En camino a La Habana: la promesa de la visita de Obama

Este artículo forma parte de la serie: 

Foto: Fernando Medina/Cubahora.

 

 

El viaje del presidente Barack Obama a Cuba el 21 y 22 de marzo marca un momento crucial en el proceso de la normalización entre Cuba y los Estados Unidos. En los quince meses transcurridos desde que Raúl Castro y Obama declararon el fin de la Guerra fría en el Caribe, el 17 de diciembre de 2014, ha habido apenas suficientes progresos para justificar la histórica visita presidencial. Mucho más queda por hacer. Al subrayar el compromiso de ambos presidentes en priorizar el mejoramiento de las relaciones durante el tiempo que resta de sus mandatos, el viaje deberá servir para impulsar a que sus burocracias gubernamentales aceleren el ritmo de cambio.

Después de un lento inicio (la apertura de las embajadas se tomó seis meses) el progreso diplomático ha avanzado extraordinariamente rápido. Los equipos diplomáticos que negociaron la restauración de las relaciones diplomáticas se transformaron en comisiones bilaterales que se reúnen trimestralmente para supervisar y priorizar a dos docenas de grupos de trabajo y conversaciones técnicas, que se ocupan de una amplia gama de asuntos, desde derechos humanos, reclamaciones mutuas de propiedades, migración, tráfico de personas, aplicación de la ley, cooperación en operaciones antidrogas, seguridad marítima, hasta protección ambiental, cooperación entre guardacostas y en temas de salud global.

En los últimos siete meses, los secretarios de Estado, Comercio, Transporte y Agricultura de los Estados Unidos han viajado a La Habana; y los ministros cubanos de Relaciones Exteriores y Comercio Exterior e Inversión han visitado Washington. Los dos gobiernos han firmado hasta ahora cuatro acuerdos de cooperación sobre la protección del entorno marítimo en el Caribe, y del medio ambiente de manera más amplia, aviación civil y correo postal. Los acuerdos sobre cooperación en salud global y operaciones antidrogas parecen a punto de concluirse, sujetos quizás únicamente ya a la aprobación presidencial final.

Sin embargo, el progreso en el frente económico ha sido agónicamente lento. Una parte clave de la estrategia de Obama ha consistido en rebajar la aplicación de las sanciones económicas como para promover sólidos vínculos comerciales con Cuba. El propósito consiste tanto en suscitar una base de apoyo doméstico en el sector de los negocios que esté interesada en la continuación de la apertura con Cuba después de que Obama deje la presidencia, como en crear condiciones en Cuba que favorezcan una mayor libertad económica, según Obama le comentó a Yahoo News en entrevista realizada en el aniversario del 17 de diciembre del año pasado: “Mientras más ellos vean los beneficios de la inversión norteamericana, la presencia de los dólares de los turistas norteamericanos en su economía, la apertura de las telecomunicaciones, que los cubanos reciben la información libre de censura, mayor será la base para los cambios mayores que tendrán lugar en el futuro”.

La apertura a Cuba ha creado un gran interés entre los empresarios norteamericanos. Más de doce delegaciones comerciales han viajado al sur, cuatro de ellas dirigidas por gobernadores en funciones: Andrew Cuomo, de Nueva York; Asa Hutchinson, de Arkansas; Greg Abbott, de Texas; y Terry MacAuliffe, de Virginia. Pero solo un puñado de contratos se han firmado: el progreso real se ha visto disminuido por los obstáculos que se presentan en Washington y en La Habana.

La primera ronda de cambios en las regulaciones norteamericanas, en enero de 2015, dirigida a facilitar el comercio, reveló su ignorancia acerca del sistema de regulaciones cubanas, de manera que la mayoría de las oportunidades que se proponía crear fueron ilusorias. Las tres rondas siguientes (la última de las cuales fue anunciada el martes pasado) han creado posibilidades más realistas, al permitir a los negocios de Estados Unidos que establezcan oficinas en la Isla y puedan vender a las empresas estatales en beneficio del pueblo cubano.

Las nuevas regulaciones también pusieron fin a la prohibición del uso del dólar norteamericano en las transacciones financieras internacionales, elemento esencial para permitir que tanto las empresas norteamericanas como extranjeras puedan trabajar en Cuba, y flexibilizaron las restricciones de los viajes, al permitir a los residentes en los Estados Unidos programar sus propias visitas educativas pueblo a pueblo, sin tener que hacerlo en paquetes de viajes preestablecidos.

