quiere tener efectividad, han de ser políticas inductivas más que políticas directrices.

Lo que ocurre en el terreno de la cultura influirá en todas las demás esferas de la sociedad cubana, pero a su vez, en ese contexto, tanto la política cultural como el desarrollo cultural estarán influidos por el desarrollo económico, el educativo, el científico, y por la disposición a la construcción y reconstrucción permanentes del consenso, sabiendo que lo esencial es conservar y ampliar los logros sociales y toda la justicia social, la independencia y la soberanía.

Pero todo eso podrá ser logrado en una construcción y reconstrucción conjunta de toda la sociedad. Por ello, una noción cultural del desarrollo debe llevar implícito el desarrollo de los valores creativos identitarios de cada lugar, de cada espacio del país. Es menester llevar lo mejor de la cultura cubana y universal a cada uno de los espacios, pero hay que promover la cultura desde cada uno de ellos.

En cuanto a los actores fundamentales de ese diseño, la política cultural, como política pública, es una función del Estado desde su estructura central y territorial para cumplir el mandato popular, que es lo que le corresponde; sin embargo, quienes accionan en campos culturales con roles protagónicos relevantes para la vida de la sociedad marcan criterios y políticas culturales que no se pueden desconocer. Por supuesto, su magnitud, alcance y radicalidad, también son diferentes. Y todo eso es un proceso complejo, lleno de contradicciones, porque esa es la vida de un país, y es la vida de un país en revolución.

A sesenta años, viviendo en condiciones hostiles internas y externas, este país acaba de aprobar la Constitución con 78% de aprobación. ¿Alguien puede creer que eso fue sin conflictos? Nadie puede pensar que los que quedaron fuera y los que estuvieron dentro de ese 78%, no se mueven en un mundo complejo lleno de tensiones y de contradicciones, pero para eso es imprescindible el debate profundo, constante, la confrontación de las ideas con la realidad.

¿Qué es conservar y fortalecer la identidad cultural cubana si no un campo de batalla? Eso, en mi apreciación, es parte de ese desarrollo y de esos retos de la política cultural que estaban implícitos en las preguntas.

Todos mencionamos como reto fundamental la era de internet, la magnitud de las redes sociales, y la impronta nueva que se está generando; pero no puedo dejar de mencionar —si no, no me dedicaría al tema de la economía de la cultura— que hay un ámbito fundamental de debate que tiene que ver con los procesos económicos que le sirven de sostén y también de reproducción. Estoy hablando de las tensiones que han existido y existirán siempre entre la creación y el mercado. Este no es un enemigo, ni tampoco un lugar ideal; es solo una relación entre los que compran y los que venden; no genera valor, no determina jerarquías; son los actores sociales que participan los que deciden las tendencias del mercado, la manipulación que se hace de él; pero está en la convicción de los creadores y en las políticas culturales que promueven la creación facilitando las acciones de ellos, lo que va a decidir, en última instancia, cuál es ese balance de poder que se refleja en el mercado.

Por lo tanto, todo el proceso creativo tiene que ser parte de una construcción social; todo el diseño de políticas necesita pasar por el enriquecimiento de ese consenso social para que pueda cumplir el rol que el Estado le ha encomendado.

Mayra García Cardentey: Creo que soy la más nueva en el panel y la que menos experiencia práctica puede tener sobre el tema. Voy a tratar de dar una visión más institucional, más integradora, sobre la política cultural, que no sea solo la de los procesos creativos propiamente dichos y los valores artísticos. En ese sentido, desde los medios, entendemos la política cultural como un marco, que en sí es mediado y es mediador de varias políticas como la educativa, la de comunicación, que recientemente se elaboró, la de juventudes, y en ese sentido la política cultural debe respirar todos estos valores, todas estas acciones, como programa que no solo sea de directrices sino de creación de contenidos.

Entendemos que la política de comunicación se integra o es atravesada por la política cultural desde el mismo momento en que los medios son continentes de estos efectos y de estos valores creativos, no solo a la hora de establecer programas o agendas mediáticas donde se generen contenidos con valores culturales, creativos, que traten de promover esa identidad cultural de que hablaba la profesora, sino también medios de comunicación capaces de generar debates, polémicas, diálogos, en función de construir una política cultural integradora. En ese espíritu, creo que los medios estamos caminando incluso con una política de comunicación perfectible, ya aprobada, pero que trata de englobar parte del espíritu mediático que puede existir hoy, y de abarcar algunas de las dinámicas culturales que pueden estarse dando hoy.

Uno de los grandes retos que puede tener hoy la política cultural es, básicamente, tener un programa redactado, que pudiera ser, en lo esencial, como la propuesta inicial sobre política de comunicación, porque hasta cierto punto en los medios hemos entendido que la cultura no es solo la producción de contenidos o esos valores programáticos que intentamos promover, sino también el consumo que se hace de ellos. Así lo han entendido diferentes autores, desde Martín Barbero, o Canclini, que han comprendido que la obra se crea, se hace, pero también se promueve, se comercializa, y desde los medios de comunicación hemos tratado de palpar qué pasa con los contenidos una vez que los sacamos a la calle, con dinámicas y retos que pueden estar pasando hoy desde las redes sociales, Internet y demás; porque no somos solo reproductores de símbolos, de representaciones sociales, sino que, a la vez, somos representaciones sociales. Si las personas no creen en los medios, en la política de comunicación, en la política cultural, no los van a consumir y, por tanto, no vamos a cumplir las funciones esenciales que tenemos como reproductores o difusores de estas representaciones sociales.

En cierto sentido, el ambiente comunicacional que se vive en el país es tan heterogéneo como las mismas prácticas y consumos culturales que existen donde están cohabitando diferentes tipos de medios, de organizaciones mediáticas. Tenemos comunicación institucional, gremial, comunicación pública y también medios alternativos; todos con diferentes intereses, agendas, dinámicas y modos de socializar la cultura.

Siempre hemos propuesto, y en mi caso particular, desde la revista Alma Mater, entender la política cultural, e incluso la política de comunicación como parte de ella, como un ente inacabado, vivo, que tiene que estar constantemente actualizándose, y, sobre todo, tratar de caminar a la par de estas formas ciudadanas de entender la cultura y cómo esta se comunica en los ambientes heterogéneos en los que estamos viviendo hoy; tratar de entender cómo se producen las obras y cómo se recepcionan, y a partir de ahí retroalimentarnos.

Quiero poner un ejemplo. Ahora mismo, en la revista estamos viviendo una cuestión vinculada con el fenómeno de los duraka. No sé si lo conocen. Es un fenómeno lingüístico- comunicacional, por decirlo de alguna manera, del que se han apropiado mucho los jóvenes.

Fernando Rojas: ¿Viene del ruso?

