Homofobia y cultura cívica. A propósito de algunas de las discusiones en torno a la Constitución

A propósito de las discusiones que se han desarrollado en todo el país en torno a la Constitución, y en particular sobre el artículo 68 que define al matrimonio como la unión legal entre dos personas, Catalejo publica íntegramente el panel de Último Jueves celebrado el 30 de abril de 2009, dedicado a hablar sobre homofobia y cultura cívica en Cuba. Nueve años separan aquel intercambio entre los panelistas y el público habitual del UJ, ¿cuánto han cambiado las inquietudes? ¿Seguimos siendo los mismos? revise este panel de  discusión realizado en el Centro Cultural Cinematográfico ICAIC.

 

Rafael Hernández (moderador). Politólogo. Director de Temas.

Norge Espinosa. Dramaturgo, poeta y ensayista.

Isidro Hoyos. Sacerdote católico. Iglesia de Alamar.

Zulendrys Kindelán. Abogada. Centro Nacional de Educación Sexual (CENESEX).

 

Rafael Hernández: El foco de este panel son las formas en que la cultura cívica prevaleciente en nuestra sociedad reacciona ante la homosexualidad en la realidad contemporánea. Para ello hemos invitado a personas de distintas edades, profesiones y experiencias, a fin de que aborden este tema. También habíamos convocado a otras, que no han podido concurrir, entre ellas a dos escritoras que han abordado en su obra el tema lésbico. Tratamos de componer un panel lo más diverso posible, puesto que ese es el objetivo de nuestras sesiones.

Esta no es la primera vez que la revista trata el tema. Hemos publicado ensayos que han analizado extensamente el problema; por ejemplo, el Premio Temas de ensayo del año 2005 —que se publicó en 2006— fue «La Habana de carmín: al otro lado del espejo», de Abel  Sierra; «Transformistas, travestis y transexuales: un grupo de identidad social en la Cuba de hoy», de Janet Mesa y Diley Hernández, en el año 2004; «Género y diversidad. Desigualdad y orientación sexual en Cuba», de Natividad Guerrero, en 1998; «Oye loca. Las identidades y la cultura masculina gay cubano-americana», de Susana Peña; en 1998; «Feminismo y masculinidad», de Julio César Pagés, en 2004; «La identidad gay en el cine latinoamericano», de Joel del Río, en 2005; «El gay y otros sujetos semejantes en el audiovisual cubano», de Frank Padrón, en 2007; además de otros textos que han abordado el tema colateralmente.

Dice la Real Academia Española que la homofobia es la «aversión obsesiva hacia las personas homosexuales»; y cultura cívica es «perteneciente a la ciudad o los ciudadanos». Queremos saber la relación entre la cultura predominante en los ciudadanos y la aversión a las personas de orientación homosexual; ese es el centro de este debate. Más allá de estas definiciones de la Real Academia, que como suele hacer, son bastante escuetas, la primera pregunta es: ¿de qué estamos hablando?, ¿qué es la homofobia, cuál es su naturaleza, cómo se define?

Isidro Hoyos: Para tratar de contestar, me voy a atener más que a una definición técnicamente ya entendida —ya Rafael dio la de la Real Academia—, a lo que llamaríamos una definición descriptiva; es decir, por las consecuencias como se manifiesta la homofobia. El intelectual español Gregorio Marañón dice: «Durante casi toda la historia de la humanidad, la homosexualidad ha sido considerada torpemente como un crimen, y penada con los castigos más atroces». Esto expresa hasta qué punto estaba consolidada y extendida la opinión del peligro y perversión de la homosexualidad.

Otro escritor dice: «La imagen de la homosexualidad despierta la mayor parte de las veces la alarma, y pone en marcha considerables fuerzas contra ella; fuerzas que nadie puede esperar, razonablemente, que no actúen violentamente».

Un homosexual describe así su situación: «Los negros sufren marginación, pero tienen una familia de negros donde pueden ser contenidos, consolados y abrazados por ser negros. Los judíos sufren racismo, pero tienen una familia de judíos que los entiende, alienta y consuela por ser judíos. Las mujeres son tratadas con indignidad o inequidad, desigualdad; pero en su casa casi siempre tienen otras mujeres ante las cuales pueden llorar y expresar la rabia de ser rechazadas o maltratadas. Los homosexuales somos extranjeros en nuestra patria, en nuestra propia tierra, es más, en nuestra propia familia, en nuestra propia casa; tenemos que callar y sufrir en silencio lo terrible que es —perdonen la expresión, pero es textual— ser puto».

Incluso el arte ha develado este sufrimiento, hubo conmoción ante la primera obra de teatro de este tema que recorrió el mundo; se llamaba Los chicos de la banda, y tenía como lema: «Pídeme un homosexual feliz y yo te daré un cadáver sonriente». Son también memorables algunas de las bromas crueles que surgieron a partir de la aparición del VIH-SIDA, y de la consecuente muerte de cientos de homosexuales en los Estados Unidos. Una que circuló en los ambientes de San Francisco, y que resultó a fin de cuentas una de las más populares, refleja este alto nivel de sufrimiento: se trata de un hijo que llega a hablar con su mamá; sentados los dos en la sala de su casa, el hijo propicia una buena confidencia: «Mami, tengo dos noticias que darte, una buena y otra mala, ¿cuál quieres que te diga primero?» —pregunta. «Ay, hijito —contesta la mamá—, dame primero la mala noticia». Entonces el hijo le contesta: «Mamá, la noticia es que soy gay». La madre, secándose las lágrimas, le responde: «Ay, hijito, ¿y cuál es la buena noticia?». El hijo responde: «La buena noticia es que tengo SIDA y me estoy muriendo». No quiero con esto insinuar ni aprobación ni desaprobación de la homosexualidad, simplemente detectar la carga de irracionalidad que bajo esta postura puede esconderse, y que debe ser esclarecida para que no nos impida obrar como personas.

Norge Espinosa: La pregunta en sí es bastante compleja, porque cuando hablamos sobre homofobia ya ni siquiera estamos hablando de lo que se decía antes de que el término empezara a aparecer en letra escrita. Es un término bastante joven; tiene prácticamente la misma edad que el movimiento de lucha por los derechos de las minorías sexuales. Se dice que la primera vez que apareció escrita fue justamente el 31 de octubre de 1969, en la revista American Science, en un artículo del psicólogo George Weinberg. Al definir determinadas cuestiones que comenzaban a debatirse a una temperatura muy alta, con respecto a lo que empezó a visibilizarse con las acciones pre-Stonewall y post-Stonewall —añadidas a lo que venía fundamentando, desde los años 50, la existencia de una comunidad homosexual básicamente norteamericana como la Mattachine Society, pero que también respondía a la comunidad de este tipo en el Reino Unido y otros países europeos—, la palabra encerraba, en esa primera imagen, justamente aquello contra lo que evidentemente estaban enfrentándose esos primeros luchadores, esos pioneros de la lucha de los años 60, que el 28 de junio de 1969 decidieron responder, con algo más que nada en las manos, a la policía que intentó hacer una nueva redada en el bar Stonewall Inn, dando con sus acciones inicio a toda la batalla que hasta hoy sigue ocurriendo.

Cuando hablamos de homofobia nos referimos a una batalla que no ha terminado. La homofobia es definida por George Weinberg, en el artículo mencionado, como una fobia, una especie de mórbida e irracional respuesta contra aquello que las personas no entienden, con respecto a lo que pueda atraer a otras personas del mismo sexo para tener una relación que vaya más allá de lo que aparentemente puede ser civilidad o confraternidad, en términos, digamos, conservadores. Su concepto base era «una fobia hacia los homosexuales, un miedo que parecía estar relacionado con el terror al contagio, y a la disminución del valor de las cosas por las que se ha luchado: hogar y familia. Era un miedo de origen religioso que ha conducido a actos de gran brutalidad, como suele suceder con todo lo que se basa en el miedo.»

Homofobia es hoy, por encima de todo —y en eso quiero salir un poco de lo que aparentemente quiere decir—, no solo la reacción adversa a la posibilidad de que dos personas del mismo sexo puedan tener una atracción entre sí, física, espiritual, emotiva; es un mecanismo de poder, entronizado en términos políticos, ideológicos, de industria, de gueto, que ha encontrado una serie de respuestas inmediatas incluso económicas, y que crean mercados, credos, industrias; y cuerpos deseables o no deseables dentro del propio concepto. Además, suscita cuestiones muy candentes con respecto a qué es la sexualidad exactamente, pero proyectándolas a otros niveles de asuntos civiles, legales, que tocan muchos otros aspectos, que probablemente están muy distantes de lo que esa palabra, cuando apareció por primera vez, quería significar.

