Revolucionar la Revolución: diagnóstico de la situación política en Cuba

Premio Temas de Ensayo 2021. Ciencias Sociales

Los acontecimientos acaecidos en Cuba el 11 de julio de 2021 han supuesto el estremecimiento de muchas estructuras políticas dentro de la sociedad cubana. Entender este suceso es de especial relevancia si se pretende hacer un análisis y diagnóstico de la situación actual en el archipiélago. La relevancia de estos hechos no solo está dada por lo sucedido en sí, sino también porque sacó a la luz realidades ocultas o disimuladas.

Los hechos de la trascendental fecha son el resultado de la acción de múltiples actores sobre la realidad económica, política y social del país. Más allá de la simple exposición de casos o la argumentación de relaciones causa-efecto, pretendo acercarme, desde diversas perspectivas (histórica, económica, social, informativa, comunicacional, ideológica, etc. y sus interrelaciones), a los rasgos más significativos de dicho contexto, con el fin de diagnosticarlos.

El sistema político cubano, si analizamos su devenir a lo largo de 63 años, vive una crisis escenificada, principalmente, tras los sucesos del 27 de noviembre de 2020 frente al Ministerio de Cultura y del 11-12 de julio de 2021, donde es evidente que un sector amplio de la sociedad comienza a vislumbrar nuevos horizontes que no coinciden, en muchos casos, con los de la institucionalidad. Los escenarios han cambiado significativamente, moldeados por una serie de factores que imprimen nuevos retos y desafíos al proceso surgido tras el triunfo revolucionario de 1959. Las estrategias se reconsideran y los actores transforman su imagen a semejanza de las correlaciones actuales.

¿Qué actores presenta el terreno político en Cuba?

¿Qué proyectos y particularidades tiene cada uno o grupo de ellos? ¿Qué relación histórica tienen?

¿Qué estrategias han manifestado? ¿Qué factores han redefinido el escenario? ¿Qué hacer ante este?

Los proyectos

Al observar los acontecimientos en torno al 11 de julio, lo primero que salta a la vista es un malestar latente en amplios sectores sociales, que por múltiples factores desencadenó una pugna por un cambio en el proyecto sociopolítico del país y una respuesta por conservarlo. Sin embargo, al observar con más detenimiento las consecuencias de las protestas, el principal motivo de disputa son las discrepancias respecto al proyecto de nación, y, consecuentemente, a un proyecto social.

En Cuba podemos intuir dos proyectos en disputa. El primero se encuentra instaurado en instituciones nacionales con plena representación internacional, y consumado con el triunfo revolucionario, que en esencia promulga un Estado soberano sobre la base de una nacionalidad estrechamente ligada al concierto de las culturas latinoamericanas, que reconoce los símbolos y la cultura nacional fuera del círculo de cualquier otra identidad foránea, a la vez que propone una nacionalidad amplia fruto de la mezcla particular (racial y cultural) que tuvo lugar en esta isla del Caribe.

El otro proyecto que influye en la realidad cubana es el heredero de la etapa neocolonial, cuyo inicio corresponde con el nacimiento de la República surgida en 1902, especialmente respecto a los poderes económicos y políticos entreguistas que se arraigaron en esa época. Este promulga abiertamente la visión de una nación bajo el manto y tutela de los Estados Unidos; reconoce una cultura elitista, más relacionada con valores norteamericanos y europeos; expone los símbolos nacionales siempre junto a otros que son ajenos a la aspiración nacional; sus representantes residen, principalmente, en la ciudad de Miami, en lo que han denominado «el exilio». En un intento de etiquetar, llamaré a uno y otro como proyecto revolucionario y proyecto Miami. Hago una salvedad: no todos los cubanos que residen en esta ciudad, necesariamente se identifican con este último.

Ambos alcanzan una dicotomía mayor toda vez que en la historia de su desarrollo han asumido, de facto, modelos sociales diametralmente opuestos. El primero se identifica plenamente con las ideas del socialismo marxista, siguiendo una tradición en torno a posturas en pos de una sociedad equitativa; mientras que el segundo establece como ruta las ideas del libre mercado, la sociedad competitiva y la primacía de los derechos del individuo sobre la regulación del interés general. Está enlazado con una visión mucho más cercana a los Estados Unidos, que en la práctica representa una visión anexionista.