Mayra García Cardentey: No, de una canción. Lo que quiero es ponerles un ejemplo de cómo un producto como una canción se convirtió en viral; otra convirtió en viral el tema de «Te voy a hacer po, po, po, po», y hace poco sacaron un video con una canción que reúne todos estos temas. Esto lo menciono para dar conciencia de que también es parte de la política cultural pulsar cómo los jóvenes, y la población en general, están consumiendo culturalmente los productos, qué apropiaciones tienen, y desde los medios tenemos que hacer un acercamiento consciente a todos estos fenómenos; no desde el estigmatismo, la exclusión ni la crítica, sino desde un modelo socializador y comunicativo.

Eduardo Del Llano: Voy a tratar de hablar de algunas reflexiones que me generan las preguntas que se han hecho. Lo primero es que, si lo pensamos bien, política cultural es un término que trata de yuxtaponer, de hacer coexistir dos conceptos que son mutuamente incómodos, o sea, tradicionalmente los políticos y los creadores —y en este caso limito el ámbito de la cultura a los creadores— se toleran, se saludan, incurren en estrategias de convivencia o, como se diría rápido y mal, se mastican, pero no se tragan. No solo en Cuba, no solo en nuestro sistema; siempre ha sido así, por ese carácter, digamos polemizador de los creadores, y de ir un poco a la vanguardia del pensamiento artístico, mientras que las políticas culturales por lo general diseñan estrategias sobre lo que ya existe, pero tienen una especial reticencia, natural, comprensible, al cambio, hasta que se acumulan tantos en el mundo de la cultura y de los medios que se ven obligadas a cambiar también.

Hace poco una amiga me dijo una frase que le había dicho una persona que goza de mucho respeto en el ámbito de nuestra cultura, una reflexión que quisiera citar aquí y de alguna manera ampliarla, porque tiene que ver con el tema del que yo quiero hablar, que es no tanto de lo que engloban las políticas culturales, sino de lo que yo llamaría las políticas culturales invisibles, lo que queda en los márgenes. Esta persona le decía a mi amiga que «en Cuba existe la lista blanca», que es donde todo el mundo quiere estar. Es la lista de los artistas, de los creadores que han recibido el espaldarazo por la calidad de su obra, por su confiabilidad, por una mezcla de ambos factores, por lo que sea, y que generalmente son la cara visible de la cultura nacional. Existe la lista negra, que ha existido con más énfasis en algunos momentos que en otros, pero existe, y es terrible, pero de la cual eventualmente se sale, por lo menos se puede tener la esperanza de que en algún momento las cosas vayan cambiando y se salga de ese estado. Pero existe la lista gris, que es la más jodida de las tres, porque no sabes cómo entraste, ni si vas a salir alguna vez, y qué tendrías que hacer para ello, suponiendo que quisieras hacerlo. Las listas grises no existen físicamente, no me consta que haya un papel con una lista escrita con tinta gris o del color que sea, pero esa especie de «Esta persona es incómoda, vamos a apartarla lo más posible de los medios, o del ámbito tal o más cual» sí existe.

Me perdonarán que ponga un ejemplo personal, no porque sea el más importante, sino el que conozco bien. En julio de 2017 se me acercó el equipo de Vivir del cuento, no por primera vez, para que colaborara con el programa. Escribí un primer guion que no les gustó demasiado, y escribí un segundo guion que sí les gustó mucho y dijeron que lo iban a filmar. Pasó un mes después de eso y no pasaba nada, y cuando pregunté aquí y allá, me enteré que de arriba habían dicho que yo no, aunque escribiera Tía Tata cuenta cuentos, o sea, escribiera lo que escribiera. El tema no estaba en que mis guiones hubieran sido más agresivos que los que escribían los otros, y que habían colocado el programa justamente en el gusto del público. No se trató de opiniones, sugerencias, de esos debates de que han hablado mis predecesores, sino, simplemente: «Olvídate del tango, tú no vas a escribir para este programa». Y no tuve el trabajo ni el dinero consecuente, y no tuve el escape que eso hubiera significado. No lo digo para suscitar ningún tipo de lástima, sino como un ejemplo que nadie me puede discutir porque fue así. Conozco otros nombres, que, digamos, son mal vistos o indeseables en el ámbito de la televisión y otros medios. Yo no sé muy bien qué hice para merecer eso; puedo sospecharlo, pero nadie me lo ha dicho, porque esa es otra cosa: cuando estás en ese estatus de limbo nadie te dice nada, ni siquiera te dicen: «Si haces tal cosa, sales de ahí»; después tú decides si lo haces o no. Simplemente, no sabes por qué, pero eres una persona indeseable en ese ámbito.

Me preocupan esas esquinas, esos recovecos que dejan las políticas culturales, que no se ven, que dependen muchas veces de la decisión de alguien que, además, nunca te lo va a decir en tu cara, pero de pronto te marginan de algo en lo que tú quieres participar seriamente, porque te sientes parte de la cultura cubana o porque sientes que te puedes haber equivocado una vez y acertado en otras dos, como todo el mundo, pero en todo caso, ser incluido en este no existir es algo supernegativo.

Rafael Hernández: Esto no es privativo del ámbito de la cultura; quizás no es un rasgo propio de la política cultural; es algo que le pasa a la sociedad, a la gente. Este ejemplo que ponía Eduardo, me parece válido; solamente que si nos concentramos en la cuestión de las políticas culturales quizás podamos aprovechar el tiempo para tratar de darnos cuenta de lo que las hace específicas, no de lo que le pasa a todo el mundo en cualquier otra parte, a un obrero, a un extranjero, etcétera.

Fernando Rojas: Tania y Mayra se refirieron a visiones más abarcadoras tanto de la cultura como de las políticas culturales; yo quiero aclarar, desde el principio, que me aproximo a la respuesta desde la perspectiva de la cultura artística y literaria. Primero voy a leer una definición que tomé de un documento de la UNESCO, a la cual yo le puse un paréntesis:

La política cultural es un conjunto de orientaciones y decisiones que el Estado y sus instituciones (con la participación de las organizaciones de la sociedad civil, los escritores y artistas, los trabajadores de la cultura y la población) diseñan y ejecutan con la finalidad de facilitar la consecución de objetivos considerados necesarios o deseables en el desarrollo de la cultura en general o respecto de un sector cultural o disciplina específica. La política cultural es la parte de gestión de gobierno que se orienta a preservar el patrimonio cultural y fomentar las artes y la literatura de un país.

Como Rafael mencionó documentos políticos cubanos, paso de inmediato a hablar de Cuba con la aclaración siguiente: Eduardo se refirió a un asunto de carácter más práctico; en esta exposición yo me refiero esencialmente al deber ser, porque se trata de qué abarca la política cultural.

