El desafío de nuestro socialismo: construir re-existencias. Entrevista a Yuleidys González Estrada

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Entrevista a Yuleidys González Estrada (Bayamo, 1983). Profesora Auxiliar de Gestión de Políticas Públicas y Sociales en la Universidad de Granma. Doctora en Ciencias Filosóficas por la Universidad de La Habana y coordinadora de la Plataforma Feminista de Promoción Sociocultural “La Cuarta Lucía”.

Fernando Luis Rojas (FLR): ¿Qué distancias ves entre el proyecto socialista que se planteó la Revolución cubana en sus primeros años y el que tenemos hoy, seis décadas después?

Yuleidys González Estrada (YGE): En sentido general, el proyecto socialista cubano de los primeros años de la Revolución estuvo matizado por un profundo carácter cultural que no limitaba la cultura a lo estrictamente artístico, pues se extendía a la subjetividad que el proceso debía construir en la justa medida en que se llevaban a cabo transformaciones de índole económica, política y social. Muestra de ello es la creación, en menos de un lustro, de instituciones como el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos, el de Radio y Televisión, la Casa de las Américas, entre otros.

También hay que incluir en esa vorágine de sucesos de marcado carácter cultural la fundación de un conjunto de organizaciones que aún forman parte de nuestra sociedad civil. Entre ellas, los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) y la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) son, tal vez, las de más largo alcance.

Una mirada desde la distancia temporal nos dice que en el momento en el que se crean tales organizaciones se estaba dotando a la sociedad cubana de una forma de interacción con el poder diferente a las tradicionales y es que, sin dudas, ambas constituyeron un impulso a la participación ciudadana de aquellos sectores que, hasta 1959, no habían sido tomados en cuenta. Se podía crear y defender el país desde los barrios organizados.

En este punto, el papel de la FMC fue trascendental, porque removía la esencia misma del sistema patriarcal. Incorporar a las mujeres al ámbito laboral, crear espacio para el diálogo sobre nuestro papel en la sociedad implicó una importantísima transformación cultural, especialmente en las zonas rurales.

Por ello, y por otras razones sobre las cuales se han hecho reflexiones más profundas, la Revolución cubana, como bien ha dicho Néstor Kohan, fue una enorme herejía; no una panacea, pues —junto al pensamiento propio, crítico y proactivo que se impulsaba desde las más altas esferas de la dirección política del país— coexistieron el burocratismo, la corrupción, las discriminaciones, las imposiciones y un largo etcétera.

Seis décadas después, nuestro proyecto socialista continúa siendo una feliz herejía. Sin embargo, se ha perdido un poco de vista la idea de la Revolución social como proceso visceralmente cultural. Es decir, como un proceso de subversión de la totalidad social; una cuestión que —a mi juicio— resulta estratégica. Sin dudas continúa siendo un proyecto que pone el acento en la búsqueda de la justicia y la equidad social, pero no hemos logrado trascender los marcos de la racionalidad moderno/colonial y del “progreso” como estrella polar; el mismo “progreso” que nos llevó al fracaso de la Zafra del 70 con sus respectivas consecuencias en todas las esferas de la realidad.

En fin, si de distancias se habla, hay que mencionar la diferencia entre los objetivos fundacionales y los actuales. Mientras que en el primer decenio del proceso era necesaria una campaña de alfabetización que llevara la educación a los lugares más intrincados del país, hoy el quid del asunto está en hacer más eficaz y coherente el proceso educativo, retomando la herencia pedagógica que nos legaran nuestros principales próceres y las patricias escasamente conocidas.

Algo similar sucede con la agricultura. En 1959 había que hacer una Reforma Agraria, urgía devolver la tierra a sus verdaderos propietarios. En este instante es indispensable deconstruir las relaciones de producción de la vida material y espiritual del sector agropecuario.

Carolina García Salas (CGS): ¿Cómo se comprende y se vive el socialismo cubano fuera de la capital del país?

Bueno, esta es una pregunta que requiere una respuesta más extensa de la que puedo dar, porque tendría que adentrarme en cómo se vive el socialismo en las tres regiones de la Isla y créeme, se vive de manera diferente en cada una de ellas; incluso en cada provincia. Comentaré sobre cómo se vive en el oriente cubano y más específicamente en Granma.

