La nación y sus imaginarios.150 años después

Qué es la nación y cuáles son los problemas en su representación que resurgen hoy de la mano de historiadores, periodistas, artistas, y simples ciudadanos, en un momento en que se debate qué proyecto de país y nación debe recoger la nueva Constitución.

A reflexionar sobre estos temas esenciales, bajo la advocación del sesquicentenario de 1868, dedicó el Último Jueves de Temas su último panel, compuesto por Yoel Cordoví, vicepresidente del Instituto de Historia de Cuba; Emilio Cueto, investigador sobre imágenes de Cuba en el exterior; Karen Brito, periodista de la televisión; y Raúl Valdés (Raupa), diseñador, y Rafael Hernández como moderador.

Al abordar sus principales referentes teóricos desde el siglo XIX, Yoel Cordoví precisó el origen del concepto en la modernidad, con pensadores como Ernest Renan, filósofo e historiador francés. El asunto ha generado muchas inquietudes, que cobran actualidad a partir de fenómenos como la globalización, y la definición de una identidad global, donde los nacionalismos tienden a desdibujarse, y, al mismo tiempo, a agudizarse, con el desmembramiento de muchas naciones de Europa del este, y el auge de estudios sobre esta problemática.

El historiador refirió que existen dos grandes enfoques para definir la nación. El primero es el objetivista, cuyo paradigma es el elaborado por Stalin en “El marxismo y cuestión nacional” (1912), caracterizado por la preexistencia de una comunidad estable, en evolución histórica, a partir de elementos componentes que la identifican, como la lengua, la cultura nacional, el territorio. El segundo enfoque es el ilustrado por la obra de Ernest Gellner, que la considera una construcción ya no solo objetiva, sino expresión de la voluntad de ejercerse, mediante un Estado que la represente, a nombre de un conjunto de individuos en un territorio.

Una tercera visión sería la del británico Eric Hobsbawm, que propone el complemento entre las dos primeras, ya que siendo importante el proyecto de construcción desde arriba,  para poder entenderlo de manera integral se requiere apreciar cómo desde abajo se producen y reproducen discursos, que recepcionan esas concepciones venidas de arriba con toda una carga simbólica, pero también creando y recreando símbolos desde abajo, para formar parte constitutiva de la nación en su integridad.

Significó que el caso del continente latinoamericano lo refleja claramente, ya que los debates constitucionales de muchas naciones del continente, luego de conquistar su independencia y mucho más allá, incluyeron entre sus ideas fundamentales la creación de un ser nacional, como fue el caso de México en las décadas que siguieron a la Revolución de 1910.

Por su parte, Cuba, desde la colonia, fue forjando el sentido de Patria y el sentimiento patriótico, por lo que ya al estallar la guerra de 1868 ya se había avanzado en sedimentar la construcción de un ser nacional.

Emilio Cueto, investigador de la cultura cubana en su proyección histórica fuera de la Isla, definió nación como el grupo humano que tiene vínculos comunes, tanto que nos diferenciamos de los otros. Y entre esos nexos se encuentran, desde luego, la lengua, las religiones, el pasado compartido. No solo venimos del mismo tronco, sino que queremos seguir en el mismo árbol, de continuar juntos, destacó.

Por su parte, el Estado-nación incluye como un elemento  esencial al territorio. Esto es fundamental, pues muchos conflictos se generan en torno a este tema. Aunque la nación puede existir sin implantarse siempre en el territorio, apuntaba, pues como ha demostrado la propia historia cubana, con nombres como el de Varela, Saco o Martí, el sentir nacional no está marcado por la permanencia en el espacio geográfico.

Expresó que, si bien todos los países arrastran una ideología nacionalista, el grado de autoconciencia es diferente en cada uno de ellos. En este sentido, afirmó que los cubanos tenemos un sentido nacionalista muy fuerte, mucho más que el de otros pueblos.

La periodista Karen Brito partió de que nación no es un concepto acabado, sino en construcción constante, donde la sabiduría de los pueblos y el tiempo deciden qué se queda. Tiene dimensiones políticas y jurídicas, pero también culturales; y se manifiesta, incluso, en el sentir de las personas: “la nación, podría decirse, es también un sentimiento.”