En Cuba se consagraron, como principios de esta política, el pleno acceso de la población a la cultura y la participación activa de los escritores y artistas en su diseño. De esos principios emanan programas y concepciones que se sintetizan —de manera inacabada, como decía Mayra— en la oferta gratuita o a precios módicos de bienes y servicios culturales. El caso emblemático es el del libro. El Estado subsidia, además, el establecimiento y mantenimiento de un sistema de enseñanza artística al alcance de cualquier niño o adolescente con talento, sin ningún tipo de discriminación, que garantiza el renuevo de las agrupaciones artísticas, y forma talentos individuales en apreciables cantidad y calidad; la organización de una programación cultural amplia, variada y diversa, en instituciones estatales o no estatales; la promoción y divulgación de la apreciación de las artes en la educación general, en las instituciones culturales y a través de los medios de comunicación, como vía de formación de públicos, y de profesionales. Para esta labor específica los más importantes son los instructores de arte.

En su concepción está el estímulo a la crítica de arte y literatura, que incluye la formación, en el sistema general de educación, de especialistas de nivel universitario y también en otros esquemas académicos y la existencia, además, de ochenta revistas culturales en diversos formatos, en su mayoría con financiamiento estatal. Existen redes e instituciones de base, fundamentalmente de servicio gratuito, como extensión a la programación cultural, la participación popular y el movimiento de artistas aficionados, especialmente para la protección y promoción del patrimonio inmaterial y la apreciación del arte y la literatura.

Todo esto implica la creación de un marco legal que garantice los derechos de pleno acceso de la población a la cultura y la observancia a las normas de convivencia adecuadas en espacios culturales, y que favorezca el trabajo del artista y su inserción en el mercado cuando ello es necesario o importante, la libertad de creación, la realización de sus derechos, particularmente los relacionados con la protección a su obra y la seguridad social. Una concepción del derecho de autor, que está hoy en fase de actualización —porque, por ejemplo, el actual no reconoce los derechos conexos—, privilegia el libre acceso de la población a las mejores realizaciones de la cultura nacional y universal, la realización permanente de consultas a las organizaciones de creadores, y el estímulo de estas al debate de la política cultural, lo que las convierte en actores de su elaboración, realización y, sobre todo, evaluación.

La participación de los artistas y escritores en el análisis de la política cultural se ha realizado, con el paso del tiempo, por muchas otras vías; aquí estoy aludiendo a un universo comunicacional que es completamente diferente y yo diría que muy superior al del momento fundador de ella. Repito que esto no es una valoración de eficiencia, sino una definición de rasgos, tareas y programas.

Rafael Hernández: El comentario de Mayra me ayuda para reforzar la idea de que la política de comunicación no es algo que está escrito en un papel y nada más, o la ejercen los que toman decisiones en los medios, sino los que la consumen, los que la reproducen, y si en el arte ocurre que los artistas generan políticas culturales y formas de producir obras de arte, en el mundo de los medios esto que no está separado del mundo de la producción cultural, es mucho más evidente. El consumo audiovisual, por ejemplo, no es solo de lo que genera una institución, o dos, o tres, no se reduce a eso. No es que lo que producen esas instituciones no tenga importancia, pero no es lo único que las personas consumen, distribuyen. Lo que muchas veces viene a la mente a todo el mundo es el llamado Paquete semanal, pero en cualquier lugar se puede encontrar una selección de películas, de música, de literatura, por gentes que las venden y que no son ninguna de las instituciones del Estado, y que no lo hacen ilegalmente, tienen una licencia para eso.

Decía Tania que «la cultura y la política cultural son un campo de batalla», y probablemente siga siendo un campo de batalla por la cantidad de factores y actores que intervienen en ella.Y el hecho, por consiguiente, de la actualización, como decía Mayra con otras palabras, es también un hecho natural, no hay forma de hacer política en general que no sea mediante actualizaciones, mediante el reconocimiento de que la sociedad cambia y las políticas que satisfagan o que resuelvan problemas frente a ella también cambian, no solamente las culturales, pero también ellas, que es de lo que estamos hablando aquí.

¿En qué medida, entonces, las políticas culturales requieren actualizarse ahora mismo?

¿En qué medida lo que se ha actualizado llega hasta hoy en una sociedad cambiante, en un momento cambiante de la historia nacional, donde hay un debate público acerca de los cambios y del futuro, que no está en un punto lejano en el horizonte, sino que está ahí mismo? El futuro es mañana.

Tania García Lorenzo: Creo que actualizar las políticas culturales es un imperativo, y en ello va la promoción y protección del patrimonio cultural cubano. Para esto, es fundamental actualizar también todos los elementos para preservar el patrimonio económico de la cultura cubana.

Habría que comenzar por que las políticas culturales tengan una mayor divulgación para que ese mensaje pueda llegar a los actores sociales y puedan asumirlas como propias. El campo regulatorio es muy amplio, y, por lo tanto, no todo sale en la Gaceta Oficial a que se tiene acceso.

También es necesario, además de someter permanentemente a introspección el diseño de las políticas públicas, medir los impactos que tienen las que se diseñan. Si eso no se hace, no sabemos cuán efectivas o inefectivas son las políticas que estamos aplicando. Sobre todo, hay que medir la validez de la permanencia en el tiempo. Este es otro elemento importante, porque políticas públicas, y en este caso de la cultura, que pueden haber estado justificadas para momentos específicos, necesitan una revisión permanente. Los desarrollos económicos han impactado severamente, por ejemplo, en el imaginario sobre la vida cotidiana, y en las políticas públicas hay que reconocer los cambios que están teniendo lugar en el país: la sociedad cubana de hoy no es la misma de hace cincuenta años ni de hace veinte años; ha habido cambios profundos, y las políticas culturales tienen que ser espejo de ellos. Hoy la sociedad es más diversa, así como las formas de propiedad y las de creación. Creo que se están asumiendo cambios, pero, honestamente, pienso que el proceso desde la cultura necesita ir más allá, en la vanguardia de todos los que se están desarrollando.

La impronta del desarrollo de la tecnología ha transformado las formas de la creación, los soportes sobre los cuales se refleja, las maneras y los medios de comunicarlas y la recepción de todas las tendencias mundiales. Eso impacta en todos los procesos creativos, incluyendo la creación artística y literaria y, por lo tanto, en las condiciones que lo rodean. Si las políticas culturales no reconocen esos cambios, no solo no podemos desarrollar la cultura, sino que perdemos el patrimonio cultural.

Creo que hay que defender el proyecto social, los valores en los que se sustenta, pero hay que hacerlo reconociendo los factores que impulsan el cambio del entorno creativo; si las políticas culturales no son proactivas, acompañando el contexto de cambio que tiene lugar, se convierten en factores contractivos por su impacto en la sociedad.

Fernando Rojas: En todo el proceso revolucionario se han producido actualizaciones, o sea, las políticas culturales no han sido inmutables, incluso puede haber actualizaciones en la dirección equivocada; de hecho las hubo, quizás eso explica cierta cautela en su implementación, aunque, en general, coincido con la idea de que algunas transformaciones tienen que ser más veloces. Por ejemplo, en Granma está la información de la reunión del Consejo de Estado que aprobó, entre otros documentos, el Decreto-ley del creador audiovisual y cinematográfico independiente, cosa que debió suceder hace tiempo. Es el mismo tipo de figura que existe para el artista plástico, desde hace más de veinte años, cuando se autorizó, también por un Decreto, que pudiera tener su taller y vender allí sus obras, y tener un régimen especial de seguridad social. Ahora va a pasar lo mismo con los creadores audiovisuales. Este es un ejemplo de algo que pudo ser más rápido, y a la vez, algo de lo que hay que alegrarse y que expresa, por supuesto, un elemento de actualización.