Hoy por hoy, homofobia es un término muy discutido, que inmediatamente generó varios contra-términos, porque tal como está planteado semánticamente resulta un tanto ambiguo para lo que se supone que quiere decir. Ya en 1967, antes de que se entronizara el de homofobia, existía el de homoerotofobia, también provocado, producido, generado, por otro especialista norteamericano, Wainwright Churchill. Cuando uno se enfrenta a los estudios de género, se encuentra con una enorme cantidad de catalogaciones, que tratan de encerrar algo que se escapa. Cada día más, el ser humano tiene, o pretende tener, mayor conciencia de su cuerpo; cada vez más, intenta entender que este es una clave de libertad, probablemente la única pertenencia real de la cual tenemos una verdadera garantía y, por ello, cada vez que se habla de sexología, heterofobia, homofobia, transfobia, estamos hablando no solamente de sexo.

Zulendrys Kindelán: Estoy muy de acuerdo con lo que se ha dicho hasta ahora, y comparto el criterio de que pudiéramos entender la homofobia —aunque en un difícil punto de definir y dar conceptos— como el rechazo, la actitud de temor, miedo irracional hacia estas conductas de las personas que se sienten atraídas por otras de igual sexo, aunque bien valga la aclaración de Norge, que no es solamente en el plano sexo-erótico. Solo quiero añadir que sobre el concepto de homofobia, en sí mismo, hay importantes debates, en el sentido de que este término no contempla otras fobias que se relacionan con el tema. Por eso hoy se habla, también, de lesbofobia, transfobia, etcétera.

Todos estos términos aluden a un sentimiento o una conducta que genera ansiedades, sufrimientos en el otro; o sea, en la persona que sufre la homofobia, y provoca muchas veces su aislamiento. Esto es muy importante, porque los seres humanos son seres sociales, y la condición de aislamiento que sugiere la homofobia puede crear traumas irreversibles.

Hoy, muchos debates se aproximan a la denominación de «homofobia cívica» para identificar su incidencia en el proceso de construcción de la ciudadanía, o sea, en la concepción misma de qué se entiende por ciudadano o ciudadana. Serlo significa, desde el punto de vista jurídico, que la persona pertenece, en principio, a un espacio geográfico, y por este hecho es portadora o acreedora de un conjunto de derechos y de obligaciones. Esa condición se construye a partir de lo que la sociedad dictamina como correcto, como lo que debe ser el comportamiento. Cuando hablamos de ciudadano, generalmente pensamos en un hombre, blanco, propietario, inteligente, heterosexual; porque eso fue lo que heredamos de los franceses, que iniciaron los conceptos de ciudadanía tras las revoluciones que culminaron en la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano; y aunque en los últimos tiempos esa idea se ha modificado, por diversas circunstancias, en la mayoría de las sociedades pervive, en esencia. Esto no quiere decir que las personas homosexuales no sean consideradas ciudadanas, sino que en el proceso de construcción de la ciudadanía, que implica prácticas sociales importantes, el modelo señalado las pone, desde el principio, en desventaja, pues no pueden disfrutar plenamente de muchos de los derechos políticos y económicos fundamentales relacionados directamente con la condición de ciudadano/a. Ahí es donde entronca el concepto de homofobia cívica. Frente a esta idea, hoy se debate el término de «ciudadanía sexual», que pretende reivindicar un conjunto de derechos para homosexuales, transexuales, etc., como el cambio registral de los datos de sexo y nombre en el Registro del Estado Civil, así como en los documentos de identidad, el reconocimiento legal de las uniones homosexuales, y otros.

Rafael Hernández: Si pensáramos ahora en aquellas aristas que tienen que ver con la sociedad, con las actitudes prevalecientes en los ciudadanos comunes y corrientes, en su mentalidad, en su cultura, ¿qué causas atribuibles a la sociedad y a la cultura están presentes en el fenómeno de la homofobia?, ¿qué causa la homofobia, desde el punto de vista de las actitudes sociales?

Isidro Hoyos: Pensando un poco en estas causas, no sé si voy muy lejos, pero me parece conveniente o importante señalar que una causa de causas —causa causante, se le dice en filosofía—, es la cultura patriarcalista. En virtud de ella, la superioridad, tanto en la familia como en la política y la religión, era —y es— atribuida netamente al varón. La homosexualidad representa una degradación de la masculinidad según esta cultura, pues asume ante la vida y ante la sexualidad una actitud pasiva, propia de la mujer. Una de las raíces más profundas de la homofobia, dice también un intelectual, es la conexión, inconsciente en gran parte, entre la homosexualidad, la esterilidad y la muerte.

Otra causa, también general, diría que es la falsa reverencia sacralización del semen. Por una inexacta comprensión biológica, se creía que el varón, aportando la esperma, se constituía en el único poseedor y trasmisor de la vida. El semen era ya una vida humana o algo próximo a serlo; la mujer era una simple incubadora. Esta consideración del semen como una sustancia casi humana domina las ideas sobre el sexo no solo en la antigüedad; se estima que, sobre todo en el mundo occidental, lo hizo hasta el siglo xvi, y ha dejado huellas incluso en las ideas de nuestros propios tiempo y sociedades, sobre el comportamiento sexual y moral. Es interesante, pues, subrayar el fundamento de donde proviene nuestro secreto insulto y agresión hacia la homosexualidad. El homosexual no sería rechazado por su degradación o por su poder de seducción, sino más bien por la amenaza que representa para el poder masculino. El poder es lo que define al varón, lo que lo hace ser activo, legislador, guerrero, conquistador; por eso todo varón experimenta o experimentaba —no digo que las cosas sean todavía así— un gran orgullo cuando le nace un hijo varón. Pues bien, el homosexual sería un traidor a su clase, ya que aparece falto de virilidad, débil, y la debilidad es lo propio de la mujer. El homosexual se sale de la sexualidad normal y amenaza los valores sociales; por eso mismo, en nuestra sociedad, el desinterés hacia la homosexualidad femenina es manifiesto, apenas se habla de ella, apenas se la asocia a un escándalo público, apenas se la persigue; todo porque los desórdenes sociales, emocionales, libidinales de la mujer no interfieren en los valores sociales; son quizás, invisibles. Es una frase cortante, pero es simplemente un punto de vista.

Norge Espinosa: Si me preguntaran cuáles son las causas sociales y culturales de la homofobia, tal vez podría enumerar algunas de las que el padre ha mencionado, pero me gustaría añadir una que para mí es, quizás, la que tiene un carácter más instintivo, más primario y, por lo tanto, más genético: el miedo. Creo que el miedo a reconocer lo diferente, lo que no pertenece a determinado patrón es lo que estabiliza y provoca todas las acciones de lo que conocemos hoy como homofobia. En el fondo, la homosexualidad o cualquier otro síntoma de desorden que se salga de un patrón que aparentemente debe ser la norma, genera desconfianza, inestabilidad, incluso en el cuerpo social que con mayor poderío esté supuestamente sosteniendo las riendas del sistema del cual estemos hablando. El miedo es una actitud humana que permanecerá por los siglos de los siglos, mientras existan los humanos sobre la Tierra, y que provoca, por lo tanto, reacciones a veces muy diversas e irracionales, como mencionaba Weinberg.

El miedo, o lo que se conoce en los estudios queer como homosexual panic —pánico homosexual—, es una actitud que hace que la institución reinante, la que está empoderada en ese instante, opere mediante distintos mecanismos para frenar todo aquello que pueda no estar en consonancia con el discurso que genera su propio aparato. El miedo, por lo tanto, hace que la homofobia también sea una especie de contradiscurso que intenta frenar todas aquellas zonas blandas —y perdonen que utilice una frase tan lamentable para hablar de todo lo que pueda ser sospechoso para el «orden» de la sociedad— y, al mismo tiempo tratar de elaborar canales por los cuales todas esas especies de detalles que no se avienen a un carácter sólido de lo que se funda como discurso, como nación, como política, como religión, como credo, vayan desviándose poco a poco de todo lo que pueda ser representado y reconocido.

