Algunas palabras nuevas (y otras viejas) sobre las religiones y el debate de ideas

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Si yo fuera Alá, si yo fuera Yemayá,

si yo fuera Cristo, si yo fuera Buda,

si yo fuera de verdad.

                                X Alfonso

 Temas ha dedicado tres números a las religiones, y publicado cerca de treinta ensayos y debates sobre la problemática de las iglesias y la fe. El primero (n. 4, primavera de 1996) recogió colaboraciones de diversos estudiosos, entre ellos, laicos y también sacerdotes, pastores, babalawos, además de otros investigadores. Esto ocurría entonces por primera vez, en “una publicación cubana no eclesial”, para decirlo con las palabras del fraterno Orlando Márquez (en lo adelante, O.M.) en su comentario sobre Temas #76.[1]

Entre los autores invitados a colaborar en aquel número de grata memoria estaba Monseñor Carlos Manuel de Céspedes, director a la sazón de la revista eclesial Vivarium, quien no aparecía en publicaciones “no eclesiales” cubanas desde 1967, cuando escribía su columna semanal “Mundo católico” en el periódico El Mundo, donde polemizó con Aurelio Alonso (otro de los autores del n. 4.)

Invito a releer ese primer número dedicado a las religiones, y a constatar la política editorial de Temas hace casi veinte años: 1) las religiones y las iglesias (el plural es muy importante)  son parte irrestricta de la cultura y la sociedad, y por tanto objetos legítimos del conocimiento social, no el feudo de una institución, credo o disciplina; 2) la comprensión sobre los procesos sociales que acompañan a la fe implican el pensamiento crítico, condición indispensable del ejercicio intelectual y el conocimiento; 3) entender la religiosidad y su lugar en la cultura ciudadana requiere investigar su condición histórica y su lugar entre los movimientos sociales y corrientes espirituales globales.

En los números 35 (2003) y 76 (2013),así como en varios ensayos dispersos, Temas acogió la problemática de la fe, en particular sus implicaciones sociales y políticas, incluidos asuntos que, hasta hoy, siguen siendo poco tratados en la mayoría de las revistas dedicadas a la religión, como las religiones originarias de diversas naciones africanas (yoruba, bantú), el Islam, la teología de la liberación, el fundamentalismo cristiano, el lugar de las mujeres en varias instituciones religiosas (católica, yoruba, islámica). También presentó algunos resultados de investigaciones sociológicas sobre las causas del reavivamiento religioso en la Cuba de los 90, textos sobre antropología de la religión, el auge (por oposición al retroceso relativo del catolicismo) de los llamados nuevos movimientos religiosos en América Latina y Cuba, la religiosidad como temática del arte y la literatura, y otros tópicos asociados.

Si no fue hasta el reciente número 76 que se publicó un estudio particular sobre una revista católica, solo fue porque no llegó antes, a pesar de haberlo solicitado a quienes las siguen y las investigan. Resulta curioso que tampoco aparecieran estudios sobre estas publicaciones entre autores religiosos, como sí ocurre con las “no eclesiales”, objetos recurrentes de análisis crítico en tesis y disertaciones. Ahora bien, si se revisan los casi ochenta números de Temas, se verá que las publicaciones católicas sí han sido referencias de múltiples artículos, en torno a asuntos como relaciones iglesia-Estado, economía, política, movimiento intelectual, etc. Representantes de revistas como Vivarium, Espacio Laical, Ecos —para mencionar solo a las católicas— han participado activamente en paneles y simposios convocados y publicados por Temas, donde han expresado criterios acerca de la esfera pública, el debate de ideas, los valores, los medios y otros muchos asuntos, incluidas las políticas gubernamentales cubanas. En más de una ocasión, Catalejo, el blog de Temas ha propiciado debates con editoriales de estas revistas, e intercambiado sobre tópicos tan políticos como democracia, orden republicano, socialismo. Cualquiera que examine los textos en los que se interpela lo publicado en Espacio Laical o Palabra Nueva podrá constatar que ni el contenido de los argumentos ni el tono utilizado se colocan de otra manera que no sea la del diálogo y el debate de ideas. Nada más ajeno a ese debate que el emplazamiento, la descalificación o la objeción ideológica. De manera que ninguno de los autores aludidos ha reaccionado hasta ahora con preocupación, sintiéndose emplazado, o en actitud defensiva.