Los jugadores y su poder

Las figuras y organizaciones que dan cuerpo a las posiciones que representan, de forma tácita, los límites extremos del escenario político nacional son, por el proyecto revolucionario, todo el entramado institucional surgido con la Revolución, que reside principalmente en la triada Estado-Gobierno-Partido Comunista de Cuba (PCC) y en todas sus instituciones y organizaciones de masas. Miguel Díaz-Canel, Raúl Castro, Alejandro Gil, Manuel Marrero Cruz, y en general todos los altos dirigentes de las tres instituciones, son las principales personalidades actuales del proyecto. Por Miami destacan organizaciones como la Asamblea de la Resistencia Cubana, la Fundación Cubanoamericana y el Directorio Democrático Cubano, con figuras vinculadas a la política institucional estadounidense como el alcalde de Miami, Francis Suarez, o los senadores Marco Rubio, Bob Menéndez y Ted Cruz, además de los representantes a la Cámara: Carlos Giménez, María Elvira Salazar, y Mario Díaz-Balart, entre otros.

No basta con divisar estas posiciones en el tablero si no se considera un factor imprescindible, detrás de cada una: la estructura de poder auxiliar o inherente que poseen. La institucionalidad «revolucionaria» es un Estado, y esto implica sistema jurídico, informativo, organización institucional y política, etc.; lo cual por su propia naturaleza genera control social, es decir, poder. Además, se suma un valor simbólico sobre la base de todo lo que representa el programa social y nacional de la Revolución cubana, con un alto grado de credibilidad.

El proyecto Miami, en este ámbito, no tiene un poder intrínseco que dimane, por sí mismo, de forma natural; no es un Estado. En cambio, para llevar su propósito adelante necesita del convencimiento de la masa social que vive en Cuba con tal de dotarse de poder popular, lo cual ha demostrado ser muy difícil de conseguir a lo largo de 62 años, debido a la impopularidad de su mensaje y figuras. Por ello se hace acompañar de un poder superior que coincide con sus posturas respecto a Cuba y la Revolución: los Estados Unidos, si bien por interés de su política exterior (acabar con el proyecto revolucionario), también de su política interior electoralista (con el fin de buscar el voto en el sur de la Florida). Esa nación se convierte en un proveedor de credibilidad, financiamiento y reconocimiento de las posturas de Miami, y hace que su actividad alcance magnitudes imposibles de lograr de no tener tan preciado apoyo.Ante dichas estructuras de poder, el proyecto ha sufrido una especie de inflación que lo hace ser considerado un actor real y potencial en el escenario político cubano.

El conflicto, su perspectiva histórica

A lo largo de 63 años, la vida de millones de cubanos ha quedado a expensas de las tensiones y distensiones de estos actores. Hagamos un acercamiento histórico. Desde los años 60 hasta finales de los 90, la estrategia de lucha del núcleo miamense, con el auspicio de la CIA, fue una encarnizada guerra contra las jóvenes instituciones del gobierno revolucionario, las transformaciones llevadas a cabo, y los simpatizantes y líderes del nuevo sistema. Voy a referirme a una serie de hechos con tal de ilustrar lo anterior: voladura del vapor La Coubre, el plan Peter Pan, el incendio de la tienda El Encanto, las masacres durante la operación de las guerrillas contrarrevolucionarias en el centro de la Isla y otras zonas, la invasión mercenaria por Playa Girón, el atentado al avión procedente de Barbados, introducción de enfermedades, sabotajes a instituciones hoteleras a finales de los 90, entre otros ejemplos.

El bloqueo económico y financiero a Cuba es un complejo sistema de leyes y normativas impuestas por los Estados Unidos desde 1962, con el fin de entorpecer y dañar las relaciones comerciales a las que está sujeta la economía cubana, y tiene como sus más fervientes defensores a los líderes visibles del proyecto de Miami. Ante esta circunstancia, que buscaba (y busca) la ingobernabilidad con el propósito de que no se consoliden instituciones políticas y democráticas distintas a las existentes de 1902 a 1958, así como asfixiar económicamente a la población cubana con tal de restarle apoyos a la naciente revolución, esta decide acercarse y luego integrarse a la llamada «órbita soviética». Ello propició dos cosas: primero, que la Revolución desarrollara una institucionalidad fuerte, y se consolidara gracias a los años de estabilidad interna (en términos muy generales), dada por la ayuda económica y militar de la URSS; segundo, todo lo que en materia de influencia se copió, inevitablemente, de esas latitudes y experiencias, principalmente un modelo socialista altamente estatista, con sus ramificaciones en la sociedad y la economía.