Recordó al sabio cubano Fernando Ortiz, quien para describir al cubano habló de un ajiaco en el que se mezclan lo español, lo africano y otros ingredientes diversos. Agregó que otros elementos han ido moldeando el alma nacional, con una especie de desamparo asociado a su insularidad –como decía Virgilio Piñera, esa “maldita circunstancia del agua por todas partes”–, que aporta una relación muy especial con lo foráneo, incluso de temor, porque al no ser un país de grandes recursos, depende mucho de lo que llega de fuera.

La relación con Estados Unidos ha sido otra condicionante, por lo que ha representado este país en la historia nacional. En esa historia se pueden encontrar otras claves para entender la nación que somos, porque lecciones aprendidas, como la importancia de la unidad, también han dejado huella en el modelaje de ese concepto.

Brito destacó asimismo el hecho de que existe una nación emigrada y en el modo en que más allá de las fronteras se experimenta y se defiende la condición de cubano.

“Mientras más cerca se halla el cubano de una influencia devastadora, más reciamente se resiste a dejarse dominar por ella –cita la periodista a Guillermo Rodríguez Rivera–. Ahí opera esa ingravidez, esa volubilidad de un país regido por las brisas, por el oleaje del mar que fluye y refluye, siempre capaz de escapar de todo lo que intenta transformarlo, por tener un alma inalcanzable que ni él mismo conoce en su plenitud”.

Para el diseñador y profesor Raúl Valdés (Raupa), si se va a hablar de idiosincrasia y cubanía, hay que salirse de lo trillado, de lo estereotipado que nos han caracterizado. En su trabajo, apuntó, busca escarbar en ese tejido de emociones e imaginarios para encontrar caminos diferentes, símbolos distintos y que, de todos modos, se sienta que en ellos palpita Cuba.

Esa representación gráfica de la nacionalidad, sin embargo, la captan mejor en ocasiones quienes llegan de afuera, pues, según su experiencia, muchas veces quienes viven en el país no advierten ciertos rasgos carcterísticos del ser cubano.

Una reflexión interesante se produjo cuando Rafael Hernández invitó a pensar sobre el papel de determinados emblemas que se han convertido en estereotipos de cubanía, como la palmera o el carro americano. Raupa respondió que, aunque se trata de un cliché, son parte de nuestra realidad, están ahí todos los días y eso los hace nuestros, aun cuando ciertamente se abuse de esas imágenes.

Karen Brito compartió con el auditorio unas reflexiones extraídas de una entrevista realizada a un profesor durante la visita de Barack Obama a la Isla, acerca del impacto cultural de las nuevas relaciones. Este le señaló que, a lo largo de los años, Cuba había sido capaz de tomar de esa cultura sin perderse en ella; como sucedió con el béisbol, el jazz y los propios autos, que devolvió al mundo convertidos en algo tan cubano como nuestra pelota, el latinjazz y los “almendrones”.

Los estereotipos y el avance de la industria cultural son reales, precisaba la periodista, pero frente a ello hay una resistencia que nos ha salvado y nos debe seguir salvando.

De este modo quedó abierto el camino para indagar en los problemas en torno a la representación de la nación y lo nacional en Cuba hoy. Emilio Cueto indicó que los símbolos de la nación son muy transnacionales: nuestro himno tomó inspiración de la Marsellesa, la bandera fue diseñada por un venezolano y ondeó por primera vez en Estados Unidos, no en Cuba; el escudo incluye en su representación geográfica fragmentos de otros territorios y la flor nacional proviene de Asia.

Consideró también que un importante cambio en la representación de la nación lo constituyó el equiparar el concepto de Revolución con patria o nación. Este se puede ilustrar con las conocidas “Palabras a los intelectuales”, cuando Fidel señala que “dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada.  Contra la Revolución nada, porque la Revolución tiene también sus derechos; y el primer derecho de la Revolución es el derecho a existir.  Y frente al derecho de la Revolución de ser y de existir, nadie  –por cuanto la Revolución comprende los intereses del pueblo, por cuanto la Revolución significa los intereses de la nación entera–, nadie puede alegar con razón un derecho contra ella”.

Esta visión explica que, por ejemplo, en la filatelia, iconografía de la Isla se funde con la de la Revolución.

Para Cueto, otro aspecto relevante es la presencia de la cultura  afrodescendiente en esa simbología, lo que apenas se veía antes de 1959. Aunque Cuba no es una nación blanca, ese otro lado no había estado en su imagen al grado en que ocurre bajo la Revolución, puntualizó. La Virgen de la Caridad del Cobre es también parte de esas representaciones, que trascienden su dimensión religiosa y se instauran como elemento cultural.