En cuanto a la Arquidiócesis de La Habana, cuyo órgano oficial Palabra Nueva se define como “atenta y abierta a todos los tópicos que interesan hoy a los católicos: la economía, la cultura, el deporte, las ciencias sociales…, sin olvidar la religión”, en Temas apareció la primera entrevista concedida por el propio Arzobispo Jaime Ortega (ya para entonces cardenal) a una publicación “no eclesial”, mucho antes de que lo hiciera ningún otro medio cubano.[2] No recuerdo si alguna publicación religiosa se hizo eco de aquella entrevista, donde Su Eminencia conversó sobre problemas de política sin ambages ni suspicacias, incluso ante preguntas que tocaban tópicos delicados, como la cuestión de los derechos reproductivos de las mujeres y la libertad de orientación sexual. El cardenal Ortega se extendió sobre las aspiraciones de la Iglesia a tener un mayor perfil en los medios electrónicos y a registrar sus múltiples publicaciones impresas, así como a poseer escuelas propias dentro del sistema nacional de enseñanza. También reconoció que “el secularismo que se ha vuelto como una ideología, a veces muy intolerante, que recuerda posturas del cristianismo antiguo, pues no quiere darle espacios a la Iglesia para que se pronuncie, ni participe en nada. Esto ocurre, a veces, en países de antigua tradición cristiana”. Creo que no estaba hablando de Cuba ni de la URSS.

En efecto, la persecución religiosa, el anticlericalismo y el ateísmo son más antiguos en la cultura occidental que el marxismo, la Unión Soviética y los partidos comunistas. A nosotros en América Latina y el Caribe nos vinieron de Europa, para ser más precisos, de Francia, Inglaterra  y España. La mayoría de la Ilustración europea fue anticlerical, como la masonería. La historia trágica de los excesos de las iglesias cristianas y de los estados que las enfrentaron, cuyas víctimas abarcaron no solo a herejes y clérigos, sino a otros cientos de miles de personas, contiene capítulos descomunales, como la Santa Inquisición, las sucesivas guerras de religión europeas (Noche de San Bartolomé y matanza de protestantes incluidas), la Revolución francesa, la Guerra cristera del México revolucionario, y otros grandes eventos de la historia de Occidente. Ninguno de estos acontecimientos, procesos y corrientes, incluidas las políticas que han postulado la separación entre la iglesia y el Estado y la educación laica, fueron provocados por la Liga de los Comunistas o el marxismo.

Por otra parte, adjudicarle al socialismo del siglo XIX “el endiosamiento del Estado y la aniquilación de toda forma de propiedad privada”[3] es una lectura muy curiosa de esa amplia corriente de pensamiento, que abarca a Babeuf, Blanqui, Marx, los comuneros, Lassalle, Kropotkin, hasta los cartistas británicos, Chernishevsky, Louis Blanc, William Morris, y el socialismo cristiano. Afirmar que “el error fundamental de Marx… estuvo en considerar que al solucionar el problema económico… se solucionarían para siempre todos los problemas sociales”,[4] es una lectura desconcertante de su pensamiento, aunque esta sea obra del Papa Benedicto XVI. Si reconocemos que “el argumento que propuso alguien en la Europa del siglo XIX [no debe] seguir siendo dogma que no admite cuestionamiento”,[5] un mínimo de consistencia antidogmática debería abarcar a otros pensadores europeos contemporáneos, sin exceptuar a compatriotas de Marx, como Joseph Aluisius Ratzinger, antiguo Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (esa institución eclesial antes nombrada Sagrada Congregación de la Romana y Universal Inquisición o Sagrada Congregación del Santo Oficio).