La propia existencia de la posibilidad de ser un artista, en este caso visual, independiente, de realizar su obra en el mercado a título individual, pagando impuestos, no agota las trasformaciones en el sector. En el ámbito que mencioné antes, el de las artes plásticas, hoy estamos frente a un universo, de galerías privadas sobre el cual no se ha producido un pronunciamiento de política, y es algo en lo que hay que trabajar y estudiar, y sobre lo que hay que pronunciarse; lo cual demuestra cómo a veces la realidad y sus transformaciones se adelantan a la necesaria velocidad que tiene que haber en términos de políticas culturales.

En beneficio de la institución debo decir que todas esas cosas se están estudiando. Mencioné apenas dos, pero hay un grupo de tareas en proceso, incluso en el sentido de lo que decía Mayra en su primera intervención, de tener visiones más abarcadoras de documentos estatales sobre la política cultural. Y ya no en beneficio, sino como una crítica a la institución, debo decir que en esas mediciones tan necesarias tampoco somos eficientes. Algunos manejamos un poco más de datos, pero hay todavía mucha ineficiencia en la utilización adecuada de las estadísticas, y en la misma obtención de ellas. Hay cosas que llegan a sorprender. En la responsabilidad que tengo ahora en las artes escénicas, por ejemplo, a partir de mediciones más intencionales que estamos haciendo, hemos encontrado algo que incluso se contradice con los principios que leí en mi primera intervención: que la mayoría de los artistas profesionales de las artes escénicas cubanas no son graduados de la enseñanza artística; lo cual evidencia que hay que estar todo el tiempo intentando conocer el campo lo mejor posible y utilizar los datos para producir reflexiones que conduzcan a actualizaciones más eficientes.

Mayra García Cardentey: Quiero insistir en que una de las cosas que hay que actualizar es que exista una política cultural con programas concretos de acciones, porque una serie de resoluciones, de políticas aisladas, de cuestiones que pueden ser transversales a lo que podemos entender a nivel de país, no es una política palpable, tangible, que uno pueda consultar cada vez que quiera; porque amén de toda la valía que pueden tener las Palabras a los intelectuales como programa inicial que hemos tratado de llevar durante sesenta años, no es toda la política cultural. En este sentido, voy a abordar puntos que creo que deben ser actualizados.

Hay que actualizar —lo decía ya Fernando— leyes que tienen más de treinta años, resoluciones que ya no tienen viabilidad en una sociedad que está en constante cambio, y que hoy no es la que va a ser dentro de tres meses. Es preocupante la demora que hay en determinadas regulaciones, no solo en el marco cultural sino también en el comunicacional y en otros. Quizás eso ya nos está pasando factura.

Estoy hablando de actualizaciones de leyes y marcos regulatorios que sean precisos, claros, que tengan definiciones concretas de todos los procesos, para evitar interpretaciones y reinterpretaciones que, a la larga, pueden acarrear problemas con una mala aplicación, porque, como sabemos, son nada más un instrumento, que a la hora de aplicarlo son los seres humanos los que interpretan estas regulaciones y las convierten en acciones.

En mi criterio muy personal, a todas las actualizaciones que se están haciendo en el marco cultural todavía les falta integrarse más en el marco tecnológico que está viviendo Cuba hoy. No quiero ser absoluta, pero siento que muy pocas de esas regulaciones beben de las nuevas tecnologías, que están mediando mucho en este país, sobre todo para los jóvenes. En Alma Mater hicimos un estudio del público de nuestras redes sociales, algo preliminar, para saber quiénes leen la revista. Solo 35% de los que están consumiendo nuestro medio, en cualquiera de las plataformas, son jóvenes. En el caso de la revista impresa, los ejemplares se están quedando en los estanquillos. En las redes sociales, el promedio de edad de nuestros lectores es cuarenta y dos años. Las estadísticas de nuevas tecnologías están ahí: ¿cuáles son los cinco principales sitios a los que acceden los jóvenes hoy? Ninguno es un medio de comunicación y ninguno es un medio cultural.

Entonces, estamos afrontando hoy nuevos retos, y yo creo que todavía no estamos, ni en el marco regulatorio ni en el de la política, totalmente atemperados a estos procesos de intercambio.

Los jóvenes no ven televisión, no consumen medios, pero, por ejemplo, se reúnen todos los sábados en el Capitolio para formar los llamados teams, un proceso de consumo cultural y de socialización de contenidos culturales muy interesante, porque la alternatividad le está ganando a la institucionalidad. Entonces, con todo el tiempo que nos está llevando actualizarnos legalmente en temas de políticas, de comunicación, de cultura, cuando nos actualicemos ya esos jóvenes tendrán diez años más. Por eso tenemos que ser bastante proactivos, tenemos que tener bastante urgencia en esas necesidades perentorias, y, sobre todo, ser bastante claros en lo que queremos lograr.

Yo siempre he apostado por la formación de recursos humanos, para mí eso es esencial, porque es el ser humano el que va a aplicar la ley, y el que va a consumir todos los productos culturales. Podemos decir: «No escuches reguetón, o no hagas esto o lo otro», pero, al final, el ciudadano tiene completa libertad de consumir lo que entienda.

¿Qué podemos hacer nosotros? Formar recursos humanos que logren atemperar las leyes en su justa medida, en cada momento, y formar sujetos críticos que sepan qué es lo que realmente les pueda aportar desde el punto de vista recreativo y lo que culturalmente les puede alimentar el alma. Esa debe ser la apuesta, urgencia, rapidez y claridad.

Eduardo Del Llano:  Mayra decía algo que me parece medular, que es ese retraso permanente de las políticas, cayéndoles atrás a los fenómenos culturales. Y creo que también hay un problema de fondo. Hay un cuento de un escritor polaco, que puede servir de ejemplo: Hay un grupo de niños que en la escuela estudian la figura del héroe, y se conmueven, se emocionan, y compran unas flores para ponérselas a su estatua. Cuando llegan, un guardia se les acerca y les pregunta si se conmemora el día de su muerte o de su natalicio. Los niños dijeron que no se conmemoraba nada: «nosotros estudiamos la vida de este hombre, y vinimos espontáneamente a ponerle flores». La palabra «espontáneamente» pone nervioso al guardia y los bota de ahí porque le parecía sospechosa esa iniciativa, esa espontaneidad ciudadana.

Algo parecido hice yo en uno de los cortos de Nicanor, hace unos años, que se llama Pravda. Nicanor sale a las tres de la mañana a hacer graffitis en las paredes, y lo meten preso porque por muy patrióticas que eran las pintadas, al policía le parecía muy sospechoso que alguien vaya a escribir «Viva la Revolución» a las tres de la mañana.