Me atrevo a decir que hay diferencias muy puntuales, siempre marcadas por la lógica centro-periferia. Un ejemplo claro se puede apreciar en la celebración del 28 de Septiembre y otras fechas importantes de la épica revolucionaria. Es bastante común que las personas se sigan reuniendo para celebrar la fundación de los CDR, sobre todo en los barrios más periféricos de las ciudades. Creo que en el oriente cubano, y no por casualidad, la gente —o una amplia mayoría— se sorprende viviendo el socialismo con esperanza; una esperanza que se fomenta, al menos en Granma, con acciones tan importantes como la creación de fondas en los barrios en las que se puede acceder a un menú de cinco platos cuyo precio máximo son diez pesos; también con las victorias alcanzadas por nuestro equipo de pelota que, más allá de ser un suceso deportivo, fue un hecho de consolidación de nuestra identidad granmense; también se aviva con la remodelación de nuestros sitios históricos.

Pero el socialismo acá, en las denominadas “áreas verdes”, también se vive con cierta resignación, yo diría que hasta con aplatanamiento. Siento que el verticalismo y la falta de creatividad tienen un sedimento que no hemos logrado remover de nuestras subjetividades, aun cuando tenemos la potestad para hacerlo y es que aún está muy asentada la idea de esperar por las orientaciones de “la nacional”.

Todo esto pasa por la comprensión, la mayoría de las veces solo desde el sentido común, de la Revolución cubana como una estampilla de esas en las que aparecen las imágenes de los santos y no como un proceso que se realiza o se estanca en nuestras prácticas cotidianas.

FLR: ¿Qué coincidencias y diferencias ves en la producción (académica, mediática) sobre este asunto en La Habana y fuera de ella?

YGE: Esta pregunta guarda una estrecha relación con la anterior, sobre todo porque la respuesta no puede dejar fuera cómo se sigue reproduciendo la lógica centro-periferia. Cuando analizas las temáticas de la academia en La Habana te das cuenta que hay una intencionalidad de teorizar sobre el marxismo y el socialismo, hay una preocupación por recuperar el acumulado conceptual y develar las contradicciones para construir desde ahí una sociedad otra que trascienda los marcos del patriarcado y el capitalismo. Un ejemplo de ello son ustedes mismos y el Instituto de Filosofía.

Mientras tanto, por acá se construyen investigaciones más prácticas, por llamarlas de alguna manera. Salvo en la Universidad de Oriente, que tiene una fortaleza importante en la carrera de Filosofía Marxista, quienes realizan estudios puramente teóricos sobre el socialismo cubano son una suerte de rareza.

Te pongo como ejemplo mi caso. Tuve la suerte de formarme como licenciada en la Universidad de Granma y como doctora en la Universidad de La Habana. Con la ayuda de mi tutora, la Dra. Natasha Gómez Velázquez, seleccioné un tema altamente controvertido: La teoría de la revolución social latinoamericana en las publicaciones periódicas cubanas de la década del 60; que demandaba un profundo análisis del pensamiento marxista cubano en sentido general. Muchas personas aún me dicen que es una rareza que una oriental haya trabajado un tema como ese. Defendí la tesis en 2014 y todavía no he podido constatar la presencia de otra investigación similar en mi provincia. Deben existir, pero hay una realidad, el estar lejos del centro dificulta la visibilidad de los aportes que realizamos desde las periferias. Bastaría con echar una ojeada a aquellos estudios hechos desde La Habana para apreciar que las citas a autores de las provincias del interior del país son mínimas. Sin embargo, esto no ocurre a la inversa.

CGS: ¿Qué rupturas marcó 1959 para la situación de la mujer en Cuba? ¿Después de esos primeros avances, cuáles otros consideras relevantes? ¿Cuáles son las debilidades y desafíos hoy?

Yo creo que, a partir del triunfo de 1959, aparece una voluntad institucional de reconocer que las mujeres somos personas y no objetos para la producción y la reproducción de la vida. Ello se tradujo en el incremento de los niveles de acceso a los medios de producción, a los espacios para la toma de decisiones y a la educación. Lógicamente, aquí la creación de la FMC tuvo una significación especial en tanto se estaba fundando una organización de y para las mujeres cubanas; organización que nace de la unificación de las organizaciones feministas y de mujeres ya existentes en el país.