Esta lucha abierta contra los Estados Unidos y el proyecto nacional y social antagónico, que propició la aparición de errores y excesos, construía la Revolución cubana, sobre el cotidiano ambiente dicotómico de ellos o nosotros. De este modo, reacciones por parte de las instituciones revolucionarias que, en perspectiva histórica, terminaron dañando el prestigio del proyecto. Podemos enumerar alguna de ellas: las Unidades Militares de Apoyo a la Producción (UMAP) donde homosexuales, religiosos e intelectuales fueron víctimas de excesos; las expropiaciones de la Ofensiva Revolucionaria de 1968; la respuesta a la emigración con actos de repudio a la «escoria»; la censura durante los años del denominado «quinquenio gris», entre otros.

Después llegarían los años 90 con importantes cambios. Cae la Unión Soviética y con ella la estabilidad económica, lo que colocó también en una situación precaria la estabilidad política. El Período especial supone un replanteo de estrategia a todos los actores; aunque realmente los cambios sobre el terreno no serían muy distintos en el corto plazo. Se rompe en estos años la estabilidad que se había logrado; el escenario de empate de poder, típico de la guerra fría, desaparece a favor de Miami. La Revolución quedaba a expensas de la «resistencia» y el terreno abierto al supuesto triunfo de las posiciones de Miami y los Estados Unidos. La historia posterior puso sobre la mesa de qué era capaz cada uno de los actores. Y la Revolución y sus instituciones resistieron, pero al precio del desgaste.

Resistir implica, sobre todo, mantener una esperanza, soportar un estado de precariedad confiando en «un mañana mejor». La Revolución ganó ese voto de confianza en los años 90. Sin embargo, las personas no son eternas. Si la mayoría adulta resistió fue porque fueron testigos y protagonistas del triunfo de 1959 y de las expectativas que compartieron con el proceso. Y es entendible resistir cuando se tienen convicciones surgidas de experiencias propias. Ante ese escenario económico tan complejo no sucedió lo mismo, a gran escala, en el terreno político; como se dice en clases de Historia: la crisis económica no desembocó en crisis política. Entonces, ¿qué ha cambiado en el pasado cercano que, junto a la crisis económica actual, se ha desatado una crisis política en el país?

El tercer actor, un actor especial

Entre los actores políticos de Miami y el conjunto de los de la Revolución se ha desarrollado uno nuevo en el terreno de la política que define la actual crisis. Esta especie de tercer actor es diferente de los que hasta ahora hemos mencionado. Su génesis ocurre en el ya explicado proceso de errores cometidos en el ejercicio del poder y del desgaste que implica, por un lado, el natural hecho de gobernar y, por otro, los últimos treinta años de precariedad, resistencia y tensiones. Este grupo es víctima de algún «exceso particular» o de las circunstancias de las tensiones con los Estados Unidos. Es el que se ha desarrollado en medio de un ambiente económico complejo, el que ha tenido que emigrar con tal de ver cumplidas sus metas personales, al que el discurso oficial no le resulta convincente o llamativo y, en general, posee una postura crítica con algunas características del sistema político-institucional cubano, pero, al mismo tiempo, no abraza de forma expresa las posiciones del proyecto de Miami. Sin embargo, a diferencia de los actores que mencionamos con anterioridad, este no tiene un proyecto de nación definido, una identidad que lo aglutine o una seña política propia, debido a su diversidad. Por ello es más bien un abanico conformado por disímiles posiciones políticas e ideológicas surgidas a partir del proceso de desgaste y su asimilación por cada individuo que lo conforma. A los efectos de este ensayo, lo considero como tal para que resulte más fácil caracterizarlo y diferenciarlo.

Es un sector poco evidente, mutable e inestable, debido al esfuerzo de los actores clásicos e históricos para ganar su adhesión. Una radiografía nos permite visualizarlo desde posiciones de izquierda crítica del discurso institucional—anarquistas, trotskistas, socialistas democráticos, entre otros—, hasta posiciones de derecha que promulgan ideas como el liberalismo económico, el polipartidismo y el conservadurismo social. Otra peculiaridad es la falta de una estructura de poder propia, lo cual también es resultado de su posicionamiento entre dos actores antagónicos, y la imposible unidad de criterios para poder dotarse de poder. Ello implica que su masa sea una especie de péndulo entre un proyecto y otro. Un ejemplo claro es la visión de un enemigo más odiado que otro: la izquierda crítica habla de una burocracia, pero la ve preferible a una intervención elitista; los liberales hablan de anexionistas, pero el gobierno revolucionario representa un problema mayor.