¿Por qué les cuento esto? Porque siento que hay desconfianza hacia aquellas iniciativas que surgen de la gente, de los creadores, sin que se las pidan. En este mismo sitio, hace unos años, de 2014 al 16, más o menos, nos reuníamos los cineastas para elaborar un proyecto de ley de cine. Por cierto, la gente comete el error de pensar que el llamado G-20 eran veinte cineastas los que se reunían, y éramos muchos más, y elaboramos el proyecto según lo que estaba establecido, con la presencia inicial de algunos políticos —creo que Fernando vino alguna vez. Fueron como tres años agotadores; hacíamos todo lo que nos decían que había que hacer, y después de ese tiempo la mayor parte de la gente se cansó porque no se llegaba a ninguna parte. Estaba como mal visto. Hubo un momento en el Congreso de la UNEAC que se habló de que eso era algo raro, y la gente se agotó. Ahora se hace, me alegra que se haga, pero como dijo Fernando, eso debió hacerse hace dos o tres años cuando lo planteamos nosotros, que somos los que sabemos, por lo menos, atendernos en ese momento, no tres o cuatro años después. Esa desconfianza inicial me parece perniciosa.

Alguien mencionó el Paquete. Creo que una manera de que la política cultural no le caiga atrás constantemente a la gente es hacerla lo más inclusiva posible, de modo que las cosas que surjan puedan caber y no choquen con lo que está. Cuando salió el Paquete fue como si, de pronto, el sistema de la cultura se pusiera nervioso, y trató de sacar dos o tres alternativas, todas ellas fallidas, de paquetes, digamos, oficiales. Fallidas no porque el contenido fuera malo, sino por la manera de instrumentarlo. ¿Por qué, además, tratar de emular con el Paquete? Yo no conozco el Paquete que reciben otros, pero el que yo recibo es una maravilla; o sea, al lado de programas horribles como Caso cerrado y cosas así, sale cine rumano, noruego, cine de Corea del Sur, clásicos, muchísimas cosas valiosas.

Insisto en que no solo tiene que haber esa urgencia, tiene que haber esa interactividad, esa proactividad, que Mayra decía, sino que tiene que haber confianza en las iniciativas de la gente, de los creadores; que no sean orientadas. Si a nosotros se nos ocurrió pensarlo y sugerirlo, ¿por qué hay que recibirlo con desconfianza si lo estamos haciendo de la manera que está instituida?

Yo creo que, de alguna manera, lo que dijo Fernando implicó una admisión de esto que estoy diciendo, pero de todas maneras quería contar el proceso completo.

Rafael Hernández:  Les doy la palabra ahora a los que quieran pedirla.

Graziella Pogolotti: Yo me he definido en algún momento como una dinosauria, pero creo que soy un fósil. Creo que para abordar esta temática hay que comenzar por definir conceptos. En el curso de las intervenciones de los amigos panelistas, este problema conceptual se ha manifestado, a mi entender, en contradicciones en el curso de las intervenciones mismas. Lo primero que tenemos que preguntarnos, como así lo hicieron en este panel, es qué entendemos por cultura, y si en el caso de entenderla efectivamente como el espacio en el cual se debaten y contradicen los valores, los problemas, el aspecto de la creación artística es uno de sus componentes, y requiere, desde luego, la atención y las fórmulas adecuadas para su desarrollo, pero si el basamento de todo está en este concepto abarcador de cultura, entonces creo que tenemos que rectificar algunas cosas.

Efectivamente, hay cambios radicales, o por lo menos muy serios, en la sociedad, desde el punto de vista económico, con su correlato social y también en cuanto a la repercusión de las tecnologías; pero también hay elementos de continuidad.

En términos diferentes, nuestra especie ha perseguido la emancipación humana, este es un objetivo último, distante, a lo mejor no lo alcanzamos, a lo mejor se acaba el planeta primero, pero esa es la perspectiva. Dentro de ella, por una parte, la relación entre la creación artística —hablando en este aspecto particular—, en sus distintas formas, se relaciona con un destinatario, con un interlocutor, preferiría decir, nunca con alguien que lo recibe como consumo, y que por lo tanto es un ente pasivo. La cultura y la creación son procesos de co-creación. Eso lo ha dicho mucha gente, entre ellos Jorge Luis Borges, que dijo que todos somos autores de El Quijote porque todos somos co-creadores.

Si entendemos la cultura en este sentido tan amplio, en ella están involucradas todas las instituciones, no solamente el Ministerio de Cultura; está involucrado el turismo, que crea valores y crea un imaginario y una expectativa, está involucrada la educación, «y por ahí pa’llá» como dice la gente.

También, como elemento de continuidad, yo señalaría que quizás la heterogeneidad de la sociedad sea ahora más evidente, pero siempre ha sido heterogénea, lo que pasa es que en instantes de gran euforia compartida, esa expresión dominaba sobre la otra que estaba subyacente.

En este momento, por determinadas razones, he vuelto sobre la obra de Sara Gómez; de quien el ICAIC acaba de publicar el guion de De cierta manera. Me voy a referir al guion, no a la película, que no fue terminada por ella. Lo que está en el trasfondo de ese guion es el desgarramiento, en el plano de la conciencia del sujeto, entre los valores que se confrontan, en algunos casos la voluntad de cambio y la dificultad para asumirlo. Ese es el centro del problema. Y ese debate de valores ha estado en la conciencia siempre, expresado de muchas maneras diferentes. No voy a hacer la historia de la cultura aquí, pero creo que esos son elementos de continuidad.

En ese panorama en el cual, desde luego, hoy los medios influyen de una manera a veces torpe, insuficiente, inadecuada, y donde por otro lado, las redes sociales de comunicación, la circulación alternativa, etcétera, están teniendo un determinado papel, hay que replantearse el problema en estos términos: qué hacer para retomar, en un mundo en el cual muchas veces estos medios de comunicación son unidireccionales, las vías que favorezcan el reconocimiento de sí, el reconocimiento de los conflictos, y una continuidad probable, posible, deseable, en esta emancipación individual y social.

Creo que los artistas verdaderos son aquellos que de alguna manera ven y expresan lo que todavía no es visible, y como voy a hablar de otros tiempos, pues diría, por ejemplo, que en una de las obras de Estorino, La casa vieja, que no es la más madura dentro de su trayectoria, este dramaturgo ya percibía problemas que se escapaban a los demás.

Las políticas tienen que tener en cuenta esas contradicciones y deben contribuir a conducir estos procesos.

Finalmente, creo que en el momento que vivimos, en la batalla actual —porque siempre hay batallas, gracias a Dios, si no estaríamos dormidos, como en un cuadro sobre el Paraíso que vi una vez en un museo—, lo que denominamos cultura desempeña un papel decisivo. Y pienso que sería muy conveniente, estructurar talleres en los cuales se debatieran estos conceptos, estas distintas instancias correlacionadas de lo que llamamos cultura.