El miedo es, por encima de todo, una expresión que encuentra en la homofobia un sustento radical, básico, y no en balde hoy por hoy, en un mundo como el que estamos viviendo, muchas cosas irracionales, desde una guerra contra un país hasta estas mismas expresiones que estamos discutiendo, tienen en el fondo el miedo a que esa clase, a que ese estatus, pueda perder su condición de monarca, de jerarca de un Estado determinado y, por tanto, opere mediante diversas condicionantes para intentar no dar terreno, no dar espacios, eliminar la posibilidad de que se contamine todo eso que debe ser lo normado, con todo aquello que aparentemente no debe serlo. Creo que subrayar el adverbio es importante, porque hoy en día las fronteras van fundiéndose cada vez más; la ambigüedad del término cada vez es más porosa; la contaminación y la saturación de los términos mismos hace que se invisibilicen, a veces, determinados grados de discusión, y empezamos a preguntarnos algo como qué es la homofobia. En efecto, cuando vamos al fondo del asunto, descubrimos que lo que está debajo de esa palabra es algo compartido, incluso, por nosotros mismos, algo que los propios homosexuales pueden sentir hacia sí mismos. Hay otro elemento que creo primordial entre los causantes de la homofobia, pero su presencia entre nosotros es tan poderosa, es una actitud tan difundida en Cuba y que abarca expresiones de lo cultural, lo moral, lo político, lo ideológico, lo económico, etc., en tal medida que merecería por sí solo un panel aparte: la doble moral. Eso puede quedar para una segunda vuelta.

 

Zulendrys Kindelán: Yo había enumerado ya algunas causas. Pienso que los estereotipos son una norma; la humana costumbre de clasificar, de nombrar, de seleccionar, es una causa; porque si en los criterios de selección decimos que todo ha de ser blanco o negro, evidentemente las cuestiones que se quedan en el medio de esos indicadores no representan nada. Los estereotipos asignan roles, comportamientos; sugieren determinadas conductas, pues si a usted se le enseña que el hombre, para serlo, tiene que tener relaciones con mujeres, no se le puede pedir que entienda y comprenda, cuando otro hombre no cumple con ese requisito.

Otra causa es algo que la doctora Alda Facio menciona en su libro Cuando el género suena es porque cambios trae, en el cual la autora hace referencia a un componente político-cultural, subyacente en toda norma jurídica. Hablando de un modo muy coloquial, la ley, en ocasiones, no establece ciertas prohibiciones, sin embargo, se hace una interpretación supra jurídica del contenido de la ley, a partir de los cánones culturales, históricos, políticos, sobre lo que se entiende por un buen comportamiento. Esto es lo que hace que aunque las conductas homosexuales no se tipifiquen hoy como delitos en muchos países, entre ellos el nuestro, en ocasiones la sociedad exige su perseguibilidad. Por ejemplo, si hay una pareja de gays o de lesbianas en el Malecón, y cerca hay un policía, cualquier heterosexual le dice: «¿Usted va a permitir eso? Es una falta de respeto», y el policía, quien tiene a su cargo la difícil tarea de velar por el orden público, sin ninguna ley que lo obligue a sancionar esa conducta, se dirige a la pareja y de alguna manera la requiere. Eso también, a mi modo de ver, es una causa. No olvidemos que las conductas homosexuales fueron consideradas y estudiadas dentro de la criminología, y de alguna manera eso queda en la memoria de la humanidad; a pesar de que ya se ha evolucionado y se ha determinado que no ha de examinarse como una conducta transgresora, eso deja una huella en las personas de la que muchos no se pueden desprender.

Las legislaciones también pueden ser causas, en ocasiones, de la homofobia; por solo citar un ejemplo, si las leyes sancionan las relaciones entre personas del mismo sexo, considerándolas un delito, parecería lógico el rechazo social hacia las conductas homosexuales, en el sentido de que un buen ciudadano o ciudadana, que sabe que la ley dispone que eso es un delito, no se hace, es malo, negativo, pues asume actitudes de exclusión y no aceptación hacia las personas homosexuales.

También, hasta hace muy poco tiempo, las conductas homosexuales estaban incluidas dentro de las enfermedades mentales. En algún momento se produjo una construcción científica de la homofobia a partir de esas consideraciones. Solo el 17 de mayo de 1991 la homosexualidad fue suprimida de esa lista.

Rafael Hernández: Hemos realizado una encuesta entre los asistentes. Según la mayoría, el origen de la homosexualidad es el funcionamiento fisiológico glandular; 20% piensa que es la imitación de modelos de masculinidad o feminidad, y casi 20%, que es la crianza familiar. Muy pocos creen que es el ambiente cultural o la herencia genética. En cuanto a lo que el panel acaba de comentar, o sea, las causas fundamentales de la discriminación de los homosexuales, la mayor parte, 60%, considera que la causa más importante es la tradición cultural; luego, el machismo; en tercer lugar, los valores morales, y 20% de las respuestas se lo atribuyen a la ideología.

Mi tercera pregunta para el panel ha sido adelantada en algunos de los comentarios de Zulendrys. Hemos hablado, en general, del problema de la homofobia, y de sus causas, ¿cuáles son las actitudes y prácticas asociadas a la homofobia más frecuentes en la Cuba actual, y qué acciones alternativas podrían responder a esas actitudes homofóbicas?

Isidro Hoyos: Si se trata de problemas en Cuba, creo que todos tienen más autoridad que yo, que soy extranjero. Sí creo que ha sido un tema tabú, pero la impresión que tengo, por lo que he escuchado, es que ya lo es menos; aunque de un modo concreto no puedo afirmarlo.

Norge Espinosa: Me gusta decir siempre —teniendo en cuenta incluso los últimos acontecimientos con respecto a todas estas temáticas en la vida cubana— que el homosexual cubano vive en una especie de gueto de vidrio, invisible, en el cual no se ve el muro, pero existe. Uno sabe perfectamente cuándo está rompiendo o no la norma, cuándo se está arriesgando a ir más allá de las conductas aparentemente permisibles a la luz del día, introducir su lenguaje entro de otros lenguajes, y recibir, incluso a veces en términos de mucha promiscuidad, otro tipo de señales sobre su cuerpo, sobre su mente, sobre su personalidad y su identidad, que le permitan hacerse o no reconocible. Dentro de ese gueto de cristal, las normas están muy claras. El año pasado, como bien se sabe, se celebró la Primera Jornada de Lucha Contra la Homofobia, el 17 de mayo; una celebración que ocurre en el mundo desde 2005, y por desgracia lo menos visible para la gente que estuvo cercana o interesada en el fenómeno, fue no saber la reacción que produjo todo lo que sucedió en el Pabellón Cuba y en otros lugares del país; qué pasó cuando, de repente, un ciudadano común, de esos que caminan por la calle Virtudes o San Rafael, encendió el televisor en algún punto de la geografía cubana, y supo que estaban ocurriendo todas estas acciones; de pronto, una masa que vive detrás de ese gueto de vidrio, a veces muy opaco, salía de ese margen, se autorrepresentaba, se autoidentificaba, y no era uno, o dos o tres; era una multitud.

El rechazo profundo en algunas zonas de la sociedad —incluso dentro de organizaciones de masas y políticas que aparentemente dieron su voto o su licencia para que estas cosas ocurrieran— es una marca de fuego que nos dejaría saber con mucha mayor nitidez, exactamente cómo se mide la temperatura de la homofobia en este país. La reacción tuvo, en algunas cuestiones, lados muy positivos, hubo gente que se acercó, otra que se movilizó precisamente con el asunto; hubo mucha gente que se sensibilizó, pero también hubo una reacción profunda, adversa, negativa, en sectores tan distantes entre sí como la Iglesia católica o como el propio mecanismo político, mediante los cuales algunas personalidades, que tienen fuerza en ellos, vieron esa reacción y trataron de alguna manera de invisibilizarla en el resto del año.

En efecto, eso nos dio una medida de que a pesar de tantos años de esfuerzos, de campañas de educación sexual; a pesar de todo lo que se nos dice que se hace constantemente, la homofobia está suficientemente entronizada como para suponer que una acción de un día borre parte de eso; es francamente ingenuo. Creo que en la ingenuidad de muchos la homofobia encuentra su fuerza hoy en Cuba; en la ingenuidad de la televisión cubana cuando trasmite una serie norteamericana y corta las escenas que supuestamente pueden producir algún tipo de inquietud en el espectador, porque dos mujeres se besan en pantalla o porque un hombre declara a otro su amor; la misma televisión que, sin embargo, incluye los capítulos de esa misma serie en que una persona decide operarse para cambiar de sexo o expresar a su familia que evidentemente es diferente.