El tercer actor se nutre de las nuevas generaciones y su desarrollo. A medida que crecen y sucede el inevitable reemplazo, se va perdiendo el ideal original que enlaza la obra revolucionaria con un sentimiento genuino de otra generación, a partir de una experiencia particular y distinta. Queda entonces un «compromiso» con ese ideal, que es imposible tratar de conservar eternamente, y, de ser así, se convertiría en una relación falsa de las nuevas generaciones con su entorno. La obra estructural e ideológica de la Revolución lleva implícita la seña de sus fundadores y las relaciones de su desarrollo, que al ser presentadas a las nuevas generaciones resulta natural que sean percibidas con extrañeza. El análisis crítico es inevitable en el reemplazo generacional y nutre así al tercer actor.

El panorama de crisis combinada. Antecedentes

Así llegamos al período 2020-2022, con un panorama mucho más complejo. Hay dos fenómenos que se entrelazan en la actualidad: la crisis económica y la pandémica. Para comprender la primera hay que establecer el devenir histórico de su desarrollo. La economía cubana es tercermundista. Españoles y estadounidenses se encargaron de generar una relación monoproductora y monodependiente de las diferentes metrópolis con productos específicos, esencialmente el azúcar y su correlato industrial. A partir de estas relaciones, contrarias al interés nacional, han surgido los procesos revolucionarios. El triunfo de 1959 significó la esperanza de comenzar el arduo camino desarrollista, que resultó ser complejo y, prisionero de la dinámica de la Guerra Fría, se terminó gestando un modelo económico altamente dependiente de la URSS y el campo socialista. Tras la caída del bloque, Cuba quedó a expensas de sus propias fuerzas, dejando a la nación en los críticos años del Período especial. Una serie de leves reformas económicas, la apertura al comercio exterior y el inicio del sector turístico, sumado a la posterior relación de cooperación con la República Bolivariana de Venezuela y la ampliación, con mediación financiera, de las misiones internacionalistas, permitieron la salida de los años de mayor complejidad.

A partir de 2011 comienza —con la aprobación de los Lineamientos de la política económica y social del Partido y la Revolución— un proceso de amplitud y profundización de las reformas, incluso con las deformaciones que dejó el propio Período especial. A lo largo de diez años, la realidad ha sido una implementación lenta de dicho proceso. El retraso de la aprobación de la diversidad de actores económicos y el reordenamiento monetario del país muestran un «estanco» de la matriz de desarrollo dirigido a la descentralización y la diversificación, con vistas a un aumento de la productividad. La nueva dependencia económica del sector servicios (turismo y salud) es evidente en cifras. En 2020, la inversión inmobiliaria representó cerca de 45%, en contraste con la agricultura con cerca de 3% (ONEI, 2021b: 9), ante una economía que importa 70% de los alimentos (2021a: 211-13). Ante el recrudecimiento del bloqueo y la persecución por parte de la administración Trump, con sus cerca de doscientas medidas contra Cuba, la curva de visitantes (hasta el momento siempre ascendente) se aplanó y varios países rechazaron la cooperación. El preludio de la crisis fue el decrecimiento del PIB en -0,2 en ese mismo año (153).

