Dos responsabilidades trascendentes enfrentamos los cubanos

Dos responsabilidades trascendentes enfrentamos los cubanos ahora identificados como de la tercera edad.[1] Somos quienes hemos construido la Cuba que dejamos a nuestros hijos, y somos  la referencia palpable de la experiencia socialista que pueblos hermanos se plantean como alternativa sostenible al capitalismo depredador dominante.

Independientemente del protagonismo que cada cubano haya tenido en la construcción de la sociedad presente, de algún modo ha contribuido a su configuración actual, tanto en lo físico como en lo cultural. Habrá podido ser uno de los activos promotores y activistas de las medidas que transformaron la Cuba de hace sesenta años, colaborador convencido o formal de los primeros, pasivo espectador y tolerante conforme con medidas inevitablemente actuantes sobre él y su familia, o inconforme ciudadano que no pudo o no quiso salir de su Patria, y convivió pasiva y discretamente con los otros mayoritarios.

Logros notables se alcanzaron en el tiempo transcurrido. La escolaridad, longevidad y calidad de vida medias muy superiores a las mundiales, y tuteándose con las primermundistas, se evidencian con los primeros contactos comparativos con el exterior. La cohesión nacional, la solidaridad con pueblos hermanos probada con notables aportes en recursos materiales y humanos, incluso con vidas sacrificadas sin otra motivación que la conciencia del aporte hecho a un mundo más justo para todos, son prueba de lo que la unidad política de un pueblo puede alcanzar. Logros alcanzados a pesar de la permanente y multifacética agresión del más poderoso imperio defensor de la más tecnificada élite mundial, la que aplaude en sordina  su comportamiento anticubano, inescrupulosamente reflejado en una ley Helms-Burton inconcebiblemente aceptada por la comunidad internacional, y abierta proclama del derecho permanente de esa élite de seguir castigando nacionalidades desobedientes como hicieron y hacen con Haití, Iraq y Palestina.

Deberemos esclarecer la diferencia de estos logros colectivos, identificados como socialistas, con los que otros pueblos alcanzaron en lo material. Unos, los primermundistas que ahora la élite mundial está reduciendo frente a las debilidades ideológicas y organizativas de las fuerzas progresistas. Otros, de los ya desaparecidos países del “socialismo real”, con calidades de vida que resultaron muy vulnerables por sustentos materiales carentes de los fundamentos ideológicos que aseguraran su defensa intransigente y continua. Unos llamados capitalistas, otros socialistas, con ambiguo significado en ambos términos, ambos con frustrantes resultados, y urgentemente requeridos, especialmente el socialismo, de confirmación de si alguna vez se ha logrado aplicarle los principios éticos y económicos que aseguren su asimilación plena por las poblaciones  llamadas a defenderlo estable y conscientemente. Y de no haberse logrado, no identificar como socialistas a las frustradas experiencias proclamadas como a él tendientes, pero sin esclarecimiento esencial de su significado real.

Es objetivo de esta presentación motivar la reivindicación del socialismo a partir del rechazo a su interpretación como dadivosidad estatal para los sectores más marginados y explotados de los pueblos. La solidaridad de todos para con todos, y consecuente elevación de su calidad de vida, deberá transitar por la conciencia viva, y ejercitación activa, de una propiedad socialista, la estatal, compartida entre todos. Propiedad compartida que cuando falta, en una vida social solo nutrida  por la propiedad privada secularmente ejercida como propia o ajena, puede establecer una grave división entre todos los pobladores públicamente reconocidos como propietarios de lo estatal: unos propietarios activos, decisores sobre lo estatal tratado como ajeno,[2] y el resto, como propietarios pasivos, beneficiarios de lo decidido por los primeros.

Con la toma de cualquier nivel de poder estatal por fuerzas de cambio al socialismo, con su imprescindible actuación decisoria sobre lo estatal, de inmediato quedarán influenciadas por prácticas basadas en la secular propiedad privada. Propiedad estatal que es simplemente ajena para sus decisores dentro de las reglas establecidas por sus dueños reales y no formales, y podrán tender inconscientemente a establecer la muy negativa división del pueblo entre propietarios activos y pasivos de lo estatal, con peligro, a largo plazo, de invalidar el proceso iniciado de cambio al socialismo. Será la ejercitación consciente y colectiva de la nueva propiedad compartida la que posibilitará su maduración autosostenible, así como el surgimiento de las nuevas personas que como sus propietarias activas, aseguren la unidad y defensa de un proceso revolucionario en continuo peligro de convertirse en el de otros, y no propio.