Me parece importante mencionar, como uno de los procesos de ruptura más significativos, a la Campaña de Alfabetización. Si lo miramos detenidamente podemos apreciar que su impacto no estuvo relacionado solamente con el hecho de haber proporcionado un acceso masivo de las personas, en especial de las mujeres, a la educación. También fue una oportunidad para que otras se incorporaran al ámbito público, y ganaran independencia respecto a las familias. Hay que recordar que a los lugares más recónditos del país llegaron muchachas muy jóvenes a fungir como educadoras; muchas de las cuales, posteriormente, se integraron con nuevas herramientas a la vida laboral en diferentes sectores.

Tampoco puede dejar de mencionarse, entre los avances, los derechos a la salud y en especial al aborto asistido, la creación de los círculos infantiles para las mujeres empleadas, la creación de las Casas de Orientación a la mujer y la familia; así como —ya en el marco más contemporáneo— el reconocimiento de las licencias de paternidad.

Sin embargo, el camino para una verdadera emancipación de las mujeres aún es largo y está estrechamente vinculado al destino socialista de nuestra Revolución. A mi juicio ese camino pasa por el cambio de espíritu al que nos llamaba José Martí.

¿Cómo se entiende esto? Fíjate, a fuerza de práctica sistemática, el patriarcado, con todas sus matrices de opresión, tiene la particularidad de generar una dominación múltiple o de amplio espectro, como han fundamentado nuestros amigos y amigas del Grupo América Latina, Filosofía Social y Axiología (Galfisa), de ahí que como país socialista no escapamos a esa dominación porque es esencialmente cultural y se ha venido reproduciendo de generación en generación durante siglos. Hago referencia a este asunto porque constituye la base de los desafíos que tenemos por delante. Te pongo un ejemplo, la FMC ha trazado múltiples estrategias para la incorporación de las mujeres a la vida laboral, incluso de aquellas que han sido sancionadas a privación de libertad. Se ofrecen cursos de superación, acompañamiento a mujeres víctimas de violencia, pero aún no hemos logrado que estas últimas no sean revictimizadas cuando llegan a denunciar a una estación de la policía. O sea, lo que pasa en la mayoría de esos casos es que se nos culpa de haber sido golpeadas o violentadas.

Tampoco hemos logrado que los problemas que nos afectan en nuestra condición de mujeres, no solo de madres o esposas, estén en el centro de los debates que deben producirse en los diferentes niveles. De esta manera, cuestiones como la distribución equitativa de las almohadillas sanitarias —ojo, no digo igualitaria, que es lo que se hace—, la violencia ginecobstétrica, la invisibilización de nuestros saberes, de nuestra historia y de nuestra presencia mediante el uso de un lenguaje excluyente; la reproducción simbólica en los medios y en las etiquetas de los productos cosméticos de un paradigma universal de lo humano que discrimina a todas aquellas que existimos con nuestros cuerpos diversos, están en un segundo o tercer plano de los análisis, pero en el primero en nuestras vidas cotidianas.

Por eso, para mí el principal desafío que tenemos las mujeres cubanas tiene que ver con la necesidad de hacer de la construcción de nuestra re-existencia el centro del proyecto social que defendemos.

CGS: Algunos investigadores cubanos consideran que el tema de las desigualdades ha ido ganando mayor visibilidad en las ciencias sociales. ¿Cómo lo ves tú?  

En parte, sí. Hay varios estudios publicados en los que se ha llamado por su nombre a las desigualdades de clase, género, identidad sexo-genérica, etc. Tenemos varias experiencias en Granma con los resultados de investigaciones realizadas por el grupo de Cooperativismo desde finales de los 80 y otras más cercanas que han evaluado el impacto de la aplicación de los Lineamientos de la política económica y social del PCC. Lógicamente, tales estudios no han tenido la misma visibilidad que otros realizados por académicos de la capital, pero existen. El problema está en el hecho de que —después de convertirse en trabajos de diploma, tesis de maestrías y/o doctorados— muchas de ellas han ido a dormir el sueño de los justos.

FLR: ¿Qué lugar asignas a la sociedad civil en Cuba? ¿Con qué ventajas y obstáculos has lidiado desde la coordinación de la Plataforma Feminista de Promoción Sociocultural La Cuarta Lucía?