Este escenario previo se enlaza con la crisis pandémica generada por la COVID-19, que cortó la entrada de visitantes, principal renglón suministrador de divisas. Ambos factores tienen una expresión social de precariedad en el nivel de vida. Pese a que en Cuba existe de antaño un amplísimo sistema de servicios sociales, obra de la Revolución, también es una realidad que persisten grupos poblacionales en situación de vulnerabilidad social y territorios en desventaja. No existen las suficientes capacidades económicas para proveer de empleo productivo y de calidad a una buena parte de los cubanos. Esta condición se viene acumulando, y en momentos de combinación de crisis son aquellos quienes más la sufren. Cifras del PNUD ponen en evidencia que existe un problema territorial en el país, del cual se habla muy poco: las provincias menos desarrolladas son Santiago de Cuba, Granma y Guantánamo (región oriental) y 76,9% de los municipios presentan un bajo índice de desarrollo social (Rodríguez y Odriozola, 2020: 24). La condición de país envejecido también representa una situación de vulnerabilidad social importante. El Ordenamiento económico, un ambicioso y radical plan, tildado por muchos economistas de necesario pero inoportuno, tiene un impacto social negativo en la devaluación de los ahorros, la creciente inflación y el alza de los precios, especialmente en el mercado negro. Ante el panorama de insolvencia, se hizo necesario poner en marcha una medida reconocida de impopular    por el propio Ejecutivo: el establecimiento de tiendas en monedas libremente convertibles (MLC) y el simultáneo desabastecimiento en la red en moneda nacional, que significa una brecha social aun mayor para las personas en peor situación de vulnerabilidad social. Fenómenos como las largas y agotadoras colas, el acaparamiento, el mercado negro, la situación energética, la falta de movilidad y las restricciones por la pandemia, la escasez de medicamentos, entre otros, propician un estado de irritación y malestar general. No es descabellado afirmar que a causa de la combinación de crisis económica y pandémica estamos ante una crisis social que, en mayor o menor medida, afecta al conjunto de las y los cubanos.

Un nuevo terreno político

El malestar resulta un terreno fértil para la lucha política. El proyecto de Miami no ha perdido pies ni pisada; desde hace ya un tiempo la estrategia de lucha abierta contra el conjunto de la Revolución ha cambiado por una más refinada en el plano ideológico. Este cambio no es casual y está en línea con el del terreno político en los últimos veinte años. Analicemos comparativamente cómo este cambio, de un lado, y estanco, por el otro, complementan el desbalance en las correlaciones internas.

El proyecto de Miami reconoce la existencia de un tercer actor político, que en sus intereses afines representa una amalgama de pequeños públicos al cual emite, de diferentes formas y mediante un mensaje segmentado, el discurso  que sintoniza con sus sufrimientos y aspiraciones. En contraste, el proyecto de la Revolución del 59 ha mantenido, generalmente, la misma estrategia de la «resistencia» como recurso existencial. Para ello cuenta con tres pilares fundamentales:

  • La información, que permite, a partir del modelo informativo cubano, sostener un discurso unitario con vistas a mantener un consenso social. No es casual que sea uno de los principales ejes contra el que opere el proyecto de Miami. Es público y evidente, no solo por pruebas, sino por su mensaje, que medios digitales como ADNCuba, CubaNet, CubaNow, CubaCute, CiberCuba, Diario de Cuba, y un largo etcétera, son financiados por programas para la «promoción» de la «democracia», auspiciados por la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID, por sus siglas en inglés). El modus operandi de estos medios es actuar en las deficiencias del modelo informativo oficial, haciendo cobertura noticiosa de sucesos no reflejados en medios públicos, hiperbolizándolos y generando noticas falsas. Como se hizo evidente en la reunión de representantes de la prensa nacional con el presidente de la República, el gremio sufre los problemas de no diferenciación de la comunicación política y mediática, del secretismo, el «escrutinio de la pantalla» y la información en general, que tiene como efecto un discurso inadecuado, un triunfalismo (inconsistente con los problemas internos), que se distancia de las exigencias, demandas y aspiraciones de la población. La respuesta social es la desconfianza, no solo en el medio sino en el mensaje inherente al propio proyecto revolucionario.
  • La cultura artística es un escenario que, en los últimos tiempos, el proyecto de Miami ha pretendido desproveer de profesionales, al incitar al éxodo y utilizar esa ciudad —capital del arte urbano latinoamericano y sede de las principales disqueras y empresas afines— como anzuelo para los artistas, seduciéndolos y amenazándolos directamente con suspender algo tan importante como la promoción y producción de su obra. Esta política es reforzada por el actual escenario desfavorable para el medio artístico en Cuba, agravado por la pandemia y su repercusión en los ingresos, y la inserción de un mensaje político expreso que luego se conjuga con el medio informativo. Todo esto se une a una falta de empatía y comunicación, que se mezcla con la conquista interna de sectores culturales que se alzan como líderes de un arte que no se identifica con el promovido institucionalmente. La postergación de un diálogo entre arte y política, y la integración a proyectos artísticos cada vez más distantes de las instituciones también promueven el deseo de migrar de amplios sectores culturales.
  • El liderazgo que porta un mensaje netamente político. El proyecto de Miami, utilizando fondos de la USAID, promueve cursos de liderazgo joven destinado a ciudadanos cubanos. La resistencia pivota en torno a un liderazgo fuerte y carismático,  que en el caso de la Revolución estaba representado por sus líderes históricos. Pero las generaciones cambian y los líderes no son eternos. Cada época tiene sus símbolos y conceptos, personificados en un líder o grupo de ellos. La promoción que Miami está haciendo coincide con la cultura y la idiosincrasia del tercer actor. Los nuevos líderes de opinión ahora son influencers, tweeters, youtubers. Es decir, el sentir no lo pone directamente el proyecto de Miami, nace por la apreciación de la realidad que rodea al individuo en forma de aspiración. Miami lo potencia y sirve de cauce a ese sentir (desde luego, haciéndolo ventajoso a su fin). Las instituciones que respaldan el proyecto revolucionario no forman líderes, sino dirigentes que no necesariamente coinciden. El líder surge como respuesta ante un estado de cosas contrario a la aspiración de una generación, el dirigente se prepara con el fin de administrar un sistema institucional; es decir, el malestar no llega a las instituciones transfigurado en personas que respondan a él de forma adecuada.