El gueto de vidrio para el homosexual cubano, desde el cual empieza a operar la homofobia, está en ese momento en el cual este, además de decir que está en la sociedad, que es un buen trabajador, que es un buen miembro de la familia dentro de lo que se le permite, también tiene un deseo. El cuerpo deseante del homosexual lo convierte en la primera barrera contra el cual lucha la homofobia. Que esa persona sea reconocida, puede que pase; pero si pone los ojos sobre el que tiene al lado y decide que ese prójimo puede ser sujeto de deseo, comienza a crearse un estado de crisis en el que empiezan a entrechocar muchos valores y donde no están aún respondidas todas las variables en la sociedad cubana. Hemos llegado a darle un cuerpo, un rostro, un pequeño espacio al homosexual y la lesbiana, pero aún nos resistimos a imaginarlos en dinámica de acción, de interacción, cuando sienten la necesidad de expresar plenamente su deseo. Es lo que preguntaba Almodóvar acerca del éxito de Fresa y chocolate: ¿hubiera gustado tanto si los protagonistas fueran más allá del casto abrazo? Todavía, aun cuando pensamos en términos, digamos, civilizados —para utilizar una jerga con respecto al tema—, muchas de las preguntas básicas de cada uno de nosotros, relativas a esta problemática, están por ser respondidas. Y, ello desde la escuela misma, donde los maestros son, cada vez más, educados para una enseñanza más general, y menos entrenados para reconocer cuándo un niño tiene una característica determinada, que debe ser ayudado y no solamente protegido, o separado, o maltratado, hasta todo un sistema de ideas y de ideologías que penetran por la prensa, por la televisión, que tienen un poder muy fuerte sobre eso y que generalmente están trasmitiendo mensajes de cargas conmiserativas, pero no realmente trabajando sobre una mecánica de acción que permita a la gente comprender cosas que tienen incluso que ver con la historia.

La historia de este país tiene momentos lamentables ligados a la homofobia, la UMAP es un momento innegable de esa tradición, y pasar sobre ella creyendo que se está pasando sobre un campo de trigo es otra actitud muy ingenua. Lamentablemente, en nuestra tradición, por ego machista, por patriarcalismo, por determinadas connotaciones donde la ideología mira siempre con terror al sexo de quien opina o actúa, estamos todo el tiempo expuestos a que determinadas coyunturas —básicamente económicas o políticas, que tengan que implicar que nuestra conducta como pueblo, como nación, frente a determinados conflictos mundiales o nacionales, deba ser la reacción inmediata en términos de bloque—, hagan que todas estas zonas aparentemente sólidas desaparezcan, se difuminen o caigan en peligro cada vez que una de estas coyunturas se produce, cada vez que exista algún tipo de terror con respecto a cuán seguros estamos de nosotros mismos. Esa misma discusión, que a veces gana determinados puntos de visibilidad, sobre proxenetismo, prostitución masculina, femenina, transexualidad, variables sexuales, desaparece para dar paso a la idea de una única marca donde el sexo desaparece y el cuerpo de la nación se convierte solo en una consigna.

Todo eso opera hoy, para hablar del término homofóbico, en una Cuba en la cual, insisto, a pesar de todos los avances y de que cada vez más hay gente interesada en el tema, todavía las preguntas son redactadas y pronunciadas en términos que parecen de cuarenta o cincuenta años atrás.

 

Zulendrys Kindelán: Desde mi experiencia personal, a partir del trabajo en el CENESEX con grupos de personas lesbianas, gays, bisexuales y transexuales, y del conjunto de quejas y cartas que recibimos, hice una selección de algunas de las actitudes y prácticas de la homofobia que me parecen más frecuentes. La primera de ellas es la discriminación. Hay quienes la ven como un efecto inmediato o una cara contrapuesta, inevitable, de la homofobia; pero para definirla tenemos que partir de qué cosa es la igualdad. Se supone que todas las personas somos iguales, no que somos idénticas, sino que somos igualmente diferentes. La ley acude a la abstracción de que todas las personas, como somos igualmente diferentes, debemos asistir en igualdad de condiciones al acto, hecho o fenómeno jurídico; o sea, que ante la ley somos todos iguales porque tenemos la capacidad y la posibilidad de tener derecho a tener derechos. Con ese juego de palabras quiero decir que cuando se rompe ese equilibrio, cuando no se asiste en igualdad de condiciones al hecho jurídico, por el color de la piel, la creencia religiosa, la orientación sexual o el género, la persona es discriminada. Traigo un ejemplo, a partir de un fragmento muy pequeño de carta, enviada por una mujer lesbiana de treinta y seis años de edad, procedente de Puerto Padre, Las Tunas, que recrea esta idea de discriminación a partir de la orientación sexual, aun en el ámbito institucional. Dice la carta: «Opté por hacer solicitud de ingreso a esa institución, recibí el curso preparatorio, que aprobé con excelentes notas, pero cuando los superiores conocieron que soy homosexual —lo cual no pretendo negar—, se me hizo saber que para ellos eso era una agravante que me impedía obtener la plaza».

La otra situación, que puede ser la más frecuente, es la violencia. Hay autores que hablan del uso intencional de la fuerza; yo prefiero resumirla en cualquier acción u omisión dirigida a ocasionar un daño, ya sea físico o psicológico en las personas. En el caso de la violencia generada por la homofobia, traigo otro fragmento de carta, que dice: «Hace muchísimo tiempo, desde que en mi familia descubrieron que yo era homosexual, tengo grandes problemas con ellos; he sido golpeado por mis dos hermanos, he tenido que dormir en la calle porque me han botado de la casa, mi mamá no me apoya e inclusive no está de acuerdo con que yo sea así». Este es el caso de un hombre gay residente en Artemisa, provincia de La Habana; es un ejemplo de cómo, aun desde los espacios en los que se genera y consolida la espiritualidad, la formación de valores, el crecimiento humano, o sea, la familia, se manifiestan las actitudes de rechazo, que redundan en actos violentos.

La otra actitud, que ya había señalado antes, es el menoscabo de la condición ciudadana. Dentro de las obligaciones que genera esa condición hay algunas que están dirigidas a fortalecer el sentido de pertenencia de las personas a su territorio, el amor a su tierra, a su patria; por ejemplo, la disposición para incorporarse al Servicio Militar Activo que tienen los hombres. En ningún lugar dice que ser homosexual sea causa para no ser incorporado, pero en la práctica a veces se discrimina a personas por ese motivo. No se les da la baja, sino que simplemente no son llamados, y los jóvenes se mantienen en esa situación, en ese limbo, hasta que llegan a la edad en que ya no van a ser llamados. Durante el tiempo de su edad militar, a lo mejor quieren realizar otras labores o actividades y no pueden, porque se les exige el papel de haber culminado el Servicio. De esa forma, además de perjudicar sus derechos, se menoscaba la condición de ciudadano, y de contribuir a la seguridad nacional.

Esa condición da la posibilidad de que las personas participen en la vida política del Estado, y se participa no solo ejerciendo el voto, sino también a partir de la incorporación a las organizaciones políticas, de masas, a distintas asociaciones; y hay veces que la homofobia tampoco permite a homosexuales —violando su legítima condición de ciudadano— incorporarse a algunas de ellas. En otra carta se dice:

«Durante las investigaciones, a alguien se le ocurrió plantear que los compañeros comentaban que yo era lesbiana, y ya de nada han valido mis gestiones; o sea, que por esa razón no puedo pertenecer a la asociación X».

La exclusión es otra de las conductas. En estas cartas se aprecia esa exclusión en dos espacios bien contrastantes. Una dice: «Es por ello que me quedé asombrado cuando en un local recuperado para la distracción de la población, en pleno corazón de la ciudad, puedan existir letreros tan ofensivos como el que se plasma en la puerta del establecimiento, que especifica que la entrada al local es por parejas de hombre y mujer, es decir, que solo los heterosexuales son considerados pareja, y que esa es un área vedada a quienes tienen otra preferencia sexual». El remitente es un hombre gay residente en Villa Clara.

Un fragmento de la otra carta dice: «La jefa del claustro de profesores me manda a llamar y me pidió razones del porqué de mi conducta de vestirme como mujer en la escuela, a lo cual respondí que así era como me sentía; esta me pidió que buscara una carta o documento que me acreditara estar vestida de mujer en la escuela; mientras tanto, debía irme, después que me he mantenido durante seis meses recibiendo clases en este lugar». Esto lo escribe un joven travesti de veintiún años de edad, estudiante de una sede universitaria en La Habana. Es otro ejemplo donde, además de privarla de un derecho elemental, el de la educación, que se incluye entre los que se adquieren con la condición de ciudadano, la persona es excluida de espacios a los que se supone que deberíamos asistir todos en igualdad de condiciones.