Ni capitalismo ni socialismo son conceptos diáfanamente establecidos, y la adopción aquí planteada de que sea la propiedad estatal compartida el núcleo de su diferenciación radica en el reconocimiento  de  la  importancia  de  identificar  lo  esencial  entre  la  multiplicidad  de  factores actuantes en la vida social. Y queda a los investigadores de lo económico y lo social esclarecer cuánto del capitalismo presente, además de los tributos que recibe de la plusvalía genialmente explicada por nuestros clásicos, también se ha nutrido y nutre por la ancestral explotación esclavista todavía activa con múltiples matices, competente y ferozmente apoyada en malinchistas, pinochetistas y menemistas de todo tipo. Y cuánto los socialismos reales han tenido de aquel capitalismo monopolista de Estado que los textos soviéticos identificaban en el capitalismo como plausible forma de socialización fácilmente convertible al socialismo,[3] y al parecer resultó, ¿inconscientemente?, maestro gestor de nuevos capitalistas para Estados proclamados como socialistas.

La confrontación esencial no está entre el socialismo y el capitalismo con sus ambigüedades conceptuales, sino entre la propiedad compartida, y todavía por introducir a escala social  moderna, y la propiedad privada, única vigente y secularmente defendida por las élites, y que ya la transfieren al espacio cósmico, a las profundidades de tierras y mares, al agua potable y al aire con sus potencialidades electromagnéticas, a la vida biológica con apoyo de biociencias desarrolladas con recursos sociales privatizados, los que también deben aceptar mutilarse con la privatización de la enseñanza, la salud, y los conocimientos y servicios de todo tipo, policíacos y militares incluidos.[4]

Triunfos cotidianos de la propiedad privada se manifiestan en frecuentes deseos de mejorías en cualquier servicio que en múltiples lugares echan en falta al dueño que sin duda enderezará lo torcido, o lo justo del cobro del total de lo que el trabajador aporte, sin descuentos siempre injustos si él consciente y generosamente no los decide, ni matices “sociales” como cuánto es ese total aportado, o lo “justo” incuestionable para otros.

Al caracterizar como socializada la gestión de los cooperativistas, se enmascara el carácter de propietario privado que cada uno tiene, independientemente de la forma en que organice y decida con sus iguales su actividad social, lo mismo que cualquier accionista de una empresa capitalista, cada uno con sus reglas de actuación. Cooperativistas también propietarios con capacidad de emplear trabajadores que reciban trato similar al de los empleados por cualquier pequeño o mediano empresario independiente (PYMEs en el mundo) que pueda también reconocerse en el territorio.[5]

La propiedad estatal no es necesariamente socialista, y por ejemplo, aún con proclamados objetivos socialistas, la asignación de ayudas estatales individualizadas tampoco consolida el socialismo si tales financiamientos serán gastados en mercados dominados por la empresa privada, y así a ella transferidos. Los niveles de vida seguramente mejorados por la generosidad estatal, y mayor popularidad lograda entre los ayudados directa e indirectamente por lo estatal, contribuirán al sostenimiento del proceso en marcha, pero poco o nada apoyarán en la formación de la conciencia de propietarios de recursos estatales compartidos entre todos.

Romper la posible división y profundización entre propietarios activos y propietarios pasivos de lo estatal solo es previsible con la voluntad expresa de impedir la formación de los segundos, haciendo de todos propietarios activos con la ejercitación de prácticas sociales orientadas a ello. Deberá instrumentarse el logro de vivencias para toda la población que demuestren su carácter de propietarios con derechos semejantes a los tradicionalmente reconocidos para la propiedad privada, como el control y la decisión, ahora con las limitaciones que la escala social y el compartir obliguen a reconocer. Y con la aparición y protagonismo de interlocutores iguales frente a los funcionarios y gobernantes condicionados por prácticas convencionales de actuación impune, salvo frente a los elegidos supervisores de su comportamiento frente a lo ajeno estatal, al ampliarse y diversificarse estos últimos, serán más difíciles sus deformaciones burocráticas o corruptas, y menos exitosas sus exhortaciones a confianzas y “buenos comportamientos” de los empujados a pasividades y distanciamientos de lo estatal, absolutamente ineficaces en la conformación de socialismos sostenibles.