Una nueva estrategia

Ante este panorama, es evidente que no se ha actualizado la estrategia de la Revolución. Existe un estancamiento en el avance de estas trasformaciones, y la no materialización de otras. El espíritu del VI y VII Congresos del Partido Comunista de Cuba da cuenta del reconocimiento de la urgencia de cambios, pero el hecho concreto se quedó por detrás de las expectativas. Alrededor del 11J ocurrió un debate interesante, pues muchos se apresuraron a afirmar (de una u otra forma, con o sin el uso del término) que las instituciones se habían «vaciado» de sentido revolucionario y que ahora la «Revolución» estaba en las calles del lado del descontento. Esto lleva una lectura menos simplista. Esta idea es altamente subjetiva, pues cada actor posible dirá que sus ideas son las revolucionarias. ¿Hay un proceso de conservadurismo en las instituciones revolucionarias? Sí, lo hay, y es profundamente peligroso. ¿Se puede decir que el 11J (con todo lo que implicó) fue una revolución? No, y pensarlo es igual de peligroso.

El proceso de estancamiento responde a un fenómeno que ya causó la quiebra de otros proyectos revolucionarios en el pasado: la burocracia. Ella no es solo el engorroso sistema de trámites. La burocracia, en sentido político, es la clase que surge de la existencia de un sistema democrático altamente engorroso y formalizado. El sistema político-institucional cubano es altamente burocrático, si bien por influencia soviética, también como parte de la resistencia al proyecto de Miami. Un sistema puede ser burocrático y verticalista, y mantener su compromiso con el pueblo mientras exista el peso ideológico de una genuina Revolución y la combinación con su liderazgo; ambos factores, por el natural remplazo generacional, van desapareciendo. El burócrata es la pieza visible de la burocracia, pero no hace el sistema burocrático, es este quien transforma al funcionario público o al dirigente político en burócrata. Una vez que se pierde el liderazgo verticalista y el compromiso ideológico, lo que queda es un sistema anacrónico. Aún subsiste compromiso ideológico (aunque el funcionario medio muestra síntomas de lo contrario). El liderazgo se encuentra altamente dañado. La burocracia se muestra incompatible con la revolución; es una estructura de poder político, la revolución es el genuino poder popular.

Por eso resulta fácil decir que la Revolución está del lado de la expresión del disgusto, sin querer ver su otra cara: su programa. Si bien el 11J no fue una manifestación de la inmensa mayoría del pueblo, demuestra malestar por la situación actual, potenciada por la agitación política externa, pero también por el estado de conservadurismo de las instituciones. Las revoluciones son la lucha por una causa y con un fin positivo para el conjunto de la sociedad, es decir, lucha consciente. Lo que vimos ese día fue la manifestación (comprensible, pero no justificada) de luchar sin un fin claro y específico. No había un programa del día después, lo que había era un plan, bien detallado en la Ley Helms-Burton, que rebasaba la acción de los manifestantes.

Las instituciones (burocracia per se) siguen representando el proyecto de la Revolución del 59, y alzarse contra ellas, desconociendo que el día después del caos habrá una intervención estadounidense y un gobierno miamense en La Habana, resulta totalmente fuera de lo que es una revolución, sobre todo porque el pueblo hará el trabajo para poner en el poder algo ajeno a él. Pese a todo, el 11J es un síntoma revolucionario del descontento y la aspiración al cambio, la única forma de mantener el proyecto revolucionario es abrazando esa intención de cambio, con nuevos líderes, métodos y objetivos.

