Cuba, con(ciencia) del desafío del desarrollo

Si hay un tema capital para la vida del país, y la proyección de desarrollo de la sociedad cubana, es la ciencia. En ello coincidió el panel de expertos que participó en el espacio de debate mensual Último Jueves, convocado por la revista Temas.

En su sede habitual de Fresa y Chocolate, en las inmediaciones de 23 y 12, el panel en esta ocasión contó con la presencia de los doctores Ernesto Altshuler profesor de la Universidad de La Habana (UH); Olga Fernández Ríos, vicepresidenta de la Academia de Ciencias de Cuba; Vilma Hidalgo, vicerrectora de investigaciones de la Universidad de La Habana, y Rolando Pérez, director de política científica del Grupo de las Industrias Biotecnológica y Farmacéutica, BioCubaFarma, y la conducción del también doctor y profesor Luis A. Montero, presidente del Consejo Científico de la UH.

Bajo el título de “¿Qué hacemos (y no hacemos) con la ciencia?”, la reflexión inicial estuvo dirigida a dialogar sobre qué conexión debe existir entre la búsqueda de conocimiento, investigación básica, la creación de valor científico, y la economía y la sociedad.

Para el profesor Altshuler el análisis parte de comprender que de un lado está la ciencia motivada por la curiosidad, y del otro aquella motivada por el impacto económico social, sin obviar un aspecto medular como la educación y la divulgación científica. “Dentro de la ciencia de alto impacto económico social —que es la que en Cuba queremos potenciar y catalizar—, yo diría que está la ciencia motivada por la filantropía, donde haces una vacuna ganes lo que ganes para salvar a la humanidad, y aquella motivada por la ganancia”, refirió el experto.

Al respecto opinó que en el país la relación que se da entre estos dos tipos de ciencia es singular: la ciencia motivada por la curiosidad, única generadora de originalidad porque es donde se dan las cosas inesperadas, se convierte con frecuencia en ciencia motivada por la ganancia como parte de una deformación actual que hay en Cuba, y que tiene que ver con la falta de un incentivo económico. “Uno trata de ser un científico básico lo más productivo posible en términos de esos cuantificadores bibliométricos, índices de impacto…, ni más ni menos para poder insertarse y visitar instituciones en otros países, ahorrar dinero y venir a suelo patrio a trabajar”, ejemplificó el profesor. “A menudo, sin salarios jugosos, solventamos esa culpa en la Universidad haciendo ciencia de interés social que es la divulgación científica, pues la docencia que impartimos en última instancia se revertirá en estudiantes trabajando en centros del polo científico. No puede ignorarse que estas relaciones en el caso de Cuba pasan por la motivación individual, el poder adquisitivo, y las ganancias”, agregó.

La economista Vilma Hidalgo, apuntó que la ciencia motivada por la curiosidad y la investigación científica también tiene un vínculo con la economía, “porque para motivar ese interés por la ciencia, para que este realmente tenga un nivel de importancia, deben existir programas que incluyan la formación de capital humano, y estos a su vez implican costos en los presupuestos… sin que ello constituya un enfoque economicista”.

“El mundo dice que los países que tienen altos ingresos son aquellos que pueden invertir en capital humano. Cuba es un contraejemplo en ese sentido, en tanto hace un programa intensivo en formación de capital humano por una fuerte voluntad política, compromiso, y la apuesta de hacerlo en este tipo de sociedad”, sostuvo la especialista. A su juicio, ello no entra en contradicción tampoco con otro dato y es que, a nivel internacional, los países que crecen o han crecido de manera dinámica y sostenida lo hacen en función de la innovación. “Esta es la otra cara de la moneda, la ciencia puesta en función del crecimiento económico para generar riqueza y distribuir esta de manera más social. Ese es el tema que Cuba tiene en agenda: cómo convertir esa inversión —porque no podemos ver la ciencia como un gasto—, ese potencial humano, en una fuerza productiva que cree riqueza y genere un círculo virtuoso a favor de la sostenibilidad”, dijo Hidalgo.