Permíteme empezar por el final pues esta es una pregunta que me llega muy cerca del corazón. Hace mucho tiempo comprendí que La Cuarta Lucía es hija de madre soltera. Y es que fundar es siempre una tarea muy solitaria porque la gente, por lo general, te tilda de loca y te deja por imposible, o se dedica a frenar lo que estás construyendo porque los saca de sus zonas de confort. Felizmente, he tenido la suerte de contar con el apoyo incondicional de amigas y amigos del Instituto de Filosofía que me han estado acompañando en este proceso.

Ahora bien, si vamos a hablar de las ventajas tengo que mencionar que, al menos en mi universidad, se trabaja mucho con las estrategias educativas de año académico. Estas, cuando se realizan adecuadamente, permiten crear proyectos extensionistas sobre temas diversos. Fue eso lo que me posibilitó crear La Cuarta Lucía en 2017, porque vi la oportunidad que estaba buscando para comenzar a realizar acciones desde una perspectiva feminista en mi universidad.

Otra de las ventajas que descubrí fue la de insertar el proyecto en la Asociación Hermanos Saíz (AHS); algo que podía hacer perfectamente desde la sección de Crítica e Investigación. Desde ahí es posible realizar una multiplicidad de actividades formativas y de promoción de una cultura no patriarcal con los asociados y el pueblo en general.

Sin embargo, en la corta vida del proyecto he tenido que enfrentar el hecho de contar con pocas personas que se asuman feministas desde una actitud política, comprometida con la despatriarcalización y no solo con abrir nuevos empleos para mujeres o ascenderlas a cargos de dirección. Esto también está relacionado con lo mi respuesta sobre las diferencias en torno a la producción académica que se realiza acá y la que se lleva a cabo en la capital. Y es que la falta de estudios sobre el pensamiento filosófico, político y cultural se hace sentir cuando coordinas un proyecto como este que requiere fortalezas en ese ámbito.

A ello súmale que, a pesar de la importancia que tienen las organizaciones que conforman nuestra sociedad civil en cuanto a la organización del pueblo, a la posibilidad que tienen de impulsar proyectos para articular a personas de diferentes sectores sociales en aras de construir un socialismo más justo e inclusivo, muchas veces están tan embebidas en lo que consideran su “función social” que descuidan ese proceso de descolonización cultural que nos es imprescindible. Esto también ha sido un obstáculo que hemos tenido que enfrentar como plataforma de promoción sociocultural.

No obstante, seguimos intencionando nuestro trabajo y abriendo caminos, buscando alianzas y construyendo; ahora también con la Red de Educadoras/es Populares en Granma.

CGS: Recientemente se aprobó en referendo la nueva Constitución cubana. ¿Qué comentarios te merecen el proceso de discusión, el referendo y el texto constitucional? ¿Qué retos plantea al activismo feminista?

Pienso que todo el proceso de reforma constitucional nos dio la oportunidad de dialogar con el pasado, el presente y el futuro. Fíjate que ese diálogo no solo se dio en los espacios formalmente concebidos, sino también en las calles, en los pasillos, por todas partes se escuchaban comentarios al respecto. Creo que las personas tuvieron una participación bastante activa en el proceso de discusión del proyecto. Sin embargo, no todas llegaban con una lectura consciente del documento; unas veces porque no habían logrado acceder a él, pues se agotaba muy rápidamente en los estanquillos, y otras por falta de gestión.

Lo que si me llamó la atención es que no hubo quien no supiera de la existencia del artículo 68 y se levantara en las reuniones de consulta para votar en contra o a favor, en ocasiones solo con las referencias de quienes llegaron a reducirlo al casamiento entre dos personas del mismo sexo. Me parece que los debates en torno a este artículo mostraron fundamentalismo religioso, y discriminaciones contra las cuales la nueva Constitución debe defender a la ciudadanía cubana. Una vez más se demostró la importancia de profundizar la transformación cultural que debe llevar a cabo una revolución como la nuestra.

