Fidel y Omar: momentos y escenarios de una convergencia vigente

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El pensamiento político del general Omar Torrijos no vino de fatigosas elaboraciones ideológicas. Él era un revolucionario honesto y “tenía un norte” para elaborar sus concepciones, en diálogo con la realidad y la gente en quienes más confiaba: campesinos, sindicalistas, ex líderes estudiantiles e intelectuales comprometidos con recuperar la soberanía del país e impulsar su desarrollo socioeconómico[1]. Esto se reflejaba en las cualidades de los líderes que él más admiró, como Sékou Touré, Samora Machel y Amílcar Cabral, así como el mariscal Tito.

Cuando supo del asesinato de Amílcar, dijo: “la bala que extinguió físicamente a Cabral hirió profundamente los sentimientos de todos los que luchamos por una patria entera, dueña de sí misma”[2]. Años después, cuando hablaba del líder de un país pobre con gran dignidad, destacaba a Samora Machel, deseando que ojalá los líderes latinoamericanos actuaran como ese. Poco antes de su sospechosa muerte, Omar planeaba alargar hasta Mozambique un próximo recorrido internacional, para conocerlo personalmente[3]. A tales simpatías correspondió su temprana ayuda a los sandinistas cuando estos aún eran poco conocidos, así como su apoyo a los insurgentes de Guinea-Bisáu.

Rómulo Escobar Bethancourt, veterano asesor político del general Torrijos –y quien además dirigió el equipo que negoció frente a Estados Unidos los Tratados del Canal de Panamá–, fue su mensajero personal para establecer contacto con uno de sus principales interlocutores, Fidel Castro, con quien Omar llegó a compartir genuina amistad. Como Rómulo cuenta, la fraternal relación de Torrijos con Fidel surgió de su rápida comprensión mutua, expresiva de las características de uno y otro, y de los procesos políticos que dirigían.

Desde finales de los años 60 ya todos los gobiernos latinoamericanos ‑‑salvo el de México‑‑ habían claudicado ante la presión norteamericana y roto relaciones con Cuba. En esas circunstancias, a fines de 1971 la marina cubana apresó dos los buques de bandera panameña cuando desembarcaban agentes y equipos de la CIA en la Isla. Esos barcos pertenecían a un conspicuo contrarrevolucionario, antiguo magnate maderero, y ninguno de sus tripulantes era panameño.

Las autoridades estadunidenses presionaron para formar un escándalo y hacer que Panamá reclamara la entrega de ambos capitanes. Omar hacía poco que controlaba el poder político y no deseaba una querella con Cuba, lo que implicaría asumir una actitud hostil a su Revolución. Estuvo muy atento a lo que Fidel diría, y junto con Rómulo lo escuchó por onda corta. Lo impresionó que Fidel estaba dispuesto a darle explicaciones al gobierno panameño, pero no al de Washington. Al oírlo exclamó: “este es el momento de enviar una delegación a Cuba”, y comisionó a Rómulo para ello.

Rómulo Escobar era a la sazón Rector de la Universidad de Panamá, y se ocupaba de recomponer las relaciones entre el incipiente torrijismo y las organizaciones estudiantiles. La impronta de la delegación la marcaron los universitarios, no los militares. Fidel explicó el asunto de los barcos y ofreció entregarlos al gobierno panameño, a condición de que este no los devolviera a su anterior propietario. Además, dialogó sobre todos los demás asuntos que los panameños quisieron.

Le expresó a Rómulo que, aunque él no conocía a Torrijos, tenía la impresión de que ese hombre creía de veras en lo que estaba haciendo y estaba dispuesto a morir por la liberación de su país. Pero en un aparte le pidió decirle a Omar que este corría el riesgo de quedar atrapado en un callejón sin salida, y que los norteamericanos podían masacrar al pueblo panameño como lo estaban haciendo en Vietnam. Que como dirigente tenía la responsabilidad de actuar de tal forma que, si podía evitar la violencia, la evitase.

Cuando Rómulo le transmitió ese mensaje a Omar este exclamó: “¡Eso fue lo que te dijo!”, y lo hizo repetir el recado. Y comentó: “Yo estaba convencido de que ese hombre me iba a mandar una ametralladora”. Le impactó que Fidel no le enviara un mensaje de violencia revolucionaria sino de amistosa preocupación. Según Rómulo, ahí nació el aprecio que Omar le tomó a Fidel, y desde entonces quiso ir a Cuba a conocerlo, aunque no fue hasta inicios de 1976 que lo pudo hacer.

Sin embargo, dos años antes, al hablar ante el Consejo de Seguridad de la ONU, insólitamente convocado en Panamá para examinar la controversia con Estados Unidos por la cuestión del Canal, Omar aprovechó esa tribuna para resumir su pensamiento anticolonialista, y ahí destacó que “Cada hora de aislamiento que sufre el hermano pueblo de Cuba constituye sesenta minutos de vergüenza hemisférica”.[4]

Torrijos recibió reiteradas presiones estadunidenses para que rechazara relaciones con Cuba, pero nunca se prestó a hacerlo. “Se me caería la cara de vergüenza”, dijo, al calificar la actitud de otros gobiernos latinoamericanos, que contrastó con la de México. Creía preferible discutir con Cuba cualquier desacuerdo que prestarse a ser un peón del imperio. Como Rómulo lo reseñó, en los siguientes años Omar y Fidel discreparon sobre distintos asuntos. “La franqueza de esas discrepancias demostraba el gran vínculo de cariño entre los dos. Nunca se trataron con hipocresía ni con actitud de protocolo. Se hablaban, se comunicaban con mucha sinceridad”.[5]

Esa relación se desarrolló dialogando sobre un asunto de común interés: la determinación, sagacidad y solidaridad que implicaba la lucha por la liberación y la soberanía nacionales. Liderada por Fidel, la Revolución Cubana había fusionado dos corrientes históricas: la de la lucha por la liberación nacional y el desarrollo social ‑‑prefigurada en el siglo XIX por José Martí‑‑ y la de la lucha por el socialismo, como cabía asumirla entonces, a comienzos de la segunda mitad del siglo XX. En Cuba, el proceso de liberación nacional se consolidó y sostuvo gracias a esa pro