Sobre el empleo de los recursos estatales, que según la práctica internacional resultan usados según el criterio de los gobernantes de turno, ha sido reiteradamente vinculado su carácter socialista al logro de un sistema de planificación estatal en que integrados todos sus niveles de dirección, desde el de nación al del barrio, propicie la participación de todos los integrantes de las comunidades de base, o sus representantes con sus distintas visiones e intereses. Podrán corresponder a dependencias gubernamentales de distintos alcances territoriales, o entidades defensoras de sus intereses laborales o sindicales, o empresariales, juveniles, religiosos, ecológicos o sociales de cualquier tipo. La efectiva participación que se logre, y las vivencias de ella derivada, aportarán la imprescindible experiencia para el reconocimiento popular de la propiedad activa y efectivamente compartida, y no solamente ajena por ser estatal.

Cuba dispone de un sistema parlamentario que se autorreconoce como el Poder estatal en  que cada ciudadano tiene cinco o siete representantes en distintas esferas de su organización (municipio, provincia y nación), que puede incluso demoverlos; tiene la capacidad de informar a todos, por vías formales e informales bien conocidas y selectivamente practicadas, sobre los temas de interés que en doble sentido interese intercambiar; y promueve y proclama la mayor participación efectiva de la población sobre el aparato estatal que es de todos y está al servicio de todos, según los incuestionados principios proclamados. ¿No será la búsqueda efectiva de esasprácticas participativas, con el protagonismo efectivo de cada ciudadano y sus representantes  ante el Estado, y el reconocimiento público de la propiedad estatal como socialista y de todos, no de “otros” o de “nadie”, lo que introduzca los cambios no tan sencillos que demande nuestro socialismo… quizás el primero que así se materialice efectivamente a nivel mundial?

También la decisión comunal de gastos estatales de resultados tangibles para sus decisores de barrio,[6] aun cuando represente una parte mucho menor respecto a lo utilizado por otros niveles de dirección y de gobierno, podrá aportar vivencias complementarias de control activo y de  disfrute local. Vivencias que incluyan las lógicas pugnas de cada nivel de gobierno para mejorar  su porción de recursos, y propiciatorias de que todos los antes diferenciados propietarios de lo estatal, los activos decisores y los pasivos receptores, compartirán las experiencias que los convertirán en propietarios todos activos de la propiedad compartida, la imprescindible para la concientización y formación efectiva de las nuevas personas socialistas que como pueblo unido, defiendan y perfeccionen un socialismo que pueda transitar al comunismo siempre buscado por nuestro Che.

 

[1] Entiéndase el uso del masculino como una simplificación a la imprescindible consideración, para todos los casos, del papel de la mujer, y rechazo del impersonal, cuando no lo es.

[2] Son los imprescindibles funcionarios de todos los niveles obligados a decidir según sus responsabilidades de gobierno, los cuadros dirigentes de la administración estatal y los de los organismos políticos actuantes sobre todos ellos. Ellos deciden sobre la asignación o entrega de recursos, desde dineros para inversiones  o donaciones, hasta el préstamo de un camión o de un especialista o de un local, y también sobre prestaciones sociales, también propias del Estado, como autorizaciones de acceso a lugares restringidos, a viajes, o a construir según lo legislado. La cuota de poder de cada uno será diferente, resultando propietario pasivo en todo lo demás, pero su personalidad estará marcada por su acción decisora, sin que se le pueda categorizar ni ser necesariamente un burócrata.

[3] B. B. Boldirev y otros, Las finanzas de los estados capitalistas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1984, pp. 459-60, con cita de V. I. Lenin, Obras Completas, t. 27, pp. 320-1.

[4] Gerardo Ortega Mendiburu, “Frente a la crisis de la propiedad privada, crear la propiedad compartida”, disponible en www.rebelion.org/noticia.php?id=85262.

[5] Componentes todos de una masa poblacional que bajo las reglas y motivaciones de la propiedad privada, pueden aportar la masa crítica propicia a cambios que ya conscientes capitalistas de Estado puedan promover en sustitución de prácticas autotituladas socialistas, pero sin acercamiento alguno a la ejercitación efectiva de la propiedad compartida.

[6] Como las propiciadas en Cuba por la Ley 91 de 2000, promotora de iniciativas con participación ciudadana en los Consejos Populares.

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