Yoel Cordoví insistió, por su parte, en que más que hablar de representación de la nación hay que hablar de representaciones, pues incluso dentro de la Isla estas cambian, de acuerdo con las regiones.

Al hacer un repaso por la historia nacional, apuntó momentos definitorios sobre el tema, como ocurrió durante la polémica entre José Antonio Saco y Gaspar Betancourt Cisneros, El Lugareño, donde se habla de que la felicidad de los pueblos no se funda en un idioma, sino en hechos y beneficios tangibles.

Desde los autonomistas del siglo XIX hasta Jorge Mañach y otros pensadores, las aproximaciones a este tema deben verse vinculadas a cada época, afirmó el historiador. Situándose en el uso de íconos como los “almendrones” o Elpidio Valdés, refirió que los simbolismos no siempre se buscan por el objeto en sí mismo, sino como referentes del periodo histórico en que surgieron. Más que el objeto, el contexto en el que se presenta y la época a la cual se quiere aludir resultan fundamentales, porque ello nos traslada a la idea de nación en un momento histórico determinado.

La nación del auditorio

Un cuestionario aplicado entre los presentes en la sala antes de iniciarse el panel reveló que la mayoría asociaba el concepto de nación con el de “Estado-nación”; luego le seguían los que asumen la idea de nación equiparada con la de “pueblo”; y finalmente se encontraban los que entienden nación como “aquellos que se reconocen en una etnia o cultura”.

Interrogados sobre los problemas o confusiones que suscitan la imagen de nación y lo nacional en Cuba, los presentes respondieron, en primer lugar, “identificar nación con determinada ideología”. La confusión entre identidad nacional y los símbolos de la nación fue el segundo más votado; y finalmente fueron mencionados “la atribución al nacionalismo de un valor primordial” y la creencia de que “la cultura de una nación pequeña” puede ser absorbida por la de “otra nación más grande”.

El público enriqueció el debate con otros elementos, incluyendo la importancia del componente ético-religioso como marca de la idea de nación en Cuba, aunque de un modo diferente al de otros países latinoamericanos. La fusión de lo hispano, lo africano, o incluso lo asiático, ha dado lugar a una religiosidad propia que no puede ser ignorada cuando se habla de temas como este.

Asimismo, se mencionó a la insularidad como un aspecto relevante, con derivaciones en lo político, lo económico, lo histórico y más profundamente, en lo cultural.

Sobre la necesidad de abrir los espacios para que se conozca más el aporte de los afrocubanos a la historia y a la conformación de la nación en todas sus aristas, se pronunció otro investigador. Este anotó que nación es una construcción de los grupos de poder, y en el caso cubano ello ha estado íntimamente relacionado con la conformación de un imaginario de nación blanca.

Según una profesora, se debe ver este concepto con un carácter histórico social y como un proceso en movimiento, con momentos de continuidad y otros de ruptura, en la búsqueda de un consenso identitario. Concedió un alto valor al conocimiento del imaginario de nación de otros, teniendo en cuenta que esta se conforma desde la diversidad y lo interno, pero también con el impacto de lo externo.

La consulta popular del proyecto de Carta Magna, apuntó, ha resultado muy rica para conocer el imaginario del pueblo, cuál es la nación que queremos y cómo estamos pensando su futuro, razón por la cual, señaló, deberían darse a conocer los resultados de esa consulta más allá de las cifras y los cambios puntuales en el texto.

Otras intervenciones giraron en torno a la necesidad de un diseño de nación inclusivo, donde personas de diferentes creencias se unan con un fin común y donde la unidad es principio esencial.

En cuanto a la representación simbólica, una profesora de la Universidad de Ciencias Médicas llamó la atención acerca de que, mientras la iconografía de muchos países se remite a objetos y construcciones, en el caso cubano esa simbología apunta al ser humano. Francia tiene la Torre Eiffel, Estados Unidos la Estatua de la Libertad, Brasil al Cristo Redentor del Corcovado, ejemplificó; para representar a Cuba se acude a los rostros de la gente, al cubano en sí mismo, y dentro de ellos significó que las imágenes de Martí, el Che y Fidel se han convertido en las más reproducidas.

Globalización y nación

Dos aspectos estuvieron presentes en varias de las reflexiones del público. El primero fue la relación entre nación y emigración, pues de acuerdo con algunos de los participantes en el debate, cada quien lleva consigo a donde vaya el sentimiento nacional y las características que nos singularizan como pueblo.