Ahora bien, en torno al referendo… bueno, en lo personal me permitió constatar que no he estado arando en el mar con mis estudiantes de La Cuarta Lucía; unas muchachas a las que vi con un profundo compromiso político, tanto que se sumaron a la campaña por el “Sí” de una manera excepcional. Imagínate que tomaron la determinación de realizar acciones en la Facultad y en los preuniversitarios. Pero lo que más me emocionó fue la profundidad y la sensibilidad de sus reflexiones. Desde ahí, desde la sensibilidad, tocando las fibras, trayendo el significado humano de las conquistas de nuestra Revolución, dialogaron con adolescentes y jóvenes acerca de las razones para votar por el “Sí”. Sé que muchos estudiantes de nuestra Universidad esperaban el llamado para acompañar la campaña, pero siento que no lo intencionamos suficientemente.

Algo similar ocurrió con las redes sociales, un territorio en disputa donde ya Trump demostró que se pierde o se gana un proceso. Nos faltó presencia en los debates. De momento me sentaba frente a la PC —me tomo con mucha fuerza el tema de ser guerrillera digital aunque me falten algunas herramientas metodológicas— y veía con dolor trescientas respuestas a un tuit de Díaz-Canel de las cuales todas menos una convocaban a la abstención o a votar por el “No”. Definitivamente tenemos que dejar la ingenuidad o la terquedad y dar la batalla como ciudadanas/os, militantes, gente de la revolución, en las redes sociales.

En cuanto al texto constitucional, pienso que tiene muchos aspectos en los que supera al del 76. En ese sentido, creo que tiene especial significación el hecho de reconocer como guía a lo más avanzado del pensamiento revolucionario, antimperialista y marxista cubano, latinoamericano y universal, en particular por el ideario y ejemplo de Martí y Fidel y las ideas de emancipación social de Marx, Engels y Lenin. Si se toma en cuenta que en la anterior solamente se enunciaba en este punto a la doctrina victoriosa del marxismo-leninismo, se puede notar que hay un cambio importante; más bien radical. Uno que recupera la historicidad de nuestro proceso y la del marxismo, además, nos sitúa en una lógica distinta a la dogmática del marxismo de origen soviético. Esto es trascendental y responde a un llamado que precisamente lo más genuino del pensamiento marxista cubano ha venido reclamando desde hace muchos años. Sirva entonces de tributo a nuestro Fernando Martínez Heredia que nunca perdió la fe. Ahora nos toca hacer que ese enunciado sea práctica cotidiana y no letra muerta.

¿Por dónde empezar? Por asumir que nada hay más político que la Cultura y nada más cultural que la Economía. Por eso, y ahí te respondo sobre los desafíos para el activismo feminista, es necesaria la visibilización de los aportes de los movimientos de mujeres y feministas, la socialización de sus historias de vida y su incorporación a los fundamentos políticos de nuestra praxis revolucionaria. Tenemos la obligación de aprender el idioma de la inclusión y alejarnos de la “economía del lenguaje”. Pero tenemos un desafío mayor y es el de hacer de la despatriarcalización un proceso real, coherente con nuestra intencionalidad de construir una sociedad más justa y equitativa.

FLR: A partir de tus investigaciones, tu actividad comunitaria y tus experiencias de vida, ¿cuáles son los retos que se presentan hoy a la mujer negra rural?

Me atrevería a decir que el primer reto consiste en la visibilización de los desafíos que se le presentan en los diferentes ámbitos, pues aunque se han realizado varios estudios sobre ellos en sentido general, creo que nos falta incluir las violencias a las que son sometidas por cuestiones de raza. Tampoco las he visto tratadas en los estudios de género que se han realizado como parte de los proyectos de colaboración internacional que apoyan el desarrollo agrícola en esta parte de la Isla.

Confieso que, a pesar de haber realizado investigaciones sobre las violencias de género en zonas rurales de mi provincia, no he indagado cómo se entrecruzan ambas realidades. Pero, desde mi activismo feminista y mi experiencia de vida, puedo decir que las mujeres negras que vivimos en el oriente cubano pasamos por violencias que, en la mayoría de las ocasiones, ni siquiera asumimos como tales.

A mi juicio, la fundamental tiene que ver con el establecimiento de la blanquitud como premisa del éxito. Si se hace una comparación, se verá que es más común hacerse desriz y rolos para alisar y amoldar el pelo entre las mujeres negras orientales que en las de occidente. Lo que me causa conflicto no es tanto que nos alisemos el pelo sino que casi perdamos nuestra condición de ser persona quienes optamos por no hacerlo. Esto se vive diferente en otras zonas del país, especialmente en La Habana.

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