Está claro que, entre todas las revoluciones de la época moderna y contemporánea, la cubana ha estado entre las más moderadas, también en relación con la fe y sus instituciones. También está claro que el ateísmo entronizado como política oficial por esta Revolución afectó no solo a la Iglesia católica, que cometió el error de alinearse políticamente en su contra, sino a otras muchas religiones, incluidas las afrodescendientes. La discriminación, el prejuicio y el descrédito social y político sufridos por los fieles de la Regla de Ocha, el Palo Monte, los abakuás, así como de una parte de las denominaciones protestantes, no puede explicarse por haber colaborado con la Operación Peter Pan, protegido a conspiradores armados, usado sus medios de difusión para combatir la ideología revolucionaria y desaconsejado a sus jóvenes que se fueran a alfabetizar. De manera que, en términos relativos, estas otras religiones e iglesias pagaron un precio más alto que la católica, en medio de un proceso que polarizó a la sociedad cubana. Si de víctimas de ese conflicto se trata, los principales fueron esos creyentes, que se vieron puestos a elegir entre los ideales  de su fe y los de una Revolución que no los contradecían. La responsabilidad de este dilema forzoso, que los desgarró, radica en ambos lados de manera pareja. Ojalá no haya que esperar cuatro siglos, como ha sido el caso de la Inquisición, para que este desafuero sea reconocido.

Pero no solo en Temas, sino en otras publicaciones han aparecido juicios sobre las revistas católicas. Por ejemplo, Fernando Ravsberg, ese corresponsal notorio por comentar asuntos vedados a los periodistas cubanos en sus medios, las ha elogiado al punto de calificarlas como las únicas publicaciones independientes en Cuba. Si la medida de la independencia de un medio de comunicación se expresa en relación con la institución que lo patrocina, esta observación parecería identificar en estas publicaciones posturas separadas de la línea de la Iglesia y el Vaticano, e incluso críticas eventuales a sus políticas. Naturalmente, medidas con este rasero, la autonomía de las publicaciones religiosas resultaría muy relativa. Si lo que se quiere decir realmente con “independencia” es que son las únicas que en Cuba critican las políticas del gobierno, también este juicio resulta altamente cuestionable, por decir lo menos.

Lo que podría esperarse de las publicaciones católicas no es que fueran independientes, sino que contribuyeran al diálogo, la pluralidad y el intercambio democrático que predican.

En un panel sobre la cultura del debate publicado en 2005 (Temas n. 41-42), el historiador Oscar Zanetti se lamentaba de que las publicaciones católicas compartían con la mayoría de los medios cubanos la condición de compartimentos estancos, incapaces de dialogar entre sí: “Ciertas opiniones, expresadas de determinada manera, se podrían publicar en Temas, pero no serían nunca las que se podrían expresar en Juventud Rebelde, las que se llevarían a una mesa redonda televisiva, las que se puede apreciar en publicaciones católicas como Palabra Nueva o Vitral, o en los distintos espacios de opinión que hay en el país, que funcionan como compartimentos completamente estancos, donde unas opiniones corren en paralelo a otras y nunca se confrontan ni chocan entre sí. De forma que se crean microespacios donde determinadas personas se congregan para decir ciertas cosas que son las que están dispuestas a escuchar y no otras. Sin embargo, para que funcione el debate, tendría que suponer la presentación de opiniones totalmente discrepantes”.

¿En qué medida este orden de cosas ha caracterizado la proyección ideológica y cultural de la Iglesia católica?

Aunque el Encuentro Nacional Eclesial (ENEC, 1986) fue un punto de viraje en la línea adoptada por la iglesia desde los 60, es con la llegada del Periodo especial que su proyección político-ideológica entra en una dinámica particular. Durante los siguientes trece años  (1991-2004), etapa de crisis nacional y reorientación de la sociedad cubana, se suceden una serie de acontecimientos que marcan esa nueva proyección. Solo en el quinquenio 1991-1996, se celebran dos eventos de debate sociopolítico denominados semanas sociales católicas; los obispos emiten la Carta Pastoral “El amor todo lo espera”, coincidiendo con el momento más crítico del Período especial (1993); se celebra el primer evento católico sobre la formación de la nacionalidad; se funda la UCLAP-Cuba (Unión Católica de Prensa). Durante este quinquenio, que culmina con la entrevista entre Juan Pablo II y Fidel Castro en el Vaticano (1996), se funda Cáritas en Cuba; se constituye la Comisión Episcopal Justicia y Paz (que se ocupa de los temas políticos); y se fortalece su red nacional mediante tres nuevas diócesis (Santa Clara, Bayamo-Manzanillo, Ciego de Ávila).