Elvira Eduardo Vázquez: En primer lugar, considero que para hablar de política cultural primero tenemos que pensar en la capacidad integradora de la cultura en la vida social. Ese es un elemento fundamental, me parece, porque nos lleva a pensar no solo en la naturaleza de los procesos culturales, sino en las dinámicas de relaciones que tienen los diferentes componentes de la sociedad. El papel de la cultura en cada uno de esos componentes y su función integradora pueden parecer un discurso vacío, pero voy a poner un ejemplo de cómo la cultura actúa en la vida económica, en la social, en la institucionalidad, en la manera de ver el poder, la vida cotidiana, etc.: cuando se habla específicamente en los Lineamientos y en la Conceptualización en el aspecto económico, de la propiedad social de los medios fundamentales de producción como algo raigal, fundamental para el proceso de cambios que se tiene que producir en el país, ¿qué valores está produciendo realmente en la vida?, ¿qué persona, qué trabajador, se siente propietario de esos medios fundamentales de producción? Si no tenemos en cuenta los valores que produce culturalmente esa medida económica, puede llevarnos a que el efecto sea contrario a lo que se intenciona. Por eso hablo de la importancia de la cultura en el sentido de articularla en la vida real de los procesos económicos.

Un proyecto de socialismo necesita una institucionalidad diferente, no una copia de la burguesa; y la escuela, los procesos jurídicos, los institucionales, resultan culturalmente, en cuanto a valores sobre todo, una copia, casi una mímesis de los que se desarrollan en sociedades capitalistas. Una cultura socialista tiene que saber cómo pensar el poder social, cómo articularlo en cada uno de los espacios, qué sucede actualmente después de todos estos años de Revolución y de política cultural, qué sucede con la responsabilidad ciudadana, con los espacios de autoridad del ciudadano común en su territorio, con las instituciones. Entonces tenemos que pensar en la práctica, y eso tiene que ver con la política cultural, porque la conceptualización tiene que empezar por pensar los valores reales que crea cada una de las medidas que se han planteado y no lo que pueden crear idílicamente. Me parece que por ahí van las cosas. Es un cambio radical lo que se tiene que producir, y me parece que estamos pensando muchas veces cómo poner curitas a algunos procesos; y en ese cambio radical hay que pensar una sociedad diferente, donde la cultura dinamice de verdad la vida social del país, a partir de los valores que crea.

Rita L. Morúa: Lo que voy a decir puede parecer hoja de otro libro, pero está en el mismo tema de las políticas culturales. Estas, por lo que vemos, van in crescendo y el Estado no se desentiende de ellas. No obstante, hay políticas que, aunque son engendradas desde arriba, también tienen un contenido desde abajo. Me voy a limitar a algo que, de momento, está tomando el espacio de los jóvenes: el tiempo que se le debe dedicar al sueño, a una nutrición saludable, a los estilos de vida que sean de enriquecimiento, porque hoy día prefieren estar conectados a ingerir alimentos o comer muy ligero, que no los nutre, o a hablar con sus padres, etc. Muchas veces están afectados en su propio desarrollo y consumen otras sustancias que son tóxicas como el tabaco, el café, o algunas alucinógenas, para mantener ese estándar.

Las políticas culturales deben ir encaminadas a que lleven en sí el bien público, que ayude a estas personas a comunicarse, sin perder lo novedoso, pero que no aparezcan todos estos fenómenos.

Manuel Alonso: De la forma que lo oigo hablar, como soy economista, políticas culturales me suena a planificación cultural, con el verticalismo que vicia todo lo que se hace en este país, y sabemos las consecuencias que tenemos. Ahora bien, ¿cómo va a ser la política cultural?

¿una camisa de fuerza?, ¿un molde?, ¿o una libertad con ética? No tengo claro cómo va a ser la cosa; coincido en que tiene que ser amplia, como decía Eduardo, que quepa lo que pudiera venir, siempre y cuando mantengamos determinadas reglas del juego.

Por ejemplo, se habla de religión, y es verdad, en las novelas cubanas aparece la religión, la folklórica, pero nunca he visto una escena que sea en un templo de cualquier otra religión; no vemos ningún sacerdote, nada más vemos al santero tirando los caracoles. Intentar encasillar la diversa, brillante, dialéctica, cultura cubana, sería un error y sería inútil también.

Enrique López Oliva: Periodista y profesor de historia de las religiones. El tema de la cultura es muy abarcador, no solamente en la parte artística. Vivimos un tiempo de grandes cambios, eso es indiscutible, cambios generacionales, tecnológicos, y no podemos eliminar en la relación entre cultura, sociedad, los cambios que se dan en el campo religioso, porque la religión también tiene una incidencia en la cultura. Hay publicaciones religiosas, Palabra Nueva, Vitral, etc. Ahora bien, yo temo la cosa de las políticas culturales oficiales, porque me recuerda bastante al nazismo y al fascismo, y me recuerda bastante de dónde vengo, de una religión católica verticalista, clericalista, en que todo viene de arriba a abajo. Nuestra sociedad tiene que ser cada día más democrática, más abierta, hay que escuchar a los demás, y hay que aprender a respetar opiniones divergentes.

Ramón García Guerra: Voy a hablar de plusvalía. La agenda del Ministerio de Cultura se centra en un reordenamiento del sector artístico y literario, encomiable esfuerzo que están haciendo. Eso explica el énfasis que hace en temas como la industria cultural, y los debates que hoy se están dando en ese sentido. Esa es la cuestión de fondo.

Quiero referirme a los desafíos de la política cultural desde el punto de vista sociológico, o sea, cómo se va a manejar el cubano, en el escenario que le viene encima. Estoy hablando de condición ciudadana, de autonomía municipal, de nueva economía.

¿Qué competencias vamos a crear, si me siguen tratando como público? Más nunca me voy a enterar de qué tengo que hacer en ese escenario, y los golpes me van a venir de todas partes.

Después, hay una dimensión antropológica de la cultura, me refiero a que hoy esta es una sociedad transnacional, que los procesos de integración regionales tienen dimensiones culturales, hay una macroetnia que se está conformando en las Américas, según Darcy Ribeiro, y a todas luces, Huntington anda muy preocupado con la guerra de las civilizaciones porque los latinos se están tragando a los Estados Unidos. Y está el gran dilema del sistema-mundo capitalista, colonial, patriarcal.

Frente a esos desafíos, quiero referirme a los déficits que le hallo a la política cultural, que en Cuba se basa en una concepción humanista, humanística, decimonónica —que la doctora Pogolotti se encargó ahora de bombardear— que tiene que ser más amplia. El Ministerio de Cultura no es tal, es el Ministerio del Arte y la Literatura.

La otra cuestión que pienso es el paradigma neodesarrollista modernizador. Este esfuerzo de reordenamiento del sector artístico y literario se basa en un documento neodesarrollista que se llama los Lineamientos del Partido, o sea, hay que producir en ese sentido.