Un «qué» y un «cómo»

Hay que revolucionar la Revolución, en el sentido de cambiar la estrategia que no es compatible con el escenario político en el cual nos desenvolvemos. Las instituciones, hace diez años, comenzaron un proceso de transformaciones, esencialmente económicas, y en menor medida sociales, y casi nada políticas. Pese a una reforma constitucional, la estructura burocrática y verticalista del Estado y el Partido sigue intacta, salvo tímidas transformaciones de descentralización municipalista. Es imprescindible una transformación económica llamada a descentralizar y destrabar las relaciones de producción que libere las fuerzas productivas. Pero también lo es una transformación política que la acompañe, llamada a descentralizar y desburocratizar el sistema institucional cubano. La aprobación de los nuevos actores económicos, en agosto de 2021, motiva un análisis sobre el socialismo y la reforma, principalmente si se echa un vistazo al devenir de la Unión Soviética luego de la perestroika. Resulta impresionante ver la similitud de las transformaciones y las dos causas fundamentales de su fracaso político: la existencia de una clase burocrática no comprometida con los cambios y la inexistente unidad política en la URSS de 1985. Salvando las distancias entre Cuba y la Unión Soviética, es necesario un impulso verdaderamente revolucionario —que apele al sentido de cambio— en entender la necesidad de transformar el sistema político que genera la burocracia y, al mismo tiempo, (re)conformar el consenso político nacional antes de proseguir las transformaciones económicas de la sociedad cubana (García Brigos, 2015).

La estrategia de aquí en adelante debe ser abandonar el «atrincheramiento» político como recurso existencial y crear espacios de participación eficientes, de forma tal que abrace las causas y aspiraciones del tercer actor. Eso lleva, inevitablemente, una serie de cambios, algunos previstos o ya iniciados, otros no. También la humildad de pedir disculpas, allá donde haya existido un error. Suscribo la frase de la periodista Lirians Gordillo Piña, de la Editorial de la Mujer, en reunión del gremio con el Presidente: «Nada puede dañar más este país que una injusticia o exceso que no se asuma en voz alta». Hace falta un diálogo entre visiones políticas (que no es lo mismo que con sectores sociales). Se trata de buscar disímiles consensos entre las instituciones y las diversas posiciones políticas del tercer actor.

Mucho se ha hablado de la ruptura del consenso, y eso es un proceso que hay que tomar como natural, y tratar con mucha valentía, humildad y empatía para recomponerlo sobre las mismas bases nacionales, con nuevas formas en la comunicación y el entendimiento político, o en la gestión económica. Ello lleva inexorablemente el reconocimiento de la existencia de un tercer actor y plantear la estrategia de aglutinarlo entorno a la obra revolucionaria. No basta, a mi juicio, adoptar el mensaje del tercer actor, hay que integrarlo a la vida política. Todo ello hay que encauzarlo mediante un proceso de diálogo; a lo mejor la primera acción sería propiciar, desde el propio Partido, el amparo de grupos que aglutinen visiones diferentes, para alejar al tercer actor del discurso tóxico de Miami, reconociendo que la mayoría de las organizaciones que hacen política en la sociedad (fuera del amparo institucional), si bien sus cabecillas son agentes políticos con la finalidad de Miami implícita (sobre todo hacia el sector liberal del tercer actor), sus seguidores y público no necesariamente la conocen o la acogen, por lo cual hay que integrar la visión de todo el espectro (de formas disímiles). Este diálogo tiene que cristalizar en un partido político único que funja como espacio de unidad y consenso. Un partido único es necesario, primero por las circunstancias de dos proyectos de nación divergentes; y segundo, porque por la crítica práctica de las democracias de otros países occidentales, la combinación de consenso y disenso, sobre una mirada democrática-popular, es mucho más efectiva.

Luego del consenso político-nacional (hasta donde sea posible), habría que comenzar un diálogo en torno al proyecto social que las diferentes visiones plantean, siempre poniendo por delante una visión objetiva, que parta del proyecto de nación. En general, este proceso se puede dar segmentado de diferentes maneras; primero con la izquierda crítica, quizás con enfoque orgánico; y luego, tratar de avanzar con actores del abanico liberal, en puntos programáticos en los ámbitos económico y jurídico.