Este inusitado proceso de expansión y proyección pública de la Iglesia, quizás uno de los más dinámicos de toda su historia en Cuba en tan breve período, continúa en la década 1997-2006. Por primera vez en treinta años, la imagen de la Virgen de la Caridad recorre todo el país, se celebra la VI Semana Católica con el lema “La libertad religiosa como fundamento de los Derechos Humanos”, y se restablece oficialmente el feriado por la Navidad, en víspera de la visita de Su Santidad Karol Józef Wojtyła (enero, 1998). En ese lapso acelerado, se crean otras nuevas diócesis, se celebran eventos eclesiásticos regionales y nacionales, tienen lugar otras tres semanas sociales católicas, y encuentros sobre historia de la nación y la Iglesia. En uno de estos eventos, al final de esta etapa, se invita, por primera vez, a historiadores no católicos, a debatir sobre el pensamiento fundacional de la nación en el siglo XIX (2004).

La entrada en la segunda mitad de la década de los 2000 refleja un cambio, para decirlo en términos musicales, en el tempo y contrapunto, así como en la temática de esta proyección. Durante ese interregno, se pasa a un movimiento menos agitado, más andante o moderado; se deja atrás un contrapunto con algunas voces muy agudas, para darle mayor énfasis al principio de la armonía. Durante ese interregno, en que se revisa el balance y la orientación, la Iglesia entra, junto con el país, en un contexto político cuya nueva entonación se refleja en las declaraciones de los obispos (2006 y 2007). Por sus propias razones y agencias, la Iglesia pone fin a la política editorial confrontacional representada por la revista Vitral (2007). En todo el período entre 2005 y 2009 no se celebra ninguna otra semana social católica ni evento de debate comparable.

De esta reciente etapa forma parte la nueva pluralidad que se refleja en las revistas y los eventos de la Iglesia. Es a partir de este período que estas, para decirlo con las palabras consagradas por el santo padre Juan Pablo II, “se han abierto a Cuba”. En efecto, la autopresentación de Espacio Laical enuncia su objetivo en los siguientes términos: “mediante una metodología de encuentro, escucha y comprensión;… crear un espacio para todos… los diferentes ámbitos de la actividad social, política, económica, cultural…[para] armonizar lo aparentemente contradictorio… por medio de un lenguaje claro, preciso y objetivo… nuestros colaboradores [deben ser] personas con dominio del tema que tratan y con la suficiente capacidad para comunicar, [con] una formación cristiana o un humanismo propenso a facilitar la fraternidad. La metodología ha de ser el diálogo… que cuando cuestione siempre lo haga de forma que el cuestionado pueda responder de manera positiva”.[6] El cese de la beligerancia de una revista como Vitral, la nueva proyección de Espacio Laical y también en alguna medida de Palabra Nueva, extendieron por primera vez, de manera sistemática, el espacio intelectual de la Iglesia católica a las voces de un pensamiento crítico socialista.

En consecuencia con esta línea, los autores no católicos empezaron a ser invitados regularmente a colaborar, entrevistados, e incluso a participar como ponentes en eventos convocados por la Iglesia, no precisamente a hablar sobre la fundación de la nacionalidad ni el siglo XIX. Si se revisa el programa de la X Semana Social de la Iglesia, convocada en 2010, se encontrará que los temas de la agenda son los problemas económicos, el sistema político y el orden republicano actuales, las relaciones con la emigración (“la diáspora”), el diálogo y la cuestión de la reconciliación nacional; y que los ponentes incluyen ahora a más de una docena de intelectuales no católicos, colaboradores frecuentes en el debate desarrollado por las revistas culturales y de ciencias sociales que circulan en Cuba.

Este cambio en la política cultural de la Iglesia, dirigido a rebasar el ámbito de sus fieles, le permitió a publicaciones como Espacio Laical y Palabra Nueva[7] ofrecer fuentes de referencia no solo a corresponsales extranjeros y embajadas, sino también a una amplia gama de lectores, que se extiende a la variopinta familia socialista cubana, incluidos algunos entre los más de un millón de miembros del PCC y la UJC. En este alcance desde el centro hacia la izquierda, la proyección de la Iglesia reflejaba una mayor pluralidad y capacidad de diálogo real —no solo con el Estado y el gobierno, sino con la ciudadanía.