Pero las empresas norteamericanas todavía no pueden invertir en la Isla, ni asociarse con empresas estatales, excepto en el área de las telecomunicaciones; ni las empresas estatales cubanas pueden exportar productos hacia los Estados Unidos.

El mes pasado, la Secretaria de comercio, Penny Pritzker, le señaló, de manera franca, al Ministro de Comercio Exterior e Inversión extranjera, Rodrigo Malmierca, la cuestión de los obstáculos del lado cubano. Las empresas extranjeras en Cuba no pueden contratar trabajadores libremente, lo tienen que hacer a través de una empresa estatal. Las regulaciones cubanas no son transparentes y las decisiones sobre los contratos comerciales propuestos se demoran en tomarse. Penny también solicitó al gobierno cubano que flexibilizara las regulaciones respecto al sector privado, facilitando que esos empresarios hicieran negocios con los Estados Unidos.

La visita de Obama es una oportunidad para lograr que el gobierno cubano levante estos obstáculos, de manera que las empresas norteamericanas pudieran entrar al mercado cubano de manera más probable, a fin de que la política de la normalización se haga “irreversible”, para usar el término del segundo Asesor de Seguridad nacional, Ben Rhodes.

Algunos críticos han considerado que el viaje de Obama no ocurre en el momento justo, argumentando que ha habido poco cambio político en Cuba como resultado de la normalización, particularmente en el área de los derechos humanos. Hablando acerca del próximo viaje, el pasado diciembre, el propio Obama pareció poner la vara alta cuando dijo: “Me gustaría utilizar la visita como un medio para llamar la atención sobre este progreso […] no me interesa solo validar el actual status quo”.

Pero como ha señalado Rhodes, yendo ahora la administración dispone de diez meses para trabajar en los detalles de implementar acuerdos que los dos presidentes pudieran alcanzar en principio. Si Obama hubiera esperado hasta el fin del año, su viaje a Cuba hubiera sido apenas unas “vacaciones”.

El tópico de los derechos humanos será una prioridad en la agenda de Obama. A solicitud de los Estados Unidos, Cuba les ha permitido recientemente a algunos disidentes veteranos que viajen fuera. Pero los arrestos breves de la disidencia alcanzaron su punto más alto en cinco años el pasado enero; y la segunda ronda sobre el diálogo bilateral de los derechos humanos que el secretario de estado John Kerry había planeado encabezar se pospuso. La Casa Blanca ha anunciado que Obama se reunirá con los disidentes durante su visita, así como con una amplia representación de los líderes de la sociedad civil. Tratará la cuestión de los derechos humanos en un plano privado con Raúl Castro, como lo ha hecho en sus reuniones anteriores, y públicamente, cuando se ha dirigido al pueblo cubano.

¿Cuáles son las “entregas” mas esperables de la visita de marzo? ¿Serían esperables nuevos acuerdos de cooperación sobre temas de interés común, o algunos cambios en las regulaciones comerciales cubanas para facilitar el intercambio? El viaje también podría impulsar las discusiones en curso sobre temas más difíciles, como las reclamaciones de propiedad, la emigración y la aplicación de la ley. Nuevos acuerdos comerciales podrían anunciarse en coincidencia con el viaje, incluyendo uno que permitiera a los jugadores de beisbol cubano firmar contratos con las Ligas Mayores, sin abandonar su patria. La última reforma a las regulaciones norteamericanas creó las condiciones para permitir a los cubanos, atletas incluidos, aceptar salarios de los Estados Unidos.

En 1972, el viaje del entonces presidente Richard Nixon a China marcó el inicio de un nuevo capítulo en las relaciones sino-norteamericanas. Washington abandonó la ilusión de que aislar a China daría lugar a un cambio de régimen; y reconoció que los intereses norteamericanos se beneficiarían mejor mediante el compromiso. El histórico viaje de Obama a Cuba marca un momento similar, igualmente significativo en el cambio de la política norteamericana. No resolverá todos los asuntos pendientes entre los dos países, como tampoco ocurrió con el viaje de Nixon. Pero simboliza la decisión de este presidente de hacer avanzar las relaciones lo suficiente hacia la normalización de manera que no haya regreso.