Rafael Hernández: Quiero agradecerle al panel por haber colocado el problema de una manera tan precisa, concisa, y que permite entrar en el centro de la discusión. Según la encuesta que realizamos, el grupo que más discriminación social sufre son los travestis; el segundo más discriminado es el de las lesbianas, más que los gay, que son los terceros más discriminados de todos; luego vienen los enfermos de VIH-SIDA, y en quinto lugar, los bisexuales. Todos esos grupos son más discriminados que los negros y mestizos, que los presidiarios, que los adictos, que las jineteras y los jineteros. Los encuestados también piensan que los menos discriminados de todos estos grupos son los asiáticos cubanos y los extranjeros. Paso ahora la palabra al público.

Pablo Fernández: Soy italiano y quiero hacer una pequeña aclaración. Los extranjeros sí son discriminados. Hasta que empezaron los problemas económicos con el Período especial, yo era un hombre igual que cualquier otro; me consideraban igual que los demás, no había ninguna diferencia. Desde que comenzaron las dificultades económicas, ya no puedo andar tranquilo por La Habana Vieja y otros lugares, porque me marcan como extranjero, me ofrecen cosas, que si quiero comprar tabacos, etc.

Sobre la homosexualidad: en una época, en mi país, las manifestaciones homosexuales eran penadas. En Cuba pasaba igual, pero desde entonces hasta hoy ha corrido mucha agua bajo los puentes; si hago una comparación entre la Cuba de entonces, que conocí bastante bien, y la de hoy, me parece que la situación ha cambiado bastante. No digo que sea la óptima, pero hay una evolución de todo eso. La aceptación que yo siento hoy, por parte de la sociedad, es mayor que la que había entonces. Quisiera que el panel me diga si tengo alguna razón en esta apreciación de la mayor aceptación de la homosexualidad en Cuba, tomando en cuenta que todo en el mundo ha cambiado.

Yoss: Quiero hacer una reflexión sobre el «machismo-leninismo» que ha marcado nuestro contexto, desde 1959. El término lo uso porque equipara el grado de virilidad, en el sentido patriarcal, tradicional, al de compromiso revolucionario. Muchas veces, se les impide a los homosexuales, incluso a los más interesados, cumplir un deber. Para poner un ejemplo: yo fui capitán de un pelotón de exploradores, y en una maniobra me dijo mi jefe, refiriéndose a algunos milicianos: «A esos muchachos no los pongas en este ejercicio, porque tú sabes que ellos tienen un problema, son...», como diciendo que son débiles, flojos.

Eso empata con otra cuestión. Creo que Norge Espinosa ha puesto la llaga en el dedo —que es mucho más delicado que poner el dedo en la llaga—, cuando hablaba de que el miedo es la causa última de la homofobia. Es una de las principales razones de nuestra cultura machista-leninista, donde se sabe que es mejor serlo y no parecerlo, que parecerlo y no serlo; donde se le brinda un culto a la apariencia; donde se le enseña al muchacho, desde pequeño, que Fulana y Mengana son tus novias, aunque ellas no lo sepan; donde los hombres se dan golpes de pecho hablando de sus conquistas, y los padres les dicen «tócale las nalgas a tu prima». Son las «lecciones» para ser hombre.

Uno de los principales efectos que tiene esto es que todo hombre se siente amenazado, como si fuera una especie de peste contagiosa, ante un homosexual. Cuántos heterosexuales no se han sentido alguna vez así y han reaccionado con violencia —que no por gusto se dice que es el último recurso de la impotencia— cuando un homosexual les declara su interés. Esto me lleva al final de lo que quiero decir: cuando se dice homofobia —creo que Norge piensa igual— se está usando un término equivocado; en realidad debería llamarse heterofobia, porque es fobia a lo diferente, es el deseo de que todos seamos iguales, de que todos sean como nosotros mismos. Últimamente se habla muy a menudo de la tolerancia a la diferencia, y es un término que se queda a media asta, como las banderas en los días de luto. Creo que «tolerar» no es suficiente, uno debe llegar hasta el punto de disfrutar la diferencia; qué aburrido sería un mundo en que todo el mundo se vistiera igual, reaccionara igual y tuviera las mismas preferencias. El sentido de la homofobia no es más que una de las muchas facetas de la discriminación, del miedo a la diferencia, llámese homosexual, judío, negro, extranjero.

María Teresa Peña: La causa fundamental de la homofobia es la ideología, heredada de una cultura occidentalizada, de las ideas judeo-cristianas. Cuando uno estudia la historia de la sexualidad, podemos ver cómo la homofobia se ha ido introduciendo paulatinamente en todas las esferas de las sociedades, inculcada por medio de leyes y, sobre todo, por la religión, porque esta es la que puede producir un cambio existencial en las personas; y cuando se empieza a asociar la sexualidad con determinados parámetros, se acude a la religión para legitimarlo. Esto es así, históricamente.

Yo he hecho algunos estudios sobre la impronta de la ideología judeo-cristiana en las leyes en América Latina, y lo he constatado. En toda la cultura occidental recae esa misma ideología, que influye en las actitudes homofóbicas.

Félix Guerra: Yo quiero tocar una arista distinta, porque me he movido en un ámbito diferente: en el mundo del pensamiento, de la literatura, de las artes en general, y también, por mi oficio periodístico, me he desenvuelto en la esfera de la biología. Justamente, quiero referirme a un asunto que apenas se ha tocado, que es el problema genético. Creo que hay dos temas, uno es la homofobia, y otro es el prejuicio de la homofobia. El homosexualismo viene desde los orígenes, aun más para atrás que el hombre, y corresponde a todos los seres vivos. Tanto es así que, por ejemplo, hay especies de peces, de reptiles, y hasta de mamíferos, que son los más evolucionados, donde se truecan esos papeles. Entre los peces es una forma de supervivencia; cuando se producen desbalances en determinados ecosistemas, y hay, digamos, noventa hembras y diez machos, o al revés, entonces un porcentaje de la población ocupa el espacio vacío, literalmente cambia de sexo para garantizar la reproducción de la especie. Y, por supuesto, hay una sola evolución, y comienzan a aparecer manifestaciones de ese tipo entre los seres vivos, y llegan hasta el hombre. En la especie humana esto sí se vuelve ideología, prejuicio, tradición, historia, etcétera. Hoy en día los sociólogos sostienen la idea de que el asunto no solo es sociológico, histórico, ideológico, etc., sino que es genético; es decir, que está en una caja cerrada que es inmutable, y apenas estamos estudiándola; o sea, el cerebro. No importa lo que esté afuera, el verdadero sexo es el que está en la mente de cada cual.

Píter Ortega: Hace un tiempo leí, creo que en una revista Criterios, un texto de una psicóloga norteamericana que decía que si en un primer momento era importante el movimiento de activismo gay, de lucha por el reconocimiento de sus derechos, etc., y que en este sentido eran importantes los espacios de sociabilidad para ellos —entiéndase discotecas, bares, playas—, como los hay en todos los países del mundo (ya sabemos que en Cuba no es tanto así), hoy día ya es innecesario y que incluso puede ser perjudicial, en tanto lo que hace es acentuar el gueto, la exclusión. Si todos somos iguales, por qué tengo que ir a una playa para gays, por qué no puedo ir a la playa donde van todos.

Yo soy de los que piensan así. Soy gay, y no me gustan las discotecas gays; voy a la que va todo el mundo. Pero mi pregunta viene por lo siguiente: algunos colegas me comentaban que eso estaría bien para un contexto primermundista, donde ya habría plena integración, pero que en Cuba eso es absurdo, porque ni siquiera hemos pasado por esa primera fase de lucha, de activismo, y que todavía es importante que haya playas, bares, discotecas gays oficiales, y que los homosexuales no tengan que ir a reunirse en las llamadas fiestas gays, en casas particulares, donde llega la policía y recoge a todo el mundo a las tres de la mañana. Quisiera la opinión del panel, en particular de Norge Espinosa, sobre esto.

Y otra pregunta a propósito de ese mismo texto —del que lamentablemente no recuerdo el título—: la psicóloga dice que ella está en contra de todas las clasificaciones, cree que son inoperantes, que el término homosexual surgió con una connotación clínico-patológica en un inicio, que no tiene sentido seguir arrastrando ese término; y que el de heterosexual ya está caduco, porque cada vez menos el concepto canónico u ortodoxo de heterosexualidad se adecua a la manera en que los llamados heterosexuales asumen u organizan sus vidas. Considera que gay tampoco es apropiado, porque no todos los que tienen relaciones con personas del mismo sexo se declaran gays, que es casi una postura política, de militancia, de pertenencia a un grupo. Por tanto, dice ella, lo mejor es asumir que todos somos seres sexuados de una manera voluble y cambiante, hoy de una manera y mañana de otra, o de una y otra a la vez.