Ahora bien, disponerse a entrar en la liza del debate de ideas no es coser y cantar. Implica no estar dispuesto solo a recibir elogios, sino a escuchar críticas, responder con argumentos, sin dejarse arrastrar por el impulso de juzgar las intenciones del otro, y hacerlo de modo natural, sin exasperación —en lugar de limitarse a recibirlas como explicaciones que “se mastican pero no se tragan”.

Debería implicar también, por cierto, el diálogo con todos los actores de esa Casa Cuba de que hablaba el padre Carlos Manuel; por ejemplo, las religiones afrodescendientes y sus instituciones, que el propio monseñor de Céspedes conoció y trató sin prejuicios ni adjetivos descalificadores. Las iglesias cristianas (no solo la católica romana) podrían mostrar el camino al diálogo entre cubanos si convidaran a la misma mesa a santeros, paleros, abakuás, religiones fundacionales de nuestra nacionalidad, en un diálogo interreligioso que permitiera “revisar la historia reciente con transparencia, humildad y honestidad por parte de todos, incluidos los creyentes, [para] alcanzar la armonía nacional”.[8] Si de “crear auténticos espacios de intercambio y encuentro personal e institucional” se trata, la revista Temas y su espacio de debate Último Jueves podrían acoger este tema —como antes lo ha hecho sobre otros tópicos, con la participación de clérigos como el propio monseñor Carlos Manuel, el párroco de Alamar Isidro Hoyos, Natalia Bolívar (muanamatarinsasi del Palo Monte), los ministros presbiterianos Raimundo García Franco y Reinerio Arce, los babalawos Nelson Aboy y Antonio Castañeda, los pastores bautistas Raúl Suárez y Daylins Rufins, el rastafari Rodolfo Rensoli, y numerosos laicos de estas y otras religiones.

Dejar de hablar del presente como si fuera el pasado también podría ayudar al fomento de esa cultura del debate. No tengo palabras mejores para decirlo que las usadas por el Cardenal Ortega en su entrevista para Temas: “Los tiempos cambian, las personas, los métodos, y también las maneras de concebir las cosas. No hay nada peor que hacer historia con un fijismo que cuente los hechos ocurridos en tiempos más o menos remotos como si fueran actuales; es un error científico. Las personas que acumulan los hechos todos como si estuvieran en un presente, usualmente se equivocan en sus juicios, separalizan en su actuar, viven como con una especie de estupor que no los deja negociar la vida presente, gestionar el mundo en que viven, porque están fijados”.

Un  ejemplo al canto de ese fijismo es el ataque a fondo contra la Iglesia, especialmente contra las publicaciones católicas, que han lanzado las corrientes extremistas, en particular la derecha cubano-americana: “La revista Espacio Laical, publicación en Cuba que refleja puntos de vista de la Iglesia Católica, criticó abiertamente en su más reciente edición a los opositores que abogan por mantener las sanciones económicas contra la isla… ¡Qué gran contraste con la posición de la Iglesia Católica de Polonia durante la era comunista en Europa!“.[9] No me queda claro si los católicos que así piensan se guían más por lo que O.M. llama “ideología atrincherada”, o por lo que él define como contrario, “la coherencia entre fe y vida”. Quizás lo hacen por ambas.

Sería necesario diferenciar estas posiciones extremas respecto a otras corrientes conservadoras existentes en el seno de las iglesias, sus jerarquías y bases. Así como ocurre en las filas de la Revolución y el socialismo, las corrientes conservadoras no son extrañas ni ilegítimas, por más que muchos no las compartamos. Resulta imperativo, sin embargo, distinguir entre un conservadurismo construido sobre valores ideológicos o morales, y el sectarismo que sataniza y declara anatema a todo lo que le parezca distinto a su estrecho sentido del bien. No hay más remedio que asumir al segmento conservador, con el que es necesario lidiar mediante el diálogo y la persuasión, dentro de las filas de las iglesias, con la misma ecuanimidad con que se debe hacer en las del socialismo, estén o no dentro del Partido. Ejercer esta voluntad de diálogo no conlleva, empero, reconciliarse con la retranca, el impulso inquisitorial, el espíritu de purga, la herencia del recelo y la actitud de secta iluminada, que incluso se transmite a las nuevas generaciones. Resulta irresponsable que, en nombre de la tolerancia, el libre albedrío, los derechos humanos o la patria, se eduque a los jóvenes en la mala leche hacia los valores del socialismo o de la fe; es decir, en la actitud refractaria al ideario en que se inspira la metáfora cespediana de la Casa Cuba: “En la casa de mi Padre, muchas habitaciones hay”.[10] Sobre aquellos que simplemente no quieren, o no se comportan realmente como si quisieran convivir en esa casa, no ejercen el diálogo ni buscan el entendimiento, ni educan a sus hijos en ese espíritu, sino en la herencia estéril del fijismo, tampoco hay que hacerse ilusiones. Imaginarlos de otra manera, a pesar de ellos mismos, carece de esa cualidad esencial de toda buena política, el realismo —su eje vertebral, que algunos confunden a veces con el pragmatismo.