De acuerdo con Olga Fernández Ríos, el primer elemento en esta relación es lograr que se vea la ciencia como parte de la cultura, no se pueden separar. “Es además una actividad que históricamente, en cualquier escenario de desarrollo de la humanidad, ha tenido una amplia vocación social. No podemos separar tampoco la ciencia de la sociedad, o porque esta se genera en un contexto social determinado, responde a fines determinados. Esta cultura, esta ciencia, es la que permite influir en el desarrollo, en la innovación. No hay desarrollo social sin desarrollo científico”, enfatizó la doctora en Ciencias Filosóficas. Pero incluso en un país como Cuba, que tiene una política científica, existe un conjunto de dificultades y  barreras que romper para que la ciencia pueda impactar no solo la economía sino todas esferas de la vida, dijo.

Un ejemplo concreto lo colocó Rolando Pérez al enfatizar que la innovación está presente a lo largo de toda la cadena de valor de un producto. “Se va acumulando innovación en cada fase, lo que sucede es que la investigación científica tiene una mayor contribución en las etapas iniciales de su desarrollo. Esta, en el caso de la biotecnología, se traduce en propiedad intelectual, patentes, en empresas de alta tecnología, y el problema no es de quien es la propiedad sino cómo se utiliza el valor de esta propiedad”, explicó el panelista. Afirmó que en la actualidad hay diez mil nuevas medicinas en desarrollo en el mundo. De esas, cerca de las tres cuartas partes son potencialmente primeras en su clase, lo que quiere decir que son productos cuyo mecanismo de acción son totalmente novedosos, y no existe ningún otro en la práctica médica que actúe a su nivel.

Señaló que la industria biotecnológica es de alta intensidad tecnológica, que se refiere a lo que se invierta en Investigación más Desarrollo (I+ D). Se calcula que 20% de la facturación de las empresas biotecnológicas se invierte en I+D, y comparado con la industria manufacturera se invierte doce veces más que en esta última, ejemplificó.

En Cuba, dijo, hay actualmente alrededor de cien proyectos biofarmacéuticos, de los cuales 75% tiene propiedad intelectual y 25% son potencialmente primeros en su clase. “No estamos al mismo nivel del mundo desarrollado, pero hay un componente importante de investigación científica en el país, en el desarrollo de estos nuevos medicamentos que desarrolla la industria”. El valor o impacto de la investigación científica en el desarrollo de nuevos medicamentos es muy alto, apuntó el experto.

Pero, ¿qué obstáculos tiene la generación de conocimiento? ¿Qué problemas entorpecen el camino entre la ciencia básica, la aplicada y la innovación? ¿Qué problemas comunes tienen las distintas ramas de la ciencia básica o aplicada? ¿Cuáles son las causas de las bajas tasas de innovación?, indagó el profesor Luis A. Montero a los panelistas.

Para el doctor en Ciencias Físicas Altshuler, la industria nacional tiene que llegar a un nivel de organización económica eficiente para ser “digna”, y saber aprovechar la innovación tecnológica de punta. Por otro lado, “hay que motivar a la gente económicamente a nivel individual para que innoven”, señaló refiriéndose al poder adquisitivo de los investigadores, que constantemente pesa sobre la motivación para hacer ciencia. “Hoy es una contradicción”, dijo.

“Es evidente la dicotomía: lo que el país tiene invertido en formación de potencial humano —donde Cuba está posicionada entre los países con más altos ingresos desde el punto de vista de escolaridad, fruto de una política educacional y científica— contrasta cuando examinamos la composición de nuestro PIB en términos de bienes, y donde en la actividad científica, excluyendo quizá la biotecnología, estamos mal posicionados”, subrayó Vilma Hidalgo.

En ese sentido, mencionó tres elementos esenciales para romper esa contradicción. El primero de ellos, convertir la ciencia en aplicación y ponerla realmente en función del desarrollo económico, pero que exige cultura de innovación en nuestros sectores empresariales, que no es lo mismo que potencial científico, dijo.