Danae Carbonell: Hace un año, más o menos, tuve la dicha de estar en una especie de boda simbólica que realizaron estas dos muchachas que están aquí sentadas, y que se celebró en el CENESEX. Para mí, estar allí significaba creer en la diversidad y asumir eso con la naturalidad de la propia existencia de los seres humanos; sin embargo, hay una pregunta que me gustaría hacerle al panel y que tiene que ver con eso. Muchas veces me he preguntado hasta dónde la unión legal de las parejas del mismo sexo no está reproduciendo los mismos patrones hegemónicos, patriarcales, de poder, que los han discriminado históricamente.

La otra pregunta es sobre la película XXY, de Lucía Puenzo. Cuando el padre se sienta en la cama a ver cuándo la hija —que es una muchacha-muchacho, hermafrodita— se despierta, y le dice: «Estoy velando tu sueño»; ella le pregunta: «¿Qué estás velando?», y él le contesta: «Hasta que decidas». La reacción de ella, que es definitoria en la película, es: «¿Y si no hay nada que decidir?». La pregunta es cómo resolver entonces ese dilema, al que Píter aludía, de los seres humanos en cuyos cuerpos habitan múltiples cuerpos. ¿Cómo resolvemos ese problema en un país que todavía está discutiendo el tema de los gays y las lesbianas públicamente?

Víctor Fowler: Creo que en algún momento se habló de causas. Por una cuestión metodológica mínima, hay que tener claro que serían causas de origen cultural, donde tenemos gran tradición; causas de origen político, o sea, cuando un sistema político, con una ideología concreta, envía continuas y organizadas señales de refuerzo para que se mantenga una determinada actitud y progrese, y limite otra; y causas puramente ideológicas, de un sentido más discursivo, digamos.

Ahora bien, amigo Píter, no podemos tener la fantasía de un gran mundo fuera de Cuba donde suceden esas cosas maravillosas; en muchísimos lugares la situación del homosexual es bien compleja. En el fondo todas las preguntas e intervenciones terminan hablando de cuáles comunidades hay que construir. Me parece que asociarse o no asociarse, tiene que ser un derecho humano, eso forma parte de los derechos del hombre, o sea, el que quiera reunirse en comunidades según la preferencia sexual, que lo haga, y los que quieran vivir fuera de ellas que lo hagan, y los que no sean homosexuales que quieran entrar a ellas, que lo hagan también.

Yoss dijo algo que conecta mucho con mi idea del mundo. Yo pienso que debemos intentar construir mundos futuros en el cual nuestros hijos puedan ser homosexuales. No tienen que ser homosexuales, no es una obligación, pero tienen que poder serlo. Incluso bajo la óptica de lo que estamos hablando aquí, de la homofobia, todavía nos queda un mundo enorme de la diversidad sexual escondida: hay que poder ser homosexual, hay que poder ser sádico, hay que poder ser masoquista. Eso forma parte de la libertad humana, en tanto se trate de un tipo de relación humana consensuada, que no resulte lesiva al otro. Mientras estemos moviéndonos en un nivel de diálogo de los cuerpos debemos poder ser lo que queramos ser. Esa tiene que ser nuestra libertad, y eso es lo que debemos tratar de crearles a nuestros hijos. La discusión cubana en este sentido está planteando mal la pregunta. No se trata de homosexuales, ni de transexuales, ni de heterosexuales; se trata de otro concepto del placer.

 

Roberto Zurbano: Me gustó mucho que Víctor diferenciara entre tradición cultural e ideología, porque cada una tiene sus propias culpas. Eso no se puede confundir. Pero es cierto que, en Cuba, la homofobia que estaba en la tradición cultural, gana un estatus político después del 59. Esa ideologización y esa pseudo-institucionalización de la homofobia funcionaron en un sentido muy fuerte. Hay que tener en cuenta el peso de la ideología y de la política en ello.

Hablando de la política, hay eventos muy recientes, aquí mismo en América Latina, que hablan de cómo estas cosas se dilucidan en la sociedad. El caso de Venezuela, donde hay una organización gay chavista y una anti-chavista, es muy interesante. Tienen sus discotecas, abiertas —a los venezolanos no les gusta la noche, ellos terminan pronto—, pero allí los discursos no son sexuales, no son eróticos, casi siempre son políticos, como también los chistes, las acciones que se generan en esos lugares.

El caso de Chile también es muy especial, porque está marcado por el racismo chileno, que no tiene que ver con el nuestro antinegro, sino contra los mapuches, contra los peruanos, etc.; y allí, esta sexualización del racismo marginal ocupa en la noche chilena una cosmovisión muy interesante, que tipifica o recodifica el asunto, y no nos hubiera gustado a ninguno de nosotros estar allí, ni homo, ni hetero, ni bi, ni trans, mucho menos en un espacio de la noche.

Ahora bien, tenemos que recordar cuando hablamos de este tema en Cuba, los eventos más importantes que se le asocian: la UMAP, o sea, las Unidades Militares de Ayuda a la Producción; después la explosión de Virgilio Piñera, de mitad de los 80 y principios de los 90; Fresa y chocolate, el turismo sexual; el pinguerismo y el jineterismo. El caso de El Mejunje es muy particular, que corresponde estudiar, aunque ya hay un libro sobre ese espacio. Después, el asunto del SIDA en Cuba, y luego, la presencia del CENESEX, que ha desbordado sus propias tareas didáctico-clínicas hacia un ámbito cultural.

Yo creo que la pregunta que hay que hacerse es la de la ciudadanía, no solo de la condición sexual. Hay mucha homofobia institucional en el mundo, pero hay ciudades y países donde existe una cultura de la diversidad, y lo homosexual está ligado con las demás cosas; no es que no haya homofobia; es que no hay otras fobias. Se camina por cualquier calle, y lo mismo se ve una escuela para niños, una tienda erótica, cuatro idiomas, dieciocho restaurantes, entonces lo relacionado con la sexualidad está junto con todo lo demás.

 

Alexander Correa: La homofobia es una forma más de exclusión. Hay muchas, con dimensiones y niveles de acumulación diferentes, y la cultura cívica se materializa en un sistema político que genera un tipo de estructura. Un sistema político y una cultura política que generan o son tolerantes ante la exclusión, a la larga estarían destruyendo los mecanismos de la sociedad para funcionar democráticamente. En este sentido, tengo una pregunta para el panel: hasta dónde han avanzado las políticas que tratan de intervenir en el Código legal cubano sobre este tema, y si se comprende que estos problemas son solo la parte visible de un iceberg gigantesco.

 

Rafael Hernández: Le voy a dar la palabra al panel para que comenten lo que puedan de todas estas intervenciones, que han sido muy interesantes, pero antes quiero decir algo, en la línea que comentaba Alexander. La resistencia a una legislación específica, como esa del matrimonio gay, ¿dónde está? No digo que el matrimonio gay sea panacea de nada, ni que es bueno ni que no lo es; simplemente quiero saber dónde se encuentra la resistencia a que se legalice. Y pregunto también al panel: cuando los cubanos homofóbicos se van a otra parte, y se insertan en otro sistema, en otra institucionalidad, ¿desaparece o decrece su homofobia?, ¿cómo se comporta el cubano fuera del sistema donde se reproduce la homofobia como cultura cívica?

 

Zulendrys Kindelán: Sobre si la sociedad cubana ha avanzado en cuanto a la consideración de la homofobia, nada más tengo que agregar que ciertamente en Cuba también se sancionó la homosexualidad como delito, y solo en 1997, con las modificaciones del Código Penal se eliminó como escándalo público, y ya no hay alusiones enfáticas al hecho de la homosexualidad. Jurídicamente hablando, estamos en un estadio superior, porque hay un conjunto de conductas que ya no son sancionables, pero eso no indica que todos los problemas estén solucionados. Siempre digo que la sociedad cubana está en un momento cualitativamente distinto y favorable en estos temas; no estamos hablando de la misma sociedad de cuando la UMAP; el pueblo cubano ha crecido mucho, y hoy, por ejemplo, como alguien decía, en el abordaje de la problemática en los medios de difusión, en espacios como este, las personas se ven un poco más abiertas al debate, a la búsqueda de información, al menos a escuchar. Eso apunta hacia una sociedad que, en alguna medida, va cambiando; va acercándose a la idea de la aceptación de estas cuestiones.