Frente a esos déficits, difícilmente vamos a poder descolonizar el saber y el pensar, o sea, el saber y el poder. Desde esa perspectiva, esta política cultural no contribuye a descolonizar el pensamiento ni a desconectarnos del sistema-mundo. Entonces, desde mi visión socialista libertaria del tema, revolución para mí es desconectarnos de ese sistema, es descolonizarnos desde el punto de vista del poder y del saber, y es desarrollar un cambio civilizatorio radical.

Andrés Dovale: Nosotros tenemos un déficit cultural enorme. A mi hija mayor, que es súper defensora del sistema actual, le pregunté un día: «¿cuál crees tú que es el daño mayor que ha provocado estos años de Revolución en nuestro país?» Me dijo: «El daño antropológico». Y al esposo de ella, que estuvo en Francia, le hice esta pregunta, «¿Qué fue lo que más te impresionó en Francia?». Me dijo: «El tratamiento que me dieron como persona», y yo cumplí misión durante dos años en Perú, y esa fue la misma impresión que tuve. Allí todo el mundo saluda, te respeta, no se habla en voz alta.

Nosotros tenemos un problema en la educación primaria, secundaria, preuniversitaria y hasta universitaria, y es precisamente de cultura, porque la cultura se adquiere ahí. Tenemos, por ejemplo, el problema de la música, los reguetones en las guaguas. Se mueve más de medio millón de personas en esos aparatos, y ponen los reguetones más increíbles con las barbaridades más grandes. Lo tienen prohibido, pero no hay nadie que se ocupe de ello. Esa es nuestra cultura actual, y tenemos que ocuparnos de eso.

Y el otro punto es la enseñanza de la historia, amar a Maceo, a Martí, a Gómez, a Calixto García, a todos los patriotas, y que debían conocerlos todos los estudiantes, y conocen a tres o cuatro, de ahí no pasan.

Mildred De la Torre: El panel nos ha movilizado pensamientos e ideas, y creo que está propiciando un debate que debe ir más allá de este escenario, y a eso precisamente quiero referirme. Quisiera que el panel me dijera, cómo aprecia las políticas culturales como políticas sociales, en relación directa con los problemas neurálgicos de la sociedad cubana, vistos de una forma dialéctica, de cambios constantes y continuos.

Lo que estamos discutiendo ahora ni remotamente lo hubiéramos imaginado hace diez años. Pero hay una interacción entre sociedad y política; siempre se habla de que los creadores y los intelectuales han contribuido decisivamente a los cambios en las políticas, y creo que es así; pero se trata también de algo importante que hay que indicar, y es quién recibe esas políticas. ¿Qué investigaciones se hacen al respecto?, ¿cómo y en qué medida las políticas culturales han contribuido a cambiar la sociedad cubana?, ¿cómo la gente las recibe?, ¿qué piensan de ella? No estamos hablando de talleres cerrados entre seis, veinte, o sesenta grandes estudiosos, sino de a dónde van esas políticas de los que tienen opiniones, que son los que en definitiva pueden cambiar las cosas.

Julio Pernús:  Trabajo como comunicador de la Iglesia católica. Siempre me ha parecido que la censura no es buena, es un mecanismo del poder que lo que logra muchas veces es darle un valor agregado al producto censurado. Yo tuve la oportunidad de conversar con Carlos Lechuga, en un encuentro en la iglesia, y él decía que la película Santa y Andrés fue censurada en un momento determinado, y eso le dio más realce al valor que podía tener el filme. Incluso, yo creo que censurar el reguetón no va a ser lo que resuelva esa problemática; habrá que buscar otras maneras, porque en épocas pasadas, cuando se ha tratado de censurar algún movimiento cultural, lo que ha promovido es que la gente lo busque más.

Sí me parece que debemos trabajar más en la alfabetización cultural, sobre todo de los jóvenes, pero en general del pueblo, porque ahora con esto del Decreto 349, que se filtró a través de los medios, mucha gente trataba de entender, pero no veíamos por la televisión que trataran, de alguna manera, de explicar lo que estaba pasando.

Rafael Hernández: El panel ha abordado, en buena medida, lo que era mi última pregunta: qué pasos concretos relacionados con la actualización de la política cultural deberían darse, y también se ha tocado entre el público. De manera que, básicamente, pueden añadir a esto lo que quieran, y comentar acerca de las intervenciones del público.

Fernando Rojas:  Sobre los comentarios del público, en mi primera intervención le dediqué mucho tiempo a la participación, que no es exactamente lo mismo que ser público; es considerar al ciudadano no como un receptor pasivo sino como un participante de la cultura. En ese mismo sentido, aquí el único funcionario soy yo, y no me referí en lo absoluto a nada verticalista, ni estoy de acuerdo con identificar verticalismo con la existencia de políticas culturales. Por eso cité una definición de la UNESCO, aprobada por la inmensa mayoría de los países miembros, con la excepción de los pocos que ustedes suponen. Incluso está presente en importantes discusiones, como la célebre que tuvo lugar cuando se aprobó la Convención para proteger la diversidad cultural, cuando Condoleeza Rice le mandó una carta a todos los embajadores de los Estados Unidos diciendo que le informaran al resto de los gobiernos que ese país no aceptaría ni una coma que se refiriera a la diversidad cultural. La inmensa mayoría de los Estados miembros de la UNESCO creen que sí deben existir políticas culturales, y eso nada tiene que ver con el verticalismo.

Me pareció muy bueno que se hablara de la industria cultural, aunque no es cierto que haya un reordenamiento del sector cultural, como se llamó; no es eso exactamente lo que está haciendo el Ministerio sino, como ya expliqué, pensar en el reordenamiento de las políticas culturales, que no es lo mismo, ni se refiere solo a lo que tiene que ver con la industria cultural. Los asuntos van un poco más allá. En mi primera intervención mencioné las deudas que hay, por ejemplo, con el derecho de autor y la desactualización de algunas de sus regulaciones. Ahora significaría una erogación presupuestaria muy alta; es uno de los problemas que tiene el asunto, pero lo vamos a resolver.

Me quiero referir, quizás más en extenso, a lo que tiene que ver con el humanismo y con la visión más general de la cultura. Aunque comprendiendo que la actitud humanista va mucho más allá de lo artístico y literario, insisto en que el tema de este análisis, por lo menos en mi caso, es lo artístico y literario, y no estoy negando la importancia de los medios, ni mucho menos de la educación.

No es posible solo con las nuevas tecnologías alcanzar ese tipo de formación humanista que se ha reclamado aquí. Creo que, precisamente, ese es uno de sus límites. Por ejemplo, el público de teatro en La Habana se cifra, en unas sesenta mil personas, por cierto, no es el más alto del país. Por la densidad de población, en Camagüey hay más personas asiduas al teatro, según las investigaciones del Instituto Marinello, y las de la filial de la Fundación Nicolás Guillén en esa ciudad. Hay muchos jóvenes en ese público que ven obras complejas, de una alta densidad crítica y de un alto nivel de realización, y esa es una experiencia estética que no se puede conseguir con las nuevas tecnologías, como no es lo mismo ver una película en la pantalla grande que en un celular.