Las instituciones son para la especialista el segundo aspecto. “Definitivamente es necesario un diálogo entre la generación de conocimiento y la demanda de ese conocimiento en el sector productivo; debe haber una conexión, y para que exista ese ecosistema de innovación, tiene que haber también elementos de ese ecosistema, que son las instituciones. Entiéndase por ello, el papel que tienen que desempeñar las empresas, los centros investigaciones, las universidades, dentro de esa cadena de conocimiento. Entiéndase por instituciones las leyes, regulaciones que tienen que ser de buena calidad para que exista esa conexión. Tiene que haber además mecanismos económicos, instrumentos…una estructura de incentivos hacia las instituciones y las personas para motivarlos”, explicó.

Para la economista, “esa conexión no se logra de manera espontánea. No es cierto que porque seamos un país con mucho potencial humano ya estamos en condiciones de convertir eso en innovación, tiene que haber una intencionalidad, y una institucionalidad”.

En ese sentido, comentó que no existen fondos todavía lo suficientemente desagregados para esa actividad de innovación, y no puede haber innovación sino hay inversión en capital humano. “Todavía nuestros mecanismos económicos y nuestros diseños de políticas no han logrado buscar un modelo que permita fortalecer, más allá de los pocos recursos, la ciencia, que convive si la vemos dentro del presupuesto con múltiples demandas sociales. Urge buscar una financiación desde el presupuesto, la cooperación internacional, desde el propio sector empresarial para poder soportar esas conexiones y la ciencia e innovación”, subrayó.

La doctora Olga Fernández Ríos comentó una reciente investigación que desarrolló la Academia, en sus cinco secciones, incluyendo las ciencias sociales, sobre el estado de la ciencia en el país, y que arrojó varias fisuras: poco aprovechamiento del trabajo en redes y de lo que cada cual produce, que mantiene las disciplinas separadas a pesar de los programas nacionales que se han intentado desarrollar; problemas en la esfera del financiamiento y que no solo tienen que ver con el salario; una subvaloración de la teoría y de las investigaciones básicas frente a lo aplicado; el predominio de la inmediatez frente a lo estratégico, con decisiones que no toman en cuenta determinada proyección científica; no adecuada visibilidad social; escasez de recursos y  trabas organizativas y burocráticas, fueron algunos de las brechas identificadas. En el caso de las ciencias sociales, señaló, existen limitaciones también con muchos criterios economicistas, “buscando aplicación directa e inmediata en un problema, sin darse cuenta que los problemas sociales también están permeados de grandes cotas de subjetividad”. Asimismo, en este campo inciden el espontaneísmo, el secretismo, los problemas para acceder a la información, las diferencias entre territorios, y la desproporción en los grados científicos que en algunas especialidades está sobredimensionada.

Refiriéndose al sector empresarial, Rolando Pérez mencionó la ausencia de una estrategia financiera para capitalizar el conocimiento, que sería en su opinión el primer eslabón para conectar la ciencia con la economía. “Hemos dado algunos casos en la negociación de activos intangibles pero como país es algo que aún es un reto trabajar”. De igual modo citó la disponibilidad de divisas para el financiamiento, que deberá  ser igualmente competitiva. “La industria nacional en general tiene más capacidad absortiva de nuevas tecnologías, y no es demandante de ciencia; por tanto, la ciencia nuestra, para ser causa y no consecuencia del desarrollo, tiene que tener una estrategia de empuje”, agregó el especialista. “Todavía se carece de estructuras de interfaces entre la academia y la industria, y espontáneamente ello no va a ocurrir. Tiene que ser un proceso intencionado, no hay que copiar otras experiencias sino estudiarlas y desarrollar las nuestras”, apuntó.

En opinión del profesor Montero, si bien en medio siglo se ha preparado potencial humano elevado con respecto a otros países, hacedores de ciencia, las estructuras económicas y mecanismos de gestión de la economía son disfuncionales, y la cultura en ese sentido no ha podido ser correspondida con la cultura de innovación correspondiente; y el que no se conciba la innovación completamente como parte esencial del desarrollo.