Como no escribo esta nota a nombre de la revista Temas, sino de mí mismo, quiero terminar diciendo que, aunque no concuerdo con muchos enfoques, conceptos e interpretaciones que aparecen en las revistas católicas, esa discrepancia no me impide leerlas, al contrario; como tampoco aceptar sus invitaciones a publicar mis propios artículos, o a participar en debates y encuentros que organizan. Confieso que me anima más la conversación con un auditorio que piensa diferente, que la prédica entre conversos o el coro unánime que se suele pasar por debate de ideas. Defiendo la utilidad de un debate que facilite el encuentro de visiones y argumentos realmente distintos, e incluso opuestos, aunque ajeno a la pelea de perros propia del ciberchancleteo, la descalificación personal, el vedetismo intelectual, la metatranca, la salmodia de consignas o mandamientos, el anatema. Especialmente en esta época, marcada por una especie de transición de ciclo largo que involucra no solo a la política, sino a la sociedad y a todas sus instituciones terrenales y espirituales, la verdad y las convicciones se arraigan menos en un principio de autoridad ideológica o religiosa, que en la capacidad para escuchar y discernir en torno a argumentos. He aprendido mucho más escuchando y debatiendo los argumentos de un conservador inteligente que los de un izquierdista dogmático y sectario; no porque me hayan convertido, sino al contrario, por ayudarme a repensar los míos, a profundizarlos y afinarlos. Aunque no esté de acuerdo con algunos de sus enfoques —o en ciertos casos, con pocos— aprecio la voluntad de diálogo de los editores de estas revistas, en la medida en que se esfuerzan por caminar a contrapelo de la retranca histórica, de las corrientes fijistas que los rodean, atrapadas en el “narcisismo teológico” que denunciara el Cardenal Bergoglio en vísperas de convertirse en Francisco.

Por eso termino repitiéndoles a mis amigos católicos la frase atribuida a aquel ilustre filósofo anticlerical, que lo expresa como ninguna: “No estoy de acuerdo con su opinión, pero me batiría hasta el fin para que usted pudiera expresarla”.

 

 

 


[1] Orlando Márquez, “Dos temas en TemasPalabra Nueva y política”,  http://www.palabranueva.net/newPage/index.php?option=com_content&view=category&layout=blog&id=248&Itemid=307[reproducido en esta entrega de Catalejo]

[2] Aurelio Alonso, “Diálogo con el Cardenal Jaime Ortega”, Temas # 53, enero-marzo, 2008, p. 123-130.

[3]O.M., “A propósito de la IX Semana Social”. http://www.palabranueva.net/contens/archivos/3_opinion/0411_0607.pdf, p. 7.

[4] O.M., “Sobre libertad y liberalizaciones”, http://www.palabranueva.net/contens/1007/0001014.htm.

[5] O.M., ibid.

[6] “¿Qué es Espacio Laical?”, http://espaciolaical.org/contens/ind_qs.htm.

[7] Aunque dirigida en primer lugar “a los católicos de La Habana”, Palabra Nueva deja claro que nada humano le es ajeno: “todo cuanto acontece en la sociedad es de interés eclesial”. Además de su edición en papel, se difunde digitalmente desde 2005.

[8] O.M., “Dos temas en Temas: Palabra Nueva y política”, loc. cit.

[9] Jaime Suchlicki, “Espacio Laical: del lado equivocado en Cuba”, http://www.elnuevoherald.com/2013/05/10/1473232/jaime-suchlicki-espacio-laical.html#storylink=cpy

[10] Evangelio de San Juan, cap. 14, vers. 2.

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