Me parece que el arte y la literatura son expresiones que las políticas culturales todavía, y por mucho tiempo, tienen que proteger, estimular y propiciar, tal como es la voluntad del Estado cubano, el pleno acceso de la población a ellas. Promover esas expresiones, publicar mejores libros, etc., son complementos y fundamentos imprescindibles de esa visión humanística más general que incluso favorece que se tenga una actitud cultural hacia las nuevas tecnologías, y garantiza también, a mi juicio, la utilización más plena y efectiva de ellas. Además, es la manera más eficaz de prevenir cualquier impacto nocivo de la industria hegemónica. Efectivamente, como se dijo, no hay que prohibir; el reguetón no está prohibido en ningún decreto.

No voy a alabar las virtudes literarias del Decreto 349, pero no prohíbe ningún género, y más allá de la expresión generalizadora que lo califica como una herramienta de censura, que pudiera parecer una consigna igual a otra de sentido inverso, en él no hay nada que restrinja la creación. Yo me he reunido con cinco mil artistas y escritores de este país para discutir ese documento, y la inmensa mayoría de ellos comprende que la intención es, precisamente, garantizar el tipo de tranquilidad en el espacio público que se ha estado reclamando, incluso en esta discusión. De todas maneras, hay un texto muy bueno que se llama «Veinte aclaraciones sobre el Decreto para la protección de la cultura en los espacios públicos», que está por lo menos en cinco sitios web, entre ellos en el más visitado en Cuba, que es Cubadebate, que recomiendo su lectura para tener un criterio más puntual sobre el 349.

Eduardo Del Llano: Lo que decía Julio parecería una perogrullada, si no fuera porque es dolorosamente cierto esto de que la censura, o la desautorización de una obra; de un mensaje, o de una opinión, no hace sino añadirle valor y convertirlo en algo más interesante.

Por ejemplo, sobre el Decreto 349, no dudo que Fernando se haya reunido con cinco mil artistas, pero todos sabemos cómo fue la mecánica en los medios: se hacían eco de las opiniones que decían que era un Decreto justo, positivo, y que había un grupo de alarmistas y de agentes de esto y de aquello; pero las preocupaciones, legítimas o no, de otros artistas e intelectuales no salían en esos medios.

Fernando Rojas: Me las dijeron a mí.

Eduardo Del Llano: Está bien, pero, sería bueno que fuera accesible a todo el mundo, que se pudiera debatir en todos los espacios, y que también los medios oficiales se hicieran eco de esas preocupaciones. Creo que todo debería pasar por un empoderamiento del ciudadano y del artista y por una asunción de la diferencia y de la provocación, como mecanismos útiles a escala social.

Me encanta que en Cuba haya incluso obras que, como decía la doctora, vayan por delante de lo que piensa la sociedad, y si eso implica que la gente se sienta escandalizada, tenemos que aprender a coexistir con eso. Por supuesto, tiene que haber algunos principios rectores a escala social, como puede ser la no aceptación de ninguna manera de fascismo, de racismo, anexionismo, etc., pero no mucho más que eso; todo lo demás debería ser, no aplaudido, pero sí permitido, y de alguna manera también recogido por los medios oficiales, porque estos no son de la gente que está de acuerdo con la oficialidad; deberían ser los medios de todo el pueblo.

Mayra García Cardentey: Más o menos suscribo lo que decía Eduardo. A los medios oficiales les falta mostrar más diversidad, más diálogo, más debate, más puntos de vista heterogéneos sobre diferentes procesos.

Quiero referirme un poco a lo que se había planteado sobre el concepto de cultura. Es tan arraigado asociar cultura solo a los procesos creativos que en todos los periódicos hay páginas que dicen: «Culturales», y de lo que se habla es de los procesos creativos; es una carencia que tenemos, no solo de antropología, sino también de teoría de los propios medios que manejamos, y que únicamente se ha logrado superar en determinados lugares donde hemos podido entender que cultura es todo, es salud, educación, deporte, arte, género, es decir, una serie de componentes que atraviesan la sociedad.

Para concluir, creo que una política cultural siempre debe ser abierta, un constante laboratorio de debate y diálogo.

Tania García Lorenzo: Me parece que el intercambio ha sido excelente y que nos deja planteada la necesidad de seguir pensando y debatiendo alrededor de todos estos temas.

Cuando Elvira llama la atención sobre la capacidad integradora que tiene la cultura, por su dimensión, su enfoque, su contenido y su naturaleza, es precisamente porque la cultura es el alma de la sociedad, es su pensamiento, su sistema de valores, y, por lo tanto una dimensión cultural del desarrollo tiene que partir de cada rincón desde donde emerge esa sociedad y donde se forma y se consolida el sistema de valores. Por eso coincido con Mildred en vincular los estudios culturales con todos los demás alrededor de la sociedad, su desarrollo y sus comportamientos. Además, este país está cambiando, porque el hecho de que las sinergias políticas, económicas, etc., estén planteándose una construcción a futuro hacia los municipios, está cambiando todas las preguntas. Nada va a ser igual, por lo tanto tenemos que pensar que la dimensión creativa en las artes también tiene que partir de ese proceso. Se han dado pasos en fortalecer el sistema de enseñanza, de no dejarlo debilitar, porque el movimiento artístico desde la base es el que va a fortalecer y perpetuar el sentido de identidad, de lo cultural y de lo cubano en nuestra sociedad.

Cuando se habla de política cultural no se incluye industria cultural, y creo que de ella hay que hablar, porque necesitamos desarrollarla para preservar el patrimonio cultural cubano, y necesitamos que nuestro sistema institucional, con las dos mil y tantas instituciones que hay a lo largo de todo el país, funcionen cada vez más, y mejor, estén más en función de los proyectos de desarrollo, para que la sinergia creativa cultural, que no es solo de las artes y las letras, se mueva en esa dirección.

Nos han cambiado las preguntas, y nos han hecho replantear todo el proceso de diseño, lo que no es poco, porque necesitamos que la política cultural, de acuerdo con los tiempos, acompañe al proceso de transformación del país. Para eso, Cuba cuenta con una intelectualidad en arte, en literatura, en educación, en ciencias, comprometida con el proyecto social; por eso tiene el derecho de participar, no solo como una necesidad de los diseñadores de políticas, sino porque se lo han ganado.

Nadie puede ser insensible frente a la vulgaridad, la banalidad, la violencia; pero la solución está en el sistema de valores, en la transformación, y eso es una función necesaria a toda la sociedad.

Creo que este debate ha dejado más preguntas que respuestas, y me parece que eso es excelente porque es una motivación, no solo para nuestros Último Jueves, sino para todos, para fomentar una vía de intercambio alrededor de todos estos temas.

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