No obstante, como fortaleza Cuba tiene un patrimonio científico fruto de una política de Estado, con una proyección interna de la ciencia basada en la visión y el impulso de Fidel castro, desde 1959, y  que se ha revertido en índices de desarrollo humano y social, puntualizó la doctora Fernández Ríos.

Las preguntas desde el público fueron numerosas, y versaron desde la relación entre ciencia y religión, a menudo vistos como elementos antagónicos, hasta el financiamiento de la ciencia, su rentabilidad e impacto, y la no implementación de resultados científicos relevantes, los cuales con frecuencia reposan en gavetas y no se aplican.

Otra de las preocupaciones de los asistentes estuvo relacionada con la migración de los científicos y ese capital humano que se ha formado; y la falta de información sobre la ciencia, en un contexto donde visibilizar los datos referentes a lo que se aporta a este sector o al medio ambiente es casi imposible, y ello da al traste con los contenidos en los propios medios de comunicación.

“Hay una realidad tangible y lastimosa. La fortaleza de la ciencia cubana más valiosa y a la vez la debilidad más grande, es la gente. Es el recurso natural más importante que tiene este país y lo estamos perdiendo. No digo que no haya una preocupación en el gobierno, sino que se va muy rápido. Es un monstruo que se muerde la cola”, dijo.

De acuerdo con el profesor Montero, según una investigación hecha en Inglaterra, sobre el comportamiento de los científicos cubanos fuera de Cuba, arrojó que mientras 20% de los cubanos tiene nivel universitario; entre los emigrados ese índice es 30%. El drenaje del personal científico es enorme. Lo que falta es una acción positiva, proactiva”, opinó.

Pese a las barreras existentes, Vilma Hidalgo destacó que en un país como Cuba, de ingresos medios y logros sociales, la relación de la ciencia con la formación de capital humano, ha sido fruto de la voluntad política. “Si tuviéramos una visión economicista no hubiéramos podido lograr nada. Ello no quiere decir que no estén presentes las asimetrías en la eficiencia de asignación de recursos. Cuba invierte cifras altísimas en educación. Sin embargo, no ocurre igual en I+D. Desde el presupuesto tiene que haber mayor protagonismo en el programa de desarrollo e innovación”, dijo. Este no es solo un tema económico, sino político, agregó. “Si tenemos un país con bajos ingresos, con un esfuerzo extraordinario, con una voluntad política, lo lógico es que ese potencial humano se ponga en favor del desarrollo.

¿Existe una vía para sortear estos problemas?, fue la pregunta que finalizó el debate.

Darle un espacio a los nuevos sectores emergentes, es a juicio del profesor Altshuler algo que valorar, teniendo en cuenta que hoy son nuevos actores sociales. Para la doctora Fernández Ríos, la eliminación de las trabas en el sector de la ciencia se inserta en el conjunto de retos que tiene la sociedad cubana y no se puede ver de forma asilada. Hay un proceso de cambios en la forma de construir el socialismo, y en ese proceso de cambio la ciencia tiene que ser uno de los focos principales de atención, en uno de los sectores que no se dejará al mercado, enfatizó.

Para el doctor Rolando Pérez, el tema del financiamiento pasa no solo por los recursos que podamos generar internamente en el país. “La ciencia, el conocimiento y los activos intangibles tienen que atraer el capital externo. Hoy el país está haciendo un esfuerzo extremo por aumentar la inversión extranjera y no logramos el ritmo que necesitamos. Tenemos que generar sectores emergentes de alta tecnología y el principal componente de ese sector es el conocimiento científico”, expresó. No menos importante, consideró Vilma Hidalgo, es lograr incentivar la motivación por las ciencias desde edades tempranas a lo largo de todos los niveles de enseñanza; y lograr un modelo universidad-empresa, que permita a la academia estar dentro de la cadena de conocimiento.

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