De aquí puede salir un amplísimo espectro de opiniones. Hay que lograr una democracia que conjugue el criterio y el voto de la ciudadanía, hacer efectiva una (re)distribución del poder político, acercándolo lo mayor posible al poder popular. Es necesario reconfigurar el sistema político del balance entre el consenso y el disenso, centrando al Partido como espacio para el consenso político, con su misión de unir en torno a políticas acordadas, y al sistema del Poder Popular (la estructura del Estado) como espacio de disenso y debate público.

No quiere decir esto que en el Partido no exista disenso y en el Poder Popular consenso; al contrario, este tiene que partir de un disenso y cada estructura fungir como espacio para tal fin. Hay que abandonar la idea del Partido como organización superior, y balancear (según regulación legal) qué alcance tendrá sobre el Estado y viceversa; definir la función de ambos y su misión en la sociedad, así como la vinculación de las organizaciones sociales o los medios de comunicación; siempre con un sentido democrático y abierto del Partido como espacio militante de ciudadanos con una visión política elevada, con el fin de servir de cauce para que la ciudadanía obtenga una educación política mucho más amplia, que la dote de las herramientas de discernimiento, análisis y debate, que rebase el entorno de la academia o la educación pública, y haga al ciudadano consciente de su poder en un sistema democrático directo, viéndolo como sujeto y no como objeto de las políticas.

Fructificará todo esto en métodos más participativos de trasmisión política, horizontalizando y descentralizando las decisiones. Para ello propongo los siguientes cambios:

  • Sustituir la circunscripción con fines electorales por una Asamblea Ciudadana como base del sistema del Poder Popular.
    • Dotar de todo recurso a los delegados, hacerlos profesionales (que no quiere decir pagarles un salario diferenciado).
    • Reducir el número de diputados (de una ratio de un diputado por veinte mil electores y dos por municipio, a uno por municipio y una ratio de cuarenta mil), haciendo el Parlamento más manejable y permanente, y a los diputados profesionales en su función, con sesiones más frecuentes y un mecanismo de control de estos por las Asambleas Ciudadanas y las municipales.
    • Cambiar el sistema electoral de lista o candidatura única y propiciar el voto diferenciado, eliminar las candidaturas de diputados no municipales, abrir la elección popular para presidentes y vicepresidentes, haciendo un reparto de cargos que mantenga la unidad del sistema (será presidente quien alcance  la mayor cantidad de votos y vicepresidente el segundo puesto, y extender este reparto a delegados y diputados), y el discernimiento sobre las cualidades del candidato teniendo en cuenta los debates públicos guiados por la ciudadanía previos a la elección.
    • Abrir el derecho de parlamentar a los ciudadanos comunes, de acuerdo con la suscripción de un número reglamentario de firmas, para debatir temas diversos que pueden escapar de las estructuras políticas.
    • Insertar, a medio mandato, referendos revocatorios (no vinculantes) de todos los cargos elegibles.

Estas son propuestas personales que pueden no encajar con la de otros. El resultado práctico será mediante un diálogo de razones.

Existen condiciones que obstaculizan dicho proceso: la existencia de una relación de confrontación con Miami y Washington resulta la más importante. Un proceso de acercamiento como el de Barack Obama hacia Cuba lo simplificaría. Sin embargo, es necesario apostar por la valentía y la renovación. Lo lógico ante este hipotético escenario sería una desmovilización del discurso miamense sobre la «dictadura» y servir de referente para los pueblos, e incluso, para posiciones de izquierda norteamericanas. Es, en el sentido más amplio, una revolución que deberá tomar como escenario todos los espacios de la propia Revolución y sus instituciones, con el análisis y el respeto como herramientas, en pos de no perder esta hermosa obra.

Referencias:

García Brigos, J. P. (2015) «Socialismo: ¿reforma-contrarrevolución?: necesarias reflexiones a treinta años de la perestroika». Marx Ahora, n. 40, 93-114.

ONEI (Oficina Nacional de Estadística e Información) (2021a) Anuario estadístico de Cuba. La Habana.

______ (2021b) Inversiones. Indicadores seleccionados, septiembre. La Habana. Disponible en <https://bit.ly/3AQ7g8M> [consulta: 2 febrero 2022].

Rodríguez, J. L. y Odriozola, S. (2020) Impactos económicos y sociales de la COVID-19 en Cuba: Opciones de políticas, junio. La Habana: PNUD.

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