Otra persona habló sobre el «machismo-leninismo». Es muy bueno conocer las causas para tener una mirada comprensiva de los fenómenos. Es verdad que algunas consignas, que tuvieron una fuerza importante, dibujaban un modelo de hombre nuevo que se ajustaba a patrones fundamentalmente machistas. Aunque esa idea todavía pervive en muchas personas, la imagen del hombre nuevo que dibuja hoy nuestra sociedad y nuestro proyecto social difiere, en una buena medida, de aquella. Hoy sabemos que incluso las masculinidades han sido trastocadas; es más común ver hombres con ropas de colores que en otros tiempos podían ser estigmatizadas o calificadas peyorativamente. Aprecio un cambio, no como al que quisiéramos asistir, pero todos los procesos en los que se tiende a cambiar la ideología necesitan tiempo, no ocurren abruptamente; y es muy difícil cambiar las mentalidades. Pueden existir miles de leyes, y no resolver lo básico. Tenemos una ley de maternidad y paternidad, y sabemos que son pocos los padres que se ajustan a ella; por tanto, lo de la legislación es importante, pero el fenómeno va más allá del ámbito legislativo. La esencia del problema está en lo ideológico, y eso es más difícil de cambiar.

Comparto la idea de la influencia de la religión en lo jurídico; de hecho, los preceptos jurídicos primero fueron religiosos; el «no robarás», «no matarás», que hoy definen delitos como el asesinato o el robo con fuerza, son un reflejo de esos mandatos bíblicos. Es interesante también la reflexión desde la historia, porque hay algunas personas que aducen que la heterosexualidad es lo natural. Sin embargo, si revisamos el libro de Federico Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, vemos que no siempre fue ese el orden natural de las cosas, porque, en las hordas, las personas tenían relaciones desorganizadas, sin distinción de sexo. A partir de las distintas formas sociales que fueron apareciendo, y de la influencia de la religión como una herramienta importante, ese orden fue cambiando. Si quisiéramos atender a algún orden natural o a alguna causa natural, la heterosexualidad sería bien cuestionable.

En materia de lucha contra la discriminación por razones de orientación sexual, en Cuba no se han dado los mismos pasos que en otros países. Por ejemplo, hay lugares donde se ha comenzado por una ley antidiscriminatoria y luego han surgido otras, como la que permite las uniones de personas del mismo sexo. En Cuba, eso no ha ocurrido exactamente así; pero no creo que tenga que existir un paso intermedio, como crear espacios solo para homosexuales. El discurso y las soluciones deben basarse en la aceptación de la diversidad, y no pensar en pasos específicos, sino en fines y metas, en el sentido de que queremos vivir, como decía Víctor Fowler, ejerciendo plenamente el derecho a la libertad que tenemos todos.

En cuanto al tema de las uniones legales entre las personas, quizás sea una manera de reproducir los patrones sexistas que nos han atado; pero hay otras cuestiones en el trasfondo. Desde el derecho romano se dice que para que el Estado les reconociera un conjunto de derechos y beneficios a las personas que se casaran, esa unión solo debía ser entre un hombre y una mujer. El reconocimiento legal recibió el nombre de matrimonio. No voy a argumentar ni a demorarme en la cuestión de si debe llamarse matrimonio, unión, o cualquier otro nombre; cualquiera que sea la denominación, todos y todas debemos asistir en igualdad de condiciones al fenómeno jurídico. Si ante la ley todos somos iguales, es justo que las personas homosexuales puedan casarse si lo desean. Pero, al menos, la sociedad y el Estado tienen que ser capaces —en honor a la justicia y a los valores de igualdad a los que aspira cualquier ordenamiento jurídico—, de permitir que todas las personas, independientemente de su orientación sexual, ejerciten sus derechos plenamente. El reconocimiento de las uniones de personas del mismo sexo no es más que una parte, de la que se derivan cuestiones importantes como el derecho a heredar, a adquirir en propiedad bienes habidos dentro del matrimonio, etc. Y hay mucho esfuerzo común en una pareja, y mucho amor, e incluso mucho sufrimiento, para desmerecer luego por un hecho tan trivial como la falta de reconocimiento legal.

Comparto la opinión de Zurbano en el sentido de que —y algo de eso hablé en mi primera intervención— el tema de la sexualidad también debe ser incorporado a la construcción de la ciudadanía. Al menos, por la sola condición de ciudadano que ostento, estoy en la obligación de aceptar diferencias y de asumirlas, y ser humanamente capaz de convivir con estas diferencias.

En cuanto a las normas jurídicas, se ha avanzado en el país. Hoy tenemos en estudio, como todos saben, el proyecto de modificación al Código de Familia. Hace quince años que se está proponiendo su modificación, y hace muy poco tiempo, respondiendo a una sugerencia de la Comisión de atención a la mujer y a los derechos de los niños, de la Asamblea Nacional del Poder Popular, se decidió incorporar, dentro de las modificaciones, un capítulo dedicado al tema de la diversidad sexual. Ese anteproyecto todavía está siendo elaborado por la Comisión de redacción. Ya existe una petición de que se incorpore en el Plan Legislativo (porque las discusiones de los proyectos de ley en la Asamblea responden a un Plan Legislativo). Las instituciones que están tomando la iniciativa —la Federación de Mujeres Cubanas y la Unión Nacional de Juristas— ya han realizado la petición, que debe estar en espera de la respuesta sobre en qué momento se incorpora, aun sabiendo que hay consenso en la Comisión redactora. También está en estudio el Decreto-ley de la identidad de género, que se refiere a las personas transexuales, al procedimiento que las legitima; cómo hacer para lograr el cambio de identidad. Ya hoy se tiene la Resolución 126 de 2008, en la que el ministro de Salud Pública autoriza o disciplina los procedimientos en el tratamiento a las personas transexuales, dentro de los cuales pueden incluirse las intervenciones quirúrgicas. En materia legislativa, así es como anda el orden de regulación actual.

Isidro Hoyos: Sin ánimo de polémica ni de apologética, sino de diálogo cordial, quiero referirme a la cuestión, por alguien aludida, de si el cristianismo es responsable del rechazo a la homosexualidad. Los estudios dedicados a este tema parecen subrayar que la condenación de la homosexualidad no nace con el cristianismo, ni se desata contra esta ninguna campaña o cruzada, pero sí que se vuelve más clara su conciencia y más intensa su reprobación. Diversos edictos de emperadores cristianos, actas de algunos concilios, y numerosos escritos de pensadores cristianos aluden a este hecho y no dudan en considerarlo como pecado grave, contra naturam. La especial interpretación del relato bíblico de Sodoma ha sido, sin duda, la influencia más decisiva e importante a la hora de condenar la homosexualidad, pero ni en el Antiguo Testamento ni en el Nuevo se describe el pecado de Sodoma como homosexualidad. Jesús no alude para nada a este tema. Por otra parte, solo recientemente la homosexualidad ha sido objeto de estudio científico. Por tanto, puede decirse que ella queda al margen de la tradición y de la reflexión teológica: «La Iglesia necesita de un modo muy particular la ayuda de quienes por vivir en el mundo, sean o no sean creyentes, conocen a fondo las diversas instituciones y disciplinas y comprenden con claridad la razón íntima de todas ellas» (Gaudium et espes 44 Conc. Vat. II).

Quiero señalar también que en torno a los homosexuales existen algunos falsos mitos; por ejemplo: 1) que sienten una gran pasión por los niños; sin embargo, la pedofilia no es exclusiva de los homosexuales, pues la practican heterosexuales; 2) que la mayoría son personas afeminadas, y también aquí se confunden los conceptos, porque la homosexualidad se refiere a la orientación sexual, no a los roles de género; 3) que los homosexuales son todos iguales, aunque hay tantas personalidades homosexuales como bisexuales; la presión familiar y cultural crea hábitos comunes, pero en definitiva la sexualidad es un rasgo de las personas, no es toda la persona; algo que algunos encuentran en sí mismos, se nace o se hace, es una forma de ser por razones muy complejas —genéticas, sociales, culturales, educativas, familiares—, pero quizás no hay una sola razón, sino posiblemente es un conjunto de ellas.

Quiero terminar recordando el principio que la Conferencia sobre los Derechos Humanos estableció en 1968: «Todo individuo tiene derecho a recibir información y educación sobre la sexualidad, además de los medios para realizarse como persona».