No se puede equiparar cubanía con Revolución, consideraba uno de los miembros del auditorio. Esa visión ha estado marcando el concepto y estableciendo distancias y divisiones, entre quienes deciden abandonar la Isla por distintas razones y los que se quedan. Se mantienen al respecto visiones diversas, algunas de las cuales son complementarias, mientras que otras son incompatibles, según Emilio Cueto: “todas esas visiones son complementarias, cuando no se asume la construcción de la nación desde posturas excluyentes”.

Nación y política tienen en Cuba una relación complicada, pero no desdeñable, señalaba otro integrante del público. Del mismo modo, nación y Revolución tienen una relación que antecede a 1959, pues aprendimos en las clases de historia que nos convertimos en cubanos cuando tuvimos un himno, una bandera y salimos a pelear por nuestra independencia.

En este proceso, que no ha sido homogéneo, cada época ha hecho su aporte; y según señaló un asistente, “tiene una historia muy compleja, de asimetrías en su interior, de exclusiones, de ausencias e invisibilizaciones, pero que ahí están y que no logramos a veces superar democráticamente, pero ahí están, como islas de resistencia, dentro de esa nación y que al mismo tiempo son cubanos”.

El segundo tema recurrente fue el impacto de la globalización en el concepto de nación. Un educador popular presente en el encuentro, recordaba que al concluir la Guerra de 1895 y producirse la intervención estadounidense, en Cuba se había exterminado –por genocidio, el propio conflicto armado y las enfermedades– a la mayoría de los que se definían como cubanos. A pesar de ello, fue suficiente para que ni la intervención misma, ni la avalancha de elementos culturales que llegaron desde Estados Unidos ni los traídos por los migrantes, hicieran desaparecer ese sentimiento, esas características que definían a los de esta tierra. Hay como una fuerza centrípeta –explicaba sobre ese particular– que recoge y procesa todo lo que llega desde fuera y luego otra fuerza centrífuga que lo devuelve al exterior ya como nuestro, como cubano.

Sin embargo, las condiciones culturales son hoy dramáticamente diferentes, decía preocupado, y se preguntaba si en esta realidad marcada por la globalización, las tecnologías y el colonialismo cultural, podremos salvarnos del mismo modo en que lo hicimos en 1899.

Las claves para ello podrían estar en lo contado por un puertorriqueño presente en el debate, quien definió a la nación como una diversidad particular. Puerto Rico no existe como Estado-nación, tiene la mitad de su población fuera y ya ni siquiera el idioma es una marca de identidad como lo era en otros tiempos –refería–. Entonces, ¿cómo sobrevive? La nación se encarna en la gente de carne y hueso, y en eso que llamamos la manera puertorriqueña.

Para la periodista Karen Brito, la inquietud que provoca esa influencia nociva de lo foráneo es una angustia compartida, sin embargo, frente a ello, prefiere colocarse en el lado de los optimistas, de quienes creen que el alma nacional puede salvarse frente a las crisis y que todos podemos hacer algo para ello.

Emilio Cueto añadió que Cuba siempre ha sido una de las naciones más globalizadas del continente. Desde la época de la colonia atracaban en sus puertos, en la travesía hacia o desde España, numerosos navíos de diferentes latitudes, trayendo toda su carga cultural. Es cierto que la intensidad de hoy es mucho mayor, pero más que a la llegada a la Isla de lo foráneo, hay que prestar atención a la desconexión de muchas personas con su realidad.

Los símbolos nacen en un contexto y como tal, las revoluciones son siempre fecundas en la creación de símbolos, aportaba Yoel Cordoví. En 1914 una encuesta nacional realizada en escuelas públicas y privadas indagó sobre a quién se querían parecer los estudiantes y por qué. El resultado, comenta el investigador, fue muy ilustrativo, pues en primer lugar aparecía José Martí, luego Carlos Manuel de Céspedes, José de la Luz y Caballero y Antonio Maceo. Era una larga lista de nombres, pero entre los primeros estaba incluso el Lugarteniente General, en una etapa en la que había mucha discriminación e incluso había sido bañado en sangre el levantamiento de los Independientes de color. Esto refleja esa conciencia nacionalista que se ha ido forjando en nuestras luchas y donde la enseñanza ha tenido también un papel protagónico.

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