 

Norge Espinosa: Que en Cuba haya cambiado la postura de las personas con respecto a esta temática no es nada de lo cual haya que enorgullecerse; así es como debe ser. Antes del proceso revolucionario también hubo mucho machismo, tanto o más que ahora. Vivimos en un país donde el único auto de fe practicado por la Iglesia católica fue contra seis «amujerados» a finales del siglo xvi. En los años 30, los 40, los 50, el homosexual era un chiste o sencillamente existía muy al margen de la sociedad. A ello hay que incorporar toda una carga de actitudes que se reprodujeron automáticamente cuando el arribo revolucionario. Lo asombroso y paradójico es que una revolución que promulgaba tantos índices de libertad en el sentido más expreso del término, se volviera un mecanismo a veces muy retrógrado, cuando le tocaba asumir otro tipo de independencia y otro tipo de libertades. En el fondo, aquí hemos estado hablando solamente de esa cuestión: libertad o libertades, como decía Víctor, construir comunidades. Lamentablemente, todavía la comunidad homosexual cubana, si es que existe, es dependiente de lo que la comunidad mayor, la que tiene las riendas del discurso, la que decide lo que las otras comunidades dependientes —mujeres, negros, religiosos— pueden o no decir o hacer.

Cada vez que alguien —amigos que vienen del exterior o personas de aquí de Cuba— me pregunta cómo me va como activista gay, yo me río. Yo no soy un activista gay; quisiera serlo, en el sentido de que podría ocupar espacios públicos en los cuales ser portavoz de mis ideas, y de las de un determinado grupo de personas —nunca voy a poder hablar por la mayoría—, que pueden estar en consonancia con determinadas exigencias y demandas civiles, sociales, legales, etcétera, que nos identifican. Un activista gay de verdad podría tener una columna en un periódico, una página web; podría aparecer en un programa de televisión y hablar por sí mismo.

Muchos activistas gays en América Latina han luchado y están hoy mismo —incluso en países que forman parte del proyecto del ALBA— teniendo una actitud de resistencia y de fundación de un nuevo concepto de cómo activar, desde la homosexualidad, posturas francamente progresistas en términos políticos, de las cuales no tenemos ninguna noticia. Un activista gay tendría espacios de información, cosa que en Cuba falta tanto. A veces a mí me molesta mucho, me tengo que morder la lengua, cuando llego a un lugar y encuentro a personas de mi propia orientación sexual hablando en términos muy primarios, ya rebasados, de temáticas de las cuales deberíamos estar hablando en otras revoluciones por minuto. Simplemente, lo que tengo que hacer es escucharlos, como hago cuando voy, por ejemplo, al Cineclub Diferente, de Frank Padrón; termina la película y me pongo un sello en la boca, y escucho a todo el mundo, que es lo que hay que hacer en este país, aprender a escuchar para poder establecer espacios de libertad y de correspondencia con respecto a lo que la gente siente; a veces escucho decir los disparates más terribles y otras, las cosas más conmovedoras, porque ese es un espacio de socialización que está sustituyendo esos bares, esas playas, esos sitios donde se oxigenaría esta temática hasta convertirla en algo tan natural como cualquier otra, como el vaso de agua que todo el mundo necesita en una hora del día. Mientras sigamos hablando del asunto y poniéndole alrededor una barrera que diga «Peligro», nunca llegaremos a entender exactamente de qué estamos hablando; mientras sigamos hablando con prerrogativas que solamente intentan un abordaje no conflictivo del problema, no llegaremos a dar ningún paso de avance, y lamentablemente mucho de lo que estamos haciendo al respecto, incluso ideas muy valiosas, están basadas en abordajes no conflictivos de lo que significa ser homosexual, reconocerse parte de una determinada diferencia, esperar no solo tolerancia ante lo que uno vive, sino sencillamente respeto a la vida.

Lo que quiero expresar con respecto al modelo del Primer mundo o del Tercero es que por lo menos existan opciones. Yo, por ejemplo, en estos momentos —a lo mejor dentro de tres años digo lo contrario, porque para algo uno es humano y se contradice—, no siento ninguna necesidad de casarme ni de adoptar, pero quiero que la gente que tenga esa necesidad lo pueda hacer; que uno sienta que, por lo menos, esa puerta existe y no está cerrada; vivir otras dimensiones de la vida en un país que a veces es demasiado bidimensional, o es bueno o es malo, y así no debe ser.

Oscar Wilde solía decir que cuando uno revisaba la historia no se escandalizaba tanto de los crímenes cometidos por algunos ladrones y por algunos criminales, sino al comprobar las penas que los supuestamente buenos habían infligido a esos criminales. Hay que tener mucho cuidado en el borde para entender que los extremos pueden confundirse y provocarnos una ceguera total. Estoy ansioso de que llegue el día en el que discutir este tipo de temáticas sea exactamente una discusión más, que pueda establecerse, a partir de nexos donde responsabilidades concretas, históricas, de presente y de futuro, también estén señaladas. Por ejemplo, Zurbano hacía una cronología y le faltó un punto importante, que fue la parametración en los 70. También se parametró por ser homosexual, fue una de las bases esenciales en las cuales se operó durante ese mecanismo, que incluía hasta una entrevista en la cual el propio «acusado» tenía que reconocer que era homosexual. Esa era la causa fundamental por la cual no podía seguir siendo maestro, por ejemplo; no podía seguir teniendo contacto con las jóvenes generaciones. A partir de todo esto, creo que hay que alcanzar un poco más de transparencia. Esa palabra nos llevaría, por encima de todo, a conseguir esta información que nos falta, a entender en términos aún más dialécticos, esto que se ha discutido aquí; nos ayudaría también, cómo no, a reconocer al enemigo y tenerlo localizado; muchas veces, el enemigo está en el bando donde supuestamente está la gente haciendo la lucha y, por tanto, lo que hay que hacer es afinar el oído para entender cómo los discursos, incluso aquellos que se anuncian como más fusionados, contienen elementos de represión, de carga sexista, no solo en términos de consigna política, sino a veces aparentemente en términos de dar la mano, y ahí puede haber también mucho peligro, mucho sentido absurdamente católico, por decirlo con alguna mala palabra, no para ofender al Padre Hoyos, sino sencillamente entender que no siempre las buenas acciones están cargadas de buenas intenciones, y viceversa.

Creo que este es un país donde hemos tenido muchas buenas intenciones y no siempre hemos sabido expresarlas a través de buenas acciones. Me gustaría que los que estemos haciendo el discurso en debates como este, nos comprometamos a empezar a transparentar, a lograr que las paredes del gueto de vidrio sean cada vez más diáfanas y difuminadas, para que cada cual sepa exactamente en qué momento está la puerta abierta y en qué momento yo decido traspasarla o no.

Rafael Hernández: Este es un panel ejemplar de este espacio que tenemos que preservar, fomentar, y enriquecer entre todos. Ha sido un debate centrado en un tema, donde hemos logrado no repetir lo que se dice en otros espacios; hemos podido ir más allá de la lista de acontecimientos que se mencionan siempre; hemos profundizado en el problema, y lo hemos hecho con la participación, para mí extraordinariamente ilustrada, brillante, valiente, de los tres panelistas y de todos los que han intervenido en él.

Quiero darle las gracias al Padre Hoyos por estar aquí sentado, por representarse a sí mismo, y también por exponerse a un grupo excepcionalmente incisivo, como este que está aquí; a Norge, que no ha hecho ninguna catarsis, como algunos temían, sino todo lo contrario, una reflexión analítica, profunda, muy abierta y crítica del problema; a Zulendrys por haber podido participar en este diálogo con ese dominio del tema, por la información que nos ha brindado, y también por exponerse, tanto ella como los otros dos, al bombardeo que significan las preguntas del público, a quien también agradezco sus intervenciones. Ojalá que podamos seguir haciéndolo de esta manera. Muchísimas gracias a todos.

 

 

Comentarios

Buen debate y muy oportuno...

Mis ideas pueden leerlas en

http://huxley2.cubava.cu/2018/11/29/de-donde-surgen-y-nos-llegan-estas-i...

http://huxley2.cubava.cu/2018/11/02/leyes-vivas-y-practicas-ii/

Además de otros temas relacionados como el uso de las "fake news" por parte de blogs de carácter religioso, "cajas replicadoras" en el debate sobre el tema en Cuba.

http://huxley2.cubava.cu/2018/11/13/las-noticias-falsas-la-conexion-puti...

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